(-Entra Porcia.-)
PORCIA.--Bruto, mi señor.
BRUTO.--Porcia ¿qué intentáis? ¿Y para qué os levantáis ahora? No es
bueno para vuestra salud exponer vuestra delicada constitución al frío
severo de la madrugada.
[Illustration]
PORCIA.--Tampoco lo es para la vuestra. Os habéis deslizado friamente de
mi lecho; anoche durante la cena os levantasteis de repente y os
pusisteis á pasear con los brazos cruzados, meditando y suspirando. Y
cuando os pregunté lo que teníais, me mirasteis fijamente, con
severidad. Insistí y os frotasteis la cabeza, y en un extremo de
impaciencia golpeásteis el suelo con el pié. Volví á insistir de nuevo,
y no me respondisteis, sino que con ademán encolerizado me hicisteis
seña con la mano para que os dejara. Así lo hice, temiendo aumentar esa
impaciencia que me parecía ya demasiado irritada; pero esperando á pesar
de todo que no sería sino efecto del mal humor que á veces se apodera de
todo hombre. Mas no os dejará comer, ni hablar, ni dormir; y si hubiera
de hacer en vuestro semblante el mismo estrago que en vuestro ánimo, yo
no podría conoceros. Bruto, señor y amado mío, dejadme saber la causa
de vuestro pesar.
BRUTO.--No estoy bien de salud: no es nada más.
PORCIA.--Bruto es sensato, y á estar falto de salud, emplearía los
medios de recobrarla.
BRUTO.--Así lo hago. Buena Porcia, id á vuestra cama.
PORCIA.--¿Bruto está enfermo? ¿Y es medicinal pasearse descubierto y
absorber las emanaciones de la húmeda mañana? ¡Qué! ¿Está enfermo Bruto,
y abandona su saludable lecho para afrontar los miasmas de la noche,
exponerse al aire vaporoso é impuro, y agravar su enfermedad? No, Bruto
mío. Es en vuestra alma donde hay alguna amarga dolencia, y yo por el
derecho y virtud de mi puesto debo conocerla. Y os imploro de rodillas,
en nombre de la belleza que algún día se elogiaba en mí; en nombre de
vuestras protestas de amor y de aquel gran juramento que nos reunió
haciendo de ambos uno solo; os imploro para que descubráis ante mí, pues
soy vuestra mitad, pues soy vos mismo, el por qué estáis tan adusto; y
qué hombres se han dirigido á vos esta noche, puesto que había seis ó
siete de ellos que ocultaban sus rostros aun en medio de la oscuridad.
BRUTO.--No os arrodilleis, gentil Porcia.
PORCIA.--No lo necesitaría si Bruto fuera afable.--Decidme, Bruto:
Dentro del vínculo del matrimonio ¿es de esperar que yo ignore secretos
que os pertenecen? ¿Ó no soy parte de vos mismo sino de una manera
limitada; sólo para acompañaros á la mesa, confortar vuestro lecho, y
hablaros de vez en cuando? ¿No hay sitio para mí sino en los confines de
vuestra condescendencia? Si no es más que esto, Porcia es la manceba de
Bruto, no su esposa.
BRUTO.--Sois mi verdadera y honorable esposa, tan querida para mí como
las gotas de sangre que afluyen á mi triste corazón.
PORCIA.--Si esto fuera verdad, sabría yo entonces este secreto. Mujer
soy, es cierto; pero mujer á quien Bruto tomó por esposa. Soy mujer, es
cierto; pero mujer bien conocida: hija de un Catón. ¿Pensáis que no seré
más fuerte que mi sexo, teniendo tal padre y tal esposo? Decidme
vuestros designios: no los revelaré. Harta prueba he dado de mi
constancia, haciéndome voluntariamente una herida aquí en el muslo.
¿Puedo sobrellevar esto con paciencia, y no los secretos de mi esposo?
BRUTO.--¡Oh dioses! ¡Hacedme digno de esta noble esposa! (-Se oye
golpear adentro.-) Escucha, escucha; alguien llama. Retírate, Porcia,
por un rato, y pronto compartirá mi corazón con el tuyo sus secretos. Te
explicaré mis compromisos y todo el significado de mi tristeza. Vete
aprisa. (-Sale Porcia.----Entran Lucio y Ligario.-)--Lucio: ¿quién
llama?
LUCIO.--Hay aquí un hombre enfermo que desea hablaros.
BRUTO.--(-Aparte.-) Es Cayo Ligario, de quien habló Metelio. Muchacho,
apártate. (-Sale Lucio.-) Cayo Ligario?
LIGARIO.--Recibid el saludo matinal de una lengua débil.
BRUTO.--¡Oh! ¡Qué tiempo habéis escogido, valeroso Ligario, para llevar
pañuelo!--¡Cuánto desearía que no estuviéseis enfermo!
LIGARIO.--No estoy enfermo, si Bruto tiene en mano alguna proeza digna
del nombre del honor.
BRUTO.--La tengo, Ligario, si queréis oirla con sana disposición.
LIGARIO.--¡Por todos los dioses ante quienes se inclinan los romanos,
aquí olvido mi dolencia! ¡Alma de Roma! ¡Valeroso hijo, nacido de dignos
progenitores! Tú, como los exorcistas, has conjurado mi pesaroso
espíritu. Pídeme ahora que éntre en acción, y procuraré lo imposible:
más; lo venceré. ¿Qué debo hacer?
BRUTO.--Una faena que tornará en hombres sanos á los enfermos.
LIGARIO.--Pero ¿no hay algunos sanos á quienes debemos tornar enfermos?
BRUTO.--También tendremos que hacerlo. Os revelaré esto, Cayo mío,
mientras vamos hacia aquel en quien se deba realizar.
LIGARIO.--Avanzad audazmente; que yo con el corazón de nuevo inflamado,
os seguiré para hacer no sé qué; pero me basta estar guiado por Bruto.
BRUTO.--Entonces, seguidme.
(-Salen.-)
ESCENA II.
Un cuarto en el palacio de César.
Los mismos.--Truenos y rayos.--Entra CÉSAR en traje de noche.
CÉSAR.--Ni cielo ni tierra han estado en paz esta noche. Tres veces ha
clamado Calfurnia durante su sueño: «¡Auxilio, oh! ¡Asesinan á
César!»--¿Quién va?
(-Entra un criado.-)
CRIADO.--¿Señor?
CÉSAR.--Vé á decir á los sacerdotes que ofrezcan el sacrificio y me
traigan su opinión sobre los sucesos.
CRIADO.--Voy en el acto, señor. (-Entra Calfurnia.-)
CALFURNIA.--César ¿qué intentáis? ¿Pensáis salir? No, no os moveréis hoy
de vuestra casa.
CÉSAR.--César saldrá. Jamás cosa alguna de cuantas me han amenazado, se
me ha presentado de frente. Al ver el rostro de César, se desvanecen.
CALFURNIA.--Nunca dí grande importancia á ritos y ceremonias; mas ahora
me asustan. Fuera de las cosas que hemos oído y visto, cuéntanse las más
horribles visiones como observadas por los guardias. Una leona ha dado
nacimiento á sus cachorros en la calle; y se han entreabierto las tumbas
y dejado salir los muertos. Feroces guerreros combatían airados entre
las nubes, en filas, en escuadrones y en extricta forma militar,
haciendo llover la sangre sobre el Capitolio.--El fragor de la batalla
atronaba el aire, y se oía el relinchar de los caballos y el quejido de
los hombres moribundos, y los espectros daban alaridos por las calles.
¡Oh César! Estas no son cosas usuales y me infunden temor.
CÉSAR.--¿Cómo evitar que se cumpla aquello que los dioses hayan
dispuesto? César saldrá; pues esas predicciones tanto se dirigen á César
como á todo el mundo.
CALFURNIA.--No es al morir los mendigos cuando se ve aparecer los
cometas; pero los cielos mismos se inflaman para anunciar la muerte de
los príncipes.
CÉSAR.--Los cobardes mueren muchas veces antes de perder la vida. Los
valientes no experimentan la muerte sino una vez. De todas las
maravillas que he oído, la que más extraña me parece es el que los
hombres tengan miedo; pues la muerte es un fin necesario y cuando haya
de venir, vendrá. (-Vuelve á entrar el criado.-) ¿Qué dicen los augures?
CRIADO.--No querrían veros salir hoy. Sacando las entrañas de la víctima
ofrecida en el sacrificio, no pudieron encontrarle en el pecho el
corazón.
CÉSAR.--Esto lo hacen los dioses para vergüenza de la cobardía. César
sería una bestia sin corazón, si dejase de salir hoy por miedo. No,
César no lo hará. Bien saben los peligros que César es más peligroso que
ellos.--Somos leones gemelos; pero nací primero y soy el más terrible.
¡Y César saldrá!
CALFURNIA.--¡Ay! ¡La confianza impone silencio á vuestra prudencia! No
salgáis hoy, mi señor. Llamad temor mío, no vuestro, lo que os retiene
en casa. Enviaremos á Antonio al Palacio del Senado y dirá que no
estáis bien de salud. Dejad que os ruegue de rodillas el concederme
esto.
CÉSAR.--Marco Antonio dirá que no estoy bien y me quedaré en casa por
complacerte. (-Entra Decio.-)--He aquí á Decio Bruto que les dirá así.
DECIO.--Salud ¡oh César! Buenos días, digno César. Vengo á conduciros al
Senado.
CÉSAR.--Y llegáis muy á tiempo para llevar mi saludo á los senadores y
decirles que no iré hoy. Que no puedo, sería falso; y que no me atrevo,
más falso aún.--No iré hoy: decidles solamente esto.
CALFURNIA.--Decid que está enfermo.
CÉSAR.--¿César enviar una mentira? ¿He llevado tan lejos las conquistas
de mi brazo, para que tema decir la verdad á unos cuantos ancianos?
Decio, id á decir que César no irá.
DECIO.--Dejadme alegar alguna causa, poderoso César, para que al dar el
mensaje no se burlen de mí.
CÉSAR.--La causa es mi voluntad.--No iré. Esto basta para satisfacer al
Senado. Mas para vuestra satisfacción particular os haré saber, pues os
tengo en afecto, que es mi esposa Calfurnia quien me retiene en casa.
Soñó anoche haber visto mi estatua, de la cual manaba, como de una
fuente de cien bocas, un raudal de sangre; y á muchos vigorosos romanos
venir á empapar sus manos en ella. Y creyendo que esto significa
pronósticos, portentos y peligros inminentes, me ha suplicado de
rodillas que permanezca hoy en casa.
DECIO.--Errada interpretación ha dado al sueño. Ha sido más bien una
buena y afortunada visión.--Vuestra estatua manando sangre por cien
partes, significa que la gran Roma recibirá por vos nueva sangre
vivificadora; y que grandes hombres se apresurarán por obtener una
tintura, una gota, un residuo.--He ahí lo que significa el sueño de
Calfurnia.
CÉSAR.--Habéis dado así una buena explicación.
DECIO.--Mejor la encontraréis cuando hayáis oído lo que aún tengo que
decir. Sabedlo ahora: el Senado ha resuelto dar hoy al poderoso César
una corona. Si enviáis á decir que no iréis, podrían acaso variar de
intento.--Además, sería un sarcasmo posible que alguno dijera: «Disolved
el Senado hasta nueva ocasión, cuando la esposa de César tenga mejores
sueños.» Si César se oculta ¿no susurrarán entre ellos «César tiene
miedo?» Perdonadme, César; pero mi amor, mi profundo amor por vuestros
actos me impele á decíroslo, y siempre mi razón ha sido dócil á mis
afectos.
CÉSAR.--¡Qué pueriles aparecen ahora tus temores, Calfurnia! Me
avergüenzo de haber cedido ante ellos. Dame mi manto porque voy á ir.
(-Entran Publio, Bruto, Ligario, Metelio, Casca, Trebonio y Cinna.-)--Y
he aquí á Publio que viene á conducirme.
PUBLIO.--Buenos días, César.
CÉSAR.--Bienvenido, Publio. ¡Qué! ¿También habéis madrugado, Bruto?
Buenos días, Casca.--Cayo Ligario, César nunca fué tan enemigo vuestro
como esa fiebre que os trae tan extenuado.--¿Qué hora es?
BRUTO.--César, han dado las ocho.
CÉSAR.--Gracias por vuestra solicitud y cortesía. (-Entra
Antonio-).--Ved: Antonio, á pesar de que se divierte hasta tarde en la
noche, está en pié. Buenos días, Antonio.
ANTONIO.--Así los tenga el muy noble César.
CÉSAR.--Invítalos á prepararse allá dentro. Hago mal en hacerme esperar
así. Al momento, Cinna. Al momento, Metelio. ¡Qué! Trebonio, tengo en
reserva para vos una hora de conversación. Acordaos de visitarme hoy.
Colocaos cerca de mí para que lo recuerde.
TREBONIO.--Lo haré, César (-aparte-), y tan cerca, que vuestros mejores
amigos hubieran querido verme más lejos.
CÉSAR.--Entrad, buenos amigos, y bebamos juntos un poco de vino; y como
buenos amigos iremos en seguida todos juntos.
BRUTO.--(-Aparte.-) ¡Oh César! El corazón de Bruto se contrista pensando
que cada apariencia no es la misma realidad.
(-Salen.-)
ESCENA III.
Una calle cerca del Capitolio.--La misma.
Entra ARTEMIDORO leyendo un papel.
ARTEMIDORO.--«César, desconfía de Bruto: vigila á Casio: no te acerques
á Casca: observa á Cinna: no confíes en Trebonio: nota bien á Metelio
Cimber: Decio Bruto no te ama: has ofendido á Cayo Ligario: todos estos
hombres tienen un mismo pensamiento, y este pensamiento es contra César.
Si no eres inmortal, precávete: la seguridad abre las puertas á la
conspiración. Que los poderosos dioses te amparen.
»Tu admirador
-Artemidoro.-»
Me quedaré aquí hasta que pase César, y como uno del séquito, le daré
esto. Mi corazón deplora que la virtud no pueda vivir libre de la
mordedura de la envidia. Si lees esto, ¡oh César! podrás vivir. Si no,
los hados se habrán conjurado con los traidores. (-Sale.-)
ESCENA IV.
Otra parte de la misma calle, delante de la casa de Bruto. La misma.
PORCIA.--Corre, corre, muchacho, al palacio del Senado. No te detengas á
responderme, vé al instante. ¿Á qué te detienes?
LUCIO.--Para saber qué me encargais, señora.
PORCIA.--Querría que pudieses ir y volver, aun antes de decirte lo que
has de hacer allí. ¡Oh constancia! ¡Dame toda tu fuerza! Pon una montaña
entera entre mi corazón y mi boca. Tengo la mente del hombre, pero la
debilidad de la mujer. ¡Qué duro es para nosotras guardar secretos!
¿Todavía estás aquí?...
LUCIO.--Pero ¿qué haré, señora? ¿Nada más que correr al Capitolio? ¿Y
regresar lo mismo que he ido, y nada más?
PORCIA.--Sí, y avísame si tu amo parece bien, porque se fué un poco
enfermo; y observa bien lo que hace César, y qué séquito le
rodea.--¡Escucha! ¿Qué ruido es ese?
LUCIO.--No alcanzo a oir nada, señora.
(-Entra el adivino.-)
PORCIA.--Acércate, mozo. ¿Por dónde has andado?
ADIVINO.--En mi propia casa, señora.
PORCIA.--¿Qué hora es?
ADIVINO.--Cerca de las nueve, señora.
PORCIA.--¿Ha ido ya César al Capitolio?
ADIVINO.--Todavía no, señora. Voy á tomar un sitio para verle pasar al
Capitolio.
PORCIA.--¿Tienes algún lugar en el séquito de César? ¿No es así?
ADIVINO.--Le tengo, señora; y si César quiere ser tan bueno para César,
que me preste oído, le suplicaré que vele por sí propio.
PORCIA.--¡Qué! ¿Sabes acaso que se intente hacerle algún mal?
ADIVINO.--Ninguno, que yo sepa; pero alguno muy grande que temo podría
acontecerle. Aquí la calle es angosta y la muchedumbre de senadores,
pretores y secuaces comunes que se agrupan tras de los pasos de César,
oprimirán á un hombre débil, quizás hasta ahogarlo. Me iré á un sitio
más despejado, y desde allí hablaré al gran César cuando pase.
PORCIA.--Debo retirarme. ¡Ay de mí! ¡Qué débil cosa es el corazón de la
mujer! ¡Oh Bruto! ¡Los cielos te amparen en tu empresa! Sin duda el
muchacho me oyó decir: «Bruto tiene un séquito que no puede agradar á
César.» ¡Oh, siento que me desmayo! Corre, Lucio, y hazme presente á mi
señor: dile que estoy alegre, y vuelve pronto, y repíteme lo que te
habrá dicho.
(-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO III.
ESCENA I.
El Capitolio de Roma.--El Senado en sesión.
Muchedumbre de pueblo en la calle que conduce al Capitolio, y entre
ellos ARTEMIDORO y el ADIVINO.--Preludios.--Entran CÉSAR, BRUTO,
CASIO, CASCA, DECIO, METELIO, TREBONIO, CINNA, ANTONIO, LÉPIDO,
POPILIO, PUBLIO y otros.
CÉSAR.
Han llegado los idus de Marzo.
ADIVINO.--Sí, César: pero no han pasado.
ARTEMIDORO.--Salve, César. Leed este papel.
DECIO.--Trebonio desea que paséis la vista, cuando tengáis holgura para
ello, sobre esta su humilde petición.
ARTEMIDORO.--¡Oh César! Leed primero la mía, porque es una solicitud que
concierne más de cerca á César. Leedla, gran César.
CÉSAR.--Lo que concierne personalmente á Nos se debe dejar para lo
último.
ARTEMIDORO.--No tardéis, César. Leed al instante.
CÉSAR.--¡Qué! ¿Está loco este mozo?
PUBLIO.--¡Apártate, malandrín!
CASIO.--¡Qué! ¿Instáis vuestras peticiones en la calle? Venid al
Capitolio. (-César entra al Capitolio. Los demás le siguen. Los
senadores se ponen en pié.-)
[Illustration]
POPILIO.--Deseo que vuestra empresa hoy prospere.
CASIO.--¿Qué empresa, Popilio?
POPILIO.--Que os vaya bien. (-Avanza hacia César.-)
BRUTO.--¿Qué dijo Popilio Lena?
CASIO.--Dijo que deseaba que nuestra empresa hoy prosperase. Temo que
haya sido descubierto nuestro intento.
BRUTO.--Mira cómo se acerca á César: obsérvalo.
CASIO.--Casca, sé rápido, pues tememos la alarma. Bruto, ¿qué se debe
hacer? Si esto se llega á saber, ó Casio ó César no volverán jamás; pues
me quitaré la vida.
BRUTO.--Sé constante, Casio. No es de nuestro proyecto de lo que habla
Popilio Lena; porque, como ves, se sonríe, y César no cambia de aspecto.
CASIO.--Trebonio conoce su oportunidad: ved, Bruto, cómo se lleva afuera
á Marco Antonio. (-Salen Antonio y Trebonio. César y los senadores se
sientan.-)
DECIO.--¿Dónde está Metelio Cimber? Que llegue y presente ahora su
petición á César.
BRUTO.--Ya se ha dirigido allí. Poneos junto á él y secundadle.
CINNA.--Casca, sois el primero que alzará su mano.
CÉSAR.--¿Estamos prontos? ¿Hay cosa alguna errada, que César y su Senado
deban rectificar?
METELIO.--Muy alto, muy noble y muy poderoso César, Metelio Cimber
depone á tus plantas un humilde corazón. (-Se arrodilla.-)
CÉSAR.--Debo advertirte, Cimber, que estas genuflexiones y bajas
cortesías podrán inflamar la sangre de las gentes vulgares y convertir
la preeminencia y el primer rango, en juguetes pueriles. No te lisonjees
con la idea de que César lleva en sí una sangre que pueda cambiar de su
verdadera calidad, por lo que hace bullir la sangre de los necios:
quiero decir por las palabras almibaradas, las reverencias humillantes y
las lisonjas bajas y rastreras.--Tu hermano está expatriado por un
decreto. Si te abajas y ruegas y adulas por él, te echo fuera de mi
camino como á un perro. Entiende que César no hace injusticia; ni se
dará por satisfecho sin motivo.
METELIO.--¿No hay voz más digna que la mía para que suene más grata á
los oídos del gran César, al pedir la vuelta de mi hermano desterrado?
BRUTO.--Beso tu mano, pero sin adulación, César; deseando que otorgues á
Publio Cimber la inmediata libertad de regresar.
CÉSAR.--¡Qué! ¡Bruto!
CASIO.--Perdona, César, perdona. Casio se pone á tus piés para implorar
la libertad de Publio Cimber.
CÉSAR.--Podría conmoverme si fuera yo como vosotros; y los ruegos me
conmoverían si yo pudiera rogar para conmover.--Pero soy constante como
la estrella del Norte, cuya fijeza é inmutable condición no tienen
semejante en el firmamento. Esmaltado le véis con innumerables chispas,
todas inflamadas y brillante cada una; pero entre todas una, sólo una
mantiene su lugar. Y así sucede en el mundo: Está bien provisto de
hombres; y los hombres, son de carne y sangre, y vacilantes. Sin
embargo, entre todos conozco á uno, sólo uno que mantiene su rango
incontrastable, superior á toda conmoción. Y que ese uno soy yo, lo
mostraré un poco aun en esto: que he sido constante en que se desterrase
á Cimber, y permanezco constante en mantenerlo así.
CINNA.--¡Oh César!
CÉSAR.--¡Fuera de aquí! ¿Quieres levantar el Olimpo?
DECIO.--¡Gran César!
CÉSAR.--¿No está Bruto inútilmente de rodillas?
CASCA.--Hablen por mí mis manos. (-Casca hiere á César en el cuello.
César le toma por el brazo. Hiérenle entonces otros conspiradores, y por
último Marco Bruto.-)
CÉSAR.--¿También tú, Bruto? ¡César, déjate morir! (-Muere. Los senadores
y el pueblo se retiran en confusión.-)
CINNA.--¡Libertad! ¡Libertad! ¡La tiranía ha muerto! Corred,
proclamadlo, pregonadlo por las calles.
CASIO.--Que vayan algunos á las tribunas populares y griten: «¡Libertad
y emancipación!»
BRUTO.--Pueblo y senadores, no os asustéis.--No huyáis: estad quedos. La
ambición ha pagado su deuda.
CASCA.--Id á la tribuna, Bruto.
DECIO.--Y Casio también.
BRUTO.--¿Dónde está Publio?
CINNA.--Aquí, enteramente azorado con este tumulto.
METELIO.--Permaneced bien juntos, no sea que algún amigo de César
pudiera.....
BRUTO.--¡No habléis de permanecer así!--Buen ánimo, Publio. Ningún mal
se intenta á vuestra persona, ni á la de ningún otro romano.--Decidlo
así á todos.
CASIO.--Y dejadnos, Publio; pues si el pueblo se precipitara hacia
nosotros, podría ocasionar algún daño á vuestra avanzada edad.
BRUTO.--Hacedlo así, y que ningún hombre responda de lo acontecido, sino
nosotros que lo hemos hecho.
(-Vuelve á entrar Trebonio.-)
CASIO.--¿Dónde está Antonio?
TREBONIO.--Huyó azorado á su casa. Hombres, esposas y niños miran
asombrados, vociferan y corren como si fuera el día final.
BRUTO.--¡Hados! conocemos vuestra voluntad. Que tenemos de morir, lo
sabemos. Sólo ignoramos el tiempo y cuáles días de los que los hombres
cuentan como suyos, han de ser sorteados.
CASIO.--¡Bah! El que suprime veinte años de vida, suprime veinte años de
estar temiendo la muerte.
BRUTO.--Reconoce eso, y entonces la muerte es ya un beneficio. Así somos
amigos de César, habiendo abreviado el tiempo en que había de temer la
muerte. Inclinaos, romanos, inclinaos, y bañemos nuestras manos y
nuestros brazos en la sangre de César, y empapemos en ella nuestras
espadas; y salgamos hasta la misma plaza del mercado, y agitando
nuestras armas enrojecidas por encima de nuestras cabezas, gritemos:
«Paz, independencia y libertad.»
CASIO.--Inclinaos, pues, y lavaos con su sangre. ¡Dentro de cuántas
edades se volverá á representar esta nuestra grandiosa escena en
naciones aún no nacidas y en idiomas que están aún por crearse!
BRUTO.--¡Cuántas veces se verá en esos juegos futuros desangrar á César,
que yace ahora al pié de la base de Pompeyo, no menos insignificante que
un puñado de polvo!
CASIO.--Y cuántas veces suceda, otras tantas nuestro grupo será
apellidado el de los hombres que libertaron nuestra patria!
DECIO.--Y bien ¿saldremos?
CASIO.--Sí: en marcha todo hombre. Bruto irá á la cabeza, y nosotros
honraremos sus huellas con los más intrépidos y mejores corazones de
Roma.
(-Entra un criado.-)
BRUTO.--Despacio. ¿Quién viene? Un amigo de Antonio.
CRIADO.--Así, ¡oh Bruto! me encargó mi señor que me arrodillase. Así me
encargó Marco Antonio prosternarme; y una vez postrado, que dijera estas
palabras: Bruto es noble, prudente, valeroso y honrado. César era
poderoso, audaz, regio y afectuoso. Dí que amo á Bruto, y lo venero. Dí
que temía á César, lo veneraba y lo amaba. Si Bruto promete que Antonio
podrá venir sin peligro á su presencia, y que se le hará comprender cómo
César había merecido la muerte, Marco Antonio no amará más á César
muerto que á Bruto vivo; sino que seguirá con entera lealtad los
trabajos y la suerte del noble Bruto al través de los azares de este
nuevo estado. Esto dice Antonio, mi señor.
BRUTO.--Tu señor es un romano sensato y valeroso. Nunca pensé menos de
él. Dile que si gusta venir aquí, será satisfecho, y sobre mi honor,
volverá ileso.
CRIADO.--Lo conduciré en seguida. (-Sale el criado.-)
BRUTO.--Conozco que nos conviene tenerlo de amigo seguro.
CASIO.--Me alegraría de que se pudiera. Sin embargo, tengo cierta
inclinación á considerarlo como muy de temer; y mi recelo persiste en
venir maliciosamente al propósito.
(-Vuelve á entrar Antonio.-)
BRUTO.--He aquí á Antonio que viene. Bienvenido, Marco Antonio.
ANTONIO.--¡Oh poderoso César! ¿Y yaces tan abatido? Todas tus
conquistas, glorias, triunfos, despojos ¿han venido á reducirse á esta
mezquina condición? Adios. Ignoro, caballeros, vuestros designios; quién
otro deberá verter su sangre, quién está designado. Si lo estoy yo,
ninguna hora mejor que la que ha visto morir á César; ni instrumento que
sea la mitad tan digno como esas vuestras espadas, enriquecidas ya con
la más noble sangre que hay en el mundo entero.--Si me tenéis aversión,
os ruego satisfacer vuestro deseo ahora que vuestras manos enrojecidas
exhalan todavía el vapor de la sangre. Si hubiera de vivir mil años,
jamás me encontraría tan dispuesto á morir como en este momento. Ningún
lugar me agradaría tanto como este al lado de César; ningún modo de
muerte como el recibirla de vosotros los genios superiores y escogidos
de esta edad.
BRUTO.--¡Oh Antonio! No implores de nosotros la muerte. Aunque ahora
tenemos que parecer sanguinarios y crueles como lo véis por nuestras
manos y por este acto nuestro; vos no véis sino las manos y la acción
sangrienta que han ejecutado. No véis nuestros corazones. Están llenos
de compasión: y la compasión por el infortunio general de Roma (que así
como el fuego ahoga al fuego, ahoga la compasión á la compasión), ha
consumado este hecho en César. En cuanto á vos, nuestras espadas no
tienen punta para dañaros, Marco Antonio. Nuestros brazos, seguros
contra la malicia, y nuestros corazones de fraternal genialidad, os
reciben con todo benévolo afecto, con sana intención y reverencia.
CASIO.--Vuestra voz alcanzará tanto poder como la de cualquier otro
hombre, en la distribución de nuevas dignidades.
BRUTO.--Tened solamente paciencia hasta que hayamos apaciguado á la
multitud enagenada de espanto, y entonces os presentaremos la causa por
la cual yo, que amaba á César en el momento de herirlo, he procedido
así.
ANTONIO.--No dudo de vuestra rectitud! Déme cada uno su ensangrentada
mano. Primero estrecharé la vuestra, Marco Bruto; en seguida la vuestra,
Cayo Casio. Ahora á vos, Decio Bruto, y á vos ahora, Metelio; vuestra
mano, Cinna; y, mi valeroso Casca, la vuestra. Y último, aunque no
inferior en mi afecto, la vuestra buen Trebonio. Caballeros, todos, ¡ay!
¿qué diré? Mi crédito se asienta hoy en tan resbaladizo terreno, que
sólo podréis considerarme de uno de dos tristes modos: ó cobarde ó
adulador. Sí: es verdad que te amé ¡oh César! Y si ahora tu espíritu nos
contempla ¿no te afligirá, aún más que su muerte, ver á Antonio hacer
las paces, y estrechar las manos sangrientas de tus adversarios ¡oh tú
el más noble de los hombres! en presencia de tu cadáver? Si tuviera yo
tantos ojos como heridas tienes, y vertiera por ellos tantas lágrimas
como sangre han manado éstas, me estaría mejor que unirme en lazos de
amistad con tus enemigos.--Aquí fuíste cercado, bravo ciervo, y aquí
caíste; y aquí están tus cazadores, puestas sus señales en tus despojos
y enrojecidos en tu muerte. Tú eras el bosque de este siervo ¡oh mundo!
y él era, en verdad, tu corazón. ¡Qué semejante al ciervo herido por
muchos príncipes, yaces aquí!
CASIO.--Marco Antonio.
ANTONIO.--Perdonadme, Cayo Casio. Los mismos enemigos de César han de
decirlo, y por tanto, en boca de un amigo, no es más que fría modestia.
CASIO.--No os censuro porque elogiáis así á César. Pero ¿qué alianza
pensáis tener con nosotros? ¿Queréis ser contado en el número de
nuestros amigos? ¿Ó seguiremos adelante sin confiar en vos?
ANTONIO.--Por eso os estreché las manos. Pero en verdad me distrajo el
ver cómo yace César. Amigo soy de todos, á todos os amo en la esperanza
de que me daréis las razones de por qué y cómo era peligroso César.
BRUTO.--Y de no serlo, este sería un espectáculo salvaje. Nuestras
razones abundan tanto en rectitud, que quedaríais satisfecho, Antonio,
aun cuando fuerais el hijo de César.
ANTONIO.--Eso es todo lo que busco. Y además, solicito poder exhibir su
cuerpo en la plaza del mercado, y hablar en la tribuna, como cumple á un
amigo, en el orden de su funeral.
BRUTO.--Lo harás, Marco Antonio.
CASIO.--Bruto, quiero deciros una palabra. (-Aparte.-) No sabéis lo que
estáis haciendo. No consintáis en que hable Antonio en el funeral.
¿Sabéis hasta qué grado se podrá conmover el pueblo con lo que él diga?
BRUTO.--(-Aparte.-) Con vuestro permiso. Yo ocuparé primero la tribuna y
explicaré la causa de la muerte de César. Haré constar que Antonio
hablará por nuestra venia y consentimiento y que nos complacemos en que
César tenga todos los ritos y ceremonias legales. Esto nos hará más
provecho que daño.
CASIO.--(-Aparte.-) No sé lo que pueda acontecer. Esto no me place.
BRUTO.--Marco Antonio, tomad aquí el cuerpo de César. En vuestra oración
fúnebre no nos censuréis, pero hablaréis de César todo el bien que
podáis, y diréis que para ello os hemos dado permiso. De otro modo no
tendréis parte alguna en este funeral. Y hablaréis en la misma tribuna
que yo, después de terminar mi discurso.
ANTONIO.--Sea así. No deseo más.
BRUTO.--Preparad, pues, el cadáver y seguidnos.
(-Salen todos, excepto Antonio.-)
ANTONIO.--Perdóname ¡oh despojo desangrado! si soy manso y gentil con
estos carniceros. Reliquia eres del hombre más noble que jamás vieron
los tiempos. ¡Ay de la mano que derramó esta valiosa sangre! Ante tus
heridas frescas aún, que abren sus labios enrojecidos como bocas mudas
implorando de mi lengua la voz y la expresión, hago ahora esta profecía:
Caerá una maldición sobre los miembros de los hombres: el furor
intestino y la cruel guerra civil arrasarán todas las partes de Italia;
la sangre y la destrucción serán tan habituales, y los objetos terribles
tan familiares, que las madres no harán mas que sonreir cuando vean á
sus pequeñuelos descuartizados por la mano de la guerra; la costumbre de
los hechos atroces ahogará toda piedad: el espíritu de César, ávido de
venganza, discurrirá teniendo á su lado á Atos acabada de salir del
infierno, y gritará en todos estos confines con voz de monarca:
«¡Destrucción!», y soltará los perros de la guerra; y que este crimen
trascenderá por sobre la tierra en el quejido de los moribundos
implorando un sepulcro. (-Entra un criado.-) Tú sirves á Octavio César
¿no es así?
CRIADO.--Así es, Marco Antonio.
ANTONIO.--César escribió para que viniese á Roma.
CRIADO.--Recibió las cartas y está en camino y me encargó deciros de
palabra... ¡Oh César! (-Viendo el cadáver.-)
ANTONIO.--Tienes henchido el corazón. Apártate y llora. Veo que la
pasión es contagiosa, porque al ver las lágrimas que llenan tus ojos,
siento que los míos se humedecen. ¿Viene tu señor?
CRIADO.--Esta noche estará á menos de siete leguas de Roma.
-Antonio-.--Pues vuela á encontrarle y dile lo que ha acontecido. Hay
una Roma enlutada, una Roma peligrosa; pero todavía no hay para Octavio
una Roma segura. Sal de aquí y dile esto. Pero, quédate un momento. No
tornarás hasta que haya yo llevado este cadáver á la plaza del mercado;
allí sondearé con mi discurso el modo cómo el pueblo ha recibido la
cruel resolución de estos hombres sanguinarios; y según lo que sea,
explicarás al joven Octavio el estado de las cosas. Ayúdame. (-Salen
llevando el cuerpo de César-).
ESCENA II.
La misma.--El Foro.
Entran BRUTO y CASIO y un grupo de ciudadanos.
CIUDADANO.--Queremos satisfacernos! ¡Que se nos satisfaga...!
BRUTO.--Pues bien: seguidme y escuchadme, amigos. Casio, id á la otra
calle, y quede dividido el auditorio. Permanezcan aquí los que desean
oirme, y acompañen á Casio los que quieran seguirle; y se darán
públicamente las razones de la muerte de César.
CIUDADANO 1.º--Quiero oir hablar á Bruto.
CIUDADANO 2.º--Quiero oir á Casio, y comparar sus razones cuando hayamos
oído á uno y otro. (-Sale Casio con algunos ciudadanos. Bruto va al
rostrum.-)
CIUDADANO 3.º--El noble Bruto ha subido. ¡Silencio!
BRUTO.--¡Tened paciencia hasta el fin, romanos, compatriotas y amigos!
Escuchadme en mi causa, y guardad silencio para que podáis escuchar;
creedme por mi honor, y respetad mi honor para que creáis: censuradme
en vuestra sensatez, y despertad vuestros sentidos para juzgar mejor. Si
hubiere en esta asamblea algún caro amigo de César, á él me dirijo para
decirle que él no amaba á César más que Bruto. Y si ese amigo pregunta
por qué se levantó Bruto contra César, he aquí mi respuesta: no porque
amara menos á César, sino porque amaba más á Roma. ¿Querríais mas bien
que viviera César y morir esclavos todos, que ver morir á César y vivir
todos como hombres libres?--Puesto que César me amaba, le lloro; de que
fué afortunado me regocijo; como á valiente le honro; pero como á
ambicioso le maté. Hay lágrimas para su afecto, alegría para su fortuna,
honra para su valor, y muerte para su ambición. ¿Quién hay aquí tan bajo
que quisiera ser siervo? Si le hay, que hable; pues á ése he ofendido.
¡Quién hay aquí tan embrutecido que no quisiera ser romano? Si le hay,
que hable; pues á ése he ofendido también. ¿Quién hay aquí tan vil que
no ame á su patria? Si le hay, que hable; pues también le he ofendido.
Me detengo para esperar respuesta.
CIUDADANO.--(-Hablan muchos á un tiempo.-) Ninguno, Bruto, ninguno.
BRUTO.--Entonces á ninguno he ofendido. No he hecho á César sino lo que
haríais á Bruto. La cuestión de su muerte está inscrita en el Capitolio:
no disminuída su gloria en cuanto era digno de ella, ni exageradas las
ofensas por las cuales sufrió la muerte. (-Entran Antonio y otros con el
cuerpo de César.-)--Aquí viene su cadáver escoltado por Marco Antonio.
Ninguna parte tuvo éste en su muerte, y, sin embargo, goza del beneficio
de ella, ocupando un puesto en la comunidad. ¿Y cuál de vosotros no lo
obtendrá también? Y me despido protestando que si sólo por el bien de
Roma maté al hombre á quien más amaba, tengo la misma arma para mí
propio cuando la patria necesite mi muerte.
CIUDADANO.--¡Viva Bruto! ¡Viva, viva!
CIUDADANO 1.º--Llevémosle en triunfo hasta su casa.
CIUDADANO 2.º--Erigidle una estatua junto á las de sus antepasados.
CIUDADANO 3.º--Hagámosle César.
CIUDADANO 4.º--Y lo que había de mejor en César será ahora coronado en
Bruto.
CIUDADANO 1.º--Le llevaremos á su casa con vítores y aclamaciones.
BRUTO.--Compatriotas míos...
CIUDADANO 2.º--¡Orden! ¡Silencio! Bruto habla.
BRUTO.--Mis buenos compatriotas, dejadme partir solo, y por merced á mí
quedaos aquí con Antonio. Haced honor al cuerpo de César, y á la oración
de Antonio encaminada á la gloria de César. Hácela con nuestro
beneplácito y le hemos dado permiso para pronunciarla. Os ruego que
ningún hombre se ausente, excepto yo, hasta que Antonio haya hablado.
CIUDADANO 1.º--Quedémonos para oir á Marco Antonio.
CIUDADANO 3.º--Que suba á la tribuna pública y le oiremos. Noble
Antonio, subid.
ANTONIO.--Por consideración á Bruto, me véis en presencia vuestra.
CIUDADANO 4.º--Lo mejor sería que no hablase aquí mal de Bruto.
CIUDADANO 1.º--Este César era un tirano.
CIUDADANO 3.º--No hay duda de ello. Es una bendición para nosotros que
Roma se haya librado de él.
CIUDADANO 2.º--¡Silencio! Oigamos lo que puede decir Antonio.
ANTONIO.--Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención. Vengo á
sepultar á César, no á ensalzarlo. El mal que los hombres hacen les
sobrevive: el bien es á menudo enterrado con sus huesos. Sea también
así con César. El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si
tal ha sido, su falta fué muy grave, y la habrá pagado terriblemente.
Ahora, con permiso de Bruto y los demás (porque Bruto es un hombre
honorable, y honorables son todos ellos, todos) vengo á hablar en el
funeral de César.--Amigo mío era, leal y justo para mí; pero Bruto dice
que era ambicioso, y Bruto es un hombre honorable. Muchos cautivos trajo
á Roma, y con sus rescates llenó las arcas públicas. ¿Pareció esto
ambicioso en César? Las lágrimas de los pobres hacían llorar á César, y
la ambición debería ser de índole más dura. Sin embargo, Bruto dice que
era ambicioso; y Bruto es un hombre honorable. Todos habéis visto cómo
en la fiesta Lupercalia le presenté tres veces una corona real y cómo la
rehusó tres veces. ¿Era esto ambición? Sin embargo, Bruto dice que era
ambicioso, y por cierto que él es un hombre honorable. No hablo para
reprobar lo que habló Bruto; pero estoy aquí para decir lo que sé. Todos
le amasteis un día y no fué sin motivo. ¿Qué causa os retiene, pues,
para no llevar luto por él? ¡Oh discernimiento! Has ido á albergarte en
los animales inferiores y los hombres han perdido la razón! Toleradme;
porque mi corazón está allí en ese féretro, con César, y he de detenerme
hasta que vuelva á mí.
CIUDADANO 1.º--Parece que hay mucho de verdad en lo que dice.
CIUDADANO 2.º--Bien pensado, se ha hecho grande injusticia á César.
CIUDADANO 3.º--¿En verdad, señores? Pues temo que en lugar suyo venga
alguno peor.
CIUDADANO 4.º--¿Te has fijado en sus palabras? No quiso tomar la corona.
Luego de seguro que no era ambicioso.
CIUDADANO 1.º--Si resulta así, alguien lo ha de pagar bien caro!
CIUDADANO 2.º--¡Pobre hombre! Tiene enrojecidos los ojos de llorar.
CIUDADANO 3.º--No hay en Roma hombre más noble que Antonio.
CIUDADANO 4.º--Observémosle ahora. Vuelve á hablar.
ANTONIO.--Sólo ayer, la palabra de César habría hecho frente al mundo
todo: y hedle allí que yace ahora sin que haya uno solo bastante humilde
para rendirle homenaje. ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto á conmover
vuestros corazones y vuestra mente y arrastrarlos á la cólera y al
tumulto, haría injusticia á Bruto é injusticia á Casio; y todos sabéis
bien que son hombres honorables. No quiero ser injusto para con ellos.
Prefiero serlo para con el muerto, para conmigo mismo y para con
vosotros, antes que para con hombres tan honorables.--Pero tengo aquí un
pergamino con el sello de César. Lo encontré en su retrete y es su
testamento.--Permitid que oigan su última voluntad los ciudadanos (si
bien, con vuestro permiso, no me propongo leerlo), é irán á besar las
heridas de César muerto, y mojarán sus telas en su sagrada sangre; sí; y
mendigarán uno solo de sus cabellos como memoria, y al morir lo
mencionarán en sus testamentos como rico legado á sus sucesores.
CIUDADANO 4.º--Queremos oir el testamento. Leedlo, Marco Antonio.
CIUDADANOS.--¡El testamento! ¡El testamento! ¡Queremos oir el
testamento!
ANTONIO.--Tened paciencia, benévolos amigos; no debo leerlo. No es
oportuno que sepáis á qué punto os amó César. No sois leños, no sois
piedras; sois hombres, y como hombres, al oir el testamento de César, os
sentiríais inflamados, exasperados por la indignación.--No es bien
haceros saber que sois sus herederos; pues á saberlo ¿qué no podría
resultar?
CIUDADANO 4.º--Leed el testamento. Queremos oirlo, Antonio. Habéis de
leernos el testamento, el testamento de César.
CIUDADANOS.--¡El testamento! ¡El testamento!
ANTONIO.--¿Queréis tener paciencia? ¿Permaneceréis tranquilos un rato?
Me he dejado llevar más allá de mi intento, al deciros eso. Temo hacer
mal á los hombres honorables cuyos puñales hirieron á César. Lo temo.
CIUDADANO 4.º--¡Eran traidores! ¡Hombres honorables!
CIUDADANOS.--¡El testamento! ¡La última voluntad!
ANTONIO.--¿Queréis forzarme, pues, á leer el testamento? Rodead entonces
el cadáver y dejadme mostraros á aquel que hizo el testamento.--¿Me
daréis permiso para bajar?
CIUDADANOS.--¡Bajad!
CIUDADANO 2.º--¡Descended!
CIUDADANO 3.º--Tenéis el permiso.
CIUDADANO 4.º--Hagamos rueda. Poneos alrededor.
CIUDADANO 1.º--Apartaos un tanto del cadáver y del féretro.
CIUDADANO 2.º--Haced lugar para Antonio, para el muy noble Antonio.
ANTONIO.--No os agolpéis tanto sobre mí. Teneos á distancia.
CIUDADANO.--¡Atrás! ¡Haced sitio! ¡Retroceded!
ANTONIO.--Si tenéis lágrimas, preparaos á verterlas. Todos conocéis este
manto. Recuerdo cuando César lo llevó por primera vez. Era una tarde de
verano, en su tienda. Ese día venció á los Nervos. Ved: por aquí penetró
el puñal de Casio. Mirad qué rasgadura hizo el envidioso Casca. Por esta
otra hirió Bruto el bien amado. Y observad cómo al retirar su maldito
acero, la sangre de César parece haberse lanzado en pos de éste, como
para cerciorarse de si era Bruto en verdad quien le había abierto tan
odiosamente la puerta. Porque Bruto, bien lo sabéis, era el ángel de
César. ¡Juzgad, oh dioses, qué entrañablemente le amaba César! Esa fué
la más cruel herida de todas. Porque cuando el noble César vió que él
también le hería, la ingratitud más fuerte que los brazos de los
traidores, lo abrumó completamente. Y estalló entonces su poderoso
corazón; y envolviendo su rostro con el manto, cayó el gran César en la
base de la estatua de Pompeyo, inundada de sangre. ¡Oh, qué caída,
compatriotas! Allí, vosotros y yo caímos, y la traición sangrienta
triunfó sobre nuestras cabezas. ¡Oh! Ahora lloráis: veo que la piedad os
mueve, y esas lágrimas son bondadosas. Pero ¡qué! ¡Lloráis almas
benévolas, cuando véis solamente la desgarrada vestidura de César! Mirad
aquí, aquí está él mismo, acribillado por los traidores.
CIUDADANO 1.º--¡Qué triste espectáculo!
CIUDADANO 2.º--¡Oh noble César!
CIUDADANO 3.º--¡Oh desgraciado día!
CIUDADANO 4.º--¡Oh traidores! ¡Villanos!
CIUDADANO 1.º--¡Oh sangriento cuadro!
CIUDADANO 3.º--Seremos vengados: ¡Venganza! Buscad, registrad,
incendiad, matad. ¡Que no quede un traidor vivo!
ANTONIO.--Quedaos, compatriotas.
CIUDADANO 1.º--Guardad silencio. Oigamos al noble Antonio.
CIUDADANO 2.°--Le oiremos, y le seguiremos, y moriremos con él.
ANTONIO.--Buenos amigos, caros amigos, no anhelo agitaros con semejante
irrupción de tumulto. Aquellos que han consumado ese hecho son
honorables. Qué secretos agravios tenían para hacer esto ¡ay! no lo sé.
Ellos son discretos y honorables, y, sin duda, os responderán con
razones. No vengo, amigos, á seducir vuestros corazones. Yo no soy
orador, como Bruto; y todos me conocéis como un hombre sencillo y rudo
que amaba á su amigo. Y bien lo sabían los que me dieron públicamente
permiso para hablar de él; porque no tengo el talento, ni la elocuencia,
ni la valía, ni la acción, ni la fuerza de la palabra, para sublevar la
sangre de los hombres.--Hablo sin rodeos, y sólo os digo aquello que
todos sabéis: os muestro las heridas del afectuoso César, estas pobres,
pobres bocas mudas, y les pido que hablen por mí. Que si yo fuera Bruto,
y Bruto fuera Antonio, habría un Antonio que sublevaría vuestros ánimos
y pondría una lengua en cada herida de César capaz de hacer moverse y
amotinarse hasta las piedras de Roma.
CIUDADANO.--¡Nos levantaremos!
CIUDADANO 1.º--¡Quemaremos la casa de Bruto!
CIUDADANO 3.º--¡Pues vamos! Busquemos á los conspiradores.
ANTONIO.--Oídme aún, compatriotas: oídme unas palabras más.
CIUDADANO.--¡Silencio! Oíd á Antonio, al muy noble Antonio.
ANTONIO.--Pero, amigos, os lanzáis á hacer no sabéis qué. ¿Qué ha hecho
César para merecer así vuestros afectos? ¡Ay! No sabéis aún, debo
decíroslo, habéis olvidado el testamento de que os hablé.
CIUDADANO.--Muy cierto. El testamento. Quedémonos á oir el testamento.
ANTONIO.--Hedlo aquí, y bajo el sello de César. Da á cada ciudadano
romano, á cada un hombre, setenta y cinco dracmas.
CIUDADANO 2.º--¡Qué noble César! Vengaremos su muerte!
CIUDADANO 3.º--¡Qué regio César!
ANTONIO.--Escuchadme con paciencia.
CIUDADANO.--¡Silencio! ¡Silencio!
ANTONIO.--Os ha dejado además todos sus paseos, sus parques
particulares, y sus huertos recién plantados, en este lado del Tíber;
los ha dejado á perpetuidad para vosotros y vuestros herederos, como
parques públicos, para pasearos y solazaros en ellos.--Hed ahí lo que ha
sido César. ¿Cuándo vendrá uno que se le parezca?
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