en mi cabeza una idea de la cual no podía decirse como de la otra que
era racional ni justa. Lo que me pasó fué que empecé á envidiar al
Doctor marchando á la fresca sombra de los árboles, rodeado de pájaros y
aspirando el fresco olor de los pinos; mientras yo estaba allí,
asándome, con la espalda pegada á aquellos maderos que saturaban mi
traje con su resina á medio fundir, rodeado de sangre por todas partes,
en medio de tantos cadáveres tendidos á mi alrededor, y tanto pensé en
ello que acabé por sentir hacia aquel lugar un disgusto que era casi tan
fuerte como el miedo mismo.
Todo el rato que estuve ocupado lavando el interior del reducto y en
seguida aseando los trastos para la comida, ese disgusto y esa envidia
continuaron acentuándose más y más en mi ánimo hasta que, por último,
encontrándome á mano una canasta de pan, y no habiendo en aquel instante
nadie que me observara, me llené de bizcochos todas las faltriqueras y
dí con eso el primer paso en la vía de mi escapada.
Era yo un buen tonto, si se quiere, y ciertamente lo que yo iba á hacer
no podía calificarse sino como una locura y un acto temerario, pero yo
estaba bien determinado á llevarlo á cabo, con todas las precauciones
que me era dable tomar. Aquellos bizcochos, caso de que algo me
sucediera, podrían alimentarme, por lo menos, hasta el día siguiente.
Después de los bizcochos, la próxima cosa de que me apoderé fué un par
de pistolas, y como yo tenía ya de antemano un polvorín y balas, me
sentí suficientemente provisto de armas.
Por lo que hace al proyecto en sí, tal como estaba en mi cabeza, me
parece que no era del todo malo: iba á buscar, en la división arenosa
existente entre el fondeadero y el mar abierto, la -Peña blanca- que
había visto la víspera, y cerciorarme si era ella ó no la que escondía
el bote de Ben Gunn; cosa bien digna de ejecutarse, según todavía hoy me
parece. Pero teniendo como tenía la seguridad de que no se me permitiera
abandonar el recinto de la estacada, mi plan se redujo á despedirme á la
francesa y deslizarme afuera cuando nadie pudiera verme, lo cual era en
sí tan malo, que bastaba para hacer todo mi pensamiento reprensible.
Pero yo no era más que un muchacho y mi resolución estaba perfectamente
tomada.
Ahora bien, las cosas se me presentaron, al cabo, de tal manera, que
encontré una oportunidad admirable para mi objeto. El Caballero y Gray
estaban muy entretenidos arreglando los vendajes del Capitán, la costa
estaba libre, me lancé ágilmente sobre la estacada, me interné en la
espesura de los árboles y antes de que mi ausencia pudiera ser notada,
ya estaba yo fuera del alcance de la voz de mis compañeros.
Esta era ya mi segunda locura, mucho peor que la primera, supuesto que
no dejaba en la casa sino dos hombres sanos y salvos para custodiarla,
pero, como la primera, esta segunda calaverada contribuyó á salvarnos á
todos nosotros.
Hice rumbo derecho hacia la costa oriental de la isla, pues mi
resolución era ir á la punta por el lado que daba al mar, para evitarme
toda probabilidad de ser observado desde el fondeadero. La tarde estaba
ya bastante adelantada, pero todavía brillaba el sol y no era poco el
calor que se hacía sentir aún. Mientras proseguía mi marcha, cortando el
alto y espeso bosque, escuchaba allá á lo lejos, delante de mí, no sólo
el trueno continuo de la marejada, sino cierto frotamiento de hojas y
crujidos de ramas que me demostraban que la brisa del mar se había
desatado más fuerte que de ordinario. Muy pronto, bocanadas de aire
fresco comenzaron á llegar hasta mí y á pocos pasos me encontré ya en
los bordes abiertos del boscaje y pude ver el mar azul y lleno de sol,
reverberando desde la orilla hasta el límite lejano del horizonte,
mientras sus oleadas murmuraban, recortando sus caprichosas siluetas de
espuma á lo largo de la playa.
Nunca he visto el mar tranquilo en todo el derredor de la Isla del
Tesoro. El sol puede lanzar desde arriba cuanto calor le sea posible;
puede muy bien la atmósfera estar sin una sola ráfaga de viento, y la
superficie lejana de las aguas tersa y azul; esto no impedirá jamás que
aquellas grandes moles de agua espumante rueden á lo largo de toda la
costa tronando siempre, tronando de día y de noche, de tal suerte que
apenas habrá lugar alguno en la isla entera en donde se pueda uno
libertar de oir aquel rumor eterno.
Yo seguí entonces el borde de la playa, marchando junto á la rompiente,
con gran deleite mío, hasta que, juzgándome ya bastante lejos hacia el
Sur, me interné de nuevo en la espesura del bosque y me fuí serpeando
cautelosamente hacia la parte elevada de la punta, término de mi viaje.
Á mi espalda estaba el mar y al frente el fondeadero. La brisa de la
mar, como si hubiera gastado toda su fuerza en el soplo violento de
hacía un rato, había cesado ya, y le sucedían ahora suaves corrientes de
aire cuya dirección variaba del Sur al Sudeste, arrastrando grandes
masas de niebla. El ancladero, á sotavento de la Isla del Esqueleto,
seguía terso y plomizo como cuando penetramos á él la mañana del día
anterior. -La Española- se reproducía toda entera en aquel tranquilo
espejo, retratando su casco, desde la línea de flotación, hasta los
topes de los mástiles en que flotaba la bandera de los piratas.
Á uno de los costados se veía yaciendo uno de los esquifes y Silver
aparecía junto á una de las velas de popa. Al hombre aquel siempre me
era fácil reconocerlo. Dos de los sublevados aparecían recargados en la
balaustra; uno de ellos era el mismo hombre de la gorra encarnada que
pocas horas antes había yo visto á horcajadas sobre la empalizada. Al
parecer no hacían más que hablar y reir, aun cuando á la distancia á que
yo me encontraba de ellos--algo más de una milla--no podía llegarme, por
supuesto, ni una sola palabra de lo que conversaban. En aquel instante
comenzó de repente el más horrendo é indescriptible rumor de alaridos
que de pronto me alarmaron bastante, aunque luego reconocí, por fortuna,
la voz de -Capitán Flint- y aun me pareció distinguir al pájaro mismo,
con su brillante plumaje verde, saltar sobre el puño de su amo.
Pocos momentos después ví que el esquife se movía empujado hacia la
playa por el hombre de la gorra encarnada y su compañero que habían
descendido á él por la porta de popa.
Al mismo tiempo que sucedía esto el sol se ocultaba tras la cumbre del
"Vigía," y como la niebla se amontonaba rápidamente, todo comenzaba á
ponerse oscuro de veras. Ví, en consecuencia, que no tenía tiempo que
perder si es que debía encontrar el bote aquella misma tarde.
La -Peña blanca-, bastante visible sobre los arbustos, estaba todavía
como á un octavo de milla distante de mí, hacia la parte baja de la
-punta-, y así es que dilaté aún un poquillo antes de llegar á ella,
teniendo, á trechos, que marchar en cuatro pies entre las zarzas y
retamas. Era ya casi de noche cuando puse mis manos sobre sus ásperos y
escabrosos costados. Justamente abajo percibí un pequeño hueco de verde
césped, oculto por montoncillos de tierra y un matorralillo de arbustos
no más altos que la rodilla, que crecían allí abundantemente, y en el
centro de la hondonada, no me cabía duda, se miraba una pequeña tienda
hecha de pieles de cabra, como las que los gitanos tienen la costumbre
de llevar consigo en Inglaterra.
Me deslicé adentro de la cuenca, levanté uno de los lados de la tienda y
allí, en efecto, estaba el bote de Ben Gunn, manufactura casera si
alguna vez las hubo. Era éste una tosca estructura de madera correosa,
apenas desmochada, y extendida sobre ella una piel de cabra con el pelo
hacia adentro. Aquel juguete era en extremo pequeño, hasta para mí, y
puedo difícilmente creer que hubiera podido sostenerse á flote con un
hombre de talla ordinaria. Veíase en él un banco de remero tan bajo como
era posible imaginarse, una especie de apoyo para los pies hacia la proa
y unos dos canaletes ó remos para la propulsión.
Hasta aquel día jamás me había sido dable tener ante mis ojos uno de
esos botes enteramente rudimentarios y primitivos usados por los
antiguos pescadores bretones y aun parece que también por los egipcios,
y que en la vieja Bretaña se llamaron -coracles-,[6] pero en aquel
momento tenía un verdadero -coracle- en mi presencia, y no me será
posible dar mejor idea de él sino diciendo que era, sin duda alguna,
igual al primero y más imperfecto aparato de flotación que fabricara el
hombre. Pero la verdad es que, con todos los defectos del -coracle-,
tenía, como este, la gran ventaja de ser en extremo ligero y portátil.
Ahora bien, se supondrá que una vez que hube encontrado mi bote tuve ya
con eso bastante para sentirme satisfecho de mi truhanería por aquella
vez; pero el caso es que, durante aquel tiempo, otra ocurrencia había
venido á herir mi imaginación, y tanto me apasioné de ella que se me
figura la habría llevado á cabo en las barbas del mismo Capitán Smollet.
Esta ocurrencia fué la de aventurarme en aquel bote, protegido por la
sombra de la noche, llegar suavemente hasta -La Española-, cortar el
cable de su ancla y dejarla echarse sobre la playa á donde la llevara su
buena ó mala ventura. Yo me había fijado en que, después de la lección
que los rebeldes acababan de recibir aquel día, probablemente no
encontrarían cosa mejor que hacer que levar anclas y lanzarse con la
goleta al mar. Parecióme conveniente y grato de veras el impedirles
llevar á cabo tal resolución y me afirmé en la practicabilidad de mi
pensamiento cuando ví como dejaban al guardián de la nave, encastillado
en ella, sin un sólo bote á su disposición.
Me senté, pues, á esperar que se hiciera bien densa la oscuridad y me
puse, entretanto, á comer con gran apetito algunos de mis bizcochos. Era
aquella una noche, única quizás, entre diez mil, para realizar mi
propósito. La niebla había sepultado completamente el cielo y el
horizonte. Conforme los últimos rayos del crepúsculo desaparecían, la
oscuridad más completa caía sobre la Isla del Tesoro. Así es que, cuando
concluí por echarme á cuestas el botecillo aquel y me encaramé como Dios
me ayudó para salir de la hondonada en que acababa de cenar, no quedaban
ya más que dos puntos visibles en todo el ancladero.
Uno de ellos era la gran hoguera encendida en la playa, en torno de la
cual los derrotados piratas se consolaban de su desastre en medio de
una tremenda borrachera, á orillas del juncal. El otro, que no era sino
un reflejo de luz opaca rompiendo apenas las tinieblas, indicaba la
posición del navío al ancla. La bajamar le había hecho describir un
semicírculo completo en torno de su amarre, de manera que á la sazón la
proa estaba vuelta hacia mí. Las únicas luces encendidas á bordo estaban
en la popa y en la cámara, de suerte que el ligero resplandor que yo
veía no era más que el reflejo, sobre la niebla, de los fuertes rayos
luminosos que se escapaban de la ventanilla de popa.
La marea había bajado hacía ya mucho rato, así es que tuve que ir
vadeando por largo trecho en una arena pantanosa en la cual varias veces
me sumí hasta la pantorrilla, antes de que pudiera llegar al límite en
que el agua seguía su marcha de retroceso. Con alguna fuerza y no escasa
destreza vadeé el agua del mar como lo había hecho en la playa y con
toda felicidad boté quilla-abajo mi -coracle- sobre la movediza
superficie.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXIII
EL REFLUJO CORRE
El esquife de Ben Gunn, como yo me lo figuré desde antes, con sobra de
razón, era un bote muy seguro para una persona de mi estatura y de mi
peso, y tan ligero como boyante siguiendo su vía por el mar; pero era,
al mismo tiempo, el más intratable y desobediente navichuelo que puede
imaginarse para lo que se refería á su manejo. Por más que uno hiciera,
él siempre se iba de lado, á sotavento, de preferencia á cualquiera otra
dirección, así es que el ir siempre volteando y volteando era la
maniobra que más se acomodaba con su naturaleza. Recuerdo que el mismo
Ben Gunn me había dicho que su bote era extraño y difícil para manejar
hasta que se le -cogía el modo-.
Y la verdad es que yo no le "sabía su modo." Entre mis manos iba y
volvía en todas direcciones excepto en la que yo necesitaba. Nuestra
marcha casi constante era sobre un costado, y tengo la seguridad de que,
á no ser por la ayuda de la marea, jamás hubiera logrado llevar el
barquichuelo aquel á donde yo quería. Por mi buena suerte, por más que
yo remaba, el reflujo seguía arrastrándome siempre hacia abajo, en la
dirección precisa en que yacía anclada -La Española-, de la que, por
tanto, era punto menos que imposible desviarme.
Al principio no veía delante de mí más que un borrón, más negro aún que
la misma oscuridad; á poco, casco, mástiles y cordaje comenzaron á tomar
forma distinta á mis ojos y un momento después (que no fué más, supuesto
que la corriente de la marea me arrastraba cada vez con mayor
violencia), ya estaba mi botecillo al lado de la guindaleza de la cual
me cogí en el acto.
La guindaleza estaba tan tirante como la cuerda de un arco, y la
corriente era tan fuerte que mantenía á la goleta en una gran tensión
sobre su ancla. En torno del casco la corriente bullía, escarceaba, y
burbujante y murmuradora, se rompía sobre los costados de la goleta,
como un arroyuelo que baja saltando por las vertientes de una montaña.
No tenía, ya que hacer otra cosa sino dar un corte á aquella cuerda con
mi navaja de á bordo, y -La Española- se iría zumbando corriente abajo.
Todo eso estaba muy bueno; pero cuando ya me disponía á completar mi
hazaña, me ocurrió repentinamente que una guindaleza cortada de súbito
es una cosa tan peligrosa como un caballo que da coces. Las
probabilidades eran diez contra una de que, si era bastante temerario
para cortar á -La Española- de su ancla, tanto mi navichuelo como yo
teníamos que pagar demasiado caro aquel atrevimiento, con un naufragio
casi seguro.
Esta consideración me detuvo en el acto y si la fortuna no me hubiera
favorecido de nuevo de una manera muy particular, habría tenido que
abandonar mi designio por completo. Pero los vientos mansos que habían
comenzado á soplar de Sudeste y del Sur, habían cambiado, después de
entrada la noche, en dirección del Sudoeste. Precisamente en el tiempo
que yo gasté en reflexionar, vino una bocanada que cogió á la goleta,
empujándola hacia la corriente y, con gran regocijo mío, sentí que la
tensión de la guindaleza, que tenía aún cogida, disminuyó tanto que, por
un momento, la mano con que la sujetaba se encontró sumergida dentro del
agua.
Esto bastó para que yo formara mi resolución: saqué mi navaja, la abrí
con los dientes y, con las mayores precauciones, fuí cortando, uno tras
de otro, los hilos de aquella cuerda, hasta que la goleta quedó
sostenida por dos únicamente. Entonces me detuve, esperando, para cortar
estos dos últimos á que la tensión se aligerase de nuevo por otra ráfaga
de viento.
Durante todo este tiempo no había cesado de oir voces que, partiendo de
la cámara de popa, se elevaban en un diapasón bastante alto; pero á
decir verdad, mi imaginación estaba de tal manera preocupada con otras
ideas, que apenas si había prestado oído. Pero á la sazón, que ya tenía
mucho menos que hacer, comencé á parar mientes algo más en lo que se
decía.
Desde luego pude reconocer la voz del timonel Israel Hands, el antiguo
artillero del buque del Capitán Flint. La otra era, por de contado, la
de mi conocido el hombre del birrete rojo. Ambos estaban borrachos como
una cuba, lo que no les impedía seguir bebiendo, pues durante mi
escucha, uno de ellos, con un grito de ebrio, se asomó á la porta de
popa y arrojó por ella un objeto que me pareció ser una botella vacía.
Pero no solamente estaban bebidos, sino que pude cerciorarme fácilmente
de que se encontraban en pleno estado de riña. Los juramentos
menudeaban como granizos y á cada instante se dejaban oir tales
explosiones de ira, que me pareció indudable que aquello iba á concluir
á golpes. Sin embargo, una y otra de esas explosiones pasaron sin ir á
más; las voces tornaban á gruñir en tono más bajo por algún rato, hasta
que se presentaba la próxima crisis y pasaba, como las precedentes, sin
resultados.
Allá, sobre la playa, distinguíase aún el resplandor de la gran hoguera
del campamento, brillando vigorosa á través de los árboles de la playa.
Alguien de entre los piratas estaba cantando una vieja y monótona
canción marina, con un suspiro y un gorjeo al final de cada verso y, á
lo que parecía, sin terminación posible, sino era la de la paciencia del
cantador. Más de una vez durante la travesía oí esa misma cantinela, de
la cual recordaba estos dos versos:
"-No tornó á bordo sino un hombre vivo,-
-Cuando eran, al zarpar, setenta y cinco.-"
Parecióme aquel un estribillo muy dolorosamente adecuado á una
tripulación como la nuestra que acababa de sufrir pérdidas tan crueles
en la mañana misma de ese día. Pero, á la verdad, lo que yo ví por mí
mismo me confirmó en la idea de que aquellos filibusteros eran tan
insensibles como el mar sobre que navegaban.
La ráfaga de brisa que yo esperaba llegó al fin; la goleta se ladeó un
poco y se acercó más á mí, en medio de la oscuridad. Una vez más sentí
que la guindaleza se aflojaba en mi mano y con un bueno aunque penoso
esfuerzo corté las últimas fibras que aún sujetaban á -La Española-.
La acción de la brisa sobre mi navichuelo era casi imperceptible, lo
que no impidió que casi al punto me sentí arrastrado contra la proa de
la goleta. Pero, libre ya de sus ligaduras, -La Española- comenzó á
girar sobre su propio eje, tornándose con lentitud á través de la
corriente.
Trabajé como una furia, porque á cada instante esperaba verme sumergido,
y tan luego como ví que me era imposible dirigir mi barquichuelo de modo
de salir resueltamente del círculo que describía la goleta, preferí
empujarlo en derechura hacia la popa. Por último me ví libre del alcance
de mi peligrosa vecina, pero en el instante mismo en que imprimía el
último impulso á mi -coracle- mis manos tropezaron con una cuerda ligera
que la goleta iba arrastrando á popa, de sobre la borda. Rápida é
instintivamente me apoderé de ella.
¿Qué fué lo que dictó ese movimiento? Me sería muy difícil explicarlo:
fué, como antes dije, un acto de mero instinto; pero no bien tuve en mis
manos aquel cabo y me cercioré de que estaba bien sujeto por arriba, la
curiosidad comenzó á sobreponerse en mí á todo otro sentimiento y
determiné satisfacerla, echando una ojeada al interior del buque á
través de la ventanilla de popa.
Fuí avanzando una mano y después otra por la cuerda, y cuando me creí á
buena distancia, no sin un inmenso peligro, me icé cuidadosamente hasta
una altura doble que la elevación de mi cuerpo, poco más ó menos, lo
cual me permitió pasear la vista por el techo y una parte del interior
de la cámara.
Á este punto tanto la goleta como su microscópico apéndice se iban ya
escurriendo con bastante velocidad sobre las aguas y no cabía duda de
que nos hallábamos á la altura del campamento de los piratas. El navío,
como dicen los marineros, iba hablando en voz alta, hollando los
incontables borbollones, con un bamboleo incesante y desordenado. No
bien hube visto á través de la porta, comprendí por qué razón aquel
bamboleo extraño no había provocado alarma alguna en los vigilantes de
la goleta. Una ojeada me bastó para explicármelo, y debo añadir que una
ojeada fué todo lo que me atreví á aventurar, desde aquel inseguro
apoyo. Lo que ví fué que Hands y su compañero estaban allí encerrados
juntos, empeñados en un combate encarnizado, cada uno con la mano echada
á la garganta de su adversario.
Me deslicé otra vez sobre el travesaño de mi esquife, y á fe que ya era
tiempo, pues con un segundo más de dilación habría sido hombre al agua
infaliblemente. No podía ver nada por el momento, á no ser aquellas dos
horribles caras amoratadas por la furia, retorciéndose en gestos
abominables bajo la humeante lámpara: tuve, pues, que cerrar los ojos
para acostumbrarlos de nuevo á la oscuridad por algún rato.
Cuando esto pasaba, la balada aquella cantada en el campamento, que
amenazaba durar eternamente, había concluído ya, y la bien sisada
compañía de piratas, reunida en torno del fuego, prorrumpía á la sazón
en aquel coro que tan conocido me era:
"-Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,-
-Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!-
-El diablo y la bebida hicieron todo el resto,-
-El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!-"
Precisamente, pensaba yo, á aquella misma hora ¡qué ocupados andaban la
bebida y el diablo en la cámara de -La Española-! En esto sorprendióme
sobremanera sentir que mi esquife zozobraba repentinamente; guiño de
una manera viva y pareció cambiar de dirección. Observé, al mismo
tiempo, que la rapidez de la marcha aumentaba de una manera extraña.
La sacudida me había obligado á abrir los ojos. En todo mi derredor
advertí pequeñas hinchazones del agua que se entumecía acompañada de un
sonido agudo y áspero, y presentaba reflejos fosforescentes. La misma
-Española-, en cuya estela iba yo arrastrado á pocas yardas de
distancia, me pareció que tambaleaba en su curso y que sus mástiles y
cordaje se echaban un poco de lado, contra la negrura de la noche; más
aún: examinando con más atención, no me cupo duda de que la goleta iba
rodando rumbo al Sur.
Dí una rápida ojeada sobre mi hombro y el corazón me dió un vuelco
terrible, presa del espanto. Allí, precisamente á mi espalda se veía el
resplandor de la hoguera del campamento. La corriente había volteado en
ángulo recto, barriendo con ella en su curso rápido, lo mismo al alto
buque que al diminuto y danzarín -coracle-. Y á cada instante su
velocidad aumentaba, y cada vez brotando más altas sus burbujas, cada
vez murmurando más y más recio corría y corría alejándose á través del
estrecho para engolfarse en alta mar.
De repente la goleta que iba á mi frente dió una guiñada violenta,
volteando quizás como unos veinte grados, y casi en el acto se oyeron á
bordo exclamaciones, una tras de otra, y luego el ruido de pasos
precipitados en la escala de la carroza. Era, pues, evidente, que los
dos borrachos se habían dado cuenta, al cabo, del desastre que
interrumpía su querella y los hacía despertar á la realidad.
Me tendí entonces boca abajo en el fondo de mi esquife y de todas veras
encomendé mi alma á Dios, porque creí llegado mi último momento. Tenía
por cosa inevitable que, á la salida del estrecho, deberíamos
embarrancar en algún arrecife ó estrellarnos contra algunas rompientes
enfurecidas, en las cuales todas mis cuitas encontrarían un pronto
término. Pero aun cuando no me asustaba tanto la muerte en sí, me era
imposible ver con serenidad el género de ejecución capital que se
aproximaba por instantes.
En aquella posición debo haber permanecido horas enteras, empujado de
aquí para allá sobre las altas olas, mojado de cuando en cuando por la
espuma que volaba en copos, y creyendo sin cesar que á la primera
sumergida me aguardaba la muerte. Gradualmente la lasitud y el cansancio
se fueron apoderando de mi estropeado cuerpo; luego un entorpecimiento
extraño, un estupor desusado cayeron sobre mí, aun en medio de mis
terrores, hasta que el sueño llegó, por último, y en aquel mi traído y
llevado esquife, dormí, dormí soñando con mi casa y con mi viejo
"-Almirante Benbow-."
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXIV
EL VIAJE DEL "CORACLE"
Era ya día claro cuando desperté y me encontré caracoleando sobre las
olas al Sudoeste de la isla. El sol se había ya levantado, pero todavía
estaba, para mí, oculto tras de la gran peña del "Vigía" que, por aquel
lado, casi bajaba hasta el mar en riscos formidables.
El Crestón de Bolina y el Cerro de Mesana estaban, por decirlo así, al
alcance de mi mano: el uno, negro y desnudo; el otro, rodeado de riscos
de cuarenta á cincuenta pies de altura y franjeado con grandes
cantidades de rocas desprendidas. No estaba yo á más de un cuarto de
milla distante de la costa, por lo cual mi primer pensamiento fué remar
y saltar en tierra.
Pero muy luego tuve que desistir de semejante idea. Sobre las rocas
desparramadas en la costa, las olas se desgajaban en mil pedazos,
bramando enfurecidas; un trueno sucedía á otro trueno y una explosión de
espuma á otra explosión, segundo por segundo, lo que me hizo comprender
que, si me aventuraba á aproximarme, ó tendría que perecer estrellándome
contra la escarpada orilla, ó que gastar mi fuerza, tratando de escalar,
en vano, los enhiestos despeñaderos.
Pero no era eso todo. Como queriendo reunirse para arrastrarse juntos
sobre una misma meseta de rocas, ó precipitándose al agua con estrépito
formidable, percibí una multitud de monstruos marinos, colosales,
viscosos, horrendos, que se me figuraron inmensos y blandos caracoles de
dimensiones increíbles. Creo que había allí unos cuarenta ó cincuenta de
ellos, haciendo retumbar los huecos de las rocas con sus espantables
gritos.
Después he sabido que aquellos animales no eran sino focas ó becerros
marinos, enteramente inofensivos. Pero su aparición en aquellos
momentos, añadida á lo escabroso de la playa y á la violencia desusada
con que se rompían las olas sobre ella, acabó por quitarme completamente
toda gana de bajar á tierra en semejante paraje. Más que á desembarcar
allí me sentí dispuesto á morir de hambre en medio del océano, por no
afrontar aquellos peligros.
Pero lo cierto es que tenía en espectativa una oportunidad mucho mejor
de lo que yo suponía. Al Norte del Crestón de Bolina, la tierra ofrece
una larga prolongación que deja, á la hora de la bajamar, una cinta de
arena amarillenta al descubierto. Al Norte de esa cinta, aparece otro
cabo--el -Cabo de la Selva-, según lo marcaba la carta--sepultado
literalmente en una masa de altísimos pinos que bajaban hasta la misma
orilla del mar.
Recordé lo que había dicho Silver acerca de la corriente que se dirige
hacia el Norte, siguiendo en toda su longitud la costa occidental de la
isla, y viendo, por mi posición, que me encontraba yo dentro de aquélla,
preferí dejar á mi espalda el Crestón de Bolina y reservar mi fuerza
para una intentona de desembarque en el Cabo de la Selva, cuyas playas
eran, sin duda, mucho más abordables y seguras.
Había, á la sazón, una gran cantidad de tumefacciones suaves sobre el
mar. El viento, que soplaba manso pero firme, de Sur á Norte, no era
obstáculo sino más bien ayuda para seguir el curso de la corriente y las
oleadas alzaban y abatían sus ondas sin despedazarlas.
Á no haber sido así, es indudable que mucho tiempo hacía que hubiera
perecido; pero yendo como iba, era de maravillar con qué facilidad y
cuán seguramente mi ligero botezuelo cortaba el agua. Con frecuencia,
desde el fondo en que me mantenía aún oculto, me era dable divisar
cerca, muy cerca de mí, una gran cima azul, sobresaliendo de la regala
de la borda. Aquella era una oleada, pero mi -coracle- no daba más que
un ligero brinco, y listo como un pájaro caía en un instante al otro
lado en la hamaca que formaba el espacio que dividía las dos olas entre
sí.
Comencé entonces á cobrar bríos y me senté para poner á prueba mi
habilidad al remo. Pero el cambio más insignificante en la disposición
del peso, en una cascarita como aquella, produce los resultados más
violentos en su continente y marcha. Así es que, no bien me había movido
para sentarme, haciendo cesar desde luego su suave y acompasado balanceo
anterior, cuando me sentí arrojado directamente hacia abajo, y al sesgo
contra una ola bastante brava cuyo golpe me aturdió, al par que la
espuma, azotando sobre la pequeña proa, se desbarataba contra ella
alzándose casi tan alto como la ola que venía.
Á un mismo tiempo me sentí calado por el agua, y presa del terror, por
lo cual sin más dilación volví á colocarme en la postura que antes
tenía, con lo cual el botecillo pareció enderezarse de nuevo y llevarme
tan suavemente como al principio sobre las crestas de las grandes olas.
Era evidente que había que dejarlo ir á su antojo, sin meterme á
gobernarlo; pero la cuestión era que, á aquel paso ¿qué esperanza me
quedaba de ganar la playa?
Comencé, pues, á sentirme grandemente aterrorizado, pero, no obstante,
no perdí del todo la cabeza. Antes que todo, y procurando moverme lo
menos posible, vacié gradualmente el agua que se me había colado en el
brinco exabrupto de hacía un rato, usando para esta operación mi gorra
marina. Una vez hecho esto volví á echar una nueva ojeada sobre la
regala de la borda y traté de explicarme por qué razón mi -coracle- se
deslizaba con tanta facilidad á través de las fuertes oleadas.
Advertí entonces que cada ola, en vez de la montaña suave, luciente y
enorme que se ve desde tierra ó desde la cubierta de un navío, no era
sino como una cadena de montañas de tierra firme, erizada de picos hacia
arriba y rodeada de sitios suaves y valles abiertos. Mi botezuelo,
abandonado á sí mismo, volteaba de un lado para otro, se devanaba, por
decirlo así, serpeando por las partes más bajas del agua, evitando
siempre trepar á las cimas ó aventurarse á los declives peligrosos de
aquellas líquidas alturas.
--Sea en hora buena, díjeme á mí mismo. Es claro que debo continuar
tendido en donde estoy y no perturbar el equilibrio, pero también me
parece evidente que, de cuando en cuando, puedo darme trazas, en los
parajes más tranquilos, parar dar una ó dos paladas de remo en dirección
de tierra.
Hícelo como lo pensé. Continué tendido, sobre mis codos en la postura
más espectante del mundo, á la capa, y aprovechando cada oportunidad que
se me presentaba para dar muy dulcemente una remada ó dos á fin de
enderezar la proa hacia la playa.
Era aquél un trabajo lento y fatigoso por demás, y sin embargo me sentía
ganar terreno; tanto que, conforme nos acercábamos al Cabo de la Selva,
si bien veía que no me era dable aún ganar aquella punta, pude notar con
alegría que había ya avanzado como unas cien yardas hacia tierra, al
Este. Muy cerca estaba de ella, en verdad. Ya me era dable distinguir
las frescas y verdegueantes copas de los árboles meciéndose suavemente
juntas al soplo de la brisa y tuve por cosa segura, en consecuencia, que
en el promontorio próximo era ya evidente mi desembarque.
Y á fe que no sería sino muy á tiempo, pues la sed comenzaba á hacerme
sufrir bastante. El resplandor del sol cayendo sobre mi cabeza y sus
rayos quebrándose sobre las olas en mil reflexiones diversas; el agua
del mar que caía y se secaba sobre mi cuerpo cubriendo mis labios con
una capa salobre; todo esto se combinaba para hacer que mi garganta
ardiera y mi cabeza fuera presa de un dolor violento. La vista de los
árboles á tan corta distancia me puso casi fuera de mí con el anhelo
vehemente de desembarcar. Empero la corriente me había arrastrado, antes
de mucho, lejos de la punta, y cuando me encontré de nuevo en mar
abierto, percibí algo que desde luego hizo cambiar la naturaleza de mis
pensamientos.
Precisamente frente á mí, á menos de media milla de distancia, se
aparecía ante mis ojos -La Española- con sus velas desplegadas. No me
cupo duda de que iba á ser cogido, pero es el caso que la sed me hacía
ya sufrir de tal manera, que no puedo decir si sentía ó me alegraba de
aquella ocurrencia; y debo añadir que mucho antes de haber llegado á una
conclusión la sorpresa se había enseñoreado de mi ánimo á tal grado que
no podía hacer otra cosa sino maravillarme y clavar mis ojos en lo que
tenía á la vista.
-La Española- llevaba al viento la vela mayor y dos foques, y la
blanquísima lona brillaba al sol como nieve ó plata. En el momento en
que la descubrí, sus velas hinchadas la empujaban bien, haciéndola
seguir una línea en dirección Noroeste, lo que me hizo presumir que los
hombres á bordo iban con la intención de dar la vuelta á la isla para
llegar así de nuevo al ancladero. Pero en aquellos momentos comenzó á
inclinarse más y más hacia el Poniente, visto lo cual me dí á creer que
me habían descubierto é iban á darme caza. Antes de mucho, empero, hizo
proa decididamente contra el viento y se vió detenida en su marcha por
algún tiempo, falta de propulsión, con sus velas estremeciéndose y
palpitando inútilmente.
--¡Vaya unos animales!, me dije. Esos bárbaros deben estar todavía más
borrachos que un alambique. ¡Ah! Si el Capitán Smollet fuera á bordo ya
tendrían que saltar listos esos desmañados.
En el interín la goleta viró un poco, hizo un bordo, y su lona la hizo
marchar de nuevo por uno ó dos minutos para caer inmóvil una vez más
contra el viento. La misma ocurrencia se repitió una y otra vez. De aquí
para allá, de arriba para abajo, de Norte á Sur y de Oriente á Poniente.
-La Española- se ponía en marcha con una especie de arremetidas ó
disparos instantáneos, pero cada repetición de estas concluía como había
comenzado, dejando el velámen inutilizado y tremolando débilmente. No
tuve trabajo en comprender que nadie iba dirigiendo la embarcación, y
siendo esto así, ¿qué había sido de los dos hombres? Ó estaban ahogados
de borrachos, ó habían abandonado el buque, pensé yo, por lo cual, si
lograba entrar á bordo, tal vez me fuera dable volver aquel buque á su
Capitán.
La corriente iba arrastrando con igual velocidad hacia el Sur, tanto á
la goleta como al traído y llevado -coracle-. Por lo que hace á la
goleta su marcha era tan irregular é intermitente, supuesto que á cada
momento se veía como engrillada, que la verdad es que muy poco ó nada
ganaba, cuando no perdía terreno. Con sólo que me atreviese á sentarme
otra vez y tentar de nuevo al remo, estaba seguro de que pronto me sería
dable estar sobre ella. El proyecto tenía un sabor de aventura que
despertó mi apetito, no sin que lo acrecentara, duplicando mi energía,
el recuerdo de que frente á la carroza de proa estaba un buen depósito
de agua dulce en la codiciada -Española-.
Sentéme, pues, y como la vez primera que lo hice, fuí saludado por un
azote de agua y espuma, con la diferencia de que, por esta vez, el
empuje impreso al -coracle- fué en mi favor. Dediquéme entonces á remar
con toda la precaución, pero con toda la energía de que era capaz, hacia
la no gobernada -Española-. En uno de mis impulsos, sin embargo, alojé
dentro del botezuelo tal cantidad de agua que tuve que parar mi maniobra
y estarme alerta sintiendo que los latidos del corazón iban á ahogarme.
Pero, ya más cauto y muy gradualmente, púseme al fin en el verdadero
camino de mi meta, guiando mi esquife bordeando las grandes olas y sin
poder impedir, con todo y eso, que la cresta de alguna azotara la proa
de mi barquilla y salpicara mi rostro con su desbaratada espuma.
Á la sazón mi avance sobre la goleta era ya rápido y perceptible. Ya
podía distinguir bien el brillo del metal en la caña del timón cuando
éste se movía golpeando, y sin embargo, todavía no aparecía un alma
sobre cubierta. No pude suponer otra cosa, en consecuencia, sino que la
goleta había sido abandonada. De no ser así, los hombres aquellos
deberían estar abajo borrachos, como muertos, en cuyo caso me sería
fácil quizás asegurarlos y hacer con la goleta lo que me pareciera.
Por un buen rato ésta se había mantenido haciendo lo que podía no ser
peor para mí, esto es, continuar en el mismo estado de inercia. Su proa
iba casi directamente al Sur, sin dejar de guiñar, por supuesto, á cada
momento. Á cada guiñada, dejaba caer hacia afuera sus velas, en parte
hinchadas, y éstas la volvían á poner, en un instante, enfilando el
viento una vez más. He dicho que esto era para mí lo peor de todo,
porque, sin gobierno como la goleta iba, con su velámen tronando como un
cañón y las olas azotando ruidosamente los costados y bañando la obra
muerta, continuaba, sin embargo, corriendo delante de mí, no sólo con la
velocidad natural de la corriente, sino con toda la fuerza de su deriva
que, naturalmente, era muy grande.
La oportunidad, al cabo, concluyó por presentárseme. La brisa se puso
por algunos momentos sumamente baja y la corriente que volteó con
lentitud á -La Española- hizo que ésta concluyera por presentarme su
popa con la porta todavía abierta de par en par, y la lámpara sobre la
mesa encendida aún á pesar de ser de día. La vela mayor colgaba, en
aquel instante, desmayada y caída como una bandera. Nada, con excepción
de la corriente, interrumpía la inmovilidad de la embarcación aquella.
Durante un rato, poco hacía, en lugar de ganar, iba yo perdiendo
terreno; pero ahora, redoblando mis esfuerzos, comenzaba otra vez á
estar más cerca de mi caza.
No me faltaban ya ni cien yardas para llegar á ella cuando el viento
llegó otra vez con estruendo, hinchando la lona sobre las amuras de
babor, y acto continuo se me alejó otra vez deslizándose, ondeando y
casi volando como una golondrina.
Mi primer impulso fué de desesperación, pero el segundo fué de alegría,
porque hétela allí que, describiendo una gran curva, -La Española- viene
hacia mí hasta ponerse frente á uno de mis costados; y continuando la
misma inesperada evolución, muy pronto la veo á la mitad, y luego á un
tercio, y luego á un cuarto de la distancia que nos separaba hacía poco.
Ya distinguía yo las olas que hervían bajo su gorja. ¡Qué enorme me
parecía la mole de aquella goleta vista desde mi bajísima estación en el
botezuelo!
Pero instantáneamente comprendí aquella situación y apenas si tuve
tiempo para pensar y menos aún para ponerme en salvo. Estaba yo con mi
-coracle- en la cresta de un alta ola y la goleta venía sobre la cima de
la inmediata, abatiéndose sobre mí. ¡Un segundo de vacilación y mi
muerte era segura! El bauprés estaba sobre mi cabeza en aquel instante.
Rápido como el pensamiento me puse en pie y haciendo un impulso
desesperado salté haciendo desaparecer al -coracle- bajo el agua. Con
una mano me había asido al botalón de foque, en tanto que mi pie estaba
alojado entre el estay y la braza. Y todavía no había yo tenido tiempo
de hacer el más pequeño movimiento para cambiar mi posición cuando el
rumor apagado de un golpe me dijo que la goleta se había cargado hacia
abajo acabando de hundir y despedazar el -coracle- y que, por
consiguiente, allí quedaba yo, colgando entre cielo y mar, sin retirada
posible de -La Española-.
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CAPÍTULO XXV
¡ABAJO LA BANDERA DEL PIRATA!
Apenas me había sido dable encaramarme en el bauprés cuando el ondulante
foque aleteó, por decirlo así, cargándose sobre la otra amura con un
ruido semejante á un cañonazo. La goleta se estremeció hasta la quilla
con aquella vuelta formidable, pero un momento después las otras velas,
que aún continuaban empujando, hicieron retroceder al foque á su lugar
anterior y ya entonces quedó suspenso é inmóvil.
En esos movimientos casi me ví zabullir dentro del agua, pero á la sazón
ya no perdí tiempo y me arrastré para atrás ó más bien me deslicé por el
bauprés hacia cubierta, en la cual caí como llovido del cielo, con el
rostro hacia el océano.
Me encontré á sotavento del castillo de proa, y la vela mayor que
continuaba todavía henchida, me ocultaba una buena parte de la cubierta
á popa. No ví un alma por todo aquello. Las tarimas, que no habían sido
lavadas desde que estalló la rebelión, enseñaban las huellas de
numerosas pisadas y una botella, rota por el cuello, rodaba de aquí para
allá, al vaivén del buque, como si fuera una cosa viva.
Inesperadamente -La Española- enfiló el viento en una de sus bordadas:
los foques, tras de mí, tronaron con fuerza; el timón se cerró de golpe;
el navío entero se irguió y estremecióse como desfallecido ya, y en el
mismo momento el botalón del mayor se colgó hacia adentro, la vela cayó
también gimiendo débilmente sobre los motones y al plegarse me descubrió
á sotavento la parte de cubierta, á popa, antes oculta.
Sólo entonces aparecieron á mi vista los dos guardianes de la
embarcación. ¡No me cabía duda, eran ellos! Gorro Encarnado tendido boca
arriba, tieso como un espeque, con sus brazos abiertos como los de un
crucifijo y con los labios separados dejando asomar su amarillenta
dentadura. Israel Hands, recargado contra la balaustra de la cubierta,
con la barba sobre el pecho y sus manos abiertas apoyándose sobre el
piso y con el rostro tan blanco, bajo su tinte curtido, como la cera.
Por algún rato el buque siguió ladeándose ó encabritándose como un
caballo mañoso, y las velas hinchándose, ya sobre una amura ya sobre la
otra, y el botalón colgando y golpeando, hasta que el mástil pareció
quejarse al esfuerzo de aquellos violentos tirones. De vez en cuando
también una rociada de espuma cubría la balaustra y el buque daba un
fuerte golpe por la proa contra las hinchazones del agua en aquel mar de
leva. Convertíase éste en un temporal mucho más violento para un navío
de alto bordo como -La Española-, que lo era para mi caserito -coracle-
que á aquellas horas yacía ya en el fondo del océano. Á cada salto de la
goleta Gorro Encarnado se resbalaba de aquí para allí, pero ¡cosa
horrible! ni su actitud cambiaba, ni sus apretados dientes, asomando por
entre sus abiertos labios, se ocultaban por algún movimiento de
éstos, en aquel brusco traqueteo. Á cada brinco, también Hands aparecía
irse como sumiendo más y más, deslizándose sobre el piso de cubierta,
avanzando sus pies hacia el lado de proa y la caja del cuerpo
inclinándose hacia popa, de tal suerte que su cara se me fué ocultando
gradualmente hasta que concluí por no ver nada de ella, excepto la oreja
y una de las sortijas de la patilla.
[Illustration: "Marché resueltamente á popa y grité con un acento
irónico:--¡Hola, amigo Hands,..."]
Al mismo tiempo observé, en derredor de ambos, charcos de sangre
negruzca sobre las tarimas, y comencé á abrigar la certeza de que
aquellos hombres se habían dado la muerte mutuamente en su querella de
borrachos.
Todavía contemplaba aquel espectáculo sin volver en mí de la sorpresa,
cuando, en un momento de calma y antes de que el buque se meneara,
Israel Hands se medio volteó y con un quejido vago se enderezó
penosamente hasta colocarse en la posición en que primero le ví. Aquel
quejido que acusaba, al mismo tiempo, dolor y debilidad mortal, y el
aspecto que presentaba su quijada caida, me inspiraron de pronto una
compasión inmensa. Pero al pronto recordé las palabras que oí en boca de
aquel malvado, desde el barril de las manzanas, y todo sentimiento de
piedad desapareció de mi corazón.
Marché resueltamente á popa y grité con un acento irónico:
--¡Hola, amigo Hands, venga Vd. á bordo!
Paseó penosamente la mirada en torno suyo, pero su trastorno y
decaimiento eran tales que no cabía la sorpresa en su ánimo á aquellas
horas. Lo más que hizo fué dejar escapar esta palabra única:
--¡Aguardiente!...
Me ocurrió entonces que no debía perder un solo instante, y así fué que,
esquivando el botalón que aún seguía golpeando como antes, marché á popa
y bajé á la cámara por la escalera de la carroza.
La escena de confusión y desorden que allí presencié era indescriptible.
Todos los armarios y muebles con cerraduras de llaves habían sido rotos
para buscar la carta de Flint. El piso estaba saturado de lodo sobre el
cual los rufianes aquellos se habían sentado á beber y á consultar,
después de embriagarse en el marjal en torno de su hoguera. Las
mamparas, cuyo color era blanco mate con franjas de oro, mostraban en
toda su extensión las huellas de manos inmundas. Docenas de botellas
vacías chocaban entre sí por los rincones ó rodaban con el movimiento de
la goleta. Uno de los libros de medicina del Doctor estaba allí, abierto
sobre la mesa, con un buen número de hojas arrancadas, de seguro para
usarlas en encender las pipas con ellas. Y en medio de todo aquello la
humeante lámpara enviaba aún su resplandor, pálido, casi tan oscuro como
la sombra misma.
Bajé á la bodega: los barriles todos habían ya concluído, y en cuanto á
las botellas era sorprendente el número de ellas que habían sido
vaciadas y tiradas luego. Era evidente que desde que el motín comenzó ni
uno solo de aquellos hombres había estado en su juicio.
Registrando aquí y allá me encontré una botella con un poco de -cognac-
para Hands. Para mí, tomé algunos bizcochos, frutas en vinagre, un gran
racimo de uvas y una tajada de queso. Con estas provisiones me presenté
de nuevo sobre cubierta, coloqué mi parte á salvo, tras la cabeza del
timón, fuera del alcance del timonel, avancé á proa en donde se
guardaba el agua, sacié allí mi sed concienzudamente y entonces, y sólo
hasta entonces, fuí á Hands para darle su -cognac-.
Yo creo que debe haber bebido un cuarto de litro por lo menos antes de
que hubiera apartado la botella de sus labios. Entonces dijo:
--¡Ah! ¡voto al infierno! ¡un poco de ésto era lo que yo quería!
Oído aquello me senté tranquilamente en el lugar que había escogido y
comencé á regalarme el paladar con aquel inesperado almuerzo.
--¿Se siente Vd. muy mal?, le pregunté.
--Si aquel Doctor estuviera á bordo--contestó con una voz mitad gruñido
mitad ladrido--si él estuviera aquí, yo estaría sano en dos patadas.
Pero, ¡el demonio y su cola! yo no tengo suerte... ¡de veras no, no!...
y eso, y no más eso es lo que me pasa. Por lo que hace al "agua-dulce"
ese, ya -se enfrió- de esta hecha, añadió señalando con el dedo al
hombre del birrete rojo. Bueno, ¿y qué?... ¡al cabo que ése ni era
marino, ni nada!... ¡Vamos!... y ahora que caigo... tú ¿de dónde has
brotado aquí?
--Amigo, le contesté, he venido á bordo á tomar posesión de este buque,
y así es que, hasta nuevas órdenes, se servirá Vd. considerarme como su
Capitán.
Al oir esto me miró de una manera demasiado agria, pero no contestó
palabra. Algo de su color natural había vuelto á sus mejillas, si bien
continuaba con una gran apariencia de enfermedad y aún proseguía
resbalándose y volteando, según que el buque se iba para un lado ó para
otro.
--Por lo pronto, amigo Hands, continué yo, no me place ver esta bandera
izada en el tope de mis mástiles; así es que, con su permiso, procedo á
arriarla acto continuo. De eso á nada, prefiero nada.
Esquivando de nuevo los golpes del botalón, fuíme derecho á las
correderas del pabellón, tiré de ellas hacia abajo, abatiendo la
pirática bandera negra, y no bien la tuve entre mis manos, la arrojé al
mar resueltamente.
--¡Viva el Rey!, grité entonces agitando en el aire mi birrete. ¡Ha
concluído aquí el Capitán Silver!
Hands continuó observándome con cierto aire mordaz, aunque á
hurtadillas, sin levantar, empero, la barba que seguía apoyada sobre el
pecho. Un rato después añadió:
--Me parece, Capitán Hawkins, que tendrá Vd. necesidad de alguna ayuda
para bajar á tierra, ¿no es verdad? ¿Pues qué le parecería á Vd. que nos
entendiéramos?
--Me parece, muy bien, amigo Hands; con toda mi alma: hable Vd.
Y diciendo esto me entregué de nuevo á mi comida con el mayor apetito.
--Ese hombre, comenzó el timonel apuntando débilmente al cadáver, según
entiendo, se llamaba O'Brien y era un rematado irlandés; ese hombre,
como decía, y yo, desplegamos las velas con el objeto de llevarnos la
goleta á su lugar otra vez. ¡Pero ahora, qué! ahora ya se -enfrió-, y
está allí tan tirante como un pantoque, por lo cual lo que yo digo es
que quién va ahora á gobernar el buque: eso es lo que yo no veo. Si yo
no le doy á Vd. mi ayuda, no es Vd. el que podrá llevar la goleta, ó
nada entiendo yo de goletas ni de marina. Bueno; pues la cosa es esta:
Vd. me asegura mi comida y mi bebida, y una corbata vieja ó cualquiera
cosa para vendar mi herida y yo le diré cómo se ha de llevar el buque.
Me parece que no puede ser más redondo el negocio que propongo.
--Le diré á Vd. una cosa, Maese Hands, prorrumpí yo; mi intención no es
volver -La Española- á su antiguo ancladero, sino llevarla á la bahía
del Norte y acercarla allí á la playa tranquilamente.
--Bueno, ya lo entiendo, gritó Hands. Me parece que yo no soy un haragán
tan endemoniado, después de todo. Yo bien sé entender las cosas como
son, ¡digo que sí! Yo ya traté de sacar el pie adelante y no pude: pues
ahora le toca á Vd. Capitán Hawkins. Vd. ha ganado la partida. ¿Conque á
la Bahía del Norte? Pues vamos á ella; yo no tengo que andar escogiendo,
¡digo que no! Le ayudaré á Vd. á llevar el buque, aunque vayamos á
fondear á la Playa de los Ajusticiados. ¡Por cien mil diablos que sí!
Me pareció que aquel hombre no iba muy desatinado en su resolución.
Cerramos nuestro trato en el acto mismo y, á los tres minutos, -La
Española- ceñía gallardamente el viento á lo largo de la costa de la
isla con muy buenas esperanzas de voltear la punta Norte á eso de medio
día y de bajar de nuevo en dirección de la Bahía antes de la pleamar, á
fin de poder, á ese tiempo, orillarla en punto seguro y aguardar hasta
que el reflujo nos permitiera bajar á tierra.
Abandoné, entonces, por algún rato la caña del timón y bajé á la cámara
para buscar en mi maleta de á bordo una suave mascada de mi madre, con
la cual, y con mi ayuda personal, Hands se vendó una gran herida que
había recibido en el muslo y que todavía le sangraba. Con este alivio y
después de haber comido un poco y dar un trago ó dos más de -cognac-, el
timonel comenzó á reanimarse muy visiblemente, se sentó ya derecho,
habló más claro y más alto, y, en una palabra, parecía otro hombre
positivamente.
La brisa nos ayudó de una manera admirable. -La Española- se deslizaba
ante ella con la ligereza de un pájaro; la costa de la isla corría, en
apariencia, á nuestro lado, y á cada momento cambiaba la decoración que
se presentaba á nuestra vista. Muy pronto dejamos atrás los terrenos
altos y bordeando por una costa baja y arenosa sembrada de un pinar no
muy espeso, que antes de mucho dejamos también á nuestra espalda,
volteamos, al fin, la punta de la escabrosa montaña que limita la isla
por el Norte.
Sentíame yo sobre manera engreído con mi nuevo carácter de Capitán de
buque, y no menos contento con el tiempo claro y favorable que hacía, al
par que con el variado panorama que mis ojos iban gozando sobre las
costas. Tenía á la sazón agua suficiente, excelente comida, y por no
dejar, mi conciencia, que no había cesado de remorderme por mi
deserción, estaba ya harto sosegada pensando en la gran conquista que
había hecho. Me había parecido que no me quedaba cosa alguna que desear,
á no ser por los ojos del timonel que me seguían en todas mis maniobras
con una mirada burlona, y por la sonrisa extraña que aparecía en sus
labios incesantemente. Era aquella una sonrisa que llevaba en sí una
mezcla de dolor y de maldad, huraña sonrisa de viejo, montaraz y
agreste. Pero, además de eso, su semblante dejaba traslucir una
expresión de escarnio, una sombra de no sé qué traidores pensamientos
que bullían en su cabeza, pues, mientras yo trabajaba, él, con su mañoso
disimulo, espiaba, y espiaba y espiaba sin cesar.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXVI
ISRAEL HANDS
El viento, que parecía servirnos al pensamiento, cambió al Oeste. Esto
facilitó muchísimo nuestro curso, de la punta Noreste de la isla hacia
la embocadura de la Bahía septentrional. Sólo que, como no nos era
posible anclar, y no nos atrevíamos á orillarnos hasta que el reflujo
hubiera bajado bien, nos encontramos con tiempo de sobra. El timonel me
dijo lo que debía hacer para poner el buque á la capa; después de dos ó
tres ensayos desgraciados logré el objeto, y entonces los dos nos
sentamos en silencio á tomar una nueva comida.
Hands fué el primero que rompió el silencio diciéndome con su mofadora y
sardónica sonrisilla:
--Oiga Vd., Capitán. Aquí está rodándose de un lado para otro mi viejo
camarada O'Brien. ¿No le parece á Vd. que sería bueno que lo echara Vd.
á los pescados? Yo no soy muy delicado ni muy escrupuloso, por lo
regular, ni me pica la conciencia por haberle cortado las ganas de hacer
conmigo un picadillo; pero, al mismo tiempo, no me parece que ese trozo
sea un adorno muy bonito, ¿Qué dice Vd. de eso?
--Digo, le contesté, que ni tengo la fuerza suficiente para hacer eso,
ni es de mi gusto semejante tarea. Por lo que á mí hace, que se esté
allí.
--Esta -Española-, Jim, continuó tratando de disimular, es un buque muy
sin fortuna. Ya va una porción de hombres matados en pocos días, una
porción de pobrecillos marineros muertos y desaparecidos desde que Vd. y
yo tomamos pasaje á bordo de ella en Brístol. Nunca en mi perra vida me
he metido en un buque tan de mala suerte. Y si no, aquí está ese pobre
O'Brien; ya también se ha -enfriado-, ¿no es verdad? Bueno; pues lo
único que yo digo es esto: yo no soy ningún estudiante y Vd. es un
chicuelo muy leído y escribido que sabría sacarme de dudas, ¿El que se
muere, se muere para de una vez, ó puede revivir algún día?
--Amigo Hands, le contesté, Vd. puede matar el cuerpo, pero no el
espíritu; esto ya debe Vd. saberlo bien. O'Brien está ahora en otro
mundo desde el cual puede que esté contemplándonos.
--¡Ah!, dijo él. Según ese pensamiento se me figura que matar gentes
viene á ser casi... vamos al decir... como tiempo perdido. Con todo y
eso, y por lo que yo tengo de experiencia, los -espíritus- no cuentan ya
por mucho en el juego. Yo no les tengo maldito el recelo, Jim. Bueno;
pero por ahora ya ha hablado Vd. como un -dotor- y creo que no se me
pondrá bravo si le pido que baje otra vez á la cámara y me traiga de
allá... pues... sí... con mil demonios, ¿por qué no?... me traiga una
botella de... de... no puedo atinar el nombre... una botella de vino,
vamos. Este -cognac-, Jim, es muy rasposo ahora y muy fuerte para mi
cabeza.
Ahora bien, la vacilación del timonel me parecía muy poco natural, y en
cuanto á su preferencia del vino sobre el -cognac- la encontré de todo
punto increíble. Todo aquello me olía simplemente á pretexto. Lo que él
quería era que yo me ausentara de sobre cubierta; esto era claro como la
luz; pero, con qué objeto, esto era lo que yo no me podía imaginar. Sus
ojos esquivaban tenazmente los míos; sus miradas se paseaban de aquí
para allá, de arriba á abajo, ya con una ojeada al cielo, ya con otra de
soslayo al cadáver de O'Brien. Constantemente le veía sonreir ó sacar la
lengua de la manera más llena de embarazo, de suerte que un niño podría
haber conocido que aquel hombre meditaba alguna engañifa. Pronto estuve
con mi respuesta, sin embargo, porque no se me ocultó de qué lado estaba
mi conveniencia y que, además, con un sujeto tan completamente estúpido,
me era muy fácil ocultar mis sospechas hasta el fin.
--¿Quiere Vd. vino?, le dije. Pues nada más fácil. ¿Lo quiere Vd. rojo ó
blanco?
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