Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó
sobre él una rápida ojeada y dijo:
--Espere usted un poco--y siguió dictando a la señora de luto.
El joven respiró con más libertad.
--Indudablemente no se me llama para -aquello-. Poco a poco recobraba
valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.
--La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme...
es un mal que no haya aire aquí--añadió--; se ahoga uno y mi razón
vacila...
Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara
la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar
algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda
su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía
esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven
de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad;
vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo
partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy
cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena
de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en
francés y se quedó tan satisfecho.
--Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la señora lujosa, que
permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al
lado.
---Itch danke---respondió la señora sentándose y ahuecando con un
ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.
Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro,
guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho;
pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar
tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada;
sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la
señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un
oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra
galoneada y se sentó en una butaca.
Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e
inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor
caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.
Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos
bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero
no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff
de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el
aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su
traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la
mirada del oficial, que éste se ofendió.
--¿Qué se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante
desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.
--Se me ha hecho venir... He sido citado--balbució Raskolnikoff.
--Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se
apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus
papelotes--. Entérese usted--y presentó un cuaderno a Raskolnikoff
señalándole una parte de lo escrito--. Lea usted.
--¿Dinero? ¿Qué dinero?--pensó el joven sorprendido y alegre al mismo
tiempo--. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir
aquí?
Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...
--¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?--le preguntó
el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las
nueve y son más de las once.
--Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replicó vivamente
Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se
abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo,
aquí me tienen ustedes.
--¡No grite usted!
--No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy
estudiante y no permito que se me hable de este modo.
Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer
momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar
de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su
asiento y dijo:
--¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted
insolente!
--También lo está usted--replicó Raskolnikoff con violencia--, y no
contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta
usted a todos al respeto.
Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.
El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El
fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.
--Eso no le importa a usted--respondió levantando aún más la voz a
fin de ocultar su cortedad--; preste la declaración que se le pide.
Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque
no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!
Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel,
impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos
veces, sin comprender nada.
--¿Qué es esto?--preguntó al jefe de la Cancillería.
--Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene
usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué
fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa
usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted
posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es
libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las
leyes.
--¡Si no debo nada a nadie!
--Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio,
protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a
la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda
Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a
usted para tomarle declaración.
--Pero desde el momento que se trata de mi patrona...
--¿Qué importa que sea la patrona de usted?
El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente
piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender
a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores.
¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La
reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena
de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas?
Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo
ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la
satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel
momento todo su ser.
En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y
cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta,
inmediata, puramente instintiva.
De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría.
El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su
prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así
es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde
la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida
sonrisa.
--Y di tú, bribona--gritó el ayudante (la señora de luto se había
retirado ya)--, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada?
¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras!
¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya
diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me
agota la paciencia!
El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y
miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca
consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba,
y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que
tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.
--Ilia Petrovitch--comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero
comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería
inoportuna, se detuvo.
Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada
podía contenerlo.
En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre
su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña,
a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una
expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en
las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas
reverencias y esperaba que se la dejase hablar.
--En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor
capitán--se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se
expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)--. No, señor, no
hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres
botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que,
como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la
mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que
no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer
caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el
-dvornick-, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta,
y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera
en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se
acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco.
¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la
ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por
detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le
desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del
daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos,
señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha
armado todo el escándalo.
--¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...
--¡Ilia Petrovitch!--volvió a decir en tono significativo el jefe de la
Cancillería.
El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente
la cabeza.
--Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra,
respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro
escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice
en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no
olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!
Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro;
pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo
reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro
fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien
cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa
Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho
dando saltitos.
--¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba,
el huracán!--dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a
su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te
has disparado. Te he oído desde la escalera.
--¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente
Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa--. Ese
caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga
sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es
citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro
en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería
respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está.
¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?
--Pobreza no es vicio, amigo mío--replicó Nikodim Fomitch--. Sabemos
perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le
habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha
podido contenerse--prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff--; pero
se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo
aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en
cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento
le llamábamos «el oficial pólvora...»
--¡Qué regimiento aquél!--exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las
delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.
Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.
--Perdóneme usted, capitán--comenzó a decir en tono melifluo,
dirigiéndose a Nikodim Fomitch--. Póngase usted en mi lugar. Estoy
pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he
cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por
la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de
medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi
hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi
patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy
lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La
verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de
cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.
--Eso no es de mi incumbencia--observó de nuevo el jefe de la
Cancillería.
--Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique--...replicó
Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su
interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch,
aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera
absorto en sus papeles--. Permítanme ustedes que les diga que vivo en
casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por
qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi
promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no
estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me
abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.
--No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no
tenemos tiempo de escuchar--interrumpió groseramente Ilia Petrovitch;
pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo
hablar.
--Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las
cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a
ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus;
yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona
se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía
confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un
pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe
de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento,
continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que
jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese
documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo
un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma!
¿Qué les parece a ustedes?
--Todos esos pormenores patéticos no nos interesan--replicó con
insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaración
y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus
amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver
con ellos.
--¡Oh, qué cruel eres!--murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado
delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía
avergonzado.
--Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.
--¿Qué es lo que tengo que escribir?--preguntó el joven brutalmente.
--Lo que yo le dicte.
Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de
la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se
sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se
había apoderado en su espíritu instantáneamente.
Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un
minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios
de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el
contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese
ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado
probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se
había vaciado su corazón.
Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no
era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus
expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había
producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia
bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los
pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo
hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado.
Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.
Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes
hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía
que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana,
que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento
antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no
sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes
más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.
El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la
declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi
deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que
poseo, etc.»
--No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la
Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. ¿Está usted
enfermo?
--Sí; se me va la cabeza. Siga usted.
--Ya está todo; firme usted.
El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.
Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en
la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un
clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que
había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim
Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle
en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de
la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que
hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.
--¿No sería mejor reflexionar un instante?--pensó--. No, más vale
dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta
carga.
Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim
Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación
animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.
--¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen
cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al -dvornick- para
denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No,
eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos -dvorniks- y una
vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera
en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban
tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse
le oyeron preguntar a los -dvorniks- dónde vivía la vieja. ¿Hubiera
hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble
asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del
platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena
Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las
habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...
--Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica.
Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos
después, cuando volvieron con el -dvornik-, estaba abierta.
--Ahí está el -busilis-; es indudable que el asesino se encontraba en
el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el
cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la
simpleza de bajar en busca del -dvornik-. Sin duda el asesino aprovechó
ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de
narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme
allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!»
Quiere mandar que canten un -Te Deum-. ¡Je, je, je!
--¿Y nadie vió al asesino?
--¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?--dijo el
jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.
--La cosa es clara, la cosa es clara--repitió vivamente Nikodim Fomitch.
--Antes digo yo que es muy obscura--repitió Ilia Petrovitch.
Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar
a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en
una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le
ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim
Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff
se levantó.
--¿Está usted enfermo?--le preguntó con tono bastante seco el comisario
de policía.
--Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la
pluma--dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de
su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.
--¿Hace mucho tiempo que está usted malo?--dijo desde su sitio Ilia
Petrovitch.
--Desde ayer--balbució el joven.
--¿Ayer salió usted de casa?
--Sí.
--¿A qué hora?
--Entre siete y ocho de la tarde.
--¿Y a dónde fué usted?
--A la calle.
Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió
nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos
ante la mirada del oficial.
--Puede apenas tenerse en pie, y tú...--empezó a decir Nikodim Fomitch.
--No importa--respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.
El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos
al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en
él y guardó silencio.
--Está bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse.
Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando
ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía
con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se
elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...
En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.
--Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida
de tiempo--repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa--. ¡Los
bribones! ¡Sospechan!
Volvió a asaltarle el terror.
II
--¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los
encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie
ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he
podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?
Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las
alhajas, que en junto eran ocho.
Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había
además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de
periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser
una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos
procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió,
dejando la puerta abierta de par en par.
Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le
faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media
hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por
consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de
convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y
sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?
Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al
canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había
decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los
cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo
todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.
Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal
Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas
escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre
se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un
barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra
parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido
menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir
sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para
arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches
sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los
paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía
que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se
ocupaba en él.
Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos
aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la
concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración
importante, estaría más lejos de su barrio.
--¿En qué consiste--se preguntó, con asombro Raskolnikoff--, que desde
hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas
objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido
media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi
resolución en un momento de delirio.
Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era
preciso apresurarse.
Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba
andando, se le ocurrió otra idea.
--¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No
sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo?
Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al
pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder
reconocerlo más tarde.
Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una
determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió
llevarla a cabo.
Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la
perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la
entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo
suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo
que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.
No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y
después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún
otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan.
Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que
lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que
lo menos pesaría sesenta libras.
Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de
los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde
fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar
en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por
consiguiente, le convenía apresurarse.
Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y,
reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado
por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que
llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin
embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó
la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes;
lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco
removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y
nada podía notarse.
Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de
policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi
imposible de soportar.
--Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría
ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda,
ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la
quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar
que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!
Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza
riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la
avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.
Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya
importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera
vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.
--¡Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de
cólera--. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea
la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido
y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas
tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia
Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis
simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!
Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión
hasta entonces inesperada y excesivamente simple.
--Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y
no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido
derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que
contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un
acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No
querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a
las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?
Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff,
se detuvo cerca del puente.
--¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por
sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro
día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No
importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del
golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?
Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.
Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él
mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía
cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en
zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin
estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo
estupor.
--¡Caramba! ¿Tú por aquí?--exclamó, mirándole de pies a cabeza,
e interrumpiéndose empezó a silbar--. ¿Es posible que tan mal
vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este
servidor--continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos
de su compañero--. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.
Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que
el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.
--¿Sabes que estás enfermo de verdad?
Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.
--Es inútil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y
quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?
--¿Sabes una cosa? Que estás disparatando--observó Razumikin mirando
atentamente a su amigo.
--No, no disparato--repuso levantándose Raskolnikoff.
Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a
encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con
quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a
punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado
el umbral de Razumikin.
--¡Adiós!--dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.
--¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!
--Es inútil--replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había
tomado.
--Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi
una ofensa y no te dejaré marchar.
--Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más
que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace
falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de
los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que
me dejen en paz es lo que deseo!
--¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te
pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he
descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una
lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes.
Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por
comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir
que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi
editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del
día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y
media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia
que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si
la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la
demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto
para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga
está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas
y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que
ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un
éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que
hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a
ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original,
pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te
ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda
hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas
terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto
he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en
ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que
a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea
de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me
hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?
Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres
rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de
asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina,
volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa
las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar
los labios.
--¡Tú estás loco!--vociferó Razumikin, ya colérico--. ¿Qué comedia
estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios
has venido?
--No tengo necesidad de traducciones--murmuró Raskolnikoff empezando ya
a bajar la escalera.
--Entonces, ¿de qué tienes necesidad?--le gritó Razumikin desde el
rellano de su puerta.
El otro, callado, siguió bajando.
--Dime siquiera dónde vives.
Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.
--¡Ea! ¡vete a freír espárragos!
Raskolnikoff estaba ya en la calle.
El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por
dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó
en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó
dormido...
Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible.
¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran
gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como
nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía
por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las
quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con
extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.
La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible
comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más!
La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal
que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada
por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente,
Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de
reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.
--¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da
puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro,
no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo
indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué?
El mundo está revuelto.
De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y
exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se
cerraban con estrépito.
--Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?--decía creyendo seriamente que
la locura tomaba posesión de su cerebro.
Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...
--Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por
lo de ayer... ¡Oh Señor!
Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el
brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la
puerta; el terror le helaba el alma...
Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona
gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas.
Finalmente, se calló también y no se oyó más.
--¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero
la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos
dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan
exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan
en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los
vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha
venido aquí ese hombre?
Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo
dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como
nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia.
Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró
atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa
y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.
--Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de
Dios a pesar de la fiebre...
--Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?
La criada le miró fijamente.
--¿Que han pegado a la patrona?
--Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del
comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha
maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?
Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante
largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó
turbado.
--Anastasia, ¿por qué no me contestas?--preguntó tímida y débilmente.
--Es la sangre--murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.
--¡La sangre!... ¿Qué sangre?--balbució Raskolnikoff poniéndose más
pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.
Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.
--Nadie ha pegado a la patrona--dijo, al fin, con sequedad.
El joven la miró, respirando apenas.
--Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván--repuso
con voz más temblorosa aún--. He escuchado durante largo rato... Ha
venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos
a la escalera...
--Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene
salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?
El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le
miraba con ojos furiosos.
--Dame agua.
La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro
lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos
de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de
agua fría desmayándose en seguida.
III
Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo
privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril
semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas:
ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo;
querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo
disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación;
todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando
la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían
y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de
la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre
que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía
dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto
de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía
un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su
enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero -aquello-, -aquello-
lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba
que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se
atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía
furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su
lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis
le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por
completo el uso de sus sentidos.
Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba
en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el
muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia
se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a
quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un
joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un
-artelchtchit-[13].
[13] Miembro de una sociedad de obreros o de empleados.
Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó
un poco.
--¿Quién es, Anastasia?--preguntó, señalando al joven.
--¡Ha vuelto en sí!--dijo la criada.
--¡Ha vuelto en sí!--repitió el -artelchtchit-.
Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A
causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones.
Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros,
curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante
agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era,
además, excesivamente pudorosa.
--¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al
-artelchtchit-.
En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que
penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta
estatura.
--¡Vaya un camarote de barco!--exclamó al entrar--. Siempre doy con la
cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo
mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!
--Sí, ha recobrado el sentido--repitió como un eco el dependiente,
sonriéndose.
--¿Quién es usted?--interrogó bruscamente Razumikin--. Yo me llamo
Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo
mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!
--Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para
cierto asunto...
--Siéntese usted en esta silla--dijo Razumikin ocupando él otra
al lado opuesto de la mesa--. Has hecho muy bien en recobrar el
conocimiento--añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff--. Cuatro días
hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas
un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a
Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente,
y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple
debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste
gravedad ninguna.
--¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero
abusar de su tiempo--añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al
empleado--. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte,
Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el
señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?
--El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la
casa.
--Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?
--Sí. Es un hombre de más capacidad.
--¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.
--Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch
Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía
a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle--dijo
el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff--. Si posee
usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta
y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio
Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del
envío de esa cantidad.
--Sí; me acuerdo... Vakruchin...--dijo Raskolnikoff, procurando hacer
memoria.
--¿Quiere usted firmarme el recibo?
--Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?--dijo Razumikin.
--Sí, aquí está.
--Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te
sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el
dinero es la miel de la humanidad.
--Yo no tengo necesidad de dinero--dijo Raskolnikoff, rechazando la
pluma.
--¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?
--No firmo.
--¡Pero si tienes que dar un recibo!
--No tengo necesidad de dinero.
--¿No tienes necesidad de dinero?--repitió Razumikin--. Amigo mío,
faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no
sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto
es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto...
Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará.
Vamos, ayúdeme usted.
--No; puedo volver otra vez.
--De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre
razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este
señor... ya ves que te espera.
Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.
--Deja; lo haré yo solo--dijo éste.
Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y
se marchó.
--¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?
--Sí--respondió Raskolnikoff.
--¿Hay sopa?
--Algo queda de ayer--respondió Anastasia que no había salido de la
habitación durante toda esta escena.
--¿Sopa de arroz con patatas?
--Sí.
--Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.
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