atreverme á presentarme en los botes, en medio de aquellos entes
infernales, cuyas manos humeaban todavía con la sangre de sus víctimas?
¿Acaso el primero de ellos que me viera no iba á torcerme el cuello como
á una agachona? ¿Acaso mi sola ausencia no era ya para ellos una
evidencia de mi alarma, y por consiguiente, de mi fatal conocimiento de
los hechos? Todo, pues, había concluído para mí. ¡Adiós -La Española-,
adiós el Caballero, el Doctor y el Capitán! ¡Nada me quedaba ya que
esperar sino la muerte por inanición, ó á manos de los sublevados!
Mientras esto pensaba, no cesaba de correr, y sin darme cuenta de ello,
me encontraba ya cerca del pie de uno de los pequeños picos, y habíame
internado á una parte de la isla en que los árboles de la vida crecían
más distantes unos de otros y se asemejaban más á verdaderos árboles de
bosque por su corpulencia y dimensiones. Entremezclados con estos había
uno que otro pino, algunos de ellos como de cincuenta pies de altura y
otros como hasta de setenta. El aire tenía ya aquí también un olor más
fresco que allá abajo cerca del pantano.
Pero al llegar á este sitio, una nueva alarma me esperaba, que me hizo
sentir el corazón á punto de escapárseme del pecho.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XV
EL HOMBRE DE LA ISLA.
De uno de los lados del cerro que era, en aquel sitio, escarpado y
pedregoso, un guijarro se desprendió por el cauce seco de una de las
vertientes cascajosas, saltando, rebotando y haciendo estrépito en sus
choques repetidos contra árboles y piedras. Volví los ojos
instintivamente en aquella dirección y ví una forma extraña moverse y
ocultarse tras del tronco de uno de los árboles. ¿Era aquello un oso, un
hombre, ó un orangután? Me era imposible decirlo. Me parecía negro y
velludo; pero esto era lo único de que me podía dar cuenta en aquel
momento. Sin embargo, el terror de esta nueva aparición me hizo
contenerme en mi carrera.
Me veía, según toda probabilidad, cortado por el frente y por la
retaguardia: detrás de mí, los asesinos, y delante aquella forma
indescriptible que me acechaba. En el acto comencé á preferir los
peligros que me eran conocidos á aquellos que aparecían velados. El
mismo Silver se me figuraba ya menos terrible comparándolo con aquella
extravagante criatura, especie de gnomo de la montaña, y así fué que,
sin más vacilaciones le volví la espalda, no sin volverme azoradamente
para verle sobre el hombro, y comencé á correr de nuevo, esta vez en
dirección de los botes.
Pero en pocos segundos la horrible figura, después de dar una gran
vuelta, se me igualó en la carrera y aun comenzó á avanzar delante de
mí. Yo estaba bien exhausto ya, no cabía duda, pero aun cuando hubiese
estado fresco y descansado, ví muy pronto que era una locura el
pretender luchar en velocidad con adversario semejante. De un tronco á
otro aquella extraña criatura parecía volar como un ciervo, corriendo á
semejanza del hombre, en dos pies, pero diferenciándose de la carrera
humana en que como ciertas aves se dejan ir en el espacio por largo
tiempo con las alas cerradas, esta se deslizaba á trechos hacia abajo
por la pendiente, de una manera fantástica, maravillosa é inexplicable
para mí. Y sin embargo, era un hombre, ya no me era posible dudarlo por
más tiempo.
Vínome á la imaginación en el acto todo cuanto había oído ó leído sobre
caníbales y aun estuve á punto de gritar ¡socorro! Pero el mero hecho de
ser aquel un hombre, aunque fuese un salvaje, me había ya serenado un
poco, y el miedo que Silver me inspiraba reapareció vivo y formidable en
mi ánimo. Me detuve, pues, por el momento, y buscando en mi atribulada
imaginación alguna puerta de salvamento ó de escape, me acordé, de
pronto, de la pistola que llevaba conmigo. Y no hice más que recordar
que no estaba tan indefenso, y sentí que el valor volvía á mi corazón, y
dando el rostro resueltamente al hombre de la isla, marché hacia él con
paso vigoroso.
En este momento él estaba oculto tras de otro tronco de árbol, pero debe
haberse estado espiándome muy atentamente, porque tan luego como yo me
adelanté hacia donde él estaba, se mostró de repente y dió un paso para
venir á mi encuentro. Pero acto continuo vaciló, dió algunos pasos hacia
atrás, luego otros hacia mí de nuevo, hasta que, por último, con
extraordinaria sorpresa y confusión mía, le ví caer de rodillas y
tenderme en ademán suplicante sus manos enclavijadas:
Al ver esto, torné á detenerme indeciso.
--¿Quién es Vd.?, le pregunté.
Á lo cual se apresuró él á contestarme con una voz ronca, opaca, como el
rumor que produjese una cerradura enmohecida y en desuso.
--¡Soy Ben Gunn! Soy el pobrecito Ben Gunn que por tres años no ha
tenido delante un cristiano con quien hablar!
Al oir esto pude ya darme cuenta de que aquel no era un caníbal, como lo
creí al principio, sino un hombre de raza blanca como yo, y aun observé
que sus facciones eran regulares y agradables. Su cutis, en todos los
puntos que aparecía descubierto, estaba tostado por el sol; sus labios
mismos estaban ennegrecidos y sus ojos claros eran una cosa sorprendente
en aquel conjunto de facciones oscuras. De todos los mendigos que en mi
vida había yo podido ver ó figurarme, era éste el número -uno- por lo
destrozado y harapiento. Estaba vestido con girones de lona de velámen,
añadidos y mezclados con retazos informes de paño azul-marino, y toda
aquella extraordinaria estructura de andrajos estaba sujeta y rodeada á
su persona, por la más incongruente y exótica reunión de broches y
costuras: botones de metal, espinas de pescado, correas de pieles
crudas, pedacitos de madera á guisa de agujetas, y presillas de
alquitranados cordones. Ciñendo su talle llevaba un viejo cinturón de
cuero con hebilla de metal, cuya prenda era la única cosa sólida y sin
soluciones de continuidad de todo cuanto llevaba encima.
--¡Tres años!, exclamé yo. ¿Naufragó Vd. acaso cerca de esta costa?
--No, amigo mío, me -aislaron-[4] aquí.
Yo había oído esa palabra aplicada á una especie de castigo horrible,
muy común entre los piratas, cuya esencia era desembarcar al condenado
en una isla inhabitada, dejándole solamente un fusil y una poca de
pólvora y abandonándolo allí para siempre.
--¡-Aislado- por tres años!, continuó aquel mísero. Tres años mortales
durante los cuales he vivido de cabras monteses, de berzas silvestres y
de ostras de la playa. Yo sé que donde quiera que un hombre se encuentre
colocado, aquel hombre puede ayudarse y valerse por sí mismo. Pero,
amigo, mi corazón ya suspira por alguna comida de cristianos. Tú traerás
allí por casualidad un pedacillo de queso, ¿no es verdad?... ¡Pues
dámelo, anda!... ¿No traes?... ¡Ah! ¡si tú supieras qué noches tan
largas me he pasado aquí, soñando con una tajadilla de queso, con una
tostada, sobre todo! Y luego me despertaba... ¿y qué?... ¡Aquí!...
¡siempre aquí!
--Si Dios quiere que alguna vez pueda yo volver á bordo, le prometo á
Vd. que tendrá queso hasta ahitarse, le repliqué.
Todo el tiempo que había durado nuestro corto diálogo anterior, Ben Gunn
no había cesado de asentar con su mano el paño de mi jubón, de tocarme
suavemente las manos, de contemplar mis botas y, en una palabra, de
manifestar el placer más infantil con la presencia de un semejante suyo.
Pero al oir mis últimas frases se enderezó de repente con cierta especie
de sobresalto.
--Si Dios quiere que puedas volver á bordo, ¿has dicho? Y bien, ¿quién
es el que te lo impide?
--No es Vd., por cierto, le contesté.
--Y dices muy bien en eso, exclamó. Pero antes de pasar adelante, vamos
á ver, ¿cómo te llamas, camarada?
--Jim, le dije.
--Jim, Jim, repetía él con aparente complacencia. Ahora bien, Jim, ya
debo decirte que yo he vivido una vida tan borrascosa que ni aun me
atrevo á contártela, porque te avergonzarías sólo de oirme. ¿Creerás tú,
al escuchar esto, que yo nunca tuve una madre, buena y piadosa, para
dirigirme y velar por mí?
--¡No! no he pensado tal cosa, le respondí.
--¡Ah!, dijo él. ¡Pues sí que la tuve y muy santa y muy piadosa! Yo era
un muchachito paisano, muy bueno y muy aprovechado, que me sabía tan
bien mi catecismo que cuando me soltaba recitándolo, lo repetía, como si
fuera una sola palabra, y sin respirar, desde el principio hasta el fin.
¡Ah! pero aquí va ahora lo que sucedió, Jim. Un día comencé á jugar á
las -canicas- y al hoyuelo; por allí comencé, no te quepa duda. Mi
pobrecita madre me sermoneaba y me decía lo que me iba á suceder, ¡pobre
señora, me acuerdo muy bien! Pero la Providencia me trajo aquí. Yo no he
cesado de pensarlo en todo el tiempo que he estado olvidado en esta
isla desierta y, lo que es ahora, ya me siento bueno otra vez. Ya nadie
me volverá á coger nunca probando el rom... á no ser un dedalito... nada
más que un dedal por accidente, cuando se me presente una ocasión.
Inevitablemente ya, tengo que ser bueno y sé cuál es el camino para
lograrlo, porque, óyeme bien, Jim...--y al decir esto vió en torno suyo
y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo--... ¡soy muy rico!
Al escuchar esto, no me cupo duda sobre que aquel desgraciado se había
vuelto loco en su soledad, y supongo que debo haber dejado conocer mi
pensamiento en mi semblante, porque él se apresuró á repetir
calurosamente:
--¡Rico, rico, sí señor! Yo te diré cómo y haré de tí todo un hombre,
Jim. ¡Ah, muchacho, dale á Dios una y mil veces gracias de que hayas
sido tú la primera criatura humana que se ha encontrado conmigo!
Pero no bien había pronunciado estas palabras su semblante se oscureció
repentinamente, como si se viese asaltado por una idea ingrata; estrechó
mi mano con mayor fuerza entre las suyas y levantó el dedo índice ante
mis ojos con un ademán amenazador diciendo:
--Pero ante todo Jim, dime la verdad... ¿no es ese de allí el buque del
Capitán Flint?
Oyendo esto me vino una inspiración rápida y feliz. Comencé á creer que
lo que yo había encontrado, era un aliado, y en tal concepto me apresuré
á contestarle:
--No, por cierto. Flint ha muerto. Pero si le he de decir á Vd. la
verdad, como Vd. me lo pide, á bordo de esa goleta vienen varios de los
hombres del tal Flint, por desgracia de todos los demás de la partida.
¿No viene un hombre con una sola pierna?, murmuró Ben Gunn.
--¿Silver?, le pregunté.
--¡Ah! ¡Silver!, contestó él. ¡Silver! ¡eso es... ese es su nombre!
--Es el cocinero de á bordo y al mismo tiempo el cabecilla ó director de
esos hombres.
Al llegar aquí, Ben Gunn, que todavía me tenía cogido por la muñeca,
dióme una especie de fuerte sacudida.
--Si tú has sido enviado aquí por John Silver, dijo, yo estoy ya tan
bueno como un cerdo, muy bien lo sé. ¿Pero en qué pensaste tú, muchacho?
Yo había ya formado mi resolución en un instante, así es que, por vía de
respuesta, le conté la historia completa de nuestro viaje y el difícil
predicamento en que nos encontrábamos á aquellas horas. Escuchóme él con
el más profundo interés y cuando hube concluído exclamó dándome una
palmadilla en la cabeza:
--Jim, tú eres un buen muchacho, y tú y los tuyos están en un apuro del
demonio, ¿nó es esto? Pues no tengas cuidado. Ten confianza en mí. Ben
Gunn es el hombre para sacarlos de su varadero. Pero antes dime, ¿crées
tú que tu Caballero resultará ser un hombre bastante liberal para quien
sepa sacarlo del aprieto en que se ve metido?
--¡Oh! en cuanto á eso, el Caballero es el hombre más liberal y generoso
que yo he conocido, le respondí.
--Pero hay que ver bien, dijo Ben Gunn; yo no quiero decir que me
recompensará dándome una covacha de conserje para guardar una puerta; ó
una librea dorada de lacayo, ó cosa por el estilo. ¡Oh, no! Lo que yo
quiero decir es que si me daría, por ejemplo, un buen millar de libras
esterlinas, contantes y sonantes, que es tanto cuanto puede apetecer
para ser dichoso un hombre como yo. ¿Qué dices tú?
--Pues digo que estoy seguro de que sí lo haría, le respondí yo. Tal
como venían las cosas todos los expedicionarios estábamos llamados á
dividirnos la hucha.
--¿Y me dará también un pasaje á Inglaterra?, añadió con una mirada
recelosa y desconfiada.
--¿Pues cómo no?, le dije. El Sr. de Trelawney es un hombre de honor. Y
además de esto, ¿no ve Vd. que si con su auxilio logramos
desembarazarnos de los otros, necesitaríamos de Vd. sin remedio para
ayudarnos á maniobrar el buque?
--¡Ah! ¡pues es verdad!, replicó Ben Gunn. ¡Yo les sería indispensable!
Y con esto pareció como aliviado de un gran peso.
--Ahora, prosiguió, voy á contarte cómo pasaron los sucesos, ni más ni
menos. Yo estaba á bordo del buque de Flint cuando éste sepultó aquí su
tesoro. Él se vino á tierra con seis hombres, grandes, fuertes.
Permanecieron aquí cerca de una semana, y nosotros, entre tanto, allá
afuera... esperando... anclados en el fondeadero, en su viejo buque el
-Walrus-. Un hermoso día, vimos por fin la señal esperada. Flint venía
por sí solo... solo enteramente en su pequeño bote, con su cabeza
vendada con una banda azul... El sol comenzaba á levantarse y él
aparecía pálido... pálido como un muerto junto al tajamar... ¡Pero allí
estaba, eso sí! En cuanto á los otros seis... ¡todos muertos! ¡muertos
y enterrados!... ¿Cómo se arregló para ello? Ninguno de los que íbamos á
bordo pudo averiguarlo nunca, ¿Fué lucha leal, asesinato, sorpresa, que
fué?... ¡Quién sabe! Lo único que sabíamos es que ellos eran seis y él
no era más que uno... ¡uno contra seis! Billy Bones era el piloto del
barco; John Silver era el contramaestre y ambos le preguntaron dónde
quedaba oculto el tesoro.--"¡Ah!, contestó él, si Vds. quieren ir á
averiguarlo pueden irse á tierra y quedarse allí buscando. Lo que es el
barco vuelve á la mar en busca de más, con mil diablos!" Eso fué lo que
él dijo!... Tres años después de aquello me cupo en suerte venir en otro
buque. Cuando vimos la isla yo dije:--"Ea, muchachos; el tesoro del
Capitán Flint está aquí. ¡Vamos bajando á tierra y encontrémoslo!"--El
Capitán se disgustó con esto, pero mis camaradas fueron todos de mi
opinión y bajamos á tierra. Doce días consecutivos buscaron y buscaron
en vano. Creían que yo les había jugado una horrible burla y cada día me
llenaban de nuevos y más duros insultos, hasta que una mañana, ya
cansados y sin esperanzas se volvieron todos á bordo.--"Por lo que hace
á tí Benjamín Gunn, me dijeron al partir, aquí tienes un mosquete, un
pico y una azada: quédate aquí y encuentra para tí solo el tesoro del
Capitán Flint!"... Tres años hace de esto, Jim; tres años que he estado
aquí sin probar un solo platillo de cristianos, hasta hoy!... Pero, dime
ahora... mírame... ¿tengo yo el aspecto de un marinero?... ¡Ya te oigo
murmurar que no!... ¡Ah!, es que yo también lo digo... yo... ¡yo mismo!
Al decir esto me guiñó los ojos y me oprimió la mano fuertemente. Y
luego prosiguió:
--Tú nada más repítele á tu Caballero mis propias palabras, Jim. Díle
esto: "Tres años hace que Ben Gunn es el único habitante de esta isla,
lo mismo á la hora de la luz que en medio de la noche, lo mismo en la
tempestad que en el buen tiempo. Tal vez algunas ocasiones ese
pobre--díle--tal vez ha pensado en su anciana madre, que anciana ha de
ser si vive aún; quizás, á veces, habrá caído de rodillas para decir una
oración. Pero la mayor parte del tiempo de Ben Gunn se ha empleado en
otro asunto." Y al decirle esto le darás un pellizco como este que te
doy aquí.
É hízolo como lo decía, de la manera más confidencial que imaginarse
pueda, prosiguiendo en el acto:
--Pero continuarás al punto y le dirás: "Gunn es un buen chico, no cabe
duda y él -deposita él precioso don- de su confianza, -deposita él
precioso don- de su confianza--no olvides decírselo con esas mismas
palabras--en un Caballero por nacimiento, más que en cualquiera de esos
"-caballeros de la fortuna-" de los cuales él ha sido uno."
--Pero vamos allá, le dije yo; prescindiendo de que no alcanzo á
entender una palabra de todo lo que me ha estado Vd. diciendo aquí,
¿cómo podría yo repetírselo al Caballero si no veo la posibilidad de
volver á bordo?
--¡Ah! allí está la vuelta del cabo! Y bien, aquí está mi bote; mi bote
que yo he fabricado con mis propias manos. Yo lo tengo oculto bajo la
peña blanca. Si sucede lo peor de lo peor, creo debemos intentar esa
travesía después de que oscurezca...
En este punto tuvo que interrumpirse bruscamente, porque aun cuando el
sol tenía todavía una hora ó más que alumbrar hasta ocultarse en el
horizonte, oímos repentinamente, repetido por todos los ecos de la isla,
el trueno imponente de un cañonazo.
--¡Eh! ¿qué es eso?, preguntó Ben Gunn.
--Es que han comenzado á batirse, le contesté. ¡Sígame Vd.!
Y olvidando en aquel punto todos mis terrores precedentes me dí á correr
hacia la rada, en dirección del ancladero, acompañado por el hombre
-aislado- que corría junto á mí velozmente, sobre sus cacles de piel de
cabra, con gran ligereza y facilidad.
--¡Á la izquierda! ¡á la izquierda!, me decía. ¡Cárgate siempre hacia la
izquierda, camarada!, repetía. ¡Quién diría que yo voy aquí bajo los
árboles, contigo! Mira, allí es donde maté mi primera cabra. Ahora ya no
bajan hasta acá; ahora las tienes siempre encaramadas en sus masteleros,
allá entre las jarcias y los motones de sus montañas, todo, no más que
por miedo de Ben Gunn! ¡Ah! mira tú... ¡allí tienes el cementerio! ¿no
ves sus terraplenes?... Cuando por mis cuentas creo que debe ser
domingo, sabes tú,... suelo venir aquí y me arrodillo y rezo. No tiene
esto muchas trazas de capilla, ni siquiera de una pobre ermita, ¿no es
verdad?... pues, mira tú... yo le encuentro no sé qué cosa de solemne y
de imponente. Y luego, ya lo ves, no he tenido las manos muy llenas...
ni una biblia, ni una enseña... y en cuanto á capellán, pues... ni
soñarlo.
Y seguía así, charla y charla mientras corríamos, sin esperar ni recibir
respuesta alguna.
Un rato considerable había trascurrido después del disparo del cañón,
cuando oímos una descarga de armas de menos calibre.
Siguióse otra pausa, y luego, á menos de un cuarto de milla frente á mí,
divisé repentinamente en el aire, flotando sobre las cimas de los
árboles del bosque, la gloriosa bandera de Inglaterra.
[Illustration]
PARTE IV
-LA ESTACADA-
CAPÍTULO XVI
EL DOCTOR PROSIGUE LA NARRACIÓN Y REFIERE CÓMO FUÉ ABANDONADO EL BUQUE
Sería la una y media de la tarde cuando los dos botes de -La Española-
se fueron á tierra. El Capitán, el Caballero y yo estábamos discurriendo
acerca de la situación en nuestra cámara de popa. Si hubiera soplado en
aquellos momentos la brisa más ligera, hubiéramos caído por sorpresa
sobre los seis rebeldes que se nos había dejado á bordo, hubiéramos
levado anclas y salido á alta mar. Pero el viento faltaba de todo punto
y para completar nuestro desamparo, vino muy pronto Hunter á traernos la
nueva de que Hawkins se había metido en uno de los botes y marchádose
con los expedicionarios de la isla.
Jamás nos ocurrió poner en duda la lealtad de Hawkins, pero sí nos
pusimos en alarma por su vida. Con la excitación en que aquellos hombres
se encontraban nos parecía que sólo una casualidad podía hacer que
volviésemos á verle vivo. Corrimos sobre cubierta. El calor era tal que
la brea que unía la juntura de los tablones comenzaba á burbujar,
derritiéndose; el nauseabundo hedor de aquel sitio me ponía
verdaderamente malo, y si alguna vez hombre alguno absorbió por el
olfato los gérmenes de mil enfermedades infecciosas, ese fuí yo, sin
duda, en aquel abominable fondeadero. Los seis sabandijas estaban
sentados á proa, refunfuñando á la sombra de una vela. Hacia la playa
podíamos divisar los botes sujetos á tierra, y á un hombre de los de
Silver, sentado en cada uno de ellos. Uno de aquellos dos conjurados se
divertía silbando el "-Lilibullero-."
Esperar era una locura, así es que decidimos que Hunter y yo iríamos á
tierra en el serení[5] en busca de informes y para explorar el terreno.
Los botes se habían recargado sobre su derecha, pero Hunter y yo remamos
rectos en dirección de la estacada marcada en nuestro mapa. Los
centinelas y guardianes de los esquifes parecieron desconcertarse un
tanto con nuestra aparición. El "-Lilibullero-" cesó de oirse y pude ver
á aquel par de alhajas discutiendo lo que debían hacer. Si se hubieran
marchado para avisar á Silver lo que ocurría, abandonando sus botes, es
claro que las cosas hubieran pasado de muy distinta manera; pero supongo
que tenían sus órdenes y, en consonancia con ellas, decidieron
permanecer tranquilamente en donde estaban y muy luego oímos que la
música de "-Lilibullero-" comenzaba de nuevo.
Había en aquel punto una ligera curva en la costa y yo no perdí tiempo
remando cuan fuertemente pude para ponerla entre los hombres de los
esquifes y nosotros, de tal suerte que antes de que llegásemos á tierra
ya nos habíamos perdido mutuamente de vista. Salté por fin en la playa y
púseme á correr tan de prisa como podía atreverme á hacerlo, desplegando
sobre mi cabeza un gran pañuelo de seda blanco para evitar la insolación
y con un buen par de pistolas, enteramente listas, por precaución,
contra cualquiera sorpresa.
No había recorrido aún cien yardas cuando llegué á la estacada.
He aquí lo que había en ella: una fuente de agua límpida y clara brotaba
casi en la cumbre de la colina; sobre ésta, y encerrando la fuente por
supuesto, se había improvisado una espaciosa cabaña de postes de madera,
arreglada de manera de poder encerrar unas dos veintenas de hombres, en
caso de apuro, y con troneras para mosquetes por todos lados. Al
derredor de esta cabaña habíase limpiado un espacio considerable y, para
completar la obra, se había levantado una empalizada bastante fuerte,
como de seis pies de elevación, sin ninguna puerta ó pasadizo, con
resistencia suficiente para no poderla echar por tierra sino con tiempo
y trabajo, pero bastante abierta para que no pudiera servir de parapeto
á los sitiadores. Los que estuvieran en posesión de la cabaña del centro
podían llamarse dueños del campo y cazar á los de afuera como perdices.
Lo que se necesitaba allí era una vigilancia continua y provisiones,
porque á menos de una completa sorpresa, los sitiados podían sostenerse
muy bien contra un regimiento entero.
En lo que yo me fijé entonces de una manera más particular fué en la
fuente, porque aun cuando en nuestro castillo de popa de -La Española-
teníamos armas y municiones en gran cantidad, y abundancia de víveres y
vinos excelentes, lo cierto es que de una cosa estábamos ya bien
escasos, y era de agua. Estaba yo preocupado con este pensamiento,
cuando de pronto llegó á mis oídos distintamente, desde algún punto de
la isla, el grito supremo de un hombre que se moría. Yo he servido á Su
Alteza Real el Duque de Cumberland y aun fuí herido yo mismo en
Fontenoy, pero en aquel instante mi pulso se detuvo y no pude menos que
verme asaltado por esta idea: "-¡Han matado á Hawkins!-"
Haber sido uno un viejo soldado es ya algo, pero es todavía más haber
sido médico. No tiene uno tiempo para vacilaciones ni cosas inútiles,
así es que en un instante formé mi resolución y sin perder un segundo
regresé á la playa y salté de nuevo á bordo del serení.
Por fortuna Hunter era un remador de fuerza. Hicimos volar á nuestro
botecillo y muy pronto estábamos ya al costado de -La Española-, á cuyo
bordo subimos á toda prisa.
Encontré á todos emocionados, como era natural. El Caballero estaba
sentado, lívido como un papel, lamentando ¡alma de Dios! los peligros á
que nos había traído. Uno de los seis hombres quedados á bordo estaba ya
en mejores condiciones.
--Allí hay un hombre, dijo el Capitán Smollet apuntando hacia él, que es
novicio en la obra de estos malvados. Ha venido aquí, á punto de
desmayarse, en cuanto que oyó aquel grito de muerte. Con otra vuelta de
cabrestante lo tenemos con nosotros, eso es seguro.
Expliqué entonces al Capitán Smollet cuál era mi plan, y entre los dos
arreglamos los detalles de su realización.
Pusimos á nuestro viejo Redruth en la estrecha galería que, como se
recordará, era la única comunicación posible entre la popa y el castillo
de proa, dándole tres ó cuatro mosquetes cargados y poniéndole un
colchón por vía de barricada para protegerle. Hunter trajo el botecillo
de manera de colocarlo precisamente bajo la porta de popa y Joyce y yo
nos pusimos inmediatamente á la obra de cargar en él botes de pólvora,
mosquetes, bultos de bizcochos, galletas, jamón, una damajuana de
-cognac- y mi inestimable estuche de cirujía.
Entre tanto el Caballero y el Capitán permanecían sobre cubierta y el
último de ellos hacía al timonel la siguiente amistosa y cortés
intimación:
--Amigo Hands, aquí nos tiene Vd. á dos personas con dos pistolas cada
una. Si alguno de Vds. seis hace el menor movimiento para acercársenos
puede tenerse por hombre al agua.
Los hombres aquellos deliberaron un corto rato y después de su pequeño
consejo de guerra se fueron dejando caer uno tras de otro, de la
-carroza-, abajo, pensando, sin duda alguna, cogernos por la
retaguardia. Pero en cuanto que se encontraron con Redruth esperándolos,
mosquete en mano, en la estrecha galería de comunicación, volvieron otra
vez á querer recobrar su lugar primitivo á proa, apareciendo sobre
cubierta la cabeza de uno de ellos por una escotilla.
--¡Abajo otra vez, perro pirata!, le gritó el Capitán, ó te vuelo la
tapa de los sesos!
La cabeza aquella se hundió de nuevo como por encanto en la escotilla y
por entonces nada volvimos á oir ni á saber de aquellos miserables.
Mientras esto pasaba, nuestro ligero serení estaba ya tan cargado como
era racional ponerlo. Joyce y yo saltamos por la porta de la popa y
tornamos á remar hacia la playa, tan de prisa como nuestras fuerzas nos
lo permitían.
Este segundo viaje despertó ya de una manera indudable la alarma de los
vigilantes de los esquifes. "-Lilibullero-" fué dado de mano otra vez, y
precisamente antes de perderlos de vista tras del pequeño cabo de la
playa, uno de ellos había ya saltado á tierra y desaparecido
rápidamente. Estuve entonces á punto de cambiar de táctica é irme
derecho á sus botes y destruírselos, pero temí que Silver estuviese por
allí demasiado cerca con los restantes y era en tal caso muy posible que
todo se perdiera por querer hacer demasiado.
Muy pronto llegamos de nuevo á tierra al mismo lugar que en el viaje
precedente. Los tres hicimos el primer trasporte del bote hasta la
cabaña, muy bien cargados, y depositamos allí nuestras armas y
provisiones. Dejamos entonces á Joyce en la palizada, de guardia para
custodiar nuestro depósito, y aunque es verdad que se quedaba solo
enteramente, tenía á su disposición media docena de mosquetes muy bien
preparados. Hunter y yo volvimos otra vez al botecillo, tornamos á
cargar lo más que pudimos y regresamos á la estacada. Así continuamos,
casi sin tomar aliento, hasta que toda la carga puesta en el bote había
sido trasladada á la cabaña en la cual los dos criados tomaron
definitivamente sus posiciones, mientras yo, con todas mis fuerzas,
remaba otra vez en el ya ligero serení hasta llegar de nuevo á -La
Española-.
El arriesgar una segunda cargada era, en realidad, menos atrevido y
peligroso de lo que parecía. Es cierto que ellos tenían la ventaja del
número, pero nosotros teníamos la de las armas. Ninguno de los hombres
que estaban en tierra llevaba un mosquete consigo y así es que, antes de
que hubieran podido acercársenos á tiro de pistola, es seguro que
nosotros hubiéramos dado buena cuenta de ellos.
El Caballero estaba espiándome en la porta de popa, ya restablecidos su
valor y su ánimo. Cogió el cabo de la amarra que yo le arrojé, lo sujetó
arriba y comenzamos á hacer ya un cargamento de verdadera vitalidad para
nosotros, consistente en carne, pólvora y bizcochos, sin añadir más
armas que un mosquete y un sable por cabeza para el Caballero, para mí,
Redruth y el Capitán. El resto de las armas y la pólvora los arrojamos
al agua á dos brazas y media de profundidad, de manera que podíamos
distinguir el limpio acero de los mosquetes brillando con los reflejos
del sol, allá abajo en el fondo limpio y arenoso del ancladero.
Á esta hora la marea comenzaba ya á bajar y el buque empezaba á
columpiarse en torno del ancla. Oímos voces llamándose mutuamente, muy
lejos y muy débiles, allá en dirección de los esquifes, y aun cuando
esto nos tranquilizó por lo que hacía á Joyce y á Hunter que, por lo
visto, quedaban todavía en su posición del Este sin ser molestados, nos
hizo comprender, sin embargo, que nosotros debíamos darnos prisa.
Redruth, entonces, abandonó su trinchera de lana en la galería y se
replegó al bote con nosotros. Dirigido el pequeño serení por el Capitán
Smollet en persona, dimos vuelta al buque y nos vinimos á colocar junto
á la escotilla de proa.
--Ahora, amigos, gritó el Capitán, ¿me oyen Vds.?
Ni una voz respondió sobre cubierta.
--¡Es á tí, Abraham Gray, á quien hablo!...
El mismo silencio anterior.
--¡Gray!, volvió á decir el Capitán en voz más alta aún, en este mismo
momento voy á dejar este buque y como tu Capitán que soy te ordeno que
me sigas. Yo sé que tú eres, en el fondo, un buen muchacho y hasta me
atrevo á decir que ninguno de los seis que están allí es tan malo como
aparenta serlo. Aquí tengo en la mano, mi reloj abierto: te doy treinta
segundos de plazo para que te me reunas.
Hubo un silencio nuevo.
--Ven pronto, muchacho mío, continuó el Capitán: no te detengas tanto en
vacilaciones. Estoy aquí exponiendo mi vida y la de estos excelentes
caballeros cada segundo que pasa.
Oyóse entonces el ruido repentino de una pendencia, el rumor de golpes
cambiados, y en unos cuantos segundos apareció Abraham Gray en la porta,
con una herida de arma blanca en una de sus mejillas, pero corriendo
presuroso á la llamada del Capitán como un perro puede venir al silbido
de su amo.
--¡Estoy con Vd. mi Capitán!, dijo aquel leal chico.
Un instante después, con Gray ya á bordo, habíamos empujado de nuevo
nuestro barquichuelo en dirección á la playa.
Y cierto es que nos encontrábamos ya fuera de la peligrosa goleta, pero
¡ay! aún no nos veíamos en tierra, dentro del recinto de la estacada.
[Illustration]
CAPÍTULO XVII
EL DOCTOR, CONTINUANDO LA NARRACIÓN, DESCRIBE EL ÚLTIMO VIAJE DEL SERENÍ
Este quinto viaje fué ya, sin embargo, bien distinto de los precedentes.
En primer lugar aquella cascarita de nuez en que íbamos estaba demasiado
cargada. Cinco hombres, de los cuales Redruth, el Capitán y Trelawney
eran de más de seis pies de altura, era más de lo que nuestro botecillo
podía racional y cómodamente cargar. Añádase á esto la pólvora, las
armas y las provisiones de boca, y se comprenderá que el serení se
balancease de una manera inquietante, alojando agua de cuando en cuando,
por la popa, á un grado tal, que todavía no habíamos andado cien yardas
y ya una buena parte de mis vestidos estaba mojada hasta no poderse más.
Hízonos el Capitán que aparejásemos el bote compartiendo el peso más
proporcionalmente, lo que nos apresuramos á ejecutar, consiguiendo
equilibrarlo un poco mejor. Pero aun así no dejábamos de sentirnos con
el temor, no del todo infundado, de zozabrar.
En segundo lugar, el reflujo producía, á la sazón, una fuerte corriente
de olas en dirección poniente, atravesando la rada y moviéndose en
seguida hacia el sur, en dirección del mar, por el estrecho que nos
había franqueado el paso en la mañana hasta el ancladero. Las olas, de
por sí, eran ya un peligro para nuestro sobrecargado esquife, pero lo
peor de todo era que la dicha corriente nos arrastraba fuera de nuestra
vía, y lejos del lugar de la playa en que teníamos que desembarcar, tras
de la punta de que ya he hablado. Si permitíamos á la corriente realizar
su obra, el resultado iba á ser que antes de mucho nos encontrásemos en
tierra, es verdad, pero precisamente al lado de los esquifes de los
piratas, que quizás no tardarían mucho en presentarse.
--Me es imposible enderezar el rumbo hacia la estacada, Capitán, dije yo
que iba sentado al timón, en tanto que él y Redruth que estaban de
refresco, llevaban los remos. La marea nos arroja constantemente hacia
abajo; ¿no podrían Vds. remar un poco más fuerte?
--No sin echar el bote á pique, contestó. Sostenga Vd. el gobernalle
inmóvil hasta que vea Vd. que vamos ganando la vía.
Hice lo que se me indicaba y pronto ví que, si bien la marea continuaba
empujándonos hacia el poniente, muy luego logramos que el bote
enderezara la proa al Este siguiendo una línea que marcaba precisamente
un ángulo recto con el camino que debíamos tomar.
--De esta manera no vamos á tocar tierra jamás, dije yo.
--Si no nos queda otro derroterro libre más que éste, no podemos hacer
otra cosa que seguirlo á todo azar, contestó el Capitán. Tenemos que ir
contra la corriente de la bajamar. Ya ve Vd., pues, que si seguíamos
bordeando á sotavento de nuestro desembarcadero era muy difícil decir á
donde íbamos á tocar tierra; esto sin contar con la inmediata
probabilidad de ser abordados por los botes de Silver, en tanto que, por
el camino en que nos hemos puesto, la corriente puede amortiguarse
pronto y entonces ya podremos virar rectamente hacia la playa.
--La corriente ha amainado ya mucho, señor, díjome Gray que iba sentado
hacia proa. Ya puede Vd. hacer que viremos de bordo un poco.
--Gracias, muchacho, le contesté como si nada hubiera sucedido, puesto
que todos habíamos hecho tácitamente la resolución de tratarlo desde
luego como á uno de los nuestros.
De repente el Capitán habló de nuevo y noté que había una perceptible
alteración en su voz.
--¿Y el cañón?, dijo.
--Ya pensaba en eso, le respondí seguro como estaba de que él se refería
á la posibilidad de que se bombardeara nuestro reducto. No crea Vd. que
les sea posible bajar el cañón á tierra, y aun en el supuesto de que lo
consiguieran, jamás podrían hacerlo subir por entre el monte.
--Pues mire Vd. á popa, Doctor, replicó el Capitán.
Volví la cabeza... Lo cierto es que habíamos echado completamente en
olvido nuestra pieza de artillería en la goleta y de allí nuestro horror
cuando oímos que los cinco bandidos estaban muy atareados, despojándola
de lo que ellos llamaban -la chaqueta-, ó sea el abrigo de grueso cáñamo
embreado con que la manteníamos envuelta durante la navegación. No era
esto todo, sino que al punto me acordé que las balas y la pólvora de la
misma pieza habíanse quedado á bordo en un cajón, por lo cual no
necesitaban nuestros enemigos sino dar un golpe con una hachuela para
ser dueños de aquellas terribles municiones de guerra.
Aquel olvido no podía tener más disculpa que la prisa con que nos vimos
precisados á evacuar la embarcación, pero desgraciadamente era
irremediable.
--Israel Hands era el artillero de Flint, dijo Gray con voz ronca.
No me quedaba, pues, otro recurso que, á cualquier riesgo, poner
decididamente proa á tierra. Á esta sazón, por fortuna nuestra, la
corriente quedaba ya tan lejos de nosotros que nos fué fácil seguir
rumbo á la playa por un camino tan recto como nuestra quilla, á pesar
del impulso necesariamente poco vigoroso que los remos imprimían á
nuestro bote. Ya no me fué difícil, pues, gobernar derechamente hacia la
meta. Pero lo muy malo era que en la dirección que íbamos no
presentábamos á -La Española- nuestra popa, sino un costado, ofreciendo
á su tiro un blanco de tal tamaño que parecía imposible que se le errara
puntería.
Érame fácil ver y oir á aquel bribón de Hands con su cara de borracho
consuetudinario, arreglando sobre cubierta un cartucho para el cañón.
--¿Quién es aquí el mejor tirador?, preguntó el Capitán.
--El Sr. de Trelawney, aquí y donde quiera, le contesté.
--Pues bien, Sr. de Trelawney, ¿quiere Vd. hacerme el favor de quitarme
de en medio á uno de aquellos pícaros? Á Hands, de preferencia, si es
posible, dijo el Capitán.
Trelawney estaba frío como el acero; sin decir palabra preparó su arma.
--Ahora, díjonos el Capitán, mucho cuidado. Dispare Vd. su arma sin
hacer movimiento alguno ó de lo contrario nos vamos á pique. ¡Todo el
mundo listo para equilibrar, si el bote zozobra al disparo!
El Caballero levantó su arma y los remos cesaron de hender el agua:
todos nos inclinamos del lado contrario para mantener el equilibrio y
todo fué ejecutado con tal felicidad que no hicimos entrar al bote ni
una sola gota de líquido.
En este instante nuestros enemigos tenían ya su pieza montada y lista, y
Hands, que estaba junto á la boca, con el escobillón en la mano, era el
más expuesto de todos. Sin embargo, no tuvimos fortuna, pues
precisamente en el momento en que, ya seguro de su puntería, disparó
Trelawney, el astuto timonel se encorvó rápido como el pensamiento y la
bala que pasó silbando por encima de él, fué á herir á otro de los
cuatro piratas que cayó al punto.
El grito que este lanzó fué repetido no sólo por sus compañeros de al
lado sino por otras muchas voces desde la playa. Volví la vista en esta
dirección y noté que todos los demás piratas salían de entre los árboles
en aquel momento y se apresuraban á ocupar sus lugares en los esquifes.
--Ahora vienen allí los botes, señores, dije.
--Enfile Vd., pues, recto, gritó el Capitán. Ahora ya no hay miedo de
zozobrar; ¡firme á los remos! Si no podemos llegar á tierra, todo ha
concluído para nosotros.
--No han tripulado más que uno de los botes, Capitán, añadí. Los hombres
del otro van probablemente por tierra á cortarnos el paso.
--El calor es excesivo y la distancia no es tan corta para que lo
consigan fácilmente, replicó el Capitán. Marinos en tierra no son muy
temibles. Lo que me preocupa es el tiro que nos van á largar de á bordo.
¡Rayos y truenos! nuestro flanco es tal que una beata podía pasarnos la
bala por ojo, sin errarnos. Sr. de Trelawney, avísenos Vd. en cuanto vea
encender el estopón, y nosotros remaremos á popa.
En el entretanto habíamos caminado de frente á un paso que era harto
veloz para un esquife tan cargado como nuestro serení, y muy poca agua
por cierto nos había entrado. Ya estábamos á pocas brazas de la orilla;
unas cuantas remadas más y podríamos atracar al fin, porque el reflujo
acababa de descubrir una cinta de arena, abajo de un grupo de árboles de
los de la costa. El esquife que nos daba caza ya no podía, pues,
hacernos daño alguno; el reflujo que tanto nos había detenido á
nosotros, estaba dándonos la compensación deteniendo ahora á nuestros
perseguidores. El único peligro estaba para nosotros en el cañón.
--Si me atreviese, dijo el Capitán, de buena gana haríamos alto para
cazar á otro de esos bandidos.
Era claro, sin embargo, que ellos en todo pensaban menos en dilatar su
tiro por más tiempo. Ni siquiera habían hecho el menor caso de su
camarada caído, que, sin embargo, no estaba muerto sino simplemente
herido y al cual yo miraba, tratando de arrastrarse á un lado.
--¡El estopón!, gritó el Caballero.
--¡Empuje á popa!, gritó el Capitán rápido como un eco.
Él y Redruth dieron en el acto un contraimpulso, pero tan vigoroso que
la popa del serení se hundió toda dentro del agua. En el mismo instante
el cañón tronó, y su detonación fué lo primero que Jim oyó, no habiendo
llegado hasta él, por la distancia, el rumor del disparo de Trelawney.
Por dónde pasó la bala, ninguno de nosotros lo supo precisamente, pero
supongo que debe haber sido por encima de nuestras cabezas y que el
viento de ella debe haber contribuído á nuestro desastre.
Nuestro bote se había hundido por la popa, como he dicho, con la mayor
facilidad, en una profundidad de tres pies de agua, dejándonos al
Capitán y á mí, de pie el uno frente al otro, en tanto que los tres
restantes que se habían inclinado para evitar en lo posible la bala del
pedrero, salían del agua empapados y escurriendo de la cabeza á los
pies.
Con todo y esto el daño no era tan grande. No había perecido ninguno de
nosotros y ya de allí podíamos caminar á pie por el agua, las pocas
brazas que nos separaban de la playa. Lo malo era que nuestras
provisiones estaban en el fondo del esquife y que de los cinco mosquetes
que habíamos puesto en él, sólo dos quedaban secos y servibles: el mío
que yo había cogido de sobre mis rodillas y levantándolo en alto con un
movimiento rápido é instintivo; y el del Capitán que lo llevaba puesto
en bandolera y que, en su calidad de hombre experto, había cuidado su
arma de toda preferencia. Los restantes yacían ya bajo el agua con el
bote.
Como complemento de nuestra tribulación oímos voces que se acercaban
entre el bosque, á lo largo de la playa. Así es que no sólo sentíamos ya
encima el peligro de quedar cortados de nuestro reducto, en aquel estado
de semicatástrofe y derrota, sino que nos aguijoneaba el temor de que,
si Hunter y Joyce se veían atacados por una media docena de hombres, no
tuviesen el valor y el buen sentido de mantenerse firmes á la defensiva.
Hunter era un hombre de firmeza y corazón: esto lo sabíamos bien; pero
en cuanto á Joyce el caso era bien diferente, y bastante dudoso. Joyce
era un lacayo muy agradable, de muy finas maneras, y excelente para
limpiar un par de botas ó cepillar un vestido, pero la verdad es que no
le conocíamos tamaños de hombre de armas tomar.
Todo esto, como llevo dicho, nos aguijoneó para llegar á tierra enjuta
tan pronto como era posible, dejando abandonado á su suerte al pobre
serení que, para desgracia nuestra, había guardado en su fondo algo como
la mitad de nuestra pólvora y provisiones de boca.
[Illustration]
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CAPÍTULO XVIII
EN QUE CUENTA EL DOCTOR CÓMO CONCLUYÓ EL PRIMER DÍA DE PELEA
Una vez en tierra, dímonos toda la prisa que era posible para franquear
la tierra de bosque que nos separaba de nuestro baluarte. Á cada paso
que dábamos, las voces de los piratas que venían por la playa llegaban
más y más distintas á nuestros oídos. Muy pronto ya nos fué fácil
distinguir el rumor de sus precipitados pasos, y el crujido de las ramas
de los arbustos á través de cuyos matorrales se venían abriendo camino.
Comencé á creer entonces que la cosa iba de veras y hasta requerí el
fiador de mi mosquete.
Capitán, dije: el Sr. de Trelawney es el de puntería infalible entre
nosotros; déle Vd. su mosquete, porque el suyo está inutilizado.
Sin responderme cambiaron rápidamente de armas y Trelawney, callado y
frío como había estado desde el principio de la batalla, se detuvo por
un instante para cerciorarse de que el arma estaba en buen estado para
servicio inmediato. En el mismo momento, notando que Gray iba desarmado,
le alargué mi cuchillo. Mucho nos animó el ver á aquel chico escupirse
la mano, remangarse la camisa, empuñar el arma y hacerla zumbar,
blandiéndola por el aire. Era cosa que se veía desde luego que aquel
nuestro nuevo aliado era todo un marino de pelo en pecho.
Á unos cuarenta pasos de aquella rápida detención llegamos al lindero
del bosque y vimos la estacada frente á nosotros. Nos lanzamos á ella,
entrando á su recinto por el lado sur, cuya empalizada salvamos rápidos
como el rayo, y casi en el instante mismo siete de los amotinados, con
Job Ánderson el contramaestre á la cabeza, aparecieron en el lado
Sudoeste lanzando gritos tremendos.
Detuviéronse un momento al llegar allí, como si se sintieran cogidos por
retaguardia, pero antes de que ellos tuvieran tiempo de recobrarse de su
sorpresa, no sólo Trelawney y yo, sino también Hunter y Joyce tuvimos
tiempo de hacer fuego desde el reducto. Los cuatro tiros no sonaron en
una descarga muy simultánea, pero hicieron su efecto, eso sí. Uno de los
enemigos cayó redondo y los restantes, sin vacilar más tiempo, volvieron
la espalda y se parapetaron tras de los árboles.
Después de cargar de nuevo nuestras armas, salimos afuera de la
empalizada para reconocer al enemigo que había caído. Estaba muerto y
muy bien muerto, con el corazón atravesado de parte á parte.
Ya comenzábamos á felicitarnos de nuestra buena suerte cuando en aquel
mismo instante una detonación de pistola se dejó oir en el matorral más
cercano; la bala silbó junto á mi oído y el pobre de Tom Redruth se
tambaleó y cayó en el suelo de largo á largo. Tanto el Caballero como yo
devolvimos el tiro, pero como no teníamos sobre qué hacer puntería,
es muy probable que no hicimos más que desperdiciar nuestra pólvora.
Cargamos otra vez y entonces volvímonos á ver al pobre Tom.
[Illustration: MUERTE DE REDRUTH.]
El Capitán y Gray estaban ya examinándolo, y en cuanto á mí me bastó la
primera ojeada para comprender que aquello no tenía remedio.
Creo que la prontitud con que respondimos á su disparo dispersó á los
rebeldes una vez más, porque aunque estábamos á descubierto ya no se nos
hostilizó mientras nos dábamos trazas de izar al pobre guarda-monte para
pasarlo al recinto de la estacada y trasladarlo, quejándose y
desangrándose, al interior de la cabaña.
¡Pobre viejo! De sus labios no había salido ni una palabra de sorpresa,
queja ó temor, pero ni aun de sentimiento, desde el instante en que
habían comenzado nuestras complicaciones, hasta aquel punto en que le
acostábamos allí, en el centro de nuestro reducto, para que muriera.
Como un troyano verdadero había permanecido vigilante é inmóvil tras de
su colchón en la galería; cuantas órdenes se le habían dado, él las
había obedecido callado, con la docilidad de un perro, y muy bien, por
cierto. Era el de más edad de todos los de nuestro campo, llevando
veinte años, por lo menos, al más viejo; y ahora, aquel anciano criado
taciturno, servicial, estaba allí tendido, próximo al sepulcro.
El Caballero se dejó caer casi junto á él, sobre sus rodillas, y le
besaba la mano, llorando como un chiquillo.
--¿Cree Vd. que me voy, Doctor?, preguntó el moribundo.
--Tom, hijo mío, le contesté, vas á volver á tu verdadera patria.
--Siento mucho, replicó el agonizante, no haber dado antes á esos pillos
una lección con mi mosquete.
--Tom, exclamó á la sazón el Caballero todo conmovido; Tom, dime que me
perdonas, ¿no es verdad que si?
--Señor, fué su respuesta, ¿no crée Vd. que eso parecería una falta de
respeto de mí á Vd.? Pero hágase como Vd. lo pide... sí señor, con toda
mi alma.
Siguióse un silencio no muy largo al cabo del cual murmuró que desearía
que alguien dijese cerca de su cabecera alguna oración, añadiendo en
tono sencillo y como disculpándose de su atrevimiento.
--Créo que esa es la costumbre... ¿no es verdad?
Vino luego una agonía muy corta; y sin pronunciar ninguna otra palabra,
el alma de Redruth partió de este mundo.
Entre tanto el Capitán, cuyas faltriqueras y pecho había yo visto en
extremo abultados durante la travesía, fué sacando de ellos todo un
almacén de objetos: una bandera inglesa, una Biblia, una adujada ó lío
de cuerda bastante fuerte, plumas, tinta, el registro diario de á bordo
y algunas libras de tabaco. Habíase encontrado en nuestro recinto de la
estacada un largo y ya aderezado tronco de abeto que, con la ayuda de
Hunter, levantó y puso en el ángulo de la cabaña en que los troncos se
cruzaban. Acto continuo, subiendo ágilmente sobre el techo del reducto,
colocó con su propia mano é izó en alto la bandera de nuestra patria.
Esta operación pareció como aliviarle de un gran peso. Volvió á entrar
en seguida á la cabaña y como si nada hubiera de particular se puso
tranquilamente á hacer el recuento de nuestras provisiones de guerra y
boca. Pero no dejaba, sin embargo, de mirar con disimulo del lado del
pobre de Tom Redruth que estaba agonizando, y así es que, no bien hubo
éste espirado, cuando se acercó con otra bandera y la desplegó
reverentemente sobre el cadáver. En seguida, sacudiendo virilmente la
mano del Caballero, le dijo:
--No hay que afligirse, señor. Todo temor es vano tratándose del alma de
un leal, que ha sucumbido cumpliendo con su deber para con su Capitán y
con su señor. Sería una ofensa á la Divinidad el creer otra cosa.
Dicho esto me llevó á un lado y me dijo:
--¿Dentro de cuántas semanas esperan Vd. y el Caballero que vendrá el
buque que ha de enviar Blandy?
--No es cuestión de semanas, sino de meses, le contesté. En caso de que
no estemos de vuelta para el fin de Agosto, Blandy mandará buscarnos,
pero ni antes ni después de ese tiempo. Vd. puede calcular por sí mismo.
--Yo lo creo que sí, contestó rascándose la cabeza de un modo muy
significativo. Así es que, no sin dar á la Providencia una -buena
ración- de gracias por todos sus beneficios, debo decir que no por eso
hemos estado menos desafortunados.
--¿Qué quiere Vd. decir con eso?, le pregunté.
--Quiero decir, me respondió, que es una lástima que hayamos perdido
aquel segundo cargamento del botecillo. Por lo que hace á pólvora y
balas, tenemos bastantes; pero, en cuanto á provisiones de boca, estamos
escasos, muy escasos; tan escasos, Doctor, que quizás nos viene muy bien
el tener aquella boca de menos.
Y al decir esto señalaba el cadáver que yacía cubierto con la bandera
inglesa por sudario.
En aquel mismo instante oyóse el trueno y el silbido de una bala de
cañón que pasó rozando el techo de nuestro reducto y fué á enterrarse
entre los árboles del bosque.
--¡Ajá!, dijo el Capitán. ¡Salvas tenemos! Bastante poca pólvora tienen
esos chicos para que la desperdicien así tan locamente.
Otro segundo disparo arrojó su bala con mejor puntería, pues el
proyectil penetró adentro de la estacada, levantando una nube de arena,
pero sin causarnos el menor daño.
--Capitán, dijo el Caballero; me consta que nuestro reducto, de por sí,
es enteramente invisible desde el buque. Creo, por tanto, que es la
bandera la que les está sirviendo para hacer blanco... ¿no cree Vd. que
sería más prudente traerla acá adentro?
--¿Arriar mi pabellón? ¡Jamás!, exclamó el Capitán.
Nosotros fuimos todos inmediatamente de su misma opinión, porque aquello
no sólo tenía un aspecto marcial, marino é imponente, sino que entrañaba
una buena política, cual era la de mostrar á nuestros enemigos que no se
nos daba un ardite de su cañoneo.
Toda la tarde continuaron su fuego. Bala tras de bala venía; las unas
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