porque justillo y bragas han de ostentar valor ante una falda. Ánimo,
pues, buena Aliena.
CELIA.--Te ruego que tengas paciencia conmigo. No puedo seguir adelante.
PIEDRA.--Pues por lo que á mí atañe, mejor querría llevaros en paciencia
que llevaros en brazos; aunque llevaros á cuestas no sería llevar
ninguna cruz; pues creo que andáis con la bolsa vacía.
ROSALINDA.--Bien. Esta es la selva de Ardenas.
PIEDRA.--Sí, heme aquí en Ardenas, con lo cual soy doblemente idiota;
pues mejor lugar tenía cuando estaba en casa. Pero los que viajan han de
contentarse con todo.
ROSALINDA.--Y así debéis hacerlo, buen Piedra-de-toque. Pero mirad quién
viene. Son un joven y un anciano que conversan con solemnidad. (-Entran
Corino y Silvio.-)
CORINO.--Ese es el camino para hacer que os desprecie todavía.
SILVIO.--¡Oh Corino! ¡Si supieras cuanto la amo!
[Illustration]
CORINO.--Algo de ello conjeturo; como que alguna vez he amado.
SILVIO.--No, Corino. No puedes imaginarlo, siendo anciano, aunque hayas
sido en tu juventud un amante tan verdadero, como el que en cualquier
tiempo haya suspirado en el insomnio de la media noche. Pero si tu amor
se parecía al mío (aunque estoy seguro de que jamás hombre alguno amó
como yo) ¡á cuantas acciones soberanamente ridículas no te ha de haber
arrastrado tu fantasía!
CORINO.--Á mil de ellas que ya ni recuerdo.
SILVIO.--¡Oh! ¡Pues entonces jamás amaste tan de corazón! Si no tienes
presente hasta la más insignificante locura en que te hiciera caer el
amor, no has amado; ó si no te has sentado, como yo ahora, fatigando á
tu interlocutor con las alabanzas de tu amada, no has amado: ó si no has
abandonado bruscamente la compañía, como me obliga la pasión á hacerlo
ahora, no has amado. ¡Oh Febe, Febe, Febe!
(-Sale Silvio.-)
ROSALINDA.--¡Pobre pastor! ¡Por buscar tu herida, he venido
desgraciadamente á dar con la mía propia!
PIEDRA.--Y yo con la mía. Me acuerdo de que estando enamorado, quebré mi
espada contra una piedra, y le dije que aguantara eso por venir de noche
en busca de Juana Remilgos; y de cómo besé su batidera y los pezones de
la vaca que ella había ordeñado con sus lindas manos agrietadas; y
recuerdo, en fin, haber hecho la corte en lugar de ella á una vaina de
guisantes, de la cual saqué dos y se los devolví diciendo con los ojos
llenos de lágrimas: «Póntelos por amor á mí.» Nosotros, los que amamos
de veras, damos en extrañas manías; pero así como todo muere en la
naturaleza, toda naturaleza enamorada muere en la tontería.
ROSALINDA.--Hablas con más sensatez de lo que piensas.
PIEDRA.--Ya lo creo: no he de caer jamás en cuenta de mi propio ingenio,
hasta que me dé de narices contra él.
ROSALINDA.--¡Oh Jove, Jove! La pasión de este pastor se parece mucho á
la mía.
PIEDRA.--Y á la mía; pero ya se me va poniendo un poco rancia aquí
dentro.
CELIA.--Os ruego que uno de vosotros pregunte á aquel hombre, si nos
dará por oro algún alimento.
Estoy medio muerta de desmayo.
PIEDRA.--¡Hola! ¡á ti, villano!
ROSALINDA.--Silencio, bufón: no es pariente tuyo.
CORINO.--¿Quién llama?
PIEDRA.--Tus superiores, pobre hombre.
CORINO.--Muy desvalidos han de ser, si son mis iguales.
ROSALINDA.--Silencio, digo. Buenas tardes, amigo.
CORINO.--Y á vos, gentil caballero, y á todos vosotros.
ROSALINDA.--Ruégote, pastor, que si el afecto ó el oro pueden comprar
algún refrigerio en este desierto, nos procures algo con qué reposar y
alimentarnos. He aquí una joven doncella fatigada en demasía por el
viaje y que se desmaya por falta de socorro.
CORINO.--La compadezco, gentil señor, y quisiera por su bien más que por
el mío que mis recursos fuesen mayores para aliviarla; pero soy pastor
al servicio de otro hombre, y no trasquilo el rebaño que apaciento. Mi
dueño es de carácter duro, y no se cuida de encontrar el camino del
cielo por actos de hospitalidad. Por otra parte, su egido, sus ganados y
sus pastos están en venta; y con motivo de su ausencia, no hay en
nuestro cortijo cosa con que pudiérais alimentaros; pero venid y veréis
lo que hay, que por mi parte seréis muy bienvenidos.
ROSALINDA.--¿Y quién comprará sus rebaños y sus pastos?
CORINO.--Aquel joven zagal, que visteis poco há, y que tiene muy poco
interés en comprar algo.
ROSALINDA.--Te suplico que, guardando los fueros de la honradez, compres
tú la casa, los pastos y rebaños. Te daremos con que pagarlos.
CELIA.--Y aumentaremos tu salario. Gústame el sitio, y de buena gana
pasaría en él mi tiempo.
CORINO.--Que todo está para vender, es seguro. Venid conmigo, y si os
agradan los informes sobre el suelo, las ganancias y este género de
vida, seré vuestro fiel labrador, y lo compraré todo con vuestro oro sin
perder momento.
(-Salen.-)
ESCENA V.
Entran AMIENS, SANTIAGO y otros.
CANTO.
AMIENS. Quien bajo el árbol frondoso
desee yacer conmigo,
y ajustar su alegre canto
del ave á los dulces trinos,
que venga hacia aquí, que venga,
donde no hay más enemigo
que el invierno y la tormenta,
las tempestades y el frío.
JAQUES.--Continuad, continuad, os lo suplico.
AMIENS.--Os entristecería, monsieur Jaques.
JAQUES.--Y gracias. Más, os ruego, más. Puedo sorber melancolía de una
canción, como huevos la comadreja. Más, te ruego, más.
AMIENS.--Estoy enronquecido. Conozco que no podría agradaros.
JAQUES.--No deseo que me agradéis; deseo, sí, que cantéis. Vamos: más:
otra estrofa. ¿No las llamáis estrofas?
AMIENS.--Lo que queráis, monsieur Jaques.
JAQUES.--No me importan sus nombres. Nada me deben. ¿Queréis cantar?
AMIENS.--Más por satisfaceros que por placer mío.
JAQUES.--Pues bien: si alguna vez doy las gracias á un hombre, será á
vos; aunque lo que llaman cumplidos se parece al encuentro de dos monos;
y cuando un hombre me da gracias sinceramente, se me figura haberle
dado un centavo, y que me devuelve gracias á lo mendigo. Vamos, cantad y
que los demás cierren la boca.
AMIENS.--Bien. Concluiré la canción. Mientras tanto, señores, cubrid la
mesa; el duque quiere beber bajo este árbol. Ha esperado todo este día
para veros.
JAQUES.--Y yo todo este día he estado evitándolo. Discute demasiado para
mí. Yo pienso en tantos asuntos como él; pero, gracias al cielo, no hago
alarde de ello. Vamos, vamos, trinad.
CANTO.
TODOS. Quien desdeña la ambición
y vive del sol al brillo
buscando el pan, y contento
con lo que haya conseguido,
que venga, que venga aquí,
donde no hay más enemigo
que el invierno y la tormenta
las tempestades y el frío.
JAQUES.--Voy á daros un verso para esa tonada, que hice ayer, mal que
pesara á mi inventiva.
AMIENS.--Y yo lo cantaré.
JAQUES.--Dice así:
Si por ventura acontece
tornarse un hombre en borrico,
dejando paz y riqueza
por un porfiado capricho,
-duc ad me, duc ad me, duc ad me-,
que aquí verá otros pollinos
como él; y si no, que venga
adonde Amiens nuestro amigo.
AMIENS.--¿Qué significa ese -duc ad me-?
JAQUES.--Es una invocación griega para llamar á los necios á formar
círculo. Me voy á dormir, si puedo. Y si no pudiese, renegaré de todos
los primogénitos de Egipto.
AMIENS.--Y yo voy á buscar al duque. Está preparado su banquete.
(-Salen separadamente.-)
ESCENA VI.
La misma.
Entran ORLANDO y ADAM.
ADAM.--Mi querido señor, ya no puedo ir más lejos. ¡Oh, me muero de
hambre! Aquí me acuesto, y marco la medida de mi sepulcro. Adios, mi
bondadoso señor.
ORLANDO.--¿Cómo es eso, Adam? ¿Tú no tienes más corazón? Vive un poco,
anímate un poco, alégrate un poco. Si este áspero bosque produce algún
animal salvaje, ó yo le serviré de alimento, ó lo traeré para
alimentarte. Tu imaginación, no tus fuerzas, es lo que está expuesto á
morir. Tranquilízate por amor á mí; y por unos momentos pon á raya la
muerte. Estaré aquí contigo dentro de breve rato, y si no te traigo
algún alimento, tendrás mi consentimiento para morir. Pero si mueres
antes, me habrás hecho perder mi trabajo. ¿No lo dije? Tienes más alegre
la cara. No tardaré en estar de vuelta. Pero yaces aquí á la intemperie.
Te llevaré á algún punto abrigado, y si hay cosa que viva en este yermo,
no morirás por falta de comida. ¡Ánimo, buen Adam!
(-Salen.-)
ESCENA VII.
La misma.--Una mesa cubierta.
Entran el antiguo DUQUE, AMIENS, señores y otros.
DUQUE.--Parece que se ha transformado en bestia, pues no puedo
encontrarle cosa alguna á semejanza del hombre.
LORD 1.º--Señor, hace un momento que se fué de aquí, donde había estado
alegre oyendo una canción.
DUQUE.--Si él, que es un conjunto de discordancias, se aficiona á la
música, no tardaremos en ver discordancia en los cielos. Id á buscarle:
decidle que deseo hablar con él.
(-Entra Jaques.-)
LORD 1.º--Me ahorra la pena viniendo él mismo.
DUQUE.--¡Hola! ¿Cómo es esto, monsieur, y qué vida lleváis, que vuestros
pobres amigos tienen que conquistar vuestra compañía?
JAQUES.--Un bufón! un bufón! Encontré un bufón en el bosque; un bufón
abigarrado. ¡Oh miserable mundo! Tan cierto como que vivo encontré á un
bufón que se acostó á calentarse al sol, y renegó de la fortuna en
buenas frases, en buenas vigorosas frases. «Buenos días, zote--le
dije.--No señor--respondió--no me llaméis zote mientras el cielo no me
haya enviado fortuna.»--Sacó luégo de su bolsillo un reloj de sol y
mirándolo con ojos amortiguados, dijo muy sensatamente: «Son las diez;
por lo cual vemos, añadió, cómo va el mundo. No hace sino una hora que
eran las nueve, y dentro de una hora serán las once. Así, de hora en
hora maduramos y maduramos, y luego de hora en hora nos pudrimos y nos
pudrimos, y de aquí sale un cuento.» Cuando oí á aquel pintarrajeado
bufón filosofar así sobre el tiempo, solté una carcajada más sonora que
el canto del gallo á la madrugada, al pensar que un bufón fuese tan
profundamente meditativo, y me reí sin tregua una hora entera contada en
su reloj. ¡Oh noble bufón! ¡Oh digno bufón! No hay más traje que el de
arlequín.
DUQUE.--¿Qué bufón es este?
JAQUES.--¡Oh insigne bufón! Ha sido cortesano, y dice que con tal de que
las damas sean jóvenes y hermosas, tienen el don de conocerlo; y en su
cerebro tan seco como galleta de viaje pasado, tiene extraños sitios
atestados de observaciones á las cuales da salida en zurdas formas. ¡Oh
qué daría por ser un bufón! ¡Cuánto codicio un traje con cascabeles!
DUQUE.--Tendrás uno.
JAQUES.--Es todo mi deseo, con tal de que desarraiguéis de vuestros
mejores juicios toda opinión que se haya robustecido en ellos en contra
de mi cordura. He de tener completa libertad, una patente tan amplia
como el viento, para soplar sobre quien yo quiera, pues así la tienen
los bufones. Y aquellos á quienes más zahieran mis bufonadas, son los
que más deberán reir. ¿Y por qué ha de ser así, señor? El porqué es
claro como camino de iglesia parroquial. Aquel á quien el bufón hiera
muy cuerdamente, haría una gran necedad, si á pesar de lo que le
escueza, no pareciera insensible al golpe. Si no, quedaría desmenuzada
la necedad del cuerdo, aun por las chanzas perdidas del bufón.
Revestidme con mi traje de arlequín; dadme permiso para decir lo que
pienso, y limpiaré por completo el asqueroso cuerpo del infecto mundo,
si es que se deja administrar con paciencia mi remedio.
DUQUE.--¡Quita allá! Puedo decir lo que harías.
JAQUES.--¿Pues qué haría contrariándolo sino un bien?
DUQUE.--Pecarías maligna y groseramente cuando criticaras el pecado;
porque tú mismo has sido un libertino tan sensual como el instinto
brutal mismo. Y derramarías sobre el mundo todas las úlceras acumuladas
y los males crónicos atrapados por tu libertinaje.
JAQUES.--¡Pues qué! ¿Acusa á persona alguna en particular, quien clama
contra el orgullo? ¿No fluye con tanta pompa como el mar, hasta que
refluye contra los mismos medios que lo sustentan? ¿A qué mujer de la
ciudad habré nombrado, si digo que la mujer de la ciudad lleva en sus
hombros impúdicos el precio pagado por príncipes? ¿Cuál de ellas puede
venir á decirme que he querido hablar de ella, cuando su vecina es ni
más ni menos que ella misma? ¿Ó quién es aquél aun de la más baja
condición que (pensando que aludo á él) dice, que su magnificencia no
existe á expensas mías, sin que en ello ajuste su propia necedad al
tenor de mi discurso? Ahora bien: ¿qué resulta? Dejadme ver en qué le
habrá ofendido mi lengua. Si le ha hecho justicia, será él quien se
habrá ofendido á si propio; si no, mi invectiva habrá pasado volando
como el ganso silvestre que ningún hombre reclama por suyo. Pero ¿quién
viene? (-Entra Orlando, espada en mano.-)
ORLANDO.--Deteneos y no sigáis comiendo.
JAQUES.--Pues aún no he probado bocado.
ORLANDO.--Ni lo probaréis antes que la miseria sea socorrida.
JAQUES.--¿Qué clase de pájaro es este?
DUQUE.--¿Es la miseria la que te hace proceder así, hombre atrevido, ó
eres un grosero ignorante de los buenos modales, para mostrarte tan
falto de buena crianza?
ORLANDO.--Acertasteis al principio. La aguda espina de la más rigorosa
necesidad, me privó de mostrarme suave y cortés. Nací tierra adentro, y
tengo alguna cultura. Pero, deteneos, repito; porque si alguno toca
[Illustration:--'-Deteneos, y no sigáis comiendo.-']
á estos frutos antes que yo haya cumplido mi propósito, morirá.
JAQUES.--Y si no admitís razones en respuesta, habré de morir.
DUQUE.--¿Qué deseáis? Nos forzaría á ser benévolos vuestra cortesía, más
que nos inclinaría á la bondad vuestra fuerza.
ORLANDO.--Estoy casi muerto por el hambre. Dejadme tomar alimento.
DUQUE.--Sentaos y alimentaos y sed bien venido á nuestra mesa.
ORLANDO.--¿Habláis afablemente? Os ruego que me perdonéis. Parecíame que
todo había de ser salvaje en este lugar, y por eso tomé un aspecto
imperioso é inflexible. Pero quienes quiera que seáis, los que en este
desierto inaccesible, á la sombra del melancólico ramaje véis correr
indiferentes las cansadas horas del tiempo; si alguna vez visteis días
mejores; si alguna vez oísteis el tañer de las campanas llamándoos al
templo; si os habéis sentado al banquete de un hombre de bien; y si
alguna vez enjugasteis de vuestros párpados una lágrima de piedad y
sabéis lo que es compadecer y ser compadecidos, dejad que la humildad
sea mi principal fuerza, y en tal esperanza envaino, sonrojándome, este
acero.
DUQUE.--En verdad, hemos visto días mejores, y la sagrada campana nos ha
llamado al templo, y nos hemos sentado á las fiestas de hombres buenos,
y hemos enjugado de nuestros párpados lágrimas arrancadas por la santa
piedad; así, pues, sentaos tranquilamente y disponed de cuanta ayuda
podemos ofrecer en alivio de vuestras necesidades.
ORLANDO.--Pues bien: aplazad por pocos momentos vuestro alimento,
mientras voy, como la cierva, en busca de mi cervato para alimentarlo.
Hay allí un pobre anciano que siguió con paso fatigado mi largo camino,
movido por el más desinteresado afecto. Hasta que él, oprimido por dos
causas de debilidad--los años y el hambre--sea satisfecho primero, yo no
probaré bocado.
DUQUE.--Id á traerlo, y nada será tocado hasta que volváis.
ORLANDO.--Os lo agradezco, y sed bendecidos por vuestro auxilio.
(-Sale.-)
DUQUE.--Ya lo ves: no somos los únicos desgraciados. Este vasto teatro
del mundo, presenta escenas aún más dolorosas que esta en que tomamos
parte.
JAQUES.--Todo el mundo es un escenario, y todos, hombres y mujeres, son
meros actores. Todos tienen sus entradas y salidas, y cada hombre en su
vida representa muchos papeles, siendo los actos siete edades. Al
principio, infante que lloriquea en brazos de la nodriza. Luégo lloroso
rapaz, con su saquillo y su luciente cara matutina, arrastrándose de
mala gana á la escuela, con paso de caracol. Después, enamorado,
suspirando como una fragua, con una triste balada compuesta á las cejas
de su dama. En seguida, soldado, lleno de extrañas imprecaciones,
bigotudo como el leopardo, celoso del honor, súbito y pronto en la
pendencia, buscando la efímera reputación hasta en la boca del cañón.
Más tarde, juez, de redondo y prominente abdomen bien aforrado de capón,
de severa mirada y barba cortada en estilo serio, lleno de sesudos
adagios y de modernas citas: y así desempeña su papel. En la sexta edad
múdase en enjuto arlequín, calzado de chinelas, puestas en la nariz las
antiparras y el saco al costado, y con las bien conservadas bragas de su
mocedad flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas; y su
sonora voz varonil vuelta al tiple de la infancia resopla y silba en su
sonido. La última escena de todas, que termina esta extraña y nutrida
historia, es la segunda infancia, un mero olvido, sin dientes, sin ojos,
sin palabras, sin cosa alguna.
(-Vuelve á entrar Orlando con Adam.-)
DUQUE.--Bienvenidos.--Poned en un asiento vuestra venerable carga, y que
se alimente.
ORLANDO.--Os doy mil gracias por él.
ADAM.--Así os era menester.--Apenas puedo hablar para hacerlo yo mismo.
DUQUE.--Bienvenido. Principiad. Por ahora no os molestaré con preguntas
acerca de vuestras aventuras.--Dejadnos oir un poco de música, y, buen
primo, cantad.
CANTO.
AMIENS.--Sopla, sopla, viento helado,
que no eres tú tan maligno
cual la ingratitud del hombre
ni muerdes con tanto ahinco,
pues no se te puede ver
aunque tu soplo sentimos.
Cantemos, ¡oh, sí, cantemos,
de la enramada el asilo!
Hay mucha amistad fingida
y muchos amores frívolos,
mas ¡oh! bajo la enramada
la vida es un regocijo.
--
Hiela, hiela, crudo cielo,
que no ofendes con tu frío
como el pago que los hombres
dan al bien con el olvido.
Tú tornas el agua en hielo;
mas tu soplo no es tan frío
como el triste desengaño
de ver que olvida un amigo.
Cantemos, ¡oh, sí! etc., etc.
DUQUE.--Si sois hijo del buen sir Rowland, como me lo habéis fielmente
dicho al oído, y como ven mis ojos por su imagen vivamente retratada y
viviente en vuestro rostro; sed, en verdad, bienvenido aquí. Soy el
duque que amó á vuestro padre. Vendréis á mi cueva á decirme el fin de
vuestras aventuras.--Buen anciano, bienvenido eres también, como tu
señor. Dadle el brazo, y á mí la mano; y hacedme comprender toda vuestra
situación. (-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO III.
ESCENA I.
Un cuarto en el palacio.
Entran el DUQUE FEDERICO, OLIVERIO, nobles y séquito.
DUQUE FEDERICO.
No verle desde entonces? Señor mío, eso no puede ser. Si no fuera la
piedad la principal parte de mí mismo, no buscaría un objeto ausente
para saciar mi venganza, hallándote tú aquí. Pero ten cuidado: encuentra
á tu hermano donde quiera que esté; búscalo con una linterna: tráelo
vivo ó muerto, dentro del plazo de un año, ó jamás vuelvas á buscar tu
vida en nuestro territorio. Tus tierras y cuanto hay secuestrable en lo
que llamas tuyo, quedan secuestrados en nuestras manos, hasta que puedas
justificarte por boca de tu hermano de las sospechas que abrigamos
contra ti.
OLIVERIO.--¡Oh, si conociera Vuestra Alteza mis sentimientos en esto!
Jamás en mi vida he amado á mi hermano.
DUQUE.--Pues eres tanto más vil por eso. ¡Echadle fuera! Y que vayan mis
funcionarios á quienes tal incumbe, á embargarle casa y tierras. Hacedlo
al punto, y despedidle en seguida. (-Salen.-)
ESCENA II.
El bosque.
Entra ORLANDO, con un papel.
ORLANDO.--Quedad aquí, versos míos, en testimonio de mi amor. Y tú,
reina de la noche coronada de triple diadema, observa con tu casta
mirada desde tu pálida y alta esfera el nombre de tu cazadora, que
domina toda mi existencia.--Estos árboles ¡oh Rosalinda! serán mis
libros, y grabaré mis pensamientos en su corteza, para que tus virtudes
sean contempladas por todas partes por cuantos seres hay en este
bosque.--Corre, corre, Orlando, y graba en cada árbol el nombre de la
bella, la casta, la imponderable. (-Sale.--Entran Corino y
Piedra-de-toque.-)
CORINO.--¿Y cómo os place esta vida de pastor, señor Piedra-de-toque?
PIEDRA.--Á la verdad, pastor, que considerada en sí misma es una vida
buena, pero como vida de pastor no vale nada. Me gusta bastante porque
es solitaria; pero siendo tan retraída, es una vida muy despreciable.
Agrádame también por lo que tiene de campestre, pero me fastidia el que
no sea en la corte. Y notad que cuadra bien á mi temperamento, porque es
una vida económica; pero como no ofrece mucha abundancia, mi estómago no
se aviene con ella. Pastor: ¿tienes algo de filósofo?
CORINO.--No más que lo suficiente para comprender que cuanto más enfermo
está uno, peor se siente; que faltan tres buenos amigos á quien no
tiene dinero, medios y satisfacción; que la lluvia moja y el fuego
quema; que el buen pasto engorda al rebaño; y que entra por mucho el que
no haya sol para que sea de noche; y que quien no adquirió ingenio por
la naturaleza ó por el arte, puede quejarse ó de su educación ó de su
mala estirpe.
PIEDRA.--Un hombre así es un filósofo natural. ¿Has estado alguna vez en
la corte, pastor?
CORINO.--No, por cierto.
PIEDRA.--Pues entonces estás condenado.
CORINO.--Espero que no.
PIEDRA.--Condenado, en verdad. Te tostarán por un lado como huevo mal
frito.
CORINO.--¿Por no haber estado en la corte? ¿Y por qué?
PIEDRA.--Es claro. No habiendo estado en la corte nunca has visto buenos
modales; y no habiendo visto buenos modales, los tuyos tienen que ser
muy malos; y lo malo es un pecado y el pecado se condena. En mal trance
te veo, pastor.
CORINO.--Nada de eso, Piedra-de-toque. Tan ridículos son en el campo los
buenos modales de la corte, como risibles en la corte las maneras del
campo. Me habéis dicho que en la corte no saludáis sino que besáis las
manos. Tal cortesía no fuera decente, si los cortesanos fuesen pastores.
PIEDRA.--Un ejemplo, pronto; vamos, un ejemplo.
CORINO.--Continuamente manoseamos nuestras ovejas, y sabéis que sus
vellones son grasientos.
PIEDRA.--¡Pues qué! ¿No sudan las manos de los cortesanos? ¿Y no es tan
saludable la grasa de un carnero como el sudor de un hombre? La razón
que alegas es fútil. Dame un ejemplo mejor. Vamos á ello.
CORINO.--Además, nuestras manos son ásperas.
PIEDRA.--Así las sentirán más pronto vuestros labios. Otra futileza.
¡Ea! Veamos mejor ejemplo.
CORINO.--Y á menudo tenemos las manos embreadas con los remedios que
aplicamos á nuestros rebaños. ¿Os gustaría besar brea? Las manos de los
cortesanos están perfumadas con algalia.
PIEDRA.--¡Oh hombre insustancial! Eres comida de gusanos comparada con
un buen pedazo de carne fresca.--Aprende de los sensatos y reflexiona.
La algalia es de más baja estirpe que la brea: es una asquerosa
secreción de un gato.--Vamos: mejora el ejemplo, pastor.
CORINO.--Tenéis, como cortesano, demasiado ingenio para mí.--Me callaré.
PIEDRA.--¿Quieres condenarte, pues? Dios te valga, hombre superficial!
Dios te abra la mollera, porque no sabes nada.
CORINO.--Señor, soy un honrado labrador, que gano lo que como y lo que
visto; que no aborrezco á nadie ni envidio la dicha de ningún hombre;
que me alegro del bien de los demás y me resigno á mi propio daño; y mi
mayor orgullo se reduce á ver pastar mis ovejas y amamantar mis
corderos.
PIEDRA.--He ahí otro pecado de ignorancia en que caéis: juntar moruecos
y ovejas, prometiéndoos ganar la vida por la cópula del ganado: servir
de tercero á un carnero-guía, y sacrificar una ovejita de año
entregándola á un morueco viejo, de patas torcidas, y de todos modos
cornudo, faltando en ello á toda equidad y proporción. Si no te condenas
por esto, á fe que no querrá coger nunca pastores el diablo. No veo por
cuál otro motivo escaparías.
CORINO.--Aquí viene el joven señor Ganimedes, el hermano de mi nueva
ama.
(-Entra Rosalinda, leyendo un papel.-)
ROSALINDA.--No hay desde Oriente á Poniente
joya como Rosalinda.
Do quiera lleva el ambiente
la fama de Rosalinda.
El cuadro más refulgente
negro es junto á Rosalinda.
Ni recuerde faz la mente
sino la de Rosalinda.
[Illustration]
PIEDRA.--Pues yo os haré rimas por el estilo ocho años seguidos,
exceptuando solamente las horas de almorzar, comer y dormir.
ROSALINDA.--¡Calla, loco!
PIEDRA.--Va de muestra:
Si falta al ciervo una cierva
venga y busque á Rosalinda.
¿Su especie el gato conserva?
Lo mismo hará Rosalinda.
El forro el calor conserva:
otro tanto Rosalinda.
Quien siega ha de atar la yerba,
y al carro con Rosalinda.
Como en nuez dulce, se observa
corteza agria en Rosalinda.
La rosa de amor enerva
y punza, cual Rosalinda.
Este es el fastidioso martilleo de los versos. ¿Por qué os contagiáis
con él?
ROSALINDA.--¡Silencio, tonto! Los encontré en un árbol.
PIEDRA.--Á fe mía que da mal fruto.
ROSALINDA.--Pues lo ingertaré contigo, que será ingertarlo con un
níspero, y así será el fruto más temprano del país; porque os habréis
podrido antes de estar medio maduro, que es la condición propia del
níspero.
PIEDRA.--Eso decís; pero si cuerdamente ó no, que lo decida el bosque.
(-Entra Celia, leyendo un papel.-)
Rosalinda.--Guardad silencio y haceos á un lado, que aquí viene mi
hermana leyendo.
CELIA.
¿Y habrá silencio en el desierto bosque
porque nadie lo habita?
No: que á cada árbol prestaré una lengua
que bellas cosas diga.
Una dirá cuán presto cruza el hombre
la senda de la vida,
de cuyo espacio el hueco de la mano
encierra la medida.
Y otra los olvidados juramentos
de dos almas amigas.
En las más bellas ramas y al extremo
de las mejores líneas,
grabaré embelleciendo mis sentencias
un nombre: Rosalinda.
Y cuantos lean notarán que el cielo
quiso mostrar un día
juntas en breve espacio, sus más bellas
y nobles maravillas.
Á la naturaleza dió el encargo
de un cuerpo en que se anidan
todas las gracias juntas y aumentadas;
por eso ella combina
la hermosa faz, no el corazón, de Helena:
la majestad altiva
de Clëopatra, el alma de Atalantoa,
de Lucrecia la esquiva
modestia; y con mil prendas quiso el cielo
juntar en Rosalinda
de corazones, rostros y miradas
la suprema valía.
Tan bellos dones quiso dar el cielo
á su obra favorita
para que siendo yo su esclavo siempre
rinda á sus piés mi vida.
ROSALINDA.--¡Oh Dios de misericordia! ¡Y qué fastidiosa homilia de amor
habéis hecho pesar sobre vuestros feligreses, sin daros la pena de decir
siquiera: «¡Tened paciencia, buenas gentes!»
CELIA.--¿Qué es esto? ¡Atrás, amigos! Pastor, retírate un poco: y tú,
vete con él, bellaco.
PIEDRA.--Ven, pastor. Pongámonos en honrosa retirada, si no con carros y
bagajes, al menos con zurrón y cayado. (-Salen Corino y
Piedra-de-toque.-)
CELIA.--¿Oiste esos versos?
ROSALINDA.--Sí: todos ellos y aun más; porque algunos tenían más piés
que los que el verso admite.
CELIA.--Eso no importa: los versos podrán así caminar por sus piés.
ROSALINDA.--Bien; pero como eran piés quebrados, el verso no podía
caminar con ellos, y por esto los piés hacían que los versos anduviesen
cojeando.
CELIA.--¿Pero no te ha admirado el oir que tu nombre estuviese
suspendido y grabado en estos árboles?
ROSALINDA.--Hacía ya una eternidad que me había pasado el asombro cuando
vinisteis; porque, ved lo que encontré en el tronco de una palmera.
Jamás había sido yo tan asendereada en versos, desde los días de
Pitágoras, en que fuí una rata irlandesa, cosa que ya casi se me había
escapado de la memoria.
CELIA.--¿Adivinas quién lo ha hecho?
ROSALINDA.--¿Un hombre?
CELIA.--Y que lleva en el cuello una cadena que fué tuya. ¡Cómo!
¿Cambiáis de color?
ROSALINDA.--¿Quién? Te lo suplico.
CELIA.--¡Válgame Dios! No es cosa tan fácil que dos amigos se
encuentren; pero hasta las montañas si las traslada un terremoto, se
encuentran.
ROSALINDA.--Pero ¿él? ¿Quién es él?
CELIA.--¿Es posible?
ROSALINDA.--Te vuelvo á rogar y más encarecidamente aún, que me digas
quién es.
CELIA.--¡Asombroso, asombroso! Asombro de los asombros! ¡Y otra vez aún,
prodigioso sobre toda ponderación!
ROSALINDA.--¡Por mi estampa! ¿Te imaginas que porque llevo un traje de
hombre, tengo el alma vestida de pantalón y chaqueta? Un minuto más de
demora, es todo un viaje al rededor del mundo. Ruégote decir ¿quién es?
Pronto y habla aprisa. Desearía que tartamudeases, á ver si así echabas
por la boca á este misterioso hombre, como el vino por el angosto cuello
de la botella. Ó demasiado, ó nada. Te suplico que quites el corcho á tu
boca para beber yo las nuevas.
CELIA.--Así podrías engullirte un hombre.
ROSALINDA.--¿Es hechura de Dios? ¿Qué especie de hombre? ¿Vale la pena
su cabeza de que lleve sombrero? ¿Tiene cara como para barbas?
CELIA.--De barbas, pocas tiene.
ROSALINDA.--Pues Dios le enviará más, si él es agradecido. Déjame
conocer su cara, y yo dejaré que le crezcan las barbas.
CELIA.--Es el joven Orlando; el que hizo dar á un mismo tiempo aquella
voltereta al luchador Carlos y á tu corazón.
ROSALINDA.--¡Da al diablo las bromas! Habla seriamente y á fe de
doncella de buena ley.
CELIA.--Pues á fe de tal, prima, que es él.
ROSALINDA.--¿Orlando?
CELIA.--Orlando.
ROSALINDA.--¡Desdichado día! ¿Qué voy á hacer ahora con mi justillo y
mis bragas? ¿Qué hizo cuando le viste? ¿Qué dijo? ¿Qué aspecto
tenía?¿Qué hace aquí? ¿Preguntó por mí? ¿Adónde vive? ¿Cómo se despidió
de ti? ¿Y cuándo volverás á verle? Respóndeme en una palabra.
CELIA.--Primero, consigue prestada para mí la boca de Gargantua. La
palabra que pides no cabría en ninguna boca de las que se ven en nuestro
tiempo. Decir sí y no á todos esos detalles, sería más que responder al
Catecismo.
ROSALINDA.--Pero ¿sabe él que estoy en este bosque y en traje de hombre?
¿Parece tan lozano como el día de la lucha?
CELIA.--Satisfacer las preguntas de los amantes, es tan fácil como
contar los átomos. Consuélate con saber que le he encontrado, y saborea
esta buena observación. Lo hallé en tierra al pié de un árbol, como una
bellota caída.
ROSALINDA.--Árbol que deja caer tal fruto no puede ser sino el árbol de
Jove.
CELIA.--Concededme audiencia, mi buena señora.
ROSALINDA.--Continúa.
CELIA.--Estaba acostado cuan largo es, como un caballero herido.
ROSALINDA.--Aunque es lástima ver semejante cuadro, debía venir bien á
la decoración.
CELIA.--Ataja tu lengua, por Dios. Se pone á saltar fuera de tiempo.
Vestía de cazador.
ROSALINDA.--¡Siniestro presagio! Viene á traspasar mi corazón.
CELIA.--Quisiera entonar la canción sin tropiezo; pero me haces
desafinar.
ROSALINDA.--¿No sabes que soy mujer? Cuando pienso, tengo de hablar.
Sigue, querida mía, sigue.
(-Entran Orlando y Duque.-)
CELIA.--Me sacáis de mis casillas. ¡Calla! ¿no es él quien viene?
ROSALINDA.--El es. Escóndete y obsérvalo.
(-Celia y Rosalinda se retiran.-)
JAQUES.--Gracias por vuestra compañía; pero en verdad me habría sido lo
mismo estar solo.
ORLANDO.--Lo mismo que á mi. Sin embargo, por cumplir con la moda, os
doy también las gracias por vuestra sociedad.
JAQUES.--Id con Dios. Procuremos encontrarnos lo menos posible.
ORLANDO.--Prefiero que seamos enteramente extraños cada uno para el
otro.
JAQUES.--Y os ruego que no echéis á perder los árboles escribiendo
canciones amorosas en su corteza.
ORLANDO.--Y os ruego que no echéis á perder mis versos leyéndolos con
tan poca gracia.
JAQUES.--¿Es Rosalinda el nombre de vuestra amada?
ORLANDO.--Precisamente.
JAQUES.--No me gusta su nombre.
ORLANDO.--Sin duda no la bautizaron así para daros gusto.
JAQUES.--¿Qué estatura tiene?
ORLANDO.--La que llega hasta mi corazón.
JAQUES.--Siempre tenéis bonitas respuestas. ¿No habéis tenido amistad
con esposas de joyeros, y habéis aprendido esas respuestas en las
inscripciones de las sortijas?
ORLANDO.--Nada de eso. Os respondo como las telas pintadas, en las
cuales habéis estudiado las preguntas.
JAQUES.--Tenéis el ingenio muy vivo. Parece que le hubieran sacado de
los piés de Atalante. ¿Queréis que nos sentemos juntos? Echaremos pestes
contra nuestras amadas, el mundo y todas nuestras desdichas.
ORLANDO.--No murmuraré de alma viviente en el mundo, sino de mí mismo,
que es en quien más defectos advierto.
JAQUES.--El peor que tenéis es estar enamorado.
ORLANDO.--Pues no cambiaría tal defecto por la mejor de vuestras
virtudes. Ya me habéis cansado.
JAQUES.--Á fe mía que andaba en busca de un necio cuando dí con vos.
ORLANDO.--Se había ahogado en el arroyo. Si os asomáis al agua le veréis
la cara.
JAQUES.--Allí no veré sino la mía.
ORLANDO.--Pues tengo para mí que si es cara de algo es la de un tonto.
JAQUES.--No gastaré más palabras con vos. ¡Adios, señor don Cupido!
ORLANDO.--Gracias á Dios que os váis. Adios, señor don Quejumbres.
(-Sale Jaques.--Celia y Rosalinda se adelantan.-)
ROSALINDA.--Le hablaré como un paje impertinente, y así disfrazada le
haré alguna travesura. ¿Oís?
CELIA.--Bien ¿qué queréis?
ROSALINDA.--¿Qué hora ha dado?
ORLANDO.--Deberíais preguntar qué hora es, no qué hora ha sonado. No hay
reloj en el bosque.
ROSALINDA.--Es decir que no hay en el bosque ningún verdadero enamorado;
porque á razón de suspiro por minuto y de gemido por hora, podría
contar tan bien como un reloj el paso tardío del tiempo.
ORLANDO.--¿Y no sería más propio decir el paso veloz del tiempo?
ROSALINDA.--De ningún modo, señor. El tiempo camina con diferente paso
para diferentes personas. Os diré para quién va con paso de andadura,
para quién trota, para quién galopa y para quién se para é inmoviliza.
ORLANDO.--Os ruego me digáis ¿para quién trota?
ROSALINDA.--Á fe, trota duramente para la joven doncella desde el
contrato de matrimonio hasta la bendición nupcial. Y aunque el intervalo
no pase de siete días, se hace tan duro el paso del tiempo, que parece
haber medido siete años.
ORLANDO.--¿Y para quién va á paso de andadura?
ROSALINDA.--Para el clérigo que no sabe bien el latín, y para el rico
que no padece de la gota; porque aquel duerme bien no teniendo estudio
que le desvele; y éste vive alegremente no sintiendo dolor. Falta al
primero el peso de la faena con que la instrucción debilita y consume:
al otro la fastidiosa carga de la pobreza. Para ambos va el tiempo á
paso de andadura.
ORLANDO.--¿Y para quién galopa?
ROSALINDA.--Para el ladrón que va al cadalso; pues aunque vaya tan
despacio como pueda ser movido el pié, siempre le parece que llega allí
demasiado pronto.
ORLANDO.--¿Y para quién se detiene?
ROSALINDA.--Para los abogados en vacaciones; porque entre el punto que
se cierra y el que se abre, se la pasan durmiendo y no perciben la
marcha del tiempo.
ORLANDO.--¿Dónde vivís, lindo mancebo?
ROSALINDA.--Con esta zagala, hermana mía, en las faldas del bosque, como
fleco de saya.
ORLANDO.--¿Es este vuestro lugar nativo?
ROSALINDA.--Soy en él como el conejo que véis habitar siempre el sitio
donde nació.
ORLANDO.--Vuestra habla parece más refinada que la que puede adquirirse
en tan remota habitación.
ROSALINDA.--Muchas personas me lo han dicho. Un anciano y devoto tío
mío, me enseñó á hablar. Había sido cortesano en su juventud, y conocía
demasiado las cosas de la corte, como que allí se había enamorado.
Muchas veces le oí disertar contra el amor, y doy gracias á Dios de no
ser mujer, por no verme manchado con las liviandades y defectos que
echaba en cara á todo el sexo.
ORLANDO.--¿Podríais recordar algunos de los mayores males de que acusaba
á las mujeres?
ROSALINDA.--Ninguno era mayor, sino tan parecidos é iguales todos como
los ochavos. Cada pecado parecía monstruoso, hasta que venía á igualarlo
el inmediato.
ORLANDO.--Ruégote que repitas algunos.
ROSALINDA.--No: no desperdiciaré mi remedio dándolo á quien no está
enfermo. Por ahí anda un hombre que vagabundea en el bosque, maltrata
nuestras plantas tiernas grabando Rosalinda en sus cortezas; cuelga odas
en los espinos y elegías en las zarzas, y todo con el propósito de
divinizar el nombre de Rosalinda. Si tropezara yo con este visionario,
le daría un buen consejo, porque parece que le aqueja la fiebre
cuotidiana del amor.
ORLANDO.--Soy yo quien está tan enfermo de amor y os suplico me digáis
vuestro remedio.
ROSALINDA.--No veo en vos ni siquiera una de las señales que decía mi
tío. Él me enseñó á conocer á los enamorados, y de seguro que no estáis
aprisionado en su jaula de mimbres.
ORLANDO.--¿Qué señales eran esas?
ROSALINDA.--Mejillas enjutas, que no tenéis; ojos ojerudos y hundidos,
que no tenéis; espíritu esquivo, que no tenéis; una barba descuidada,
que no tenéis.--¡Ah! ¡Perdonad! el no tener barba es en vos herencia de
hermano menor. Y luégo, debíais andar con las medias sin ligas, el
sombrero sin cinta, las mangas sin botones, el calzado sin abrochar, y
cada cosa de vuestra persona mostrando el abandono de la
desolación.--Pero no sois tal hombre.--Antes bien parecéis esmerado en
el vestir, como quien ama su propia persona mucho más que lo que
pareciera amar á otra.
[Illustration]
ORLANDO.--Hermoso joven, quisiera poder convencerte de que amo.
ROSALINDA.--¡Convencerme! Más fácil sería convencer á la que amáis; lo
cual, os aseguro, ella no confesaría por más que lo creyera; y este es
uno de los puntos en que las mujeres desmienten su conciencia.--Pero,
en toda seriedad ¿sois vos quien cuelga en los árboles los versos en que
se alaba tanto á Rosalinda?
ORLANDO.--Te juro, joven, por la casta mano de Rosalinda, que ese
desgraciado soy yo, yo mismo.
ROSALINDA.--¿Pero estáis realmente tan enamorado como lo dicen vuestros
versos?
ORLANDO.--No hay rima ni discurso que lo puedan expresar tanto como es.
ROSALINDA.--El amor no es más que una locura, y os aseguro que merece
tanto una celda oscura y un látigo, como los otros alienados.--Y si
alguna causa hay para que así no se les castigue y cure, es el ser la
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