más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había,
probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y
un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de
pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero
de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza.
Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los
otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y
se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y
tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos,
sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.
Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer
flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo.
Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho
Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios
secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a
otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual;
los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil.
Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica
producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina
Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho
más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres;
parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.
Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera
emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había
ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior,
solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que
hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.
La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza
apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela,
temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La
mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una
camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo -burnus-
señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente
no le llegaba más que hasta las rodillas.
En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo,
largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le
hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos,
obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella
carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se
arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer,
al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de
explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»--se
preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a
casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era
un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se
preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un
grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.
--¡Ah! ¿Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la cólera--.
¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué
traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla!
Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff
apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No
llevaba encima ni un solo kopek.
--¿Dónde está el dinero?--gritaba su esposa--. ¡Oh Dios mío! ¿Es
posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el
cofre!...
Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y
lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de
Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de
rodillas tras de ella.
--¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!--gritaba, dirigiéndose
a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza
la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el
suelo.
La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho,
de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar
este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia
su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor
temblaba como la hoja en el árbol.
--¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina
Ivanovna en el colmo de la desesperación--. ¡Ni siquiera conserva el
traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!--repetía retorciéndose
las manos y señalando a los niños--. ¡Oh vida tres veces maldita!
¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la
taberna?--añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has
estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con
él?... ¡Vete, vete!...
El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir
una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en
par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada
y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros
cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan
ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado
los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff,
arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.
Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente
se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que,
abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a
su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que
dejar el cuarto al día siguiente.
Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes.
Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la
taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin
ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de
bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para
que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.
--¡Valiente tontería he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia,
pero yo no cuento con nadie--. Reflexionó, sin embargo, que no podía
recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta
reflexión prosiguió su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continuó
diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia
cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy.
La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre
el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo
pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han
encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto
no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio
lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y
se hace a todo!
Raskolnikoff se quedó pensativo.
--¡Pues bien; si he mentido--exclamó--, si el hombre no es
necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos
los prejuicios que le detienen!
III
Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado
que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal
humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel
cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con
el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan
bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el
techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas
más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en
la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de
que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un
grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.
Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de
lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y
sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de
estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual
ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá
había una mesita.
La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de
su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el
ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir
esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.
Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo
y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.
En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le
molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así
éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el
cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez
cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el
joven despertó.
--Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te,
¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!
El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia,
le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.
--¿Me lo envía la patrona?
--No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.
La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la
mesa dos terroncitos de azúcar morena.
--Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo
unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)--, y haz el
favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería
y tráete un poco de embutido barato.
--En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no
sería mejor que tomases un poco de -chatchi-? Se hizo ayer y está muy
rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy
bueno.
Fué a buscar el -chatchi-, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la
sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo
que era, como una campesina.
--Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.
El rostro del joven se alteró.
--¡A la policía! ¿Por qué?
--Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.
--¡Demonio, no me faltaba más que esto!--dijo entre dientes--. No
podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta--añadió en
alta voz--. Iré a verla y le hablaré.
--Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente,
¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes
nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué
ahora no haces nada?
--Sí que hago--respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.
--¿Qué es lo que haces?
--Cierto trabajo...
--¿Qué trabajo?
--Medito--respondió seriamente después de una pausa.
Anastasia se echó a reír.
Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa
que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.
--¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?--preguntó cuando pudo
hablar.
--No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse.
Además, desprecio ese dinero.
--Quizás algún día te pese.
--Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos
cuantos kopeks?--siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien
a sí mismo que a su interlocutora.
--¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?
Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante
algunos momentos.
--Sí, una fortuna--dijo luego con energía.
--¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?
--Como quieras.
--¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.
--¡Una carta para mí! ¿De quién?
--No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He
hecho bien, ¿no es cierto?
--¡Tráela, por amor de Dios, tráela!--exclamó Raskolnikoff muy
agitado--. ¡Señor!
Un minuto después la carta estaba en sus manos.
No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno
de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo
que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía
violentamente el corazón en aquel momento.
--Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero,
¡por amor de Dios!, vete en seguida.
La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de
Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se
marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios
y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección
reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la
letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y
escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el
sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas
por ambos lados.
«Mi querido Rodia--decíale su madre--. Dos meses ha que no te
escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño.
Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes
cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el
mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra
felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido
al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la
Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías
ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.
»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año!
Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí
prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a
Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo
de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a
mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara
de lo que me había prestado.
»Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero;
por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de
felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que
de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis
semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin
acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que
sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.
»Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la
triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia
Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía
responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos,
lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a
pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado
que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué
hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que
Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta
casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar
por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta
razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la
deuda.
[6] Diminutivo cariñoso de Dunia.
»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había
pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y
que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote
que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por
Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha
permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también
para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón
que tiene.
»El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse
grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con
descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos
pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente,
puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con
muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de
Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka
sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en
el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de
Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate
tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este
insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.
»Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka
proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas
promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia
e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero.
¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la
cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar
inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de
este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir
la discordia en la familia.
»El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió
inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que
aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal
la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha.
Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff
no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora
contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y,
finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin
dejarle tiempo aun para hacer la maleta.
»Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron
metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después
de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y
siete verstas en compañía de un -mujik-[8], en un carro sin toldo.
Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la
carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía
a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima
e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido.
Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa
que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón
angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes
largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo
no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras,
murmuraba la gente con aire despreciativo.
[7] Carreta de aldeano.
[8] Campesino siervo.
»Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando
a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y
durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco
charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló
la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi
salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de
abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose
en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!
»La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El
señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la
joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de
Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia.
Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del
jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita
que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la
indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus
deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de
perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.
»Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia
de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra
casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió
perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en
todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka
y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose
con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta
autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella
muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha
rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa
Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No
puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.
»Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un
partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me
apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber
tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto
no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder,
a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no
podías juzgar con conocimiento de causa.
»Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin,
un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de
Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros
en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le
recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día
nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana
y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy
atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera
que no puede perder tiempo.
»Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos
un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos
estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en
buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable
fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto
es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy
bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas
apariencias pueden ser engañosas.
»Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San
Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada
ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre,
si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo
esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te
producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer
a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole
con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se
rectifican difícilmente.
»Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una
persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado
que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias
palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones
modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más
porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus
frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.
»Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado,
por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque
de escasa instrucción--me ha dicho--, es inteligente, y parece
bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven
valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy
apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni
por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia
no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza
angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará
como un deber el corresponderle.
»Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que
la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por
ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende
de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido
su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba
resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote,
y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe
sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido
un bienhechor.
»No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha
explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el
sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación;
evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha
tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco
dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero
ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no
son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina
es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación,
Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se
levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por
último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente
plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana
que había tomado su resolución.
»Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente
a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde
quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en
asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su
viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que
se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está
en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás,
bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se
realizase!
»Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor
especial de la divina Providencia.
»Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación
a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin
duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor
le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal
de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz!
A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te
impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no
ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza;
su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección
de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más,
cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que
ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.
»A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se
comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con
su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía
con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a
entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo,
su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con
buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.
»Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas
razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá
no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo
seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que
Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a
que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado,
es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae
por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.
»Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te
advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final.
Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos,
y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está
decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo
sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días.
Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones
cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A
ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más
tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría
te estrecharé entre mis brazos!
»Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte;
y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que
por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un
ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella,
demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la
pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe
cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas
de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que
pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro
Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable,
y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a
adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.
»Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría
de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme
dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la
bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a
sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar
nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros
billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a
esa capital sin ningún kopek.
»Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy
caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y
hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en
su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en
un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son
30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.
»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima
entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia,
a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que
a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú
lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra
futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.
»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.
»Tuya hasta la muerte.
Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las
lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su
rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza
sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo.
Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último,
se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un
armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.
Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en
la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de
Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el
que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero,
según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun
-monologueaba- en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos
lo creían borracho.
IV
La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero
el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde
el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su
resolución.
«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al
diablo el señor Ludjin.
»¡La cosa está bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo
como si tuviese la clave de lo sucedido--. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no
lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi
opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen
que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y
qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado,
que sólo puede casarse a toda prisa.»
»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme,
sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado
paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya
imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida
del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de
negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse
muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá,
de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa
que le «parece» bueno; ¡ese -parece- es muy significativo! Bajo la fe
de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!...
¡Admirable!...
»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las
«generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el
personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor
Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía
esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la
noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas
una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi
necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría
más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un
poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero
ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de -mal humor-.
»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no
había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo
menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh
Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la
conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra
felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre
mía!...
Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces
hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.
--Es verdad--continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le
hervían en la cabeza--; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es
preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero
el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre
de negocios y -parece- bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un
gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este
rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse
en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia
que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no
es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de
tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el
traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted?
Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted
ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar
un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que
usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y
que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le
corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no
hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.
»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo?
Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden
esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es
más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el
marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a
San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella
vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos
indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con
Dunia. Alguna palabra se le ha -escapado- a ese amable señor, que ha
sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en
cerrar los ojos a la evidencia.
«Tengo intención de rehusar»--me dice--; pero entonces, ¿con qué medios
de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales
será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá
en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas
de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que
20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los
sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe
de mi hija.» ¡Sí, fíate!
»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?
»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con
él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar
material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo
de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el
señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de
seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en
casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia,
pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos;
eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría
a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de
Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal
su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene
nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor
Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese
hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es
la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a
sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se
vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la
explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por
su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento
moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo,
nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con
tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía,
imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros
escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que
la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto
es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra
Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad,
suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que
llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la
fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su
hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo,
objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!
»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka
Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo.
¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes
tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al
nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe
mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por
el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia
este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería
aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el
bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera
llamar a la puerta de su casa.
»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas,
si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de
maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras
no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese
ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero,
¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por
qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo
acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»
Se detuvo, quedándose como ensimismado.
--¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu
-veto-? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu
parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir,
-cuando hayas terminado tus estudios- y encontrado una colocación? Eso
es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es
lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre
una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a
los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario,
pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la
actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando
hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado
ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído
su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros
que las amenazan durante estos diez años.
Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas
preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le
atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él
no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo.
Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles,
que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase
lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.
--¡O renunciar a la vida--exclamó--aceptando el destino tal cual es,
sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente
mi derecho a ser, a vivir, a amar!
Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes
por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que
significa esta frase: No tener ya adónde ir?»
Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se
le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de
este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de
volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la
de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes
antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces
bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia
de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le
cubría los ojos.
Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas
de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en
la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un
banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le
ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo
su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer
que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en
ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría
muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido.
Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba
algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de
advertirlo.
Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual
trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su
voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había
de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser
muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla
y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al
cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una
manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la
cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza,
la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de
excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la
joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió
más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos
como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió
Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña,
que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita
casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente
quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero
estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no
tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una
sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían
suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.
Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente
a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor
insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar
muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de
distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que
evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones.
También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero
la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente,
es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia
el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más
claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta
años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote.
Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se
apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.
--¡Eh, Svidrigailoff!--exclamó el joven apretando los puños y riendo
sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.
El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de
altanero estupor.
--¿Qué significa esto?--continuó con un tono despreciativo.
--Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.
--¿Cómo te atreves, canalla...?
Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se
lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente
cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien
asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar
casualmente junto a ellos.
--¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le
pasa a usted? ¿Quién es usted?--preguntó severamente a Raskolnikoff,
fijándose en su miserable aspecto.
Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con
sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además,
inteligente.
--De usted precisamente tenía necesidad--dijo el joven, y agarró por el
brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff.
Usted puede también oírlo--añadió, dirigiéndose al caballero--; venga
usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco--.
Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace
un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición
social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la
hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?...
Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los
jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta
joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas,
seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien
quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por
primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene
conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla
Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto
cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la
combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado
de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo
libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se
vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...
El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a
reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero,
pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para
examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.
--¡Ah, qué desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todavía una niña.
De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive
usted?
La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con
expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.
Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.
--Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llévela a su
casa. Sólo falta que nos dé su dirección.
--¡Señorita, eh, señorita!--dijo de nuevo el guardia, después de tomar
el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a
su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?
--¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!--murmuró la joven con el mismo
movimiento de antes.
--¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la
vez piedad e indignación--. ¡Vaya un apuro!--añadió dirigiéndose a
Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.
Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.
--¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?--preguntó.
--Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose.
Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.
--¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y
borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!...
¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles
arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.
Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera
tomarse por muchachas de buena familia.
--Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos
de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito.
¡Allí sigue!
Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un
ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán
de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a
su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos,
deteniéndose de nuevo.
--No, no se saldrá con la suya ese señor--respondió con aire pensativo
el guardia--; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita,
¡eh! señorita--añadió dirigiéndose otra vez a la joven.
De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si
un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en
dirección opuesta a la que había llevado.
--¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!--dijo
extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.
Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a
seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.
--Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya--dijo
resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven--. ¡Ah!
¡cuánto vicio hay ahora!--repitió, exhalando un suspiro.
En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino
en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:
--Escuche usted.
El interpelado se volvió.
--¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se
divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?
El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a
Raskolnikoff, que se echó a reír.
--¡Ea!--dijo el guardia agitando el brazo.
Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha.
Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.
--Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo éste con cólera cuando se
quedó solo--. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la
muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas
de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello?
Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por
qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?
A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó
como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le
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