--No que sepa; á menos que no seais el Señor . . .
Aquí Mr. Bumble se paró en seco, porque deseaba saber el nombre del
desconocido y pensó que en su impaciencia éste acabaria la frase
nombrándose.
--Veo ahora que no es á mi á quien buscais --continuó el otro con
acento de desden --de lo contrario sabriais mi nombre.
--No ha sido mi ánimo ofenderos jóven! --observó Mr. Bumble con
dignidad.
--Ni yo me ofendo. --contestó el otro.
Siguió á esto un corto silencio, que el forastero rompió de nuevo.
--Paréceme que os he visto otra vez --dijo --vestiais entonces otro
traje. No he hecho mas que pasar por vuestro lado en la calle; pero creo
reconoceros . . . ¿No habeis sido en otro tiempo pertiguero de esta
parroquia?
--Sí --respondió Mr. Bumble algo sorprendido ---pertiguero parroquial-.
--Justamente. --repuso el otro balanceando la cabeza --Bajo ese traje os
ví aquella vez . . . Qué sois al presente?
---Director- de la casa de Caridad, jóven! --replicó Mr. Bumble
cargando con énfasis cada una de estas palabras.
--A no dudarlo, tendréis la misma mira que en otro tiempo respecto á
vuestros intereses? No es cierto? --preguntó el desconocido fijando sus
ojos sobre Mr. Bumble. --No temais responderme francamente. Ya veis que
os conozco algo bien.
Paréceme que un hombre casado, puede como cualquiera celibatario ahorrar
algunos sueldos máxime cuando esto se hace por medios honrados
--respondió Mr. Bumble mirando al otro de la cabeza á los piés con
marcada perplejidad. Los agentes -parroquiales- no tienen que digamos
-gran cifra- de salarios para rehusar algunas ganguillas cuando ellas se
les presentan de una manera conveniente.
El desconocido se sonrió balanceando de nuevo la cabeza como para decir
que habia adivinado muy bien á su hombre y tiró el cordon de la
campanilla.
--Llenad esto! --dijo dando al mozo el vaso de Mr. Bumble --Fuerte y
caliente! Creo que es asi como os gusta?
--No demasiado. --contestó Mr. Bumble fingiendo toser con fatiga.
--Muchacho, comprendeis lo que quiere decir esto? --repuso secamente el
desconocido.
Aquel salió sonriendo y pronto volvió á aparecer con un vaso de -grog-
del que se elevaba un vapor espeso que hizo venir las lágrimas á los
ojos de Mr. Bumble luego que lo hubo acercado á sus lábios.
--Ahora escuchadme --dijo el desconocido despues de haber cerrado con
cuidado la puerta y la ventana de la sala --He venido hoy á este país
con el ánimo de encontraros; y por uno de esos percances que el diablo
arroja algunas veces en el camino de sus amigos, entrais precisamente en
la sala en que estoy y en el mismo instante en que mas pensaba en vos . .
. Tengo necesidad de algunas noticias y aun que sean de poca importancia,
no por eso os las pido de valde.
Al mismo tiempo colocó sobre la mesa dos soberanos; y cuando Mr. Bumble
despues de haber examinado cada pieza para asegurarse que eran de buena
ley, los hubo metido en el bolsillo de su chaleco con notable
satisfaccion, continuó así:
--Procurad refrescar vuestra memoria. Esperad un momento . . . el
invierno pasado cumplieron doce años; el lugar de la escena la Casa de
Caridad, el instante . . . la noche; y el sitio el tabuco hediondo,
cualquiera parte que sea donde miserables prostitutas, dan la vida y la
salud, de que ellas no gozan, á pequeños vocingleros . . .
--Creo quereis decir la sala de partos, he? preguntó Monsieur Bumble que
seguia con dificultad la descripcion del desconocido.
--Sí; --dijo el otro --¿ha nacido en él un muchacho?
--Muchos muchachos --observó Mr. Bumble sacudiendo la cabeza con ademan
grave.
--Que el diablo cargue con todos! esclamó el forastero colérico. Yo
hablo de un pequeño monigote, pálido y raquítico . . . que tenia el
aire de un -santo de alfeñique- . . . al que se habia colocado de
aprendiz aquí en casa un fabricante de ataudes y que á lo que se cree
se ha fugado á Londres.
--Ah! queréis hablar de Oliverio . . . del jóven Twist?
--No es de él de quien quiero hablar, sé demasiado, por lo que á él
corresponde --repuso el desconocido deteniendo á Monsieur Bumble al
comienzo de una peroracion en la que iba á relatar todos los vicios de
Oliverio --sino de una muger . . . ya sabéis la vieja bruja que ha
sepultado á la madre de ese niño y la ha asistido en sus últimos
momentos . . . Donde está?
--Me seria muy difícil deciros donde ella se halla ahora! --respondió
Mr. Bumble á quien el -grog- habia vuelto -gracioso-. En cualquiera
sitio que haya ido, de seguro no hay casa de partos. Con que de una
manera ó de otra . . . se puede hacer una buena apuesta de que está sin
empleo.
--¿Qué queréis decir? preguntó el otro con tono severo.
--Que murió el invierno pasado. --contestó Mr. Bumble.
A esta noticia el desconocido le miró de hito en hito. Durante algun
tiempo parecia dudar entre si debia alegrarse ó afligirse de lo que
acababa de saber.
Mr. Bumble que era muy ladino vió de un golpe que se trataba de un
secreto del que la mejor mitad de sí mismo es decir su consorte, era
depositaria y que se presentaba para ella una ocasion de ganar dinero
revelándolo. Se acordó muy bien de la noche en que la vieja Sally habia
muerto y tenia una buena razon para acordarse de ella pues era esa misma
noche cuando se habia declarado á la Señora Corney; y á pesar de que
esa señora no le hubiese nunca confiado ese secreto de que ella solo
tenia conocimiento, sabia él lo bastante para adivinar que dicho secreto
tenia relacion á algo que habria pasado entre la madre del jóven
Oliverio y la vieja, que en su calidad de enfermera de la -casa- la habia
asistido á sus últimos momentos. Habiéndole acudido súbitamente esta
circunstancia en el caletre, informó al desconocido con aire de misterio
de que una mujer habia tenido una conversacion con la vieja enfermera, un
cuarto de hora antes de que esta se muriese; y que ella podria, (como
tenia razones para creerlo), satisfacer su curiosidad respecto á sus
pesquisas.
--¿Y cómo la encontraré? preguntó aquel haciéndose traicion asi
mismo al descubrir claramente su inquietud.
--Solamente con mi ayuda --respondió este último.
--Y cuándo será esto? esclamó vivamente el desconocido.
--Mañana. --replicó Mr. Bumble.
--A las nueve de la noche --repuso el otro sacando de su faltriquera un
pequeño pedazo de papel sobre el cual escribió su direccion.
Esto diciendo, se dirijió hácia la puerta, despues de haberse detenido
un instante en el mostrador para pagar lo que debian.
Al arrojar una ojeada sobre la direccion --el -funcionario parroquial-
notó que no estaba en ella el nombre del desconocido. Corres trás él
para pedírselo.
--Y bien! ¿Qué significa esto? esclamó éste volviéndose bruscamente
en el momento en que Mr. Bumble le tocó el brazo --Creo que me seguís!
--Es solo para haceros una pregunta --repuso el otro señalando con el
dedo el pequeño pedazo de papel . . . ¿Qué nombre debo pedir?
--Monks! replicó el desconocido y se alejó precipitadamente.
[Illustration: Mr. Bumble, Pertiguero de la Parroquia.]
CAPÍTULO XXXVII.
DE LO QUE PASÓ ENTRE MONKS Y LOS CONSORTES BUMBLE, LA NOCHE DE SU
ENTREVISTA.
EL cielo estaba cubierto de nubes de las que se desprendian gruesas gotas
de agua y hacia un calor sofocante; cuando el Soñor y la Señora Bumble
dirigieron sus pasos hácia la casa de la orilla del rio distante cerca
una media legua de la ciudad.
Ambos iban embozados en viejas capas. Avanzaron así en silencio; de
tanto en tanto Mr. Bumble conteniendo su paso y volviendo la cabeza para
asegurarse de que su compañera le seguia al ver que esta le picaba los
talones, redoblaba su ligereza para llegar lo mas pronto al lugar de la
cita.
Este no era mas que un conjunto de miserables chozas, situadas su mayor
parte á algunos pasos de la orilla del agua: las unas edificadas de
ladrillos mal unidos, las otras de tablas de buque podridas ó
carcomidas. Algunas barcas agujereadas, enclavadas en el fango y
amarradas al pequeño muro que rodeaba el malecon, un remo y cuerdas
estendidas acá y acullá sobre la ribera, parecian indicar de pronto que
los habitantes de estas pobres habitaciones tenian alguna ocupacion en el
rio; pero un solo golpe de vista bastaba al transeunte para adivinar que
estos objetos inútiles y fuera de servicio estaban allí puestos mas
para salvar las apariencias, que con el fin de alguna utilidad cualquiera.
Al centro de este monton de casuchas y tan cerca del ribazo que los pisos
superiores dominaban el rio, estaba un gran edificio que sirviera en otro
tiempo de taller y el cual proporcionaria entonces ocupacion á los
habitantes de las casas circunvecinas; pero desde larga fecha se habia
convertido en ruinas. Los ratones, los gusanos, así como la humedad
habian flaqueado y podrido los pilares de madera que lo sostenian y una
gran parte se habia derrumbado dentro del agua, mientras que la otra
apretada bajo su propio peso, parecia espiar una ocasion favorable para
hacer otro tanto.
Ante esta casa fué donde se paró la digna pareja, cuando los primeros
retumbos del trueno se hacian oir á lo lejos y la lluvia empezaba á
caer á torrentes.
--Este será el sitio! --dijo Mr. Bumble consultando un pedacito de papel
que tenia en la mano.
--Oe! --gritó una voz encima de él.
Mr. Bumble levantó la cabeza y descubrió en el segundo piso un hombre
mirando por una ventana.
--Esperad un momento --gritó de nuevo la voz --soy con vosotros dentro
un minuto. --Dicho esto desapareció y la ventana se cerró en seguida.
--¿Es él? --preguntó la mujer.
Mr. Bumble hizo una señal de cabeza afirmativa.
--Entonces tened en cuenta lo que os he dicho y cuidad de hablar lo menos
posible, si no quereis hacernos traicion de buenas á primeras.
--Mr. Bumble que habia inspeccionado la casa con ojo inquieto iba sin
duda á esponer alguna razon sobre el temor de pasar mas adelante, cuando
le cerró el labio la presencia de Monks, que abrió una pequeña puerta
cerca de la que se hallaban y les hizo señal de entrar.
--Despachad! --gritó con tono impaciente y dando una patada en el suelo,
vais á hacerme esperar aquí una hora?
--La mujer que habia vacilado un momento, entró con resolucion sin
hacerse mas de rogar; y Mr. Bumble que hubiera considerado mengua, ó tal
vez pasar por miedoso quedándose al detrás siguió á su cara mitad,
con paso indeciso que probaba no hallarse del todo á su gusto, habiendo
perdido en un cuarto de hora este aplomo y esa dignidad que tanto le
distinguían en cualquiera otra circunstancia.
--Qué diablo os movia á permanecer estáticos bajo la lluvia? --Dijo
Monks --despues de haber cerrado trás él la puerta y pasado los
cerrojos.
--Nos . . . nos . . . estabamos refrescando! --balbuceó Bumble echando
una mirada inquieta á su alrededor.
--Os refrescabais! --replicó Monks --Jamás todas las lluvias que han
caido desde la creacion del mundo (aun cuando añadais á ellas las que
deban caer hasta la consumacion de los siglos,) jamás dijo serian
capaces, de apagar un átomo del fuego que os consumirá en el infierno.
--Gastada esta broma --Monks se volvió bruscamente á la matrona y la
miró fijamente, de modo que esta, apesar de no ser muy propensa á la
timidez, se vió obligada á bajar los ojos.
--Es esta la mujer de quién me habeis hablado? --preguntó Monks.
--Hem! --hizo Mr. Bumble acordándose de las recomendaciones de su
esposa. --Es la misma.
--Creeis acaso que las mujeres no puedan guardar un secreto? --dijo la
matrona á Monks mirándole á su vez fijamente.
--Se que ecsiste uno el cual ellas sabrán guardar hasta que se descubra
--dijo Monks con acento de desprecio.
--Y qué secreto es este si os place? preguntó la matrona.
--La pérdida de su reputacion --contestó Monks --comprendeis . . .
--No; --replicó la matrona, un si es no es ruborizada.
--Ello está fuera de toda duda --replicó Monks con tono burlon --como
pues podriais comprender.
Y despues de haberles hecho nuevamente señal de que le siguieran
atravesó aceleradamente varias piezas grandes cuyo techo estaba muy
hundido, é iba á subir una escalera rápida ó mejor de mano que
conducia al piso superior cuando un rayo surcó la entrada y trás él
siguió un trueno, que conmovió la vieja casucha hasta sus cimientos.
--Escuchad! --esclamó retrocediendo horrorizado --Ese estruendo me hace
mal!
Guardó silencio durante algunos minutos y quitando de improviso sus
manos delante los ojos, Mr. Bumble vió con una sorpresa y un espanto
indecibles que su rostro estaba descompuesto y cuasi negro.
--Estos accidentes me toman de cuando en cuando --dijo Monks notando el
terror de Bumble --y muy amenudo el trueno es causa de ellos.
Dicho esto, subió el primero la escalera de mano y cuando estuvo en el
aposento donde ella conducia, cerró inmediatamente los postigos y bajó
una linterna colgada al cabo de una cuerda por medio de una garrucha
sujeta á una de las enormes vigas del techo.
--Ahora dijo Monks despues que los tres se hubieron sentado --cuanto mas
pronto tratemos de asuntos, mejor será para todos. ¿Esta mujer sabe lo
que la conduce á este sitio, no es cierto?
La pregunta se dirijia á Bumble, pero la mujer se apresuró á responder
que estaba de ello perfectamente instruida.
--Estabais vos con la vieja bruja en cuestion, la noche de su muerte y . . .
ella os ha dicho algo?
--Concerniente á la madre de ese niño que vos conoceis? --interrumpió
la matrona. --Si, es la verdad.
--La primera cuestion es saber de que naturaleza fué su confidencia
--dijo Monks.
--No á fé! --observó la matrona con tono magistral --Esta es la
segunda. La primera cuestion es saber, lo que daréis para tener de ella
conocimiento.
La señora Bumble no era mujer que se dejára -desarmar- fácilmente. Le
gustaba mas un -toma- cualquiera que todos los -te daré- del mundo. Por
esto luchó á brazo partido con su adversario; en vano recorrió este al
regateo, á la indiferencia, al poco interés de saber el secreto, la
matrona, no quiso sejar de las veinte y cinco libras esterlinas en oro
que pedia. Al fin no hubo mas remedio que rendirse y hacer contra fortuna
alma de hierro.
--Y qué ventaja tendré si pago, por -nada-? --dijo Monks vacilando.
--Podréis recobrar vuestro dinero --respondió la matrona --En mi estais
viendo una mujer débil, sola, sin apoyo . . .
--Mr. Bumble quiso aquí tomar la palabra para una alusion personal
--Silencio, dijo Monks con acento de autoridad.
Esto diciendo, sacó de su faltriquera, un saquito de tela y contó sobre
la mesa veinte y cinco soberanos, que entregó en seguida á la matrona.
--Ahora --dijo --embolsad esto! --y cuando ese trueno maldito que siento
acercarse habrá esplotado sobre el execrable -barracon- contadnos lo que
sabeis.
El trueno que se hacia oir con mas estruendo que antes y que perecia
querer estallar sobre la casa y reducirla á polvo, cesó al fin y Monks
que durante este intérvalo se habia cubierto el rostro con ambas manos y
tenia la cabeza apoyada sobre la mesa, luego que el peligro hubo pasado,
se incorporó y se inclinó hacia adelante para escuchar lo que la mujer
iba á decir.
--Cuando murió la vieja Sally --así se llamaba aquella mujer --dijo la
matrona --estaba yo sola con ella.
--No habia alguien alli cerca --preguntó Monks en voz baja --alguna otra
enferma ó alguna idiota acostada en el mismo aposento, la cual hubiera
podido oir y de consiguiente comprender?
--No habia nadie mas --replicó la matrona --Estábamos completamente
solas. Cuando exhaló el último suspiro me hallaba á la cabecera de su
lecho.
--Bien --dijo Monks mirando fijamente á la matrona.
--Me habló de una jóven --prosiguió la matrona --que parió algunos
años antes no solo en el mismo aposento sino tambien en el propio lecho.
--Como á pesar de todo, las cosas se descubren al fin! dijo Monks
visiblemente agitado. --¿No es asombroso?
--El niño á quien esa jóven dió á luz, es el muchacho de que le
hablasteis ayer --prosiguió la matrona volviendo la cabeza hácia su
marido. --La madre de ese niño (la jóven en cuestion), fué robada por
la vieja Sally su enfermera.
--Cuándo vivia? --preguntó Monks.
--No; despues de su muerte! --contestó la otra estremeciéndose
involuntariamente. La jóven estaba todavia caliente cuando la enfermera
desprendió de su cadáver lo que ésta, hasta su último momento, la
habia suplicado guardára para el bien de su hijito.
--Sin duda lo habrá vendido! esclamó Monks fuera de sí --Lo ha vendido
. . ? Dónde . . ? Cuándo . . ? A quién . . ? Hace mucho tiempo . . ?
Como apenas, podia articular la voz cuando me ha confiado lo que acabais
de oir, ha muerto sin decirme nada mas.
--Sin deciros nada mas! esclamó Monks con tono furioso --Esto es
mentira! No sufriré que me engañeis! Ella ha dicho mas! Os arrancaré
á ambos la vida sino me decís lo que esto era!
--Os aseguro otra vez que no me ha dicho una sola palabra de mas
--replicó esta con una sangre fria que Mr. Bumble estaba lejos de
compartir; --pero con una mano crispada, me cojió por el vestido y me
atrajo á su lado y cuando ví que estaba muerta, noté al desprender mi
vestido de entre sus dedos que oprimia un pedazo de papel todo grasiento.
--Qué contenia? interrumpió Monks bruscamente.
--Nada --replicó la matrona --era un reconocimiento de empeño en el
Monte-pio.
--¿Por qué objeto? preguntó Monks.
--Lo sabreis al momento. Tengo motivos para creer, que por el pronto ella
guardó el objeto durante algun tiempo, con la esperanza sin duda, de
sacar de él mayor provecho y lo empeñó luego, teniendo cuidado, sobre
el dinero que recibiera de él, ahorrar con que paga cada año los
intereses, á fin de poderlo retirar en caso de necesidad. Con que ha
muerto, como acabo de decirlo, teniendo fuertemente cerrado dentro su
mano ese pedazo de papel, todo súcio y todo rasgado. Como faltaban solo
tres dias para concluir el año, pensé que yo misma un dia podria sacar
de dicho objeto alguna ventaja y lo desempeñé.
--Dónde está ahora? --preguntó Monks con impaciencia.
--Aquí lo teneis contestó la matrona. Y como si le hubiese tardado el
desembarazarse de él, arrojó vivamente sobre la mesa una holsita de
cuero, apenas suficiente para contener un reló de mujer. Monks se
apoderó al instante de él y abriéndolo con mano temblorosa, sacó un
pequeño medallon de oro conteniendo dos bucles de cabello y un anillo
sencillísimo.
--La palabra -Inés- está grabada al interior del anillo --dijo la
matrona --El nombre de familia (el apellido), se ha dejado en blanco;
pero hay la fecha que es segun creo de un año anterior á la época del
nacimiento del niño.
--Y es esto todo? --dijo Monks despues de haber examinado
escrupulosamente los objetos.
--Todo --respondió la mujer. --Nada sé de tal historia; mas allá de lo
que puedo adivinar --dijo la señora dirijiéndose á Monks despues de un
rato de silencio . . . No deseo saber mas; porque tal vez no seria
prudente; y temo además que nada habria que ganar . . . pero no es
cierto que me permitiréis dos preguntas?
--Sin duda --contestó Monks algo sorprendido. --pero que responda ó no
á ellas esta es otra cuestion.
--Lo que forma tres cuestiones --observó Mr. Bumble queriendo hacerse el
chistoso.
--Es esto todo lo que deseabais de mí? --preguntó la matrona.
--Todo --respondió Monks. ¿Qué mas?
--Lo que os propongais, con esos objetos puede pararme perjuicio?
--Jamás --contestó Monks lo mismo que á mí . . . Mirad! pero no deis
un solo paso adelante ó todo ha concluido para vosotros eternamente!
Al decir tales palabras apartó á un lado la mesa y pasando su mano en
un anillo de hierro, fijado en el suelo, levantó una trampa que se
abrió justamente á los piés de Mr. Bumble, lo que le espantó de tal
modo que retrocedió precipitadamente.
--Echad una mirada al fondo --dijo Monks bajando la linterna en el abismo
--No tengais miedo de mí! Hubiera podido haceros bajar á mansalva
cuando estabais sentados encima si tal hubiese sido mi intencion.
Tranquilizada por estas palabras la matrona se acercó hasta el borde del
precipicio, imitándola Mr. Bumble movido por la curiosidad. El agua
cenagosa aumentada con la lluvia corria rápidamente en el fondo,
produciendo tal ruido al romperse contra los pilares verdosos que
sostenian el edificio, que era imposible entenderse.
--Si se arrojase á un hombre al fondo de este abismo, dónde pensais que
deberia encontrarse mañana su cadáver? --dijo Monks sacudiendo la
cuerda al cabo de la cual estaba suspendida la linterna.
--A doce millas de aquí --y por añadidura hecho pedazos --replicó
Bumble horrorizado de solo pensarlo.
Monks sacó de su faltriquera el saquito que se habia embolsado al
descuido y atándolo fuertemente con bramante á un pedazo de plomo que
estaba en el suelo en un rincon del aposento lo arrojó al rio.
--Ya está! --dijo cerrando la trampa --Si el mar arroja sus cadáveres
en la ribera como pretenden algunos escritores, guarda al menos el oro y
la plata y no dudo que esa baratija quedará sumerjida en él para
siempre. Nada mas tenemos que decirnos, con que podemos ya separarnos.
--Es muy justo! --se apresuró á decir Mr. Bumble.
--Espero que sabreis comprimir vuestra lengua! --dijo Monks lanzando á
éste una mirada amenazadora --no creo necesario hacer esta recomendacion
á vuestra mujer; pues estoy seguro que guardará el secreto.
--Podeis fiar en mi jóven! replicó Mr. Bumble.
Fué fortuna para éste que la conversacion terminará aquí porque en
este momento se encontraba tan cerca de la escalera, que faltó poco para
que cayera de cabeza en el piso de debajo. Encendió su linterna con la
que Monks desató de la cuerda; y no deseando prolongar la entrevista
bajó en silencio seguido de su mujer. Monks bajó el último.
Apenas estuvieron fuera, Monks que sin duda no le hacia gracia el estar
solo llamó á un muchacho que se habia ocultado en algun sitio en el
plan terreno de la casa y habiéndole dicho que tomára la luz y
marchára adelante, se volvió al aposento que acababa de dejar.
CAPÍTULO XXXVIII.
EL LECTOR VUELVE Á ENCONTRARSE CON CONOCIDOS ANTIGUOS. MONKS Y FAGIN SE
CONFABULAN ENTRE ELLOS.
PODIAN ser cerca las siete horas de la noche, del dia siguiente al en que
los tres dignos personajes de que se ha hablado en el capítulo
precedente arreglaron juntos sus negocios, cuando Guillermo Sikes,
dispertándose de improviso, preguntó con tono áspero que hora era.
Cubierta la cabeza con un gorro súcio de algodon y envuelto en su gran
redingote blanco á guisa de bata, el bandido descansaba tranquilamente
sobre su lecho. Una barba recia y espesa que no habia sido afeitada desde
ocho dias, unida al tinte cadáverico de su rostro aumentaba la ferocidad
de su fisonomía. El perro estaba echado á la cabecera de la cama y
mirando á su amo con ojo inquieto, ya enderezando sus orejas ó
gruñendo sordamente, segun el ruido que llamaba su atencion. Cerca la
ventana permanecia una jóven ocupada en remendar un chaleco viejo que
formaba parte del traje del ladron. Estaba pálida y descompuesta á
fuerza de velas y privaciones que á no ser el timbre de su voz, en el
momento en que respondió á la pregunta de Sikes, hubiera sido muy
difícil reconocer en ella á aquella Nancy que ha figurado ya en el
curso de esta historia.
--En este momento acaban de dar la siete --dijo --¿Cómo te encuentras
esta noche Guillermo?
--Tan débil como el agua --contestó Sikes con un juramento horrible
--Ea, dame la mano y ayúdame á salir de una manera ó de otra de este
lecho infernal!
La enfermedad de Sikes no habia ablandado su carácter; porque en el
momento en que Nancy ayudándole á levantarse, lo acompañaba hácia una
silla, arrojó imprecaciones contra su impericia y la pegó.
--Déjate de lloriqueos! --dijo --quítate de aquí sino quieres sorberte
los mocos! Si no puedes hacer nada mejor, lárgate pronto! Oyes?
--Por qué Guillermo? --preguntó ésta poniendo su mano sobre la espalda
de Sikes --Oh! tú no tienes intencion de maltratarme esta noche?
--No! y por qué, sepamos? --esclamó Sikes.
--Tantas noches --replicó la jóven con un acento de ternura, que
prestaba la mayor dulzura á su voz. --Tantas noches como he pasado á tu
lado cuidándote como si fueras un niño! Y hoy que por primera vez te
veo un poco repuesto, estoy segura que no me hubieras tratado como acabas
de hacerlo, si tu lo hubieses recordado, no es cierto? Vamos Guillermo
habia francamente!
--Por vida de . . . no digo no! --contestó Sikes --ciertamente no lo
hubiera hecho . . . Voto al diablo con la muchacha todavía lloriquea!
--No es nada --dijo ésta dejándose caer en una silla --no hagas caso de
mi, es cosa de un momento . . . esto pronto se pasará.
--Qué es lo que pronto se pasará? --preguntó Sikes con tono furioso;
--que te dá ahora? Ea levántate! paséate por el aposento y no vengas
á -embaucarme- con tus beberías de mujer!
En cualquiera otra circunstancia esta amonestacion hecha con ademan
ríjido sin duda hubiera producido su efecto; pero la jóven debilitada
por los insomnios y abatida por la fatiga, dejó caer su cabeza sobre el
respaldo de la silla, antes que Sikes tuviera tiempo de pasar el rosario
de juramentos, que tenia todo preparado en casos semejantes. No sabiendo
que hacer en tal circunstancia, porque las convulsiones de la Señorita
Nancy eran de naturaleza contraria á todo ausilio, ensayó una
blasfemia, y viendo que esta clase de tratamiento era completamente
ineficaz, gritó socorro!
--Qué sucede querido? --dijo el judío Fagin abriendo la puerta del
aposento.
--Mas valiera que socorrieseis á esta muchacha --dijo Sikes con tono
impaciente, en vez de estaros allí plantado y mirándome como á un
animal curioso!
Fagin se acercó al momento á Nancy soltando una esclamacion de
sorpresa, mientras que Jaime Dawkins, por otro nombre el -fino
Camastron-, que habia seguido á su venerable amigo, colocó sin demora
en el suelo un bulto de que iba cargado, y tomando una botella de manos
de maese Bates, que entró trás de él, la destapó en un decir Jesus
con sus dientes, y derramó una parte del licor contenido en ella en el
gaznate de la jóven; no sin haberla gustado antes por temor de
equivocacion.
--Carlos, dadle un soplo de aire con el fuelle! dijo Dawkins, y vos Fagin
pellizcadle en la mano, en tanto que Guillermo la afloja!
Estos socorros administrados á tiempo y con celo, sobre todo los que
estaban confiados á Maese Bates, quien parecia tener un placer del todo
particular, en desempeñar concienzudamente su deber, no tardaron mucho
tiempo en producir el efecto que de ellos esperaban: Nancy recobró poco
á poco los sentidos y dejándose caer en una silla situada á la
cabecera de la cama, ocultó su rostro bajo la almohada, dejando
enteramente el cuidado de presentar los recien venidos á Sikes, algo
asombrado de su visita inesperada.
--Por qué motivo habeis venido? --preguntó á Fagin --Qué mal viento
os he soplado aquí?
--Querido, no es un mal viento --respondió el judío --porque un mal
viento jamás sopla nada bueno, sea para quien sea y yo os traigo algo de
bueno, que os alegrará la vista. Camastron, amigo mio, deslia ese
paquete y dá á Guillermo esas fiambres por las cuales hemos gastado esa
mañana todo nuestro caudal.
A la invitacion de Fagin, el Camastron deslió el paquete, que formaba un
volúmen algo grueso y que estaba envuelto en un viejo mantel; pasó los
objetos que contenia uno por uno á Cárlos Bates, quien hacia el
panejírico de cada uno de ellos al colocarlo sobre la mesa.
--Ah! ah! --hizo el judío frotándose las manos con ademan de
satisfaccion --he aquí algo con que confortaros! Guillermo esto vá á
restableceros!
--Todo esto es bello y bueno --dijo éste --pero yo necesito -dinero-
esta misma noche.
--No llevo sobre mí una sola moneda --contestó el judío.
--Teneis en vuestra casa las suficientes para hacer -chirriar la sarten-
--replicó Sikes --y de allí es de donde me convienen.
--Para hacer chirriar la sarten! ¿Lo creeis así? --esclamó el judío
elevando las manos al cielo. --Las pocas que tengo no bastarian para . . .
--No se las que teneis y no dudo que os costaria trabajo á vos mismo de
saberlo; por el mucho tiempo que os exijiria el contarlas. --dijo Sikes
--Lo que sé positivamente, es que esta misma noche necesito algunas de
ellas.
--Está bien, esto basta --replicó el judío con un suspiro --voy á
enviar incontinenti al Camastron . . .
--No me conviene; el -Camastron- es demasiado -Camastron- y puede que se
olvidase de volver. Además podria suceder tambien, que perdiese el
camino ó que cayera en una trampa, ó se valiera de cualquiera otra
escusa de esta clase, si vos le inspirais la idea . . . Será mejor que
Nancy vaya con vos á buscar el -plus-: esto es mas seguro. Yo entre
tanto me acostaré y echaré un sueño.
Despues de muchas contestaciones y regateos de una parte y otra, el
judío redujo la suma de cinco libras exijida por Sikes á tres libras
cuatro chelines seis peniques, protestando con juramento que no le
quedarian mas que un chelin y seis peniques para subvenir á la
manutencion de la casa. A lo que habiendo contestado Sikes con tono
brusco que si no habia medio de procurarse mas, era preciso conformarse.
Nancy se preparó para salir con Fagin, en tanto que el Camastron y maese
Bates arreglaban los comestibles en la alacena.
Entonces el judío se despidió de su amigo y regresó á su casa
acompañado de sus educandos y de Nancy. Sikes al verse solo se echó
sobre la cama y se dispuso á dormir para matar el tiempo hasta la vuelta
de la jóven.
Aquellos llegaron á dicha casa en la que encontraron á Tobias Crachit y
al señor Chattiling con ánimo de emprender su quincuagésima partida de
los cientos.
--Ha venido alguien, Tobias? preguntó el judío.
--No he visto á alma viviente --respondió Crachit tirando el cuello de
su camisa.
En esto el judío manifestó que era ya mas que tiempo de andar á caza,
pues que habian dado las diez y todavia no se habia hecho nada y los
alanos partieron para distribuirse á los barrios respectivos.
--Ahora Nancy --dijo aquel cuando hubieron dejado el aposento --voy á
buscar ese dinero. Esta es la llave del armario pequeño donde cierro
todo lo que me llevan mis jóvenes educandos. Querida, jamás cierro mi
dinero con llave; porque no tengo para ello lo bastante . . . ah! ah! ah!
No ciertamente; no tengo mas que una miseria . . . Nancy, pobre es
nuestro comercio! no dá para el calzado que cuesta . . . y si no fuera
por lo que quiero á los muchachos tiempo hace que hubiera renunciado . . .
Pero los ayudo querida; los sostengo Nancy . . . toda la carga es para
mi, hija mia . . . Chiton! --dijo escondiendo precipitadamente la llave
en su pecho --Quién puede ser? escucha!
La jóven que estaba sentada con los brazos cruzados y los codos apoyados
sobre el borde de la mesa, afectó la mayor indiferencia, á la llegada
de un tercero y pareció darse poco cuidado en saber cual era la persona
que venia á tal hora, cuando el cuchicheo de una voz de hombre hirió su
oido. Entonces se quitó el sombrero y el chal con la rapidez del rayo,
los arrojó sobre la mesa, lamentándose del calor con un tono lánguido
que contrastaba singularmente con la viveza de sus movimientos; lo que no
advirtió el judío por haberse vuelto en este momento de espaldas.
--Ah! ah! --dijo como contrariado por la visita del importuno --es el
hombre que esperaba . . . Va á bajar aquí Nancy. No tienes necesidad de
hablar de ese dinero en su presencia . . . lo oyes? No estará mucho
tiempo querida . . . diez minutos lo mas.
El judío tomó la vela y fué á abrir la puerta al visitador.
--Es una de mis muchachas. --dijo el judío viendo á Monks (porque era
el mismo) retroceder á la vista de la jóven. --No te muevas de aquí,
hija mia!
Esta aprocsimándose á la mesa miró á Monks con aire indiferente y
bajó al momento los ojos; pero habiéndose este vuelto hácia el judío
para dirijirle la palabra, le lanzó al soslayo una nueva mirada tan
diferente de la primera, tan viva y penetrante que si alguno hubiese
estado allí para notar la diferencia, le hubiera costado mucho
convencerse de que proviniesen de la misma persona.
--Teneis alguna nueva noticia que comunicarme? --preguntó el judío.
--Si, una muy grande! --respondió Monks.
--Y buena . . . sin duda? --volvió á preguntar el judío vacilando como
si temiese disgustar al otro por exceso de curiosidad.
--No mala . . . tanto se vale! --replicó Monks sonriendo. --Esta vez he
sido bastante afortunado. Quisiera deciros dos palabras á solas.
Nancy se reclinó sobre la mesa y no hizo el menor ademan de marcharse á
pesar de ver que Monks la señalaba con el dedo, dirijiéndose al judío.
Este temiendo sin duda que hablára del dinero si intentaba despedirla
hizo un movimiento de cabeza para indicar el piso superior y salió con
su amigo.
Aun no habia cesado el ruido de sus pasos, cuando la jóven se descalzó,
arremangó su vestido sobre la cabeza y escuchó atentamente á la
puerta. Despues que nada vió, salió de puntillas y subiendo la escalera
en el mayor silencio; pronto desapareció en la obscuridad.
Al cabo de un cuarto de hora ó veinte minutos lo mas, bajó con la misma
ligereza que habia subido y fué pronto seguida de los dos hombres. Monks
no tardó en salir, y el judío volvió á subir la escalera para ir á
buscar el dinero. En el momento que entró, la jóven se ponia el
sombrero y el chal para prepararse á marchar.
--Qué es lo que tienes Nancy? --esclamó el judío asombrado, despues de
colocar la vela sobre la mesa --Que pálida estás!
--Pálida! --esclamó á su vez la jóven poniendo la mano ante sus ojos
para sostener con mas firmeza la mirada del judío.
--Sí, estás pálida como la muerte --replicó éste --Qué ha sucedido?
--Oh! nada . . . A menos que esto no sea por haber estado encerrada todo
este tiempo en este aposento, donde hace un calor sofocante --repuso la
muchacha con frialdad . . . Ea concluyamos y que me vaya!
Fagin entregó á Nancy la suma convenida exhalando un suspiro á cada
moneda que le ponia en la mano y despues de haberse dado recíprocamente
las buenas noches, se separaron.
Apenas la jóven estuvo en la calle, se vió obligada á sentarse en el
lindar de una puerta, por sentirse imposibilitada de continuar su camino.
De repente se levantó y se puso á correr en direccion enteramente
opuesta al domicilio de Sikes, hasta que estenuada de fatiga y bañada en
sudor se paró al fin para tomar aliento. Entonces como vuelta en sí, y
como desesperada de ejecutar un proyecto que tenia á la cabeza se
torció los brazos y lloró amargamente.
CAPÍTULO XXXIX.
SINGULAR ENTREVISTA Á CONSECUENCIA DE LO ACAECIDO EN EL CAPÍTULO
ANTERIOR.
POR fortuna de Nancy, Sikes una vez en posesion del dinero pasó todo el
dia siguiente en beber y comer. Esto le ablandó de tal modo el
carácter, que no tuvo tiempo ni el antojo de encontrar que decir en la
conducta de la jóven.
A medida que el dia avanzaba, la inquietud de ésta aumentó; y cuando al
caer la tarde se sentó á la cabecera del bandido esperando con
impaciencia que el sueño y la bebida hubiesen amodorrado sus párpados,
su rostro estaba tan lívido y sus ojos tan brillantes que el mismo Sikes
lo observó con estrañeza.
Este á quien la fiebre habia debilitado, estaba acostado en su cama
bebiendo mucho -grog- para aplacarla y alargaba su vaso á Nancy para que
se lo llenára por la tercera ó cuarta vez, cuando esos síntomas le
chocaron.
--Mil truenos! qué significa esto? esclamó incorporándose para
observarla de mas cerca --Tienes la cara de un aparecido! ¿Qué ocurre
de nuevo?
--Qué ocurre? --contestó la jóven . . . Oh! nada . . . Por qué me
miras así, de reojo?
--A dónde se dirijen todas estas bestialidades! --preguntó Sikes
cojiéndole el brazo y sacudiéndola bruscamente. --Qué sucede? qué
quiere decir esto? En qué piensas? Ea! habla!
--En muchas cosas Guillermo! --contestó pasando la mano por sus ojos
para ocultar su turbacion y estremeciéndose involuntariamente . . .
--Pero Dios mio! Qué hay de estraordinario en ello?
El tono jovial que afectó pronunciando estas últimas palabras, pareció
producir en Sikes, una impresion mas fuerte que no lo habia hecho su
estremada palidez.
Tranquilizado por el pensamiento de que Nancy podia muy bien tener
fiebre, Sikes vació su vaso hasta la última gota; y luego continuando
en regañar y jurar, pidió su pocion. La jóven no se lo hizo decir dos
veces; se levantó al momento de su silla, derramó el brebaje en una
taza (habiendo para ello tenido cuidado de volverse, un poco de espalda)
y por si misma le llevó la tasa á los labios hasta que lo hubo bebido
todo.
--Ahora --dijo el bandido --ven á sentarte cerca de mi y recobra tu
fisonomía acostumbrada, si no quieres que yo mismo le la cambie, de modo
que no la reconozcas cuando se te antoje mirarte en el espejo.
Esta obedeció y Sikes cojiéndola la mano la tuvo estrechamente cerrada
en la suya no dejándo de contemplarla atentamente. Luego volvió á
recostarse en la almohada. Sus ojos se cerraron, y despues volvieron á
abrirse; tornaron á cerrarse y á abrirse de nuevo. Se removió en su
lecho y cambió muchas veces de posicion, como si hubiese estado
incómodo y en seguida se amodorró por intervalos repetidos en el
espacio de algunos minutos, estremeciéndose de tanto en tanto y mirando
con aire estraviado á su alrededor. De pronto quedó inmóvil en la
postura de una persona que vá á levantarse y luego se durmió con un
sueño soporífico. Su mano soltó la de Nancy y cayó con flojedad sobre
el lecho.
--El láudano ha producido al fin su efecto! --murmuró Nancy
separándose inmediatamente del lecho. --Tal vez será ya tarde!
Diciendo estas palabras se puso con presteza el sombrero y el chal y
mirando con espanto á su alrededor, como si á pesar del brebaje que
habia administrado al ladron esperase á cada momento sentir sobre su
espalda la presion de su mano ruda, despues inclinándose, cautelosamente
sobre el lecho, imprimió un beso en los labios de Sikes y desapareció
con la celeridad del rayo.
Al estremo de un pasaje que debia atravesar para llegar á una de las
calles principales de Londres, un -watchman-, cantó las diez y media.
--Hay mucho tiempo que ha sonado la media? --preguntó Nancy.
--Dentro un cuarto de hora darán las once! --respondió el sereno
levantando su farol para ver el rostro de la jóven.
--Las diez y tres cuartos ya! y necesito aun mas de una hora para llegar
allí! dijo á sí misma Nancy continuando su camino con una celeridad
sin igual.
--Esta mujer está loca! --decia la gente mirándola correr de tal modo
á lo largo del malecon.
En una calle elegante y tranquila de los alrededores de Hyde-Park estaba
situado un palacio magnífico. En el momento que Nancy descubrió la
brillante luz del reverbero colocado ante la puerta dieron las doce en el
reló de una iglesia vecina. Habia contenido su marcha incierta de si
debia avanzar ó retroceder, pero habiéndola decidido el sonido de la
campana, entró en el vestíbulo. Al ver vacante el asiento del portero,
miró con ademan inquieto en torno suyo y se dirijió hácia la escalera.
--Qué se os ofrece jóven? --preguntó una camarera vestida con
elegancia, entreabriendo una puerta trás de Nancy. A quién buscais
aquí?
--Una señorita que está en esta casa --respondió la jóven.
--Una señorita! --replicó la otra con desden. --Qué señorita, si os
place?
--La señorita Maylie. --dijo Nancy.
La jóven camarera que durante este corto diálogo habia notado el
talante de aquella, se contentó con mirarla de los piés á la cabeza é
hizo señal á un lacayo para que se encargára de continuarlo. Nancy
manifestó á este último el motivo de su visita.
--De parte de quién? --preguntó el criado --que nombre debo decir?
--El no es necesario. --replicó Nancy.
--Ni tampoco el motivo que os trae aquí? --preguntó el hombre.
--Tampoco; no vale la pena --respondió la jóven --es preciso que yo vea
á esa señorita.
--Largo de ahí! --replicó el hombre empujándola hácia la puerta
--conocemos estos colores! afuera!
--Si salgo de aquí, será porque me llevaréis vos. --dijo vivamente
Nancy y os juro que sois poco dos para ello. No hay pues aquí nadie
--prosiguió paseando sus miradas alrededor de la sala --nadie que quiera
encargarse de una comision para una pobre jóven como yo?
Nancy tuvo que vencer muchas dificultades para llegar hasta Rosa; porque
los criados del palacio creian deshonrarse accediendo á sus súplicas.
Las criadas la insultaban y los lacayos la miraban con aire de compasion
creyéndola una mendiga. Al fin una buena alma de cocinero vino á su
socorro y acabó por determinar al ayuda de cámara, á que se dignase ir
á avisar á la señorita Maylie; y aun que el orgullo de este se
considerase manullado quiso ser condescendiente á la recomendacion de un
cofrade.
Al cabo de pocos instantes Nancy oyó un ligero ruido.
Levantó los ojos lo suficiente para notar que la persona que se
presentaba, era jóven y hermosa.
Trabajo cuesta el llegar hasta vos señorita! --dijo sacudiendo la cabeza
con ademan de indiferencia. --Si ofendida, me hubiese marchado, (como lo
hiciera cualquiera otra en mi lugar), algun dia lo hubierais deplorado
mucho; pues no faltará motivo.
--Siento en el alma que se os haya recibido mal --contestó Rosa
--olvidadlo y decidme que causa os ha incitado el deseo de verme; yo soy
la persona que pedís.
El tono amable de esta respuesta, la voz dulce de Rosa y sus maneras
afables, exentas de orgullo, llenaron de asombro á la jóven, que
prorrumpió en llanto.
--Oh! Señorita --dijo juntando sus manos en ademan suplicante --si
hubiera mas personas cual vos, habria menos cual yo; esto es muy cierto!
--Sentaos. --dijo Rosa conmovida --me oprimís el corazon. Si estais en
la miseria ó en la afliccion, tendré un gran placer en aliviaros, si
está en mi mano. Sentaos . . .
--Permitid que permanezca en pié señorita --dijo la jóven --y no me
hableis con tanta bondad hasta que me conozcais mejor. Empieza á hacerse
tarde . . . Esa puerta está cerrada?
--Sí; --contestó Rosa retrocediendo algunos pasos á fin de
encontrarse, en mejor posicion para pedir socorro en caso de necesidad
--¿Por qué me haceis esta pregunta?
--Por qué? --dijo la jóven --porque estoy á punto de poner mi vida y
la de muchos otros entre vuestras manos. Yo soy la que llevó al pequeño
Oliverio á la casa de Fagin el judío, la misma noche que este
desapareció de Pontowille.
--Vos! esclamó Rosa.
--Yo misma. Yo soy la criatura infame de que habeis oido hablar; que vivo
entre los ladrones y que hasta donde alcanza mi memoria (es decir desde
mi mas tierna infancia); no he conocido otra existencia preferible á la
que ellos me han procurado ni palabras mas dulces que las que ellos me
han dirijido: así pues, que Dios tenga piedad de mí! No teneis que
disimular el horror que os inspiro . . . Soy mas jóven de lo que se cree
al verme; pero sé bien el efecto que produce mi presencia: las mujeres
mas miserables se alejan de mi cuando paso cerca de ellas en la calle.
--De que cosas horribles venís á ocuparme! --esclamó Rosa
retrocediendo involuntariamente.
--Dad gracias al cielo, mi buena señorita. --continuó Nancy
--de que os haya proporcionado amigos que han tenido cuidado de vos en
vuestra infancia y que no ha permitido fuerais espuesta al frio, al
hambre, á la crápula, á la borrachera y algo peor que todo esto, como
lo he sido yo, como quien dice, desde mi cuna: porque los callejones y
los arroyos han sido mi patrimonio, moriré en ellos como en ellos he
vivido.
--Os compadezco! --dijo Rosa con voz conmovida. --Vuestras palabras, me
desgarran el corazon.
--Que Dios os bendiga por vuestra bondad! --repuso la jóven --Si
supierais lo que he esperimentado alguna vez, me compadeceríais con
mayor razon. Pero, he escapado á la vigilancia de los que me asesinarian
indudablemente, si supieran que he venido aquí para deciros lo que he
oido. ¿Conoceis á un individuo llamado Monks?
--No; --dijo Rosa.
--El os conoce mucho á vos --replicó la jóven --y sabe que viviais
aquí pues por él he descubierto yo vuestra direccion.
--No conozco á nadie de ese nombre --dijo Rosa.
--Entonces probablemente es un nombre fingido --como lo he sospechado
alguna vez --prosiguió la jóven. --Hace algun tiempo (pocos dias
despues que Oliverio fué introducido por aquella ventanilla en la casa
que habitabais en Chertsey, la noche en que debian robaros), como tenia
sospechas sobre ese hombre, escuché una conversacion que tuvo con Fagin
en la obscuridad. Por lo que oí, supe pues que Monks el hombre que creia
que vos conociais, ya sabeis? . . .
--Sí, sí; --dijo Rosa, comprendo.
--Supe pues que Monks, habia visto por casualidad á Oliverio, con dos de
nuestros muchachos el dia mismo que lo perdimos por primera vez, y que al
momento lo habia reconocido por ser el niño que buscaba, (aunque no
pueda darme cuenta del porque). Fué concluido entre ellos un tratado por
el que, si Fagin volvia á apoderarse de Oliverio, recibiria cierta
cantidad de dinero y que recibiria otra mayor si lograba hacer de ese
niño un ladron lo que (por razones que ignoro) Monks pareció desear
vivamente.
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