volver al mar de nueva cuenta. Díjome que aquella mañana andaba por
allí con objeto de aspirar un poco las brisas salobres del océano.
"Conmovióme profundamente--como Vd. mismo se hubiera conmovido--y
aunque no por mera conmiseración, le contraté sobre la marcha, para
cocinero de nuestra goleta. John Silver es su nombre y tiene una
pierna menos, lo cual es á mis ojos una recomendación, puesto que
la ha perdido en defensa de su patria, bajo las órdenes del
inmortal Hawke. No goza de pensión alguna, Livesey... dígame Vd.
¡en qué tiempos tan abominables vivimos!
"Ahora bien, amigo mío; al principio creí no haber encontrado otra
cosa que un simple cocinero; pero fué, en realidad, toda una
tripulación lo que yo descubrí. Entre Silver y yo hemos conseguido,
en una semana, la más cumplida y característica tripulación que
pudiera apetecerse; no de aspecto grato ni sonriente á la verdad,
sino sujetos, á juzgar por sus caras, del más esforzado é indomable
espíritu. Me atrevo á declarar que podríamos muy bien derrotar á
una fragata de guerra.
"Silver ha llevado su escrupulosidad hasta licenciar á unos dos de
los hombres que yo tenía ya ajustados. Sin gran trabajo me demostró
en un momento oportuno que los aludidos no eran más que unos
lampazos de agua dulce que para nada nos servirían, y que antes
bien nos estorbarían en un caso de apuro.
"Me siento con la más excelente salud y en admirable disposición de
ánimo: cómo como un toro, duermo como un tronco y sin embargo no me
daré punto de tregua ni de reposo hasta que no oiga y vea á mis
viejos lobos marinos maniobrar en torno del cabrestante. ¡Á la mar!
¡pronto á la mar! ¡Á sacar ese tesoro! La locura de las glorias
marítimas se ha apoderado de mi cabeza. Así, pues, Livesey, véngase
volando: si en algo me estima Vd. no pierda ni un minuto.
"Deje Vd. al jovencillo Hawkins que vaya, sin tardanza, á visitar á
su madre, al cargo de mi viejo Redruth, y que ambos se vengan
luego, á toda prisa, para Brístol.
JUAN TRELAWNEY.
"-Postscriptum.---Se me olvidaba decirle que Blandy, á quien dejo
con el encargo de enviar una embarcación en busca nuestra si no
hemos regresado para fines de Agosto, ha encontrado un sujeto
admirable para Capitán de nuestra goleta, un hombre muy serio y muy
estirado--lo cual deploro, de paso--pero en todos los demás
conceptos un verdadero tesoro. Silver, por su lado, nos ha traído
un hombre muy competente para piloto: su nombre es Arrow. Tengo un
contramaestre que silba para la maniobra que es una gloria, así es
que las cosas van á marchar, á bordo de -La Española-, como si
hubiéramos fletado un verdadero buque de guerra.
"Se me pasaba añadir que Silver es un hombre de sustancia: me
consta personalmente que tiene su cuenta en el banco y que sus
gastos nunca han excedido á sus depósitos. Deja á cargo de su
establecimiento á su esposa y como ésta es una mulata, podemos
decirnos aquí, entre solteros como ambos somos, que me parece que
no sólo es la salud sino la mujer lo que hace que Silver quiera
salir otra vez á correr los mares.
J. T.
"-P. P. S.---Hawkins puede quedarse una noche con su madre.
J. T."
Cualquiera se figurará, sin esfuerzo, la emoción que esa carta me
produjo. Estaba medio fuera de mí de júbilo. Pero si hubo alguna vez
hombre despechado sobre la tierra ese era ciertamente el pobre viejo Tom
Redruth que no hacía ni podía hacer más que gruñir y lamentarse.
Cualquiera de los guarda-montes subordinados suyos, se habría cambiado
por él con el mayor placer, pero no eran esos los deseos del Caballero,
y tales deseos eran como leyes entre aquellas buenas gentes. Nadie que
no fuese el viejo Redruth se habría tomado la libertad de murmurar
siquiera como á él le era permitido hacerlo.
Á la mañana siguiente él y yo nos pusimos en marcha, á pie, hacia la
posada del "-Almirante Benbow-," en la cual encontré á mi madre muy bien
de cuerpo y de alma. El Capitán aquel, que por tan largo tiempo había
sido para nosotros causa de tanto disgusto, había ido ya al lugar en
que los perversos cesan de molestar. El Caballero había hecho reparar
todos los estragos á sus expensas, y tanto los salones de la parte
pública de la casa como la enseña de la posada, habían sido pintados de
nuevo, habiéndose añadido algunos muebles de que antes carecíamos, entre
ellos, principalmente, una muy cómoda silla de brazos para mi madre tras
del mostrador. Al mismo tiempo le había buscado un muchachuelo, como de
mi edad, en calidad de aprendiz, con el cual mi madre no necesitaba de
más servidumbre durante mi ausencia.
Al ver á este rapaz fué cuando comprendí por completo mi verdadera
situación. Hasta aquel momento me había fijado tan sólo en las aventuras
que me esperaban, pero no en el hogar que dejaba tras de mí. Así fué
que, allí, en la presencia de aquel palurdo extraño, que iba á quedarse
en mi lugar, al lado de mi madre, tuve irremediablemente mi primer
ataque de lágrimas. Me sospecho que aquel día hice rabiar más de lo
conveniente á aquel pobre chico que, siendo nuevo en el oficio, me
ofreció mil oportunidades que yo aproveché para corregirle lo que hacía
y para humillarlo cuanto pude.
Pasó la noche, y al día siguiente, después de la comida, Redruth y yo
salimos, de nuevo á pie, por el camino real. Dije adiós muy conmovido á
mi madre, á la caleta en que había vivido desde que nací, á aquel viejo
y querido "-Almirante Benbow-" que, sin embargo, me parecía menos
querido desde el instante en que ya lo había tocado la mano profana del
pintor. Una de las últimas cosas en que pensé fué en el Capitán que tan
frecuentemente salía á vagar á lo largo de la playa con su sombrero
volándole sobre la espalda, con su gran cuchilla colgada bajo la blusa
y su enorme anteojo de larga vista bajo el brazo. Un instante después,
ya habíamos volteado tras el ángulo de las rocas, y mi hogar y sus
contornos habían desaparecido.
La tartana del correo nos recogió, al oscurecer, en el -Royal George-
hacia el brezal. Se me incrustó en el coche aquel entre un viejo gordo y
mi amigo Redruth, y á pesar del desapacible movimiento y del aire frío
de la noche, debo haber cabeceado bonitamente desde un principio, y en
seguida entregándome á un sueño de lirón, lo mismo de subida que de
bajada, y estación tras de estación, porque cuando concluí por
despertar, lo hice gracias á una insinuación poco amable que sentí por
el costado. Abrí entonces los ojos y me encontré con que nos acabábamos
de detener frente á un grande edificio en la calle de una ciudad y que
era ya perfectamente de día, desde hacía mucho tiempo.
--¿En dónde estamos?, pregunté.
--En Brístol, dijo Tom, bájate ya.
El Sr. Trelawney había sentado sus reales en una posada cerca de los
muelles, para vigilar por sí mismo los trabajos en la goleta. Para ella
teníamos que enderezar nuestro rumbo inmediatamente y, con gran
contentamiento mío, nuestro camino iba á lo largo de todos los muelles
y, por consiguiente, al lado de una verdadera multitud de barcos de
todos tamaños, de todas nacionalidades y de todos los aparejos
imaginables.
En uno, los marineros cantaban alegremente mientras trabajaban: en otro
se veían hombres suspensos allá muy arriba, sobre mi cabeza, asidos
solamente de cuerdas que no parecían más gruesas que las hebras de una
telaraña. Aunque toda mi vida la había yo pasado en la playa, me
parecía que hasta entonces era cuando conocía el mar verdaderamente. El
olor penetrante del alquitrán y la sal eran para mí una novedad. Veía
las más extrañas y maravillosas cabezas que jamás han cruzado sobre el
océano. Veía, además, muchos viejos marinos con arracadas en las orejas
y con sus patillas rizadas en bucles; y los más ostentando sus embreadas
coletas sobre la espalda, y marchando todos ellos con ese paso cimbrador
propio de los marineros. Puede creérseme que si hubiera visto otros
tantos reyes ó arzobispos juntos no me hubiera deleitado más de lo que
lo estaba en aquellos momentos.
¡Y yo... yo mismo iba también á hacerme á la mar; iba á penetrar á una
goleta con su contramaestre mandando la maniobra con su silbato, con sus
marinos de trenza, cantando al compás de las ondas; y todos navegando en
pos de una isla desconocida, en busca de tesoros enterrados!
Todavía iba yo gozando con este ensueño delicioso cuando de repente nos
detuvimos frente á una gran posada y nos encontramos con el caballero
Trelawney, ya muy vestido y aderezado como un oficial de á bordo, con un
traje de grueso paño azul, saliendo, á la sazón, á la puerta de la
posada, con una expresión sonriente en todo su semblante, y con una
perfecta imitación del andar contoneado de un marinero.
--¡Vamos! ya están aquí Vds., dijo. El Doctor ha llegado anoche de
Londres. ¡Bravísimo! ¡La compañía de nuestro buque está completa!
--¡Oh! señor, exclamé yo, ¿y cuándo zarpamos?
--¿Zarpar?, me contestó, ¡mañana sin falta!
[Illustration]
CAPÍTULO VIII
LA TABERNA DE "EL VIGÍA."
En cuanto que hube almorzado, el Caballero me dió una carta dirigida á
John Silver, á su taberna de "El Vigía" y me dijo que me sería muy fácil
encontrarla, siguiendo la línea de los muelles y estando alerta para
cuando viese una pequeña taberna con un anteojo marino de larga vista,
por enseña. Lancéme afuera sin dilación todo alborozado con esta nueva
oportunidad que se me presentaba de observar más atentamente y más de
cerca todos aquellos buques y marineros, y tomé mi derrotero, en
consecuencia, por enmedio de una verdadera masa de gentes, carromatos y
bultos de mercancías, por ser aquella la hora de mayor quehacer y
tráfico en los muelles, hasta que dí, al fin, con la taberna en
cuestión.
Era ella, á la verdad, un sitio de solaz bastante aceptable. La enseña
estaba recién pintada; las ventanas tenían flamantes cortinas rojas y
los pisos aparecían cuidadosamente enarenados. El establecimiento hacía
esquina, teniendo una puerta para cada calle, abierta de par en par, lo
que hacía que el salón bajo tuviese bastante aire y luz, á despecho de
las nubes de humo de tabaco que salían de las bocas de los parroquianos.
Eran estos, en su mayor parte, de la marinería del puerto y hablaban en
voz tan alta que, al llegar, no pude menos que detenerme á la puerta,
vacilante y casi atemorizado de entrar.
Estaba yo en espera del patrón, cuando un hombre salió de un cuarto de
al lado del salón, y á la primera ojeada tuve la seguridad de que aquel
no era otro que John Silver. Su pierna izquierda había sido amputada
desde la cadera, y bajo el brazo izquierdo se apoyaba en una muleta que
manejaba con la más increíble destreza, saltando sobre ella con la
agilidad de un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara tan grande
como un jamón, rasurada y pálida, pero inteligente y risueña. No cabía
duda en que estaba, á la sazón, del mejor humor del mundo, silbando
alegremente mientras pasaba por entre las mesas, y soltando, á cada
paso, una broma graciosa ó dando una palmadilla familiar sobre el hombro
á cada uno de sus parroquianos favoritos.
Ahora bien, si he de decir la verdad, confesaré que, desde la primera
mención que el Caballero hacía en su carta, de John Silver, comencé á
temer interiormente que este no fuese otro que el "marinero de una sola
pierna" por cuya temida aparición vigilé tanto tiempo en el "-Almirante
Benbow-." Pero me bastó la primera ojeada que eché sobre él para
desvanecer mis temores. Yo había visto bien al Capitán, y á Black Dog, y
al ciego Pew y creí que ya con eso me bastaba para saber lo que era ó
debía ser un filibustero, es decir una criatura, según yo, bien distinta
de aquel aseado, sonriente y bien humorado amo de casa.
Todo mi valor me vino inmediatamente; pasé el vestíbulo y me dirijí sin
rodeos al hombre aquel, en el lugar mismo en que estaba en aquel
momento, recargado en su muleta y conversando con un parroquiano.
--¿El Sr. Silver?, pregunté tendiéndole la carta.
--Yo soy, chiquillo; ese es mi nombre á lo que parece. ¿Y tú quién eres?
Y luego como viese la escritura del Caballero en el sobre de la carta,
me pareció como que contenía mal un sobresalto involuntario.
--¡Oh!, díjome en voz muy alta y ofreciéndome su mano, ahora comprendo,
tú eres el pajecillo de cámara de la goleta, ¿no es verdad? Mucho gusto
tengo de verte.
Y diciendo esto tomó la mía en su larga y poderosa mano.
Precisamente en aquel momento uno de los parroquianos que estaban en el
lado más retirado, se levantó repentinamente y se precipitó fuera de la
puerta que tenía muy cerca de sí, lo cual le permitió ganar la calle en
un instante. Pero su precipitación me hizo fijarme en él y le reconocí á
la primera ojeada. Era aquel mismo hombre de cara enjuta, á quien
faltaban dos dedos en una mano y que fué una vez al "-Almirante
Benbow-."
--¡Oh! grité yo, ¡deténganlo! ¡ese es Black Dog!
--No me importa mucho quien pueda ser, exclamó Silver, pero no ha pagado
su cuenta. ¡Harry, corre y atrápalo!
Uno de los otros que estaban cerca de la puerta se puso en pie de un
salto y se precipitó afuera en persecución del fugitivo.
--¡Oh! yo le haré que pague su consumo, así fuera el mismo Almirante
Hawke en cuerpo y alma.
En seguida añadió soltándome la mano:
--¿Quién dices tú que es ese?... -Black-... ¿qué?
--Black Dog, señor, le contesté. ¿No le ha contado á Vd. el Sr.
Trelawney lo de los filibusteros? Pues este era uno de ellos.
--¡Es posible!, exclamó Silver. ¡Y semejante hombre en mi casa! Mira tú,
Ben, corre y ayuda á Harry á perseguir á ese. ¿Con que él era uno de
esos pillastres, eh? Hola, tú, Morgan, vén aquí, ¿estabas tú bebiendo
con ese hombre?
El interpelado que era un viejo bastante cano y con cara color de caoba,
se acercó con un continente bastante marino, contoneándose á babor y á
estribor.
--Veamos, dijo John Silver, con bastante rigidez, ¿no has visto tú antes
de ahora á ese Black... Black Dog? ¡Dí pronto!
--Yo no, señor, contestó Morgan con una reverencia.
--¿Tú no sabías cómo se llamaba, eh?
--No señor.
--¡Rayos y truenos! Tom Morgan; dále gracias á Dios por ello, exclamó el
irritado tabernero, porque si yo averiguo que te andas mezclando con
canallas de esa ralea, te prometo, por quien soy, que no vuelves á poner
un pie en mi casa, entiéndelo bien. ¿Y que te estaba platicando?
--La verdad no lo sé, no puse cuidado.
--¡Es creíble! y luego dirán Vds. que tienen la cabeza sobre los
hombros! ¿no es éste un bendito que nada ve? ¿Con que no lo sabes? ¿con
que no pusiste cuidado? tal vez ni supiste con quién estabas hablando,
¿no es verdad? ni qué es lo que decía, eh? Vamos, haz por acordarte,
¿qué es lo que charlaba, ¿viajes? ¿capitanes? ¿buques?... vamos, ¿qué
era?
--Yo creo que estábamos hablando de estirar la quilla.
--Con que de estirarla, ¿eh? ¡Grande asunto por cierto! Es muy posible,
sí...! ¡Anda, vuélvete á tu lugar, haragán!
Mientras Morgan se volvía á su asiento, Silver murmuró casi á mi oído,
en un tono muy confidencial, que me pareció en extremo halagador para
mí:
--Ese pobre Tom Morgan es todo un hombre honrado; solamente tiene la
desdicha de ser estúpido.
Y luego levantando la voz de nuevo, prosiguió.
--Con que veamos,... ¿Black Dog?... pues no, no conozco ese nombre, no
por cierto. Sin embargo, tengo cierta idea... sí, yo creo haber visto ya
antes á ese -agua-dulce- por aquí. Entiendo que solía venir antes en
compañía de un mendigo ciego.
--Por supuesto, le dije yo con seguridad; puede Vd. creerlo. Yo conocí
también á ese ciego. Se llamaba Pew.
--¡Es verdad! exclamó Silver, en extremo excitado ya, ¡Pew! ese era su
nombre, á no caber duda. ¡Ah! parecía un tiburón completo, de veras que
sí! Así, si ahora cogemos á este Black Dog, ya tendremos noticias que
enviar á nuestro buen Patrón el Caballero Trelawney. Ben es un buen
galgo; creo que pocos marineros tendrán piernas más ligeras que él.
¡Rayos y truenos! yo creo que debería acogotarlo y traérnoslo aquí bien
agarrotado. ¿Con que estaba hablando de estirar la quilla, eh? ¡No le
daré yo mal tirón de quilla al belitre si me lo traen!
Todo el tiempo que gastó en disparar esa andanaba de amenazas, no cesó
de recorrer el salón de un lado al otro, brincando agitadamente sobre
su muleta, golpeando con la mano sobre las mesas y manifestando una
excitación tal que hubiera bastado para convencer al juez más ducho y
para hacer caer en el garlito al más avisado. Mis sospechas se habían de
nuevo despertado con gran fuerza al encontrarme con el Black Dog en la
taberna misma de "El Vigía," por lo cual me propuse tener la mirada
atenta sobre el cocinero de -La Española- y espiar sus menores
movimientos. Pero aquel hombre era demasiado vivo, y demasiado zorro, y
sobradamente astuto para mí; y así es que pronto me distraje con la
vuelta de los dos sabuesos soltados en persecución de Black Dog, los
cuales llegaban sin aliento confesando que habían perdido el rastro de
su presa en una apretura de gentes y que se habían visto regañados como
si fueran ladrones. En aquellos momentos habría yo puesto mi cabeza
fiando la inocencia de John Silver.
--Mira tú no más, ahora, Hawkins, dijo este, aquí tienes, un compromiso
para un hombre como yo. ¿Qué va á pensar de mí el Caballero Trelawney?
¡Tener yo, aquí, en mi misma casa, á ese hijo de un demonio, bebiendo mi
propio rom! No más, ven y díme si no es diablura; y aquí mismo, á mis
propios ojos le dejamos todos que tome las de Villadiego! ¡Rayos y
truenos! Yo creo, muchachito, que tú me harás justicia con el Capitán.
Tú eres un chicuelo todavía, pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí
en cuanto que te puse el ojo encima. La cosa es esta: ¿qué puedo yo
hacer con esta vieja muleta que es mi apoyo? Cuando yo comenzaba apenas
mi carrera de marinero, ya habría sabido yo traerme á ese -agua dulce-
por delante, mano sobre mano, y doblegarlo en una lucha, cuerpo á
cuerpo. Sí, entonces lo habría hecho, pero ahora, ¡rayos y truenos...!
En aquel punto cesó de hablar repentinamente, se quedó con la quijada
inmóvil y suspensa como si se hubiera acordado de algo.
--¡La cuenta!, prorrumpió al fin; ¡tres pases de rom! ¡mil carronadas!
¡pues no había yo olvidado ya la cuenta!
Y dejándose caer en un banco, al decir esto, prorrumpió en una risotada
tan sostenida que las lágrimas concluyeron por rodar sobre su rostro. No
pude impedirme el imitarle, así fué que reímos juntos, una carcajada
tras de otra hasta que la taberna resonó con los ecos de nuestras
risotadas.
--¡Vamos! ¡pues bonita foca soy yo!, dijo al fin, enjugándose las
mejillas; tú y yo haremos buenas migas, Hawkins, pues á permitírmelo el
diablo cree tú que yo no sería más que pajecillo de á bordo, como tú.
Pero ahora, ¡que le vamos á hacer! ya no es tiempo para pensar patrañas.
El deber es lo primero, camarada, así es que voy á ponerme en seguida mi
viejo sombrero montado y marchar sin pérdida de tiempo contigo á ver al
Caballero Trelawney y á contarle lo que aquí ha pasado. Porque,
acuérdate de lo que te digo, Hawkins, esto es serio, tan serio que ni tú
ni yo saldremos de ello con lo que pomposamente llamaré crédito. Ni tú
tampoco, dije... ¡vaya con el tonto! Los dos estamos ahora tontos de
capirote. Pero ¡voto á San Jorge, aquel sí que supo hacerla con mi
cuenta!
Y diciendo esto, comenzó á reir de nuevo con todas sus ganas y con tal
fuerza comunicativa que, por más que yo no encontraba ni sentido, ni
maldita sea la gracia á lo que acababa de decir, me ví arrastrado de
nuevo á acompañarle en su estrepitosa carcajada.
En nuestra pequeña excursión á lo largo de los muelles se manifestó
conmigo el más servicial é interesante compañero, explicándome cerca de
cada uno de los principales buques junto á los cuales pasábamos todo lo
relativo á su aparejo, capacidad, nación, obras que en ellos se
ejecutaban, si el uno estaba á la carga y el otro á la descarga, si el
de más allá estaba listo para zarpar y á cada paso entreverando
divertidas anécdotas, de navíos y navegantes, ó repitiéndome las frases
del tecnicismo de á bordo hasta que yo las aprendía perfectamente.
Entonces comencé á creer que aquel hombre era positivamente uno de los
mejores marinos posibles.
Cuando llegamos á la posada el Caballero y el Doctor Livesey estaban
sentados juntos concluyendo alegremente de apurar una botella de cerveza
con su brindis correspondiente, antes de que se pusieran en marcha para
ir á hacer á -La Española- una visita de inspección.
John Silver les refirió lo que acababa de suceder, del -pe- al -pa-, con
una verba llena de animación y conservando la más perfecta verdad en su
relato.
--Eso fué lo que sucedió, ¿no es verdad Hawkins? se interrumpía de vez
en cuando, á cuya interpelación, por supuesto, tenía yo que contestar
afirmativamente.
Los dos caballeros deploraron mucho que Black Dog se hubiese escapado,
pero todos tuvimos que convenir en que nada podía hacerse, por lo cual,
después de haber recibido cordiales cumplimientos, John Silver tomó su
muleta de nuevo y se marchó á su taberna.
--Todo el mundo á bordo, esta tarde á las cuatro, le gritó el Caballero,
cuando ya él iba alejándose.
--¡Bravo, bravo, bravo! clamó el cocinero con entusiasmo y siguiendo su
camino.
--Oigame Vd., Sr. Trelawney, dijo el Doctor, por regla general yo no
tengo una gran fe en los descubrimientos de Vd., mas por lo que hace á
este John Silver debo confesarle que me satisface por completo.
--Un hombre como él es "triunfo" en mano, declaró el Caballero.
--Y ahora, añadió el Doctor, opino que Jim debe venir con nosotros á
bordo, ¿no le parece á Vd.?
--Estoy de acuerdo, replicó el Sr. Trelawney. Toma tu sombrero, Hawkins,
y vamos á ver ese famoso buque.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO IX
PÓLVORA Y ARMAS
-La Española- estaba á una distancia considerable y nosotros hicimos
nuestro camino entre las elaboradas y elegantes proas de unos buques y
las popas de otros, cuyo cordaje y vergas, unas veces se liaban y yacían
bajo nuestros pies, otras se balanceaban galanamente sobre nuestras
cabezas. Por último llegamos á nuestro barco en el cual nos recibió, en
cuanto saltamos á bordo, el piloto, Sr. Arrow, un viejo marino de faz
morena con arracadas en sus orejas y que, por desdicha, tenía los ojos
torcidos. El Caballero y él parecían congeniar bastante y llevarse en
muy buenos términos, pero no tardé en observar que no acontecía lo mismo
tratándose de las relaciones del mismo Sr. de Trelawney con el Capitán
de -La Española-.
Este último era un hombre de aspecto severo que parecía disgustado con
todo, á bordo de nuestra goleta, y pronto iba á decirnos por qué, pues
no bien habíamos entrado al salón principal, cuando un marinero vino
tras de nosotros y dijo:
--Caballero: el Capitán Smollet desea hablar con Vd.
--Siempre estoy á las órdenes del Capitán, contestó el Caballero. Hágale
Vd. pasar adelante.
El Capitán que estaba muy cerca de su mensajero entró en el acto y cerró
la puerta tras de sí.
--Ahora bien, Capitán Smollet, ¿qué es lo que Vd. tiene que decirnos?
Supongo que todo aquí marcha y está arreglado como entre buenos
navegantes y verdadera gente de mar.
--Vea Vd., señor, contestó el Capitán, creo que hablar sin rodeos es
siempre lo más práctico, aun á riesgo de parecer que se ofende. Hé aquí
mi opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me
gusta mi segundo á bordo: esto es hablar claro y en plata.
--Tal vez, señor mío, ¿tampoco le gusta á Vd. el buque?, añadió el
Caballero, bastante molesto, á lo que me pareció.
--En cuanto á eso nada puedo decir, puesto que no lo he visto moverse
aún. Á la simple vista me parece un velero muy hermoso: más no puedo
decir.
--Es también muy posible que le disguste á Vd. el Patrón, recalcó el
Caballero.
En este punto el Doctor Livesey creyó oportuno intervenir diciendo:
--Un momento, señores, un momento, si Vds. gustan. Esas preguntas no
conducen á nada más que á creer una mala voluntad perjudicial. Yo creo
que el Capitán, ó ha dicho demasiado ó ha dicho muy poco, y me creo en
el deber de requerirle para que nos explique sus palabras. Ha dicho Vd.
para comenzar, que no le gusta este viaje. Veamos... ¿por qué?
--Se me ha contratado, señor, por el sistema de lo que llamamos nosotros
"pliego cerrado." Se me ha requerido simplemente para gobernar un navío,
llevándolo al punto y rumbo que me designase el contratante. Hasta allí
todo estaba bueno. Pero ahora me encuentro con que todos y cada uno de
los hombres de la tripulación, saben mucho más que yo acerca de nuestro
viaje. Yo no puedo calificar esto de recto ni de natural; ¿tengo razón?
--Sí, sí la tiene Vd., dijo el Doctor.
--En seguida he sabido, por mis propios marinos, que vamos en busca de
un tesoro--no olvide Vd. que son ellos los que me lo hacen saber. Ahora
bien, eso de tesoro es cosa que tiene sus peligros. Á mí no me gustan
viajes de tesoros por ningún motivo, más cuando son secretos, y sobre
todo--perdóneme el Sr. Trelawney--cuando el tal secreto ha sido confiado
al loro.
--¿Al loro de Silver?, preguntó el Caballero.
--He hablado en sentido figurado. Quiero decir que ha sido divulgado. Yo
tengo la creencia de que ninguno de Vds., caballeros, sabe bien en lo
que se ha metido. Les diré, pues, mí opinión lisa y llana: este es
asunto de vida ó muerte y un albur positivamente delicado.
--Así lo veo yo, dijo el Doctor, y me parece que es tan claro como
cierto. Estamos á las contingencias, aunque no nos encontramos tan en
tinieblas como Vd. lo supone. Pero añadió Vd. también que no le gusta la
tripulación, ¿cree Vd. que los nuestros no son verdaderos marinos?
--No me agradan, señor, insistió el Capitán Smollet. Me parece que se me
debió haber dejado elegir mis hombres, yendo á una expedición como la
que vamos.
--Quizás tenga Vd. razón, replicó el Doctor. Tal vez hubiera sido mejor
que mi amigo hubiera hecho su elección de acuerdo con Vd. Pero puede
creer que la falta, si la hubo, fué enteramente involuntaria. Por
último, dijo Vd. que tampoco le gusta su segundo el Sr. Arrow.
--Así es, señor. Yo creo que es un buen marino, pero se roza demasiado
familiarmente con la tripulación para ser un buen oficial. Un piloto
debe siempre darse á respetar, y no permitirse brindar, como éste, en
compañía íntima, con los marineros.
--¿Quiere Vd. decir que el hombre bebe?, exclamó el Caballero.
--No señor; solamente que mantiene una intimidad sobrado inconveniente
con los hombres de la tripulación.
--Está bien, pues, Capitán, dijo el Doctor; pero si hemos de zanjar
dificultades, díganos Vd. lo que desea.
--Bien, señores; ¿están Vds. determinados á llevar á cabo esta
expedición?
--Contra viento y marea, respondió el Caballero.
--Muy bien, dijo el Capitán. Pero supuesto que ya han tenido Vds. la
paciencia de oirme cosas que no me era dable probar, escuchen algunas
palabras más. Se está colocando la pólvora y las armas en las bodegas de
proa: ¿por qué no ponerlas en un lugar muy á propósito que hay aquí,
precisamente debajo del salón? Primer punto. Ahora, segundo: Vds. traen
cuatro personas de su propia servidumbre que, según he oído, van á tener
sus dormitorios á proa, con los demás hombres ¿por qué no darles los
camarotes que hay aquí al lado de la cámara de popa?
--¿Hay algo más?, preguntó el Sr. Trelawney.
--Sí, hay todavía otra exigencia, continuó el Capitán. Por desgracia ya
se ha charlado y divulgado mucho sobre la expedición.
--Sí, demasiado, apoyó el Doctor.
--Diré á Vds. lo que yo mismo he oído, siguió el Capitán: dicen que Vds.
poseen un mapa de cierta isla en el cual hay cruces rojas que marcan el
lugar exacto en que esas riquezas están enterradas; añaden que la isla
está... (y aquí nombró la longitud y latitud de ella con toda
exactitud).
--Jamás he dicho yo tal cosa, exclamó el Caballero.
--El hecho es que los hombres lo saben, replicó el Capitán.
--Livesey, tal vez alguna indiscreción de Vd.; ó tal vez tú, Hawkins,
exclamó el Sr. Trelawney.
--No hace mucho al caso el averiguar quién haya sido el indiscreto,
replicó el Doctor.
Por mi parte, me fué fácil notar que ni él ni el Capitán daban mucho
peso á las afirmaciones y protestas del Sr. Trelawney, sin que yo mismo
dejara de pensar como ellos, pues me constaba que el Caballero era un
charlador incorregible. Sin embargo, en esta ocasión, decía la pura
verdad, según creo, y era un hecho que ninguno había revelado la
posición geográfica de la isla.
--En hora buena, caballeros, continuó el Capitán; yo no sé en manos de
quién está ese mapa, pero pongo por condición estricta que se le
mantenga de todo punto secreto y oculto aun de mí mismo y de mi segundo
el Sr. Arrow, ó de no ser así, renuncio mi puesto en este mismo
instante.
--Entiendo, dijo el Doctor; lo que Vd. quiere es que el objeto real se
mantenga tan velado como sea posible y que, entre tanto, convirtamos la
popa en una especie de fortificación, guardada por nuestros propios
hombres y provista con toda la pólvora y armas de que podamos disponer á
bordo. En otras palabras, teme Vd. una rebelión.
--Caballero, dijo gravemente el Capitán Smollet, protestando que no es
mi intención el lastimar á Vd., permítame negarle el derecho de poner en
mis labios palabras que yo no he pronunciado. No existe capitán alguno
que pudiera juzgarse autorizado para hacerse á la mar, si tuviese las
pruebas necesarias para decir lo que Vd. me ha supuesto. Por lo que hace
al Piloto, lo creo de todo punto honrado; algunos de nuestros
tripulantes lo son también sin duda, y quizás lo sean todos, por lo que
se ve. Pero Vds. se servirán tener en cuenta que sobre mí pesa la doble
responsabilidad de la seguridad de la embarcación y de la vida de cada
hombre que nuestra goleta lleva á bordo. Me ha parecido que las cosas no
iban por un camino muy derecho y he juzgado prudente el pedir á Vds. que
se tomaran ciertas precauciones: eso es cuanto tengo que decir.
--Capitán Smollet, comenzó á decir el Doctor con cierta sonrisa en los
labios, ¿ha oído Vd. hablar alguna vez de cierta fábula de la montaña y
el ratón? Le pido á Vd. mil perdones, pero la verdad es que me ha traído
Vd. á la memoria la tal fábula. Cuando Vd. penetró aquí, apuesto mi
peluca á que Vd. pensaba más de lo que confiesa.
--Doctor, es Vd. muy listo, respondió el Capitán; cuando entré aquí
pensé que se me iba á separar del buque. No me imaginé que el Sr. de
Trelawney hubiese oído una sola palabra de cuanto he dicho.
--Y no iba Vd. muy descaminado, exclamó el Caballero. Á no ser por la
oportuna mediación de Livesey yo le hubiera enviado á Vd. al diantre.
Pero por ahora ya le he escuchado y se hará todo lo que Vd. quiere; mas
eso no me impide el creer que está Vd. equivocado en este asunto.
--En cuanto á eso crea Vd. lo que guste, dijo el Capitán. Vd. verá en
todo caso, que cumplo con mi deber.
Dicho esto saludó y salió sin decir más.
--Trelawney, dijo el Doctor, contra todo lo que yo me figuraba, veo que
Vd. se ha dado trazas de traer á bordo dos hombres honrados: el Capitán
Smollet y John Silver.
--Silver, si Vd. lo quiere, gritó el Caballero. En cuanto á este
intolerable trampantojo, declaro que su conducta no me parece digna ni
de hombre, ni de marino, ni mucho menos de inglés.
--Está bien, dijo el Doctor, ya lo veremos.
Cuando subimos sobre cubierta ya los hombres habían comenzado á cambiar
de lugar las armas y la pólvora, canturriando mientras trabajaban, en
tanto que el Capitán y el Piloto inspeccionaban el traslado.
El nuevo orden de cosas era de todo mi gusto. Todo el arreglo primitivo
del buque había sido cambiado. Se habían hecho seis lechos-literas en el
castillo de popa, tras de lo que constituía la parte posterior del salón
principal, siendo accesible esta sección de camarotes, para la galera y
castillo de proa, únicamente por un estrecho pasadizo á babor. Se había
dispuesto, al principio, que el Capitán, el Piloto, Hunter, Joyce, el
Doctor y el Caballero ocupasen esos seis camarotes. Ahora se convino en
que Redruth y yo tomásemos dos de ellos y que el Sr. Arrow y el Capitán
durmiesen sobre cubierta en lo que se llama en náutica -la carroza-, la
cual había sido ensanchada de un lado y otro hasta ponerla en estado de
casi poder llamarle -la toldilla-. Era ésta bien baja, ciertamente, pero
no tanto que no permitiese colgar con comodidad un par de hamacas, y aun
creo que el Piloto pareció muy contento con el arreglo, aunque él,
quizás, no estaba muy seguro de la tripulación. Empero esto no pasa de
simple conjetura, pues como se verá muy pronto, no tuvimos por largo
tiempo el beneficio de sus opiniones.
Estábamos todos trabajando rudamente en el cambio de la pólvora y armas
y en el arreglo de las literas y camarotes cuando los últimos dos
tripulantes y John Silver con ellos llegaron en un botecito costanero.
El cocinero saltó á bordo con la ligereza de un mono y no bien hubo
visto lo que estábamos haciendo, exclamó:
--Hola muchachos, ¿de qué se trata?
--Cambiando las municiones y las armas, ya lo ve Vd., respondió un
marinero.
-¿Por qué, con mil diablos?, prorrumpió Silver. ¡Si nos entretenemos en
eso vamos á perder la marea de la mañana!
--Yo lo he mandado, dijo el Capitán secamente. Vd., amigo, bájese á su
cocina que las gentes deben sentir ganas de cenar antes de mucho.
--Corriendo, corriendo, contestó el cocinero y tocándose, por vía de
reverencia, la melena; y desapareció en el acto en dirección de su
galera.
--Ese es un buen hombre, Capitán, dijo el Doctor.
--Es muy posible, Caballero, replicó el Capitán, en paz con ese, en paz
con todos. Dió prisa, en seguida, á los que estaban cambiando la
pólvora, y de repente, fijándose en mí, que estaba muy entretenido
examinando el eslabón de vuelta que traíamos en medio del navío, me
gritó con aspereza:
--¡Hola tú, grumete, largo de ahí! Márchate á la cocina y busca algo que
hacer.
Y aunque me dí prisa á obedecer su mandato, le oí todavía decir, en voz
bien alta, al Doctor:
--Yo no traigo favoritos en mi navío.
Puedo asegurar á Vds. que en aquellos momentos superabundaba yo en las
opiniones y sentimientos del Sr. Trelawney respecto del Capitán, á quien
aborrecía con todas mis fuerzas.
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CAPÍTULO X
EL VIAJE
Toda aquella noche la pasamos en gran movimiento alistándolo todo,
poniendo cada cosa en su lugar y viendo llegar, uno tras de otro, botes
llenos de amigos del Caballero, como el Sr. Blandy y otros por el estilo
que iban á desearle un buen viaje y feliz regreso. Nunca en nuestro
"-Almirante Benbow-" tuve una noche semejante, ni siquiera la mitad del
quehacer que tuve en ésta, y puede creérseme que estaba ya rendido de
cansancio cuando un poco antes del alba, el contramaestre hizo sonar su
silbato y la tripulación toda comenzó á maniobrar al cabrestante. Pero
aunque hubiera sido doble de la que era mi fatiga no me hubiera separado
de sobre cubierta. Todo aquello era nuevo é interesante para mí, las
concisas órdenes, la penetrante nota del silbato y los marineros
moviéndose hacia sus lugares al ténue resplandor de las linternas del
navío.
--Y ahora, Barbacoa, suéltanos una estrofa, gritó una voz.
--La conocida, añadió otra.
--Vaya por la vieja conocida, camaradas, dijo Silver que estaba allí de
pie, con su muleta bajo el brazo; y al punto prorrumpió en aquella
horrible cantinela que me era tan conocida:
"-Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto.-"
Á lo cual la tripulación entera contestaba en coro:
-Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!-"
Y á la tercera repetición del coro, empujó las barras del cabrestante al
frente de ellos con gran brío.
Mas aun en aquel momento de excitación, ese canto lúgubre me trasladaba
con la imaginación en un segundo, á mi vieja posada del "-Almirante
Benbow-" en la cual oía de nuevo la voz de aquel Capitán sobresaliendo
sobre el coro entero. Pero muy pronto el ancla estaba ya fuera y se la
dejaba colgar, escurriendo junto á la proa. Pronto se izaron también las
velas que comenzaron á hincharse suavemente con la brisa, y las costas y
los buques empezaron á desfilar ante mis ojos de uno y otro lado, de tal
manera que, antes de que hubiera ido á buscar en el sueño una hora de
descanso, ya -La Española- había zarpado gentilmente, empezando su viaje
hacía la Isla del Tesoro.
No es mi ánimo referir todos y cada uno de los detalles de ese viaje:
básteme decir que fué en extremo próspero; que nuestra goleta dió
pruebas de ser una buena y ligera embarcación; que los tripulantes eran,
todos, marineros experimentados, y que el Capitán entendía muy bien lo
que traía entre manos. Pero antes de que llegá semos cerca de las costas
de la Isla del Tesoro, acontecieron dos ó tres cosas que es
indispensable referir para la inteligencia de esta narración.
Arrow, el Piloto, pronto se volvió mucho peor de lo que el Capitán había
temido: no tenía la menor autoridad sobre los marineros, los cuales
hacían con él lo que mejor les acomodaba. Pero no era esto lo peor, sino
que uno ó dos días después de nuestra partida comenzó á presentarse
sobre cubierta con los ojos inyectados, los pómulos enrojecidos, la
lengua torpe y todas las señales más evidentes de la embriaguez. Una vez
y otra se le tuvo que mandar á la cala, castigado. Algunas veces se caía
rompiéndose la cara; otras se echaba el día entero en su tarimón al lado
de la toldilla. Como una reacción, que duraba uno ó dos días, se le
miraba sobrio y listo atender á su trabajo, por lo menos pasablemente.
Pero entre tanto nosotros no podíamos averiguar en dónde tomaba lo que
bebía; este era el secreto misterioso de nuestro buque. Nuestra
vigilancia redoblada y multiplicada nada pudo; fué inútil cuanto hicimos
para descubrirlo. Solíamos preguntárselo abiertamente y entonces, una de
dos; ó nos reía á las barbas si estaba borracho, ó nos negaba tercamente
que se embriagase si acontecía que estuviera en su juicio, protestando
que no probaba nada que no fuese agua.
No solamente era inútil en su calidad de oficial del buque, y pésimo
como fuente de malas influencias entre los hombres de la tripulación,
sino que se veía muy claramente que, al paso que iba, muy pronto
acabaría por matarse contra todo derecho. Así es que nadie se sorprendió
ni se apenó mucho tampoco cuando en una noche muy oscura en que la mar
parecía menos sosegada que de costumbre el hombre aquel desapareció sin
que hubiéramos vuelto á verle más.
--¡Hombre al agua!, dijo el Capitán. En hora buena, señores, esto nos
ahorra la molestia de tener que mandarle poner grillos.
La cosa es que, desaparecido él, nos encontrábamos enteramente sin
piloto y era preciso, en consecuencia, ascender á uno de los
tripulantes. Job Anderson, el contramaestre, era el más apto de los de á
bordo, así fué que, aunque conservando su título primitivo, pasó á
desempeñar el cargo de piloto. El Sr. Trelawney que había estudiado la
marina y viajado mucho, como se recordará, tenía conocimientos que le
hacían muy útil en aquellas circunstancias, y realmente los puso en
práctica ejerciendo la vigilancia propia del piloto en los días en que
el tiempo era propicio. En cuanto al timonel Israel Hands, era un viejo
y experimentado marino, cuidadoso y astuto, de quien podía uno fiarse en
todo y para todo.
Era este el gran confidente de Silver, cuyo nombre me lleva á hablar de
nuestro cocinero Barbacoa, como la tripulación lo llamaba.
Á bordo de la embarcación cargaba este su muleta suspendiéndola al
cuello por medio de un acollador, á fin de tener ambas manos libres y
expeditas lo más que podía. Era digno de llamar la atención el verle
acuñar el pie de su muleta contra la abertura de alguna tablazón y
apoyándose en ella, despachar bonitamente su cocina, como podría hacerlo
algún hombre sano y completo en tierra. Pero todavía era más extraño
verle en los días de tiempo más malo atravesar la cubierta. Veíasele
trasladarse de un lugar á otro, ya usando su muleta, ya arrastrándola
tras sí por medio del acollador, tan rápida y expeditamente como pudiera
hacerlo un hombre que tuviera el uso de sus dos piernas. Y sin embargo,
algunos de los marineros, aquellos que ya habían hecho otras travesías
con él, decían que daba lástima el verle tan abatido.
--Este Barbacoa no es un hombre común; me decía una vez el timonel. Allá
en sus mocedades tuvo sus estudios y, cuando se ofrece, puede hablar
como un libro. Y valiente, ¡eso sí! Un león es nada comparado con
Barbacoa. Yo le he visto despachar á cuatro enemigos, de una sola vez,
haciéndoles morder el polvo, y sin tener él una sola arma en la mano.
Toda la tripulación le respetaba y aun puedo decir que le obedecía.
Poseía un modo muy peculiar de insinuarse al hablar á cada uno, y
siempre hallaba ocasión de hacer á todos un pequeño servicio. Respecto á
mí, Silver era siempre extraordinariamente amable y siempre se mostraba
contento de verme aparecer en su galera, que tenía siempre limpia y
brillante como un espejo: las cacerolas colgaban bruñidas y lustrosas y
su loro estaba en su reluciente jaula, en un rincón.
--Ven acá, Hawkins, ven acá, solía decirme. Ven á echar un párrafo con
tu amigo John. Nadie más bien venido que tú, hijo mío. Siéntate y ven á
oir lo que pasa. Aquí tienes al -Capitán Flint---así le llamo yo á mi
loro en memoria del célebre filibustero--aquí tienes al -Capitán Flint-,
prediciéndonos el buen éxito de nuestro viaje. ¿No es verdad -Capitán-?
Y el perico, como si le dieran cuerda se soltaba gritando:
--¡Piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á
ocho!, y esto con una rapidez tal, que había que maravillarse de cómo
no se le acababa el aliento; y no cesaba hasta que Silver no sacudía su
pañuelo sobre la jaula del animal.
--Ahora bien, Hawkins, allí donde lo ves, ese pájaro debe tener ya lo
menos doscientos años. Casi todos ellos son poco menos que eternos y yo
creo, respecto de este, que solamente el diablo habrá visto más
atrocidades y horrores que él. Figúrate que éste fué del Capitán
England, del célebre y gran pirata England. Ha estado en Madagascar y en
Malabar; en Surinam, en Providencia y en Porto Bello. Este asistió á la
exploración y repesca de los buques cargados de plata echados á pique, y
allí fué donde aprendió su refrán de "-Piezas de á ocho-" lo cual no es
muy de maravillar, porque, figúrate Hawkins, que se sacaron de ellas más
de trescientas y cincuenta mil. Concurrió también al abordaje del Virrey
de las Indias, cerca de Goa, y al verle ahora, se creería que entonces
estaba recién nacido. Pero ya has olido la pólvora, ¿no es verdad
Capitán?
--¡Prepárate para el zafarrancho!, gritó el animal.
--¡Ah! este animalito es un joya, añadía el cocinero, alargándole trozos
de azúcar que sacaba de sus faltriqueras. Entonces el pájaro se pegaba á
los barrotes de su jaula y comenzaba á jurar y á maldecir redondo, de
una manera tan llena de maldad, que parecía increíble. Entonces John se
veía obligado á añadir:
--El que entre la brea anda, que pegarse tiene. Aquí tienes, si no, á
este inocente animalito mío, jurando como un desesperado y no por eso lo
debemos acusar. Puedes creer que lo mismo juraría, vamos al decir,
delante de monjas capuchinas y frailes descalzos.
Y John entonces se tocaba su melena de aquel modo solemne y peculiar que
él tenía y que me confirmaba á mí en la creencia de que aquel era el
mejor de los hombres.
En el entretanto, el Caballero y el Capitán continuaban todavía sus
relaciones en términos muy poco amistosos. El Caballero no hacía gran
misterio de sus sentimientos, sino que menospreciaba claramente al
Capitán. Este, por su parte, jamás hablaba sino cuando le dirigían la
palabra, y aun en esos casos, corto y seco y brusco, y ni una palabra
inútil. Reconocía, cuando se le llevaba á un rincón, que había estado
injusto y equivocado acerca de su tripulación; que algunos de sus
hombres eran tan vigorosos y aptos como él pudiera desearlos y que todos
se habían conducido hasta allí perfectamente bien.
Por lo que respecta á la goleta, estaba el hombre enamorado de ella, y
solía decir:
Siempre está lista para enfilar el viento, con más docilidad y ligereza
que si fuera una buena esposa complaciendo á su marido. No
obstante--añadía--todavía no estamos de vuelta en casa, y repito que no
me gusta esta expedición.
--Á estas últimas palabras, el Caballero volvía la espalda y se ponía á
recorrer la cubierta, dando aquel hombre al diablo como de costumbre.
--Una chanzoneta más de ese hombre, y un día de estos estallo, solía
decir.
Tuvimos un poco de mal tiempo, lo cual sirvió para probarnos las buenas
cualidades de -La Española-. Todos y cada uno de los hombres de á bordo
parecían contentos, y la verdad es, que hubieran pecado de sobra de
exigencia si hubiera sido de otra manera, pues tengo para mí que jamás
tripulación alguna estuvo más mimada y consentida desde que el Patriarca
Noé navegó en su bíblica arca. Con el menor pretexto doblábase el rom
cuotidiano, y el -pudding- de harina en días extraordinarios, por
ejemplo, si el Caballero sabía que era el cumpleaños de alguno de los
marineros, y nunca faltaba un barril de buenas manzanas, abierto y
colocado en el combés, para que se despachara por su mano todo aquel á
quien le viniera el antojo de comerlas.
--Nunca he visto cosa buena salir de tratamientos parecidos, hasta
ahora, decía el Capitán al Dr. Livesey. Al que cuervos cría, éstos le
sacan los ojos: esta es simplemente mi opinión.
Sin embargo, -cosa buena- resultó del barril de manzanas como se verá
muy pronto, que á no haber sido por él, nada nos habría prevenido á
tiempo y habríamos todos perecido á manos de la traición y de la
infamia.
Hé aquí lo que sucedió: habíamos hasta entonces navegado á favor de los
vientos alisios para ponernos en dirección de la isla que buscábamos. No
me es permitido ser más explícito. Y á la sazón bajábamos ya en sentido
opuesto manteniendo una asidua y cuidadosa vigilancia de día y de noche.
Aquél era ya el último día, según el más largo cómputo presupuesto para
el viaje, y de un momento á otro aquella noche, ó á más tardar la mañana
siguiente antes de medio día deberíamos llegar á la vista de la Isla del
Tesoro. Nuestra proa enfilaba al Sur-Suroeste y llevábamos una firme
brisa de baos, con una mar muy quieta. -La Española- se deslizaba con
seguridad, sumergiendo en las ondas de cuando en cuando su bauprés, y
produciendo con él algo como pequeñas explosiones de espuma; todo seguía
su curso natural desde las gavias hasta la quilla, y todos parecían
llenos del más esforzado ánimo, supuesto que ya casi tocábamos con la
mano, por decirlo así, el fin de la primera parte de nuestra aventura.
En tales condiciones y ya mucho después de puesto el sol, cuando mi
trabajo del día estaba concluido y ya me iba en derechura á mi camarote
para dormir, ocurrióseme el deseo de comer una manzana. Subí sobre
cubierta. La vigilancia estaba toda á proa, como es natural, en espera
de descubrir la isla. El timonel observaba la orza de la vela y se
divertía silbando alegremente. Este era el ruido único que se escuchaba,
á excepción del rumor del mar que hendía la proa y que murmuraba
suavemente sobre los costados de la goleta.
Me lancé gentilmente hasta el fondo del gran barril de las manzanas en
busca de alguna, y me encontré con que apenas si habían quedado en sus
profundidades una ó dos. Crucéme de piernas tranquilamente en aquel
fondo oscuro, sin más intención que la de concluir con mi manzana; pero
ya fuese el monótono rumor del mar, ya el suave balanceo de la goleta en
aquel momento, el hecho es, ó que dormité por unos instantes ó que
estuve á punto de hacerlo, cuando un hombre pesado se sentó
repentinamente junto á mi escondite. El barril se estremeció cuando
aquel hombre recargó su espalda y ya iba yo á saltar afuera cuando el
recién venido comenzó á hablar. Era la voz de Silver y no había yo oído
una docena de palabras todavía, cuando ya no hubiera osado mostrarme ni
por todo el oro del mundo. Quedéme, pues, allí, trémulo y atento, en el
último extremo de la angustia y de la curiosidad, porque aquellas pocas
palabras bastaron para darme á entender que las vidas de todos los
hombres honrados que iban á bordo dependían de mí solamente.
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CAPÍTULO XI
LO QUE OÍ DESDE EL BARRIL
--¡No! ¡yo no!, decía Silver. Flint era el Capitán: yo no era más que
contramaestre, con mi pierna de palo. En el mismo abordaje perdimos, yo
mi pierna y el viejo Pew la vista. Me acuerdo que fué un cirujano
recibido, con su título con muchos latines, que no había más que pedir,
el que me aserró esta pierna; pero todas sus retóricas y sus serruchos
no lo libraron de que lo ahorcáramos como á un perro y lo dejáramos
secándose al sol en el castillo del Corso. ¡Esos eran los hombres de
Flint, esos, sí señor! Eso también fué el resultado de cambiar nombre á
sus navíos, -Royal Fortune- y otros. Pero yo digo que el nombre con que
han bautizado á un navío es el que debe quedársele. Así sucedió con -La
Casandra- que nos trajo sanos y salvos á nuestra casa después que
England se apoderó del Virrey de Indias, y lo mismo con el viejo
-Walrus- que era el antiguo buque de Flint y que yo ví rojo de sangre de
popa á proa, algunas veces, y otras repleto de oro hasta zozobrar con su
peso.
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