--Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!--murmuró Razumikin
helado de terror--. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!
--Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien
te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos,
veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te
has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada!
¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!
--¡¡¡Indecente!!!
Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en
apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa
de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas
del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería
Raskolnikoff.
--¡Si dices una palabra, te reviento!--murmuró Razumikin furioso,
agarrando por un brazo a su amigo.
V
Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la
fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo
lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más
rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la
vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran
bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio
Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada
a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa,
cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento
esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre
y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas
palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron
por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su
seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más
comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo,
porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de
dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.
--¡Ah, bribón!--vociferó con tan violento ademán, que derribó un
veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.
--Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un
perjuicio que causan ustedes al Estado--exclamó alegremente Porfirio
Petrovitch.
Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se
olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera
sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el
momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que
representaba.
Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a
causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber
contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se
dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso
a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por
cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón,
sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se
había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía
engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad
particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte,
y su presencia le causó una desagradable sorpresa.
«He ahí una cosa con la que no contaba»--pensó.
--Perdóneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida,
Raskolnikoff.
--¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo
tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días--añadió Porfirio
Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.
--No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la
calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado
más.
--¡Imbécil!--gritó Razumikin, sin volver la cabeza.
--Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla
insignificante--observó, riendo, Porfirio Petrovitch.
--Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al
diablo!--replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente
su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonterías,
y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch
Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene,
además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás
aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?
«¿Qué quiere decir esto?»--se preguntó con inquietud Raskolnikoff.
La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo,
se repuso en seguida.
--Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura.
--¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha
arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había
manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no
habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?
El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en
chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años,
más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba
barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza,
gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de
la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado,
no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color
amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera
podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido
por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar
siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La
mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía.
A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta
semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por
mucho tiempo al observador inteligente.
En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio,
Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando
él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su
disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un
hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por
oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a
hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.
Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer
su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio
Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima.
Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus
miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa,
cosa que pasaba los linderos de lo natural.
«¡Ese imbécil!»--decíase interiormente Raskolnikoff.
--Es preciso hacer una declaración a la policía--respondió con
indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondrá usted que, informado de
tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al
juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos
le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya
se le escribirá a usted.
--Desgraciadamente--replicó Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy
en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas...
¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos,
y que, en cuanto tenga dinero...
--Eso no importa--replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente
esta explicación financiera--; por lo demás, puede usted, si quiere,
escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea
usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...
--¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpió
Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del
aspecto pecuniario de la cuestión.
--¡Oh! en cualquier papel.
Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente
burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven
hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que
encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba,
porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.
«Ese lo sabe»--se dijo instantáneamente.
--Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa--añadió bastante
desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen
para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando
supe...
--Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff,
que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos
empeñados--recalcó con intención evidente Razumikin.
Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel
inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas,
comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató
de repararla.
--Parece que te burlas de mí, amigo mío--dijo a Razumikin, con aire
ofendido--. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy
insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como
un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí.
Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un
groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras,
pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvió hacia el
juez--, y si supiese--continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin
poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo
el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las
mujeres!
--¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi
pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado.
--¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?--se preguntaba
ansiosamente Raskolnikoff--. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?
--¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?--preguntó Porfirio Petrovitch.
--Sí.
--¿Cuándo ha llegado?
--Ayer noche.
El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.
--Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse
jamás--repuso con tono tranquilo y frío--. Desde hace tiempo, esperaba
yo la visita de usted.
Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía
implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció;
pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba
en preservar el tapete.
--¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado
algunas cosas?
Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.
--Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en
casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba
completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la
indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.
--¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff
con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al
juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió
bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los
dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí,
mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no
olvida usted ni a uno... y... y...
«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»
--Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había
presentado aún--respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de
burla.
--No me encontraba muy bien.
--Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo.
Todavía está usted pálido.
--No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien--respondió
Raskolnikoff con tono brutal y violento.
Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.
«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería--pensó--. Pero, ¿por
qué me exasperan?»
--Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!--exclamó Razumikin--.
La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo
creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas,
aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se
vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe
por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa
semejante? Es un caso de los más notables.
--¡Bah! -¿En estado completo de delirio?---dijo Petrovitch con el
movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.
--Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de
decirle a usted esto. La convicción de usted está formada--dejó
escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio
Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.
--¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado
delirando?--dijo exaltándose Razumikin--. ¿Para qué semejante salida?
¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has
de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales.
Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.
--Me habían fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigiéndose
al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío--, y
queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no
pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad.
El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor
Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted
el árbitro de nuestra disputa.
En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le
irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.
--Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza;
pero le encontré a usted demasiado irascible--declaró secamente
Zametoff.
--Y hoy--añadió Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que había
encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un
funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...
--Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía--dijo Razumikin--. ¿No te
has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste
de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses
socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si
quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo
diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.
--Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo
en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que
he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado
durante media hora en mi insubstancial palabrería--prosiguió con los
labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio--. He importunado a ustedes,
¿no es eso?
--¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me
interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy
encantado de haber recibido su visita.
--¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclamó Razumikin.
--¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido,
¿eh?
--¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?
Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.
En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba
por extremo excitado.
--Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas
precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me
conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de
ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en
la cara desfachatadamente!--decía temblando de rabia--. Id derechamente
contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es
una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré
y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.
Respiró con ansia y continuó pensando:
--¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese
un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de
sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por
un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen.
Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen;
pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha
observado que yo le -hablé con mucha sutileza-? ¿por qué me han hablado
con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo
esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás
de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un
poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que
absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis
nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría
o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer
de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí
como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no
le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda.
Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado
sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado.
¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo...
Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se
ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me
podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece
darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche...
Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado
con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no
me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas
conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía.
La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un
delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al -dvornik-...
¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben
o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto
sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale
quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que
va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza.
¿Por qué he venido?»
Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago.
Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen
humor.
--Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de
cabeza--comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no
había demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la
velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién
quedó la victoria?
--Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro
de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo
siguiente--agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff--: ¿hay crímenes o no
los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!
--¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni
siquiera tiene el mérito de la novedad--respondió distraídamente
Raskolnikoff.
--La cuestión no se planteó en esos términos--observó el juez.
--Es verdad, no fué precisamente en esos términos--repuso Razumikin con
su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer
me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido
tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es
en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal
organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro
móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al
crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.
--A propósito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch,
dirigiéndose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me
interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el -Crimen-... no me
acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en -La
Palabra Periódica-.
--¡Un artículo mío en -La Palabra Periódica-!--exclamó Raskolnikoff,
sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la
Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé
a -La Palabra Semanal- y no a -La Palabra Periódica-.
--Pues fué publicado en esta última.
--Como -La Palabra Semanal- suspendió su publicación, mi artículo no
pudo salir.
--Pero como esa revista se fundió con -La Palabra Periódica-, hace dos
meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía
usted?
--No.
--Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni
siquiera se entera de lo que directamente le interesa.
--¡Muy bien, Rodia!--exclamó Razumikin--. Tampoco yo lo sabía. Hoy
mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses
que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué
callado se lo tenía!
--¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.
--Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor
jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó
sobremanera.
--Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico
del delincuente en el momento de cometer el crimen.
--Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es
un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la
parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en
un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia,
explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda
recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la
tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho
absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales;
hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.
Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se
sonrió.
--¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el
criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del
ambiente. ¿No es eso?--preguntó Razumikin con inquietud.
--No, no se trata de eso--replicó Porfirio--. En dicho artículo se
clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros
deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley;
los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de
saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres
extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.
--¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!--balbució Razumikin
estupefacto.
Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se
trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de
su artículo no vaciló en explicarlo.
--No es eso--comenzó a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso,
no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi
pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud
(pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que
yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas
extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso
cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría
dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí
sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario
tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a
su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en
que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces
útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es
claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer
que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de
Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran
podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de
ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a
esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría
tenido el deber de -suprimir- a esos diez, a esos cien hombres, a fin
de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto
no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho
de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en
gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a
saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando
por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta
llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes,
porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas,
que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las
generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el
derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de
notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido
terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes
hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y
que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su
naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor
grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la
rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues,
a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve
usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto
ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de
personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco
caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy
poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es
justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide
a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres
ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a
sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen
el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las
subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan
rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera,
de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que
viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados
a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de
humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente
de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar;
sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable.
La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo
que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por
encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés
de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el
derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha
sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse
mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los
cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión
conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige
estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer
grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El
uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al
mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente
el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la
nueva Jerusalén, por supuesto...
--De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.
--Sí que creo--respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su
largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un
punto del tapete.
--¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.
--Sí que creo--repitió el joven mirando a Porfirio.
--¿Y en la resurrección de Lázaro?
--Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?
--¿Y cree usted al pie de la letra?
--Al pie de la letra.
--Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero,
permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta
siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario,
que...
--¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...
--Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.
--Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En
general, la observación es muy exacta.
--Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los
hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna
señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una
limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud
natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían
llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese
usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría
se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted,
«a suprimir todos los obstáculos...»
--Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que
la primera.
--Muchas gracias.
--No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es
posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado
quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia
innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la
Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores»,
y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión
es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a
los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas
y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un
verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no
van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y
volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad
de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque
son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros
estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos...
Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias
públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse
por ellos.
--¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero
hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay
muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a
las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas,
confiese usted que la cosa será bastante desagradable.
--Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosiguió en el mismo tono
Raskolnikoff--. En general, nace un número muy escaso de hombres con
una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es
evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías
y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente
determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos
es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse
algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para
dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas,
un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que
va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un
hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas).
Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan
millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja
una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una
palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera;
pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.
--Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?--gritó Razumikin--.
Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro!
¿Hablas con formalidad, Rodia?
Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en
el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la
fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el
tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego
dijo:
--Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al
decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído
mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te
pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar
sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He
aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa
autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo
sería la autorización legal, oficial...
--Exacto, más espantosa--afirmó Porfirio.
--No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que
has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir
uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo
lo leeré.
--No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa
cuestión--dijo Raskolnikoff.
--Sí, sí--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco más o menos la
manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted
mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma...
futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos
le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga
campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se
procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...
Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su
rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.
--Obligado estoy a reconocer--respondió éste con calma--que, en efecto,
existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio
tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se
dejan cazar con él.
--¿Lo está usted viendo?
--¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace
un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el
asesinato--añadió señalando a Razumikin--; ¿qué importa? ¿Acaso no
está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones,
las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué
inquietarse? ¡Buscad al ladrón!
--¿Y si le encontramos?
--Peor para él.
--Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?
--¿Y a usted qué le importa eso?
--Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.
--El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su
castigo, independientemente del presidio.
--¿De modo--preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los
hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de
matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?
--¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni
se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento
acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los
hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar
honda tristeza en la tierra--añadió Raskolnikoff, acometido de súbita
melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.
Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire
soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la
comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de
ello.
Todos se levantaron.
Porfirio Petrovitch volvió a la carga.
--Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es
más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta.
Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto
que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una
idea que se me ha ocurrido...
--¡Bueno!... diga usted su idea--respondió Raskolnikoff en pie, pálido
y serio, frente al juez de instrucción.
--Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy
extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable...
que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de
quienes hablaba hace poco... ¿No es así?
--Es muy posible--respondió desdeñosamente Raskolnikoff.
Razumikin hizo un movimiento.
--Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de
dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad,
no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo...
a matar y a robar?
Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como
antes.
--Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted--replicó
Raskolnikoff con acento altanero de desafío.
--Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria;
la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo
de usted.
«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»--pensó
Raskolnikoff con algo de desprecio.
--Permítame usted que le diga--respondió secamente--que yo no me creo
ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género:
por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si
estuviese en lugar de ellos.
--¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?--dijo con
brusca familiaridad el juez instructor.
Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.
--¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta
semana última?--saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.
Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada
fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato
hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada
irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se
dispuso a salir.
--¿Se marcha usted ya?--dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la
mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle
conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en
el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de
estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once.
Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los
últimos que ha estado -allí-, podrá quizá decirnos algo--añadió en tono
de campesino el juez de instrucción.
--¿Trata usted de interrogarme en toda regla?--preguntó secamente
Raskolnikoff.
--De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No
me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he
hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la
víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como
usted es el último que estuvo... A propósito--exclamó con súbita
alegría--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba...
(al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a
propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su
inocencia--prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Pero, ¿qué hacer?
Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería
preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted
que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?
--Sí--respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no
tenía necesidad de dar.
--Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el
segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda
usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando
la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos
obreros.
--¿Pintores? No, no los vi...--respondió lentamente Raskolnikoff, como
si tratase de recordar.
Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su
espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta
hecha por el juez de instrucción.
--No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el
cuarto--continuó muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo
que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente
de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque
tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de
arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos
visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...
--¡Pero qué estás diciendo!--gritó de repente Razumikin, que hasta
entonces había estado como reflexionando--: Si fué el mismo día del
asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo
dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?
--¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclamó Porfirio
dándose una palmada en la frente--. ¡Qué diablos! este asunto me
hace perder la cabeza--añadió a modo de excusa dirigiéndose a
Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el
cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído
obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.
--Pues convendría fijarse más--gruñó Razumikin.
Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó
amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes
y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin
cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de
atravesar por una prueba penosa.
VI
--No lo creo. No puedo creerlo--repetía Razumikin, que hacía toda clase
de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.
Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los
esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.
En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante
en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez
que los dos jóvenes hablaban de -aquello- sin valerse de palabras
encubiertas.
--No lo creas si no quieres--respondió con fría e indiferente sonrisa
Raskolnikoff--. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo
he pesado cada palabra.
--Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas
intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era
bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes
razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?
--Habrá cambiado de opinión desde ayer.
--No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el
contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su
juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento
oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te
colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...
--Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un
tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego
con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían
hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una
sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se
apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya
en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener
pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente;
acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en
estas cosas. Dejémoslas.
--¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos
francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en
confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa
idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento
flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es
ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que
ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras
cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado
por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que
existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que
tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en
su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos,
calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya
insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una
letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace
un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor
insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya
al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque
además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él?
En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que
tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida
de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será
mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus
barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de
salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es
vergonzoso!
«Se ha despachado, convencido de lo que dice»--pensó Raskolnikoff.
--¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro
interrogatorio!--respondió tristemente--; será menester que yo me
rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff
en el -traktir-.
--¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente,
y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la
boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff...
¡Espera!--gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el
brazo--¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy
convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la
pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú
hubieras hecho -eso-, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías
visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por
el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a
sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?
--Si yo hubiese hecho -tal cosa-, no habría dejado de decir que había
visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella
conversación con violento disgusto.
--¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?
--Porque solamente los -mujiks- y las personas más limitadas lo
niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que
sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad
trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera,
modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según
todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí;
creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía
haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un
sentido favorable a mi causa.
--Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen
los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado
en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.
--Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que
obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa
circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la
casa dos días antes del crimen.
--¿Pero, cómo olvidarlo?
--Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos;
respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios.
Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas
insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú
supones.
--Eso quiere decir que es un pillo.
Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se
asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él,
que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y
porque no podía menos.
«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»--pensaba.
Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que
bien pronto llegó a ser intolerable.
Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.
--Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida.
--¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?
--Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú
les dirás...
--Bueno, te acompaño.
--¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?
Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan
desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato
en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba
aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de
haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo
estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las
señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000