--¿Qué quieres? ¿Me traes noticias de Marta?
--¡Sí, eso es, Marta!
Me levanté vivamente. ¡Basta de debilidades! Había recuperado esa fuerza
indomable que era mi orgullo.
--Escucha, Roberto--dije,--no te marcharás mañana por la mañana.
--¿Por qué?--dijo, apretando los dientes.
--¡No quiero!
--Tu voluntad es muy respetable, querida niña--respondió él con risa
mordaz,--pero no cambiará en nada mi resolución.
--¿Entonces quieres perder a Marta para siempre?
En ese instante me sentí otra vez tan fuerte y tan feliz en mi papel de
protectora que, para unirlos, habría aceptado la lucha con el mundo
entero.
¡Qué loca y cuán poco perspicaz era!
--¿Acaso no está ya definitivamente perdida para mí?--replicó él, con la
mirada fija hacia adelante.
--¿Qué te dijo hoy?
--¿Para qué repetirlo? Sus palabras eran sabias, sensatas; tan sabias,
tan sensatas, que no podía ser sino el lenguaje de una persona que ya
no ama.
--¿Y lo crees realmente?--pregunté.
--¿No estoy obligado a creerlo? Y luego, en fin, ¡qué importa! Aun
suponiendo que ella me hubiera guardado un resto de cariño, ha hecho
bien en aprovechar la ocasión para deshacerse de él completamente. Más
vale así, para ella como para mí. Nada tengo que ofrecerle, ni
felicidad, ni alegría, ni siquiera la sombra de un placer, nada más que
trabajo, penas y miseria, de un extremo del año al otro. Y por sobre
todo esto, una suegra que le es hostil y le haría sentir duramente que
se había presentado con las manos vacías.
Sentí que una oleada de sangre me subía a la cara. Me ruborizaba, no por
Marta ni por mí, pues yo era tan pobre como ella; me ruborizaba por él
al oírle hablar así de su propia madre.
--Y ahora, confiésalo tú misma, niña--continuó,--¿no te parece que hace
bien, ante esta perspectiva, en quedarse a cubierto en el fondo de su
nido calentito y en dejarme partir, puesto que no puedo traerle más que
la desgracia?
Se pasaba la mano por los cabellos yendo de un lado para otro en el
cuarto como un animal perseguido.
--Roberto--dije,--te engañas a ti mismo.
Él se detuvo, y me miró de frente soltando una carcajada:
--¿Qué quieres, por fin? ¿Debo exigir antes de marcharme que se me
confirme esa negativa por escrito?
--Roberto--continué sin dejarme desconcertar,--con toda sinceridad,
¿amas a Marta?
--No seas niña--respondió él.--Si no la amara, ¿estaría aquí en este
momento?
Estaba delante de mí y abría sus brazos de gigante. Me parecía que al
cerrarse iban a aplastarme--sentí un deslumbramiento--me arrinconé más
profundamente en el sofá.
Entonces me vinieron a la memoria los pensamientos que acariciaba desde
hacía varios años: me representé cómo lo habría amado si yo hubiera sido
Marta y cómo habría querido que él me correspondiera.
--Mira, Roberto--dije,--en resumidas cuentas, no soy más que una
tontuela; pero sé muy bien lo que es el amor, y no son sólo los poetas
los que me lo han enseñado. Hace tiempo que lo siento en el fondo de mi
corazón.
--¿Amas a alguien?--me preguntó.
Yo me ruboricé y sacudí la cabeza.
--¿Cómo puedes entonces sentirlo en el fondo de tu corazón?
--Sin duda eso me ha caído del Cielo--respondí bajando los ojos hacia el
suelo.--Pero, en todo caso, amaría de diferente manera que vosotros. No
me sumiría en el desaliento, no huiría vergonzosamente como lo haces tú,
diciendo: «¡Más vale así!» Pondría para vencerla, todo el ardor de mi
alma, para conquistarla, toda la fuerza de mis brazos. La atraería hacia
mi pecho y me la llevaría, ¡poco importa adónde! en la noche, al fondo
del desierto, si el sol se negaba a alumbrarnos, si ninguna casa quería
darnos el abrigo de techo. Preferiría morir de hambre con ella a la
orilla del camino, a implorar al mundo que quiere separarme de ella. Eso
es lo que haría, Roberto, si me hallara en tu lugar, y, si estuviera en
el lugar de Marta, me echaría a tu cuello riéndome y te diría: «Ven,
mendigaré para ti si no tienes pan, te daré mi seno para reposar tu
cabeza si no tienes cama, y bañaré tus heridas con mis lágrimas, sufriré
mil muertes por ti, dando gracias a Dios, al Señor, de poder hacerlo.
¿Ves, Roberto? ¡así es cómo me represento el amor y no como no sé qué
sentimiento mezclado, en el que entra el temor de una suegra y el horror
de los intereses atrasados!»
Había hablado con pasión. Sentía fuego en mis mejillas y de repente me
avergoncé al pensar que había descubierto así delante de él el fondo de
mi corazón. Me oculté la cara entre las manos, luchando contra las
lágrimas.
Cuando me atreví a levantar la cabeza, él estaba delante de mí,
mirándome fijamente, con ojos chispeantes.
--Criatura--dijo,--¿de dónde te vienen esas ideas?--Me parecía oír el
cántico de los cánticos.
Apreté los dientes y guardé silencio. ¿Sabía yo misma de dónde me
venían?
Pero él se sentó junto a mí y me tomó las manos.
--Olga--continuó,--lo que acabas de decir no era precisamente muy
práctico, pero era hermoso, era sincero, y me ha conmovido hasta el
hondo del alma. Me parecía oír una voz de otro mundo y casi tengo
vergüenza de haber sido débil y cobarde. Pero, aun cuando levantara la
cabeza, aun cuando pensara como tú, ¿de qué me serviría puesto que ya
ella no me ama?
--¡Ella, no amarte!--exclamé. ¡Si la abandonas, Roberto, se morirá!
--¡Olga!
Vi que la alegría iluminaba su rostro y yo tuve en ese momento como la
sensación de una mano extraña que me oprimía el pecho; pero no me
desconcerté, y recurriendo a todo mi orgullo, continué:
--Roberto, sé que me despreciarás cuando sepas lo que voy a decirte;
pero es necesario que te lo diga, para que te convenzas de que no debes
partir. No he sido franca contigo, Roberto; he burlado tu confianza.
Y con la respiración jadeante, arrancando penosamente las palabras de mi
garganta, le conté lo que había hecho con sus cartas.
Estaba lejos de haber concluido, cuando de pronto me tomó en sus brazos
y me atrajo hacia él.
--Olga, ¿es verdad?--exclamó fuera de sí en su gozo.--¿Puedes jurarme
que es la verdad?
Hice un signo afirmativo, pues el miedo, que hacía pasar por todo mi
cuerpo un calofrío delicioso, me había quitado el uso de la palabra.
--¡Que Dios te lo pague, buena e inteligente niña!--exclamó
estrechándome contra su pecho.
Y mi respiración se cortó en una deliciosa angustia. Dejé caer mi cabeza
sobre su hombro y cerré los ojos. Entonces me estremecí al sentir que
su boca se posaba en mis labios. Me pareció que una llama me había
quemado. Y me besó otra vez, otra y otra: el gozo y el agradecimiento le
habían hecho perder la razón.
Pero yo pensaba: «¡Ojalá nunca concluya este instante!» Y los calofríos
me sacudían sin interrupción mientras mi cuerpo yacía inerte y sin
fuerzas entre sus brazos. Una sola vez me pasó por la cabeza este
pensamiento: «¿Puedo devolverle sus besos?» Pero no me atreví.
¿Cuánto tiempo me tuvo así? No lo sé: de repente sentí que mi cabeza
chocaba rudamente con el borde del sofá. El dolor me hizo salir como de
las profundidades de un sueño.
Me quedé allí sin movimiento, tratando de recobrar aliento.
Roberto lo notó y exclamó muy asustado:
--Estás muy pálida, niña, ¿te has hecho daño?
Dije que sí por señas, y agregué que aquello no era nada, que pronto
pasaría. Pero bien sabía que no había de pasar, que esa impresión se
grabaría en mis sentidos y en mi corazón con letras de fuego, que la
llama de ese instante retemplaría mi corazón durante más de una larga y
fría noche de invierno, esa llama que no era sin embargo sino el reflejo
de su amor por otra. Sabía todo eso y me parecía que me iba a ahogar
bajo el peso de ese pensamiento. Pero pronto me repuse, pues había
aprendido a dominar mis nervios.
--Roberto--dije,--voy a darte un consejo, y después dejarás que me
vaya, porque estoy algo cansada.
--¡Habla, habla--exclamó,--haré ciegamente lo que quieras!
Y cuando lo miré, no pude impedir exhalar un profundo suspiro de dolor y
de júbilo, pues pensaba: «¡Te ha tenido en sus brazos!»
Habría querido dejarme caer nuevamente con los ojos cerrados en la
esquina del sofá y fingir todavía un poco el desvanecimiento, pero me
levanté vivamente y dije:
--Creo que Marta no cerrará los ojos esta noche; esperará el momento en
que salgas de la casa. Querrá verte partir; como su habitación da al
jardín, vendrá a la tuya o a la que está al lado. Cuando estés al pie de
la escalera, espera un poco y luego haz como si hubieras olvidado algo,
y entonces... entonces...
No pude decir más, pues oía resonar en mí con demasiada violencia, ya
como un sollozo, ya como un grito de alegría, estas palabras: «¡Te ha
tenido en sus brazos!»
Tuve miedo de no poder dominar mi emoción por más tiempo y quise huir
precipitadamente, sin una palabra de despedida.
Cuando abrí la puerta, vi delante de mí a Marta.
Allí estaba ella, descalza, a medio vestir, pálida como una muerta y
temblorosa. No pudo hacer un movimiento; sin duda le faltaron las
fuerzas.
Y en el mismo instante oí detrás de mí un grito de gozo; vi que Roberto
se lanzaba, pasaba a mi lado y recibía en sus brazos a la desdichada
que se tambaleaba.
--¡A Dios gracias, ahora eres mía!
Estas fueron las últimas palabras que oí; huí a mi cuarto como si las
furias me hubieran perseguido, me encerré y derramé lágrimas, lágrimas
amargas.
XI
Salvaré rápidamente los años que siguieron con sus desgracias
fulminantes y su largo cortejo de sufrimientos. Ellos me dieron la
madurez y me hicieron mujer.
Ocho meses después de aquella noche, trajeron a papá a la casa en un
adral; se había caído del caballo y sufría de graves lesiones internas.
A los tres días murió. En medio de las calamidades que cayeron entonces
sobre la casa, fui la única que conservó toda su sangre fría. Marta,
aniquilada, se abismó en su dolor y mamá--¡la pobre y querida
mamá!--había permanecido durante tantos años sentada cómodamente y en
paz al lado de la estufa tejiendo medias y mascando frutas azucaradas,
que no quería ni podía concebir que aquella existencia cambiara. No dijo
una palabra, apenas derramó una lágrima, pero el mal que la roía
interiormente, hizo rápidos progresos y, aun cuando hubiera salvado de
la fiebre tifoidea que la acometió cuatro semanas más tarde, el pesar se
la habría llevado seguramente.
Ambos reposaban entonces en el cementerio, Marta y yo, huérfanas,
abandonadas, nos quedamos en la granja desierta, esperando el momento en
que se nos expulsaría. Por mi parte sabía el camino que tenía que
seguir, sabía que el porvenir no me ofrecía otra perspectiva que la de
ganar duramente mi pan al servicio de otros. No vacilaba y no discutía
con mi destino: tenía suficiente energía, suficiente orgullo para vivir
sola aun en el extranjero. Pero temblaba por Marta, que, menos que
nunca, podía vivir sin consuelo ni afecto.
El día de su casamiento parecía todavía muy lejano. Roberto no podía
hacerla esperar mucho más sin exponerse a verla extinguirse un día
agotada por la pena, como una lámpara que ya no tiene aceite.
No me equivocaba en mis cálculos. Él no había podido asistir a los
entierros, sin embargo, cada vez había mandado una palabra de consuelo a
Marta para ayudarla a pasar las horas más penosas. De vez en cuando
caían de sus cartas algunas migajas para mí, de las cuales me apoderaba
con avidez, como quien se siente morir de hambre.
Un día, él mismo se presentó.
--¡Esta vez vengo a buscarte!--le gritó a Marta.
Ella se dejó caer sobre el pecho de Roberto y lloró. ¡Cuán feliz era!
Pero yo me retiré al emparrado más sombreado del jardín y, abandonándome
a mis reflexiones, me pregunté si mi corazón no tendría también algún
día un hogar en que pudiera refugiarse tanto en las horas felices como
en las horas de angustia. Bien sentía que esos eran vanos sueños, pues
el único lugar en el mundo... en fin, sentí nacer en mí un orgullo y una
amargura tales, que todo mi ser se llenó de hiel, y me desprendí con
sombría aspereza de los brazos de los míos para encerrarme sola en mi
dolor.
Querían llevarme con ellos, hacerme compartir lo poco de felicidad que
les quedaba todavía: me crearía un interior en la casa de mi cuñado;
pero rechacé su ofrecimiento con fiera obstinación.
Ambos trataron en vano de resolver el enigma de mi conducta, y Marta,
que se desesperaba al pensar que no me tocaría la menor partícula de su
dicha, venía a menudo por la noche junto a mi cama y lloraba sobre mi
hombro. Entonces me ruborizaba de mi obstinación, le dirigía mil
palabras afectuosas como a una criatura, y no la dejaba irse sino cuando
había visto brillar por entre sus lágrimas una sonrisa de esperanza.
Durante ocho días, Roberto trabajó sin descanso en poner orden en
nuestros negocios y en buscar un comprador. No nos quedó sino muy poca
cosa; pero tampoco necesitábamos nada.
En seguida, se realizó sin ruido la ceremonia del casamiento. El viejo
mayordomo principal y yo fuimos los testigos, y a guisa de comida de
bodas hicimos una visita al cementerio, para despedirnos de las tumbas
recientemente cerradas, cuya arena amarilla comenzaba a desaparecer
bajo débiles tallos de yedra.
Durante las últimas semanas, había buscado en secreto una situación que
me conviniera. Se me habían hecho diversos ofrecimientos; no tenía más
que elegir. Cuando Roberto vino a buscarme y, con una arruga de
inquietud en la frente, me hizo esta pregunta: «¿Qué vas a hacer ahora,
Olguita?» le expuse con una sonrisa tranquila mis proyectos para el
porvenir. Sobrecogido de admiración juntó las manos y exclamó:
--¡Verdaderamente, te envidio! ¡Harás camino, tú!
Y la misma Marta me envidiaba, bien lo veía en los ojos tristes que
fijaba en él y en mí; habría deseado, para sacrificarlas a Roberto, toda
la fuerza, toda la energía que me daba la juventud. La besé, traté de
alentarla, y en la mirada suplicante que dirigió a su marido, leí este
pensamiento: «Te doy todo lo que soy; perdona que sea tan poca cosa.»
Al día siguiente por la mañana nos separamos; la joven pareja se dirigió
a su nuevo domicilio y yo partí para el extranjero.
XII
No hablaré de los tres años que pasé en tierras extrañas. Todas las
vejaciones, todas las humillaciones que sufrí durante ese tiempo, se han
grabado en mi alma con caracteres indelebles; han endurecido
completamente mi corazón y me han inspirado la indiferencia y la
desconfianza para con todas las criaturas humanas. He aprendido a
despreciar su odio y más aun su amor; he aprendido a sonreír, cuando el
dolor me desgarraba el corazón con sus garras de acero; he aprendido a
llevar la frente alta, cuando habría querido, de vergüenza, ocultarla en
el polvo.
Los largos días vacíos, lejos de todo afecto, que pesan como plomo sobre
los hombros, la carga aplastadora de las tinieblas durante las noches
sin sueño, las adulaciones dictadas por la codicia, que suenan a falso y
dan náuseas, los celos de rivales cuyo mutismo obstinado irrita: todo
eso he conocido.
En verdad, era duro el pan que comí en el extranjero, ¡y cuántas veces
lo mojé con mis lágrimas!
El único consuelo, la única alegría que me quedaban, eran las cartas de
Marta. Me escribía con frecuencia, en ciertas épocas hasta todos los
días, y las más de las veces encontraba en ellas un post-scríptum de la
letra desigual y atormentada de Roberto. ¡Oh, cómo me echaba sobre
ellos, cómo devoraba su menor palabra!
Gracias a esas cartas, vivía con ellos, por decirlo así.
Su vida no era alegre--Dios sabe que no--pero en fin ¡era la vida! A
menudo la desgracia caía sobre ellos; entonces ambos, Roberto con toda
su fuerza, Marta en su debilidad, parecían dos niños sin apoyo,
abandonados, y yo tenía que intervenir para ayudarlos con mis consejos y
darles valor.
Al fin estuve a tal punto familiarizada con su círculo, que habría
podido reconocer por su aspecto y por su voz a cada uno de sus criados,
de sus amigos, de sus conocidos. Sentía por la tía Hellinger el odio más
vehemente, por el viejo médico el afecto más profundo; en cuanto a la
multitud indiferente de los burgueses, de miradas indiscretas y
pérfidas, que computaban tan exactamente y calculaban con sus dedos la
ruina de Roberto, les reservaba mi desprecio más glacial.
--¡Oh! ¡Si yo estuviera en su lugar--me decía con frecuencia rechinando
los dientes, cuando Marta se lamentaba y me pintaba todo lo que tenía
que sufrir en sus relaciones,--cómo les mostraría la puerta a esos
-lonjistas- fríos y altaneros; cómo los haría arrastrarse a mis pies, en
el polvo, domados con el látigo de mis sarcasmos y de mi desdén!
Pero también tomaba parte en sus pequeños goces. La veía reinar como ama
en la granja, veía en su derredor a la pequeña tropa de servidores a
quienes animaba la mejor voluntad, y habría querido mostrarme más
bondadosa, más caritativa aun que ella lo era, ella que ocultaba una
alma de ángel bajo una apariencia humana.
La veía sentada al sol en el balcón, inclinada sobre su costura; la veía
gozar del descanso de mediodía bajo los frondosos tilos del jardín; la
veía, mientras la voz de su marido retumbaba en el patio y junto a ella
la cafetera cantaba su dulce canción; la veía, esperando que él entrase,
seguir con mirada soñadora los copos de nieve que revoloteaban en el
aire.
Vivía así con ellos, mientras mis días se sucedían vacíos y sin gozo,
como los anillos de una cadena sin fin.
En el curso del tercer año, Marta me confió que el deseo más ardiente de
Roberto iba a realizarse, que la plegaria que tan a menudo ella había
rezado en el silencio de la noche, había sido oída: se sentía madre.
Pero al mismo tiempo crecía en ella el temor de que su frágil y débil
cuerpo no pudiera soportar la grave prueba que la esperaba. Yo compartía
su esperanza y sus temores; quizá estaba aún más inquieta que ella, pues
la soledad y la distancia abultaban y desfiguraban las escenas que
creaba mi imaginación.
Más de una vez por la noche me desperté con la cara bañada en lágrimas,
pues la había visto ya muerta en sueños. Un recuerdo de los primeros
años de mi juventud me volvía a la memoria: la había encontrado un día
tendida en el sofá, rígida, pálida, semejante a un cadáver, y no podía
apartar esa imagen de mi pensamiento. Mientras más se acercaba el
momento crítico, más me consumía la inquietud. Mi salud comenzaba a
resentirse de las extravagancias de mi cerebro, y las personas extrañas
entre las cuales vivía--no pronunciaré su nombre, no merece figurar en
estas páginas--no existieron ya para mí sino como fantasmas.
Las últimas cartas de Marta revelaban orgullo, respiraban júbilo y
esperanza. Sus temores parecían haberse disipado, nadaba ya en las
delicias que le prometía la maternidad.
Después siguieron tres días en que estuve sin noticias, tres días de
tortura y de fiebre; al fin llegó el telegrama de mi cuñado:
«Marta dio luz varón con felicidad. Te reclama, ven pronto.»
Con el telegrama en la mano corrí en busca de mi patrona y le pedí
permiso para ausentarme por el tiempo necesario. Ella me lo negó.
Inmediatamente, encolerizada, le arrojé mi dimisión a la cabeza y exigí
en el acto mi libertad. Buscaron excusas: mi presencia era indispensable
en ese momento, debía por lo menos rendir cuentas y entregar, según las
reglas, la dirección de la casa a la persona que me reemplazaría; en
resumen, me retuvieron dos días enteros bajo los pretextos más fútiles;
se habría dicho que querían hacer sentir una vez más a la sirvienta que
se había mostrado tan altiva, toda la ignominia de su humilde situación.
En seguida vino una noche en ferrocarril, una noche de pesado
embotamiento, en el ruido ensordecedor del vagón; una mañana pasada
tiritando entre baúles y cajas de sombreros, en una sala de espera
desierta, cuyo olor a cerveza me daba náuseas. Después seis horas más,
oprimida entre un comerciante viajero y un judío polaco, en los
calientes cojines de una diligencia, y al fin surgieron ante mis ojos,
en los fuegos de una tarde de otoño, las torres de la pequeña población
en que los seres que me eran más caros, los únicos a quienes quería en
este mundo, habían edificado su nido.
XIII
Poco faltaba para la puesta de sol cuando bajé de la diligencia; entre
las ruedas, las hojas muertas revoloteaban en pequeñas trombas.
Mi corazón latía con violencia. Miré en torno mío. Creía ver adelantarse
a mi encuentro la gigantesca silueta de Roberto, pero no había allí más
que algunos papanatas que me miraron con los ojos muy abiertos,
extrañados de esa aparición desconocida. Pregunté el camino al conductor
y, contando para lo demás con las descripciones de Marta, me puse sola
en marcha.
En las puertas bajas de las tiendas había grupos de personas que
conversaban. Por delante de mí, algunos paseantes avanzaban
tranquilamente, a pasos lentos. Al acercarme se detuvieron, me miraron
de pies a cabeza como a un animal curioso y, tan pronto como les di la
espalda, oí detrás de mí cuchicheos y risas ahogadas. Me invadió un
calofrío al observar esa curiosidad malevolente de aldea.
Me sentí aliviada cuando vi alzarse frente a mí las torres de la
puerta. Conocía muy bien esa puerta: Marta en sus cartas la llamaba la
-puerta del infierno-, porque tenía que pasar por ella cuando iba a la
ciudad, llamada por su suegra.
Al penetrar bajo la obscura bóveda, vi de improviso el «castillo,» en
medio del arco de la puerta que le formaba como una especie de marco
negro.
Estaba apenas a una distancia de mil pasos. Las blancas paredes de la
casa, que los rayos del sol poniente bañaban con un matiz purpúreo,
surgían de entre un grupo de árboles de onduloso follaje. Los techos
cubiertos de zinc relumbraban; se habría dicho que de ellos caía una
cascada de agua hirviente. Las ventanas parecían lanzar llamaradas, y
por encima de la techumbre se amontonaba una espesa nube, semejante a un
palio formado por un torbellino de humo negro.
Me oprimí el corazón con las manos; creí que sus latidos iban a romperme
el pecho, tan violenta era la impresión que experimentaba ante ese
espectáculo. Durante un segundo tuve el sentimiento extraño de que debía
retroceder, huir a toda prisa, sin tregua ni reposo hasta que me
sintiera protegida por la distancia.
Toda mi inquietud acerca de Marta desaparecía ante esa angustia
misteriosa que me oprimía la garganta hasta ahogarme. Me traté de
cobarde y de insensata, y, reuniendo todas mis fuerzas, entré en el
camino, donde el paso de los coches había dejado pequeños charcos, ya
medio secos, que lucían como espejos. El viento que pasaba por las cimas
de los álamos, hacía oír un sordo murmurio que me acompañó hasta la
puerta de la granja. En el mismo instante en que la pasaba, el último
rayo de sol desapareció detrás de las paredes de la casa y la sombra de
los grandes tilos, que del parque se inclinaban sobre el camino, me
envolvió tan bruscamente, que creí que había llegado la noche.
Viejas paredes en ruinas, cubiertas de celedonia medio marchita, salían
a derecha e izquierda de una confusión de escaramujos y de espinos: eran
los restos del antiguo castillo, sobre cuyos escombros se había
instalado la granja. De todo aquello se exhalaba como un soplo de muerte
y de putrefacción.
Dirigí una mirada medrosa al vasto patio que el crepúsculo comenzaba a
envolver con un velo azulado. Al menor ruido me estremecía, me figuraba
oír que la voz poderosa de Roberto me deseaba la bienvenida. El patio
estaba desierto, era la hora del descanso y en él reinaba un silencio
profundo. Sólo oía, por el lado de las caballerizas, el crujido
particular que se hace al aguzar una guadaña. Un olor de heno recién
cortado llenaba el aire con ese perfume a la vez dulce y acre que le es
peculiar.
Tímida y miedosa, como una intrusa, me deslicé lentamente a lo largo de
la empalizada del jardín hasta la casa, que con sus montantes de
granito, sus torrecillas y sus piñones que el tiempo había cubierto de
un matiz gris, parecía lanzar sobre mí una mirada sombría y
amenazadora. De trecho en trecho la capa de yeso había caído y dejaba
aparecer las piedras negruzcas de las paredes. Se habría creído que el
tiempo, como una larga enfermedad, había cubierto de llagas ese cuerpo
respetable.
La puerta de entrada estaba abierta.
Penetré en un gran vestíbulo obscuro, del que se desprendía un olor de
cal y de moho. Por unas lumbreras de vidrios multicolores y cubiertas de
telarañas, que, abiertas muy junto al cielo raso, parecían nidos
luminosos, entraba a la sala un débil resplandor, apenas suficiente para
permitir que se distinguieran en la obscuridad los grandes armarios que
se alineaban a lo largo de las paredes. Una raya de luz más clara caía
sobre una ancha escalera cuyas gradas gastadas descansaban en pilastras
de piedra. Altas puertas de roble, arqueadas, conducían a diferentes
habitaciones, pero no me atreví a acercarme a ninguna de ellas: se me
figuraban las puertas de una prisión. Allí estaba todavía, con el
corazón oprimido, buscando un camino, cuando la puerta de entrada se
abrió bruscamente y dos grandes molosos, manchados de amarillo, se
precipitaron hacia mí.
Lancé un grito. Los monstruos me saltaron encima, olfatearon mis ropas y
volvieron a salir lanzando furiosos aullidos.
--¿Quién está ahí?--gritó una voz, cuyo timbre grave y poderoso había
creído oír a menudo, en mis desvelos como en mis sueños.
Una sombra apareció en el umbral: era él.
Nubes rojas flotaron delante de mis ojos. Me pareció que mis pies
habían echado raíces en el suelo. Respiraba con dificultad y me apoyé en
el pilar de la escalera.
--¿Quién está ahí? ¡Qué diablos!--gritó otra vez, tratando en vano de
ver en la obscuridad.
Toda mi arrogancia me volvió. Estaba tranquila y altiva cuando me había
despedido de él algunos años antes, quería ser la misma para
presentármele entonces. ¿Acaso necesitaba saber todo lo que yo había
sufrido en el intervalo?
--Olga... en verdad... Olga, eres tú.
El júbilo ahogado que revelaba su voz hizo pasar en mis venas una
sensación de calor y de bienestar. Creí por un instante que iba a
echarme a su cuello y a llorar sobre su hombro para aliviar mi corazón,
pero guardé mi reserva:
--¿No me esperabais?--pregunté, tendiéndole maquinalmente la mano.
--Pues sí, naturalmente, desde hace dos días te esperábamos por
momentos; es decir que comenzábamos a creer...
Había encerrado mi mano en las suyas y trataba de verme la cara. En su
actitud había una mezcla particular de cordialidad y de embarazo:
parecía que trataba en vano de encontrar en mí a su antigua amiga, su
antigua confidente.
--¿Cómo está Marta?--pregunté.
--Ya lo verás--respondió él;--yo en esto nada entiendo. ¡Me parece tan
débil, tan frágil! Me digo que será un milagro si se salva. Pero el
médico pretende que va bien, y lo que es él debe saberlo.
--¿Y el niño?--pregunté en seguida.
Rió con una ligera risa interior que llegó hasta mí en el crepúsculo.
--¡El niño, hum, el niño!...
Y en vez de concluir la frase, dio un puntapié a los molosos que de un
brinco abandonaron la casa.
--Ven--dijo en seguida,--voy a llevarte.
Subimos la escalera, en silencio, sin mirarnos.
«¡Ahora eres una extraña para él!»--me dije.
Y me sentí sobrecogida de angustia, como si acabara de perder una
felicidad acariciada desde mucho tiempo.
--Espera un momento--dijo él indicando con el dedo una de las puertas
más próximas,--voy a decirle una palabra para prepararla; de lo
contrario, podría hacerle daño la alegría.
Un instante después, me encontré sola en un largo corredor obscuro, de
bóveda elevada. Muy al fondo brillaban en llamaradas de un rojo sombrío
los últimos resplandores del día moribundo que arrojaba sobre las
pulidas baldosas un largo surco de luz. Sonidos vagos, que recordaban la
voz de un niño, herían mi oído cuando el viento se colaba bajo la
bóveda.
Un leve grito de gozo llegó hasta mí, a través de la puerta, y me hizo
estremecer. Una oleada de sangre ardiente invadió mi corazón; creí que
iba a ahogarme. En seguida la puerta se abrió y la mano de Roberto me
asió en la obscuridad: me dejé llevar sin tener conciencia de lo que
hacía, y no salí de mi estupor sino en el momento en que caí de
rodillas, sollozando, junto a la cama, y oculté la cara en las
almohadas, mientras una mano húmeda y caliente me acariciaba la cabeza.
Una sensación que ya no conocía desde hacía años, una dulce sensación de
calor, como la que se experimenta en el hogar paterno, penetraba y
embriagaba mis sentidos. No osaba alzar los ojos, de miedo de que se
disipara.
La mano reposaba siempre en mi cabeza como una bendición del Cielo. Un
agradecimiento infinito inundó mi corazón: me apoderé de esa mano que
temblaba en la mía, y posé en ella larga y tiernamente mis labios.
¿Qué haces, hermanita, qué haces?--dijo Marta con su voz cansada,
ligeramente velada.
Me levanté. La vi delante de mí, pálida, con las mejillas huecas, y los
ojos, donde brillaban lágrimas, profundamente hundidos en las órbitas.
Estaba blanca y delicada como un copo de nieve; azules e hinchadas venas
surcaban su enflaquecido cuello, y su frente, de una blancura tan
transparente que parecía que una luz lo iluminara interiormente, estaba
cubierta de gotas de sudor.
Había envejecido y enflaquecido mucho desde que yo no la había visto, y
las crisis por las cuales acababa de pasar, no parecían ser las únicas
en haber ejercido sobre ella su obra destructora; pero había conservado
su sonrisa consoladora y bienhechora que servía de alivio a todos, aun
cuando ella misma estuviera en el más completo abandono.
--Y ahora no te volverás a ir--dijo ella, alzando los ojos hacia mí,
como si no pudiera saciarse de mirarme.--Te quedarás con nosotros, para
siempre; ¡prométemelo, prométemelo inmediatamente!
Guardé silencio. La felicidad me rodeaba, abrasadora como el fuego del
cielo: era para mí un sufrimiento, una tortura.
--¡Insiste tú también, Roberto!--repuso ella.
Me estremecí. Lo había olvidado totalmente y ahora su presencia hacía en
mí el efecto de un reproche.
--Dame tiempo para reflexionar, espera hasta mañana--dije enderezándome.
Sentía en mí el vago presentimiento de que mi residencia en esa casa no
sería de larga duración: habría sido demasiada dicha para mí, pobre
infeliz a quien un destino despiadado condenaba a vivir en casa ajena.
Leí en el rostro de Marta el deseo de no lastimar mi susceptibilidad.
--Entonces hasta mañana--dijo en voz baja apretándome los dedos,--y
mañana verás la falta que nos haces, comprenderás que sería necesario
que fuéramos locos, para dejarte partir nuevamente. ¿No es verdad,
Roberto?
--¡Seguro, con toda seguridad!--dijo él soltando una carcajada que me
pareció singularmente forzada.
Era evidente que se sentía mortificado en presencia de nosotras dos.
Así, pues, no tardó en tomar su gorra como para retirarse, sin decir una
palabra.
--Enséñale nuestro hijo--murmuró Marta, al mismo tiempo que una sonrisa
de indecible felicidad pasaba por su rostro enflaquecido.
--Ven--dijo Roberto;--el niño duerme en la habitación contigua.
Me precedió, y escurrió con gran trabajo su ancho y pesado cuerpo por la
puerta entreabierta.
La cuna se alzaba allí en la luz rosada de la tarde. Entre los cojines
aparecía una cabecita roja, apenas más grande que una manzana. Sus
párpados arrugados estaban cerrados y tenía en la boca uno de sus
puñitos, con los dedos crispados como por una convulsión.
Mis miradas se apartaron del niño y a hurtadillas se fijaron en el
padre. Este había juntado las manos y contemplaba con piadosa atención a
esa pequeña criatura humana. Una sonrisa indecisa, que expresaba tanto
el embarazo como el júbilo, vagaba por sus labios.
Sólo en ese momento pude observarlo a mis anchas. El fulgor purpurino de
la tarde caía directamente sobre su rostro y hacía resaltar claramente
los pliegues y las arrugas que se habían grabado en él durante esos tres
últimos años. Penas sombrías parecían asediar su frente; sus ojos habían
perdido el brillo y sus labios estaban agitados por un movimiento
nervioso en que creí leer a la vez una melancólica sumisión y una
impotente rebeldía.
Me sentí presa de una compasión infinita; tenía ganas de tomarle las
manos y decirle:
--Tén confianza en mí, soy fuerte; déjame participar de tu dolor.
Cuando alzó los ojos, tuve miedo de que hubiera notado mi mirada; me
puse rápidamente de rodillas delante de la cuna y apoyé mis labios en el
tierno rostro del niño que se estremeció a mi contacto, como si hubiera
experimentado un dolor.
Cuando me levanté, vi que Roberto había salido del cuarto.
Marta me esperaba con los ojos brillantes de impaciencia y de inquietud:
quería saber que yo admiraba a su hijo.
--¿No es verdad que es lindo?--balbució, alzando hacia mí sus débiles
brazos.
Y cuando su corazón de madre estuvo saturado de orgullo, me hizo sentar
a su lado en las almohadas, apoyó su cabeza en mí y concluyó casi por
ponerla sobre mis rodillas.
--¡Oh! ¡Qué frescura!--murmuró.
En seguida cerró los ojos, respirando tranquila y regularmente, como si
durmiera.
Enjugué con mi pañuelo el sudor que cubría su frente.
Ella me agradeció por señas y dijo:--Estoy todavía un poco débil, me
parece que tuviera los miembros rotos; pero espero que mañana podré
levantarme y atender a la casa.
--¡Gran Dios, qué ideas tienes!--exclamé espantada.
Ella suspiró.
--Es necesario, es necesario. No tengo derecho de reposar.
--¿Por qué no tienes derecho de reposar?
Marta no contestó, poro de repente se puso a llorar amargamente.
La calmé, besé sus mejillas y sus ojos preñados de lágrimas, y le
supliqué que me abriera su corazón.
--¿No eres feliz? ¿Roberto no es bueno contigo?
--Es bueno conmigo, como el buen Dios; sin embargo no soy feliz, soy muy
desdichada, hermanita, más desdichada de lo que puedo decirte.
--¿Y por qué, Dios mío?
--¡Tengo miedo!
--¿De qué?
--De hacerlo desgraciado, de no ser la mujer que le convenía.
Sentí, de improviso, que un frío glacial me invadía, como si, emanado de
su cuerpo, se trasladara al mío.
--¿Ves? ¡Tú misma sientes que tengo razón!--murmuró, alzando hacia mí
sus grandes ojos inquietos.
--Estás loca--dije, esforzándome por reír.
Continuaba sintiendo en todo mi cuerpo ese helado calofrío. Un vago
sentimiento me decía que Marta podía muy bien no equivocarse. Pero por
el momento se trataba de consolarla.
--¿Cómo puedes ser tan tonta para atormentarte así tú misma? ¿Acaso su
actitud no te dice noche y día que estás en un error?
--Sé lo que sé--replicó ella, suavemente, con esa resignación altiva que
es el arma de los débiles.--Y esto que te digo no data de hoy. Ese temor
tiene muchos años: estaba ya en mi corazón aun antes de que fuéramos
novios, y yo sabía bien lo que hacía cuando me negaba entonces a ser su
mujer; ¡era el amor, sólo el amor lo que me guiaba!
--¡Marta! ¡Marta!--exclamé en tono de reproche.--Me parece que me has
ocultado muchas cosas.
--Todo te lo dije en aquella época--respondió ella;--pero tú no querías
creerme, querías por fuerza hacer mi felicidad; y más tarde, ¿por qué
habría hablado? En el papel las cosas toman otro significado que el que
se les ha querido dar; habrías concluido por ver en mis palabras un
reproche a Roberto, quizá hasta a ti misma, y yo no podía dar lugar a
semejante equivocación. Mi desgracia data del día en que llegamos aquí.
Cuando lo vi reñir con su madre, oí que una voz me gritaba: «¡Tuya es la
culpa!» Cuando de día en día lo vi ponerse más sombrío y más triste, me
repetía nuevamente en el fondo del corazón: «¡Tuya es la culpa!» Durante
la noche me quedaba despierta a su lado, atormentada por este
pensamiento:
«¿Por qué estás tan triste y tan melancólica, por qué no sabes sino
arrojarte en sus brazos llorando, y sufrir doblemente cuando lo ves
sufrir?»
«¿Por qué no has aprendido a echarte a su cuello cantando, desde que
vuelve a su casa y, con la sonrisa en los labios, a borrar con un beso
las arrugas de su frente? Aún más, ¿por qué te faltan el orgullo y la
fuerza? ¿Por qué no puedes decirle: «Refúgiate a mi lado; si tu corazón
tiembla, en mí encontrarás nuevas fuerzas, velaré sobre ti y sostendré
tus pasos.» He ahí lo que habrías hecho tú, hermana; no, no me
contradigas. Con frecuencia me he representado la actitud que habrías
tenido tú, con tu alta estatura; le habrías abierto los brazos para que
pudiera refugiarse en ellos, como en un puerto donde las tempestades no
se atreven a penetrar... pero, mírame--y al decir esto dirigía una
mirada de lástima a su cuerpo delicado y débil, cuyos flacos contornos
se delineaban bajo la cobija.--¿Ese lenguaje no sería ridículo en mi
boca? Yo que casi me pierdo en sus brazos, que soy tan pequeña, tan
frágil, no sirvo sino para que me protejan; proteger a los otros no es
cosa mía... Mira, he reflexionado en todo eso durante largas noches, en
las tinieblas, y el desaliento se ha apoderado cada vez más de mí. Por
la mañana me esforzaba en reír, quería fingir la indiferencia y la
alegría de un pájaro, creyendo que ese era el papel que mejor me
convendría y más le agradaría; pero los cantos y la risa se ahogaban en
mi garganta, y él lo notaba muy bien, pues sonreía con expresión
compasiva, y yo sentía redoblar mi vergüenza.
Sin fuerzas, Marta se detuvo y ocultó el rostro en mis faldas; luego
continuó:
--Y como este medio no me dio el resultado que esperaba, traté por lo
menos de indemnizarlo de otra manera. Tú sabes que nunca en mi vida he
tenido miedo al trabajo, pero hasta ahora jamás había tenido sobre mí
una labor tan penosa como durante estos tres años. Y, cuando ya no
podía más, cuando mis rodillas casi se doblaban bajo mi peso, seguía
adelante, sin embargo, sostenida por este pensamiento: «Haz ver que eres
por lo menos útil para algo, arréglate de modo que nunca sepa cuán poca
cosa posee en realidad en tu persona...» Pero, ¿de qué sirve todo eso?
Todos mis esfuerzos son enteramente inútiles. Tan pronto como vuelvo las
espaldas todo se trastorna. Tiemblo sin cesar de que un día mi trabajo
le parezca insuficiente.
Así se quejaba la desdichada, y yo misma tenía el corazón despedazado al
ver tanto dolor.
--Escucha, tengo que hacerte una súplica--dijo ella finalmente,
tomándome ambas manos:--sondea a Roberto, procura saber si está contento
de mí, y después me lo dirás.
La atraje hacia mí, le prodigué mil palabras cariñosas, y traté de
alejar con mis caricias el temor, la inquietud de su espíritu. Ella
bebía con amor cada una de mis palabras; su rostro febricitante estaba
pendiente de mis labios y de vez en cuando un débil suspiro se escapaba
de su pecho.
--¡Oh! ¿Por qué no has estado siempre a mi lado?--exclamó, acariciándome
las manos.
En ese momento, un nuevo pensamiento pareció desalentarla otra vez.
Insistí para que hablara, pero no quería decidirse a hacerlo; al fin
dijo, balbuciendo y tartamudeando:
--¡Tú harás todo mil veces mejor que yo; le enseñarás lo que habría
podido tener y lo que tiene; verá qué pobre criatura soy a tu lado!
Un espanto se apoderó de mí; luego comprendí.
Había soñado en poseer un hogar, pero ese sueño se desvanecía. ¿Cómo
podía permanecer en esa casa, cuando mi propia hermana se consumía de
dolor y de celos por causa mía?
Marta sintió que me había hecho mal; alzando sus delgados brazos hasta
mi cuello, me dijo:
--Compréndeme, Olga; no son celos los que experimento; soy tan poco
celosa, que mi deseo más ardiente es que os entendáis ambos después de
mi muerte, y que...
--¡Después de tu muerte!--exclamé espantada.--¡Marta, no digas eso! ¡Es
un crimen!
Ella se sonrió, triste y resignada.
--Lo sé mejor que tú--dijo.--Mis fuerzas se han agotado desde hace
tiempo. Ya antes, esa larga espera me había aniquilado. Por eso deseaba
verte tan ardientemente, porque pensaba que muy pronto todo concluiría;
antes de partir quería arreglar todo entre vosotros dos. Pero, sea como
fuere, tarde o temprano tendré que pasar por eso, y quiero antes estar
segura de que dejo a ambos, al niño y a él, en buenas manos.
Me estremecí y en seguida sentí que una gran laxitud me invadía. Me
pareció que iba a caerme delante de la cama y a llorar, a llorar hasta
rendir el alma.
En ese momento se oyeron en la habitación contigua los gritos del
pequeñuelo que se había despertado y reclamaba a su nodriza. Respiré
largamente y reflexioné acerca de mí misma y de los deberes que me
incumbían.
--¿Oyes, Marta?--grité.--Te desesperas, y el Cielo te ha acordado la
dicha más grande que puede pretender una mujer. Renacerás por tu hijo;
tu vida sacará de su juventud un nuevo vigor.
Un relámpago pasó por sus ojos; luego se dejó caer suavemente y cerró
los párpados, sonriéndose. Sólo el sentimiento de la maternidad podía
dar alas a su esperanza.
Abrió la boca una vez más y murmuró algunas sílabas. Me incliné hacia
ella y pregunté:
--¿Qué tienes, hermana querida?
--Desearía ser útil para algo en este mundo--dijo, con un suspiro.
Y con este pensamiento, se durmió.
XIV
Había cerrado ya la noche cuando Roberto penetró sigilosamente en la
habitación. Yo me sobresalté: sentí de repente que me iba a ver reducida
a esconderme, a huir de él hasta el fin del mundo: «¡Es necesario que no
te encuentre, no te encontrará!»--me gritaba una voz interior.--Mis
mejillas estaban encendidas y me vino un vago temor de que el rubor
traicionara mi emoción a pesar de la obscuridad.
Se acercó a la cama, escuchó un instante la respiración apacible de
Marta y en seguida me dijo en voz baja:
--Ven, Olga. Estás cansada; tomarás algo y después irás a descansar.
Quise protestar, pues temía mucho encontrarme sola con él, pero, para no
despertar a mi hermana que dormía, lo seguí sin decir una palabra.
El comedor era una vasta habitación, blanqueada, con muebles antiguos
que parecían estar de guardia a lo largo de las paredes, semejantes a
negros gigantes agazapados. Bajo la araña había una mesa redonda con dos
cubiertos.
--He hecho comer antes al personal de la granja--dijo Roberto,
volviéndose hacia mí,--pues no he querido darte el disgusto de ver caras
extrañas.
Y, al decir esto, se dejó caer pesadamente en una silla, apoyó la barba
en su mano y fijó la mirada en el salero.
--¡Pero tú no comes!--dijo al cabo de un instante.
Sacudí la cabeza: no habría sido capaz de comer un bocado, aun cuando el
hambre me desgarrara las entrañas. Su presencia me paralizaba por
completo.
Siguió un nuevo silencio.
--¿Cómo la encuentras tú?--preguntó él al fin.
--No sé--dije, violentándome para hablar,--si debo sentir alegría o
inquietud.
--¿Por qué inquietud?--preguntó bruscamente.
Y vi pasar por sus ojos un vago fulgor de angustia.
--Marta se atormenta a sí misma.
Me dirigió de pronto una mirada de inteligencia, una mirada que decía:
«¿Tú también lo sabes ya?» Luego levantó el puño desperezándose y exhaló
un suspiro. Su cabellera enmarañada le caía sobre la frente y en las
extremidades de sus labios las arrugas labradas por la amargura se
acentuaban aún más.
Tuve miedo, miedo de mí misma. ¿Lo que acababa de decir no parecía una
acusación a Marta, no lo invitaba a acusarla?
--Te ama demasiado--repuse, apretando los dientes.
Sabía que iba a hacerle mal y era lo que quería.
Él se sobresaltó y me miró un instante, con una extrañeza sincera,
inclinó repetidas veces la cabeza y dijo:
--Tu reproche es justo; Marta me ama demasiado.
Yo habría querido en seguida pedirle perdón. Verdaderamente no merecía
esa maldad de mi parte. Su alma era pura y transparente como un rayo de
sol: sólo en mi corazón reinaban las tinieblas.
Creí que las lágrimas que me esforzaba en reprimir, iban a ahogarme.
Vi que no podría contenerme por más tiempo, y me levanté bruscamente.
--Buenas noches, Roberto--dije, sin tenderle la mano.--Estoy extenuada,
necesito acostarme; deja, un criado me indicará el camino. ¡Deja, te
digo!
Grité esas últimas palabras como impulsada por el enojo: él se detuvo,
cortado.
XV
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