--¿Y amainando velas? sugirió el barón. ¿No podríamos esperar la calma
del mar y el viento?
--No, una y otro no tardarían en arrojarnos contra las rocas. En treinta
años que llevo á bordo no me he visto en lance igual. ¡Los santos del
cielo se apiaden de nosotros!
--Y muy particularmente confío yo en la protección del gran Santiago, en
cuyo día hago voto de comerme otra carpa, además de la prometida ya para
todos los días de vigilia del año....
Golvín miró en dirección de las dos galeras apresadas; veíaselas á gran
distancia, ya saltando sobre las olas ya cayendo pesadamente entre
ellas.
--Si estuviesen más cerca, dijo el marino, todavía podríamos salvarnos.
Por lo pronto, señor barón, convendría que os quitáseis la armadura,
porque de un momento á otro podemos vernos en el agua.
--No acepto el consejo, respondió el caballero. No se dirá que un noble
se desarma voluntariamente porque le amenazan Eolo y Neptuno. Lo que
haré será convocar sobre cubierta á la Guardia Blanca y aguardar con
ella la buena ó mala suerte que el cielo nos depare. Pero ¿qué es
aquello, maese Golvín? Por escasa que sea mi vista me parece no ser ésta
la primera vez que contemplo aquellos dos promontorios, allá á la
izquierda.
--¡Por San Cristóbal bendito! exclamó el marino con voz gozosa y mirando
ávidamente en la dirección indicada. ¡Es La Tremblade! ¡Y yo que creía
no haber pasado de Olorón! Allí, frente á nosotros, está la
desembocadura del Garona, y una vez pasada la barra habrá desaparecido
el peligro. ¡Orza, muchachos! ¡Timón á babor!
Movióse otra vez el botalón, el viento cogió las velas á estribor é
impulsó el asendereado barco en la nueva dirección que le ofrecía tan
inesperado refugio. De uno á otro extremo de la anchurosa ría formaban
las olas movible barrera coronada de espuma que se extendía, por el
norte, hasta un elevado pico y por el sud hasta una punta baja y
arenosa. En el centro una pequeña isla contra la cual se estrellaban
furiosas las olas.
--Entre la isla y el promontorio hay un canal, dijo el capitán; me lo
indicó el piloto del príncipe real en persona. Veremos si el -Galeón-
obedece á mi mano, cargado de agua como vá y sumergido una braza más de
lo que debiera.
--Adelante, maese, exclamó el señor de Butrón; dos veces nos ha sido
favorable la fortuna en los inminentes peligros de este día, y si nos
protege ahora, hago voto al bendito Santiago de....
--Tened la lengua, Butrón amigo, que si seguís ofreciéndoos carpas
acabaréis por atraernos la indignación del santo....
--Os ruego ordenéis á los soldados que se tiendan sobre cubierta y
permanezcan inmóviles, dijo el capitán. Dentro de pocos minutos
estaremos salvados ó habrá llegado nuestra última hora.
Arqueros y hombres de armas obedecieron prontamente. Golvín se aferró
al timón y miró fijamente á proa, por debajo de la hinchada vela mayor.
Los dos jefes, inmóviles á popa, contemplaban también la temida barra.
Por fin el -Galeón Amarillo- llegó á las rompientes, evitó los
obstáculos y en cortos momentos, dejando atrás todo peligro, surcó las
tranquilas aguas del Garona.
CAPÍTULO XVIII
DE CÓMO EL BARÓN HIZO VOTO DE PONERSE UN PARCHE
Un viernes por la mañana, el veintinueve de Diciembre, dos días antes
del de San Silvestre, ancló el -Galeón Amarillo- frente á la noble
ciudad de Burdeos. Grandes fueron el interés y la admiración de Roger al
contemplar desde á bordo el bosque de mástiles, los numerosos botes que
cruzaban en todas direcciones y la hermosa ciudad extendida en forma de
media luna á orillas del río, con sus altas torres y la multitud de
edificios de arquitectura y colores variadísimos. Nunca en su tranquila
vida había visto ciudad de igual importancia, ni contaba Inglaterra, con
la sola excepción de Londres, otra que pudiera comparársele en extensión
y riqueza. Á Burdeos llegaban por aquella época los productos de todas
las fértiles comarcas bañadas por el Dordoña y el Garona; los tejidos
del sud, las pieles de Guiena, los vinos del Medoc, para exportarlos
después á Hull, Exeter, Dartmouth, Bristol ó Chester, en cambio de las
lanas y lanillas inglesas. En Burdeos se hallaban también los famosos
hornos de fundición y las forjas que habían dado á sus aceros universal
renombre y con los cuales se forjaban las espadas y lanzas mejor
templadas. Desde su galeón veía Roger el humo que despedían las altas
chimeneas de las fundiciones y la brisa le llevaba de cuando en cuando
el toque de los clarines que resonaba en las murallas de la plaza.
--¡Hola, -mon petit-! dijo Simón acercándosele. Hete ya escudero hecho y
derecho y en camino de calzarte muy pronto la espuela de oro, mientras
que yo soy y seré sargento instructor de arqueros y nada más. Apenas me
atrevo á seguir hablándote con la misma franqueza que cuando
trincábamos en los mesones de nuestra tierra. Sin embargo, todavía puedo
servirte de guía por estos rumbos, nuevos para tí y sobre todo en
Burdeos, cuyas casas conozco una por una, tan bien como conoce el fraile
las cuentas de su rosario.
--Demasiado me conocéis también á mí, Simón, para creer que pueda yo
menospreciar á un amigo como vos porque la fortuna parece sonreirme,
contestó el doncel poniendo una mano sobre el hombro del veterano.
Siento que hayáis pensado cosa semejante.
--No, camarada, ni pensarlo siquiera. Fué una prueba para ver si seguías
siendo el mismo, aunque no debí dudarlo un momento.
--¿Dónde estaría yo hoy, á no haberos conocido en la venta de Dunán?
Desde luego no hubiera ido al castillo de Monteagudo, ni sería escudero
de nuestro valiente capitán, y probablemente no hubiera visto nunca
á....
Aquí se detuvo ruborizándose, pero Simón no lo notó, absorto como estaba
con sus propios recuerdos.
--Buen mesón el del -Pájaro Verde- ¿eh? ¡Por el filo de mi espada!
Peores cosas podría hacer que casarme con aquella ventera tan fresca y
rolliza, cuando me llegue el día de trocar este coleto y la cota de
malla por la ropilla de paño.
--Pues yo creía que habíais dado palabra de casamiento á una muchacha de
Salisbury.
--Á tres, amigo Roger, á tres. Y mucho me temo no volver jamás á aquel
pueblo, á fin de evitar un recibimiento más caluroso que el que pudieran
hacerme tres escuadrones franceses en Gascuña.... Pero mira aquella gran
torre donde flamea el estandarte de los leones de oro; es la bandera
real inglesa, con la divisa de nuestro príncipe. El edificio es la
abadía de San Andrés, y allí se hospeda con su corte hace más de un año.
--¿Y aquella otra torre gris?
--La iglesia de San Miguel, y á la izquierda la de San Remo. El caserón
inmediato es el palacio de Berland. Mira también esas fuertes murallas,
con tres poternas hacia el río y diez y seis en todo el circuito de
tierra.
--¿Y á qué el continuo sonar de tantos clarines?
--Mal puede ser otra cosa, cuando casi todos los grandes señores de
Inglaterra y Gascuña están aposentados detrás de esos muros y el que más
y el que menos quiere que el clarín á su servicio se oiga tanto y tan
frecuentemente como el de su vecino. Á fe mía que me recuerdan un
campamento escocés por la zambra que arman éstos con sus gaitas. Allí
avanza un grupo de pajes que van á dar de beber á los caballos. Cada uno
de esos corceles indica la presencia de un caballero en Burdeos, porque
tengo entendido que los hombres de armas y arqueros han marchado ya con
dirección á Dax.
--¡Simón! llamó el señor de Morel. Avisa á la gente que dentro de una
hora estarán aquí las lanchas y que lo tengan todo listo para el
desembarco.
El arquero saludó y se dirigió apresuradamente á proa. Sir Oliver no
tardó en reunirse á su amigo y ambos caballeros empezaron á pasear sobre
cubierta, observando y comentando la vista de la ciudad. Vestía el barón
un traje de terciopelo negro, con gorra redonda de igual material y
color, y sujeto á ésta el guante de la baronesa, cubierto en parte por
rizada pluma blanca. Con la modestia aparente del rico pero obscuro
traje contrastaban los brillantes arreos de Sir Oliver, vestido á la
última moda, con justillo, calzón y capa corta de terciopelo verde,
acuchilladas de rojo las mangas y con birrete rojo también y de gran
tamaño. Las puntas de su calzado, encorvadas -à la poulaine-, parecían
amenazar las piernas del rechoncho caballero.
--Una vez más nos vemos frente á esta puerta de honor que en tantas
ocasiones nos ha franqueado el paso á los campos del combate y de la
gloria, dijo el barón contemplando la ciudad con brillante mirada. Allí
ondea el pabellón del príncipe y justo es que ante todo le rindamos
homenaje. Ya veo dirigirse hacia aquí las lanchas que deben de
conducirnos.
--No es maleja la posada inmediata á la puerta del oeste, contestó el
glotón, y bien pudiéramos aplacar el hambre antes de ir á saludar al
príncipe, porque la mesa de éste, aunque cubierta de brocado y plata, no
es gran cosa para gentes de mi apetito, ni Su Alteza tiene la menor
simpatía por sus superiores....
--¿Sus superiores?
--En la mesa y con el tenedor en la mano, quiero decir. Dios me libre
de faltarle al respeto, pero le he visto sonreirse porque yo miraba por
cuarta vez al trinchante un día que nos sirvieron caza soberbia. Y en
cambio él me da lástima en la mesa, jugueteando con su cubilete de oro,
en el que bebe cuando más un poco de vino aguado. Y os recuerdo lo del
mesón, amigo, porque la guerra y la gloria no bastan á un cuerpo como el
mío, ni es cosa de estrechar el cinto por la prisa de saludar á Su
Alteza.
--Casi todas las naves cercanas á la nuestra ostentan el escudo de algún
noble, continuó el señor de Morel. Hé allí el de los Percy, é inmediatos
los de Abercombe, Moreland, Bruce y tantos otros. Extraño sería que de
tal reunión de bizarros caballeros no resultasen notables hechos de
armas. Aquí está nuestra lancha, Butrón, y si es vuestro parecer iremos
directamente á la abadía con nuestros escuderos, dejando á maese Golvín
al cuidado de armas y bagajes y de su desembarque.
Pronto quedaron instalados caballeros y escuderos en una de las lanchas
y sus caballos en una barcaza prevenida al efecto. Apenas llegó el barón
á tierra hincó la rodilla y elevó al cielo ferviente súplica. Después
sacó de su pecho un pequeño parche negro y poniéndoselo sobre el ojo
izquierdo lo ató firmemente, diciendo:
--¡Por San Jorge y por mi dama! Hago voto de no descubrir este ojo hasta
haber visto la tierra de España y realizado en ella un hecho de armas
que redunde en honra de mi patria y de mi nombre. Así lo juro sobre mi
espada y sobre el guante de mi dama.
--Al veros y oiros me siento rejuvenecer veinte años, Morel, le dijo su
amigo cuando hubieron montado y puéstose en camino hacia la Puerta del
Mar. Pero, por merced, si un caballero cegato como vos se quita
voluntariamente la mitad de la poca vista que le queda, no váis á
distinguir un arquero inglés de un capitán español. Paréceme que no
habéis andado muy cuerdo en la elección de vuestro voto.
--Sabed, señor caballero, repuso el barón con voz imperiosa, que siempre
veré lo bastante para distinguir la senda del deber y de la gloria,
camino en el cual no necesito guía.
--¡Medrados estamos, y no es mal humorcillo el que mostráis apenas
llegado á tierra de Francia! exclamó Sir Oliver. Pero á bien que si me
buscáis querella, y con vos no he de tenerla, aprovecharé la ocasión
para dejaros solo y visitar una vez más la -Cabeza de Oro- aquí cercana,
cuyos guisos de perdices adobadas han dejado en mí eterna remembranza.
--No, amigo, dijo sonriente el barón. Nos conocemos y estimamos
demasiado para reñir por palabra más ó menos, como dos pajecillos.
Creedme, venid conmigo á saludar al príncipe y después buscaremos
alojamiento y mesa; aunque tengo para mí que verá con pesar á tan buen
servidor como vos trocar la mesa del príncipe por la de un figón. Pero
¿quién viene ahí? ¿No es ese caballero que nos saluda el señor Roberto
Delvar? ¡Dios sea con vos, buen Roberto! Y aquí está también De Cheney.
¡Qué grato encuentro!
Los cuatro caballeros continuaron juntos su camino, seguidos de Roger,
Gualtero y Juan de Norbury, escudero de Sir Oliver. Tras ellos iban Reno
y Verney, portaestandartes de Morel y Butrón. Norbury era un joven alto
y seco, que cabalgaba erguido y sin mirar á derecha ni izquierda, como
muy conocedor de la ciudad, donde ya había estado pocos años antes; pero
Gualtero y Roger, llenos de curiosidad, lo escudriñaban todo, paseantes,
calles, edificios y blasones, llamándose mutuamente la atención á cada
instante hacia cuanto les rodeaba. El joven de Pleyel no se cansaba de
oir la nueva lengua en que se expresaban los vendedores de los puestos
ambulantes y los grupos de gentes del pueblo.
--¿Pero has oído en tu vida cosa semejante? preguntaba á su compañero.
Lo raro es que no se les haya ocurrido aprender el inglés y hablar como
Dios manda, ahora que su tierra pertenece á la corona de Inglaterra. Y
¡por vida mía! que estas muchachas francesas valen un imperio. Mira esa
moza del zagalejo azul. ¡Vaya un palmito!
No es maravilla que el aspecto de la ciudad produjera profunda impresión
en los que la contemplaban por vez primera. Rica, populosa, animadísima,
Burdeos se hallaba entonces en su apogeo. Además de sus industrias,
armerías y gran comercio, las prolongadas guerras que habían arruinado á
tantas otras villas francesas la habían favorecido notablemente. En
Burdeos se acaparaba y se vendía inmenso botín, procedente de batallas,
saqueos y presas marítimas, cuyo producto en ella se gastaba casi
totalmente. Además, la numerosa corte del Príncipe Negro allí instalada
definitivamente, había atraído á multitud de nobles ingleses con sus
familias y servidores, elemento fastuoso cuyo entretenimiento, fiestas y
grandes gastos contribuían no poco á la prosperidad de la noble villa
del Garona. Sin embargo, la reciente acumulación de fuerzas numerosas
para la próxima expedición á España en auxilio de Don Pedro de Castilla
contra su hermano bastardo Don Enrique de Trastamara, había producido
gran escasez y carestía de provisiones y el Príncipe Negro acababa de
enviar la mayor parte de sus tercios y escuadrones á la comarca de Dax,
en Gascuña.
Frente á la abadía de San Andrés se abría una gran plaza que á la
llegada de nuestros caballeros estaba ocupada por multitud de gentes del
pueblo atraídas por la curiosidad, soldados, religiosos, pajes y
vendedores ambulantes. Algunos brillantes caballeros que se dirigían á
la morada del príncipe cruzaban la plaza á intervalos, separando con
dificultad los grupos de hombres, mujeres y chiquillos que se
precipitaban á su paso. Las enormes puertas de roble y hierro estaban
abiertas de par en par, indicando que el príncipe daba audiencia en
aquel momento; y una veintena de arqueros apostados frente al edificio
mantenía las turbas á debida distancia, no sin distribuir de cuando en
cuando cintarazos sendos entre los curiosos más osados. En el ancho
portal daban guardia dos caballeros armados de punta en blanco, calada
la visera y apoyados en sus lanzas; y entre ellos, sentado á una mesa
baja y atendido por dos pajes, se hallaba el secretario de Su Alteza,
encargado de anotar en el registro que delante tenía el nombre y títulos
de los nobles visitantes y en especial los de aquellos recién llegados á
la corte. Era aquel personaje hombre de avanzada edad, cuyos largos
cabellos y barba blancos le daban venerable aspecto, realzado por el
amplio ropaje de color púrpura que lo cubría hasta los pies.
--Ahí tenéis á Roldán de Parington, secretario regio, dijo el señor de
Morel. Pobre del que trate de engañarle ó de contradecir sus notas y
registros, porque es el hombre más versado que existe en asuntos
genealógicos y tiene en la memoria los títulos y blasones de cuantos
caballeros hay en Francia é Inglaterra y creo que también la historia
completa de sus alianzas y servicios. Dejemos aquí nuestros caballos y
entremos con los escuderos.
Llegados al portal y al secretario regio, halláronle en animado coloquio
con un joven y elegante caballero, muy deseoso al parecer de conseguir
entrada en la abadía.
--¿Os llamáis Marvel? decía Roldán de Parington. Pues me parece que no
habéis sido presentado aún.
--Así es, contestó el otro. Aunque sólo llevo veinticuatro horas en
Burdeos, no he querido diferir la presentación de mis respetos á Su
Alteza.
--Que no deja de tener otros muchos y muy graves asuntos á que atender.
Pero siendo Marvel por fuerza pertenecéis á los Marvel de Normanton, y
así lo veo en efecto por vuestro blasón: sable y armiño.
--Marvel de Normanton soy, afirmó el joven tras un momento de
vacilación.
--En tal caso vuestro nombre es Esteban Marvel, hijo primogénito del
barón Guy del mismo apellido, muerto recientemente.
--El barón Esteban es mi hermano mayor, confesó en voz baja el noble y
yo soy Arturo, el segundo de mi casa y de mi nombre.
--¡Acabáramos! exclamó el implacable secretario. Y siendo ello así
¿dónde está en vuestro escudo el crestón que lo denote? ¿Para cuándo es
la media luna de plata que debería de llevar vuestro blasón para indicar
que no es el del jefe de la familia, sino el de un segundón? Retiraos,
señor mío y no esperéis ser presentado al príncipe hasta tener vuestro
escudo de armas muy en regla.
Retiróse confuso el noble, siguióle con la vista el secretario y notó
casi en seguida el estandarte con las cinco rosas encarnadas que tan
orgullosamente portaba el veterano Reno.
--¡Por mi nombre! exclamó Parington. Huéspedes tenemos hoy aquí á
quienes no hay que preguntar si los abona nobleza de primer orden. ¡Las
Rosas de Morel! ¡Y digo, la cabeza de jabalí de los Butrón! ¡Ah!
Pendones son esos que podrán estarse aquí en fila, esperando turno, pero
que han figurado y figurarán siempre en primera línea en los campos de
batalla. ¡Bienvenidos, señores! ¡Qué alegría la del canciller De Chandos
cuando vea y abrace á sus predilectos compañeros de armas! Por aquí,
caballeros. Vuestros escuderos son sin duda dignos del renombre de sus
señores. Á ver las armas. ¡Hola! aquí tenemos á un Clinton, de la
antigua familia de Hanson y á uno de los Pleyel, rancia nobleza sajona.
¿Y vos? Norbury. Los hay en Chesire y también en la frontera de Escocia.
Corriente, señores míos; vuestra admisión y presentación tendrán efecto
al instante.
Los pajes abrieron una puerta inmediata que daba entrada á un amplio
salón, en el que nuestros caballeros hallaron congregados á otros muchos
nobles que como ellos esperaban audiencia. En el testero fronterizo á la
puerta de entrada había otra guardada por dos hombres de armas. Abríase
á intervalos para dar paso á un funcionario que nombraba en alta voz al
noble designado por el príncipe.
Butrón y Morel tomaron asiento y Roger no tardó en distinguir entre los
grupos de apuestos caballeros á uno que hacia él se dirigía y á quienes
todos saludaban con respeto y miraban con evidente interés. Muy alto y
delgado, blanco el cabello y blancos también los desmesurados bigotes
que caían laciamente hacia el cuello, parecía conservar por su mirada de
águila, la viveza de sus ademanes y la gracia de su paso todo el vigor
de la juventud. Tenía el rostro lleno de cicatrices, señal indeleble,
algunas de tremendas heridas, que lo desfiguraban por completo;
faltábale además un ojo, y con tantas averías hubiera sido imposible
reconocer en él al bizarro doncel que cuarenta años antes había sido el
encanto de la corte inglesa por su valor, su fama y su presencia y el
caballero predilecto de las damas. Pero entonces como después seguía
siendo el canciller De Chandos honra y prez de la nobleza del reino, una
de sus mejores lanzas y el más respetado de sus caballeros, el héroe de
Crécy, Chelsea, Poitiers, Auray y de tántos otros combates como años
contaba su larga y gloriosa vida.
--¡Ah, por fin os encuentro, corazón de oro! exclamó Chandos abrazando
estrechamente al barón de Morel. Tenía noticias de vuestra llegada y no
he parado hasta dar con vos.
--Grande es el placer que me causa volver á ver al amigo querido y al
modelo de caballeros, dijo Morel devolviendo el abrazo.
--Y por lo que veo, añadió riéndose el de Chandos, en esta campaña
seremos tal para cual, porque á mí me falta un ojo y vos os habéis
tapado uno de los vuestros. ¡Bienvenido, Sir Oliver! No os había visto.
Entraremos á saludar al príncipe cuanto antes, pero os prevengo que si
hace esperar á tales caballeros es porque está ocupadísimo. Don Pedro de
Castilla por una parte, el rey de Aragón por otra, el de Navarra, que
cambia de parecer de la noche á la mañana, y luégo el enjambre de
señores gascones, añadió bajando la voz, con sus interminables
pretensiones, todo contribuye á que el príncipe no tenga una hora suya.
¿Cómo dejasteis á mi señora de Morel?
--Bien de salud, pero entristecido el ánimo. Mucho me encargó que os
saludara en su nombre.
--Soy siempre su caballero y su esclavo. ¿Y vuestro viaje?
--No pudiera desearlo mejor, contestó el barón. La mar algo alborotada,
pero tuvimos la suerte de avistar unas galeras piratas, á las que
dijimos dos palabras.
--¡Siempre afortunado, Morel! Ya nos contaréis la aventura esa. Pero
ahora, dejad aquí á vuestros escuderos, seguidme de cerca y creo que el
príncipe no vacilará en recibiros fuera de turno, cuando sepa qué par de
veteranos ilustres están haciendo antesala.
Los señores de Morel y Butrón siguieron al de Chandos, saludando á su
paso entre los grupos de nobles á muchos antiguos compañeros de armas.
CAPÍTULO XIX
ANTE EL DUQUE DE AQUITANIA
Aunque no de grandes dimensiones, la cámara del príncipe estaba
amueblada y decorada con tanto gusto como riqueza. En el testero, sobre
un estrado, dos regios sillones con dosel de terciopelo carmesí
esmaltado de flores de lis de plata. Sitiales tallados recubiertos de
damasco, tapices, alfombras y almohadones ricamente guarnecidos
completaban el mueblaje.
Ocupaba uno de los sillones del estrado un personaje de elevada estatura
y formas bien proporcionadas, pálido el rostro y cuya mirada algo dura
daba al semblante expresión un tanto amenazadora. Era éste Don Pedro de
Castilla. En el sillón de la izquierda se sentaba otro príncipe español,
Don Jaime, quien lejos de parecer aburrido como su compañero, mostraba
gran interés en cuanto le rodeaba y acogía con sonrisas y saludos á los
caballeros ingleses y gascones. Cerca de ambos y sobre el mismo estrado
ocupaba también un sitial más bajo el famoso Príncipe Negro, Eduardo,
hijo del soberano de Inglaterra. Vestido modestamente, nadie que no le
conociese hubiera soñado ver en él al vencedor de tantas y tan grandes
victorias, cuya fama llenaba el mundo. En su preocupado semblante se
reflejaba en aquellos momentos una expresión de enojo. Á uno y otro lado
del salón veíase triple fila de prelados y altos dignatarios de
Aquitania, barones, caballeros y cortesanos.
--Hé allí al príncipe, dijo Chandos al entrar. Los dos personajes
sentados detrás de él son los monarcas españoles para quienes, con la
ayuda de Dios y nuestro esfuerzo, vamos á conquistar respectivamente á
Castilla y Mallorca. Muy preocupado está Su Alteza, y no me asombra.
Pero el príncipe había notado su entrada y placentera sonrisa animó su
rostro.
--Innecesarios son esta vez vuestros buenos oficios, Chandos, dijo
levantándose. Estos valientes caballeros me son muy bien conocidos para
necesitar introductor. Bienvenidos á mi ducado de Aquitania sean Sir
León de Morel y Sir Oliver Butrón. No, amigos; doblad la rodilla ante el
rey mi padre en Windsor; á mí dadme vuestras manos. Bien llegáis, pues
cuento daros no poco que hacer antes de que volváis á ver vuestra tierra
de Hanson. ¿Habéis estado en España, señor de Butrón?
--Sí, Alteza, y lo que más recuerdo es aquella famosa y deliciosísima
olla podrida del país....
--¡Siempre el mismo, á lo que veo! exclamó el príncipe riéndose, lo
mismo que otros muchos caballeros. Pero descuidad, que una vez allí
trataremos de que obtengáis vuestro plato español favorito, preparado
con todas las reglas del arte. Ya ve Vuestra Alteza, continuó
dirigiéndose al rey Don Pedro, que no faltan entre nuestros caballeros
admiradores entusiastas de la cocina española. Pero, dicho sea en honor
de Sir Oliver, también sabe pelear con el estómago vacío. Bien lo probó
allá en Poitiers, cuando batallamos por dos días sin más alimento que
unos mendrugos de pan y unos tragos de agua cenagosa; y todavía recuerdo
cómo se lanzó en lo más recio del combate y de un solo tajo hizo rodar
por tierra la cabeza de un brillante caballero picardo.
--Porque se le ocurrió impedirme el paso á un carro cargado de víveres
que tenían los franceses, observó Sir Oliver, con gran risa de todos los
presentes.
--¿Cuántos reclutas me traéis? le preguntó el príncipe.
--Cuarenta hombres de armas, señor, contestó Sir Oliver.
--Y yo cien arqueros y cincuenta lanzas, dijo el señor de Morel; pero
cerca de la frontera navarra me esperan otros doscientos hombres.
--¿Qué fuerza es esa, barón?
--Una compañía famosa, llamada la Guardia Blanca.
Con gran sorpresa del barón, sus palabras fueron acogidas con unánime
carcajada. El mismo príncipe y los dos reyes extranjeros participaron de
la hilaridad general. El barón de Morel miró tranquilamente á uno y
otro lado, y fijándose por último en un fornido caballero de poblada
barba negra situado cerca de él y que se reía más ruidosamente que los
demás, se dirigió á él y tocándole el brazo le dijo:
--Cuando hayáis acabado de reíros no me negaréis la merced de una breve
entrevista, en lugar donde podamos entendernos cara á cara y espada en
mano....
--¡Calma, barón! exclamó Su Alteza. No busquéis querella al señor
Roberto Briquet, que tanta culpa tiene él como todos nosotros. La verdad
es que cuando entrasteis acabábamos de oir, y yo con enojo, noticias de
las fechorías cometidas por esa misma Guardia Blanca, tales y tántas que
juré ahorcar al capitán de esa compañía. Lejos estaba yo de hallarlo
entre los más valientes y escogidos de mis jefes. Pero mi juramento es
nulo, en vista de que acabáis de llegar de Inglaterra y ni sabéis lo que
ha hecho vuestra gente por aquí, ni es posible exigiros por ello asomo
de responsabilidad.
--Que yo sea ahorcado es cuestión de poca monta, señor, contestó al
punto el barón, si bien el género de muerte es menos noble de lo que yo
esperara. Pero lo esencial es que el príncipe de Inglaterra y modelo de
caballeros, no deje sin cumplir su juramento, por ninguna razón ni
pretexto....
--No insistáis, barón. Al oir hace poco á un vecino de Montaubán, que
nos refería los saqueos y depredaciones de esos foragidos, hice voto de
castigar duramente al que en realidad los manda hoy. Vos y el señor de
Butrón quedáis invitados á mi mesa y por lo pronto formáis parte de los
caballeros de mi séquito.
Inclináronse ambos nobles y siguiendo al señor de Chandos, llegaron al
extremo opuesto del salón, fuera de los apretados grupos de guerreros y
cortesanos.
--Muchos deseos tenéis de que os ahorquen, mi buen amigo, dijo Chandos,
y por vida mía, en tal caso lo mejor hubiera sido dirigiros al rey Don
Pedro, que no hubiera tardado en complaceros, atendido á que vuestra
Guardia Blanca se ha conducido en la frontera como una manada de lobos.
--No tardaré en meterlos en cintura, con el favor de San Jorge y una
buena cuerda para ahorcar á los más díscolos. Y ahora os ruego, noble
amigo, que me digáis los nombres de algunos de estos caballeros, pues
son muchas las caras desconocidas que me rodean. En cambio otras las
conozco desde que ciño espada.
--Mirad ante todo aquellos graves religiosos, inmediatos á los regios
asientos. Es uno el arzobispo de Burdeos y el otro el obispo de Agén.
Aquel caballero de la barba entrecana, que sin duda ha llamado vuestra
atención por su imponente figura y marcial aspecto, es Sir Guillermo
Fenton. Tengo la honra de compartir con él las funciones de la
Cancillería de Aquitania.
--¿Y los nobles situados á la derecha de Don Pedro?
--Son distinguidos capitanes españoles que han seguido al monarca en su
destierro, y entre ellos he de nombraros á Don Fernando de Castro, el
primero junto á las gradas, modelo de caballeros y tan hidalgo como
valiente. Frente á nosotros están los señores gascones, cuyo serio y
enojado aspecto revela el reciente disgusto que han tenido con Su
Alteza. El de elevada estatura y hercúleo cuerpo es Captal de Buch,
nombre que habréis oído con frecuencia, pues no hay en Gascuña más
famosa lanza. Habla con él Oliverio de Clisón, apellidado el
Pendenciero, pronto siempre á enconar los ánimos y atizar la discordia.
Una cuchillada en la mejilla izquierda os señalará al señor de Pomers, á
quien acompañan sus dos hermanos y les siguen en línea los señores de
Lesparre, de Rosem, de Albret, de Mucident y de la Trane. Tras ellos veo
numerosos caballeros procedentes del Limosín, Saintonges, Quercy, Poitou
y Aquitania, con el valiente Guiscardo de Angle en último término, el
del jubón púrpura y ferreruelo guarnecido de armiño.
--¿Qué de los caballeros situados á este lado del salón?
--Son todos ingleses, unos del séquito regio y otros, como vos,
capitanes de compañías auxiliares ó del ejército. Ahí tenéis á los
señores de Neville, Cosinton, Gourney, Huet y Tomás Fenton, hermano del
canciller Guillermo. Fijaos bien en aquel caballero de la nariz aguileña
y roja barba, que pone la mano sobre el hombro del capitán de moreno
rostro, dura mirada y modesto traje.
--Bien los veo, dijo el barón. Y juraría que ambos están más
acostumbrados á ceñir la armadura y repartir mandobles que á figurar
entre cortesanos en la regia cámara.
--Á otros muchos nos pasa lo mismo, Sir León, repuso Chandos, y bien
puedo asegurar que el mismo príncipe respira más á sus anchas en el
campo de batalla que en su palacio. Pero oid los nombres de aquellos dos
capitanes: Hugo Calverley y Roberto Nolles.
El señor de Morel se inclinó para contemplar á su sabor á tan famosos
guerreros; uno capitán de compañías auxiliares y guerrillero
incomparable; el otro paladín renombrado, que desde muy modesta posición
habíase elevado hasta ocupar el segundo lugar después de Chandos entre
las mejores lanzas inglesas, y conquistádose inmensa popularidad entre
los soldados de todo el ejército.
--Pesada mano la de Nolles en tiempo de guerra, continuó el señor de
Chandos. Á su paso por tierra enemiga deja siempre tras sí rastro
sangriento y en el norte de Francia llaman todavía "Ruinas de Nolles" á
los castillos desmantelados y pueblos destruídos que Sir Roberto dejó en
aquellas asoladas comarcas.
--Conozco su nombre y no me disgustaría romper una lanza con tan
principal y temido caballero, dijo el barón. Pero mirad, muy enojado
está el príncipe.
Mientras hablaban ambos nobles había recibido Guillermo el homenaje de
otros recién llegados y oído con impaciencia las propuestas de algunos,
por lo general aventureros, que ofrecían vender su espada y las
reclamaciones de no pocos negociantes y armadores de la ciudad,
perjudicados, según ellos, por los excesos de la soldadesca. De repente,
al oir uno de los nombres anunciados por el funcionario encargado de
presentar á los que solicitaban audiencia, levantóse apresuradamente el
príncipe y exclamó:
--¡Por fin! Acercaos, Don Martín de la Carra. ¿Qué nuevas y sobre todo
qué mensaje me traéis de parte de mi muy amado primo el de Navarra?
Era el recién llegado caballero de arrogante figura y majestuoso porte.
Su moreno rostro y negrísimos ojos, cabellos y barba indicaban su origen
meridional. Sobre el traje de corte llevaba luenga capa negra, de forma
y material muy diferentes de los usados en Francia é Inglaterra.
Adelantóse con mesurado paso y saludando profundamente, dijo:
--Mi poderoso é ilustre señor, Carlos, rey de Navarra, conde de Evreux y
de Champaña y señor del Bearn, me ordena saludar fraternalmente á su muy
amado primo Eduardo, príncipe de Gales, duque de Aquitania,
lugarteniente....
--¡Basta ya, Don Martín! interrumpió impacientemente el príncipe.
Conozco los títulos de vuestro soberano y ciertamente no ignoro los
míos. Decidme sin más preámbulos si se halla libre el paso por los
desfiladeros, ó si vuestro señor opta por faltar á la palabra que me dió
pocos meses há, en nuestra última entrevista.
--Mal podría el rey de Navarra faltar á su palabra, dijo el enviado
español con irritado acento. Lo único que mi ilustre soberano recaba es
la prolongación del plazo para el cumplimiento de lo pactado, así como
ciertas condiciones....
--¡Condiciones, aplazamientos! ¿Habla vuestro rey con el príncipe real
de Inglaterra ó con el preboste de una de sus villas? ¡Condiciones! Yo
se las dictaré bien pronto. Pero vamos á lo que importa. ¿Entiendo que
hallaremos cerrados los pasos de la cordillera?
--No, Alteza....
--¿Libres, entonces, y expedito el paso?
--No, Alteza, pero yo....
--¡Nada más digáis, Don Martín! Triste espectáculo en verdad el de tan
noble y respetable caballero abogando por causa tan mezquina. Sé lo que
ha hecho Carlos de Navarra, y cómo mientras con una mano recibía los
cincuenta mil soberanos de oro convenidos á cambio de dejarnos libre el
paso de la frontera, tendía la otra mano á Don Enrique el de Trastamara
ó al rey de Francia, recibiendo en ella rica compensación por
disputarnos la entrada. Pero juro por mi santo patrón que tan bien como
conozco yo á mi primo de Navarra me conocerá él á mí muy pronto.
¡Falso!...
--¡Señor, permitidme recordaros que si tales palabras fuesen
pronunciadas por otros labios que los vuestros, yo exigiría retractación
inmediata! dijo el de Carra, trémulo de indignación.
Don Pedro frunció el entrecejo y miró sañudo á su compatriota, pero el
príncipe inglés acogió aquellas palabras con aprobadora sonrisa.
--¡Bien, Don Martín! exclamó, ¡digno es de vos ese arranque! Decid á
vuestro rey que si cumple lo convenido entre nosotros, no tocaré una
piedra de sus castillos ni un cabello de sus súbditos; pero que de lo
contrario, os seguiré de cerca, llevando conmigo una llave que abrirá de
par en par cuantas puertas él nos cierre. Y ¡ay entonces de Carlos y ay
de Navarra!
Inclinóse después Su Alteza hacia los dos caudillos Nolles y Calverley,
que cerca tenía, y habló con ellos breves instantes. Ambos nobles
salieron inmediatamente de la cámara con altanero paso y gozosa sonrisa.
--Juro por los santos del Paraíso, continuó el príncipe, que así como he
sido aliado generoso, sabré ser también enemigo implacable. Vos,
Chandos, dad las órdenes oportunas para que el señor de la Carra sea
tratado y atendido cual lo merece por su rango y por sus prendas.
--Siempre bondadoso, observó Don Pedro.
--Aun con los que se le muestran tan altivos como acaba de hacerlo ese
enviado, añadió Don Jaime.
--Decid más bien que procuro ser siempre justo, repuso el príncipe
Eduardo. Pero aquí tengo noticias de interés para Vuestras Altezas; un
pliego de mi hermano el duque de Lancaster anunciándome su salida de
Windsor para traernos el refuerzo de cuatrocientas lanzas y otros tantos
arqueros. Tan luego mi esposa la duquesa recobre la salud, y espero que
no tardará mucho, emprenderemos nuestra marcha con la gracia de Dios,
para unirnos al grueso del ejército en Dax y poner á Vuestras Altezas en
posesión de sus estados.
Un murmullo de aprobación acogió aquellas palabras y el príncipe
contempló con satisfacción los rostros de todos aquellos capitanes,
ganosos de seguirle y distinguirse bajo sus banderas.
--El titulado rey de Castilla, Enrique de Trastamara, contra cuyas
fuerzas vamos á luchar, es un guerrero hábil y animoso y la campaña
proporcionará ocasión de conquistar lauros sin cuento. Á sus órdenes
tiene cincuenta mil soldados castellanos y leoneses, con más doce mil
hombres de armas de las compañías francesas que tiene á sueldo,
veteranos cuyo valor reconozco. También es un hecho la misión del sin
par Bertrán Duguesclín cerca del Duque de Anjou, para atraerlo á la
causa de Enrique y volver á España con tercios numerosos reclutados en
Bretaña y Picardía. Y probablemente lo hará como se propone, porque el
gran condestable es uno de los hombres de más prestigio y energía de
nuestra época. ¿Qué decís á ello, Captal? Duguesclín os venció en
Cocherel y esta campaña os ofrece la revancha.
El guerrero gascón acogió aquella alusión del príncipe con avinagrado
gesto y no hizo mejor gracia á los caballeros gascones que rodeaban á
Captal de Buch, pues les recordaba que la única vez que habían atacado á
las tropas francesas sin el auxilio de Inglaterra les había tocado en
suerte completa derrota.
--No es menos cierto, Alteza, dijo Clisón, que la revancha la hemos
obtenido ya, pues sin el concurso de las espadas gasconas no hubierais
hecho prisionero á Duguesclín en Auray, ni quizás roto las huestes del
rey Juan en Poitiers....
--Muy alto pretende picar el gallo gascón, y apenas levanta del suelo un
palmo, interrumpió un caballero inglés.
--Cuanto más pequeño el gallo mayores suelen ser los espolones, repuso
con fuerte voz Captal de Buch.
--Si no se los corta quien puede hacerlo, dijo el señor de Abercombe.
--Á osados y altaneros nos ganáis vosotros los ingleses, contestó el
capitán Roberto Briquet. Pero gascón soy, y vos, Abercombe, me daréis
cuenta de esas palabras.
--Cuando gustéis, dijo el otro volviéndole la espalda.
--Como vos me la daréis á mí, señor de Clisón, exclamó á su vez Sir
Vivián Bruce.
--Ocasión inmejorable, se oyó decir entonces al barón de Morel, para que
tan lucida lanza gascona como la del señor de Pomers me haga el honor de
cruzarse con la muy humilde mía.
Oyéronse en pocos instantes una docena de retos, que revelaban la mala
voluntad y los rencores existentes entre gascones é ingleses.
Gesticulaban furiosos los primeros, contestábanles los segundos con
impasible desprecio y en tanto el príncipe Eduardo los contemplaba en
silencio, secretamente complacido de presenciar aquella escena tan
conforme con su espíritu batallador. Sin embargo, la división entre sus
propios jefes ningún buen resultado podía darle y se apresuró á calmar
los ánimos.
--Haya paz, señores, ordenó extendiendo el brazo. Quienquiera de
vosotros que continúe tan tonta querella fuera de aquí, tendrá que darme
cuenta de ello. Necesito el concurso de todas vuestras espadas y no
permitiré que las volváis unos contra otros. Abercombe, Morel, Bruce
¿dudáis acaso del valor de los caballeros gascones?
--Eso no haré yo, contestó Bruce, pues demasiadas veces los he visto
pelear como buenos.
--Valientes son, sin duda, pero no hay temor de que nadie lo olvide
mientras tengan lengua para proclamarlo á todas horas, sin ton ni son,
dijo á su vez Abercombe.
--No os demandéis de nuevo, se apresuró á decir el príncipe. Si es de
gente gascona el decir en alta voz lo que piensan, tampoco falta quien
tache á los ingleses de fríos y taciturnos. Pero ya lo habéis oído,
señores de Gascuña; los mismos que acaban de tener con vosotros una
querella pueril os reconocen el valor y las dotes de todo honrado
caballero. Captal, Clisón, Pomers, Briquet, cuento con vuestra palabra.
--La tiene Vuestra Alteza, respondieron los gascones, aunque sin ocultar
que lo hacían de pésima gana.
--¡Y ahora, á la sala del banquete! prosiguió Eduardo. Ahoguemos hasta
el último recuerdo de esta contienda en unos cuantos frascos de buena
malvasía.
Volviéndose entonces hacia sus regios huéspedes, los condujo con toda
cortesía á los puestos de honor que les estaban reservados en la mesa
servida en la vecina estancia. Tras ellos siguieron los brillantes
caballeros de antemano invitados á la mesa del príncipe.
CAPÍTULO XX
DE CÓMO ROGER DESHIZO UN ENTUERTO Y TOMÓ UN BAÑO
Recordará el lector que Gualtero y Roger se habían quedado en la
antecámara, donde no tardó en rodearlos animado grupo de jóvenes
caballeros ingleses, deseosos de obtener noticias recientes de su país.
Las preguntas menudearon:
--¿Sigue nuestro amado soberano en Windsor?
--¿Qué nos decís de la buena reina Felipa?
--¿Y qué de la bella Alicia Perla, la otra reina?
--El diablo te lleve, Haroldo, dijo un alto y fornido escudero, asiendo
por el cuello y sacudiendo al que acababa de hablar. ¿Sabes que si el
príncipe hubiera oído la preguntilla esa te podría costar la cabeza?
--Y como está vacía poco perdería con ella el buen Haroldo.
--No tan vacía como tu escarcela, Rodolfo. Pero ¿qué demonios piensa el
mayordomo? Todavía no han empezado á poner la mesa.
--¡Pardiez! En todo Burdeos no hay doncel más hambriento. Si las
espuelas de caballero y los ricos cargos se ganasen con el estómago,
serías ya lo menos condestable.
--Pues digo, que si se ganasen empinando el codo, Rodolfito mío, te
tendríamos de canciller hace años.
--Basta de charla, exclamó otro, y que hablen los escuderos de Morel.
¿Qué se dice por Inglaterra, mocitos?
--Probablemente lo mismo que al salir de ella vosotros, contestó picado
Gualtero. Sin embargo, tengo para mí que no se hablaba ya tanto como
cuando andaban por allí muchos parlanchines....
--¡Hola! ¿Qué quiere decir eso, moderno Salomón?
--Averiguadlo si podéis.
--Medrados estamos con el paladín éste, que todavía no se ha quitado de
los zapatos el barro amarillo de los breñales de Hanson y ya viene
tratándonos de parlanchines.
--¡Qué gente tan lista la de esta tierra, Roger! dijo Gualtero con
sorna, guiñando el ojo á su amigo.
--¿Cómo debemos tomar vuestras palabras, señor mío?
--Tomadlas por donde podáis sin quemaros, respondió Gualtero.
--¡Otra agudeza!
--Gracias por el cumplido.
--Mira, Germán, lo mejor será que lo dejes, porque el escudero de Morel
es más despierto y más listo de lengua que tú.
--De lengua, lo concedo. ¿Y de espada? preguntó Germán.
--Punto es ese, observó Rodolfo, que podrá esclarecerse dentro de dos
días, la víspera del gran torneo.
--Poco á poco, Germán, exclamó entonces un escudero de rudas facciones,
cuyo robusto cuello y anchos hombros revelaban su fuerza. Tomáis los
insultos de esta gente con asombrosa calma, y yo no estoy dispuesto á
que me llamen parlanchín sin más ni más. El barón de Morel ha dado
pruebas repetidas de lo que puede y vale, pero ¿quién conoce á estos
caballeritos? Este otro ni siquiera chista. ¿Qué decís vos á ello?
Al pronunciar estas palabras posó su pesada mano sobre el hombro de
Roger.
--Á vos nada tengo que deciros, respondió el doncel procurando
contenerse.
--Vamos, este no es escudero, sino tierno pajecillo. Pero descuidad, que
vuestras mejillas tendrán menos colorete y más bríos vuestra mano antes
de que volváis á guareceros tras el guardapié de vuestra nodriza.
--De mi mano puedo deciros que está siempre pronta....
--¿Pronta á qué?
--Á castigar una insolencia, señor mío, replicó Roger, airado el rostro
y centelleante la mirada.
--¡Pero qué interesante se va poniendo el querubín éste! continuó el
rudo escudero. Vamos á ver si lo describo: ojos de gacela, piel
finísima, como la de mi prima Berta, y unos buclecillos tan luengos y
tan rubios... Al decir esto, su mano tocó el rizado cabello de Roger.
--Buscáis pendencia....
--¿Y aunque así fuera?
--Yo os diría que lo hacéis como un patán, y no como hombre bien nacido.
Os diría también que en la escuela de mi señor no se aprende á buscar un
lance por medio de tan groseros modos....
--¿Y cómo habéis aprendido á hacerlo vos, modelo de escuderos?
--No siendo brutal ni insolente, sino dirigiéndome á vos, por ejemplo,
para deciros cortésmente: "He resuelto mataros y espero que me hagáis la
merced de designar hora y lugar donde podamos vernos cara á cara y
espada en mano." Y tratándose de un escudero comedido y digno de ese
nombre, me quitaría el guante, como lo hago ahora y lo dejaría caer á
sus pies; pero teniendo que habérmelas con un destripaterrones como vos,
se lo lanzaría á la cara!
Y con toda su fuerza arrojó el guante al rostro burlón del escudero.
--¡Lo pagaréis con vuestra vida! rugió éste, blanco de ira.
--Si podéis quitármela, repuso Roger con entereza.
--¡Bravo, muchacho! exclamó Gualtero. Tente firme.
--Se ha portado como debía y puede contar conmigo, agregó Norbury,
escudero de Sir Oliver.
--Tú tienes la culpa de todo esto, Tránter, dijo Germán. ¿No andas
siempre buscando pendencia á los recien llegados? Pues ahí la tienes.
Pero sería una vergüenza que el asunto pasase á mayores. El mozo no ha
hecho más que contestar á una provocación con otra.
--¡Imposible! exclamaron algunos. ¡Tránter ha recibido un golpe! Tanto
valdría quedarse con una bofetada.
--¿Pues y los insultos de Tránter? ¿No empezó él por poner su mano en
los cabellos del otro? dijo Haroldo.
--Habla tú, Tránter. Ha habido ofensa por ambas partes y bien podrían
quedar las cosas como están.
--Todos vosotros me conocéis, dijo Tránter, y no podéis dudar de mi
valor. Que recoja su guante y reconozca que ha hecho mal, y no volveré á
hablar del asunto.
--Mala centella lo parta si tal hace, murmuró Gualtero.
--¿Lo oís, joven? preguntó Germán. El escudero ofendido olvidará el
golpe si le decís que habéis obrado precipitadamente.
--No puedo decir tal cosa, declaró Roger.
--Tened en cuenta que solemos poner á prueba el valor de los escuderos
recien llegados, para saber si debemos de tratarlos como amigos. Vos
habéis tomado esa prueba como ofensa mortal y contestado con un golpe.
Decid que lo sentís, y basta.
--No llevéis las cosas á punta de lanza, dijo entonces Norbury al oído
de Roger. Conozco al tal Tránter, que no sólo es superior á vos en
fuerza física sino muy hábil en el manejo de la espada.
Pero Roger de Clinton tenía en las venas noble sangre sajona, y una vez
irritado era muy difícil aplacarlo. Las palabras de Norbury que le
indicaban un peligro acabaron de afirmarlo en su resolución.
--He venido aquí acompañando á mi señor, dijo, y en la inteligencia de
que me rodeaban ingleses y amigos. Pero ese escudero me ha hecho un
recibimiento brutal y lo ocurrido es culpa suya. Pronto estoy á recoger
mi guante, mas ¡por Dios vivo! no sin que antes me pida él perdón por
sus palabras y ademanes.
--¡Basta ya! exclamó Tránter encogiéndose de hombros. Tú, Germán, has
hecho todo lo posible para sustraerlo á mi venganza. Lo que procede es
solventar la cuestión en seguida.
--Lo mismo digo, asintió Roger.
--Después del banquete hay consejo de jefes y tenemos lo menos dos horas
disponibles, dijo un escudero de cabellos grises.
--¿Y el lugar del combate?
--Desierto está el campo del torneo, y en él podemos....
--Nada de eso; ha de ser dentro de los límites de este edificio donde
reside la corte. De lo contrario, recaería sobre todos nosotros la
indignación del príncipe.
--¡Bah! Conozco yo un lugar inmejorable para tales lances, á la orilla
misma del río. Salimos de los terrenos de la abadía y tomamos por la
calle de los Apóstoles. En tres minutos estamos allí.
--Pues entonces -¡en avant!-, dijo Tránter, echando á andar con gran
prisa, seguido de numerosos escuderos.
Á orillas del Garona había una pequeña pradera limitada en dos de sus
extremos por altos paredones. El terreno formaba rápido declive al
acercarse al río, muy profundo en aquel punto, y los únicos dos ó tres
botes visibles estaban amarrados á gran distancia. En el centro del río
anclaban algunos barcos. Ambos combatientes se despojaron prontamente de
sus ropillas y birretes y empuñaron las espadas. En aquella época no se
conocía la etiqueta del duelo, pero eran muy frecuentes los encuentros
singulares como el que describimos, y en ellos, así como en las justas,
habíase conquistado el escudero Tránter una reputación que justificaba
sobradamente la amistosa advertencia de Norbury. Roger no había
descuidado por su parte el diario ejercicio de las armas y podía
considerársele como tirador no despreciable, ya que no de los primeros.
Grande era el contraste que ambos combatientes presentaban: moreno y
robusto Tránter, mostraba el velludo pecho y la recia musculatura de
hombros y brazos, en tanto que Roger, rubio y sonrosado, personificaba
la gracia juvenil. La mayor parte de los espectadores preveían una lucha
desigual, mas no faltaban dos ó tres lidiadores expertos que notaban con
aprobación la firme mirada y los ágiles movimientos del doncel.
--¡Alto, señores! exclamó Norbury apenas se cruzaron las espadas. El
arma de Tránter es casi un palmo más larga que la de su adversario.
--Toma la mía, Roger, dijo Gualtero de Pleyel.
--Dejad, amigos, respondió el servidor de Morel. Conozco bien el peso y
alcance de mi espada y estoy acostumbrado á ella. Nada importa la
desigualdad. ¡Adelante, señor mío, que pueden necesitarnos en la abadía!
La desmesurada tizona de Tránter dábale, en efecto, marcada ventaja.
Bien separados los pies y algo dobladas ambas rodillas, parecía pronto á
precipitarse de un salto sobre su enemigo, al cual presentaba la punta
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