largo retraso.
Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor,
y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró
en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo.
En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano
bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo
encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y
lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se
aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los
objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared:
si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos
de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones
escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en
contra suya!
Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una
sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin
ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la
calle.
--Ahí lo tiene usted--gritó una voz.
El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su
habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja
estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una
especie de -khalat- y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por
un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado.
A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de
cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.
--¿Qué es eso?--preguntó acercándose al -dvornik-.
El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una
palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.
--Pero, ¿qué significa esto?--gritó Raskolnikoff.
--Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha
dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En
esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.
El -dvornik- estaba también un poco asombrado; pero no con exceso.
Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.
Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de
la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso
lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera
podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir
al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente
el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida
ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta
suerte sin decir una palabra.
--Usted ha preguntado por mí al -dvornik-...--comenzó a decir
Raskolnikoff sin levantar la voz.
El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un
nuevo silencio.
--Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere
decir esto?--añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las
palabras salían con trabajo de sus labios.
Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión
siniestra.
--¡Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.
Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se
doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda.
Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con
extraordinaria violencia.
Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir
una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.
--¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?--balbuceó
Raskolnikoff con voz casi ininteligible.
--Tú eres el asesino--replicó el otro recalcando sus palabras con más
precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se
dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido
rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.
Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por
una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.
Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la
mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se
volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo
sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff
creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con
expresión de odio frío y triunfante.
Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su
casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa,
permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se
echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro.
Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo
Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se
hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos
permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la
sala y se aproximó con precaución al sofá.
--¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde--dijo
en voz baja Anastasia.
--Tienes razón--respondió Razumikin.
Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media
hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con
brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.
--¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde
estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se
encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica
que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...?
¿Es esto posible?--continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial--. Y
el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa
que no podía suponerse?
Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento
disgusto de sí mismo.
--¡Yo debía suponer esto!--pensó con amarga sonrisa--. ¿Cómo me
he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he
atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber
de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...--murmuró
desesperado.
A veces se detenía ante este pensamiento.
--No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero
-amo- a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París,
olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la
batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a
un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de
que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne
sino de bronce.
Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.
--¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un
registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre
forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio
Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por
ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?»,
preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!
De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de
exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:
--La vieja no significa nada--se decía en un acceso--. Supongamos
que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido
más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto
posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un
principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima!
Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco,
por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué
hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son
laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la
humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar
«la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor
es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta
apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el
mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal,
y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis
olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo
para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un
gusanillo estético nada más, nada más--añadió riendo de repente como
un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al
sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. Sí,
en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora
sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un
mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar
por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme
satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah!
¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con
toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y
al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar
mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al
monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy
definitivamente un gusano--añadió rechinando los dientes--, porque soy
más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque -presentía-
que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo
comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo
al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere!
¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta
cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente
al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones!
¡Obedece, temblorosa criatura, y -guárdate de querer-, porque eso no es
cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!
Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y
su mirada inmóvil no se apartaba del techo.
--¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que
ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo
soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he
besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...!
¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida
la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la
casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la
hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!...
¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo
aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!
Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que
estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas,
la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la
atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros
y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros
se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua
cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba
perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que
tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado.
Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le
hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero,
de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa,
continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que
llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»--pensó este último, y
se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció
de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el
mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a
alguna distancia; entraron en un -pereulok-. El hombre no se volvía.
«¿Sabe que le sigo?»--se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó
el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la
puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje
se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el
zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven.
Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio
no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la
primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto,
dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en
los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He
aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste,
se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este
es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido
en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de
oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí
el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es
terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el
rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués
se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba
al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un
instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy
obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la
luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el
mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos
puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por
la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color
cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De
repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después
volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué
volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En
el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó
notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está
este manto aquí?--pensó--; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente
sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto.
Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en
esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal
modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara;
pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»--se dijo
Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió
dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló
bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el
joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún
más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo
arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí,
reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se
la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la
alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz
baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda
su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas
y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a
la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se
había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba
abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo,
multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra.
Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies
en el suelo; quiso gritar y se despertó.
Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie
en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no
conocía y que le miraba con atención.
Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió
a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió.
«Esta es la continuación de mi sueño»--pensó mientras abría casi
imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el
desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle.
Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y
después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del
sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff.
Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en
el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a
una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en
una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía
la barba espesa, de un color rubio casi blanco.
Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación
reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco
ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar
había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo
insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.
--Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?
--Bien sabía que su sueño no era más que una ficción--respondió el
desconocido con sonrisa tranquila--. Permítame usted que me presente:
Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...
CUARTA PARTE
I
--¿Estoy bien despierto?--pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando
desconfiadamente al inesperado visitante--. ¿Svidrigailoff? ¡No puede
ser de ningún modo!--dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar
crédito a sus oídos.
Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante.
--He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle
personalmente, porque desde hace mucho tiempo he oído hablar a menudo y
en términos muy halagadores de usted; y después, porque espero que no
me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los
intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin recomendación, me
costaría mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que está prevenida
contra mí; pero, presentado por usted, la cosa varía.
--Se engaña usted al contar conmigo--replicó Raskolnikoff.
--¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? Permita usted que se lo
pregunte.
Raskolnikoff no contestó.
--Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo llegué anteayer. Escuche usted,
Rodión Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propósito; creo
superfluo justificarme; pero permítame que le pregunte: ¿Qué hay, en
rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se
aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios?
Raskolnikoff continuaba examinándole sin despegar los labios.
--Me dirá usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa
y que «la he insultado con proposiciones deshonrosas». (Quiero
adelantarme a la acusación.) Pero considere usted que soy hombre, -el
nihil humanum-... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un
arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta
manera todo se explicará del modo más natural del mundo. La cuestión
estriba en esto: ¿Soy un monstruo o una víctima? Ciertamente soy
una víctima. Cuando yo proponía a mi adorada que huyera conmigo a
América o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los más respetuosos
sentimientos y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... La razón
es la esclava de la pasión; yo he sido el principalmente perjudicado.
--No se trata, en modo alguno, de eso--replicó Raskolnikoff con
sequedad--. Tenga usted razón o no, me es usted completamente odioso.
No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de aquí!...
Svidrigailoff soltó una carcajada.
--No hay medio de engañar a usted--dijo con franca alegría--; quería
echármelas de ingenioso, pero con usted no sirve.
--¿Todavía quiere usted embromarme?
--Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?--repitió su interlocutor, riéndose
con toda su alma--; en buena guerra, como dicen los franceses, la
malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar.
Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado,
sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna...
--Se dice también que usted ha matado a su esposa--dijo,
interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff.
--¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de
asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace,
no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy
tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las
formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe
de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de
apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una
abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha
podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces,
sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he
preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa...
desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna
otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha
habido ni sombra de eso.
Raskolnikoff se echó a reír.
--¿De modo que esto le divierte...?
--Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin
importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se
lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos
es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de
brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió
lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la
ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá
usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos
latigazos fueron propinados muy oportunamente.
A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin
de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una
especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia.
--¿Le gusta a usted manejar el látigo?--dijo con aire distraído.
--No mucho--respondió tranquilamente Svidrigailoff--. Casi nunca
habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella
estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal,
no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra
ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera,
ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que
acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en
las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba
ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la
servidumbre. ¡Ja, ja, ja!
Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy
madurado y que todo aquello era fina astucia.
--Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie--dijo el
joven.
--Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es
cierto, de hallarme de tan buen humor?
--Y hasta me parece demasiado bueno...
--¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas
de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha
preguntado le he respondido--contestó Svidrigailoff con una singular
expresión de franqueza--. En verdad, yo no me intereso, digámoslo
así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo
demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados
para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras
respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente
se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que
tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión
Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted
algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo
momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted
el ceño... No soy tan oso como usted cree...
--No lo tengo por oso--dijo Raskolnikoff--; más aún, me parece que es
usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted
ser, en llegando la ocasión, -comme il faut-.
--Me tiene sin cuidado la opinión de los demás--contestó Svidrigailoff
con tono seco y ligeramente desdeñoso--; y además, ¿por qué no adoptar
las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que
son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión
natural?--añadió riendo.
Raskolnikoff le miraba sombríamente.
--He oído decir que conoce usted a mucha gente--le dijo--. No es usted
lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene
usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?
--Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos
conocimientos--repuso el visitante sin responder a la principal
pregunta que se le había dirigido--; en los tres días que llevo de
corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo
que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente,
y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición
de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de
reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables.
Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester
que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand
se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer
trampas en el juego?
--¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?
--¡Claro está! Hace ocho años formábamos una verdadera sociedad
(hombres -comme il faut-, capitalistas y poetas), que pasábamos el
tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podíamos.
¿Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas
tramposas? Pero en aquella época, un griego de Niejin, a quien debía
ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se presentó
Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor,
obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legítimo matrimonio, y mi
esposa se apresuró a llevarme a sus posesiones para ocultarme allí como
un tesoro. Tenía cinco años más que yo y me quería mucho. Durante siete
años no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi
señora guardó, a título de precaución contra mí, la letra de cambio
que me había hecho firmar el griego y que ella rescató valiéndose de
un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habría metido
bonitamente en la cárcel. A pesar de todo su afecto hacia mí, no
hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones
como ésta.
--Si no le hubiera tenido así agarrado, ¿la habría dejado usted
plantada?
--No sé qué responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No
deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo
que me aburría, me animó a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo
había visitado ya a Europa y me había aburrido horriblemente. Allí,
sin duda, solicitan la admiración los grandes espectáculos de la
Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la bahía de
Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qué. ¿No es
mejor estar entre nosotros? Aquí, por lo menos, se acusa a los demás de
todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora haría de buena gana
una expedición al Polo ártico, porque el vino, que era mi solo recurso,
ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello.
Pero se dice que hay una ascensión aerostática el domingo en el jardín
Jussupoff. Berg intenta, según parece, emprender un gran viaje aéreo y
consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... ¿No es
verdad?
--¿Desea usted ir en globo?
--¿Yo? No... sí...--murmuró Svidrigailoff, que se había quedado
pensativo.
«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba Raskolnikoff.
--No, la letra de cambio no me inquietaba--dijo Svidrigailoff--. Por mi
gusto permanecía en la aldea. Hará próximamente un año, Marfa Petrovna,
con motivo de mi santo, me devolvió el papel acompañado de una cantidad
importante a título de regalo. Tenía mucho dinero. «Ya ves, Arcadio
Ivanovitch, qué confianza me inspiras», me dijo. Le aseguro a usted que
se expresaba así. ¿No lo cree usted? He de decirle que yo cumplía muy
bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el país.
Además, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi
mujer aprobaba mi afición a la lectura; pero más tarde llegó a temer
que me fatigase mi excesiva aplicación.
--Dispense usted--replicó molestado Raskolnikoff--; déjese de todo
eso, y dígame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a
salir...
--Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con
Pedro Petrovitch Ludjin?
--Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista
y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a
pronunciarlo en mi presencia.
--¿Cómo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de
ella?
--Está bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes.
--Ese señor Ludjin es algo pariente mío, por parte de mi difunta
esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinión acerca de
él si es que le ha visto, aunque no haya sido más que media hora, o
si le ha hablado a usted de él alguna persona digna de crédito. No
es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido
de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnánima
como inconsiderada; se inmola por... su familia. Después de lo que he
sabido respecto a usted, pensaba que vería con gusto la ruptura de ese
matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana.
Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el
particular.
--Por parte de usted eso es muy cándido; perdone usted, quería decir
muy desvergonzado--replicó Raskolnikoff.
--Según eso, Rodión Romanovitch, me supone usted miras interesadas.
Esté tranquilo: si yo trabajase para mí ocultaría mejor el juego; no
soy tan imbécil. Voy a este propósito a descubrirle una particularidad
psicológica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted,
diciendo que había sido yo su víctima. Pues bien, al presente no siento
ningún amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado
seriamente enamorado...
--Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso...
--En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su
hermana de usted posee mérito bastante para impresionar a un libertino
como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora.
--¿Y desde cuándo lo ha advertido usted?
--Ya lo sospechaba hace algún tiempo y me he convencido definitivamente
de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en
Moscou todavía estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y
a disputársela como rival al señor Ludjin.
--Perdone usted que le interrumpa. ¿No podría abreviar y decirme en
seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de
hacer varias cosas...
--Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera
antes arreglar varios asuntos. Mis hijos están en casa de su tía,
son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, ¿comprende
usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No
he tomado más dinero que el que Marfa Petrovna me regaló hace un
año; ese dinero me basta. Dispénseme usted, voy al grano. Antes de
ponerme en camino quiero acabar con el señor Ludjin. No es que le
deteste precisamente; pero él ha sido la causa de mi última rencilla
con mi mujer; me incomodé cuando supe que ella había concertado ese
matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia
de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra
entrevista. En primer lugar desearía poner ante los ojos de su hermana
todos los inconvenientes que resultarían para ella de su enlace con
Ludjin. Le suplicaría después que me perdonase por los disgustos que
le he causado, y le pediría permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo
que la indemnizaría de una ruptura con el señor Ludjin, ruptura que,
estoy seguro de ello, no repugnaría a su hermana de usted si viera la
posibilidad de realizarla.
--¡Está usted loco, rematadamente loco!--exclamó Raskolnikoff con más
sorpresa que cólera--. ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera?
--Sabía perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero
comenzaré haciéndole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer,
sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito.
Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estúpido empleo
que les daría. En segundo lugar, mi conciencia está completamente
tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el cálculo; créanlo
o no lo crean, el porvenir se lo demostrará a usted y a Advocia
Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradísima
hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido,
y ansío no reparar por una compensación pecuniaria las contrariedades
que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para
que no se diga que sólo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase
alguna segunda intención, no lo haría tan francamente y no me limitaría
a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrecí mucho más hace cinco semanas.
Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, así
que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna.
En suma, diré a usted que si se casa con el señor Ludjin, Advocia
Romanovna recibirá esa misma cantidad, sólo que por otro conducto...
No se incomode, señor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y
sangre fría.
Svidrigailoff había pronunciado estas palabras con extraordinaria calma.
--Suplico a usted que no siga--repuso Raskolnikoff--; la proposición de
usted es una insolencia imperdonable.
--No hay tal cosa. Según eso, el hombre en este mundo sólo puede hacer
mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien.
Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por
ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de
usted, ¿la rehusaría?
--Es muy probable.
--No hablemos más. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi
demanda a Advocia Romanovna.
--No lo haré.
--En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de
encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin
inquietarla.
--Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla?
--No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea
nada más que una vez.
--No lo espere usted.
--Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan
entre nosotros relaciones amistosas.
--¿Usted cree...?
--¿Por qué no?--dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el
sombrero--; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido
aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó...
--¿Dónde me ha visto usted esta mañana?--preguntó Raskolnikoff con
inquietud.
--Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo
árbol.
--Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender
pronto ese viaje.
--¿Qué viaje?
--El de que me ha hablado hace un momento.
--¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted
qué cuestión acaba de plantearme!--añadió con amarga sonrisa--, quizá
en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio
para mí.
--¿Aquí?
--Sí.
--No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.
--¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana
que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi
mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De
aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión
de ese legado.
--¿Eso es verdad?
--Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí.
Al salir Svidrigailoff se cruzó en el umbral con Razumikin.
II
Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron en seguida en dirección a la
casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin.
--¿Quién es ése que salía al entrar yo en tu cuarto?--preguntó
Razumikin cuando estuvieron en la calle.
--Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de
institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueño la requería de
amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese señor, la puso a la puerta.
Más tarde, esa misma Marfa Petrovna pidió perdón a Dunia. Esa señora
ha muerto repentinamente hace pocos días; de ella hablaba mi madre
esta tarde. No sé por qué me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy
original y, por añadidura, ha tomado una firme resolución. Cualquiera
diría que sabe algo... Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se
celebraron los funerales de su mujer... Es preciso proteger a Dunia
contra él. Eso es lo que yo quería decirte, ¿entiendes?
--¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco
que me hayas dicho eso... La protegeremos, puedes estar tranquilo...
¿Dónde vive?
--No lo sé.
--¿Por qué no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontraré.
--¿Le has visto?--preguntó Raskolnikoff después de una pausa.
--Sí, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me
despintará.
--¿No le confundirás con otro? ¿Le has visto distintamente?--insistió
Raskolnikoff.
--¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocería entre mil. Soy buen
fisonomista.
Se callaron de nuevo.
--¡Hum!--exclamó Raskolnikoff--. Me parece que soy víctima de alguna
alucinación.
--¿Por qué dices eso?
--He aquí--prosiguió Raskolnikoff con una mueca que tendía a ser
sonrisa--, que decís que estoy loco y voy creyendo que es verdad...
--Vamos, déjate de tonterías y escucha lo que he hecho--interrumpió
Razumikin--. Entré en tu cuarto y te encontré durmiendo. En seguida
comimos, después de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff
estaba todavía en su casa. Quise hablar en debida forma y no fuí
afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; parecía que
no entendía, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llevé
a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco
estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por último,
le aproximé el puño a las narices y le dije que le iba a reventar.
Porfirio se contentó con mirarme en silencio. Yo escupí y me marché.
Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambié ni una
palabra. Me daba a los diablos por mi estúpida conducta; pero me he
consolado con una reflexión; al bajar la escalera me dije: ¿Vale la
pena que tú y yo nos preocupemos de ese modo? Si algún peligro te
amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué tienes tú que temer? No eres
culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Más tarde
nos burlaremos de su necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos el haberse
equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la
mano; mas por el momento, limitémonos a reír de sus tonterías.
--Es verdad--respondió Raskolnikoff--. ¿Pero qué dirás tú
mañana?--añadió para si.
¡Cosa extraña! Hasta entonces no se le había ocurrido ni una vez
preguntarse: «¿Qué pensará Razumikin cuando sepa que soy culpable?» Al
ocurrírsele esta idea miró fijamente a su amigo. El relato de su visita
a Porfirio le había interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en
aquel momento.
En el corredor encontraron a Ludjin que había llegado a las ocho en
punto; pero había perdido algún tiempo en buscar el número; de modo
que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse. Los jóvenes
se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las
conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el
gabán. Pulkeria Alexandrovna se dirigió en seguida a él. Dunia y
Raskolnikoff se estrecharon la mano.
Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a las señoras de manera bastante
cortés, aunque con gravedad extremada. Parecía, sin embargo, algo
desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba también algo molesta,
se apresuró a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde
estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente
al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se
sentaron también al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin;
el segundo, cerca de su hermana.
Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sacó pausadamente un
pañuelo de batista perfumado y se sonó. Sus maneras eran, sin duda, las
de un hombre benévolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente
resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de
quitarse el gabán, se preguntaba si no sería el castigo para las dos
señoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no había ejecutado esa
idea, porque le gustaban las situaciones claras; así, pues, existía
un punto que permanecía oculto para él; puesto que se había desairado
abiertamente su prohibición, debía de haber algún motivo para ello.
Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habría
tiempo de aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado sería menos
seguro.
--Me alegraré que el viaje de usted haya sido feliz--dijo por cortesía
a Pulkeria Alexandrovna.
--Sí que lo ha sido, gracias a Dios.
--Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, ¿se ha fatigado?
--Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mamá este viaje ha sido
muy penoso--respondió Dunia.
--¿Qué quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos.
Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a
ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrán visto en ningún apuro.
--¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una
situación muy difícil--dijo con una entonación particular Pulkeria
Alexandrovna--; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio
Prokofitch, no sé qué hubiera sido de nosotras. Permita usted que le
presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin.
--¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...--balbuceó Ludjin echando una oblicua
y malévola mirada al joven; después frunció el entrecejo y calló.
Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser
amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier
contrariedad pierden súbitamente la serenidad, hasta el punto de
parecer más bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio
volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado
mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no había llegado para ella el
momento de hablar. Razumikin nada tenía que decir, de modo que Pulkeria
Alexandrovna se vió en la necesidad penosa de reanudar otra vez la
conversación.
--¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo.
--Me lo comunicaron, y puedo, además, decir a ustedes que
inmediatamente después del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch
Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. Sé de buena tinta esa
noticia.
--¿En San Petersburgo? ¿Aquí?--preguntó alarmada Dunia, y cambió una
mirada con su madre.
--Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intención; la
precipitación de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes
lo hacen creer así.
--¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí venga a acosar a
Dunetshka?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
--Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho
de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que
ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estaré
con ojo avizor y sabré pronto dónde se hospeda.
--¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qué punto me
ha asustado--repuso Pulkeria Alexandrovna--. Sólo le he visto dos veces
y me pareció terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la
pobre Marfa Petrovna.
--Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo demás,
no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en
cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a
la conducta y en general a la característica moral del personaje,
estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer
ha podido dejarle: lo sabré dentro de poco. Lo que tengo por cierto
es que, encontrándose aquí en San Petersburgo, no tardará en volver
a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el
hombre más perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para
creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de
él y que pagó sus deudas hace ocho años, le ha sido útil también en
algún otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logró que se
diese carpetazo a una causa criminal que podía haber dado en Siberia
con el señor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato
cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo así,
fantásticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo.
--¡Ah, señor!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
Raskolnikoff escuchaba atentamente.
--¿Usted habla, dice, según datos ciertos?--preguntó con tono severo
Dunia.
--Me limito a repetir lo que oí de labios mismos de Marfa Petrovna.
Hay que advertir que, desde el punto de vista jurídico, este asunto
es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aquí, y parece que vive
todavía, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con
módico interés y ejercía otros diversos oficios. Entre esta mujer
y Svidrigailoff existían, desde hacía largo tiempo, relaciones tan
íntimas como misteriosas. Vivía con ella una parienta lejana, una
sobrina, joven de quince años o de catorce, que era sordomuda. La
Reslich no podía sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo
de pan que la pobre comía y la maltrataba con inaudita crueldad. Un día
se encontró a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria
acostumbrada dió por resultado una comprobación de suicidio, y todo
parecía haber terminado aquí, cuando la policía recibió aviso de que
la joven había sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto
era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria
inmoralidad y cuyo testimonio no podía ser de gran crédito. En una
palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, prodigó
el dinero y logró echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr
con aquel motivo los más graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el
tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habrá oído
contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de
los malos tratamientos de su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando
aun existía la servidumbre.
--Oí decir, por el contrario, que ese Philipo se había ahorcado.
--Perfectamente; pero se vió reducido, o por mejor decir, impulsado
a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos
tratamientos sistemáticos de su amo.
--Lo ignoraba--respondió secamente Dunia--. Oí, sí, contar acerca
de eso una historia muy extraña. Parece que el tal Philipo era un
hipocondríaco, una especie de criado filósofo. Sus compañeros decían
que la lectura le había turbado el entendimiento, y, a creerlos, se
había ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del
señor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y
era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de
Philipo.
--Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle--repuso
Ludjin con una sonrisa agridulce--. Verdad es que le tengo por hombre
muy hábil para insinuarse en el corazón de las señoras. La pobre Marfa
Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extrañas, es una
lamentable prueba de ello. Yo sólo trato de advertírselo a usted y a su
mamá en previsión de las tentativas que de seguro no dejará de renovar.
Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabará
en la prisión por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el
porvenir de sus hijos para tener el propósito de asegurar a su marido
una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habrá dejado
lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres
disipadas se lo comerá todo antes de un año.
--Suplico a usted que no hablemos más de Svidrigailoff. Eso me es
desagradable--dijo Dunia.
--Ha estado en mi casa hace un rato--dijo bruscamente Raskolnikoff, que
hasta entonces no había despegado los labios.
Todos se volvieron hacia él con exclamaciones de sorpresa; hasta el
mismo Pedro Petrovitch se quedó algo pasmado.
--Hace media hora, mientras yo dormía, entró en mi cuarto, y después de
despertarme se presentó él mismo. Estaba bastante contento y alegre;
espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita
una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho días
antes de su muerte, te había dejado en su testamento tres mil rublos,
cantidad que recibirás en breve plazo.
--¡Alabado sea Dios!--exclamó Pulkeria Alexandrovna, e hizo la señal de
la cruz--. ¡Reza por ella, Dunia, reza!
--El hecho es exacto--no pudo menos de afirmar Ludjin.
--¿Y después?--preguntó vivamente Dunia.
--Después me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus
hijos, los cuales están ahora en casa de su tía. También me contó
que se hospedaba cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no se lo he
preguntado.
--¿Qué otra cosa tiene que decir a Dunia?--preguntó con inquietud
Pulkeria Alexandrovna--. ¿Te lo ha dicho?
--Sí.
--¿Y qué?
--Lo diré luego.
Después de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te.
Pedro Petrovitch miró el reloj.
--Un negocio urgente me obliga a dejar a ustedes, y de este modo no
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