Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía.
--¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?--dijo Andrés
Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando
oye el sonido del clarín--; los hijos son una cuestión social que
será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción,
como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más
tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa
mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por
Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los
diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh,
ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en
el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es
más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del
matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este
punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que
es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto
llevar -eso- a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi
mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti:
pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah!
Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo
que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es
el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos.
Cuando -eso- se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio
libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de
llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba
por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a
su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de
un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado
(libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un
amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría
entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no
tengo razón?
Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su
pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy
preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la
preocupación de su amigo.
II
Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro
desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata
comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero
que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal
vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su
marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente
a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era
que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en
determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio,
entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el
solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido
es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más
extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella
«gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que,
hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no
había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la
noche la ropa de sus hijos.
Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy
variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin
embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero
en abundancia. El -menú-, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna,
comprendía, además del -kutia-, tres o cuatro platos, principalmente
-blines-; además, estaban preparados dos samovars para los convidados
que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna
se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la
casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones,
en casa de la señora Lippevechzel.
Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la
viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo
que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo
notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado
acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber
declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo»,
no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo
absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse
de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y
le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en
los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía
bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra
aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas.
Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de
Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro,
todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta
confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa
y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla,
los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por
los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos
orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando
volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una
expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber
cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo
completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo,
por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente
no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con
sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana
esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de
alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que
era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se
hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o,
mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar
entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta
impertinencia en el cuerpo.
Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a
excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los
invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario,
cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había
de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos
se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco
limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el
más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la
noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el
mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era,
según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era
inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había
sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la
casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda
su influencia para conseguirle una pensión importante.
Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio.
Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de
todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a
todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático
de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado
respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a
las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda,
teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media
voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus
deberes de dueña de casa.
Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más
alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a
menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener
a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de
figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas
que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.
--Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién
hablo--y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la
patrona--. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de
ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por
qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué
idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer
creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le
había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con
preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted
qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese
usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?...
¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera
vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de
cebollas. ¡Eh!--gritó a uno de ellos--. ¿Ha tomado usted -blines-? Tome
usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire,
se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos
de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen
ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona--dijo
casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna--. Si por acaso roban
sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.
Después de esta satisfacción dada a sus sentimientos, volviéndose hacia
Raskolnikoff, dijo, burlándose y mostrando a la patrona:
--¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ahí se está con la boca
abierta. Fíjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos
de colores. ¡Ja, ja, ja!
La risa acabó con un acceso de tos que duró cinco minutos, se llevó
el pañuelo a los labios y después se lo enseñó silenciosamente a
Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su
frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con
mayor dificultad; sin embargo, continuó hablando en voz baja con
animación extraordinaria.
--Le habían confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a
esa señora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso
proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de
modo que esa imbécil forastera, esa provinciana, que ha venido aquí a
solicitar una pensión como viuda de un mayor, y que, de la mañana a la
noche, anda recorriendo las Cancillerías con dos dedos de colorete en
la cara, y eso que tiene cincuenta años muy corridos... esa remilgada
ha rehusado mi invitación, sin excusarse siquiera, como la más vulgar
cortesía exige en un caso como éste. No acierto a explicarme cómo es
que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia?
¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te habías metido, Sonia? Es
extraño que en un día como éste hayas sido tan poco exacta. Rodión
Romanovitch, déjela usted colocarse a su lado, ése es tu sitio, Sonia;
toma lo que quieras. Te recomiendo el -kabial-, está bueno. Ahora te
traerán las -blines-. ¿No se ha dado de ellas a los niños? Que no se
os olvide, Poletchka. Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, Kolia,
deja quietecitas las piernas. Eso es; así debe de estar un niño bien
educado. ¿Y qué me cuentas, Sonetchka?
Sonia se apresuró a decir a su madrastra las excusas de Pedro
Petrovitch, esforzándose en hablar alto para que todos pudieran
oírle. No contenta con reproducir las fórmulas corteses de que
Ludjin se había servido, procuró por su parte amplificarlas. Pedro
Petrovitch--añadió--le había encargado decir a Catalina Ivanovna que
vendría tan pronto como le fuese posible, para hablar de -negocios- y
entenderse con ella acerca de la marcha que debía seguir ulteriormente,
etcétera, etc.
Sonia sabía que con esto tranquilizaría a su madrastra, y, sobre
todo, que halagaría su amor propio. La joven se sentó al lado de
Raskolnikoff, a quien saludó apresuradamente echándole una rápida y
curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y aun
dirigirle la palabra. Parecía distraída, aunque tenía los ojos fijos
en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Después de
haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda preguntó
con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida,
sin inquietarse demasiado de que pudieran oírla los invitados, hizo
observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido
hubiese estado fuera de su centro en semejante reunión. Se explicaba
que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unían
a su familia.
--He aquí por qué, Rodión Romanovitch, agradezco tanto que no haya
usted desdeñado mi hospitalidad; por lo demás--añadió--, convencida
estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo
que ha decidido a cumplirme su palabra.
Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto.
Unicamente por cortesía y consideración a Catalina Ivanovna probaba la
comida, que la propia viuda le acercaba a la boca.
El joven tenía los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez más pensativa,
seguía con inquietud los progresos de la exasperación de su madrastra,
que había comenzado a burlarse de sus huéspedes, presintiendo que la
comida acabaría mal, porque, entre otras cosas, Sonia sabía que era
ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado
la invitación. Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando fué a invitar
a las dos señoras, la madre, muy resentida, había exclamado que cómo
podría permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella...
-señorita-. Sospechaba la joven que su madrastra tenía ya noticia
de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna
peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su
padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna
sólo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbéciles que
ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo
de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan
atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declaró en seguida, con
voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un «asno
borracho».
Acto seguido anunció su propósito de retirarse en cuanto hubiera
obtenido una pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de
educación para hijas de nobles. De repente mostró aquel certificado
del cual había hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en
la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento debía
establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero
lo había sacado con objeto de confundir a las dos «presumidas», y si
éstas hubiesen aceptado su invitación, les hubiera demostrado con
pruebas convincentes, que «la hija de un coronel, la descendiente de
una familia noble y aristocrática, valía mucho más que las buscadoras
de aventuras, cuyo número aumenta cada día». El certificado dió pronto
la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos,
se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese
a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como
hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a
considerarse como hija de un coronel.
Extendióse después la viuda en enumerar los encantos de la existencia
feliz y tranquila que se prometía pasar en T***. Buscaría el concurso
de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un
anciano respetable, el señor Mangot, que le había enseñado en otros
tiempos el francés; este señor no vacilaría en dar lecciones en su
pensionado, y sería módico en sus honorarios. Por último, anunció la
intención de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la dirección de su
establecimiento. Al oír estas palabras, uno de los comensales se echó a
reír.
Catalina Ivanovna fingió no haberlo oído, pero levantando la voz
dijo que Sonia Semenovna poseía cuantas cualidades son menester para
secundarla en su tarea. Después de haber elogiado la dulzura de la
joven, su paciencia, su abnegación, su cultura intelectual y su nobleza
de sentimientos, le dió suavemente unos golpecitos en la mejilla y la
besó dos veces seguidas con efusión. Sonia se ruborizó, y Catalina
Ivanovna prorrumpió en llanto.
--Tengo los nervios muy excitados--dijo como para excusarse--y estoy
muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te.
Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la
conversación precedente, eligió aquel momento para aventurar una nueva
tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora
de un pensionado, que «debería conceder mucha atención a la ropa
interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante
la noche». El cansancio y la irritación hacían a Catalina Ivanovna
poco tolerante; así es que tomó muy a mal aquellos sabios consejos; a
creerla a ella, la patrona no entendía una palabra de lo que estaba
hablando. «En un pensionado de señoritas nobles, el cuidado de la ropa
blanca correspondía a la mujer encargada de ese servicio, y no a la
directora del establecimiento. En cuanto a la observación relativa a la
lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia.» Catalina
Ivanovna suplicaba a la patrona que callase.
En lugar de acceder a esta súplica, Amalia Ivanovna respondió con
acritud que «no había hablado más que por su bien»; que había tenido
siempre las mejores intenciones, y que, desde hacía largo tiempo,
Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek.
--¡Miente usted hablando de buenas intenciones!--replicó la viuda--.
Ayer, sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente,
vino usted a armar un escándalo a propósito de mis atrasos, y por causa
suya no han venido ciertas señoras...
Al oír esto la patrona observó con mucha lógica que ella «había
invitado a aquellas señoras, pero no habían venido porque eran nobles
y no podían ir a casa de una señora que no lo era». A lo cual su
interlocutora contestó «que una cocinera no tenía criterio para juzgar
de la verdadera nobleza».
Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replicó «que su -vater-[17] era un
hombre muy importante en Berlín que se paseaba constantemente con
las manos en los bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para dar una
idea más exacta de su -vater-, la señora Lippevechzel se levantó, se
metió las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a
imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provocó una carcajada
general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla
entre las dos mujeres, se complacían en azuzar a Amalia Ivanovna. La
viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse más, declaró en voz muy
alta que «Amalia Ivanovna quizá no había tenido nunca -vater-, que era
sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que había debido ser
en otro tiempo cocinera, o tal vez algo más bajo». Respuesta furiosa
de la patrona: «Acaso era Catalina Ivanovna la que no había tenido
-vater-. En cuanto a ella, su padre era un berlinés que usaba levitas
muy largas y que hacía constantemente ¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna
respondió con tono despreciativo que «su nacimiento era conocido de
todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorífico en caracteres
impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio,
Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido),
debía ser hija de algún vendedor de leche finlandés; pero, según todas
las apariencias, era hospiciana, puesto que no sabía aún cuál era su
nombre patronímico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna».
La patrona, fuera de sí, gritó, dando puñetazos sobre la mesa, «que
ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y
que había sido alcalde, cosa que no fué nunca el padre de Catalina
Ivanovna». Al oír tales palabras se levantó ésta, y con voz tranquila,
desmentida por la palidez de su rostro y por la agitación de su pecho,
dijo:
[17] Padre, en alemán.
--Si usted se atreve otra vez a poner en parangón a su miserable
-vater- con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.
Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empezó a correr por la habitación,
gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que
Catalina Ivanovna se marcharía de su casa al instante. Después se
apresuró a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A
esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; los chiquillos
se echaron a llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra para impedir que
hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta
voz una alusión a la -cartilla amarilla-, Catalina Ivanovna rechazó a
la joven y se fué derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moño.
Mas en aquel momento se abrió la puerta y apareció Pedro Petrovitch
Ludjin.
El funcionario dirigió una mirada severa a todos los presentes y
Catalina Ivanovna corrió hacia él.
III
--¡Pedro Petrovitch!--gritó--. ¡Protéjame usted! Haga comprender a
esta imbécil que no tiene derecho para hablar así a una señora noble
y desgraciada; que eso no está permitido. Me quejaré al gobernador
general... y esa mujer tendrá que responder ante él de lo que ha dicho.
En nombre de la hospitalidad que usted recibió de mi padre, venga en
ayuda de mis huérfanos.
--Permítame usted, señora... permítame usted--dijo Pedro Petrovitch
apartando con un ademán a la solicitante--. Como usted sabe muy bien,
no he tenido el honor de conocer a su padre... Permítame usted, señora
(uno de los comensales se echó a reír ruidosamente); no pienso tomar
parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna...
Vengo aquí por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una
explicación con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... ¿no es ése
su nombre? Permítame usted que entre...
Y apartándose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigió al
rincón de la sala en que se encontraba Sonia.
La viuda se quedó como clavada en su sitio. No podía comprender que
Pedro Petrovitch negase haber sido huésped de su padre. Aquella
hospitalidad, que no existía más que en su imaginación, se había
convertido para ella en artículo de fe. Lo que principalmente la
impresionó, fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin.
Al aparecer este último se restableció el silencio poco a poco. El
pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la
sordidez de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos
se daba cuenta de que sólo un motivo de gravedad excepcional podía
explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos,
pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al
lado de Sonia, se levantó para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y
éste pareció no reparar en el joven.
Un instante después apareció Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar
en la habitación permaneció en el umbral escuchando con curiosidad sin
acertar a comprender al pronto de qué se trataba.
--Perdónenme ustedes que turbe su reunión; pero me veo obligado a
ello por un asunto de bastante importancia--dijo Pedro Petrovitch sin
dirigirse a nadie en particular--; en cuanto a mí, me agrada poder
explicarme delante de una reunión numerosa. Amalia Ivanovna, ruego
a usted que, como propietaria de esta casa, preste atención a la
conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna.
Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y
bastante sorprendida, añadió:
--Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he
echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una
mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted,
en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este
asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a
recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar
la culpa a nadie sino a sí misma.
Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron
de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar
a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos
segundos.
--Vamos, ¿qué responde usted?--preguntó Pedro Petrovitch, mirando
atentamente a la joven.
--Yo no sé... no sé nada--dijo al cabo con voz débil.
--¿No? ¿Usted no sabe nada?--preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente
algunos segundos.
En seguida añadió con tono severo:
--Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero
darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi
afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación
tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme
a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos
títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta
en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch
es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he
guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la
levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de
Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces
fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante
todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente
agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando
nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede
dar fe de todo esto.
»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por
Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación
desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer),
y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o
cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos.
(Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado
ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa
un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer
recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después
la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma
agitación que antes.
»Cuando usted salió del cuarto, he estado hablando durante diez
minutos, aproximadamente, con Andrés Semenovitch. Por último él se
marchó y yo me acerqué a la mesa para guardar el resto del dinero,
viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de
cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrés
Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco
engañarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted
entrara, acababa de comprobarlas. Comprenderá usted que acordándome
de su agitación, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante
algún tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la
posición social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad,
dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legítima.
»Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que sé
a lo que me expongo dirigiéndole esta acusación. Sin embargo, no vacilo
en formularla, sobre todo, señorita, por su negra ingratitud. ¿Cómo? La
mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y
por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos ¡y me recompensa
usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está bien! Le hace falta una lección
que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo
propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo
hacer en su favor. De lo contrario, seré inflexible. Vamos, confiese
usted.»
--Yo nada he tomado--murmuró Sonia espantada--; usted me ha dado diez
rublos; aquí están, tómelos, se los devuelvo.
La joven sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo, tomó el billete
de diez rublos, que estaba allí guardado, y se lo alargó a Ludjin.
--¿De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien
rublos?--dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete.
Sonia dirigió una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las
personas que la rodeaban sorprendió una expresión severa, irritada o
burlona. La joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la
pared, tenía los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella.
--¡Señor, señor!--gimió la muchacha.
--Amalia Ivanovna, será menester llamar a la policía; por lo tanto,
suplico a usted humildemente que haga subir al -dvornik---dijo Ludjin
con voz dulce y hasta cariñosa.
---Gott der barmherzig!- ¡Bien sabía yo que ésta era una
ladrona!--exclamó la señora Lippevechzel palmoteando.
--¿Usted lo sabía?--repuso Pedro Petrovitch--; eso quiere decir
que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta
consecuencia. Suplico a usted, dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide
las palabras que acaba de pronunciar. Por lo demás, hay testigos.
En todos lados se hablaba ruidosamente.
--¿Cómo?--exclamó Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor,
y con rápido movimiento se precipitó hacia Ludjin--. ¿Cómo? ¿La acusa
usted de robo? ¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!
Después se aproximó vivamente a la joven y la estrechó entre sus brazos
descarnados.
--¿Cómo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de él? ¡Oh, tonta!
¡Dámelos! ¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!
Catalina tomó el billete de manos de Sonia, lo arrugó entre sus dedos
y se lo tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanzó a
Pedro Petrovitch y rodó en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se
apresuró a levantarlo. El hombre de negocios se incomodó.
--Contengan ustedes a esa loca.
En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el
umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos señoras
provincianas.
--¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?--vociferó Catalina
Ivanovna--. ¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de negocios, un
hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona?
¡Pero si ella te daría más que vale ese dinero, imbécil!--y la viuda
rompió a reír de un modo nervioso--. ¿Han visto ustedes a este
imbécil?--añadió, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a
cada uno de ellos.
De repente vió a Amalia Ivanovna, y su cólera no tuvo límites.
--¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú también, infame prusiana, dices
que Sonia es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? ¡Si no ha salido
de la habitación! Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a la mesa
con nosotros; todos la han visto al lado de Rodión Romanovitch...
registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendrá el dinero
encima. ¡Busca, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, querido,
tendrás que responder de tu conducta! ¡Me quejaré al emperador, al zar
misericordioso! ¡Hoy mismo iré a arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana;
me dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? ¡Te engañas! Obtendré una
audiencia. ¿Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenías nada que
temer? Tú contabas con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si ella es tímida,
yo, amigo mío, yo no tengo miedo a nada, y así tus cálculos caen por
tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!
Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le
empujaba hacia donde estaba Sonia.
--Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilícese usted,
señora, cálmese usted--balbuceaba el funcionario.--Ya veo que no tiene
usted miedo. Esto debería hacerse en la oficina de policía. Por lo
demás, hay aquí un número más que suficiente de testigos... Sí, yo
estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa
de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin
embargo, no es así como se hacen estas cosas.
--¡Hágala usted registrar por quien quiera!--gritó Catalina Ivanovna--.
Sonia, enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, monstruo, ve cómo están
vacíos! ¡Aquí no hay más que un pañuelo; mira, nada más que un pañuelo,
puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?
No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvió,
uno después del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que
ponía al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escapó de él
un papelillo, que, describiendo una parábola en el aire, fué a caer a
los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro
Petrovitch se bajó, tomó el billete con los dedos y lo desplegó -coram
populo-. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro
Petrovitch lo enseñó a todos para que no existiese ninguna duda sobre
la culpabilidad de Sonia.
--¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, la policía!--aulló Amalia
Ivanovna--. ¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la calle!
De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no
cesaba de mirar a Sonia más que para echar de vez en cuando una mirada
rápida sobre Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía más bien
atontada que sorprendida; de repente enrojeció y se cubrió el rostro
con las manos.
--¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado nada! ¡Yo no sé nada!--gritó con
voz desgarradora y se precipitó hacia Catalina Ivanovna, que abrió los
brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura.
--¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo que no lo creo!--repetía Catalina
Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompañadas
de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la mecía
en sus brazos como a un niño.)--¡Tú haber robado nada! ¡pero qué
personas más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, tontos!--gritaba a
los circunstantes--. ¡No sabéis lo que es esta criatura! ¡Robar ella!
¡Ella, que vendería su último vestido; ella, que iría descalza antes
que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos!
¡Así, así es...! ¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se
morían de hambre... se vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; mi
pobre difunto! ¡Dios mío, Dios mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos,
en vez de estar impasibles! Usted, Rodión Romanovitch, ¿por qué no la
defiende? ¿Usted también la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos, no
valéis lo que el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela tú!
Las lágrimas, las súplicas, la desesperación de la pobre Catalina
Ivanovna parecieron causar una gran impresión en el público. Aquel
rostro de tísica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada,
expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difícil no sentirse
conmovido ante tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió en seguida a
expresar los más dulces sentimientos.
--¡Señora, señora!--dijo con solemnidad--. Este negocio no concierne a
usted en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted
misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto
robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy
dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha
podido ser impulsada por la miseria. Pero, ¿por qué se niega usted a
confesar, señorita? ¿Teme la deshonra? ¿Era éste su primer hurto? ¿Lo
hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien;
vea usted, sin embargo, a lo que se exponía. Señores--dijo dirigiéndose
a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad--: Estoy
pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido.
Después añadió:
--Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para
el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí.
Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos
se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina
Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con
una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban
entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba,
sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de
Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó:
--¡Qué villanía!
Pedro Petrovitch se volvió vivamente.
--¡Qué villanía!--repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.
Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de
esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala.
--¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?--dijo aproximándose
a Pedro Petrovitch.
--¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés
Semenovitch?--preguntó Ludjin.
--Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted
explicado el sentido de mis palabra--replicó arrebatadamente
Lebeziatnikoff.
Estaba extremadamente colérico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos
enfermizos, que tenían dura e indignada expresión. Raskolnikoff
escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven
socialista.
Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch quedó casi
desconcertado.
--¿Es a mí a quien...?--murmuró--. ¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en
su juicio?
--Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. ¡Ah! ¡Qué
infamia! Lo he oído todo, y si no he hablado antes, es porque quería
comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las
explico. Me gustaría saber por qué ha hecho usted esto.
--¿Pero qué es lo que yo he hecho? ¿Acabará de hablar enigmáticamente?
¡Usted está borracho!
--¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros está borracho, es usted. Yo jamás
bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figúrense
ustedes que es él, él mismo quien, con sus propias manos ha dejado el
billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido
testigo de ello, y lo declararé bajo la fe de mi juramento. Es él,
él--repetía Lebeziatnikoff dirigiéndose a todos y a cada uno.
--¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!--replicó violentamente
Ludjin--. Ella misma aquí, hace un momento, ha afirmado, en presencia
de usted y de todo el mundo, que no había recibido más que diez
rublos... ¿Cómo es, pues, posible que yo le haya dado más dinero?
--Yo lo he visto--repitió con energía Andrés Semenovitch--; y aunque
esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento
ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho
disimulo. Sólo que he sido tan tonto, que he creído que hablaba usted
por generosidad. Cuando usted le decía adiós en el umbral de la puerta
y le ofrecía usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el
bolsillo el papel que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he
visto.
Ludjin palideció.
--¿Qué es lo que está usted mintiendo?--replicó insolentemente--.
Estando al lado de la ventana, ¿cómo podía usted ver eso del billete?
Vaya, como está usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una
ilusión.
--No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto
todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difícil distinguir
el billete, en eso tiene usted razón; mas a causa de esa misma
circunstancia, sé que era precisamente un billete de cien rublos.
Cuando usted dió diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa
y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he
podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurrió una
idea. Después de haber plegado el billete, lo guardó usted en el hueco
de la mano, y cuando se levantó se pasó el papel de la mano derecha a
la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque
se me ocurrió la misma idea, a saber: que usted quería obligar a Sonia
Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con
qué atención he observado sus gestos y ademanes. Así es que he visto
meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto,
y lo repetiré donde sea necesario bajo la fe del juramento.
Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignación. De todos lados
se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban
estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon
a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.
--¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le conocía a usted! ¡Usted la defiende;
solamente usted se pone de parte de ella! ¡Dios le envía a usted
en socorro de la huérfana! ¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo,
-batuchka-!
Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que hacía, cayó de
rodillas delante del joven.
--¡Esas son tonterías!--vociferó Ludjin arrebatado por la cólera--.
¡No dice usted más que necedades! «Yo he olvidado; me he acordado: me
acuerdo; me olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo que si fuera
verdad lo que usted dice, yo le habría deslizado a propósito esos cien
rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? ¿Qué tengo yo de común con
esa...?
--¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho
tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos
límites, garantizo su exactitud... Tampoco me engaño, malvado, así como
me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que
felicitaba a usted estrechándole la mano. Me preguntaba por qué razón
había usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quizá, me dije, ha
querido ocultarme su buena acción, sabiendo que yo, en virtud de mis
principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un
vano paliativo. He pensado después que trataba de dar una sorpresa a
Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a
sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurrió
otra idea: que la intención de usted era poner a prueba a la joven;
que usted quería saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo
esos cien rublos, vendría a darle las gracias, o acaso quería usted
substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano
derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que
se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que
me proponía reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. Además,
hubiera creído faltar a la delicadeza, dando a entender que conocía su
secreto. Pensando en estas cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna,
ignorando la generosidad de usted, podía perder el billete de Banco.
He aquí por qué me he decidido a venir: porque quería llamarla aparte
y decirle que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes
he entrado en casa de las señoras Kobyliatnikoff, para entregarles un
-Tratado general sobre el método positivo-, y recomendarles el artículo
de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento después he
llegado aquí y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: ¿es posible
que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos
razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos
en el bolsillo de Sonia Semenovna?
Cuando Andrés Semenovitch terminó su discurso, no podía ya más y
tenía el rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso le costaba trabajo
expresarse convenientemente, aunque, por lo demás, no conocía ningún
otro idioma. Este esfuerzo oratorio le había agotado. Sus palabras
produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad
con que las había pronunciado llevó el convencimiento al alma de todos
los oyentes. Pedro Petrovitch comprendió que perdía terreno.
--¡Qué me importan a mí las tonterías que se le han ocurrido a
usted!--exclamó--; eso no es una prueba. Ha podido usted soñar cuantas
necedades quiera. Le digo que miente. ¡Miente usted, y además me
calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia
porque me he puesto enfrente del radicalismo impío, de las doctrinas
antisociales que usted sostiene.
Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provocó violentos
murmullos en su derredor.
--¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su
argumento--replicó Lebeziatnikoff--. ¡Llame a la policía; prestaré mi
juramento! Una sola cosa queda obscura para mí: el motivo que le ha
impulsado a cometer una acción tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!
Raskolnikoff avanzó, separándose del grupo.
--Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, también prestaré
juramento--dijo con voz firme.
A primera vista, la tranquila seguridad del joven probó al público
que conocía a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de
llegar a su desenlace.
--Ahora lo comprendo todo--prosiguió Raskolnikoff dirigiéndose a
Lebeziatnikoff--. Desde el principio de este accidente había sospechado
detrás de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en
ciertas circunstancias solamente de mí conocidas, y que voy a revelar,
porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrés
Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espíritu; suplico a ustedes
que me escuchen. Ese señor--continuó, designando con un gesto a Pedro
Petrovitch--, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia
Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino
a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un
choque y le eché a la calle, como pueden declarar dos personas que
estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que
viviese con usted, Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia,
anteayer, es decir, el día mismo de nuestra cuestión, se encontró
presente aquí en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff,
le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a
los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribió a mi
madre diciéndole que yo había dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna,
sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con
los más ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tenía con
ella relaciones íntimas. Su objeto, como comprenderán ustedes, era
enemistarme con mi familia, insinuándole que yo gasto en disipaciones
el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer
noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la
cual asistía él, he restablecido la verdad de los hechos que este
señor había desnaturalizado. «El dinero--dije--se lo di a Catalina
Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna
a quien aquel día había hablado por primera vez.» Furioso al ver que
sus calumnias no obtenían el resultado apetecido, insultó groseramente
a mi madre y a mi hermana. Siguióse un rompimiento definitivo y se le
echó a la calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen ustedes ahora y
comprenderán qué interés le guiaba, en las circunstancias presentes,
a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven
por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi
hermana, puesto que no tenía temor en comprometer a ésta poniéndola en
relaciones con una ladrona; él, por el contrario, al atacarme a mí,
salía a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra,
éste era para él un medio de enemistarme con los míos y de congraciarse
con ellos. Con el mismo golpe se vengaba también de mí, pensando que me
intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna.
Tal es el cálculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su
conducta.
Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente interrumpido por
las exclamaciones del público, que no perdía una sola frase. Pero, a
despecho de las interrupciones, su palabra conservó hasta el fin una
calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante,
su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al
auditorio.
--Sí, sí; eso es--se apresuró a reconocer Lebeziatnikoff--, debe usted
tener razón, porque en el momento mismo en que entró Sonia Semenovna en
nuestro cuarto, me preguntó si había visto a usted y si estaba entre
los convidados de su madrastra, llevándome aparte para preguntármelo en
voz baja. Tenía, pues, necesidad de que estuviese usted aquí. Sí, eso
es.
Ludjin, mortalmente pálido, permanecía silencioso y sonreía con aire
despreciativo. Parecía buscar un medio de salir airosamente de aquel
trance. Quizá de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero
en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivalía a
reconocer implícitamente las acusaciones que se le dirigían y confesar
que había calumniado a Sonia Semenovna.
Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada
tranquilizadora. La mayoría de ellos estaban borrachos. Esta escena
atrajo a la habitación un número considerable de inquilinos que no
habían comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no
cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch.
Sonia escuchaba atentamente, pero no daba señales de haber recobrado
su presencia de ánimo; parecía que acababa de volver de un desmayo. No
apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en él estaba todo
su apoyo. Catalina Ivanovna sufría atrozmente: cada vez que respiraba
se escapaba de su pecho un ronco sonido.
La figura más estúpida era la de Amalia Ivanovna, que tenía aspecto de
no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan sólo
veía que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff
quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa
de que la gritería no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes
llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se
había formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios
sacó fuerzas de flaqueza, y haciéndose cargo de que la partida estaba
definitivamente perdida, buscó recursos en la osadía.
--Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen
de este modo; déjenme pasar--dijo, tratando de abrirse paso al
través del grupo que le rodeaba--. Aseguro a ustedes que es inútil
tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca
cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que
encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré
la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores.
Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el
testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me
acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la
necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes.
--No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi
cuarto; todo ha acabado entre nosotros--dijo Lebeziatnikoff--. ¡Cuando
pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para
exponerle...!
--Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi
partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme;
ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure
de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores.
Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las
injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo
lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el
proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.
Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente
bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora
después dejó la casa.
Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su
situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía
ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado
desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de
humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se
disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con
resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era
demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia,
y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo
ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento
de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis
nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la
sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de
Ludjin.
El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero
la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina
Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse
en su cama.
--¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle!
Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la señora
Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina
y los arrojaba en un montón en medio de la sala. Quebrantada, casi
desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna saltó de la cama y se lanzó
sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia
Ivanovna no le costó gran trabajo rechazar este asalto.
--¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se
revuelve ahora contra mí? ¿El día en que han enterrado a mi marido me
expulsa; después de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la
calle con mis hijos? Pero, ¿a dónde voy a ir yo?--sollozaba la infeliz
mujer--. ¡Señor!--exclamó de repente con los ojos centelleantes--. ¿Es
posible que no haya justicia? ¿A quién defenderás Tú, Dios mío, si no
nos defiendes a nosotras, pobres huérfanas? Pero ya veremos. Jueces
y tribunales hay en la tierra; recurriré a ellos; espere un poco,
criatura mía. Poletchka, quédate con los niños; yo volveré pronto. Si
os echan, esperadme en la calle. ¡Veremos si hay justicia en la tierra!
Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pañuelo verde de que
habló Marmeladoff en la taberna, y después, hendiendo la multitud ebria
y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el
rostro inundado de lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase lo
que costase, a buscar justicia en cualquier parte.
Poletchka, espantada, estrechó entre sus brazos a su hermano y a su
hermana, y los tres niños, acurrucados en el rincón inmediato al
cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre.
Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y venía por la habitación
aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le venía a las manos.
Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros
disputaban, algunos entonaban canciones...
«Ya es tiempo de que me vaya--pensó Raskolnikoff--. Veremos, Sonia
Semenovna, qué es lo que piensas ahora.»
Y se encaminó a casa de la joven.
IV
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