El molino silencioso
Hermann Sudermann
BIBLIOTECA DE «LA NACION»
HERMANN SUDERMANN
EL MOLINO SILENCIOSO
BUENOS AIRES
1910
EL MOLINO SILENCIOSO
I
¿Desde cuándo lleva su nombre el «Molino silencioso»? No lo sé. Desde
que lo conozco es un viejo edificio medio derruido, resto lastimoso de
una época ya desaparecida.
Descascarados y sin techo, sus muros, que los años desmoronan, se alzan
hacia el cielo dejando paso libre a todos los vientos. Dos grandes
muelas redondas, que sin duda trabajaron valientemente en otro tiempo,
han roto el armazón carcomido que las sostenía, y, arrastradas por su
propio peso, se han hundido profundamente en el suelo.
La rueda grande permanece suspendida de través entre los dos soportes
podridos. Las paletas han desaparecido; sólo los rayos se alzan todavía
en el aire, como brazos que se tienden hacia el cielo para implorar el
golpe de gracia.
El musgo y las algas lo han cubierto todo con un manto de verdor a
través del cual el berro muestra sus hojas redondas, de palidez
enfermiza. Un canal medio arruinado vierte dulcemente el agua, que cae
gota a gota con un ruido cuya monotonía adormece, sobre los rayos de la
rueda, que salta hecha polvo y que llena el aire de vapor húmedo.
Oculto bajo una capa de leños grises, el arroyo esparce un olor de agua
corrompida. Todo lleno de algas y de hierbas, ha sido invadido por los
pinos acuáticos y los juncos; en el medio solamente resalta un hilo de
agua cenagosa y negra, en el que se columpia perezosamente la lenteja
acuática, con sus hojas delicadas de color verde claro.
En otro tiempo, el arroyo del molino corría alegremente, la espuma
brillaba blanca como la nieve a lo largo del dique, las ruedas enviaban
hasta la aldea el ruido alegre de su tictac; y, en el patio, los carros
iban y venían en largas filas, mientras resonaba a lo lejos la voz
potente del viejo molinero.
Este se llamaba Felshammer; y bastaba verlo para comprender que merecía
ese nombre[*]. Era todo un hombre. Tenía fuerzas de sobra para hacer
saltar las rocas. Había que evitar con cuidado burlarse de él o
contrariarlo, porque entonces montaba en ira, apretaba los puños, las
venas de las sienes se le hinchaban como cuerdas; y, cuando se ponía a
jurar, todo el mundo temblaba y hasta los perros huían.
[*] -Fels-, roca; -Hammer-, martillo; -Felshammer-, martillo para romper
rocas, maza.---N. del T.-
Su esposa era una mujer dulce, tranquila y sumisa. ¿Habría podido ser
acaso de otro modo? Una criatura dotada de más vigor, que hubiera
querido conservar nada más que un destello de voluntad personal, era
algo que Felshammer no habría tolerado junto a él ni por veinticuatro
horas. En condiciones tales hacían una vida soportable, casi feliz
podría decirse, sólo turbada por aquella cólera fatal, que se encendía y
arrojaba llamas por el menor motivo, y que daba a la pacífica mujer
muchas horas de pesar.
Pero jamás vertió ella tantas lágrimas como el día que la desgracia se
cernió sobre sus hijos. Habían nacido de esa unión tres vástagos, tres
varones lindos y robustos. Los tres tenían los ojos azules y los
cabellos rubios, y sobre todo «un par de puños que prometían mucho»,
como decía el padre con orgullo, aunque el más pequeño, que estaba
todavía en la cuna, sólo podía aprovechar los suyos chupándolos.
Los dos mayores eran ya unos mocetones soberbios. ¡Qué altivez en la
mirada cuando se plantaban, con las piernas abiertas, la cabeza echada
para atrás, y las manos en los bolsillos de los calzones! Uno y otro
parecían decir: «Soy el hijo de mi padre. ¡Venid, pues, a verlo!»
Todo el santo día estaban peleándose entre ellos, y el padre mismo era
quien los excitaba. La madre, llena de inquietud, intervenía para
restablecer la paz, pero se burlaban de ella.
La pobre temblaba sin cesar por sus terribles hijos, pues veía con
espanto que los dos habían heredado el carácter irascible de su padre.
Ya una vez había acudido en momentos en que Fritz, que tenía ocho años,
se abalanzaba con un gran cuchillo de cocina en la mano, sobre su
hermano, dos años mayor que él. Seis meses después llegó, en efecto, el
día en que se justificaron sus tristes presentimientos.
Los dos muchachos se habían peleado en el patio, y Martín, el mayor,
furioso al ver que Fritz era más fuerte, le tiró una piedra, hiriéndolo
tan desgraciadamente en la parte posterior de la cabeza que lo hizo caer
ensangrentado y sin habla.
Púdose sin gran trabajo restañar la sangre, y se cicatrizó la herida,
pero el niño, nunca más recobró la palabra. Siguió inerte, indiferente
para todo, tomando como un animal el alimento que le daban. Se había
vuelto idiota.
Este fue un golpe terrible para la familia del molinero. La madre pasó
noches enteras llorando; él también, el hombre activo y enérgico, anduvo
vagando mucho tiempo, como perdido en un sueño. Pero el que recibió la
impresión más profunda fue el autor del accidente. Ese muchacho tan
altivo, tan turbulento, era casi otro, porque su arrogancia había
desaparecido; se había hecho taciturno, reconcentrado en sí mismo,
obedecía al pie de la letra las órdenes de su padre, evitaba toda vez
que podía las miradas de sus condiscípulos. El cariño que profesaba a su
desgraciado hermano era verdaderamente conmovedor. Estando en la casa,
no lo abandonaba ni un instante. Se plegaba con una paciencia angelical
a los hábitos del idiota, caído en la condición de bestia; aprendía a
comprender los sonidos inarticulados que el enfermo dejaba oír, y lo
miraba sonriendo cuando le rompía el juguete más preciado.
El idiota se acostumbró tanto a esa compañía que no quería pasarlo sin
ella. Cuando Martín estaba en la escuela, gritaba sin descanso y habría
preferido morir de hambre antes de aceptar el alimento de una mano que
no fuese la de su compañero.
Durante tres años, el enfermo arrastró una existencia miserable: después
cayó en cama y murió.
II
Su muerte habría debido parecer una liberación a todos los de la casa;
sin embargo, hizo derramar lágrimas ardientes. Martín, sobre todo,
parecía inconsolable. En los primeros tiempos, iba todos los días al
cementerio; y a menudo era preciso alejarlo a la fuerza de la tumba.
Pero poco a poco fue calmándose, y esta calma la debió ante todo a la
compañía de Juan, su hermano menor, en el cual pareció querer depositar
desde aquel día el amor infinito que había profesado a su víctima.
Mientras Fritz había vivido, Martín se había ocupado muy poco de Juan;
parecía casi que consideraba entonces un crimen dar a otro la más
pequeña parte de su corazón. Pero cuando la muerte arrebató al
desgraciado, una necesidad irresistible lo inclinó hacia el más pequeño.
Esperaba que su afecto a Juan llenaría quizás el hueco atroz que había
dejado en él la muerte del otro; era preciso reparar beneficiando al
hermano que quedaba, el mal que había hecho al que ya no existía.
Juan era entonces un lindo muchachito de cinco años, sabía ponerse ya
los calzones, e iban a comprarle en la próxima feria el primer par de
zapatos. Parecía no haber heredado nada de la rudeza y de la arrogancia
paternales; participaba más bien de la dulzura y calma de su madre; se
apegaba a ésta en su calidad de benjamín y era el ídolo de ella. Pero la
madre no era la única persona que lo adoraba; todo el mundo lo mimaba...
era la luz y la alegría de la casa.
Bastaba verle para amarlo. Sus largos cabellos de color rubio claro
brillaban como rayos de sol, y en sus ojos límpidos y francos, que se
iluminaban con una llama jovial para tomar en seguida una expresión
soñadora y tranquila, había un mundo entero de ternura y de bondad.
Se unió desde entonces con verdadera pasión, al hermano que durante
tanto tiempo lo había descuidado. Pero la diferencia de edad, pues se
llevaban cerca de nueve años, no permitía que se estableciese entre
ambos una amistad puramente fraternal. Martín estaba ya a punto de salir
de la infancia; su expresión grave y reflexiva y su lenguaje precozmente
serio lo acercaban ya al hombre hecho. Además, al año siguiente iba a
hacer su entrada en la vida activa. ¿No era natural, pues, que emplease
a veces en sus relaciones con su hermano un tono paternal? No se
avergonzaba, sin embargo, de tomar parte en sus juegos infantiles; a
menudo hacía pacientemente el caballo, y se dejaba conducir a través de
los patios y de los campos. Pero siempre había en su conducta más
indulgencia sonriente de maestro que alegría sencilla de camarada
consciente de su superioridad.
El niño cariñoso y tierno se entregó con toda su alma a su hermano
mayor. Le reconocía una autoridad absoluta, quizás en mayor medida que a
su padre y a su madre, que no estaban tan cerca de su corazón infantil.
Cuando llegó el momento de ir a la escuela, encontró en Martín un guía
cuya paciencia no se desmentía nunca, siempre dispuesto, cuando la tarea
era demasiado pesada, a ayudarle con consejos y hasta de más eficaz
manera. Entonces la veneración del pequeño a su hermano no conoció
límites.
El viejo Felshammer era el único a quien esta amistad profunda no
causaba gran alegría. «Eran demasiado empalagosos, se besuqueaban
demasiado, habría sido mejor que pelearan como gatos; hubiera estado
seguro entonces de que tenían su sangre y su carne.» En cambio, la
dulce, la pacífica madre se sentía muy feliz. Todas las mañanas y todas
las noches rogaba a Dios que protegiese a sus hijos y que no dejase
despertar en Martín el fuego de la cólera. Al parecer, su súplica fue
escuchada favorablemente. Martín no tuvo más que un acceso de furor;
pero es cierto que salió del fondo mismo de su alma.
Juan tenía entonces nueve años. Un día estaba jugando con un látigo
cerca de uno de los carros que estaban en el patio, adonde habían ido a
cargar harina. Uno de los caballos se asustó de pronto, y el carretero,
un borracho brutal, arrancó el látigo de las manos del niño y con él le
cruzó a éste la cabeza y el cuello.
En el mismo instante, Martín, saltando fuera del molino, con las venas
de la frente hinchadas y los puños apretados, cogió a su hermano por la
garganta y se la apretó con tanta fuerza que la criatura se puso lívida.
La madre, acudió entonces lanzando un horrible grito:
--¡Acuérdate de Fritz!--exclamó alzando las manos con un ademán de loca
angustia.
Y el enfurecido muchacho, dejando caer sus brazos como si los hubiera
atacado la parálisis, se retiró tambaleándose y se tumbó deshecho en
lágrimas a la entrada del molino.
Desde ese día la cólera pareció extinguirse completamente en él; una vez
lo insultaron en la calle, le pegaron, y sin embargo dejó quieto en el
fondo de su bolsillo el cuchillo que los aldeanos de aquel lugar emplean
de ordinario con gran facilidad.
III
Pasaron años... Martín acababa de llegar a la mayor edad cuando murió el
molinero. Su mujer no tardó en seguirlo. No tenía consuelo desde la
muerte de su esposo y se extinguió apaciblemente, sin una queja. Se
hubiera dicho que no podía vivir sin las injurias con que su marido la
había colmado diariamente durante veintitrés años.
Desde entonces los dos hermanos se quedaron solos en el molino. Nada
extraño era que se uniesen más estrechamente aún, que tratasen de
confundir sus existencias.
Sin embargo, se diferenciaban mucho en cuerpo y en alma. Martín era un
mozo robusto, de espaldas cuadradas y cuello corto, que se deslizaba
taciturno por entre las personas extrañas. Las cejas espesas que le
caían sobre los ojos daban a su rostro un aspecto sombrío; las palabras
salían penosamente de sus labios, como si el hecho solo de hablar
hubiera sido para él una tortura; sin la franqueza y la profundidad de
su mirada, sin la sonrisa bonachona que iluminaba a veces como un rayo
de sol sus facciones duras y toscamente modeladas, se le habría tomado
por un hombre odioso.
Juan era muy diferente. Dirigía con atrevimiento a todo el mundo sus
miradas alegres; sobre sus labios se leía, en una risa perpetua, la
indiferencia y la malicia. Su figura esbelta tenía todo el encanto de la
juventud. No dejaban de notar esto las muchachas que le lanzaban al
pasar miradas ardientes; y más de un confuso rubor, más de un apretón de
manos expresivo, le decían: «Yo te amaría fácilmente». Juan no se
cuidaba de esas cosas. No estaba aún maduro para el amor; prefería al
salón de baile el ruido y movimiento del juego de bolos, a la amistad de
Rosa o de Margarita la de su hermano, taciturno junto al parapeto de la
esclusa.
Ambos, en una hora solemne, en medio de la paz de la noche se habían
hecho la promesa de no separarse nunca y de no admitir junto a sí a una
tercera persona, que llevaría el amor o el odio entre ellos.
No habían contado con el consejo real de revisión. Llegó el día en que
Juan se vio obligado a hacer su servicio militar; tenía que ir muy
lejos, a Berlín con los hulanos de la guardia. Ese fue para los dos un
rudo golpe. Martín, como de costumbre, ocultó su pesar sin decir nada;
Juan de naturaleza más animada manifestó un dolor inconsolable, hasta el
punto de tener que sufrir, en el momento de la marcha, mil burlas de sus
camaradas.
Pero su dolor no fue de larga duración. Las fatigas de los primeros
ejercicios, el movimiento confuso de la capital, tan nuevo para él, no
le dejaban lugar para abandonarse a sus ideas; solamente cuando estaba
tendido sobre su catre, a la hora tranquila del crepúsculo, la
melancolía y los recuerdos lo asaltaban con una violencia
extraordinaria. Veía brillar entonces en la obscuridad, como un paraíso
perdido, el molino en que había transcurrido su infancia y el tictac de
las ruedas resonaba en su oído como un canto divino. Al sonar la diana
se deshacía el encanto.
Martín era mucho más desgraciado en el molino, donde se había quedado
completamente solo, pues no había que considerar compañeros suyos a los
jornaleros y al viejo David, que su padre le había dejado al morir.
Jamás había tenido amigos, ni en la aldea, ni en ninguna otra parte;
Juan compendiaba para él todas las amistades. Silencioso y concentrado
en sí mismo, vagaba al azar; su espíritu se obscureció cada vez más, se
sumió en ideas tristes, y la melancolía acabó por rodearlo de tales
sombras que el espectáculo de su víctima empezó a asediarlo. Tuvo
bastante juicio para comprender que no podía seguir haciendo esa vida.
Buscó entonces distracciones a toda costa; los domingos frecuentaba los
bailes, iba a las aldeas vecinas, sobre todo para visitar a las gentes
del oficio.
Resultó de esto que un buen día, al comienzo de su segundo año de
servicio, Juan recibió de su hermano una carta concebida en estos
términos:
* * * * *
«Mi querido hermano: Es preciso que te escriba aunque te incomodes
conmigo. Me es imposible soportar por más tiempo la soledad, y he
resuelto casarme. Mi prometida se llama Gertrudis Berling; es hija del
propietario de un molino de viento de Lehnort, a dos leguas de nuestra
casa. Es muy joven todavía y yo la quiero mucho. La boda se efectuará
dentro de seis semanas. Si puedes, pide permiso para venir. Querido
hermano, te suplico que no me guardes rencor. Sabes perfectamente que el
molino será siempre tu hogar, haya o no en él, una mujer. La herencia de
nuestro padre nos pertenece en común. Gertrudis te envía sus saludos.
Una vez os encontrasteis los dos en la fiesta de los cazadores. Tú le
gustaste mucho entonces, pero no te fijaste en ella absolutamente; y me
ruega te diga que eso la contrarió bastante. Adiós. Tu fiel hermano.»
* * * * *
Juan era un niño mimado; para él, puesto que se casaba, Martín hacía
traición al amor fraternal. A Juan le parecía que su hermano lo engañaba
y cometía un atentado contra sus derechos inalienables. En el mismo
lugar donde él había reinado hasta entonces como señor iba a instalarse
una extraña, y su situación, en su propia casa, iba a depender de la
generosidad y de la condescendencia de aquella mujer.
Las muestras de cariño que por adelantado le daba tan familiarmente la
hija del molinero no lograron calmarlo ni hacerle olvidar su despecho.
Cuando llegó el día de la boda no pidió permiso, y se contentó con
enviar un saludo por medio de su antiguo condiscípulo Franz Maas, que
justamente terminaba entonces su servicio.
IV
Seis meses más tarde, él también lo había terminado.
Bueno... ¿qué hizo Juan? Lleno de terquedad, no volvió a su pueblo; se
fue primero a probar fortuna en tierras extrañas, viajando a diestro y
siniestro por montes y por valles. Y después, al cabo de tres semanas,
reconociendo que, a pesar de la presencia de la hija del molinero de
Lehnort, la vida era mil veces más bella en el molino de Felshammer que
en cualquier otra parte, emprendió alegremente el camino a su pueblo.
En un espléndido día de mayo, Juan hace su entrada en la aldea de
Marienfeld.
El honrado Franz Maas, que durante el otoño último se ha establecido
como panadero, está plantado delante de su tienda, con las piernas
abiertas, mirando con complacencia como se balancean dulcemente las
rosquillas de hojalata, arriba de su puerta, a impulsos de la brisa del
mediodía. De pronto, ve un hulano que avanza cantando por el camino;
lleva la gorra de cuartel echada atrás y sus espuelas resuenan. El
panadero siente palpitar su corazón de reservista bajo su delantal
blanco; se quita la pipa de la boca y, haciendo una bocina con la mano,
exclama:
--¡Juan! ¡Es Juan, no hay duda!...
--¡Eh! ¡Camarada!
Y caen uno en brazos de otro.
--¿De dónde vienes en esta época del año? ¿Has desertado?
--¡Vaya!... ¡Qué ocurrencia!
Después empiezan las preguntas y las confidencias. El capitán, el cabo,
el cantinero, la muchacha rubia de la panadería, a la derecha del
cuartel, a quien llamaban «Magdalena panecillo»; no se olvida a nadie.
--¿Y tú? ¿Te han reconocido en la aldea?--pregunta Franz, cuya
insaciable curiosidad se dirige entonces al suelo natal.
--¡Nadie!--dice Juan echándose a reír y retorciendo el bigote, cuyas
puntas insolentes amenazan al cielo.
--¿Y en casa?
Juan toma entonces una expresión seria y tiende la mano a su camarada.
--¡Ah sí!... todavía tienes que ir allá. Eso debe hacerte tictac ahí
dentro.
Y le da un golpecito en el pecho para cerciorarse. Una risa fugitiva
pasa por los labios de Juan, que reprime en seguida un suspiro, como
esforzándose por dominar una emoción.
Franz le pone la mano en el hombro:
--Vas a encontrar una linda cuñada...--dice haciendo un chasquido a la
lengua y guiñando el ojo.
Juan, al oír estas palabras, siente despertar en él el despecho y la
cólera. Se encoge de hombros con expresión desdeñosa, tiende otra vez la
mano a su amigo y se aleja haciendo sonar las espuelas.
Tres minutos más de camino y llega al extremo de la aldea. Allá abajo
está la iglesia, un poco desmoronada la pobre vieja. Pero las campanas
hacen oír todavía la querida música que acarició sus tímpanos el día de
la confirmación, como una promesa de ventura... A la izquierda, la
posada... ¡mil truenos!... tiene una puerta cochera nueva tallada de
piedra y en la ventana se ven enormes botellas llenas de líquidos de
color rojo brillante y verde de arsénico. ¡Ha prosperado el posadero de
«La Corona»!
Ese camino baja hacia el río... Y allá, en el fondo, aparece el molino,
el objeto de sus sueños. ¡Cómo brilla el viejo techo de paja por arriba
de los grupos de árboles! ¡cómo hacen resaltar los cerezos en flor su
blancura de nieve en el jardín! ¡Cuán alegremente le grita el tictac de
las ruedas! «¡Bien venido seas, bien venido seas!» ¡Qué dulce canción
murmura la vieja y querida presa, cubierta de musgos verdes!
Echa más atrás aún su gorra de hulano y toma una actitud resuelta, pues
quiere dominar su emoción a todo trance.
Los campos que se extienden a derecha e izquierda del camino pertenecen
todos al molino. A la derecha hay centeno de invierno, como de
costumbre; pero a la izquierda, donde se plantaban en otro tiempo las
patatas, hay entonces una huerta en la que se alinean gravemente, en
filas regulares, los espárragos y los tallos de remolacha.
A unos cinco pasos próximamente del seto aparece una figura femenina, de
talle esbelto y formas juveniles, que, encorvada hacia la tierra,
trabaja con ardor.
¿Quién será? ¿Pertenecerá al molino? Una nueva criada quizás. Pero no;
tiene una figura demasiado elegante; sus zapatos son demasiado
delicados, su delantal demasiado lujoso, y el pañuelo blanco que le
cubre de un modo tan pintoresco es de tela demasiado fina para una
criada. ¡Si no ocultase tanto el rostro!
¡Ah! levanta los ojos... ¡Mil truenos! ¡qué encantadora muchacha!...
¡Qué vivo color el de sus redondas mejillas! ¡qué brillo el de sus ojos
negros! ¡cómo piden besos sus labios finamente dibujados!
Al verlo a su vez, ella deja caer la azada; después lo mira fijamente.
--Buenos días--dice el joven llevando la mano a su gorra con ademán un
poco cohibido.--¿Sabe usted si el molinero está en casa?
--Sí, está en casa;--dice ella sin dejar de mirarlo.
«¿Qué diablos querrá contigo?» piensa el soldado tratando de vencer su
timidez. Después de su estancia en Berlín, Juan tiene algunos motivos
para considerarse un poco conquistador, y es para él una cuestión de
honor aproximarse al seto y trabar conversación con la joven.
--¿Se trabaja?--pregunta, por decir algo.
Y, para disimular su turbación, se lleva la mano al bigote.
--Sí, se trabaja--repite ella maquinalmente, mirándolo siempre.
Después, de pronto tendiendo hacia él la mano y apartando los cinco
dedos como si quisiera señalarlo con todos a la vez, dice en medio de
una explosión de risa:
--Pero ¿no es usted Juan?
El balbucea:
--Sí... soy yo... ¿Y usted?
--Yo soy su mujer.
--¿Qué? ¿usted?... ¿la mujer de Martín?
Ella hace con la cabeza un signo afirmativo, adoptando una expresión de
dignidad, mientras sus ojos se llenan de malicia.
--¡Pero si parece usted una muchacha soltera!
--No hace tanto tiempo que no lo soy--dice ella riendo.
Los dos, uno a cada lado del seto, se contemplan con curiosidad. Pero la
joven reflexionando, se limpia ceremoniosamente en el delantal las
sucias manos de tierra y las tiende a través del cercado.
--¡Bien venido sea usted, cuñado!
El coge las manos que le ofrecen, pero guarda silencio.
--¿Está usted acaso incomodado conmigo?--pregunta ella lanzándole una
mirada maliciosa.
Juan se siente completamente desarmado frente a la joven y lo único que
puede hacer es sonreír con expresión cohibida, diciendo:
--¿Yo... incomodado? ¿Por qué?
--¡Me parecía!
Y alzando el dedo con ademán de amenaza, la joven agrega:
--¡Oh! ¡Tendría que ver!...
Después, con la barbilla hundida en el cuello, deja oír una leve risa.
--Es usted muy graciosa--dice el militar un poco más sereno.
--¿Yo graciosa?... ¡de ningún modo! Continúe usted su camino; entretanto
yo voy a atravesar rápidamente el huerto para avisar a Martín.
Iba a marcharse; de improviso se detiene pero se pone el índice sobre la
nariz y dice:
--Espere; voy a pasar al otro lado para ir con usted.
Antes que el joven tenga tiempo de tenderle la mano para ayudarla, ella
pasa, rápida como un lagarto, por entre las piedras del cerco.
--Ya estoy aquí--dice arreglando con la mano los pliegues de su falda.
Colócase en el cuello el pañuelo que tenía anudado en la cabeza, y sus
cabellos rizados y en desorden, que caen sobre la frente y la nuca, se
ponen a flotar al viento, felices por haber recobrado la libertad.
La mirada de Juan se detiene admirada sobre la belleza fresca y virginal
de aquella joven, que tiene las maneras de una niña sencilla y
traviesa. Ella sorprende esa mirada, y ruborizándose un poco echa para
atrás los indomables bucles.
Caminan un instante en silencio, uno al lado del otro. La joven baja los
ojos y sonríe, como si de pronto se hubiera apoderado de ella la
timidez.
Franquean los dos la gran puerta cochera sin haber reanudado la
conversación.
Juan mira a su alrededor y suelta un grito de admiración. No quiere
creer en sus sentidos. Todo ha cambiado, todo está embellecido. El
patio, que la lluvia en otro tiempo convertía en un horrible pantano y
que durante el verano era un hoyo lleno de polvo, luce entonces un verde
césped y parece una pradera cubierta de flores. Las puertas del granero
y de las cuadras brillan con un hermoso color obscuro y tienen números
pintados de blanco. En medio del patio se alza sobre la hierba un
palomar artísticamente construido, que recuerda los -chalets- de la
Suiza. Delante de la vivienda sube un emparrado nuevo, cubierto de
pámpanos, que se entrelazan alrededor de las ventanas, brillando al sol,
y que prometen un abundante follaje.
El molino aparece a sus ojos deslumbrados como un asilo donde reina la
paz y la inocencia.
Impresionado cruza las manos y pregunta:
--¿Quién ha hecho esto?
Ella pasea su mirada por el contorno y guarda silencio.
--¿Usted?--pregunta el militar sorprendido.
--He contribuido un poco--responde la joven modestamente.
--¿Pero es usted la que ha tomado la iniciativa?
Ella sonríe. Esta sonrisa le da más años, esparce sobre su rostro de
niña la gracia de la mujer.
--Benditas sean sus manos--dice el joven en voz baja y tímida, y con más
gravedad que de costumbre.
No puede menos de acordarse de su madre muerta, que continuamente estaba
quejándose del polvo insoportable y de que no hubiera en todo el patio
el más pequeño sitio para descansar.
--¡Qué lástima que no pueda ver esto!--dice a media voz, siguiendo su
pensamiento.
--¿La madre?--pregunta ella.
El, sorprendido, la mira. No ha dicho: «-su- madre»; esto le sorprende
al principio y luego le causa una sensación de bienestar, como no la ha
experimentado nunca en su vida. Se siente penetrado de un dulce calor
que le invade el corazón y no quiere disiparse. Hay, pues, en el mundo,
fuera de la familia, una mujer joven y bella que habla de la madre de él
como de la suya propia, como si ella fuese una hermana, aquella hermana
tan deseada en los años infantiles, cuando sus ojos se fijaban con
admiración secreta en las muchachas de la aldea.
La joven repite dulcemente la pregunta.
--Sí... la madre--responde él dirigiéndole una mirada de reconocimiento.
Durante un segundo la joven sostiene esa mirada; después baja los
párpados y dice, un poco turbada:
--¿Dónde estará Martín?
--En el molino, seguramente.
--¡Ah! sí en el molino;--confirma ella en seguida.
Y añade alejándose prestamente:
--Voy a buscarlo.
Maquinalmente casi, el militar sigue con los ojos la figura de la
muchacha que atraviesa el patio con paso leve. Todo en ella flota y se
agita: sus faldas, las cintas de su delantal, el pañuelo que rodea su
cuello, la masa en desorden de sus rebeldes bucles.
Permanece así un instante, inmóvil, como fascinado, siguiéndola con los
ojos; después menea la cabeza y se dirige hacia el emparrado. La primera
cosa que le llama la atención es una mesita sobre la cual se ve una
canastilla de paja para la labor. De esa canastilla sale un bordado
comenzado, una larga tira blanca donde están trazadas hojas y flores
como las que las mujeres emplean para adornar la ropa blanca. Sin saber
lo que hace, coge la tira y sigue el trabajo complicado de los puntos,
hasta el momento en que resuena en sus oídos la voz jovial de su cuñada.
Bruscamente, como un niño cogido en falta, deja caer el bordado; la
joven aparece en la esquina de la casa conduciendo alegremente a un
hombre de aspecto rollizo, cubierto de harina, que trata de librarse con
ademán torpe de las manitas que lo sujetan, y esparce a su alrededor
densas nubes de polvo blanco. Ese hombre es... no cabe duda es...
--¡Martín! ¡querido Martín!
Y Juan se precipita para caer en sus brazos.
Los torpes miembros del otro se detienen en su movimiento, se arquean
las espesas cejas y una sonrisa tranquila y bondadosa aparece en sus
labios; nuestro hombre siente que recorre su cuerpo un estremecimiento,
y da un paso atrás, tambaleándose, para lanzarse luego al encuentro del
niño querido a quien, al fin, vuelve a ver.
Sin decir una palabra, los dos hermanos se abrazan tiernamente. Después,
al cabo de un momento, Martín toma entre sus manos la cabeza del hijo
pródigo; y, frunciendo las cejas con aire sombrío, mordiéndose el labio
inferior, por largo tiempo clava en silencio sus miradas en los ojos
brillantes y alegres del hermano.
Luego se sienta en el banco del emparrado; y, apoyando los codos sobre
las rodillas, se pone a contemplar el suelo.
--¿Qué piensas Martín?--pregunta Juan con voz cariñosa colocando una
mano en el hombro de su hermano.
--¡Eh! ¿por qué no he de pensar?--replica el molinero con el sordo
gruñido que le es peculiar y que acompaña siempre a sus lacónicos
discursos. ¡Eh pilluelo!--continúa--y la bonachona sonrisa que lo
caracteriza en las horas de buen humor se extiende sobre sus facciones
toscamente trazadas, y las ilumina.--¿Te has incomodado, eh?
Entonces se levanta, y, cogiendo a su mujer de la mano, agrega:
--Míralo, Gertrudis, se ha incomodado... ¡Ven acá, pilluelo!... Es
ella... mírala bien... ¿Es con ella con quien has pretendido
incomodarte?
Se deja caer sobre el banco tan pesadamente, que una nueva nube de polvo
blanco se alza a su alrededor; levanta los ojos hacia Juan, se sonríe, y
acaba por decir a Gertrudis:
--Ve a buscar un cepillo.
Gertrudis lanza una risotada y se va cantando. Cuando vuelve,
blandiendo en el aire el objeto pedido, el molinero le dice en tono de
mando:
--¡Cepíllalo!
--Cuando los molineros y los deshollinadores quieren ser buenos, sucede
siempre una desgracia;--dice Juan bromeando con expresión cohibida.
Y pretende sacar a la joven el cepillo de las manos.
--Por favor, déjeme usted--dice ella defendiéndose y ocultando vivamente
el cepillo debajo del delantal.
Martín golpea en el banco con el puño.
--¿Déjeme usted?... ¡Cómo! ¿No os tuteáis todavía?
Juan guarda silencio, y Gertrudis le pasa fuertemente el cepillo por la
espalda.
--Apuesto cualquier cosa a que todavía no os habéis besado.
Gertrudis deja caer de pronto el cepillo. Juan dice: «¡hum!» y se
entrega afanosamente a la tarea de hacer girar a lo largo del cepillo de
hierro que hay delante de la puerta una de las rosetas de sus espuelas.
--¡Es preciso! ¡Vamos!
Juan da media vuelta rápidamente y se pone a retorcerse el mostacho;
espera salir de tan comprometida situación adoptando aires de
conquistador, pero ni siquiera tiene valor para inclinarse hacia la
joven. Se deja estar tieso como una estaca y espera que ella le presente
la boca y adelante los labios; entonces, por un instante, posa en ellos
los suyos temblorosos y siente un leve estremecimiento en todo el
cuerpo.
Los dos se quedan uno al lado del otro, sonriendo tímidamente, con las
mejillas encendidas.
Martín se golpea las rodillas con los puños y dice que acaba de asistir
a una escena cómica capaz de hacer morir de risa. Después se levanta
bruscamente, y se va a disfrutar de su dicha en la soledad.
V
Por la tarde, los dos hermanos se dirigen juntos al molino. Gertrudis
los sigue con los ojos, desde la ventana; Juan se vuelve, ella sonríe y
oculta su cabeza detrás de la cortina.
Juan se detiene en el umbral; se apoya contra una de las hojas de la
puerta y lanza una mirada de profunda emoción a la penumbra de la vieja
y querida sala, mientras el ruido de las ruedas llega ensordecedor a su
oído, y nubes grises de harina y vapor de agua, llevadas por la
corriente de aire, le azotan el rostro.
Delante de él se alinean en su puesto las diferentes ruedas del molino.
A la izquierda, cerca del muro, el viejo tamiz para la harina; después
el triturador y la muela donde se mezcla el salvado a la harina; después
la muela mondadora, que separa la cebada de su cáscara, y finalmente un
cilindro de sistema completamente nuevo, que durante su ausencia se ha
agregado a los otros. Hay también un tornillo sin fin y un tubo
ascensor, como lo requiere la moda.
Martín, con las dos manos en los bolsillos del pantalón, tranquilo,
satisfecho, mueve su corta pipa en la boca. Después, coge a Juan por la
mano para explicarle los mecanismos nuevos; le muestra la harina fina,
molida por el tornillo sin fin, pasando por el tubo ascensor, donde
pequeños depósitos que suben a lo largo de una correa circular la elevan
a través de dos pisos, casi hasta el techo, para volcarla luego en los
tubos de seda cilíndricos, porque es preciso que pase en polvo fino a
través de esa estrecha trama antes que pueda servir.
Respirando apenas, Juan escucha; caza al vuelo las frases raras, que su
hermano sólo pronuncia en fragmentos, y se admira mucho al ver hasta qué
punto se embrutece uno en el regimiento, pues todo eso es griego para
él.
Los negocios florecen. Todas las ruedas trabajan, y los mozos del molino
tienen bastante que hacer allá arriba, en la galería, echando el grano
en los vertederos, y abajo, vigilando la caída de la harina y del
salvado.
--Ahora tengo tres--dice Martín, señalando a los compañeros, blancos
como la nieve, que tan pronto suben como bajan por la escalera.
--¿Y tienes todavía a David?--pregunta Juan.
--Naturalmente--responde Martín haciendo una mueca.
Se diría que la sola idea de que David pudiese faltar del molino lo ha
llenado de terror. Juan se echa a reír:
--¿Dónde está, pues, ese pícaro viejo?
--¡David! ¡David!
Y la voz potente de Martín resuena a través de la sala, dominando el
ruido de las ruedas.
Entonces, del rincón obscuro de las máquinas, cuya masa gigantesca surge
del suelo detrás del armazón de las ruedas, se adelanta pausadamente una
larga figura vacilante, cubierta de harina de pies a cabeza; aparece un
rostro pálido, en el cual sólo se lee esa especie de estupidez que
producen los años; una nariz ligeramente colorada que baja hasta la
barbilla, unos ojos enfurruñados que se ocultan bajo gruesas cejas, y
una boca que parece agitada por un movimiento eterno de masticación.
--¿Qué me quiere mi amo?--pregunta el viejo colocándose delante de los
dos hermanos, sin soltar la pipa de barro que pende y se balancea entre
sus labios.
--¡Ahí lo tienes!--dice Martín golpeando en el hombro al viejo,
mientras asoma a su rostro una sonrisa de tierno respeto.
--¿No me reconoces, David?--pregunta Juan tendiéndole amigablemente la
mano.
El viejo lanza por entre sus dientes un salivazo negruzco, medita un
instante y murmura:
--¿Por qué no lo he de reconocer?
--¿Y qué tal te encuentras?
El viejo vuelve a meditar, se rasca la cabeza y dice:
--¿Cómo me he de encontrar?
Y comienza a atar y a desatar entre sus dedos nudosos el hilo de un saco
de harina; después, cuando está bien convencido de que no lo necesitan,
vuelve a hundirse en su rincón obscuro.
El rostro de Martín está radiante.
--Tiene un gran corazón. ¡Veintiocho años a nuestro servicio, y siempre
laborioso, siempre fiel a sus deberes!
--¿Qué hace ahora?
Martín no sabe qué contestar.
--Difícil es decirlo... Ocupa un puesto de confianza. ¡Ah! tiene un gran
corazón... un gran corazón...
--¿Ese gran corazón roba todavía un poco de harina de los
sacos?--pregunta Juan riéndose.
Martín se encoge de hombros con disgusto y murmura algo como:
«Veintiocho años de servicios» y «hay que cerrar los ojos.»
--Parece que todavía me guarda algún rencor porque me permití descubrir
el escondrijo donde amontonaba, como la marmota, lo que iba robando.
--Estás prevenido contra él--gruñe Martín;--lo mismo que Gertrudis...
Sois injustos, cruelmente injustos con él.
Juan mueve alegremente la cabeza; y, señalando con el dedo una puerta
que conduce a una habitación de madera, recién construida, pregunta.
--¿Qué es eso?
Martín, un poco cortado, menea dulcemente la cabeza.
--Mi despacho--balbucea al fin.
Y como Juan da un paso para abrir la puerta, lo detiene por el faldón de
la chaqueta.
--Te ruego--refunfuña--que no franquees ese umbral; ni hoy, ni nunca...
tengo mis razones.
Juan lo mira disgustado y está a punto de preguntarle: «¿Desde cuándo
tienes secretos para mí?» Pero la súplica que lee en los ojos de su
hermano le cierra la boca, y los dos salen juntos del molino cogidos del
brazo.
VI
Ha llegado la noche... La rueda grande se ha detenido, condenando a la
inmovilidad a todo el engranaje de las pequeñas. El silencio reina en el
molino; sólo a lo lejos, en la esclusa abierta, las aguas en movimiento
cantan su monótona melodía.
Delante de la casa, el arroyuelo está tranquilo como si no tuviese más
que hacer que columpiar los nenúfares, y el sol poniente se refleja en
sus aguas profundas. Como una cinta de oro serpentea a través de los
arbustos, donde un ejército de ruiseñores, ignorando su mérito, afinan
sus gargantas para entrar en lucha con las ranas instaladas abajo.
Los tres seres hermanos destinados a vivir juntos desde entonces en
aquella soledad florida, donde todo inspira canciones, están reunidos en
círculo íntimo. Sentados en el emparrado, alrededor de la mesa cubierta
por un mantel blanco, no han hecho gran honor a la cena esa tarde, y sus
miradas fijas en el suelo expresan un profundo sentimiento de bienestar.
Martín, con la cara apoyada en las dos manos, saca de su pipa densas
nubes de humo, lanzando de vez en cuando un sonido que participa de la
risa y del gruñido.
Juan está completamente hundido en el tupido follaje, y deja que los
pámpanos, que tiemblan y se agitan al soplo de su aliento le acaricien
el rostro.
Gertrudis lanza de tiempo en tiempo una mirada furtiva a los dos
hermanos; se la podría tomar por una criatura indisciplinada que quiere
hacer alguna travesura, pero cerciorándose antes de que nadie la vigila.
Evidentemente, el silencio no es de su gusto; pero está demasiado bien
educada para romperlo. Sin embargo, se divierte sola en hacer a
escondidas bolitas de pan para lanzarlas en medio de una banda de
gorriones glotones que picotean alrededor del emparrado. Hay uno, sobre
todo, un sucio granujilla, que con su destreza y rapidez vence a todos
los demás. Desde el momento que llega rodando una pelotilla, abre las
dos alas y se pone a gritar como un poseído después, disputando a
derecha e izquierda con los otros, procura hacer salir a aletazos la
bolita del campo de batalla para tomar posesión de ella, con toda
comodidad, mientras sus camaradas cambian todavía entre ellos furiosos
picotazos.
Esta maniobra se repite cuatro o cinco veces y le da siempre la
victoria; pero al fin otro, que no carece de valor, descubre su táctica
y la aplica mejor todavía.
Ante ese espectáculo, Gertrudis siente grandes ganas de reír; quiere
reprimirlas a la fuerza, se mete el pañuelo en la boca y contiene la
respiración hasta que el rostro se le pone morado. Después, renunciando
a la esperanza de poder dominarse por más tiempo, se levanta para huir;
pero no ha llegado aún a la puerta cuando estalla la risa. Desaparece,
entonces en la sombra del vestíbulo, lanzando gritos de alegría.
Los dos hermanos, sacados de su ensueño, se incorporan.
--¿Qué pasa?--pregunta Juan asustado.
Martín menea la cabeza, dirigiendo su mirada a la joven, cuyas locuras y
niñerías conoce perfectamente. Al cabo de un instante, coge la mano a
Juan y dice, señalando la puerta con el dedo:
--Responde, ¿te parece que ella quiera hacerte partir?
--¡De ningún modo!--dice Juan con risa un poco forzada.
--¡Ah, muchacho!--exclama Martín rascándose la cabeza desgreñada;--¡por
cuántas desazones he pasado! ¡Cuántas veces me he agitado en el lecho
pensando en ti y en la falta que había cometido tal vez contigo!...
Después de una pausa continuó:
--Y sin embargo al verla tan dulce, tan inocente, dime, muchacho ¿me
habría sido posible no amarla? Desde que la vi, no fui dueño de mi
persona. Me recordaba a mi Juan de tantas maneras... era jovial y tenía
los ojos brillantes, donde se leía una loca alegría, exactamente como en
ti. Era una criatura, es verdad, y sigue siéndolo hasta hoy...
descuidada, turbulenta, traviesa como un niño. Y, cuando no se le tiene
la rienda un poco corta, amenaza trastornarlo todo. Pero me gusta así--y
un resplandor de ternura ilumina sus rasgos--y pensándolo bien, yo no
podría pasarlo sin sus locuras. Ya lo sabes, siempre tengo necesidad de
hacer el padre con alguno; en otro tiempo te tenía a ti, y ahora la
tengo a ella.
Después de haber desahogado su corazón, Martín se sume en un profundo
silencio.
--¿Y eres feliz?--pregunta Juan.
Martín lanza densas bocanadas de su pipa; en medio de la nube en que se
ha envuelto, murmura después de una nueva pausa:
--¡Hum! eso depende...
--¿De qué?
--De que tú no le guardes rencor.
--¿Yo, guardarle rencor?
--Vaya, vaya, no te defiendas.
Juan no responde. No le costará mucho trabajo convencer a su hermano; y,
cerrando los ojos, hunde de nuevo la cabeza en los pámpanos que agita el
aire.
Un rayo de luz le hace alzar los ojos.
Es Gertrudis que, de pie en el umbral de la puerta, con una lámpara en
la mano, aparece toda confusa. Su gracioso rostro está cubierto de vivo
color y sus pestañas bajas lanzan sobre sus mejillas dos sombras
semicirculares.
--¡Qué loquilla eres!--dice Martín acariciando tiernamente sus cabellos
en desorden.
--¿No quieres ir a acostarte, Juan?--pregunta ella con gran seriedad.
Pero su voz hace traición todavía a una leve risa que trata de reprimir.
--¡Buenas noches, hermano!
--Espera, que subo contigo.
Juan tiende la mano a su cuñada, que vuelve la cabeza para disimular su
sonrisa.
Martín le coge la lámpara y sube la escalera precediendo a su hermano.
Una vez en lo alto, se apodera de la mano de Juan, y, sin decir nada,
fija un instante su mirada franca y bondadosa sobre el rostro de su
hermano, como si no pudiese dominar aún su felicidad, se dirige a la
puerta y sale.
Juan suspira y se despereza, con las dos manos apoyadas en el pecho. Le
ahoga la alegría que invade su alma. Quiere alcanzar a su hermano para
consolar su corazón con algunas palabras de ternura y de reconocimiento,
pero oye los pasos de Martín repercutiendo ya abajo, en el vestíbulo. Es
demasiado tarde. Antes de meterse en cama necesita calmarse. Apaga la
lámpara y abre una de las hojas de la ventana. El aire fresco de la
noche, que le acaricia el rostro, le produce bienestar y lo apacigua.
Se inclina sobre el alféizar y silba un aria hundiendo sus miradas en la
sombra.
Debajo de él, el manzano en plena florescencia balancea la masa blanca
de sus flores. ¡Cuántas veces, siendo niño, ha trepado por sus ramas!
¡Cuántas veces, cansado de jugar, se ha apoyado en el tronco, perdido en
un sueño, mientras las hojas le susurraban lindas historias! Y después,
en otoño, cuando una ráfaga pasaba sobre el árbol, caía casi entre sus
brazos una lluvia de manzanas doradas. ¡Era una delicia aquello!
¡Qué de pensamientos acuden a la mente cuando se silba de ese modo! Cada
nota despierta una nueva canción, cada tonada resucita nuevos recuerdos.
Con las canciones de otro tiempo despiertan también los antiguos sueños,
que vuelan con sus alas de mariposa y recorren su vasto imperio, desde
que aparece la luna hasta que asoma la aurora...
Y, mientras contempla la tierra, donde todo se sumerge en las tinieblas,
ve que se abre suavemente una ventana debajo de él, y aparece una cabeza
con el rostro vuelto hacia arriba. En el óvalo pálido, que resalta sobre
la sombra de los cabellos, ve brillar dos ojos negros picarescos que le
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