--Disculpe, señor barón. ¿Quién me asegura que ese matrimonio, esa
unión... -contra naturam-, confiéselo... va a tener buen resultado?
¿Quién me garantiza que, dentro de un año o dos, no volverá aquí mi
hija, en cabeza, en camisa, a declararme: «Padre mío, yo no puedo vivir
ya con ese viejo... Téngame a su lado?...»
--¡Ah, señores! ¡eso era duro!
--Ahí tiene usted--continuó,--ahí tiene usted la razón de que, como
padre prudente, yo no me atreva a entregarle mi hija.
¡De modo que me manda a paseo!... ¡se burla de mí!...
Me levanto, porque la entrevista me parece terminada; pero el viejo se
precipita y me obliga a sentarme otra vez:
--...Sin embargo, se la entregaría guardando las formas que un hombre
como yo se cree obligado a imponer a un hombre como usted... o, para
hablar más claramente, observando las formalidades por medio de las
cuales un padre debe asegurar el porvenir de su hija... o, para ser más
preciso todavía, la dote...
Entonces lo comprendo todo, y suelto la carcajada. ¡Ah, viejo fullero!
¡viejo fullero! ¡Para no soltar dote era para lo que había representado
toda esa comedia! Al verme reír, manda al diablo el énfasis afectado, el
pudor y la dignidad, y se echa a reír también con toda la boca; luego me
dice:
--¡Oh! desde el momento que usted toma así la cosa, amigo mío... Si yo
lo hubiera adivinado... Pero, usted bien lo sabe, hay que tantear
siempre el terreno... y si cuaja, tanto mejor...
De modo que estábamos de acuerdo.
Entonces se llamó a la baronesa; y, digámoslo en honor suyo, olvidó el
papel que tenía que desempeñar; se me echó al cuello en cuanto su marido
hubo acabado, para salvar las apariencias, de explicarle la situación.
¿Y Yolanda?
Pálida como la muerte, con los labios apretados, los ojos entornados,
apareció en la entrada del salón y me tendió silenciosamente las dos
manos. Después, con paso de autómata se acercó a sus padres y se dejó
abrazar por ellos.
Vean, señores, esto me dio que pensar otra vez.
V
Lo que me temía, señores, no sucedió...
A lo que parece, yo no tenía la menor idea del aprecio y de la amistad
de que era objeto dentro de nuestro círculo. Mis esponsales tuvieron la
aprobación de la nobleza y también del grueso público; por todas partes
no vi más que caras sonrientes y manos afectuosamente tendidas que me
felicitaban.
Es cierto que, en una ocasión como ésa, el mundo entero parece
conjurarse contra uno para empujarlo, con gestos y ademanes de júbilo,
hacia el destino; hasta el momento en que, como la cosa empieza a
aburrir, todos se vuelven contra uno y le enseñan los dientes. La
verdad, sin embargo, es que poco a poco fui dejando de sentirme
avergonzado de mi felicidad; y hasta acabé por creer que tenía derechos
reales sobre tanta juventud y belleza.
Mi pobre hermana vieja se mostró abnegada, hasta un extremo conmovedor;
sin embargo, ella era la única persona a quien mi matrimonio causaba
directamente un daño: tenía que salir de Ilgenstein el día de la boda
para instalarse en nuestra pequeña posesión materna en Gorowen. Derramó
torrentes de lágrimas, lágrimas de alegría, me aseguró que su plegaria
de todas las noches había sido oída, y se apasionó de mi prometida antes
mismo de conocerla.
¿Qué hubiera dicho mi amigo Pütz, que había bajado a la tumba sin ganar
la comisión que esperaba recibir por mi casamiento?
«A su hijo--me dije,--es a quien tengo que pagarla.»
Escribí a éste una larga carta; le pedí perdón casi por haber ido a
buscar mujer en la casa de su enemigo hereditario;
«pero--agregué,--confío que de esta manera la vieja disputa se arreglará
por sí sola».
La respuesta se hizo esperar mucho tiempo.
Contenía unas cuantas palabras de felicitación bastante secas, y me
anunciaba que Lotario aplazaría su regreso hasta después de mi
casamiento; le sería muy penoso encontrarse tan cerca de mí y no poder
estar a mi lado ese gran día.
Esto, señores, me apenó; porque yo lo amaba de veras, al muy bandido.
Sí, sí... y mi novia también me tenía inquieto.
Seriamente inquieto, señores.
No veía en ella una alegría sincera. Siempre que llegaba, la encontraba
con el rostro pálido, la expresión fría, la mirada turbia por entre los
párpados bajos. Sólo cuando me la llevaba a un lado y le hablaba
alegremente, acababa por animarse y por demostrarme una especie de
ternura filial.
Pero también, señores, ¡cuán delicado me mostraba yo con ella!
¡extraordinariamente delicado, les aseguro!... La trataba como si fuera
la princesa de un cuento de hadas; todos los días descubría yo en mi
corazón nuevas fuentes de delicadeza, y me sentía positivamente
orgulloso de mi refinada finura.
A veces, sin embargo, me asaltaban impulsos de contar un cuento picante
o de soltar un juramento gordo. Esta perpetua vigilancia sobre mí mismo
me abrumaba. Gracias a Dios, tengo el corazón bastante tierno y bastante
generoso para comprender las exigencias de otro corazón, sin que haya
afectación de mi parte. Pero hasta cierto punto eso me hacía el efecto
de estar en la situación de un acróbata que avanza por la cuerda con los
ojos vendados. Un movimiento falso a la derecha, un movimiento falso a
la izquierda... ¡patatrás!... al suelo.
De modo que, cuando me veía otra vez en mi vasta casa vacía, en la que
podía silbar, jurar, gritar, echar pestes y maldiciones a mi gusto, y
hacer Dios sabe cuántas cosas más, sin chocar ni incomodar a nadie,
experimentaba un verdadero bienestar y me decía más de una vez: «¡A Dios
gracias! ¡todavía soy libre!»
Sí, pero no por mucho tiempo... Como nada se oponía al matrimonio, éste
debía celebrarse dentro de seis semanas.
Una horda de tapiceros, de carpinteros, invadió mi querido Ilgenstein y
lo puso patas arriba. Todos mis deseos se veían contrarrestados por la
frase:
--¡Oh, señor barón! ¡eso no es de buen gusto!
Y, a fe mía, que los dejaba hacer; porque en aquella época yo sentía
todavía un santo respeto por el famoso «buen gusto». Sólo mucho más
tarde fue cuando comprendí que, por lo común, eso no es más que una
pantalla para disimular la pobreza de espíritu.
En fin, lo cierto es que, so pretexto del maldito buen gusto, en poco
tiempo la banda devastadora no dejó ni un rincón intacto en Ilgenstein.
No conseguí poner a cubierto de la invasión nada más que mi gabinete de
trabajo. Allí sí; prohibí enérgicamente toda tentativa de buen gusto...
Y mi viejo catre... naturalmente... nadie se había atrevido a ponerle
las manos encima.
¡Ah, sí, señores! esa cama...
Vean, oigan esto... Un buen día, viene a verme mi hermana... Dicho sea
de paso, ella hacía causa común con toda esa gentuza... Entra, pues, en
mi aposento, mostrando en sus labios la sonrisita falsa que adoptan las
solteronas cuando se hace alusión delante de ellas a la manera cómo
vienen al mundo las criaturas.
--Tengo que hablarte, Jorge--me dice, tosiendo afectadamente, sin
mirarme.
--¡Bueno! ¡Empieza!
--Es a propósito...--balbucea,--es decir, me parece que... ¿qué piensas
tú al respecto?... tú no puedes continuar durmiendo en esa cama
espantosa, sobre un jergón...
--¿Y si a mí me gusta dormir así?
--No me comprendes...--murmura, cada vez más turbada;--después...
cuando... en fin, una vez que te cases...
--¡Diantre! ¡no había pensado en eso!...--Y yo, un viejo lobo, me pongo
tan turbado como ella.
--Habrá que avisar al ebanista--digo.
--Mi querido Jorge--dice ella con importancia;--perdóname si creo que
entiendo el asunto mejor que tú.
--¡Hum, hum!--le digo, amenazándola con el dedo, porque mi mayor placer
ha sido siempre plantar en el banquillo su pudor de solterona.
Ella se pone colorada de vergüenza, y continúa:
--He visto en casa de mis amigas, en casa de la señora de Houssel y de
la condesa Finkenstein, dormitorios espléndidos... es preciso que tengas
tú uno igual.
Yo pregunto:
--¿Cómo es?
Debo decir a ustedes, señores, que, al encontrarme con que el gran
tacaño de mi suegro no quería pagar ni siquiera el arreglo de la casa,
yo había dicho que el mobiliario estaba completo y había encargado en
seguida lo indispensable a Berlín y a Königsberg. Naturalmente, me había
olvidado de la cama.
--¿Qué prefieres?--insiste ella;--seda rosa cubierta de tul ilusión o
seda adornada con puntillas? Tal vez se podría decir también al pintor
que está haciendo el cielo raso que lo adorne con unos cuantos
amorcillos.
¡Ay, ay, ay, señores!... yo no me sentía a gusto... ¡Yo y Cupido!...
--En cuanto a la cama--prosigue ella, implacable,--no habría tiempo de
terminarla...
--¡Cómo!--replico;--¡seis semanas para hacer una cama!...
--¡Pero Jorge!... Los dibujos, los planos solamente requieren un mes.
Dirigí una mirada entristecida a mi vieja cama querida. Para ésa no
había habido necesidad de dibujos. Me la habían hecho en medio día; seis
tablas y cuatro montantes.
--Lo mejor--continúa ella,--sería escribir a Lotario pidiéndole que
elija en Berlín lo más bonito y más fino que encuentre en las tiendas.
--¡Haz lo que quieras, y déjame en paz!--le dije, enervado.
Y mientras la pobre se retira un poco ofendida, le grito:
--Y, sobre todo, encomienda al pintor que trate que los amorcillos se me
parezcan.
Ahí tienen, señores, cuál era mi estado de ánimo durante el período de
noviazgo... Y cuanto más se acercaba el día de la boda, tanto más
incómodo me sentía.
No porque tuviese miedo... o más bien, sí... tenía un miedo horrible...
pero, aparte de eso, experimentaba la sensación de haber cometido una
falta, de haber hecho daño a alguno... ¿cómo decir?... Pero, ¿a
quién?... A ella no, por cuanto ella lo había querido así. A mí,
tampoco, ¿no era yo el más feliz de los mortales? ¿A Lotario?... Muy
bien podría ser.
El pobre muchacho había contado conmigo como un segundo padre, y yo lo
abandonaba, pasándome al enemigo con armas y bagajes. ¡Vean ustedes cómo
cumplía yo la palabra que había dado a Pütz en su lecho de muerte!
Señores, aquel de ustedes a quien las circunstancias hayan obligado a
alistarse en las filas de los bribones... y ¿cuál es el hombre honrado
que no ha tenido que hacer eso alguna vez en su vida?... ese me
comprenderá.
Me devanaba los sesos día y noche, y me roía las uñas hasta hacerme
sangre; y, no encontrando otra manera de arreglar las cosas, resolví
reconciliar a mi costa a las dos partes.
Confieso que me costó algún trabajo decidirme a ello; porque nosotros,
los cultivadores, estamos muy aferrados, señores, a nuestros cuartos...
Pero ¿qué es lo que no haría uno, cuando lo han declarado oficialmente
«un buen muchacho?»
Me voy, pues, una tarde a casa de mi futuro suegro, y entro en su
pretendido gabinete de trabajo. Estaba en preparativos para repantigarse
en su diván, y lo incito, no sin vacilar, a que se reconcilie con
Lotario... naturalmente, para tantear ante todo el terreno. Como lo
había previsto, en seguida monta en cólera, jura, se sofoca, se pone
lívido, y me señala la puerta.
--Pero--digo yo,--supongamos que él reconoce su error y abandona el
pleito...
Señores ¿ha acariciado alguno de ustedes alguna vez un tejón?... quiero
decir un tejón joven, medio domesticado. ¿Han notado ustedes los ojitos,
medio burlones, medio dulces, con que mira mientras resuella suavemente?
Enteramente igual fue la cara que puso el viejo; luego, me dijo:
--El no querrá.
--Pero, ¿y si consintiera?
--Entonces ¿eres tú el que paga los platos rotos?--me lanza a quema ropa
el viejo pícaro.
--Yo me pregunto: «¿Tengo que negar?»
¡Bah! ¡Que el diablo lo lleve!... y convengo en la cosa.
--Pues no--dice el otro secamente;--nada de eso, hijo mío, no acepto.
--¿Y por qué?
--A causa de los hijos, por supuesto... Tengo que pensar en los nietos
que tu magnanimidad me otorgará sin duda. Yo no les doy dote; ¿y voy a
quitarles también la paja del nido donde van a nacer? De todos modos,
estoy seguro de ganar el pleito si las cosas se prolongan uno o dos
años más; puedo esperar.
Entonces, ensayo la persuación.
--El dinero quedará en la familia--digo;--yo pago, y tú guardas el
dinero. Y, cuando te mueras, ese dinero volverá a mi poder.
--¡Ajá! ¡conque cuentas ya con mi muerte!--grita el viejo, montando otra
vez en cólera;--¡querrías seguramente enterrarme vivo y tirar en seguida
el manotón a Krakowitz para redondear tus tierras! ¿Le has echado el ojo
a mi Krakowitz desde hace tiempo, eh?
Imposible hacer entender razones a ese energúmeno; me decido a emplear
los grandes recursos.
--Oye entonces mi última palabra:--le digo.--Yo no puedo entrar en tu
familia sino con una condición: tu reconciliación con Lotario Pütz. Si
te niegas, tendré que romper mi compromiso.
Eso le puso blandito.
--¡Qué cabeza hueca!--dijo;--no hay medio de hablar de sentimientos
contigo. Yo pienso en tus hijos, en esas pobres criaturas que están por
nacer todavía; y tú, tú no piensas más que en una ruptura y en otras
borricadas por el estilo... Arregla el asunto así, si eso te place; yo
no me opongo personalmente, no tengo nada contra Lotario Pütz. Al
contrario: debe ser un mocetón enérgico, muy caballero, bastante
aficionado a las muchachas lindas... Y, a propósito, hijo mío, te voy a
dar un buen consejo. Tú vas a tener una mujer joven. Si ella no fuera mi
hija, y no estuviera por eso mismo arriba de toda sospecha, yo te diría:
«Riñe con él; no le prestes más dinero y reclámale lo que te debe...»
Como tú comprenderás, la prudencia es una gran cosa.
Señores, hasta entonces, yo había tomado al viejo por su lado bueno;
pero desde aquel momento se me hizo odioso. Bueno... el casamiento ante
todo; que, después, ya sabré librarme de él.
Había que tragar todavía una píldora bastante gorda. Convencer a Lotario
de que el viejo había reconocido su error y renunciaba a seguir el
pleito. Eso anduvo como sobre rieles. Lotario se sorprendió tan poco que
se olvidó de agradecérmelo...
¡En fin, qué quieren ustedes!
Ya les he hablado de mi prometida; suficientemente, me parece. Nuestras
relaciones, con sus altibajos de confianza o de temor, de esperanza o de
abatimiento, formaban una madeja demasiado complicada para que mis
manazas pesadas pudieran desenredarla.
Debo decir, en honor de Yolanda, que ella se esforzaba lealmente por
darse conmigo... Trataba de adivinar mis gustos; sí, trataba de asociar
sus ideas con las mías. Pero eso no era posible. Allí donde su joven
inteligencia esperaba encontrar en mí la vida, el interés, no había, por
lo general, más que un desierto seco, hacía ya mucho tiempo. Porque,
vean ustedes lo que es terrible en la vejez: cada año atrofia un nervio
más en nosotros; y, cuando estamos por llegar a los cincuenta años, el
trabajo y el reposo nos son igualmente mortíferos.
Entonces estaban de moda las corbatas de color punzó; yo usaba, por lo
tanto, una corbata punzó; usaba también zapatos puntiagudos, e hice
poner forros de seda a mis trajes.
Hacía a mi novia costosos regalos: un collar de turquesas de quince mil
francos... y un solitario célebre que había sido rematado en París.
Todos los días, el ferrocarril le llevaba rosas frescas y orquídeas,
porque, en cuanto a las flores de mi jardín, el cultivo de ellas no me
daba tan buen resultado como la cría de potros. Diré de paso que mis
potros... pero no, no es de eso de lo que quiero hablarles.
VI
Ahí está. Y ahora, señores, hago una raya y paso directamente al día de
mi casamiento.
Mi señor suegro, que, como los gatos, caía siempre sobre sus patas,
había resuelto aprovechar mi popularidad y renovar relaciones, en
ocasión de nuestras bodas, con un montón de gente que, por prudencia,
había dejado de tratarse con él desde hacía años. Desató, pues, los
cordones de su bolsa, y organizó una fiesta monstruo en la que el
champagne debía correr a mares, según su expresión.
Es fácil comprender que toda esta faramalla me daba miedo... Pero un
novio no es más que un ente ridículo al que se le han suprimido
momentáneamente los órganos de la voluntad.
A la mañana del gran día estaba yo sentado en mi pieza, de muy mal
humor, con la casa entera hediendo a encáustico, cuando de repente se
abre la puerta y se presenta Lotario.
Muy alegre... en apariencia... muy animado... con sus grandes botas. Se
echa en mis brazos:
--¡Hurra! ¡mi tío!
Ha pasado toda la noche en viaje... La víspera, en las carreras de
Hoppegarten, se ha ganado el gran premio... una carrera infernal... sin
embargo, no se ha desnucado... Después, ha bebido como un pozo... y, con
todo, ahí lo tienen ustedes fresco y resuelto como un joven dios... Dice
que va a bailar como un trompo... Ha traído chascos, fuegos
artificiales... Necesita inmediatamente dos docenas de hombres para
enseñarles el manejo de las piezas, etcétera.
Todo esto brota y sale de sus labios sin interrupción, mientras sus
gruesas cejas negras no hacen más que subir y bajar, y sus ojos brillan
como brasas.
«¡Esta es la juventud!» pensé, ahogando un suspiro; «¡ah! si pudiese yo,
aunque sólo fuera por veinticuatro horas, tener sus ojos... y todo lo
demás!»
Le digo:
--¿Y no me pides noticias de mi novia?
Se echa a reír ruidosamente:
--¡Mi tío! ¡mi tío!--exclama.--¡Esta si que es aventura!... ¡Casarte,
tú! ¡tú, casarte!... ¡Es realmente como para tirar bombas! ¡Hurra!
Y, riéndose siempre, sale del aposento.
En cuanto a mí, me dejo estar donde estoy, y concluyo mi cigarro; me
siento muy abatido. Después, voy a inspeccionar las piezas recientemente
arregladas.
Delante de la puerta del dormitorio me detiene mi hermana, que está
preparando sus valijas.
--Aquí no se puede estar--dice,--es una sorpresa para ustedes dos.
¡Nosotros dos!... ¡qué tontería!
Como a las once, me pongo a la tarea de vestirme. El traje me incomoda
en las escotaduras; los zapatos me aprietan los dedos; hace treinta años
que los dedos de los pies se me hinchan... los grogs de Pütz tienen la
culpa. La camisa está más dura que una tabla, la corbata me estrangula.
¡Es atroz!
A las dos de la tarde parto en el coche... entonces, señores, comienza
un sueño... no un bello sueño... ¡no, por cierto!... sino una pesadilla
espantosa, con todas las sensaciones correspondientes: vértigos,
sofocaciones, opresión y caída en el vacío... y con uno que otro
intervalo feliz, cuando me decía: «Todo saldrá bien. Tú tienes buen
corazón y buena voluntad. Tú la guiarás para que pueda vencer los
obstáculos. Ella hará su camino en el mundo festejada como una reina, y
no sentirá las cadenas...»
Mientras los carruajes de los invitados iban entrando unos tras otros en
el patio principal, y las ventanas se adornaban al mismo tiempo con
rostros desconocidos, yo recorría el jardín como un poseído, embarraba
mis lindos zapatos de charol en la tierra húmeda, y lloraba a moco
tendido.
No me dejaron tranquilo mucho tiempo. Me llamaban de todas partes, y
entré en la casa. El viejo, triunfante por haber reunido alrededor de él
a sus antiguos enemigos y adversarios, a todos aquellos a quienes había
ofendido o perjudicado, o engañado de alguna manera, corría del uno al
otro, estrechándoles las manos y jurando a todos una amistad eterna.
Yo habría querido dar los buenos días a algunos amigos, pero en seguida
se apoderaron de mí, y me empujaron, gritando, hacia el aposento donde,
según decían, me estaba esperando mi novia.
Allí estaba ella, gallardamente erguida en su traje de seda blanca. El
velo de tul la envolvía en una nube transparente, y la corona de mirto
descansaba sobre sus cabellos como una corona de espinas.
Tuve que cerrar por un momento los ojos, deslumbrado. ¡Estaba tan
hermosa!
--¿Estás contento?--me dijo, con una mirada tierna y sumisa.
Su rostro, al sonreírse, parecía una máscara de mármol. Entonces me
sentí aplastado por la felicidad y por la conciencia de mi falta. Habría
querido echarme a sus pies, pedirle perdón por haberme atrevido a
pretenderla; pero no podía hacerlo, porque mi suegra estaba detrás de
ella... Había también allí damas de honor y otras tonterías... Balbucí
algunas palabras que yo mismo no comprendí, y, no sabiendo qué actitud
debería guardar, me puse a andar de un lado a otro por la pieza,
abotonándome y desabotonándome los guantes. Mi suegra, que tampoco sabía
qué decir, arreglaba los pliegues del velo, y me miraba de reojo con una
expresión de reproche y de estímulo al mismo tiempo. Cada vez que en mis
paseos llegaba al extremo del aposento, me encontraba delante de un
espejo, en el que, quisiera o no quisiera, tenía que mirarme. Veía en él
mi frente calva, mis mejillas escarlatas, con bolsas debajo de los ojos,
y una verruga en el ángulo de la boca. Veía el cuello postizo de mi
camisa, demasiado estrecho aun cuando había pedido el número más alto, y
mi pescuezo colorado que se desbordaba por arriba de él formando un
pliegue gordo. Veía todo eso, y, un poco por clemencia y otro poco por
lealtad, sentía impulsos de gritar a Yolanda: «¡Ten piedad de ti misma!
¡todavía estás a tiempo! ¡No te cases conmigo!...»
Nota breve: en aquella época, el matrimonio civil no existía aún.
Por mí, yo podría haberme estado así siglos enteros, dando vueltas
alrededor de ella sin animarme nunca a decirle nada; pero, cuando el
viejo se deslizó dentro de la pieza con la agilidad de un hurón,
gritando: «¡Vamos! ¡el pastor está esperando!...» me enfurruñé, como si
eso hubiera contrariado mis intenciones.
Ofrezco el brazo a Yolanda... Ábrense de par en par las puertas.
¡Caras! ¡caras! ¡nada más que caras, pegadas unas a las otras, que me
miran irónicamente como diciéndome: «¡Hanckel, te estás poniendo en
ridículo!» Han formado un doble cerco, y nosotros pasamos por el medio;
y me sorprenda que nadie rompa con una carcajada el silencio que allí
reina. Llegamos al altar que el viejo había fabricado artísticamente con
un gran cajón cubierto por un paño rojo. Encima, hay una verdadera
exposición de flores, de luces; en el centro, un crucifijo, como si se
tratara de un entierro.
El buen viejo del pastor está delante de nosotros; adopta la expresión
que imponen las circunstancias, y se recoge y vuelve a recogerse las
mangas de la sobrepelliz, lo mismo que un escamoteador que se dispone a
comenzar sus juegos.
Ante todo, un cántico... después, la plática. Maldito si oigo una
palabra de ella; estoy embargado por una idea horrible que ha entrado en
mi mente con la rapidez del rayo y que no me deja ya: «Ella va a decir
-no-. Ella va a decir -no-...»
Y, cuanto más se acerca el momento decisivo, tanto más me aprieta el
miedo la garganta. Al fin, ya no dudo absolutamente de que ella va a
decir -no-.
Señores, ella dijo -sí-... Respiré entonces como un malhechor que acaba
de oír su absolución.
Pero, lo más extraño fue esto. En cuanto oí esa palabra y cesó mi
angustia, sentí un vivo pesar. «¡Ah! ¿por qué no había dicho más bien
-no-?»
Después de la bendición vinieron las felicitaciones sin fin. Y yo no
hacía más que apretar manos, unas tras otras, con un ardor metódico:
gracias, a la derecha; gracias, a la izquierda... Sentía un verdadero
agradecimiento para todos esos imbéciles, que se acercaban a
congratularme solícitos y alegres, gracias a la perspectiva de una buena
comilona.
Faltaba uno todavía: Lotario.
Llegó entre los últimos, con la tez verdosa, la expresión hambrienta o
fastidiada. Lo agarro del brazo:
--Aquí lo tienes, Yolanda--digo a ésta.--Es Lotario Pütz, hijo único de
Pütz, hijo mío, casi. Dale la mano, llámale Lotario.
Y al ver que ella vacilaba, tomé sus cinco dedos y los puse entre los de
Lotario. Entretanto, pensaba: «¡Qué suerte que él esté aquí!... Nos ha
de ayudar más de una vez a salvar las situaciones difíciles.»
No se sonrían, señores. Veo que ustedes se figuran que poco a poco va a
ir formándose, en mis propias barbas, una intriguilla amorosa entre esos
dos jóvenes. No hay tal cosa... Tengan un poco de paciencia. Ya verán.
Nos sentamos, pues, a la mesa... Cubierto suntuoso, flores, vajilla de
plata, un cúmulo de piezas montadas. El conjunto muy bien... Se sirvió
ante todo una copita de Jerez para hacer entrar en calor al estómago. El
Jerez era bueno, pero la copa muy chica; y no pude conseguir que me
sirvieran otra.
«Tengo que ser galante con ella... cariñoso... las conveniencias lo
exigen...» me decía, dirigiendo una mirada a Yolanda, colocada a mi
derecha. Su codo me rozaba ligeramente el brazo, y la sentía temblar.
«Es de hambre»; pensé. Yo también; no había comido nada todavía.
Se había puesto a mirar fijamente un candelabro de plata que tenía por
delante, al que el tiempo había arrugado la superficie como la piel de
una vieja. Su perfil... ¡Dios mío! ¡qué hermoso era ese perfil!... Y era
mío... ¡Qué locura!
Bebí un gran vaso de un vino rubio, claro, que cayó gorgoteando dentro
de mi estómago vacío. «De esta manera no voy a llegar nunca al grado de
ternura que quiero», me dije, buscando inútilmente el Jerez con los
ojos.
Entonces me sacudí:
--Come, pues, alguna cosa--le dije.
Y me sentí en la gloria por haber pronunciado esa frase.
Ella se inclinó y se introdujo la cuchara en la boca...
Después de la sopa trajeron el pescado... un salmón, si no me engaño...
linda pieza... la salsa perfecta, con una especie de cognac, limón y
alcaparras... muy delicada, en resumen. Después vino un plato de
cabrito... no bastante adobado... pero eso es cuestión de gustos.
--Come, pues, alguna cosa--repetí a Yolanda, haciendo un corazón con
los labios para que los convidados creyeran que le susurraba un
cumplimiento.
Decididamente, la cosa no marchaba; sin embargo, yo me había bebido ya
dos botellas de ese vino blanco, y empezaba a sentirme hinchado como un
odre.
Traté de observar a Lotario, que había heredado de su padre un olfato
especial para descubrir los mejores vinos; estaba en un extremo de la
mesa, entre las jóvenes.
Un brindis vino a salvarme entonces; pude levantarme, y al darme vuelta
descubrí un grupito limitado, pero escogido... botellas de jerez que el
viejo había escondido detrás de una cortina... Substraje dos sutilmente,
y, sin más demora, me puse a la tarea de ingurgitar coraje. La cosa
tardaba en llegar, porque yo aguanto bien el vino, señores; pero, en
fin, llegaba.
Después del cabrito sirvieron un salmorejo de perdices. Caza, dos veces
seguidas; eso no era correcto. Sin embargo, el plato me pareció
excelente... En ese momento, señores, fue cuando empezó a desprenderse
del cielo raso, a bajar sobre nosotros lentamente, lentamente... una
especie de niebla.
Entretanto, yo me había puesto ya muy galante, y barajaba los
cumplimientos que era un gusto. Sí, le hacía la corte a mi novia; la
llamaba «encantadora hada graciosa»; contaba aventuras de caza
picantes, y explicaba a los que me rodeaban por qué un hombre debe
soltar siempre el cascarón antes de casarse... En una palabra, señores,
estaba irresistible...
Pero la niebla bajaba cada vez más densa. Eso se ve a menudo en las
montañas, como ustedes saben. Las altas cumbres son las primeras que
desaparecen; después las crestas y las colinas, unas tras otras...
Allí, las bujías de los candelabros fueron las primeras que se rodearon
de una aureola rojiza y lanzaron rayos con todos los colores del arco
iris; en seguida, todo lo que parloteaba y comía detrás de los
candelabros se borró también a mis ojos.
De tiempo en tiempo veía relucir lo blanco de una pechera o el extremo
de un brazo desnudo, en medio de una -obscuridad purpurina-, como diría
Schiller.
¡Ah, sí! ¡es cierto! Una cosa más me llamó la atención. Era mi suegro,
corriendo alrededor de la mesa con dos botellas de champagne en las
manos; se detenía junto a los que tenían la copa vacía, completamente
vacía, y les decía con insistencia:
--¡Pero beba, pues! ¿Por qué no bebe?
Cuando llegó junto a mí, le pellizqué la pierna y le dije:
--¡Viejo farsante! ¡a esto es a lo que llamas hacer correr el champaña a
mares!
Como ustedes ven, señores, la cosa iba poniéndose seria.
Y, de pronto, siento que mi corazón se ensancha... Es necesario que
hable; sí, es necesario que hable. Me pongo a golpear la copa como un
poseído.
--¡Por el amor de Dios, cállate!--me susurra mi novia... quiero decir,
mi mujer.
Pero, aunque la cosa tuviera que costarme la vida, tengo que hablar.
Después me han contado lo que dije entonces; si las informaciones son
exactas, fue esto, poco más o menos:
«Señoras y señores... yo no soy ya un jovencito, pero no lo siento... y
si alguno quisiera sostenerme que la juventud no debe unirse sino con la
juventud, yo le replicaría que eso es una mentira infame... En mí puede
verse la prueba de lo contrario, porque yo no soy ya joven... pero eso
no ha de impedir que haga feliz a mi mujer, porque mi mujer es un
ángel... y yo, yo tengo un corazón amante... ¡sí! ¡un corazón amante es
el que late aquí debajo de mi chaleco!... y el que lo dude, que
venga... que yo le abriré mi pecho»...
Al llegar a este punto las lágrimas ahogaron mis palabras, y me asaltó
una aflicción tan grande que tuvieron que arrastrarme apresuradamente,
fuera de la sala...
* * * * *
Al despertarme me encontré sobre un canapé demasiado corto para mi
talla. Estaba sepultado bajo una montaña de capuchas, de esclavinas y de
chales de lana. Tenía el pescuezo torcido y las piernas acalambradas.
Eché una mirada a mi alrededor... Una bujía solitaria ardía sobre una
consola, en la que se veían cepillos, peines, alfileres para los
cabellos; colgaban a lo largo de las paredes mantas, sombreros... ¡Ah!
aquel era el tocador de las damas.
Y poco a poco fui comprendiendo lo que había pasado.
Consulté mi reloj: eran cerca de las dos... Oía a la distancia los
sonidos de un piano y el rítmico rozar de los danzantes... ¡Mis bodas!
Me alisé el pelo, me ajusté la corbata, y, francamente, mi más grande
satisfacción habría sido irme a tenderme en mi vieja cama y subirme la
cobija hasta las orejas, en lugar de... ¡Brrr!
En fin, ¿qué hacer? Me dirigí, pues, a los salones. No me sentía
abochornado en lo más mínimo, demasiado atontado y amodorrado, como
estaba aún, para darme cuenta exacta de mi situación.
Al principio, nadie notó mi presencia; porque, en las salas reservadas
para los hombres, el humo de los cigarros era tan compacto que a tres
pasos no se distinguían sino bultos confusos... Se jugaba fuerte. Mi
suegro saqueaba a sus huéspedes tan concienzudamente que, si hubiera
tenido tres hijas más que casar, se habría hecho millonario. A eso
llamaba él «resarcirse de los gastos de la boda».
Eché una ojeada al salón de baile.
Las madres luchaban contra el sueño; los jóvenes giraban mecánicamente,
y el machacador no entreabría los ojos sino cuando había encajado un
acorde fuera de su sitio... Mi hermana tenía un vaso de limonada sobre
la falda y contemplaba las pepitas del limón... Era un cuadro lastimoso.
De Yolanda, ni la menor huella.
Volví a las mesas de juego y golpeé el hombro al viejo. En esos momentos
estaba metiéndose a manos llenas en los bolsillos el dinero que acababa
de ganar.
--¡Ah! ¡eres tú, borrachón!
--¿Dónde está Yolanda?
--¿Qué sé yo? Búscala.
Y se pone a jugar otra vez. Los demás hombres estaban incómodos, pero
trataban de no hacerlo ver:
--Siéntese, pues, joven esposo--me dicen.
Me apresuré a alejarme, porque me conocía; si hubiera contestado, habría
sucedido allí una desgracia.
Tomando por caminos extraviados, evité el salón de baile. No me sentía
con valor para afrontar las miradas de las madres.
En el corredor humeaba una lámpara de cocina; y salía de allí un ruido
de vajilla y risotadas de criadas...
¡Puf!
Llamé a la puerta del aposento de Yolanda; nadie respondió. Repetí el
llamamiento; el mismo silencio. Entonces entro.
¿Y qué es lo que veo?... Mi suegra sentada en el borde de la cama; de
rodillas delante de ella, con la cabeza apoyada en el pecho de su madre,
mi mujer en traje de viaje (¡ya!), y las dos llorando a lágrima viva.
¡Ah, señores! no me sentí orgulloso.
Habría querido escabullirme, saltar dentro del coche y gritar «¡A la
estación!» Tomar el primer tren y huir a América, a cualquier parte,
allá donde se refugian los cajeros infieles y los hijos pródigos.
Pero era imposible.
--¡Yolanda!--dije en tono humilde y contrito.
Las dos lanzan un grito. Mi mujer se abraza a las rodillas de su madre,
que extiende los brazos como para protegerla.
--Yo no quiero hacerte daño, Yolanda--digo.--Lo único que quiero es
pedirte perdón por haber sido tan imprudente, por exceso de amor a ti.
Silencio prolongado. No se oyen más que suspiros.
Entonces la madre le dice:
--Tiene razón, hija mía; levántate. Es hora de partir.
Yolanda se alza lentamente, con las mejillas húmedas, los ojos
enrojecidos, el cuerpo sacudido siempre por los sollozos.
--Dale la mano a tu marido. No hay más remedio.
Perfectamente amable ese «no hay más remedio».
Y Yolanda me tiende la mano, que yo llevo respetuosamente a los labios.
--¿Ha visto a mi marido, Jorge?...--pregunta mi suegra.
Respondo que sí.
--¿Quiere llamarlo, para que Yolanda se despida de él?
Vuelvo a la sala del juego.
--Oye, suegro.
--Doce... diez y seis... veintisiete... treinta y uno...
--Suegro...
--¡Treinta y tres!... ¿Qué quieres?
--Queríamos despedirnos...
--Buen viaje. Que sean felices. ¡Treinta y seis!
--¿No quieres que Yolanda?...
--¡Treinta y nueve! ¡gané!... ¡Vengan los monacos!... ¿Quién quiere
jugar conmigo todavía? ¿Tú, Jorge? ¡Vamos de una vez!
Entonces me fui.
Cuando, con la mesura del caso, hube informado a las damas de la casa,
ellas se contentaron con mirarse una a la otra, en silencio; luego
bajaron por la escalera de servicio al patio, donde nos esperaba ya el
carruaje. El viento nos silbaba en las orejas, gotas de lluvia nos
azotaban el rostro.
Las dos mujeres se estrechaban en un abrazo mudo, como si ya no fueran a
separarse nunca. Pero, en esto, el viejo, que ha cambiado de idea, llega
ruidosamente, y detrás de él los criados, a quienes ha dado el alerta,
con lámparas y bujías.
Se echa sobre Yolanda y le frota las mejillas con sus mostachos.
--Hija querida, si la bendición de un padre que te ama profundamente...
Ella se desprende y lo aparta, casi como se aparta a un perro mojado, y
salta dentro del coche.
Yo, detrás de ella... ¡En marcha!...
VII
Estamos en marcha, pues. Las luces del patio vacilan un instante todavía
con el viento, y luego la noche es negra, completa.
¡Ah señores, qué viaje!
Las ruedas cortaban los aguazales... sis... sis... sis... y la tempestad
gruñía... hu... hu... hu... y las gotas de lluvia tamborileaban sobre el
landó... taratatá... taratatá...
Y yo me preguntaba: «¿Por dónde voy a empezar?»
De ella, yo no veía, no oía, no sentía nada... Me parecía estar
completamente solo en aquella obscuridad.
Solamente cuando cruzábamos el bosque y la luz de los faroles del
carruaje, al reflejarse sobre los troncos húmedos de los árboles,
enviaba cierta claridad al interior, pude distinguirla acurrucada,
hundida, en el rincón opuesto al mío; se habría dicho que trataba de
romper el obstáculo para tirarse a la carretera.
¡Dios mío! ¡Pobre criatura! Acababa de abandonar todo lo que hasta
entonces había sido su universo, su vida... Y su porvenir era un viejo,
que, hacía apenas una hora, estaba ebrio.
¡Voto a!... ¡y qué vergüenza tenía yo!
Sin embargo, es necesario que le hable:
--Yolanda...
No me responde.
--¿Me tienes miedo?
--Sí.
--¿Quieres darme la mano?
--Sí.
--¿Dónde está?
--Aquí.
Siento una cosa blanca que me roza suavemente. Me apodero de ella, la
tomo, la aprieto.
¡Pobre criatura! ¡pobre criatura!
Y de repente, me siento presa... de un «santo ardor» diría, si quisiera
ser patético... En fin, en medio de mi aflicción, encuentro palabras
hermosas, cálidas, para tranquilizarla.
--Mira, Yolanda--le digo;--tú eres ahora mi mujer. Lo que está hecho,
está hecho, y tú misma lo has querido así. Pero no temas que llegue a
importunarte yo con mis muecas amorosas o con mis exigencias. Tú tienes
en mí un amigo verdadero, un amigo -paternal-, si esta palabra te
inspira más confianza... porque no pienso disimular que tengo muchos más
años que tú. Si estás afligida y sientes la necesidad de llorar, échate
en mis brazos; en ninguna otra parte podrás descansar más
tranquilamente. Refúgiate siempre en mí... aun cuando te figures que yo
soy el enemigo contra el cual necesitas protección.
Estaba bien dicho, ¿no es cierto? Era porque la piedad y el buen deseo
me inspiraban.
--¡Qué pobre diablo era yo! ¡Como si un poco de juventud no valiera mil
veces más que la piedad más tierna!
Pero el efecto de mis palabras fue tan violento e inesperado que llegué
a asustarme. De repente ella sale de su rincón y me besa locamente a
través de su velo, murmurando entre sollozos:
--¡Perdóname, perdóname, querido, querido amigo!
La escena del cenador vuelve de improviso a mis ojos, recuerdo haberme
sentido desconcertado entonces por una frase análoga.
--Pero ¿qué es--digo,--qué es lo que tengo que perdonarte?
Ella no responde, se acurruca otra vez en su rincón y ya no vuelve a
despegar los labios... La lluvia ha cesado, pero el viento ruge por
entre las junturas de la portezuela; de pronto, un relámpago... e
instantáneamente un retumbo. Los caballos dan un salto hacia la zanja.
Grito:
--¡Firmes las riendas, Juan!
Naturalmente, él no me oye; pero los caballos no se mueven ya, porque
los puños de Juan son de hierro. Nunca he tenido un cochero mejor... El
cañonazo no había sido más que una señal; luego, la cosa es por todas
partes, a la derecha, a la izquierda; no se ven más que techos
incendiados, haces de fuego, torres chispeantes, y el parque se ilumina
con una hermosa claridad verde... En una palabra, mi viejo Ilgenstein se
ha convertido en un verdadero castillo encantado.
Me estremezco de alegría al pensar que voy a mostrar a Yolanda su nueva
morada bajo una gloria semejante. Y esta alegría se la debo a Lotario, a
mi querido muchacho... Tal vez le debo más todavía, por que la primera
impresión decide a veces de toda una existencia... ella se ha inclinado
hacia la ventanilla, y, al resplandor de los fuegos, veo sus ojos
animados por una curiosidad ávida, ansiosa.
--Todo esto es tuyo, hija mía--digo, buscando su mano.
Ella no me escucha; parece enteramente absorta en la belleza del
espectáculo.
Y en cuando llegamos al patio de entrada, una batahola ensordecedora se
alza a nuestro alrededor; gritos, detonaciones, tambores y trompetas. A
derecha, a izquierda, antorchas, hachones; y vemos rostros ennegrecidos
por el humo, con ojos brillantes y bocas abiertas.
--¡Hurra! ¡Viva el señor barón! ¡viva la señora baronesa! ¡Hurra!
--¡Y un pataleo! ¡y una de gorras al aire!... Los bandidos se han vuelto
locos.
Entonces, pienso: «Ella verá, por lo menos, que no se ha casado con un
hombre malo. Puesto que mis gentes me quieren...» Y, dispuesto a la
emoción, como está uno siempre en circunstancias así, las lágrimas
asoman a mis ojos.
Cuando el carruaje se detiene, reconozco a Lotario en el grupo que
forman los administradores del dominio. Salto y lo estrecho entre mis
brazos:
--¡Hijo mío! ¡mi querido hijo!
Habría querido besarle las manos, en mi agradecimiento.
Al hacer bajar a mi mujer del landó, veo al idiota del administrador en
jefe que se apronta para echarnos un discurso sobre la lluvia y el
viento.
--¡En nombre del cielo, Baumann, lo disculpo!--le digo.
Y llevo derechamente a la casa a mi joven esposa.
Allí nos esperaban los criados, con el ama de llaves a la cabeza. Hacen
sus reverencias y se ríen solapadamente; pero Yolanda avanza, con los
ojos fijos, por en medio de ellos.
Entonces me asalta el miedo al pensar en lo que va a pasar.
«No debería haber dejado que mi hermana se fuese», me digo; y,
dirigiendo a mi alrededor miradas desconsoladas, descubro a Lotario en
la puerta, en vías de irse. Corro a él, le tomo las manos y le digo:
--No hay que escabullirse ahora. Después de toda esta agitación, vamos a
beber juntos alguna cosa caliente. Consientes, ¿no es verdad?
Se pone color de púrpura, pero lo llevo adonde está Yolanda, a quien
están sacándole el sombrero y la capa.
--Ruégale tú también que se quede--le digo; merece bien una taza de te.
--Se lo ruego--murmura ella sin levantar los ojos.
El hace un saludo correcto y se retuerce el bigote.
Después llevo a Yolanda al comedor, a través de los aposentos
brillantemente iluminados. No mira a ninguna parte, y parece no ver
todos los esplendores que se han preparado para ella. Dos o tres veces
vacila y se apoya fuertemente en mi brazo, y otras tantas veces me doy
vuelta yo para ver si, por lo menos, está allí Lotario todavía.
¡Alabado sea Dios!... está ahí todavía.
En el comedor bulle el samovar, de acuerdo con las órdenes que di a mi
hermana antes de su partida.
«Si la mandara buscar--me dije,--un coche al galope a Krakowitz, otro a
Gorowen, y estaría aquí dentro de una hora.»
Pero no; viejo imbécil como soy, tendría vergüenza de confesar mi
turbación... Y además, ¿no tengo aquí a Lotario, al que puedo recurrir
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