--Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos? --Muy lejos. --¿Tendrás allí un empleo, una posición? --Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí. Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con expresión de desesperado dolor. --¡Basta, mamá!--dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora sentía profundamente haber venido. --¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida? ¿Vendrás mañana? --Sí, sí; adiós. Al fin logró escapar. La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su tarea para mirarle con curiosidad. «¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia. La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral. Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a Raskolnikoff que la joven lo sabía todo. --¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?--le preguntó con voz trémula. --He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos verte allí. Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una silla. --Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas. Fijó en su hermana una mirada de desconfianza. --¿Dónde has pasado la última noche? --No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención era acabar así; pero... no he podido resolverme...--dijo en voz baja, tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus palabras. --¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios! Raskolnikoff se sonrió amargamente. --No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo, le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí. --¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?--exclamó Dunia con espanto--. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle -aquello-? --No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto. He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia. Soy un hombre bajo... --Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás, ¿verdad? --Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia? --Sí, Rodia. Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo. --¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al agua?--preguntó sonriendo con tristeza. --¡Oh, Rodia, basta!--respondió la joven, ofendida por tal suposición. Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el joven se levantó. --La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé por qué lo hago. Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas. --Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano? --¿Lo dudabas? La joven lo estrechó contra su pecho. --¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu crimen?--exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano. --¡Mi crimen! ¿Qué crimen?--repitió en un acceso de cólera--; ¿el de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio. --¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has vertido sangre?--exclamó Dunia consternada. --¿Y qué? Todo el mundo la vierte--prosiguió con vehemencia creciente--. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las personas que la derramaron como si fuera -Champagne- subieron en seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad. Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o, mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo... Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que para que se me arroje a los perros. --No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío? --Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte ni he estado más convencido que en este momento. Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres. --Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino, trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora, adiós--se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas, una extraña expresión en los ojos de Dunia--. ¿Por qué lloras de ese modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me olvidaba... Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona, la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia. --Muchas veces he hablado de -aquello- con ella--dijo distraídamente--; hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan lamentable resultado. No te alarmes--continuó, dirigiéndose a Dunia--; ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me alegro de que haya muerto. Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo: --Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer, y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento? ¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al Neva, he comprendido que era un cobarde. Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en la calle. Después de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se volvió para ver por última vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a la esquina, el joven se volvió también, pero advirtiendo Raskolnikoff que la mirada de su hermana estaba fija en él, hizo un gesto de impaciencia, y aun de cólera, invitándola a que continuase el camino. En seguida dió vuelta a la esquina. VII Comenzaba a caer la noche cuando llegaba a casa de Sonia. Durante la mañana y la tarde, la joven le había esperado con ansiedad. Por la mañana había recibido la visita de Dunia. Esta fué a primera hora, habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff que Sofía Semenovna lo sabía todo. No recordaremos minuciosamente la conversación de las dos mujeres; limitémonos a decir que lloraron juntas y se hicieron muy amigas. De esta entrevista sacó Dunia, por lo menos, el consuelo de pensar que no estaría solo su hermano. Era Sonia la primera que había recibido su confesión; a ella se había dirigido cuando sintió la necesidad de confiarse a un ser humano, y ella le acompañaría adondequiera que se le enviase. Sin haber hecho preguntas acerca de tales propósitos, Advocia Romanovna estaba segura de ello. Consideraba a Sonia con una especie de veneración que dejaba a la pobre muchacha toda confusa, porque se creía indigna de levantar los ojos hasta Dunia. Después de su visita a casa de Raskolnikoff, la imagen de la encantadora joven, que la había saludado tan graciosamente aquel día, quedó grabada en su alma como una visión nueva, dulcísima, la más bella de su vida. Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a su hermano en el domicilio de este último, pensando que Raskolnikoff no podría menos de pasar por allí. En cuanto Sonia se quedó sola, el pensamiento del suicidio probable de Raskolnikoff le quitó todo reposo. Este era también el temor de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes se habían dado la una a la otra todo género de razones para tranquilizarse, y lo habían, en parte, conseguido. Cuando se separaron, volvió la inquietud a apoderarse de cada una de ellas. Sonia se acordó de que Svidrigailoff le había dicho: «Raskolnikoff sólo tiene la elección entre dos alternativas: o ir a Siberia, o...» Además, conocía el orgullo del joven y su carencia de sentimientos religiosos. «¿Es posible que se resigne a vivir solamente por pusilanimidad, por temor a la muerte?»--pensaba con desesperación. No dudaba ya que el desgraciado hubiese puesto fin a sus días, cuando Raskolnikoff entró en su cuarto. La joven dejó escapar un grito de alegría; pero, cuando hubo observado atentamente el rostro de Raskolnikoff, palideció de pronto. --Vamos, sí--dijo riendo Raskolnikoff--. Vengo a buscar tus cruces, Sonia. Tú has sido quien me ha impulsado a ir a entregarme; ahora que voy a hacerlo, ¿de qué tienes miedo? Sonia le miró con asombro. Aquel tono le parecía extraño. Todo su cuerpo se estremeció; pero al cabo de un minuto comprendió que aquella alegría era fingida. Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff miraba a un rincón, y parecía tener miedo de fijar los ojos en ella. --Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una circunstancia... pero esto sería largo de contar, y no tengo tiempo. ¿Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarán sus miradas, me dirigirán estúpidas preguntas, a las cuales tendré que responder; me señalarán con el dedo... No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo -Pólvora-. ¡Lo que va a sorprenderse éste! Puedo contar de antemano con un excelente éxito de asombro. Pero me convendría tener más sangre fría. En este último tiempo me he hecho muy irritable. ¿Lo creerás? hace un momento ha faltado muy poco para que amenazase con el puño a mi hermana, porque se había vuelto para verme por última vez. Ya ves lo bajo que he caído. Bueno; ¿dónde están las cruces? El joven no parecía que se hallase en su estado normal. Ni podía permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en un objeto; sus ideas se sucedían sin transición; por mejor decir, deliraba. Le temblaban ligeramente las manos. Sonia guardaba silencio. Sacó de una caja de cruces una de madera de ciprés y otra de cobre; después se santiguó, y luego de repetir la misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la cruz de ciprés. --¿Es ésta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? ¡Je, je, je! ¡Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprés es la de los humildes. La cruz de cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas para ti; déjamela ver. ¿De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen. Los eché entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo más que tonterías, y olvido mi asunto. Estoy distraído. He venido, sobre todo, para prevenirte, a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido más que para eso. (¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía que decirle otra cosa.) Vamos a ver: tú misma me has exigido que dé este paso. Voy a entregarme, y tu deseo será satisfecho. ¿Por qué lloras entonces? ¡Tú también! ¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me es todo esto! Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón del joven. «¿Qué soy yo para ella?--pensaba--. ¿Por qué se interesa por mí tanto como podría interesarse mi madre o Dunia?» --Haz la señal de la cruz. Di una oración--suplicó con voz temblorosa la joven. --Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena voluntad. El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pañuelo verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff había hablado en la taberna, y que servía entonces para toda la familia. Tal pensamiento cruzó por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a este propósito. Comenzaba a advertir que tenía distracciones continuas, y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente advirtió que Sonia se preparaba a salir con él. --¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, quédate!--exclamó con risa irritada y se dirigió a la puerta--. ¿Qué necesidad tengo de ir allí con acompañamiento? Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo adiós; se había olvidado de ella, le preocupaba tan sólo una idea. «Realmente, ¿está ya hecho todo?--se preguntaba al bajar la escalera--. ¿No habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo todo... y de no ir allí?» Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo súbitamente que había pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acordó de que no había dicho adiós a Sonia, que se había detenido en medio de la sala, y de que una orden suya la había como clavado en el suelo. Se planteó entonces otra cuestión, que desde hacía algunos minutos flotaba en su espíritu sin formularse con claridad. «¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le he dicho que venía para un asunto: ¿qué asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle que iba allí? ¡Vaya una necesidad! ¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, ¿qué necesidad tenía yo de ella? ¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba eran lágrimas; lo que yo quería era gozar de los desgarramientos de su corazón. ¡Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar un momento el instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar con altos destinos! ¡Y me he creído llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan vil, tan miserable, tan cobarde!» Caminaba a lo largo del muelle, y no tenía que ir más lejos; pero cuando llegó al puente suspendió un instante su marcha, y se dirigió después bruscamente hacia el Mercado del Heno. Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda. Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada podía concentrar su atención. «Dentro de ocho días, dentro de un mes, volveré a pasar por este puente; un coche celular me llevará yo no sé dónde. ¿Con qué ojos contemplaré este canal? ¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí está escrita la palabra -Compañía-. ¿La leeré yo entonces como la leo ahora? ¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... ¡Dios mío, qué mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto en su género. ¡Ja, ja, ja! ¡De qué cosas me preocupo! Hago como los niños: me engaño a mí mismo, porque, en efecto, debería sonrojarme de mis pensamientos. ¡Qué barullo! Ese hombretón, un alemán, según todas las apariencias, que acaba de empujarme, ¿sabe a quién ha dado con el codo? Esa mujer, que lleva un niño en la mano y que pide limosna, me cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el bolsillo. Tómalos, -matuchka-.» --Dios te lo pague--dijo la mendiga con tono plañidero. El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagradó mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió al sitio en que la multitud era más compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier precio; pero se daba cuenta de que no podría gozar de ella ni un solo instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acordó de repente de las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada; besa la tierra que has manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: ¡Soy un asesino!» Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. Las angustias de los días anteriores de tal modo habían desecado su alma, que se consideró feliz al encontrarla accesible a una sensación nueva, y se abandonó por completo a ella. Se apoderó de él un enternecimiento dulcísimo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo, y besó con alegría la tierra fangosa. Después de haberse levantado, se arrodilló de nuevo. --He ahí uno que ha empinado el codo más de lo regular--exclamó un joven que estaba a su lado. Esta observación provocó muchas carcajadas. --Es un peregrino que va a Jerusalén, amigos míos. Se despide de sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la despedida al suelo de la capital--añadió un menestral que estaba ligeramente ebrio. --Es todavía muy joven--dijo un tercero. --Es un noble--observó gravemente otro. --En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son. Viéndose objeto de la atención general, Raskolnikoff perdió un poco de su serenidad, y las palabras «Soy un asesino», que iban quizá a salir de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma se encaminó a la comisaría de policía. Conforme iba andando, una sola visión atrajo sus miradas; por lo demás, había esperado encontrarla en la calle, y no se asombró. En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno por segunda vez, vió a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La joven trató de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultándose detrás de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza. ¡Así le acompañaba cuando él subía este calvario! Desde aquel instante, Raskolnikoff adquirió la convicción de que Sonia era suya para siempre, y de que le seguiría a todas partes, aunque su destino hubiera de conducirle al fin del mundo. Llegó finalmente al sitio fatal. Entró en el zaguán con paso bastante firme. La oficina de policía estaba situada en el tercer piso. «Antes que llegue arriba tengo tiempo de volverme»--pensaba el joven. En tanto que nada había confesado, se complacía en pensar en que podía cambiar de resolución. Como en su primera visita, encontró la escalera cubierta de suciedad, impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas sobre cada descansillo. Mientras subía, se le doblaban las piernas, y tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco, y preparar su entrada. «Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?--se preguntó de repente--. Puesto que hay que apurar el vaso, poco importa cómo he de beberlo. Más valdrá cuanto más amargo sea.» Después se ofrecieron a su espíritu las imágenes de Ilia Petrovitch y del oficial -Pólvora-. «¿Por qué voy a él? ¿No podría dirigirme a otro? ¿A Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar al comisario a su domicilio particular, y contárselo todo en una conversación privada?... No, no; hablaré a -Pólvora-, y esto se acabará más pronto.» Con el rostro inundado de frío sudor y casi sin darse cuenta de lo que hacía, Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. Esta vez no vió en la antesala más que a un -dvornik- y a un hombre del pueblo. El joven pasó a la otra habitación, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff no estaba allí ni Nikodim Fomitch tampoco. --¿No hay nadie?--dijo Raskolnikoff, dirigiéndose a uno de los empleados. --¿Por quién pregunta usted? --A... a... --Al oír sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia de un ruso... como se dice en no sé qué cuento. Mis respetos--gritó bruscamente una voz conocida. Raskolnikoff tembló. -Pólvora- estaba delante de él; acababa de salir de una tercera habitación. «El destino lo ha querido»--pensó el joven. --¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?--exclamó Ilia Petrovitch, que parecía de muy buen humor y muy animado--. Si ha venido por algún asunto, es aún demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro aquí yo... ¿En qué puedo...? Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su nombre?... Perdóneme usted. --Raskolnikoff. --¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted creer que le había olvidado! Le suplico que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, ¿no es eso? --Rodión Romanovitch. --Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión Romanovitch; lo tenía en la punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Después me lo explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio... He tenido también noticia de que empezaba usted la carrera de las letras. ¡Oh Dios mío! ¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en sus comienzos no ha hecho más o menos la vida de bohemio? Tanto mi mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasión. Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo demás puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el genio. Un sombrero, por ejemplo, ¿qué significa? Un sombrero lo puedo comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso no puedo comprarlo. Confieso que quería ir a casa de usted a darle explicaciones; pero, he pensado que quizá usted... De todos modos, con estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. ¿Parece que la familia de usted está ahora en San Petersburgo? --Sí, mi madre y mi hermana. --He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel día. En cuanto a las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su falsedad. Comprendo la indignación de usted. Ahora que su familia vive en San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a cambiar de domicilio? --No, no por el momento. Había venido a preguntar... Creí encontrar aquí a Zametoff. --¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he oído decir. Pues bien: Zametoff no está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; nos ha dejado ayer, y antes de su partida ha habido entre él y nosotros un fuerte altercado. Es un galopín sin consistencia; nada más. Había hecho concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la cabeza sufrir exámenes, para poder darse tono y echárselas de sabio. Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de común con usted, con usted y con el señor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera, ascética, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrás de la oreja, una investigación científica, son cosas que bastan para la felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted la correspondencia de Livingstone? --No. --Yo sí la he leído. Ahora el número de los nihilistas ha aumentado considerablemente, lo cual no es asombroso en una época como la nuestra. De usted para mí... ¿no es usted nihilista? Respóndame francamente. --No. --No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sería consigo mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted creería que iba a decir la -amistad-?, pues se engaña. No es la amistad, sino el sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en mí el hombre y el ciudadano. ¿Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es un muchacho que copia el -chic- francés, que da ruido en los sitios sospechosos cuando ha bebido un vaso de -Champagne- o de vino del Don. Ahí tiene usted a Zametoff. Quizá he sido un poco vivo con él, pero si mi indignación me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra parte, yo poseo un cargo, una posición, cierta importancia social; soy casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano; en tanto que él, ¿qué es él? Permítame usted que se lo pregunte. Me dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la educación. Ahí tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se han multiplicado de un modo extraordinario. Raskolnikoff miró al oficial con aire asombrado. Las palabras de Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa, produjeron en su ánimo una impresión que él no se explicaba. Sin embargo, algo comprendía. En aquel momento preguntaba con los ojos a su interlocutor e ignoraba cómo acabaría todo aquello. --Hablo de estas jóvenes que llevan el cabello corto a lo Tito--continuó el inagotable Ilia Petrovitch--. Yo las llamo profesoras en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese enfermo, ¿cree usted que me dejaría tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je! Ilia Petrovitch se echó a reír encantado de su chiste. --Admito la sed de instrucción; pero, ¿no se puede uno instruir sin dar en semejantes excesos? ¿Por qué ser insolente? ¿Por qué insultar a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por qué me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido últimamente que un señor recién llegado aquí acaba de poner fin a sus días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo se llama el caballero que se ha matado esta mañana en la Petersburgskeria? --Svidrigailoff--dijo uno que se encontraba en la habitación inmediata. Raskolnikoff tembló. --¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos! --¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff? --Sí; en efecto, había venido hace poco. Acababa de perder a su esposa; era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas. Han encontrado sobre su cadáver un librito de notas en que estaban escritas estas palabras: «Muero en posesión de mis facultades; que no se acuse a nadie de mi muerte.» Este hombre tenía, según se dice, dinero. ¿De qué le conocía usted? --¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz en su casa. --¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de él. ¿No tenía usted sospechas de su proyecto? --Le vi ayer. Le encontré bebiendo vino... Nada sospeché. A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho. --¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de esta habitación! --Sí; ya es tiempo de que me vaya--balbuceó el joven--. Perdóneme usted si le he molestado. --Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado gran placer y me complazco en declararlo. Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven. --Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff. --Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto. --También yo lo he tenido... Hasta la vista--dijo Raskolnikoff sonriendo. Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared para no caerse. Le pareció que un -dvornik-, que se dirigía al despacho de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida, no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos; su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla, Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía a entrar en la oficina de policía. Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba el mismo -mujik- que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff en la escalera. --¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa? Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles. --¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua! Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en silencio. Trajeron agua. --Yo soy...--empezó a decir Raskolnikoff. --Beba usted. El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente declaración: ---Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana Isabel.- Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes. Raskolnikoff repitió su confesión. EPILOGO I Siberia. A la orilla de un río ancho y desierto se levanta una ciudad, uno de los centros administrativos de Rusia. En la ciudad hay una fortaleza; en la fortaleza una prisión. En la prisión está, desde hace nueve meses, Rodión Romanovitch Raskolnikoff, condenado a trabajos forzados (segunda categoría). Cerca de diez y ocho meses han pasado desde el día que cometió su crimen. En la instrucción de su proceso no hubo apenas dificultades. El culpable renovó sus confesiones con tanta fuerza como claridad y precisión, sin confundir las circunstancias, sin suavizar el horror, sin falsear los hechos, sin olvidar el menor detalle. Hizo una relación completa del asesinato, esclareció el misterio del objeto encontrado en manos de la vieja (se recordará que era un trozo de madera junto con una placa de hierro), contó cómo había tomado las llaves del bolsillo de la víctima, describió estas llaves y describió también el asesinato de Isabel, que hasta entonces había sido un enigma. Contó cómo Koch había venido y llamado a la puerta, y cómo, después de él, había llegado un estudiante. Refirió minuciosamente la conversación habida entre los dos hombres; cómo, en seguida, el asesino se había lanzado a la escalera y había oído los gritos de Mikolai y de Milka, ocultándose en el cuarto vacío y dirigiéndose después a su casa. Finalmente, en cuanto a los objetos robados, manifestó que los había enterrado debajo de una piedra en un corral que daba a la perspectiva Ascensión. Se encontraron allí, en efecto. En una palabra, todo se esclareció. Lo que, entre otras cosas, asombraba a los jueces, fué la circunstancia de que el asesino, en vez de aprovecharse de los objetos robados a la víctima, fuese a ocultarlos bajo una piedra. Todavía comprendían menos que, no solamente no se acordase de los objetos robados por él, sino que hasta se engañase acerca de su número. Se encontraba, sobre todo, inverosímil que no hubiera abierto una sola vez la bolsa, y que ignorase el contenido de ella. (Encerraba ésta trescientos diez y siete rublos y tres monedas de veinte kopeks cada una; a consecuencia de haber sido enterrados largo tiempo, los billetes se habían deteriorado considerablemente.) Se procuró adivinar por qué únicamente sobre este punto mentía el acusado, cuando en todo lo demás había dicho espontáneamente la verdad. En fin, algunos, principalmente entre los psicólogos, admitieron como posible que, en efecto, no hubiera abierto la bolsa; y que, por consiguiente, se hubiera desembarazado de ella sin saber lo que contenía; pero sacaron asimismo la conclusión de que el crimen había sido necesariamente cometido bajo la influencia de una locura momentánea. El culpable--dijeron--ha cedido a la monomanía morbosa del asesinato y del robo, sin objeto ulterior, sin cálculo interesado. Era aquella ocasión excelente para sostener la teoría moderna de la alienación temporal, teoría con la que se busca actualmente tan a menudo explicar los actos de ciertos criminales. Además, numerosos testigos habían declarado que Raskolnikoff padecía hipocondría. Estos testigos eran; el doctor Zosimoff, los antiguos compañeros del acusado, su patrona, los criados, etc. Todo esto daba muchos fundamentos para pensar que Raskolnikoff no era un asesino vulgar, un malhechor ordinario, sino que había alguna otra cosa en aquel proceso. Con gran despecho de los partidarios de esta opinión, el culpable no se cuidó de defenderse. Interrogado acerca de los motivos que habían podido inducirle al asesinato y al robo, declaró con brutal franqueza que había sido impulsado por la miseria. Esperaba--dijo--encontrar en casa de su víctima lo menos tres mil rublos, y contaba con esta suma asegurar sus primeros pasos en la vida; su carácter ligero y bajo, agriado por las privaciones y las contrariedades, había hecho de él un asesino. Cuando se le preguntó por qué había ido a denunciarse, respondió redondamente que había representado la farsa del arrepentimiento. Todo aquello era casi cínico... Sin embargo, la sentencia fué menos severa de lo que se hubiera podido presumir en relación con el crimen cometido. Quizá causó buena impresión que el reo, lejos de disculparse, procurase, por el contrario, empeorar su situación. Fueron tomadas en consideración todas las extrañas particularidades de la causa. El estado de enfermedad y estrechez en que se encontraba el acusado antes de la comisión de su delito, no dejaba lugar a la menor duda. Como no se había aprovechado de los objetos robados, se supuso, o que los remordimientos se lo habían impedido, o que sus facultades intelectuales no estaban intactas cuando cometió el hecho. El asesinato, en modo alguno premeditado, de Isabel, suministró un argumento en apoyo de esta última hipótesis: un hombre comete dos asesinatos, y se olvida al mismo tiempo de que la puerta está abierta. Por último, había ido a denunciarse en el momento en que las falsas confesiones de un fanático de espíritu desequilibrado (Mikolai), acababan de desviar completamente la instrucción, y cuando la justicia estaba a cien leguas de sospechar quién era el verdadero culpable. (Porfirio Petrovitch cumplió fielmente su palabra.) Todas estas circunstancias contribuyeron a suavizar la severidad del veredicto. Por otra parte, los debates dieron a conocer muchos hechos en favor del acusado. Documentos facilitados por el antiguo estudiante Razumikin demostraron que, estando en la Universidad, Raskolnikoff había compartido sus escasos recursos con un compañero pobre y enfermo. Este último había muerto, dejando en la miseria a un padre enfermo, del cual era, desde la edad de trece años, único sostén. Raskolnikoff había hecho entrar al viejo en un asilo, y más tarde había costeado los gastos de su entierro. El testimonio de la viuda Zarnitzin, fué también muy favorable al acusado. Declaró que, en la época en que habitaba en los Cinco Rincones con su inquilino, habiéndose declarado un incendio una noche en cierta casa, Raskolnikoff, con riesgo de su vida, salvó de las llamas a dos niños pequeños, sufriendo graves quemaduras al realizar tal acto de valor. Se abrió una indagatoria a propósito de este hecho, y numerosos testigos certificaron la exactitud de él. En una palabra, el tribunal, teniendo en cuenta las confesiones del culpable, así como sus buenos antecedentes, le condenó tan sólo a ocho años de trabajos forzados (segunda categoría). Desde la apertura de la vista, la madre de Raskolnikoff estaba mala. Dunia y Razumikin encontraron medio de alejarla de San Petersburgo durante todo el tiempo del proceso. Razumikin eligió una ciudad de la línea férrea, y a poca distancia de la capital; así podía seguir asiduamente las audiencias y ver a Advocia Romanovna. La enfermedad de Pulkeria Alexandrovna era una afección nerviosa bastante extraña, con desarreglo, a lo menos parcial, de las facultades mentales. De vuelta en su domicilio, después de la última entrevista con su hermano, Dunia había encontrado con mucha fiebre a su madre, y con delirio. Aquella misma noche se puso de acuerdo con Razumikin acerca de lo que había de responder cuando Pulkeria Alexandrovna pidiese noticias de Raskolnikoff; a tal fin inventaron una historia, esto es, que Rodia había sido enviado muy lejos a los confines de Rusia, con una misión que debía reportarle mucho honor y provecho. Pero, con gran sorpresa de los jóvenes, ni entonces, ni después, la madre les preguntó nada acerca de este asunto. Ella misma se había forjado en la imaginación una novela, a fin de explicar la brusca desaparición de su hijo. Contaba llorando la visita de despedida que éste le había hecho, con cuyo motivo daba a entender que ella solamente conocía circunstancias misteriosas y muy graves; Rodia se veía obligado a ocultarse, porque tenía enemigos muy poderosos; por lo demás, no dudaba de que el porvenir de su hijo fuese muy brillante, y de que ciertas dificultades serían vencidas. Aseguraba a Razumikin que, con el tiempo, su hijo llegaría a ser un hombre de Estado: tenía prueba de ello en el artículo que el joven había escrito, y que denotaba un talento literario inagotable. Leía sin cesar este artículo, a veces hasta en alta voz; podía decirse que dormía con él; sin embargo, no preguntaba jamás dónde se encontraba Rodia, aunque el cuidado mismo que se ponía para evitar esta conversación hubiese podido parecerle sospechoso. El extraño silencio de Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos, acabó por inquietar a Dunia y a Razumikin. Aquélla no se quejaba de que su hijo no la escribiese, siendo así, que antes, en su ciudad natal, esperaba con impaciencia suma las cartas de su querido Rodia. Tan inexplicable era esta última circunstancia, que Dunia llegó a alarmarse. A la joven le ocurrió la idea de que su madre tenía el presentimiento de una terrible desgracia ocurrida a Rodia, y de que no se atrevía a preguntar, temerosa de saber todavía alguna cosa peor. De todos modos, Dunia veía muy claramente que su madre tenía trastornado el cerebro. Dos veces, sin embargo, condujo la conversación de tal manera, que fué imposible responderle sin indicar en dónde se encontraba Rodia. A continuación de las respuestas necesariamente equívocas y difíciles que se le dieron, cayó en profunda tristeza; durante muy largo tiempo se le vió sombría y taciturna como nunca había estado. Dunia, al cabo, llegó a advertir que las mentiras y las historias inventadas iban contra su propósito, y que lo mejor era encerrarse en un silencio absoluto sobre ciertos puntos; pero llegó a ser cada vez más evidente para ella que Pulkeria Alexandrovna sospechaba algo espantoso. Dunia sabía fijamente (su hermano se lo había contado) que su madre la oyó hablar en sueños la noche siguiente a su entrevista con Svidrigailoff. Las palabras que en el delirio se le escaparon a la joven, ¿no habrían derramado una luz siniestra en el espíritu de la pobre mujer? A menudo, después de días, y aun de semanas de continuo mutismo y de lágrimas silenciosas, se producía en la enferma una especie de exaltación histérica. Se ponía de repente a hablar alto, sin interrumpirse, de su hijo, de sus esperanzas y del porvenir... sus imaginaciones eran a veces muy extrañas. Se fingía ser de su opinión (quizá no era del todo engañoso este sentimiento); sin embargo, no cesaba de hablar. La sentencia fué pronunciada cinco meses después de la confesión hecha por el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto fué posible, Razumikin visitó al condenado en la cárcel. Sonia le visitó también. Llegó al fin el momento de la separación. Dunia juró a su hermano que esta separación no sería eterna; Razumikin se expresó del mismo modo. El animoso joven tenía un proyecto firmemente formado en su espíritu; cuando ahorrase algún dinero, durante tres o cuatro años se trasladaría a Siberia, país en que tantas riquezas no esperan otra cosa, para ser puestas en circulación, que capitales y brazos. Allí se establecería, en la ciudad en que estuviese Rodia, y juntos comenzarían una nueva vida. Todos lloraban al decirse adiós. Desde hacía algunos días, Raskolnikoff se mostraba muy preocupado, multiplicaba las preguntas acerca de su madre, inquietándose continuamente por ella. Esta excesiva preocupación de su hermano daba pena a Dunia. Cuando el joven se hubo enterado con más detalles del estado enfermizo de Pulkeria Alexandrovna, se puso extremadamente sombrío. Con Sonia estaba siempre taciturno. Provista del dinero que Svidrigailoff le había entregado, la joven se hallaba dispuesta, desde hacía mucho tiempo, a acompañar el convoy de presos de que había de formar parte Raskolnikoff. Nunca había mediado una palabra sobre este particular entre ella y él; pero ambos sabían que sería así. En el momento de la última despedida, el condenado se sonrió de un modo extraño al oír hablar a su hermana y a Razumikin del próspero porvenir que se abriría para ellos después de su salida del presidio. Preveía que la enfermedad de su madre no tardaría en conducirla al sepulcro. Dos meses después, Dunia se casó con Razumikin. Sus bodas fueron tranquilas y tristes. Entre los invitados se encontraron Porfirio Petrovitch y Zosimoff. Algún tiempo después, todo denotaba en Razumikin una resolución enérgica. Dunia creía ciegamente que realizaría todos sus designios, y no podía menos de creerlo, porque veía en él una voluntad de hierro. Comenzó por entrar de nuevo en la Universidad a fin de terminar sus estudios. Los dos esposos elaboraban sin cesar planes para el porvenir; tenían uno y otra la firme resolución de emigrar a Siberia en un plazo de cinco años. En tanto contaban con que Sonia los reemplazaría cerca del condenado... Pulkeria Alexandrovna concedió, con alegría, la mano de su hija a Razumikin; pero después de este matrimonio, pareció más triste y preocupada. Para proporcionarle un momento agradable, Razumikin le contó la noble conducta de Raskolnikoff, a propósito del estudiante y de su anciano padre, y le refirió también cómo el año anterior Rodia había expuesto la vida para salvar a dos niños que estaban a punto de perecer en un incendio. Estos relatos exaltaron, hasta el más alto grado, el ya turbado espíritu de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces no hablaba más que de ello, y hasta en la calle refería tales hechos a los transeuntes, aunque la acompañaba siempre Dunia. En los ómnibus, en los almacenes, en todas partes en donde se encontraba un oyente benévolo, hablaba de su hijo, del artículo de su hijo, de la caridad de su hijo con un estudiante, de la valerosa abnegación de que había dado pruebas su hijo en un incendio, etc. Dunia no sabía cómo hacerla callar. Esta morbosa locuacidad no carecía de peligros: además de que agotaba las fuerzas de la pobre mujer, podía ocurrir que alguno, oyendo alabar de Raskolnikoff, se pusiese a hablar del proceso. Pulkeria Alexandrovna averiguó las señas de la mujer cuyos hijos habían sido salvados por el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos. Finalmente, su exaltación llegó a los últimos límites. A veces se echaba de repente a llorar, y a veces tenía accesos de fiebre, durante los cuales deliraba. Una mañana declaró redondamente que, según sus cálculos, Rodia debía volver muy pronto, porque cuando se despidió de ella le había anunciado su vuelta en un plazo de nueve meses. Comenzó entonces a prepararlo todo en la casa, en atención a la próxima llegada de su hijo, destinándole su propia habitación; quitó el polvo a los muebles, fregó el suelo, cambió las cortinas, etc. Dunia estaba desolada, pero no decía nada, y hasta ayudaba a su madre en estas diversas ocupaciones. Después de un día lleno todo él de locas visiones, de sueños gozosos y de lágrimas, Pulkeria Alexandrovna se vió acometida de una fiebre alta y murió al cabo de quince días. Varias palabras pronunciadas por la enferma durante su delirio, hicieron creer que había casi adivinado el terrible secreto que con tanto trabajo trataron de ocultarle. Por mucho tiempo ignoró Raskolnikoff la muerte de su madre, aunque por mediación de Sonia recibiese regularmente noticias de su familia. Cada mes enviaba la joven una carta dirigida a Razumikin, y cada mes se le respondía de San Petersburgo. Las cartas de Sonia parecieron en un principio, a Dunia y Razumikin, algo secas e insuficientes; pero más tarde comprendieron que era imposible escribirlas mejores, puesto que encontraban en ellas datos completos y precisos acerca de la situación de su desgraciado hermano. Sonia describía, de una manera muy sencilla y muy clara, la existencia de Raskolnikoff en la prisión. No hablaba de ella ni de sus propias esperanzas ni de sus conjeturas respecto al porvenir, ni de sus sentimientos personales. En vez de explicar el estado moral, la vida interior del condenado, se limitaba a citar hechos, es decir, las mismas palabras pronunciadas por él. Daba noticias detalladas acerca de su salud, decía qué deseos le había manifestado él, qué preguntas le había dirigido, qué encargos le había hecho durante sus entrevistas, etc. Pero estos datos, por minuciosos que fuesen, no eran, empero, en los primeros tiempos sobre todo, muy consoladores. Dunia y su marido supieron, por la correspondencia de Sonia, que su hermano seguía siempre sombrío y taciturno. Cuando la joven le comunicaba noticias recibidas de San Petersburgo, apenas si prestaba atención; algunas veces se informaba de su madre, y cuando Sonia, viendo que el preso adivinaba la verdad, le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna, observó con gran sorpresa que se había quedado poco menos que impasible. «Aunque parezca absorto en sí mismo y como extraño a todo lo que le rodea--escribía, entre otras cosas, Sonia--se hace cargo de su vida nueva, comprende muy bien su situación; ni espera nada mejor de aquí a largo tiempo, ni acaricia frívolas esperanzas, ni experimenta casi ningún asombro en este nuevo medio que tanto difiere del antiguo... Su salud es satisfactoria. Va al trabajo sin repugnancia y sin apresuramiento. Es casi indiferente a la comida; pero, excepto los domingos y los días de fiesta, esta nutrición es tan mala, que ha consentido en aceptar de mí algún dinero para procurársela todos los días. En cuanto a lo demás, me suplica que no me inquiete, porque, según asegura, le es desagradable que se ocupen de él.» «En la cárcel--se leía en otra carta--, está instalado con los otros presos; no he visitado el interior de la fortaleza, pero tengo motivos para creer que se está allí muy mal, muy estrechamente y en condiciones muy insalubres. Duerme en una cama de campaña, cubierto con una alfombra de fieltro, y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer todo lo que podría proporcionarle su existencia material menos dura y menos grosera, no es, en lo más mínimo, en virtud de sus principios ni de una idea preconcebida, sino, sencillamente, por apatía, por indiferencia.» Sonia confesaba que, al principio, sobre todo, sus visitas, en vez de causar placer a Raskolnikoff, le producían una especie de irritación; no salía de su mutismo más que para decir groserías a la joven. Más tarde, es verdad, dichas visitas habían llegado a ser para él una costumbre, casi una necesidad, hasta el punto de que había estado muy triste cuando una indisposición de algunos días obligó a Sonia a interrumpirlas. Los días de fiesta se veían, ya en la puerta de la prisión, ya en el cuerpo de guardia, a donde se enviaba algunos minutos al prisionero, cuando la joven le hacía llamar. En tiempo ordinario, Sonia iba a buscarle al trabajo en los talleres, en las tejerías, en los tinglados establecidos a las orillas del Irtych. En lo tocante a ella, Sonia decía que había logrado crearse relaciones en su nueva residencia; que se ocupaba en coser, y que, no habiendo en la ciudad casi ninguna modista, se había hecho una buena clientela. Lo que callaba era que había atraído sobre Raskolnikoff el interés de la autoridad, y que, gracias a ella, se le dispensaba de los trabajos más penosos, etcétera. En fin, Razumikin y Dunia recibieron aviso de que Raskolnikoff esquivaba a todo el mundo; que sus compañeros de cadena no le querían; que permanecía silencioso durante horas enteras, y que, de día en día, su palidez era cada vez mayor. Dunia había notado ya cierta inquietud en las últimas cartas de Sonia, la cual no tardó en escribir diciendo que el condenado había caído gravemente enfermo, y que había sido llevado al hospital de la prisión... II Estaba enfermo desde hacía algún tiempo; pero lo que había quebrantado sus fuerzas no era ni el horror de la prisión, ni el trabajo, ni la mala alimentación, ni la vergüenza de tener la cabeza rapada e ir vestido de harapos. ¡Oh! ¿qué le importaban a él tales tribulaciones y miserias? Lejos de ello, estaba contento de tener que trabajar. La fatiga física le producía algunas horas de sueño agradable, y, ¿qué significaba para él el rancho, aquella mala sopa de coles en que solía encontrar hasta escarabajos? En otro tiempo, siendo estudiante, se hubiera dado algunas veces por muy contento de tener tal comida. Sus vestidos eran de abrigo y a propósito para aquel género de vida; en cuanto a la cadena, apenas si sentía el peso. Quedaba la humillación de tener la cabeza afeitada y llevar el uniforme del presidio; pero, ¿ante quién habría de ruborizarse? ¿Ante Sonia? La joven tenía miedo de él; ¿cómo había de ruborizarse ante ella? Sin embargo, le daba vergüenza de la misma Sonia; por esta razón se mostraba brutal y despreciativo en sus relaciones con la joven. Pero no procedía esta vergüenza ni de su cabeza rapada, ni de su cadena. Su orgullo había sido cruelmente herido, y Raskolnikoff estaba enfermo de esta herida, ¡Oh, qué feliz habría sido si hubiera podido acusarse a sí mismo! Entonces lo hubiera soportado todo, hasta la vergüenza y el deshonor. Pero en vano se examinaba severamente; su conciencia endurecida no encontraba en su pasado ninguna falta que pudiera ocasionarle grandes remordimientos. Solamente se echaba en cara haber fracasado, cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Lo que le humillaba, era verse él, Raskolnikoff, perdido tontamente, sin esperanza de rehabilitación, por una sentencia del ciego destino, y debía someterse, resignarse al absurdo de esa sentencia, si quería encontrar un poco de calma. Una inquietud sin objeto y sin fin en el presente, un sacrificio continuo y estéril en el porvenir; esto es lo que le quedaba en la tierra. Vano consuelo para él decirse que, dentro de ocho años, no tendría más que treinta y dos, y que, en esta edad, podría aún recomenzar la vida. ¿Para qué vivir? ¿Con qué objeto? ¿Con qué fin? ¿Vivir para existir? En todo momento había estado pronto a dar su existencia por una idea, por una esperanza, por un capricho. Había 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000