--¡Nada de sermones!--protesta el joven en tono huraño.--Todo está ya
convenido. Le he enviado un billete con un muchacho que encontré en la
calle y cuya vuelta he esperado. La halló sola en la cocina, y nadie lo
ha visto. A las once estará ella en la presa... y yo ¡ay!... yo también.
--Juan, no hagas eso... ¡te lo suplico!--exclama Franz con
angustia;--¡te va a suceder una desgracia!
Juan responde con una carcajada; y con los ojos brillantes, la boca
pegada a la oreja de Franz, murmura:
--¿Crees tú, pues, mi pobre amigo, que yo sería capaz de ir a vivir y a
morir al extranjero sin haberla visto antes una sola vez? ¿Crees tú que
tendría yo valor para contemplar el mar durante cuatro semanas, sin
precipitarme en él, si no la hubiese visto otra vez?... ¡Me faltaría la
respiración, el alimento se me quedaría en la garganta, me consumiría
vivo, si no la hubiese visto una vez más!
Entonces, Franz renunció a disuadirlo.
La mirada inquieta de Juan se alza a cada instante hacia el reloj.
--Ya es hora--dice, tomando su gorra.--A las doce pasa la diligencia.
Espérame en la posta y llévame dos billetes de cien táleres; eso me
bastará para la travesía. Lo restante puedes devolvérselo a él; no lo
necesito... Hasta luego.
Cerca de la puerta, se vuelve para preguntar:
--Dime, ¿me huele el aliento a aguardiente?
--Sí.
El joven lanza una risotada:
--Dame dos o tres granos de café para mascarlos. No quiero causar
repugnancia a Gertrudis en el último momento.
Y cuando Juan ha satisfecho su deseo, desaparece en la obscuridad.
XXVI
Hay crecida.
Sibilantes y rumorosas, las aguas salen precipitadamente de la presa
para ir a perderse con un gruñido sordo y quejumbroso en el golfo de
espuma, encima del cual parece levantar una bóveda brillante el polvo de
las olas que se estrellan.
Al rumor de la caída se mezcla el rugido de la tormenta. Los viejos
álamos que bordan el río se inclinan unos hacia otros, como fantasmas
gigantes que bailan a media noche, en largas filas, una danza mágica.
El cielo está velado por nubes sombrías, todo es negro en los
alrededores; sólo la espuma, de color de nieve, esparce un resplandor
incierto, que, como la bruma, difuma los contornos de las cosas. Arriba
resalta la balaustrada del pequeño pasadizo.
En medio de éste es donde los dos se encuentran.
Gertrudis, con la cabeza envuelta en un pañuelo obscuro, estaba desde
hacía bastante tiempo debajo de los árboles, abrigándose de la lluvia;
y, al ver surgir la alta figura de Juan al otro lado de la presa, se ha
lanzado a su encuentro.
--¿Eres tú, Gertrudis?--pregunta él apresuradamente tratando de ver su
rostro.
Ella guarda silencio y se ase a la balaustrada.
La espuma baila delante de sus ojos y se tiñe de mil colores.
--Gertrudis--dice el joven tratando de tomarle la mano;--he venido a
decirte adiós para siempre. ¿Vas a dejarme partir sin una palabra?
--Y yo, yo he venido para dar reposo a mi alma;--dice ella,
retrocediendo ante la mano que la toca.--Juan, he sufrido mucho por
causa tuya... he envejecido veinte años lo menos... Estoy débil y
enferma... ten piedad de mí... no me toques... no quiero volver a entrar
en la casa de tu hermano manchada con una falta.
--Gertrudis ¿has venido aquí para torturarme?
--¡Silencio, Juan, silencio!... ¡No me hagas daño!... Vamos a separarnos
puros y honrados... y a llevar con nosotros paz y valor para toda la
vida. No nos dejemos arrastrar... ni por el amor ni por el
resentimiento.
Se detiene aniquilada. Su respiración es fatigosa.
Después, reuniendo con trabajo todas sus fuerzas, continúa:
--Yo sabía que vendrías... hace mucho tiempo, antes de recibir tu
billete... y he reflexionado mil veces hasta sobre la menor palabra...
que tenía que decirte. Pero es preciso que no me hagas perder la calma.
Los ojos de Juan brillan en las tinieblas, su respiración es ardiente;
con una risa estrepitosa dice:
--No nos rodea de una aureola este bien inútil; estamos condenados en la
tierra y en los cielos. Por lo tanto, aprovechemos al menos...
Se interrumpe, prestando atención.
--¡Calla!... He creído oír... en la pradera...
Escucha conteniendo la respiración... No se siente nada... no se ve
nada... Fuera lo que fuese, se lo ha llevado la noche y la tormenta.
--Bajemos a la orilla--dice.--Nuestras figuras se dibujan aquí contra el
cielo.
Ella marcha delante, y él la sigue. Pero el suelo está húmedo y la joven
resbala; entonces él la toma entre sus brazos y la lleva hasta abajo, a
la orilla del río. Sin defensa, ella se aferra a su cuello.
--¡Qué poco pesas desde aquel día!...--dice él en voz baja, dejándola
bajar al suelo.
--¡Oh! apenas me reconocerías, si pudieras verme;--replica ella en voz
también muy baja.
--¡Oh! ¡cuánto daría por verte!
Y trata de apartarle el pañuelo que le cubre el rostro. Un óvalo pálido,
dos círculos de sombra negra, en el lugar donde están los ojos, es todo
lo que la obscuridad permite distinguir.
--Me parece que estoy ciego--dice él.
Y su mano trémula baja de la frente de Gertrudis hasta sus mejillas,
como para reconocer, tocándolas, esas facciones queridas. Ella no
retrocede ya y deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan.
--¡Cuántas cosas tenía que decirte!--murmura la infeliz.--Y ahora no se
me ocurre nada, absolutamente nada.
El la aprieta entre sus brazos más estrechamente; y los dos permanecen
silenciosos e inmóviles, mientras la tormenta los sacude y la lluvia los
azota.
Entonces, desde la aldea, llegan de tiempo en tiempo los sonidos de la
trompa del conductor de la diligencia, medio apagados por el ruido del
viento y de la lluvia.
--¡Ha concluido!--dice él temblando.--Tengo que irme!
--¿Ya?... ¿esta noche?--balbucea ella con voz sorda.
El dice que sí con un ademán.
--¿Y no te veré ya nunca?
Un grito domina el ruido del huracán.
--¡Juan!... ¡por piedad, no me abandones!... ¡no puedo... vivir sin ti!
Sus dedos se hunden en los hombros de Juan.
--No partirás... no lo quiero.
El trata de apartarse a la fuerza.
--¡Ah!... te vas... ¡cruel!... Me moriré si me abandonas... No puedo...
Llévame contigo... ¡Llévame contigo!
--¿Has perdido la razón, desgraciada?
Y se oculta el rostro en las manos gimiendo.
--¡Ah! Llamas a esto perder la razón... Acaso el cordero no se rebela
cuando lo llevan a... ¿Y tú querrías? ¿Así es como me amas?...
--¿No piensas en Martín?
--¡Es tu hermano! ¡lo sé!... Pero sé también que moriré si sigo por más
tiempo al lado de él. Me pongo a temblar sólo al pensarlo... ¡Llévame
contigo, Juan! ¡Llévame contigo!
El la toma por las dos muñecas, y sacudiéndola le dice con voz ahogada:
--¿Pero sabes también que yo no soy más que un miserable, un ser vil y
perdido, un borracho, que no sirve para nada? ¡Si me pudieses ver, te
daría asco!... Las personas honradas se apartan de mí; me he convertido
para ellas en un objeto de repulsión... ¿Y te figuras que yo podría
amarte? Jamás te perdonaría haber venido a meterte entre Martín y yo;
jamás te perdonaría el crimen que he cometido con él por culpa tuya. Ese
crimen se alzará entre nosotros dos mientras vivamos. Te colmaría de
injurias y de golpes cuando estuviera ebrio. Tu vida sería un infierno
conmigo... ¿Qué dices ahora?
Ella baja la cabeza como para someterse, y con las manos juntas exclama:
--¡Llévame contigo!
Un grito de alegría feroz se escapa de los labios de Juan.
--Entonces, ven... pero ven corriendo... La diligencia se detiene sólo
un cuarto de hora. Nadie nos verá más que Franz Maas... pero él no nos
hará traición. Cuando llegues a la ciudad te comprarás vestidos... ¿Eh?
¿qué es eso?
El molino se anima. Por la puerta completamente abierta sale una
claridad que se esparce en las tinieblas... Una linterna pasa a través
del patio, desaparece, vuelve a aparecer, y de repente, lanzada al aire,
atraviesa la atmósfera describiendo una curva como un meteoro...
XXVII
Martín dormía en su lecho. Llaman a la puerta.
--¿Quién está ahí?
--Yo... David.
--¿Qué quieres?
--Abra, mi amo... Tengo que decirle una cosa urgente.
Martín salta del lecho, enciende una vela y se viste de prisa. Lanza una
mirada a la cama de Gertrudis: está vacía... Seguramente ella está en la
sala, dormida sobre su labor, porque, desde hace tiempo, el sueño no le
llega con regularidad.
--¿Qué hay?--pregunta Martín al viejo David, que ha entrado en el
vestíbulo, calado hasta los huesos.
--¡Mi amo!--dice el otro, mirándolo con el rabillo del ojo por debajo de
la visera de su gorra...--Llevo veintiocho años a vuestro servicio... y
vuestro difunto padre ha sido siempre bueno conmigo...
--¿Para contarme eso has venido a despertarme a media noche?...
--Sí; pero sucede que esta noche, cuando me desperté al oír el ruido de
la lluvia, me dije con inquietud que las esclusas no estaban
levantadas... que eso acabaría por retener las aguas y que mañana no
podríamos moler...
--¿No te he dicho quinientas veces, animal--exclama Martín,--que no hay
que levantar las esclusas más que en caso de extrema necesidad?
--No las he levantado--responde David.
--¡Ah!... ¿Entonces?
--Pues, al llegar a la presa, veo, dos enamorados en el puentecillo...
--¿Y para eso?...
--Y entonces me dije que era una vergüenza y un escándalo, y que eso no
podía durar...
--¡Déjalos que se amen, por todos los diablos!
--Y que yo debía hacer saber a mi amo... que el señor Juan y la
señora...
No puede continuar; la mano de su amo lo ha cogido por la garganta.
¿Qué le sucede a Martín?... ¡Infeliz! El rostro se le pone amoratado y
se congestiona, las venas de la frente se hinchan, los ojos parecen
querer saltar de sus órbitas, una espuma blanquecina aparece en los
labios.
Exhala una queja, semejante al aullido de un chacal; y, dejando a David,
se rompe el cuello de la camisa... aspira el aire profundamente, dos o
tres veces, como si se ahogara; después ruge, con una violencia
desencadenada de repente:
--¿Dónde están?... ¡Ah! ¡me las pagarán!... Han representado una
comedia... Se han burlado de mí... ¿Dónde están?... voy a aplastarlos
inmediatamente!...
Arrebata la linterna de las manos de David, lleno de estupor, y se lanza
fuera. Desaparece bajo el cobertizo y reaparece un momento después;
encima de su cabeza brilla un hacha... Hace girar tres o cuatro veces la
linterna y la arroja lejos de él, en medio del agua; después, se
precipita hacia la presa...
--¡Viene alguien!--murmura Gertrudis apretándose estrechamente contra
Juan.
--Sin duda van a hacer algo en las esclusas--responde él en el mismo
tono.--No te muevas y no tengas miedo.
La sombra avanza rápidamente... Un grito, una especie de rugido animal,
atraviesa la noche, dominando el ruido de la tempestad.
--¡Es Martín!--dice Juan, retirándose algunos pasos.
Pero en breve se serena, aprieta a Gertrudis entre sus brazos y la
arrastra consigo hacia la presa, donde se ocultan en la sombra más
espesa.
Cerca de ellos, al nivel de su cabeza, pasa Martín ciego de furor. El
hacha que lleva brilla al débil resplandor de la espuma blanca.
Se detiene al otro lado de la presa. Parece interrogar con la mirada la
vasta llanura que se extiende, sin un árbol, sin un arbusto, sumida en
una obscuridad uniforme.
--¡Vigila la esclusa del molino, David!--grita hacia la casa con voz de
trueno.--Están en la pradera; voy a buscarlos.
Juan deja escapar una exclamación de horror. Ha comprendido la intención
de su hermano; va a alzar el puente levadizo para encerrarlos en la
isla... ¡Y justamente detrás de Gertrudis pende la cadena que hay que
tirar para levantar el puente!
Su primer pensamiento es: «Defiende a la mujer.» Se arranca de los
brazos de Gertrudis y transpone de un salto el talud de la orilla, para
ofrecerse como víctima al furor de su hermano.
Gertrudis lanza un grito estridente. Juan de este lado, en peligro de
muerte... al otro lado, Martín fuera de sí... El hacha brilla... Pero
detrás de ella está la cadena, la anilla de hierro que le toca la
cabeza... La toma con sus manos temblorosas, se cuelga de ella con todas
sus fuerzas; y, en el momento mismo en que Martín va a poner el pie en
el puentecillo, éste se levanta crujiendo.
Juan no ve nada de eso; no ve más que la sombra allá arriba, y el brillo
del hacha. Unos pasos más, y la muerte caerá sobre él. Entonces, ante lo
inminente del peligro, acude a su memoria el recuerdo de su madre y lo
que ella dijo un día a Martín furioso:
--¡Piensa en Fritz!--grita a su hermano que avanza.
Entonces a éste se le escapa el hacha, vacila y cae... Un choque... un
remolino de agua... Ha desaparecido.
Juan se lanza hacia adelante, su pie tropieza con el puente levantado;
delante de él hay un negro agujero.
--¡Hermano! ¡hermano!--exclama con loca angustia.
No piensa ya en nada, no siente nada. Sólo una idea: «¡Salva a tu
hermano!» le zumba en la cabeza.
Con ademán violento suelta su capa; da un salto, y se oye el golpe sordo
de una caída contra la roca viva.
Gertrudis, medio desvanecida, se agarra a la cadena; en el agua
transparente ve pasar un bulto obscuro que desaparece en el torbellino
de espuma. Un segundo después pasa otro bulto... Pasan como dos sombras
delante de ella.
Alza los ojos. Allá arriba todo está tranquilo... todo está vacío... La
tempestad aúlla... las aguas mugen... La joven cae en la orilla, sin
conocimiento.
Al día siguiente, por la mañana, retiraron del río los cadáveres de los
dos hermanos. Se balanceaban uno al lado del otro en las olas, y los
enterraron juntos...
XXVIII
Gertrudis estaba como paralizada por el dolor.
Atontada, sin lágrimas, con los ojos inmóviles, alejaba a todos sus
parientes, incluso a su padre, y sólo permitía que estuviese a su lado
Franz Maas. Este le demostró una amistad leal, alejando a los extraños
de la casa, y encargándose de arreglar el asunto con las autoridades.
Poco faltó para que, a causa de las insinuaciones ambiguas de David, se
entablase un juicio contra ella.
Pero, aunque las declaraciones del viejo criado eran demasiado
incompletas y confusas para que pudieran servir de base a una acusación,
bastaron para herir a Gertrudis presentándola a los ojos del mundo como
una criminal.
Cuanto más prescindía ella de toda sociedad, cuanto más decididamente
cerraba la puerta del molino a los extraños, más extravagantes eran los
rumores que corrían sobre ella. Llamáronla desde entonces «la bruja del
molino;» y las historias que de ella se referían pasaron de una
generación a otra.
El molino era conocido en el pueblo con el nombre de «el molino
silencioso.» Los muros se descascararon, las ruedas se pudrieron, las
limpias aguas fueron invadidas por las hierbas; y cuando el Estado hizo
un canal que desvió la corriente principal arriba de Marienfeld, el
arroyuelo se convirtió en un foso fangoso.
¿Y Gertrudis? Se aisló completamente; muy pronto ni siquiera quiso
tolerar junto a ella a su amigo, y le cerró la puerta. Se consideraba
criminal. Sus angustias la llevaron a un confesor, la arrojaron en los
brazos de la iglesia católica. Desde entonces se la ve prosternada
delante de un crucifijo, arrodillada a la puerta de las iglesias,
desgranando su rosario, con la frente sobre las piedras...
Expía el gran crimen que se llama juventud.
FIN
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