POCOFONDO.--Verdaderamente, señor Ford, esto no está bien. En verdad que
no. (-Entra la señora Ford.-)
FORD.--Lo mismo digo yo, señor. Venid aquí, señora Ford; la señora Ford,
la mujer honrada, la esposa modesta, la virtuosa criatura que tiene por
marido un loco celoso! ¿Sospecho sin motivo, señora mía, no es así?
SRA. FORD.--Si sospecháis de mi honra, pongo al cielo por testigo de que
no tenéis razón.
FORD.--Muy bien dicho, sin vergüenza; insiste en ello. Ven acá, criado.
(-Saca las ropas del canasto.-)
PAGE.--Esto es intolerable.
SRA. FORD.--¿No os avergonzáis? Dejad esos trapos.
FORD.--Ya os encontraré al instante.
EVANS.--Esto no está en el orden. ¿Váis á vaciar las ropas de la señora?
FORD.--Vaciad el canasto, os digo!
SRA. FORD.--Pero ¡hombre! ¿qué es esto?
FORD.--Tan cierto como que soy hombre, señor Page, ayer se ha hecho
salir de mi casa á un hombre en este canasto. ¿Por qué no había de estar
en él también hoy? De que se encuentra en mi casa, estoy seguro: mis
informes no pueden engañarme, y mi celo es justo. Echadme fuera todas
esas telas.
SRA. FORD.--Si halláis allí un hombre, morirá de la muerte de una pulga.
PAGE.--Aquí no hay nadie.
POCOFONDO.--Sobre mi fe, señor Ford, que esto no está bien. Os hacéis
agravio vos mismo.
EVANS.--Señor Ford, deberíais rezar en vez de entregaros á las
imaginaciones de vuestro corazón. Esto no es más que celos.
FORD.--Bueno. El que busco no está aquí.
PAGE.--No: ni en parte alguna que no sea vuestro cerebro.
FORD.--Ayudadme á registrar la casa nada más que esta vez; y si no
encontramos lo que busco, no tengáis misericordia conmigo; hacedme para
siempre el tema de vuestra charla de sobremesa, y que se diga de mí en
todas partes: «celoso como Ford, que registró una cáscara de nuez para
encontrar al amante de su esposa.» Dadme una sola vez esta satisfacción:
busquemos esta vez.
SRA. FORD.--Hola! Eh! Señora Page! Bajad con la anciana, que mi esposo
necesita ir á la habitación.
FORD.--¡Anciana! ¿Qué anciana es esa?
SRA. FORD.--La tía de mi doncella, la anciana de Brentford.
FORD.--Una bruja, una mujer perdida, una vieja enredista! ¿No le he
prohibido venir á mi casa? ¿Á qué vendrá sino á traer mensajes?
Nosotros, hombres sencillos, no sabemos lo que se hace pasar bajo la
pretendida profesión de adivinar la fortuna. Ella se sirve de
talismanes, de oráculos, de figuras y de cosas por el estilo; todo fuera
de nuestro elemento; de manera que no podemos saber nada. ¡Baja de ahí,
vieja bruja, baja, te digo!
SRA. FORD.--No le hagáis mal, esposo mío. Caballeros, os ruego que no le
dejéis maltratar á la pobre anciana. (-Entra Falstaff vestido de mujer,
conducido por la señora Page.-)
SRA. PAGE.--Venid, madre Prat, venid, dadme la mano.
FORD.--¿Sí? Pues yo le daré bastón. (-Le da golpes.-) Harapo! Pelleja!
Gato montés! Pandorga! Fuera de aquí! Fuera! Yo te daré conjuros! Yo te
daré adivinar fortuna!
SRA. PAGE.--¿No os da vergüenza? Creo que habéis casi muerto á la pobre
mujer!
SRA. FORD.--No tardará en hacerlo. Será para vos un crédito muy honroso.
FORD.--¡Que el diablo cargue con la bruja!
EVANS.--Por sí ó por no, me figuro que la mujer es realmente bruja. No
me gusta que las mujeres tengan una barba crecida, y he notado una gran
barba bajo el embozo de ésta.
FORD.--¿Queréis seguirme, señores? Os suplico que me sigáis á ver el
éxito de mis celos. Si he dado la alarma sin fundamento, no confiéis
jamás en mí cuando os invite de nuevo.
PAGE.--Obedezcamos su capricho todavía un poco más. Vamos, caballeros.
(-Salen Page, Ford, Pocofondo y Evans.-)
SRA. PAGE.--Creedme, que le ha golpeado lastimosamente.
SRA. FORD.--Pues os aseguro por la misa, que no lo ha hecho así; más
bien creo que le ha golpeado sin lástima alguna.
SRA. PAGE.--Voy á hacer bendecir el bastón y que lo cuelguen en algún
altar. Ha prestado un servicio de los más meritorios.
SRA. FORD.--Ahora bien, decidme vuestro parecer. ¿Pensáis que en nuestra
condición de señoras y con el testimonio de una buena conciencia,
debemos perseguirle con nuevas venganzas?
SRA. PAGE.--Tengo por seguro que con estos sustos ya se le habrá quitado
el espíritu de libertinaje. Si el diablo no lo ha comprado sin pacto de
retroventa, pienso que jamás volverá á atrevérsenos.
SRA. FORD.--¿Diremos á nuestros esposos lo que le hemos hecho?
SRA. PAGE.--Indudablemente debemos decírselo, aunque sólo fuera para
limpiar de fantasmas el cerebro de vuestro marido. Si ellos en su
corazón encuentran que el pobre, vicioso y obeso caballero debe ser más
castigado todavía, nosotras dos seremos aún los instrumentos.
SRA. FORD.--Os garantizo que le harán pasar una vergüenza en público; y
creo que de no hacerle pasar esa pública humillación, no deberíamos
cesar un instante en la burla que le hacemos sufrir.
SRA. PAGE.--Pues manos á la obra. Combinemos el plan. No me gusta que
estas cosas se enfríen. (-Salen.-)
ESCENA III.
Cuarto en la posada de la Liga.
Entran el POSADERO y BARDOLFO.
BARDOLFO.--Señor, los alemanes desean tomar tres de vuestros caballos.
El duque vendrá mañana á la corte y ellos irán á recibirlo.
POSADERO.--¿Qué duque puede ser ese que viene con tanto secreto? No he
oído decir de él ni una palabra en la corte. Déjame hablar con esos
señores. Ellos hablan el idioma.
BARDOLFO.--Bien, señor; les diré que vengan.
POSADERO.--Les daré mis caballos, pero haré que me los paguen á buen
precio. Yo les exprimiré el jugo. Han tenido mis casas á su disposición
una semana, he tenido que despedir á los demás huéspedes. Es necesario
hacerles pagar bien: exprimirles el jugo.
(-Salen.-)
ESCENA IV.
Cuarto en casa de Ford.
Entran PAGE, FORD, la señora PAGE, la señora FORD y sir HUGH EVANS.
EVANS.--Es uno de los más discretos procederes de mujer que jamás he
visto.
PAGE.--¿Y envió estas cartas á cada una de vosotras dos á un mismo
tiempo?
SRA. PAGE.--Con quince minutos de diferencia.
FORD.--Perdóname, esposa mía. En adelante harás lo que quieras; y más
bien sospecharé al sol de frío, que á ti de frivolidad. Tu honor es
ahora, para este antiguo hereje, una verdadera y firme fe.
PAGE.--Está bien: está bien: basta. No seáis ahora tan extremado en la
sumisión como lo fuísteis en la ofensa. Sigamos adelante con nuestro
plan, y que nuestras esposas, una vez más para darnos una diversión
pública, dén cita á ese viejo obeso, á fin de que nosotros le
sorprendamos y le presentemos á la pública vergüenza.
FORD.--Eso es: y no hay mejor modo que el que ellas han sugerido.
PAGE.--¡Cómo! ¿Haciéndole decir que se encontrarán con él á media noche
en el parque? No vendría jamás.
EVANS.--Decís que ha sido echado al río y que se le ha estropeado
severamente tomándolo por una vieja? Pues se me figura que habrá quedado
tan lleno de terror, que no vendrá. Y considero además que carne tan
castigada, ya estará curada de malos deseos.
PAGE.--Pienso lo mismo.
SRA. FORD.--Arreglad el modo cómo habéis de recibirle, que ya
arreglaremos nosotras el modo de hacerle venir.
SRA. PAGE.--Hay un cuento antiguo según el cual, el cazador Herne, que
alguna vez fué guarda-bosque de Windsor, se pasea á media noche, durante
todo el invierno, al rededor de un roble, llevando en la cabeza grandes
cuernos como de ciervo; y allí hiela el árbol y ataca al ganado, y hace
que la vaca vierta en vez de leche sangre, y sacude una cadena de la
manera más espantosa y temible. Habéis oído hablar de ese espíritu y
sabéis bien que los antiguos, llenos de superstición, recibieron como
una verdad, y como tal trasmitieron á nuestros días, la fábula del
cazador Herne.
PAGE.--Sin embargo, no faltan muchos que temen pasar en alta noche junto
al roble de Herne. Pero ¿qué resulta de eso?
SRA. FORD.--Pues nuestro plan es que Falstaff vaya á encontrarse con
nosotras al pié del roble, disfrazado de Herne, con grandes cuernos en
la cabeza.
PAGE.--Bien: admitiendo que acudirá á la cita en el modo y forma que
decís, ¿qué vais á hacer con él? ¿Cuál es vuestro intento?
SRA. PAGE.--También hemos pensado en ello, y he aquí cómo: mi hija Ana
Page, mi hijo y tres ó cuatro chicuelos de su edad, estarán vestidos de
enanos, de duendes y de hadas, de color verde y azul, llevando en la
cabeza coronas de bujías de cera, y matracas en las manos. En el momento
en que Falstaff y nosotras estemos reunidos, saldrán ellos
precipitándose de repente de su escondite y entonando alguna bulliciosa
canción; y á su vista nos escaparemos nosotras dando muestras de grande
asombro. Entonces ellos le rodearán, y á usanza de hadas, principiarán á
pinchar al torpe caballero, preguntando cómo ha podido atreverse, siendo
un profano, á penetrar en sus sagrados senderos en aquella hora de su
fiesta.
SRA. FORD.--Y que las supuestas hadas sigan punzándolo bien y quemándolo
con sus bujías, hasta que haya confesado la verdad.
SRA. PAGE.--Y una vez confesada, nos presentaremos nosotras, quitaremos
los cuernos al espíritu, y le llevaremos en medio de nuestras burlas
hasta su casa en Windsor.
FORD.--Será menester aleccionar bien á los niños para esto; ó de no,
jamás podrán hacerlo como se debe.
EVANS.--Yo enseñaré á los chicos el modo cómo han de conducirse; y yo
mismo me disfrazaré de mono para quemar con mi bujía al caballero.
FORD.--Eso será excelente. Yo iré á comprar los disfraces.
SRA. PAGE.--Mi Ana será la reina de todas las hadas, elegantemente
vestida de blanco.
PAGE.--Yo le compraré esa seda. (-Aparte.-) Y al mismo tiempo, se la
llevará Slender á Eton para que se casen allí. Ea! Envía sin demora el
mensaje á Falstaff.
FORD.--Yo volveré á verle bajo el nombre de Brook y me descubrirá todo
su propósito. Es seguro que vendrá.
SRA. PAGE.--No os cuidéis de ello. Id y procuradnos las cosas que
necesitan nuestras hadas.
EVANS.--Ocupémonos de ello desde luégo. Son placeres admirables, y muy
honestas bellaquerías.
(-Salen Page, Ford y Evans.-)
SRA. PAGE.--Id, señora Ford, y enviad la señora Aprisa á donde sir Juan
para conocer su disposición. (-Sale la señora Ford.-) Yo veré al doctor.
Él, y nadie sino él, ha tenido mi consentimiento para casarse con Ana.
Ese Slender, aunque bien fincado, es un idiota; y mi marido le prefiere
á todos. El doctor es acaudalado y tiene amigos poderosos en la corte.
Nadie sino él ha de tener á mi hija, aunque haya veinte mil mejores
muriéndose por ella.
(-Sale.-)
ESCENA V.
Cuarto en la posada de la Liga.
Entran el POSADERO y SIMPLE.
POSADERO.--¿Qué quieres, patán? ¿Qué, imbécil? Habla, resuella, discute;
breve, lacónico, pronto, de estallido.
SIMPLE.--Vengo, señor, de parte de mi amo el señor Slender, á hablar con
el señor Falstaff.
POSADERO.--Pues allí está su cuarto, su casa, su castillo, su cama fija
y su cama de ruedas; todo pintado de nuevo con la historia del hijo
pródigo. Vé, golpea y llama. Te hablará como un antropófago. Llama, te
digo.
SIMPLE.--Á ese cuarto ha subido una vieja, una mujer gorda. Si permitís,
aguardaré á que baje, porque en verdad vengo á hablar con ella.
POSADERO.--¡Hola! ¡Una mujer gorda! Pueden robar al caballero: daré
voces. Bravo caballero! Bravo sir Juan! Habla marcialmente desde tus
pulmones. ¿Estás ahí? Es tu posadero, tu efesino, quien llama.
FALSTAFF.--¿Qué ocurre, posadero mío?
(-Desde arriba.-)
POSADERO.--Aquí hay un tártaro-bohemio que se desespera por que baje tu
mujer gorda. Déjala bajar, déjala bajar. Mis cuartos son santuarios.
¿Secretos, eh? ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
(-Entra Falstaff.-)
FALSTAFF.--Hasta hace un momento estaba conmigo una vieja gorda; pero ya
se ha ido.
SIMPLE.--Tened la bondad de decirme, señor: ¿no era la hechicera de
Brentford?
FALSTAFF.--Ella misma, concha de ostra: ¿qué tienes que hacer con ella?
SIMPLE.--Mi amo el señor Slender, viéndola pasar por la calle, envía á
saber, señor, si un tal Nym que le ha escamoteado una cadena, la tiene ó
no.
FALSTAFF.--He hablado de ello con la vieja.
SIMPLE.--¿Os dignaréis decirme lo que ella dice?
FALSTAFF.--Sí, por cierto. Dice que el mismo individuo que le escamoteó
la cadena es quien le ha defraudado de ella.
SIMPLE.--Hubiera querido hablar con la mujer en persona; pues tenía que
hablarle de parte de él sobre otros asuntos.
FALSTAFF.--¿Cuáles? Sepamos.
POSADERO.--Al grano: pronto.
SIMPLE.--No lo ocultaré, señor.
FALSTAFF.--Ocúltalo, ó mueres.
SIMPLE.--Señor, si no es nada: todo era sobre la señorita Ana Page, para
saber si la tendrá mi amo ó no.
[Illustration]
FALSTAFF.--Esa, esa es su fortuna.
SIMPLE.--¿Cuál, señor?
FALSTAFF.--Tenerla ó no. Vé á decirle que así me lo dijo la mujer.
SIMPLE.--¿Deberé atreverme á decirlo así?
FALSTAFF.--Sí, señor palurdo. ¿Quién se atreverá á más?
SIMPLE.--Doy gracias á vuestra señoría. Voy á alegrar á mi amo con estas
nuevas.
(-Sale Simple.-)
POSADERO.--Eres docto, eres docto, sir Juan. ¿Estabas con una adivina?
FALSTAFF.--Es verdad, posadero mío, con una que me ha enseñado á tener
más ingenio, que lo que jamás había aprendido en toda mi vida. Y que en
lugar de pagarle por ello, he sido pagado por mi aprendizaje.
(-Entra Bardolfo.-)
BARDOLFO.--¡Ah, señor! Ha sido una picardía! Una bribonada!
POSADERO.--¿Dónde están mis caballos? Habla bien de ellos, bellaco.
BARDOLFO.--Se han ido con los rateros; porque apenas había yo pasado de
Eton, me arrojaron de las ancas de uno de ellos dentro un gran charco de
lodo, y apretaron las espuelas y partieron volando como tres diablos
alemanes, como tres doctores Fausto.
POSADERO.--No han ido más que á recibir al duque, canalla! No digas que
se han fugado: los alemanes son hombres de bien!
(-Entra sir Hugh Evans.-)
EVANS.--¿Dónde está mi posadero?
POSADERO.--¿Qué se ofrece, señor?
EVANS.--Tened cuidado con las gentes que recibís. Un amigo mío que acaba
de llegar á la ciudad, me dice que andan por aquí unos tres primos
alemanes que han desbalijado á todos los posaderos de Readings, de
Maidenhead y de Colebrook, robándoles dinero y caballos. Os lo aviso por
la buena voluntad que os tengo. Vos sois un hombre listo, lleno de
bromas y tretas, y no estaría bien que os dieran el bromazo de
escamotearos. Quedad con Dios.
(-Sale.----Entra el doctor Caius.-)
CAIUS.--¿Dónde está mi posadero de la Liga?
Posadero.--Heme aquí, señor doctor, lleno de incertidumbre y
perplejidad.
CAIUS.--No estoy muy al corriente del asunto; pero oigo decir que hacéis
grandes preparativos para recibir á un duque de Alemania. Por mi alma,
que en la corte no se tiene la menor noticia de que venga tal duque. Os
lo aviso por la buena voluntad que os tengo. Quedad con Dios.
(-Sale.-)
POSADERO.--¡Vé, corre, grita, da la alarma, canalla! ¡Ayudadme,
caballero! ¡Corre, vuela, da voces de alarma! ¡Villano! ¡Me han robado!
(-Salen el Posadero y Bardolfo.-)
FALSTAFF.--Me alegraría de que todo el mundo fuera escamoteado; porque
yo lo he sido, y golpeado por añadidura. Si llegara á oídos de la corte
el modo cómo he sido transformado y cómo mi transformación ha sido
lavada y apaleada, harían derretir gota á gota toda mi gordura, y me
flagelarían con sus sátiras y chistes hasta dejarme más encogido que una
pera seca. Nunca he medrado desde que falté á mi propósito la primera
vez. Bien. Si me alcanzara el aliento no mas que para decir mis preces,
me arrepentiría. (-Entra la Sra. Aprisa.-) ¿Y bien? ¿De dónde venís?
APRISA.--Ya podéis pensarlo; de donde las señoras que sabéis.
FALSTAFF.--¡Que el diablo cargue con una de ellas, y la hembra del
diablo con la otra! Así quedarán colocadas las dos. Más he sufrido por
causa de ellas que cuanto puede soportar la villana inconsecuencia de la
disposición del hombre.
APRISA.--¡Y qué! ¿No han padecido ellas? Sí, por cierto; podéis estar
seguro de ello. Especialmente la señora Ford ¡pobre palomita! ha quedado
de los golpes de su marido, tan llena de manchas azules y moradas, que
no tiene un pedacito blanco en todo el cuerpo.
FALSTAFF.--¿Qué me cuentas de azul ni de morado? Á mí me han sacado de
la piel á fuerza de golpes todos los colores del arco-iris; poco ha
faltado para que me prendieran como bruja de Brentford; y gracias á la
admirable destreza de mi ingenio en imitar las acciones y movimientos de
una vieja, pude salvarme. El bribón de condestable me habría puesto en
el cepo, en el cepo público, por bruja.
APRISA.--Permitidme, señor, hablaros en vuestro alojamiento y sabréis
cómo van las cosas, que, os lo aseguro, no dejarán de satisfaceros. He
aquí una carta que os hará saber algo. ¡Dios mío! ¡Y qué afanes cuesta
poneros uno junto á otra! Sin duda que entre vosotros dos hay quien
cumple mal con el cielo, según son las dificultades que se encuentran!
FALSTAFF.--Subid á mi cuarto.
(-Salen.-)
ESCENA VI.
Entran FENTON y el POSADERO.
POSADERO.--Señor Fenton, no me habléis. Tengo el ánimo abatido y estoy
por abandonarlo todo.
FENTON.--Oidme, sin embargo; ayudadme en mi intento y á fe de caballero
prometo daros cien libras en oro sobre el total de vuestra pérdida.
POSADERO.--Os oiré, señor Fenton; y al menos seguiré vuestro consejo.
FENTON.--De vez en cuando he solido hablaros del íntimo afecto que
profeso á la bella Ana Page, quien me apoya, hasta donde le es permitido
escoger por sí misma y corresponde á mi amor. Tengo una carta suya, cuyo
contenido no dejará de causaros asombro, en la cual andan tan mezclados
la jovialidad de aquél y mi propio asunto, que es imposible presentar al
uno separado de la otra. En esto corresponde un gran papel al obeso
Falstaff; pero ya os mostraré (-enseñándole la carta-) más tarde todo el
asunto de la broma. Escuchad ahora, posadero mío. Esta noche, en el
roble de Herne, precisamente entre las doce y la una, mi dulce Ana tiene
que representar á la reina de las hadas y he aquí con qué objeto:
mientras tienen lugar otros juegos, deberá en obediencia á un mandato de
su padre, fugar con Slender y dirigirse á Eton, donde serán casados
inmediatamente. Y ella ha consentido. Por otra parte, su madre, que se
opone tenazmente á ese enlace y está resuelta á favor del doctor Caius,
ha convenido en que éste aproveche la distracción que causarán los
juegos y se deslize con ella á la abadía, en donde los espera un
sacerdote para casarles. Á este plan de su madre, ella, dócil en
apariencia, ha consentido, dando su promesa al doctor. Ahora, la cosa se
ha arreglado así; su padre quiere que esté vestida de blanco y que
Slender en el momento oportuno la tome de la mano y la invite á
seguirle; lo cual deberá hacer ella. La madre quiere que para hacerla
conocer del doctor (pues todos han de estar enmascarados) se presente
vestida de un traje verde, flotante y con largas cintas que bajarán
desde la cabeza, y en el instante que parezca favorable al doctor, éste
la haga señal con la mano; en lo cual ha consentido la doncella para
salir con él.
POSADERO.--¿Y á quién desea ella engañar? ¿Al padre ó á la madre?
FENTON.--Á ambos, mi querido posadero, para poder venir conmigo. Y todo
consiste ahora en que me procuréis un vicario que me aguarde en la
iglesia; entre doce y una y dé á nuestros corazones en nombre del
matrimonio, la unión legal que necesitan.
POSADERO.--Bien: abrazo vuestro plan. Iré adonde el vicario. Traed á la
doncella, que no es sacerdote lo que os podrá faltar.
FENTON.--Y por ello te seré obligado eternamente, fuera de la recompensa
que te otorgaré desde luégo.
(-Salen.-)
[Illustration]
ACTO V.
ESCENA I.
Cuarto en la posada de la Liga.
Entran FALSTAFF y la Sra. APRISA.
FALSTAFF.
Basta de charla. Vete. Lo cumpliré. Esta es la tercera vez, y creo que á
la tercera va la vencida. Márchate. Dicen que hay algo de la voluntad
del cielo en los números impares, ya sea en el nacer, en la suerte, ó en
el morir. Vete, vete.
APRISA.--Os proveeré de la cadena, y haré cuanto esté á mi alcance para
procuraros un par de cuernos.
FALSTAFF.--Márchate, digo. El tiempo pasa. Vamos: levanta la cabeza, y
trote menudo. (-Sale la Sra. Aprisa.-) (-Entra Ford.-) ¡Hola! ¿Qué tal,
señor Brook? Ha de saberse la verdad esta noche, ó nunca. Estad en el
parque esta media noche, junto al roble de Herne, y veréis maravillas.
FORD.--¿No fuísteis ayer, señor, conforme á la cita que me dijísteis os
había dado?
FALSTAFF.--Á la cita fuí, señor Brook, como el pobre hombre que me véis;
pero salí de ella como una pobre vieja. Ese mismo pillo, Ford, su
esposo, tenía en el cuerpo, señor Brook, el diablo más furioso de celos
que jamás haya infundido frenesí á un hombre. Os diré que, tomándome por
una anciana, me aporreó terriblemente; pues ya se echa de ver que en mi
propia forma de hombre no temería yo ni al mismo Goliat con una viga de
telar; porque sé también que la vida es una lanzadera. Estoy de prisa.
Venid conmigo, señor Brook, y os lo diré todo. Desde los días en que
desplumaba gansos, corría la tuna y jugaba al trompo, no he sabido lo
que es atrapar golpes hasta esta ocasión. Seguidme, y os referiré
extrañas cosas de este bellaco Ford, de quien he de vengarme esta noche,
y cuya esposa os he de entregar.
(-Salen.-)
ESCENA II.
En el parque de Windsor.
Entran PAGE, POCOFONDO y SLENDER.
PAGE.--Venid, venid. Nos ocultaremos en el foso del castillo hasta que
veamos las luces de nuestras hadas. Hijo Slender, no os olvidéis de mi
hija.
SLENDER.--No, por cierto. La he hallado y tenemos convenida una palabra
para reconocernos. Yo debo llegar vestido de blanco y exclamar:
-¡chito!- y ella debe responder -¡morral!- y así conoceremos cada uno al
otro.
POCOFONDO.--Eso está bien; pero ¿qué necesidad hay de que vos exclaméis:
-¡chito!- y ella -morral-? El vestido blanco os la hará ver bien claro.
Han dado las diez.
PAGE.--La noche es oscura, y le vienen bien luces y espíritus. ¡Que el
cielo favorezca nuestro juego! Aquí nadie desea el mal sino el diablo, y
lo conoceremos por sus cuernos. Vámonos. Seguidme.
(-Salen.-)
ESCENA III.
La calle en Windsor.
Entran la Sra. PAGE, Sra. FORD y doctor CAIUS.
SRA. PAGE.--Señor doctor, mi hija está vestida de verde. Tan pronto como
veáis llegada la oportunidad, tomadla por la mano, llevadla á la abadía
y despachad la ceremonia aprisa. Id primero al parque. Nosotras dos
debemos ir juntas.
CAIUS.--Ya sé lo que tengo que hacer. Adios.
SRA. PAGE.--Id con Dios. (-Sale Caius.-) Mi marido no se alegrará tanto
de la burla á Falstaff, como se fastidiará del casamiento del doctor con
mi hija. Vale más un rato de mal humor que toda una vida de
padecimientos.
SRA. FORD.--¿Adónde está ahora Ana con su cortejo de hadas? ¿Y el diablo
galo Hugh?
SRA. PAGE.--Están todos en una zanja cerca del roble de Herne, con las
luces escondidas, y en el momento en que Falstaff se encuentre con
nosotras, las harán brillar todas á un tiempo en la oscuridad de la
noche.
SRA. FORD.--Eso no podrá menos que dejarle azorado.
SRA. PAGE.--Si no se azora, sufrirá la burla. Y si se azora, la sufrirá
de todos modos.
SRA. FORD.--Se la jugaremos buena.
SRA. PAGE.--No hay pecado en burlarse de tales libertinos y de su
corrupción.
SRA. FORD.--Se acerca la hora. Vamos al roble, al roble!
(-Salen.-)
ESCENA IV.
Parque de Windsor.
Entran sir HUGH EVANS y hadas.
EVANS.--Corred, corred. Vamos, y acordaos de vuestros papeles. Sed
osados, os ruego. Seguidme á la zanja, y cuando os haya dado la señal,
haced lo que os diga. Ea! vamos! corred, corred!
ESCENA V.
Otra parte del Parque.
Entra FALSTAFF disfrazado y con una cabeza postiza de gamo.
FALSTAFF.--La campana de Windsor ha sonado las doce; y ahora, que me
asistan los dioses de sangre ardorosa. Acuérdate, Júpiter, de que por tu
Europa fuíste toro: llevabas el amor en tus cuernos. ¡Oh poderoso amor!
Que bajo ciertos aspectos haces de la bestia un sér humano, y bajo otros
haces del hombre una bestia! También ¡oh Júpiter! por amor á Leda fuíste
cisne. ¡Oh amor omnipotente! ¡Qué cerca pusiste al dios de parecer un
ganso! Primero, una falta cometida bajo la forma de una bestia; falta
bestial; ¡oh Júpiter! Y en seguida otra falta bajo la apariencia de una
ave; falta volante. Cuando los dioses hacen tales faltas, ¿qué haremos
los pobres hombres? Por mi parte, soy ahora un ciervo de Windsor, el más
gordo de los del bosque, según creo. Envíame ¡oh Júpiter! un buen tiempo
de brama. Pero ¿quién viene? ¿Es acaso mi cierva?
(-Entran la Sra. Ford y la Sra. Page.-)
SRA. FORD.--¿Estás aquí, sir Juan, gamo, gamo mío?
FALSTAFF.--¿Es mi cierva de pequeña cola negra? Que lluevan patatas; que
los truenos canten la tonada de «las mangas verdes», que caigan por
granizo confites azucarados: que haya una borrasca de todas las
tentaciones; yo me refugiaré siempre aquí.
(-La abraza.-)
SRA. FORD.--La señora Page ha venido conmigo, vida mía.
FALSTAFF.--Pues divididme como ciervo regalado, la mitad de las ancas
para cada una; guardaré para mí los costados, daré los hombros al mozo
que pasea por aquí, y dejaré en legado á vuestros maridos estos cuernos.
¿No soy un verdadero montañés? ¿No hablo como el cazador? Por mi alma
que ahora Cupido es muchacho de conciencia, como que hace restitución.
Sed bienvenidas á este vuestro espíritu verdadero.
(-Se oye ruido dentro.-)
SRA. PAGE.--¡Ay! ¡Qué ruido!
SRA. FORD.--¡Que el cielo se apiade de nosotras!
FALSTAFF.--¿Qué podrá ser?
SRA. FORD.} Huyamos! (-Se van.-)
SRA. PAGE.}
FALSTAFF.--Parece que el diablo no quiere que yo me condene, mientras la
grasa que hay en mí no haga prender fuego al infierno. Á no ser así, no
me contraría de este modo.
(-Entran sir Hugh Evans en traje de sátiro, la señora Aprisa y
Pistol; Ana Page como reina de hadas, acompañada por su hermano y
otros, en traje de hadas, con bujías de cera en la cabeza.-)
APRISA.--Hadas negras, pardas, verdes y blancas; vosotras, alegres
huéspedes de la claridad de la luna y de las sombras de la noche;
vosotras, herederas huérfanas de un destino invariable, atended á
vuestras funciones y gerarquía. Duende heraldo, haced los tres pregones
de las hadas.
PISTOL.--Duendes, escribid vuestros nombres: guardad silencio, aéreos
rapazuelos. Grillo, tú saltarás á las chimeneas de Windsor; y en donde
encuentres fuegos llenos de cenizas y piedras de hogar sin barrer,
punzad á las doncellas hasta ponerlas moradas como ciruelas. Nuestra
brillante reina aborrece el desaseo y las gentes desaseadas.
FALSTAFF.--Son hadas. Quien oiga lo que hablan, tiene que morir por
ello. Cerraré los ojos y me acostaré. Ningún hombre debe ver lo que
hacen.
(-Se acuesta boca abajo.-)
EVANS.--¿Á dónde está Pede? Vé, y en donde quiera que encuentres á una
doncella que antes de acostarse haya dicho tres veces sus oraciones,
estimularás los órganos de su fantasía y la adormecerás en un sueño tan
profundo y delicioso como el de la infancia. Pero á las que se duermen
sin pensar en sus pecados, pínchalas en los brazos, las piernas, las
espaldas, los hombros, los costados y las espinillas.
APRISA.--¡Á la obra! ¡Á la obra! Duendes, registrad el castillo de
Windsor por dentro y fuera; hechiceras, derramad la buena suerte en cada
sagrada habitación, para que se mantenga en pié hasta el fin de los
siglos, en estado tan perfecto como conviene al Estado; digno siempre de
su dueño y éste de él. Cuidad de perfumar el asiento de cada orden, con
los jugos y aromas de las flores más preciadas: y sean para siempre
bendecidos los leales blasones, escudos y crestas de cada uno. Y por la
noche, vosotras, hadas de las praderas, cantad en coro formando un
anillo á semejanza del de la Jarretera; y que la divisa que éste
ostenta, sea más fértil en nueva vida que todos los campos, y escribid:
-Honi soit qui mal y pense-, con ramilletes de esmeralda, flores
moradas, blancas y azules, como zafiros, perlas y ricos bordados,
enlazándolas bajo la rodilla doblada de esta orden de caballería. Las
flores son la escritura de las hadas. Marchad! Dispersaos! Pero hasta
que suene la una, renovemos la acostumbrada danza al rededor del roble
de Herne el cazador.
EVANS.--Poneos en orden, os ruego, entrelazando las manos de unos con
otros; y mientras bailamos al rededor del árbol, veinte luciérnagas nos
servirán de linternas para guiar nuestra danza. Pero deteneos. Siento el
olor de un hombre de enmedio de la tierra.
FALSTAFF.--Dios me defienda de este duende galo; no sea que me haga
transformar en un pedazo de queso!
PISTOL.--¡Vil gusano! Fuíste mirado con desprecio aun en el instante en
que naciste.
APRISA.--Tocad la extremidad de su dedo con el fuego de prueba. Si es
casto, la llama se retirará por sí sola sin causarle dolor alguno, pero
si hace cualquier movimiento, entonces es la carne de un corazón
corrompido.
PISTOL.--Á la prueba: venid.
EVANS.--Venid. ¿Arderá esta madera?
(-Le queman con sus bujías.-)
FALSTAFF.--¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
APRISA.--¡Corrompido, corrompido y manchado por la lujuria! Á él,
duendes y hadas. Entonad una canción de desprecio, y mientras saltáis,
idlo pinchando á compás.
EVANS.--Es justo. Está lleno de lujuria é iniquidad.
CANCIÓN.
¡Vergüenza para quien ama
la sensualidad y el vicio!
Su pasión es una llama
que se extiende más y más
desde el corazón impuro
donde la aviva el deseo:
es fuego de un antro oscuro
que no se extingue jamás!
* * * * *
Pinchadle, una por una,
por su villano intento,
y en torno de él girando
quemadle sin piedad,
mientras hay luz de luna
que alumbre el firmamento,
y estrellas derramando
su pura claridad.
(-Durante la canción, las hadas pinchan á Falstaff. El doctor Caius
llega por un lado y se escapa con una hada vestida de verde;
Slender por otro lado se lleva á una vestida de blanco. Y llega
Fenton y se lleva á Ana Page. Se oye adentro ruido de caza: todas
las hadas huyen. Falstaff se quita la cabeza de gamo y se
levanta.--Entran Page, Ford, señora Page y señora Ford, y se
apoderan de él.-)
PAGE.--No hay que huir. Me parece que esta vez os hemos atrapado. ¿No
habrá nadie sino Herne el cazador que haga vuestro negocio?
SRA. PAGE.--Vamos; os ruego no llevar la broma más lejos. Y ahora, buen
sir Juan, ¿qué tal os gustan las esposas de Windsor? ¿Véis, esposo mío?
¿No sientan mejor estas hermosas astas al bosque que á la ciudad?
FORD.--Y bien, señor mío: ¿quién es ahora el cornudo, el bribón cornudo?
He aquí sus cuernos, señor Brook; y no ha gozado cosa alguna de Ford,
señor Brook, excepto su canasto de la ropa sucia, su bastón, y veinte
libras en dinero, que tendrá que pagar al señor Brook, por cuanto, señor
Brook, se le han embargado los caballos con ese objeto.
SRA. FORD.--Mala suerte hemos tenido, señor Juan; nunca pudimos gozar
una cita. No volveré á tomaros por mi galán, siervo de mis antojos; pero
sí os contaré siempre como á mi ciervo.
FALSTAFF.--Principio á comprender que me han hecho hacer el papel de
asno.
FORD.--Y además el de buey. Las pruebas de uno y otro están á la vista.
FALSTAFF.--¿Y estos no son hadas? Tres ó cuatro veces me asaltó la idea
de que no eran hadas; y sin embargo, la culpabilidad de mi intento, la
súbita sorpresa de mis facultades, convirtió la tosquedad de la ficción
en natural creencia de que á despecho de todo ritmo y razón eran hadas.
He aquí, pues, de qué modo puede degenerar el ingenio en estupidez,
cuando se encamina á un mal propósito.
EVANS.--Servid á Dios, sir Juan, y dejad vuestros malos deseos, y las
hadas no os atormentarán.
FORD.--Bien dicho, duende Hugh.
EVANS.--Y dejad vos también vuestros celos, os lo suplico.
FORD.--Jamás volveré á desconfiar de mi esposa, hasta que podáis
galantearla en lenguaje correcto.
FALSTAFF.--¿Acaso he puesto mi cerebro á secarse al sol, que no veo cómo
evitar un exceso tan grosero como este? ¿También tengo que sufrir á este
cabrón galo? ¿Habré de tener una coronilla de rizos? Ya es tiempo de que
me atorase con un pedazo de queso tostado.
EVANS.--No es bueno poner mantequilla al queso, y vuestro abdomen es
todo mantequilla.
FALSTAFF.--¡Queso y mantequilla! ¿Y se ha de burlar de mí hasta este que
hace trizas el idioma? Bastaría esto para que se acabaran en todo el
reino las malas tentaciones y los paseos á media noche!
SRA. PAGE.--Pero ¡qué! sir Juan: ¿pensáis que aun cuando hubiésemos
arrojado de nuestros corazones toda virtud y nos hubiésemos entregado en
cuerpo y alma al infierno, habría podido el diablo hacer que nos
deleitáramos en vos?
FORD.--¿En un budín? ¿En un saco de linaza?
SRA. PAGE.--¿En un hombre inflado?
PAGE.--Viejo, frío, ajado, y de entrañas intolerables.
FORD.--Y tan maldiciente como Satanás.
PAGE.--Y tan pobre como Job.
FORD.--Y tan depravado como su mujer.
EVANS.--Y dado á la lujuria y á tabernas y al vino y la borrachera, y
los juramentos, y las disputas!
FALSTAFF.--Bien. Soy ahora el blanco de vuestras burlas; tenéis la
ventaja sobre mí; estoy abatido y ni siquiera soy capaz de responder al
zurdo galo: hasta la ignorancia misma es una cimera junto á mí. Podéis
hacer conmigo lo que gustéis.
FORD.--Por cierto, señor mío, que os vamos á llevar á Windsor á casa de
un tal Brook, á quien habéis escamoteado dinero ofreciendo servirle de
tercero. Después de lo que habéis sufrido, se me figura que restituir
ese dinero sería una aflicción cruel.
SRA. FORD.--No, esposo mío; dejad que ese dinero quede ahí por vía de
compensación. Perdonad esa suma y así quedaremos todos amigos.
FORD.--Bien: todo queda perdonado. He aquí mi mano.
PAGE.--Á pesar de todo, alégrate, caballero; porque esta noche vas á
tomar en mi casa un vaso de leche con vino. Allí te reirás de mi esposa
que se ríe ahora de tí; y le dirás que el señor Slender se ha casado con
su hija.
SRA. PAGE.--Hay doctores que lo dudan (-aparte-); pues si Ana Page es mi
hija, á esta hora es ya la esposa del doctor Caius.
(-Entra Slender.-)
SLENDER.--¡Oh! ¡Oh! ¡Padre Page!
PAGE.--Hijo ¿qué sucede? ¿Qué ocurre, hijo? ¿Habéis despachado ya?
SLENDER.--¡Despachado! He de hacer que esto lo sepa todo
Gloucestershire. Quisiera verme ahorcado!
PAGE.--¿Por qué motivo?
SLENDER.--Fuí allá abajo, á Eton, á casarme con Ana Page, y resulta que
se ha vuelto un muchachón contrahecho. Si no hubiéramos estado en la
iglesia, yo le habría dado una buena zurra, ó él á mí. Por cierto que no
me hubiera yo movido, si no porque pensé que era Ana Page. Ana Page! Un
muchacho de la oficina de correos!
PAGE.--Pues por vida mía que echasteis mano de él por equivocación.
SLENDER.--Gran noticia me dáis! Ya creo que me equivoqué al tomar un
muchacho por una doncella. Y aunque estaba vestido de mujer, si me
hubiese casado con él no lo habría tomado.
PAGE.--Vuestro propio atolondramiento es el que ha ocasionado esto. ¿No
os dije que conociérais á mi hija por los vestidos?
SLENDER.--Conforme habíamos convenido, me acerqué á ella de blanco y
dije: «¡Chito!» y ella respondió: «¡Morral!» Y sin embargo, no era Ana
sino el muchacho del Correo.
EVANS.--¡Jesús! ¡Señor Slender! ¿No véis cosa mejor que casaros con
muchachos?
PAGE.--Tengo el despecho en el corazón. ¿Qué haré?
SRA. PAGE.--No os enojéis, buen Jorge. Yo sabía vuestro propósito é hice
vestir á mi hija de verde; y en verdad que ahora está en la abadía
casándose con el doctor Caius.
(-Entra Caius.-)
CAIUS.--¿Dónde está la señora Page? ¡Voto á sanes, que he sido
embaucado! ¡Me he casado con un muchacho, -un garçon-! ¡un muchacho
campesino! ¡un muchacho que no es Ana Page, voto á!...
SRA. PAGE.--¡Qué! ¿Pues no estaba vestida de verde?
[Illustration]
CAIUS.--¡Sí, por cierto, y era muchacho! He de revolver todo Windsor.
(-Sale Caius.-)
SRA. PAGE.--¡Qué cosa tan extraña! ¿Quién se ha llevado á la verdadera
Ana?
PAGE.--Mal me anuncia el corazón. Aquí viene el señor Fenton. (-Entran
Fenton y Ana Page.-) ¿Cómo va, señor Fenton?
ANA.--¡Perdón, padre mío! ¡Perdón, buena madre!
PAGE.--¿Cómo es, señorita, que no habéis ido con el señor Slender?
SRA. PAGE.--¿Cómo es, niña, que no fuíste con el doctor Caius?
FENTON.--No debéis aturdirla. Os diré la verdad de todo. Vosotros la
habríais casado vergonzosamente, sin que hubiese habido en su matrimonio
la debida proporción en los afectos. La verdad es que ella y yo,
comprometidos de tiempo atrás, estamos ahora tan seguros, que ya nada
podría separarnos. La falta que ha cometido es santa y no se la puede
llamar con los nombres de engaño y desobediencia en que se falta al
deber; pues con ella ha evitado las mil horas de irreligiosa
desesperación que le habría traído un matrimonio forzado.
FORD.--No os aturdáis. La cosa ya no tiene remedio. En asuntos de amor,
es el cielo quien decide. Los dineros compran tierras; pero á la mujer
nadie la vende sino el destino.
FALSTAFF.--Me alegro, á pesar del empeño especial que habéis puesto
contra mí, de que vuestro dardo haya resbalado.
PAGE.--Bien ¿qué remedio? ¡Fenton, que el cielo te dé alegría! Lo que ha
de ser bien castigado ha de ser bien perdonado.
FALSTAFF.--Cuando se da caza de noche, se persigue á toda clase de
ciervos.
EVANS.--Bailaré y comeré golosinas en vuestra boda.
SRA. PAGE.--Bien: no me entristeceré más tiempo. Señor Fenton, que Dios
os dé muchos, muchos días felices. Buen esposo mío, vamos todos á casa y
delante de un buen fuego riámonos de la aventura; todos, incluso sir
Juan.
FORD.--Sea como dices. Sir Juan: todavía cumpliréis vuestra palabra al
señor Brook; porque esta noche dormirá con la señora Ford.
(-Salen.-)
[Illustration]
ÍNDICE
-Pág.-
-Julio César- 1
-Como gustéis- 91
-Comedia de equivocaciones-193
-Las alegres comadres de Windsor-271
[Illustration]
-Abril 1883-
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