--Sí.
--¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de
Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.
Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle
seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero
en medio de la escalera se detuvo.
--¡Por vida de...!--continuó casi en voz alta--. Habla con lucidez
y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre?
Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo--y se llevó
el dedo a la frente--. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a
ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar--y echó a correr
en busca de Raskolnikoff.
Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al
-Palacio de Cristal- para interrogar cuanto antes a Zametoff.
Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de
él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su
debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas
pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en
cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua,
contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y
la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.
--Sea, pues--dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la
oficina de policía.
Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía
angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que
experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».
--Después de todo, lo mismo da una solución que otra--pensaba avanzando
lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace
depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea
esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!;
quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más
vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que
esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...
Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por
la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos
del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo,
reflexionó un instante y entró en el -pereulok-. Después anduvo sin
rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo
a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le
parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza
y advirtió que estaba en la puerta de -aquella casa-. No había pasado
por allí desde el día del crimen.
Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff
entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso
a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba
muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con
curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un
vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»--pensó el
joven--. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey:
está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la
habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un
momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta
de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto
aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos
escalones y entró.
Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande
a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él;
quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran
sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la
ventana y se sentó en el poyo.
No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era
bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería
amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas.
Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff,
el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en
extremo tales variaciones.
Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del
visitante, continuaron su conversación.
Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante
el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció
muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar
aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de
las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad,
Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.
El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente,
dirigiéndose a él, le dijo:
--¿Qué hace usted ahí?
En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se
puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido.
Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo
sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la
vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada
campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.
--¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?--gritó el obrero encarándose
con él.
Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.
--Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta--respondió.
--No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber
subido acompañado del -dvornik-.
--Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?--prosiguió Raskolnikoff--. ¿No
hay sangre?
--¿Cómo sangre?
--Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar
de sangre.
--¿Quién eres tú?--gritó el obrero asustado.
--¿Yo?
--Sí.
--¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.
Los dos papelistas le miraron estupefactos.
--Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de
más edad a su compañero.
--Pues bien, vamos--replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y
saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente
la escalera--. ¡Eh, -dvornik-!--gritó al llegar a la puerta de la calle
donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos
porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros
individuos.
Raskolnikoff se fué derecho a ellos.
--¿Qué se le ofrece a usted?--preguntóle un portero.
--¿Has estado en la oficina de policía?
--De allí vengo.
--¿Están allí todavía?
--Sí.
--¿El ayudante del comisario también está?
--Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?
Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.
--Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios.
--¿Qué cuarto?
--En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha
dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el
cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de
policía», añadió después; «allí lo diré todo».
El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.
--¿Quién es usted?--preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.
--Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo
cerca de aquí, en el -pereulok- inmediato, casa de Chill, departamento
número 14. Pregunta al portero; me conoce.
Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando
obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su
interlocutor.
--¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?
--He venido a ver la casa.
--¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?
--¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?--propuso de
repente el burgués.
Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.
--Vamos allá--dijo el joven con indiferencia.
--Sí. Es preciso llevarle a la comisaría--siguió diciendo y con mayor
seguridad el burgués--. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en
la conciencia.
--¡Dios sabe si estará borracho!--murmuró un obrero.
--¿Pero qué es lo que quieres?--gritó de nuevo el portero, que empezaba
a incomodarse de verdad--. ¿Por qué vienes a molestarnos?
--¿Te da miedo ir a la comisaría?--dijo con tono burlón Raskolnikoff.
--¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?
--Es un granuja--dijo una campesina.
--¿Para qué disputar con él?--apuntó a su vez el otro portero, un
-mujick- enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves
pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en
seguida!
Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.
El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse
en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a
todos los espectadores y se alejó silenciosamente.
--¡Vaya un tipo!--observó un obrero.
--Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina.
--Lo que usted quiera y mucho más--añadió el burgués--; pero hubiera
sido conveniente llevarle a la comisaría.
--¿Iré o no iré?--pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una
encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando
un consejo de alguien.
Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida,
como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de
él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que
partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el
suelo brillaba una débil luz.
--¿Qué pasa ahí?
Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud.
Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril
predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y
decía para sus adentros:
--De un momento a otro acabará todo esto.
VII
Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular,
tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie
y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos
por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida
por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña
en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el
arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía
consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:
--¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!
Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los
curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se
reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del
conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los
caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un
hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles
heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de
un incidente sin importancia.
--¡Dios mío!--decía el cochero--; no he podido impedir esta desgracia.
Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto
y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba
despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es
que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una
vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno
los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía
adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre
gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.
--Sí, de ese modo ha pasado--afirmó uno que había sido testigo de la
escena.
--En efecto--dijo otro--; por tres veces le avisó el cochero.
--Sí, por tres veces, todos le hemos oído--añadió uno del grupo.
Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias
de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un
personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última
circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de
policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie
sabía su nombre.
Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De
pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo
reconoció.
--Le reconozco, le reconozco--gritó empujando a los que le rodeaban y
colocándose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario,
el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel...
¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!
Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba
extraordinaria agitación.
Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado.
Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para
que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del
accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor
solicitud.
--Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán
rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un
borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de
llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá
por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una
cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar
al hospital.
Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un
agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era
perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y
algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de
Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el
accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza
del herido, y enseñando el camino.
--¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza
baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba.
En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un
minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de
la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el
pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez
de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años
de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta
de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre
sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta
le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables
para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.
Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo
el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la
camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba
sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho
los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida
(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie,
cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta,
a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación
contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica.
Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras
manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.
--No puedes imaginarte, Polenka--decía paseándose por la habitación--,
qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán
desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el
servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi
gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto;
así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan
Mikhailtch, como gobernador.»
La interrumpió un golpe de tos.
--¡Oh condenada vida!
Escupió y se apretó el pecho con las manos.
--¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida--añadió,
dirigiéndose a la chiquita--. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las
medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho
sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para
no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!--volvió a
toser--. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?--exclamó al ver que el vestíbulo
se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de
fardo--. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!
--¿Dónde hay que ponerlo?--preguntó un agente de policía mirando en
derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff
ensangrentado y exánime.
--En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí--indicó
Raskolnikoff.
--Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--gritó uno desde
la puerta.
Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La
pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa
la estrechó en sus brazos.
Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá,
Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.
--Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto--dijo
el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado;
no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que
le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se
acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...
--No volverá en si, no volverá en si--dijo con desesperación Catalina
Ivanovna y se precipitó hacia su marido.
Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa
a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza
del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se
puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle
inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo;
se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en
su pecho los gritos prontos a escaparse.
Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la
vecindad.
--He mandado a buscar un médico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se
preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla,
una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la
gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase
usted. Ya veremos lo que dice el doctor.
Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla
había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la
ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este
lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando
no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo
de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada
miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y
como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre
tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches
lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y
repasada al día siguiente al despertar.
Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero
faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar
una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado
de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con
dificultad y se apretaba el pecho con las manos.
No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.
--Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff.
El guardia no sabía qué decidir.
--¡Polia!--gritó Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia;
pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga
en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff
para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda,
ponte ese pañuelo en la cabeza!
En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía
ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se
quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras
que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en
la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero
se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación.
Catalina Ivanovna se puso furiosa.
--Deberíais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--.
Venís aquí como a un espectáculo--y se interrumpió para toser--. Y
entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a
la muerte.
La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición
produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.
Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta,
llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción
que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la
desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del
otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el
herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad
de la casa.
--Ese es el inconveniente de morirse--vociferó Catalina Ivanovna, y ya
se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la
puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.
La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el
orden. Era una alemana intrigante y mal educada.
--¡Ah, Dios mío!--dijo juntando las manos--, ¡su marido de usted, que
estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle
al hospital, yo soy la propietaria.
--Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenzó a
decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la
patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura;
y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia
Ludvigovna.
--Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se
me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.
--Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no
pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor
Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se
agarran ji, ji--decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata),
yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo
comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de
ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que
cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que
muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré
parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud
y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez
ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos
amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó
de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero
ahora--añadió señalando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este
magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo
desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia
Ludvigovna.
Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la
tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento,
Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó
solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a
Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa,
tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en
sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud.
Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa.
Después la pobre mujer rompió a llorar.
--¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!--decía
acongojada--. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes,
Marmeladoff!
Marmeladoff la reconoció.
--¡Un sacerdote!--dijo con voz ronca.
Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el
marco gritó con desesperación:
--¡Oh vida, mil veces maldita!
--¡Un sacerdote!--repitió el moribundo después de una pausa.
--¡Silencio!--le gritó Catalina Ivanovna.
El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y
ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff
se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón
a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar
una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño
asombrado.
--¡Ah, ah!--dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.
Se comprendía que trataba de decir algo.
--¿Qué?--gritó Catalina Ivanovna.
--¡No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los
pies desnudos de la niña.
--¡Cállate!--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado
sabes que no tiene calzado...
--¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!--dijo gozosamente Raskolnikoff.
Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con
desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el
pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina
Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho
al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha
rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha
negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El
doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle
que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una
extensión de treinta pasos.
--Es asombroso que esté todavía vivo--murmuró en voz baja el doctor
dirigiéndose a Raskolnikoff.
--¿Qué le parece a usted?--preguntó este último.
--Caso perdido.
--¿No hay esperanza?
--Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy
peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá
de seguro dentro de cinco a seis minutos.
--Sángrele usted, sin embargo.
--Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.
Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se
agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos
blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió
el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada.
Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El
médico accedió encogiéndose de hombros.
Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff
no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos
entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse
en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen
delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar.
El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que
hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo
que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y
contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del
pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió
sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros
desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido
abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había
también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos
los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de
la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.
En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana,
atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo
apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse
el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:
--Ahí viene; la he encontrado por la calle.
Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió
paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella
habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y
de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque
muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que
distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada
del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una
mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se
cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y
cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar
lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la
puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano,
aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de
paja, adornado con una pluma brillantemente roja.
Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita
enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de
terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y
delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros.
Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka,
estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas
palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos.
Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se
quedó cerca de la puerta.
Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se
acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir
algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.
--¡Qué va a ser de ellos!--interrumpió la mujer con amargura mostrando
sus hijos.
--Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del
Altísimo--replicó el eclesiástico.
--¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!
--Eso es un pecado, señora, un pecado--observó el sacerdote moviendo la
cabeza.
--¿Y esto no es un pecado?--replicó vivamente Catalina Ivanovna
mostrando al moribundo.
--Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán
quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.
--Usted no me comprende--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--.
¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como
estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si
ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si
nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna!
¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para
nosotras!
--Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado,
señora, un gran pecado.
Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de
ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre
de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del
eclesiástico la pusieron hecha una furia.
--¡Eh, -batuchka-! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no
le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de
costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta,
hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa
de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo
a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de
perdón! Además, le he perdonado.
Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un
pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con
la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba
ensangrentado.
El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.
Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que
de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo,
trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía
otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna,
comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono
imperioso:
--Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...
El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a
la puerta y vió a Sonia...
Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven
se encontraba.
--¿Quién está allí? ¿Quién está allí?--dijo de repente con voz ronca y
ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran
terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.
Marmeladoff trató de incorporarse.
--¡Sigue echado! ¡No te muevas!--gritó Catalina Ivanovna.
Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá.
Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no
reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje.
Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la
infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso
a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un
sufrimiento inmenso.
--¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!--gritó.
Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó
pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en
el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse,
lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado
expiró en los brazos de su hija.
--¡Ha muerto!--exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su
marido--. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de
comer mañana a mis hijos?
Raskolnikoff se aproximó a la viuda.
--Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me contó su marido
toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que
me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al
ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de
su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo...
Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el
difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle
de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!
Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo
encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había
tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su
cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena
ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a
Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.
--¡Ah! ¿Es usted?--le preguntó.
--Ha muerto--contestó Raskolnikoff--. Le han asistido un médico y un
sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está
tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé
que usted es un hombre muy bueno--añadió sonriendo y mirando frente a
frente al comisario.
--Está usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de
ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.
--Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre--agregó el joven
con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un
movimiento de cabeza y se alejó.
Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba
todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en
él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que
recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se
hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio.
Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff
bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí.
Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él
gritándole:
--¡Oiga usted, caballero, oiga usted!
Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último
tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él.
Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro
demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía
resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que,
evidentemente, le agradaba mucho.
--Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive
usted?--preguntó precipitadamente.
Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una
especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la
niña? Ni él mismo lo sabía.
--¿Quién te manda?
--Mi hermana Sonia--respondió la niña sonriendo aún más alegremente.
--Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.
--Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo,
Polenka.»
--¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?
--La quiero más que... a todo el mundo--afirmó con singular energía
Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.
--¿Y a mí me querrás?
En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y
presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus
bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff,
e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en
silencio.
--¡Pobre papá!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza
y enjugándose las lágrimas con la mano--. Ahora no se ven más que
desgracias--añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que
afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.
--¿Te quería tu papá?
--Quería más a Lidotshka--respondió en el mismo tono serio (su sonrisa
había desaparecido),--sentía predilección por ella, porque es la más
pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba
a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina--añadió la niña con
dignidad--. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba
gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque
ya es tiempo de comenzar mi educación.
--¿Sabes rezar?
--¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor,
rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con
mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra
oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana
Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro
otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace
tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el
primero.
--Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en
tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.
--Siempre, siempre rezaré por usted--respondió calurosamente la niña; y
echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.
Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió
volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran
las diez dadas cuando salía de la casa.
No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de
Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el -dvornik- indicó en
seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la
escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y
animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.
La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía
de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás
del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes
cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio
de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se
presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había
bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible
emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido
contenerse.
--Escucha--comenzó a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto
de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo
que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas
si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana
pásate por mi casa.
--¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión,
estás débil.
--¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de
entreabrir la puerta?
--¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor
cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un
hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él.
Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora
con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito,
amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen
tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen
algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso
nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no
siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a
traer a Zosimoff.
El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a
Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su
rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.
--Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y
tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted
esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?
--Ciertamente--respondió Raskolnikoff.
--Harás bien en acompañarle--dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin--;
veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco
tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.
--¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?--comenzó
a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en
la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te
hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le
ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto
de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más
inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes
burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya
especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún
tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú
hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu
persona.
--¿Zametoff te lo ha contado todo?
--Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia
y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho
es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no
importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel
pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno
de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa
demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de
brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan
imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff;
te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible.
Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está
esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en
tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza
luego de semejante suposición; yo sé...
Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida,
Razumikin hablaba sin tino.
--Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y
porque el olor de la pintura me trastornó--contestó.
--El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura:
la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff
para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese
tonto de Zametoff: «Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeño de
ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos
sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el -Palacio
de Cristal- es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer
que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa
monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de
él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está
aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta
lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en
casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.
--¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?
--Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un
poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más
que nada es que sólo -eso- te interesa, y ahora comprende por qué te
interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie
de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con
tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte
es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus
enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.
Durante medio minuto ambos guardaron silencio.
--Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con
franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario...
He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido
besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien...
en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma
color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la
escalera.
--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Razumikin alarmado.
--La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que
estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...
--¿Qué he de mirar?
--¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?
Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de
la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la
habitación de Raskolnikoff había luz.
--Es extraño.
--Estará quizá en ella Anastasia--observó Razumikin.
--No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy
temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.
--¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.
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