un ciego dormido los habría encontrado. Y tampoco necesitáis tomar medidas; nada de ceremonias, nada de ceremonias. Y diciendo eso me miraba fijamente con sus ojos vidriosos, como si hubiera visto un fantasma. Después, de improviso, lanzó un grito estridente diciendo: --Quitadme estas piedras que me aplastan el cuerpo. ¿Por qué me habéis sepultado bajo estas piedras? Tomé la sábana más delgada que pude encontrar y la extendí sobre ella en lugar de la frazada; pero eso no le procuró ningún alivio. Gritaba y hablaba sin interrupción y de vez en cuando marmoteaba con volubilidad, como una persona que estudia una lección a media voz. Así transcurrió como una hora. Yo estaba sentada junto a la mesa, con los ojos fijos en ella, pues en mí se agitaba el temor de ver a cada instante surgir una nueva aparición, aún más horrible. De rato en rato, cuando se calmaba un poco; sentía un aflojamiento en mis miembros; cerraba entonces los ojos y me dejaba ir hacia atrás, y cada vez me imaginaba que caía en los brazos de Roberto. Sin embargo, no tenía sino muy vagamente el sentimiento de cometer una falta; mi laxitud era demasiado grande. Me parecía también ver sin cesar estallar en mi cabeza burbujas de las cuales salían rosas que producían siempre nuevas coronas de flores. Todavía después oía un silbido de un oído a otro; se habría dicho que una mecha azufrada me atravesaba la cabeza y que la habían encendido. Fue en ese estado de sobreexcitación nerviosa, presa, ya de espantos repentinos, ya de un abatimiento irresistible, cómo me encontró Roberto cuando entró en el cuarto, a eso de media noche. Quiso recostarse un poco en su cama, para velar después el resto de la noche conmigo; pero los gritos de Marta lo habían arrancado bruscamente al descanso. Al verlo, todo cansancio desapareció de mi cuerpo; sentí como si una nueva oleada de sangre se hubiera esparcido en mis venas, y de un salto me levanté para ir a su encuentro. --Procura descansar un poco--dijo él, bajando hacia mí la mirada de sus ojos cansados, hinchados por las lágrimas.--Vas a necesitar de todas tus fuerzas. Sacudí la cabeza y le indiqué a mi hermana, que, precisamente entonces, blandía las manos en torno suyo como si hubiera querido, en su delirio, alejarme de su marido. --Tienes razón--continuó.--¿Sería posible tener suficiente tranquilidad para dormir con semejante espectáculo ante los ojos? Y se acercó a la cama juntando las manos, e inclinándose hacia ella, posó un ligero beso en su frente color de cera. «A mí también me ha besado así»--gritaba una voz en mí. Después se sentó al pie de la cama, tan cerca de mi silla, que su brazo, que apoyaba en la mesa, tocaba casi mi hombro. Tenía los ojos fijos en ella, en la inmovilidad sombría de la desesperación. --¡Vuelve en ti, Roberto!--le murmuré.--Todo puede componerse todavía. Él soltó una risa aguda. --¿Qué entiendes por componerse?--exclamó.--¿Quieres decir que vivirá para arrastrar un cuerpo inválido, una alma quebrantada, una carga para ella misma y para los demás? ¿No sabes que tenemos que elegir entre estas dos alternativas? Un calofrío helado me penetró hasta la médula de los huesos. Pero al mismo tiempo creía ver que las paredes se apartaban y una perspectiva luminosa, infinita, se abría ante mí. «¿No querías desempeñar el papel de sacerdotisa en esta casa?»--me decía en tono de reproche una voz interior; pero se extinguió ahogada por el ruido de mi sangre. --¿De qué sirve discutir?--continuó él.--Ya hace tiempo que me he resignado a permanecer impasible cuando los golpes del Cielo me hieren sin descanso: me he vuelto un ser miserable, sin energía y sin voluntad; me he dejado atar de pies y manos por el destino, y por más que me agito hasta hacer brotar sangre de las articulaciones, eso de nada sirve: impotente soy, impotente seguiré y... ¡nada más! Pero no quiero excitarme con mis palabras y dejarme arrastrar por el furor; una cólera vana como ésta es más despreciable que una hipócrita sumisión. Sentí encenderse en mí el deseo de arrojarme a sus pies y de gritarle: «Haz de mí lo que quieras; sacrifícame, aplástame bajo tus pies, déjame morir por ti, pero recupera tu valor y cree en tu dicha...» cuando de repente, oí que de los labios de Marta salió un gemido tan lastimero, tan dolorido, que me estremecí, como si me hubieran dado un latigazo. Quise lanzar un grito, pero el miedo que Roberto me inspiraba me oprimió la garganta; sólo un suspiro se escapó de mi pecho, y lo contuve por fuerza, al ver que su mirada inquieta se fijaba en mis ojos. --No te preocupes de mí--dije violentándome para sonreír.--¡Con tal de que ella siga mejor! Él cruzó los brazos sobre su rodilla y repetidas veces inclinó dolorosamente la cabeza. Luego cesaron los gemidos de Marta. Había dejado caer la barba sobre el pecho y sus ojos estaban medio cerrados. Casi se habría podido creer que dormía; pero continuaba divagando y marmoteando. Un gran silencio reinó en el dormitorio débilmente alumbrado. No se oía más que un ligero silbido del viento contra la ventana y el ruido de los ratones que corrían entre los tirantes del techo. Roberto había hundido la cabeza en sus manos y escuchaba con espanto el lenguaje incoherente de Marta. Poco a poco pareció calmarse, su respiración se hizo más regular y más espaciada; de rato en rato su cabeza se inclinaba hacia un lado para volverse a levantar inmediatamente después, con un brusco movimiento. Un irresistible sueño se había apoderado de él. Quise obligarlo a que fuera a descansar, pero tenía miedo del sonido de mi voz y guardé silencio. A intervalos cada vez más cercanos, la parte alta de su cuerpo se balanceaba hacia un lado; a veces sus cabellos rozaban mi mejilla, y con la mano buscaba en torno suyo si no encontraría en alguna parte un apoyo. Al fin, de pronto, su frente se inclinó y cayó sobre mi hombro, donde permaneció inmóvil. Me puse a temblar de pies a cabeza, como si me hubiera acaecido una felicidad inaudita. Se posesionó de mí un deseo irresistible de acariciar su abundante cabellera, que tocaba mi cara. Muy cerca de mis ojos vi brillar algunos hilos plateados.--Ya comienza a encanecer--pensé,--es tiempo de que pruebe lo que llaman la felicidad.--Y lo acaricié efectivamente. Él suspiraba dormido, y trataba de dar a su cabeza una posición más cómoda. --No está bien así--me dije,--es necesario que te le acerques. Y lo hice. Su hombro se apoyó en el mío y su cabeza se inclinó sobre mi pecho. --Tienes que pasar tu brazo en torno de su cuerpo--me gritaba una voz interior,--de lo contrario no descansará bien. Dos veces, tres veces, traté de hacerlo, pero retrocedía de espanto. ¡Si Marta fuera a despertarse bruscamente! Pero no, sus ojos nada veían, sus oídos nada oían. Y me decidí... Entonces se apoderó de mí una alegría desatinada. Me estreché contra él a hurtadillas, diciéndome con ardor: ¡Oh, cómo quisiera cuidarte y velar sobre ti; cómo quisiera hacer desaparecer con mis besos las arrugas de tu frente y las penas de tu alma! ¡Cómo lucharía por ti con toda la fuerza de mi juventud, sin descansar nunca hasta no haber vuelto la alegría a tus ojos y el sol a tu corazón! Pero para eso... Mis miradas se volvieron hacia Marta. Sí, vivía, vivía siempre. Su seno se levantaba y se bajaba bajo la acción de una respiración corta y precipitada. Parecía más viva que nunca. Y, de repente, vi una llamarada que pasó ante mis ojos y creí leer, enfrente, en la pared, estas palabras: -¡Oh, si ella muriera!- Sí, era eso, esas eran las palabras. -¡Oh, si ella muriera! ¡Oh, si ella muriera!- XXI El médico interrumpió su lectura y exhaló un profundo suspiro, al enjugar el sudor de su frente. Roberto se había parado de un salto; por un instante miró fijamente, como cegado por un rayo, el círculo luminoso de la lámpara, luego se precipitó hacia el anciano; parecía querer arrancarle el papel de las manos. --¿Está escrito allí?--balbució. --¡Lee tú mismo! Siguió un largo silencio. La lámpara esparcía su luz tenue y risueña, como si hubiera alumbrado una escena de las más alegres, y suavemente el viento soplaba, rozando las ventanas con una caricia. Abajo, el ruido parecía calmarse: se oían risas a intervalos cada vez más lejanos, el runrún de las voces se trasformaba en un murmullo uniforme y confuso. Los comensales estaban cansados, digerían. El médico se había vuelto para ver lo que hacía Roberto. Este, abatido, al borde de la cama vacía, y con la cabeza hundida en sus manos, permanecía inmóvil. Sólo su respiración oprimida, que se escapaba de su pecho en soplos cortos e irregulares, revelaba la tempestad que se agitaba en su interior. --Vuelve en ti, chico--dijo el doctor posando la mano en el hombro de Roberto. --Tío, es evidente que Olga no estaba en su juicio cuando escribió eso. --¡Nunca lo ha estado más que en ese momento! --¿Cómo puedes afirmarlo? ¡No insultes a una muerta! --Nada está más lejos de mi pensamiento, hijo mío. ¿Quién se atreverá a arrojarle la primera piedra? Pero, si has escuchado atentamente, comprenderás sin pena que su vida entera transcurrió en preparar, en llevar, por decirlo así, a madurez ese instante único. Sus sueños de niña encerraban ya los gérmenes de ese criminal deseo; se desarrollaron bruscamente en esa famosa roca en que te sentaste con ella en el bosque, y dieron una planta vigorosa cuya flor se abrió precisamente en el momento en que Olga penetró en tu cuarto para unirte a Marta. --¿Por qué hizo eso si quería tomar el lugar de Marta? --¡Eh! ¿Acaso sabía lo que quería? Todos los esfuerzos que hizo para asegurar la felicidad de vosotros dos, no eran más que la lucha de su naturaleza honrada y pura contra el deseo que había crecido en su corazón, a partir del día en que, niña aún, te volvió a ver. Pero ella no lo sabía. Ni siquiera se dio cuenta de su amor por ti, sino el día en que entró en tu casa; razón de más para que no pudiera sospechar las consecuencias que dormitaban en las profundidades más secretas de su alma. --¿Y, sin embargo, dices que ella combatía ese amor, que trataba de arrancarlo de su corazón? --Sin que su espíritu influyera en nada, sin que tuviera conciencia de ello. Su pensamiento permaneció puro hasta aquella terrible hora de media noche. En ella el sentimiento, solo, luchaba con el mal deseo. Cada día sacaba del fondo de su naturaleza sana y vigorosa nuevos recursos para eliminar el virus, o, por lo menos, para contenerlo y hacerlo inofensivo: por eso se desterró al extranjero, por eso en el momento en que vio tu casa pensó en huir lo más pronto. Por el tono general de sus recuerdos ves cuán poca conciencia tenía de los combates que, durante años, hubo en el fondo de su alma. Habla, sin la menor intención, de mil detalles secundarios, que nada tienen que ver con la marcha de la acción, pero que son preciosos para demostrar cuánto se desarrolló ese deseo. No sabe por qué lo hace; todavía es sólo el sentimiento el que le dice: eso se relaciona con mi falta. --No creo en una falta--gritó Roberto en el colmo de la agitación.--Si ese deseo no es una simple ilusión, el resultado de un momento de sobreexcitación nerviosa y enfermiza; si, al contrario, se hallaba desde mucho tiempo atrás en preparación en el fondo de ella misma, ¿cómo es posible que, seis horas antes de formularlo, haya manifestado tanta indignación contra mi madre, a quien sospechaba de acariciar quizá el mismo deseo? --Y para mí--replicó el médico,--no hay mejor argumento en apoyo de mi tesis que esa misma indignación. Era para descargar su propia conciencia del peso que la aplastaba, por lo que arrojaba a tu madre todas las piedras que le caían bajo la mano. Lo que la empujaba era el miedo de su propia culpabilidad. --¿Y esa noble resolución de renunciamiento que había tomado pocos días antes? Por el rostro ajado del anciano pasó una sonrisa, la sonrisa del hombre que comprende y perdona. Repuso: --El antiguo proverbio de que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, se encuentra justificado sin duda una vez más aquí, pero no toca sino someramente el asunto que nos ocupa. La resolución que Olga tomó entonces fue una última tentativa, desgraciada desde luego, para conciliar el afecto que debía a Marta con el amor que tú despertabas en ella, para establecer la paz entre la sed de felicidad, ardiente, irresistible, que la devoraba, y la necesidad de permanecer fiel a su hermana. Era el medio menos natural que pudiera elegir, pues el renunciamiento, la muda resignación, no eran su fuerte. Y luego, un destino cruel ha querido que, a pesar de su gran inteligencia, de su enérgica voluntad, se viera arrastrada a una falta, que es la más común y la más cobarde del mundo, una falta que he leído en un número infinito de rostros cuando he sido llamado a atender enfermos graves. Ese es, hijo mío, uno de los lados más obscuros de la naturaleza humana, un resto de bestialidad que subsiste en nuestro mundo civilizado. Aun las naturalezas sensibles y delicadas como la de Olga, no están exentas de él; es verdad que eso las mata, mientras que las almas más groseras se contentan con disimular y rechazar dentro de sí mismas, el secreto que, solicitado por la luz del día, tiende a escaparse de las recónditas profundidades de la conciencia. Espera, voy a precisar. Un día fui a visitar a un anciano enfermo, rico propietario, a quien no le quedaba mucho tiempo que vivir. A su cabecera se hallaba su hijo mayor, un hombre de cuarenta años, más o menos, que desde hacía ya mucho tiempo desempeñaba en propiedades extrañas las funciones de administrador, y cuya prometida amenazaba envejecer y consumirse en la espera. Aquél era un honrado y buen hijo, que no había hecho daño a una mosca, que amaba cordialmente a su padre y que se habría ruborizado de desear el menor mal a su enemigo más mortal. Sin embargo, en la angustia secreta y sombría que se pintó en sus facciones cuando incliné mi oído sobre el pecho del anciano, leí claramente este deseo: «¡Oh, si se muriera!» Otra vez, me llamaron de la casa de una señora que, casada en segundas nupcias, era feliz. En su dicha no había más que una sombra: su marido no podía sufrir al hijo del primer matrimonio. Una arruga surcaba su frente tan pronto como se trataba de esa criaturita, y ella, como amaba apasionadamente a su marido y temía que le tomara aversión a ella misma a causa del niño, se lo ocultaba lo más que podía. El niño se enfermó con escarlatina. Encontré a la madre de rodillas junto a la cama y derramando amargas lágrimas. Temblaba por esa frágil existencia: ¿acaso no había nacido de su seno? Pero su marido entró, y en la mirada inquieta, vacilante que ella dirigió a la cuna, se leía distintamente: «Si tú murieras sería la felicidad para mí.» Podría citarte ejemplos infinitos, en que los celos, la codicia, la necesidad de independencia, la pasión de los viajes y de la libertad, el amor, han preparado y desarrollado ese deseo terrible y criminal, que se alza de repente, sombrío y gigantesco, en un corazón humano que hasta entonces no había conocido más que la luz y el amor. Por fortuna, ya hoy no causa grandes estragos. En los tiempos de la antigua barbarie, en que las pasiones se saciaban sin conocer obstáculos, la acción ayudaba al pensamiento. Cuando un miembro de una familia hacía sombra a otro, el veneno y el puñal imperaban sencillamente. La historia, la literatura están llenas de asesinatos de ese género, y Shakespeare, ese gran conocedor de las almas, no presenta, por decirlo así, otro tema trágico que el asesinato entre parientes. Hoy todo se ha suavizado, y cuando la lucha por la existencia penetra en el círculo de la familia, se contenta uno, en las horas sombrías, con desear a la persona que incomoda seis pies de tierra sobre el cuerpo. Ese deseo, es el asesinato de otros tiempos, atenuado por las nuevas costumbres. Ahí tienes, chico; te he pronunciado un largo discurso y si tu sangre se ha calmado mientras tanto, he conseguido mi objeto. --¿Entonces, la condenas sencillamente?--dijo Roberto, con angustia. --No condeno a nadie, hijo mío--respondió el anciano con una sonrisa grave,--y aun menos que a otra, a una naturaleza honrada como lo era la de Olga. Ella encontró el valor de confesar, a sí misma y a aquel a quien más amaba, el crimen que cometió: eso basta para elevarla por sobre el resto de la humanidad. Porque ese deseo de que hablamos, si es el pecado mental más horroroso de que el espíritu humano pueda hacerse culpable, es también el más secreto. No hay amigo que lo confíe a su amigo, ni un marido que lo murmure a su compañera en el silencio y la obscuridad de la noche, ni un penitente que se atreva a decirlo a su confesor; la oración misma, que nace en el más profundo arrepentimiento y sube hacia el Cielo, lo pasa fraudulentamente en silencio. Dios tiene derecho a saberlo todo, todo, excepto esa infamia. Nacida en las tinieblas y el horror, tiene que desaparecer en la vergüenza y el silencio. ¡Hay aún más! Ese deseo es la única falta que escapa generalmente a la justicia del mundo exterior, así como a la sanción de la conciencia en el fondo del corazón, porque éstas no tienen para ella ni expiación, ni castigo. En ese caso, el inexorable juez que todo hombre lleva en sí mismo, se deja comprar y corromper. Miles de hombres que han cometido por lo menos una vez esa bajeza, no por ello dejan de seguir viviendo contentos, engordan con perfecta tranquilidad de espíritu, felices del cumplimiento de su deseo, que se apresuran a olvidar tan pronto como se ha realizado. El alma lo reabsorbe, como el cuerpo reabsorbe la materia mórbida tan pronto como la causa del mal ha desaparecido. Se pierde sin dejar huellas, en el montón de las virtudes sociales y personales, el silencio lo aniquila. Muy lejos estoy de decir que condeno a esos hombres; ¿qué sería del mundo si todos los que, al mirarse en un espejo, descubren una verruga en su cara, fueran por desesperación a cortarse la cabeza? Los hombres que te he pintado están bien constituidos y pertenecen al término medio de la humanidad; su naturaleza, llamada feliz, es capaz de soportar un golpe y ¡vaya si se inquietan de tener aquí y allí alguna mancha que los desluce! Olga estaba hecha de un barro menos grosero, su sistema nervioso no necesitaba choques tan violentos, y lo que en otros no produciría más que una simple picazón, a ella le hacía el efecto de un latigazo. Esas naturalezas tienen con frecuencia algo de enfermizo, se inclinan hacia la hipocondría y la histeria, y su vida efectiva está dominada por imaginaciones que toman ordinariamente a los ojos de los demás el carácter de ideas fijas. Y, sin embargo, todo en ellas obedece a leyes rigurosas; hasta se puede decir que su organismo funciona con más precisión que el del común de los mortales, y si se les pusiera bajo vidrio como a las delicadas balanzas de los químicos, se les vería ejecutar maravillas. Los hombres dotados de esa extrema sensibilidad, tienen en general una cierta debilidad de voluntad que les hace replegarse en sí mismos al menor contacto extraño, y tanto mejor para ellos, pues así están al abrigo de los choques violentos del mundo que los rodea y que no serían capaces de soportar, pero ¡ay de aquellos a quienes una voluntad indomable, un carácter violento y apasionado, arrastran directamente al centro de los escollos y de las zarzas! Puede suceder entonces que una espina que ha quedado en la llaga, y de la cual otros apenas habrían hecho caso, se convierta para ellos en una flecha envenenada que les roerá el cuerpo y el alma hasta que sucumba... ¡Vaya, basta de charla! He aquí dos o tres hojas más. ¡Escucha! Vamos a saber cómo se muere de un deseo. XXII ¿Qué sucedió después? Mi memoria no ha conservado de ello sino un recuerdo confuso. Me acuerdo que de repente lancé un grito que hizo estremecer a la misma Marta, que me arrojé junto a su cama y que, apoderándome de sus manos ardientes, grité en un aliento: ¡Sálvame, sálvame, despiértate! Y después me encontré en mi cuarto, adonde Roberto me había llevado. ¿Cómo describir mi espanto cuando reconocí en el espejo mi cara descompuesta, cubierta por el sudor de la angustia, la carcajada que solté, el horror que me causó mi propia risa, mientras que, desfalleciente, oía resonar en mis oídos el deseo, repetido por todas partes por mil voces celosas que se reían burlonamente y cuchicheaban: «¡Oh, si ella muriera!» ¿Cómo describir aquello, sin desencadenar contra mí todos los fantasmas de esa noche mortal? Veo todavía claramente al médico que inclinaba sobre mí su rostro amigo, lo veo darme algo de beber, algo amargo, y después... nada más. Los primeros resplandores del alba aparecían pálidos por las ventanas cuando me desperté. Me dolía la cabeza y cuando dirigí en torno mío una mirada vaga, creí ver enfrente, trazadas en el yeso de la pared, las palabras: «¡Oh, si ella muriera!» Sentí un calofrío y me vino este pensamiento: «Si Marta se muere ahora, será tu deseo lo que la habrá muerto.» Me levanté vivamente y me acerqué al espejo. «He ahí, pues, la cara de una persona que desea la muerte de su hermana»--dije al ver reflejado mi lívido semblante. Y, sintiendo bruscamente asco de mí misma, di un golpe al vidrio con el puño; los dedos me sangraron, pero el espejo no se rompió. ¡Insensata de mí! No sabía que en lo sucesivo el mundo entero no sería para mí sino el espejo de mi crimen. ¡Pero quizá no muera! Ese pensamiento, que se despertó de pronto en mi cerebro, esparció en él una oleada de luz tal, que cerré los ojos como cegada. Y luego oí de nuevo gritar en mí: «¡Marta morirá y será tu deseo lo que la habrá muerto!» Apreté los dientes y apoyándome en la pared me arrastré hasta el cuarto de la enferma. Llegué a la puerta y al no oír el menor ruido en el interior, me dije: «Ya no encontrarás sino un cadáver.» No, todavía vivía, pero la muerte había puesto ya en ese rostro la marca de sus garras. El cartílago de la nariz se destacaba más, los labios, entreabiertos, dejaban ver los dientes inclinados, los ojos casi desaparecían en el fondo de sus azuladas cavidades. A sus pies estaban Roberto y el anciano médico. Roberto se ocultaba el rostro entre las manos; los sollozos sacudían su cuerpo. El anciano fijó en mí su mirada penetrante; por un instante creí otra vez que leía hasta el fondo de mi alma y que mi falta se exhibía abiertamente ante él. Pero, cuando al verme tambalear, acudió para sostenerme en sus brazos, vi que era sólo la mirada del médico la que había fijado en mí. --¿Cuánto tiempo vivirá todavía?--pregunté, cerrando los ojos. --¡Está en agonía! En ese momento sentí que algo se helaba en mí y tomaba la rigidez de una piedra; en ese momento, la esperanza murió en mí, y con ella la fe en mí misma, la creencia en la dicha y en el bien. Una gran calma reinó en todo mi ser. La muerte, que se cernía sobre la cama, había tocado también mi cuerpo con sus negras alas. Con la lucidez de una vidente, vi desarrollarse, sin velo, ante mis ojos, lo que me quedaba de existencia. En lo sucesivo iba a pasar por esta tierra como una muerta, como una muerta iba a tomarle apego a la vida, y como una muerta iba a ver acercarse a mí la felicidad que, sin embargo, había perdido para siempre. Roberto se adelantó y me besó; le dejé hacer tranquilamente, estaba insensible. Luego me senté muy cerca de la cama de mi hermana y la miré, esperando la muerte. Seguía con atención todos los síntomas de aquella lenta agonía. Me parecía que mi conciencia estaba fuera de mí y que me veía a mí misma sentada como una estatua de piedra, con los ojos fijos en el rostro de la moribunda. No tuve el menor alucinamiento, no me hice el menor reproche bajo la acción de la fiebre, y nada vino desde entonces a perturbar el curso de mis pensamientos. Veía claramente que mi deseo no podía en realidad darle la muerte, y sin embargo, para mí, para mi conciencia, era sólo mi deseo lo que la había muerto. Así, pues, yo estaba sentada junto a la cama de mi víctima, esperando su muerte, que era también la mía. Aquello duró mucho. Pasaron las horas del día; Marta vivía todavía. Su pulso no latía ya desde hacía rato, su corazón parecía paralizado, pero su respiración continuaba siempre ligera y rápida. Mientras yo dormía, bajo el efecto de la morfina, le había hecho, como último recurso de salvación, una inyección de almizcle para reanimar una vez más sus fuerzas: aquello era lo que la sostenía en ese momento. Pero el olor de almizcle mezclado con los vapores de fenol que llenaba la habitación como un cuerpo ponderable y palpable, me pesaba sobre la nuca y me aplastaba las sienes. A cada aspiración me parecía absorber unos cuerpos pesados que me hinchaban. Por la tarde, los padres de Roberto vinieron. Yo, que todavía la víspera no había demostrado a la tía más que orgullo y desprecio, le besé humildemente la mano. Aquello era el principio de la expiación que me había impuesto en el lecho de muerte de Marta, y que no debía concluir sino con mi vida. Llegó la noche: Marta seguía respirando. Con la boca muy abierta, los ojos empañados cubiertos de una capa de mucosidades, me miraba fijamente. Su cuerpo parecía achicarse cada vez más, yacía todo encogida: casi parecía que no se atrevía a ocupar en la muerte el lugar, muy modesto sin embargo, que ocupaba en vida. La tía llenaba la casa con sus intolerables sollozos, los demás también lloraban; yo sola no tenía lágrimas. Cuando a eso de las once, Marta exhaló el último suspiro, me acometió un acceso de locura furiosa. XXIII En este instante llego de casa de Roberto. Este se ha mostrado afectuoso y bueno para conmigo; he visto brillar en sus ojos una tímida ternura, medio velada, que mi corazón ha bebido con avidez. Me parece que una nueva primavera se acerca: la risa y la alegría se despiertan en mi corazón, y, cuando cierro los ojos, veo bailar en torno mío dorados rayos de sol. Pero ¡basta de pensamientos de felicidad, basta de cobardía! Si llega a amarme, ¡tanto peor para él! No me he prestado a ello; ¡no por cierto! Sería tan despreciable como una mujer perdida si hubiera hecho eso. Desde mi curación, durante más de un año, he dirigido su casa con lealtad y probidad, sin pretender agradarle, sin desear serle indispensable. Y, sin embargo, he llegado a serlo. Mi señora tía ha tenido que reconocerlo ella misma, ella que casi me impone su hospitalidad, no obstante el odio que profesa a mi persona. Es demasiado buena ama de casa, para no saber que, sin mí, el hogar de su hijo se habría arruinado durante esos días de duelo, en que Roberto, absorbido por su inmenso dolor, permanecía inerte, indiferente a todo, aun al niño. Sin mí el pobre pequeñuelo estaría desde hace tiempo bajo tierra. No enumeraré todo lo que he hecho durante ese tiempo, todo lo que ha producido mi trabajo: en verdad no me conviene desempeñar el papel de farisea. Tampoco hablaré de expiación; esta es una palabra demasiado pomposa, detrás de la cual no se oculta ordinariamente sino una miserable mentira, una vana ilusión. ¿Cómo borrar la mancha que me ha mancillado? Se expía una falta trágica, se expía hasta un gran crimen; pero una infamia como la que yo he cometido, es un borrón del cual el alma no puede lavarse. ¡Si por lo menos pudiera ignorar qué secreto vela en el fondo de mi corazón! ¿Por qué quería en otros tiempos permanecer pura ante mi conciencia, si no era para poder pertenecerle un día? Como si el eterno destino no hubiera alzado él mismo entre nosotros una muralla que, desde el fondo de la tumba de Marta, se eleva hasta los astros. Y, si alguna vez un demonio le soplara en el oído el consejo de extender la mano hacia mí, ¿podría hacer de otro modo que rechazarlo como a un loco temerario? Pero eso no sucederá: he sabido tenerlo a distancia. Que crea que lo desdeño, que crea que estoy encerrada dentro de mi orgullo y de mi egoísmo: sabré guardar el secreto de mi corazón. ¡Si tan sólo no existiera! Más de una vez, sobre todo durante la noche, mientras mis miradas se pierden en la obscuridad, un deseo se apodera de mí con una violencia tan extravagante, que me parece que va a aniquilarme. Me invade como la embriaguez de la fiebre, ofusca mis sentidos y me hace hervir la sangre en las venas: es el deseo de descansar, una vez tan siquiera, entre sus brazos para llorar en ellos a mis anchas, porque desde aquellas noches las lágrimas se han secado en mí. Me ha sido imposible llorar desde ese día en que encontré a Marta tendida en su lecho de dolor. XXIV Quince días después. Es un hecho, Roberto me ama. Ha venido a pedir mi mano. Ahora sé que hay una expiación. ¡Ah, si estas torturas no purificaran! Jesús; ya no tengo en vos la ingenua fe de la infancia, pero habéis sido hombre, habéis sufrido como yo; os imploro... pero no, esto es locura, vuelve en ti, mujer, cálmate. ¿Acaso no hay un descanso eterno en el cual puedes refugiarte libremente, si te faltan las fuerzas para sobrellevar los dolores de esta existencia? ¿Quién te lo impide? Me ama; lo he conseguido. Pero, para que me amara, ha sido necesario que Marta pereciera y que yo me perdiera en un abismo de crimen y de vergüenza, del cual ningún poder del Cielo ni de la tierra podría arrancarme. Estoy muerta; muertos también deben estar mis deseos y mis esperanzas; y a mi sangre que se rebela, hierve y se agita cuando pienso en él, sabré calmarla por fuerza, si no... ¡Oh, qué actitud tenía delante de mí! Las palabras salían lentas y tímidamente de sus labios; sus miradas plañideras, que parecían implorar socorro, buscaban las mías y sin embargo apenas osaban desprenderse del suelo; en su embarazo, enroscaba entre sus dedos la extremidad de su barba y golpeaba con el pie cuando no podía encontrar la palabra justa. ¡Oh, pobre niño grande, amado mío! ¿No viste que todo mi ser me precipitaba a tus brazos y ardía por permanecer en ellos eternamente? ¿No viste que mis labios temblaban de deseo de posarse en los tuyos y de quedarse suspendidos de ellos hasta mi último suspiro? ¿No viste nada de eso? Debiste, pues, dar fe a las palabras que te dije, casi sin tener conciencia de ello. Mi corazón las ignora completamente; te lo juro. Te amo y te amaré hasta mi último pensamiento, y el último aliento que se escapará de mis labios será tu nombre. Y ¿cómo has podido creer en el pretexto que te di? ¡Dejarte a una mujer rica! ¡A ti para quién querría mendigar por los caminos, por quién querría gastarme los ojos, hacerme sangrar los dedos cosiendo si lo necesitaras! ¿Te acuerdas de aquella noche, en casa de mis padres, cuando aspirabas a la mano de Marta? ¡Cómo puedes, si la recuerdas, hacerme la injuria de aceptar mi miserable excusa! Y cuando me diste la mano al decirme adiós, ¿por qué me dirigiste una mirada tan triste, tan humilde? ¿No sabías que esa mirada me torturaría sin cesar, noche y día, como el reproche de una grave falta que he cometido para contigo? No, amigo mío, eres el único ser en el mundo que nada tenga que reprocharme. He procedido lealmente contigo, y hoy más que nunca, ¡aunque jamás hayas sido más indignamente engañado que hoy! ¡Si tan sólo pudiera decirte cuánto te amo! ¡Con qué placer moriría en el acto! ¡Colgarme una sola vez de tu cuello, ocultar una vez mi cabeza en tu hombro y llorar lágrimas de sangre! No me vuelvas a mirar así, mi querido niño grande, como para hacer creer que te he desdeñado con razón, que te he encontrado demasiado simple y demasiado indigno de mí, pues, ¡mira, no sé lo que haría! ¡Que Dios te preserve de mí y de mi amor! XXV Ocho días después. ¡Al fin se ha realizado mi deseo! Me he arrojado en sus brazos, me he embriagado con sus besos, he llorado hasta la saciedad sobre su hombro. Estoy serena, enteramente serena, he probado todo lo que la vida podía todavía ofrecer de felicidad a una pecadora como yo. ¿Y ahora? Desde hace horas, me encuentro frente a esta última y grave cuestión: ¡huir o morir! Es necesario que me decida esta misma noche por una u otra de estas alternativas, pues Roberto vendrá mañana para llevarme a la tumba de Marta. Antes que seguirlo allí, prefiero morir. Aun admito que lleve la hipocresía hasta no caer de rodillas sobre esa tumba para confesarle todo; admito que el horror que me inspiraría a mí misma, no me ahogue, que encuentre el miserable valor de casarme con él; ¿qué existencia llevaría a su lado? ¿Para qué aferrarse a una dicha que uno mismo ha hecho imposible desde mucho tiempo atrás? Pasaría por esta tierra semejante a una pobre criminal a quien se lleva a la muerte, eternamente torturada por el temor de descubrirme a sus ojos y, a pesar de eso, llena del deseo de gritar mi falta al mundo entero. ¡Cómo podría dormir en ese lecho que he deseado ver que mi hermana abandonara para bajar a la tumba! ¡Cómo vivir entre esas paredes en que todavía están inscritas en letras de fuego esas palabras: «Oh, si ella muere!» Voy a razonar fríamente conmigo misma, como conviene a una persona que hace el balance de su vida. ¿Ser su esposa? Eso es imposible, bien lo sé. ¿Huir? ¿Qué haría en medio de extraños? Los conozco; conozco a los hombres y los desprecio. Ellos me han hecho daño, seguirán haciéndome sufrir. Todo lo que me queda de fe, de amor y de esperanza, no descansa ya más que en él. Pues bien, ¿morir? Los frascos de morfina están ahí, en salvo en el fondo de mi gaveta; un presentimiento me decía que algún día los necesitaría, cuando los reservaba secretamente, a despecho de las órdenes de mi anciano tío el doctor. Las pocas horas de sueño que he perdido me serán devueltas así al céntuplo. Escribiré todavía una carta a mi tío; él será mi heredero y mi confidente. Quizá podrá disimular mi suicidio y hacer que Roberto no lo sospeche. A él, ni una palabra de despedida. Esto es doloroso; pero es necesario que sea así. * * * He salido furtivamente y he corrido a poner la carta en el buzón. El sereno anunciaba la media noche. ¡Qué desierto y obscuro está el mundo! El viento pasa estremeciéndose por los tilos; aquí y allí brilla tristemente una luz que parece alumbrar secretos dolores. Por el camino avanza un hombre ebrio que exhala sordos gruñidos y quiere atacarme. En torno mío las tinieblas, la miseria y la rudeza; en mi alma el remordimiento y una pasión que jamás se saciará, he ahí lo que me reservaba el porvenir. En verdad, nada tiene ya que ofrecerme esta vida. Mucho se habla y se escribe sobre las angustias de la muerte: yo no siento indicios de ellas. Me encuentro bien ahora, después de haber llorado a mi gusto. Las lágrimas que no podían darse libre curso, me ponían en el pecho un peso aplastador.--Y dicen que llorar da sueño. ¡Buenas noches! FIN 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743