todo buen gobierno) se olvidan y se desconocen. Gritan por todas partes:
«Nosotros elegimos por rey a Laertes.» Los sombreros arrojados al aire,
las manos y las lenguas le aplauden, llegando á las nubes la voz general
que repite: «Laertes será nuestro rey. ¡Viva Laertes!»
GERTRUDIS.--¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa traílla pérfida el
rastro mal seguro en que va á perderse!
CLAUDIO.--Ya han roto las puertas.
ESCENA XVI
LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, soldados y pueblo
LAERTES.--¿En dónde está el rey? (-Volviéndose hacia la puerta por donde
ha salido, detiene á los conjurados que le acompañan, y hace que se
retiren-). Vosotros quedaos todos afuera.
VOCES.--No, entremos.
LAERTES.--Yo os pido que me dejéis.
VOCES.--Bien, bien está.
LAERTES.--Gracias, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno
príncipe, dame á mi padre.
GERTRUDIS.--Menos, menos ardor, querido Laertes.
LAERTES.--Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me
declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo á mi padre, é
imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima la
nota infame de prostituta.
CLAUDIO.--Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión?...
Déjale, Gertrudis, no le contengas... no temas nada contra mí. Existe
una fuerza divina que defiende á los reyes; la traición no puede como
quisiera penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus
designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado?... Déjale,
Gertrudis... Habla tú.
LAERTES.--¿En dónde está mi padre?
CLAUDIO.--Murió.
GERTRUDIS.--Pero no le ha muerto el rey.
CLAUDIO.--Déjale preguntar cuanto quiera.
LAERTES.--¿Y cómo ha sido su muerte?... ¡Eh!... No, á mí no se me
engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio
los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de
salvación en el abismo más profundo... La condenación eterna no me
horroriza; suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan
nada... Sólo aspiro, y éste es el punto en que insisto, sólo aspiro á
dar completa venganza á mi difunto padre.
CLAUDIO.--¿Y quién te lo puede estorbar?
LAERTES.--Mi voluntad sola, y no todo el universo; y en cuanto á los
medios de que he de valerme, no sabré economizarlos de suerte que un
pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.
CLAUDIO.--Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de
tu amado padre, ¿está escrito acaso en tu venganza que hayas de
atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados é inocentes?
LAERTES.--No, sólo á mis enemigos.
CLAUDIO.--¿Querrás, sin duda, conocerlos?
LAERTES.--¡Oh! á mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos,
y semejante al pelícano amoroso los alimentaré, si necesario fuese, con
mi sangre misma.
CLAUDIO.--Ahora hablaste como buen hijo y como caballero. Laertes, ni
tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su
desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara á tu razón, como á tus ojos
la luz del día.
VOCES.--Dejadla entrar.
(-Ruido y voces dentro-).
LAERTES.--¿Qué novedad... qué ruido es éste?
ESCENA XVII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA, acompañamiento. Ofelia sale
vestida de blanco, el cabello suelto, y una guirnalda en la cabeza,
hecha de paja y flores silvestres, trayendo, en el faldellín muchas
flores y hierbas.
LAERTES.--¡Oh, calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas en extremo
cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los
cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso,
que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh, rosa de
mayo! ¡amable niña! ¡mi querida Ofelia! ¡mi dulce hermana!... ¡Oh
cielos! ¿y es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan
frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy
fina en amor y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez
de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto
amado.
OFELIA.--Lleváronle en su ataúd
con el rostro descubierto.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Y sobre su sepultura
muchas lágrimas llovieron.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Adiós, querido mío. Adiós.
LAERTES.--Si gozando de tu razón me incitaras á la venganza, no pudieras
conmoverme tanto.
OFELIA.--Debéis cantar aquello de:
Abajito está:
llámele, señor, que abajito está.
¡Ay, qué á propósito viene el estribillo!... El pícaro del mayordomo fué
el que robó á la señorita.
LAERTES.--Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí, que el más
concertado discurso.
OFELIA.--Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. (-A
Laertes-). Tomad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias,
que son para los pensamientos.
LAERTES.--Aun en medio de su delirio quiere aludir á los pensamientos
que la agitan y á sus memorias tristes.
OFELIA (-á Gertrudis-).--Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y
ruda... para vos también, y esto poquito es para mí... Nosotros podemos
llamarla hierba santa del domingo... vos la usaréis con la distinción
que os parezca... (-A Claudio-). Esta es una margarita... Bien os
quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi
padre. Dicen que tuvo un buen fin.
Un solitario
de plumas vario
me da placer.
LAERTES.--Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores
del infierno mismo, todo en su boca es gracioso y suave.
OFELIA.--Nos deja, se va,
y no ha de volver.
No, que ya murió,
no vendrá otra vez...
Su barba era nieve,
su pelo también.
Se fué ¡dolorosa
partida! se fué.
En vano exhalamos
suspiros por él.
Los cielos piadosos
descanso le den.
A él y á todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh! señores,
adiós.
ESCENA XVIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES
LAERTES.--¡Veis esto, Dios mío!
CLAUDIO.--Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues
este derecho. Oyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos
aquéllos que te parezca. Oigannos á entrambos, y juzguen. Si por mí
propio ó por mano ajena resultó culpado, mi reino, mi corona, mi vida,
cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay
culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos,
buscaremos los medios de aliviar tu dolor.
LAERTES.--Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su obscuro
funeral, sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos
honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo á la
tierra por un examen el más riguroso.
CLAUDIO.--Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá
sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.
ESCENA XIX
Sala en casa de Horacio
HORACIO, un criado
HORACIO.--¿Quiénes son los que me quieren hablar?
CRIADO.--Unos marineros que, según dicen, os traen cartas.
HORACIO.--Hazlos entrar. (-Vase el criado-). Yo no sé de qué parte del
mundo pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.
ESCENA XX
HORACIO, dos marineros
MARINERO 1.º--Dios os guarde.
HORACIO.--Y á vosotros también.
MARINERO 1.º--Así lo hará, si es su voluntad. Estas cartas del embajador
que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas á vos, si os llamáis
Horacio como nos han dicho.
HORACIO. (-Lee la carta.-)--«Horacio: luego que hayas leído esta,
dirigirás esos hombres al rey, para el cual les he dado una carta.
Apenas llevábamos dos días de navegación, cuando empezó á darnos caza un
pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos
vimos precisados á apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el
primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró
desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y
prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero
ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el rey
reciba las cartas que le envío, y tú ven á verme con tanta diligencia
como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al
oído, que te dejarán atónito, bien que todas ellas no serán suficientes
á expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán
hasta aquí. Guillermo y Ricardo siguieron su camino á Inglaterra. Mucho
tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre.--HAMLET.»
Vamos. Yo os introduciré para que presentéis esas cartas. Conviene
hacerlo pronto, á fin de que me llevéis después adonde queda el que os
las entregó.
ESCENA XXI
Gabinete del rey
CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO.--Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo, y me darás lugar
en el corazón como á tu amigo, después que has oído con pruebas
evidentes que el matador de tu noble padre conspiraba contra mi vida.
LAERTES.--Claramente se manifiesta... Pero decidme: ¿por qué no
procedéis contra excesos tan graves y culpables, cuando vuestra
prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las
consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente á
reprimirlos?
CLAUDIO.--Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles, para
mí han sido muy poderosas. Una es que la reina su madre vive pendiente
casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia ó felicidad mía)
tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma á la de mi esposa, que
así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en
mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón
por que no puedo proceder contra el agresor públicamente, es el grande
cariño que le tiene el pueblo; el cual, como la fuente cuyas aguas mudan
los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del príncipe,
convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal
violencia dispararse, que resistan á huracán tan fuerte; y sin tocar el
punto á que las dirija, se volverán otra vez al arco.
LAERTES.--Sí, y en tanto yo he perdido á un ilustre padre, y hallo á
una hermana en la más deplorable situación... Mi hermana, cuyo mérito
(si alcanza el elogio á lo que ya no existe) se levantó sobre lo más
sublime de su siglo, por las raras prendas que en ella se admiraron
juntas... Pero llegará, llegará el tiempo de mi venganza.
CLAUDIO.--Ese cuidado no debe interrumpirte el sueño, ni has de presumir
que yo esté formado de materia tan insensible y dura, que me deje
remesar la barba y lo tome á fiesta... Presto te informaré de lo demás.
Basta decirte que amé á tu padre, que nosotros nos amamos también, y que
espero darte á conocer la... Pero... ¿Qué noticias traes?
ESCENA XXII
CLAUDIO, LAERTES, un guardia
GUARDIA.--Señor, veis aquí las cartas del príncipe: ésta, para V. M., y
ésta, para la reina.
(-Da unas cartas á Claudio-).
CLAUDIO.--¡De Hamlet! ¿Quién las ha traído!
GUARDIA.--Dicen que unos marineros; yo no los he visto. Horacio, que las
recibió del que las trajo, es el que me las ha entregado á mí.
CLAUDIO.--Oirás lo que dicen, Laertes. Déjanos solos.
ESCENA XXIII
CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO. (-Lee una carta.-)--«Alto y poderoso señor: os hago saber cómo
he llegado desnudo á vuestro reino. Mañana os pediré permiso de ver
vuestra presencia real; y entonces, mediante vuestro perdón, os diré la
causa de mi extraña y repentina vuelta.--HAMLET.»
¿Qué quiere decir esto? ¿Se habrán vuelto los otros también, ó hay
alguna equivocación, ó acaso todo es falso?
LAERTES.--¿Conocéis la letra?
CLAUDIO (-examinando con atención la carta-).--Sí, es de Hamlet...
-Desnudo-... y en una enmienda que hay aquí, dice: -solo-... ¿Qué puede
ser esto?
LAERTES.--Yo nada alcanzo... Pero dejadle venir, que ya siento
encenderse en nuevas iras mi corazón... Sí, yo viviré, y le diré en su
cara: tú lo hiciste, y fué de esta manera.
CLAUDIO.--Si el caso es cierto... ¡Eh! ¡Cómo es posible!... ¿Y qué otra
cosa puede ser?... ¿Quieres dirigirte por mí, Laertes?
LAERTES.--Sí, señor, como no procuréis inclinarme á la paz.
CLAUDIO.--A tu propia paz, no á otra ninguna. Si él vuelve ahora
disgustado de este viaje y rehusa comenzarle de nuevo, yo le ocuparé en
una empresa que medito, en la cual perecerá sin duda. Esta muerte no
excitará el aura más leve de acusación; su madre misma absolverá el
hecho juzgándole casual.
LAERTES.--Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que
yo sea el instrumento que le ejecute.
CLAUDIO.--Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de
ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las
demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola, que en mi
opinión ocupa el último lugar.
LAERTES.--¿Y qué habilidad es, señor?
CLAUDIO.--No es más que un lazo en el sombrero de la juventud, pero que
le es muy necesario; puesto que así son propios de la juventud los
adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que
se viste por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un
caballero de Normandía... Yo conozco á los franceses muy bien, he
militado contra ellos, y son, por cierto, buenos jinetes; pero el galán
de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la
silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos como si él
y su valiente bruto animaran un cuerpo solo; y tanto excedió á mis
ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar no llegaron
á lo que él hizo.
LAERTES.--¿Decís que era normando?
CLAUDIO.--Sí, normando.
LAERTES.--Ese es Lamond, sin duda.
CLAUDIO.--El mismo.
LAERTES.--Le conozco bien, y es la joya más preciosa de su nación.
CLAUDIO.--Pues éste, hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios
por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada
en la defensa y el ataque; tanto, que dijo alguna vez que sería un
espectáculo admirable verte lidiar con otro de igual mérito, si pudiera
hallarse; puesto que, según aseguraba él mismo, los más diestros de su
nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú
esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada
pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso
para batallar contigo. Fuera de esto...
LAERTES.--¿Y qué hay además de eso, señor?
CLAUDIO.--Laertes, ¿amaste á tu padre, ó eres como las figuras de un
lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante cuando les falta
un corazón?
LAERTES.--¿Por qué lo preguntáis?
CLAUDIO.--No porque piense que no amabas á tu padre, sino porque sé que
el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo extingue su ardor y sus
centellas, según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en
medio de la llama de amor una mecha ó pábilo que la destruye al fin;
nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud
misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos
proponemos hacer debería ejecutarse en el instante mismo en que lo
deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se
entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se
atraviesan; y entonces aquel estéril deseo es semejante á un suspiro que
exhalando pródigo el aliento, causa daño en vez de dar alivio... Pero
toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve... ¿Qué acción
emprenderías tú para manifestar más con las obras que con las palabras
que eres digno hijo de tu padre?
LAERTES.--¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.
CLAUDIO.--Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte
alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz
lo que te diré: Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet,
sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que alabando
tu destreza den un nuevo lustre á los elogios que hizo de ti el francés.
Por último, llegaréis á veros; se harán apuestas en favor de uno y
otro... él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia, no
reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca
sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las
jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.
LAERTES.--Así lo haré, y á ese fin quiero envenenar la espada con cierto
ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera, que
mojando un cuchillo en él, adondequiera que haga sangre introduce la
muerte, sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que se
componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna. Yo
bañaré la punta de mi espada con este veneno, para que apenas le toque
muera.
CLAUDIO.--Reflexionemos más sobre esto... Examinemos qué ocasión, qué
medios serán más oportunos á nuestro engaño; porque si tal vez se
malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines, valiera más
no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto vaya sostenido
con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando por el primero no
se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una apuesta solemne sobre
vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio. Cuando con la agitación os
sintáis acalorados y sedientos (puesto que al fin deberá ser mayor la
violencia del combate), él pedirá de beber, y yo le tendré prevenida
expresamente una copa, que al gustarla sólo, aunque haya podido librarse
de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro deseo. Pero... calla...
¿Qué ruido se escucha?
(-Suena ruido dentro-).
ESCENA XXIV
GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO.--¿Qué ocurre de nuevo, amada reina?
GERTRUDIS.--Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra; tan
inmediatas caminan. Laertes, tu hermana acaba de ahogarse.
LAERTES.--¡Ahogada!... ¿En dónde?... ¡Cielos!
GERTRUDIS.--Donde hallaréis un sauce que crece á las orillas de ese
arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas
pálidas. Allí se encaminó ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas,
margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos
labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas
doncellas llaman dedos de muerto. Llegada que fué, se quitó la
guirnalda, y queriendo subir á suspenderla de los pendientes ramos, se
troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal ella y todos sus
adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato
sobre las aguas, semejante á una sirena, y en tanto iba cantando pedazos
de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, ó como criada y
nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho
espacio... Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, la
arrebataron á la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte,
llena de angustias.
LAERTES.--Qué, ¿en fin se ahogó? ¡Mísero!
GERTRUDIS.--Sí, se ahogó, se ahogó.
LAERTES.--¡Desdichada Ofelia! demasiada agua tienes ya; por eso quisiera
reprimir la de mis ojos.... Bien que á pesar de todos nuestros
esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el
valor se avergüence... Pero luego que este llanto se vierta, nada
quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós, señores... Mis palabras
de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas
imprudentes.
(-Vase Laertes-).
CLAUDIO.--Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme costado tanto
aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la irrite otra vez.
Conviene seguirle.
ACTO V
ESCENA PRIMERA
Cementerio contiguo á una iglesia
Sepultureros primero y segundo
SEPULTURERO 1.º--¿Y es la que ha de sepultarse en tierra sagrada, la que
deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación?
SEPULTURERO 2.º--Dígote que sí: con que haz presto el hoyo. El juez ha
reconocido ya el cadáver, y ha dispuesto que se la entierre en sagrado.
SEPULTURERO 1.º--Yo no entiendo cómo va eso... Aun si se hubiera ahogado
haciendo esfuerzos para librarse, anda con Dios.
SEPULTURERO 2.º--Así han juzgado que fué.
SEPULTURERO 1.º--No, no, eso fué -se offendendo-; ni puede haber sido de
otra manera, porque... ve aquí el punto de la dificultad: Si yo me ahogo
voluntariamente, esto arguye por de contado una acción, y toda acción
consta de tres partes, que son: hacer, obrar y ejecutar; de donde se
infiere, amigo Rasura, que ella se ahogó voluntariamente.
SEPULTURERO 2.º--¡Qué!... Pero óigame ahora el tío Socaba.
SEPULTURERO 1.º--No, deja, yo te diré. Mira, aquí está el agua. Bien.
Aquí está el hombre. Muy bien... Pues, señor, si este hombre va y se
mete dentro del agua, se ahoga á sí mismo; porque por fas ó por nefas,
ello es que él va... Pero atiende á lo que digo. Si el agua viene hacia
él y le sorprende y le ahoga, entonces no se ahoga él á sí propio...
Compadre Rasura, el que no desea su muerte no se acorta la vida.
SEPULTURERO 2.º--Y qué, ¿hay leyes para eso?
SEPULTURERO 1.º--Ya se ve que las hay, y por ella se guía el juez que
examina estos casos.
SEPULTURERO 2.º--¿Quieres que te diga la verdad? Pues mira, si la muerta
no fuese una señora, yo te aseguro que no la enterrarían en sagrado.
SEPULTURERO 1.º--En efecto, dices bien; y es mucha lástima que los
grandes personajes hayan de tener en este mundo especial privilegio,
entre todos los demás cristianos, para ahogarse y ahorcarse cuando
quieren, sin que nadie les diga nada... Vamos allá con el azadón...
(-Pónense los dos á abrir una sepultura en medio del teatro, sacando la
tierra con espuertas, y entre ella calaveras y huesos-). Ello es que no
hay caballeros de nobleza más antigua que los jardineros, sepultureros y
cavadores, que son los que ejercen la profesión de Adán.
SEPULTURERO 2.º--Pues qué, ¿Adán fue caballero?
SEPULTURERO 1.º--¡Toma! como que fué el primero que llevó armas... Pero
voy á hacerte una pregunta, y si no me respondes á cuento, has de
confesar que eres un...
SEPULTURERO 2.º--Adelante.
SEPULTURERO 1.º--¿Cuál es el que construye edificios más fuertes que los
que hacen los albañiles y los carpinteros de casas y navíos?
SEPULTURERO 2.º--El que hace la horca, porque aquella fábrica sobrevive
á mil inquilinos.
SEPULTURERO 1.º--Agudo eres, por vida mía. Buen edificio es la horca;
pero ¿cómo es bueno? Es bueno para los que hacen mal: ahora bien, tú
haces mal en decir que la horca es fábrica más fuerte que una iglesia;
con que la horca podría ser buena para ti... Volvamos á la pregunta.
SEPULTURERO 2.º--¿Cuál es el que hace habitaciones más durables que las
que hacen los albañiles, los carpinteros de casas y de navíos?
SEPULTURERO 1.º--Sí, dímelo, y sales del apuro.
SEPULTURERO 2.º--Ya se ve que te lo digo.
SEPULTURERO 1.º--Pues vamos.
SEPULTURERO 2.º--Pues no puedo decirlo.
SEPULTURERO 1.º--Vaya, no te rompas la cabeza sobre ello... Tú eres un
burro lerdo que no saldrá de su paso por más que le apaleen. Cuando te
hagan esta pregunta, has de responder: «El sepulturero.» ¿No ves que las
casas que él hace duran hasta el día del juicio?... Anda, ve ahí á casa
de Juanillo, y tráeme una copa de aguardiente.
ESCENA II
HAMLET, HORACIO, sepulturero primero
SEPULTURERO 1.º--Yo amé en mis primeros años,
(-Cantando-).
dulce cosa lo juzgué;
pero casarme, eso no,
que no me estuviera bien.
HAMLET.--¡Qué poco siente ese hombre lo que hace, que abre una sepultura
y canta!
HORACIO.--La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación.
HAMLET.--Así es la verdad. La mano que menos trabaja tiene más delicado
el tacto.
SEPULTURERO 1.º--La edad callada en la huesa
(-Cantando-).
me hundió con mano crüel,
y toda se destruyó
la existencia que gocé.
HAMLET.--Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella
podría también cantar...¡ Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese
la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está
maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún
estadista, que acaso pretendió engañar al cielo mismo. ¿No te parece?
HORACIO.--Bien puede ser.
HAMLET.--O la de algún cortesano que diría: «Felicísimos días, señor
excelentísimo; ¿cómo va de salud, mi venerado señor?» Esta puede ser la
del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro del caballero
Zutano para pedírsele prestado después. ¿No puede ser así?
HORACIO.--Sí, señor.
HAMLET.--¡Oh! sí por cierto; y ahora está en poder del señor gusano,
estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes
revoluciones se hacen aquí, si hubiera entre nosotros medios para
observarlas... Pero ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos á
la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente se divierta en sus
garitos con ellos? ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo.
SEPULTURERO 1.º--Una piqueta (-Cantando-).
con una azada,
un lienzo donde
revuelto vaya,
y un hoyo en tierra
que le preparan:
para tal huésped
esto le basta.
HAMLET.--Y ésa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un
letrado?... ¿A dónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios,
sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón
grosero le golpee contra la pared con el azadón lleno de barro!... ¡Y no
dirá palabra acerca de un hecho tan criminal!... Este sería quizás,
mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones,
reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos... Ve
aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas: todo ha
venido á parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los bienes
que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd, y no obstante eso, todas
las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones no le han
podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño capaz de
cubrirse con un par de sus escrituras... ¡Oh! y á su opulento sucesor
tampoco le quedará más.
HORACIO.--Verdad es, señor.
HAMLET.--¿No se hace el pergamino de piel de carnero?
HORACIO.--Sí, señor, y de piel de ternera también.
HAMLET.--Pues dígote, que son más irracionales que las terneras y
carneros los que fundan su felicidad en la posesión de tales
pergaminos... Voy á tramar conversación con este hombre. (-Al
sepulturero-). ¿De quién es esa sepultura, buena pieza?
SEPULTURERO 1.º--Mía, señor.
Y un hoya en tierra (-Cantando-).
que le preparan:
para tal huésped
eso le basta.
HAMLET.--Sí; yo creo que es tuya porque estás ahora dentro de ella...
Pero la sepultura es para los muertos, no para los vivos: conque has
mentido.
SEPULTURERO 1.º--Ve ahí un mentís demasiado vivo; pero yo os le volveré.
HAMLET.--¿Para qué muerto cavas esta sepultura?
SEPULTURERO 1.º--No es hombre, señor.
HAMLET.--Pues bien, ¿para qué mujer?
SEPULTURERO 1.º--Tampoco es eso.
HAMLET.--Pues ¿qué es lo que ha de enterrarse ahí?
SEPULTURERO 1.º--Un cadáver que fué mujer; pero ya murió... Dios la
perdone.
HAMLET.--¡Qué taimado es! Hablémosle clara y sencillamente, porque sino,
es capaz de confundirnos á equívocos. De tres años á esta parte he
observado cuánto se va sutilizando la edad en que vivimos... Por vida
mía, Horacio, que ya el villano sigue tan de cerca al caballero, que muy
pronto le desollará el talón... ¿Cuánto tiempo há que eres sepulturero?
SEPULTURERO 1.º--Toda mi vida, se puede decir. Yo comencé el oficio el
día que nuestro último rey Hamlet venció á Fortimbrás.
HAMLET.--¿Y cuánto tiempo habrá?
SEPULTURERO 1.º--¡Toma! ¿No lo sabéis? Eso sucedió el mismo día en que
nació el joven Hamlet, el que está loco y se ha ido á Inglaterra.
HAMLET.--¡Oiga! ¿Y por qué se ha ido a Inglaterra?
SEPULTURERO 1.º--Porque... porgue está loco, y allí cobrará su juicio;
y si no lo cobra, á bien que poco importa.
HAMLET.--¿Por qué?
SEPULTURERO 1.º--Porque allí todos son tan locos como él, y no será
reparado.
HAMLET.--¿Y cómo ha sido volverse loco?
SEPULTURERO 1.º--De un modo muy extraño, según dicen.
HAMLET.--¿De qué modo?
SEPULTURERO 1.º--Habiendo perdido el entendimiento.
HAMLET.--Pero, ¿qué motivo dió lugar á eso?
SEPULTURERO 1.º--¿Qué lugar? Aquí en Dinamarca, donde soy enterrador, y
lo he sido de chico y de grande por espacio de treinta años.
HAMLET.--¿Cuánto tiempo podrá estar enterrado un hombre sin corromperse?
SEPULTURERO 1.º--De suerte que si él no corrompía ya en vida (como nos
sucede todos los días con muchos cuerpos galicados, que no hay por dónde
asirlos), podrá durar cosa de ocho ó nueve años. Un curtidor durará
nueve años seguramente.
HAMLET.--Pues ¿qué tiene él más que otro cualquiera?
SEPULTURERO 1.º--Lo que tiene es un pellejo tan curtido ya por mor de su
ejercicio, que puede resistir mucho tiempo al agua; y el agua, señor
mío, es la cosa que más pronto destruye á cualquier hideputa de muerto.
Ve aquí una calavera que ha estado debajo de tierra veintitrés años.
HAMLET.--¿De quién es?
SEPULTURERO 1.º--¡Mayor hideputa, loco!..... ¿De quién os parece que
será?
HAMLET.--Yo ¿cómo he de saberlo?
SEPULTURERO 1.º--¡Mala peste en él y en sus travesuras!... Una vez me
echó un frasco de vino del Rhin por los cabezones... Pues, señor, esta
calavera es la calavera de Yorick, el bufón del rey.
(-El sepulturero le da una calavera á Hamlet-).
HAMLET.--¿Esta?
SEPULTURERO 1.º--La misma.
HAMLET.--¡Ay, pobre Yorick...! Yo le conocí, Horacio... Era un hombre
sumamente gracioso, de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que
siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista
me llena de horror, y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron
aquellos labios donde yo dí besos sin número... ¿Qué se hicieron tus
burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de
ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya
enteramente de músculos, ni aun puedes reirte de tu propia deformidad...
Ve al tocador de una de nuestras damas, y dile, para excitar su risa,
que por más que se ponga una pulgada de afeite en el rostro, al fin
habrá de experimentar esta misma transformación... (-Tira la calavera al
montón de tierra inmediato á la sepultura-). Díme una cosa, Horacio.
HORACIO.--¿Cuál es, señor?
HAMLET.--¿Crees tú que Alejandro metido debajo de tierra tendría esa
forma?
HORACIO.--Cierto que sí.
HAMLET.--¿Y exhalaría este mismo hedor?... ¡Uh!
HORACIO.--Sin diferencia alguna.
(El sepulturero primero, acabada la excavación, sale de la
sepultura y se pasea hacia el fondo del teatro. Viene después el
sepulturero segundo, que trae el aguardiente; beben y hablan entre
sí, permaneciendo retirados hasta la escena siguiente, como lo
indica el diálogo.)
HAMLET.--¡En qué abatimiento hemos de parar, Horacio!... Y ¿por qué no
podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de Alejandro hasta
encontrarlas tapando la boca de algún barril?
HORACIO.--A fe, que sería excesiva curiosidad ir á examinarlo.
HAMLET.--No, no por cierto. No hay sino irle siguiendo hasta conducirle
allí con probabilidad y sin violencia alguna. Como si dijéramos:
Alejandro murió, Alejandro fué sepultado, Alejandro se redujo á polvo,
el polvo es tierra, de la tierra hacemos barro... Y ¿por qué con este
barro, en que él está ya convertido, no habrán podido tapar un barril de
cerveza? El emperador César, muerto y hecho tierra, puede tapar un
agujero para estorbar que pase el aire... ¡Oh! Y aquella tierra que tuvo
atemorizado el orbe, servirá tal vez de reparar las hendiduras de un
tabique contra las intemperies del invierno... Pero callemos...
hagámonos á un lado, que... Sí... aquí viene el rey, la reina, los
grandes... ¿A quién acompañan? ¡Qué ceremonial tan incompleto es
éste!... Todo ello me anuncia que el difunto que conducen dió fin á su
vida con desesperada mano... Sin duda era persona de calidad.
Ocultémonos un poco, y observa.
ESCENA III
CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, LAERTES, HORACIO, un cura, dos
sepultureros, acompañamiento de damas, caballeros y criados.
(Conducen entre cuatro hombres el cadáver de Ofelia, vestida con
túnica blanca y coronada de flores. Detrás sigue el preste y todos
los que hacen el duelo, atravesando el teatro á paso lento, hasta
llegar á donde está la sepultura. Suena el clamor de las campanas.
Hamlet y Horacio se retiran á un extremo del teatro.)
LAERTES.--¿Qué otra ceremonia falta?
HAMLET.--Mira, aquél es Laertes, joven muy ilustre.
LAERTES.--¿Qué ceremonia falta?
EL CURA.--Ya se han celebrado sus exequias con toda la decencia posible.
Su muerte da lugar á muchas dudas, y á no haberse interpuesto la suprema
autoridad que modifica las leyes, hubiera sido colocada en lugar
profano; allí estuviera hasta que sonase la trompeta final, y en vez de
oraciones piadosas, hubieran caído sobre su cadáver guijarros, piedras y
cascote. No obstante esto, se le han concedido las vestiduras y adornos
virginales, el clamor de las campanas y la sepultura.
LAERTES.--¿Con que no se debe hacer más?
EL CURA.--No más. Profanaríamos los honores sagrados de los difuntos,
cantando un -requiem- para implorar el descanso de su alma, como se hace
por aquéllos que parten de esta vida con más cristiana disposición.
LAERTES.--Dadle tierra, pues. -(Ponen el cadáver de Ofelia en la
sepultura-). Sus hermosos é intactos miembros acaso producirán violetas
suaves. Y á ti, clérigo zafio, te anuncio que mi hermana será un ángel
del Señor, mientras tú estarás bramando en los abismos.
HAMLET.--¡Qué!... ¡La hermosa Ofelia!
GERTRUDIS.--Dulces dones á mi dulce amiga. (-Esparce flores sobre el
cadáver-). Adiós... Yo deseaba que hubieras sido la esposa de mi Hamlet,
graciosa doncella, y esperé cubrir de flores tu lecho nupcial... pero no
tu sepulcro.
LAERTES.--¡Oh! ¡una y mil veces sea maldito aquél cuya acción inhumana
te privó á ti del más sublime entendimiento!... No... esperad un
instante; no echéis la tierra todavía... no... hasta que otra vez la
estreche en mis brazos... (-Métese en la sepultura-). Echadla ahora
sobre la muerta y el vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que
descuelle sobre el antiguo Pelión, ó sobre la azul extremidad del Olimpo
que toca los cielos.
HAMLET.--¿Quién es el que da á sus penas idioma tan enfático, el que así
invoca en su aflicción á las estrellas errantes, haciéndolas detenerse
admiradas á oirle?... Yo soy Hamlet, príncipe de Dinamarca.
(Atravesando por en medio de todos, va hacia la sepultura, entra en
ella, y luchan él y Laertes, y se dan puñadas. Algunos de los
circunstantes van allá, los sacan del hoyo y los separan.)
LAERTES.--El demonio lleve tu alma.
HAMLET.--No es justo lo que pides... Quita esos dedos de mi cuello;
porque aunque no soy precipitado ni colérico, algún riesgo hay en
ofenderme, y si eres prudente debes evitarle... Quita de ahí esa mano.
CLAUDIO.--Separadlos.
GERTRUDIS.--¡Hamlet! ¡Hamlet!
TODOS.--¡Señores!
HORACIO.--Moderaos, señor.
HAMLET.--No; por causa tan justa lidiaré con él hasta que cierre mis
párpados la muerte.
GERTRUDIS.--¿Qué causa puede haber, hijo mío?
HAMLET.--Yo he querido á Ofelia, y cuatro mil hermanos juntos no podrán
con todo su amor exceder al mío... ¿Qué quieres hacer por ella? Dí.
CLAUDIO.--Laertes, mira que está loco.
GERTRUDIS.--Por Dios, Laertes, déjale.
HAMLET.--Dime lo que intentas hacer. (-Los sepultureros llenan la
sepultura de tierra y la apisonan-). ¿Quieres llorar, combatir, negarte
al sustento, hacerte pedazos, beber todo el Esil, devorar un caimán? Yo
lo haré también... ¿Vienes aquí á lamentar su muerte, á insultarme
precipitándote en su sepulcro, á ser enterrado vivo con ella? Pues bien,
eso quiero yo; y si hablas de montes, descarguen sobre nosotros yugadas
de tierra innumerables, hasta que estos campos tuesten su frente en la
tórrida zona, y el alto Osa parezca en su comparación un terrón
pequeño... Si me hablas con soberbia, yo usaré un lenguaje tan altanero
como el tuyo.
GERTRUDIS.--Todos son efectos de su frenesí, cuya violencia podrá
agitarle por algún tiempo; pero después, semejante á la mansa paloma
cuando siente animadas las mellizas crías, le veréis sin movimiento y
mudo.
HAMLET.--Oyeme: ¿cuál es la razón de obrar así conmigo?... Siempre te he
querido bien... Pero... nada importa. Aunque el mismo Hércules con todo
su poder quisiera estorbarlo, el gato mayará y el perro quedará
vencedor. (-Vase Hamlet y Horacio le sigue-).
CLAUDIO.--Horacio, ve, no le abandones... Laertes, nuestra plática de la
noche anterior fortificará tu paciencia mientras dispongo lo que importa
en la ocasión presente... Amada Gertrudis, será bien que alguno se
encargue de la guarda de tu hijo... Esta sepultura se adornará con un
monumento durable... Espero que gozaremos brevemente horas más
tranquilas; pero entre tanto conviene sufrir.
ESCENA IV
Salón de palacio, el mismo que sirvió para la representación, con
asientos que han de ocuparse en la escena IX.
HAMLET, HORACIO
HAMLET.--Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera informarte
de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las circunstancias?
HORACIO.--¿No he de acordarme, señor?
HAMLET.--Pues sabrás, amigo, que agitado continuamente mi corazón en una
especie de combate, no me permitía conciliar el sueño, y en tal
situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de
prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias á esta temeridad,
pues por ella existo... Sí, confesemos que tal vez nuestra indiscreción
suele sernos útil, al paso que los planes concertados con la mayor
sagacidad se malogran; prueba certísima de que la mano de Dios conduce á
su fin todas nuestras acciones, por más que el hombre las ordene sin
inteligencia.
HORACIO.--Así es la verdad.
HAMLET.--Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un vestido de
marinero; y á tientas, favorecido de la obscuridad, llego hasta donde
ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles, y me vuelvo á
mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda consideración, tuve la
osadía de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una alevosía
del rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones de ser importante
á la tranquilidad de Dinamarca y aun á la de Inglaterra, y... ¡oh! mil
temores y anuncios de mal, si me dejan vivo... En fin, decía que luego
que fuese leída, sin dilación ni aun para afinar á la segur el filo, me
cortasen la cabeza.
HORACIO.--¿Es posible?
HAMLET.--Mira la orden aquí (-le enseña un pliego, y vuelve á
guardársele-), podrás leerla en mejor ocasión. Pero, ¿quieres saber lo
que yo hice?
HORACIO.--Sí, yo os lo ruego.
HAMLET.--Ya ves cómo rodeado así de traiciones, ya ellos habían empezado
el drama aun antes de que yo hubiese comprendido el prólogo. No
obstante, siéntome al bufete, imagino una orden distinta, y la escribo
inmediatamente de buena letra... Yo creí algún tiempo (como todos los
grandes señores) que el escribir bien fuese un desdoro, y aun no dejé de
hacer muchos esfuerzos para olvidar esta habilidad; pero ahora conozco,
Horacio, cuán útil me ha sido tenerla. ¿Quieres saber lo que el escrito
contenía?
HORACIO.--Sí, señor.
HAMLET.--Una súplica del rey dirigida con grandes instancias al de
Inglaterra, como á su obediente mandatario, diciéndole que su recíproca
amistad florecerá como la palma robusta; que la paz coronada de espigas
mantendría la quietud de ambos imperios, uniéndolos en amor durable, con
otras expresiones no menos afectuosas; pidiéndole por último, que vista
que fuese aquella carta, sin otro examen, hiciese perecer con pronta
muerte á los dos mensajeros, no dándoles tiempo ni aun para confesar su
delito.
HORACIO.--¿Y cómo la pudisteis sellar?
HAMLET.--Aun eso también parece que lo dispuso el cielo; porque
felizmente traía conmigo el sello de mi padre, por el cual se hizo el
que hoy usa el rey. Cierro el pliego en la forma que el anterior,
póngole la misma dirección, el mismo sello, le conduzco sin ser visto al
mismo paraje, y nadie nota el cambio... Al día siguiente ocurrió el
combate naval: lo que después sucedió, ya lo sabes.
HORACIO.--De ese modo, Guillermo y Ricardo caminan derechos a la muerte.
HAMLET.--Ya ves que ellos han solicitado este encargo; mi conciencia no
me acusa acerca de su castigo... Ellos mismos se han procurado su
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