molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse
profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva
vida.
--¡Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes había
estado sentada la joven--. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá
su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para
añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun
cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la
pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el
hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las
muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy
honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez
al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de
dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve
años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he
visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que
así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público
que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un
tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que
tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar;
ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía
más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por
ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?
»Pero, ¿a dónde me proponía ir?--pensó de repente--. Es extraño. Al
salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...
»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de
Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a
Razumikin?»
No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de
Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las
clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de
sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le
correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones
ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar
aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus
compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como
si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en
conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.
No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró
con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que
el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible
confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la
candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus
compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban.
No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista,
llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal
afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.
Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que
recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos,
echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía
dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de
bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad.
Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura
ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se
descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en
una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin
que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido
a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de
ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y
conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero,
por supuesto, trabajando.
[9] Aproximadamente 1,88 metros.
Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba
sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente
había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero
confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en
mejorar su situación pecuniaria.
Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y
Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle
dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser
visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo
molestarle, fingió que no le veía.
V
--En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a
fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier
otro trabajo...--se decía Raskolnikoff--. Pero ahora, ¿de qué ha de
servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta
quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek
siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje
decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con
unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una
necedad ir a casa de Razumikin.
[10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a
unos cuatro centavos.
La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le
causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar
algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla
del mundo.
--¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en
Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?--se preguntaba con
estupor.
Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber
puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una
extraña idea:
--Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día
siguiente, cuando -aquello- esté hecho y mis negocios tengan otro
aspecto...
Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca
conmoción.
--¡Cuando -aquello- esté hecho!--exclamó con un sobresalto que le hizo
levantarse del banco en que estaba sentado--. ¿Sucederá -eso-? ¿Será
posible?
Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento
fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel
aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo
-aquello-! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se
puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter
febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la
temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de
necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos
objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le
trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su
preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno
suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar
donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de
Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a
las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados
al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada
de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.
Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron
lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de
alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación
riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres
elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se
fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas.
De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y
soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba
antes de que lo hubiese perdido de vista.
Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se
encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al
guardia y tres a Anastasia por la carta--pensó--; por consiguiente,
son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de
Marmeladoff.»
Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un
instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el
dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante
de un figón: su estómago se lo recordaba.
Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y
tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo
inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso
volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que
no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y
se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.
Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su
relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad.
El cuadro es a veces monstruoso; pero la -mise en scéne- y todo lo que
pertenece a la -representación-, son, sin embargo, tan verosímiles, los
detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación
tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o
Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos
sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente
el organismo, ya quebrantado, del individuo.
Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña
ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al
anochecer, se paseaba -extramuros- acompañado de su padre. El tiempo
era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su
memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que
despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni
un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte,
un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último
jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía
pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable
impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud
de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban
con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían
hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y
temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba
lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba
un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del
cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula
verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre
y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de
su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido.
Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El
niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte
desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al
lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de
la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión,
muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había
dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba
el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la
tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.
He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo;
pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y
dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación
que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres
de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas
de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos
cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes
carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías
y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de
gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar
aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la
menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un
caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los -mujiks-
acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que
muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos
cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo
atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le
llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba
siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la
taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios -mujiks-
completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes
echados negligentemente sobre los hombros.
--¡Subid, subid todos!--grita todavía un hombre, de robusto cuello y de
rostro carnoso, color de zanahoria--. ¡Os llevo a todos, subid!
Estas palabras provocan risas y exclamaciones.
¡Hacer el camino con semejante penco!
--Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese
jamelgo a semejante carro?
--De seguro que este rocín tiene más de veinte años.
--Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer
carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las
riendas--. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho,
amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo
que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si
galopará!
Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al
pobre jaco.
--¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron,
burlándose, los del grupo.
--Apuesto a que hace diez años que no galopa.
--¡Buena marcha llevará!
--No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!
--¡Eso, eso, se le arreará!
Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya
seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una
gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón
rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va
partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la
gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de
que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que
están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.
--¡Andando!--grita este último.
El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas
si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los
golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan.
Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda
y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle
galopar.
--Dejadme subir a mí también, amigos míos--grita entre los espectadores
un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.
--Sube--respondió Mikolka--. Subid todos, que yo le haré correr.
Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al
animal.
--Papá, papá--dice el niño a su padre--, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al
pobre caballejo!
--Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su
modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.
Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y
sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado
cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y
poco falta para que no se caiga.
--¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!--aúlla Mikolka--. Eso es lo que
hay que hacer. Yo os ayudaré.
--¡Tú no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo.
--¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un
armatoste como éste?--grita otro.
--¡Bribón!--vocifera un tercero.
--No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que
galope!
De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la
gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la
paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el
mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un
caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!
Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden
a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.
--¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!--vociferaba
Mikolka.
--¡Una canción, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la
pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.
La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.
Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los
ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas.
Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo
siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de
la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas
demasías.
Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena;
pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin
fuerzas, intenta aún cocear.
--¡Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del
fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con
las dos manos sobre el pobre caballo.
--¡Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo.
--¡Lo matará!
--¡Es mío!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos
vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.
--¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?--gritan varias voces en el grupo.
De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre
bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de
caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas
que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel
suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus
perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el
garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.
--¡No quiere morir!--gritan los del grupo.
--¡No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan
regocijados el bárbaro espectáculo--. Se acerca su último momento.
--Dale con un hacha; es el medio de acabar con él--apunta un tercero.
--Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el
carro, y toma una barra de hierro--. ¡Fuera!--grita, y asesta un
violento golpe al pobre caballo.
El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe
con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado
instantáneamente los cuatro miembros.
--¡Acabemos!--aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.
Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen
más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante.
Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra
de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.
--¡Ha muerto!--gritan en el grupo.
--¿Por qué no quería galopar?
--¡Era mío!--gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.
Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la
muerte le hubiese quitado su víctima.
--¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!--gritan indignados algunos
asistentes.
El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre
el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del
cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino
arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En
aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra
al fin y le aparta de la gente.
--¡Vámonos, vámonos!--le dijo--. Volvamos a casa.
--¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?--solloza el niño; pero
le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.
--¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con
ellos!--dice el padre.
Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere
respirar, grita, y se despierta.
Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos
empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.
--¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!--dijo--. ¡Cómo! ¿Iré a
tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.
Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de
confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre
las manos.
--¡Dios mío!--exclamó--. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un
hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande
por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y
me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será
posible?
Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.
--Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?--continuó con profunda
sorpresa--. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué,
pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el
-ensayo-, comprendí perfectamente que -aquello- era superior a mis
fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea?
Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso,
repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.
»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis
razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a
que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como
la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por
qué pues, por qué ahora...?
Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí,
y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los
ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con
más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo
tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.
--¡Señor!--exclamó--; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio
maldito!
Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la
resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía
cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la
salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había
cesado de influir sobre él el horrible maleficio.
Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su
tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias,
venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía
nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror
supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre
su destino.
He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué
cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su
casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar
por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba?
Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba
completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa
sin fijarse en el itinerario recorrido.
--¿Pero por qué, pues--se preguntaba siempre--, por qué aquel encuentro
tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito,
que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se
verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que
me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles
consecuencias?
Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una
predestinación.
Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los
tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se
preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros
y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los
bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo
de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los -pereuloks-[11]
de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba
de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus
harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera,
pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del
-pereulok- de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a
volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa
de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de
Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la
víspera a empeñar su reloj y a hacer el -ensayo-.
[11] Pasaje.
De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le
conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años,
tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba
como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.
En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en
pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían
el vendedor y su mujer.
Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en
sus palabras.
Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación
extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese
nada de asombroso.
--Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel
Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted mañana de seis a
siete. También vendrán los otros.
--¿Mañana?--dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.
--¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora,
que era una mujerona enérgica--. No la perderé de vista, porque usted
es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta
ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su
hermanastra?
--No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo
aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio
ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.
--¿De modo que tengo que venir?
--Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que
esté usted presente para decidir el asunto.
--Le ofreceremos una taza de te--añadió la vendedora.
--Está bien, vendré--respondió Isabel pensativa, y se dispuso a
marcharse.
Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas
y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por
no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento
había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le
acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde,
Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y
que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja -se
encontraría sola en su casa-.
El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como
si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en
disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía
ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente
resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una
ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que
acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber
la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin
comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal
vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.
VI
Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían
invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una
familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de
algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de
mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora.
Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era
muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo;
en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.
Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso
y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto,
se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y
misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo,
Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al
despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que
tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo
sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le
permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que
vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los
cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su
padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su
hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.
Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna.
Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular
acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de
haber recibido el dinero entró en un mal -taklir-[12] que encontró al
paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña,
todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo.
[12] Cafetucho.
Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba
de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial.
Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a
tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al
oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de
colegio y prestamista sobre prendas.
Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una
persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura
casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no
podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien
venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en
efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.
--Es un famoso recurso--decía--; siempre hay medio de procurarse dinero
en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una
vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es
una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía!
Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera
veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el
día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre
un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis
por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena
de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era
pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa
dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines
y ocho verchoks de estatura.
--¡Es un fenómeno!--exclamó, y se echó a reír.
La conversación recayó en seguida sobre Isabel.
El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo.
El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le
enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.
Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta
suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la
cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años
y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la
cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba
a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a
su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin
consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había
otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el
mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno
descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel
pertenecía a la clase media y no al -tchin-. Era una estantigua, con
pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra
parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y
hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.
--¿Pero no dices que es un monstruo?--preguntóle el oficial.
--Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de
mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su
fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan
simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es
tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y,
además, su sonrisa es tan bondadosa...
--¿Estás enamorado de ella?--interrogóle, sonriendo, el oficial.
--Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara
que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la
despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia--añadió
vivamente el estudiante.
El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las
palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos.
--Vamos a ver--prosiguió el estudiante--. Hace un momento me burlaba,
pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza,
necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario,
perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá
mañana de muerte natural. ¿Comprendes?
--Comprendo--repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.
--Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan,
se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien
mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado
por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones
quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la
miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales...
y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase
su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso
fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de
buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a
la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a
la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las
balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la
vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos,
porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de
rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase
con los dientes.
--Cierto que es indigna de vivir--respondió el oficial--; ¿pero qué
quieres? la Naturaleza...
--Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo
contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo
grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir
que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a
plantearte otra cuestión.
--No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa.
--Conforme.
--Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime:
¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja?
--¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la
justicia... No se trata de mí...
--Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto
que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a
echar otra partida.
Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor,
esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído
a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería
era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los
mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de
Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la
vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba
escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su
destino decisiva influencia.
* * * * *
Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado
en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era
completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó
que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había
pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con
satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer
en pesado y profundo sueño.
Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia,
que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran
trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo
del te que ella acostumbraba a tomar.
--¡Aun no se ha levantado!--exclamó indignada--. ¿Es posible dormir así?
Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso
en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de
nuevo en el sofá.
--¡Otra vez!--gritó Anastasia--. ¿Estás malo?
El joven no respondió.
--¿Quieres tomar te?
--Más tarde--contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió
del lado de la pared.
Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.
--Indudablemente está enfermo--dijo antes de retirarse.
A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en
el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a
sacudir con fuerza al joven.
--¿Qué te pasa para dormir tanto?--gruñó, mirándole con desprecio.
Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los
ojos del suelo.
--¿Estás malo o no lo estás?
Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera.
--Deberías salir--dijo ella después de una pausa--. El aire libre te
sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad?
--Más tarde--respondió con voz débil--; ¡vete!--y la despidió con un
ademán.
La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se
marchó.
Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó
detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.
Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El
dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su
frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir,
permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación
le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños.
Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana
detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los
camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer.
El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente;
el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del
riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.
De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel
ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de
la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y
calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se
aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar.
El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa,
parecía que todo dormía en la casa.
--¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer
no he hecho nada, ni preparado nada?--se preguntaba a sí mismo, no
comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las
que acababan de dar.
A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y
extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían
mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de
nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración.
Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán;
aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de
la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos
arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de
ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de
verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo
que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo,
los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban
las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán
no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado
mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas
cosas del cajón de su mesa.
En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido
un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle
con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma
bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y
esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le
bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el
sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía
también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del
mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho,
un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida.
Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo
los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo
el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con
anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera
acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En
uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo
de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una
plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones,
que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa
con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y
lo envolvió todo en un trozo de papel blanco.
Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo
lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy
difícil desatarlo.
Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja;
mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff
podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa
de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de
que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se
le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff
acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le
decía en la escalera:
--Ya hace mucho que han dado las seis.
--¡Dios mío! ¿Mucho?
Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta
escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante:
ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a
cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un
hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento
no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para
manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha.
Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida
que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y
horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se
libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante
que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto.
Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas
disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría
renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero
le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas
que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno
a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi
nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus
amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas
de su ama.
No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el
momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora
después cuando todo hubiese terminado.
Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.
--Supongamos--pensaba el joven--que dentro de una hora, cuando yo
vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en
tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la
criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se
pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará
un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser
funesta.
Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía
tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a
desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre
lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía
imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e
iría allí derechamente... Aun en su reciente -ensayo- (es decir, en la
visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco
para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no
pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo.
No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba
resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar,
había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente
se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por
una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente
de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes
de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo
que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra
una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina.
La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había
pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente
todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las
huellas de casi todos los culpables?
Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la
principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material
de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este
último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución
de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con
aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la
circunspección y la prudencia le eran más necesarias.
Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento
de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados,
que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del
crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun
algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para
cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido
era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen,
por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno
morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión.
Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente
estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría
la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa,
sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos
la serie de argumentos que le habían conducido a esta última
conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado
práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban
en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi
fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los
obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía
en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se
despertó como de un sueño.
No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia
insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que
estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par
en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente
Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque
no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su
habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario
cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia,
contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy
atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al
aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió
hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado.
Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado
en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta
circunstancia fué para él un golpe terrible.
--¿De dónde había sacado yo--pensaba al bajar los últimos peldaños de
la escalera--que precisamente en este momento había salido Anastasia?
¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza?
Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a
burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje.
Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir
sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver
a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!»,
murmuró enfrente del cuarto del -dvornik-, cuarto que estaba también
abierto.
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