ruina... Es muy peligroso al inferior meterse entre las puntas de las
espadas, cuando dos enemigos poderosos lidian.
HORACIO.--¡Oh, qué rey éste!
HAMLET.--¿Juzgas tú que no estoy en obligación de proseguir lo que
falta? El que asesinó a mi padre y mi rey, que ha deshonrado á mi
madre, que se ha introducido furtivamente entre el solio y mis derechos
justos, que ha conspirado contra mi vida valiéndose de medios tan
aleves... ¿no será justicia rectísima castigarle con esta mano? ¿No será
culpa en mí tolerar que ese monstruo exista para cometer, como hasta
aquí, maldades atroces?
HORACIO.--Presto le avisarán de Inglaterra cuál ha sido el éxito de su
solicitud.
HAMLET.--Sí, presto lo sabrá; pero entre tanto el tiempo es mío, y para
quitar á un hombre la vida un instante basta... Sólo me disgusta, amigo
Horacio, el lance ocurrido con Laertes, en que olvidado de mí propio, no
vi en mi sentimiento la imagen y semejanza del suyo. Procuraré su
amistad, sí... Pero, ciertamente, aquel tono amenazador que daba á sus
quejas irritó en exceso mi cólera.
HORACIO.--Callad... ¿Quién viene aquí?
ESCENA V
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE
ENRIQUE.--En hora feliz haya regresado V. A. á Dinamarca.
HAMLET.--Muchas gracias, caballero... ¿Conoces á este moscón?
HORACIO.--No, señor.
HAMLET.--Nada se te dé, que el conocerle es por cierto, poco agradable.
Este es señor de muchas tierras y muy fértiles, y por más que él sea un
bestia que manda en otros tan bestias como él, ya se sabe, tiene su
pesebre fijo en la mesa del rey... Es la corneja más charlera que en mi
vida he visto; pero, como te he dicho ya, posee una gran porción de
polvo.
ENRIQUE.--Amable príncipe, si vuestra grandeza no tiene ocupación que se
lo estorbe, yo le comunicaría una cosa de parte del rey.
HAMLET.--Estoy dispuesto á oirla con la mayor atención... Pero emplead
el sombrero en el uso á que fué destinado. El sombrero se hizo para la
cabeza.
ENRIQUE.--Muchas gracias, señor... ¡Eh! el tiempo está caluroso.
HAMLET.--No, al contrario, muy frío. El viento es norte.
ENRIQUE.--Cierto, que hace bastante frío.
HAMLET.--Antes yo creo... á lo menos para mi complexión, hace un calor
que abrasa.
ENRIQUE.--¡Oh! en extremo... sumamente fuerte, como... yo no sé cómo
diga... Pues, señor, el rey me manda que os informe de que ha hecho una
grande apuesta en vuestro favor. Este es el asunto.
HAMLET.--Tened presente que el sombrero se...
ENRIQUE.--¡Oh! señor... lo hago por comodidad... cierto... Pues ello es
que Laertes acaba de llegar á la corte... ¡Oh! es un perfecto caballero,
no cabe duda. Excelentes cualidades, un trato muy dulce, muy bienquisto
de todos... Cierto, hablando sin pasión, es menester confesar que es la
nata y flor de la nobleza, porque en él se hallan cuantas prendas pueden
verse en un caballero.
HAMLET.--La pintura que de él hacéis no desmerece nada en vuestra boca,
aunque yo creí que al hacer el inventario de sus virtudes se
confundirían la aritmética y la memoria, y ambas serían insuficientes
para suma tan larga. Pero sin exagerar su elogio, yo le tengo por un
hombre de grande espíritu y de tan particular y extraordinaria
naturaleza, que (hablando con toda la exactitud posible) no se hallará
su semejanza sino en su mismo espejo; pues el que presuma buscarla en
otra parte sólo encontrará bosquejos informes.
ENRIQUE.--V. A. acaba de hacer justicia imparcial en cuanto ha dicho de
él.
HAMLET.--Sí; pero sépase á qué propósito nos enronquecemos ahora,
entrometiendo en nuestra conversación las alabanzas de ese galán.
ENRIQUE.--¿Cómo decís, señor?
HORACIO.--¿No fuera mejor que le hablarais con más claridad? Yo creo,
señor, que no os sería difícil.
HAMLET.--Digo que ¿á qué viene ahora hablar de ese caballero?
ENRIQUE.--¿De Laertes?
HORACIO.--¡Eh! ya vació cuanto tenía, y se le acabó la provisión de
frases brillantes.
HAMLET.--Sí; señor; de ése mismo.
ENRIQUE.--Yo creo que no estaréis ignorante de...
HAMLET.--Quisiera que no me tuvierais por ignorante; bien que vuestra
opinión no me añadiría un gran concepto... Y bien, ¿qué más?
ENRIQUE.--Decía, que no podéis ignorar el mérito de Laertes.
HAMLET.--Yo no me atreveré á confesarlo por no igualarme con él, siendo
averiguado que para conocer bien á otro es menester conocerse bien á sí
mismo.
ENRIQUE.--Yo lo decía por su destreza en el arma, puesto que según la
voz general, no se le conoce compañero.
HAMLET.--¿Y qué arma es la suya?
ENRIQUE.--Espada y daga.
HAMLET.--Esas son dos armas... Vaya, adelante.
ENRIQUE.--Pues, señor, el rey ha apostado contra él seis caballos
bárbaros, y él ha impuesto por su parte (según he sabido) seis espadas
francesas con sus dagas y guarniciones correspondientes, como cinturón,
colgantes, y así á este tenor... Tres de estas cureñas particularmente
son la cosa más bien hecha que puede darse. ¡Cureñas como ellas!... ¡Oh!
es obra de mucho gusto y primor.
HAMLET.--Y ¿á qué cosa llamáis cureñas?
HORACIO.--Ya recelaba yo que sin el socorro de notas marginales no
pudierais acabar el diálogo.
ENRIQUE.--Señor, por cureñas entiendo yo, así, los... los cinturones...
HAMLET.--La expresión sería mucho más propia, si pudiéramos llevar al
lado un cañón de artillería; pero en tanto que este uso no se introduce,
los llamaremos cinturones... En fin, vamos al asunto. Seis caballos
bárbaros contra seis espadas francesas con sus cinturones, y entre ellos
tres cureñas primorosas... ¿Conque esto es lo que apuesta el francés
contra el dinamarqués? ¿Y á qué fin se han impuesto (como vos decís)
todas esas cosas?
ENRIQUE.--El rey ha apostado que si batalláis con Laertes, en doce
jugadas no pasarán de tres botonazos los que él os dé; y él dice, que
en las mismas doce os dará nueve cuando menos, y desea que esto se
juzgue inmediatamente, si os dignáis de responder.
HAMLET.--¿Y si respondo que no?
ENRIQUE.--Quiero decir, si admitís el partido que os propone.
HAMLET.--Pues, señor, yo tengo que pasearme todavía en esta sala; porque
si S. M. no lo ha por enojo, ésta es la hora crítica en que yo
acostumbro respirar el ambiente. Tráiganse aquí los floretes, y si ese
caballero lo quiere así, y el rey se mantiene en lo dicho, le haré ganar
la apuesta si puedo; y si no puedo, lo que yo ganaré será vergüenza y
golpes.
ENRIQUE.--Con que ¿lo diré en esos términos?
HAMLET.--Esta es la substancia; después lo podéis adornar con todas las
flores de vuestro ingenio.
ENRIQUE.--Señor, recomiendo nuevamente mis respetos á vuestra grandeza.
HAMLET.--Siempre vuestro, siempre.
ESCENA VI
HAMLET, HORACIO
HAMLET.--El hace muy bien de recomendarse á si mismo; porque si no, dudo
mucho que nadie lo hiciese por él.
HORACIO.--Este me parece un vencejo que empezó á volar y chillar con el
cascarón pegado á las plumas.
HAMLET.--Sí, y aun antes de mamar hacía ya cumplimientos á la teta...
Este es uno de los muchos que en nuestra corrompida edad son estimados,
únicamente porque saben acomodarse al gusto del día con esa exterioridad
halagüeña y obsequiosa... y con ella tal vez suelen sorprender el
aprecio de los hombres prudentes; pero se parecen demasiado á la espuma,
que por más que hierva y abulte, al dar un soplo se reconoce lo que es;
todas las ampollas huecas se deshacen, y no queda nada en el vaso.
ESCENA VII
HAMLET, HORACIO, un Caballero
CABALLERO.--Señor, parece que S. M. os envió un recado con el joven
Enrique, y éste ha vuelto diciendo que esperabais en esta sala. El rey
me envía á saber si gustáis de batallar con Laertes inmediatamente, ó si
queréis que se dilate.
HAMLET.--Yo soy constante en mi resolución, y la sujeto á la voluntad
del rey. Si esta hora fuese cómoda para él, también lo es para mí:
conque hágase al instante ó cuando guste, con tal que me halle en la
buena disposición que ahora.
CABALLERO.--El rey y la reina bajan con toda la corte.
HAMLET.--Muy bien.
CABALLERO.--La reina quisiera que antes de comenzar la batalla,
hablarais á Laertes con dulzura y expresiones de amistad.
HAMLET.--Es advertencia muy prudente.
ESCENA VIII
HAMLET, HORACIO
HORACIO.--Temo que habéis de perder, señor.
HAMLET.--No, yo pienso que no. Desde que él partió para Francia, no he
cesado de ejercitarme, y creo que le llevaré ventaja... Pero... no
podrás imaginarte qué angustia siento aquí en el corazón... ¿Y sobre
qué?... No hay motivo...
HORACIO.--Con todo eso, señor...
HAMLET.--¡Ilusiones vanas!... Especies de presentimientos capaces sólo
de turbar un alma femenil.
HORACIO.--Si sentís interiormente alguna repugnancia, no hay por qué
empeñaros. Yo me adelantaré á encontrarlos, y les diré que estáis
indispuesto.
HAMLET.--No, no... Me burlo yo de tales presagios. Hasta en la muerte de
un pajarillo interviene una providencia irresistible. Si mi hora es
llegada, no hay que esperarla; si no ha de venir ya, señal que es hora;
y si ahora no fuese, habrá de ser después: todo consiste en hallarse
prevenido para cuando venga. Si el hombre al terminar su vida ignora
siempre lo que podría ocurrir después, ¿qué importa que la pierda tarde
ó presto? Sepa morir.
ESCENA IX
HAMLET, HORACIO, CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, ENRIQUE, caballeros,
damas, acompañamiento
CLAUDIO.--Ven, Hamlet, ven y recibe esta mano que te presento. (-Hace
que Hamlet y Laertes se den la mano-).
HAMLET.--Laertes, si estáis ofendido de mí, os pido perdón. Perdonadme
como caballero. Cuantos se hallan presentes saben, y aun vos mismo lo
habréis oído, el desorden que mi razón padece. Cuanto haya hecho
insultando la ternura de vuestro corazón, vuestra nobleza ó vuestro
honor, cualquiera acción, en fin, capaz de irritaros, declaro
solemnemente en este lugar que ha sido efecto de mi locura. ¿Puede
Hamlet haber ofendido á Laertes? No. Hamlet no ha sido, porque estaba
fuera de sí; y si en tal ocasión (en que él á sí propio se desconocía)
ofendió á Laertes, no fué Hamlet el agresor, porque Hamlet lo desaprueba
y lo desmiente. Pues ¿quién puede ser? Su demencia sola... Siendo esto
así, el desdichado Hamlet es partidario del ofendido, al paso que en su
propia locura reconoce su mayor contrario. Permitid, pues, que delante
de esta asamblea me justifique de toda siniestra intención, y espero de
vuestro ánimo generoso el olvido de mis desaciertos. Disparaba el arpón
sobre los muros de ese edificio; y por error herí á mi hermano.
LAERTES.--Mi corazón, cuyos impulsos naturales eran los primeros á
pedirme en este caso venganza, queda satisfecho. Mi honra no me permite
pasar adelante, ni admitir reconciliación alguna, hasta que examinado el
hecho por ancianos y virtuosos árbitros, se declare que mi pundonor está
sin mancilla. Mientras llega este caso, admito con afecto recíproco el
que me anunciáis, y os prometo de no ofenderle.
HAMLET.--Yo recibo con sincera gratitud ese ofrecimiento, y en cuanto á
la batalla que va á comenzarse, lidiaré con vos como si mi competidor
fuese mi hermano... Vamos. Dadnos floretes.
LAERTES.--Sí, vamos... uno á mí.
HAMLET.--La victoria no os será difícil: vuestra habilidad lucirá sobre
mi ignorancia, como una estrella resplandeciente entre las tinieblas de
la noche.
LAERTES.--No os burléis, señor.
HAMLET.--No, no me burlo.
CLAUDIO.--Dales floretes, joven Enrique. Hamlet, ya sabes cuáles son las
condiciones.
HAMLET.--Sí, señor, y en verdad que habéis apostado por el más débil.
(Traen los criados una mesa, y en ella, cuando lo manda Claudio,
ponen jarros y copas de oro que llenan de vino. Claudio y Gertrudis
se sientan junto á la mesa, y todos los demás, según su clase,
ocupan los asientos restantes. Quedan en pie los criados que sirven
las copas, Hamlet y Laertes, que se disponen para batallar, y
Horacio y Enrique en calidad de jueces ó padrinos.)
CLAUDIO.--No temo perder. Yo os he visto ya esgrimir á entrambos, y
aunque él haya adelantado después, por eso mismo el premio es mayor á
favor nuestro.
LAERTES.--Este es muy pasado. Dejadme ver otro.
(-Enrique presenta varios floretes. Hamlet toma uno, y Laertes
escoge otro-).
HAMLET.--Este me parece bueno... ¿Son todos iguales?
ENRIQUE.--Sí, señor.
CLAUDIO.--Cubrid esta mesa de copas llenas de vino. Si Hamlet da la
primera ó segunda estocada, ó en la tercera suerte da un quite al
contrario, disparen toda la artillería de las almenas. El rey beberá á
la salud de Hamlet, echando en la copa una perla más preciosa que la que
han usado en su corona los cuatro últimos soberanos daneses... Traed las
copas, y el timbal diga á las trompetas, las trompetas al artillero
distante, los cañones al cielo, y el cielo á la tierra: ahora brinda el
rey de Dinamarca á la salud de Hamlet... Comenzad, y vosotros, que
habéis de juzgarlos, observad atentos.
HAMLET.--Vamos.
LAERTES.--Vamos, señor. (-Batallan Hamlet y Laertes-).
HAMLET.--Una.
LAERTES.--No.
HAMLET.--Que juzguen.
ENRIQUE.--Una estocada, no hay duda.
LAERTES.--Bien; a otra.
CLAUDIO.--Esperad... Dadme de beber. (-Claudio echa una perla en la copa
y bebe, alarga después la copa á Hamlet, y él rehusa tomarla. Suena á lo
lejos ruido de trompetas y cañonazos-). Hamlet, esta perla es pana ti, y
brindo con ella á tu salud. Dadle la copa.
HAMLET.--Esperad un poco. (-Vuelven á batallar-). Quiero dar este bote
primero. Vamos... Otra estocada. ¿Qué decís?
LAERTES.--Sí, me ha tocado: lo confieso.
CLAUDIO.--¡Oh! nuestro hijo vencerá.
GERTRUDIS.--Está grueso y se fatiga demasiado. Ven aquí, Hamlet, toma
este lienzo y límpiate el rostro... La reina brinda á tu buena fortuna,
querido Hamlet.
(-Toma la copa y bebe; Claudio lo quiere estorbar; y Gertrudis bebe
segunda vez-).
HAMLET.--Muchas gracias, señora.
CLAUDIO.--No, no bebáis.
GERTRUDIS.--¡Oh! señor, perdonadme, yo he de beber.
CLAUDIO.--¡La copia envenenada!... Pero... no hay remedio.
HAMLET.--No, ahora no bebo, esperad un instante.
GERTRUDIS.--Ven, hijo mío, te limpiaré el sudor del rostro.
LAERTES.--Ahora veréis si le acierto.
(-Laertes habla con Claudio en voz baja, mientras Gertrudis limpia
con un lienzo el sudor á Hamlet-).
CLAUDIO.--Yo pienso que no.
LAERTES.--No sé qué repugnancia siento al ir á ejecutarlo.
HAMLET.--Vamos á la tercera, Laertes... Pero bien se ve que lo tomáis a
fiesta: batallad, os ruego, con más ahinco. Mucho temo que os burléis de
mí.
LAERTES.--¿Eso decís, señor? Vamos. (-Batallan-).
ENRIQUE.--Nada: ni uno ni otro.
LAERTES.--Ahora... ésta...
(Vuelven á batallar; se enfurecen, truécanse las espadas y quedan
heridos los dos. Horacio y Enrique los separan con dificultad;
Gertrudis cae moribunda en los brazos de Claudio. Todo es terror y
confusión.)
CLAUDIO.--Parece que se acaloran demasiado... Separadlos.
HAMLET.--No, no, vamos otra vez.
ENRIQUE.--Ved qué tiene la reina... ¡Cielos!
HORACIO.--¡Ambos heridos! ¿Qué es esto, señor?
ENRIQUE.--¿Cómo ha sido, Laertes?
LAERTES.--Esto es haber caído en el lazo que preparé... justamente muero
víctima de mi propia traición.
HAMLET.--¿Qué tiene la reina?
CLAUDIO.--Se ha desmayado al veros heridos.
GERTRUDIS.--No, no... ¡La bebida!... ¡Querido Hamlet!... ¡La bebida!....
¡Me han envenenado!
(-Queda muerta en la silla-).
HAMLET.--¡Oh, qué alevosía!... ¡Oh!... Cerrad las puertas... Traición...
Buscad por todas partes...
LAERTES.--No, el traidor está aquí. (-Dirá esto sostenido por Enrique-).
Hamlet, tú eres muerto... No hay medicina que pueda salvarte: vivirás
media hora apenas... En tu mano está el instrumento aleve, bañada con
ponzoña su aguda punta... ¡Volvióse en mi daño la trama indigna!...
Vesme aquí postrado para no levantarme jamás... Tu madre ha bebido un
tósigo... No puedo proseguir... El rey, el rey es el delincuente.
(Claudio quiere huir. Hamlet corre á él furioso, y le atraviesa la
espada por el cuerpo. Toma la copa envenenada, y se la hace apurar
por fuerza. Le deja muerto en el suelo, y vuelve á oir las últimas
palabras de Laertes.)
HAMLET.--¿Está envenenada esta punta? Pues, veneno, produce tus
efectos.
TODOS.--Traición, traición.
CLAUDIO.--Amigos, estoy herido... Defendedme.
HAMLET.--¡Malvado, incestuoso, asesino! Bebe esta ponzoña... ¿Está la
perla aquí? Sí, toma, acompaña á mi madre.
LAERTES.--¡Justo castigo!... El mismo preparó la poción mortal...
Olvidémonos de todo, generoso Hamlet, y... ¡Oh, no caiga sobre ti la
muerte de mi padre y la mía, ni sobre mí la tuya! (-Cae muerto-).
HAMLET.--El cielo te perdone... Ya voy á seguirte... Yo muero,
Horacio... Adiós, reina infeliz... (-Abrazando el cadáver de
Gertrudis-). Vosotros, que asistís pálidos y mudos con el temor á este
suceso terrible.... Si yo tuviera tiempo... (-Empieza á manifestar
desfallecimiento y angustias de muerte. Parte de los manifestantes le
acompañan y sostienen. Horacio hace extremos de dolor-). La muerte es un
ministro inexorable que no dilata la ejecución... Yo pudiera deciros...
pero no es posible. Horacio, yo muero. Tú, que vivirás, refiere la
verdad y los motivos de mi conducta á quien los ignora.
HORACIO.--¿Vivir? No lo creáis. Yo tengo alma romana, y aun ha quedado
aquí parte del tósigo.
(Busca en la mesa el jarro del veneno, echa porción de él en una
copa, va á beber. Hamlet quiere estorbárselo. Los criados quitan la
copa á Horacio, la toma Hamlet, y la tira al suelo.)
HAMLET.--Dame esa copa... presto... por Dios te lo pido. ¡Oh, querido
Horacio! si esto permanece oculto, ¡qué manchada reputación dejaré
después de mi muerte! Si alguna vez me diste lugar en tu corazón,
retarda un poco esa felicidad que apeteces, alarga por algún tiempo la
fatigosa vida en este mundo lleno de miserias, y divulga por él mi
historia... ¿Qué estrépito militar es éste?
(-Suena música militar, que se va aproximando lentamente-).
ESCENA X
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE, un Caballero y acompañamiento
CABALLERO.--El joven Fortimbrás, que vuelve vencedor de Polonia, saluda
con la salva marcial que oís, a los embajadores de Inglaterra.
HAMLET.--Yo espiro, Horacio; la activa ponzoña sofoca mi aliento... No
puedo vivir para saber nuevas de Inglaterra; pero me atrevo á anunciar
que Fortimbrás será elegido por aquella nación. Yo moribundo le doy mi
voto... Díselo tú, e infórmale de cuanto acaba de ocurrir... ¡Oh! Para
mí sólo queda ya... silencio eterno.
(-Muere-).
HORACIO.--¡En fin, se rompe ese gran corazón!... Adiós, adiós, amado
príncipe. (-Le besa las manos, y hace ademanes de dolor-). ¡Los coros
angélicos te acompañen al celeste descanso!... Pero, ¿cómo se acerca
hasta aquí ese estruendo de tambores?
ESCENA XI
FORTIMBRAS, dos embajadores, HORACIO, ENRIQUE, soldados,
acompañamiento
FORTIMBRÁS.--¿En dónde está ese espectáculo?
HORACIO.--¿Qué buscáis aquí? Si no queréis ver desgracias espantosas, no
paséis adelante.
FORTIMBRÁS.--¡Oh! Este destrozo pide sangrienta venganza... Soberbia
muerte, ¿qué festín dispones en tu morada infernal, que así has herido
con un golpe solo tantas ilustres víctimas?
EMBAJADOR 1.º.--¡Horroriza el verlo!... Tarde hemos llegado con los
mensajes de Inglaterra. Los oídos á quienes debíamos dirigirlos son ya
insensibles. Sus órdenes fueron puntualmente ejecutadas. Ricardo y
Guillermo perdieron la vida... Pero, ¿quién nos dará las gracias de
nuestra obediencia?
HORACIO.--No las recibiríais de su boca aunque viviese todavía, que él
nunca dió orden para tales muertes. Pero puesto que vos, viniendo
victorioso de la guerra contra Polonia, y vosotros, enviados de
Inglaterra, os halláis juntos en este lugar, y os veo deseosos de
averiguar este suceso trágico, disponed que esos cadáveres se expongan
sobre una tumba elevada á la vista pública, y entonces haré saber al
mundo, que lo ignora, el motivo de estas desgracias. Me oiréis hablar
(pues todo os lo sabré referir fielmente) de acciones crueles, bárbaras,
atroces: sentencias que dictó el acaso, estragos imprevistos, muertes
ejecutadas con violencia y aleve astucia, y al fin proyectos malogrados
que han hecho perecer á sus autores mismos.
FORTIMBRÁS.--Deseo con impaciencia oiros, y convendrá que se reuna con
este objeto la nobleza de la nación. No puedo mirar sin horror los dones
que me ofrece la fortuna; pero tengo derechos muy antiguos á esta
corona, y en tal ocasión es justo reclamarlos.
HORACIO.--También puedo hablar en ese propósito, declarando el voto que
pronunció aquella boca que ya no formará sonido alguno... Pero ahora que
los ánimos están en peligroso movimiento, no se dilate la ejecución un
instante solo, para evitar los males que pudieran causar la malignidad ó
el error.
FORTIMBRÁS.--Cuatro de mis capitanes lleven al túmulo el cuerpo de
Hamlet con las insignias correspondientes á un guerrero. ¡Ah! si él
hubiese ocupado el trono, sin duda hubiera sido un excelente monarca...
Resuene la música militar por donde pase la pompa fúnebre, y hágansele
todos los honores de la guerra... Quitad, quitad de ahí esos cadáveres.
Espectáculo sangriento más es propio de un campo de batalla que de este
sitio... Y vosotros haced que salude con descargas todo el ejército.
FIN DEL DRAMA
* * * * *
TEATRO FACIL
Obras de facilísima representación por su sencillez de decorado y pocos
personajes
Hombres Mujeres
1 0 =Como rezan las solteras=, por R. de Campoamor
2 3 =Sistema Ollendorff=, por Felipe Pérez Capo
1 1 =Cartas de novios=, por Enrique Arroyo
0 2 =Pescadores de caña=, por A. Mundet
0 5 =A prima fija=, por P. Muñoz Seca
1 0 =La última carta=, por F. Flores García.
2 2 =La marquesita loca=, por A. Jimenez Lora
1 1 =El caminante=, por R. J. Catarineu
1 0 =Marinera=, por Joaquín Dicenta
1 1 =Caminico e la juente=, por Portusach y Castellví
0 2 =El león de bronce=, por Joaquín Dicenta
3 0 =Rosas todo el año=, por Julio Dantas
2 2 =El billete del baile=, por L. Millá y E. Arroyo
1 2 =Los hombres=, por Armando Oliveros
1 1 =Lo que hace el querer=, por Domingo Moreno
5 2 =Nunca es tarde=, por A. Insua y A. Hernández Catá
1 5 =El grito de libertad=, por Augusto Fochs
1 2 =Petición de mano=, por Alberto Cosin
2 2 =Locura=, boceto de drama en un acto, por J. A.
2 2 =¡Por una furlana!=, juguete por T. de Mun
1 2 =Un ojo de cristal=, juguete en un acto, por L. Emegé
2 3 =Bailes rusos=, juguete por T. de Mun
0 6 =El 4.º acto del Tenorio=, por Pío M. Glañin
0 6 =La factura de un incendio=, por Gil Pimoñan
0 7 =El tío de su sobrino=, por M. P. y R.
2 3 =¡Qué escándalo!=, juguete cómico, por Gil Pimoñan
0 5 =Expiación=, cuadro dramático, por M. P. Areri
1 1 =La cajita de rapé=, diálogo por Luis Millá
1 6 =Los tres novios de Petrilla=, por Magin P. Riera
1 5 =El señor empresario=, por Gil Pimoñon
=A 50 céntimos cada obra=
Casa Editorial Maucci, Mallorca, 166.--Barcelona
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