--Pues dádselas á la madre del arquero, ordenó el noble, poniendo al
trote su caballo, mientras Roger depositaba dos ducados en la mano de la
vieja, que olvidando su cólera invocó las bendiciones del cielo sobre el
barón, Tristán y sus compañeros.
Llegada la columna al río Léminton se dió la voz de alto para comer y
descansar, y antes de que el sol empezara su marcha hacia el ocaso
reanudaron la suya los soldados, entonando alegres canciones. Por su
parte el barón deseaba vivamente llegar al término de su viaje y á
tierra enemiga, para cruzar la espada y romper lanzas una vez más con
los adversarios de sus anteriores campañas. Pensando iba en ellas cuando
él y sus escuderos vieron venir por el camino á dos hombres que desde
luego llamaron toda su atención. El que iba delante era un ser raquítico
y deforme, cuyos alborotados cabellos rojos aumentaban el volumen de
una cabeza enorme; cruel y torva la mirada de los húmedos ojos, parecía
lleno de terror y tenía en la mano un pequeño crucifijo que alzaba en
alto, como mostrándolo á todos los pasantes. Iba tras él un sujeto alto
y fornido, con luenga barba negra, llevando al hombro una maza
claveteada que á intervalos alzaba sobre la cabeza del otro,
amenazándole de muerte.
--¡Por San Jorge, aventura tenemos! dijo el barón. Averigua, Roger, qué
gente es esa y por qué uno de los villanos así amenaza y espanta al
otro.
Pero no necesitó adelantarse el escudero, porque los dos hombres
siguieron andando y pronto llegaron á pocos pasos del barón. El que
llevaba el crucifijo se dejó caer entonces sobre la hierba y el otro
enarboló enseguida la pesada maza, con tal expresión de furor y odio que
en verdad parecía llegada la última hora del caído.
--¡Teneos! gritó el barón. ¿Quién sois y qué os ha hecho ese infeliz?
--No tengo que dar cuenta de mis actos á los viandantes que encuentro en
el camino, contestó secamente el desconocido. La ley me protege.
--No es esa mi opinión, dijo el noble, que si la ley os permite amenazar
con esa clava á un hombre indefenso, tampoco me ha de impedir á mí
poneros la espada al pecho.
--¡Por los clavos de Cristo, protejedme, buen caballero! exclamó en
aquel punto el del crucifijo, poniéndose de rodillas y tendiendo las
manos en ademán suplicante. Cien doblas tengo en el cinto y vuestras son
si matáis á mi verdugo.
--¿Cómo se entiende, tunante? ¿Pretendes comprar con oro el brazo y la
espada de un noble? Creyendo estoy, á fe mía, que eres tan ruin de alma
como de cuerpo y que tienes merecido el trato que recibes.
--Gran verdad decís, señor caballero, repuso el de la maza, que es éste
Pedro el Bermejo, salteador de caminos y con más de una muerte sobre la
conciencia, terror por muchos meses de Chester y toda la comarca. Una
semana hace que mató á mi hermano alevosamente, perseguíle con otros
vecinos míos y acosado de cerca se refugió en el monasterio de San Juan.
El reverendo prior no quiso entregármelo hasta que hube jurado respetar
la vida de este asesino mientras tenga en la mano el crucifijo que le
dió en prenda de asilo. He respetado mi juramento hasta ahora como buen
cristiano, pero también he jurado seguir al miserable hasta que caiga
rendido y matarlo como un perro, tan luego se le escape de las manos la
santa cruz que aun le protege.
El bandido rugió como una fiera, acercósele amenazante el otro con la
maza en alto y los espectadores de aquella escena los contemplaron algún
tiempo en silencio, alejándose después por el camino que llevaba la
columna.
CAPÍTULO XV
DE CÓMO EL GALEÓN AMARILLO SE HIZO Á LA VELA
Los soldados de Morel durmieron aquella noche en San Leonardo,
repartidos entre las granjas, graneros y dependencias de aquel poblado,
perteneciente, como tantos otros, á la rica abadía de Belmonte, que no
muy lejos quedaba. Roger volvió á ver con alegría el hábito blanco de
algunos religiosos allí aposentados y recordó conmovido sus años de vida
monástica al oir la campana de la capilla convocando á vísperas. Al
rayar el alba se embarcaron hombres de armas, arqueros y servidores en
anchas barcas que los esperaban en la ría del Lande y pasando frente al
pintoresco pueblo de Esbury llegaron á la rada de Solent y al puerto de
Lepe, donde debía de efectuarse su embarco en la galera del rey. En el
puerto vieron multitud de barcas y botes, y anclado á buena distancia un
buque de gran tamaño que se balanceaba sobre las espumosas olas.
--¡Dios sea loado! exclamó el barón. Nuestros amigos de Southampton han
cumplido su promesa y hé allí el galeón pintado de amarillo que nos
describían y ofrecían enviarnos á Lepe en sus últimas cartas.
--Amarillo canario, dijo Roger. Y á lo que parece, bastante grande para
recibir á bordo más soldados que semillas tiene una granada.
--De lo cual me alegro, observó Froilán, porque ó mucho me engaño ó no
haremos el viaje solos. ¿No véis allá á lo lejos, entre aquellas
casuchas de la playa, los colores de un gonfalón y el brillo de las
armas? Esos reflejos no proceden de remos de pescadores ni de ropilla de
villanos.
--Muy cierto es ello, contestó Gualtero. Mirad, allá va un bote lleno de
hombres de armas, con dirección á la nave. Tendremos compañía numerosa,
tanto mejor. Y por lo pronto nos dan la bienvenida; ved á los del pueblo
que vienen á recibirnos.
Grupos numerosos de hombres, mujeres y niños se dirigían al encuentro de
las barcas y agitaban desde la playa sombreros y pañuelos, lanzando
alegres exclamaciones y vitoreando al famoso capitán. Apenas saltaron á
tierra los arqueros de la primera barca, mandados por el sargento Simón,
se acercó á éste un obeso personaje ricamente vestido, que llevaba al
cuello gruesa cadena de oro de la que pendía sobre el pecho enorme
medalla del mismo metal.
--Sed bienvenido, alto y poderoso señor, dijo descubriendo una gran
calva y saludando profundamente á Simón. Sed bienvenido á nuestra ciudad
y aceptad nuestros humildes respetos. Dadme desde luego vuestras
órdenes, capitán ilustre, y decidme en qué puedo serviros, á vos y á
vuestra gente.
--Pues ya que tan atento lo ofrecéis, contestó Simón con sorna, por lo
que á mí toca me contentaré con un par de eslabones de esa cadena que
lleváis al cuello, que más gruesa no la he visto jamás, ni aun entre los
más opulentos caballeros de Francia.
--Sin duda os chanceáis, señor barón, repuso admirado el personaje, que
no era otro sino el corregidor de Lepe. ¿Cómo he de entregaros parte de
esta cadena, insignia del municipio de nuestra ciudad?
--Acabáramos, gruñó el veterano. Vos buscáis al barón de Morel, nuestro
valiente capitán, y allí lo tenéis, que acaba de desembarcar y monta el
caballo negro.
El corregidor contempló sorprendido al barón, cuya endeble apariencia
mal se avenía con la fama de sus proezas.
--Sois tanto más bienvenido, díjole después de repetir el respetuoso
saludo que antes había dirigido al taimado arquero, por cuanto esta leal
ciudad de Lepe necesita más que nunca defensores como vos y vuestros
soldados.
--¿Qué decís? Explicaos, exclamó el señor de Morel, esperando
atentamente la respuesta del funcionario.
--Lo que pasa, señor, es que el sanguinario pirata Cabeza Negra, uno de
los más crueles bandidos normandos, acompañado del genovés Tito Carleti,
ha aparecido últimamente por nuestras costas, saqueando, incendiando y
matando. Ni el valor de nuestro pueblo ni las vetustas murallas de Lepe
ofrecen protección suficiente contra tan temibles enemigos, y el día que
se presenten por aquí....
--Adiós Lepe, concluyó Gontrán el escudero, á media voz.
--¿Pero tenéis motivos para creer que atacarán vuestra villa? preguntó
el barón.
--Sin duda alguna. Las dos grandes galeras cargadas de piratas han
saqueado ya las vecinas poblaciones de Veymouz y Porland y ayer
incendiaron á Coves. Muy pronto nos tocará el turno.
--Pero es el caso, observó el señor de Morel poniendo su caballo en
dirección de las puertas de la ciudad, que el príncipe real nos espera
en Burdeos y por nada en el mundo quisiera verle en camino dejándome
rezagado. No obstante, os prometo dirigirme á Coves y hacer todo lo
posible para descubrir y castigar á esos bandidos por aquellas
cercanías, tratándolos de suerte que no piensen en nuevas expediciones
ni desembarcos.
--Mucho os agradecemos la oferta, repuso el magistrado, pero no veo cómo
podáis triunfar con vuestro único barco sobre las dos poderosas galeras
corsarias, al paso que con vuestros arqueros en los muros de Lepe fácil
os sería dar á los piratas una lección sangrienta.
--Ya os he dicho mis razones para no detenerme aquí. Y por lo que hace á
la desigualdad de fuerzas, creed que me infunde gran confianza el
aspecto de aquel galeón amarillo que allí me espera, y que con mi gente
á bordo no temeré los ataques de dos ni de tres barcos piratas. Hoy
mismo nos haremos á la vela.
--Perdonad, señor barón dijo entonces uno de los que acompañaban al
corregidor. Me llamo Golvín y soy capitán del -Galeón Amarillo-,
destinado á conduciros. Marino desde la infancia, he peleado á bordo de
barcos ingleses contra normandos y genoveses, bretones, españoles y
sarracenos, y os aseguro que la nave de mi mando es muy débil para
atacar corsarios. Lo único que conseguiréis si dáis con ellos será el
degüello de la mitad de vuestra gente y la perspectiva, para los que
sobrevivan, de ser vendidos como esclavos y pasar la vida remando en
galeras piratas ó moras.
--Pues no creáis, señor capitán, que me han faltado combates navales en
mi larga carrera de soldado, replicó el noble, y por lo mismo que el
castigo de esos bribones presenta dificultades tanto mayor es mi deseo
de vérmelas con ellos y sentarles la mano. Á pesar de vuestras palabras,
capitán, me parecéis marino experto y valeroso y creo que conmigo
ganaréis honra y provecho en esta empresa.
--He cumplido mi deber diciéndoos francamente lo que de ella opino, en
las condiciones en que váis á emprenderla, dijo Golvín, lisonjeado por
las palabras del barón. Pero ¡por Santa Bárbara! marino viejo soy y no
sé lo que es el miedo. Que nos hundamos ó no, contad conmigo. Á Coves os
he de llevar, y si á los amos del barco no les gusta el viaje, que
busquen otro capitán después del zafarrancho.
Tras el grupo de jefes y escuderos entraron en la población los soldados
de Morel, mezclados con multitud de gentes del pueblo en cuyos
semblantes se leía el contento que les causaba la llegada de aquellos
bizarros defensores. El tuno de Simón llevaba del brazo á dos robustas
muchachas, á las que juraba amor eterno, y entre las últimas filas
descollaba la elevada estatura de Tristán, en cuyo ancho hombro se
sentaba una chicuela pescadora de quince abriles, que un tanto asustada
asía con ambas manos el casco del gigante.
Pensativo cabalgaba el corregidor junto á su ilustre huésped y no notó
que un caballero de obesidad portentosa y rubicundo semblante se abría
paso entre las filas de curiosos y se dirigía precipitadamente á su
encuentro.
--¡Cómo se entiende, señor corregidor! gritó el recienllegado con
esfuerzo tal que se le amorató el rostro. ¿Dónde están las ostras y
almejas prometidas para la comida de hoy?
--Calmaos, Sir Oliver, dijo el magistrado. Es muy posible que mi
mayordomo y mi cocinero hayan olvidado los ostras ó no hayan podido
conseguirlas; pero no hay motivo para desesperarse por tal bicoca. No
faltará que comer.
--¿Bicoca? ¡Pues me gusta! Una comida sin ostras, sin una miserable
almeja. ¿Qué va á ser de mí? Nunca me hubierais convidado á vuestra
mesa....
--Vamos, quedaos siquiera un día sin ostras, amigo Oliver, exclamó el
barón riéndose, que si hoy habéis perdido vuestro plato favorito en
cambio volvéis á ver á un amigo, á un compañero de armas.
--¡Por San Martín! gritó el mofletudo personaje, olvidando toda su
cólera. ¡Vos, Sir León, el paladín del Garona! ¡Bienvenido seáis! Ah,
con vos se renueva la memoria de aquellos buenos tiempos. ¡Qué
aventuras, qué tajos y qué guerreros! ¿Os acordáis?
--Sí á fe mía. Felices días y gloriosos triunfos aquellos.
--Pero tampoco nos faltaron tribulaciones y pesares. ¿Recordáis lo que
nos pasó en Medoc?
--No sería gran cosa, buen Oliver; alguna escaramuza que tuvisteis y en
la que no tomé parte, pues recuerdo muy bien no haber desenvainado la
espada mientras en Medoc estuve....
--Siempre el mismo, furibundo Morel, fierabrás incorregible. No se trata
de dar ni recibir lanzadas y mandobles, sino de la calamidad
irremediable que nos sucedió en aquel figón, donde nos quedamos sin la
más apetitosa empanada de liebre que he visto en mi vida porque el bruto
del posadero, en lugar de sal, la llenó de azúcar. ¡Dios de justicia,
cómo olvidar tamaño desastre!
--¡Ja, ja, ja! Veo que también vos seguís siendo el mismo, Sir Oliver,
gastrónomo incomparable, cuyo apetito iguala á vuestro valor. ¡Oh, sí!
La posada de Medoc, en compañía de Lord Pomers y Claudio Latour, y
vuestra desesperación al ver perdido el guisado, y cómo perseguisteis al
mesonero espada en mano hasta la calle y quisisteis pegar fuego al
figón. ¡Ja, ja! Creedme, señor corregidor; mi amigo y compañero el noble
Oliver de Butrón es hombre peligroso cuando enristra la lanza y cuando
se queja su estómago, y lo mejor que podéis hacer es procurarle cuanto
antes esos mariscos que tanto anhela.
--Antes de una hora los tendrá en su plato, dijo el corregidor. Con la
alarma en que estamos no he podido pensar en nada y confieso que olvidé
por completo la promesa que hice anoche á vuestro noble amigo de
proporcionarle uno de sus platos favoritos. Pero supongo, señor de
Morel, que vos también honraréis mi pobre mesa.
--Mucho tengo que hacer todavía, contestó el barón, pues me propongo
embarcar á toda mi gente esta misma tarde. ¿Qué fuerza mandáis, Sir
Oliver?
--Cuarenta y tres hombres. Los cuarenta están borrachos perdidos y los
tres entre dos luces, pero los tengo á todos seguros á bordo.
--Pues bueno será que no beban un trago más, porque antes de que cierre
la noche me propongo darles tarea cumplida, lanzándolos con mi gente
sobre esos piratas normandos y genoveses de quienes habréis oído hablar.
--Y que llevan consigo buena provisión de caviar y finas especias de
Levante y otras golosinas apetitosas que me prometo gustar, dijo el
corpulento noble relamiéndose los labios. Sin contar el buen negocio que
puede hacerse con la venta de las especias sobrantes. Os ruego, señor
capitán, que cuando volváis á bordo mandéis á los marineros que echen un
cubo de agua sobre cuantos soldados de mi mando estén todavía
calamocanos.
Dejando á su noble amigo y á los personajes de la ciudad congregados
para el banquete, dirigióse el barón con su Guardia Blanca á la playa,
donde comenzó rápidamente el embarque de hombres, caballos y armas en
grandes barcas que los condujeron á bordo del galeón. Tanta prisa les
dió el barón y con tan buena maña los recibieron y acomodaron á bordo el
capitán y sus marinos, que se dió la señal de levar el ancla cuando el
señor de Butrón estaba todavía engullendo los delicados manjares que
cubrían la mesa del corregidor. No es de extrañar tanta presteza si se
recuerda que poco antes había embarcado el Príncipe Negro cincuenta mil
hombres en el puerto de Orvel, con caballos, artillería é impedimenta,
haciéndose la escuadra á la vela á las veinticuatro horas de comenzado
el embarque. En el último bote que dejó la playa de Lepe iban los dos
famosos capitanes, el barón León de Morel y el caballero Oliver de
Butrón, formando por su aspecto el mayor contraste imaginable. Seguíalos
otra barca llena de grandes piedras que el barón había ordenado llevar á
bordo. Poco después se hacía á la vela el enorme -Galeón Amarillo-,
enarbolando el pabellón morado con una imagen dorada de San Cristóbal en
su centro y saludado por las aclamaciones de la multitud que se agolpaba
en la playa. Más allá de Lepe se extendían los bosques de Hanson y tras
ellos las verdes colinas en línea no interrumpida, formando un paisaje
risueño y pintoresco.
--¡Juro por mis pecados que bien vale la pena de pelear y morir por
tierra tan hermosa! exclamó el barón, que de pie en la popa tenía fijos
los ojos en aquella costa fértil y poblada cual ninguna. Pero mirad
allí, Sir Oliver, entre aquellas rocas; ¿no os ha parecido ver á un
jorobado?
--Nada puedo ver, contestó el interpelado con melancólico acento, porque
con las prisas que vos nos dáis siempre que se trata de ir á romperse el
alma con alguien, tengo atragantada una ostra como el puño y no puedo
olvidar la botella de vino de Chipre que tuve que dejar sobre la mesa,
sin más que catarlo.
--Yo lo he visto, señor barón, dijo Froilán; el jorobado estaba sobre la
roca más alta, mirando nuestro barco, y desapareció de súbito.
--Su presencia confirma los buenos augurios que he observado hoy, repuso
el barón. Al dirigirnos á la playa cruzaron nuestro paso un religioso y
una mujer, y ahora divisamos un jorobado antes de perder de vista la
costa. Presagio dichoso. ¿Qué piensas tú de ello, Roger?
--No sé qué deciros, señor barón, contesto el doncel. Romanos y griegos,
con ser pueblos de gran ilustración, tenían completa fe en esos
augurios, pero no faltan entre los modernos pensadores y hombres de
ciencia muchos que consideran tales signos como vanos y pueriles.
--No diré yo tal, observó el señor de Butrón, recordando en aquel
momento otro de los desastres gastronómicos que tanto lamentaba. Los
presagios nunca fallan, y si no dígalo todo el ejército del príncipe
Eduardo, que allá en el paso de los Pirineos oyó de repente un trueno
formidable en medio del día, sin que una sola nube ocultase el azul del
cielo. Todos sabíamos lo que aquello significaba y que estábamos
amenazados de una gran calamidad; y en efecto, trece días después
desapareció de la puerta de mi tienda un soberbio cuarto de venado y mis
escuderos descubrieron que se habían agriado seis botellas de vino
bearnés que llevaba para mi mesa....
--Pues ya que de escuderos habláis, dijo el barón cuando cesó la risa
provocada por los recuerdos de Sir Oliver, debo decir á los míos que hoy
mismo tendrán brillante ocasión de acreditar su valor y de imitar el
ejemplo que les han dejado nobles antecesores. Id á la cámara,
muchachos, y traedme mi arnés; el señor de Butrón y yo nos armaremos
aquí, sobre cubierta, con vuestra ayuda. Después aprestaos vosotros, por
lo que pueda ocurrir y decid á los oficiales que tengan hombres y armas
dispuestos á la primera señal. ¿Quién de nosotros mandará en jefe, Sir
Oliver?
--Vos, amigo mío, vos. Yo soy guerrero viejo como vos y conozco mi
oficio, pero no puedo compararme con el gran capitán que fué un tiempo
escudero de Guillermo de Marny. Lo que hagáis estará bien hecho.
--Corriente y gracias. Vuestro pabellón ondeará en la proa y el mío á
popa. Os daré como vanguardia vuestros cuarenta hombres y otros tantos
arqueros míos. Cincuenta hombres más con mis escuderos formarán la
guardia de popa. Los demás en el centro y á los costados del barco, á
excepción de una docena armados de arcos y ballestas, que irán á las
cofas. ¿Qué os parece la distribución?
--Inmejorable. Pero aquí me traen mi armadura y el ponérmela es ya para
mí tarea larga y difícil.
Entretanto se notaba gran movimiento á bordo, los arqueros y hombres de
armas formaban en grupos sobre cubierta, examinando aquéllos sus arcos y
atendiendo á los consejos que les daban el sargento Simón y otros
veteranos, expertos en el manejo de la temible arma.
--Firmes, muchachos y que no se mueva nadie de donde yo lo ponga, iba
diciendo Simón de grupo en grupo. Mientras tengáis un buen arco en la
mano no hay pirata que se acerque. Y sobre todo, no olvidéis que en
cuanto se suelta una flecha ya debe estar la otra en la mano y en la
cuerda. Esta ha sido siempre la regla en la Guardia Blanca.
--Y digo yo, amigo Simón ¿no es también regla el dar á cada soldado
medio cuartillo de vino mientras espera á los piratas con el gaznate
seco? preguntó Tristán de Horla.
--Eso vendrá después, borrachín, pero ahora hay que ganarlo. Cada uno á
su puesto, que ó mucho me engaño ó apuntan por allí dos mástiles, tras
las Agujas de Coves.
Arqueros y hombres de armas se tendieron sobre cubierta, en cumplimiento
de las órdenes del barón. Cerca de la proa colgaba de una robusta lanza
el escudo de armas de Butrón, una cabeza negra de jabalí en campo de
oro, y en el centro de la proa Reno el veterano clavaba el estandarte
con las cinco rosas de Morel. Cubrían el centro de la nave los atezados
marinos de Southampton, gente aguerrida toda, armada con hachas de
abordaje, mazas y picas. Su jefe el capitán Golvín hablaba con el barón
á popa, escudriñando ambos el horizonte y vigilando el velamen y los dos
timoneles.
--Dad orden, dijo el barón, de que ningún soldado ni marino se deje ver
hasta que el clarín les mande tender los arcos. Conviene que esos
corsarios tomen al -Galeón- por un barco mercante de Southampton que
huye al descubrir sus naves.
--¡Allí están! ¿No lo dije yo? exclamó el capitán volviendo apresurado
junto al barón después de transmitir su orden. Ved las dos galeras
balanceándose plácidamente en la bahía exterior de Coves, y mirad
también en tierra, hacia el este, la humareda que levantan sus últimos
incendios. ¡Ah, perros! Ya nos han visto; las lanchas de los
incendiarios se apartan de la costa á todo remo, dirigiéndose á sus
galeras, que Dios confunda. ¡Y qué multitud á bordo! Parece aquello un
hormiguero. Os repito, señor barón, que la empresa pudiera muy bien
resultar superior á nuestras fuerzas. Esos buques piratas son de primer
orden y sus tripulantes gente desesperada, que lucha hasta morir.
--Pues amigo, os envidio la buena vista que tenéis, contestó el señor de
Morel con imperturbable calma, guiñando sus ojillos irritados. Por lo
pronto, hacedme la merced de decir á la gente que hoy no se da cuartel á
nadie. Tratándose de esas fieras, no quiero prisioneros. ¿Tenéis á bordo
un sacerdote ó un religioso?
--No, señor barón.
--No importa. La Guardia Blanca se puede pasar sin ellos, porque los
tengo á todos bien confesados desde Salisbury y maldito si han tenido
ocasión de cometer fechorías desde que emprendimos la marcha. Pero á la
verdad, lo siento por el contingente de Vinchester que manda mi noble
amigo de Butrón, pues según noticias y señales, es gente díscola y la
han corrido en grande estos días. Á ver, dad orden de que recen todos un
padrenuestro y un avemaría mientras esperan la señal de ataque.
No tardó en oirse el prolongado murmullo de todas aquellas preces,
dichas con singular recogimiento por arqueros, marinos y hombres de
armas tan devotos como valientes. Muchos de ellos sacaron cruces y
reliquias que besaron fervientemente, tendidos sobre cubierta y sin
mostrarse al enemigo.
El -Galeón Amarillo- había abandonado las aguas del Solent y se alejaba
de la costa á toda vela, cortando pesadamente las espumosas olas. En su
seguimiento se habían lanzado las dos naves piratas, pintadas de negro,
de corte estrecho y largo, que contrastaba con la mayor altura y rotunda
forma del galeón á que daban caza. Parecían dos lobos hambrientos en
seguimiento de su presa.
--Pero decidme, señor barón. Esos perros han visto ya el escudo y pendón
que llevamos á proa y popa y saben que tenemos dos nobles á bordo, dijo
Golvín.
--Ya había pensado yo en ello, pero no es de caballeros ni de jefes de
tropas reales el ocultar su presencia. Se dirán que os dirigís á Gascuña
y habéis recibido nobles pasajeros con destino al cuartel general de
nuestro príncipe. ¡Cómo acortan la distancia! Á juzgar por su aspecto y
el nuestro diríase que dos halcones se preparan á caer sobre inocente
paloma. Pero no es maravilla que nos alcancen tan pronto, con su triple
hilera de remos, al paso que nosotros sólo tenemos las velas. ¿Véis
alguna señal ó bandera á bordo de esos barcos?
--En la vela mayor del de la izquierda hay pintada una enorme cabeza
negra, respondió el capitán.
--Es la galera del cruel pirata normando y la primera vez que la ví fué
en Chelsea. También lo ví á él, -Cabeza Negra-, en medio del combate. Es
un gigante con la fuerza de seis hombres y los crímenes de sesenta sobre
la conciencia.
--Sólo á un bárbaro como él se le ocurriría entrar en combate con dos
infelices colgados de las vergas de su buque. ¿Los véis?
--Así es en efecto, replicó el barón. La Virgen de Embrún me concederá
la merced de ahorcarlo también á él dentro de pocas horas. ¿Qué insignia
es aquella en las velas del otro pirata?
--La cruz roja de Génova.
--Lo que prueba que tenemos allí al barbudo Tito Carleti, tan valiente y
casi tan malo como su compañero de piraterías. Ese genovés pretende que
no hay en el mundo arqueros ni soldados como los suyos y tenemos que
probarle lo contrario.
--Se lo probaremos, asintió el animoso capitán. Pero entre tanto, bueno
será que los arqueros y ballesteros escogidos de antemano suban á las
cofas disimulando su presencia y su número lo más posible. Las tres
anclas están ya en el centro del buque, con veinte pies de cable cada
una y sólidamente amarradas al palo mayor, con cuatro buenos marineros á
cargo de cada ancla. Según vuestras órdenes, diez hombres distribuídos á
lo largo de la cubierta, con pellejos llenos de agua, cuidarán de apagar
todo fuego que puedan producir las flechas incendiarias si las usan esos
bandidos. Las piedras están también en las cofas, y los arqueros se
encargarán de aplastar con ellas á cuanto grupo de piratas se les ponga
á tiro.
--Enviadles á más de las piedras cualquier otro objeto pesado que
tengáis á bordo, dispuso el barón.
--Pues en tal caso lo mejor será izarles á Sir Oliver, apuntó Gualtero.
--¡Brava ocasión para chanzas! dijo el señor de Morel, con mirada tal
que hizo temblar al escudero. Además, no se dirá que un servidor mío ha
hecho burla de un noble en mi presencia sin el debido correctivo.
Después de todo, continuó reprimiendo con trabajo una sonrisa, demasiado
sé que ha sido esa una chanza de muchacho, sin intención aviesa. Sin
embargo, Gualtero, debo á vuestro padre Carter de Pleyel el ordenaros
que procuréis refrenar la lengua.
--Ataque por babor y estribor á la vez, exclamó el capitán Golvín,
viendo separarse los dos barcos enemigos. El normando tiene á proa un
pedrero y se preparan á disparar.
--Á ver, Simón, tres arqueros, los mejores que tengas, ordenó el barón;
que elijan los arcos más poderosos que haya á mano y den una lección á
los artilleros apenas crean que no perderán sus flechas.
--¡Arnoldo, Renato y Jaime, á popa! exclamó enseguida el veterano. Una
sangría al primer babieca que toque aquel pedrero. Trescientos cincuenta
pasos, á lo sumo. Arnoldo, hijo mío, tú el primero y á ver si te luces.
¿Ves el canalla aquel con la gorra roja? Pues á ensartarlo, antes de que
disparen.
Los tres arqueros nombrados, fija la mirada en la proa del barco
enemigo, tendían lentamente la cuerda de sus enormes arcos, sin cuidarse
ya de si los veían ó no los piratas. El numeroso grupo que éstos
formaban se había apartado del pedrero, dejando solos junto á él á dos
hombres encargados de dispararlo. El de la gorra roja se inclinó para
apuntar, abrió los brazos y cayó de bruces con una flecha clavada en el
costado. Casi en el mismo instante recibió el otro pirata un dardo en la
garganta y otro en una pierna y quedó retorciéndose sobre cubierta.
Al grito de furor de los piratas respondieron las carcajadas de los
arqueros.
--¡Bien, muchachos! gritó Simón. Pero ocultaos de nuevo tras la borda,
porque veo que han resuelto aprovechar la lección y tienden red de malla
para protegerse contra nuestras flechas. Que nadie asome. No tardaremos
en oir silbar las piedras de esos jayanes.
CAPÍTULO XVI
DEL COMBATE ENTRE EL GALEÓN AMARILLO Y LOS DOS PIRATAS.
El supuesto barco mercante y sus dos perseguidores se dirigían
rápidamente hacia el oeste, dejando al norte la costa de San Albano. No
se divisaba otra vela en todo el horizonte. Roger permanecía cerca del
timón, mirando las galeras enemigas y recibiendo de lleno en el rostro
la fuerte brisa del mar que agitaba su rizado cabello rubio. Digno
descendiente de tantos famosos guerreros sajones, su corazón latía con
violencia y hubiera deseado llegar á las manos con los piratas sin más
tardanza.
De pronto le pareció que una voz ronca le hablaba al oído, y volviéndose
prontamente dirigió al timonel una mirada interrogadora. El marino,
sonriente, señaló con el pie una gruesa saeta clavada profundamente en
un tablón á tres pasos de la cabeza de Roger. Pocos segundos después el
timonel cayó de bruces y Roger vió en su espalda el asta ensangrentada
de otra flecha. Inclinóse para levantar al infeliz y oyó el ruido de los
dardos que caían á bordo, semejante al que produce la lluvia de otoño
sobre las hojas secas del bosque.
--¡Redes de malla á popa! ordenó el barón.
--¡Y otro hombre al timón! dijo imperiosamente el capitán.
--Tú con diez arqueros entretén á los normandos, añadió el señor de
Morel dirigiéndose á Simón y que otros diez hombres de Sir Oliver hagan
lo mismo con los genoveses. No quiero revelarles todavía toda nuestra
fuerza.
Diez arqueros escogidos mandados por Simón se apostaron enseguida en el
lado de la popa por donde avanzaba el barco normando, y los tres
escuderos vieron con admiración la calma de aquellos veteranos en tales
momentos y la precisión con que obedecían las voces de mando, moviéndose
á la vez como si fueran un solo hombre. Sus compañeros, ocultos tras la
borda, no les escaseaban las chanzas y los consejos.
--Más alto, Fernán, más alto, que todavía no suben al abordaje. Pégate
al arco, Renato; no parece sino que le tienes miedo ó temes que la
cuerda te manche el coleto. Ten en cuenta el viento, y no desperdicies
flecha.
Entre tanto los dos pedreros enemigos habían tomado la ofensiva, bien
protegidos los servidores de ambas piezas por alta red de malla. La
primera piedra del genovés pasó silbando sobre las cabezas de los
arqueros y cayó al mar; la del pedrero normando mató un caballo y
derribó á varios soldados, otra abrió un boquete enorme en la vela del
-Galeón- y la cuarta dió en el centro de la proa y rebotando, arrojó al
agua dos hombres de armas de Butrón. El capitán miró fijamente al barón.
--Se mantienen á distancia, dijo, porque nuestros veinte arqueros les
han causado grandes pérdidas. Pero nos van á matar mucha gente con sus
pedreros.
--Pues una estratagema para que se acerquen, y el barón dió brevemente
sus órdenes.
Trasmitidas que fueron éstas, los arqueros empezaron á caer como si la
artillería y las flechas de los piratas causasen en ellos grandes
estragos. Muy pronto no quedaron más que tres arqueros por banda y los
barcos enemigos se acercaron rápidamente, con las cubiertas llenas de
una turba horrible que lanzaba gritos de triunfo y blandía sables,
hachas, puñales y picas.
--Acuden como peces al cebo, exclamó el barón. ¡Á ellos, soldados, á
ellos! El estandarte aquí, á mi lado, y los escuderos á defenderlo.
Tened las anclas listas para lanzarlas á bordo de esos condenados.
¡Suenen los clarines y Dios proteja nuestra causa!
Una aclamación unánime le respondió y las bordas del barco inglés
aparecieron repentinamente cubiertas de proa á popa por una doble línea
de cascos. La turba enemiga lanzó gritos de rabia, sobre todo al recibir
el nublado de flechas que lanzaron los arqueros ingleses en el centro
de aquella abigarrada multitud, compuesta de hombres de todas cataduras
y colores, normandos, sicilianos, genoveses, levantinos y moros. La
confusión á bordo de ambos piratas fué espantosa y grande la matanza,
pues los arqueros lanzaban sus flechas y dardos desde lo alto del enorme
-Galeón-, que dominaba las cubiertas enemigas. Además, en aquella masa
compacta, pronta al abordaje del que creían ser punto menos que
inofensivo buque mercante, no se perdía una sola flecha y los piratas
caían á montones, muertos ó heridos. En tanto los hombres de armas
destinados al efecto habían lanzado dos anclas á bordo de los buques
enemigos, para impedirles la retirada y las tres naves quedaron unidas
por doble lazo de hierro, cabeceando pesadamente.
Entonces empezó una de esas luchas frenéticas, sangrientas y heróicas,
no referidas por ningún historiador, no cantadas por ningún poeta, de
las que no queda otra señal ni monumento que una nación poderosa y feliz
y una costa no devastada por las depredaciones que un tiempo la
asolaran.
Los arqueros habían limpiado de enemigos la proa y popa de ambas
galeras, pero los piratas éstos atacaron en gran número el centro del
-Galeón-, cayendo con furia por ambos costados sobre los marinos y
hombres de armas y luchando con ellos cuerpo á cuerpo, en confusión tal
que los soldados y marineros situados en las cofas no se atrevían á
lanzar dardos ni peñascos, temerosos de herir y aplastar á sus propios
compañeros. En aquella masa confusa de hombres sólo se veía el brillo de
sables y hachas que caían con ruido estridente sobre cascos y armaduras,
derribando ingleses, genoveses y normandos, en medio de una gritería
espantosa, de un tumulto indescriptible. El gigante -Cabeza Negra-,
cubierto de hierro y con una tremenda maza, anonadaba á cuantos se
ponían á su alcance; cada golpe de su maza derribaba una víctima. Por
estribor se había lanzado al abordaje con no menos ímpetu el genovés
Carleti, bajo de estatura, pero cuyos anchos hombros, robusto cuerpo y
membrudos brazos denotaban su fuerza. Á la cabeza de cincuenta italianos
escogidos y bien armados se abrió paso casi hasta el mástil del barco
inglés y los marinos se vieron cogidos como entre dos muros de hierro
por sus fieros asaltantes, dando y recibiendo la muerte sin pedir
cuartel.
Pero en aquel instante supremo les llegó el auxilio que tanto
necesitaban. El señor de Butrón con sus hombres de armas y el barón
seguido de sus escuderos, de Reno, Simón, Tristán de Horla y otros
veinte, se lanzaron como leones contra las turbas que por ambos lados
habían invadido la cubierta y abriéndose sangriento paso llegaron á lo
más recio de la lucha. Roger no se apartó de su señor un solo momento y
aunque mucho había oído de sus proezas, nunca hasta entonces había
tenido idea de su valor, de su calma en el combate y de la presteza de
sus movimientos. Saltaba de uno á otro pirata, derribándolos de una
estocada ó un tajo, parando los golpes que le asestaban con el escudo y
la espada y llevando el terror entre sus enemigos. Uno de sus golpes
alcanzó á Tito Carleti, hiriéndolo en el cuello y por fin el mismo
-Cabeza Negra- resolvió concluir con aquel temible combatiente y
lanzándose á su encuentro alzó sobre él la pesada maza. Inclinóse el
barón para protegerse mejor con el escudo, al propio tiempo que paraba
los golpes del furioso genovés, pero en aquel instante resbaló en un
charco de sangre y cayó sobre cubierta. Roger atacó al gigante normando,
pero un golpe de la maza de éste hizo pedazos su espada y lo derribó
sobre un grupo de muertos y heridos. Iba -Cabeza Negra- á repetir el
golpe, cuando sintió su muñeca cogida como con unas tenazas de hierro y
vió á su lado á Tristán, el hercúleo arquero, que doblando hacia atrás
el cuerpo del normando, haciendo gala de su increíble fuerza, acabó por
romperle el brazo y tenderlo cuan largo era sobre las tablas del puente.
Una vez derribado le puso el puñal al rostro por entre las barras de la
visera y el temible pirata permaneció inmóvil, único modo de evitar la
muerte que tan de cerca le amenazaba.
Desalentados los normandos con la pérdida de su jefe y acosados de
cerca, volvieron la espalda y abandonaron el -Galeón-, saltando
atropelladamente sobre la cubierta de su barco, donde empezaron á
diezmarlos las flechas de los arqueros ingleses y los peñascos que desde
las cofas les lanzaban los marinos. Además, unido firmemente el barco
pirata al -Galeón- por el ancla de éste, pasaron á bordo del normando el
señor de Butrón y cincuenta veteranos, en persecución de los fugitivos.
Á estribor continuaba encarnizada la lucha. El genovés y sus secuaces
se defendían con vigor, retrocediendo paso á paso ante los furiosos
ataques del barón de Morel, Roger, Reno y sus arqueros. Carleti, ronco
de ira y de cansancio y cubierto de heridas de las que manaba la sangre
en abundancia, volvió á bordo de su buque con los piratas que le
quedaban, sin cesar de defenderse y perseguido por una docena de
ingleses que se lanzaron al abordaje de la galera. Entonces Carleti
abandonó de un salto á sus compañeros, corrió á lo largo de la cubierta
y regresando á bordo del -Galeón- cortó de un tajo el cable del ancla
que retenía á su barco. Hecho esto saltó de nuevo sobre la cubierta de
su galera, cuyos remeros empezaron á impelirla y apartarla del -Galeón-.
--¡San Jorge nos asista! gritó Gualtero de Pleyel. ¡El barón está en la
galera, peleando con los genoveses! ¡Se lo llevan!
--¡Está perdido! gritó á su vez Froilán de Roda. ¡Saltemos, Gualtero!
Ambos jóvenes, de pie sobre la borda del -Galeón-, se lanzaron al
espacio. El desgraciado Froilán cayó sobre los remos de la galera pirata
y desapareció entre las olas; más afortunado Gualtero, alcanzó la
cubierta del barco enemigo y se unió á los compañeros del barón. Roger
quiso seguir á sus dos amigos en defensa de su señor, pero Tristán de
Horla se lo impidió á la fuerza.
--¿Cómo has de dar ese salto de muerte, muchacho, si apenas puedes
sostenerte en pie? le dijo. Tienes la cabeza llena de sangre.
--¡Mi puesto está al lado del barón! rugió Roger, forcejeando
inútilmente.
--Quédate aquí, te digo, y te quedarás á las buenas ó á las malas.
Necesitarías alas para llegar á la galera. Esta se alejaba gradualmente.
--¡Mirad qué valor, cómo se defienden, cómo atacan! continuó Tristán
siguiendo los detalles de la lucha á bordo del pirata. Los nuestros han
limpiado la popa de enemigos y adelantan, con el barón á la cabeza.
¡Bravo Simón, buen golpe! Reno se bate como un tigre. El genovés, aunque
bandido, es un valiente, no hay que dudarlo. Ha conseguido reunir á su
gente en la proa.... ¡Por la Cruz de Gestas, ya cayó un arquero, y otro!
¡Maldito Carleti! Pero allá va el barón, á dar cuenta de él. ¡Mira,
Roger!
--El barón ha caído....
--No, una de sus tretas. Ahí lo tienes otra vez, más brioso que nunca,
¡Qué espada! El jefe pirata retrocede, cae, atravesado de parte á parte.
¡Viva, viva! Los otros huyen, se rinden. Allá va Simón. ¡Por vida de! Ya
arría la bandera de la cruz roja, ya iza la de Morel, las cinco
rosas.... ¡Viva!
La muerte de Tito Carleti puso fin á toda resistencia y su galera,
cambiando de bordada, se dirigió de nuevo hacia el -Galeón-, saludada
por los gritos de entusiasmo de los soldados. El barón y Sir Oliver no
tardaron en reunirse sobre la cubierta del barco inglés, y retirada el
ancla que lo aferraba á la galera del normando, se hicieron las tres
naves á la vela, á corta distancia una de otra. Roger, más débil á cada
momento que pasaba, oyó con admiración la voz tranquila del capitán que
seguía mandando la maniobra con tanta calma como lo había hecho durante
el combate.
--No deja de tener averías bastante graves nuestro pobre -Galeón-, dijo
Golvín al señor de Morel apenas pudo hablarle. La borda destrozada, la
vela mayor hecha trizas. ¿Qué dirán los armadores cuando me presente con
su barco en tan triste estado?
--Lo triste sería, dijo el barón, que fueseis vos á sufrir por causa
mía, sobre todo después de la faena de hoy y de vuestro brillante
comportamiento. Nada, os lleváis esas dos galeras como prueba de la
jornada y que las vendan los armadores. Con el importe se reembolsarán
de los perjuicios que haya sufrido el -Galeón Amarillo- y el resto que
lo guarden hasta mi regreso, para distribuirlo entre todos. No os
quejaréis de vuestra parte. Por la mía, debo á la Virgen del Priorato
una imagen de plata de diez libras por haberme otorgado la merced de
vencer y matar al pirata genovés, cuyo valor y pericia en el manejo de
las armas soy el primero en reconocer. ¿Y tú, Roger? ¿Herido?
--No es nada, dijo el doncel con voz débil, quitándose el casco que
conservaba claras señales de la poderosa maza del normando. Pero apenas
se hubo descubierto, la sangre inundó su rostro y cayó desvanecido.
--Pronto volverá en sí, dijo el noble después de examinarlo atentamente.
He perdido hoy un valiente escudero y mal puedo perder otro. ¿Cuántas
bajas hemos tenido, Simón?
--Nueve arqueros, siete marinos, once hombres de armas y vuestro
escudero el joven señor de Roda.
--¿Y el enemigo?
--Sólo queda con vida el jefe normando. Ahí está, bien agarrotado. Vos
dispondréis de él, señor barón.
--Ahórcalo sin tardanza. Hice el voto y hay que cumplirlo. Pero cuélgalo
de una verga de su propio barco, que tal fué mi promesa.
-Cabeza Negra-, aunque herido y con un brazo roto, se había mantenido de
pie junto á la borda, entre dos arqueros. Al oir las palabras del barón
se estremeció y su rostro se contrajo violentamente.
--¿Ahorcado, yo? exclamó en francés. ¿Muerte de villano, á mí?
--Pues según noticias, dijo el señor de Morel, vos ahorcabais á cuantos
caían vivos en vuestras manos, sin distinción de nobles ó plebeyos.
Además he hecho voto de colgaros.
--Soy señor de Andelys y corre por mis venas sangre real....
--Sois un pirata desalmado, replicó el barón volviéndole la espalda, á
tiempo que dos marineros asían á -Cabeza Negra- y le echaban el dogal al
cuello.
Al sentir la cuerda hizo el jefe pirata un esfuerzo supremo y rompió las
ligaduras que ataban sus manos, derribó á uno de los arqueros que le
guardaban y asiendo por la cintura con su único brazo sano al marinero
que sujetaba la cuerda, lo levantó y se arrojó con él al mar.
--¡Se ha escapado! gritó Simón, corriendo hacia el punto de la cubierta
por donde había desaparecido -Cabeza Negra-.
--Decid más bien que ha muerto, repuso el capitán. Ambos se han hundido
en las aguas como un plomo.
--No me pesa, dijo el barón; que si bien no he podido cumplir mi voto,
el tal pirata se ha portado como valiente en la lucha, ha muerto como
tal y hubiera sido lástima ahorcarlo cual si se tratara de uno de esos
menguados que lo acompañaban.
CAPÍTULO XVII
EN LA BARRA DEL GARONA
Por dos días navegó el -Galeón Amarillo- á velas desplegadas, impelido
por vientos favorables del nordeste, dejó atrás á Ouessant, punto más
occidental de Francia y al tercer día pasó frente á Bella Isla y avistó
algunos transportes que regresaban á Inglaterra. Los dos nobles hicieron
colgar sus escudos de armas al costado del barco y observaron con el
mayor interés las señales con que respondían los transportes y que les
indicaban los nombres de aquellos caballeros á quienes las enfermedades
ó las heridas hacían regresar á sus hogares en tan críticos momentos.
Por la tarde se notaron señales de próxima tempestad que alarmaron
profundamente al capitán Golvín, pues no sólo había perdido la tercera
parte de sus marineros sino que la mitad de los restantes estaban á
bordo de las dos galeras apresadas; y unido esto á las averías sufridas
por su propio barco, lo ponían en muy malas condiciones para arrostrar
las tempestades de aquella peligrosa costa. El viento sopló con
violencia toda la noche, imprimiendo al pesado transporte fuertes
balances. Roger, aunque debilitado por la pérdida de sangre, subió sobre
cubierta al despuntar el día, prefiriendo que lo mojaran las olas á
continuar encerrado en los estrechos y obscuros camarotes, nauseabundos
y llenos de ratas. Asido á una driza, contempló con emoción el
espectáculo del mar alborotado, cubierto de innumerables olas y
reflejando el negro color de las nubes. Las dos galeras apresadas
seguían al -Galeón- á corta distancia, luchando también con el viento y
las olas. Á la izquierda, entre la bruma, se veía la tierra de Francia,
aquella tierra donde sus antepasados habían derramado su sangre y
conquistado imperecedera gloria; Francia, patria de tantos famosos
caballeros, de tantas beldades, teatro de altos hechos inolvidables y
asiento de los grandes monumentos, del arte, el lujo y la riqueza. En
presencia de aquella costa francesa besó Roger el preciado velo que le
diera la bella Constanza de Morel, y besándolo hizo el juramento de
conquistar con su valor fama digna de tan noble dama, ó perecer en la
demanda. Sacóle de sus meditaciones la ronca voz del capitán, que
dominando el tumulto de los elementos, le gritó:
--Mal gesto tenéis, señor caballero, y no me extraña, que yo mismo con
haber navegado desde la infancia, no recuerdo haber visto nunca promesa
tan segura de una tempestad deshecha. Mal día y peor noche nos esperan.
--Otros eran mis pensamientos, dijo el escudero, muy ajenos á la
tempestad que nos amaga.
--Disponed de mí, si en algo puedo serviros. Pero hablando de
pensamientos, no son menos negros los que me asaltan al figurarme las
dificultades de mi viaje de vuelta; vientos contrarios, la vela mayor
partida en dos, muertos la tercera parte de mis marineros, y el barco
con averías y boquetes por todos lados. Creo que antes de llegar de
nuevo á Southampton hemos de vernos convertidos en arenques salados, á
juzgar por la cantidad de agua que espero embarcar en cuanto ponga la
proa á Inglaterra.
--¿Y qué dice á ello mi señor?
--Abajo está, ayudando á su amigo á descifrar blasones. Lo único que me
contesta es que no le hable de tales pequeñeces. ¡Pequeñeces! Pues ¿y
Sir Oliver? En cuanto le digo que me faltan marineros me contesta que
los guise á todos con salsa de Gascuña. Me dirigí á los arqueros. ¡Que
si quieres! Allá se están las horas muertas jugando á los dados,
presididos por el sargento Simón y Reno, y el gigantón cabeza roja que
le rompió el brazo al pirata. "Mirad que el -Galeón- éste se va á hundir
de un momento á otro," les digo. Y maldito lo que se les importa. "Esa
es cuenta vuestra, mal capitán," me dice uno. "Seis y blanco," gruñe
otro. Y ese Simón que Dios confunda acaba por mandarme al demonio.
¡Desde aquí se les oye, manada de tiburones!
En efecto, á pesar del rumor del viento y de las olas, llegaba hasta
ellos el eco de los juramentos y las carcajadas de los jugadores que
llenaban la proa.
--Si yo puedo ayudaros... propuso Roger.
--Bastante tenéis que hacer con cuidar vuestra averiada cabeza, ó lo que
de ella os queda gracias al capacete que aguantó lo mejor del golpe.
Pero cuanto puede hacerse por ahora está hecho; tapada con velas y
cables entrelazados la brecha de estribor, sólo falta ver lo que
sucederá cuando cambiemos de rumbo para evitar las rocas y bajíos de la
costa, á la cual nos vamos acercando demasiado. Aquí viene el barón y á
fe mía que llega á tiempo.
--No toméis á desaire mi distracción, maese Golvín, dijo el caballero,
andando con dificultad á consecuencia de los balances del barco. Estaba
muy preocupado con una difícil cuestión heráldica, sobre la cual
quisiera oir vuestra opinión, Roger. Se trata de los cuarteles del
escudo perteneciente á la familia de Sosire, cuyo jefe Sir Leiton es mi
tío, casado con la viuda de Sir Enrique Oglander, de Nunvel. La
delimitación de esos cuarteles ha sido cuestión muy debatida entre
cuantos entienden de blasones. ¿Qué tal vamos, capitán?
--Me preocupa el estado de la nave, señor barón. Tendremos que orzar muy
pronto y en cuanto lo intente empezará el pobre -Galeón- á embarcar
agua.
--¡Que llamen enseguida á Sir Oliver! gritó el barón.
Poco después llegaba á popa el obeso caballero, resbalando á cada paso,
agarrándose á la borda, á las drizas y á cuanto se le ponía á mano,
abotargado el rostro y maldiciendo su suerte.
--¿Qué barco es éste, señor capitán, exclamó entre dos balances, en el
que un honrado caballero no puede dar un paso sin exponerse á partirse
el alma? Si ha de continuar mucho tiempo esta danza, ponedme á bordo de
uno de esos piratas, que más saltarines que vuestra nave no pueden ser,
á buen seguro. Cuando ya no podía tenerme de debilidad, me senté ante un
frasco de malvasía y un jigote de carnero, y al primer bandazo se me
vino encima el frasco, poniéndome de perlas ropilla y calzas, y el guiso
fué á dar con salsa y todo en el santo suelo. Allá quedan mis pajes
corriendo tras él, como lebreles en seguimiento de una cierva. ¡Rayos
del cielo, qué galera ni qué tarasca!... Pero ¿me habéis llamado, amigo
Morel?
--Para oir vuestra opinión, desgraciado y hambriento caballero. Aquí
tenéis á maese Golvín temeroso de que si vira de bordo el -Galeón-
empezará á hacer agua.
--Pues que no vire, la cosa es clara. Y con vuestra venia, barón, me
vuelvo á ver qué hacen aquellos tunantes de pajes....
--Pero es que si no viramos iremos á dar en las rocas antes que os
sentéis de nuevo á la mesa, dijo el capitán.
--Pues entonces, virad, con mil de á caballo, gruñó el señor de Butrón.
¿Permitís, amigo barón?
En aquel instante se oyó la voz de los vigías: "¡Rocas á proa!" En el
centro de una ola enorme, á cien varas de distancia, aparecieron las
obscuras piedras de un arrecife, cubiertas de espuma. El capitán se
lanzó al timón y comenzó á dar voces de mando, los marineros practicaron
las maniobras sin perder momento, giró el botalón con prolongado
chirrido y el galeón cambió de rumbo, á cortísima distancia de los
amenazadores peñascos.
--No creo poder salvarlos á tiempo, rugió el capitán aferrado al timón.
¡San Cristóbal nos valga!
--Pues en tan gran peligro estamos, quiero que ondee mi pabellón sobre
cubierta, dijo el barón tranquilamente. Id á buscarlo, Roger, y clavadlo
aquí.
--Y yo, exclamó Sir Oliver, prometo á mi excelso patrón Santiago de
Compostela visitar su santuario allá en España, si me saca en bien de
este trance, y comerme una carpa más cada día de vigilia, durante un
año. ¡Cómo ruge el mar! ¿Qué decís, capitán?
--¡Pasamos, pasamos! gritó Golvín, fija la vista en las rompientes más
inmediatas á la proa. ¡Á la buena de Dios!
Siguieron unos momentos de espera y luégo se sintió en todo el barco el
roce de la quilla sobre las rocas. Una de éstas, cuya punta proyectaba
oblícuamente, raspó con fuerza el costado del casco, arrancándole largas
astillas. Un momento después el -Galeón Amarillo- completaba su
evolución, el viento hinchaba las velas y escapaban todos al gravísimo
peligro, huyendo de la amenazadora costa, entre las aclamaciones de
marineros y soldados.
--¡Dios sea loado! exclamó el capitán enjugando el sudor que le bañaba
la frente. No volveré á Southampton sin ofrecer un cirio de cinco libras
al buen San Cristóbal en la capilla del convento.
--Vaya, pues me alegro, comentó Sir Oliver, porque á la verdad prefiero
morir enjuto, por más que después de haber comido tanto pescado en esta
vida, sería muy justo que los peces me comiesen á mí. Y ya que de comer
se trata, á mi cámara me vuelvo....
--Esperad algo más, querido compañero, dijo el barón, porque si no he
entendido mal, escapamos de un peligro para caer en otro.
--¡Capitán! gritó en aquel momento el contramaestre ¡las olas se han
llevado las velas que cerraban el boquete de babor! ¡El barco hace agua!
Tras el contramaestre aparecieron corriendo muchos marineros, anunciando
que el agua inundaba el interior del barco y que los caballos estaban en
inmediato peligro. Obedeciendo las órdenes enérgicas de Golvín,
afianzaron velas sobre el boquete abierto en el costado, operación
dificilísima en aquellas circunstancias y que una vez terminada impidió,
aunque no totalmente, la entrada del agua. El -Galeón- se había hundido
bastante y las olas barrían la cubierta con frecuencia.
--No creo que resista en la dirección que llevamos, dijo el capitán,
pero si viro encallamos en la costa.
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