XIV
Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otros
tiempos.
Se han convertido en cómplices.
¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho!
Pero comparecer juntos ante él y decirle: «¡Perdónanos, hemos
pecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y el
que se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice una
gran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero que
rompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y el
menos culpable. Además, se han prometido una discreción absoluta; y
están tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar
el asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellos
abiertamente.
Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los
misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea,
tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada que
cambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.
Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños»
han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan
ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han
tenido alguna disputa y que están todavía incomodados.
A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despacho
Gertrudis se arma de valor y dice:
--Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo.
Dejemos dormir esa tonta historia.
--¡Si fuera tan fácil hacer como decir!--exclama él con expresión
melancólica.
Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.
--En realidad es muy fácil.
Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menor
broma tiene un encanto más, porque es preciso «a toda costa» que Martín
no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se
separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots
criminales.
No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer
la luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.
Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra está
como embriagada; desaparece bajo las flores.
Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosas
primaverales abren sus cálices, y los botones de los tilos empiezan a
abrirse.
Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre las
rodillas y se abandona al ensueño. El perfume de las flores, el calor
del sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querría bañar
sus miembros en ese soplo abrasado, querría vaciar todos los cálices si
hubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse.
En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; los
mozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemar
toneles de alquitrán, a hacer los locos mientras tengan fuerzas.
Gertrudis suspira. ¡Quién pudiera ir también! Martín querrá quedarse en
casa; pero Juan, Juan debería ir...
Precisamente está a la entrada, haciéndole una seña con la cabeza.
Después se sienta en el banco, a su lado... Está cansado, tiene mucho
calor; ha trabajado rudamente.
Algunos minutos después se levanta:
--Yo no me quedo aquí. Hace un calor sofocante.
--¿Adónde vas?
--Voy al río. ¿Vienes?
--Sí.
Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.
--Hoy van a bailar allá, en la aldea--dice.
--¿Querrías ir tú también, gatita?
Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.
--«-Pero, como no puedo, me quedo en casa-»--murmura él.
--¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.
--¿Cómo lo sabes?
--¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?--dice ella afectando cierto
despecho;--acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Las
muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador,
que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que
eras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía?
Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubiera
existido.
--¿Qué edad tenías entonces?
Ella vacila un instante, y responde a media voz:
--Catorce años y medio.
--¡Ah! entonces...--dice él riendo.
--Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquella
época--replica ella vivamente.--No habrías comprometido tu dignidad
haciéndome dar una vuelta o dos por la sala.
--¡Bueno! Las daremos dentro de quince días en la fiesta de los
tiradores.
--¿De veras?--pregunta ella con los ojos brillantes.
--Martín es uno de los jefes de la corporación de los tiradores;
necesariamente ha de ir allá.
Gertrudis lanza un grito de alegría; después, de repente, exclama:
--Pero no tengo zapatos de baile.
--Mándalos hacer.
--¡Ah! ¡Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea!
--Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastará
que me des la medida.
--Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...
Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:
--¡Atrápame!
Y huye como el viento.
Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla.
Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el prado
inmenso, que termina allá, en el bosque de abetos. Gertrudis da un
regate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él haya
podido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadena
con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas:
la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en el
aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente.
Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a la
viga, consigue detener su impulso al borde del abismo.
Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente.
El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombría
corriente.
--¡No había pensado en ello, Juan!--balbucea la joven implorando su
perdón con los ojos.
Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todo
peligro, se apodera de él.
--¡Espera! ¡espera!--exclama, abriendo los brazos;--te pillaré de todos
modos.
Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa
el río como un puente.
--¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!
El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; se
esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un
paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.
--¡Corre!--dice, lanzando un grito de alegría salvaje.
Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mira
fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la
toma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos,
respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y
alterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito de
dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos
de Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa
a su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después de
todo?... ¿Qué importa?... El hermano de Martín puede besar muy bien a la
mujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?
La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la de
Juan.
--No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerlo
en adelante.
Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de su
pecho.
--Quiero volver a casa--dice Gertrudis, paseando su vista en derredor,
con expresión inquieta.
Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.
Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente la
rosa que ha recogido.
--Huele bien--dice en tono inocente.
Ella dice que sí.
--¿Te gustan las rosas?--continúa él.
La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!» dice su
mirada.
--Oye--agrega él vivamente.--¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?
Ella no responde.
--¿Porque no las merezco?
--Me lo ha prohibido él--balbucea Gertrudis.
--¡Ah! eso es otra cosa--dice Juan, desconcertado.
La conversación termina de pronto.
XV
En el emparrado, Martín recibe a Gertrudis con reproches afectuosos:
tiene un hambre de lobo y la cena no está servida todavía. Gertrudis se
dirige apresuradamente a la cocina.
Cenan en silencio. Los dos jóvenes no alzan los ojos del plato.
Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un viento
caliginoso levanta pequeñas nubes de polvo; velos de vapor azulado
descienden lentamente sobre el suelo.
Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galería; pero están calientes
como si hubiesen permanecido todo el día en un horno.
De pronto, Gertrudis se levanta.
--¿Adónde vas?--pregunta Martín.
--Al huerto--responde ella.
Un momento después se oyen sus pasos en la escalera que conduce a la
buhardilla.
Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después se
sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.
De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales se
mezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.
--¿Iríais de buena gana, eh?
Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por una
aquiescencia.
--Bueno, vamos.
Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan
con vacilación; después dice meneando la cabeza.
--No tengo ganas.
--¿Qué es eso?--exclama Martín completamente atónito.--¿Desde cuándo no
tienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?
Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven
se levanta, dice buenas noches y desaparece.
Un momento después los dos hermanos se separan.
Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; un
embriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente y
exhala un suspiro de satisfacción. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tan
tarde del jardín. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas y
jazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masa
de flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasía; pero su
respiración se hace cada vez más penosa, sus pensamientos se obscurecen;
a cada pulsación, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa las
sienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes.
Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de la
ventana. Pero tampoco encuentra allí reposo ni frescura. Una verdadera
oleada de perfumes sube del jardín hasta él, un soplo ardiente le azota
el rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Por
momentos, los toneles de alquitrán que arden en la aldea lanzan
llamaradas a través de las masas de vapor obscuro que velan el
horizonte.
Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazón salta en su pecho. Su
deseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirla
y... Oye un leve chirrido de goznes... después se abre una de las hojas;
y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellos
destrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia él,
mudo y apasionado.
Permanece así un segundo... y desaparece.
¿Debe gritar de alegría, debe llorar? No lo sabe.
Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso... ¿qué efecto
ejercerán sobre él los perfumes?
Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, se
levanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro en
las flores.
¡Qué semejanza con la primera noche y, sin embargo, qué diferencia!
Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces...
De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedos
aprietan violentamente el vaso; presta oído... Le parece que la música
tan franca de aquella noche, cuyo sonido subió hasta él a través del
suelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hasta
que su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como una
risa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despierta
en él de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompe
en medio del cuarto.
A la mañana siguiente, Juan está lleno de vergüenza. Todo eso le parece
un mal sueño. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ir
a comprar con qué pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente el
sentimiento que le ha hecho cometer ese acto estúpido; todo lo que sabe
es que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de su
hermano más cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo de
los ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave.
Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada
evita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manos
temblorosas.
No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile,
para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín. Este no opone
objeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas
inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en
presencia de Juan, éste la llama «remilgada.»
La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda
confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.
Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y,
cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:
--Escucha, he hecho una mala acción.
--¿Cuál?
--He roto tu vaso.
--¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?
--¿Qué quieres que sea?
--Creía que lo habías hecho a propósito--replica ella, muy indiferente
en apariencia.
El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza como
diciendo: ¡Tenía razón, pues!
XVI
Pasan los días. Entre Juan y Gertrudis, las relaciones son más frías que
antes. No se evitan, charlan juntos; pero no pueden emplear el tono
alegre, de franca y libre amistad, de otros tiempos.
«Ha tomado a mal que la besase», se dice Juan, sin darse cuenta que él
también ha cambiado.
--¿Qué es lo que tenéis, muchachos?--dice una tarde Martín,
gruñendo.--¿Os duele acaso la garganta, que ya no cantáis?
Los dos guardan silencio por un instante; después, Gertrudis, medio
vuelta hacia Juan, le pregunta:
--¿Quieres?
El hace una seña afirmativa, pero, como ella no lo ha mirado, cree que
no responde.
--Ya lo ves, no quiere--dice, dirigiéndose a Martín.
--¿Que no quiero?--exclama el otro riendo.
--¿Por qué no lo dices, entonces, en seguida?--replica ella, tratando de
ponerse en armonía con su alegre tono.
Entonces toma la actitud que le es habitual cuando canta; cruza las
manos sobre las rodillas y fija la vista a lo lejos, en dirección al
palomar.
--¡Qué vamos a cantar?--pregunta.
--«-¡Ay! ¿cómo es posible eso?-...»--propone Juan.
Ella menea la cabeza.
--Nada que hable de amor--dice con sequedad.--¡Es siempre tan estúpido!
El le dirige una mirada sorprendida.
Después de un instante de reflexión, entona un aire de caza. Ataca
vigorosamente su parte, y las dos voces se funden en una, como dos olas
en el mar. Sorprendidos por esa armonía, se miran; nunca han cantado tan
bien.
Pero concluyen en seguida; los alemanes tenemos pocos cantos populares
que no sean de amor.
Al fin, ella se decide:
Bello rosal florido,
Cuando veo a mi amor...
comienza con una especie de grito de alegría.
El la mira sonriendo, y Gertrudis, sonrojada, vuelve la cabeza.
Sus voces se animan con vida extraordinaria; parece que los latidos de
sus corazones acompañan sus acentos. Esas voces crecen y se elevan
llevadas por la ola de su sangre, y después vuelven a apagarse, como si
un dolor íntimo y profundo secara en ellos la fuente de la vida.
Puesto que no se puede expresar todo,
Puesto que el amor es infinito,
Puedes preguntar a mis ojos
Cuánto te quiere mi corazón...
¿Por qué se cruzan de pronto sus miradas?
¿Por qué tiemblan los dos como si una descarga eléctrica les sacudiese
los miembros?
No pasa una sola hora de la noche
Que no se despierte mi corazón;
Que no piense en ti,
Que no piense que me has dado mil veces tu corazón...
¡Qué embriaguez de pasión en su acento febril! ¡Cómo se buscan sus
voces! ¡parece que quisieran besarse!
En la orilla del torrente crecen los sauces,
En los valles se extiende la nieve;
Querida niña, tenemos que separarnos...
Parto para la guerra, voy a afrontar la muerte...
La separación, amada mía, es cruel...
Sus voces se pierden en un murmullo trémulo. El deseo y la esperanza,
las tristezas de la separación y el dolor de la muerte, todo esto se
adivina en los sonidos que se escapan de sus labios.
El rostro de Gertrudis se crispa como para contener las lágrimas; pero
sus ojos brillan. Irguiéndose de repente, entona la vieja y melancólica
canción del molinero, la canción de la casa dorada que se alza «en lo
alto de la montaña». Juan se estremece, y su voz tiembla. Acaban la
primera estrofa y comienzan la segunda:
Abajo, en aquel valle,
El agua hace girar una rueda
Que no muele más que el amor,
Toda la noche y todo el día.
La rueda del molino se ha roto...
En eso... un grito... una caída... Gertrudis se ha desplomado, y con la
frente apoyada en la pared solloza desesperadamente.
Los dos hermanos se levantan. Martín le toma la cabeza entre las manos y
murmura palabras entrecortadas y confusas; pero ella solloza cada vez
con más violencia.
Y él, desolado, golpea el suelo con el pie; se vuelve hacia Juan, que
está pálido como un muerto, y le dice:
--¿Qué tienes?
Entonces Gertrudis le echa los brazos al cuello, se levanta hacia él y,
como buscando su protección, oculta en su hombro el rostro bañado en
lágrimas. El acaricia dulcemente sus cabellos en desorden y trata de
calmarla; pero el pobre Martín entiende poco de consuelos, y cada
palabra que dice a media voz parece un juramento ahogado.
La joven deja caer su cabeza contra las hojas; sus labios se mueven, y,
como si quisiese continuar su canto, murmura todavía medio sofocada por
los sollozos:
La rueda del molino se ha roto...
--No, hija mía, no se ha roto--dice Martín, cuyos ojos se llenan de
lágrimas.--No se romperá... la nuestra. Seguirá girando mientras
nosotros vivamos.
Ella menea violentamente la cabeza y cierra los ojos como aterrada ante
una visión.
--¿De dónde has sacado esa idea?--continúa el marido.--¿Acaso no estás
tan contenta como creíamos? ¿No está aquí Juan, con nosotros? ¿No
vivimos todos felices y satisfechos... trabajando desde la mañana hasta
la noche? ¿Por dónde ha de venir la desgracia? ¿por qué ha de venir?
¿Acaso no velamos también para que tu padre tenga lo necesario?...
Suspira y enjuga el sudor que cubre su frente.
No encuentra nada que decir, y, dirigiéndose a Juan, que está vuelto de
espaldas, con la cabeza apoyada en el montante de la puerta, de pie a la
entrada del emparrado:
--¿Por qué cantabais cosas tan tristes?--le dice en tono rudo.--Yo mismo
me sentía... no sé cómo, cuando empezasteis; y ella... ella no es más
que una mujer.
Gertrudis menea la cabeza como diciendo: «No regañes...» Después se
levanta, murmura casi sin mover los labios un «buenas noches» apenas
perceptible, y entra en la casa.
Martín la sigue.
Juan, con la cabeza entre los brazos, se pone a pensar. La ve todavía
levantarse delante de él con los ojos brillantes, y después desplomarse
de pronto, como herida del rayo. Y entonces se reprocha no haberse
precipitado más pronto hacia ella para impedir que cayese.
De repente brilla en su cerebro una luz siniestra y sangrienta.
Comprende entonces lo que ha pasado en él la víspera de San Juan, por
qué ha tirado el vaso al suelo... y hace un movimiento como para
romperlo por segunda vez... No es más que un impulso de tortura
infernal; después, esa luz se apaga, y se hace la noche a su alrededor,
una noche sombría y llena de angustias. Se pasa la mano por la frente,
como si tratase de encender de nuevo esa luz, pero todo permanece
obscuro; sombra y misterio es para él lo que acaba de experimentar. Le
parece que va a gritar, que va a confiar a la noche la angustia
indefinible en que se agita. Se pone de rodillas en el mismo sitio donde
ha caído Gertrudis, y, con la frente apoyada en el ángulo del banco,
gime dulcemente.
De pronto suena una puerta en la casa. Los pasos de su hermano
repercuten en el vestíbulo.
Se pone en pie de un salto, y se sienta.
La figura de Martín aparece en el emparrado.
--¡Hermano! ¡hermano!--exclama Juan.
--¿Estás ahí, muchacho?--y se deja caer sobre el banco con un suspiro
ruidoso.--Ya está mejor; ha acabado por dormirse a fuerza de llorar;
ahora descansa muy tranquila, y su respiración es profunda. Me he dejado
estar un momento junto a la cama contemplándola. ¡Estoy muy
desconcertado! Hasta ahora siempre he visto claro en su alma infantil,
como en un espejo... y de repente... ¿Qué será esto? Por más que
reflexiono, no encuentro explicación alguna. ¿Estará triste porque no
tiene... ninguna esperanza de ser madre? Sí, quizás sea eso. Sin
embargo, siempre había guardado para mí mi ardiente deseo... no quería
causarle un pesar. Pero, si se piensa bien, todavía no es más que una
chiquilla, está lejos aún de la madurez necesaria para llenar bien los
deberes de madre. ¡Sí, hay que tener paciencia!
Y así consuela Martín su alma del pesar secreto que lo atormenta. Juan
guarda silencio. ¡Tiene el corazón tan lleno, tan lleno! Querría
demostrar su afecto a su hermano, pero no sabe cómo. Querría librarse de
su propio martirio, y, cogiendo la mano de Martín, le dice desde el
fondo del corazón:
--¡Oh! sí ¡todo marchará bien, todo se arreglará!
--¿Por qué no?--balbucea el otro.
Menea la cabeza, fija un instante sus miradas delante de él, con la
frente pensativa, y después, con expresión contrariada:
--Vete a dormir, Juan. La rueda rota está dando vueltas en tu cabeza.
XVII
Al día siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver a
nadie, y a Martín lo menos posible.
Juan está sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes y
silenciosas... Se extienden las sombras, cada vez más densas, alrededor
del molino de Felshammer.
El sol se pone una vez más. El cuarto día, Gertrudis está casi
restablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella.
La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas.
Está pálida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancolía
apacible que es propia de los convalecientes.
Tiende la mano a Juan con una sonrisa.
--¿Cómo estás?--pregunta él dulcemente.
--Bien, como ves--responde ella mostrando la tela blanca.--Ya estoy
pensando en el baile.
--¿Qué baile?--pregunta él con admiración.
--¡Qué poca memoria tienes!--dice ella tratando de bromear.--El domingo
próximo es la fiesta de los tiradores.
--¡Ah!... sí, es verdad.
--¿No te alegra la idea de bailar conmigo?
--Sí.
--¿Mucho?... Di, ¿mucho?
--Mucho.
Una sonrisa infantil anima su rostro pálido y abatido; sus dedos arrugan
los encajes y los pedazos de tul; se deleita tocando ese tejido blanco y
tenue.
Su extenuación física parece haber devuelto a su ánimo el antiguo candor
infantil; y, cuando se informa con ansiedad de sus zapatos de baile,
evidentemente vuelve a ser en todo la criatura virginal que en otro
tiempo tendía la mano a Juan con una cordialidad sencilla, para darle la
bienvenida.
El joven se sienta frente a ella en un taburete; haciendo deslizar entre
sus dedos la tela del vestido de baile, escucha con una sonrisa
indulgente el parloteo de Gertrudis.
Lo que ella le cuenta está lleno de sol, y respira la alegría de vivir.
Aquel vestido ha sido su vestido de novia; lo ha cosido y guarnecido
ella misma, porque sabe cortar como pocas... Se habría puesto un vestido
de seda, como convenía a la prometida del rico Felshammer, pero no había
podido reunir la suma necesaria; y su orgullo no le había permitido
dejarse ofrecer el traje de novia por su futuro esposo. Entonces siente
casi pesar al deshacer las costuras... ¡Cuántos proyectos y cuántos
locos sueños había cosido por decirlo así, con su aguja! Pero ¿qué
remedio? ¡había engordado tanto después de su casamiento!
Luego la conversación pasa a la próxima fiesta de los tiradores, versa
sobre las nuevas relaciones hechas en la aldea, se pierde un momento en
la ciudad, en la tienda del zapatero; pero Gertrudis la vuelve a traer
siempre a la época de sus bodas explayándose sobre los sentimientos y
sobre los sucesos de esa época feliz.
Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soñadora, la
sonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a la
de una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de sus
bodas.
Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile. En tanto
que acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en sus
mejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche y
día, viéndose en el momento de adornarse soñando con el deleite que,
como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla por
completo en esas horas de fiesta.
XVIII
Suenan las trompetas; con las notas agudas de los clarinetes, los
címbalos mezclan sus gruñidos sordos.
La corporación, en cortejo solemne, se extiende a lo largo de la calle;
a la cabeza, dos heraldos a caballo; Franz Maas y Juan Felshammer, los
dos hulanos de la guardia. ¡No se habrían dejado arrebatar ese honor
aunque la corporación hubiera tenido que disolverse!
El rostro de Franz está radiante, pero Juan no tiene más que miradas
serias, casi indiferentes. ¿Qué le importan los hombres? Entonces no son
para él sino extraños. No saluda a nadie, su mirada no se detiene en
nadie; pero busca algo en las filas de la multitud, y un relámpago de
alegría y de orgullo ilumina sus facciones. Se inclina, saluda con la
espada; allá, en el extremo de la calle, con las mejillas arreboladas y
los ojos brillantes, agitando su pañuelo, está lo que busca, la mujer
de su hermano.
La joven ríe, hace señas, se empina; quiere seguirlo con los ojos hasta
que desaparezca en el torbellino de polvo. Olvida casi a Martín, que
camina a su lado. ¿Por qué marcha él tan silencioso y tan tieso, por qué
mete tanto la cabeza en los hombros? Desde lejos, Juan saluda todavía
con la espada.
El campo del tiro, donde se detiene el cortejo, se encuentra en la linde
del bosque de pinos, que, visto desde la presa, rodea las praderas. A
vuelo de pájaro, está a mil pasos apenas del molino de Felshammer, que
parece hacer señas por arriba de los álamos del río. Si la multitud de
tiradores no hiciera ese ruido ensordecedor, se oiría claramente el
mugido del agua.
--¡Si acabasen de una vez todas estas tonterías!--dice Juan.
Y echa una mirada de envidia a la sala de baile, una vasta tienda
cuadrada, cuyo techo se eleva muy alto, dominando el hormigueo de
barracas y de tiendas más pequeñas que se agrupan alrededor.
Los parientes de los tiradores sólo pueden penetrar en ese sitio a la
tarde, después de haber sido proclamado el rey de la fiesta.
Las horas, pasan y las detonaciones resuenan monótonas en la linde del
bosque. Como a mediodía le llega el turno a Juan. Tira... y marra el
blanco, a pesar de las flores que Gertrudis le ha puesto en la
carabina... «Flores que dan la suerte», había dicho ella; y Martín, que
estaba presente, se había sonreído como se sonríe uno ante una tontería.
Una vez que ha cumplido su deber, Juan vuelve la espalda al tiro; entra
en el bosque, donde no se oyen gritos ni conversaciones, donde sólo el
eco de los disparos rueda dulcemente por el aire.
Se deja caer sobre el césped y dirige sus miradas a los pinos, cuyas
finas agujas, bajo el sol del mediodía, lanzan reflejos como cuchillitos
aguzados.
Entonces cierra los ojos y sueña. ¡El mundo entero le es indiferente!...
¡Qué lejos está su vida pasada! No ha sido esa vida gran cosa; la mujer
y la pasión no han hecho en ella ningún papel, y, sin embargo, ¡qué rica
y brillante de colores le ha parecido! Entonces se lo ha tragado todo un
abismo, y sobre ese abismo flotan brumas rosadas.
Han pasado unas dos horas; oye un ruido de trompetas lejanas que anuncia
la elección del nuevo rey. Se pone de pie. Dentro de media hora llegará
Gertrudis...
Le dicen que la dignidad real ha recaído en su amigo Franz. Escucha eso
como en un sueño... ¿Qué le importa? Sus miradas se dirigen sin cesar
hacia el camino, por donde, entre el polvo y el sol, las mujeres,
vestidas con trajes claros, llegan a pie o en carruaje.
--¿Buscas a Gertrudis?--pregunta de improviso detrás de él la voz de
Martín.
Se estremece, violentamente sacado de su ensueño.
--¿Pero qué tienes, muchacho? ¿Acaso te duele haber marrado el tiro, a
estás durmiendo en pleno día?...
Ese es un hermoso día para Martín. La compañía de toda aquella gente,
porque él es uno de los más altos dignatarios de la asociación, lo ha
sacado de su somnolencia; sus ojos brillan, una sonrisa jovial se dibuja
en su boca. ¡Si llevase con un poco más de soltura su traje de fiesta!
El sombrero profundamente hundido en su frente, deja ver detrás de la
cabeza un mechón de cabellos hirsutos.
--¡Mírala! ¡mírala!--exclama de repente agitando su sombrero.
Ese brillante carruaje tirado por dos caballos es la carroza de gala de
los Felshammer, que Martín se hizo fabricar expresamente para sus bodas.
En el fondo de él, la figura blanca que se apoya en uno de los lados
con indolencia, mirando a su alrededor con seriedad, es ella, «la mujer
del rico Felshammer», como se susurra al verla pasar.
--¡Mírala que guapa está!--dice Martín tirando a Juan de la manga.
En el mismo momento descubre ella a los dos hermanos y ¡al diablo los
modales estudiados! se levanta en el carruaje, agita la sombrilla con
una mano y el pañuelo con la otra, ríe con abandono, y con la punta de
su sombrilla da en la espalda al cochero para que ande más de prisa.
Y, cuando el carruaje se detiene, no espera que la portezuela se abra,
sino que salta por encima de ella, a los brazos de Martín.
Está febril, agitada, jadeante, sus labios se mueven como si fuera a
hablar, pero la voz le falta.
--¡Calma, muchacha, calma!--dice Martín, acariciando sus cabellos que
caen entonces en bucles sobre su cuello desnudo.
Juan permanece inmóvil, sumido en su contemplación.
¡Qué hermosa es!
Como un velo tenue, su vestido blanco y diáfano flota en torno de su
cuerpo encantador. ¡Y su cuello blanco! ¡Y aquellos hoyuelos en el
nacimiento de los pechos! ¡Y aquellos brazos llenos y soberbios, sobre
los cuales se estremece un leve vello de plata! ¡Y aquel pecho redondo
y firme que sube y baja como las olas! La joven parece de belleza
inaccesible... -mujer- y -reina- a la vez. Y esas dos ideas, de -mujer-
y de -reina-, se confunden en algo que lo llena a un tiempo de deleite y
de melancolía. Sus ojos se han abierto de repente, y vacilan todavía,
deslumbrados al contemplar en toda su majestad real a la -mujer- por
delante de la cual ha pasado como un ciego durante toda su juventud.
¡Qué hermosa es! ¿Cómo -la mujer- puede ser tan hermosa?
Y Gertrudis deja escapar entonces de sus labios un torrente de palabras
confusas; está casi muerta de impaciencia, y habla mal del reloj, que
parece retardar la hora de la comida, y de los absurdos zapatos de baile
en los que sus pies no querían entrar...
--Están demasiado ajustados, me aprietan mucho; pero son bonitos ¿no es
verdad?
Y, para mostrar sus pies, levanta un poco el vestido; son unos zapatitos
de seda celeste, de altos tacones, atados con cintas también de seda y
celestes.
--Parecen muy estrechos--dice Martín meneando la cabeza con expresión
inquieta.
--Lo son, en efecto--responde ella con una sonrisa.--Las puntas de los
pies me queman como si fueran fuego. Pero de esta manera bailaré mejor,
¿no es verdad, Juan?
Y cierra los ojos un momento, como para despertar de nuevo sus ensueños
desvanecidos. Después se apoya en el brazo de Martín y quiere que la
lleven a su tienda.
Las principales familias del contorno se han hecho levantar allí tiendas
especiales, leves cabañas o carpas de lona que les aseguren un abrigo
para la noche, porque la fiesta se prolonga de ordinario hasta la mañana
siguiente. Gertrudis ha ido la víspera a vigilar ella misma la
construcción de la suya. Ha hecho llevar muebles y ha adornado la puerta
con guirnaldas de hojas. Puede enorgullecerse de su obra; la tienda de
Felshammer es la más bella de todas.
Mientras Martín trata de abrirse paso por entre la multitud, ella se
vuelve presurosa hacia Juan y le pregunta en voz baja:
--¿Estás contento, Juan? ¿Te gusto así?
El hace una seña.
--¿Mucho?... Di, ¿mucho?
--¡Mucho!
Ella respira profundamente; después ríe, ríe satisfecha.
La bella molinera causa sensación en la multitud. Los propietarios
forasteros se detienen a contemplarla; los burgueses se dan con el codo
a hurtadillas; los jóvenes de la aldea la saludan con cortedad. A su
aparición se oye un prolongado murmullo en los grupos. Seria, con una
importancia un poco afectada, avanza del brazo de Martín, retirando de
cuando en cuando los bucles que flotan sobre sus hombros; y cuando echa
la cabeza para atrás, toma el talante de una reina, o, más bien, de una
muchacha loca de alegría, que va a hacer la reina y que no está muy
segura de su papel.
XIX
Cuando, una hora más tarde, suenan los primeros acordes, la joven
exclama con un estremecimiento de alegría:
--¡Ahora soy tuya, Juan!
Martín le recomienda que tenga cuidado con el frío para no caer enferma;
pero antes que haya concluido de hablar, los jóvenes han desaparecido.
Entonces se resigna, toma un buen vaso de vino de Hungría y se echa
sobre el sofá para descansar.
Pensamientos agradables acuden a su mente. ¿No son completamente felices
desde que ha venido Juan? ¿No se han hecho ya raras las horas tristes,
llenas de presentimientos siniestros, turbadas por el miedo a los
fantasmas? ¿No estaba reviviendo él a ojos vistas, vencido por la
alegría de esos dos inocentes? ¿No era el día que acababan de pasar la
mejor prueba de que su horror a los extraños ha desaparecido y de que
sabe asociarse ya a la alegría de los otros? ¡Y Gertrudis cuán feliz es
también!... La otra noche, es verdad... ¡Pero qué! ¡Las mujeres son
seres débiles, sujetos a muchos caprichos. Todo se arregló en seguida.
La frase que Juan le dijo esa noche vuelve a su memoria: «Todo irá bien,
todo se arreglará...» Hace chocar su vaso con los dos vasos vacíos que
han dejado los jóvenes.
--¡A la salud de ellos dos! ¡A la feliz unión de los tres hasta el fin
de nuestros días!...
Entretanto Gertrudis y Juan se han abierto paso a través de la multitud
compacta, y llegan a la puerta de la sala de baile. La ola ruidosa de la
música se oye delante de ellos; el aire del interior les da en el
rostro, como el hálito ardiente de un pecho humano. En lo claroobscuro
de la tienda, las parejas que se agitan, estrechamente enlazadas, pasan
frente a ellos; parecen sombras.
Juan anda como en un sueño. Apenas se atreve a fijar sus miradas en
Gertrudis; un miedo misterioso lo y le aprieta el pecho como un cinto de
hierro.
--Estás muy serio hoy--murmura ella acercando su rostro al brazo de su
caballero.
El no responde.
--¿He hecho algo que te haya disgustado?
--Nada, nada--balbucea Juan.
--Bailemos entonces.
En el momento en que el joven le pasa el brazo por el talle, ella se
estremece, abandonándose después con un profundo suspiro. Se ponen a
bailar. Aspirando con fuerza el aire, ella ladea su rostro contra el
pecho de Juan. En la gorra de éste brilla la escarapela, insignia de los
tiradores, que lleva ese día; la cinta de seda blanca tiembla sobre su
frente. Gertrudis inclina un poco la cabeza y, alzando los ojos hacia
él, murmura:
--¿Sabes lo que siento?
--¿Qué cosa?
--¡Me parece que me llevas al cielo!
Y cuando termina esa danza:
--Ven ligero, salgamos--dice;--no quiero tener que bailar con otro.
Le aprieta fuertemente la mano, mientras él se abre paso por entre la
multitud. Feliz y orgullosa, con las mejillas encendidas y los ojos
brillantes, se pasea de su brazo fuera de la tienda. Ríe, charla y
bromea, y él la imita lo mejor que puede. En el ardor del baile ha
perdido la timidez por completo... Una alegría terrible arde en sus
venas. Entonces, Gertrudis le pertenece en cuerpo y alma, a él solo; lo
siente en el temblor de su brazo, que, con ternura y como a escondidas,
aprieta con fuerza al suyo; lo adivina en el brillo húmedo de sus ojos,
que se alzan furtivamente hacia su rostro. Al cabo de un momento, dice
ella un poco contrariada.
--Oye, es preciso ver qué hace Martín.
--Sí--responde él apresuradamente.
Pero se contentan con esa buena intención. Cada vez que se dirigen hacia
la tienda ocurre en la parte opuesta algún incidente extraordinario que
les hace olvidar su resolución.
De pronto, Martín mismo sale al encuentro de ellos, en medio de un grupo
de aldeanos a quienes lleva consigo para obsequiarlos.
--¡Hola, muchachos! Voy a establecer mi cuartel general en el hotel de
la Corona; si queréis beber, venid con nosotros.
Gertrudis y Juan cambian una rápida ojeada de inteligencia; después dan
las gracias, de común acuerdo.
--Entonces, adiós, hijos míos; y divertíos mucho.
Y se aleja.
--Jamás lo he visto tan contento--dice Gertrudis riendo.
--¡Buena falta le hace!--dice Juan con voz tierna, siguiendo a su
hermano con una mirada afectuosa.
Querría ahogar el sentimiento que lo atormenta y que se despierta en él
a la vista de Martín.
XX
Ha llegado la tarde... La multitud está bañada por un resplandor
purpurino. Un rosado crepúsculo envuelve la llanura y el bosque.
En un rincón solitario de la pradera, Gertrudis, inmóvil, lanza miradas
melancólicas al sol que se extingue.
--¡Ah! ¡si no se ocultase hoy para nosotros!--exclama abriendo los
brazos.
--¡Bueno! ¡ordénaselo!--dice Juan.
--¡Sol, te mando que te quedes con nosotros!
Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez más, ella se pone a
temblar de pronto y dice:
--¿Sabes qué idea acaba de ocurrírseme? Que ya no lo veremos salir más.
Después, lanzando una risa clara:
--¡Sí, ya sé, es pura locura! ¡Vamos a bailar!
Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala de
baile, trémulos de alegría y embriagándose uno al otro, y desaparecen en
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