ganamos muchos ducados no nos faltarán aplausos. De mí os aseguro que
daría buen número de éstos por uno de aquellos. Ó por otro trago de
vuestro riquísimo vino. Y ahora, amiguito, si os sentáis en aquella
piedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasaréis el rato
entretenido.
Hízolo así Roger, quien notó entonces los dos enormes fardos que
formaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban ver
contenían jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel y
falsa pedrería. Junto á ellos yacía una vihuela que Roger tomó y empezó
á tocar con gran maestría, mientras los acróbatas continuaban sus
sorprendentes ejercicios. No tardaron éstos en tomar el compás de la
vihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre las
manos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesen
andado en aquella postura.
--¡Más aprisa, más aprisa! gritaban al tañedor, que los complacía
riéndose á carcajadas.
--¡Bravo, don alfeñique! exclamó por fin uno de los danzantes, dejándose
caer rendido sobre la hierba.
--¡Por vida de! Muy callado lo teníais, señor músico, dijo el otro
imitándolo. ¿Dónde aprendisteis á tañer de tal suerte?
--Lo que acabo de tocar lo aprendí yo solo, sin música ni maestro, por
haberlo oído varias veces allá en Belmonte, de donde vengo.
--¡El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta!
dijo el juglar que parecía de más edad. Tiempo hace que busco un
vihuelista, flautista, ó lo que sea, que nos acompañe y pueda tocar de
oído, y vos lo tenéis magnífico. Venid con nosotros á Pleyel, que no os
ha de pesar, ni os faltarán algunos ducados, buena cerveza y mejor humor
mientras sigamos juntos.
--Sin contar con que jamás hemos tenido cena sin una buena tajada de
carne en el plato y vos no seréis menos. Por mi parte os prometo media
azumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro.
Es gascón y del añejo, agregó guiñando un ojo para dar más valor á su
oferta.
--No, no puede ser, contestó el joven. Otro es mi destino y si he de
llegar á él en sazón no puedo permitirme muchas paradas tan largas como
ésta. Con Dios quedad.
Dicho esto se alejó apresuradamente, sin atender á las repetidas ofertas
de los juglares, quienes por fin se despidieron de él deseándole buena
suerte. La última vez que los vió, antes de doblar un recodo del
sendero, el más joven de los saltimbanquis se había subido sobre los
hombros de su compañero y desde aquella altura lo saludaba con dos
banderolas de chillones colores, que agitaba sobre su cabeza.
Roger les hizo un ademán de despedida y emprendió sonriente el camino de
Munster.
Extraños y en gran manera interesantes le parecían todos aquellos
variados incidentes de su jornada. Las pocas horas pasadas desde que
abandonó el apacible claustro le habían procurado más emociones que un
año de vida en Belmonte. Se le hacía increíble que el fresco pan que iba
comiendo con placer fuese reciensalido de los hornos de la abadía.
No tardó en dejar el terreno montañoso cubierto de arbolado y se halló
en la vasta llanura de Solent, cuyos campos esmaltados de florecillas
multicolores presentaban aquí y allá grupos verdes ó bronceados de
ondulantes helechos. Á la izquierda del viajero y no muy lejos
continuaba el espeso bosque, pero la senda divergía rápidamente de él y
serpenteaba por el valle. El sol próximo á su ocaso entre purpurinas
nubes, iluminaba con luz suave los alegres campos y rozaba de soslayo
los primeros árboles del bosque, poniendo entre las ramas toques
inimitables de oro y rojo. Admiró Roger el bellísimo paisaje, pero sin
detenerse, porque según sus informes lo separaba todavía una legua larga
del primer mesón donde se proponía pasar la noche. Lo único que hizo fué
dar algunos mordiscos al pan y al apetitoso queso que llevaba de
repuesto.
Por aquella parte del camino se cruzó el viajero con buen número de
personas. Vió primero á dos frailes dominicos de negros hábitos, que
pasaron sin mirarle siquiera, fija la vista en el suelo y murmurando sus
oraciones. Siguióles un obeso franciscano, mofletudo y sonriente, que
detuvo á Roger para preguntarle si no había por allí cierta venta famosa
por sus tortas de anguilas; y como el joven le contestase que siempre
había oído poner por las nubes los guisos de anguilas de Solent, el
epicúreo padre tomó el camino de aquel pueblo relamiéndose de gusto.
Poco después vió venir nuestro viajero á tres segadores que cantaban á
voz en cuello, con acento y jerga tan diferentes de cuanto hasta
entonces había oído en su convento, que más bien le parecieron hombres
de otra raza expresándose en lenguaje bárbaro. Llevaba uno de ellos una
garza que habían cogido en la ciénaga vecina y se la ofreció á Roger por
dos cornados. Excusóse éste como pudo y se alegró de dejar atrás á los
cantantes, cuyos enmarañados cabellos rojos, afiladas hoces y risa
brutal los hacían nada gratos compañeros de viaje y menos para
encontrados al caer la noche en campo raso.
Más peligroso que aquellos alegres campesinos demostró ser un macilento
pordiosero que le salió al encuentro poco después, supliendo con una
muleta la pierna que le faltaba. Aunque endeble y humilde al parecer, no
bien hubo pasado Roger sin depositar en el grasiento sombrero la moneda
que le pedía, oyó el grito de rabia del miserable y una blasfemia atroz,
seguida de una pedrada que si hubiera acertado á nuestro héroe en la
cabeza habría puesto probablemente fin á sus aventuras. Por suerte la
piedra pasó rozándole una oreja y fue á dar violentamente contra un
árbol cercano. Detrás de su tronco se guareció Roger de un salto y desde
allí efectuó su retirada ocultándose entre la maleza, sin volver al
sendero hasta que hubo puesto buen trecho entre su persona y el
andrajoso energúmeno. Íbale pareciendo que en Inglaterra no había más
protección de vidas y haciendas que la que cada cual pudiese
proporcionarse con sus propios puños ó con la ligereza de sus piernas.
¿Dónde estaba la ley, aquella ley de que había oído hablar en el
claustro, superior á prelados y barones y de la cual no veía indicio ni
señal? Sin embargo, no debía de ocultarse el sol aquel día sin que Roger
viese por sí mismo un ejemplo inolvidable de la ley durísima de aquella
época y de la más pronta distribución de justicia que jamás presenciaron
ojos humanos.
En el centro del valle había una hondonada por la que corrían las aguas
de cristalino arroyuelo. Á la derecha del camino, en el punto donde
cruzaba el arroyo, veíase un informe montón de piedras, acaso un antiguo
túmulo, que desaparecía casi por completo bajo los brezos y helechos.
Buscando estaba Roger el vado cuando vió venir por el lado opuesto á una
pobre mujer cargada de años y achaques, que por dos veces trató
inútilmente de poner el pie sobre una ancha piedra plana colocada en
medio del arroyo. Roger la vió sentarse desalentada en el ribazo y
cruzando el vado se le acercó y le ofreció ayudarla.
--Venid, buena mujer; el paso no es tan difícil como parece.
--No puedo, doncel; la edad ha nublado mis ojos y aunque sé que hay una
piedra en el vado, no acierto á verla.
--Pues por eso no ha de quedar, dijo Roger; y tomando en brazos á la
enjuta viejecilla la trasladó prontamente á la otra margen. Muy débil y
anciana parecéis para viajar sola, continuó cuando la vió vacilar y caer
de rodillas. ¿Venís de muy lejos?
--De Balsain, donde dejé mi arruinada casuca tres días há. Voy en busca
de mi hijo, que es montero del rey en Corvalle y me ha ofrecido cuidar
de mí estos últimos días de mi vida.
--Deber suyo es hacerlo, que vos cuidasteis de él en su niñez. Pero
¿habéis comido? ¿Lleváis provisiones?
--Tomé un bocado al rayar el día, en el ventorrillo de Dunán.... Pero
allí dejé también la última moneda que me quedaba y por eso necesito
llegar esta misma noche á Corvalle, donde nada me faltará. ¡Si vierais á
mi hijo, tan arrogante, tan generoso! Olvido mis tribulaciones al
figurármelo con su verde sayo de montero, bordadas sobre el pecho las
armas del rey.
--Grande es la tirada de aquí á Corvalle, sobre todo para vos y ya casi
de noche. Pero aquí tenéis un poco de pan y queso y también algunos
sueldos para que con ellos completéis vuestra cena en el primer mesón. Á
Dios quedad.
--Él os guarde, generoso mancebo, dijo la viejecilla alejándose y
menudeando sus bendiciones.
Al volverse Roger para emprender la marcha descubrió lo que hasta
entonces no había reparado; que su breve entrevista con la pobre mujer
había tenido testigos. Eran éstos dos hombres, ocultos hasta entonces
entre los brezos que cubrían el montón de piedras antes citado y que
abandonando su escondrijo se dirigían hacia la hondonada. Uno de ellos,
viejo de andrajosos vestidos, inculta barba y retorcida nariz, tenía más
apariencias de bandido que de caminante; el otro era uno de los pocos
negros que había en Inglaterra por aquella época, y Roger contempló
asombrado los abultados labios y grandes y blancos dientes que hacían
resaltar la negrura de la tez. Pero el aspecto de ambos desconocidos era
tan sospechoso que Roger creyó prudente subir el ribazo y tomar el
camino á buen paso, á fin de evitar su encuentro. No le siguieron los
otros, pero antes de alejarse gran espacio oyó las voces de socorro que
daba la vieja, detenida en medio del camino por ambos bribones, que la
despojaban apresuradamente de las monedas que él le había dado, de su
mantón de lana y de la cestilla que en la mano llevaba. Soltó Roger el
zurrón y empuñando su herrado garrote volvió atrás, cruzó el arroyo de
un salto y se dirigió á todo correr hacia el grupo que formaban los
salteadores y su víctima.
Pero aquéllos no parecían dispuestos á ceder el campo, pues viéndole
venir el negro, sacó un reluciente cuchillo y lo esperó á pie firme; el
otro empuño su nudoso bastón y entre amenazas y maldiciones invitó á
Roger á acercarse. Ningún peligro hubiera detenido en aquel momento al
denodado joven, de ordinario tan comedido y pacífico, pero cuyo
semblante indicaba que la indignación y la cólera lo cegaban,
convirtiéndolo en temible adversario. Llegado frente al negro, le
descargó tan furioso garrotazo que soltó el cuchillo y huyó lanzando
gritos de dolor. Al verlo el viejo, se abalanzó sobre Roger y rodeándole
fuertemente la cintura con ambos brazos, gritó al otro que apuñaleara á
su enemigo por la espalda. Acercóse el negro, recogió su arma y Roger
creyó llegada su última hora, si bien no dejó de hacer vigorosos
esfuerzos para derribar á su adversario, cuya garganta apretaba con
furia mientras forcejeaban ambos de uno á otro lado del camino. En aquel
momento supremo se oyó claramente el galope de numerosos caballos sobre
las piedras y casi al mismo tiempo una exclamación de terror del negro,
que huyó á todo correr y no tardó en ocultarse entre la maleza. El otro
bandido, cuyos ojos delataban el miedo que se había apoderado de él,
hizo esfuerzos desesperados por rechazar á Roger, pero éste logró al fin
derribarlo y sujetarlo firmemente, contando recibir pronto refuerzo.
Los jinetes llegaban á todo correr, precedidos por el que parecía ser
jefe de la partida, que montaba un hermoso caballo negro y vestía fino
sayo de vellorí, cruzado el pecho por ancha banda de rojo color recamada
de oro y cubierta la cabeza con un birrete de blancas plumas. Seguíanle
seis ballesteros, con jubones de paño buriel, cintos de baqueta,
capacetes sin plumas y á la espalda ballesta y saetas. Bajaron la
cuesta, cruzaron el vado y en pocos momentos llegaron al lugar de la
lucha.
--¡Aquí está uno de ellos! exclamó el jefe, echando pie á tierra y
sacudiendo al bandido por el cuello. Á ver las cuerdas, Pedro, y que lo
ates de pies y manos de manera que no vuelva á escurrirse. Le ha llegado
la hora y ¡por San Jorge! que de esta vez las pagará todas juntas.
¿Quién sois, joven? preguntó á Roger.
--Un amanuense de la abadía de Belmonte, señor.
--¿Tenéis carta ó papel que lo acredite? ¿No seréis uno de tantos
pordioseros como infestan estos caminos?
--Hé aquí las cartas del abad de Berguén. No necesito pedir limosna,
dijo el joven algo ofendido.
--Tanto mejor para vos. ¿Sabéis quién soy?
--No, señor.
--Yo soy la ley, soy el corregidor del condado y represento la justicia
de nuestro bondadoso soberano, Eduardo III.
--Á tiempo llegáis, señor, dijo Roger inclinándose ante el personaje.
Unos momentos más y sólo hubierais hallado aquí mi cadáver y quizás
también el de esta pobre mujer.
--¡Pero nos falta el otro! exclamó el corregidor. ¿No habéis visto á un
negro? Era el cómplice de ese ladrón y juntos huían....
--El negro escapó en aquella dirección al oiros, dijo Roger señalando
hacia las piedras del desmoronado túmulo.
--Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de los
ballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estado
vigilando los alrededores. Él sabe que con nuestros caballos lo
alcanzaríamos en un santiamén y se guardará de huir.
--¡Pues á buscarlo! Nunca se dirá que un criminal de su laya escapó al
corregidor de Southampton y á sus ballesteros. Dejad á ese bandido
tendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en línea, á bastante
distancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo os
procuraré caza como el mismo rey no puede tenerla. Norris, aquí, á la
izquierda; Jacobo el Rojo á la derecha. Eso es. Mucho ojo con los
matorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte á la
pieza.
El negro se había deslizado entre los brezos hasta llegar al derruido
monumento, tras cuyas piedras se escondió; al poco rato quiso averiguar
lo que hacían ó proyectaban sus perseguidores, á quienes vió separarse
formando extensa línea y adelantar por la maleza en la dirección que él
había tomado y que les había indicado Roger. Aunque el fugitivo asomó la
cabeza lo más prudentemente posible, el ligero movimiento de unos
helechos bastó para denunciar su presencia al corregidor, que en aquel
momento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y el
matorral que en parte las cubría.
--¡Ah, bellaco! gritó el funcionario sacando la espada y señalándolo á
sus soldados. ¡Allí le tenéis! ¡Á pie firme, ballesteros! Ya abandona su
guarida y corre como un gamo. ¡Tirad!
Así era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor y
verse descubierto, emprendió la fuga á todo correr.
--Apunta dos varas á la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano,
inmediato á Roger.
--No, apenas hay viento; con vara y media basta, contestó su compañero,
soltando la cuerda de su ballesta.
Roger se estremeció, porque el acerado dardo pareció atravesar de parte
á parte al fugitivo. Pero éste siguió corriendo.
--Dos varas te digo, bodoque, comentó el viejo ballestero, apuntando con
tanta calma como si tirase al blanco.
Partió silbando la mortífera saeta y se vió al negro dar de repente un
enorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde quedó
inmóvil.
--Debajo de la espaldilla izquierda, fué lo único que dijo su matador,
adelantándose á recobrar su dardo.
--Á perro viejo no hay tus tus. Esta noche podrás emborracharte con el
mejor vino de Southampton, dijo el personaje á su impasible ballestero.
¿Estás seguro de haberlo despachado?
--Tan muerto está como mi abuela, señor.
--Corriente. Ahora al otro bribón. No faltan árboles allá en el bosque,
pero no tenemos tiempo que perder. Anda, Lobato, saca esa espada y
córtale la cabeza al canalla, como tú sabes hacerlo.
--¡Por favor, concededme una gracia que os pido! suplicó el sentenciado
dando diente con diente.
--¿Qué es ello? preguntó el magistrado.
--Antes confesaré mi crimen. El negro y yo fuímos, en efecto, quienes
después de robar cuanto pudimos en la barca -Rosamaría- de la que él era
cocinero, asesinamos y despojamos al mercader flamenco en Belfast.
Pronto estoy á que me enviéis allá, ante mis jueces.
--Poco mérito tiene esa confesión y no te valdrá. Es que además de tus
fechorías en Belfast y en todas partes acabas de cometer un asalto en
despoblado dentro del territorio de mi jurisdicción y vas á morir. Basta
de charla.
--Pero señor, observó Roger pálido de emoción; no ha sido juzgado y....
--Vos, mocito, me complaceréis grandemente no hablando de lo que no
entendéis y menos os importa. Y tú, belitre, continuó dirigiéndose al
reo, ¿qué gracia es esa que pides?
--Tengo en la bota del pie izquierdo un trocito de madera envuelto en
lienzo. Perteneció un tiempo á la barca en que iba el bendito San Pablo
cuando las olas lo arrojaron á la isla de Melita. Lo compré por tres
doblas á un marinero que venía de Levante. Os pido que me permitáis
morir con esa reliquia en la mano, y de esta manera no sólo obtendré mi
salvación eterna sino también la vuestra, pues debiéndoos tan gran
merced, no dejaré de interceder por vos un solo día.
Á una señal de su jefe, el ballestero Jacobo descalzó al malhechor y
halló en la bota la valiosa reliquia, envuelta en luenga tira de fino
cendal. Los soldados se santiguaron devotamente y el corregidor se
descubrió al tomarla y entregársela al sentenciado.
--Si sucediese que por los méritos del gran apóstol San Pablo te fuesen
perdonados tus delitos y abiertas las puertas del Paraíso, dijo el
crédulo magistrado, espero que no olvides la gracia que te concedo y la
promesa que me haces. Y ten también presente que toda tu intercesión ha
de ser por Roberto de York, corregidor de Southampton y no por Roberto
de York mi primo hermano, el condestable de Chester. Y ahora, Jacobo, al
avío, que todavía tenemos una buena tirada de aquí á Munster y el sol se
ha puesto ya.
Con los ojos dilatados por el espanto contempló Roger aquella
conmovedora escena; el obeso personaje ricamente vestido, el grupo de
ballesteros que miraban indiferentes, teniendo asidas las riendas de
sus caballos; la viejecilla, tan espantada como él, que esperaba el
final del sangriento drama sentada á un lado del camino y por último el
malhechor de pie, atados los brazos y pálido como un muerto. El más
viejo de los ballesteros se adelantó en aquel momento y desenvainó la
cortante hoja; Roger volvió la espalda y se retiró apresuradamente, pero
á los pocos pasos oyó un sonido sordo, horrible, que le hizo temblar,
seguido del golpe que dió el cuerpo al caer en tierra. Momentos después
pasaron trotando junto á Roger el corregidor y cuatro ballesteros,
habiendo recibido los otros dos la orden de cavar una fosa y enterrar
los cadáveres. Uno de los soldados limpiaba la larga hoja de su espada
en las crines del caballo, y al verlo Roger le sobrecogió tal angustia
que arrojándose sobre la hierba prorrumpió en sollozos convulsivos.
"¡Mundo perverso, se decía, hombres de corazón duro, así los criminales
como los encargados de administrar una justicia brutal y cruenta!"
CAPÍTULO V
DE LA EXTRAÑA COMPAÑÍA QUE SE REUNIÓ EN LA VENTA DEL PÁJARO VERDE
Había cerrado la noche y brillaba la luna entre ligeras nubes cuando
Roger, cansado y hambriento, llegó al mesón de Dunán, famoso en diez
leguas á la redonda y situado fuera del pueblo, en la intersección de
los tres caminos de Balsain, Corvalle y Munster. Era un edificio bajo y
sombrío, cuya puerta señalaban al caminante y alumbraban de noche dos
hachones encendidos. De la ventana central proyectaba una larga barra á
manera de asta, de cuya punta pendía enorme rama seca, señal cierta de
que el sediento viajero hallaría en la venta toda clase de bebidas, y en
especial la dorada cerveza y el buen vino que tanto contribuían á la
justa fama del establecimiento.
Á su puerta se detuvo el joven, contemplando distraídamente un caballo
ensillado que allí esperaba piafando, atado á una gruesa argolla fija en
la pared. Era la primera vez que el descendiente de los Clinton de
Munster entraba en un mesón y preguntábase qué clase de gentes serían
sus compañeros de hospedaje y qué recibimiento le harían. Pero pensó
también que si la distancia á Munster no era larga, en cambio él no
conocía á su hermano, de quien tenía los peores informes; y que lo
derecho era pasar la noche en el albergue de Dunán y presentarse de día
en casa de su pariente, que ni lo esperaba, ni sabía de él, ni jamás le
había mostrado el menor interés.
La viva luz que iluminaba la puerta del mesón, las carcajadas que desde
ella se oían y el rumor de vasos entrechocados hicieron vacilar un
momento al inexperto viajero, que hasta entonces había pasado sus noches
en la pulcra y callada celda del convento. Pero hizo un esfuerzo y
diciéndose que era aquella una posada pública en la que él tenía tanto
derecho á entrar como cualquier otro, franqueó la puerta y se halló en
la sala común.
Aunque era la noche una de las primeras del otoño y nada fría, ardían en
el hogar gruesos leños cuyo humo salía en parte por la chimenea y en
parte invadía también la estancia y oprimía las gargantas de cuantos en
ella se encontraban. Sobre el fuego se veía un gran caldero cuyo
contenido hervía á borbotones y despedía el más apetitoso olor. Sentados
en torno una docena ó más de toscos bebedores, quienes al ver á Roger
prorrumpieron en voces tales que éste se quedo indeciso, mirándolos á
través del humo que llenaba el local.
--¡Otra tanda, otra tanda! gritó un gandul zarrapastroso. ¡Venga mi
cerveza y que pague la tanda el recienllegado!
--Esa es la ley del -Pájaro Verde-, aulló otro. ¡Cómo se entiende, tía
Rojana! ¿Parroquiano nuevo y vasos vacíos?
--Un momento, mis buenos señores, un momento. Si no he preguntado lo que
queréis es porque ya lo sé, y escanciando estoy la cerveza para los
leñadores, aguamiel para el músico, sidra para el herrero y vino para
todos los demás. Llegaos aquí, buen hidalgo, dijo á Roger, y sed muy
bienvenido. Sabed que ha sido siempre costumbre del -Pájaro Verde- que
el último en llegar pague una convidada. ¿Os conformáis á ello?
--Me guardaré yo de contravenir los usos de vuestra casa, señora
ventera. Pero no estará de más decir que si mi voluntad es buena mi
bolsa no está muy henchida; sin embargo, daré con gusto hasta un ducado
por obsequiar á los presentes.
--¡Bravo! gritaron todos á una voz, chocando y vaciando sus vasos.
--¡Bien dicho, frailecico mío! exclamó un vozarrón sonoro, á tiempo que
una pesada mano caía sobre el hombro de Roger. Volvióse éste y vió á su
lado á Tristán de Horla, su compañero de claustro, expulsado de la
abadía aquella mañana.
--¡Por la cruz de Gestas! Malos días se le preparan á Belmonte,
continuó el fornido exnovicio. En veinticuatro horas han dicho adiós á
sus vetustos paredones dos de los tres hombres que había en todo el
convento. Porque hace tiempo que te conozco, Roger amigo, y á pesar de
tu carita de muñeca llegaras á ser todo un hombre. El otro á quien me
refiero es el buen abad. Ni él es mi amigo ni yo le debo favores, pero
tiene un corazón animoso y sangre de pura raza y vale mucho más que la
partida de gansos que tiene á sus órdenes. ¿No es así, Rogerito?
--Los monjes de Belmonte son unos santos....
--Santos calabacines, que sólo entienden de darse buena vida y llenar el
buche. ¿Crees tú que estos brazos míos y esa cabeza tuya nos fueron
dados para llevar semejante vida? Mucho hay que hacer y que ganar en el
mundo, amigo, pero no para los que se encierran entre cuatro paredes.
--Pues entonces ¿por qué te hiciste novicio?
--Justa es la pregunta, á fe mía y no difícil la respuesta. Porque la
rubia Margot, de la Granja Real, se casó con Gandolfo el Zurdo, un
pillete de siete suelas, dejando plantado á Tristán de Horla, no
obstante sus promesas y otras cosas que yo me sé. Y estando dicho
Tristán enamorado como un bolonio, se metió en el convento, en lugar de
pedir al rey una alabarda ó un arco y de dar al Zurdo un pie de paliza
como para él solo. Con la calma vino la reflexión, le pegué un susto al
soplón Ambrosio, hice que me quitaran el hábito blanco, se enfureció el
abad, y por él lo siento, dejé para siempre el monasterio y aquí me
tienes más contento que unas pascuas.
Echáronse á reir sus oyentes, á tiempo que llegaba la patrona con dos
grandes jarros de vino y cerveza y tras ella una sirvienta con platos y
cucharas que distribuyó á los parroquianos. Dos de éstos que vestían el
verde sayo de los guardabosques retiraron el caldero del fuego é
hicieron plato á los restantes y todos atacaron con apetito el humeante
potaje. Roger se instaló en un ángulo algo apartado del fuego, donde
podía comer y beber con sosiego á la vez que observar los hechos y
dichos de aquella extraña reunión, iluminada por la luz del hogar y tres
ó cuatro antorchas colocadas en aros de hierro fijos en las ennegrecidas
paredes. Además de los guardabosques y algunos robustos jayanes que
ganaban su vida carboneando y cortando leña en los vecinos montes,
veíase allí á un músico de rubicunda nariz, á un alegre estudiante de
Exeter, y más allá un sujeto de enmarañados cabellos y luenga barba,
envuelto en tosco tabardo y un joven, al parecer montero ó paje, cuyo
raído jubón no reflejaba gran crédito sobre la munificencia de su señor,
quienquiera que fuese. Junto á él comía con apetito el alegre exnovicio,
á cuya derecha quedaban tres rudos mozos de labranza. En el rincón más
apartado del hogar roncaba un parroquiano, rendido por las frecuentes
libaciones á que sin duda se había entregado antes de la llegada de los
otros huéspedes.
--Ese es Ferrus el pintor, dijo la tía Rojana señalando con el cucharón
al dormido bebedor. ¡Y yo, tonta de mí, que le creí y le dí de beber
antes de que me pintara la muestra prometida y ahora me quedo sin
muestra y sin el vino que se me ha tragado ese perdulario! Figuraos,
continuó la indignada ventera dirigiéndose á Roger, que Ferrus me
ofreció esta mañana pintarme una enseña con un pájaro verde, nombre que
ha llevado por luengos años esta honrada venta, á condición de darle
todo el vino que quisiese durante su trabajo; ¡y ved aquí lo que ese
farsante ha pintado y quiere que cuelgue yo á la puerta de mi casa!
Diciendo esto presentó la buena mujer un tablero en el que sobre fondo
rojizo y nada limpio se contoneaba una especie de gallina moribunda
pintarrajeada de verde, con un ojo saltón y amarillento colocado más
cerca del pescuezo que del pico; era éste encorvado y enorme, y de él
pendía un cartelón pintado de blanco con esta inscripción en letras
negras: -¡Al Pagaro Berde!-
Aquella obra maestra del pintor ambulante fué acogida con grandes risas,
y el mismo Roger no pudo menos de convenir con la ventera en que aquel
papagayo bizco y aquella ortografía fantástica perjudicarían á la buena
fama del mesón y moverían á risa á los señores que allí se detuviesen á
descansar y refrescar durante sus frecuentes cacerías.
--Sería la ruina de mi casa, exclamó la tía Rojana.
--No os apuréis, buena mujer, que yo espero mejorar algo el cuadro, dijo
Roger, si vos me dáis los colores y pinceles del artista Ferrus.
--El cielo os prospere si así lo hacéis, lindo señor, dijo ella
sorprendida y encantada con aquella oferta; y en un santiamén le llevó y
abrió el zurrón de Ferrus, admirando la prontitud y habilidad con que
Roger manejó colores, paleta y pinceles y borrando el espantajo verde
comenzó á pintar el fondo de la nueva muestra.
--El barón de Ansur tendrá que arar él mismo sus campos, si quiere
grano, voceaba en tanto uno de los bebedores, con zamarra y gruesas
botas de cuero. Lo que es yo no vuelvo á poner el pie en sus tierras.
Doscientos años hace que toda mi parentela suda la gota gorda para que
los señores de Ansur tengan buen vino en sus mesas y copas de oro en que
beberlo y brocados y sedas con que vestirse. ¡Voto á tal que desde hoy
me quito la librea y no vuelvo á trabajar para esos señorones
holgazanes!
--Tened la lengua, Rodín, advirtió la ventera.
--No, no, dejadle, dijo uno de los leñadores. Lo que necesitamos es que
muchos villanos piensen como Rodín y sacudan el yugo. Medrados estamos
si hasta el hablar se nos niega. Por mi parte, aunque me corten las
orejas....
--Ved que eso de cortar orejas, tan bonitamente pueden hacerlo los
verdugos de los barones como los cuchillos de los leñadores, añadió otro
de éstos. ¡Por San Jorge! De mí sé decir que prefiero vivir en el monte
á servir á un criado del rey.
--Yo no tengo más amo que el rey, declaró otro de los presentes, después
de empinar un jarro lleno de cerveza.
--¿Y quién es el rey? aventuró Rodín, que estaba ya entre dos luces. ¿Es
por ventura un rey inglés cuando su lengua se niega á decir dos palabras
en nuestro idioma? Acordaos de su visita del año pasado al castillo de
Malvar, donde se presentó con gran golpe de senescales, justicias,
condestables, monteros y guardas. En una de las cacerías vigilaba yo la
verja de Glendale cuando héte al rey que me echa encima su caballo,
diciendo "-¡Ouvrez, ouvrez!-" ó cosa parecida. ¿Es ese el rey que ahora
tenemos los ingleses?
--¡Á callar se ha dicho! gritó de repente Tristán de Horla, dando un
tremendo puntapié al escabel que tenía delante y lanzándolo contra los
troncos del hogar, que despidieron millares de chispas. Nadie insulte en
mi presencia al buen rey Eduardo, ni le nombre siquiera si no ha de ser
con el respeto debido. De lo contrario, ¡por la cruz de Gestas!... Si no
sabe hablar inglés sabe combatir mejor que muchos ingleses, que pasaban
la vida atiborrándose de jugosa carne y buena cerveza mientras él daba y
recibía mandobles bajo los muros de París!
Tan enérgicas palabras, dichas por aquel nervudo mocetón, desalentaron á
los gruñones, que desde aquel punto y hora hablaron menos y bebieron
más. Así pudo Roger oir lo que se decía en otro grupo compuesto, según
le había dicho al oído la agradecida ventera, de un sangrador, un
dentista ambulante y el músico de la encendida nariz.
--Una rata cruda es mi receta invariable contra la peste, decía
gravemente el medicastro; una rata cruda abierta en canal.
--¿No sería mejor asarla un poco, señor físico? preguntó el sacamuelas.
Porque eso de comer ratas crudas....
--¿Quién habla de comerlas, maese Verdín? exclamó con desdén el
discípulo de Esculapio. El animalito abierto en canal se aplica sobre la
llaga ó sobre la inflamación que precede á ésta. Y siendo la rata animal
inmundo, atrae y absorbe por su propia naturaleza los malos humores,
libertando de ellos el cuerpo del paciente.
--¿Y con tal remedio se cura también la viruela? preguntó el músico,
después de convencerse de que su jarro no contenía gota de cerveza.
--Con tanta seguridad como la peste, afirmó el físico, limpiando su
plato con un mendrugo de pan.
--Pues entonces, continuó el músico, me alegro de que vuestro
tratamiento no sea muy conocido, porque para mi santiguada que la
viruela y la peste son las mejores amigas del pobre en Inglaterra.
--¿Cómo es eso, amigo? preguntó Tristán.
--Escanciad un poco de cerveza de vuestro jarro en este cubilete y os lo
diré. Pues bien, muchas veces se me ha ocurrido que si la peste y otras
plagas se llevasen la mitad de la gente que hoy vive en los dominios del
señor rey Eduardo, los que quedasen podrían habitar buenas casas,
trabajar poco ó nada y vivir en la abundancia.
--¡Miren por dónde asoma el arpista! exclamó maese Verdín. Pues ya que
tan duras entrañas tenéis, os deseo que cuando la plaga empiece á matar
ingleses se os lleve á vos el primero....
--¡Pesia mí! Lo que á vos os duele, seor dentista, es que muriéndose
medio mundo os quedaríais poco menos que sin trabajo, vos que sólo
entendéis de despoblar quijadas y apenas ganáis hoy para pan y queso.
Renovóse la risa á costa del buen Verdín y el músico se levantó para
tomar de un rincón su arpa vetusta, que empezó á tañer con vigor.
--¡Paso al coplero! exclamaron los leñadores; sentaos aquí junto al
fuego, y venga una tonada alegre, como las que tocasteis en la romería
de Malvar.
--¡Que toque "La Rosa de Lancaster"!
--¡No, no, "Las Niñas de Dunán"!
--"¡El Arquero y la Villana!"
Sin hacer el menor caso de aquellas voces, el músico seguía pulsando las
cuerdas, fija la mirada en el ahumado techo, como tratando de recordar
la letra de su canto. Luégo entonó con ronca voz una de las canciones
más obscenas de la época, con visible aprobación de la mayoría de sus
oyentes. La sangre se agolpó al rostro de Roger, que abandonando su
asiento, exclamó imperiosamente:
--¡Callad! ¡Qué vergüenza! ¡Vos, vos, un anciano que debería dar buen
ejemplo á los otros!
La sorpresa de todas aquellas gentes fué profunda.
--¡Por las barbas del rey de Francia! exclamó uno de los monteros. El
estudiantino ha recobrado el uso de la palabra y va á echarnos un
sermón.
--Se ha ofendido la damisela, dijo un campesino. Venid acá, señor
físico, y sangrad á este querubín antes que se nos desmaye.
--¡Seguid vuestra canción, maese Lucas, que no hay tilde que ponerle!
¿Estamos en una venta ó en el salón de mi señora la baronesa?
--¡Que me aspen si toco ni canto más! decía malhumorado el músico,
enfundando su arpa. ¿Pues qué esperaba vuesa merced, un himno sacro ó la
letanía? ¿Desde cuándo asustan á los pajecillos las trovas que entonan
todos los juglares del reino? Lo dicho, no canto más.
--Sí haréis, repuso uno de sus oyentes. Á ver, tía Rojana, un jarro de
lo bueno para maese Lucas. Yo convido. Vengan trovas, y si al doncel no
le gustan, que se largue, ó si no....
--Poco á poco, don valiente, interrumpió Tristán, poniéndose delante de
Roger, como para protegerlo. Mi compañero ha reprendido al viejo
coplista porque ni ha oído jamás las desvergüenzas que os parecen
gracias, ni está en él creer que pueda decirlas sin protesta un hombre
de cabeza cana como la del maese, por más que su nariz lo proclame
borrachín de oficio. Pero ya que este frailecico rubio no quiere oir
vuestras trovas, ni vos las cantaréis hoy, ni vos, seor bravucón, lo
echaréis á él de esta venta.
--¡Rayos de Dios, y qué justicia mayor nos ha caído hoy encima! exclamó
poniéndose en pie un ceñudo campesino.
--¿Habéis acaso comprado -El Pájaro Verde-? preguntó otro. Ved que no
sólo el paje llorón sino vos también váis á dar de bruces en el camino.
--¡Tregua, Tristán! exclamó Roger apresuradamente. Me voy, antes que ser
ocasión de una lucha.
--Cállate, muchacho, le contestó su amigo, arremangándose y mostrando
los hercúleos brazos. Mal año para mí si esta gentuza no ha dado con la
horma de su zapato. Hazte á un lado y verás cómo les arde el pelo....
¡Acercaos, mandrias! ¡Venid á trabar conocimiento con los puños de
Tristán de Horla, bellacos!
Viendo que la cosa iba de veras, levantáronse precipitadamente los
guardabosques y monteros para poner paz, mientras la ventera y el físico
se dirigían ya á los campesinos y leñadores, ya al brioso Tristán,
procurando aplacarlos con buenas palabras. En aquel momento se abrió
violentamente la puerta del mesón, y la atención de todos se fijó en el
recienllegado que con tan poca ceremonia se presentaba.
CAPÍTULO VI
DE CÓMO EL ARQUERO SIMÓN APOSTÓ SU COBERTOR DE PLUMA
Era el desconocido hombre de mediana estatura, vigoroso y bien plantado;
moreno el rostro, afeitado cuidadosamente, y acentuadas y un tanto rudas
las facciones, desfiguradas en parte por tremenda cicatriz que cruzaba
la mejilla izquierda, desde la nariz hasta el cuello. Vivos los ojos,
con expresión de amenaza en su brillo y en la contracción habitual de
las cejas. Su boca de duras líneas y apretados labios no suavizaba por
cierto la severidad del semblante, que revelaba al hombre familiarizado
con el peligro y dispuesto siempre á combatirlo. Su larga tizona y el
fuerte arco que llevaba á la espalda revelaban su profesión, así como
las averías de su cota de malla y las abolladuras del casco decían á las
claras que llegaba de los campos de batalla, á la sazón teñidos en
sangre inglesa y francesa en la guerra que proseguían Eduardo III y su
hijo el Príncipe Negro contra el Rey Carlos V de Francia. Del hombro
izquierdo del arquero pendía un ferreruelo blanco, con la roja cruz de
San Jorge en su centro.
--¡Hola! exclamó guiñando rápidamente los ojos, deslumbrados por la
brillante luz del hogar y de las antorchas. ¡Buena lumbre, buena
compañía y buena cerveza! Dios os guarde, camaradas. ¡Una mujer, por
vida mía! dijo al ver á la tía Rojana, que en aquel momento pasaba junto
á él con un par de jarros rebosantes de cerveza. ¡Salud, prenda! y
rodeando con su brazo el talle de la ventera, estampó dos sonoros besos
en sus mejillas.
---¡Ah, c'est l'amour, madame, c'est l'amour!- tarareó. Mal haya el
pícaro francés, que se me ha pegado á la lengua y voy á tener que
ahogarlo en buena cerveza inglesa. Porque habéis de saber que no tengo
una gota de sangre francesa en las venas y que soy el arquero Simón
Aluardo, inglés de buena cepa y contentísimo de volver á poner los pies
en su tierra. Así fué que al desembarcar de la galera en la playa de
Boyne besé la tierra, porque hacía ya ocho años que no la veía, como os
he besado á vos, bella ventera, porque de Boyne aquí apenas si he visto
media docena de buenas mozas, y ninguna tan apetitosa como vos.... Pero
¡por mi espada! que esos bribones se han largado con la carga, exclamó
lanzándose hacia la puerta. ¡Hola! ¿estáis ahí? ¡Entrad luego, truhanes!
Á su voz entraron en la estancia tres cargadores con sendos fardos y
permanecieron alineados cerca de la pared.
--Veamos si me devolvéis intacta mi hacienda, buscones. Número uno: un
cobertor francés de pluma finísima, dos sobrecamas de seda labrada de
damasco y veinte varas de terciopelo genovés.
--Aquí está todo, señor capitán.
--¡Qué capitán ni qué niño muerto! Á ver, el segundo: un rollo de tela
de púrpura, que no se ha visto matiz más hermoso en Inglaterra y otro de
paño de oro; ponlo ahí en el suelo junto al fardo del otro, y si algo
resulta manchado ó averiado te corto las orejas. Número tres: una caja
cerrada que contiene broches de oro y plata, dos dagas de gran valor, un
relicario guarnecido de perlas y otros despojos, ganados por mí con la
punta de mi fiel espada. Item más, un paquete con un cáliz y dos
crucifijos, todo ello de plata de ley y hallado por mí en la iglesia de
San Dionisio de Narbona, durante el saqueo de aquella ciudad; objetos
que me apropié para evitar que cayeran en manos peores que las muy
limpias de un arquero del rey Eduardo. ¡Corriente, monigotes! La cuenta
está completa. Aquí tenéis dos sueldos por barba, que no debiera
dároslos, sino dos puntapiés á cada uno; y decid á la patrona que os
eche un trago, que yo pago.
Todos contemplaban y oían con interés al veterano, quien apenas aplacó
la sed apurando un enorme cubilete de estaño lleno de cerveza, volvió á
tomar la palabra:
--Y ahora, á cenar, -ma belle-. Un capón asado, un trozo de carne digno
de mi apetito y dos ó tres frascos de buen vino gascón. Tengo doblas de
oro y cornados de plata en el bolsillo, y sé gastarlos, como buen
soldado. Por lo pronto, cuantos me oyen van á tomar un trago de lo que
gusten conmigo.
La invitación no era para rehusada; volvieron á llenarse los jarros y
bebieron á la salud del alegre arquero, á quien rodearon todos, á
excepción de algunos leñadores y pecheros que vivían lejos y muy á su
pesar tuvieron que abandonar la venta. El recienllegado se había quitado
cota, casco y manto y puéstolos sobre sus fardos, junto con la espada,
arco y flechas. Sentado frente al hogar, desabrochada la almilla y
asiendo con la fuerte y atezada diestra el asa de un jarro de buen
tamaño lleno hasta los bordes, sonreía con expresión de profundo
contento. Los encrespados cabellos de castaño color le cubrían el cuello
y no parecía tener más de cuarenta años, á pesar de las profundas
huellas impresas en su rostro por las penalidades de sus largas campañas
y por los excesos del placer y la bebida. Roger había suspendido la
pintura de la famosa muestra y contemplaba admirado aquel tipo del
guerrero de la época tan nuevo para él, y que en corto espacio habíase
mostrado duro y violento, galante, generoso, sonriente y apacible por
fin, seguro de su fuerza y satisfecho de sí mismo. En aquel momento
acertó á mirarle el arquero y vió la sorpresa y la curiosidad retratadas
en el rostro del joven.
--¡Á tu salud, -mon garçon-! exclamó levantando su jarro y con sonrisa
que descubrió dos hileras de firmes y blancos dientes ¡Por mi espada,
que no has visto tú muchos hombres de armas, ó no me mirarías como si
fuese yo un moro recienllegado de España!
--Jamás había visto un soldado de nuestras guerras, confesó Roger
francamente, aunque sí oído y leído mucho sobre sus proezas.
--Pues á fe que si cruzas el mar los verás más numerosos que abejas en
la colmena. Hoy no podrías disparar una flecha en las calles de Burdeos
sin ensartar arquero, paje, caballero ó escudero de uno ú otro bando. Y
no de los que estilamos por aquí, con justillo y manto, sino con cota de
malla ó coraza.
--¿Y dónde habéis hallado todas esas lindas cosas que ahí tenéis?
preguntó Tristán, señalando las riquezas amontonadas del arquero.
--Donde hay otras muchas y mejores esperando que vayan á recogerlas los
mozos bien plantados como tú, que no deberían de seguir enmoheciéndose
aquí, esperando que el amo les pague el salario, sino ir á ganarlo y
cobrarlo por sí mismos, allá en tierra de Francia. ¡Voto á tal, que es
aquella vida digna de hombres, noble y honrada cual ninguna! ¡Ea, bebed
conmigo á la salud de mis camaradas, á la gloria del Príncipe Negro,
hijo del buen rey Eduardo y sobre todo á la del noble señor Claudio
Latour, jefe de la invicta Guardia Blanca!
--¡Claudio Latour y la Guardia Blanca! exclamaron á una voz los
presentes, casi todos conocedores de los altos hechos de aquel esforzado
capitán y del invencible cuerpo de su mando, los famosos Arqueros
Blancos, que habían tomando parte principalísima en las luchas contra
Francia.
--¡Bravo, camaradas! Volveré á llenar vuestros cubiletes, por lo bien
que habéis brindado en honor de los valientes que visten el coleto
blanco. ¡Venga esa cerveza, ángel mío! y dirigiéndose á la tía Rojana,
que le miraba sonriente y complacida, entonó una canción bélica, con
vozarrón tremendo y desafinando á todo trapo.
--Á fe mía que más entiendo yo de dar flechazos que de cantar trovas.
--La canción esa me la sé yo de la cruz á la fecha, y mi arpa la conoce
tan bien como yo, dijo el músico. Y si este señor predicador, añadió
mirando á Roger, no tiene en ello inconveniente, la tocaré y cantaré en
obsequio de este valiente arquero....
Muchas veces recordó después Roger el animado y pintoresco cuadro que
presentaba la sala del -Pájaro Verde- en aquellos momentos. En el centro
del corro el mofletudo y enrojecido rostro del juglar, cantando con
mucha expresión las populares estrofas; el grupo de oyentes, el arquero
Simón llevando el compás con la cabeza y con la mano, y el exnovicio
Tristán, que no era de los menos complacidos con el canto de maese
Lucas, á juzgar por la sonrisa que animaba su rostro bonachón.
--¡Por el filo de mi espada! exclamó el arquero al terminar la canción.
Muchas noches he oído esa misma trova en el campo inglés y cuenta que
le hacíamos coro más de doscientos soldados del rey; pero este viejo
bebedor deja muy atrás á los que tenemos por oficio manejar el arco, la
ballesta y la alabarda.
Entretanto, la ventera y una buena moza que la ayudaba habían colocado
sobre la maciza mesa de encina los apetitosos platos que formaban la
cena de Simón, acompañados de algunas enormes rebanadas de plan blanco.
--Lo que no entiendo, continuó alegremente el arquero mientras se
preparaba á despachar su cena, es que mocetones como vosotros os
avengáis á vivir pegados al terruño, doblando el espinazo y sudando el
quilo, cuando tan buena vida podríais llevar bajo las banderas del rey.
Miradme á mí. ¿Qué tengo que hacer? Lo que dice la canción que acabáis
de oir: la mano en la cuerda, la cuerda en la flecha y la flecha en el
blanco. Que es precisamente lo que vosotros hacéis como distracción y
pasatiempo los domingos, después del rudo trabajo de la semana.
--¿Y la paga? preguntó uno.
--Pues ya lo estáis viendo: como bien, bebo mejor, convido á quien me
place, no pido favores á nadie y le traigo á mi novia telas de seda y
brocado dignas de una princesa. ¿Qué os parece la paga, -mes garçons-?
¿Y qué del montón de chucherías y dijes que véis en aquel rincón? Todo
ello viene en derechura del sur de Francia, donde hemos hecho la última
campaña. ¿Cuándo esperáis ganar vosotros la centésima parte de ese
botín?
--Rico es, á fe mía, dijo el sacamuelas.
--Y luego, la posibilidad de embolsarse un buen rescate. ¿No sabéis lo
que pasó hace pocos años en las batallas de Crécy y de Poitiers? No hubo
hombre de armas ni paje ó escudero inglés que no hiciera prisionero por
lo menos á un rico barón, conde ó alto caballero francés. Ahí está mi
primo Roberto, un gañán como hay pocos, que al empezar la retirada del
enemigo en Poitiers puso sus manazas sobre el paladín francés Amaury de
Chateauville, dueño y señor de cien villas y castillos, quien tuvo que
aprontar cinco mil libras de oro por su rescate, amén de dos caballos
soberbios con riquísimas preseas. Cierto que el zafio de Roberto no
tardó en quedarse sin blanca, gracias á una mozuela francesa, linda como
una perla y más lista que una ardilla. Pero esas son cuentas suyas, y
además ¿no se han hecho las doblas para gastarlas, sobre todo en
compañía de un buen palmito? ¿Verdad, -ma belle-?
--Bien dicen que nuestros valientes arqueros vuelven al país no sólo
ricos sino corteses, replicó la Rojana, á quien habían impresionado
vivamente la franqueza, el buen humor y la generosidad de su nuevo
huésped.
--¡Á vuestra salud, ojos de cielo! fué la réplica del galante soldado,
levantando su vaso y sonriendo á la ventera.
--Una cosa no veo yo muy clara, señor arquero, dijo el estudiante de
Exeter. Y es que habiendo firmado nuestro buen príncipe el tratado de
Bretigny con el soberano francés, después de nuestras recientes y
grandes victorias, nos habléis de guerra con Francia y de rescates y
botines....
--Lo cual quiere decir que yo miento, barbilindo, interrumpió el
soldado, asiendo por las patas el enorme capón asado que delante tenía,
como si fuese una maza de combate.
--Líbreme Dios de semejante atrevimiento, exclamó apresuradamente el
jovencillo. De allá venís vos, y quizás traigáis nuevas nunca oídas
todavía en Inglaterra. La tregua con Francia no ha de ser eterna....
--Ni mucho menos. Pero aun cuando es muy cierto, como decís, que hoy por
hoy no estamos á rompernos los huesos con los soldados del rey Carlos,
vuestra pregunta prueba que sois novicio en achaques de guerra. Habéis
de saber que en tierra de Francia continúan los cintarazos, porque andan
como siempre divididos y en armas brabantinos, nanteses, gascones y
aventureros de todas clases, sin contar numerosas bandas de rufianes sin
bandera, que cercan y saquean ciudades y dan y reciben cuchilladas sin
cuento. Y malo sería que cuando cada quisque tiene la mano en la
garganta del vecino y cada baroncillo marcha al frente de su mesnada
contra el primero que se le ponga en el camino, no tuvieran medios de
ganarse la vida en aquel río revuelto los quinientos arqueros ingleses
que forman la invencible Guardia Blanca. No son tantos ahora, porque el
caballero de Montclus se llevó un centenar de ellos en su expedición á
Milán contra el Marqués de Monferrato; pero cuento reclutar yo mismo
aquí no pocos muchachos ganosos de honra y provecho, y completar con
ellos las filas del cuerpo más lucido que hoy campea bajo la bandera de
San Jorge. Lo único que nos falta es que Sir León de Morel se avenga á
dejar su castillo una vez más y á empuñar la espada, poniéndose al
frente de nuestros arqueros.
--No sería poca fortuna para ellos, observó el físico, porque
exceptuando á nuestro príncipe y al noble señor de Chandos, no hay en
todo el reino mejor lanza, ni valor más probado que el de Sir León de
Morel.
--Habláis como un libro, que yo le he visto batir el cobre y apenas hay
quien le iguale. Nadie lo diría, con su cuerpecillo de paje, sus
corteses maneras y su suave voz; pero ¡por mi espada! desde que nos
embarcamos en Orvel hasta el sitio de París, y de esto hace ya casi
veinte años, no hubo caballero inglés que diera mejor ejemplo, ni
escaramuza, emboscada, asalto ó salida en que él no figurase en primera
línea. En busca suya voy al castillo de Monteagudo, antes de reclutar mi
gente, para entregarle una carta de Sir Claudio Latour, rogándole que
ocupe el mando vacante por la partida de Montclus. Pero no quisiera
presentarme a él solo, sino por lo menos con un buen par de futuros
arqueros blancos.... ¿Qué dices tú á eso, ganapán? preguntó Simón
dirigiéndose á un atlético leñador.
--Mujer y tres hijos tengo en mi cabaña, replicó éste y no puedo
dejarlos por servir al rey.
--¿Y tú, mocito?
--Yo soy hombre de paz, contestó Roger, y además tengo otra misión muy
distinta.
--¡No estáis vosotros malas gallinas! ¿Dónde están los hombres de Dunán,
de Malvar, de Balsain? ¿No hay ya más que mujeres en Corvalle y Vernel?
Pues entonces ¡rayos y truenos! ¿por qué no vestís guardapiés y cofia y
os ponéis á manejar la rueca, que no á beber con hombres?
En aquel momento cayó una pesada mano sobre el hombro de Simón, la
manaza de Tristán de Horla, á quien se oyó decir con gran calma:
--Sois un embustero de tomo y lomo, señor arquero, como lo prueban las
patrañas que nos endilgáis hace media hora; y sois además un deslenguado
y os abofetearé lindamente si repetís las palabras que acabáis de
decir.
--¡Bravo, -mon garçon-! gritó el arquero riendo á carcajadas. Ya sabía
yo que de haber un hombre en el corro no me costaría trabajo
descubrirlo. ¿Conque tú quieres abofetearme, eh? Pues mira, otra cosa te
propongo. Una lucha en regla. No á puñadas, porque yo tengo mi plan y no
quiero echar á perder esa cara de pascua que Dios te ha dado. Nos
plantamos aquí en medio de la sala, nos agarramos cómo y por dónde
podamos, y si tú me derribas te regalo aquel soberbio cobertor de pluma,
que gané en la toma de Narbona y que no tiene igual ni en la cámara del
rey....
--Qué me place, asintió Tristán, quitándose apresuradamente ropilla y
jubón y dejando ver los poderosos músculos de su cuello, pecho y brazos.
Venid, arquero; ya podéis despediros de vuestro cobertor, y por lo menos
de un par de huesos que voy á romperos contra el suelo.
--Eres todo un hombre, cabeza roja, exclamó el arquero con gran risa,
poniendo á un lado su jarro y apretando el ancho cinto de cuero.
--Esperad, un momento, dijo un montero. Ya sabemos lo que el soldado
apuesta; pero si vos perdéis, amigo Tristán ¿qué ganará con ello el
otro?
--Yo nada tengo que apostar, replicó Tristán muy contrariado y mirando á
Simón.
--Sí tienes, gigante mío, sí tienes, dijo éste. Si me derribas, te
llevas el cobertor de una princesa; pero si te derribo yo, me llevo tu
cuerpo, sin ser el diablo, y lo alisto por cuatro años en la Guardia
Blanca, con otros mocetones como tú que espero llevarme á Francia y que
si escapan con vida me lo han de agradecer.
--¡Eso es! Justa es la propuesta, exclamaron tres ó cuatro voces.
--Aceptado, y basta de charla, dijo Tristán adelantando el pie
izquierdo, echando hacia atrás el cuerpo y abriendo y cerrando las
enormes manos.
El arquero, aunque de estatura mucho menor, tenía músculos de acero y
era luchador experto. Acercóse con cauto paso á su adversario, que le
miraba con ceño, erizada la roja cabellera y pronto á asirle entre sus
garras. Sonrióse el arquero, y de pronto se lanzó sobre su contrincante
con la velocidad del rayo, rodeó con su pierna la de Tristán y
enlazándole la cintura con sus nervudos brazos, procuró hacer caer de
espaldas al gigante. Pocos hombres hubieran resistido aquel ataque
furioso, pero Tristán, sin perder pie, dió al arquero una sacudida
terrible y lo arrojó contra la pared como disparado por una catapulta.
---¡Ma foi!- En poco ha estado que te ganaras el cobertor y me hicieras
abrir con la cabeza una ventana más en esta honrada hostelería, dijo el
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