interrumpiré su conferencia--añadió un poco molesto, y al decir estas palabras se levantó. --Quédese usted, Pedro Petrovitch--dijo Dunia--. Usted tenía intención de dedicarnos la velada. Además, nos ha escrito diciéndonos que deseaba tener una explicación con mamá. --Es verdad, Advocia Romanovna--respondió con tono punzante Pedro Petrovitch, que se sentó a medias, conservando el sombrero en la mano--; deseaba, en efecto, tener una explicación con su madre y con usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no puede explicarse delante de mí acerca de ciertas proposiciones hechas por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte, ya había expresado en términos formales mi deseo, que no se ha tenido en cuenta. Las facciones de Ludjin tomaron una expresión dura y altanera. --Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra entrevista, y si él no ha accedido a su deseo, ha sido únicamente cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que había sido insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y lo hará. Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch se sintió menos dispuesto que nunca a hacer concesiones. --A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna, es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un límite que es peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede retroceder. --¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro Petrovitch--interrumpió Dunia con voz conmovida--. Sea el hombre inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura de usted. Confíe en mí en este asunto y crea que puedo juzgar con imparcialidad. El papel de árbitro que me atribuyo en este momento es una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy, después de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra entrevista, no le dije cuáles eran mis intenciones. Comprenda usted que si rehusan reconciliarse me veré forzada a optar por uno excluyendo al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestión a causa de ustedes dos. No quiero ni debo engañarme en mi elección: para usted es preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa con usted. Menester es que esté cierta de los sentimientos de ustedes. Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra, si tengo en usted un marido que me ama y me estima. --Advocia Romanovna--repuso Ludjin amostazado--: su lenguaje da lugar a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro ofensivo, en vista de la situación que tengo el honor de ocupar respecto de usted. Prescindiendo de lo que hay de mortificante para mí al verme colocado al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa, dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recíprocos. --¡Cómo!--exclamó Dunia enrojeciendo vivamente--. ¿Conque pongo el interés de usted en la balanza con todo lo que yo amo más en la vida, y se queja de significar poco a mis ojos? Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se ponía más pedante e intratable. --El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe estar por encima del amor fraternal--declaró sentenciosamente--; en todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea... Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida con su señora madre. Su hijo de usted--continuó dirigiéndose a Pulkeria Alexandrovna--, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre--dijo a éste haciéndole un amable saludo--, me ha ofendido, alterando una frase pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted, con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado. Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al escribir al señor Raskolnikoff. --Ya no me acuerdo--respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna--; le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido. Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis términos... --No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya escrito. --Pedro Petrovitch--replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna--, la prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de usted, es que estamos aquí. --¡Bien, mamá!--aprobó la joven. --¿De modo que soy yo el equivocado?--dijo resentido Ludjin. --¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso--prosiguió Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de manifestarle su hija. --No me acuerdo de haber escrito nada falso. --Según la carta de usted--declaró con tono áspero Raskolnikoff sin volverse hacia Ludjin--, el dinero que entregué ayer a la viuda de un hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención, sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien usted no conocía. Esto es una baja difamación. --Perdone usted, señor--respondió Ludjin temblando de cólera--. Si en mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cómo había encontrado a usted y qué impresión me había usted producido. Por otra parte, le desafío a que señale una sola línea mentirosa en el pasaje en que usted alude. ¿Negará usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en cuanto a la desgraciada familia de que se trata, ¿se atrevería usted a responder de la honradez de todos sus miembros? --Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meñique de la pobre joven a quien arroja usted la primera piedra. --¿De modo que no vacilará usted en ponerla en contacto con su madre y su hermana? --Si lo desea usted saber, le diré que ya lo he hecho. La he invitado a tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia. --¡Rodia!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. Dunia se ruborizó, Razumikin frunció el ceño y Ludjin se sonrió despreciativamente. --Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible. Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay más que hablar. Me retiro para no interrumpir por más tiempo esta reunión de familia. Se levantó y tomó el sombrero. --Pero permítanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo esta súplica; tanto más, cuanto que mi carta era para usted y no para otras personas. Pulkeria Alexandrovna se sintió un tanto irritada. --¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho ya por qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tenía más que buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Diré a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha hecho dejarlo todo para venir aquí, y, por consiguiente, nos tiene ya a su disposición. --Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, según parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo--añadió agriamente Ludjin. --Esa observación haría suponer que usted había especulado sobre nuestra miseria--observó Dunia con voz irritada. --Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted una importancia capital y quizá también muy agradable. --¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. Razumikin se agitaba impacientemente en su silla. --¿No te avergüenza, hermana?--preguntó Raskolnikoff. --Sí--respondió la joven--. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!--añadió pálida de cólera. Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel momento no daba crédito a sus oídos. --Advocia Romanovna--dijo pálido y con los labios temblorosos--, si salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione usted. Yo no tengo más que una palabra. --¡Qué impudencia!--exclamó Dunia saltando de su asiento--. ¡Pero si lo que quiero es perderle de vista para siempre! --¿Cómo? ¿Eso dice usted?--vociferó Ludjin, tanto más desconcertado cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante ruptura--. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría protestar? --¿Con qué derecho le habla usted así?--dijo con vehemencia Pulkeria Alexandrovna--. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna? --Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replicó Pedro Petrovitch exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos. La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna. --¿Gastos? ¿Gastos?--replicó violentamente--. ¿Se trata acaso del cajón que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a merced de usted, y no usted a la nuestra. --¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse. --Sí, me voy. Una palabra solamente--respondió casi fuera de sí--. Su mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación, tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz pública... --¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclamó Razumikin, que se había levantado para castigar al insolente. --Es usted un malvado--añadió Dunia. --Ni una palabra, ni un gesto--agregó vivamente Raskolnikoff, deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: ¡Váyase usted! ¡Ni una palabra más! De lo contrario... Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera, le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones, y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las señoras. III Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento, éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria Alexandrovna le miraba con inquietud. --¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven, acercándose a su hermano. --¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna. Raskolnikoff levantó la cabeza. --Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi presencia. --¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a ofrecerle dinero? Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con Svidrigailoff. A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa. --Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando. Raskolnikoff advirtió este terror excesivo. --Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana. --Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite. El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente usted, Advocia Romanovna? Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada. Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz cantante la llevaba Razumikin. --¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--. ¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos, quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio. Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más y ya está formada la asociación. --¿Qué negocio vamos a emprender? Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff, que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por aquella mentira. --¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó, animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho; pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos; pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión, papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso, seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos. A Dunia le brillaban los ojos. --Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch. --Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff. --¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia. --Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además, podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto. --¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas, hombre? --¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna. --¿En un momento como éste?--gritó Razumikin. Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la gorra en la mano, y se preparaba a salir. --Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con aire extraño. Sonreía; ¡pero con qué risa! --Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos vemos--añadió de repente. Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios. --Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas, Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular. --Tengo que irme--respondió el joven. Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme resolución. --Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti, Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien; tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable... Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías... cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós! --¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna. De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto terrible. --¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre fuiste!--gritaba la pobre madre. Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a ella se le acercó Dunia. --¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró la joven, cuya mirada llameaba de indignación. Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella. --No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo que dice, y salió de la sala. --¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia. --¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del cuarto. Raskolnikoff le esperaba en el corredor. --Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré quizá... si hay medio... Adiós. Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin. --¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes? ¿Cómo procedes de ese modo? Raskolnikoff se detuvo de nuevo. --Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte. No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a ellas... -no las dejes-. ¿Me comprendes? El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma. De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver. Acababa de comprender la horrible verdad. --¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso rápido salió de la casa. Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los príncipes de la ciencia... En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un hijo y un hermano. IV Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia. La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El joven encontró, no sin trabajo, al -dvornik-, y obtuvo de él vagas indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento maquinal. --¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer. --Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una antesalita. Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado candelero de cobre. --¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener fuerzas para moverse de su sitio. --¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala, haciendo esfuerzos para no mirar a la joven. Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia, con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la estancia. Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía, a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino, una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo, había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni siquiera había cortinas en la cama. Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar, como si se hallase delante del árbitro de su destino. --Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la joven--. Quizás no nos volveremos a ver. --¿Va usted a marcharse? --No sé... mañana, todo... --¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo Sonia con voz temblorosa. --No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido para decirle dos palabras. Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado mientras que ella permanecía derecha. --¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y acariciadora. La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos y casi enternecidos. --¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta! Le tomó la mano. Sonia se sonrió débilmente. --Siempre he sido así--dijo. --¿También cuando vivía usted en casa de sus padres? --Sí. --Es claro--dijo bruscamente. Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en el sonido de su voz. Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo. --¿Vive usted en casa de Kapernumoff? --Sí. --¿Viven ahí, detrás de esa puerta? --Sí. Su habitación es completamente igual a ésta. --¿No tienen más que una sala para todos? --Nada más. --Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó el joven con aire sombrío. --Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo a verme; los pobrecitos son tartamudos. --¿Son tartamudos? --Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos. El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan claro. --Lo sabía. --¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida. --Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de rodillas delante de la cama de usted. Sonia se turbó. --Creo haberle visto hoy--dijo titubeando. --¿A quién? --A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él. Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero... --¿Paseaba usted? --Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos. --¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su padre? --¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a Raskolnikoff con cierto espanto. --¿De modo que usted la quiere? --¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa! ¡Ah, si usted supiera! Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento. Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo así, insaciable. --¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada, y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría usted, y ella no haría nada de injusto. --Y usted, ¿qué va a hacer? Sonia le interrogó con la mirada. --Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir? --No sé--respondió la joven tristemente. --¿Van a quedarse donde están? --No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha de permanecer un momento más en aquella casa. --¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted? --¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo; nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio, ¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea, desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome. Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras! ¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles. Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero, porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello! --Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo Raskolnikoff con amarga sonrisa. --Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo, no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha hecho sufrir durante todo el día este recuerdo! Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos. --¿Ha sido usted dura con ella? --Sí; yo, yo. Fuí a verla--continuó llorando--y mi padre me dijo: «Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.» Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme», le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel, la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos, con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía, no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no le interesa. --¿Conocía usted a la revendedora Isabel? --Sí... ¿La conocía usted también?--preguntó Sonia un poco asombrada. --Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto--dijo Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta. --¡Oh, no, no! Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven, como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él. --Sería mejor que se muriese. --No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo! --¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede tenerlos a su lado? --¡Oh, no sé!--exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la cabeza con las manos. Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento. --Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué sucederá entonces?--prosiguió implacablemente Raskolnikoff. --¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted? El espanto demudó por completo el rostro de Sonia. --¿Cree usted que es imposible?--repuso él con sonrisa sarcástica--. Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle, la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños quedarán sin amparo. --¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!--exclamó Sonia con voz ahogada. Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la desgracia que el joven predecía. Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja presa de atroz sufrimiento. --¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando lleguen los días tristes?--preguntó deteniéndose delante de ella. --No--murmuró Sonia. --No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?--añadió con cierta ironía. --Sí. --¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es preguntarlo. Y volvió a pasearse por la habitación. --Y... ¿no gana usted dinero todos los días?--preguntó al cabo de otro minuto de silencio. Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron. --No--respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo. --La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted--dijo el joven bruscamente. --No, no; ¡eso es imposible!--exclamó Sonia, herida en el corazón por aquellas palabras como por una puñalada--. Dios... Dios no permitirá semejante abominación. --Otras permite. --No, Dios la protegerá--repitió enfáticamente Sonia. --¿Y si no hay Dios?--replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se echó a reír mirando a la muchacha. La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en sollozos, tapándose la cara con las manos. --¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de usted lo está también--dijo Raskolnikoff después de una pausa. Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose, de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel momento parecía, en efecto, la de un demente. --¿Qué hace usted? ¡A mí!--balbució Sonia palideciendo y con el corazón dolorosamente oprimido. El joven se levantó en seguida. --No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el sufrimiento humano--dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos en la ventana--. Escucha--prosiguió, acercándose a ella un momento después--; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a tu lado. --¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!--exclamó Sonia asombrada--. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso! --Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas, sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continuó diciendo Raskolnikoff con emoción creciente--; pero lo eres, sobre todo, por haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo (puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero dime--añadió exaltándose cada vez más--, ¿cómo con las delicadezas de tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua y acabar de una vez! --¿Y qué sería de ellos?--preguntó débilmente Sonia, levantando hasta él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno asombrada del consejo que se le daba. Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación, había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna, la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional; pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual, relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven. «Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el manicomio o el embrutecimiento.» Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura. «¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible», exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer un pecado y el interés que tiene por -ellos-. Si aun no se ha vuelto loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?» Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó: --¿De modo que ruegas mucho a Dios? Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta. --¿Qué sería de mí sin Dios?--dijo en voz baja, pero enérgica, y dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le estrechó la mano con fuerza. «Vamos», pensó él, «no me engañaba». --Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?--preguntó, deseoso de esclarecer por completo sus dudas. Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le dilataba el pecho con la emoción. --¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!--exclamó, mirándole con cólera. «Eso es, sí; eso es», pensó el joven. --El lo hace todo--murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo. «Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida, angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está loca!», repetía para sí. Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento. --¿Quién te ha dado esto?--preguntó a Sonia desde el otro lado de la habitación. La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo: --Me lo han prestado. --¿Quién? --Isabel; se lo pedí yo. «¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él. Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario. Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo. --¿En qué parte habla de Lázaro?--preguntó bruscamente. Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio. Se había separado un poco de la mesa. --¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia. La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000