usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición
a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que
toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el
momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le
detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo
en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi
venida...
--¿Cuál es?--preguntó Raskolnikoff anhelante.
--... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no
quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque,
créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista,
pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya
a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido
más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que
me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy
bastante franco?
Raskolnikoff reflexionó durante un minuto.
--Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras,
no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la
evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña?
--No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré
el otro día; Dios me la ha enviado.
--¿Qué prueba es ésa?
--No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de
contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier
resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es
únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico:
créalo usted, Rodión Romanovitch.
El joven se sonrió con expresión de cólera.
--El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos
que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir
a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel,
estaría -en reposo-?
--¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la
letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo.
Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al
culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía
personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si
en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir
que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el
provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando,
puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en
qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido
sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo,
el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el
tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se
lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre
usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un
carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más
que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre
honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.
Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego
sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.
--¿Qué me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que
su lenguaje equivalía casi a una confesión--, ¿qué me importa la
diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.
--Vamos, lo que yo temía--exclamó, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me
temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.
Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.
--No desprecie usted la vida--continuó el juez de instrucción--.
Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de
pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!
--¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?
--La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le
reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por
otra parte, su condena no será perpetua.
--¡Obtendré circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff.
--¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse
culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso!
--¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!--murmuró con tono
despreciativo el joven.
Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo.
--Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle
groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de
la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir
en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza
ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni
con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión
acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían
arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de
haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y
vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo,
de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra
usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es
usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente
de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se
preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo
solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa
usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más
tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por
eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más
que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción
cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede
saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su
valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia.
Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la
vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.
Raskolnikoff se estremeció.
--Pero, ¿quién es usted--gritó--para hacerme esas profecías? ¿Qué
suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir?
--¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible
y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero
un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla
al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá
no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto
el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las
comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige
usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad?
De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol,
y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas
son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le
pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio,
convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos
le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado.
--¿Cuándo piensa usted detenerme?
--Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga
usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire.
El consejo que le doy es bueno, créalo usted.
--¿Y si me escapase?--preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa.
--No se escapará. Un -mujik- huiría: un revolucionario de ahora,
esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un -credo-
ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría.
¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse
una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese
usted, volvería para entregarse espontáneamente... -¡Usted no puede
pasarse sin nosotros!- Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos,
pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted
a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún,
estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien,
se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree;
pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran
cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede
parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai
tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.
Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo.
--¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta.
Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura.
--Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego
que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un
hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he
confesado nada... no lo olvide usted.
--Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted,
querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero
no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo
que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero
tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de
que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de
acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un
billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la
piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire
buenos pensamientos.
Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó
a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus
cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En
seguida salió de ella apresuradamente.
III
Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía
esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso.
Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba
la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una
explicación.
Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá
ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?
Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido.
Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las
circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma
conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no
quería decir que no lo haría más tarde.
Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que
no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se
fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado
demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le
eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que
fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más
que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión
mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un
inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor
estado que los días precedentes.
Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha
para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por
ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a
casa del juez de instrucción?
¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!
Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de
él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los
náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que
empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba
este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal
vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba
a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a
casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba
espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia
sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar
la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de
Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo
Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.
No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad
misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba
mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de
él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de
Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose
de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.
Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento,
aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.
«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío--se decía--;
ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana...
quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de
emplearlo como arma contra Dunia?»
Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se
había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en
aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se
le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría
extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en
denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y
la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San
Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era
buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a
Razumikin?--se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón--. En todo
caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios,
los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero
si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi
hermana, le mataré.»
Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio
de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En
dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta
pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo
de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas
las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí
se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba,
se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también
gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba
a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas
vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una
mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror.
Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más
a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le
viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar
hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo.
La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff
no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse;
pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde.
Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de
la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos
sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los
labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa
carcajada.
--¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!--gritó desde la
ventana.
El joven subió.
Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran
sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios,
y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un
estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar.
Svidrigailoff tenía delante una botella de -Champagne- empezada y un
vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero
y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien
portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de
cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto,
bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de
la otra sala.
--¡Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia.
La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes
también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su
fisonomía cierta expresión de respeto.
--¡Eh, Felipe, un vaso!--gritó Svidrigailoff.
--No bebo vino--dijo Raskolnikoff.
--Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes
retirarte.
Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo.
Katia bebió el vaso de -Champagne- a pequeños sorbos como suelen
hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano
de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel
respeto servil.
Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a
San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del
establecimiento.
--Iba a casa de usted--dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos--;
pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado
por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al
salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted.
Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!
--¿Por qué no añade usted que es un milagro?
--Porque quizá no es más que una casualidad.
--Esa es la salida a que recurren todos--contestó riendo
Svidrigailoff--. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se
atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es
más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch,
cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por
usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla;
por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad.
--¿Sólo por eso?
--Me parece que es bastante.
Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no
había bebido más que un vaso de vino espumoso.
--Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o
no eso que llama usted opinión personal--observó Raskolnikoff.
--Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en
cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante
todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es
sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el
camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted?
--Lo he olvidado--respondió sorprendido Raskolnikoff.
--No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección
se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado
a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de
que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas.
Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos,
jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual
en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana
esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción
solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es
el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en
toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que
le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba
usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y
cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente
que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios
y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras
se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en
rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas,
como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No
tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.
--¿Sabe usted que se me sigue?--preguntó Raskolnikoff fijando en
Svidrigailoff una mirada investigadora.
--No--respondió éste asombrado--; no sé nada.
--Bueno, no hablemos de mí--murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas.
--Está bien. No hablaremos de usted.
--Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este
-traktir- como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace
un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado
usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.
--¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de
usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy
bien.
--Podía tener razones... usted lo sabe.
--Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese?
Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de
su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro.
Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía
una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos,
la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos
demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un
elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de
su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de
valor.
--Entre nosotros no sirven las tergiversaciones--dijo bruscamente el
joven--; aunque esté usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene
deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted,
pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y
si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido
últimamente, le mataré a usted antes de que me hayan metido en la
cárcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he creído
advertir estos días que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si
algo tiene que comunicarme, despáchese, porque el tiempo es precioso, y
quizá bien pronto será demasiado tarde.
--¿Qué es lo que corre a usted tanta prisa?--preguntó Svidrigailoff,
mirándole con curiosidad.
--Cada cual tiene sus negocios--dijo Raskolnikoff con aire sombrío.
--Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta
rehusa usted responderme--observó Svidrigailoff--. Me supone usted
siempre algunos proyectos. En la posición de usted, tal cosa se
comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en
buena armonía con usted, no me tomaré la molestia de desengañarle.
Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle.
--¿Por qué está usted siempre dando vueltas en derredor mío?
--Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado.
Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantástico de su situación.
Además, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella
me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar
que tiene usted una gran influencia sobre ella. ¿No son bastantes
razones éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, la pregunta
es para mí compleja, y me es muy difícil responder a ella. Si usted,
por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no sólo por un negocio,
sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; ¿no es
verdad? ¿No es verdad?--repitió con sonrisa equívoca Svidrigailoff--.
Pues bien, figúrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo,
esperaba también que me diría usted algo nuevo y pensaba en tomar algo
prestado. Vea usted cómo somos nosotros los ricos.
--¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?
--¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué miserable -traktir- me paso
todo el día--repuso Svidrigailoff--; no crea que me divierto; pero
en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre
Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotón, un
gastrónomo de club... pero nada de eso; ahí tiene usted todo lo que
yo puedo comer (señaló con el dedo una mesita colocada en el rincón,
y en ella un plato de hierro galvanizado, que contenía los restos de
un mal biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido usted? En cuanto
al vino sólo bebo -Champagne-, y un vaso me basta para toda la noche.
Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte
y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me
ocultaba como un colegial, porque temía que la visita de usted fuera
un trastorno para mí; pero creo que puedo pasar una hora con usted.
Ahora son las cuatro y media--añadió mirando al reloj--. ¿Querrá usted
creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotógrafo, ni
periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad.
Ciertamente, pensaba que me diría usted algo nuevo.
--¿Quién es usted y por qué ha venido aquí?
--¿Que quién soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos años
en Caballería, después de lo cual me he paseado por San Petersburgo;
más tarde me casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí a vivir al campo.
Ahí tiene mi biografía.
--Según parece, es usted jugador.
--¿Jugador yo? No diga usted eso; diga usted más bien que soy un tahur.
--¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?
--Sí.
--Habrá recibido usted alguna vez bofetadas.
--Sí, alguna que otra. ¿Por qué me pregunta usted eso?
--Pues bien; podría usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones.
--No tengo ninguna objeción que hacer a usted. Además, yo estoy poco
fuerte en discusiones fisiológicas. Confieso que si he venido aquí, es
sólo por las mujeres.
--¿En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna?
Svidrigailoff se sonrió.
--Pues bien, sí--respondió con una franqueza desconcertante--. Parece
que le escandaliza lo que le digo.
--¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación?
--¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de
renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación.
Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber
venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo.
--¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le
contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la
tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta,
puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos
el tiempo.
--Sea; mas espero que usted...
--No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia
Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla
comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando
no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso
es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo!
¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto
empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que
Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa
de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha,
como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote:
sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron
un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me
llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, -exigió- de mí
que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que
hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté
de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a
conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas,
en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en
los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos!
Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la
propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino;
me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en
práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación.
Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna
no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba.
Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y
por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo
de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin
entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre
nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí
en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró
de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese
usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los
ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus
miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un
ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con
Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted
lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre
despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch.
Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir
eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y
que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted
a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía
reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San
Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno,
etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado
de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho:
«Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera
hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya
conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer
había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón
de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana
de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como
ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con
mucha atención... interesante joven...
Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado,
y aunque apenas había bebido dos vasos de -Champagne-, empezaba a dar
señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse
de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien
consideraba como su más peligroso enemigo.
--Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted
ha venido aquí por mi hermana--declaró el joven con tanto más
atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos
extremos.
Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras.
--¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?
--Estoy persuadido; pero no se trata de eso.
--¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?--replicó
Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón--.
Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que
pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un
rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de
los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me
miraba con repugnancia?
--Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted
infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más
pronto posible.
--¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?--dijo Svidrigailoff
poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más
mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos.
--Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos
de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que
demuestra?
--¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que
debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco
más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo,
agua!
Tomó la botella de -Champagne-, y sin andarse con miramientos la tiró
por la ventana. Felipe trajo agua.
--Todo esto es absurdo--dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y
pasándosela por la cara--. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada
todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?
--Ya me lo había dicho usted.
--¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras,
cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma
dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y
si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi
futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba,
no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la
historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted
irse aún?
--No, ahora no le dejo a usted.
--¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted
mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto.
Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar
de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo?
Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres--me decía--, y esto
será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre
melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo
el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres
días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte,
esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré
pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a
la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está
enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no
deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está
empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija
mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que
mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada
del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis
años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos
datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena
familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna.
Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que
verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido!
Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose
del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No
conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí,
esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas
lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por
otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus
ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos
senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de
familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente,
es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a
verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que
dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la
grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender
que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera
comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que
los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por
boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no
es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que
incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen
Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo
dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la
joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado
a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un
neceser de -toilette- de plata; la carita de la -madonna- resplandecía.
Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos
lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó
un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa
buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos
los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que
mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho.
Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un
pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de
entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa
de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida.
--¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la
sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer
semejante matrimonio?
--¡Qué austero moralista!--dijo burlándose Svidrigailoff--. ¡Dónde va
a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia
sus exclamaciones de indignación?
Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó.
--Siento mucho--continuó--no poder detenerme más tiempo con usted; pero
ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.
Salió del -traktir-. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de
Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía
muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una
cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus
movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía
cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las
aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del
extraño personaje.
Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:
--Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda,
o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista.
Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.
IV
Raskolnikoff se puso a seguirle.
--¿Qué significa esto?--preguntó, volviéndose, Svidrigailoff--. Creo
haberle dicho a usted...
--Esto significa que estoy decidido a acompañarle.
--¿Qué?
Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.
--En la semiembriaguez de usted--replicó Raskolnikoff--me ha dicho
lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus
odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que
esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el
tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas
y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero
esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo...
Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería
convencerse.
--¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía?
--Llámela usted.
Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de
Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba
en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y
amistoso.
--¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha
despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo
para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer
perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le
advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré,
montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas...
¿Qué necesidad tiene usted de seguirme?
--Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy,
sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido
a las exequias de su madrastra.
--Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a
llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo
conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He
proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para
los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario
para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de
Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido
un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada
Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la -barinia- en
cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo.
--No importa, de todos modos entraré en su casa.
--Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para
qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este
momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted
a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción
le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le
recompense de ese modo!...
--¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas?
--¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta
observación--respondió riendo Svidrigailoff--. Si cree usted que no
está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a
mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese
parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta
usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda
sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré.
--No pienso en tal cosa--replicó desdeñosamente Raskolnikoff.
--Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral,
como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado
esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree
haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso
lo que tiene el propósito de hacer?
--Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así
le libraré de mi presencia.
--¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de
subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía
Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo
a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la
señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha
salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y
acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa.
¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi
cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil
negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro;
quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo
de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan
todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada
tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en
la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a
las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted?
Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted?
Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a
llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.
Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese
Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin
responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del
Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que
Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba
y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás.
Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se
encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al
puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie,
a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al
puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano,
Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud;
durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver
que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía
rápidamente hacia ella.
Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se
quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un
rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó
comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano
no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer
ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.
--Vamos más de prisa--le dijo por lo bajo este último--. Es preciso que
Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha
venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que
me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una
carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado
de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?
--Ya hemos dado vuelta a la esquina--interrumpió Dunia--. Ahora mi
hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su
compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la
calle.
--En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben
hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía
Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas
pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a
toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que
poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.
Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a
Svidrigailoff.
--¿Qué teme usted?--observó tranquilamente éste--. La ciudad no es el
campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a
usted.
--¿Sofía Semenovna está avisada?
--No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa.
Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el
entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste
haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta
siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la
menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo
cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve
usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado
ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla
si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí,
en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto
de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes
vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué
tengo yo de terrible?
Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió.
Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba
levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución
inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas
palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa
joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.
--Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame
usted--dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema
palidez de su semblante.
Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.
--Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una
contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir
más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo
también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto
dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré
a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas
dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora
Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas.
Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas,
el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un
conocimiento exacto de todos los lugares.
Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba
en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso
ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo
advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto
modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar
dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de
la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en
comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff
mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin
comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió
Svidrigailoff la explicación.
--¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa
puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se
encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para
escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada
precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y
hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla,
escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos
tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de
alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?
--Que ha sido un espía.
--Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.
Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un
asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le
brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado
tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad
que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de
desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff,
acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba
en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta.
Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era
nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.
--Aquí tiene usted su carta--comenzó a decir, depositándola encima
de la mesa--. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a
entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de
usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa
usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este
cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo
que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho
nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas;
hable, pues; pero le advierto que no le creo.
Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante
la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.
--Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi
casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?
--No me atormente más y hable, hable usted.
--Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía
verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la
acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con
usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer
discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo
demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué
he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?
--¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?
--No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000