El pobre Capitán levantó los ojos y le bastó la primera ojeada para que
su cabeza quedara instantáneamente libre de los humos del rom que había
alojado en ella y se pusiera de todo punto natural y despejada. La
expresión de su rostro no era tanto ya de terror como de mortal y
angustiosa agonía. Hizo un movimiento para ponerse en pie, pero no creo
que le quedara ya fuerza suficiente en el cuerpo para realizarlo.
--Veamos, Bill, díjole el mendigo, no hay para que incomodarse; quédate
allí sentado en donde estás. Aunque yo no puedo ver, puedo oir, sin
embargo, hasta el movimiento de un dedo. No hablemos mucho; vamos al
asunto; negocio es negocio. Levanta tu mano izquierda... muchacho, toma
su mano izquierda por la muñeca y acércala á mi mano derecha...
Ambos obedecimos como fascinados, al pie de la letra, y noté entonces
que el ciego hacía pasar á la del Capitán algo que él traía en la mano
misma con que empuñaba su bastón. El Capitán apretó y cerró aquello en
la suya nerviosa y rápidamente.
--¡Ya está hecho! dijo entonces el ciego y al pronunciar estas palabras
se desasió de mí bruscamente y con increíble exactitud y destreza,
salió, de por sí, fuera de la sala y se lanzó al camino real, sin que yo
hubiera podido todavía moverme del sitio en que me dejó, como
petrificado, cuando ya se había perdido á lo lejos el -tip-tap- de su
caña tentaleando, á distancia, sobre la vía por donde marchaba.
Pasóse algún tiempo antes de que el Capitán y yo volviéramos á nuestros
sentidos, pero al cabo, y casi en el mismo momento, solté su puño, que
todavía tenía cogido; lanzó él una mirada ansiosa á lo que tenía en la
palma de la mano y en seguida exclamó poniéndose violentamente en pie:
--¡Á las diez!... ¡todavía es tiempo!
Al decir esto y ponerse en pie, vaciló como un hombre ebrio, llevóse
ambas manos á la garganta, se quedó oscilando por un momento, y luego,
con un rumor siniestro y peculiar, se desplomó cuan largo era, dando su
rostro en el suelo.
Yo me precipité hacia él, llamando á gritos á mi madre. Pero todo
apresuramiento era vano. El Capitán había caído ya muerto, acometido por
un ataque de apoplegía fulminante.
¡Cosa extraña y curiosa! Yo, que ciertamente no había tenido jamás
cariño por aquel hombre, por más que en sus últimos días me inspirase
una gran compasión, tan luego como lo ví muerto, rompí en un verdadero
mar de lágrimas. Aquella era la segunda muerte que yo veía y el dolor de
la primera estaba todavía demasiado reciente en mi corazón.
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CAPÍTULO IV
EL COFRE DEL MUERTO
Sin perder un instante, por supuesto, hice entonces lo que quizás debí
haber hecho mucho tiempo antes, que fué contar á mi madre todo lo que
sabía, y desde luego ví que nos encontrábamos en una posición sobre
manera difícil. Parte del dinero de aquel hombre--si alguno tenía--se
nos debía á nosotros evidentemente; pero no era muy presumible que los
extraños y siniestros camaradas del Capitán, sobre todo, aquellos dos
que ya me eran conocidos, consintieran en deshacerse de parte del botín
que pensaban repartirse, por pagar las deudas del hombre muerto. La
orden que el Capitán me había dado, como se recordará, de que saltase al
punto sobre un caballo y corriese en busca del Doctor Livesey hubiera
dejado á mi madre sola y sin protección, por lo cual no había que pensar
en ello. La verdad es que nos parecía imposible á ambos el permanecer
mucho tiempo en la casa: los rumores más comunes é insignificantes como
el carbón cayendo en las hornillas del fogón de la cocina, el tic-tac
del reloj de pared y otros por el estilo, nos llenaban, en aquellas
circunstancias, de terror supersticioso. Las inmediaciones de la casa
nos parecían llenar el aire con el ruido apagado de pisadas cautelosas
que se acercaban, así es que, entre aquel cadáver del pobre Capitán,
yaciendo sobre el piso de la sala, y el recuerdo de aquel detestable y
horroroso pordiosero ciego, rondando quizás muy cerca y tal vez pronto á
volver, hubo momentos en que, como dice un adagio vulgar, no me llegaba
la camisa al cuerpo. Había, pues, que tomar una resolución pronta,
cualquiera que fuese, y al fin nos ocurrió irnos juntos y pedir socorro
en la aldea cercana. Todo fué decir y hacer. Aun cuando estábamos con la
cabeza toda trastornada, no vacilamos en correr, sin tardanza, enmedio
de la tarde que declinaba y de la espesa y helada niebla que todo lo
envolvía.
La aldea, aunque no se veía desde nuestra posada, no estaba, sin
embargo, sino á una distancia de pocos centenares de yardas, al otro
lado de la caleta vecina, y--lo que era para mí un grandísimo
consuelo--en dirección opuesta de la que el mendigo ciego había hecho su
aparición, y probablemente de la que también había seguido en su
retirada. No tardamos mucho tiempo en el camino, por más que algunas
veces nos deteníamos repegándonos el uno al otro para prestar oído. Pero
no percibimos ruido alguno anormal; nada que no fuese el vago y suave
rumor de la marea y los últimos graznidos y aleteos postreros de los
habitantes de la selva.
Acababa de oscurecer cuando llegamos á la aldea, y jamás olvidaré lo
mucho que me animó el ver en puertas y ventanas el brillo amarillento de
las luces; aunque ¡ay! como muy pronto iba á verlo, aquel era el único
auxilio que podíamos esperar por aquel lado. Porque no hubo un alma--por
más vergonzoso que esto sea para los hombres aquellos--no hubo un alma
que consintiera en acompañarnos de vuelta á la posada. Mientras más
detallábamos nuestras cuitas, más veíamos que hombres, mujeres y niños
se aferraban en quedarse al abrigo de sus propios hogares. El nombre del
Capitán Flint, por más que para mí fuese completamente extraño, era
bastante conocido para algunos de aquellos campesinos y bastaba él solo
para llevar á sus corazones un gran peso de terror. Algunos de aquellos
hombres que habían estado trabajando en el campo, en las cercanías del
"-Almirante Benbow-," recordaban, además, haber visto varios extraños en
el camino y tomándolos por contrabandistas, los habían obligado á
alejarse; otro aseguraba, por lo menos, haber visto una especie de bote
de vela cuadrada, en la parte de la costa que llamamos Caleta del Gato.
Por lo visto, cualquiera que fuese un simple camarada del Capitán era
bastante para producir un terror mortal á aquellas gentes. Y aun cuando
después de muchas vueltas y revueltas encontramos á algunos dispuestos á
montar é ir á prevenir al Doctor Livesey de lo que pasaba, para lo cual
tenían que ir en otra dirección, lo cierto es que ninguno quiso venir á
ayudarnos á defender la posada.
Se dice comunmente que el miedo es contagioso; pero por otro lado, la
elocuencia es una gran alentadora, así es que, cuando cada uno hubo
dicho su opinión, mi madre les dijo un pequeño discurso.
--Yo declaro, dijo entre otras cosas, que jamás consentiré en perder un
dinero que pertenece á mi huérfano hijo, y si ninguno de Vds. se atreve
á ayudarme, Jim y yo nos atrevemos á todo. Ahora mismo nos volvemos por
donde hemos venido y pocas gracias doy á Vds. camastrones,
desentrañados, corazones de pollo. Nosotros solos abriremos esa maleta,
aunque deba costarme la vida mi atrevimiento. Gracias mil á Vd., Sra.
Crossley, por este saquillo que me ha prestado en el cual traeré mi "muy
mío" y muy legítimo dinero.
Es claro que yo dije que iría con mi madre, y claro es también que todas
aquellas gentes protestaron contra nuestra temeridad; pero con todo y
eso, no hubo un hombre solo que se resolviera á acompañarnos. Todo lo
más que hicieron fué darme una pistola cargada por si acaso nos atacaban
y prometernos que tendrían listos caballos ensillados para el caso de
que fuésemos perseguidos en nuestra vuelta, y entre tanto un muchacho
corría ya en busca del Doctor para pedir auxilio armado.
Mi corazón latía violentamente cuando mi madre y yo volvíamos, solos de
nuevo, en medio de aquella noche helada, para afrontar tan temible y
peligrosa aventura. La luna llena comenzaba á levantar su disco rojizo
sobre las vagas siluetas de las nieblas del horizonte, lo cual nos
impelía á acelerar el paso, porque era evidente que antes de mucho rato,
y antes de que volviésemos de nuevo, todo estaría ya inundado con una
claridad como de día, y nuestra partida quedaría expuesta, por lo mismo,
á los ojos investigadores de nuestros vigilantes enemigos. Deslizámonos
cautelosamente á lo largo de los setos y vallados, sin hacer el menor
ruido y no vimos ni oímos nada que fuese parte á aumentar nuestras
zozobras, hasta que, al fin, con gran consuelo nuestro, la puerta de la
posada se cerró tras de nosotros, que estábamos, al cabo, en ella.
Corrí instintivamente el cerrojo tan luego como entramos, y nos
quedamos, por un momento, enmedio de la oscuridad, jadeando y
palpitantes, solos, sin más compañía que el cadáver del Capitán. Mi
madre enseguida fué al mostrador y tomó una bugía, y cogidos ambos de
las manos nos introdujimos á la sala. El muerto estaba allí, tal como lo
habíamos dejado, con sus ojos abiertos y un brazo echado hacia fuera.
--Baja el trasparente, Jim, murmuró mi madre; podría suceder que
viniesen á espiarnos desde afuera. Y ahora--añadió cuando su orden
estaba ejecutada--tenemos que buscar la llave de -eso-, y ya veremos
quien es el que lo coje. Y al decir esto exhaló algo como un suspiro ó
un sollozo.
Púseme de rodillas inmediatamente. En el suelo, muy cerca de la mano del
difunto me encontré en el acto un disco pequeño de papel, ennegrecido de
un lado. No pude dudar de que esto fuese el disco negro á que él se
había referido y levantándolo, encontré escrito, al otro lado, en letra
muy buena y muy clara, esta intimación demasiado lacónica. "Se le da á
Vd. de plazo hasta las diez, de esta noche."
--Se le da hasta las diez, madre, dije, y no bien acababa de pronunciar
estas palabras cuando nuestro viejo reloj crujió para dar una hora, y
comenzó á sonar pausadamente sus campanadas, haciéndonos extremecer con
un movimiento involuntario...
--¡Una... dos... tres... cuatro... cinco... seis! Las seis! son las seis
apenas... tenemos tiempo, Jim, dijo mi madre. Ahora, veamos; esa llave!
Busqué en cada una de sus bolsas: algunas pequeñas monedas, un dedal, un
poco de hilo, agujas gruesas, un pedazo de tabaco de pipa, su navaja de
mango corvo, una brújula de bolsillo, y una cajita con eslabón y yesca
fué todo lo que en ellas encontré y ya comenzaba, por lo mismo, á
desesperar.
--Tal vez la lleve colgada al cuello, sugirió mi madre.
Sobreponiéndome á una gran repugnancia me resolví á abrirle la camisa y
allí, desde luego, suspensa de un sucio cordoncillo embreado que me dí
prisa á cortar con su propia navaja, estaba la llave que tanto
buscábamos. Con esta primera victoria nos sentimos llenos de valor y de
esperanza y nos apresuramos á subir á la habitación del difunto, en la
que había dormido por tan largo tiempo y en la cual su cofre de á bordo
había permanecido desde el día de su llegada.
Era aquella una maleta marina, común y corriente, como la de otro
navegante cualquiera, solo que por fuera llevaba esta inicial B hecha
con un hierro candente, y las esquinas aparecían un poco rotas y
estropeadas como por un uso largo y nada cuidadoso.
--Dame esa llave, dijo mi madre; y aun cuando la chapa estaba muy dura y
en poco uso, ella la había ya abierto y levantado la tapa de la maleta,
en un abrir y cerrar de ojos.
Un fuerte olor á tabaco y á bréa salió inmediatamente del interior, pero
nada pudimos ver en el compartimiento de arriba, con excepción de un
traje de muy buena tela cuidadosamente cepillado y doblado que, según
dijo mi madre, jamás debió haber sido usado. Bajo de él comenzaba la
miscelánea: un cuadrante, una cajilla de hoja de lata, varios palillos
de tabaco, dos pares de muy buenas y hermosas pistolas, un pedacillo de
barra de plata, un antiguo reloj español y algunas otras baratijas de
muy poco valor, en su mayor parte de estructura extranjera, un par de
brújulas montadas en latón y cinco ó seis extrañas y curiosas conchas de
los mares de las Indias Occidentales. Con frecuencia me he maravillado
después pensando para qué había venido trayendo y guardando aquellos
mariscos, en el discurso de su azarosa, culpable y agitada vida.
Entre tanto, nada que valiese la pena habíamos encontrado, excepto la
barrilla y las baratijas de plata, que por cierto no era lo que nosotros
buscábamos. Debajo había un viejo capote de á bordo, blanqueado con las
sales marinas, que mi madre levantó con impaciencia y que descubrió á
nuestra vista las últimas cosas del contenido de la maleta. Eran estas,
un paquete ó liazo de papeles, envueltos cuidadosamente en tela
impermeable, y una talega de cáñamo, que nos bastó menear para que su
sonido nos dijese que contenía oro.
--Yo les probaré á esos pícaros, prorrumpió mi madre, que soy una mujer
honrada. Tomaré de aquí lo que se nos debe y ni un solo penique más. Ten
el saquillo de la Sra. Crossley; y diciendo esto comenzó á contar
escrupulosamente el monto de lo adeudado, pasando las monedas de la
talega del Capitán al saquillo que yo sostenía abierto con mis manos.
Fué aquella una operación larga y difícil porque las monedas eran de
todos los países y de todos los cuños imaginables. Doblones y luises de
oro, guineas y piezas de á ocho, y no sé cuantas otras más, todas
mezcladas unas con otras y en montón. Las guineas, además, eran las
menos abundantes, y ellas eran las únicas con que mi madre sabía contar.
Estaríamos como á la mitad de nuestra tarea, cuando súbitamente tuve que
poner mi mano sobre su brazo, para imponerle silencio, porque acababa
de oir enmedio de la atmósfera fría y callada, un rumor que hizo que el
corazón me latiera de nuevo hasta querer salírseme por la boca: era el
formidable -tap-tap- del bastón del ciego mendigo golpeando sobre la
superficie helada del camino. Lo oí que se acercaba más y más, en tanto
que nosotros procurábamos contener hasta la respiración. Por fin golpeó
con firmeza en la puerta de la posada y luego oímos distintamente que
hacía jugar la perilla de fuera de la cerradura, y el cerrojo crujía con
los esfuerzos que aquel miserable hacía para entrar. Hubo, enseguida, un
silencio largo y angustioso tanto afuera como adentro de la casa. Por
fin el -tap-tap- del bastón comenzó de nuevo y, con alegría
indescriptible de nuestra parte, acabó por irse extinguiendo á lo lejos
lentamente hasta que, por último, cesó de oirse por completo.
--Madre, le dije yo, tómelo Vd. todo de una vez y vámonos. Parecíame que
la puerta con el cerrojo echado debió de excitar las sospechas de aquel
hombre y que probablemente nos echaría encima á todo su nido de
gavilanes. Por lo demás, nadie que no se haya visto en presencia de
aquel terrible ciego puede explicarse cuánto me felicité de haber tenido
antes la ocurrencia instintiva de correr el cerrojo cuando entramos.
Empero mi madre, azorada como estaba, no quiso consentir en tomar ni un
céntimo más de lo que se nos debía; pero también se obstinó en no
contentarse con menos.
--Todavía no han dado las siete, dijo; falta mucho aún: yo sé lo que me
corresponde y lo quiero á todo trance.
Todavía estaba discutiendo conmigo cuando un ligero silbido llegó hasta
nosotros, lanzado, á buena distancia, sobre la loma. Aquello era
bastante y más que bastante para nosotros dos.
--Me llevaré lo que he contado, dijo mi madre poniéndose violentamente
en pie.
--Y yo tomo esto para redondear la cuenta, agregué apoderándome del lío
de papeles, envueltos en tela impermeable.
Un instante después, ambos bajábamos á toda prisa la escalera, dejando
la vela junto al baúl vacío, y no tardamos sino pocos segundos en abrir
la puerta exterior y ponernos en plena retirada. Un minuto más de
dilación y hubiera sido ya demasiado tarde. La niebla se estaba
desbaratando rápidamente y ya la luna brillaba con toda su claridad en
la parte elevada del terreno, á uno y otro lado nuestro, y apenas se
quedaba ya un ténue velo á la orilla de la hondonada y á las puertas de
la taberna para favorecer con su gasa, todavía no rota, los primeros
pasos de nuestra fuga. Mucho antes de que hubiéramos podido llegar á la
mitad del camino que lleva á la aldea, muy poco más allá del pie de la
loma, debíamos penetrar forzosamente en el espacio claro y descubierto,
alumbrado por la luna. Y aun esto no era todo: el rumor de pasos
numerosos que se acercaban en tropel llegó hasta nuestros oídos, y al
mirar en dirección de ellos, pudimos notar á causa de las oscilaciones
de una lucecilla y de su rápida aproximación, que uno de los que se
acercaban traía consigo una linterna.
--Hijo mío, díjome mi madre de repente, toma el dinero y escápate
corriendo. Yo siento que voy á desmayarme.
Esto sí que era el fin de todo para nosotros, al menos así lo pensé yo.
¡Cuánto no execré en aquel momento, la cobardía de los vecinos; cuánto
no desaprobé á mi pobre madre por su honradez y su avaricia, lo mismo
que por su pasado atrevimiento y su extrema debilidad en aquella hora!
Nos encontrábamos, por nuestra gran fortuna en aquel instante sobre el
pequeño puente; yo la sostuve lo mejor que pude, vacilante como estaba,
hasta la extremidad de la ribera, en donde exhaló un suspiro y se dejó
caer sobre mi hombro. No podré decir ahora cómo encontré en mí fuerzas
bastantes para hacer lo que hice en aquellas críticas circunstancias, y
aun me temo que lo que ejecuté lo llevé á cabo con alguna brusquedad; el
hecho es que me dí trazas para hacerla bajar conmigo el paredón de la
hondanada y casi arrastréla de manera de colocarnos un tanto cuanto bajo
el arco del mismo puente. Nada más pude hacer después de esto, porque el
puentecillo era demasiado bajo para permitirnos otra cosa que el
acurrucarme á mí debajo de él, dejando á mi madre casi enteramente
afuera; pero quedando ambos á tan corta distancia de la posada que
podíamos oir claramente lo que se hablara en ella.
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CAPÍTULO V
DEL FIN QUE TUVO EL MENDIGO CIEGO
Mi curiosidad, empero, pudo más que mis temores: comprendí que el
permanecer allí donde estaba no me traía más utilidad que la de pasarme
agazapado, Dios sabe cuanto tiempo, por lo cual trepé como pude, una vez
más al paredón del barranco y ocultando mi cabeza entre un sotillo de
retamas pude colocarme en posición de dominar desde allí toda la parte
del camino que pasa frente á nuestra puerta. Apenas había logrado
acomodarme cuando los enemigos comenzaron á llegar en número de siete ú
ocho, á toda carrera, golpeando con sus pies el sendero
descompasadamente y trayendo al frente de ellos al hombre de la
linterna, á pocos pasos á vanguardia. Tres hombres corrían juntos,
cogidos de las manos, y yo comprendí luego, aun á través de la niebla,
que el que formaba el centro del trío, no era otro que mi formidable
mendigo ciego. Un momento después su voz me probó que no me había
equivocado.
--¡Abajo la puerta! gritó.
--Bien, bien, señor! contestaron dos ó tres de los asaltantes los cuales
se precipitaron en tropel sobre la puerta de la posada, seguidos por el
hombre de la linterna; pero muy luego los ví detenerse y cambiar
algunas palabras en voz baja, como sorprendidos de haber encontrado
abierta la misma entrada que se proponían forzar. Pero su sorpresa fué
muy pasajera: el ciego volvió á lanzar sus órdenes oyéndose su voz más
fuerte y más levantada, como si se sintiera encendido por un grande
anhelo y una violenta rabia al mismo tiempo.
--¡Adentro, adentro, adentro! les gritaba, no sin proferir maldiciones y
juramentos por lo que á él le parecía tardanza.
Cuatro ó cinco de ellos se apresuraron á obedecer, permaneciendo dos en
el sendero, al lado de aquel mendigo formidable. Hubo otra pausa no muy
larga y tras ella resonó una exclamación de sorpresa, seguida por una
voz que clamó desde adentro:
--¡Bill ha muerto!
Pero el ciego lanzóles un tremendo y nuevo juramento por su poca
diligencia, añadiendo:
--Regístrelo alguno de Vds., tramposos, vagabundos, y ¡los demás arriba
y á bajarse la maleta!
Hasta mi escondite llegaba el ruido de las pisadas de aquellos hombres
en los peldaños de madera de nuestra escalera, por tanto, es seguro que
la casa entera debía retemblar con ellas. En el momento se siguieron
nuevas exclamaciones de sorpresa: la ventana del cuarto del Capitán fué
abierta de par en par con un empujón violento acompañado de ruido de
vidrios que se rompían. Un hombre apareció en ella, iluminado por la luz
plena de la luna y se dirijió al mendigo ciego que se encontraba, como
he dicho, en el camino y precisamente debajo de la ventana recién
abierta.
--Pew, le gritó, nos han ganado por la mano. Alguien ha registrado ya la
maleta, de arriba á abajo.
--¿Está -eso- allí? preguntó.
--El dinero, sí, contestó el de arriba.
--¡Carguen mil diablos contigo y el dinero! lo que yo pregunto es si
está allí el manuscrito de Flint, ¡bergante!
--Por lo que hace á aquí, no hay nada replicó el otro.
--Bueno, bajen Vds., y vean si está sobre el cadáver de Bill.
En ese momento, otro de los de la partida, probablemente el que se había
quedado en la sala registrando el cuerpo del Capitán, apareció en la
puerta de la posada diciendo:
--Bill ha sido ya registrado antes: nada han dejado sobre él.
--Han sido las gentes de la posada, ha sido ese muchacho. De buena gana
le hubiera sacado yo los ojos, rugió el ciego Pew. No ha mucho que
estaban aquí todavía: tenían el cerrojo puesto cuando yo quise entrar.
¡Á registrar, muchachos, á registrar y á encontrarlos!
--Lo único que nos han dejado aquí es su vela, dijo el de la ventana.
--¡Pues á la obra, á la obra! ¡á registrar y á dar con ellos! dijo de
nuevo Pew, golpeando airadamente con su palo sobre el suelo.
Siguióse entonces una gran batahola, un vaivén indecible adentro de la
casa; ruidos de pisadas toscas resonaban de un lado y otro; rumor de
muebles arrojados al suelo; puertas abiertas á puntapiés, hasta que las
rocas repitieron con sus ecos aquel ruido infernal. Vióse entonces á
todos aquellos hombres salir al camino, uno tras de otro, declarando
que nada les quedaba que registrar y que, de fijo, no estábamos ocultos
dentro de la casa. En aquel instante el mismo silbido que tanto nos
había alarmado á mi madre y á mí, cuando operábamos sobre el dinero del
difunto Capitán, volvió á oirse clara y distintamente enmedio de la
noche, pero en esta ocasión, dos veces repetido. Yo había creído que ese
sonido era algo como la trompeta del ciego, ordenando con ella á su
tripulación el lanzarse al abordaje, pero entonces comprendí que no era
sino una señal soltada sigilosamente del lado de la loma en dirección de
la aldea y, según el efecto que ella produjo en nuestros filibusteros,
era un aviso preventivo de algún peligro cercano.
--Dirk ha silbado, dijo uno... y dos veces! ¡tenemos que ponernos en
franquía!
--¡Ponte en franquía al infierno, mandria! gritóle Pew. Dirk se ha
manifestado desde un principio cobarde y tonto, y Vds., no deben hacerle
caso. Esas gentes deben estar por aquí, muy cerca, tenemos la mano sobre
ellas, con seguridad. Revolver todo, registrarlo todo... ¿á qué hemos
venido, si nó, perros de Satanás? ¡Oh! ¡por vida del diablo!... ¡si
tuviera yo mis ojos...!
Estas exclamaciones parecieron producir algún efecto, pues dos de los de
la banda comenzaron á registrar aquí y acullá, entre las duelas y
trastos que había por allí afuera, pero con muy poca resolución, según
me pareció y siempre teniendo un ojo listo para escapar al peligro que
temían, mientras que los restantes estaban aún indecisos y vacilantes en
el camino.
--¡Ah, imbéciles! clamaba el ciego; tienen Vds. las manos puestas sobre
millares de millares ¡y se están allí como idiotas, con los brazos
cruzados! Todos Vds. pueden hacerse en un momento tan ricos como reyes
con solo encontrar eso que muy bien saben que está por aquí, á su
alcance, ¡y ninguno quiere hacer su obligación! ¡Mandrias! ¡mandrias!
ninguno de Vds. se atrevió á presentarse á Bill, y tuve que resolverme á
hacerlo yo... ¡un ciego! ¡Pues bien yo no quiero perder la suerte que me
toca, por culpa de Vds.! ¡Qué! ¿voy á seguir siendo toda la vida un
pordiosero que se arrastra, chicaneando y trampeando por un miserable
vaso de rom, cuando debo y puedo rodar en coches magníficos? ¡Si esas
gentes se volvieran ojo de hormiga, todavía deberían Vds. encontrarlas!
--Cierra tu escotilla, Pew, gruñó uno de ellos, ya hemos pescado los
doblones.
--Es seguro que ellos habrán escondido bien el maldito lío, saltó otro.
Pero no perdamos tiempo; toma tú los Jorges,[3] Pew, y no estés allí
chillando.
Chillando era la palabra verdadera, y al oirla la muy mal contenida
cólera del ciego hizo explosión, excitada ya por las objeciones
precedentes, de tal suerte y tan furiosamente, que su excitación se
sobrepuso á todo; así fué que, empuñando su grueso bastón, arremetió con
él á sus secuaces, golpeando con rabia á derecha é izquierda, á pesar de
su ceguera, y dejándose oir sus tremendos golpes sobre más de alguno de
los más próximos á él.
Estos, á su vez, respondieron vomitando las más horribles injurias y
amenazas sobre el perverso ciego, y se lanzaron sobre él á pretender
apoderarse del garrote, retorciéndoselo en su poderoso puño.
Esta riña fué para nosotros la salvación, pues todavía estaban empeñados
en ella aquellos hombres, cuando un nuevo ruido se dejó oir hacia la
cumbre de la loma, por el lado de la aldea, y era el galope tendido de
varios caballos. Casi en el mismo instante un pistoletazo partió del
lado del vallado, percibiéndose simultáneamente la luz y el trueno del
disparo. Aquello era, evidentemente, la última señal de peligro, porque
los filibusteros se pusieron en fuga, en el instante, en una precipitada
carrera de "sálvese quien pueda." Todos corrieron en dirección
diferente: el uno rumbo al mar; otro hacia la caleta; otro oblícuamente
por la loma y así de los demás, de tal manera que en menos tiempo del
que lo cuento, no quedaban ya ni trazas de ellos, excepto el ciego Pew.
En cuanto á éste, lo habían abandonado, no sabré decir si por el pánico
que de ellos se apoderó, ó en venganza de sus injurias y garrotazos. El
hecho es que él estaba allí, detrás de todos, tentaleando sobre el
camino con su bastón, loca y desesperadamente, y llamando á gritos á sus
camaradas fugitivos. Finalmente tomó la peor dirección para él, rumbo á
la aldea, y pasó á muy pocos pasos de mi escondite clamando
frenéticamente:
--Juanillo, Black Dog, Dirk, y otros nombres más.... Vds. no dejarán
aquí á su viejo Pew, compañeros... ¡no dejarán á su pobre Pew!
En aquel instante el ruido de los caballos llegó á la cumbre y cuatro ó
cinco ginetes aparecieron sobre la loma, alumbrados claramente por la
luna y se precipitaron á galope tendido hacia abajo, por el declive.
Entonces Pew comprendió su error; trató de volverse prorrumpiendo en una
maldición y se dirijió hacia la zanja en la cual rodó. Pero en un
segundo ya se había puesto en pie de nueva cuenta é intentó un nuevo
escape; pero descarriado ya como estaba, no hizo más que ir á colocarse
precisamente bajo el más próximo de los caballos que se acercaban. El
ginete trató de salvarlo; pero fué en vano. El mendigo cayó, sin
remedio, atropellado por el bruto que lo echó por tierra y estampó sobre
él, despedazándolo, sus cuatro herrados y poderosos cascos. Pew dejó oir
un solo grito horrible y angustioso que se perdió en el silencio trágico
de la noche. Cayó sobre un costado, se volteó luego débilmente con el
rostro á tierra y no volvió á moverse nunca.
Yo me enderecé entonces y saludé cortésmente á los ginetes que ya se
disponían á retroceder, horrorizados por el accidente ocurrido. Pronto
me dí cuenta de quienes eran ellos. Uno, que venía aún detrás de todos,
era el muchacho que había ido de la aldea en busca del Doctor Livesey;
los demás eran aduaneros ó guardas fiscales que aquél había encontrado
en su camino y con los cuales se había entendido para regresar sin
pérdida de tiempo. La noticia de aquella extraña barca de vela cuadrada
surta en la Caleta del Gato, había llegado hasta el Inspector Dance que,
á consecuencia de ella, había resuelto hacer una excursión aquella noche
en dirección de nuestras playas, circunstancia, sin la cual, es seguro
que mi madre y yo habríamos perdido la vida.
En cuanto á Pew, estaba muerto y muy bien muerto. Por lo que hace á mi
madre, á quien condujimos á la aldea, algunas lociones de agua fría y
algunas sales que le hicimos aspirar le volvieron por completo el
conocimiento y aunque no quedó enteramente exhausta de ánimo por sus
terrores, sinembargo aún continuaba deplorando el resto del dinero que
no quiso tomar. En el interín, el Inspector apresuró su marcha, tanto
cuanto pudo, en dirección de la Caleta del Gato; pero sus guardas tenían
que desmontar y que ir marchando á tientas por las escabrosidades de la
cañada, llevando del diestro á los caballos, algunas veces
conteniéndolos y constantemente con el temor de una emboscada, por lo
mismo no fué cosa de sorprenderse el que, cuando llegaron al lugar en
que sabían que la barca estaba fondeada, ésta se hubiera hecho ya á la
mar, si bien estaba aún á cortísima distancia de la playa. Todavía la
voz del Inspector pudo llegar hasta los fugitivos, uno de los cuales le
gritó que se quitase de la luz de la luna porque podría ir á saludarle
un poco de plomo. No acababa de apagarse el eco de esta intimación
cuando silbó una bala de mosquete casi rozando el brazo de Dance y acto
continuo la embarcación dobló la punta de la caleta y desapareció. El
Inspector se quedó allí, según su propia expresión "como pez fuera del
agua" y todo lo más que pudo hacer fué enviar un hombre á Brístol para
prevenir el arribo posible de la falúa aquella, lo cual era lo mismo que
nada, en su opinión.
--Han salido salvos, añadió, y la cosa ha concluido allí. Solamente me
alegro mucho de que hayamos trillado al paso á Maese Pew, que de no ser
así ya hubiera recibido, á estas horas, noticias mías.
Volvíme entonces con él á la posada del "-Almirante Benbow-" y no podría
nadie imaginarse qué cuadro de trastorno y destrozo encontré en nuestra
casa. El reloj, con su gran caja de madera, había sido arrojado al
suelo por aquellos bárbaros en su desesperada cacería emprendida para
buscarnos á mi madre y á mí, y aun cuando es cierto que nada se habían
llevado á excepción del talego de dinero del Capitán y algunas monedas
de plata de nuestra gaveta, pude hacerme cargo, desde la primera ojeada
que dí, de que estábamos arruinados. El Inspector Dance no podía hacer
nada en aquel caos.
--Bueno, Jim, díjome; tú afirmas que ellos han cogido el dinero, ¿no es
así? entonces ¿qué fortuna era la que buscaban aquí? ¿más dinero tal
vez?
--No señor, no creo que fuese dinero, le contesté, lo cierto es que yo
creo tener aquí, en la bolsa de pecho de mi jubón lo que ellos buscaban
y quisiera, de buen grado, depositarlo desde luego en un lugar seguro.
--¿Para ponerlo á salvo, muchacho? me parece muy bueno, dijo. Yo me lo
llevaré si tú quieres.
--Yo pensaba, tal vez, que el Doctor Livesey... comencé yo.
--¡Excelente! ¡magnífico! me interrumpió él en muy plausible tono; tu
idea es immejorable; él es todo un caballero y todo un magistrado. Y
ahora que pienso en ello, yo también debo ir allá y dar cuenta, ya sea á
él, ya al Caballero Trelawney, de la muerte de ese Maese Pew, que ya no
tiene remedio. Y no es que yo la deplore, nó; sino que las gentes poco
benévolas podrían querer acriminar por ella á un oficial del fisco de Su
Majestad, si acriminación cupiere en este caso. Ahora, pues, Hawkins, si
tú quieres, puedo llevarte conmigo.
Le dí cordialmente las gracias por su ofrecimiento y nos fuimos á pie
otra vez á la aldea en donde estaban los caballos. Mientras fuí á
avisar á mi madre lo que iba yo á hacer ya las cabalgaduras estaban
ensilladas.
--Dogger, dijo el Sr. Dance, tú llevas allí un buen caballo, ponte á
este chiquillo en ancas.
No bien hube yo montado y asídome al cinturón de Dogger, el Inspector
dió la señal de partida y toda la caravana se puso en movimiento
saliendo al camino, á un trote bastante vivo, y cruzando el puente que
nos sirvió de escondite, rumbo á la casa del Doctor Livesey.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO VI
LOS PAPELES DEL CAPITÁN
Caminamos bastante de prisa hasta que por fin nos detuvimos á la puerta
del Doctor Livesey. La casa estaba enteramente oscura en el exterior.
El Inspector Dance me dijo que me apeara y llamase á la puerta y Dogger
me dió uno de sus estribos para que bajara por él. La puerta se abrió
casi inmediatemente y apareció la criada.
--¿Está en casa el Doctor? le pregunté.
--Nó, me contestó, estuvo aquí en la tarde, pero volvió á salir rumbo á
la Universidad en donde iba á comer y á pasar la velada con el Caballero
Trelawney.
--Entonces, vamos allá, muchachos, dijo el Inspector.
Por esta vez, como la distancia que había que recorrer era muy corta, ya
no volví á montar, sino que marché teniéndome á la correa del estribo de
Dogger hasta el pabellón del conserje, y de allí arriba por la larga y
desnuda avenida, alumbrada á aquella hora por el resplandor de la luna,
y á cuyo término se veía, de uno y otro lado, en medio de viejos
jardines, la blanca silueta del grupo de edificios que forman la
Universidad. Aquí el Inspector Dance desmontó, y llevándome consigo,
obtuvo el permiso de pasar al interior del establecimiento para un
pequeño asunto.
El criado nos condujo á un pasillo esterado á cuyo extremo nos mostró la
gran biblioteca, toda forrada de inmensos estantes, coronados de bustos
de sabios de todas las edades. Allí encontramos al Caballero Trelawney y
al Doctor Livesey, charlando animadamente, puro en mano, á los lados de
un fuego alegre y brillante.
Hasta aquella noche no había yo tenido ocasión de ver de cerca al
Caballero Trelawney. Era un hombre alto, de más de seis pies de estatura
y de anchura proporcionada, con un rostro agreste, áspero y encarnado
que sus largos viajes habían puesto así, como forrado por una máscara.
Sus pupilas eran muy negras y se movían con gran vivacidad, lo cual le
daba la apariencia de poseer un temperamento, no diré malo, pero sí
violento y altivo.
--Pase Vd., Sr. Dance, dijo entonces, en un tono benévolo y amable.
--Buenas noches, Dance, dijo á su vez el Doctor con una inclinación de
cabeza. Y buenas noches, tú también, amigo Jim, ¿qué buenos vientos
traen á Vds. por acá?
El Inspector quedóse de pie, derecho y tieso como un veterano, y contó
lo acaecido como un estudiante que recita su lección. Era de verse cómo
aquellos dos caballeros se acercaban insensiblemente, y qué miradas se
dirijían el uno al otro, embargándoles la sorpresa de tal modo que hasta
se olvidaron por completo de fumar sus puros. Cuando se les refirió cómo
mi madre había vuelto sola conmigo á la posada, el Doctor se dió una
buena palmada en el muslo y el Caballero Trelawney exclamó:
--¡Bravo, bravo! y en su entusiasmo arrojó su excelente puro á la
chimenea. Mucho antes de que lo hiciera se había ya puesto de pie, y
medía á pasos agitados la habitación, en tanto que el Doctor, como si
esto le ayudara á oir mejor, se había arrancado la empolvada peluca y se
nos exhibía allí, haciendo una figura extrañísima, con su propio pelo
negro, cortado á peine, como se dice en términos de barbería.
Al fin el Inspector Dance concluyó su narración.
--Sr. Dance, dijo el Caballero, es Vd. un hombre de muy noble corazón.
En cuanto al hecho de haber atropellado á aquel perverso lo considero,
señor mío, como un acto meritorio, tal como el pisar sobre una alimaña
venenosa. Y por lo que hace á este buen mozalbete Hawkins, él ha sido
"triunfos" en este juego. Vamos, chicuelo, ¿quieres hacer el favor de
tirar el cordón de esa campanilla? Es preciso que obsequiemos al Sr.
Inspector con un buen vaso de cerveza.
--Por lo visto, Jim, ¿tú crées tener en tu poder lo que esos malvados
buscaban? interrogó el Doctor.
--Aquí lo tiene Vd., dije alargándole el paquete envuelto en tela
impermeable.
El Doctor lo tomó y le dió vueltas y más vueltas, como si sus dedos
danzaran con la impaciencia nerviosa de abrir aquello; pero en vez de
hacerlo así, depositó el paquete tranquilamente en su bolsillo.
--Caballero Trelawney, dijo, así que el Sr. Dance haya tomado su
cerveza, tiene, por fuerza, que salir de nuevo al servicio de Su
Magestad; pero en cuanto á Jim, me propongo hacerlo que se quede esta
noche á dormir en mi casa, así es que con su permiso, propondría yo que
le mandáramos dar una buena tajada de pastel frío para que cene.
--Como Vd. quiera, Livesey, dijo el Caballero, Hawkins se ha hecho
acreedor á algo mucho mejor que un pastel frío.
Dicho esto, me trajeron y colocaron en una mesita lateral un grande y
apetitoso pastel de pichón, con el cual me despaché concienzudamente y
muy á mi sabor, porque la verdad es que tenía yo tanta hambre como un
halcón. En el interín, el Sr. Dance recibía nuevos cumplidos, tomaba su
cerveza y concluía, al fin, por despedirse.
--Y ahora Caballero, dijo el Doctor...
--Y ahora, Livesey, exclamó el Caballero en el mismo tono.
Cada cosa á su tiempo, como lo reza un adagio, dijo el Doctor riendo;
¿Vd. ha oído hablar de ese Flint, á lo que creo?
--¡Oído hablar de él! exclamó el Caballero, oído hablar de él! Pues si
ha sido el más sanguinario filibustero que jamás ha cruzado el océano.
Barba-roja era un niño de pecho junto á él. Los españoles le tenían un
miedo tan horrible que, debo decirlo con franqueza, me sentía yo
orgulloso de que Flint fuese un inglés. Yo he visto, con mis propios
ojos, las gavias de su navío, á la altura de la -Trinidad-, y el
gallinazo hijo de borrachín con quien yo me había embarcado, hizo proa
atrás, refugiándose á toda prisa en Puerto-España.
--Está bien, dijo el Doctor, también yo he oído hablar de él en
Inglaterra; pero la cuestión es esta, ¿tenía dinero?
--¡Dinero! exclamó el Caballero Trelawney, ¡ha oído Vd. cosa! ¿pues
qué es lo que esos villanos buscaban sino dinero? ¿qué les importa á
ellos nada que no sea dinero? ¿y por qué otra cosa arriesgarían sus
viles pellejos que no fuese por dinero?
[Illustration: LOS PAPELES DEL CAPITÁN.
"Tanto el Caballero como yo estábamos ya observando..."]
--Eso lo veremos pronto, replicó el Doctor; pero Vd. está tan
extraordinariamente excitado y declamador que no acierto á sacar en
limpio nada de lo que deseo. Lo que yo quiero saber es esto: suponiendo
que tengo yo en mi bolsa, aquí, la llave para descubrir el punto en que
Flint ha sepultado su tesoro, ¿el tal tesoro será algo que valga la
pena?
--¡Que valga la pena! ¡Por San Jorge! Valdrá nada menos que esto: si
tenemos esa clave que Vd. sospecha, yo fletaré un buque en Brístol y
llevaré conmigo á Vd. y á Hawkins, y crea que desenterraré el tal tesoro
aunque deba buscar un año entero.
--Muy bien; ahora pues, si Jim consiente, abriremos este paquete, dijo
el Doctor poniéndolo sobre la mesa.
El lío estaba cosido, así fué que el Doctor tuvo que sacar de su estuche
unas tijeras y cortar las hebras que lo aseguraban. Dos cosas
aparecieron: un cuaderno y un papel sellado.
--Primero examinaremos el cuaderno, sugirió el Doctor.
--Tanto el Caballero como yo estábamos ya observando por encima de su
hombro cuando él lo abrió, pues por lo que hace á mí ya el mismo Doctor
me había antes invitado á que me acercase sin ceremonias, dejando la
mesa donde había cenado, para participar en el placer de la curiosa
investigación. En la primera página no había más que algunos rasgos de
manuscrito, como los que un hombre, con una pluma en la mano, puede
hacer por vía de práctica ó de entretenimiento. Una de las frases
escritas era la misma que el Capitán llevaba en los dibujos indelebles
de su brazo "Caprichos de Billy Bones." Luego se leía esto: "Maese W.
Bones, piloto," "No más rom," y "Cerca de Punta de Palma lo hubo" y
algunos otros motes y palabras sueltas, en su mayor parte
ininteligibles. No pude prescindir de que se excitara mi curiosidad
pensando quién sería el que -lo hubo- y qué fué -lo que hubo-. Lo mismo
podía tratarse de una buena estocada en la espalda que de otra cosa
cualquiera.
--No sacaremos de aquí gran cosa en limpio, dijo el Doctor volviendo la
hoja.
Las diez ó doce páginas siguientes estaban llenas con una curiosa serie
de entradas. En la extremidad de cada una de las líneas se veía una
fecha, y en la otra una suma de dinero, como en los libros de cuentas
comunes y corrientes; pero en vez de palabras explicativas, sólo se
encontraba un número variable de cruces entre una y otra. En la fecha
marcada 12 de Junio de 1745, por ejemplo, se veía claramente que la
cantidad de setenta libras esterlinas se debía á alguno, y no se veían
sino seis cruces para explicar la causa ú origen de la deuda. En algunos
lugares, para mayor seguridad, se añadía el nombre de algún lugar como
"Á la altura de Caracas," ó bien una mera cita geográfica de latitud y
longitud como, 53° 17' 20" y 19° 2' 40".
Aquel memorándum duraba muy cerca del espacio de veinte años,
aumentando, como era natural, el guarismo total, á proporción que el
tiempo avanzaba, hasta que al último se veía un gran total sumado,
después de cuatro ó cinco adiciones equívocas rectificadas, y por todo
apéndice estas tres palabras "Hucha de Bones."
--No le hallo á esto pies ni cabeza, dijo el Doctor.
--Pues la cosa es clara como la luz del medio día, exclamó el Caballero:
este es el libro de cuentas del malvado sabueso. Esas cruces ocupan allí
el lugar de los nombres de buques y aldeas que él echó á pique ó entró á
saqueo. Las sumas no son más que la parte que en cada hazaña de esas
tocó á nuestro escorpión, y en donde tenía algún error ya ve Vd. que
cuidaba de añadir algo que aclarara como "Á la altura de Caracas" ya
puede Vd. colegir por esta inscripción que algún desdichado buque fué
tomado al abordaje á la altura de las costas mencionadas. ¡Dios haya
recibido en su seno á las pobres almas que tripulaban esa barca, tiempo
hace ya!
--Es verdad dijo el Doctor. Vea Vd. de lo que sirve ser uno viajero; es
verdad. Y el monto aumenta á medida que él asciende en categoría.
Muy poco más había en el libro, excepto determinaciones geográficas de
algunos lugares anotados en las hojas en blanco hacia el fin del
cuaderno, y una tabla para la reducción de monedas francesas, inglesas y
españolas á un valor común.
--¡Hombre arreglado! exclamó el Doctor; no era á él á quien podían
hacérsele trampas, de seguro.
--Ahora, prosiguió el Caballero, veamos esto otro.
El papel cuyo exámen seguía, estaba sellado en diversos puntos,
habiéndose usado un dedal por vía de sello, tal vez el mismo que había
yo encontrado en la bolsa del Capitán. El Doctor abrió los sellos con
gran cuidado y apareció entonces el mapa de una isla, con su latitud,
longitud, sondas, nombres de montañas, bahías, caletas, abras, y todos
los pormenores necesarios para poder llevar un buque á anclar á salvo en
sus costas. Parecía como de unas nueve millas de largo y cinco de ancho,
teniendo la figura de una especie de dragón en pie, y presentaba dos
magníficos fondeaderos, perfectamente cerrados y una eminencia en la
parte central marcada con el nombre de "El Vigía." Veíanse algunas
adiciones hechas en fecha más reciente, pero lo que más saltaba á la
vista eran tres cruces marcadas con tinta roja, dos en la parte norte de
la isla y una al sudoeste, y además, escrito con la misma tinta
encarnada en caracteres muy claros y elegantes, bien distintos de la
tosca escritura del Capitán, estas tres significativas palabras "-Aquí
el tesoro-."
Por detrás, la misma mano había trazado estas explicaciones
complementarias.
--"-Un grande árbol, en la vertiente de 'EL VIGÍA,' en dirección al
N.-N.N.E.-
"-Islote del Esqueleto E.S.E. cuarta al E.-
"-Diez pies.-
"-La gran barra de plata está en el hoyo del lado Norte; puede
encontrársela siguiendo el declive del montecillo al Este, diez
brazas al Sur del peñasco negro frente á él.-
"-Las armas se encontrarán fácilmente en la loma de arena que está
en la punta Norte del fondeadero septentrional, en dirección Este,
cuarta al Norte.--J. F.-"
Esto era todo; pero conciso como era, y para mí incomprensible, llenó de
júbilo al Caballero y al Doctor Livesey.
--Livesey, dijo el Sr. de Trelawney, va Vd. á abandonar en el acto su
desdichada y penosa profesión. Mañana salgo para Brístol. En tres
semanas... ¡nó! en dos semanas... en diez días, le aseguro á Vd. que
tendremos el mejor buque, si señor, y la más escojida tripulación que
puede suministrar la Inglaterra. Hawkins vendrá con nosotros como paje
de á bordo. ¡Vamos! yo sé que tú harás un famoso paje de á bordo,
chico... Vd., Livesey, será el médico del buque; yo me gradúo Almirante
desde luego. Nos llevaremos á Redruce, Joyce y Hunter. Tendremos vientos
favorables, viaje rápido, y sin la menor dificultad hallaremos el sitio
indicado y en él, dinero en cantidad bastante para comer, para arrastrar
carrozas y para gastar como príncipes por el resto de nuestra vida.
--Trelawney, dijo el Doctor, prometo acompañarle en la expedición, y
puedo responder de su éxito; Jim también vendrá, por supuesto, y será
una honra para la empresa. Pero hay un hombre, uno solo á quien yo temo.
--¿Y quién es él? exclamó el Caballero: nombre Vd. á ese pícaro sin
dilación.
--¡Vd! replicó el Doctor. Vd. que no tiene la fuerza necesaria para
refrenar su lengua. Nosotros no somos los únicos en conocer la
existencia de este documento. Esos individuos que han atacado la posada
esta noche--arrojados y valientes marrulleros sin duda alguna--lo mismo
que los que se habían quedado guardando la extraña barca de que nos
habló Dance, todos esos, y me atreveré á afirmar que otros todavía, por
angas ó por mangas, se créen con la resolución inquebrantable de
apoderarse de la hucha. Ninguno de nosotros, debe, pues, salir solo en
lo de adelante hasta estar á bordo. Jim y yo andaremos juntos en el
interín. Vd. llevará consigo á Joyce y á Hunter cuando salga para
Brístol y del primero al último de los que aquí estamos nos debemos
comprometer á no chistar palabra de lo que hemos descubierto.
--Livesey, dijo el Caballero; Vd. siempre tiene razón: por mi parte
prometo estarme mudo como una tumba.
[Illustration]
[Illustration]
PARTE II
-EL COCINERO DE "LA ESPAÑOLA"-
CAPÍTULO VII
SALGO PARA BRÍSTOL
Pasó mucho más tiempo del que el Caballero Trelawney se imaginó al
principio, antes de que estuviésemos listos para hacernos á la mar, y
ninguno de nuestros planes primitivos pudo llevarse á ejecución, ni aun
el de que el Doctor Livesey me tuviese siempre consigo. El Doctor tuvo
que marchar á Londres para buscar un médico que se hiciera cargo de su
clientela; el Caballero se fué á Brístol en donde puso, con todo su
ardor, manos á la obra en los preparativos de la expedición, y en cuanto
á mí me quedé instalado en la Universidad, á cargo de Redruth el montero
ó guarda-caza, casi en calidad de prisionero, pero lleno de ensueños
marítimos y de las más atractivas anticipaciones imaginarias de islas
extrañas y aventuras novelescas. Me deleitaba reproduciéndome en un
mapa, durante horas enteras, todos los detalles que recordaba. Y sin
moverme de junto al fuego en el salón del amo de la casa, me acercaba
con la fantasía á la ansiada isla, en todas las direcciones posibles;
exploraba cada acre de terreno de su superficie, subía veinte veces á la
cumbre de aquel elevado monte que llamaban "El Vigía" y desde su cima
gozaba de los más deliciosos y variados panoramas. Algunas veces veía
yo aquella isla densamente cubierta de caníbales con los cuales teníamos
que batirnos; otras veces llena de bravos y salvajes animales que nos
perseguían; pero la verdad es que todas las lucubraciones de mi fantasía
distaron mucho de parecerse á nuestras extrañas y trágicas aventuras en
aquella tierra.
Así fueron discurriendo semanas y semanas hasta que un hermoso día llegó
una carta dirijida al Doctor Livesey, con esta adición "En caso de
ausencia del Doctor, abran esta carta Tom Redruth ó el joven Hawkins."
En acatamiento de esta orden encontramos, pues, ó más bien dicho
encontré yo, puesto que el guarda-monte era un hombre bastante atrasado
en achaques de escritura, y lectura que no fuese en letras de molde,
encontré, digo, las importantes noticias siguientes:
"HOTEL DEL ANCLA, BRÍSTOL, -Marzo 1 de 17---.
"QUERIDO LIVESEY:
"No sabiendo si ha regresado Vd. á la Universidad ó si permanece
todavía en Londres, envío esta por duplicado á ambos lugares.
"Nuestro buque está ya comprado y arreglado con todo lo necesario.
Ahora mismo está surto y listo para levar en el primer momento que
se le necesite. Vd. no ha visto en su vida una goleta más esbelta
ni más gallarda y velera. Un joven cualquiera podría maniobrarla
con la mayor facilidad: tiene doscientas toneladas de arquéo y su
nombre es -La Española-.
"La he comprado con la intervención de mi viejo amigo Blandy que ha
probado en esta ocasión ser un sorprendente conocedor de la
materia. Este incomparable amigo literalmente se ha consagrado en
cuerpo y alma á mis intereses y--puedo decirlo--lo mismo han hecho
en Brístol todos, en cuanto que han visto la clase de puerto á que
nos dirijimos: es decir -á Puerto tesoro-...."
--Redruth, díjele interrumpiendo la lectura de la carta, el Doctor
Livesey no se pondrá muy contento con esto. Veo que, al fin y al cabo,
el Caballero ha dejado que se deslice su lengua.
--Bueno ¿quién tiene más derecho de hacerlo? murmuró el guarda-caza.
Apuesto una botella de rom á que el Caballero puede muy bien hablar sin
esperar el permiso del Dr. Livesey.
Después de esto creí prudente dar de mano á todo comentario y continué
leyendo:
"Blandy en persona dió con -La Española-, y con una habilidad que
le admiro, la compró por una verdadera bicoca. Hay aquí en Brístol
ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy. Parece
que andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y
excelente amigo no ha hecho más que una grosera especulación; que
-La Española- era propiedad suya y que todo lo que hizo fué
vendérmela á un precio absurdamente alto. Todas esas no son más que
calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores se
atreve á negar las excelentes cualidades de nuestra goleta.
"Empero él, dije, no contaba ni con una sola vuelta-de-cabo. Los
trabajadores, ó por mejor llamarlos, los aparejadores han andado
verdaderamente á paso de tortuga. Pero esto no era sino obra de
pocos días. Lo que me preocupaba era la tripulación.
"Yo quería una veintena redonda de hombres--en caso de ser del
país, filibusteros; ó bien de los aborrecidos franceses--pero
parece que lo hacía el diantre mismo, el caso es que yo no daba ni
con la mitad de lo requerido, hasta que un verdadero golpe de
fortuna me trajo al hombre que yo necesitaba.
"Un día estaba yo parado en el muelle cuando, por mera casualidad,
entré en conversación con él. Me encontré con que es un viejo
marino que tiene una especie de taberna en Brístol conocida de
todos los marineros; que ha perdido su salud en tierra y que
recibiría con mucho agrado una plaza de cocinero á bordo, para
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