educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí! Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de ver inmediatamente. Alena sabe -la Petite Ferme-, sólo que -la Petite Ferme- comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar -El húsar apoyado en su sable-? No; será mejor que cantemos en francés -Cinco sueldos-; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa, se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al público. Podremos cantar también -Mambrú se fué a la guerra-, tanto más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en todas las casas aristocráticas para dormir a los niños--. Y dicho esto comenzó a cantar: «Mambrú se fué a la guerra, no sé cuándo vendrá»; pero no, es mejor -Cinco sueldos-. Vamos, Kolia, ponte la mano en la cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo haremos el acompañamiento: «Cinco sueldos, cinco sueldos para poner nuestra casa.» Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros--advirtió mientras tosía--. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres? Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna, y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos. Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía ceremoniosa de una dama del gran mundo. --Doy a usted las gracias, señor--empezó a decir en tono lleno de dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero, Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo me permitía molestarle. «Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simón Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado? Protéjame usted--gritó, dirigiéndose al funcionario--; ¿por qué ese soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil? --Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde más compostura. --Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los organilleros. Déjame en paz. --Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene. Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive usted? --¿Cómo? ¿Un permiso?--vociferó Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar a mi marido; ¿no es ésta una autorización? --Señora, señora; cálmese usted--dijo el funcionario--; venga usted conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente. Está usted mal. --¡Ah, señor, señor; si usted supiese!--exclamó Catalina Ivanovna--. Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia? También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena! ¿Dónde estáis?--dijo con repentina inquietud--; ¡tontos de chiquillos! ¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido? Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución; Sonia y Poletchka corrieron tras de ella. --Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo... Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó. --¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!--gritó Sonia inclinándose sobre su madrastra. No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres, Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia entre ellos. --Retírense ustedes, retírense ustedes--decía sin cesar este último, tratando de restablecer la circulación. Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado el suelo la había echado por la boca. --Sé lo que es esto--murmuró el funcionario al oído de los dos jóvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta señora se está muriendo. --Aquí, aquí a mi casa--suplicó Sonia--; vivo aquí al lado. La segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios mío!--repetía asustada yendo de un lado para otro. Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff, Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían acompañado el triste cortejo hasta la puerta. Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto. Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa. Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo, Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí. Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba, en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de ir a buscarlo. En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro lado. --¿En dónde están los niños?--preguntó con voz débil--. ¿Los has traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a correr?... ¡Oh! La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo. --¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa. Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración. --Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí... Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos... yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme, dejadme morir en paz! La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada. --¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso, ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido. Si no me perdona, tanto peor. Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba, miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio. Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su garganta. --Ya le he dicho «Excelencia»--gritaba deteniéndose a cada palabra--; aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera. ¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia. Du hast Diamanten Und Perlen[18] Eu hast die schönsten Augen Mädchen, was willst du mehr[19] Dans une vallée du Daghestan Que le soleil brûle de ses feux... [18] Tienes diamantes y perlas. [19] Tienes los más bellos ojos del mundo, ¿qué más quieres, niña? --¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!... Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio... ¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí! ¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida. Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un terror creciente: Dans une vallée... du Daghestan Que le soleil... brûle... de ses feux. Une balle... dans la poitrine... De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia conmovedora, exclamó: --Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática... ¡Ah!--exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se encontraba. Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia, pareció sorprendida de verla allí. --¡Sonia! ¡Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. ¡Sonia querida! ¿Estás aquí? La incorporaron de nuevo. --¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!--gritó la enferma con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada. Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y expiró. Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta. Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de dormir, adornado con la pluma de avestruz. ¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él. --¡Ha muerto!--dijo Andrés Semenovitch. Svidrigailoff se aproximó a ellos. --Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras. Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo, Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a quien preocupaban aquellas precauciones. --De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero. --¿Por qué es usted tan generoso?--preguntó Raskolnikoff. --¡Qué escéptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree usted acaso? Después de todo--añadió señalando el rincón en que reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana. Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff. Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia. Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con expresión de asombro. --¿Cómo sabe usted eso?--balbuceó. --Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia Semenovna. --¿Usted? --Yo--continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente--. Y le doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo. SEXTA PARTE I La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando, andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo, el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber muchas particularidades acerca de sí mismo. Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico; pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos. En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había de serle fatal. Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla. Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio de la joven. En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos, pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó, bajando la voz: --Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!--añadió bruscamente--. A todos los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo. Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos. Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras un momento de reflexión, siguió al -pope- a la habitación de Sonia. Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las -panikhida-. Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor. Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en espesas espirales. El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia. La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió. Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo. A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un remordimiento empezó a torturarle. «¿Debo estarme aquí oyendo canciones?» Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención, no acertaba a darle una forma precisa. «No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que rechazar.» Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente, el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre, pero se despertó tarde: a las dos. Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas. Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito, casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado. La puerta se abrió y entró Razumikin. --¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla y sentándose enfrente de Raskolnikoff. Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave. --Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco. --¿Cuándo las has visto? --Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--, ¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola, la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos. «Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío, me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa. Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable, la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues, os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos. He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón. Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer. --¿Qué vas a hacer? --¿Qué te importa? --¿Vas a dedicarte a la bebida? --¿Cómo lo has adivinado? --No es muy difícil adivinarlo. Razumikin se quedó un momento silencioso. --Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la bebida. Adiós. Y dió un paso hacia la puerta. --Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo Raskolnikoff. Razumikin se detuvo de repente. --¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un tanto pálido. Estaba agitadísimo. --Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo. --¿Ella? --Sí; ella. --¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto. --Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le he dicho que tú la amabas, porque lo sabe. --¿Que ella lo sabe? --Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo, por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama. Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida. --Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un hombre excelente. --Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que quieren decir sus palabras. Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea: «Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó de repente. --¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre. --¿Qué carta? --Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto. --¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado. --Sí. ¿No lo sabías? Los dos permanecieron callados durante un minuto. --Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal cosa: es inútil. Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando volvió a abrirla de repente, mirando de través. --A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la escalera, mientras subían el -dvornik- y los dos testigos, los cachetes que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante! Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo. ¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse. Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos hombres? --Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado. --¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien me lo ha dicho casi todo. --¿Porfirio? --Sí. --¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto. --Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método psicológico, según su costumbre. --¿Y te lo ha explicado él mismo? --El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto. Y salió. «Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación? ¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la clave de todo esto.» Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo. En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin, volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en él; tenía aún que luchar; era un recurso. Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo. ¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de Porfirio era harina de otro costal. «¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que -una- solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas confesiones de Mikolai. »Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero, ¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones; pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin embargo, si éste no será un mal signo...» Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales. «Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que espera mi visita.» En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón, que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en hacerlo. Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa. Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida. Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi ningún terror. «Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.» --No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--. Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un cigarrillo... --Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido verse. Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes. Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta. El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender un cigarrillo. «¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff. II --¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia; ¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff. «He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica», murmuró aparte Raskolnikoff. Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba. --Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch, paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto. Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra usted nunca? La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando. --He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria, hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros. «¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos de Porfirio con inquieta curiosidad. --He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos, como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--; no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé, porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos. ¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted. --¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá acaso inocente?»--añadió para sí. --¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete. Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan. Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones? El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí», pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada; es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted, desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable, no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir? Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después, cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo, Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco. «Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada, y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle. Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch, de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan inquebrantable como una roca.» --Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que... Le faltó el habla y no pudo continuar. --¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico. En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón; no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho, sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos, los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás, acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado, desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable. Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción. Raskolnikoff se echó a temblar. --Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada. El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como asombrado de semejante pregunta. --¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch, usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono de profundo convencimiento. Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras convulsiones agitaban los músculos de su rostro. --Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para decirlo todo y esclarecer la verdad. --¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un niño sorprendido en falta. --Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted solo--replicó severamente el juez de instrucción. Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos diez minutos. Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado. --Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya? --No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción está formada. --Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice: Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra mí? --¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer lugar, la detención de usted no me serviría para nada. --¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está convencido, debería usted... --¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted -en reposo-? Usted lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido. ¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000