--¿Y amainando velas? sugirió el barón. ¿No podríamos esperar la calma del mar y el viento? --No, una y otro no tardarían en arrojarnos contra las rocas. En treinta años que llevo á bordo no me he visto en lance igual. ¡Los santos del cielo se apiaden de nosotros! --Y muy particularmente confío yo en la protección del gran Santiago, en cuyo día hago voto de comerme otra carpa, además de la prometida ya para todos los días de vigilia del año.... Golvín miró en dirección de las dos galeras apresadas; veíaselas á gran distancia, ya saltando sobre las olas ya cayendo pesadamente entre ellas. --Si estuviesen más cerca, dijo el marino, todavía podríamos salvarnos. Por lo pronto, señor barón, convendría que os quitáseis la armadura, porque de un momento á otro podemos vernos en el agua. --No acepto el consejo, respondió el caballero. No se dirá que un noble se desarma voluntariamente porque le amenazan Eolo y Neptuno. Lo que haré será convocar sobre cubierta á la Guardia Blanca y aguardar con ella la buena ó mala suerte que el cielo nos depare. Pero ¿qué es aquello, maese Golvín? Por escasa que sea mi vista me parece no ser ésta la primera vez que contemplo aquellos dos promontorios, allá á la izquierda. --¡Por San Cristóbal bendito! exclamó el marino con voz gozosa y mirando ávidamente en la dirección indicada. ¡Es La Tremblade! ¡Y yo que creía no haber pasado de Olorón! Allí, frente á nosotros, está la desembocadura del Garona, y una vez pasada la barra habrá desaparecido el peligro. ¡Orza, muchachos! ¡Timón á babor! Movióse otra vez el botalón, el viento cogió las velas á estribor é impulsó el asendereado barco en la nueva dirección que le ofrecía tan inesperado refugio. De uno á otro extremo de la anchurosa ría formaban las olas movible barrera coronada de espuma que se extendía, por el norte, hasta un elevado pico y por el sud hasta una punta baja y arenosa. En el centro una pequeña isla contra la cual se estrellaban furiosas las olas. --Entre la isla y el promontorio hay un canal, dijo el capitán; me lo indicó el piloto del príncipe real en persona. Veremos si el -Galeón- obedece á mi mano, cargado de agua como vá y sumergido una braza más de lo que debiera. --Adelante, maese, exclamó el señor de Butrón; dos veces nos ha sido favorable la fortuna en los inminentes peligros de este día, y si nos protege ahora, hago voto al bendito Santiago de.... --Tened la lengua, Butrón amigo, que si seguís ofreciéndoos carpas acabaréis por atraernos la indignación del santo.... --Os ruego ordenéis á los soldados que se tiendan sobre cubierta y permanezcan inmóviles, dijo el capitán. Dentro de pocos minutos estaremos salvados ó habrá llegado nuestra última hora. Arqueros y hombres de armas obedecieron prontamente. Golvín se aferró al timón y miró fijamente á proa, por debajo de la hinchada vela mayor. Los dos jefes, inmóviles á popa, contemplaban también la temida barra. Por fin el -Galeón Amarillo- llegó á las rompientes, evitó los obstáculos y en cortos momentos, dejando atrás todo peligro, surcó las tranquilas aguas del Garona. CAPÍTULO XVIII DE CÓMO EL BARÓN HIZO VOTO DE PONERSE UN PARCHE Un viernes por la mañana, el veintinueve de Diciembre, dos días antes del de San Silvestre, ancló el -Galeón Amarillo- frente á la noble ciudad de Burdeos. Grandes fueron el interés y la admiración de Roger al contemplar desde á bordo el bosque de mástiles, los numerosos botes que cruzaban en todas direcciones y la hermosa ciudad extendida en forma de media luna á orillas del río, con sus altas torres y la multitud de edificios de arquitectura y colores variadísimos. Nunca en su tranquila vida había visto ciudad de igual importancia, ni contaba Inglaterra, con la sola excepción de Londres, otra que pudiera comparársele en extensión y riqueza. Á Burdeos llegaban por aquella época los productos de todas las fértiles comarcas bañadas por el Dordoña y el Garona; los tejidos del sud, las pieles de Guiena, los vinos del Medoc, para exportarlos después á Hull, Exeter, Dartmouth, Bristol ó Chester, en cambio de las lanas y lanillas inglesas. En Burdeos se hallaban también los famosos hornos de fundición y las forjas que habían dado á sus aceros universal renombre y con los cuales se forjaban las espadas y lanzas mejor templadas. Desde su galeón veía Roger el humo que despedían las altas chimeneas de las fundiciones y la brisa le llevaba de cuando en cuando el toque de los clarines que resonaba en las murallas de la plaza. --¡Hola, -mon petit-! dijo Simón acercándosele. Hete ya escudero hecho y derecho y en camino de calzarte muy pronto la espuela de oro, mientras que yo soy y seré sargento instructor de arqueros y nada más. Apenas me atrevo á seguir hablándote con la misma franqueza que cuando trincábamos en los mesones de nuestra tierra. Sin embargo, todavía puedo servirte de guía por estos rumbos, nuevos para tí y sobre todo en Burdeos, cuyas casas conozco una por una, tan bien como conoce el fraile las cuentas de su rosario. --Demasiado me conocéis también á mí, Simón, para creer que pueda yo menospreciar á un amigo como vos porque la fortuna parece sonreirme, contestó el doncel poniendo una mano sobre el hombro del veterano. Siento que hayáis pensado cosa semejante. --No, camarada, ni pensarlo siquiera. Fué una prueba para ver si seguías siendo el mismo, aunque no debí dudarlo un momento. --¿Dónde estaría yo hoy, á no haberos conocido en la venta de Dunán? Desde luego no hubiera ido al castillo de Monteagudo, ni sería escudero de nuestro valiente capitán, y probablemente no hubiera visto nunca á.... Aquí se detuvo ruborizándose, pero Simón no lo notó, absorto como estaba con sus propios recuerdos. --Buen mesón el del -Pájaro Verde- ¿eh? ¡Por el filo de mi espada! Peores cosas podría hacer que casarme con aquella ventera tan fresca y rolliza, cuando me llegue el día de trocar este coleto y la cota de malla por la ropilla de paño. --Pues yo creía que habíais dado palabra de casamiento á una muchacha de Salisbury. --Á tres, amigo Roger, á tres. Y mucho me temo no volver jamás á aquel pueblo, á fin de evitar un recibimiento más caluroso que el que pudieran hacerme tres escuadrones franceses en Gascuña.... Pero mira aquella gran torre donde flamea el estandarte de los leones de oro; es la bandera real inglesa, con la divisa de nuestro príncipe. El edificio es la abadía de San Andrés, y allí se hospeda con su corte hace más de un año. --¿Y aquella otra torre gris? --La iglesia de San Miguel, y á la izquierda la de San Remo. El caserón inmediato es el palacio de Berland. Mira también esas fuertes murallas, con tres poternas hacia el río y diez y seis en todo el circuito de tierra. --¿Y á qué el continuo sonar de tantos clarines? --Mal puede ser otra cosa, cuando casi todos los grandes señores de Inglaterra y Gascuña están aposentados detrás de esos muros y el que más y el que menos quiere que el clarín á su servicio se oiga tanto y tan frecuentemente como el de su vecino. Á fe mía que me recuerdan un campamento escocés por la zambra que arman éstos con sus gaitas. Allí avanza un grupo de pajes que van á dar de beber á los caballos. Cada uno de esos corceles indica la presencia de un caballero en Burdeos, porque tengo entendido que los hombres de armas y arqueros han marchado ya con dirección á Dax. --¡Simón! llamó el señor de Morel. Avisa á la gente que dentro de una hora estarán aquí las lanchas y que lo tengan todo listo para el desembarco. El arquero saludó y se dirigió apresuradamente á proa. Sir Oliver no tardó en reunirse á su amigo y ambos caballeros empezaron á pasear sobre cubierta, observando y comentando la vista de la ciudad. Vestía el barón un traje de terciopelo negro, con gorra redonda de igual material y color, y sujeto á ésta el guante de la baronesa, cubierto en parte por rizada pluma blanca. Con la modestia aparente del rico pero obscuro traje contrastaban los brillantes arreos de Sir Oliver, vestido á la última moda, con justillo, calzón y capa corta de terciopelo verde, acuchilladas de rojo las mangas y con birrete rojo también y de gran tamaño. Las puntas de su calzado, encorvadas -à la poulaine-, parecían amenazar las piernas del rechoncho caballero. --Una vez más nos vemos frente á esta puerta de honor que en tantas ocasiones nos ha franqueado el paso á los campos del combate y de la gloria, dijo el barón contemplando la ciudad con brillante mirada. Allí ondea el pabellón del príncipe y justo es que ante todo le rindamos homenaje. Ya veo dirigirse hacia aquí las lanchas que deben de conducirnos. --No es maleja la posada inmediata á la puerta del oeste, contestó el glotón, y bien pudiéramos aplacar el hambre antes de ir á saludar al príncipe, porque la mesa de éste, aunque cubierta de brocado y plata, no es gran cosa para gentes de mi apetito, ni Su Alteza tiene la menor simpatía por sus superiores.... --¿Sus superiores? --En la mesa y con el tenedor en la mano, quiero decir. Dios me libre de faltarle al respeto, pero le he visto sonreirse porque yo miraba por cuarta vez al trinchante un día que nos sirvieron caza soberbia. Y en cambio él me da lástima en la mesa, jugueteando con su cubilete de oro, en el que bebe cuando más un poco de vino aguado. Y os recuerdo lo del mesón, amigo, porque la guerra y la gloria no bastan á un cuerpo como el mío, ni es cosa de estrechar el cinto por la prisa de saludar á Su Alteza. --Casi todas las naves cercanas á la nuestra ostentan el escudo de algún noble, continuó el señor de Morel. Hé allí el de los Percy, é inmediatos los de Abercombe, Moreland, Bruce y tantos otros. Extraño sería que de tal reunión de bizarros caballeros no resultasen notables hechos de armas. Aquí está nuestra lancha, Butrón, y si es vuestro parecer iremos directamente á la abadía con nuestros escuderos, dejando á maese Golvín al cuidado de armas y bagajes y de su desembarque. Pronto quedaron instalados caballeros y escuderos en una de las lanchas y sus caballos en una barcaza prevenida al efecto. Apenas llegó el barón á tierra hincó la rodilla y elevó al cielo ferviente súplica. Después sacó de su pecho un pequeño parche negro y poniéndoselo sobre el ojo izquierdo lo ató firmemente, diciendo: --¡Por San Jorge y por mi dama! Hago voto de no descubrir este ojo hasta haber visto la tierra de España y realizado en ella un hecho de armas que redunde en honra de mi patria y de mi nombre. Así lo juro sobre mi espada y sobre el guante de mi dama. --Al veros y oiros me siento rejuvenecer veinte años, Morel, le dijo su amigo cuando hubieron montado y puéstose en camino hacia la Puerta del Mar. Pero, por merced, si un caballero cegato como vos se quita voluntariamente la mitad de la poca vista que le queda, no váis á distinguir un arquero inglés de un capitán español. Paréceme que no habéis andado muy cuerdo en la elección de vuestro voto. --Sabed, señor caballero, repuso el barón con voz imperiosa, que siempre veré lo bastante para distinguir la senda del deber y de la gloria, camino en el cual no necesito guía. --¡Medrados estamos, y no es mal humorcillo el que mostráis apenas llegado á tierra de Francia! exclamó Sir Oliver. Pero á bien que si me buscáis querella, y con vos no he de tenerla, aprovecharé la ocasión para dejaros solo y visitar una vez más la -Cabeza de Oro- aquí cercana, cuyos guisos de perdices adobadas han dejado en mí eterna remembranza. --No, amigo, dijo sonriente el barón. Nos conocemos y estimamos demasiado para reñir por palabra más ó menos, como dos pajecillos. Creedme, venid conmigo á saludar al príncipe y después buscaremos alojamiento y mesa; aunque tengo para mí que verá con pesar á tan buen servidor como vos trocar la mesa del príncipe por la de un figón. Pero ¿quién viene ahí? ¿No es ese caballero que nos saluda el señor Roberto Delvar? ¡Dios sea con vos, buen Roberto! Y aquí está también De Cheney. ¡Qué grato encuentro! Los cuatro caballeros continuaron juntos su camino, seguidos de Roger, Gualtero y Juan de Norbury, escudero de Sir Oliver. Tras ellos iban Reno y Verney, portaestandartes de Morel y Butrón. Norbury era un joven alto y seco, que cabalgaba erguido y sin mirar á derecha ni izquierda, como muy conocedor de la ciudad, donde ya había estado pocos años antes; pero Gualtero y Roger, llenos de curiosidad, lo escudriñaban todo, paseantes, calles, edificios y blasones, llamándose mutuamente la atención á cada instante hacia cuanto les rodeaba. El joven de Pleyel no se cansaba de oir la nueva lengua en que se expresaban los vendedores de los puestos ambulantes y los grupos de gentes del pueblo. --¿Pero has oído en tu vida cosa semejante? preguntaba á su compañero. Lo raro es que no se les haya ocurrido aprender el inglés y hablar como Dios manda, ahora que su tierra pertenece á la corona de Inglaterra. Y ¡por vida mía! que estas muchachas francesas valen un imperio. Mira esa moza del zagalejo azul. ¡Vaya un palmito! No es maravilla que el aspecto de la ciudad produjera profunda impresión en los que la contemplaban por vez primera. Rica, populosa, animadísima, Burdeos se hallaba entonces en su apogeo. Además de sus industrias, armerías y gran comercio, las prolongadas guerras que habían arruinado á tantas otras villas francesas la habían favorecido notablemente. En Burdeos se acaparaba y se vendía inmenso botín, procedente de batallas, saqueos y presas marítimas, cuyo producto en ella se gastaba casi totalmente. Además, la numerosa corte del Príncipe Negro allí instalada definitivamente, había atraído á multitud de nobles ingleses con sus familias y servidores, elemento fastuoso cuyo entretenimiento, fiestas y grandes gastos contribuían no poco á la prosperidad de la noble villa del Garona. Sin embargo, la reciente acumulación de fuerzas numerosas para la próxima expedición á España en auxilio de Don Pedro de Castilla contra su hermano bastardo Don Enrique de Trastamara, había producido gran escasez y carestía de provisiones y el Príncipe Negro acababa de enviar la mayor parte de sus tercios y escuadrones á la comarca de Dax, en Gascuña. Frente á la abadía de San Andrés se abría una gran plaza que á la llegada de nuestros caballeros estaba ocupada por multitud de gentes del pueblo atraídas por la curiosidad, soldados, religiosos, pajes y vendedores ambulantes. Algunos brillantes caballeros que se dirigían á la morada del príncipe cruzaban la plaza á intervalos, separando con dificultad los grupos de hombres, mujeres y chiquillos que se precipitaban á su paso. Las enormes puertas de roble y hierro estaban abiertas de par en par, indicando que el príncipe daba audiencia en aquel momento; y una veintena de arqueros apostados frente al edificio mantenía las turbas á debida distancia, no sin distribuir de cuando en cuando cintarazos sendos entre los curiosos más osados. En el ancho portal daban guardia dos caballeros armados de punta en blanco, calada la visera y apoyados en sus lanzas; y entre ellos, sentado á una mesa baja y atendido por dos pajes, se hallaba el secretario de Su Alteza, encargado de anotar en el registro que delante tenía el nombre y títulos de los nobles visitantes y en especial los de aquellos recién llegados á la corte. Era aquel personaje hombre de avanzada edad, cuyos largos cabellos y barba blancos le daban venerable aspecto, realzado por el amplio ropaje de color púrpura que lo cubría hasta los pies. --Ahí tenéis á Roldán de Parington, secretario regio, dijo el señor de Morel. Pobre del que trate de engañarle ó de contradecir sus notas y registros, porque es el hombre más versado que existe en asuntos genealógicos y tiene en la memoria los títulos y blasones de cuantos caballeros hay en Francia é Inglaterra y creo que también la historia completa de sus alianzas y servicios. Dejemos aquí nuestros caballos y entremos con los escuderos. Llegados al portal y al secretario regio, halláronle en animado coloquio con un joven y elegante caballero, muy deseoso al parecer de conseguir entrada en la abadía. --¿Os llamáis Marvel? decía Roldán de Parington. Pues me parece que no habéis sido presentado aún. --Así es, contestó el otro. Aunque sólo llevo veinticuatro horas en Burdeos, no he querido diferir la presentación de mis respetos á Su Alteza. --Que no deja de tener otros muchos y muy graves asuntos á que atender. Pero siendo Marvel por fuerza pertenecéis á los Marvel de Normanton, y así lo veo en efecto por vuestro blasón: sable y armiño. --Marvel de Normanton soy, afirmó el joven tras un momento de vacilación. --En tal caso vuestro nombre es Esteban Marvel, hijo primogénito del barón Guy del mismo apellido, muerto recientemente. --El barón Esteban es mi hermano mayor, confesó en voz baja el noble y yo soy Arturo, el segundo de mi casa y de mi nombre. --¡Acabáramos! exclamó el implacable secretario. Y siendo ello así ¿dónde está en vuestro escudo el crestón que lo denote? ¿Para cuándo es la media luna de plata que debería de llevar vuestro blasón para indicar que no es el del jefe de la familia, sino el de un segundón? Retiraos, señor mío y no esperéis ser presentado al príncipe hasta tener vuestro escudo de armas muy en regla. Retiróse confuso el noble, siguióle con la vista el secretario y notó casi en seguida el estandarte con las cinco rosas encarnadas que tan orgullosamente portaba el veterano Reno. --¡Por mi nombre! exclamó Parington. Huéspedes tenemos hoy aquí á quienes no hay que preguntar si los abona nobleza de primer orden. ¡Las Rosas de Morel! ¡Y digo, la cabeza de jabalí de los Butrón! ¡Ah! Pendones son esos que podrán estarse aquí en fila, esperando turno, pero que han figurado y figurarán siempre en primera línea en los campos de batalla. ¡Bienvenidos, señores! ¡Qué alegría la del canciller De Chandos cuando vea y abrace á sus predilectos compañeros de armas! Por aquí, caballeros. Vuestros escuderos son sin duda dignos del renombre de sus señores. Á ver las armas. ¡Hola! aquí tenemos á un Clinton, de la antigua familia de Hanson y á uno de los Pleyel, rancia nobleza sajona. ¿Y vos? Norbury. Los hay en Chesire y también en la frontera de Escocia. Corriente, señores míos; vuestra admisión y presentación tendrán efecto al instante. Los pajes abrieron una puerta inmediata que daba entrada á un amplio salón, en el que nuestros caballeros hallaron congregados á otros muchos nobles que como ellos esperaban audiencia. En el testero fronterizo á la puerta de entrada había otra guardada por dos hombres de armas. Abríase á intervalos para dar paso á un funcionario que nombraba en alta voz al noble designado por el príncipe. Butrón y Morel tomaron asiento y Roger no tardó en distinguir entre los grupos de apuestos caballeros á uno que hacia él se dirigía y á quienes todos saludaban con respeto y miraban con evidente interés. Muy alto y delgado, blanco el cabello y blancos también los desmesurados bigotes que caían laciamente hacia el cuello, parecía conservar por su mirada de águila, la viveza de sus ademanes y la gracia de su paso todo el vigor de la juventud. Tenía el rostro lleno de cicatrices, señal indeleble, algunas de tremendas heridas, que lo desfiguraban por completo; faltábale además un ojo, y con tantas averías hubiera sido imposible reconocer en él al bizarro doncel que cuarenta años antes había sido el encanto de la corte inglesa por su valor, su fama y su presencia y el caballero predilecto de las damas. Pero entonces como después seguía siendo el canciller De Chandos honra y prez de la nobleza del reino, una de sus mejores lanzas y el más respetado de sus caballeros, el héroe de Crécy, Chelsea, Poitiers, Auray y de tántos otros combates como años contaba su larga y gloriosa vida. --¡Ah, por fin os encuentro, corazón de oro! exclamó Chandos abrazando estrechamente al barón de Morel. Tenía noticias de vuestra llegada y no he parado hasta dar con vos. --Grande es el placer que me causa volver á ver al amigo querido y al modelo de caballeros, dijo Morel devolviendo el abrazo. --Y por lo que veo, añadió riéndose el de Chandos, en esta campaña seremos tal para cual, porque á mí me falta un ojo y vos os habéis tapado uno de los vuestros. ¡Bienvenido, Sir Oliver! No os había visto. Entraremos á saludar al príncipe cuanto antes, pero os prevengo que si hace esperar á tales caballeros es porque está ocupadísimo. Don Pedro de Castilla por una parte, el rey de Aragón por otra, el de Navarra, que cambia de parecer de la noche á la mañana, y luégo el enjambre de señores gascones, añadió bajando la voz, con sus interminables pretensiones, todo contribuye á que el príncipe no tenga una hora suya. ¿Cómo dejasteis á mi señora de Morel? --Bien de salud, pero entristecido el ánimo. Mucho me encargó que os saludara en su nombre. --Soy siempre su caballero y su esclavo. ¿Y vuestro viaje? --No pudiera desearlo mejor, contestó el barón. La mar algo alborotada, pero tuvimos la suerte de avistar unas galeras piratas, á las que dijimos dos palabras. --¡Siempre afortunado, Morel! Ya nos contaréis la aventura esa. Pero ahora, dejad aquí á vuestros escuderos, seguidme de cerca y creo que el príncipe no vacilará en recibiros fuera de turno, cuando sepa qué par de veteranos ilustres están haciendo antesala. Los señores de Morel y Butrón siguieron al de Chandos, saludando á su paso entre los grupos de nobles á muchos antiguos compañeros de armas. CAPÍTULO XIX ANTE EL DUQUE DE AQUITANIA Aunque no de grandes dimensiones, la cámara del príncipe estaba amueblada y decorada con tanto gusto como riqueza. En el testero, sobre un estrado, dos regios sillones con dosel de terciopelo carmesí esmaltado de flores de lis de plata. Sitiales tallados recubiertos de damasco, tapices, alfombras y almohadones ricamente guarnecidos completaban el mueblaje. Ocupaba uno de los sillones del estrado un personaje de elevada estatura y formas bien proporcionadas, pálido el rostro y cuya mirada algo dura daba al semblante expresión un tanto amenazadora. Era éste Don Pedro de Castilla. En el sillón de la izquierda se sentaba otro príncipe español, Don Jaime, quien lejos de parecer aburrido como su compañero, mostraba gran interés en cuanto le rodeaba y acogía con sonrisas y saludos á los caballeros ingleses y gascones. Cerca de ambos y sobre el mismo estrado ocupaba también un sitial más bajo el famoso Príncipe Negro, Eduardo, hijo del soberano de Inglaterra. Vestido modestamente, nadie que no le conociese hubiera soñado ver en él al vencedor de tantas y tan grandes victorias, cuya fama llenaba el mundo. En su preocupado semblante se reflejaba en aquellos momentos una expresión de enojo. Á uno y otro lado del salón veíase triple fila de prelados y altos dignatarios de Aquitania, barones, caballeros y cortesanos. --Hé allí al príncipe, dijo Chandos al entrar. Los dos personajes sentados detrás de él son los monarcas españoles para quienes, con la ayuda de Dios y nuestro esfuerzo, vamos á conquistar respectivamente á Castilla y Mallorca. Muy preocupado está Su Alteza, y no me asombra. Pero el príncipe había notado su entrada y placentera sonrisa animó su rostro. --Innecesarios son esta vez vuestros buenos oficios, Chandos, dijo levantándose. Estos valientes caballeros me son muy bien conocidos para necesitar introductor. Bienvenidos á mi ducado de Aquitania sean Sir León de Morel y Sir Oliver Butrón. No, amigos; doblad la rodilla ante el rey mi padre en Windsor; á mí dadme vuestras manos. Bien llegáis, pues cuento daros no poco que hacer antes de que volváis á ver vuestra tierra de Hanson. ¿Habéis estado en España, señor de Butrón? --Sí, Alteza, y lo que más recuerdo es aquella famosa y deliciosísima olla podrida del país.... --¡Siempre el mismo, á lo que veo! exclamó el príncipe riéndose, lo mismo que otros muchos caballeros. Pero descuidad, que una vez allí trataremos de que obtengáis vuestro plato español favorito, preparado con todas las reglas del arte. Ya ve Vuestra Alteza, continuó dirigiéndose al rey Don Pedro, que no faltan entre nuestros caballeros admiradores entusiastas de la cocina española. Pero, dicho sea en honor de Sir Oliver, también sabe pelear con el estómago vacío. Bien lo probó allá en Poitiers, cuando batallamos por dos días sin más alimento que unos mendrugos de pan y unos tragos de agua cenagosa; y todavía recuerdo cómo se lanzó en lo más recio del combate y de un solo tajo hizo rodar por tierra la cabeza de un brillante caballero picardo. --Porque se le ocurrió impedirme el paso á un carro cargado de víveres que tenían los franceses, observó Sir Oliver, con gran risa de todos los presentes. --¿Cuántos reclutas me traéis? le preguntó el príncipe. --Cuarenta hombres de armas, señor, contestó Sir Oliver. --Y yo cien arqueros y cincuenta lanzas, dijo el señor de Morel; pero cerca de la frontera navarra me esperan otros doscientos hombres. --¿Qué fuerza es esa, barón? --Una compañía famosa, llamada la Guardia Blanca. Con gran sorpresa del barón, sus palabras fueron acogidas con unánime carcajada. El mismo príncipe y los dos reyes extranjeros participaron de la hilaridad general. El barón de Morel miró tranquilamente á uno y otro lado, y fijándose por último en un fornido caballero de poblada barba negra situado cerca de él y que se reía más ruidosamente que los demás, se dirigió á él y tocándole el brazo le dijo: --Cuando hayáis acabado de reíros no me negaréis la merced de una breve entrevista, en lugar donde podamos entendernos cara á cara y espada en mano.... --¡Calma, barón! exclamó Su Alteza. No busquéis querella al señor Roberto Briquet, que tanta culpa tiene él como todos nosotros. La verdad es que cuando entrasteis acabábamos de oir, y yo con enojo, noticias de las fechorías cometidas por esa misma Guardia Blanca, tales y tántas que juré ahorcar al capitán de esa compañía. Lejos estaba yo de hallarlo entre los más valientes y escogidos de mis jefes. Pero mi juramento es nulo, en vista de que acabáis de llegar de Inglaterra y ni sabéis lo que ha hecho vuestra gente por aquí, ni es posible exigiros por ello asomo de responsabilidad. --Que yo sea ahorcado es cuestión de poca monta, señor, contestó al punto el barón, si bien el género de muerte es menos noble de lo que yo esperara. Pero lo esencial es que el príncipe de Inglaterra y modelo de caballeros, no deje sin cumplir su juramento, por ninguna razón ni pretexto.... --No insistáis, barón. Al oir hace poco á un vecino de Montaubán, que nos refería los saqueos y depredaciones de esos foragidos, hice voto de castigar duramente al que en realidad los manda hoy. Vos y el señor de Butrón quedáis invitados á mi mesa y por lo pronto formáis parte de los caballeros de mi séquito. Inclináronse ambos nobles y siguiendo al señor de Chandos, llegaron al extremo opuesto del salón, fuera de los apretados grupos de guerreros y cortesanos. --Muchos deseos tenéis de que os ahorquen, mi buen amigo, dijo Chandos, y por vida mía, en tal caso lo mejor hubiera sido dirigiros al rey Don Pedro, que no hubiera tardado en complaceros, atendido á que vuestra Guardia Blanca se ha conducido en la frontera como una manada de lobos. --No tardaré en meterlos en cintura, con el favor de San Jorge y una buena cuerda para ahorcar á los más díscolos. Y ahora os ruego, noble amigo, que me digáis los nombres de algunos de estos caballeros, pues son muchas las caras desconocidas que me rodean. En cambio otras las conozco desde que ciño espada. --Mirad ante todo aquellos graves religiosos, inmediatos á los regios asientos. Es uno el arzobispo de Burdeos y el otro el obispo de Agén. Aquel caballero de la barba entrecana, que sin duda ha llamado vuestra atención por su imponente figura y marcial aspecto, es Sir Guillermo Fenton. Tengo la honra de compartir con él las funciones de la Cancillería de Aquitania. --¿Y los nobles situados á la derecha de Don Pedro? --Son distinguidos capitanes españoles que han seguido al monarca en su destierro, y entre ellos he de nombraros á Don Fernando de Castro, el primero junto á las gradas, modelo de caballeros y tan hidalgo como valiente. Frente á nosotros están los señores gascones, cuyo serio y enojado aspecto revela el reciente disgusto que han tenido con Su Alteza. El de elevada estatura y hercúleo cuerpo es Captal de Buch, nombre que habréis oído con frecuencia, pues no hay en Gascuña más famosa lanza. Habla con él Oliverio de Clisón, apellidado el Pendenciero, pronto siempre á enconar los ánimos y atizar la discordia. Una cuchillada en la mejilla izquierda os señalará al señor de Pomers, á quien acompañan sus dos hermanos y les siguen en línea los señores de Lesparre, de Rosem, de Albret, de Mucident y de la Trane. Tras ellos veo numerosos caballeros procedentes del Limosín, Saintonges, Quercy, Poitou y Aquitania, con el valiente Guiscardo de Angle en último término, el del jubón púrpura y ferreruelo guarnecido de armiño. --¿Qué de los caballeros situados á este lado del salón? --Son todos ingleses, unos del séquito regio y otros, como vos, capitanes de compañías auxiliares ó del ejército. Ahí tenéis á los señores de Neville, Cosinton, Gourney, Huet y Tomás Fenton, hermano del canciller Guillermo. Fijaos bien en aquel caballero de la nariz aguileña y roja barba, que pone la mano sobre el hombro del capitán de moreno rostro, dura mirada y modesto traje. --Bien los veo, dijo el barón. Y juraría que ambos están más acostumbrados á ceñir la armadura y repartir mandobles que á figurar entre cortesanos en la regia cámara. --Á otros muchos nos pasa lo mismo, Sir León, repuso Chandos, y bien puedo asegurar que el mismo príncipe respira más á sus anchas en el campo de batalla que en su palacio. Pero oid los nombres de aquellos dos capitanes: Hugo Calverley y Roberto Nolles. El señor de Morel se inclinó para contemplar á su sabor á tan famosos guerreros; uno capitán de compañías auxiliares y guerrillero incomparable; el otro paladín renombrado, que desde muy modesta posición habíase elevado hasta ocupar el segundo lugar después de Chandos entre las mejores lanzas inglesas, y conquistádose inmensa popularidad entre los soldados de todo el ejército. --Pesada mano la de Nolles en tiempo de guerra, continuó el señor de Chandos. Á su paso por tierra enemiga deja siempre tras sí rastro sangriento y en el norte de Francia llaman todavía "Ruinas de Nolles" á los castillos desmantelados y pueblos destruídos que Sir Roberto dejó en aquellas asoladas comarcas. --Conozco su nombre y no me disgustaría romper una lanza con tan principal y temido caballero, dijo el barón. Pero mirad, muy enojado está el príncipe. Mientras hablaban ambos nobles había recibido Guillermo el homenaje de otros recién llegados y oído con impaciencia las propuestas de algunos, por lo general aventureros, que ofrecían vender su espada y las reclamaciones de no pocos negociantes y armadores de la ciudad, perjudicados, según ellos, por los excesos de la soldadesca. De repente, al oir uno de los nombres anunciados por el funcionario encargado de presentar á los que solicitaban audiencia, levantóse apresuradamente el príncipe y exclamó: --¡Por fin! Acercaos, Don Martín de la Carra. ¿Qué nuevas y sobre todo qué mensaje me traéis de parte de mi muy amado primo el de Navarra? Era el recién llegado caballero de arrogante figura y majestuoso porte. Su moreno rostro y negrísimos ojos, cabellos y barba indicaban su origen meridional. Sobre el traje de corte llevaba luenga capa negra, de forma y material muy diferentes de los usados en Francia é Inglaterra. Adelantóse con mesurado paso y saludando profundamente, dijo: --Mi poderoso é ilustre señor, Carlos, rey de Navarra, conde de Evreux y de Champaña y señor del Bearn, me ordena saludar fraternalmente á su muy amado primo Eduardo, príncipe de Gales, duque de Aquitania, lugarteniente.... --¡Basta ya, Don Martín! interrumpió impacientemente el príncipe. Conozco los títulos de vuestro soberano y ciertamente no ignoro los míos. Decidme sin más preámbulos si se halla libre el paso por los desfiladeros, ó si vuestro señor opta por faltar á la palabra que me dió pocos meses há, en nuestra última entrevista. --Mal podría el rey de Navarra faltar á su palabra, dijo el enviado español con irritado acento. Lo único que mi ilustre soberano recaba es la prolongación del plazo para el cumplimiento de lo pactado, así como ciertas condiciones.... --¡Condiciones, aplazamientos! ¿Habla vuestro rey con el príncipe real de Inglaterra ó con el preboste de una de sus villas? ¡Condiciones! Yo se las dictaré bien pronto. Pero vamos á lo que importa. ¿Entiendo que hallaremos cerrados los pasos de la cordillera? --No, Alteza.... --¿Libres, entonces, y expedito el paso? --No, Alteza, pero yo.... --¡Nada más digáis, Don Martín! Triste espectáculo en verdad el de tan noble y respetable caballero abogando por causa tan mezquina. Sé lo que ha hecho Carlos de Navarra, y cómo mientras con una mano recibía los cincuenta mil soberanos de oro convenidos á cambio de dejarnos libre el paso de la frontera, tendía la otra mano á Don Enrique el de Trastamara ó al rey de Francia, recibiendo en ella rica compensación por disputarnos la entrada. Pero juro por mi santo patrón que tan bien como conozco yo á mi primo de Navarra me conocerá él á mí muy pronto. ¡Falso!... --¡Señor, permitidme recordaros que si tales palabras fuesen pronunciadas por otros labios que los vuestros, yo exigiría retractación inmediata! dijo el de Carra, trémulo de indignación. Don Pedro frunció el entrecejo y miró sañudo á su compatriota, pero el príncipe inglés acogió aquellas palabras con aprobadora sonrisa. --¡Bien, Don Martín! exclamó, ¡digno es de vos ese arranque! Decid á vuestro rey que si cumple lo convenido entre nosotros, no tocaré una piedra de sus castillos ni un cabello de sus súbditos; pero que de lo contrario, os seguiré de cerca, llevando conmigo una llave que abrirá de par en par cuantas puertas él nos cierre. Y ¡ay entonces de Carlos y ay de Navarra! Inclinóse después Su Alteza hacia los dos caudillos Nolles y Calverley, que cerca tenía, y habló con ellos breves instantes. Ambos nobles salieron inmediatamente de la cámara con altanero paso y gozosa sonrisa. --Juro por los santos del Paraíso, continuó el príncipe, que así como he sido aliado generoso, sabré ser también enemigo implacable. Vos, Chandos, dad las órdenes oportunas para que el señor de la Carra sea tratado y atendido cual lo merece por su rango y por sus prendas. --Siempre bondadoso, observó Don Pedro. --Aun con los que se le muestran tan altivos como acaba de hacerlo ese enviado, añadió Don Jaime. --Decid más bien que procuro ser siempre justo, repuso el príncipe Eduardo. Pero aquí tengo noticias de interés para Vuestras Altezas; un pliego de mi hermano el duque de Lancaster anunciándome su salida de Windsor para traernos el refuerzo de cuatrocientas lanzas y otros tantos arqueros. Tan luego mi esposa la duquesa recobre la salud, y espero que no tardará mucho, emprenderemos nuestra marcha con la gracia de Dios, para unirnos al grueso del ejército en Dax y poner á Vuestras Altezas en posesión de sus estados. Un murmullo de aprobación acogió aquellas palabras y el príncipe contempló con satisfacción los rostros de todos aquellos capitanes, ganosos de seguirle y distinguirse bajo sus banderas. --El titulado rey de Castilla, Enrique de Trastamara, contra cuyas fuerzas vamos á luchar, es un guerrero hábil y animoso y la campaña proporcionará ocasión de conquistar lauros sin cuento. Á sus órdenes tiene cincuenta mil soldados castellanos y leoneses, con más doce mil hombres de armas de las compañías francesas que tiene á sueldo, veteranos cuyo valor reconozco. También es un hecho la misión del sin par Bertrán Duguesclín cerca del Duque de Anjou, para atraerlo á la causa de Enrique y volver á España con tercios numerosos reclutados en Bretaña y Picardía. Y probablemente lo hará como se propone, porque el gran condestable es uno de los hombres de más prestigio y energía de nuestra época. ¿Qué decís á ello, Captal? Duguesclín os venció en Cocherel y esta campaña os ofrece la revancha. El guerrero gascón acogió aquella alusión del príncipe con avinagrado gesto y no hizo mejor gracia á los caballeros gascones que rodeaban á Captal de Buch, pues les recordaba que la única vez que habían atacado á las tropas francesas sin el auxilio de Inglaterra les había tocado en suerte completa derrota. --No es menos cierto, Alteza, dijo Clisón, que la revancha la hemos obtenido ya, pues sin el concurso de las espadas gasconas no hubierais hecho prisionero á Duguesclín en Auray, ni quizás roto las huestes del rey Juan en Poitiers.... --Muy alto pretende picar el gallo gascón, y apenas levanta del suelo un palmo, interrumpió un caballero inglés. --Cuanto más pequeño el gallo mayores suelen ser los espolones, repuso con fuerte voz Captal de Buch. --Si no se los corta quien puede hacerlo, dijo el señor de Abercombe. --Á osados y altaneros nos ganáis vosotros los ingleses, contestó el capitán Roberto Briquet. Pero gascón soy, y vos, Abercombe, me daréis cuenta de esas palabras. --Cuando gustéis, dijo el otro volviéndole la espalda. --Como vos me la daréis á mí, señor de Clisón, exclamó á su vez Sir Vivián Bruce. --Ocasión inmejorable, se oyó decir entonces al barón de Morel, para que tan lucida lanza gascona como la del señor de Pomers me haga el honor de cruzarse con la muy humilde mía. Oyéronse en pocos instantes una docena de retos, que revelaban la mala voluntad y los rencores existentes entre gascones é ingleses. Gesticulaban furiosos los primeros, contestábanles los segundos con impasible desprecio y en tanto el príncipe Eduardo los contemplaba en silencio, secretamente complacido de presenciar aquella escena tan conforme con su espíritu batallador. Sin embargo, la división entre sus propios jefes ningún buen resultado podía darle y se apresuró á calmar los ánimos. --Haya paz, señores, ordenó extendiendo el brazo. Quienquiera de vosotros que continúe tan tonta querella fuera de aquí, tendrá que darme cuenta de ello. Necesito el concurso de todas vuestras espadas y no permitiré que las volváis unos contra otros. Abercombe, Morel, Bruce ¿dudáis acaso del valor de los caballeros gascones? --Eso no haré yo, contestó Bruce, pues demasiadas veces los he visto pelear como buenos. --Valientes son, sin duda, pero no hay temor de que nadie lo olvide mientras tengan lengua para proclamarlo á todas horas, sin ton ni son, dijo á su vez Abercombe. --No os demandéis de nuevo, se apresuró á decir el príncipe. Si es de gente gascona el decir en alta voz lo que piensan, tampoco falta quien tache á los ingleses de fríos y taciturnos. Pero ya lo habéis oído, señores de Gascuña; los mismos que acaban de tener con vosotros una querella pueril os reconocen el valor y las dotes de todo honrado caballero. Captal, Clisón, Pomers, Briquet, cuento con vuestra palabra. --La tiene Vuestra Alteza, respondieron los gascones, aunque sin ocultar que lo hacían de pésima gana. --¡Y ahora, á la sala del banquete! prosiguió Eduardo. Ahoguemos hasta el último recuerdo de esta contienda en unos cuantos frascos de buena malvasía. Volviéndose entonces hacia sus regios huéspedes, los condujo con toda cortesía á los puestos de honor que les estaban reservados en la mesa servida en la vecina estancia. Tras ellos siguieron los brillantes caballeros de antemano invitados á la mesa del príncipe. CAPÍTULO XX DE CÓMO ROGER DESHIZO UN ENTUERTO Y TOMÓ UN BAÑO Recordará el lector que Gualtero y Roger se habían quedado en la antecámara, donde no tardó en rodearlos animado grupo de jóvenes caballeros ingleses, deseosos de obtener noticias recientes de su país. Las preguntas menudearon: --¿Sigue nuestro amado soberano en Windsor? --¿Qué nos decís de la buena reina Felipa? --¿Y qué de la bella Alicia Perla, la otra reina? --El diablo te lleve, Haroldo, dijo un alto y fornido escudero, asiendo por el cuello y sacudiendo al que acababa de hablar. ¿Sabes que si el príncipe hubiera oído la preguntilla esa te podría costar la cabeza? --Y como está vacía poco perdería con ella el buen Haroldo. --No tan vacía como tu escarcela, Rodolfo. Pero ¿qué demonios piensa el mayordomo? Todavía no han empezado á poner la mesa. --¡Pardiez! En todo Burdeos no hay doncel más hambriento. Si las espuelas de caballero y los ricos cargos se ganasen con el estómago, serías ya lo menos condestable. --Pues digo, que si se ganasen empinando el codo, Rodolfito mío, te tendríamos de canciller hace años. --Basta de charla, exclamó otro, y que hablen los escuderos de Morel. ¿Qué se dice por Inglaterra, mocitos? --Probablemente lo mismo que al salir de ella vosotros, contestó picado Gualtero. Sin embargo, tengo para mí que no se hablaba ya tanto como cuando andaban por allí muchos parlanchines.... --¡Hola! ¿Qué quiere decir eso, moderno Salomón? --Averiguadlo si podéis. --Medrados estamos con el paladín éste, que todavía no se ha quitado de los zapatos el barro amarillo de los breñales de Hanson y ya viene tratándonos de parlanchines. --¡Qué gente tan lista la de esta tierra, Roger! dijo Gualtero con sorna, guiñando el ojo á su amigo. --¿Cómo debemos tomar vuestras palabras, señor mío? --Tomadlas por donde podáis sin quemaros, respondió Gualtero. --¡Otra agudeza! --Gracias por el cumplido. --Mira, Germán, lo mejor será que lo dejes, porque el escudero de Morel es más despierto y más listo de lengua que tú. --De lengua, lo concedo. ¿Y de espada? preguntó Germán. --Punto es ese, observó Rodolfo, que podrá esclarecerse dentro de dos días, la víspera del gran torneo. --Poco á poco, Germán, exclamó entonces un escudero de rudas facciones, cuyo robusto cuello y anchos hombros revelaban su fuerza. Tomáis los insultos de esta gente con asombrosa calma, y yo no estoy dispuesto á que me llamen parlanchín sin más ni más. El barón de Morel ha dado pruebas repetidas de lo que puede y vale, pero ¿quién conoce á estos caballeritos? Este otro ni siquiera chista. ¿Qué decís vos á ello? Al pronunciar estas palabras posó su pesada mano sobre el hombro de Roger. --Á vos nada tengo que deciros, respondió el doncel procurando contenerse. --Vamos, este no es escudero, sino tierno pajecillo. Pero descuidad, que vuestras mejillas tendrán menos colorete y más bríos vuestra mano antes de que volváis á guareceros tras el guardapié de vuestra nodriza. --De mi mano puedo deciros que está siempre pronta.... --¿Pronta á qué? --Á castigar una insolencia, señor mío, replicó Roger, airado el rostro y centelleante la mirada. --¡Pero qué interesante se va poniendo el querubín éste! continuó el rudo escudero. Vamos á ver si lo describo: ojos de gacela, piel finísima, como la de mi prima Berta, y unos buclecillos tan luengos y tan rubios... Al decir esto, su mano tocó el rizado cabello de Roger. --Buscáis pendencia.... --¿Y aunque así fuera? --Yo os diría que lo hacéis como un patán, y no como hombre bien nacido. Os diría también que en la escuela de mi señor no se aprende á buscar un lance por medio de tan groseros modos.... --¿Y cómo habéis aprendido á hacerlo vos, modelo de escuderos? --No siendo brutal ni insolente, sino dirigiéndome á vos, por ejemplo, para deciros cortésmente: "He resuelto mataros y espero que me hagáis la merced de designar hora y lugar donde podamos vernos cara á cara y espada en mano." Y tratándose de un escudero comedido y digno de ese nombre, me quitaría el guante, como lo hago ahora y lo dejaría caer á sus pies; pero teniendo que habérmelas con un destripaterrones como vos, se lo lanzaría á la cara! Y con toda su fuerza arrojó el guante al rostro burlón del escudero. --¡Lo pagaréis con vuestra vida! rugió éste, blanco de ira. --Si podéis quitármela, repuso Roger con entereza. --¡Bravo, muchacho! exclamó Gualtero. Tente firme. --Se ha portado como debía y puede contar conmigo, agregó Norbury, escudero de Sir Oliver. --Tú tienes la culpa de todo esto, Tránter, dijo Germán. ¿No andas siempre buscando pendencia á los recien llegados? Pues ahí la tienes. Pero sería una vergüenza que el asunto pasase á mayores. El mozo no ha hecho más que contestar á una provocación con otra. --¡Imposible! exclamaron algunos. ¡Tránter ha recibido un golpe! Tanto valdría quedarse con una bofetada. --¿Pues y los insultos de Tránter? ¿No empezó él por poner su mano en los cabellos del otro? dijo Haroldo. --Habla tú, Tránter. Ha habido ofensa por ambas partes y bien podrían quedar las cosas como están. --Todos vosotros me conocéis, dijo Tránter, y no podéis dudar de mi valor. Que recoja su guante y reconozca que ha hecho mal, y no volveré á hablar del asunto. --Mala centella lo parta si tal hace, murmuró Gualtero. --¿Lo oís, joven? preguntó Germán. El escudero ofendido olvidará el golpe si le decís que habéis obrado precipitadamente. --No puedo decir tal cosa, declaró Roger. --Tened en cuenta que solemos poner á prueba el valor de los escuderos recien llegados, para saber si debemos de tratarlos como amigos. Vos habéis tomado esa prueba como ofensa mortal y contestado con un golpe. Decid que lo sentís, y basta. --No llevéis las cosas á punta de lanza, dijo entonces Norbury al oído de Roger. Conozco al tal Tránter, que no sólo es superior á vos en fuerza física sino muy hábil en el manejo de la espada. Pero Roger de Clinton tenía en las venas noble sangre sajona, y una vez irritado era muy difícil aplacarlo. Las palabras de Norbury que le indicaban un peligro acabaron de afirmarlo en su resolución. --He venido aquí acompañando á mi señor, dijo, y en la inteligencia de que me rodeaban ingleses y amigos. Pero ese escudero me ha hecho un recibimiento brutal y lo ocurrido es culpa suya. Pronto estoy á recoger mi guante, mas ¡por Dios vivo! no sin que antes me pida él perdón por sus palabras y ademanes. --¡Basta ya! exclamó Tránter encogiéndose de hombros. Tú, Germán, has hecho todo lo posible para sustraerlo á mi venganza. Lo que procede es solventar la cuestión en seguida. --Lo mismo digo, asintió Roger. --Después del banquete hay consejo de jefes y tenemos lo menos dos horas disponibles, dijo un escudero de cabellos grises. --¿Y el lugar del combate? --Desierto está el campo del torneo, y en él podemos.... --Nada de eso; ha de ser dentro de los límites de este edificio donde reside la corte. De lo contrario, recaería sobre todos nosotros la indignación del príncipe. --¡Bah! Conozco yo un lugar inmejorable para tales lances, á la orilla misma del río. Salimos de los terrenos de la abadía y tomamos por la calle de los Apóstoles. En tres minutos estamos allí. --Pues entonces -¡en avant!-, dijo Tránter, echando á andar con gran prisa, seguido de numerosos escuderos. Á orillas del Garona había una pequeña pradera limitada en dos de sus extremos por altos paredones. El terreno formaba rápido declive al acercarse al río, muy profundo en aquel punto, y los únicos dos ó tres botes visibles estaban amarrados á gran distancia. En el centro del río anclaban algunos barcos. Ambos combatientes se despojaron prontamente de sus ropillas y birretes y empuñaron las espadas. En aquella época no se conocía la etiqueta del duelo, pero eran muy frecuentes los encuentros singulares como el que describimos, y en ellos, así como en las justas, habíase conquistado el escudero Tránter una reputación que justificaba sobradamente la amistosa advertencia de Norbury. Roger no había descuidado por su parte el diario ejercicio de las armas y podía considerársele como tirador no despreciable, ya que no de los primeros. Grande era el contraste que ambos combatientes presentaban: moreno y robusto Tránter, mostraba el velludo pecho y la recia musculatura de hombros y brazos, en tanto que Roger, rubio y sonrosado, personificaba la gracia juvenil. La mayor parte de los espectadores preveían una lucha desigual, mas no faltaban dos ó tres lidiadores expertos que notaban con aprobación la firme mirada y los ágiles movimientos del doncel. --¡Alto, señores! exclamó Norbury apenas se cruzaron las espadas. El arma de Tránter es casi un palmo más larga que la de su adversario. --Toma la mía, Roger, dijo Gualtero de Pleyel. --Dejad, amigos, respondió el servidor de Morel. Conozco bien el peso y alcance de mi espada y estoy acostumbrado á ella. Nada importa la desigualdad. ¡Adelante, señor mío, que pueden necesitarnos en la abadía! La desmesurada tizona de Tránter dábale, en efecto, marcada ventaja. Bien separados los pies y algo dobladas ambas rodillas, parecía pronto á precipitarse de un salto sobre su enemigo, al cual presentaba la punta 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000