sorprendido soldado, que á duras penas pudo conservar el equilibrio.
Probemos otra vez.
Y volviendo al centro de la estancia fingió repetir su ataque anterior;
inclinóse Tristán para echarle mano, tomando así la actitud que deseaba
Simón, quien con rapidez increíble lo asió por ambas piernas, ó más bien
se lanzó contra ellas, obligando á Tristán á caer hacia adelante y sobre
las espaldas del arquero y de ellas de cabeza al suelo. Graves
consecuencias hubiera tenido el golpazo para nuestro exnovicio, á no
haberlo dado de lleno en la panza del malhadado pintor, que seguía
durmiendo la mona en su rincón, ajeno á cuanto en la venta ocurría.
Despertóse sobresaltado y dando grandes gritos, hiciéronle coro los
espectadores con sus carcajadas y bravos; pero sobre todo aquel
estrépito se oyeron las voces estentóreas del vencido atleta, pidiendo
que continuase la lucha.
--¡Otra vez, otra vez! ¡Venid, arquero y por San Pacomio que os he de
estrujar como un guiñapo!
--No en mis días, replicó Simón abrochando su coleto. Vencido estás en
buena lid y no eres tú falderillo con quien se pueda jugar á menudo y
sin riesgo.
--¿En buena lid, decís? Ha sido una trampa infame....
--No trampa, sino una jugarreta muy conocida de los luchadores franceses
y que añadirá un magnífico recluta á las filas de la Guardia Blanca.
--Cuanto á eso, repuso Tristán, no me pesa haber perdido, pues hace una
hora resolví irme con vos, que me placen vuestro talante y la vida de
soldado, para la que me creo nacido. Sin embargo, hubiera querido daros
una costalada y ganarme el cobertor de pluma.
--No lo dudo, -mon ami-, pero de tí depende buscarte un par de ellos
donde abundan y con tus propios puños. ¡Á tu salud! ¿Pero qué le pasa
al menguado ese, que tanto berrea?
Referíanse estas últimas palabras al dolorido pintor, que seguía sentado
en su rincón y poniendo el grito en el cielo. De repente se levantó y
mirando al corro con ojos espantados exclamó:
--¡Dios me valga! ¡No bebáis! La cerveza, el vino... ¡envenenados! y
llevándose ambas manos al vientre echó á correr, traspuso la puerta y
desapareció en la obscuridad, dejando á Simón, Tristán y demás bebedores
desternillándose de risa.
Poco después se retiraron á sus casas algunos de éstos y á sus no muy
blandos lechos los huéspedes de la tía Rojana. Roger, cansado de cuerpo
y espíritu, cayó pronto en profundo mas no sosegado sueño y se imaginó
presenciar ruidoso aquelarre en el que figuraban, á vueltas con sendas
brujas y trasgos, juglares, pordioseros, monjes, soldados y los muchos y
muy curiosos tipos congregados aquella noche en la posada del -Pájaro
Verde-.
CAPÍTULO VII
DE CÓMO LOS CAMINANTES ATRAVESARON EL BOSQUE
Al romper el alba estaba ya la buena ventera atizando el fuego en la
cocina, malhumorada con la pérdida de los doce sueldos que le debía el
estudiante de Exeter, quien aprovechando las últimas sombras de la noche
había tomado su hatillo y salido calladamente de la hospitalaria casa.
Los lamentos de la tía Rojana y el cacareo de las gallinas que
tranquilamente invadieron la sala común apenas abrió aquella la puerta
de la venta, no tardaron en despertar á los huéspedes. Terminado el
frugal desayuno, púsose en camino el físico, caballero en su pacífica
mula y seguido á corta distancia por el sacamuelas y el músico,
amodorrado éste todavía á consecuencia de los jarros de cerveza de la
víspera. Pero el arquero Simón, que había bebido tanto ó más que los
otros, dejó el duro lecho más alegre que unas castañuelas, cantando á
voz en cuello -Los Amores de Albuino-, trova muy popular á la sazón; y
después de besar á la patrona y de perseguir á la criada hasta el
desván, se fué al arroyo cercano, en cuyas cristalinas aguas sumergió
repetidas veces la cabeza, "como en campaña," según decía.
--¿Á dónde os encamináis esta mañana, moro de paz? preguntó á Roger
apenas le vió.
--Á Munster, á casa de mi hermano, donde permaneceré probablemente algún
tiempo, contestó Roger. Decidme lo que os debo, buena mujer.
--¿Lo que vos me debéis? exclamó la ventera, que contemplaba admirada la
muestra pintada por el joven la noche anterior. Decid más bien cuánto os
debo yo, señor pintor. ¡Este sí que es un pájaro y no un muñeco; venid
aquí, vosotros, y contemplad esta bella enseña!
--¡Calla, y tiene los ojos de color de fuego! exclamó la criada.
--Y unas garras y un pico que dan miedo, dijo Tristán.
--Miren el niño, y qué callado lo tenía, comentó el arquero. Es ese un
gran pájaro y una bonita enseña para vos, patrona.
Complacido quedó el modesto artista al oir aquellos espontáneos elogios,
y no menos al pensar que en la vida no todo eran rencores, luchas,
crímenes y engaño, sino que podía ofrecer también momentos de legítima
satisfacción. La ventera se negó redondamente á recibir un solo sueldo
de Roger por su hospedaje, y el arquero y Tristán lo sentaron á la mesa
entre ambos, invitándole á compartir su abundante almuerzo.
--No me sorprendería saber, dijo Simón, que también sabes leer
pergaminos, cuando tan listo eres con pinceles y colores.
--Gran vergüenza sería para mí y para los buenos religiosos de Belmonte,
que yo no supiera leer, contestó Roger. Como que he sido amanuense del
convento por cinco años, y á los monjes debo todo lo que sé.
--¡Este mozalbete es un prodigio! exclamó el arquero mirándole con
admiración. ¡Y sin pelo de barba y con esa cara de niña! Cuidado que yo
le pego un flechazo al blanco, por pequeño que sea y á trescientos
cincuenta pasos, cosa que no pueden hacer muchos y muy buenos arqueros
de ambos reinos; pero que me ahorquen si puedo leer mi nombre trazado
con esos garabatos que vosotros usáis. En toda la Guardia Blanca un solo
soldado sabía leer y recuerdo que se cayó en una cisterna durante el
asalto de Ventadour; lo que prueba que el leer y escribir no es para
hombres de guerra, por mucho que le pueda servir á un amanuense.
--También yo entiendo algo de letra, dijo Tristán con la boca llena; por
más que no estuve bastante tiempo con los monjes para aprenderlo bien,
que ello es cosa de mucho intríngulis.
--¿Sí? Pues aquí tengo yo algo que te permitirá lucirte, repuso el
arquero, sacando del pecho un pergamino que entregó á Tristán. Era un
delgado rollo, firmemente sujeto con una cinta de seda roja y cerrado
por ambos extremos con grandes sellos de igual color. El exnovicio miró
y remiró largo tiempo la inscripción exterior, contraídas las cejas y
medio cerrados los ojos.
--Como no he leído mucho estos días, acabó por decir, no estoy del todo
seguro de lo que aquí reza. Yo puedo creer que dice una cosa y otro
puede leer otra muy diferente. Pero á juzgar por lo largo de las líneas,
paréceme que se trata de unos versículos de la Biblia.
--No estás tu mal versículo, camarada, dijo Simón moviendo la cabeza
negativamente. Lo que es á mí no me haces creer que el señor Claudio
Latour, valiente capitán si los hay, me ha hecho cruzar el canal sin más
embajada que una salmodia. Pasa el rollo al mocito y apuesto un escudo á
que nos lo lee de golpe.
--Pues por lo pronto, esto no es inglés, dijo Roger apenas leyó algunas
palabras. Está escrito en francés, con muy primorosa letra por cierto, y
traducido dice así: "Al muy alto y muy poderoso Barón León de Morel, de
su fiel amigo Claudio Latour, Capitán de la Guardia Blanca, castellano
de Biscar, señor de Altamonte y vasallo del invicto Gastón, Conde de
Foix, señor de alta y baja justicia."
--¿Qué tal? dijo el arquero recobrando el precioso documento. Vales
mucho, chiquillo.
--Ya me figuraba yo que decía algo por el estilo, comentó Tristán, pero
me callé porque no entendí eso de alta y baja justicia.
--¡Vive Dios y qué bien lo entenderías si fueras francés! Lo de baja
justicia quiere decir que tu señor tiene el derecho de esquilmarte, y la
alta justicia lo autoriza para colgarte de una almena, sin más
requilorios. Pero aquí está la misiva que debo llevar al barón de Morel,
limpios quedan los platos y seco el jarro; hora es ya de ponernos en
camino. Tú te vienes conmigo, Tristán, y cuanto al barbilindo ¿á dónde
dijiste que ibas?
--Á Munster.
--¡Ah, sí! Conozco bien este condado, aunque nací en el de Austin, en la
aldehuela de Cando, y nada tengo que decir contra vosotros los de
Hanson, pues no hay en la Guardia Blanca arqueros ni camaradas mejores
que los que aprendieron á tirar el arco por estos contornos. Iremos
contigo hasta Munster, muchacho, ya que eso poco nos apartará de nuestro
camino.
--¡Andando! exclamó alegremente Roger, que se felicitaba de continuar su
viaje en tan buena compañía.
--Pero antes importa poner mi botín en seguridad y creo que lo estará
por completo en esta venta, de cuya dueña tengo los mejores informes.
Oid, bella patrona. ¿Véis esos fardos? Pues quisiera dejarlos aquí, á
vuestro cuidado, con todas las buenas cosas que contienen, á excepción
de esta cajita de plata labrada, cristal y piedras preciosas, regalo de
mi capitán á la baronesa de Morel. ¿Queréis guardarme mi tesoro?
--Descuidad, arquero, que conmigo estará tan seguro como en las arcas
del rey. Volved cuando queráis, que aquí habréis de hallarlo todo
intacto.
--Sois un ángel, -bonne amie-. Es lo que yo digo: tierra y mujer
inglesas, vino y botín franceses. Volveré, sí, no sólo á buscar mi
hacienda sino por veros. Algún día terminarán las guerras, ó me cansaré
yo de ellas, y vendré á esta tierra bendita para no dejarla más,
buscándome por aquí una mujercita tan retrechera como vos.... ¿Qué os
parece mi plan? Pero ya hablaremos de esto. ¡Hola, Tristán! Á paso
largo, hijos míos, que ya el sol ha traspuesto la cima de aquellos
árboles y es una vergüenza perder estas horas de camino. -¡Adieu, ma
vie!- No olvidéis al buen Simón, que os quiere de veras. ¡Otro beso!
¿No? Pues adiós, y que San Julián nos depare siempre ventas tan buenas
como ésta.
Hermoso y templado día, que convirtió en gratísimo paseo el camino de
los tres amigos hasta Dunán, en cuyas calles vieron numerosos hombres de
armas, guardias y escuderos de la escolta del rey y de sus nobles,
hospedados por entonces en el vecino castillo de Malvar, centro de las
reales cacerías. En las ventanas de algunas casas menos humildes y
destartaladas que las restantes se veían pequeños escudos de armas que
señalaban el alojamiento de un barón ó hidalgo de los muchos que no
había sido posible aposentar en el castillo. El veterano arquero, como
casi todos los soldados de la época, reconoció fácilmente las armas y
divisas de muchos de aquellos caballeros.
--Ahí está la cabeza del Sarraceno, iba diciendo á sus compañeros; lo
cual prueba que por aquí anda Sir Bernardo de Brocas, á quien esas armas
pertenecen. Yo le ví en Poitiers, en la última acometida que dimos á los
elegantes caballeros franceses y os aseguro que peleó como un león. Es
montero mayor de Su Alteza y trovador como hay pocos, pero no iguala al
señor de Chandos, que canta unas trovas alegres con más gracia que
nadie. Tres águilas de oro en campo azul; ese es uno de los Lutreles,
dos hermanos á cual más esforzado. Por la media luna que va encima juzgo
que debe de ser la divisa de Hugo Lutrel, hijo mayor del viejo
condestable, á quien retiramos del campo de batalla de Romorantín con el
pie atravesado por un dardo. Allí á la izquierda campea el casco con
plumas rizadas de los Debrays. Serví un tiempo á las órdenes del señor
Rolando Debray, gran bebedor y buena lanza, hasta que la gordura le
impidió montar á caballo.
Así continuó comentando Simón, atentamente escuchado por Roger, mientras
su hercúleo compañero contemplaba con interés los grupos de pajes y
escuderos, los magníficos lebreles y los mozos que limpiaban armas y
monturas ó discutían sobre los méritos de los corceles pertenecientes á
sus señores respectivos. Al pasar frente á la iglesia se abrieron las
puertas de ésta para dar salida á numeroso grupo de fieles. Roger dobló
la rodilla y se descubrió, pero antes de que terminara su corta oración
ya habían desaparecido sus dos compañeros en el recodo que más allá de
la iglesia formaba la calle del pueblo y Roger tuvo que correr para
alcanzarlos.
--¡Cómo! exclamó. ¿Ni siquiera un avemaría ante las abiertas puertas de
la casa del Señor? ¿Así esperáis que Él bendiga vuestra jornada?
--Amigo, repuso Tristán, he rezado tanto en los últimos dos meses, no
sólo al levantarme y acostarme sino en maitines, laudes y vísperas, que
todavía me da sueño al pensar en ello y creo que tengo rezos anticipados
para algunas semanas por lo menos.
--Nunca están demás las oraciones, observó Roger con calor. Es lo único
que puede valernos. ¿Qué es, sino una bestia, el hombre para quien la
vida se reduce á comer, beber y dormir? Sólo cuando se acuerda del
inmortal espíritu que lo anima se eleva y se convierte en hombre, en
sér racional. ¡Pensad cuán triste sería que el Redentor hubiese
derramado en vano su preciosa sangre!
--¡Tate, y qué gran cosa es el muchacho éste, que se ruboriza como una
doncella y al propio tiempo sermonea como todo el sacro Colegio de
Cardenales! exclamó el arquero. Y á propósito, ya que de la muerte de
Nuestro Señor nos hablas, juro que no puedo pensar en ello sin desear
que aquel bribón de Judas Iscariote, que por la cuenta debió de ser
francés, hubiese venido por estas tierras, para tener el gusto de
pegarle cien flechazos, desde los pies hasta la coronilla. Y no fueron
menos canallas los que crucificaron á Jesús. Por mi parte, la muerte que
prefiero es la que se recibe en el campo de batalla, cerca de la gran
bandera roja con su león rampante, entre las voces de los combatientes,
el chocar de las armas y el silbido de las flechas. Pero eso sí, máteme
lanza, espada ó dardo, caiga yo á los golpes del hacha de combate ó
atravesado por alabarda ó daga; pero me parecería una vergüenza recibir
la muerte de una de esas bombardas que ahora empiezan á usar gentes
cobardes, que derrengan á un valiente desde lejos y son más propias para
asustar mujercillas y niños con sus fogonazos y estampidos que para
habérselas con hombres de pelo en pecho.
--Algo he leído en el claustro sobre esas nuevas máquinas de guerra,
dijo Roger. Y á duras penas comprendo cómo una bombarda pueda lanzar
pesada esfera de hierro á doble distancia que la alcanzada por la flecha
del mejor arquero, y con fuerza suficiente á destrozar armaduras y batir
murallas.
--Así es, en efecto. Pero también es cierto que mientras los noveles
armeros limpiaban sus bombardas y les hacían tragar un polvo negro que
debe de ser obra del diablo y les atacaban una de sus pelotas de hierro,
nosotros los arqueros blancos solíamos atizarles hasta diez flechazos
cada uno, dejando ensartados y tendidos á buen número de aquellos
bellacos, que Dios confunda. Sin embargo, no negaré que en el cerco de
una plaza ó una fortaleza, las compañías de pedreros y bombardas prestan
magno servicio y abren á los verdaderos soldados la brecha que
necesitamos para ir á verle de cerca la cara al enemigo.... Pero ¿qué
esto? Alguien gravemente herido ha pasado hace poco por aquí. ¡Mirad!
Al decir esto señalaba y seguía el soldado un rastro de sangre que teñía
la hierba y las piedras del camino.
--Un ciervo herido, quizás....
--No lo creo. Soy bastante buen cazador para descubrir su pista, si
alguno hubiera pasado por aquí. Quienquiera que sea, no anda lejos.
¿Oís?
Los tres se pusieron á escuchar. De entre los árboles del bosque llegaba
hasta ellos el ruido de unos golpes dados á intervalos regulares, el eco
de ayes y lamentos dolorosos y una voz que entonaba acompasado canto.
Llenos de curiosidad, se adelantaron rápidamente y vieron entre los
árboles á un hombre alto, delgado, que vestía largo hábito blanco y
andaba lentamente, inclinada la cabeza y cruzadas las manos. Abierto y
caído el hábito desde los hombros hasta la cintura, dejaba descubiertas
las espaldas, que aparecían cárdenas y ensangrentadas, dejando correr
hilos de sangre que manchaban la túnica y goteaban sobre el suelo. Iba
tras él otro individuo de menor estatura y más edad, vestido como el
primero y con un libro abierto en la mano izquierda, al paso que la
derecha empuñaba unas largas disciplinas, con las que azotaba cruelmente
á su compañero al terminar la lectura de cada una de las oraciones que
en francés salmodiaba.
Asombrados contemplaban nuestros viajeros el inesperado espectáculo,
cuando el azotador entregó libro y disciplinas á su compañero y
descubrió sus propias espaldas, de las que muy pronto empezó á correr la
sangre, á los zurriagazos furibundos que le daba su verdugo. Cosa
extraña y nueva aquella para Roger y Tristán, mas no para el arquero.
--Son los Penitentes, dijo; unos frailes que á cada paso encontrábamos
en Francia y muy numerosos en Italia y Bohemia, pero apenas conocidos
todavía en Inglaterra, donde ciertamente no esperaba yo verlos. Aun los
pocos que aquí hay son todos extranjeros, según me han dicho. -¡En
avant!- Pongámonos al habla con esos reverendos que en tan poco estiman
su pellejo.
--Bastante os habéis azotado ya, padres míos, les dijo el arquero en
buen francés al llegar junto á los penitentes. Largo es el reguero de
vuestra sangre en el camino. ¿Por qué os maltratáis de esa manera?
---¡C'est pour vos péchés, pour vos péchés!- murmuraron ambos, fijando
en los recienllegados sus tristes miradas. Y volvieron á manejar las
disciplinas tan vigorosamente como antes, sin atender á las palabras y
súplicas de los desconocidos, quienes renunciaron á seguir contemplando
aquel triste cuadro ya que no podían impedirlo, y se pusieron
apresuradamente en camino.
--¡Por vida de los babiecas estos! exclamó Simón. Si mis pecados
necesitan sangre que los lave, más de dos azumbres de la que corre por
mis venas he dejado yo en tierra de Francia; pero perdida en buena lucha
y no friamente y gota á gota, como la derraman los penitentes sin más ni
más. Pero ¿qué es eso, mocito? Estás más blanco que las famosas plumas
del casco de Montclus, que nos servían para reconocerle y seguirle allá
en Narbona. ¿Qué te pasa?
--No es nada, dijo Roger. No estoy acostumbrado á ver correr la sangre
humana.
--Caso extraño es para mí, dijo el veterano, que quien tan bien piensa y
mejor habla tenga el corazón tan débil....
--¡Alto ahí! exclamó Tristán. No es flaqueza de ánimo, que yo conozco
bien á este muchacho. Su corazón es tan entero como el tuyo ó el mío; lo
que hay es que tiene en su mollera mucho más de lo que tú tendrás nunca
debajo de ese puchero de peltre que te cubre el cráneo y por
consiguiente ve más allá y siente más hondo que nosotros, y se afecta
con lo que no puede afectarnos.
--No hay duda que para mirar con indiferencia correr la sangre se
requiere aprendizaje, asintió Simón, después de reirse de la
irrespetuosa salida de su recluta.
--Estos religiosos extranjeros me parecen gente muy santa, observó
Roger, pues de lo contrario no se impondrían tan cruel martirio en
satisfacción de pecados ajenos.
--Pues yo me río de ellos y de sus azotes, salmos y melindres, dijo
Tristán. ¿Á quién aprovecha la sangre que derraman? Déjate de simplezas,
Roger, que después de todo esos frailes pueden ser muy bien como algunos
que tú y yo conocemos, ¿eh? Más les valiera dejar tranquilas sus
espaldas y no meterse á redentores sino ser algo más humildes, que á la
legua se les trasluce el orgullo.
--¡Por el rabo de Satanás, recluta, jamás creí que con esa cabeza color
de zanahoria pudieras tú pensar cosas tan discretas! Diga lo que quiera
el sabio Roger, ni este arquero, ni por lo visto este mameluco rojo,
creerán jamás que al buen Dios le guste ver á los hombres, frailes ó no
frailes, abriéndose las carnes con un rebenque. De seguro que mira con
mejores ojos á un soldado franco y alegre como yo, que nunca ofendió al
vencido ni volvió la espalda al enemigo.
--Pensáis como podéis, y creéis decir bien, repuso Roger. Pero ¿acaso
imagináis que no hay en el mundo otros enemigos que los guerreros
franceses, ni más gloria que la que pueda alcanzarse combatiéndolos? Vos
tendríais por esforzado campeón al que en un solo día venciese á siete
poderosos rivales. Pues ¿qué me decís del justo que ataque, venza y
subyugue á esos otros siete y más poderosos enemigos del alma, los
pecados capitales, con algunos de los cuales ha de durar su lucha años
enteros? Esos campeones que yo admiro son los modestos servidores de
Dios que mortifican la carne para dominar el espíritu. Los admiro y los
respeto.
--Sea en buen hora, -mon petit-, y nadie te lo ha de impedir mientras yo
ande cerca. Para predicador no tienes precio. Como que me recuerdas al
difunto padre Bernardo, que fué un tiempo capellán de la Guardia Blanca
y que era un ángel con verrugas y cabellos canos. Por cierto que en la
batalla de Brignais lo atravesó con su pica un soldado tudesco al
servicio del rey de Francia, sacrilegio por el cual obtuvimos que el
Papa de Avignón excomulgara al matador. Pero como nadie le conocía y
sólo sabíamos de él que era bajo y rechoncho y manejaba la pica como un
ariete, es de temer que la excomunión no le haya alcanzado, ó lo que es
peor, que haya recaído sobre algún otro maldito tudesco de los muchos
que dejan su tierra para dejar después el pellejo en Francia.
Rióse Roger de los fantásticos conocimientos canónicos del veterano, á
quien preguntó si la valiente Guardia Blanca había llegado en efecto
hasta Avignón y doblado la rodilla ante el sucesor de San Pedro.
--No lo dudes, chiquillo, contestó Simón. Dos veces he visto yo al Papa
Urbano con mis propios ojos. Es, ó era, porque en el campamento se habló
hace poco de su muerte, un viejecillo chiquitín, con ojos muy grandes,
nariz encorvada y un mechón de pelo blanco en la barba. La primera vez
le sacamos diez mil ducados, pero gritó y se enfureció de mala manera.
La segunda entrevista fué para pedirle veinte mil ducados más, y te
aseguro que armó un cisco feroz. Tres días de reyertas y cabildeos nos
costó antes de que nuestro capitán nos llamara para recibir y conducir
las talegas que contenían las doblas de oro. Yo he creído siempre que
hubiéramos salido mejor librados saqueando el palacio del Papa, pero los
jefes ingleses se opusieron á ello. Recuerdo que un cardenal vino á
preguntarnos si preferíamos recibir quince mil ducados con una
indulgencia plenaria para cada arquero, ó veinte mil ducados con la
maldición de Urbano V. En todo el campo no hubo más que una opinión:
veinte mil ducados. Sin embargo nuestro capitán acabó por ceder y
recibimos la bendición apostólica contra toda nuestra voluntad y un sin
fin de indulgencias. Quizás valiera más así, porque bien las
necesitábamos los arqueros blancos por aquel entonces.
El piadoso Roger escuchaba horrorizado aquellos detalles. Las creencias
de toda su vida, su profundo respeto por la dignidad pontificia, la
veneración que profesaba al jefe visible de la Iglesia, todo le
impulsaba á protestar contra la escandalosa irreverencia del soldado.
Parecíale que con solo escuchar el impío relato había pecado él mismo;
que el sol debía ocultar sus brillantes rayos tras negras nubes y trocar
el campo sus alegres galas por la desolación y la tristeza del desierto.
Sólo recobró un tanto la perdida calma cuando se hubo postrado de
hinojos ante una de las toscas cruces inmediatas al camino y orado
fervorosamente, pidiendo para el arquero y para sí mismo el perdón del
Cielo.
CAPÍTULO VIII
LOS TRES AMIGOS
Tristán y Simón siguieron andando. Al terminar Roger sus oraciones
recogió bastón y hatillo y corriendo como un gamo no tardó en llegar á
una cabaña situada á la izquierda del sendero y rodeada de una cerca,
junto á la cual estaban el arquero y su recluta, mirando á dos niños de
unos ocho y diez años respectivamente; plantados ambos en medio del
jardinillo que cercaba la casa, silenciosos é inmóviles, fija la vista
en los árboles del otro lado del camino y teniendo en la mano izquierda,
extendido horizontalmente el brazo, unos largos palos á manera de pica ó
alabarda, parecían dos soldados en miniatura. Eran ambos de agraciadas
facciones, azules ojos y rubio cabello; el bronceado color de su tez era
claro indicio de la vida que hacían al aire libre en la soledad del
frondoso bosque.
--¡De tal palo tal astilla! gritaba regocijado el buen Simón al llegar
Roger. Esta es la manera de criar chiquillos. ¡Por mi espada! yo mismo
no hubiera podido adiestrarlos mejor.
--Pero ¿qué es ello? preguntó Roger. Parecen dos estatuas. ¿Les pasa
algo?
--No, sino que están acostumbrando y fortaleciendo el brazo izquierdo
para sostener debidamente, cuando sean hombres, el pesado arco de
combate. Así mismo me enseñó mi padre y seis días de la semana tenía que
aguantarme en esa posición lo menos una hora por día, sosteniendo á
brazo tendido el pesado bastón herrado de mi padre, hasta que el brazo
me parecía de plomo. ¡Hola, bribonzuelos! ¿cuánto os falta todavía?
--Hasta que el sol salga por encima de aquel roble más alto y nos haga
cerrar los ojos, contestó el mayor.
--¿Y qué váis á ser vosotros? ¿Pecheros, leñadores?
--¡No, arqueros! dijeron ambos á una voz.
--¡Bien contestado, granujas! Ya se echa de ver que vuestro padre es de
los míos. Pero ¿qué haréis cuando seáis soldados?
--Matar escoceses, dijo el chiquitín frunciendo el ceño.
--¡Acabáramos! ¿Y qué entuerto os han hecho los pobres súbditos del rey
Roberto? Sé que las galeras de España y Francia no han andado muy lejos
de Southampton en estos últimos tiempos, pero dudo que los escoceses
asomen por aquí ahora ni en muchos años.
--Pues nosotros, insistió el mayor de los niños, aprendemos á manejar el
arco para matar escoceses, y no franceses ni españoles, porque aquéllos
fueron los que cortaron los dedos á nuestro padre, para que no pudiera
volver á manejar su arco.
--Muy cierto es eso, dijo una voz sonora detrás de los caminantes.
Era el que hablaba un rudo campesino de alta estatura, que al acercarse
levantó ambas manos, á cada una de las cuales le faltaban el pulgar y
los dos primeros dedos.
--¡Por San Jorge! ¿Quién os ha maltratado de esa manera, camarada?
preguntó Simón.
--Bien se echa de ver, repuso el otro, que sois nacido lejos de la
tierra maldita de Escocia y que aunque soldado, no os han conducido
nuestras banderas á las guaridas de aquellos lobos. De lo contrario
reconoceríais desde luego en estas mutilaciones la barbarie de Douglas
el Diablo, ó el Conde Negro, como también le llaman.
--¿Os hizo prisionero?
--Sí, por mi mal. Nací en el norte, en Beverley, cerca de la frontera
escocesa, y bien puedo decir que por muchos años no hubo mejor arquero
desde Trent hasta Inverness. Mi fama me perdió, lo mismo que á otros
muchos buenos tiradores ingleses, pues cuando nuestras luchas nos
hicieron caer en manos de Douglas, aquella hiena, en lugar de matarnos,
nos hizo cortar tres dedos de cada mano para que no pudiésemos
despacharle más soldados ó atravesarle á él mismo los hígados de un
flechazo. ¡Quiera Dios que estos dos hijos míos paguen un día con creces
la deuda de su padre! Entre tanto, el rey me ha dado esa casita y
algunas tierras acá en el sur, y de su producto vivimos. ¡Á ver,
muchachos! ¿Cuál es el precio de los dos pulgares de vuestro padre?
--Veinte vidas escocesas, contestó el mayor.
--¿Y por los otros cuatro dedos que me faltan?
--Diez vidas más, dijo su hermanito.
--Total treinta. Cuando puedan doblar mi gran arco de guerra, los
enviaré á la frontera, para que se alisten á las órdenes del invencible
Copeland, gobernador de Carlisle. Y os aseguro que como lleguen á verse
frente á frente de mi verdugo y á menos de cuatrocientos pasos, no
cortará más dedos ingleses el viejo zorro de Douglas.
--Así viváis para verlo, camarada, dijo Simón. Y vosotros, -mes
enfants-, tened presente el consejo de un arquero veterano y que sabe su
oficio: al tender el arco, la mano derecha pegada al cuerpo, para tirar
de la cuerda no sólo con la fuerza del brazo, sino con ayuda del costado
y muslo derechos. Y por vuestra vida, aprended también á disparar
formando curva, pues aunque de ordinario la flecha va derecha al blanco,
os hallaréis muchas veces atacando á gentes parapetadas tras las almenas
ó en lo alto de una torre, ó á enemigos que ocultan pecho y cara con el
escudo y á quienes sólo matan las flechas que les caen del cielo. No he
tendido un arco hace dos semanas, pero eso no quita que os pueda dar una
lección práctica, para que sepáis cómo taladrarle los sesos á un
escocés, aunque sólo le veáis las plumas de la gorra.
Diciendo esto, asió Simón el poderoso arco que á la espalda llevaba,
tomó tres flechas y señaló á los niños, que ávidamente seguían todos sus
movimientos, un altísimo árbol y más allá, en un claro del bosque, un
tronco carcomido de un pie de diámetro y no más de dos ó tres de altura.
Midió el arquero la distancia con mirada de águila y en seguida lanzó
las tres flechas una tras otra, con increíble rapidez y apuntando á lo
alto. Las flechas pasaron rozando las ramas más elevadas del árbol y dos
de ellas fueron á clavarse en el tronco de que hemos hablado,
describiendo una curva enorme y perfecta. La tercera flecha rozó el
seco tronco y penetró profundamente en la tierra, á dos pulgadas de
aquél.
--¡Soberbio! exclamó el mutilado arquero. ¡Aprended, muchachos, que este
es buen maestro!
--Á fe mía que si empezara á hablaros de arcos y ballestas no acabara en
todo el día, dijo Simón. En la Guardia Blanca tenemos tiradores capaces
de asaetear uno por uno todos los encajes y junturas de la armadura
mejor construida. Y ahora, pequeñuelos, id á traerme mis flechas, que
algo cuestan y mucho sirven y no es cosa de dejarlas clavadas en los
troncos secos del camino. Adiós, camarada; os deseo que adiestréis ese
par de halconcillos de manera que un día puedan traeros buena caza y le
saquen también los ojos al pajarraco con quien tenéis pendiente tan
grave cuenta.
Dejando atrás al mutilado arquero, siguieron la senda que se estrechaba
al penetrar en el bosque, cuyo silencio interrumpió de pronto el ruido
de una carrera precipitada entre la maleza. Un instante después saltó al
camino una hermosa pareja de gamos, y aunque los viajeros se detuvieron,
el macho, alarmado, saltó de nuevo y desapareció á la izquierda del
camino. La hembra permaneció unos instantes como asombrada, mirando al
grupo con sus grandes y dulces ojos. Contemplaba Roger con admiración el
soberbio animal, pero Simón no pudo resistir el instinto del cazador y
preparó su arco.
---¡Tête Dieu!- exclamó en voz baja. No vamos á tener mal asado en la
comida.
--¡Teneos, amigo! dijo Tristán posando la mano sobre el arco de Simón, á
tiempo que el gamo desaparecía á todo correr. ¿No sabéis que la ley es
rigorosísima? En mi mismo pueblo de Horla recuerdo á dos cazadores á
quienes sacaron los ojos por matar esos animales. Confieso que no me
fuisteis muy simpático la primera vez que os ví y oí, pero desde
entonces he aprendido á estimaros y ¡por la cruz de Gestas! no quisiera
ver el cuchillo de los guardabosques jugándoos una mala partida.
--Tengo por oficio arriesgar mi pellejo, repuso Simón encogiéndose de
hombros.
Sin embargo, volvió á poner la flecha en su aljaba, se echó el arco al
hombro y continuó andando entre sus dos amigos. Iban subiendo una
cuesta y pronto llegaron á un punto elevado desde el cual pudieron ver á
la izquierda y detrás de ellos el espeso bosque y hacia la derecha,
aunque á gran distancia, la alta torre blanca de Salisbury, cuyas
alegres casitas rodeaban la iglesia y se extendían por la ladera. La
vegetación poderosa, el aire puro de la montaña, el canto de multitud de
pajarillos y la vista de los ondulantes prados que más allá de Salisbury
se divisaban, eran espectáculo tan nuevo como interesante para Roger,
que hasta entonces había vivido en la costa. Respiraba con delicia y
sentía que la sangre corría con más fuerza por sus venas. El mismo
Tristán apreció la belleza del paisaje y el robusto arquero entonó, ó
por mejor decir, desentonó algunas picantes canciones francesas, con voz
y berridos capaces de no dejar un solo pájaro en media milla á la
redonda.
Tendiéronse sobre la hierba y tras breve silencio dijo Simón:
--Me gusta el compañero ese que hemos dejado allá abajo. Se le ve en la
cara el odio que guarda á su verdugo, y á la verdad, me placen los
hombres que saben preparar una venganza justa y mostrar un poco de hiel
cuando llega la ocasión.
--¿No sería más humano y más noble mostrar un poco de amor al prójimo?
preguntó Roger.
--Sermoncico tenemos, dijo Simón. Pero á bien que en eso de amor al
prójimo estoy contigo, padre predicador; porque supongo que incluirás al
bello sexo, que no tiene admirador más ferviente que yo. ¡Ah, -les
petites-, como decíamos en Francia, han nacido para ser adoradas! Me
alegro de ver que los frailes de Belmonte te han dado tan buenas
lecciones, muchacho.
--No, no hablo del bello sexo ni de amor mundano. Lo que quise decir fué
que bien pudo el vengativo campesino tener en su corazón menos odio á
sus enemigos.
--Es imposible, contestó Simón moviendo la cabeza negativamente. El
hombre ama naturalmente á los suyos, á los de su raza. Pero ¿cómo puede
comprenderse que un inglés sienta el menor afecto por escoceses ó
franceses? No los has visto tú en una de sus correrías, hendiendo
cabezas y sajando cuerpos de hermanos nuestros. ¡Por el filo de mi
espada! preferiría darle un abrazo al mismo Belcebú antes que estrechar
la mano de uno de esos bergantes, aunque se llame el rey Roberto, ó
Douglas el Diablo de Escocia, ó sea el mismísimo condestable Bertrán
Duguesclín de Francia. Voy sospechando, -mon garçon-, que los obispos
saben más que los abades, ó por lo menos dejan muy atrás á tu abad de
Belmonte, porque yo mismo he visto con estos ojos al obispo de Lincoln
agarrar con ambas manos un hacha de dos filos y atizarle á un soldado
escocés tamaño hachazo que le partió la cabeza en dos, desde la
coronilla hasta la barba. Con que si esa es la manera de mostrar amor
fraternal, tú dirás.
Ante argumento tan irresistible como el hachazo del obispo se quedó
Roger sin réplica y no poco escandalizado.
--¿Es decir que también habéis hecho armas contra los escoceses?
preguntó por fin.
--¡Pues bueno fuera! El primer flechazo que tiré desde las filas, y á
matar, fué allá por Milne, un pedregal escocés lleno de cañadas y
vericuetos. Nos mandaban Berwick y Copeland, el mismo que después hizo
prisionero al rey de aquellos montañeses. Buena escuela, recluta, buena
escuela es aquella para gente de guerra, y siento que antes de llevarte
á Francia no hayas dado un paseo por aquellos riscos.
--Tengo entendido que son los escoceses buenos guerreros, observó
Tristán.
--Fuertes y sufridos; no adelantan durante el combate, pero tampoco
huyen, sino que se aguantan á pie firme, dando cada toque que saca
chispas de cascos y coseletes. Con el hacha y la espada de combate no
tienen igual, pero son muy malos ballesteros, y lo que es con el arco,
no se diga. Además, los escoceses son por lo general muy pobres, aun sus
jefes, y pocos de ellos pueden comprarse una cota de malla tan modesta
como la que yo llevo puesta. De aquí que luchen con gran desventaja
contra nuestros caballeros, muchos de los cuales llevan encima yelmos,
petos, manoplas y cotas que representan el valor de cuatro ó seis
mayorazgos escoceses. Hombre por hombre, con iguales armas, son tan
buenos soldados como los mejores de Inglaterra y de toda la cristiandad.
--¿Y qué nos decís de los franceses?
--Son también combatientes de gran pujanza. Nuestras armas han sido muy
afortunadas en Francia, mas no por eso hay que tener en menos á sus
soldados. Los he visto pelear en campo abierto y encerrados en sus
fortalezas, en asaltos, emboscadas, salidas, sorpresas nocturnas,
duelos, justas y torneos; y puedo aseguraros, muchachos, que tienen el
corazón valiente y el brazo duro. Entre los caballeros que seguían á
Duguesclín podría citaros en este momento una veintena capaces de romper
lanzas, sin desventaja, con los más brillantes paladines de Inglaterra.
En tanto el pueblo, agobiado con tributos y gabelas, sufre, trabaja y
calla, y vive como Dios le da á entender.
--¿Habéis visitado otros países? preguntó Roger, á quien aquellos
relatos é informes interesaban sobre manera.
--He estado en Holanda, en Flandes y el Brabante y creo que de esta
hecha Tristán tendrá oportunidad de ver no sólo buena parte de Francia,
sino también algo y aun algos de la hermosa tierra de España. Del
holandés os diré que es tardo y pesado, y que no desenvaina la espada
por los bellos ojos de una doncella ni por un quítame allá esas pajas;
pero con justa causa y buenos capitanes, sabe defender su país, más
mojado que charca de ranas; y sobre todo, no toquéis sus fardos de lana,
sus terciopelos de la antigua Brujas y demás mercaderías, porque
entonces se enfurece y hay que matarlo para hacerlo entrar en razón.
¡Sí, reíos! Pues acordaos de lo que les pasó á los franceses en
Courtrai, donde los gordinflones holandeses les enseñaron que sabían
manejar el acero tan bien como forjarlo.
--¿Qué pensáis de los españoles? preguntó Roger.
--Raza guerrera de veras. Como que á la fecha llevan seis siglos largos
de continua lucha con lo más aguerrido de la gente árabe, que se
posesionaron de casi todo el país y á lo que creo ocupan todavía la
mitad de la Península. Me las hube con los súbditos del rey de Castilla
en el mar, cuando su flota vino á retarnos en Chelsea, y allí tuvimos
con ellos un zafarrancho de mil demonios, en el que participaron ochenta
naves inglesas y españolas. Y ahora que he contestado á tus preguntas,
mocito, voy á hacerte una proposición. Veo que te interesan mis relatos,
sé que harías carrera en el ejército á pesar de que pareces un
alfeñique, pero tienes buen consejo. Pues oye, elige uno cualquiera de
los objetos que dejé en la venta, el que te parezca más valioso, y te lo
regalo, á condición de que te vengas con este zagalón y conmigo á
Francia, en cuanto termine la misión que me lleva al castillo de
Monteagudo.
--No puede ser, replicó el joven. De mil amores iría con vos á Francia ó
á cualquier otro país, no sólo porque me place escucharos, sino porque
fuera de Belmonte sois los únicos amigos que tengo en el mundo. Pero
debo acatar la voluntad de mi padre muerto y ver ante todo á mi único
hermano. Lo que después suceda está por ver, pero desde luego os digo
que haríais conmigo una triste adquisición para vuestra Guardia Blanca,
pues ni por temperamento ni por educación sirvo yo para ese continuo
batallar en que vos vivís.
--¡Culpa es de mi parlera lengua! gritó el arquero. No le doy suelta sin
que se ponga á hablar de flechazos y estocadas, como si nada más hubiera
en el mundo. Pero ven acá, doctorcillo mío, y déjame explicarte lo que
tengo en mientes. Has de saber que no sólo necesitamos soldados y
ballestas. En primer lugar, por cada pergamino que se ve en Inglaterra
hay que escribir ó descifrar veinte en Francia. Por cada estatua, por
cada piedra preciosa tallada, por cada blasón, escudo ó divisa, moldura
y relieve que aquí pueda ocupar y dar de comer á un amanuense hábil y
discreto como tú, hay allí ciento. En el saco de Carcasona ví yo
habitaciones enteras atestadas de pergaminos, sin que ninguno de
nosotros pudiera leer una palabra de tanto fárrago. En Arlés y Nimes hay
ruinas de arcos y palacios y santuarios, mosaicos, pinturas é
inscripciones, tan antiguos unos y tan primorosos otros, que multitud de
gentes van á admirarlos, no sólo de toda Francia sino de otras naciones.
En tus ojos veo ya el deseo de contemplar tanta cosa buena. ¡Vente con
nosotros y voto á tal que no ha de pesarte!
--Mucho desearía yo ver todas esas riquezas de la antigüedad y esos
primores del arte, dijo Roger.
--Otra cosa. Allá he dejado yo más de trescientos arqueros blancos que
desde hace dos años no han oído una sola palabra de consejo, ni una
plática religiosa y bien sabe Dios que nadie lo necesita tanto como
ellos. Si tienes deberes aquí, tampoco es mala misión la que te ofrezco.
Hasta ahora tu hermano se ha pasado sin tí muy bonitamente y por Tristán
sé que en veinte años no se ha tomado una sola vez el trabajo de ir á
Belmonte para mirarte á la cara. ¡Valiente hermanito vas tú á buscar!
--¡No, pues y la fama que tiene en toda la comarca! añadió Tristán. Todo
el mundo sabe y de ello hemos hablado tú y yo en el convento, que tu
pariente Hugo de Clinton es un bebedor sin tasa, pendenciero y jugador,
que ha dado escándalos mayúsculos y que probablemente hará tanto caso de
tí como de un perro, si es que no te maltrata.
--No puedo creerlo, repuso Roger. Y si tan malo es, mayor deber tengo
yo, su único hermano, de darle algunos buenos consejos. No insistáis,
amigos, que yo de buena gana os siguiera, si fuese libre mi elección. Y
ahora, separémonos. Hé allí la torre cuadrada de Munster y aquí el
sendero que según me explicó el abad lleva directamente al pueblo.
--Dios te guarde, muchacho, exclamó el arquero dándole un estrecho
abrazo. Soy pronto en odiar y en querer, y te aseguro que me duele
separarme de tí.
--¿No sería bien aguardar aquí hasta ver qué recibimiento le hace su
hermano? propuso Tristán.
--No tal, dijo Roger. Bien ó mal recibido, lo probable es que me quede
en la granja de Munster y esperarme aquí sería tiempo perdido.
--Sin embargo, observó Simón, por lo que pueda ocurrir bueno será que
sepas dónde hallarnos, llegado el caso. Mira; Tristán y yo vamos á
seguir ese camino de la izquierda, dejando á la derecha el bosque y el
atajo que vas á tomar. Al caer la noche llegaremos al castillo de
Monteagudo, residencia antes del conde Guillermo de Salisbury, de quien
es condestable el barón de Morel que ahora habita aquel castillo. ¿Te
acordarás? Es muy probable que allí permanezcamos alojados cosa de un
mes, hasta nuestra salida para Francia.
Gran esfuerzo costó á Roger separarse de aquellos dos buenos amigos,
sobre todo inclinado como estaba á la vida de viajes y aventuras que
tanto le atraía, no por los alicientes que en ella pudieran hallar
hombres como el arquero y su recluta, sino por el vasto campo que
ofrecía á su vivo deseo de aprender, de ver el mundo y de aprovechar
prácticamente los variados conocimientos, oficios y artes adquiridos en
el convento de Belmonte. No se atrevió á mirar atrás por temor de que
flaqueara su resolución, y sólo cuando hubo andado buen trecho y
ocultádose entre los árboles arriesgó una última mirada. El arquero
continuaba inmóvil en el lugar mismo donde se habían despedido, cruzado
de brazos y mirando al suelo pensativamente. El sol hacía brillar su
almete y las mallas de su cota y sobre el hombro se veía la extremidad
del enorme arco de guerra. Junto á él estaba el gigantesco Tristán,
llevando todavía la raida vestimenta del batanero de Léminton. Momentos
después siguieron ambos su camino y Roger tomó á buen paso el de la
granja de su hermano.
CAPÍTULO IX
EN LA SELVA DE MUNSTER
Pasaba el sendero entre corpulentos y elevados árboles, cuyas ramas
formaban en muchos puntos verdes arcos sobre el camino, recubierto de
hierba y hojas secas. Pocas personas solían recorrerlo y el silencio era
completo; una sola vez oyó Roger á lo lejos el agudo ladrido de los
perros de caza.
No sin alguna emoción recordaba el viajero que todo aquel bosque y gran
parte de las tierras colindantes habían pertenecido un día á la entonces
poderosa familia de Clinton. Conocedor de la historia de su casa, sabía
que descendía de aquel Godofredo de Clinton, señor de las villas de
Munster y Bisterne cuando los normandos posaron por primera vez la
planta en territorio inglés. Pero las vicisitudes de la época privaron á
sus descendientes de gran parte de aquellos dominios y por fin les fué
confiscado el señorío de Bisterne en provecho del patrimonio real, por
complicidad de uno de los Clinton en un alzamiento sajón. Las
depredaciones de grandes señores feudales siguieron aminorando la
propiedad, y no menos la redujeron algunas donaciones á la iglesia, como
la hecha por el padre de Roger, que abrió á éste las puertas de
Belmonte. Convertido aquél en arrendatario de Belmonte, ocupó hasta su
muerte la antigua casa señorial de Munster, habitada ahora por su hijo
mayor, á quien dejó encomendado el cultivo de dos granjas y la propiedad
de algún ganado y parte del bosque. No ignoraba Roger que á pesar de la
decadencia de la familia, su hermano Hugo ocupaba todavía una posición
independiente y de relativa importancia en la comarca, y contemplaba con
orgullo aquellos gigantes del bosque perteneciente por tantas
generaciones á los Clinton de Munster. Absorto en sus recuerdos,
sorprendióle la repentina aparición de un hombre vestido como los
campesinos del país, alto y vigoroso, que le interceptó el paso
enarbolando largo y nudoso bastón.
--¡Ni un paso más! gritó el desconocido. ¿Quién eres que así te atreves
á poner el pie en este bosque? ¿Qué buscas y á dónde vas?
--¿Y quién sois vos para hacerme esas preguntas? dijo á su vez Roger
poniéndose en guardia.
--Quien puede abrirte el cráneo de un garrotazo si tienes tarda la
lengua, fué la brutal respuesta. Pero ¿dónde he visto yo antes esa cara?
--Anoche, sin ir más lejos, en la posada del -Pájaro Verde-, dijo Roger,
que acababa de reconocer á Rodín, el pechero amenazado por Tristán y que
tan violentamente se expresara contra el rey y sus nobles y en
particular contra su señor el barón de Ansur.
--¡Calla, pues es verdad! ¿Y qué llevas en ese zurrón?
--Nada de valor, alguna ropa y media docena de libros.
--Eso es lo que tú dices, pero lo que es á mí, ver y creer. Venga el
zurrón.
--No lo esperéis.
--¡Por los clavos de Cristo! ¿No sabes, rapaz, que puedo descuartizarte
en un santiamén?
--Dado os hubiera las pocas monedas que poseo si me hubiérais pedido en
nombre de la caridad. Pero amenazáis como un bandido y sabré defenderme.
Sin contar que no escaparéis á la venganza del arrendatario de Munster
cuando sepa la villana manera como tratáis á su hermano en sus mismas
tierras.
--¡Nuestra Señora de Rocamador me valga! exclamó asustado el malhechor
bajando su arma. ¿Vos hermano de Hugo de Clinton? ¡Cómo había de
figurármelo! No seré yo quien os robe ni os detenga un momento más.
--Puesto que conocéis á mi hermano, hacedme la merced de indicarme el
más corto camino para su casa.
Antes de que pudiera contestar el bandolero se oyeron las sonoras notas
de una trompa de caza y vió Roger un hermoso caballo blanco que pasó á
la carrera entre los árboles á corta distancia, seguido de la traílla y
de numerosos cazadores. Las voces de éstos, el galopar de los caballos y
los ladridos de los perros resonaron ruidosamente en todo el bosque.
Oíanse todavía los gritos con que animaban á los sabuesos: "¡Sus,
Bayardo, Moro, Lebrel! ¡Sus, Sus!" cuando resonó de nuevo el trote de
los caballos y apareció un grupo de cazadores á pocos pasos de Roger.
Precedíalos un hombre de cincuenta á sesenta años de edad, de robusto
cuerpo y atezado rostro, bajo cuyas pobladísimas cejas brillaban dos
ojos de imperiosa y penetrante mirada. Llevaba larga barba entrecana y
todo en su aspecto y ademanes revelaba al hombre acostumbrado á mandar y
á ser obedecido. Manejaba el hermoso corcel con gracia soberana y vestía
rica túnica de seda blanca bordada de pequeñas flores de lis de oro,
flotante de sus hombros luengo manto de púrpura. Era imposible no
reconocer desde luego á Eduardo III, el invasor de Francia y
conquistador de la Normandía, al vencedor de Crécy, uno de los más
brillantes guerreros entre los muchos y muy esforzados que habían regido
al pueblo anglo-sajón. Roger se quitó la gorra reverentemente, pero el
pechero apoyó ambas manos sobre su bastón y miró con expresión nada
amistosa al grupo de caballeros que seguían al rey.
--¡Hola! exclamó Eduardo deteniendo su caballo en medio del camino y
mirando á Roger y su compañero. -¡Le cerf! ¿Est-il passé? ¿Non? Ici,
Brocas, tu parles l'anglais.-
--¿Habéis visto el ciervo, bergantes? preguntó imperiosamente un
caballero de la escolta. Si lo habéis espantado y hecho desviar os
cuesta las orejas.
--Pasó entre aquellos dos árboles, señaló Roger, y los perros le seguían
de cerca.
--Bien está, dijo el monarca, que siguió hablando en francés, pues
aunque comprendía la lengua de su pueblo, jamás llegó á poseerla bien,
ni quiso hablar lo que él llamaba idioma áspero y bárbaro. Os aseguro,
continuó, volviéndose en la silla hacia el grupo de caballeros, que ó
mucho me engaño ó es un venado de seis puntas, el más soberbio de
cuantos hemos levantado hoy. ¡Adelante!
Tras él desaparecieron á carrera tendida guerreros y cortesanos, excepto
uno, el barón de Brocas, que haciendo dar un salto á su caballo,
levantó el látigo y cruzó con él la cara del pechero, gritándole:
--¡Descúbrete, perro! ¡Descúbrete siempre que tu rey se digne mirarte! Y
dando rienda al caballo se lanzó en seguimiento de los cazadores.
El villano recibió el latigazo sin mover un solo músculo. Después alzó
el puño en dirección de su verdugo, y rugió:
--¡Te conozco, maldito cerdo gascón, y algún día la pagarás! ¡Malhaya el
en que dejaste tu pocilga de Rochecourt para pisar la tierra inglesa!
¡Así te vea yo descuartizado y muertos de hambre á tu mujer y á tus
hijos!
--Tened la lengua, buen hombre, dijo Roger; aunque cobarde fué el golpe
y capaz de encender en ira al más humilde. Dejadme buscar en mi zurrón
un ungüento que llevo y que os será de mucho alivio.
--No, una sola cosa puede calmar el dolor y lavar la afrenta, y esa el
tiempo quizás me la depare. Ahí tenéis vuestro camino, el atajo que pasa
entre aquel matorral y el árbol con la rama tronchada. Apresurad el
paso, que hoy tiene Hugo de Clinton una reunión alegre con sus
compañeros de francachela y no os traería cuenta retrasarle la fiesta ni
tampoco presentárosle en medio de ella. Yo tengo que quedarme aquí por
ahora.
Aparte del dolor que causaban á Roger aquellas repetidas alusiones de
todos á la vida licenciosa de su hermano, sorprendíale y angustiábale
también el odio ciego que notaba entre las clases que constituían la
sociedad de su tiempo. El trabajador maldiciendo á los poderosos, los
nobles tratando á los humildes como bestias de carga. Antes, cuando la
nobleza era el más firme baluarte de la nación, la toleraba el pueblo;
ahora, sabido ya que las grandes victorias obtenidas en Francia lo
habían sido no por la pujanza de tales ó cuales barones, por la lanza de
este ó aquel caballero, sino por el valor de los soldados, hijos del
pueblo de Inglaterra y Gales, había desaparecido en gran parte el
prestigio de la nobleza militante y se protestaba contra sus exacciones
y se censuraba su arrogancia. Los hombres cuyos padres y hermanos habían
peleado como leones en Crécy y Poitiers y visto estrellarse lo más
florido de la caballería europea contra los muros de hierro que formaban
los plebeyos disciplinados de Inglaterra, no concebían que un gran señor
pudiese infundirles temor y mucho menos respeto. El poder había
cambiado de manos. El protector habíase convertido en protegido y todo
el vetusto armatoste feudal vacilaba sobre sus carcomidos cimientos. De
aquí las continuas quejas y murmuraciones del pueblo anglo-sajón, su
descontento perenne, las asonadas locales, todo aquel malestar que
culminó algunos años más tarde en el gran alzamiento de Tyler. Aquello
que tanto inquietaba á Roger á medida que iba conociendo el estado de
los ánimos en la comarca de Hanson, hubiera sorprendido igualmente á
cualquier otro viajero en todos los restantes condados del reino, desde
el Canal hasta los riscos y las lagunas de Escocia.
Los temores del doncel aumentaban á medida que se acercaba á la morada
de Hugo, á la casa paterna. Pronto se hizo menos espesa la arboleda y
por fin se presentó ante su vista una gran pradera en la que pastaban
hermosas vacas; más allá se divisaban numerosas piaras de cerdos y por
el centro del llano corría un ancho arroyo. Rústico puente conducía á un
camino que llevaba en derechura hasta la puerta de un vasto edificio de
madera que Roger contempló con emoción profunda. Una columna de humo
salía por la alta chimenea y á la puerta dormía tranquilamente un mastín
encadenado.
Rumor de voces sacó de su contemplación al viajero, que vió salir de
entre los árboles y dirigirse hacia el puente á un hombre y una mujer,
en animada conversación. Llevaba el primero un traje de elegante corte,
aunque de obscuro color y sin los adornos y preseas que distinguían á
los señores de la escolta real. Largos y muy rubios el cabello y la
barba, contrastaban con la negra cabellera de la hermosísima joven que
iba á su lado. Era alta y esbelta, de moreno y agraciado rostro. Llevaba
una gorra de terciopelo rojo coquetamente ladeada, rico y bien ceñido
traje y en la enguantada diestra un pequeño halcón, cuyas erizadas
plumas acariciaba suavemente. Roger notó que la hermosa desconocida
tenía todo un lado del vestido manchado de lodo. Oculto á medias en la
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