pasaban por encima del techo, otras caían á un lado, otras entraban al
recinto de la empalizada, desparpajando la arena del piso. Pero como
tenían que hacer su puntería sobre una mira muy alta sus tiros no
lograron más que encontrar sepultura en la leve arena de la loma. No
teníamos rebotes que temer y aunque una bala penetró á la cabaña por el
techo y luego salió de nuevo por un costado, muy pronto nos
acostumbramos á esa especie de broma pesada y no hicimos más caso de
ella que lo habríamos hecho de una partida de vilorta.
--Me ocurre una buena idea, dijo el Capitán. El bosque frente á nosotros
está bastante claro; la marea ha dejado un buen espacio en seco y á la
hora de ésta nuestras provisiones están ya probablemente en descubierto.
Creo que si algunos de los nuestros se prestaran á hacer una pequeña
salida con ese objeto, podríamos recobrar parte de nuestra carne salada.
Gray y Hunter se ofrecieron desde luego, y, muy bien armados, salvaron
la empalizada. Su misión fué, sin embargo, inútil. Los rebeldes eran más
intrépidos de lo que creíamos, ó tenían más fe de la que se merecía en
su artillero Hands, porque el hecho es que ya cinco ó seis de ellos
estaban muy ocupados sacando nuestras provisiones del fondo del serení y
trasladándolas á uno de sus esquifes que estaba allí cerca, mantenido
contra la corriente por el manejo constante de un remo. Silver estaba en
la popa al mando de las operaciones, y cada uno de sus hombres aparecía
ya provisto de su mosquete correspondiente, tomado de algún oculto
arsenal de ellos mismos.
El Capitán se sentó para escribir en su diario de á bordo, y he aquí el
principio de lo que trazó en él:
"Alejandro Smollet, Capitán; David Livesey, médico de á bordo; Abraham
Gray, carpintero de la goleta; John Trelawney, propietario; John Hunter
y Ricardo Joyce, criados del propietario, que no son marinos; estos son
los que se conservan leales de toda la gente embarcada á bordo de -La
Española-; tenemos víveres para diez días á raciones cortas; hemos
desembarcado hoy é izado luego la bandera inglesa en la estacada ó
reducto que hemos hallado en esta Isla del Tesoro. Tom Redruth, otro
sirviente del propietario, ha sido muerto por los rebeldes. James
Hawkins, paje de cámara..."
En este momento yo estaba lamentándome acerca de la triste suerte y fin
desastroso del pobre Hawkins, cuando oímos algunos gritos y llamadas del
lado de tierra.
--Alguien nos vocea por acá, díjonos Hunter que estaba de centinela.
--¡Doctor! ¡Caballero!... ¡Capitán!... ¡Hola! ¿eres tú Hunter?, decían
los gritos aquellos.
Corrí á la puerta de la cabaña y llegué á tiempo para ver de nuevo, sano
y salvo, á Jim Hawkins, salvando en aquel momento la empalizada.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XIX
EL NARRADOR PRIMERO TOMA OTRA VEZ LA PALABRA--LA GUARNICIÓN DE LA
ESTACADA
No bien Ben Gunn hubo visto la bandera, hizo alto inmediatamente, me
tomó por el brazo para detenerme y se sentó.
--¡Ah! lo que es por ahora, Jim, allí están tus amigos, con toda
seguridad.
--Mas bien creo que sean los rebeldes, le repliqué.
--¡Ca, no!, dijo él. ¿Crees tú que en un lugar como este, al cual no
abordan sino piratas, había de venir Silver á enarbolar el pabellón
inglés? ¡Ni por pienso! Son tus amigos, Jim, no tengas la menor duda.
Además, ya ha habido pelea y me sospecho que los tuyos han llevado la
mejor parte y ahora los tienes instalados en esa estacada y reducto que
fué construído hace años y años por el Capitán Flint. ¡Ah! puedes creer
que el tal Capitán era hombre que sabía lo que traía entre manos.
Quitándole lo borracho, era persona que jamás dejaba traslucir su juego.
No le tenía miedo á nadie... á nadie más que á Silver. Silver puede
jactarse de ello.
--Bueno, pues siendo esto así, como creo que lo es, tanta más razón
para que yo me apresure á reunirme con mis amigos.
--Como tu quieras, replicó él. Tú eres un buen muchacho, ó yo me
equivoco, pero muchacho nada más y con eso está dicho todo. En cuanto á
Ben Gunn, éste se escapa. Ni un vaso de rom podría seducirme bastante
para ir allá, ni el mismo rom, ¡no!, hasta que no vea yo á tu Caballero
de nacimiento y le entregué eso bajo su palabra de honor. Pero no
olvides mis palabras... "-el precioso don de su confianza-," esto es lo
que tú debes decirle "-el precioso don de su confianza-..." y al decirle
esto le das el pellizco que ya sabes.
Y añadiendo la acción á la palabra, me largó por tercera vez un
pellizco, con el mismo aire de confianza íntima que los anteriores.
--Así pues, cuando necesiten á Ben Gunn, ya sabes en donde encontrarle,
Jim: precisamente en el mismo lugar en que me has visto hoy. El que vaya
en mi busca que lleve en la mano, por señal, algún lienzo blanco, y que
vaya solo, enteramente solo. Para esto, añadirás, Ben Gunn tiene sus
buenas razones muy particulares.
--Está bien, le dije; creo haber entendido. Vd. tiene algo que proponer
y desea Vd. ver, bien al Caballero ó bien al Doctor, para lo cual se le
puede encontrar á Vd. en el mismo lugar en que hoy le he hallado, ¿es
esto todo?
--¿Á qué horas? ¿Quieres saber también á qué horas, no es verdad? Pues
estaré allí diariamente desde el mediodía hasta las seis de la tarde.
--Entendidos, le contesté, ahora ¿no cree Vd. que ya debemos
despedirnos?
--Sí; pero mira... cuidado con olvidar las palabras esas: "-el precioso
don de su confianza-" y las otras de "-sus buenas razones muy
particulares-." Mira que esto es de lo muy esencial... "-razones muy
particulares-," ¿eh? ¡como de hombre á hombre!
Y sin soltarme el brazo todavía, añadió:
--Creo que ya puedes marcharte, Jim... Pero óyeme... si por desgracia te
fueres á tropezar ahora con Silver, ¿no es verdad que ni con caballos
brutos te arrancará la confesión de lo que te he dicho?... ¿Verdad que
no?... ¡Ah! ¡bueno!... Pero, y si los piratas acampan esta noche en
tierra, Jim ¿no podremos esperar que para mañana estén ya un poco menos
salvajes?...
Al llegar aquí fué interrumpido por una fuerte detonación, y una bala
del pedrero de á bordo vino rebotando entre los árboles y se enterró en
la arena á menos de cien yardas de donde estábamos hablando. Sin esperar
á más, fué aquella como la señal de nuestra despedida y cada uno de
nosotros echó á correr, en dirección opuesta.
Por el espacio de cerca de una hora, frecuentes disparos continuaron
haciendo estremecer la isla, y las balas siguieron rompiendo y
astillando los árboles del bosque. Yo me iba acercando de escondite en
escondite, para evitar aquella especie de persecución de terríficos
proyectiles; pero como hacia el fin del bombardeo, aunque todavía no
osaba aventurarme á entrar abiertamente en la estacada, en cuyo recinto
veía yo que caían las balas con más frecuencia, ya había comenzado á
cobrar más ánimo, y después de un considerable rodeo hacia el Este,
logré deslizarme entre los árboles de la playa y me tendí allí en
observación.
El sol acababa de ponerse; la brisa del mar crujía y revoloteaba entre
los ramajes del bosque, encrespando la parda superficie del agua del
fondeadero. El reflejo iba ya muy lejos y grandes porciones de playa
aparecían descubiertas. El aire, después del terrible calor del día, era
más que fresco y yo sentía que me escalofriaba á través de mi jubón.
-La Española- permanecía aun al ancla en el mismo lugar en que habíamos
fondeado en la mañana; solamente que en el tope de su palo mayor no
flameaba ya, por cierto, la bandera de la Unión Británica, sino la
enseña siniestra de los piratas. Desde mi escondite pude ver una nueva
luz relampaguear á bordo, y oí una nueva detonación, al par que otra
bala zumbaba por el viento, mientras los ecos repetían aun el trueno del
disparo. Aquel fué, sin embargo, el último del cañoneo.
Permanecí todavía por cierto tiempo en mi punto de observación, dándome
cuenta de la baraúnda y el alboroto que siguieron al ataque. Algunos de
los piratas se ocupaban en despedazar con hachas algo que estaba en la
playa, no lejos de la estacada: era nada menos que el pobre serení,
según descubrí después. Allá más lejos, cerca de la desembocadura del
riachuelo se veía el resplandor de un buen fuego brillando entre la
arboleda, y entre aquel punto y el buque, uno de los esquifes andaba
yendo y viniendo, con sus remeros á quienes poco antes había visto yo
hoscos y amenazadores, cantando ahora y silbando como chiquillos, si
bien es verdad que sus voces tenían un acento que denunciaba el rom
desde á legua.
Pensé, al cabo, que ya podía y debía efectuar mi vuelta á la estacada.
Habíame colocado muy abajo en la punta arenosa que encerraba el
ancladero hacia el Este y que se halla unida á la Isla del Esqueleto
por una cinta de agua de poquísima profundidad. Al ponerme en pie, mis
ojos tropezaron á alguna distancia, allá abajo de la punta, con una roca
aislada, que se alzaba bastante alta entre los matorrales y que
presentaba un notable color blanco. Me ocurrió al punto que aquella
debía ser la -Peña blanca- de que me había hablado Ben Gunn, y que, si
un día ú otro necesitábamos de un bote, era ya una ventaja saber á donde
podíamos acudir á buscarlo.
Me escurrí luego entre el bosque hasta ganar otra vez la espalda de
nuestro baluarte; lo escalé, entré y fuí cordialmente saludado por aquel
grupo de leales y valientes.
Pronto concluí de contarles mi aventura y comencé á ver en torno mío,
para darme cuenta de nuestra posición. El reducto estaba construído con
troncos de pino, sin cuadrar, así el techo como los muros y el piso.
Este último se elevaba, en algunos lugares, á un pie ó pie y medio sobre
la superficie de la arena. En la puerta se había formado un portalillo ó
vestíbulo, bajo el cual la fuente brotaba, arrojando sus cristalinas
aguas en un tazón artificial de bien extraña ralea, que no era otra cosa
que un gran caldero de hierro tomado de algún navío, con el fondo
arrancado, é incrustado allí en la arena.
Bien poca cosa había en aquel recinto, á excepción de la obra misma de
la casa; en un rincón una gran piedra lisa, colocada allí para servir de
fogón ó brasero, y un tosco cesto de hierro para contener el fuego y
ponerse sobre la piedra.
Los declives de la loma y todo el interior de la empalizada habían sido
limpiados de árboles que habían servido para la construcción de la casa
y de la estacada exterior. Por los troncos, que aun sobresalían de la
tierra, podía verse qué soberbio boscaje se había derribado en gracia de
la erección de aquel reducto. Todos los desechos y ramas habían sido
arrojados lejos ó enterrados en algún vallado, después de la traslación
de los maderos. La única verdura que quedaba allí era un lecho de musgo
por donde corrían los derrames de la fuente que se escapaban fuera de su
tosco tazón de hierro, y á un lado y otro de la corriente algunos
helechos, zarzas rastreras y matas pequeñitas, surgiendo penosamente de
entre la arena. Muy cerca de la estacada--demasiado cerca para que
sirviese de defensa, según oí decir--el bosque se extendía aun denso y
elevado, todo de abetos, por el lado de tierra, y mezclado con una gran
cantidad de árboles de la vida por el lado del mar.
La brisa fría de la noche de que antes he hablado, silbaba en cada una
de las aberturas del rústico y primitivo edificio y hacía caer sobre el
piso una continua lluvia de menudísima arena. Teníamos arena en los
ojos, arena en los dientes, arena en los oídos, arena en nuestra cena y
arena revoloteando en el desfondado caldero de la fuentecilla que
parecía una gran olla, á punto de hervir. Nuestra chimenea se limitaba á
un agujero cuadrado en el techo, y sólo una muy pequeña parte del humo
acertaba á escaparse por allí, en tanto que todo el resto se quedaba
revoloteando por la pieza, haciéndonos toser de lo lindo y obligándonos
á enjugarnos á cada instante los llorosos lagrimales.
Añádase á esto que Gray, nuestro nuevo aliado, tenía la cara casi
cubierta con un gran vendaje á causa de una herida que había recibido en
el buque al desprenderse de los amotinados; y que el pobre Redruth aun
estaba allí insepulto, rígido y frío, á lo largo del muro, y cubierto
con la bandera nacional.
Si se nos hubiera permitido sentarnos á descansar, es claro que todos lo
habríamos hecho á pierna tirante; pero el Capitán Smollet no era hombre
para eso. Todos fuimos llamados á su presencia y divididos en diversas
facciones: el Doctor, Gray y yo para una; el Caballero, Hunter y Joyce
para otra. Cansados como estábamos se ordenó á dos de nosotros que
fueran por leña, otros dos á arreglar como mejor se pudiera una fosa
para sepultar á Redruth; el Doctor fué nombrado cocinero; á mí se me
puso de centinela á la puerta de la cabaña y el Capitán se empleó en
andar de uno á otro levantando nuestros ánimos y prestando su ayuda
material en donde quiera que se la necesitaba.
De vez en cuando el Doctor salía un momento á la puerta separándose de
su cocina para tomar un poco de aire fresco y dejar descansar algo sus
ojos que ya parecían querer salírsele de las órbitas á causa del humo, y
cada vez que venía á mi sitio de guardia me dirigía algunas palabras. En
una de sus salidas me dijo:
--Ese hombre Smollet vale mucho más que yo. Y mira, Jim, que el decir yo
eso significa mucho.
En otra ocasión vino y se estuvo callado por un corto rato. Luego volvió
la cabeza y me preguntó:
--Dime, Jim, ¿ese Ben Gunn es de veras un hombre?
--No podré decirlo á Vd., señor, le contesté. Por lo menos dudo mucho
que esté en su juicio.
--Bueno, si es posible la duda, entonces es seguro que sí está, replicó
el Doctor. Ya tú comprendes, Jim, que un hombre que durante tres años
se ha estado solo en una isla desierta no puede conservar su razón tan
cabal como tú ó yo. Eso no es posible dentro de la naturaleza humana.
¿Dices que lo que á él parecía urgirle más era comer un pedazo de queso?
--Queso, sí señor, le contesté.
--Está bien; pues mira tú ahora lo que es venir uno sobrenadando en la
abundancia. ¿Has visto mi caja de rapé, no es verdad? Y nunca me habrás
visto tomar un polvo: la razón es que en esa cajilla lo que traigo
precisamente es un pedazo de queso de Parma, un queso hecho en Italia, y
extraordinariamente nutritivo. Pues bueno: ese queso es ahora para Ben
Gunn.
Antes de que nos pusiéramos á cenar, dimos sepultura al cadáver del
viejo Tom en una fosa cavada en la arena, en torno de la cual
permanecimos piadosamente por algún rato tristes y preocupados, con las
cabezas, que la brisa de la noche enfriaba, descubiertas en aquel acto
solemne.
Buen acopio de leña se había llevado al interior de la cabaña, pero no
toda la que el Capitán deseaba, por lo cual, una vez que la hubo
inspeccionado nos dijo que esperaba que por la mañana se recomenzara la
obra y con una poca de mayor diligencia por esta vez. Cuando todos
hubimos tomado nuestras respectivas raciones de tocino y apurado un buen
jarro de -grog de Cognac-, los tres jefes se retiraron á un ángulo de la
pieza á deliberar sobre la situación.
Muy bien veíamos que habían agotado su imaginación para resolver qué
haríamos, siendo como eran tan escasas nuestras provisiones, que al fin
nos veríamos obligados á rendirnos mucho antes de que pudiese llegarnos
ni una sombra de socorro. Así, pues, se decidió que nuestra mejor
esperanza era la de procurar matar cuantos piratas pudiéramos hasta
obligarlos, á una de dos, ó á arriar bandera, ó á largarse al fin con
-La Española-. De diez y nueve que ellos eran ya se veían ahora
reducidos á quince, habiendo dos heridos, y por lo menos uno de ellos,
el que cayó junto al cañón, de gravedad. Cada vez que tuviésemos
batalla, debíamos aprovechar bien nuestra pólvora con gran cuidado de no
exponer inútilmente nuestras vidas. Teníamos, además, dos magníficos
aliados: el rom y el clima.
Por lo que hace al rom, aunque estábamos á más de media milla distantes
del enemigo podíamos oir su barahunda y sus cánticos que duraron hasta
bien entrada la noche.
Y en cuanto al clima, el Doctor apostaba su peluca á que, anclados en
donde estaban, cerca ó casi en medio del pantano, sin remedios
disponibles, por lo menos una media docena de ellos estarían tendidos
con fiebre antes de una semana.
--Por tanto, añadió, si no nos matan á todos nosotros de una vez, ya se
darán de santos con empacarse en el buque y marcharse con viento fresco
á piratear de nuevo por esos mares de Dios, que al fin y al cabo, buque
es nuestra goleta que puede servirles para su objeto.
--Será el primer navío que haya yo perdido en mi vida, dijo el Capitán
Smollet.
Yo me sentía cansado hasta la muerte, como es fácil figurárselo, así es
que en cuanto se me dejó tenderme á dormir, lo cual no sucedió sino
después de mucho molestarme, caí en un sueño tan pesado que entre un
tronco y yo no había la menor diferencia.
Todos los demás estaban ya levantados mucho tiempo hacía; ya habían
almorzado y traído casi doble cantidad de leña que la acarreada la
víspera, cuando me desperté con una baraúnda repentina y un rumor
desusado de voces.
--¡Bandera de paz!, oí que decía alguno; y luego percibí, casi en
seguida que, con una exclamación de sorpresa, añadían:
--¡Es Silver en persona!
Al oir esto, dí un salto y restregándome todavía los ojos, corrí á una
de las troneras del reducto.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XX
LA EMBAJADA DE SILVER
¡Era cierto! Dos hombres estaban allá, fuera de la estacada, uno de
ellos agitando una bandera blanca, y el otro de pie, junto á él, con
tranquilo continente: este era nada menos que el mismísimo Silver.
Todavía era, á la sazón, bastante temprano, y la mañana era tan fría que
jamás sentí otra peor fuera de Inglaterra, pues un cierzo helado
materialmente penetraba hasta la médula de los huesos. El cielo estaba
claro, sin la más pequeña nube, y las cumbres de los árboles tenían en
aquel instante el tinte rosado de la mañana. Pero en el bajío en que
estaban Silver y su acompañante todavía quedaba bastante sombra y
aparecían como sepultados hasta la rodilla en una bruma baja, que
durante la noche había brotado del pantano. El cierzo frío y el vapor
aquel, existiendo al mismo tiempo, daban una idea de la isla, tristísima
por cierto. Era evidente que aquel era un lugar húmedo, pantanoso,
ardiente é insalubre por excelencia.
--¡Todo el mundo adentro!, gritó el Capitán; apuesto diez contra uno á
que esto envuelve alguna mala pasada.
Dicho esto gritó al pirata:
--¿Quién va? ¡Alto ahí, ó hacemos fuego!
--¡Bandera de paz!, respondió Silver.
El Capitán estaba colocado en el portalón, guardándose con el mayor
cuidado contra algún disparo traicionero en caso de que tal fuera el
intento de los piratas. Volvióse entonces á nosotros y nos dijo:
--Doctor, póngase Vd. de observación, situándose al costado Norte, si me
hace Vd. el favor. Jim, tú al Este. Gray, tú al Poniente. El ojo alerta
hacia abajo: todo el mundo á las armas cargadas. ¡Pronto, señores, y con
cuidado!
Dicho esto se volvió de nuevo á los rebeldes gritándoles:
--¿Y qué vienen Vds. á buscar aquí con su bandera de parlamento?
Á esta interpelación fué el hombre que agitaba el lienzo el que
respondió:
--Señor, el Capitán Silver desea pasar á bordo para hacer proposiciones.
--¿El Capitán Silver? ¡No sé quién es él, no lo conozco!, gritó el
Capitán Smollet.
Y pude oirle que añadía para sí, en voz más baja:
--¿Capitán, eh? ¡Diantre! ¡vaya si hay ascensos en la carrera!
Silver respondió entonces de por sí:
--Se trata de mí, señor. Esos pobres muchachos me han elegido su Capitán
después de la -deserción- de Vd.
Recalcó muy bien la palabra -deserción- y prosiguió sin detenerse:
--Estamos resueltos á someternos si nos es posible obtener algún
arreglo y nada más. Todo lo que yo pido es que me dé Vd. su palabra,
Capitán Smollet, de que me dejará salir sano y salvo fuera de esa
estacada y un minuto de plazo para ponerme fuera de tiro antes de que se
haya disparado un arma.
--Pues oiga Vd. esto, replicó el Capitán Smollet: lo que es yo no tengo
malditas la prisa ni la gana de hablar con Vd. Si Vd. quiere hablar
conmigo, puede Vd. entrar aquí y basta. Yo no tengo que empeñar mi
palabra á un hombre de su calaña; si hay en esto alguna traición oculta,
será sin duda del lado de Vds., y en tal caso Dios les ayude.
--Me basta con eso, Capitán, contestó John Silver en tono satisfecho.
Una palabra de Vd. es más que suficiente. Yo sé lo que es un caballero;
puede Vd. creerlo.
Entonces pudimos ver al hombre de la bandera tratando de hacer
retroceder á Silver. No era esto muy de sorprendernos atendiendo al tono
caballeresco de la respuesta del Capitán. Pero Silver se le rió en las
barbas y golpeándole sobre el hombro pareció decirle que la idea de todo
temor ó alarma era perfectamente absurda. Entonces avanzóse hacia la
estacada, arrojó su muleta al otro lado y con gran vigor y destreza
logró salvar el cercado, saltando sano y salvo al recinto de la
empalizada.
Debo confesar que lo que sucedía en aquellos momentos me atraía
demasiado para que me fuera dable servir en lo más mínimo como
centinela. Desde luego había ya desertado de mi tronera de Oriente que
fué la que me designó el Capitán, y me había deslizado detrás de éste
que acababa de sentarse en el dintel del portalón, cruzando estoicamente
las piernas, recargando la cabeza sobre una de sus manos y dirigiendo
la vista con la mayor indiferencia á la fuente que burbujeaba y salía
rumorosa del caldero, para perderse correteando sobre la arena. Púsose,
además, á silbar el sonecillo de "-¡Venid mozos y mozas!-"
Á Silver le costaba un trabajo del diantre el subir por la ladera de la
loma. Lo escabroso de ésta, los troncos de los árboles cortados, que
estaban aun allí pegados unos á otros, y lo suave de la arena hacían que
él y su muleta me parecieran como un navío dando tumbos entre las olas
sin velas y sin timón. Pero él soportó aquello como un hombre, en
silencio, y por último llegó á la presencia del Capitán, á quien saludó
de la manera más cortés del mundo. Habíase colocado sus mejores arreos:
una gran casaca azul toda llena de botones de metal, le colgaba hasta
las rodillas, y un hermoso sombrero galoneado se ostentaba sobre su
cabeza, ligeramente echado hacia atrás.
--Y bien amigo, ¿ya está Vd. aquí?, dijo el Capitán levantando la cara.
Me parece que puede Vd. sentarse.
--¿Es que no me va Vd. á recibir allá adentro?, dijo Silver un tanto
cuanto quejoso. Me parece esta una mañana demasiado fría para que nos
estemos aquí, sentados sobre la arena.
--Amigo Silver, replicó el Capitán, si Vd. se hubiera conducido como un
hombre honrado, á estas horas estaría Vd. sentado muy agradablemente en
su galera. Esto no es más que la obra de Vd. mismo. Como cocinero de mi
buque, que era Vd., era tratado de la mejor manera del mundo; como
Capitán Silver, ó sea como amotinado y pirata, tiene Vd. por perspectiva
la horca.
--Sea enhorabuena, Capitán, respondió el cocinero sentándose en la
arena como se le indicaba. Luego tendrá Vd. que darme la mano para
levantarme, he ahí todo. ¡Bonito lugar, de veras, que se han encontrado
Vds.! ¡Ah! ¡allí está Jim! ¡Santos y felices días tengas tú, Hawkins!
¡Doctor! ¡Vd. también!, aquí me tiene Vd. á sus órdenes. Y bien, todos
Vds. están juntos, todos como en familia, por decirlo así, ¿no es esto?
--Amigo, dijo el Capitán, si ha venido Vd. para decir algo, me parece
que hará bien en despacharse luego.
--Tiene Vd. razón que le sobra, Capitán Smollet, contestó el pirata. El
deber antes que todo, no cabe duda. Pues bien, vamos al asunto: ayer nos
han dado Vds. muy buen quehacer; muy buen quehacer, no lo niego, sí
señor. Hemos visto que algunos de Vds. no se maman el dedo en llevando
un espeque entre las manos, ¡vive Dios que no! Por lo mismo, no trataré
de ocultar tampoco que algunos de mis muchachos se han bamboleado de
miedo; quizás todos estén en ese caso; tal vez yo mismo no las tengo
todas conmigo, y sea esa la razón de que me tenga Vd. aquí buscando un
avenimiento. Pero sépalo Vd. bien, Capitán; esto no sucederá dos veces,
¡por vida del diablo! Tendremos que hacer nuestros cuartos de centinela,
y no ir muy lejos en materia de rom. Puede que Vds. se figuren que
nosotros no fuimos más que una hoja de papel lanzada en un remolino.
Pero le diré á Vd.: lo cierto es que yo estaba bien en mis cabales; lo
que me pasaba es que me sentía cansado como un macho de noria, y con
sólo que se me hubiese llamado un segundo antes los habría cogido á Vds.
en el acto mismo. Todavía á esa hora él estaba vivo, bien vivo, no le
quepa á Vd. duda.
--¿Y bien?, dijo el Capitán Smollet con la mayor calma y sangre fría del
mundo.
Todo cuanto Silver decía en su enmarañado é inextricable lenguaje era
para el Capitán un verdadero enigma, pero nadie se lo habría figurado
por el tono de su voz. En cuanto á mí, comenzaba á tener una sospecha.
Las últimas palabras de Ben Gunn me vinieron á la memoria y me dí á
suponer que quizás habría hecho una visita á los piratas mientras
estaban reunidos en torno de su hoguera, completamente borrachos ó poco
menos, y acaricié con alegría la esperanza de que quizás ya no teníamos,
á esas horas, sino catorce enemigos con quienes lidiar.
--Y bien, contestó Silver, lo que hay es esto: que queremos ese tesoro y
que lo tendremos; esa es nuestra base. Vds., á su vez, pueden, sin
pérdida de tiempo, asegurar sus vidas, á lo que creo: esa es la base de
Vds. En poder de Vds. obra un mapa, ¿no es verdad?
--¡Bien podría ser!, murmuró el Capitán.
--¡Oh! lo es, de seguro, no me cabe duda, replicó Silver. No hay para
qué hacerse el misterioso con un hombre como yo; es esta una treta del
todo inútil, puede Vd. creerlo. Lo que quiero decir es que nosotros
necesitamos ese mapa. Por lo demás, nosotros nunca habíamos pensado en
hacer á Vd. el menor daño, ¡no señor!
--Amigo, esa no pega, le interrumpió el Capitán. Nosotros sabemos
perfectamente lo que Vds. se proponían hacer, y lo cierto es que no nos
importa un bledo, porque ya bien ve Vd. que, lo que es por ahora, los
tales propósitos son ya simplemente imposibles.
Y diciendo esto el Capitán miró con la mayor calma á su interlocutor y
se puso á llenar su pipa con tabaco.
--Si es que Gray ha podido... comenzó Silver.
--Suposición excusada, interrumpió el Capitán. Gray nada me ha dicho por
la sencilla razón de que nada le he preguntado. Y lo que es más todavía,
antes que acceder, preferiré ver volar en pedazos á Vd. y á él y á toda
esta isla bendita. Eso y nada más, mi amigo, es lo que yo opino de sus
proposiciones.
Esa bocanada--perdónese la palabra en gracia de esta exactitud--esa
bocanada de mal humor del Capitán, pareció enfriar bastante á Silver. Un
momento antes sus palabras iban ya tomando cierto tono provocativo, que
cesó ante aquella explosión como por encanto.
--¡Basta con esto!, dijo. No quiero más. No discutiré lo que caballeros
como Vd. consideren dentro ó fuera de las reglas y del espíritu de
verdaderos marinos. Entre tanto, y puesto que le veo á Vd. á punto de
encender su pipa, voy á tomarme la libertad de hacer otro tanto.
Dicho esto, llenó, en efecto, su pipa y la encendió.
Durante un rato considerable aquellos dos hombres se quedaron
silenciosos, sentados con la mayor calma, ya viéndose á la cara
mutuamente, ya arreglando su tabaco, ya inclinándose hacia adelante para
escupir.
--Veamos pues, resumió Silver; he aquí las cosas sin rodeos: Vds. nos
dan ese mapa para encontrar con él el tesoro y cesan ya de fusilar á
pobrecillos marineros, y de calentarse la cabeza aun en medio del sueño.
Vds. hacen esto y nosotros, en cambio, les damos á escoger una de dos
cosas: ó vienen Vds. á bordo con nosotros, una vez que el tesoro haya
sido embarcado, y en ese caso les doy á Vds. bajo mi verdadera palabra
de honor un -afilavis (affidavit- quería decir) de que en una costa
habitada y segura los desembarcaré sanos y salvos; ó si esto no les
conviniera mucho por ser medio salvajes algunos de mis hombres, ó por
tener recelo de despertar antiguos rencores, entonces ¡qué demonio!
pueden Vds. estarse aquí, ¡sí señores! Dividimos las provisiones de boca
con Vds. á lo legal y justo, en proporción de lo que nos toque, á tanto
por cabeza y, lo mismo que en el caso anterior, les doy mi -afilavis- de
que al primer buque que encontremos lo mando acá para recogerlos. No
dirá Vd. que esto es pura charla: la verdad es que Vds. no pueden
esperar nada mejor que lo que yo propongo. Espero pues (y al decir esto
levantó la voz considerablemente) que toda la tripulación--vamos al
decir--que toda la tripulación de este reducto, considerará bien mis
palabras, porque lo que he hablado para uno, hablado está para todos.
El Capitán Smollet se puso en pie, sacó las cenizas del fondo de su pipa
sacudiéndola sobre la palma de la mano y luego con toda su calma
anterior interrogó así á Silver:
--¿Es eso todo?
--¡Sí, por vida del infierno, esa es mi última palabra! Rehuse Vd. eso y
no volverán á oir Vds. de mí más que el zumbido de las balas de mis
mosquetes.
--Está muy bien, dijo el Capitán. Pues ahora óigame Vd. á mí. Si vienen
Vds. á presentarse aquí, de uno en uno y desarmados, me comprometo á
ponerlos á todos con grillos y esposas y llevarlos para que tengan un
proceso en regla, hasta Inglaterra. Si mi proposición no le conviene á
Vd., me llamo Alejandro Smollet, la bandera de mi Soberano está
enarbolada sobre esta casa y prometo enviarle á Vd. y á todos los suyos
á los apretados infiernos. Vds. no pueden hallar ni hallarán ningún
tesoro. Vds. no pueden navegar con esa goleta. Vds. no pueden batirnos.
Gray, solo, pudo salir fácilmente de entre las manos de cinco de los
suyos. Su navío está como encadenado, Maese Silver; Vds. están como
varados en una playa de sotavento y muy pronto se convencerá Vd. de
ello. Yo, pues, me quedo aquí, después de decirle lo que le he dicho,
que es, por cierto, lo último que me oirá Vd. de buenas palabras, porque
¡por vida del diablo! la primera vez que vuelva á encontrar á Vd., Maese
Silver, le meto una bala en la cabeza, como tres y dos son cinco. Pase
Vd. de allí. Sálgase en el acto de este lugar, mano sobre mano, y
despáchese pronto.
Silver era, en aquel momento, la estampa de la ira. Los ojos parecían
salírsele de las órbitas, de indignación. Sacudió el tabaco fuera de la
pipa y luego gritó:
--¡Déme Vd. la mano para levantarme!
--¡No por cierto!, replicó el Capitán.
--¿Quién de Vds. quiere darme la mano?, aulló dirigiéndose á nosotros.
Ninguno en nuestras filas se movió siquiera. Vomitando entonces las más
horribles blasfemias, se arrastró sobre la arena hasta que tuvo á su
alcance una de las pilastras del portalón de la cual se asió, y ya
entonces pudo enderezarse y ponerse en pie con su muleta. Caminó en
seguida, y con una acción despreciativa é insultante, bramó:
--¡Eso valen Vds.! Antes de que se haya pasado una hora, ya los pondré á
Vds. á hervir como ponche encendido, en su estacada. Rían Vds., ríanse,
¡con mil diablos!, antes de una hora ya podrán reir en el infierno, y
para ese tiempo los que se hayan muerto podrán llamarse los más
afortunados.
Con un nuevo y terrible juramento se alejó cojeando, señaló á su paso la
arena en que iba enterrándose, trepó sobre la estacada con ayuda del
hombre de la bandera, no sin fallar sus esfuerzos tres ó cuatro veces, y
un instante después desapareció entre los árboles.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXI
EL ATAQUE
No bien hubo desaparecido Silver, el Capitán que le había seguido
escrupulosamente con la mirada, se volvió hacia el interior del reducto,
y con excepción de Gray no encontró á ninguno de todos nosotros en su
sitio. Fué aquella la primera vez que le ví verdaderamente enojado.
--¡Á sus puestos!, gritó.
Y cuando ya todos ganamos humildemente nuestras posiciones, prosiguió:
--¡Gray!, tendrás hoy una mención honorífica en el diario de á bordo:
has cumplido con tu deber como un buen marino. Sr. de Trelawney, me
sorprende la conducta de Vd. Doctor, yo creí que alguna vez había Vd.
llevado encima el uniforme del Rey, ¿es así como servía Vd. en Fontenoy,
señor? Si era así, mejor hubiera Vd. hecho en quedarse en su casa.
Los centinelas mandados por el Doctor estaban ya todos en sus troneras;
los demás hombres se ocupaban de cargar las armas, todos con la cara
bien encendida, puede creérseme, y, como dice el adagio inglés: "-con
una pulga en su oído-."
El Capitán vió á todos en silencio por algún rato y en seguida habló
así:
--Amigos míos, acabo de descargar sobre Silver una verdadera andanada.
Le he puesto, de propósito, en punto de brea hirviendo y así es que,
como ya nos lo ha anunciado él mismo, antes de que trascurra una hora,
tendremos que sufrir el abordaje. Son más que nosotros, no necesito
recordarlo, pero nosotros peleamos á cubierto: un minuto hace que tal
vez habría yo añadido "y con disciplina." No cabe duda, por lo mismo, de
que podemos darles una buena sacudida si Vds. gustan.
Dicho esto recorrió las filas para cerciorarse de que todo estaba listo
y en orden.
En los dos costados más angostos, ó sea en las cabeceras de la cabaña,
que veían al Este y al Oeste, no había más que dos troneras; en el lado
Sur que era en el que estaba el portalón, no había también más que dos,
y cinco en el muro del lado Norte. Teníamos por todo, unos veinte
mosquetes para siete que éramos. La leña había sido arreglada en cuatro
pilas,--llamémosles -mesas---una hacia el medio de cada uno de los
lados, y sobre cada una de esas -mesas-, se colocaron cuatro mosquetes
bien cargados, listos para que los defensores del reducto los tuvieran á
la mano. En el centro los sables todos estaban alineados en orden.
--Apáguese el fuego, dijo el Capitán. El frío ha pasado ya y no es
conveniente que tengamos humo en los ojos.
El cesto de hierro con sus leños encendidos fué sacado por el Sr.
Trelawney en persona, fuera de la cabaña, y las brasas se apagaron con
arena.
--Hawkins no ha almorzado todavía, continuó el Capitán. Vamos, chico,
despáchate por tu mano y vuélvete á tu puesto á comer. Vivo, vivo,
muchacho; podría ser que lo necesitaras antes de poder hacerlo. Tú,
Hunter, sirve á todos un buen vaso de -cognac-.
Mientras esto se hacía, el Capitán completaba en su imaginación el plan
de defensa.
--Doctor, Vd. se situará en la puerta, continuó. Cuidado con exponerse;
manténgase Vd. á cubierto y haga fuego á través del portalón. Hunter, tú
te sitúas en el costado oriental, ¡allí!, Joyce, tú al otro lado, al
Oeste. Sr. de Trelawney, á Vd. que es el de mejor puntería, se le
encomienda, ayudado de Gray, la defensa de este largo costado del Norte
que tiene cinco troneras. Si algún peligro corremos, ese peligro está en
ese punto. Si ellos lograran subir hasta aquí y hacer fuego hacia
adentro del reducto, por nuestras propias troneras, las cosas se
empezarían á poner entonces de color de hormiga. Hawkins, ni tú ni yo
somos muy hábiles, según creo, para hacer puntería; nosotros, pues,
permaneceremos al lado de los tiradores ocupados en cargas las armas.
Como el Capitán lo dijo, el frío había ya pasado. Tan pronto como el sol
había dejado pasar sus rayos por sobre las copas de los árboles hasta
nosotros, se dejó sentir con toda su fuerza sobre las partes no
sombreadas y disipó en un instante la bruma del pantano. Muy pronto la
arena estaba ya abrasándose y la resina de los abetos comenzaba á
derretirse en los muros del reducto. Colgamos á un lado sacos y jubones,
las camisas se abrieron por las pecheras descubriendo nuestros cuellos
casi hasta los hombros y ya en esa actitud, cada uno estuvo de pie
firme, arma al brazo, en su puesto, con la doble fiebre del calor y de
la más ansiosa expectativa.
Así se pasó más de una hora.
--¡Mal rayo los parta! dijo el Capitán. Esto sí que es tan pesado como
una -calma-chicha-. Gray, sílbale al viento.
Como si alguien hubiera oído los votos del Capitán, en aquel mismo
instante nos llegó la primera noticia del ataque.
--Dispense Vd. Capitán, dijo Joyce; si descubro á alguno, ¿debo hacer
fuego?
--Ya lo he dicho antes, contestó el Capitán.
--Mil gracias, señor, contestó Joyce con la misma y tranquila cortesía.
Por algunos momentos nada sucedió, pero aquel corto diálogo nos había
puesto á todos alerta, concentrando toda nuestra vida en los oídos y los
ojos. Los tiradores seguían con sus mosquetes en las manos; el Capitán
en el centro del reducto con los labios muy apretados y con el ceño
fruncido.
Así trascurrieron unos segundos más hasta que de repente oímos á Joyce
preparar su arma y disparar acto continuo. Todavía no se apagaba el eco
de su detonación, cuando ya lo oímos repetido por disparos que partían
de afuera, uno tras de otro, en una descarga nutrida, sobre cada uno de
los cuatro costados del reducto. Varias balas dieron contra los postes
de los muros, pero ninguna penetró adentro. Cuando el humo se hubo
disipado, la estacada y el bosque que la circunda aparecían tan quietos
y desocupados como antes: ni una rama se movía; ni el brillo del cañón
de un sólo mosquete denunciaba la presencia de nuestros adversarios.
--¿Le acertaste á tu hombre?, preguntó el Capitán.
--No señor, replicó Joyce, me parece que no.
--Pues podía hacerse algo mejor que eso, á decir verdad, refunfuñó el
Capitán Smollet. Hawkins, carga otra vez ese mosquete. ¿Cuántos cree Vd.
que había del lado de Vd., Doctor?
--Puedo decirlo con toda precisión: tres disparos se hicieron de este
lado. He visto las tres llamaradas, dos de ellas muy juntas, y la otra
más lejana, hacia el Poniente.
--¡Tres! dijo el Capitán. ¿Y cuántas por el lado de Vd. Sr. de
Trelawney?
Esta pregunta no fué contestada con tanta exactitud. Según el Caballero,
los disparos hechos sobre el costado Norte eran unos siete, y ocho ó
nueve según el cómputo de Gray. De los lados Este y Oeste sólo un tiro
había partido. Era, pues, indudable, que el ataque iba á verificarse
sobre el lado Norte, y que en los tres costados restantes solamente se
nos iba á molestar con un aparato de hostilidades. Sin embargo, el
Capitán Smollet no hizo el menor cambio á sus disposiciones anteriores.
Si los sublevados logran salvar la empalizada y posesionarse de algunas
de nuestras troneras no ocupadas, de seguro que nos van á fusilar
impunemente como á ratas, dentro de nuestra misma fortaleza.
Pero no se nos dió mucho tiempo para deliberaciones. Repentinamente con
un fuerte grito de -¡Arriba!- una pequeña nube de piratas saltó de entre
los árboles, en el lado Norte y se precipitó directamente sobre la
estacada. En el mismo instante los tiradores ocultos en el bosque
abrieron el fuego nuevamente y una bala de rifle silbó á través de la
puerta y, golpeando sobre el mosquete del Doctor, se lo hizo
literalmente añicos.
Los asaltantes se encaramaron sobre la empalizada como monos: el
Caballero y Gray hicieron fuego una y otra y otra vez, y tres hombres de
aquellos cayeron, uno, dentro del recinto de la empalizada, y dos hacia
fuera, aunque de estos últimos uno parece que estaba más azorado que
herido, porque no tardó casi nada en ponerse en pie y desaparecer en un
abrir y cerrar de ojos entre los árboles.
Dos, pues, habían mordido el polvo, uno había huído y cuatro habían ya
logrado entrar de pie firme en el recinto de nuestra defensa, mientras
que, al abrigo de los árboles siete ú ocho hombres, cada uno de los
cuales tenía evidentemente un surtido de varios mosquetes, mantenían un
fuego vivo y nutrido, aunque sin el menor resultado, contra los muros de
nuestro reducto.
Los cuatro que se habían arriesgado al asalto se lanzaron derechos sobre
el edificio, animándose mutuamente con gritos, y sintiéndose alentados
por los -hurras- de los tiradores del bosque. Se hizo fuego sobre ellos
varias veces, pero se movían con tal rapidez y era tal la prisa de
nuestros tiradores que no se logró que ninguna de sus balas diera en el
blanco. En un momento los cuatro piratas habían trepado el declive de la
loma y estaba ya sobre nosotros.
La cabeza de Job Anderson apareció en la tronera del centro gritando con
una voz de trueno:
--¡Todos á ellos! ¡todos á ellos!
Al mismo instante otro pirata logró apoderarse del mosquete de Hunter
cogiéndoselo violentamente por el cañón y descargó sobre aquel leal un
golpe tan tremendo que lo hizo rodar en tierra sin sentido. Entre tanto,
un tercero corrió sano y salvo en torno de la casa y apareció
súbitamente en la puerta cayendo sobre el Doctor, cuchillo en mano.
Nuestra posición había cambiado por completo. Un momento antes
peleábamos nosotros á cubierto y el enemigo á campo raso; ahora nosotros
éramos los descubiertos é imposibilitados para volver golpe por golpe.
El interior del reducto estaba lleno de humo á cuya circunstancia
debimos, en parte, nuestra salvación relativa. Gritos, confusión,
relámpagos de armas de fuego, detonaciones y un gemido muy prolongado y
perceptible, todo esto repicaba de una manera atronadora en mis oídos.
¡Afuera, muchachos, afuera!, gritó el Capitán. ¡Á pelear al descubierto
y mano al arma blanca!
Yo arrebaté una cuchilla de las del centro y alguno que al mismo tiempo
se apoderaba de otra me infirió una cortada en los nudillos de la mano,
que casi ni sentí. Me lancé hacia la puerta, saliendo á la luz del sol.
Alguien, no sé quien, venía detrás de mí. Frente á mí el Doctor
perseguía á su asaltante ladera abajo y precisamente en el momento en
que mis ojos tropezaban con el grupo, el Doctor dejaba caer sobre su
enemigo un tajo soberbio que lo tiró en tierra revolcándose, con una
cuchillada que le dividía toda la cara.
¡Rodear la casa, muchachos, rodear la casa!, gritaba el Capitán. Al
oirle aquel grito noté, á pesar de la barahunda general, que en su voz
había un cambio muy notable.
Obedecí como un autómata volteando hacia el costado Este, con mi
cuchilla levantada. Pero al dar vuelta á la esquina del reducto, me
encontré frente á frente con Anderson. Aquel hombre rugía como una
fiera y su marrazo se alzó sobre su cabeza brillando la hoja en el aire
al rayo del sol. No tuve tiempo para sentir miedo: aquel hombre aún no
descargaba su mandoble sobre mí, cuando yo resbalé instantáneamente en
el declive y, perdiendo la pisada sobre la arena, rodé cuan largo era
por la bajada.
Cuando al abandonar el interior de la cabaña por orden del Capitán
aparecí en la puerta, ví que las reservas de los amotinados estaban ya
tratando de salvar la empalizada para acabar de dar buena cuenta de
nosotros. Un marinero que ostentaba una gorra encarnada y que se había
puesto la cuchilla entre los dientes, había ya logrado trepar y tenía
una pierna dentro del recinto de la estacada y otra afuera. Ahora bien,
mi caída fué tan rápida que cuando me puse de nuevo en pie todo estaba
aún en la misma posición; el hombre del gorro encarnado, todavía mitad
adentro y mitad afuera, y otro dejaba asomar la cabeza en aquel mismo
instante por sobre las extremidades de los postes. Pero rápido como
había sido ese momento, en él, sin embargo, se había decidido la
victoria en nuestro favor.
Gray, que seguía á tres pasos mi carrera, había derribado al gran
contramaestre en tierra antes de que hubiera tenido tiempo de recobrarse
por haber fallado su golpe sobre mí. Otro de ellos había recibido un
tiro mortal en el momento mismo en que iba á hacer fuego por una de las
troneras, y estaba allí, agonizando, con la pistola todavía humeante
entre sus manos. El Doctor, según pude notar, había dado buena cuenta de
un tercero con un tajo magnífico. De los cuatro que habían escalado la
empalizada, uno solo quedaba intacto y este, que había dejado escapar
su cuchilla en la refriega, ya iba en aquel momento saltando de nuevo
sobre la empalizada para ponerse á cubierto de la muerte que se cernía
sobre su cabeza.
¡Fuego desde adentro!, gritó el Capitán. ¡Y Vds. muchachos, al reducto
de nuevo!
Pero su orden ya no tuvo efecto: ningún disparo partió de las troneras y
el último de los asaltantes pudo escapar sano y salvo y desaparecer con
todos los demás en el bosque. En tres segundos no quedaban ya más trazas
de los asaltantes que los cinco de ellos que habían caído en la
refriega, de los cuales, cuatro yacían dentro y el quinto fuera del
recinto de la estacada.
El Doctor, Gray y yo corrimos con todas nuestras fuerzas para ponernos
al abrigo, pues era probable que los asaltantes volvieran pronto del
lugar en que habían dejado sus mosquetes y abrieran una vez más el fuego
sobre nosotros.
Nuestra casa, á la sazón, estaba ya bastante despejada del humo y
pudimos ver, á la primera ojeada, el precio á que habíamos comprado la
victoria. Hunter yacía sin sentido al pie de su tronera. Joyce, cerca de
él, con una bala en el cerebro, yacía también para no volver á moverse
nunca, y en el medio del recinto el Caballero estaba sosteniendo al
Capitán, tan pálido el uno como el otro.
--El Capitán está herido, dijo el Sr. de Trelawney.
--¿Han corrido esos?, preguntó el Capitán Smollet.
--Piernas les faltaban, contestó el Doctor. Pero allí están cinco de
ellos que no volverán á correr más.
--¿Cinco?, exclamó el Capitán. ¡Tanto mejor, vamos! Cinco de ellos y
tres de nosotros; eso nos deja nueve contra cuatro. Eso es ya mucho
menos desproporcionado que en un principio. Entonces éramos siete para
diez y nueve; al menos así lo creíamos, lo cual es casi tan malo como
serlo en realidad.
Los sublevados no fueron ya muy pronto sino ocho, pues el hombre herido
por el Caballero, á bordo del buque, con su disparo hecho desde el
serení, murió aquella misma noche á causa de sus lesiones. Esto, sin
embargo, no se supo en nuestro reducto sino después.
[Illustration]
PARTE V
-MI AVENTURA DE MAR-
CAPÍTULO XXII
DE CUAL FUÉ EL PRINCIPIO DE MI AVENTURA
Los sublevados no volvieron ya; ni siquiera un disparo más volvió á
salir de entre los árboles. Ya habían recibido -su ración- por aquel
día, según la frase del Capitán y quedábamos, por tanto, en posesión de
nuestro reducto, con tiempo para cuidar y trasladar los heridos, y para
hacer la comida. El Caballero y yo pusimos nuestra cocina afuera á pesar
del peligro que corríamos, pero aun allí podíamos difícilmente atender á
lo que traíamos entre manos á causa de los quejidos y lamentos que nos
llegaban de los pacientes del Doctor.
De ocho personas que habían caído durante la batalla, solo tres
respiraban aún: el pirata que fué herido junto á la tronera, Hunter y el
Capitán Smollet; y aun de estos, los primeros eran poco menos que
muertos. El sublevado murió, en efecto, bajo el bisturí del Doctor y en
cuanto á Hunter por más esfuerzos que se hicieron para volverlo á sus
sentidos, no tuvo ya conciencia de sí mismo en este mundo: agonizó todo
el día, respirando fuerte y penosamente como el viejo filibustero cuando
yacía víctima de aquel terrible ataque apoplético; pero los huesos del
pecho habían sido despedazados por el golpe y el cráneo se había
fracturado con la caída, por lo cual, al llegar la noche, sin voz ni
estremecimiento alguno entregó el alma á su Hacedor.
Las heridas del Capitán eran graves, en verdad, pero no fatales. No
había órgano alguno interesado con lesión mortal. La bala de Ánderson,
que fué la que primero le hirió, había roto la parte superior del hombro
y tocado ligeramente uno de los pulmones. La segunda bala le había nada
más atravesado la pantorrilla rasgándole y dislocándole algunos
músculos. Su restablecimiento era seguro, al decir del Doctor, pero
entre tanto y por el espacio de semanas enteras, no debería ni andar ni
mover su brazo, y aun de hablar debía abstenerse hasta donde le fuera
posible.
Mi cortada accidental en los nudillos era un rasguño insignificante; el
Doctor me curó poniéndome algunas tiras de tela emplástica y me dió un
tirón de orejas por haber salido tan bien librado.
Cuando terminamos nuestra comida, el Caballero y el Doctor se sentaron
en consulta al lado del Capitán, y cuando ya habían hablado cuanto
tenían que decir, y siendo, á la sazón, cerca de medio día, el Doctor
tomó su sombrero, se puso al cinto sus pistolas, depositó en su bolsa de
pecho la carta del Capitán Flint, y poniéndose un mosquete al hombro y
un sable á la cintura, cruzó la empalizada por el lado Norte y se
aventuró vigorosamente en medio de los árboles.
Gray y yo estábamos sentados juntos en el extremo opuesto del reducto,
de manera de estar fuera del alcance de la conversación de nuestros
superiores en consulta. Gray retiró la pipa de sus labios y no volvió á
acordarse de llevarla á ellos nuevamente: tanto así lo dejaba atónito lo
que veía.
¡Por vida del demonio!, exclamó, ¿se ha vuelto loco el Doctor Livesey?
--No, á lo que creo, le respondí. Me parece que de todos nosotros es él
el menos expuesto á ese accidente.
--¡Cáspita, chico, pues si no lo está él, oye bien lo que te digo, debo
estarlo yo!
--Es posible, le repliqué. El Doctor tiene su idea y, si no me equivoco,
creo que va ahora á buscar á Ben Gunn.
Los sucesos demostraron que estaba yo en lo justo y racional. Pero entre
tanto, como el reducto aquel estaba caliente como un horno y la arena de
afuera ardiente como una brasa, con el sol de mediodía, comenzó á bullir
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