ganamos muchos ducados no nos faltarán aplausos. De mí os aseguro que daría buen número de éstos por uno de aquellos. Ó por otro trago de vuestro riquísimo vino. Y ahora, amiguito, si os sentáis en aquella piedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasaréis el rato entretenido. Hízolo así Roger, quien notó entonces los dos enormes fardos que formaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban ver contenían jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel y falsa pedrería. Junto á ellos yacía una vihuela que Roger tomó y empezó á tocar con gran maestría, mientras los acróbatas continuaban sus sorprendentes ejercicios. No tardaron éstos en tomar el compás de la vihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre las manos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesen andado en aquella postura. --¡Más aprisa, más aprisa! gritaban al tañedor, que los complacía riéndose á carcajadas. --¡Bravo, don alfeñique! exclamó por fin uno de los danzantes, dejándose caer rendido sobre la hierba. --¡Por vida de! Muy callado lo teníais, señor músico, dijo el otro imitándolo. ¿Dónde aprendisteis á tañer de tal suerte? --Lo que acabo de tocar lo aprendí yo solo, sin música ni maestro, por haberlo oído varias veces allá en Belmonte, de donde vengo. --¡El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta! dijo el juglar que parecía de más edad. Tiempo hace que busco un vihuelista, flautista, ó lo que sea, que nos acompañe y pueda tocar de oído, y vos lo tenéis magnífico. Venid con nosotros á Pleyel, que no os ha de pesar, ni os faltarán algunos ducados, buena cerveza y mejor humor mientras sigamos juntos. --Sin contar con que jamás hemos tenido cena sin una buena tajada de carne en el plato y vos no seréis menos. Por mi parte os prometo media azumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro. Es gascón y del añejo, agregó guiñando un ojo para dar más valor á su oferta. --No, no puede ser, contestó el joven. Otro es mi destino y si he de llegar á él en sazón no puedo permitirme muchas paradas tan largas como ésta. Con Dios quedad. Dicho esto se alejó apresuradamente, sin atender á las repetidas ofertas de los juglares, quienes por fin se despidieron de él deseándole buena suerte. La última vez que los vió, antes de doblar un recodo del sendero, el más joven de los saltimbanquis se había subido sobre los hombros de su compañero y desde aquella altura lo saludaba con dos banderolas de chillones colores, que agitaba sobre su cabeza. Roger les hizo un ademán de despedida y emprendió sonriente el camino de Munster. Extraños y en gran manera interesantes le parecían todos aquellos variados incidentes de su jornada. Las pocas horas pasadas desde que abandonó el apacible claustro le habían procurado más emociones que un año de vida en Belmonte. Se le hacía increíble que el fresco pan que iba comiendo con placer fuese reciensalido de los hornos de la abadía. No tardó en dejar el terreno montañoso cubierto de arbolado y se halló en la vasta llanura de Solent, cuyos campos esmaltados de florecillas multicolores presentaban aquí y allá grupos verdes ó bronceados de ondulantes helechos. Á la izquierda del viajero y no muy lejos continuaba el espeso bosque, pero la senda divergía rápidamente de él y serpenteaba por el valle. El sol próximo á su ocaso entre purpurinas nubes, iluminaba con luz suave los alegres campos y rozaba de soslayo los primeros árboles del bosque, poniendo entre las ramas toques inimitables de oro y rojo. Admiró Roger el bellísimo paisaje, pero sin detenerse, porque según sus informes lo separaba todavía una legua larga del primer mesón donde se proponía pasar la noche. Lo único que hizo fué dar algunos mordiscos al pan y al apetitoso queso que llevaba de repuesto. Por aquella parte del camino se cruzó el viajero con buen número de personas. Vió primero á dos frailes dominicos de negros hábitos, que pasaron sin mirarle siquiera, fija la vista en el suelo y murmurando sus oraciones. Siguióles un obeso franciscano, mofletudo y sonriente, que detuvo á Roger para preguntarle si no había por allí cierta venta famosa por sus tortas de anguilas; y como el joven le contestase que siempre había oído poner por las nubes los guisos de anguilas de Solent, el epicúreo padre tomó el camino de aquel pueblo relamiéndose de gusto. Poco después vió venir nuestro viajero á tres segadores que cantaban á voz en cuello, con acento y jerga tan diferentes de cuanto hasta entonces había oído en su convento, que más bien le parecieron hombres de otra raza expresándose en lenguaje bárbaro. Llevaba uno de ellos una garza que habían cogido en la ciénaga vecina y se la ofreció á Roger por dos cornados. Excusóse éste como pudo y se alegró de dejar atrás á los cantantes, cuyos enmarañados cabellos rojos, afiladas hoces y risa brutal los hacían nada gratos compañeros de viaje y menos para encontrados al caer la noche en campo raso. Más peligroso que aquellos alegres campesinos demostró ser un macilento pordiosero que le salió al encuentro poco después, supliendo con una muleta la pierna que le faltaba. Aunque endeble y humilde al parecer, no bien hubo pasado Roger sin depositar en el grasiento sombrero la moneda que le pedía, oyó el grito de rabia del miserable y una blasfemia atroz, seguida de una pedrada que si hubiera acertado á nuestro héroe en la cabeza habría puesto probablemente fin á sus aventuras. Por suerte la piedra pasó rozándole una oreja y fue á dar violentamente contra un árbol cercano. Detrás de su tronco se guareció Roger de un salto y desde allí efectuó su retirada ocultándose entre la maleza, sin volver al sendero hasta que hubo puesto buen trecho entre su persona y el andrajoso energúmeno. Íbale pareciendo que en Inglaterra no había más protección de vidas y haciendas que la que cada cual pudiese proporcionarse con sus propios puños ó con la ligereza de sus piernas. ¿Dónde estaba la ley, aquella ley de que había oído hablar en el claustro, superior á prelados y barones y de la cual no veía indicio ni señal? Sin embargo, no debía de ocultarse el sol aquel día sin que Roger viese por sí mismo un ejemplo inolvidable de la ley durísima de aquella época y de la más pronta distribución de justicia que jamás presenciaron ojos humanos. En el centro del valle había una hondonada por la que corrían las aguas de cristalino arroyuelo. Á la derecha del camino, en el punto donde cruzaba el arroyo, veíase un informe montón de piedras, acaso un antiguo túmulo, que desaparecía casi por completo bajo los brezos y helechos. Buscando estaba Roger el vado cuando vió venir por el lado opuesto á una pobre mujer cargada de años y achaques, que por dos veces trató inútilmente de poner el pie sobre una ancha piedra plana colocada en medio del arroyo. Roger la vió sentarse desalentada en el ribazo y cruzando el vado se le acercó y le ofreció ayudarla. --Venid, buena mujer; el paso no es tan difícil como parece. --No puedo, doncel; la edad ha nublado mis ojos y aunque sé que hay una piedra en el vado, no acierto á verla. --Pues por eso no ha de quedar, dijo Roger; y tomando en brazos á la enjuta viejecilla la trasladó prontamente á la otra margen. Muy débil y anciana parecéis para viajar sola, continuó cuando la vió vacilar y caer de rodillas. ¿Venís de muy lejos? --De Balsain, donde dejé mi arruinada casuca tres días há. Voy en busca de mi hijo, que es montero del rey en Corvalle y me ha ofrecido cuidar de mí estos últimos días de mi vida. --Deber suyo es hacerlo, que vos cuidasteis de él en su niñez. Pero ¿habéis comido? ¿Lleváis provisiones? --Tomé un bocado al rayar el día, en el ventorrillo de Dunán.... Pero allí dejé también la última moneda que me quedaba y por eso necesito llegar esta misma noche á Corvalle, donde nada me faltará. ¡Si vierais á mi hijo, tan arrogante, tan generoso! Olvido mis tribulaciones al figurármelo con su verde sayo de montero, bordadas sobre el pecho las armas del rey. --Grande es la tirada de aquí á Corvalle, sobre todo para vos y ya casi de noche. Pero aquí tenéis un poco de pan y queso y también algunos sueldos para que con ellos completéis vuestra cena en el primer mesón. Á Dios quedad. --Él os guarde, generoso mancebo, dijo la viejecilla alejándose y menudeando sus bendiciones. Al volverse Roger para emprender la marcha descubrió lo que hasta entonces no había reparado; que su breve entrevista con la pobre mujer había tenido testigos. Eran éstos dos hombres, ocultos hasta entonces entre los brezos que cubrían el montón de piedras antes citado y que abandonando su escondrijo se dirigían hacia la hondonada. Uno de ellos, viejo de andrajosos vestidos, inculta barba y retorcida nariz, tenía más apariencias de bandido que de caminante; el otro era uno de los pocos negros que había en Inglaterra por aquella época, y Roger contempló asombrado los abultados labios y grandes y blancos dientes que hacían resaltar la negrura de la tez. Pero el aspecto de ambos desconocidos era tan sospechoso que Roger creyó prudente subir el ribazo y tomar el camino á buen paso, á fin de evitar su encuentro. No le siguieron los otros, pero antes de alejarse gran espacio oyó las voces de socorro que daba la vieja, detenida en medio del camino por ambos bribones, que la despojaban apresuradamente de las monedas que él le había dado, de su mantón de lana y de la cestilla que en la mano llevaba. Soltó Roger el zurrón y empuñando su herrado garrote volvió atrás, cruzó el arroyo de un salto y se dirigió á todo correr hacia el grupo que formaban los salteadores y su víctima. Pero aquéllos no parecían dispuestos á ceder el campo, pues viéndole venir el negro, sacó un reluciente cuchillo y lo esperó á pie firme; el otro empuño su nudoso bastón y entre amenazas y maldiciones invitó á Roger á acercarse. Ningún peligro hubiera detenido en aquel momento al denodado joven, de ordinario tan comedido y pacífico, pero cuyo semblante indicaba que la indignación y la cólera lo cegaban, convirtiéndolo en temible adversario. Llegado frente al negro, le descargó tan furioso garrotazo que soltó el cuchillo y huyó lanzando gritos de dolor. Al verlo el viejo, se abalanzó sobre Roger y rodeándole fuertemente la cintura con ambos brazos, gritó al otro que apuñaleara á su enemigo por la espalda. Acercóse el negro, recogió su arma y Roger creyó llegada su última hora, si bien no dejó de hacer vigorosos esfuerzos para derribar á su adversario, cuya garganta apretaba con furia mientras forcejeaban ambos de uno á otro lado del camino. En aquel momento supremo se oyó claramente el galope de numerosos caballos sobre las piedras y casi al mismo tiempo una exclamación de terror del negro, que huyó á todo correr y no tardó en ocultarse entre la maleza. El otro bandido, cuyos ojos delataban el miedo que se había apoderado de él, hizo esfuerzos desesperados por rechazar á Roger, pero éste logró al fin derribarlo y sujetarlo firmemente, contando recibir pronto refuerzo. Los jinetes llegaban á todo correr, precedidos por el que parecía ser jefe de la partida, que montaba un hermoso caballo negro y vestía fino sayo de vellorí, cruzado el pecho por ancha banda de rojo color recamada de oro y cubierta la cabeza con un birrete de blancas plumas. Seguíanle seis ballesteros, con jubones de paño buriel, cintos de baqueta, capacetes sin plumas y á la espalda ballesta y saetas. Bajaron la cuesta, cruzaron el vado y en pocos momentos llegaron al lugar de la lucha. --¡Aquí está uno de ellos! exclamó el jefe, echando pie á tierra y sacudiendo al bandido por el cuello. Á ver las cuerdas, Pedro, y que lo ates de pies y manos de manera que no vuelva á escurrirse. Le ha llegado la hora y ¡por San Jorge! que de esta vez las pagará todas juntas. ¿Quién sois, joven? preguntó á Roger. --Un amanuense de la abadía de Belmonte, señor. --¿Tenéis carta ó papel que lo acredite? ¿No seréis uno de tantos pordioseros como infestan estos caminos? --Hé aquí las cartas del abad de Berguén. No necesito pedir limosna, dijo el joven algo ofendido. --Tanto mejor para vos. ¿Sabéis quién soy? --No, señor. --Yo soy la ley, soy el corregidor del condado y represento la justicia de nuestro bondadoso soberano, Eduardo III. --Á tiempo llegáis, señor, dijo Roger inclinándose ante el personaje. Unos momentos más y sólo hubierais hallado aquí mi cadáver y quizás también el de esta pobre mujer. --¡Pero nos falta el otro! exclamó el corregidor. ¿No habéis visto á un negro? Era el cómplice de ese ladrón y juntos huían.... --El negro escapó en aquella dirección al oiros, dijo Roger señalando hacia las piedras del desmoronado túmulo. --Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de los ballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estado vigilando los alrededores. Él sabe que con nuestros caballos lo alcanzaríamos en un santiamén y se guardará de huir. --¡Pues á buscarlo! Nunca se dirá que un criminal de su laya escapó al corregidor de Southampton y á sus ballesteros. Dejad á ese bandido tendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en línea, á bastante distancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo os procuraré caza como el mismo rey no puede tenerla. Norris, aquí, á la izquierda; Jacobo el Rojo á la derecha. Eso es. Mucho ojo con los matorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte á la pieza. El negro se había deslizado entre los brezos hasta llegar al derruido monumento, tras cuyas piedras se escondió; al poco rato quiso averiguar lo que hacían ó proyectaban sus perseguidores, á quienes vió separarse formando extensa línea y adelantar por la maleza en la dirección que él había tomado y que les había indicado Roger. Aunque el fugitivo asomó la cabeza lo más prudentemente posible, el ligero movimiento de unos helechos bastó para denunciar su presencia al corregidor, que en aquel momento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y el matorral que en parte las cubría. --¡Ah, bellaco! gritó el funcionario sacando la espada y señalándolo á sus soldados. ¡Allí le tenéis! ¡Á pie firme, ballesteros! Ya abandona su guarida y corre como un gamo. ¡Tirad! Así era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor y verse descubierto, emprendió la fuga á todo correr. --Apunta dos varas á la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano, inmediato á Roger. --No, apenas hay viento; con vara y media basta, contestó su compañero, soltando la cuerda de su ballesta. Roger se estremeció, porque el acerado dardo pareció atravesar de parte á parte al fugitivo. Pero éste siguió corriendo. --Dos varas te digo, bodoque, comentó el viejo ballestero, apuntando con tanta calma como si tirase al blanco. Partió silbando la mortífera saeta y se vió al negro dar de repente un enorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde quedó inmóvil. --Debajo de la espaldilla izquierda, fué lo único que dijo su matador, adelantándose á recobrar su dardo. --Á perro viejo no hay tus tus. Esta noche podrás emborracharte con el mejor vino de Southampton, dijo el personaje á su impasible ballestero. ¿Estás seguro de haberlo despachado? --Tan muerto está como mi abuela, señor. --Corriente. Ahora al otro bribón. No faltan árboles allá en el bosque, pero no tenemos tiempo que perder. Anda, Lobato, saca esa espada y córtale la cabeza al canalla, como tú sabes hacerlo. --¡Por favor, concededme una gracia que os pido! suplicó el sentenciado dando diente con diente. --¿Qué es ello? preguntó el magistrado. --Antes confesaré mi crimen. El negro y yo fuímos, en efecto, quienes después de robar cuanto pudimos en la barca -Rosamaría- de la que él era cocinero, asesinamos y despojamos al mercader flamenco en Belfast. Pronto estoy á que me enviéis allá, ante mis jueces. --Poco mérito tiene esa confesión y no te valdrá. Es que además de tus fechorías en Belfast y en todas partes acabas de cometer un asalto en despoblado dentro del territorio de mi jurisdicción y vas á morir. Basta de charla. --Pero señor, observó Roger pálido de emoción; no ha sido juzgado y.... --Vos, mocito, me complaceréis grandemente no hablando de lo que no entendéis y menos os importa. Y tú, belitre, continuó dirigiéndose al reo, ¿qué gracia es esa que pides? --Tengo en la bota del pie izquierdo un trocito de madera envuelto en lienzo. Perteneció un tiempo á la barca en que iba el bendito San Pablo cuando las olas lo arrojaron á la isla de Melita. Lo compré por tres doblas á un marinero que venía de Levante. Os pido que me permitáis morir con esa reliquia en la mano, y de esta manera no sólo obtendré mi salvación eterna sino también la vuestra, pues debiéndoos tan gran merced, no dejaré de interceder por vos un solo día. Á una señal de su jefe, el ballestero Jacobo descalzó al malhechor y halló en la bota la valiosa reliquia, envuelta en luenga tira de fino cendal. Los soldados se santiguaron devotamente y el corregidor se descubrió al tomarla y entregársela al sentenciado. --Si sucediese que por los méritos del gran apóstol San Pablo te fuesen perdonados tus delitos y abiertas las puertas del Paraíso, dijo el crédulo magistrado, espero que no olvides la gracia que te concedo y la promesa que me haces. Y ten también presente que toda tu intercesión ha de ser por Roberto de York, corregidor de Southampton y no por Roberto de York mi primo hermano, el condestable de Chester. Y ahora, Jacobo, al avío, que todavía tenemos una buena tirada de aquí á Munster y el sol se ha puesto ya. Con los ojos dilatados por el espanto contempló Roger aquella conmovedora escena; el obeso personaje ricamente vestido, el grupo de ballesteros que miraban indiferentes, teniendo asidas las riendas de sus caballos; la viejecilla, tan espantada como él, que esperaba el final del sangriento drama sentada á un lado del camino y por último el malhechor de pie, atados los brazos y pálido como un muerto. El más viejo de los ballesteros se adelantó en aquel momento y desenvainó la cortante hoja; Roger volvió la espalda y se retiró apresuradamente, pero á los pocos pasos oyó un sonido sordo, horrible, que le hizo temblar, seguido del golpe que dió el cuerpo al caer en tierra. Momentos después pasaron trotando junto á Roger el corregidor y cuatro ballesteros, habiendo recibido los otros dos la orden de cavar una fosa y enterrar los cadáveres. Uno de los soldados limpiaba la larga hoja de su espada en las crines del caballo, y al verlo Roger le sobrecogió tal angustia que arrojándose sobre la hierba prorrumpió en sollozos convulsivos. "¡Mundo perverso, se decía, hombres de corazón duro, así los criminales como los encargados de administrar una justicia brutal y cruenta!" CAPÍTULO V DE LA EXTRAÑA COMPAÑÍA QUE SE REUNIÓ EN LA VENTA DEL PÁJARO VERDE Había cerrado la noche y brillaba la luna entre ligeras nubes cuando Roger, cansado y hambriento, llegó al mesón de Dunán, famoso en diez leguas á la redonda y situado fuera del pueblo, en la intersección de los tres caminos de Balsain, Corvalle y Munster. Era un edificio bajo y sombrío, cuya puerta señalaban al caminante y alumbraban de noche dos hachones encendidos. De la ventana central proyectaba una larga barra á manera de asta, de cuya punta pendía enorme rama seca, señal cierta de que el sediento viajero hallaría en la venta toda clase de bebidas, y en especial la dorada cerveza y el buen vino que tanto contribuían á la justa fama del establecimiento. Á su puerta se detuvo el joven, contemplando distraídamente un caballo ensillado que allí esperaba piafando, atado á una gruesa argolla fija en la pared. Era la primera vez que el descendiente de los Clinton de Munster entraba en un mesón y preguntábase qué clase de gentes serían sus compañeros de hospedaje y qué recibimiento le harían. Pero pensó también que si la distancia á Munster no era larga, en cambio él no conocía á su hermano, de quien tenía los peores informes; y que lo derecho era pasar la noche en el albergue de Dunán y presentarse de día en casa de su pariente, que ni lo esperaba, ni sabía de él, ni jamás le había mostrado el menor interés. La viva luz que iluminaba la puerta del mesón, las carcajadas que desde ella se oían y el rumor de vasos entrechocados hicieron vacilar un momento al inexperto viajero, que hasta entonces había pasado sus noches en la pulcra y callada celda del convento. Pero hizo un esfuerzo y diciéndose que era aquella una posada pública en la que él tenía tanto derecho á entrar como cualquier otro, franqueó la puerta y se halló en la sala común. Aunque era la noche una de las primeras del otoño y nada fría, ardían en el hogar gruesos leños cuyo humo salía en parte por la chimenea y en parte invadía también la estancia y oprimía las gargantas de cuantos en ella se encontraban. Sobre el fuego se veía un gran caldero cuyo contenido hervía á borbotones y despedía el más apetitoso olor. Sentados en torno una docena ó más de toscos bebedores, quienes al ver á Roger prorrumpieron en voces tales que éste se quedo indeciso, mirándolos á través del humo que llenaba el local. --¡Otra tanda, otra tanda! gritó un gandul zarrapastroso. ¡Venga mi cerveza y que pague la tanda el recienllegado! --Esa es la ley del -Pájaro Verde-, aulló otro. ¡Cómo se entiende, tía Rojana! ¿Parroquiano nuevo y vasos vacíos? --Un momento, mis buenos señores, un momento. Si no he preguntado lo que queréis es porque ya lo sé, y escanciando estoy la cerveza para los leñadores, aguamiel para el músico, sidra para el herrero y vino para todos los demás. Llegaos aquí, buen hidalgo, dijo á Roger, y sed muy bienvenido. Sabed que ha sido siempre costumbre del -Pájaro Verde- que el último en llegar pague una convidada. ¿Os conformáis á ello? --Me guardaré yo de contravenir los usos de vuestra casa, señora ventera. Pero no estará de más decir que si mi voluntad es buena mi bolsa no está muy henchida; sin embargo, daré con gusto hasta un ducado por obsequiar á los presentes. --¡Bravo! gritaron todos á una voz, chocando y vaciando sus vasos. --¡Bien dicho, frailecico mío! exclamó un vozarrón sonoro, á tiempo que una pesada mano caía sobre el hombro de Roger. Volvióse éste y vió á su lado á Tristán de Horla, su compañero de claustro, expulsado de la abadía aquella mañana. --¡Por la cruz de Gestas! Malos días se le preparan á Belmonte, continuó el fornido exnovicio. En veinticuatro horas han dicho adiós á sus vetustos paredones dos de los tres hombres que había en todo el convento. Porque hace tiempo que te conozco, Roger amigo, y á pesar de tu carita de muñeca llegaras á ser todo un hombre. El otro á quien me refiero es el buen abad. Ni él es mi amigo ni yo le debo favores, pero tiene un corazón animoso y sangre de pura raza y vale mucho más que la partida de gansos que tiene á sus órdenes. ¿No es así, Rogerito? --Los monjes de Belmonte son unos santos.... --Santos calabacines, que sólo entienden de darse buena vida y llenar el buche. ¿Crees tú que estos brazos míos y esa cabeza tuya nos fueron dados para llevar semejante vida? Mucho hay que hacer y que ganar en el mundo, amigo, pero no para los que se encierran entre cuatro paredes. --Pues entonces ¿por qué te hiciste novicio? --Justa es la pregunta, á fe mía y no difícil la respuesta. Porque la rubia Margot, de la Granja Real, se casó con Gandolfo el Zurdo, un pillete de siete suelas, dejando plantado á Tristán de Horla, no obstante sus promesas y otras cosas que yo me sé. Y estando dicho Tristán enamorado como un bolonio, se metió en el convento, en lugar de pedir al rey una alabarda ó un arco y de dar al Zurdo un pie de paliza como para él solo. Con la calma vino la reflexión, le pegué un susto al soplón Ambrosio, hice que me quitaran el hábito blanco, se enfureció el abad, y por él lo siento, dejé para siempre el monasterio y aquí me tienes más contento que unas pascuas. Echáronse á reir sus oyentes, á tiempo que llegaba la patrona con dos grandes jarros de vino y cerveza y tras ella una sirvienta con platos y cucharas que distribuyó á los parroquianos. Dos de éstos que vestían el verde sayo de los guardabosques retiraron el caldero del fuego é hicieron plato á los restantes y todos atacaron con apetito el humeante potaje. Roger se instaló en un ángulo algo apartado del fuego, donde podía comer y beber con sosiego á la vez que observar los hechos y dichos de aquella extraña reunión, iluminada por la luz del hogar y tres ó cuatro antorchas colocadas en aros de hierro fijos en las ennegrecidas paredes. Además de los guardabosques y algunos robustos jayanes que ganaban su vida carboneando y cortando leña en los vecinos montes, veíase allí á un músico de rubicunda nariz, á un alegre estudiante de Exeter, y más allá un sujeto de enmarañados cabellos y luenga barba, envuelto en tosco tabardo y un joven, al parecer montero ó paje, cuyo raído jubón no reflejaba gran crédito sobre la munificencia de su señor, quienquiera que fuese. Junto á él comía con apetito el alegre exnovicio, á cuya derecha quedaban tres rudos mozos de labranza. En el rincón más apartado del hogar roncaba un parroquiano, rendido por las frecuentes libaciones á que sin duda se había entregado antes de la llegada de los otros huéspedes. --Ese es Ferrus el pintor, dijo la tía Rojana señalando con el cucharón al dormido bebedor. ¡Y yo, tonta de mí, que le creí y le dí de beber antes de que me pintara la muestra prometida y ahora me quedo sin muestra y sin el vino que se me ha tragado ese perdulario! Figuraos, continuó la indignada ventera dirigiéndose á Roger, que Ferrus me ofreció esta mañana pintarme una enseña con un pájaro verde, nombre que ha llevado por luengos años esta honrada venta, á condición de darle todo el vino que quisiese durante su trabajo; ¡y ved aquí lo que ese farsante ha pintado y quiere que cuelgue yo á la puerta de mi casa! Diciendo esto presentó la buena mujer un tablero en el que sobre fondo rojizo y nada limpio se contoneaba una especie de gallina moribunda pintarrajeada de verde, con un ojo saltón y amarillento colocado más cerca del pescuezo que del pico; era éste encorvado y enorme, y de él pendía un cartelón pintado de blanco con esta inscripción en letras negras: -¡Al Pagaro Berde!- Aquella obra maestra del pintor ambulante fué acogida con grandes risas, y el mismo Roger no pudo menos de convenir con la ventera en que aquel papagayo bizco y aquella ortografía fantástica perjudicarían á la buena fama del mesón y moverían á risa á los señores que allí se detuviesen á descansar y refrescar durante sus frecuentes cacerías. --Sería la ruina de mi casa, exclamó la tía Rojana. --No os apuréis, buena mujer, que yo espero mejorar algo el cuadro, dijo Roger, si vos me dáis los colores y pinceles del artista Ferrus. --El cielo os prospere si así lo hacéis, lindo señor, dijo ella sorprendida y encantada con aquella oferta; y en un santiamén le llevó y abrió el zurrón de Ferrus, admirando la prontitud y habilidad con que Roger manejó colores, paleta y pinceles y borrando el espantajo verde comenzó á pintar el fondo de la nueva muestra. --El barón de Ansur tendrá que arar él mismo sus campos, si quiere grano, voceaba en tanto uno de los bebedores, con zamarra y gruesas botas de cuero. Lo que es yo no vuelvo á poner el pie en sus tierras. Doscientos años hace que toda mi parentela suda la gota gorda para que los señores de Ansur tengan buen vino en sus mesas y copas de oro en que beberlo y brocados y sedas con que vestirse. ¡Voto á tal que desde hoy me quito la librea y no vuelvo á trabajar para esos señorones holgazanes! --Tened la lengua, Rodín, advirtió la ventera. --No, no, dejadle, dijo uno de los leñadores. Lo que necesitamos es que muchos villanos piensen como Rodín y sacudan el yugo. Medrados estamos si hasta el hablar se nos niega. Por mi parte, aunque me corten las orejas.... --Ved que eso de cortar orejas, tan bonitamente pueden hacerlo los verdugos de los barones como los cuchillos de los leñadores, añadió otro de éstos. ¡Por San Jorge! De mí sé decir que prefiero vivir en el monte á servir á un criado del rey. --Yo no tengo más amo que el rey, declaró otro de los presentes, después de empinar un jarro lleno de cerveza. --¿Y quién es el rey? aventuró Rodín, que estaba ya entre dos luces. ¿Es por ventura un rey inglés cuando su lengua se niega á decir dos palabras en nuestro idioma? Acordaos de su visita del año pasado al castillo de Malvar, donde se presentó con gran golpe de senescales, justicias, condestables, monteros y guardas. En una de las cacerías vigilaba yo la verja de Glendale cuando héte al rey que me echa encima su caballo, diciendo "-¡Ouvrez, ouvrez!-" ó cosa parecida. ¿Es ese el rey que ahora tenemos los ingleses? --¡Á callar se ha dicho! gritó de repente Tristán de Horla, dando un tremendo puntapié al escabel que tenía delante y lanzándolo contra los troncos del hogar, que despidieron millares de chispas. Nadie insulte en mi presencia al buen rey Eduardo, ni le nombre siquiera si no ha de ser con el respeto debido. De lo contrario, ¡por la cruz de Gestas!... Si no sabe hablar inglés sabe combatir mejor que muchos ingleses, que pasaban la vida atiborrándose de jugosa carne y buena cerveza mientras él daba y recibía mandobles bajo los muros de París! Tan enérgicas palabras, dichas por aquel nervudo mocetón, desalentaron á los gruñones, que desde aquel punto y hora hablaron menos y bebieron más. Así pudo Roger oir lo que se decía en otro grupo compuesto, según le había dicho al oído la agradecida ventera, de un sangrador, un dentista ambulante y el músico de la encendida nariz. --Una rata cruda es mi receta invariable contra la peste, decía gravemente el medicastro; una rata cruda abierta en canal. --¿No sería mejor asarla un poco, señor físico? preguntó el sacamuelas. Porque eso de comer ratas crudas.... --¿Quién habla de comerlas, maese Verdín? exclamó con desdén el discípulo de Esculapio. El animalito abierto en canal se aplica sobre la llaga ó sobre la inflamación que precede á ésta. Y siendo la rata animal inmundo, atrae y absorbe por su propia naturaleza los malos humores, libertando de ellos el cuerpo del paciente. --¿Y con tal remedio se cura también la viruela? preguntó el músico, después de convencerse de que su jarro no contenía gota de cerveza. --Con tanta seguridad como la peste, afirmó el físico, limpiando su plato con un mendrugo de pan. --Pues entonces, continuó el músico, me alegro de que vuestro tratamiento no sea muy conocido, porque para mi santiguada que la viruela y la peste son las mejores amigas del pobre en Inglaterra. --¿Cómo es eso, amigo? preguntó Tristán. --Escanciad un poco de cerveza de vuestro jarro en este cubilete y os lo diré. Pues bien, muchas veces se me ha ocurrido que si la peste y otras plagas se llevasen la mitad de la gente que hoy vive en los dominios del señor rey Eduardo, los que quedasen podrían habitar buenas casas, trabajar poco ó nada y vivir en la abundancia. --¡Miren por dónde asoma el arpista! exclamó maese Verdín. Pues ya que tan duras entrañas tenéis, os deseo que cuando la plaga empiece á matar ingleses se os lleve á vos el primero.... --¡Pesia mí! Lo que á vos os duele, seor dentista, es que muriéndose medio mundo os quedaríais poco menos que sin trabajo, vos que sólo entendéis de despoblar quijadas y apenas ganáis hoy para pan y queso. Renovóse la risa á costa del buen Verdín y el músico se levantó para tomar de un rincón su arpa vetusta, que empezó á tañer con vigor. --¡Paso al coplero! exclamaron los leñadores; sentaos aquí junto al fuego, y venga una tonada alegre, como las que tocasteis en la romería de Malvar. --¡Que toque "La Rosa de Lancaster"! --¡No, no, "Las Niñas de Dunán"! --"¡El Arquero y la Villana!" Sin hacer el menor caso de aquellas voces, el músico seguía pulsando las cuerdas, fija la mirada en el ahumado techo, como tratando de recordar la letra de su canto. Luégo entonó con ronca voz una de las canciones más obscenas de la época, con visible aprobación de la mayoría de sus oyentes. La sangre se agolpó al rostro de Roger, que abandonando su asiento, exclamó imperiosamente: --¡Callad! ¡Qué vergüenza! ¡Vos, vos, un anciano que debería dar buen ejemplo á los otros! La sorpresa de todas aquellas gentes fué profunda. --¡Por las barbas del rey de Francia! exclamó uno de los monteros. El estudiantino ha recobrado el uso de la palabra y va á echarnos un sermón. --Se ha ofendido la damisela, dijo un campesino. Venid acá, señor físico, y sangrad á este querubín antes que se nos desmaye. --¡Seguid vuestra canción, maese Lucas, que no hay tilde que ponerle! ¿Estamos en una venta ó en el salón de mi señora la baronesa? --¡Que me aspen si toco ni canto más! decía malhumorado el músico, enfundando su arpa. ¿Pues qué esperaba vuesa merced, un himno sacro ó la letanía? ¿Desde cuándo asustan á los pajecillos las trovas que entonan todos los juglares del reino? Lo dicho, no canto más. --Sí haréis, repuso uno de sus oyentes. Á ver, tía Rojana, un jarro de lo bueno para maese Lucas. Yo convido. Vengan trovas, y si al doncel no le gustan, que se largue, ó si no.... --Poco á poco, don valiente, interrumpió Tristán, poniéndose delante de Roger, como para protegerlo. Mi compañero ha reprendido al viejo coplista porque ni ha oído jamás las desvergüenzas que os parecen gracias, ni está en él creer que pueda decirlas sin protesta un hombre de cabeza cana como la del maese, por más que su nariz lo proclame borrachín de oficio. Pero ya que este frailecico rubio no quiere oir vuestras trovas, ni vos las cantaréis hoy, ni vos, seor bravucón, lo echaréis á él de esta venta. --¡Rayos de Dios, y qué justicia mayor nos ha caído hoy encima! exclamó poniéndose en pie un ceñudo campesino. --¿Habéis acaso comprado -El Pájaro Verde-? preguntó otro. Ved que no sólo el paje llorón sino vos también váis á dar de bruces en el camino. --¡Tregua, Tristán! exclamó Roger apresuradamente. Me voy, antes que ser ocasión de una lucha. --Cállate, muchacho, le contestó su amigo, arremangándose y mostrando los hercúleos brazos. Mal año para mí si esta gentuza no ha dado con la horma de su zapato. Hazte á un lado y verás cómo les arde el pelo.... ¡Acercaos, mandrias! ¡Venid á trabar conocimiento con los puños de Tristán de Horla, bellacos! Viendo que la cosa iba de veras, levantáronse precipitadamente los guardabosques y monteros para poner paz, mientras la ventera y el físico se dirigían ya á los campesinos y leñadores, ya al brioso Tristán, procurando aplacarlos con buenas palabras. En aquel momento se abrió violentamente la puerta del mesón, y la atención de todos se fijó en el recienllegado que con tan poca ceremonia se presentaba. CAPÍTULO VI DE CÓMO EL ARQUERO SIMÓN APOSTÓ SU COBERTOR DE PLUMA Era el desconocido hombre de mediana estatura, vigoroso y bien plantado; moreno el rostro, afeitado cuidadosamente, y acentuadas y un tanto rudas las facciones, desfiguradas en parte por tremenda cicatriz que cruzaba la mejilla izquierda, desde la nariz hasta el cuello. Vivos los ojos, con expresión de amenaza en su brillo y en la contracción habitual de las cejas. Su boca de duras líneas y apretados labios no suavizaba por cierto la severidad del semblante, que revelaba al hombre familiarizado con el peligro y dispuesto siempre á combatirlo. Su larga tizona y el fuerte arco que llevaba á la espalda revelaban su profesión, así como las averías de su cota de malla y las abolladuras del casco decían á las claras que llegaba de los campos de batalla, á la sazón teñidos en sangre inglesa y francesa en la guerra que proseguían Eduardo III y su hijo el Príncipe Negro contra el Rey Carlos V de Francia. Del hombro izquierdo del arquero pendía un ferreruelo blanco, con la roja cruz de San Jorge en su centro. --¡Hola! exclamó guiñando rápidamente los ojos, deslumbrados por la brillante luz del hogar y de las antorchas. ¡Buena lumbre, buena compañía y buena cerveza! Dios os guarde, camaradas. ¡Una mujer, por vida mía! dijo al ver á la tía Rojana, que en aquel momento pasaba junto á él con un par de jarros rebosantes de cerveza. ¡Salud, prenda! y rodeando con su brazo el talle de la ventera, estampó dos sonoros besos en sus mejillas. ---¡Ah, c'est l'amour, madame, c'est l'amour!- tarareó. Mal haya el pícaro francés, que se me ha pegado á la lengua y voy á tener que ahogarlo en buena cerveza inglesa. Porque habéis de saber que no tengo una gota de sangre francesa en las venas y que soy el arquero Simón Aluardo, inglés de buena cepa y contentísimo de volver á poner los pies en su tierra. Así fué que al desembarcar de la galera en la playa de Boyne besé la tierra, porque hacía ya ocho años que no la veía, como os he besado á vos, bella ventera, porque de Boyne aquí apenas si he visto media docena de buenas mozas, y ninguna tan apetitosa como vos.... Pero ¡por mi espada! que esos bribones se han largado con la carga, exclamó lanzándose hacia la puerta. ¡Hola! ¿estáis ahí? ¡Entrad luego, truhanes! Á su voz entraron en la estancia tres cargadores con sendos fardos y permanecieron alineados cerca de la pared. --Veamos si me devolvéis intacta mi hacienda, buscones. Número uno: un cobertor francés de pluma finísima, dos sobrecamas de seda labrada de damasco y veinte varas de terciopelo genovés. --Aquí está todo, señor capitán. --¡Qué capitán ni qué niño muerto! Á ver, el segundo: un rollo de tela de púrpura, que no se ha visto matiz más hermoso en Inglaterra y otro de paño de oro; ponlo ahí en el suelo junto al fardo del otro, y si algo resulta manchado ó averiado te corto las orejas. Número tres: una caja cerrada que contiene broches de oro y plata, dos dagas de gran valor, un relicario guarnecido de perlas y otros despojos, ganados por mí con la punta de mi fiel espada. Item más, un paquete con un cáliz y dos crucifijos, todo ello de plata de ley y hallado por mí en la iglesia de San Dionisio de Narbona, durante el saqueo de aquella ciudad; objetos que me apropié para evitar que cayeran en manos peores que las muy limpias de un arquero del rey Eduardo. ¡Corriente, monigotes! La cuenta está completa. Aquí tenéis dos sueldos por barba, que no debiera dároslos, sino dos puntapiés á cada uno; y decid á la patrona que os eche un trago, que yo pago. Todos contemplaban y oían con interés al veterano, quien apenas aplacó la sed apurando un enorme cubilete de estaño lleno de cerveza, volvió á tomar la palabra: --Y ahora, á cenar, -ma belle-. Un capón asado, un trozo de carne digno de mi apetito y dos ó tres frascos de buen vino gascón. Tengo doblas de oro y cornados de plata en el bolsillo, y sé gastarlos, como buen soldado. Por lo pronto, cuantos me oyen van á tomar un trago de lo que gusten conmigo. La invitación no era para rehusada; volvieron á llenarse los jarros y bebieron á la salud del alegre arquero, á quien rodearon todos, á excepción de algunos leñadores y pecheros que vivían lejos y muy á su pesar tuvieron que abandonar la venta. El recienllegado se había quitado cota, casco y manto y puéstolos sobre sus fardos, junto con la espada, arco y flechas. Sentado frente al hogar, desabrochada la almilla y asiendo con la fuerte y atezada diestra el asa de un jarro de buen tamaño lleno hasta los bordes, sonreía con expresión de profundo contento. Los encrespados cabellos de castaño color le cubrían el cuello y no parecía tener más de cuarenta años, á pesar de las profundas huellas impresas en su rostro por las penalidades de sus largas campañas y por los excesos del placer y la bebida. Roger había suspendido la pintura de la famosa muestra y contemplaba admirado aquel tipo del guerrero de la época tan nuevo para él, y que en corto espacio habíase mostrado duro y violento, galante, generoso, sonriente y apacible por fin, seguro de su fuerza y satisfecho de sí mismo. En aquel momento acertó á mirarle el arquero y vió la sorpresa y la curiosidad retratadas en el rostro del joven. --¡Á tu salud, -mon garçon-! exclamó levantando su jarro y con sonrisa que descubrió dos hileras de firmes y blancos dientes ¡Por mi espada, que no has visto tú muchos hombres de armas, ó no me mirarías como si fuese yo un moro recienllegado de España! --Jamás había visto un soldado de nuestras guerras, confesó Roger francamente, aunque sí oído y leído mucho sobre sus proezas. --Pues á fe que si cruzas el mar los verás más numerosos que abejas en la colmena. Hoy no podrías disparar una flecha en las calles de Burdeos sin ensartar arquero, paje, caballero ó escudero de uno ú otro bando. Y no de los que estilamos por aquí, con justillo y manto, sino con cota de malla ó coraza. --¿Y dónde habéis hallado todas esas lindas cosas que ahí tenéis? preguntó Tristán, señalando las riquezas amontonadas del arquero. --Donde hay otras muchas y mejores esperando que vayan á recogerlas los mozos bien plantados como tú, que no deberían de seguir enmoheciéndose aquí, esperando que el amo les pague el salario, sino ir á ganarlo y cobrarlo por sí mismos, allá en tierra de Francia. ¡Voto á tal, que es aquella vida digna de hombres, noble y honrada cual ninguna! ¡Ea, bebed conmigo á la salud de mis camaradas, á la gloria del Príncipe Negro, hijo del buen rey Eduardo y sobre todo á la del noble señor Claudio Latour, jefe de la invicta Guardia Blanca! --¡Claudio Latour y la Guardia Blanca! exclamaron á una voz los presentes, casi todos conocedores de los altos hechos de aquel esforzado capitán y del invencible cuerpo de su mando, los famosos Arqueros Blancos, que habían tomando parte principalísima en las luchas contra Francia. --¡Bravo, camaradas! Volveré á llenar vuestros cubiletes, por lo bien que habéis brindado en honor de los valientes que visten el coleto blanco. ¡Venga esa cerveza, ángel mío! y dirigiéndose á la tía Rojana, que le miraba sonriente y complacida, entonó una canción bélica, con vozarrón tremendo y desafinando á todo trapo. --Á fe mía que más entiendo yo de dar flechazos que de cantar trovas. --La canción esa me la sé yo de la cruz á la fecha, y mi arpa la conoce tan bien como yo, dijo el músico. Y si este señor predicador, añadió mirando á Roger, no tiene en ello inconveniente, la tocaré y cantaré en obsequio de este valiente arquero.... Muchas veces recordó después Roger el animado y pintoresco cuadro que presentaba la sala del -Pájaro Verde- en aquellos momentos. En el centro del corro el mofletudo y enrojecido rostro del juglar, cantando con mucha expresión las populares estrofas; el grupo de oyentes, el arquero Simón llevando el compás con la cabeza y con la mano, y el exnovicio Tristán, que no era de los menos complacidos con el canto de maese Lucas, á juzgar por la sonrisa que animaba su rostro bonachón. --¡Por el filo de mi espada! exclamó el arquero al terminar la canción. Muchas noches he oído esa misma trova en el campo inglés y cuenta que le hacíamos coro más de doscientos soldados del rey; pero este viejo bebedor deja muy atrás á los que tenemos por oficio manejar el arco, la ballesta y la alabarda. Entretanto, la ventera y una buena moza que la ayudaba habían colocado sobre la maciza mesa de encina los apetitosos platos que formaban la cena de Simón, acompañados de algunas enormes rebanadas de plan blanco. --Lo que no entiendo, continuó alegremente el arquero mientras se preparaba á despachar su cena, es que mocetones como vosotros os avengáis á vivir pegados al terruño, doblando el espinazo y sudando el quilo, cuando tan buena vida podríais llevar bajo las banderas del rey. Miradme á mí. ¿Qué tengo que hacer? Lo que dice la canción que acabáis de oir: la mano en la cuerda, la cuerda en la flecha y la flecha en el blanco. Que es precisamente lo que vosotros hacéis como distracción y pasatiempo los domingos, después del rudo trabajo de la semana. --¿Y la paga? preguntó uno. --Pues ya lo estáis viendo: como bien, bebo mejor, convido á quien me place, no pido favores á nadie y le traigo á mi novia telas de seda y brocado dignas de una princesa. ¿Qué os parece la paga, -mes garçons-? ¿Y qué del montón de chucherías y dijes que véis en aquel rincón? Todo ello viene en derechura del sur de Francia, donde hemos hecho la última campaña. ¿Cuándo esperáis ganar vosotros la centésima parte de ese botín? --Rico es, á fe mía, dijo el sacamuelas. --Y luego, la posibilidad de embolsarse un buen rescate. ¿No sabéis lo que pasó hace pocos años en las batallas de Crécy y de Poitiers? No hubo hombre de armas ni paje ó escudero inglés que no hiciera prisionero por lo menos á un rico barón, conde ó alto caballero francés. Ahí está mi primo Roberto, un gañán como hay pocos, que al empezar la retirada del enemigo en Poitiers puso sus manazas sobre el paladín francés Amaury de Chateauville, dueño y señor de cien villas y castillos, quien tuvo que aprontar cinco mil libras de oro por su rescate, amén de dos caballos soberbios con riquísimas preseas. Cierto que el zafio de Roberto no tardó en quedarse sin blanca, gracias á una mozuela francesa, linda como una perla y más lista que una ardilla. Pero esas son cuentas suyas, y además ¿no se han hecho las doblas para gastarlas, sobre todo en compañía de un buen palmito? ¿Verdad, -ma belle-? --Bien dicen que nuestros valientes arqueros vuelven al país no sólo ricos sino corteses, replicó la Rojana, á quien habían impresionado vivamente la franqueza, el buen humor y la generosidad de su nuevo huésped. --¡Á vuestra salud, ojos de cielo! fué la réplica del galante soldado, levantando su vaso y sonriendo á la ventera. --Una cosa no veo yo muy clara, señor arquero, dijo el estudiante de Exeter. Y es que habiendo firmado nuestro buen príncipe el tratado de Bretigny con el soberano francés, después de nuestras recientes y grandes victorias, nos habléis de guerra con Francia y de rescates y botines.... --Lo cual quiere decir que yo miento, barbilindo, interrumpió el soldado, asiendo por las patas el enorme capón asado que delante tenía, como si fuese una maza de combate. --Líbreme Dios de semejante atrevimiento, exclamó apresuradamente el jovencillo. De allá venís vos, y quizás traigáis nuevas nunca oídas todavía en Inglaterra. La tregua con Francia no ha de ser eterna.... --Ni mucho menos. Pero aun cuando es muy cierto, como decís, que hoy por hoy no estamos á rompernos los huesos con los soldados del rey Carlos, vuestra pregunta prueba que sois novicio en achaques de guerra. Habéis de saber que en tierra de Francia continúan los cintarazos, porque andan como siempre divididos y en armas brabantinos, nanteses, gascones y aventureros de todas clases, sin contar numerosas bandas de rufianes sin bandera, que cercan y saquean ciudades y dan y reciben cuchilladas sin cuento. Y malo sería que cuando cada quisque tiene la mano en la garganta del vecino y cada baroncillo marcha al frente de su mesnada contra el primero que se le ponga en el camino, no tuvieran medios de ganarse la vida en aquel río revuelto los quinientos arqueros ingleses que forman la invencible Guardia Blanca. No son tantos ahora, porque el caballero de Montclus se llevó un centenar de ellos en su expedición á Milán contra el Marqués de Monferrato; pero cuento reclutar yo mismo aquí no pocos muchachos ganosos de honra y provecho, y completar con ellos las filas del cuerpo más lucido que hoy campea bajo la bandera de San Jorge. Lo único que nos falta es que Sir León de Morel se avenga á dejar su castillo una vez más y á empuñar la espada, poniéndose al frente de nuestros arqueros. --No sería poca fortuna para ellos, observó el físico, porque exceptuando á nuestro príncipe y al noble señor de Chandos, no hay en todo el reino mejor lanza, ni valor más probado que el de Sir León de Morel. --Habláis como un libro, que yo le he visto batir el cobre y apenas hay quien le iguale. Nadie lo diría, con su cuerpecillo de paje, sus corteses maneras y su suave voz; pero ¡por mi espada! desde que nos embarcamos en Orvel hasta el sitio de París, y de esto hace ya casi veinte años, no hubo caballero inglés que diera mejor ejemplo, ni escaramuza, emboscada, asalto ó salida en que él no figurase en primera línea. En busca suya voy al castillo de Monteagudo, antes de reclutar mi gente, para entregarle una carta de Sir Claudio Latour, rogándole que ocupe el mando vacante por la partida de Montclus. Pero no quisiera presentarme a él solo, sino por lo menos con un buen par de futuros arqueros blancos.... ¿Qué dices tú á eso, ganapán? preguntó Simón dirigiéndose á un atlético leñador. --Mujer y tres hijos tengo en mi cabaña, replicó éste y no puedo dejarlos por servir al rey. --¿Y tú, mocito? --Yo soy hombre de paz, contestó Roger, y además tengo otra misión muy distinta. --¡No estáis vosotros malas gallinas! ¿Dónde están los hombres de Dunán, de Malvar, de Balsain? ¿No hay ya más que mujeres en Corvalle y Vernel? Pues entonces ¡rayos y truenos! ¿por qué no vestís guardapiés y cofia y os ponéis á manejar la rueca, que no á beber con hombres? En aquel momento cayó una pesada mano sobre el hombro de Simón, la manaza de Tristán de Horla, á quien se oyó decir con gran calma: --Sois un embustero de tomo y lomo, señor arquero, como lo prueban las patrañas que nos endilgáis hace media hora; y sois además un deslenguado y os abofetearé lindamente si repetís las palabras que acabáis de decir. --¡Bravo, -mon garçon-! gritó el arquero riendo á carcajadas. Ya sabía yo que de haber un hombre en el corro no me costaría trabajo descubrirlo. ¿Conque tú quieres abofetearme, eh? Pues mira, otra cosa te propongo. Una lucha en regla. No á puñadas, porque yo tengo mi plan y no quiero echar á perder esa cara de pascua que Dios te ha dado. Nos plantamos aquí en medio de la sala, nos agarramos cómo y por dónde podamos, y si tú me derribas te regalo aquel soberbio cobertor de pluma, que gané en la toma de Narbona y que no tiene igual ni en la cámara del rey.... --Qué me place, asintió Tristán, quitándose apresuradamente ropilla y jubón y dejando ver los poderosos músculos de su cuello, pecho y brazos. Venid, arquero; ya podéis despediros de vuestro cobertor, y por lo menos de un par de huesos que voy á romperos contra el suelo. --Eres todo un hombre, cabeza roja, exclamó el arquero con gran risa, poniendo á un lado su jarro y apretando el ancho cinto de cuero. --Esperad, un momento, dijo un montero. Ya sabemos lo que el soldado apuesta; pero si vos perdéis, amigo Tristán ¿qué ganará con ello el otro? --Yo nada tengo que apostar, replicó Tristán muy contrariado y mirando á Simón. --Sí tienes, gigante mío, sí tienes, dijo éste. Si me derribas, te llevas el cobertor de una princesa; pero si te derribo yo, me llevo tu cuerpo, sin ser el diablo, y lo alisto por cuatro años en la Guardia Blanca, con otros mocetones como tú que espero llevarme á Francia y que si escapan con vida me lo han de agradecer. --¡Eso es! Justa es la propuesta, exclamaron tres ó cuatro voces. --Aceptado, y basta de charla, dijo Tristán adelantando el pie izquierdo, echando hacia atrás el cuerpo y abriendo y cerrando las enormes manos. El arquero, aunque de estatura mucho menor, tenía músculos de acero y era luchador experto. Acercóse con cauto paso á su adversario, que le miraba con ceño, erizada la roja cabellera y pronto á asirle entre sus garras. Sonrióse el arquero, y de pronto se lanzó sobre su contrincante con la velocidad del rayo, rodeó con su pierna la de Tristán y enlazándole la cintura con sus nervudos brazos, procuró hacer caer de espaldas al gigante. Pocos hombres hubieran resistido aquel ataque furioso, pero Tristán, sin perder pie, dió al arquero una sacudida terrible y lo arrojó contra la pared como disparado por una catapulta. ---¡Ma foi!- En poco ha estado que te ganaras el cobertor y me hicieras abrir con la cabeza una ventana más en esta honrada hostelería, dijo el 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000