--Bueno.
Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido.
Resolvió callarse y esperar.
--Me parece que no deliro--pensaba--; todo esto es muy real.
Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que
serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el
servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la
carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía
largo tiempo; hasta el mantel era limpio.
--Anastasia--dijo Razumikin--, Praskovia Pavlovna no haría mal en
enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni
gota.
--De nada te privas--murmuró la criada y fué a hacer el encargo.
El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención.
Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso
sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que
no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le
llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces
para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa
estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas;
pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando
que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.
En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.
--¿Quieres te?
--Sí.
--Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta
infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está
la cerveza.
Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se
puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.
--Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa--murmuró con la
boca llena--. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey;
me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para
qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha.
Anastasia, ¿quieres cerveza?
--¿Te burlas de mí?
--¿Pero un poco de te sí tomarás?
--Eso sí.
--Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.
Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó
su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que
cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas
para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin
decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en
el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la
cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi
instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular
cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en
acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después
de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con
un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer
sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff
tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda
muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de
preocuparle.
--Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para
preparar la bebida a Raskolnikoff--dijo Razumikin volviendo a sentarse
en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.
--¿Y dónde va a buscar la frambuesa?--preguntó Anastasia que, teniendo
el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través
del azúcar».
--Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha
pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como
un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví
encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día
me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían
olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había
sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de
que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé
sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de
Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los
nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de
Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues
bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación
de tu domicilio. Estás inscrito allí.
--¿Que estoy inscrito?
--¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general
Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de
todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo
dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado
a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el -dvornik-, con
Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin,
con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a
Anastasia.
--Por fuerza la has embrujado--murmuró la criada con una sonrisa
maliciosa.
--Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te
entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con
Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día
de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres?
¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el
proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy
al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que
soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece
que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?
--Sí--balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.
No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.
--¿Verdad que sí?--exclamó Razumikin--. ¿No es una mujer muy
inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que
no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que
treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan.
Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual,
porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes
imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha
sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones
ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para
que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha
asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con
ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y,
naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en
eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que
tu madre pagaría...
--He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la
miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida--dijo
Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.
--Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de
Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar.
Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada
contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre
de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El
firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su
madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco
rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante
apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por
su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por
qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías
inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver
en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado
y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios
las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese
Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise,
para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de
negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido
perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento
respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador
por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez
rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora,
no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.
--¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?--preguntó Raskolnikoff,
después de una pausa.
--Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre
todo cuando he venido con Zametoff.
--¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...
Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó
los ojos en Razumikin.
--¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir
porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera
sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío;
maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos
todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio.
¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él
a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...
--¿He disparatado mucho durante mi delirio?
--Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.
--¿Qué es lo que decía?
--¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está
en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para
ocuparnos en nuestros asuntos.
Y así diciendo se levantó tomando su gorra.
--¿Qué es lo que decía?
--¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto?
tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la
cuestión, pero has hablado mucho de un -bulldog-, de pendientes, de
cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un -dvornik-... ¡qué sé
yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir
en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas
de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos
los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en
tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas...
Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro
horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la
colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas!
Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no
entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto.
Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas
volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso
entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once
dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le
falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por
mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.
--¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?--dijo la
sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el
cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la
puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió
muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la
patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el
estudiante.
Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado
la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia
febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en
aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una
cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados,
pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté
restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían
todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer
ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace
un minuto.»
Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad.
Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De
repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la
tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo
escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió
la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del
pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó
antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó
entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota
estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido
tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff
no había podido notar nada.
--¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se
me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy
confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces
también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué
ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?--murmuraba
Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá--. ¿Qué pasa? ¿Estoy
delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora
recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio
que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas.
Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi
gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias
a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir.
Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de
Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar
conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré
de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más
necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de
andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más
que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo
me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...?
También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.
Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso
y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el
estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las
sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina
dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes
se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los
párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien
con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se
quedó profundamente dormido.
Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de
abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y
permanecía de pie en el umbral.
Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de
un hombre que trata de recordar algo.
--Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el
paquete--gritó Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte
mis cuentas.
--¿Qué hora es?--preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una
mirada inquieta.
--¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando
te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.
--¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!
--¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio
urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres
horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y
tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff;
había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme
en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis
trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un
tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el
paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?
--Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás
aquí, Razumikin?
--Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te
despertases.
--No hablo de ahora sino de antes.
--¿Cómo de antes?
--¿Desde cuándo vienes a esta casa?
--Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?
Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los
incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en
vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.
--¡Hum!--dijo éste--; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la
otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien.
Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido
amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto
de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mío, es lo que más me
interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por
arriba. ¿Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente,
aunque ordinaria y de poco valor--. ¿Me dejas que te la pruebe?
--No, ahora no, más tarde--contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo
con un gesto de impaciencia.
--Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después
sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la
noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la
medida. ¡Te está perfectamente!--exclamó con aire de triunfo después de
haberle probado la gorra--. Cualquiera diría que te la han hecho a la
medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo
encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.
--¿Dos grivnas?--respondió Anastasia.
--¡Dos grivnas! ¿Estás loca?--gritó Razumikin--. Ahora por dos grivnas
no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque
está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy
orgulloso de él--y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza
de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía
muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que
el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son
mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más
flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo
es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no
comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese
principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano.
Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás
éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido
tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado.
¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos
de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero
desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en
el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las
vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin
duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de
balde.
--Pero acaso no le vengan--observó Anastasia.
--¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?--replicó
Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y
agujereada--. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy
concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo
con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de
moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco,
dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un
rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks.
Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según
mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva
mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto
a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos
quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka
ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un
crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca,
porque tu enfermedad está en tu camisa...
--Déjame, no quiero--respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro
había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.
--Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles?
Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame--y a pesar de la
resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.
El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante
dos minutos.
--¿No me dejarán tranquilo?--pensaba--. ¿Y con qué dinero se ha
comprado todo esto?--preguntó en seguida, mirando a la pared.
--¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu
madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que
te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?
--Sí, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff después de haberse quedado
pensativo y sombrío.
Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la
puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera
de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.
--¡Zosimoff! ¡Por fin!--gritó alegremente Razumikin.
IV
El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso,
de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía
el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo.
Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso
anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que
no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y
pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables,
y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían
algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire
de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía
en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban
insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.
He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los
sentidos.
--Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?--preguntó Zosimoff a
Raskolnikoff, mirándole atentamente.
Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del
enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.
--¡Siempre hipocondríaco!--continuó Razumikin--; hace poco, cuando le
hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.
--Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario
contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de
cabeza, ¿no es verdad?
--Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado.
Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá
y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre
la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba
atentamente.
--¡Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. ¿Has
tomado algo?
Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía
dársele.
--Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos
los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque
esta advertencia es ociosa.
Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:
--Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera
podido... de todos modos está bien.
--Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo--dijo Razumikin--,
iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.
--Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin,
mañana veremos.
--Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que
está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros,
aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?--preguntó
Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra.
--Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?
--¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión
de amigos.
--¿Y quiénes son tus huéspedes?
--Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué
negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada
cinco años.
--¿En qué se ocupa?
--En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una
pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él,
aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de
instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.
--¿Es también pariente tuyo?
--Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un
día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?
--¡Oh! ¡Me río de él!
--Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un
profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.
--Dime, te lo ruego, lo que tú o éste--Zosimoff señaló con un
movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenéis de común con ese Zametoff.
--Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay
algo común; traemos cierto negocio entre manos.
--Me gustaría saber qué negocio es ése.
--A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en
libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro;
nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.
--¿A qué pintor te refieres?
--¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que
el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre
prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.
--Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos
asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto
punto... He leído algo en los periódicos.
--También mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a
Raskolnikoff.
--¡Isabel!--murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.
--Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la
patrona. Por cierto que te hizo una camisa.
Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con
gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado
el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los
miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija
en la florecilla de papel.
--¿Luego resultan cargos contra ese pintor?--preguntó Zosimoff
interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó
silencio.
--Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente
lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como
la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco
interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver
una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente
esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de
ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de
tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba
hablando de él.
El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.
--Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le
dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.
--Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las
garras de la justicia--exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre
la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan;
cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto
que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es
que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a
Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La
puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el
portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos.
¡Vaya una lógica que me gastan!
--No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que
detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en
relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados
después del vencimiento?
--Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal
rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra
los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es
ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas.
Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos.
«Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de
interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un
sumario.
--¿Sabes tú interpretar los hechos?
--Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la
íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la
verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?
--Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has
contado el suceso.
--Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la
mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff,
a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por
ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin,
campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó
a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y
con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de
las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor,
parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase
dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta:
«¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le
pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir,
un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo
tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé
que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al
hablar de este modo--prosiguió Razumikin--, mentía descaradamente;
conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una
alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la
policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a
Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que
se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del
distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado.
Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después
de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su
rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No
vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado
a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros
las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de
los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre
alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas
haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba
allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos,
Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos
después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver,
y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la
habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan
los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo
sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero
recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa
preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es
decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai
entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo
borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre
se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había
en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin
contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a
Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he
ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?»
«En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los
pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera»,
dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa
misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que
trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él
me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más
blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de
detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo
tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la
puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda,
mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece
por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es
el culpable.
--¡Ya lo creo!--dijo Zosimoff.
--Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a
buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo
varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado
capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***,
en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su
cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un -shkalik-[14]
de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar
las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre
haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a
su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila
de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la
mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme,
dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su
demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo
a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido
interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años,
etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron
ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta:
«Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?»
«Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían
asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente
sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la
dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En
la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?»
«Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.»
«¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De
que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la
justicia no siendo culpable de nada?»
[14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros.
»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión
se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de
cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio.
¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?
--Pero, en fin, ¿hay pruebas?
--No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai
y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza
humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron
a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde
encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey.
«¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo
estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos,
cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr,
después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los
escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en
que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón
al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también,
no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le
hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se
hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin,
un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka
y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e
impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba
puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos
golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en
broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se
escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví
solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio.
Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que
volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta
en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos
pendientes...»
--¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la
puerta?--repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo
esfuerzos para incorporarse en el sofá.
--Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?--dijo Razumikin, saltando de
su asiento.
--No, no es nada--respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer
de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.
Reinó un silencio de algunos minutos.
--Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la
mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.
--Continúa--dijo el doctor--; ¿y después?
--Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus
útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la
taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un
rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en
seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su
lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias
del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido
durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué
querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De
que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que
sacan en conclusión de todo ello?
--¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero
no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a
ese pintor decorador?
--Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del
crimen.
--Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El
mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen,
los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima,
estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso
averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez
instructor no puede por menos que aclarar.
--¿Que cómo llegaron a su poder?--exclamó Razumikin--. ¿Que cómo
llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico
has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza
humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de
ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo -a priori- de que todas las
declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son
verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él
dice: tropezó con el estuche y lo recogió.
--¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su
primera declaración.
--Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch.
Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se
hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel
mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con
una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran
unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le
tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su
compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban
tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y
ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos),
gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle
como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen
dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes
aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos
obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende
tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos
asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad
entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo
en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez
segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía
calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en
que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde
se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera,
y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen
la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que
declaran unánimemente!
--Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...
--No hay -pero- que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes
encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen,
constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte,
explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia,
sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos
justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión.
Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados
son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una
pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos
materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha
encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en
que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión
capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?
--Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había
olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya
sido robado de casa de la vieja?
--Eso está probado--replicó entre dientes Razumikin--. Koch ha
reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado.
Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el
estuche le pertenecía.
--Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch
y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede
probarse la coartada?
--El hecho es que nadie le ha visto--respondió con tono malhumorado
Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron
a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no
significará gran cosa. «Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y
que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin
fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no
obreros.»
--De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y
puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo
de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el
hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el
hallazgo de los pendientes?
--¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara
como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El
mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable
dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff
empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo.
Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió
del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio
de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de
Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo
piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir.
El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y
los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los
pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera
en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la
calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en
la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó
en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa?
El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la
puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en
que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en
el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el
misterio.
--¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu
imaginación.
--Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué
dices que es ingenioso mi relato?
--Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las
circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni
menos que en el teatro.
Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de
repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno
de los tres conocía.
V
Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de
fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo
miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que
era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he
venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que
se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su
mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre
Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba
tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso
a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando
su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos
de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía
mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un
silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que
su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y
cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.
--¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido
estudiante?--preguntó recalcando cada sílaba.
El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin,
a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a
contestar.
--Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?
El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne,
que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y
volvióse vivamente hacia Zosimoff.
--El señor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando
al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.
Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco
un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.
Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los
ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada
después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su
rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento.
Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación
quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo,
la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero,
sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor.
Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff»,
nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz
débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:
--Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?
El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con
tono digno:
--Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no
le es del todo desconocido.
Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con
mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro
Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.
--¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?--preguntó
Ludjin un tanto desconcertado.
Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada,
se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin
estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada
vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.
--Pensaba... creía...--balbució--que una carta puesta en el correo hace
ocho días o acaso quince...
--Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?--interrumpió
bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, siéntese usted.
Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es
demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor.
Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.
Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y
sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el
visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo
hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a
Razumikin.
--Por lo demás, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz
fuerte--. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante
tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta
ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero
de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero
suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no
estuviéramos aquí.
--Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al
enfermo?--preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.
--No, al contrario, así se distraerá--respondió con tono indiferente el
médico y volvió a bostezar.
--¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato,
desde esta mañana--añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan
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