PIEDRA.--«¡Á Dios gracias!» Galana respuesta. ¿Eres rico?
GUILLERMO.--Á fe mía, señor, así... así.
PIEDRA.--«Así, así;» está bien, muy bien, desmesuradamente bien; y sin
embargo, no lo es; no es más que así, así. ¿Eres discreto?
GUILLERMO.--Sí, señor: tengo un ingenio regular.
PIEDRA.--Pues dices bien. Recuerdo ahora un dicho: «el necio se cree
discreto y el discreto se tiene á sí propio en concepto de necio.» El
filósofo pagano cada vez que tenía deseo de comer un racimo de uvas
abría los labios al ponerlo en la boca; significando con ello que las
uvas han sido hechas para comerlas y los labios para abrirse. ¿Amas á
esta muchacha?
GUILLERMO.--Sí, señor, la amo.
PIEDRA.--Dame tu mano. ¿Eres instruído?
GUILLERMO.--No, señor.
PIEDRA.--Entonces aprende de mí esto: tener es tener; porque es una
figura retórica que la bebida vertida de una taza á un vaso, mientras
llena al uno deja vacía á la otra; pues todos vuestros autores convienen
en que -ipse- es él. Ahora bien; vos no sois -ipse-, porque ese soy yo.
GUILLERMO.--¿Cuál es ese?
PIEDRA.--El que se ha de casar con esta mujer. Por lo cual vos, patán,
abandonad--ó en lenguaje vulgar--dejad la sociedad, que en rústico es la
compañía, de esta hembra--que en el trato común es esta mujer--y todo
junto quiere decir, abandona la sociedad de esta hembra ó pereces ¡oh
patán!; ó para que lo entiendas mejor, mueres: á saber: te mato, te hago
desaparecer, cambio tu vida en muerte, tu libertad en servidumbre. Te
administraré veneno, paliza ó cuchillada. Haré asonadas para pelotearte,
te abrumaré con mi política, te mataré de ciento cincuenta modos.
Tiembla, pues, y vete.
TOMASA.--Hazlo, buen Guillermo.
GUILLERMO.--Que Dios os conserve el humor, caballero.
(-Sale.--Entra Corino.-)
CORINO.--Nuestros amos os buscan: venid, venid.
PIEDRA.--Lista, Tomasa, lista, Tomasa. Ya sigo, ya sigo.
(-Sale.-)
ESCENA II.
La misma.
Entran ORLANDO y OLIVERIO.
ORLANDO.--¿Es posible que conociéndola apenas os hayáis prendado de
ella? ¿Que la améis sólo con haberla visto? ¿Y amándola la pretendáis?
¿Y pretendiéndola haya ella consentido? ¿Y tendréis perseverancia en
gozarla?
OLIVERIO.--No os preocupe lo súbito de mi afecto, ni la pobreza de ella,
ni el corto trato y repentino galanteo que me ganaron su consentimiento;
sino antes bien, decid conmigo: amo á Aliena; con ella, que me ama; y
con los dos, que consentís para que gocemos cada uno del otro. Y ello
será en beneficio vuestro; porque transferiré á vuestro favor la casa de
mi padre, junto con todas las rentas que fueron del anciano sir
Rowland, y yo viviré y moriré aquí como pastor.
(-Entra Rosalinda.-)
ORLANDO.--Tenéis mi consentimiento. Que sean mañana las nupcias. Á ellas
invitaré al duque y á todos sus joviales secuaces. Id á preparar á
Aliena, pues he aquí que llega Rosalinda.
ROSALINDA.--Dios os guarde, hermano.
OLIVERIO.--Y á vos, hermosa hermana.
ROSALINDA.--¡Oh mi querido Orlando! ¡Cuánto me duele verte llevar
vendado el corazón!
ORLANDO.--Es mi brazo.
ROSALINDA.--Pensé que las garras de la leona te habían herido el
corazón.
ORLANDO.--Muy herido está; pena por los ojos de una dama.
ROSALINDA.--¿Díjote tu hermano cómo fingí desmayarme cuando me mostró tu
pañuelo?
ORLANDO.--Sí, y aun prodigios mayores que ese.
ROSALINDA.--Ya sé lo que queréis decir. Y en verdad que jamás hubo cosa
tan repentina, á no ser el choque de dos carneros, y la famosa
baladronada de César: «vine, ví, vencí.» Porque todo fué encontrarse
vuestro hermano con mi hermana, cuando se vieron; apenas se vieron se
amaron; no bien nació este amor, se dieron á suspirar; al primer suspiro
se preguntaron el por qué; y en el instante de saberlo, buscaron el
remedio; de modo que escalón por escalón han subido así un par de
escaleras hacia el piso del matrimonio. Y lo escalarán incontinenti, so
pena de ser incontinentes antes de entrar en él. Están en una verdadera
furia de amor y quieren unirse. No los apartarán ni á garrotazos.
ORLANDO.--Se casarán mañana, é invitaré al duque á la boda. Pero ¡ay!
¡qué dura cosa es mirar la felicidad por la vista de otros hombres!
Tanto mas sentiré mañana en mi corazón el colmo del abatimiento, cuanto
más piense en la felicidad de mi hermano al obtener lo que desea!
ROSALINDA.--Pues entonces, ¿por qué no podré mañana hacer el papel de
Rosalinda?
ORLANDO.--No puedo vivir más tiempo de ilusiones.
ROSALINDA.--Ya no os fatigaré mas con palabras ociosas. Dejadme deciros,
pues (y hablo ahora con algún propósito), que os conozco por caballero
bien educado. Y no lo digo por inspiraros buena opinión de mi
discernimiento al expresar que os conozco así; ni tengo por objeto ganar
vuestro aprecio más allá de lo necesario para que creáis aquello que
podrá adquiriros algún bien más que á mí una gracia. Creed, pues, si os
place, que puedo hacer cosas extrañas. Desde que tuve tres años de edad,
he tratado á un mágico, eximio en su arte, y, sin embargo, no
condenable. Si tan de corazón amáis á Rosalinda como parece declararlo
vuestra actitud, os casaréis con ella al mismo tiempo que vuestro
hermano con Aliena. Conozco bien las adversidades de fortuna en que se
encuentra; y no es imposible para mí, si no os parece objecionable,
hacerla aparecer en vuestra presencia mañana, en toda su humana realidad
y sin peligro alguno.
ORLANDO.--¿Hablas seriamente?
ROSALINDA.--Te lo aseguro por mi vida, á la cual tengo un afecto muy
tierno, aunque diga que soy mágico. Así, pues, vístete de gala, é invita
á tus amigos; porque si quieres casarte mañana, te casarás; y con
Rosalinda, si quieres. (-Entran Silvio y Febe.-) Mira, aquí vienen una
que se ha enamorado de mí, y uno que se ha enamorado de ella.
FEBE.--Me habéis tratado con demasiada dureza, joven, mostrando la carta
que os había escrito.
ROSALINDA.--Si lo he hecho, no me importa. Pongo especial cuidado en
parecer adverso y rudo hacia vos. Un fiel pastor os solicita: miradle
bien y amadle. Os adora.
FEBE.--Buen zagal, decid á este joven lo que es amar.
SILVIO.--Es volverse uno todo suspiros y lágrimas; como yo por Febe.
FEBE.--Y yo por Ganimedes.
ORLANDO.--Y yo por Rosalinda.
ROSALINDA.--Y yo por ninguna mujer.
SILVIO.--Tiene que ser todo fe y sumisión, como yo para Febe.
FEBE.--Y yo para Ganimedes.
ORLANDO.--Y yo para Rosalinda.
ROSALINDA.--Y yo para ninguna mujer.
SILVIO.--Tiene que ser todo fantasía, todo pasión, todo deseos, todo
adoración, deber y observancia, todo humildad, todo paciencia é
impaciencia, todo pulcritud, contradicción y obediencia, como yo por
Febe.
FEBE.--Y yo por Ganimedes.
ORLANDO.--Y yo por Rosalinda.
ROSALINDA.--Y yo por ninguna mujer.
FEBE.--(-A Rosalinda.-) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os
ame?
SILVIO.--(-A Febe.-) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?
ORLANDO.--Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?
ROSALINDA.--¿De quién habláis al decir «tenéis a mal que os ame?»
ORLANDO.--De aquella que no está aquí ni me oye.
ROSALINDA.--Basta de esto, basta, os lo ruego. Se parece al aullido de
los lobos irlandeses á la luna. (-A Silvio.-) Os ayudaré, si puedo. (-A
Febe.-) Os amaría, si pudiera. Venid juntos á verme mañana. (-A Febe.-)
Me casaré con vos, si he de casarme con alguna mujer, y me casaré
mañana. (-A Orlando.-) Os daré satisfacción, si alguna vez he de haber
podido darla á un hombre, y os casaréis mañana. (-A Silvio.-) Os dejaré
contento, si os contenta lo que os agrada, y os casaréis mañana. (-A
Orlando.-) Pues amáis á Rosalinda, venid á la cita. (-A Silvio.-) Pues
amáis á Febe, venid á la cita. Y pues no amo á ninguna, vendré á la
cita. Así, quedad con Dios. Ya os daré mis órdenes.
SILVIO.--No faltaré, si vivo.
FEBE.--Ni yo.
ORLANDO.--Ni yo.
(-Salen.-)
ESCENA III.
La misma.
Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.
PIEDRA.--Mañana es el día de júbilo, Tomasa: mañana nos casaremos.
TOMASA.--Con todo mi corazón lo deseo, y espero que no sea malhonesto el
desear ser mujer de mundo. He aquí á dos pajes del desterrado duque.
(-Entran dos pajes.-)
PAJE 1.º--Buen encuentro, honrado caballero.
PIEDRA.--Buen encuentro, por vida mía. Vamos, asiento, asiento, y una
canción.
PAJE 2.º--Estamos á vuestras órdenes: sentaos entre los dos.
PAJE 1.º--¿Entraremos en ello de rondón, sin limpiar el pecho, ni
escupir, ni decir que estamos roncos, que es el prólogo obligado de toda
mala voz?
PAJE 2.º--Por cierto, por cierto; y ambos en un solo tono, como dos
gitanos en un mismo caballo.
CANCIÓN.
Iba un amante con su doncella,
con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,
por los maizales dejando huella,
cuando florece la estación bella,
la primavera dulce y feráz.
Las aves cantan de dos en dos,
y los amantes se echan por esos trigos
á la buena de Dios.
Entre los surcos de los maices,
con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,
sobre los verdes blandos tapices
se recostaron los dos felices
bajo la sombra de aquel maizal.
Las aves cantan de dos en dos,
etc., etc.
Y principiaron una tonada,
con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!,
de que la vida no dura nada,
como una rosa que á la alborada
se abre, y de noche marchita está.
Las aves cantan de dos en dos,
etc., etc.
Disfruta la hora cuando es propicia,
con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!;
porque en amores es la delicia
ser coronado con la primicia
que en primavera más bella está.
Las aves cantan de dos en dos,
etc., etc.
PIEDRA.--En verdad, caballeritos, que aunque la letra no valía gran
cosa, la entonación era insoportable.
PAJE 1.º--Os equivocáis, señor. Hemos guardado el tiempo; no hemos
perdido el tiempo.
PIEDRA.--Á fe mía que sí; pues el tiempo pasado en oir tan necia canción
no es más que tiempo perdido. Que Dios os guarde y remiende vuestras
voces. Ven, Tomasa.
(-Salen.-)
ESCENA IV.
Otra parte del bosque.
Entran el DUQUE (MAYOR), AMIENS, JAQUES, ORLANDO, OLIVERIO Y CELIA.
DUQUE (M.)--¿Crees, Orlando, que el mancebo podrá cumplir todo lo que ha
prometido?
ORLANDO.--Á veces lo creo y á veces no, como aquellos que temen esperar
y saben que temen.
(-Entran Rosalinda, Silvio y Febe.-)
ROSALINDA.--Paciencia una vez más, mientras llega el momento de cumplir
nuestro pacto. (-Al Duque.-) ¿Decís, señor, que si os traigo á vuestra
Rosalinda la daréis aquí por esposa á Orlando?
DUQUE (M.)--Así lo haría, aunque tuviera que dar reinos con ella.
ROSALINDA.--(-A Orlando.-) ¿Y vos decís que la tomaréis por esposa en el
momento en que la traiga?
ORLANDO.--Así lo haría, aunque fuese soberano de todos los reinos.
ROSALINDA.--(-A Febe.-) ¿Decís que os casaréis conmigo si lo deseo?
FEBE.--Así lo haría aunque tuviera que morir una hora después.
ROSALINDA.--Pero si rehusáis el casaros conmigo, ¿seréis la esposa de
este fidelísimo pastor?
FEBE.--Es lo convenido.
ROSALINDA.--(-A Silvio.-) ¿Decís que tomaréis por esposa á Febe, si
consiente?
SILVIO.--Aunque tomarla y morir fuese todo uno.
ROSALINDA.--He prometido allanar todo esto. Cumplid vuestra palabra ¡oh
duque! de dar vuestra hija; vos, Orlando, la vuestra de recibir su hija;
cumplid vuestra palabra, Febe, de desposaros conmigo; ó si lo rehusáis,
de ser la esposa de este pastor. Cumplid vuestra palabra, Silvio, de
casaros con ella, si me rehusa; y yo me aparto de aquí para que todas
estas perplejidades se aclaren.
(-Salen Rosalinda y Celia.-)
DUQUE (M.)--Este joven zagal me trae vivamente á la memoria ciertos
rasgos de la fisonomía de mi hija.
ORLANDO.--Señor, la primera vez que le ví me pareció hermano de vuestra
hija; pero, benévolo señor, este joven es nativo de este bosque, y ha
sido educado en los rudimentos de muchos aventurados estudios por un tío
suyo, de quien dice que era gran mágico y que vivía oscuramente en el
recinto de este bosque.
(-Entran Piedra-de-toque y Tomasa.-)
JAQUES.--De seguro que se aproxima algún nuevo diluvio y estas parejas
vienen en busca del arca. He aquí que llega un par de las más extrañas
bestias, que en todos los idiomas se conocen con el nombre de imbéciles.
PIEDRA.--Salud y buenaventura á todos.
JAQUES.--Acogedle benignamente, señor. Éste es el caballero de
estrambótica imaginación, que tantas veces he encontrado en el bosque, y
jura que ha sido cortesano.
PIEDRA.--Y si hay quien lo dude, á la prueba me remito. He bailado una
contradanza: he adulado á una señora: he sido político con mi amigo y
suave con mi enemigo: he estafado á tres sastres: he tenido cuatro
desafíos, y uno de ellos casi acaba á estocadas.
JAQUES.--¿Pues cómo vino á acabar?
PIEDRA.--Llegando al terreno, y descubriendo que la disputa versaba
sobre la séptima causa.
JAQUES.--¿Qué séptima causa es esa? Duque mío, vale la pena de gustar de
este perillán.
DUQUE.--No me desagrada en manera alguna.
PIEDRA.--Dios os premie, y otro tanto deseo para vos. Vengo aquí,
señor, entre la muchedumbre de paisanos copulativos, á jurar y perjurar,
según como liga el matrimonio y como la sangre quebranta. Una pobre
doncella, señor, nada agraciada, pero mía. Con ella cargo, señor, por un
humilde capricho mío, de tener lo que nadie querría. La honestidad
oculta su riqueza, como los avaros, señor, en un pobre alojamiento; así
como la perla dentro de una fea ostra.
DUQUE.--Á fe mía que es agudo y sentencioso.
PIEDRA.--Conforme á la coyunda de los necios, señor, y á tales dulzainas
dolencias.
JAQUES.--Pero vamos á la séptima causa. ¿Cómo descubristeis que la
querella era sobre la séptima causa?
PIEDRA.--Por una mentira contradecida siete veces.--No te pongas en tan
mala postura, Tomasa.--Y es como sigue, señor. No me gustaba el corte de
la barba de cierto cortesano, y él hizo que me dijeran de su parte que
si yo decía que su barba no estaba bien cortada, él era de parecer que
sí lo estaba: esto se llama -la réplica cortés-. Si yo le enviaba á
decir que no estaba bien cortada, él replicaría que la cortaba á su
gusto: y esto se llama -el sarcasmo modesto-. Si todavía, que no estaba
bien cortada, me calificaría de juez incapaz; y esto es -la réplica
grosera-. Si una vez aún, que no estaba bien cortada, me respondería que
yo faltaba á la verdad; y esto se llama -la repulsa valiente-. Y si
tornase á decir que no estaba bien cortada, me diría que miento; y esto
es -el rechazo turbulento-. Y así sucesivamente se llega al -mentís
condicional- y al -mentís directo-.
JAQUES.--¿Y cuántas veces dijisteis que su barba no estaba bien cortada?
PIEDRA.--No me animé á pasar del -mentís condicional-, ni él se atrevió
á darme -el mentís directo-. Así, medimos las armas y nos despedimos.
JAQUES.--¿Podríais enumerar ahora por su orden los grados de la mentira?
PIEDRA.--¡Oh señor! Así como tenéis libros para los buenos modales,
tenemos también las querellas en letra de molde, en libro. Os enumeraré
los grados. Primero, -la réplica cortés-; segundo, -el sarcasmo
modesto-; tercero, -la réplica grosera-; cuarto, -la repulsa valiente-;
quinto, -el rechazo turbulento-; sexto, -el mentís condicional-;
séptimo, -el mentís directo-. Podéis evadir todos estos, excepto el
-mentís directo-; y aun este se puede evadir por medio de un -si-
hipotético. Supe de una querella que siete jueces no habían podido
arreglar; pero cuando los contendientes se encontraron uno frente á otro
en el terreno, ocurriósele á uno de ellos aquel -si-, como por ejemplo:
«Si dijisteis tal cosa, entonces dije tal otra;» y se dieron la mano y
se juraron amistad eterna. Es increíble lo que puede el -si- hipotético.
JAQUES.--Alteza: ¿no es éste un curioso sujeto? Lo mismo sirve para
todo; y, sin embargo, es un bufón.
DUQUE.--De esa calidad se sirve como de una emboscada, y escondido desde
ella dispara sus agudezas. (-Entran Himeneo, conduciendo á Rosalinda en
traje de mujer, y Celia.-)
HIMENEO. Hay regocijo en el cielo
cuando las cosas del suelo
acordes y unidas son.
Recibe á tu hija querida
¡oh duque! y une su vida
al que está en su corazón.
Para cumplir tal deseo
te la ha traído Himeneo
de la celeste región.
ROSALINDA (-al duque.-)--Á vos me entrego, pues soy vuestra.--(-A
Orlando.-) Á vos me entrego, pues soy vuestra.
DUQUE.--Si no engaña la vista, sois mi hija.
ORLANDO.--Si no engaña la vista, sois mi Rosalinda.
FEBE.--Si la vista y la forma no engañan, ¡adios mi amor!
ROSALINDA (-al duque.-)--No tendré padre, si no lo sois vos. (-A
Orlando.-) No tendré esposo, si no lo sois vos. (-A Febe.-) Ni me casaré
con mujer, si no es con vos.
HIMENEO. ¡Silencio! No haya algazara.
Yo de esta historia tan rara
deduzco una conclusión.
Aquí veo cuatro pares
que juntar en mis altares,
de mano y de corazón.
(-A Rosalinda y Orlando.-)
Seréis felices unidos.
(-A Oliverio y Celia.-)
Dos en uno confundidos
como ellos, habréis de ser.
(-A Febe.-)
Al zagal tu amor escoja,
si tener no se te antoja
por marido una mujer.
(-A Piedra y Tomasa.-)
Vosotros en firme nudo
seréis el invierno rudo
y el granizar y el llover.
Entre nupciales canciones,
averiguad las razones
del suceso singular
que aquí nos ha reunido,
y veréis cómo ha nacido
y cómo pudo acabar.
CANTO.
La diadema de Juno
fueron las bodas,
que en mesa y lecho junta
las almas todas.
Honremos á Himeneo
que puebla al mundo
y es en todas las zonas
el dios fecundo.
DUQUE.--Bienvenida eres ¡oh amada sobrina! No menos bienvenida que
propia hija.
FEBE (-á Silvio-).--No faltaré á mi palabra, ahora que eres mío. Tu
constancia te ha conciliado mi afecto.
(-Entra Jaques de Bois.-)
JAQUES DE B.--Concededme audiencia para unas pocas palabras. Soy el hijo
segundo de sir Rowland de Bois, y traigo á la digna Asamblea estas
nuevas: El duque Federico, informado del considerable número de hombres
de valer que diariamente afluyen á este bosque, se puso á la cabeza de
un grande ejército para apoderarse aquí de su hermano y darle muerte.
Había llegado ya á los linderos de este bosque, cuando se encontró con
un anciano religioso, y después de una conferencia con él, quedó
resuelto á abandonar su empresa y á retirarse del mundo. La corona queda
devuelta á su hermano, y restituídos a sus compañeros de destierro todas
las propiedades que poseían. De la verdad de estas noticias respondo con
mi vida.
DUQUE.--Sed bienvenido, joven. Traes hermosos presentes á las bodas de
tu hermano. Al uno, sus tierras confiscadas, y al otro todo un
territorio, un poderoso ducado. Ante todo, acabemos en este bosque lo
que fué tan felizmente comenzado; y en seguida, todos los que han
compartido con nosotros acerbos días, participen de la vuelta de
nuestra buena fortuna, conforme á su jerarquía. Y al mismo tiempo,
olvidemos por un momento esta nueva dignidad, y volvamos á nuestros
regocijos campestres. Suene la música, y vosotros, novios y novias,
medid por nuestra alegría los compases de la danza.
JAQUES.--Con vuestra venia, señor. Si no os he oído mal, el joven duque
ha abrazado la vida religiosa, renunciando á las pompas de la corte?
JAQUES DE B.--Así es.
JAQUES.--Pues me marcho á donde él. Hay mucho que oir y aprender oyendo
á estos nuevos convertidos. (-Al duque.-) Os lego vuestros antiguos
honores. Bien los merecen vuestra virtud y paciencia. (-A Orlando.-) Á
vos, el amor que con verdadera fe habéis conquistado. (-A Oliverio.-) Á
vos vuestras tierras, vuestro amor y vuestros poderosos aliados. (-A
Silvio.-) Á vos larga duración en un lecho bien merecido. (-A Piedra.-)
Y á ti el eterno disputar: porque el viaje de tu amor no lleva víveres
ni para dos meses.--Y con esto, entregaos á vuestros placeres. Yo, no
estoy para fiestas.
DUQUE.--Quedaos, Jaques, quedaos.
JAQUES.--No para ver pasatiempos. Para saber lo que os acontezca,
permaneceré en la cueva que abandonáis.
(-Sale.-)
DUQUE.--Adelante, pues, y principiaremos las ceremonias, que confío
terminarán en la ventura de todos.
(-Baile.-)
EPÍLOGO.
ROSALINDA.--No es costumbre ver á la dama en el epílogo; pero no es
mejor ver al galán en el prólogo. Si es verdad que «el buen vino no
necesita enseñas,» también lo es que una buena comedia no ha menester
epílogo. Sin embargo, en buenas enseñas se anuncian buenos vinos, y los
buenos epílogos mejoran las buenas comedias. ¿Cuál es, pues, mi
situación, no siendo yo un buen epílogo, ni pudiendo insinuar cosa
alguna para que toméis por buena esta comedia? No estoy aparejada como
los mendigos, y por lo tanto no me cumple mendigar. No me queda otro
camino que el de conjuraros; y principiaré por las mujeres. Os
recomiendo ¡oh mujeres! por el amor que tenéis á los hombres, que os
guste de esta comedia todo lo que á ellos agradare; y de igual modo os
recomiendo ¡oh varones! por el amor que tenéis á las mujeres (y creo
percibir que ninguno de vosotros las tiene aversión) que entre vosotros
y ellas, encontréis que la comedia os agrada. Á ser yo mujer, besaría á
todos aquellos de vosotros que tengan barbas que me gusten, caras que me
plazcan y alientos que no me repugnen: y estoy segura de que todos
cuantos tienen buenas barbas, ó hermosas caras ó aliento puro, querrán
en pago de mi oferta despedirme afectuosamente cuando les haga mi
reverencia.
(-Sale.-)
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