pasaban por encima del techo, otras caían á un lado, otras entraban al recinto de la empalizada, desparpajando la arena del piso. Pero como tenían que hacer su puntería sobre una mira muy alta sus tiros no lograron más que encontrar sepultura en la leve arena de la loma. No teníamos rebotes que temer y aunque una bala penetró á la cabaña por el techo y luego salió de nuevo por un costado, muy pronto nos acostumbramos á esa especie de broma pesada y no hicimos más caso de ella que lo habríamos hecho de una partida de vilorta. --Me ocurre una buena idea, dijo el Capitán. El bosque frente á nosotros está bastante claro; la marea ha dejado un buen espacio en seco y á la hora de ésta nuestras provisiones están ya probablemente en descubierto. Creo que si algunos de los nuestros se prestaran á hacer una pequeña salida con ese objeto, podríamos recobrar parte de nuestra carne salada. Gray y Hunter se ofrecieron desde luego, y, muy bien armados, salvaron la empalizada. Su misión fué, sin embargo, inútil. Los rebeldes eran más intrépidos de lo que creíamos, ó tenían más fe de la que se merecía en su artillero Hands, porque el hecho es que ya cinco ó seis de ellos estaban muy ocupados sacando nuestras provisiones del fondo del serení y trasladándolas á uno de sus esquifes que estaba allí cerca, mantenido contra la corriente por el manejo constante de un remo. Silver estaba en la popa al mando de las operaciones, y cada uno de sus hombres aparecía ya provisto de su mosquete correspondiente, tomado de algún oculto arsenal de ellos mismos. El Capitán se sentó para escribir en su diario de á bordo, y he aquí el principio de lo que trazó en él: "Alejandro Smollet, Capitán; David Livesey, médico de á bordo; Abraham Gray, carpintero de la goleta; John Trelawney, propietario; John Hunter y Ricardo Joyce, criados del propietario, que no son marinos; estos son los que se conservan leales de toda la gente embarcada á bordo de -La Española-; tenemos víveres para diez días á raciones cortas; hemos desembarcado hoy é izado luego la bandera inglesa en la estacada ó reducto que hemos hallado en esta Isla del Tesoro. Tom Redruth, otro sirviente del propietario, ha sido muerto por los rebeldes. James Hawkins, paje de cámara..." En este momento yo estaba lamentándome acerca de la triste suerte y fin desastroso del pobre Hawkins, cuando oímos algunos gritos y llamadas del lado de tierra. --Alguien nos vocea por acá, díjonos Hunter que estaba de centinela. --¡Doctor! ¡Caballero!... ¡Capitán!... ¡Hola! ¿eres tú Hunter?, decían los gritos aquellos. Corrí á la puerta de la cabaña y llegué á tiempo para ver de nuevo, sano y salvo, á Jim Hawkins, salvando en aquel momento la empalizada. [Illustration] [Illustration] CAPÍTULO XIX EL NARRADOR PRIMERO TOMA OTRA VEZ LA PALABRA--LA GUARNICIÓN DE LA ESTACADA No bien Ben Gunn hubo visto la bandera, hizo alto inmediatamente, me tomó por el brazo para detenerme y se sentó. --¡Ah! lo que es por ahora, Jim, allí están tus amigos, con toda seguridad. --Mas bien creo que sean los rebeldes, le repliqué. --¡Ca, no!, dijo él. ¿Crees tú que en un lugar como este, al cual no abordan sino piratas, había de venir Silver á enarbolar el pabellón inglés? ¡Ni por pienso! Son tus amigos, Jim, no tengas la menor duda. Además, ya ha habido pelea y me sospecho que los tuyos han llevado la mejor parte y ahora los tienes instalados en esa estacada y reducto que fué construído hace años y años por el Capitán Flint. ¡Ah! puedes creer que el tal Capitán era hombre que sabía lo que traía entre manos. Quitándole lo borracho, era persona que jamás dejaba traslucir su juego. No le tenía miedo á nadie... á nadie más que á Silver. Silver puede jactarse de ello. --Bueno, pues siendo esto así, como creo que lo es, tanta más razón para que yo me apresure á reunirme con mis amigos. --Como tu quieras, replicó él. Tú eres un buen muchacho, ó yo me equivoco, pero muchacho nada más y con eso está dicho todo. En cuanto á Ben Gunn, éste se escapa. Ni un vaso de rom podría seducirme bastante para ir allá, ni el mismo rom, ¡no!, hasta que no vea yo á tu Caballero de nacimiento y le entregué eso bajo su palabra de honor. Pero no olvides mis palabras... "-el precioso don de su confianza-," esto es lo que tú debes decirle "-el precioso don de su confianza-..." y al decirle esto le das el pellizco que ya sabes. Y añadiendo la acción á la palabra, me largó por tercera vez un pellizco, con el mismo aire de confianza íntima que los anteriores. --Así pues, cuando necesiten á Ben Gunn, ya sabes en donde encontrarle, Jim: precisamente en el mismo lugar en que me has visto hoy. El que vaya en mi busca que lleve en la mano, por señal, algún lienzo blanco, y que vaya solo, enteramente solo. Para esto, añadirás, Ben Gunn tiene sus buenas razones muy particulares. --Está bien, le dije; creo haber entendido. Vd. tiene algo que proponer y desea Vd. ver, bien al Caballero ó bien al Doctor, para lo cual se le puede encontrar á Vd. en el mismo lugar en que hoy le he hallado, ¿es esto todo? --¿Á qué horas? ¿Quieres saber también á qué horas, no es verdad? Pues estaré allí diariamente desde el mediodía hasta las seis de la tarde. --Entendidos, le contesté, ahora ¿no cree Vd. que ya debemos despedirnos? --Sí; pero mira... cuidado con olvidar las palabras esas: "-el precioso don de su confianza-" y las otras de "-sus buenas razones muy particulares-." Mira que esto es de lo muy esencial... "-razones muy particulares-," ¿eh? ¡como de hombre á hombre! Y sin soltarme el brazo todavía, añadió: --Creo que ya puedes marcharte, Jim... Pero óyeme... si por desgracia te fueres á tropezar ahora con Silver, ¿no es verdad que ni con caballos brutos te arrancará la confesión de lo que te he dicho?... ¿Verdad que no?... ¡Ah! ¡bueno!... Pero, y si los piratas acampan esta noche en tierra, Jim ¿no podremos esperar que para mañana estén ya un poco menos salvajes?... Al llegar aquí fué interrumpido por una fuerte detonación, y una bala del pedrero de á bordo vino rebotando entre los árboles y se enterró en la arena á menos de cien yardas de donde estábamos hablando. Sin esperar á más, fué aquella como la señal de nuestra despedida y cada uno de nosotros echó á correr, en dirección opuesta. Por el espacio de cerca de una hora, frecuentes disparos continuaron haciendo estremecer la isla, y las balas siguieron rompiendo y astillando los árboles del bosque. Yo me iba acercando de escondite en escondite, para evitar aquella especie de persecución de terríficos proyectiles; pero como hacia el fin del bombardeo, aunque todavía no osaba aventurarme á entrar abiertamente en la estacada, en cuyo recinto veía yo que caían las balas con más frecuencia, ya había comenzado á cobrar más ánimo, y después de un considerable rodeo hacia el Este, logré deslizarme entre los árboles de la playa y me tendí allí en observación. El sol acababa de ponerse; la brisa del mar crujía y revoloteaba entre los ramajes del bosque, encrespando la parda superficie del agua del fondeadero. El reflejo iba ya muy lejos y grandes porciones de playa aparecían descubiertas. El aire, después del terrible calor del día, era más que fresco y yo sentía que me escalofriaba á través de mi jubón. -La Española- permanecía aun al ancla en el mismo lugar en que habíamos fondeado en la mañana; solamente que en el tope de su palo mayor no flameaba ya, por cierto, la bandera de la Unión Británica, sino la enseña siniestra de los piratas. Desde mi escondite pude ver una nueva luz relampaguear á bordo, y oí una nueva detonación, al par que otra bala zumbaba por el viento, mientras los ecos repetían aun el trueno del disparo. Aquel fué, sin embargo, el último del cañoneo. Permanecí todavía por cierto tiempo en mi punto de observación, dándome cuenta de la baraúnda y el alboroto que siguieron al ataque. Algunos de los piratas se ocupaban en despedazar con hachas algo que estaba en la playa, no lejos de la estacada: era nada menos que el pobre serení, según descubrí después. Allá más lejos, cerca de la desembocadura del riachuelo se veía el resplandor de un buen fuego brillando entre la arboleda, y entre aquel punto y el buque, uno de los esquifes andaba yendo y viniendo, con sus remeros á quienes poco antes había visto yo hoscos y amenazadores, cantando ahora y silbando como chiquillos, si bien es verdad que sus voces tenían un acento que denunciaba el rom desde á legua. Pensé, al cabo, que ya podía y debía efectuar mi vuelta á la estacada. Habíame colocado muy abajo en la punta arenosa que encerraba el ancladero hacia el Este y que se halla unida á la Isla del Esqueleto por una cinta de agua de poquísima profundidad. Al ponerme en pie, mis ojos tropezaron á alguna distancia, allá abajo de la punta, con una roca aislada, que se alzaba bastante alta entre los matorrales y que presentaba un notable color blanco. Me ocurrió al punto que aquella debía ser la -Peña blanca- de que me había hablado Ben Gunn, y que, si un día ú otro necesitábamos de un bote, era ya una ventaja saber á donde podíamos acudir á buscarlo. Me escurrí luego entre el bosque hasta ganar otra vez la espalda de nuestro baluarte; lo escalé, entré y fuí cordialmente saludado por aquel grupo de leales y valientes. Pronto concluí de contarles mi aventura y comencé á ver en torno mío, para darme cuenta de nuestra posición. El reducto estaba construído con troncos de pino, sin cuadrar, así el techo como los muros y el piso. Este último se elevaba, en algunos lugares, á un pie ó pie y medio sobre la superficie de la arena. En la puerta se había formado un portalillo ó vestíbulo, bajo el cual la fuente brotaba, arrojando sus cristalinas aguas en un tazón artificial de bien extraña ralea, que no era otra cosa que un gran caldero de hierro tomado de algún navío, con el fondo arrancado, é incrustado allí en la arena. Bien poca cosa había en aquel recinto, á excepción de la obra misma de la casa; en un rincón una gran piedra lisa, colocada allí para servir de fogón ó brasero, y un tosco cesto de hierro para contener el fuego y ponerse sobre la piedra. Los declives de la loma y todo el interior de la empalizada habían sido limpiados de árboles que habían servido para la construcción de la casa y de la estacada exterior. Por los troncos, que aun sobresalían de la tierra, podía verse qué soberbio boscaje se había derribado en gracia de la erección de aquel reducto. Todos los desechos y ramas habían sido arrojados lejos ó enterrados en algún vallado, después de la traslación de los maderos. La única verdura que quedaba allí era un lecho de musgo por donde corrían los derrames de la fuente que se escapaban fuera de su tosco tazón de hierro, y á un lado y otro de la corriente algunos helechos, zarzas rastreras y matas pequeñitas, surgiendo penosamente de entre la arena. Muy cerca de la estacada--demasiado cerca para que sirviese de defensa, según oí decir--el bosque se extendía aun denso y elevado, todo de abetos, por el lado de tierra, y mezclado con una gran cantidad de árboles de la vida por el lado del mar. La brisa fría de la noche de que antes he hablado, silbaba en cada una de las aberturas del rústico y primitivo edificio y hacía caer sobre el piso una continua lluvia de menudísima arena. Teníamos arena en los ojos, arena en los dientes, arena en los oídos, arena en nuestra cena y arena revoloteando en el desfondado caldero de la fuentecilla que parecía una gran olla, á punto de hervir. Nuestra chimenea se limitaba á un agujero cuadrado en el techo, y sólo una muy pequeña parte del humo acertaba á escaparse por allí, en tanto que todo el resto se quedaba revoloteando por la pieza, haciéndonos toser de lo lindo y obligándonos á enjugarnos á cada instante los llorosos lagrimales. Añádase á esto que Gray, nuestro nuevo aliado, tenía la cara casi cubierta con un gran vendaje á causa de una herida que había recibido en el buque al desprenderse de los amotinados; y que el pobre Redruth aun estaba allí insepulto, rígido y frío, á lo largo del muro, y cubierto con la bandera nacional. Si se nos hubiera permitido sentarnos á descansar, es claro que todos lo habríamos hecho á pierna tirante; pero el Capitán Smollet no era hombre para eso. Todos fuimos llamados á su presencia y divididos en diversas facciones: el Doctor, Gray y yo para una; el Caballero, Hunter y Joyce para otra. Cansados como estábamos se ordenó á dos de nosotros que fueran por leña, otros dos á arreglar como mejor se pudiera una fosa para sepultar á Redruth; el Doctor fué nombrado cocinero; á mí se me puso de centinela á la puerta de la cabaña y el Capitán se empleó en andar de uno á otro levantando nuestros ánimos y prestando su ayuda material en donde quiera que se la necesitaba. De vez en cuando el Doctor salía un momento á la puerta separándose de su cocina para tomar un poco de aire fresco y dejar descansar algo sus ojos que ya parecían querer salírsele de las órbitas á causa del humo, y cada vez que venía á mi sitio de guardia me dirigía algunas palabras. En una de sus salidas me dijo: --Ese hombre Smollet vale mucho más que yo. Y mira, Jim, que el decir yo eso significa mucho. En otra ocasión vino y se estuvo callado por un corto rato. Luego volvió la cabeza y me preguntó: --Dime, Jim, ¿ese Ben Gunn es de veras un hombre? --No podré decirlo á Vd., señor, le contesté. Por lo menos dudo mucho que esté en su juicio. --Bueno, si es posible la duda, entonces es seguro que sí está, replicó el Doctor. Ya tú comprendes, Jim, que un hombre que durante tres años se ha estado solo en una isla desierta no puede conservar su razón tan cabal como tú ó yo. Eso no es posible dentro de la naturaleza humana. ¿Dices que lo que á él parecía urgirle más era comer un pedazo de queso? --Queso, sí señor, le contesté. --Está bien; pues mira tú ahora lo que es venir uno sobrenadando en la abundancia. ¿Has visto mi caja de rapé, no es verdad? Y nunca me habrás visto tomar un polvo: la razón es que en esa cajilla lo que traigo precisamente es un pedazo de queso de Parma, un queso hecho en Italia, y extraordinariamente nutritivo. Pues bueno: ese queso es ahora para Ben Gunn. Antes de que nos pusiéramos á cenar, dimos sepultura al cadáver del viejo Tom en una fosa cavada en la arena, en torno de la cual permanecimos piadosamente por algún rato tristes y preocupados, con las cabezas, que la brisa de la noche enfriaba, descubiertas en aquel acto solemne. Buen acopio de leña se había llevado al interior de la cabaña, pero no toda la que el Capitán deseaba, por lo cual, una vez que la hubo inspeccionado nos dijo que esperaba que por la mañana se recomenzara la obra y con una poca de mayor diligencia por esta vez. Cuando todos hubimos tomado nuestras respectivas raciones de tocino y apurado un buen jarro de -grog de Cognac-, los tres jefes se retiraron á un ángulo de la pieza á deliberar sobre la situación. Muy bien veíamos que habían agotado su imaginación para resolver qué haríamos, siendo como eran tan escasas nuestras provisiones, que al fin nos veríamos obligados á rendirnos mucho antes de que pudiese llegarnos ni una sombra de socorro. Así, pues, se decidió que nuestra mejor esperanza era la de procurar matar cuantos piratas pudiéramos hasta obligarlos, á una de dos, ó á arriar bandera, ó á largarse al fin con -La Española-. De diez y nueve que ellos eran ya se veían ahora reducidos á quince, habiendo dos heridos, y por lo menos uno de ellos, el que cayó junto al cañón, de gravedad. Cada vez que tuviésemos batalla, debíamos aprovechar bien nuestra pólvora con gran cuidado de no exponer inútilmente nuestras vidas. Teníamos, además, dos magníficos aliados: el rom y el clima. Por lo que hace al rom, aunque estábamos á más de media milla distantes del enemigo podíamos oir su barahunda y sus cánticos que duraron hasta bien entrada la noche. Y en cuanto al clima, el Doctor apostaba su peluca á que, anclados en donde estaban, cerca ó casi en medio del pantano, sin remedios disponibles, por lo menos una media docena de ellos estarían tendidos con fiebre antes de una semana. --Por tanto, añadió, si no nos matan á todos nosotros de una vez, ya se darán de santos con empacarse en el buque y marcharse con viento fresco á piratear de nuevo por esos mares de Dios, que al fin y al cabo, buque es nuestra goleta que puede servirles para su objeto. --Será el primer navío que haya yo perdido en mi vida, dijo el Capitán Smollet. Yo me sentía cansado hasta la muerte, como es fácil figurárselo, así es que en cuanto se me dejó tenderme á dormir, lo cual no sucedió sino después de mucho molestarme, caí en un sueño tan pesado que entre un tronco y yo no había la menor diferencia. Todos los demás estaban ya levantados mucho tiempo hacía; ya habían almorzado y traído casi doble cantidad de leña que la acarreada la víspera, cuando me desperté con una baraúnda repentina y un rumor desusado de voces. --¡Bandera de paz!, oí que decía alguno; y luego percibí, casi en seguida que, con una exclamación de sorpresa, añadían: --¡Es Silver en persona! Al oir esto, dí un salto y restregándome todavía los ojos, corrí á una de las troneras del reducto. [Illustration] [Illustration] CAPÍTULO XX LA EMBAJADA DE SILVER ¡Era cierto! Dos hombres estaban allá, fuera de la estacada, uno de ellos agitando una bandera blanca, y el otro de pie, junto á él, con tranquilo continente: este era nada menos que el mismísimo Silver. Todavía era, á la sazón, bastante temprano, y la mañana era tan fría que jamás sentí otra peor fuera de Inglaterra, pues un cierzo helado materialmente penetraba hasta la médula de los huesos. El cielo estaba claro, sin la más pequeña nube, y las cumbres de los árboles tenían en aquel instante el tinte rosado de la mañana. Pero en el bajío en que estaban Silver y su acompañante todavía quedaba bastante sombra y aparecían como sepultados hasta la rodilla en una bruma baja, que durante la noche había brotado del pantano. El cierzo frío y el vapor aquel, existiendo al mismo tiempo, daban una idea de la isla, tristísima por cierto. Era evidente que aquel era un lugar húmedo, pantanoso, ardiente é insalubre por excelencia. --¡Todo el mundo adentro!, gritó el Capitán; apuesto diez contra uno á que esto envuelve alguna mala pasada. Dicho esto gritó al pirata: --¿Quién va? ¡Alto ahí, ó hacemos fuego! --¡Bandera de paz!, respondió Silver. El Capitán estaba colocado en el portalón, guardándose con el mayor cuidado contra algún disparo traicionero en caso de que tal fuera el intento de los piratas. Volvióse entonces á nosotros y nos dijo: --Doctor, póngase Vd. de observación, situándose al costado Norte, si me hace Vd. el favor. Jim, tú al Este. Gray, tú al Poniente. El ojo alerta hacia abajo: todo el mundo á las armas cargadas. ¡Pronto, señores, y con cuidado! Dicho esto se volvió de nuevo á los rebeldes gritándoles: --¿Y qué vienen Vds. á buscar aquí con su bandera de parlamento? Á esta interpelación fué el hombre que agitaba el lienzo el que respondió: --Señor, el Capitán Silver desea pasar á bordo para hacer proposiciones. --¿El Capitán Silver? ¡No sé quién es él, no lo conozco!, gritó el Capitán Smollet. Y pude oirle que añadía para sí, en voz más baja: --¿Capitán, eh? ¡Diantre! ¡vaya si hay ascensos en la carrera! Silver respondió entonces de por sí: --Se trata de mí, señor. Esos pobres muchachos me han elegido su Capitán después de la -deserción- de Vd. Recalcó muy bien la palabra -deserción- y prosiguió sin detenerse: --Estamos resueltos á someternos si nos es posible obtener algún arreglo y nada más. Todo lo que yo pido es que me dé Vd. su palabra, Capitán Smollet, de que me dejará salir sano y salvo fuera de esa estacada y un minuto de plazo para ponerme fuera de tiro antes de que se haya disparado un arma. --Pues oiga Vd. esto, replicó el Capitán Smollet: lo que es yo no tengo malditas la prisa ni la gana de hablar con Vd. Si Vd. quiere hablar conmigo, puede Vd. entrar aquí y basta. Yo no tengo que empeñar mi palabra á un hombre de su calaña; si hay en esto alguna traición oculta, será sin duda del lado de Vds., y en tal caso Dios les ayude. --Me basta con eso, Capitán, contestó John Silver en tono satisfecho. Una palabra de Vd. es más que suficiente. Yo sé lo que es un caballero; puede Vd. creerlo. Entonces pudimos ver al hombre de la bandera tratando de hacer retroceder á Silver. No era esto muy de sorprendernos atendiendo al tono caballeresco de la respuesta del Capitán. Pero Silver se le rió en las barbas y golpeándole sobre el hombro pareció decirle que la idea de todo temor ó alarma era perfectamente absurda. Entonces avanzóse hacia la estacada, arrojó su muleta al otro lado y con gran vigor y destreza logró salvar el cercado, saltando sano y salvo al recinto de la empalizada. Debo confesar que lo que sucedía en aquellos momentos me atraía demasiado para que me fuera dable servir en lo más mínimo como centinela. Desde luego había ya desertado de mi tronera de Oriente que fué la que me designó el Capitán, y me había deslizado detrás de éste que acababa de sentarse en el dintel del portalón, cruzando estoicamente las piernas, recargando la cabeza sobre una de sus manos y dirigiendo la vista con la mayor indiferencia á la fuente que burbujeaba y salía rumorosa del caldero, para perderse correteando sobre la arena. Púsose, además, á silbar el sonecillo de "-¡Venid mozos y mozas!-" Á Silver le costaba un trabajo del diantre el subir por la ladera de la loma. Lo escabroso de ésta, los troncos de los árboles cortados, que estaban aun allí pegados unos á otros, y lo suave de la arena hacían que él y su muleta me parecieran como un navío dando tumbos entre las olas sin velas y sin timón. Pero él soportó aquello como un hombre, en silencio, y por último llegó á la presencia del Capitán, á quien saludó de la manera más cortés del mundo. Habíase colocado sus mejores arreos: una gran casaca azul toda llena de botones de metal, le colgaba hasta las rodillas, y un hermoso sombrero galoneado se ostentaba sobre su cabeza, ligeramente echado hacia atrás. --Y bien amigo, ¿ya está Vd. aquí?, dijo el Capitán levantando la cara. Me parece que puede Vd. sentarse. --¿Es que no me va Vd. á recibir allá adentro?, dijo Silver un tanto cuanto quejoso. Me parece esta una mañana demasiado fría para que nos estemos aquí, sentados sobre la arena. --Amigo Silver, replicó el Capitán, si Vd. se hubiera conducido como un hombre honrado, á estas horas estaría Vd. sentado muy agradablemente en su galera. Esto no es más que la obra de Vd. mismo. Como cocinero de mi buque, que era Vd., era tratado de la mejor manera del mundo; como Capitán Silver, ó sea como amotinado y pirata, tiene Vd. por perspectiva la horca. --Sea enhorabuena, Capitán, respondió el cocinero sentándose en la arena como se le indicaba. Luego tendrá Vd. que darme la mano para levantarme, he ahí todo. ¡Bonito lugar, de veras, que se han encontrado Vds.! ¡Ah! ¡allí está Jim! ¡Santos y felices días tengas tú, Hawkins! ¡Doctor! ¡Vd. también!, aquí me tiene Vd. á sus órdenes. Y bien, todos Vds. están juntos, todos como en familia, por decirlo así, ¿no es esto? --Amigo, dijo el Capitán, si ha venido Vd. para decir algo, me parece que hará bien en despacharse luego. --Tiene Vd. razón que le sobra, Capitán Smollet, contestó el pirata. El deber antes que todo, no cabe duda. Pues bien, vamos al asunto: ayer nos han dado Vds. muy buen quehacer; muy buen quehacer, no lo niego, sí señor. Hemos visto que algunos de Vds. no se maman el dedo en llevando un espeque entre las manos, ¡vive Dios que no! Por lo mismo, no trataré de ocultar tampoco que algunos de mis muchachos se han bamboleado de miedo; quizás todos estén en ese caso; tal vez yo mismo no las tengo todas conmigo, y sea esa la razón de que me tenga Vd. aquí buscando un avenimiento. Pero sépalo Vd. bien, Capitán; esto no sucederá dos veces, ¡por vida del diablo! Tendremos que hacer nuestros cuartos de centinela, y no ir muy lejos en materia de rom. Puede que Vds. se figuren que nosotros no fuimos más que una hoja de papel lanzada en un remolino. Pero le diré á Vd.: lo cierto es que yo estaba bien en mis cabales; lo que me pasaba es que me sentía cansado como un macho de noria, y con sólo que se me hubiese llamado un segundo antes los habría cogido á Vds. en el acto mismo. Todavía á esa hora él estaba vivo, bien vivo, no le quepa á Vd. duda. --¿Y bien?, dijo el Capitán Smollet con la mayor calma y sangre fría del mundo. Todo cuanto Silver decía en su enmarañado é inextricable lenguaje era para el Capitán un verdadero enigma, pero nadie se lo habría figurado por el tono de su voz. En cuanto á mí, comenzaba á tener una sospecha. Las últimas palabras de Ben Gunn me vinieron á la memoria y me dí á suponer que quizás habría hecho una visita á los piratas mientras estaban reunidos en torno de su hoguera, completamente borrachos ó poco menos, y acaricié con alegría la esperanza de que quizás ya no teníamos, á esas horas, sino catorce enemigos con quienes lidiar. --Y bien, contestó Silver, lo que hay es esto: que queremos ese tesoro y que lo tendremos; esa es nuestra base. Vds., á su vez, pueden, sin pérdida de tiempo, asegurar sus vidas, á lo que creo: esa es la base de Vds. En poder de Vds. obra un mapa, ¿no es verdad? --¡Bien podría ser!, murmuró el Capitán. --¡Oh! lo es, de seguro, no me cabe duda, replicó Silver. No hay para qué hacerse el misterioso con un hombre como yo; es esta una treta del todo inútil, puede Vd. creerlo. Lo que quiero decir es que nosotros necesitamos ese mapa. Por lo demás, nosotros nunca habíamos pensado en hacer á Vd. el menor daño, ¡no señor! --Amigo, esa no pega, le interrumpió el Capitán. Nosotros sabemos perfectamente lo que Vds. se proponían hacer, y lo cierto es que no nos importa un bledo, porque ya bien ve Vd. que, lo que es por ahora, los tales propósitos son ya simplemente imposibles. Y diciendo esto el Capitán miró con la mayor calma á su interlocutor y se puso á llenar su pipa con tabaco. --Si es que Gray ha podido... comenzó Silver. --Suposición excusada, interrumpió el Capitán. Gray nada me ha dicho por la sencilla razón de que nada le he preguntado. Y lo que es más todavía, antes que acceder, preferiré ver volar en pedazos á Vd. y á él y á toda esta isla bendita. Eso y nada más, mi amigo, es lo que yo opino de sus proposiciones. Esa bocanada--perdónese la palabra en gracia de esta exactitud--esa bocanada de mal humor del Capitán, pareció enfriar bastante á Silver. Un momento antes sus palabras iban ya tomando cierto tono provocativo, que cesó ante aquella explosión como por encanto. --¡Basta con esto!, dijo. No quiero más. No discutiré lo que caballeros como Vd. consideren dentro ó fuera de las reglas y del espíritu de verdaderos marinos. Entre tanto, y puesto que le veo á Vd. á punto de encender su pipa, voy á tomarme la libertad de hacer otro tanto. Dicho esto, llenó, en efecto, su pipa y la encendió. Durante un rato considerable aquellos dos hombres se quedaron silenciosos, sentados con la mayor calma, ya viéndose á la cara mutuamente, ya arreglando su tabaco, ya inclinándose hacia adelante para escupir. --Veamos pues, resumió Silver; he aquí las cosas sin rodeos: Vds. nos dan ese mapa para encontrar con él el tesoro y cesan ya de fusilar á pobrecillos marineros, y de calentarse la cabeza aun en medio del sueño. Vds. hacen esto y nosotros, en cambio, les damos á escoger una de dos cosas: ó vienen Vds. á bordo con nosotros, una vez que el tesoro haya sido embarcado, y en ese caso les doy á Vds. bajo mi verdadera palabra de honor un -afilavis (affidavit- quería decir) de que en una costa habitada y segura los desembarcaré sanos y salvos; ó si esto no les conviniera mucho por ser medio salvajes algunos de mis hombres, ó por tener recelo de despertar antiguos rencores, entonces ¡qué demonio! pueden Vds. estarse aquí, ¡sí señores! Dividimos las provisiones de boca con Vds. á lo legal y justo, en proporción de lo que nos toque, á tanto por cabeza y, lo mismo que en el caso anterior, les doy mi -afilavis- de que al primer buque que encontremos lo mando acá para recogerlos. No dirá Vd. que esto es pura charla: la verdad es que Vds. no pueden esperar nada mejor que lo que yo propongo. Espero pues (y al decir esto levantó la voz considerablemente) que toda la tripulación--vamos al decir--que toda la tripulación de este reducto, considerará bien mis palabras, porque lo que he hablado para uno, hablado está para todos. El Capitán Smollet se puso en pie, sacó las cenizas del fondo de su pipa sacudiéndola sobre la palma de la mano y luego con toda su calma anterior interrogó así á Silver: --¿Es eso todo? --¡Sí, por vida del infierno, esa es mi última palabra! Rehuse Vd. eso y no volverán á oir Vds. de mí más que el zumbido de las balas de mis mosquetes. --Está muy bien, dijo el Capitán. Pues ahora óigame Vd. á mí. Si vienen Vds. á presentarse aquí, de uno en uno y desarmados, me comprometo á ponerlos á todos con grillos y esposas y llevarlos para que tengan un proceso en regla, hasta Inglaterra. Si mi proposición no le conviene á Vd., me llamo Alejandro Smollet, la bandera de mi Soberano está enarbolada sobre esta casa y prometo enviarle á Vd. y á todos los suyos á los apretados infiernos. Vds. no pueden hallar ni hallarán ningún tesoro. Vds. no pueden navegar con esa goleta. Vds. no pueden batirnos. Gray, solo, pudo salir fácilmente de entre las manos de cinco de los suyos. Su navío está como encadenado, Maese Silver; Vds. están como varados en una playa de sotavento y muy pronto se convencerá Vd. de ello. Yo, pues, me quedo aquí, después de decirle lo que le he dicho, que es, por cierto, lo último que me oirá Vd. de buenas palabras, porque ¡por vida del diablo! la primera vez que vuelva á encontrar á Vd., Maese Silver, le meto una bala en la cabeza, como tres y dos son cinco. Pase Vd. de allí. Sálgase en el acto de este lugar, mano sobre mano, y despáchese pronto. Silver era, en aquel momento, la estampa de la ira. Los ojos parecían salírsele de las órbitas, de indignación. Sacudió el tabaco fuera de la pipa y luego gritó: --¡Déme Vd. la mano para levantarme! --¡No por cierto!, replicó el Capitán. --¿Quién de Vds. quiere darme la mano?, aulló dirigiéndose á nosotros. Ninguno en nuestras filas se movió siquiera. Vomitando entonces las más horribles blasfemias, se arrastró sobre la arena hasta que tuvo á su alcance una de las pilastras del portalón de la cual se asió, y ya entonces pudo enderezarse y ponerse en pie con su muleta. Caminó en seguida, y con una acción despreciativa é insultante, bramó: --¡Eso valen Vds.! Antes de que se haya pasado una hora, ya los pondré á Vds. á hervir como ponche encendido, en su estacada. Rían Vds., ríanse, ¡con mil diablos!, antes de una hora ya podrán reir en el infierno, y para ese tiempo los que se hayan muerto podrán llamarse los más afortunados. Con un nuevo y terrible juramento se alejó cojeando, señaló á su paso la arena en que iba enterrándose, trepó sobre la estacada con ayuda del hombre de la bandera, no sin fallar sus esfuerzos tres ó cuatro veces, y un instante después desapareció entre los árboles. [Illustration] [Illustration] CAPÍTULO XXI EL ATAQUE No bien hubo desaparecido Silver, el Capitán que le había seguido escrupulosamente con la mirada, se volvió hacia el interior del reducto, y con excepción de Gray no encontró á ninguno de todos nosotros en su sitio. Fué aquella la primera vez que le ví verdaderamente enojado. --¡Á sus puestos!, gritó. Y cuando ya todos ganamos humildemente nuestras posiciones, prosiguió: --¡Gray!, tendrás hoy una mención honorífica en el diario de á bordo: has cumplido con tu deber como un buen marino. Sr. de Trelawney, me sorprende la conducta de Vd. Doctor, yo creí que alguna vez había Vd. llevado encima el uniforme del Rey, ¿es así como servía Vd. en Fontenoy, señor? Si era así, mejor hubiera Vd. hecho en quedarse en su casa. Los centinelas mandados por el Doctor estaban ya todos en sus troneras; los demás hombres se ocupaban de cargar las armas, todos con la cara bien encendida, puede creérseme, y, como dice el adagio inglés: "-con una pulga en su oído-." El Capitán vió á todos en silencio por algún rato y en seguida habló así: --Amigos míos, acabo de descargar sobre Silver una verdadera andanada. Le he puesto, de propósito, en punto de brea hirviendo y así es que, como ya nos lo ha anunciado él mismo, antes de que trascurra una hora, tendremos que sufrir el abordaje. Son más que nosotros, no necesito recordarlo, pero nosotros peleamos á cubierto: un minuto hace que tal vez habría yo añadido "y con disciplina." No cabe duda, por lo mismo, de que podemos darles una buena sacudida si Vds. gustan. Dicho esto recorrió las filas para cerciorarse de que todo estaba listo y en orden. En los dos costados más angostos, ó sea en las cabeceras de la cabaña, que veían al Este y al Oeste, no había más que dos troneras; en el lado Sur que era en el que estaba el portalón, no había también más que dos, y cinco en el muro del lado Norte. Teníamos por todo, unos veinte mosquetes para siete que éramos. La leña había sido arreglada en cuatro pilas,--llamémosles -mesas---una hacia el medio de cada uno de los lados, y sobre cada una de esas -mesas-, se colocaron cuatro mosquetes bien cargados, listos para que los defensores del reducto los tuvieran á la mano. En el centro los sables todos estaban alineados en orden. --Apáguese el fuego, dijo el Capitán. El frío ha pasado ya y no es conveniente que tengamos humo en los ojos. El cesto de hierro con sus leños encendidos fué sacado por el Sr. Trelawney en persona, fuera de la cabaña, y las brasas se apagaron con arena. --Hawkins no ha almorzado todavía, continuó el Capitán. Vamos, chico, despáchate por tu mano y vuélvete á tu puesto á comer. Vivo, vivo, muchacho; podría ser que lo necesitaras antes de poder hacerlo. Tú, Hunter, sirve á todos un buen vaso de -cognac-. Mientras esto se hacía, el Capitán completaba en su imaginación el plan de defensa. --Doctor, Vd. se situará en la puerta, continuó. Cuidado con exponerse; manténgase Vd. á cubierto y haga fuego á través del portalón. Hunter, tú te sitúas en el costado oriental, ¡allí!, Joyce, tú al otro lado, al Oeste. Sr. de Trelawney, á Vd. que es el de mejor puntería, se le encomienda, ayudado de Gray, la defensa de este largo costado del Norte que tiene cinco troneras. Si algún peligro corremos, ese peligro está en ese punto. Si ellos lograran subir hasta aquí y hacer fuego hacia adentro del reducto, por nuestras propias troneras, las cosas se empezarían á poner entonces de color de hormiga. Hawkins, ni tú ni yo somos muy hábiles, según creo, para hacer puntería; nosotros, pues, permaneceremos al lado de los tiradores ocupados en cargas las armas. Como el Capitán lo dijo, el frío había ya pasado. Tan pronto como el sol había dejado pasar sus rayos por sobre las copas de los árboles hasta nosotros, se dejó sentir con toda su fuerza sobre las partes no sombreadas y disipó en un instante la bruma del pantano. Muy pronto la arena estaba ya abrasándose y la resina de los abetos comenzaba á derretirse en los muros del reducto. Colgamos á un lado sacos y jubones, las camisas se abrieron por las pecheras descubriendo nuestros cuellos casi hasta los hombros y ya en esa actitud, cada uno estuvo de pie firme, arma al brazo, en su puesto, con la doble fiebre del calor y de la más ansiosa expectativa. Así se pasó más de una hora. --¡Mal rayo los parta! dijo el Capitán. Esto sí que es tan pesado como una -calma-chicha-. Gray, sílbale al viento. Como si alguien hubiera oído los votos del Capitán, en aquel mismo instante nos llegó la primera noticia del ataque. --Dispense Vd. Capitán, dijo Joyce; si descubro á alguno, ¿debo hacer fuego? --Ya lo he dicho antes, contestó el Capitán. --Mil gracias, señor, contestó Joyce con la misma y tranquila cortesía. Por algunos momentos nada sucedió, pero aquel corto diálogo nos había puesto á todos alerta, concentrando toda nuestra vida en los oídos y los ojos. Los tiradores seguían con sus mosquetes en las manos; el Capitán en el centro del reducto con los labios muy apretados y con el ceño fruncido. Así trascurrieron unos segundos más hasta que de repente oímos á Joyce preparar su arma y disparar acto continuo. Todavía no se apagaba el eco de su detonación, cuando ya lo oímos repetido por disparos que partían de afuera, uno tras de otro, en una descarga nutrida, sobre cada uno de los cuatro costados del reducto. Varias balas dieron contra los postes de los muros, pero ninguna penetró adentro. Cuando el humo se hubo disipado, la estacada y el bosque que la circunda aparecían tan quietos y desocupados como antes: ni una rama se movía; ni el brillo del cañón de un sólo mosquete denunciaba la presencia de nuestros adversarios. --¿Le acertaste á tu hombre?, preguntó el Capitán. --No señor, replicó Joyce, me parece que no. --Pues podía hacerse algo mejor que eso, á decir verdad, refunfuñó el Capitán Smollet. Hawkins, carga otra vez ese mosquete. ¿Cuántos cree Vd. que había del lado de Vd., Doctor? --Puedo decirlo con toda precisión: tres disparos se hicieron de este lado. He visto las tres llamaradas, dos de ellas muy juntas, y la otra más lejana, hacia el Poniente. --¡Tres! dijo el Capitán. ¿Y cuántas por el lado de Vd. Sr. de Trelawney? Esta pregunta no fué contestada con tanta exactitud. Según el Caballero, los disparos hechos sobre el costado Norte eran unos siete, y ocho ó nueve según el cómputo de Gray. De los lados Este y Oeste sólo un tiro había partido. Era, pues, indudable, que el ataque iba á verificarse sobre el lado Norte, y que en los tres costados restantes solamente se nos iba á molestar con un aparato de hostilidades. Sin embargo, el Capitán Smollet no hizo el menor cambio á sus disposiciones anteriores. Si los sublevados logran salvar la empalizada y posesionarse de algunas de nuestras troneras no ocupadas, de seguro que nos van á fusilar impunemente como á ratas, dentro de nuestra misma fortaleza. Pero no se nos dió mucho tiempo para deliberaciones. Repentinamente con un fuerte grito de -¡Arriba!- una pequeña nube de piratas saltó de entre los árboles, en el lado Norte y se precipitó directamente sobre la estacada. En el mismo instante los tiradores ocultos en el bosque abrieron el fuego nuevamente y una bala de rifle silbó á través de la puerta y, golpeando sobre el mosquete del Doctor, se lo hizo literalmente añicos. Los asaltantes se encaramaron sobre la empalizada como monos: el Caballero y Gray hicieron fuego una y otra y otra vez, y tres hombres de aquellos cayeron, uno, dentro del recinto de la empalizada, y dos hacia fuera, aunque de estos últimos uno parece que estaba más azorado que herido, porque no tardó casi nada en ponerse en pie y desaparecer en un abrir y cerrar de ojos entre los árboles. Dos, pues, habían mordido el polvo, uno había huído y cuatro habían ya logrado entrar de pie firme en el recinto de nuestra defensa, mientras que, al abrigo de los árboles siete ú ocho hombres, cada uno de los cuales tenía evidentemente un surtido de varios mosquetes, mantenían un fuego vivo y nutrido, aunque sin el menor resultado, contra los muros de nuestro reducto. Los cuatro que se habían arriesgado al asalto se lanzaron derechos sobre el edificio, animándose mutuamente con gritos, y sintiéndose alentados por los -hurras- de los tiradores del bosque. Se hizo fuego sobre ellos varias veces, pero se movían con tal rapidez y era tal la prisa de nuestros tiradores que no se logró que ninguna de sus balas diera en el blanco. En un momento los cuatro piratas habían trepado el declive de la loma y estaba ya sobre nosotros. La cabeza de Job Anderson apareció en la tronera del centro gritando con una voz de trueno: --¡Todos á ellos! ¡todos á ellos! Al mismo instante otro pirata logró apoderarse del mosquete de Hunter cogiéndoselo violentamente por el cañón y descargó sobre aquel leal un golpe tan tremendo que lo hizo rodar en tierra sin sentido. Entre tanto, un tercero corrió sano y salvo en torno de la casa y apareció súbitamente en la puerta cayendo sobre el Doctor, cuchillo en mano. Nuestra posición había cambiado por completo. Un momento antes peleábamos nosotros á cubierto y el enemigo á campo raso; ahora nosotros éramos los descubiertos é imposibilitados para volver golpe por golpe. El interior del reducto estaba lleno de humo á cuya circunstancia debimos, en parte, nuestra salvación relativa. Gritos, confusión, relámpagos de armas de fuego, detonaciones y un gemido muy prolongado y perceptible, todo esto repicaba de una manera atronadora en mis oídos. ¡Afuera, muchachos, afuera!, gritó el Capitán. ¡Á pelear al descubierto y mano al arma blanca! Yo arrebaté una cuchilla de las del centro y alguno que al mismo tiempo se apoderaba de otra me infirió una cortada en los nudillos de la mano, que casi ni sentí. Me lancé hacia la puerta, saliendo á la luz del sol. Alguien, no sé quien, venía detrás de mí. Frente á mí el Doctor perseguía á su asaltante ladera abajo y precisamente en el momento en que mis ojos tropezaban con el grupo, el Doctor dejaba caer sobre su enemigo un tajo soberbio que lo tiró en tierra revolcándose, con una cuchillada que le dividía toda la cara. ¡Rodear la casa, muchachos, rodear la casa!, gritaba el Capitán. Al oirle aquel grito noté, á pesar de la barahunda general, que en su voz había un cambio muy notable. Obedecí como un autómata volteando hacia el costado Este, con mi cuchilla levantada. Pero al dar vuelta á la esquina del reducto, me encontré frente á frente con Anderson. Aquel hombre rugía como una fiera y su marrazo se alzó sobre su cabeza brillando la hoja en el aire al rayo del sol. No tuve tiempo para sentir miedo: aquel hombre aún no descargaba su mandoble sobre mí, cuando yo resbalé instantáneamente en el declive y, perdiendo la pisada sobre la arena, rodé cuan largo era por la bajada. Cuando al abandonar el interior de la cabaña por orden del Capitán aparecí en la puerta, ví que las reservas de los amotinados estaban ya tratando de salvar la empalizada para acabar de dar buena cuenta de nosotros. Un marinero que ostentaba una gorra encarnada y que se había puesto la cuchilla entre los dientes, había ya logrado trepar y tenía una pierna dentro del recinto de la estacada y otra afuera. Ahora bien, mi caída fué tan rápida que cuando me puse de nuevo en pie todo estaba aún en la misma posición; el hombre del gorro encarnado, todavía mitad adentro y mitad afuera, y otro dejaba asomar la cabeza en aquel mismo instante por sobre las extremidades de los postes. Pero rápido como había sido ese momento, en él, sin embargo, se había decidido la victoria en nuestro favor. Gray, que seguía á tres pasos mi carrera, había derribado al gran contramaestre en tierra antes de que hubiera tenido tiempo de recobrarse por haber fallado su golpe sobre mí. Otro de ellos había recibido un tiro mortal en el momento mismo en que iba á hacer fuego por una de las troneras, y estaba allí, agonizando, con la pistola todavía humeante entre sus manos. El Doctor, según pude notar, había dado buena cuenta de un tercero con un tajo magnífico. De los cuatro que habían escalado la empalizada, uno solo quedaba intacto y este, que había dejado escapar su cuchilla en la refriega, ya iba en aquel momento saltando de nuevo sobre la empalizada para ponerse á cubierto de la muerte que se cernía sobre su cabeza. ¡Fuego desde adentro!, gritó el Capitán. ¡Y Vds. muchachos, al reducto de nuevo! Pero su orden ya no tuvo efecto: ningún disparo partió de las troneras y el último de los asaltantes pudo escapar sano y salvo y desaparecer con todos los demás en el bosque. En tres segundos no quedaban ya más trazas de los asaltantes que los cinco de ellos que habían caído en la refriega, de los cuales, cuatro yacían dentro y el quinto fuera del recinto de la estacada. El Doctor, Gray y yo corrimos con todas nuestras fuerzas para ponernos al abrigo, pues era probable que los asaltantes volvieran pronto del lugar en que habían dejado sus mosquetes y abrieran una vez más el fuego sobre nosotros. Nuestra casa, á la sazón, estaba ya bastante despejada del humo y pudimos ver, á la primera ojeada, el precio á que habíamos comprado la victoria. Hunter yacía sin sentido al pie de su tronera. Joyce, cerca de él, con una bala en el cerebro, yacía también para no volver á moverse nunca, y en el medio del recinto el Caballero estaba sosteniendo al Capitán, tan pálido el uno como el otro. --El Capitán está herido, dijo el Sr. de Trelawney. --¿Han corrido esos?, preguntó el Capitán Smollet. --Piernas les faltaban, contestó el Doctor. Pero allí están cinco de ellos que no volverán á correr más. --¿Cinco?, exclamó el Capitán. ¡Tanto mejor, vamos! Cinco de ellos y tres de nosotros; eso nos deja nueve contra cuatro. Eso es ya mucho menos desproporcionado que en un principio. Entonces éramos siete para diez y nueve; al menos así lo creíamos, lo cual es casi tan malo como serlo en realidad. Los sublevados no fueron ya muy pronto sino ocho, pues el hombre herido por el Caballero, á bordo del buque, con su disparo hecho desde el serení, murió aquella misma noche á causa de sus lesiones. Esto, sin embargo, no se supo en nuestro reducto sino después. [Illustration] PARTE V -MI AVENTURA DE MAR- CAPÍTULO XXII DE CUAL FUÉ EL PRINCIPIO DE MI AVENTURA Los sublevados no volvieron ya; ni siquiera un disparo más volvió á salir de entre los árboles. Ya habían recibido -su ración- por aquel día, según la frase del Capitán y quedábamos, por tanto, en posesión de nuestro reducto, con tiempo para cuidar y trasladar los heridos, y para hacer la comida. El Caballero y yo pusimos nuestra cocina afuera á pesar del peligro que corríamos, pero aun allí podíamos difícilmente atender á lo que traíamos entre manos á causa de los quejidos y lamentos que nos llegaban de los pacientes del Doctor. De ocho personas que habían caído durante la batalla, solo tres respiraban aún: el pirata que fué herido junto á la tronera, Hunter y el Capitán Smollet; y aun de estos, los primeros eran poco menos que muertos. El sublevado murió, en efecto, bajo el bisturí del Doctor y en cuanto á Hunter por más esfuerzos que se hicieron para volverlo á sus sentidos, no tuvo ya conciencia de sí mismo en este mundo: agonizó todo el día, respirando fuerte y penosamente como el viejo filibustero cuando yacía víctima de aquel terrible ataque apoplético; pero los huesos del pecho habían sido despedazados por el golpe y el cráneo se había fracturado con la caída, por lo cual, al llegar la noche, sin voz ni estremecimiento alguno entregó el alma á su Hacedor. Las heridas del Capitán eran graves, en verdad, pero no fatales. No había órgano alguno interesado con lesión mortal. La bala de Ánderson, que fué la que primero le hirió, había roto la parte superior del hombro y tocado ligeramente uno de los pulmones. La segunda bala le había nada más atravesado la pantorrilla rasgándole y dislocándole algunos músculos. Su restablecimiento era seguro, al decir del Doctor, pero entre tanto y por el espacio de semanas enteras, no debería ni andar ni mover su brazo, y aun de hablar debía abstenerse hasta donde le fuera posible. Mi cortada accidental en los nudillos era un rasguño insignificante; el Doctor me curó poniéndome algunas tiras de tela emplástica y me dió un tirón de orejas por haber salido tan bien librado. Cuando terminamos nuestra comida, el Caballero y el Doctor se sentaron en consulta al lado del Capitán, y cuando ya habían hablado cuanto tenían que decir, y siendo, á la sazón, cerca de medio día, el Doctor tomó su sombrero, se puso al cinto sus pistolas, depositó en su bolsa de pecho la carta del Capitán Flint, y poniéndose un mosquete al hombro y un sable á la cintura, cruzó la empalizada por el lado Norte y se aventuró vigorosamente en medio de los árboles. Gray y yo estábamos sentados juntos en el extremo opuesto del reducto, de manera de estar fuera del alcance de la conversación de nuestros superiores en consulta. Gray retiró la pipa de sus labios y no volvió á acordarse de llevarla á ellos nuevamente: tanto así lo dejaba atónito lo que veía. ¡Por vida del demonio!, exclamó, ¿se ha vuelto loco el Doctor Livesey? --No, á lo que creo, le respondí. Me parece que de todos nosotros es él el menos expuesto á ese accidente. --¡Cáspita, chico, pues si no lo está él, oye bien lo que te digo, debo estarlo yo! --Es posible, le repliqué. El Doctor tiene su idea y, si no me equivoco, creo que va ahora á buscar á Ben Gunn. Los sucesos demostraron que estaba yo en lo justo y racional. Pero entre tanto, como el reducto aquel estaba caliente como un horno y la arena de afuera ardiente como una brasa, con el sol de mediodía, comenzó á bullir 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000