Julio César
William Shakespeare
Translator: José Arnaldo Márquez
SHAKSPEARE.
ES PROPIEDAD.
DRAMAS
DE
GUILLERMO SHAKSPEARE
JULIO CÉSAR.
TRADUCCIÓN DE
JOSÉ ARNALDO MÁRQUEZ
-Dibujos y grabados al boj de los principales
artistas alemanes.-
-BARCELONA-
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
E. DOMENECH Y C.ª---Ausias March, 95-
1883
[Illustration]
IMPRENTA DE F. GIRÓ, BARCELONA
JULIO CÉSAR.
TRADUCCIÓN DE
JOSÉ ARNALDO MÁRQUEZ.
Ilustración de -A. Wagner-.
Grabados de -Köseberg- y -Knesing-.
PERSONAJES.
JULIO CÉSAR.
OCTAVIO CÉSAR,}
MARCO ANTONIO,} Triunviros después de la muerte de Julio
M. E. LÉPIDO, }César.
CICERÓN, }
PUBLIO, } Senadores.
POPILIO LENA, }
MARCO BRUTO, }
CASIO, }
CASCA, }
TREBONIO, }
LIGARIO,} Conspiradores contra César.
DECIO BRUTO, }
METELIO CIMBER, }
CINNA, }
FLAVIO y MARULO, tribunos.
ARTEMIDOR, sofista de Gnidos.
UN ADIVINO.
CINNA, poeta.--Otro poeta.
LUCILIO, TICINIO, MESSALA, CATÓN el joven y VOLUMNIO,
amigos de Bruto y Casio.--VARRO, CLITO, CLAUDIO, STRATO,
LUCIO, DARDANIO, criados de Bruto.
CALFURNIA, esposa de César.
PORCIA, esposa de Bruto.
* * * * *
SENADORES, CIUDADANOS, GUARDIAS, ETC.
* * * * *
ESCENA.--Durante gran parte de la representación, en Roma.--Después
en Sardis y cerca de Filipo.
[Illustration]
ACTO I.
Una calle de Roma.
Entran FLAVIO, MARULO y una turba de CIUDADANOS.
FLAVIO.
Fuera! Á vuestras casas, holgazanes, marchad á vuestras casas! ¿Acaso es
hoy día de fiesta? ¡Qué! ¿Sois trabajadores, y no sabéis que en día de
trabajo no debéis andar sin la divisa de vuestra profesión?--¡Habla!
¿Cuál es tu oficio?
CIUDADANO 1.º--Á la verdad, señor, soy carpintero.
MARULO.--¿Dónde está tu delantal de cuero y tu escuadra? ¿Qué haces
luciendo tu mejor vestido?--Y usarcé, señor mío, ¿de qué oficio es?
CIUDADANO 2.º--En verdad, señor, que comparado con un obrero de lo
mejor, no soy mas, como diríais, que un remendón.
MARULO.--Pero ¿cuál es tu oficio? Responde sin rodeos.
CIUDADANO 2.º--Un oficio, señor, que espero podré ejercer con toda
conciencia; y es, en verdad, señor, el de remendar malas suelas.
MARULO.--¿Qué oficio tienes, bellaco? Avieso bellaco ¿qué oficio?
CIUDADANO 2.º--No os enojéis conmigo, señor, os lo suplico. Pero aun
enojado, os puedo remendar.
MARULO.--¿Qué significa eso? ¡Remendarme tú, mozo impudente!
CIUDADANO 2.º--Es claro, señor; remendar vuestro coturno.
FLAVIO.--¿Es decir que eres zapatero de viejo?
CIUDADANO 2.º--En verdad, señor, yo no vivo sino por la lesna. Ni me
entremeto en los asuntos de los negociantes, ni en los de las mujeres,
sino con la lesna. Soy en todas veras un cirujano de los calzados
viejos. Cuando están en gran peligro los restauro; y la obra de mis
manos ha servido á hombres tan correctos, como los que en cualquier
tiempo caminaron en el cuero más lujoso.
FLAVIO.--¿Pues por qué no estás hoy en tu taller? ¿Por qué llevas á
estos hombres á vagar por las calles?
CIUDADANO 2.º--Á decir verdad, señor, para que gasten los zapatos y
tener yo así más trabajo. Pero ciertamente, si holgamos hoy, es por ver
á César y alegrarnos de su triunfo.
MARULO.--¡Regocijarse! ¿de qué? ¿Qué conquista trae á la patria? ¿Qué
tributarios le siguen á Roma, engalanando con los lazos de su cautiverio
las ruedas de su carro? Vosotros, imbéciles, piedras, menos que cosas
inertes, corazones endurecidos, crueles hombres de Roma, ¿no conocisteis
á Pompeyo? ¡Cuántas y cuántas veces habéis escalado muros y parapetos,
torres y ventanas, y hasta el tope de las chimeneas, llevando en brazos
á vuestros pequeñuelos, y os habéis sentado allí todo el largo día en
paciente expectación para ver al gran Pompeyo pasar por las calles de
Roma! Y apenas veíais asomar su carro ¿no lanzabais una aclamación
universal que hacía temblar al Tíber en su lecho al oir en sus cóncavas
márgenes el eco de vuestro clamoreo? ¿Y ahora os engalanáis con vuestros
mejores trajes? ¿Y ahora os regaláis con un día de fiesta? ¿Y ahora
regáis de flores el camino de aquel que viene en triunfo sobre la sangre
de Pompeyo?
¡Marchaos: corred á vuestros hogares, caed de rodillas y rogad á los
dioses que suspendan la calamidad que por fuerza ha de caer sobre esta
ingratitud!
FLAVIO.--Id, id, buenas gentes, y por esta falta reunid á todos los
infelices de vuestra clase; llevadlos á orillas del Tíber y verted
vuestras lágrimas en su cauce, hasta que su más humilde corriente llegue
á besar la más encumbrada de sus márgenes. (-Salen los ciudadanos.-)
Mirad si no se conmueve su más vil instinto. Su culpa les ata la lengua,
y se ahuyentan. Bajad por aquella vía al Capitolio; yo iré por esta.
Desnudad las imágenes si las encontráis recargadas de ceremonias.
MARULO.--¿Podremos hacerlo? Sabéis que es la fiesta Lupercalia.
FLAVIO.--No importa. No dejéis que imagen alguna sea colgada con los
trofeos de César. Iré de aquí para allí, y alejaré de las calles al
vulgo. Haced lo mismo donde quiera que lo veáis aglomerarse. Estas
plumas crecientes, arrancadas á las alas de César, no le dejarán alzar
más que un vuelo ordinario. ¿Quién otro se podría cerner sobre la vista
de los hombres, y tenernos á todos en servil sobrecogimiento? (-Salen.-)
ESCENA II.
Plaza pública en Roma.
Entran en procesión, con música, CÉSAR, ANTONIO, para las carreras,
CALFURNIA, PORCIA, DECIO, CICERÓN, BRUTO, CASIO y CASCA. Síguelos
una gran muchedumbre en la cual está un ADIVINO.
CÉSAR.--Calfurnia.
CASIO.--¡Silencio! César habla.
CÉSAR.--Calfurnia.
CALFURNIA.--Heme aquí, mi señor.
CÉSAR.--Cuando Antonio emprenda la carrera, te colocarás directamente en
su camino. Antonio!
ANTONIO.--César, mi señor.
CÉSAR.--No olvides, Antonio, en la rapidez de tu carrera, el tocar á
Calfurnia; porque al decir de nuestros mayores, las estériles tocadas en
esta santa carrera, se libertan de la maldición de su esterilidad.
ANTONIO.--Tengo de recordarlo. Cuando César dice -Haz esto-, se hace.
ADIVINO.--César.
CÉSAR.--¡Ea! ¿Quién llama?
CASCA.--¡Que cese todo ruido! otra vez, ¡silencio!
CÉSAR.--¿Quién de entre la multitud me ha llamado? Oigo una voz más
vibrante que toda la música, clamar -César-. Habla. César se detiene á
oirte.
ADIVINO.--¡Cuidado con los idus de Marzo!
CÉSAR.--¿Quién es este hombre?
BRUTO.--Un agorero os previene que desconfiéis de los idus de Marzo.
CÉSAR.--Traedle á mi presencia. Quiero ver su rostro.
CASIO.--Mozo, sal de la turba y mira á César.
CÉSAR.--¿Qué me dices ahora? Habla de nuevo.
ADIVINO.--Cuidado con los idus de Marzo.
CÉSAR.--Es un soñador. Dejémoslo. Abrid paso.
(-Salen todos, menos Bruto y Casio.-)
CASIO.--¿Iréis á ver el orden de las carreras?
BRUTO.--¿Yo? No.
CASIO.--Id. Os lo ruego.
BRUTO.--No soy aficionado á juegos. Me falta algo de ese vivaz espíritu
que hay en Antonio. Pero no sea yo estorbo á vuestros deseos: me
alejaré.
CASIO.--De poco tiempo acá pongo empeño en observaros, Bruto. No
encuentro en vuestros ojos aquella suavidad, aquella afectuosa
expresión con que yo debía contar. Os mostráis demasiado rígido y
extraño para con este amigo que os ama.
BRUTO.--Casio, no os engañéis. Si mi aspecto se ha hecho sombrío, su
turbación sólo se refiere á mí mismo. Desde hace poco estoy atormentado
por pasiones un tanto desacordes; concepciones que no conciernen sino á
mí propio, y que tal vez dan algún campo á mi proceder. No por esto se
aflijan mis buenos amigos (de cuyo número sed uno, Casio), ni dén á mi
negligencia otra interpretación que la de estar el pobre Bruto en lucha
consigo mismo, olvidando así el dar muestras de afecto á los demás
hombres.
CASIO.--Pues, Bruto, he equivocado mucho vuestra pasión; y por esto
había yo atesorado en este mi pecho, aspiraciones de alto valor, dignas
de ser meditadas. Decidme, buen Bruto, ¿podéis mirar vuestro rostro?
BRUTO.--No, Casio, porque el ojo no se ve á sí propio sino por reflejo,
por algunos otros objetos.
CASIO.--Es exacto. Y deplórase mucho que no tengáis, Bruto, espejos que
os pongan á la vista vuestra oculta valía, para que podáis mirar vuestra
sombra. Allí donde se respetan en Roma á muchos de los mejores (excepto
el inmortal César), he oído hablar de Bruto, y gimiendo bajo el yugo de
esta época, anhelar porque el noble Bruto abriera los ojos.
BRUTO.--¿Á qué peligros querríais arrastrarme, Casio, haciéndome buscar
en mí mismo lo que no existe en mí?
CASIO.--Por tanto, buen Bruto, preparaos á oir: Y pues conocéis que no
podríais miraros de mejor modo que por reflejo, yo, espejo vuestro, os
revelaré modestamente aquella parte de vos mismo que no conocéis aún. Ni
tengáis recelo de mí, gentil Bruto. Si fuera yo un atolondrado vulgar; ó
acostumbrara repetir con manoseados juramentos mi afecto á cada nuevo
pretendiente; ó si supiérais que voy en pos de los hombres, los abrazo
estrechamente, y luégo los hago blanco del escándalo; ó que de banquete
en banquete me prodigo en adhesiones á todos los vencidos, entonces
podríais tenerme por peligroso. (-Preludios y aclamaciones.-)
BRUTO.--¿Qué significan estas aclamaciones? Temo que el pueblo elija á
César por su rey.
CASIO.--¿En verdad teméis eso? Luego debo pensar que no lo deseáis así.
BRUTO.--No lo quisiera, Casio. Y, sin embargo, le amo bastante. Pero, ¿á
qué me detenéis aquí tanto tiempo? ¿Qué es lo que deseáis comunicarme?
Si es para el bien general, aunque pusiérais en un ojo los honores y en
el otro la muerte, sería tan indiferente á los unos como á la otra.
Porque, así me amparen los dioses, como es verdad que amo el nombre del
honor más que temo la muerte.
CASIO.--Conozco en vos esa virtud interna, Bruto, como conozco vuestra
fisonomía exterior. Pues bien: el honor es el tema de mi relato. No
sabría decir lo que vos y otros pensáis de esta vida; pero por lo que á
mí toca, á mí solo, preferiría no vivir á vivir en el terror de aquello
que es igual á mí. Nací libre, como César; y así nacísteis también.
Ambos hemos sido igualmente bien alimentados, y podemos resistir tan
bien como él los rigores del invierno. En cierta ocasión, en un día
desapacible y borrascoso, cuando el Tíber agitado rompía contra sus
márgenes, me dijo César: «¿Te atreverías, Casio, á arrojarte ahora
conmigo en estas aguas furiosas, y nadar hasta aquel punto allá arriba?»
Apenas lo hubo dicho cuando, equipado como me hallaba, me arrojé al agua
y le invité á seguirme, lo cual ciertamente hizo. Rugía el torrente, y
luchamos contra él hendiéndole con vigoroso esfuerzo y avanzando con
corazones inflamados por la emulación; pero antes de llegar al término,
clamó César: «Auxíliame, Casio, ó me sumerjo.» Yo, como nuestro grande
antepasado Eneas, que llevó sobre sus hombros al viejo Anquises para
salvarlo de las llamas de Troya, llevé al fatigado César salvándolo de
las aguas del Tíber. ¡Y este hombre ha llegado ahora á ser un dios! Y
Casio es un miserable que se ha de encorvar humildemente si César se
digna enviarle siquiera un negligente saludo! En Iberia tuvo una fiebre,
y observé cómo temblaba durante el acceso. Sus cobardes labios
palidecieron, y esos mismos ojos cuyo ceño intimida hoy al mundo,
perdieron su brillo. Le oía gemir, sí; y esa su lengua que invitó á los
romanos á distinguirlo y escribir en los libros sus discursos, ¡oh
mengua! clamaba como una niña enferma: «¡Dame algo que beber, Ticinio!»
¡Por los dioses! que me confunde el ver á hombre de tan cuitado carácter
ir á la cabeza del majestuoso mundo, y llevar la palma él solo.
(-Aclamación.-)
BRUTO.--¡Otra aclamación general! Creo que estos aplausos son por
algunos nuevos honores prodigados á César.
CASIO.--¡Pero, hombre! Él se pasea por el estrecho mundo, como un
coloso. Y nosotros, turba mezquina, caminamos bajo sus piernas de
gigante, y atisbamos por todos lados para ver de encontrar para nosotros
una tumba sin honra. Alguna vez los hombres son dueños de sus destinos.
La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros
mismos, si consentimos en ser inferiores. Bruto y César. ¿Qué habría en
ese César? ¿Por qué habría de ser ese nombre más ruidoso que el vuestro?
Escribidlos juntos: tampoco es menos vuestro nombre, no es menos
simétrico. Pronunciadlos: fácil á la boca. Pesadlos: no pesa menos.
Conjurad con ellos: Bruto conmoverá un espíritu tan pronto como César. Y
ahora, por todos los dioses juntos, ¿de qué vianda se alimenta este
nuestro César para haber llegado á ser tan grande? ¡Vergüenza para
nuestra época! Has perdido ¡oh Roma! la prole de las sangres nobles!
¿Cuándo pasó edad alguna desde el gran diluvio sin que fuese famosa por
más de un hombre? ¿Cuándo pudieron decir antes de ahora los que de Roma
hablaban, que sus vastos muros no contenían sino un hombre? Y existe
ahora en verdad Roma y sobra espacio cuando no hay en ella más que un
solo hombre. ¡Oh! Vos y yo hemos oído decir á nuestros padres que
existió una vez un Bruto que habría sobrellevado en paciencia al mismo
eterno demonio, para mantener su rango en Roma, con tanta facilidad como
un rey.
BRUTO.--De vuestro afecto no abrigo inquietud. De lo que me induciríais
á hacer, no me falta alguna aspiración. Más tarde os diré cómo he
pensado en ello y en las cosas de estos tiempos; mas no deseo hacerlo
por ahora. Os ruego afectuosamente que no queráis hacerme ir más lejos.
Prestaré atención á lo que habéis dicho; escucharé con paciencia lo que
tenéis que decir, y hallaré momento oportuno para oir y responder acerca
de tan altos propósitos. Hasta entonces, noble amigo mío, meditad en
esto: Bruto preferiría ser un aldeano á reputarse hijo de Roma en las
duras condiciones que estos tiempos parecen imponernos. (-Vuelven á
entrar César y su séquito.-) Han terminado los juegos y César está de
vuelta.
CASIO.--Cuando pase el cortejo, tirad á Casca por la manga, y él os dirá
con su brusca manera cuánto hoy ha ocurrido digno de nota.
BRUTO.--Así lo haré; pero, Casio, mira. La cólera centellea en el ceño
de César, y los demás parecen un séquito consternado. Las mejillas de
Calfurnia han palidecido; y Cicerón deja ver en sus ojos el mismo fuego
intenso que les hemos visto en el Capitolio cuando le contrariaban
algunos senadores.
CASIO.--Casca nos dirá lo que acontece.
CÉSAR.--¿Antonio?
ANTONIO.--César.
CÉSAR.--Rodéame de hombres gordos; hombres de poca cabeza, que duermen
bien toda la noche. Allí está Casio con su aspecto escuálido y
hambriento.--Piensa demasiado. Hombres así son peligrosos.
ANTONIO.--No le temáis, César. No es peligroso. Es un noble romano, y de
muy buena pasta.
CÉSAR.--Le querría más gordo; pero no le temo. Mas si cupiera temor en
quien se llama César, no sé de hombre alguno á quien evitaría más pronto
que á ese escuálido Casio. Lee mucho, es gran observador, y penetra
perfectamente las acciones de los hombres. No es amigo de juegos como
tú, Antonio, ni oye música. Rara vez sonríe, y si sonríe es de tal modo
que parece burlarse de sí mismo y desdeñar su espíritu por haber sido
capaz de sonreir á cosa alguna. Tales hombres jamás pueden estar
tranquilos á la vista de alguno más grande que ellos, y por eso son muy
peligrosos. Prefiero decirte lo que es de temer, no lo que yo tema;
porque siempre soy César. Ven á mi derecha, pues no puedo oir por esta
oreja, y dime verazmente lo que piensas de él. (-Salen César y su
séquito. Casca se queda atrás.-)
CASCA.--Me habéis tirado por la manga. ¿Querríais hablar conmigo?
BRUTO.--Sí, Casca. Decidnos qué ha sucedido hoy para que César parezca
tan melancólico.
CASCA.--¿Pues no estabais con él? Yo así lo creía.
BRUTO.--Entonces no preguntaría á Casca lo que ha sucedido.
CASCA.--Pues sucedió que le ofrecieron una corona y al serle ofrecida la
apartó con el revés de la mano, así. Y entonces el pueblo se puso á
aclamarlo.
BRUTO.--Y el segundo bullicio ¿de qué provino?
CASCA.--De lo mismo.
BRUTO.--Tres veces aclamaron. ¿Por qué la última vez?
CASCA.--Pues, por lo mismo.
BRUTO.--¿Tres veces le fué ofrecida la corona?
CASCA.--Tres veces, á fe mía, y tres veces la apartó--cada vez más
suavemente que la anterior--y en cada vez mis honrados vecinos
vociferaron.
CASIO.--¿Quién le ofreció la corona?
CASCA.--Antonio, por cierto.
BRUTO.--Decidnos de qué manera, amable Casca.
CASCA.--Que me ahorquen si puedo decir el cómo se hizo. No fué mas que
una tontería y apenas me fijé en ello. Ví á Marco Antonio ofrecerle una
corona--no, no era tampoco una corona; era una especie de coronilla--y,
como os he dicho, la apartó una vez; pero á pesar de todo, tengo para
mis adentros que más le habría gustado tenerla. Se la ofreció luégo por
segunda vez, y volvió á apartarla; mas, á lo que barrunto, se le hizo
muy pesado retirar de ella los dedos. Y en seguida se la ofreció por
tercera vez, y por tercera vez la puso aparte. Al verle rehusar todavía,
la turba vitoreó y batió palmas y arrojó por alto sus mugrientos gorros,
y exhaló tal volumen de pestífero aliento porque César había rehusado la
corona, que casi asfixió á César: pues se desmayó y cayó en el acto. Por
mi parte no me atreví á reirme, de miedo de aspirar aquel aire al abrir
los labios.
BRUTO.--Hablad con calma, os lo ruego. ¡Qué! ¿Se desmayó César?
CASCA.--Cayó en la plaza del mercado, arrojando espuma por la boca, y
perdió el habla.
BRUTO.--Es muy verosímil. Padece de vértigos.
CASIO.--No. César no padece de vértigos. Somos vos y yo, y el honrado
Casca quienes sufrimos vértigos.
[Illustration: -Marco Antonio ofreciendo á César la corona.-]
CASCA.--No sé lo que queréis decir en ello; pero estoy seguro de que
César cayó. Y si no es verdad que el populacho palmoteó y lo silbó,
según que él le agradaba ó le desagradaba, como suele hacerlo con los
actores en el teatro, decid que no soy hombre de bien.
BRUTO.--¿Qué dijo cuando volvió en sí?
CASCA.--Antes de caer, cuando vió aquel rebaño de populacho alegrarse de
que rehusaba la corona, me pidió abrir su gola, y les ofreció el cuello
para que lo cortasen. Y á fe mía si yo hubiera sido uno de ellos, le
habría tomado la palabra, aunque hubiese tenido que ir al infierno entre
los bribones; y así cayó. Cuando volvió en sí dijo que si había hecho ó
dicho cosa fuera de camino, deseaba que sus señorías lo atribuyesen á su
enfermedad. Tres o cuatro perdidos, exclamaron: «¡Ay! ¡qué alma tan
buena!» y lo perdonaron de todo corazón; pero de estos no se puede hacer
caso. No habrían dicho menos si César hubiese acuchillado á sus madres.
BRUTO.--Y después de esto se alejó así, lleno de tristeza?
CASCA.--Sí.
CASIO.--¿Dijo algo Cicerón?
CASCA.--Sí. Habló en griego.
CASIO.--¿Con qué objeto?
CASCA.--Pues si yo os lo dijera, nunca volvería á veros la cara. Pero
los que le entendían se sonreían uno al otro y meneaban la cabeza. En
cuanto á mí... aquello estaba en griego. También puedo daros más nuevas.
Marulo y Flavio han sido reducidos á silencio por haber arrancado
adornos de las imágenes de César. Adios. Más tonterías hubo, pero no
podría acordarme de todas.
CASIO.--¿Queréis cenar conmigo esta noche, Casca?
CASCA.--No. Ya he dado palabra á otro.
CASIO.--¿Queréis comer conmigo mañana?
CASCA.--Sí, si estoy vivo, si no cambiáis de idea, y si la comida vale
la pena.
CASIO.--Bueno. Os aguardaré.
CASCA.--Enhorabuena. Adios, amigos, uno y otro. (-Sale.-)
BRUTO.--¡Qué impetuoso carácter ha llegado á ser! Ya era harto impulsivo
cuando entró á la escuela.
CASIO.--Y lo mismo es ahora para ejecutar cualquiera audaz ó noble
empresa, aun cuando reviste esa forma embarazosa. Su rudeza sirve para
sazonar su buen sentido, y hace que las gentes saboreen más sus palabras
y las digieran mejor.
BRUTO.--Así es en verdad. Por ahora os dejo. Si os place hablar conmigo
mañana, iré á vuestra casa. Si preferís venir á la mía, os aguardaré.
CASIO.--Haré esto último. Y hasta entonces, reflexionad sobre el mundo.
(-Sale Bruto.-)
Bien, Bruto, eres noble, y, sin embargo, veo que, dispuesto como está tu
noble metal, se le puede elaborar. Y por esto conviene que las almas
nobles estén siempre asociadas á sus semejantes; porque ¿quién hay tan
firme que no pueda ser seducido? César apenas me tolera, pero ama á
Bruto. Si yo fuese ahora Bruto y Bruto fuese Casio, César no me
soportaría. Por diferentes manos haré arrojar esta noche por sus
ventanas, escritos, como provenientes de varios ciudadanos, mostrando la
alta opinión que Roma tiene de su nombre; y en ellos se insinuará con
disimulo la ambición de César. Después de esto, ya puede César ver de
asentarse firmemente, porque le derribaremos, ó habremos de sufrir días
peores. (-Sale.-)
ESCENA III.
Calle de Roma.
(Truenos y rayos. Entran por lados opuestos CASCA con la espada
desnuda, y CICERÓN.)
CICERÓN.--Buenas tardes, Casca. ¿Habéis llevado á César á casa? ¿Por qué
estáis sin aliento, y por qué miráis tan azorado?
[Illustration]
CASCA.--¿No os conmueve el ver que todo el cimiento de la tierra se
estremece como una cosa insegura? ¡Oh, Cicerón! He visto tempestades en
que los vientos enfurecidos hendían los nudosos robles. He visto
henchirse el ambicioso Océano, embravecerse y cubrirse de espumas por
levantarse hasta las nubes amenazantes. Pero nunca hasta ahora he pasado
por una tempestad que destile fuego. Ó hay en el cielo una guerra
intestina, ó el mundo demasiado malo para con los dioses, los provoca á
enviar la destrucción.
CICERÓN.--¡Pues qué! ¿Habéis visto algo aún más asombroso?
CASCA.--Un esclavo ordinario (le conocéis bien de vista) alzó la mano
izquierda que brotó llamas y ardió como veinte teas juntas. Y, sin
embargo, esa mano, insensible al fuego, permaneció ilesa. Además (y
desde ese instante no he vuelto á envainar mi espada), me encontré junto
al capitolio con un león que me miró fijamente y se alejó encolerizado,
sin molestarme. Y sobre un montículo había agrupadas cien mujeres,
pálidas, demudadas por el espanto, que juraban haber visto hombres
enteramente envueltos en llamas, que paseaban las calles arriba y abajo.
Y ayer el ave nocturna se posó aun en mitad del día sobre la plaza del
mercado gritando y chillando. Cuando tales prodigios coinciden de tal
modo, nadie diga: «Son cosas naturales--sus razones son estas;» porque
creo que son portentos llenos de pronósticos para los lugares donde
aparecen.
CICERÓN.--Ciertamente, este es un tiempo asaz extraño. Pero los hombres
pueden interpretar las cosas á su modo, sin que entre en ello para nada
el fin á que las cosas mismas se encaminan.--¿Vendrá César mañana al
Capitolio?
CASCA.--Vendrá porque requirió á Antonio para avisarnos que estaría allí
mañana.
CICERÓN.--Buenas noches, pues, Casca. Este cielo perturbado no está como
para paseo.
CASCA.--Adios, Cicerón. (-Sale Cicerón.-)
(-Entra Casio.-)
CASIO.--¿Quién está ahí?
CASCA.--Un romano.
CASIO.--Por la voz, sois Casca.
CASCA.--Tenéis buen oído, Casio: ¿qué noche es esta?
CASIO.--Una noche muy grata á los hombres de bien.
CASCA.--¿Quién vió jamás el cielo amenazar así?
CASIO.--Los que han conocido cuán llena de delitos está la tierra. En
cuanto á mí, he recorrido las calles, arrostrando esta noche de
peligros; y desceñido como me véis, he desnudado mi pecho al granizo de
la tormenta; y cuando el azulado oblicuo rayo parecía abrir el seno del
cielo, yo me presenté en su propia senda y bajo su mismo estallido.
CASCA.--Pero ¿para qué provocasteis tanto á los cielos? Toca á los
hombres temer y temblar, cuando los más poderosos dioses envían como
señales heraldos tan terribles para despertar nuestra admiración.
CASIO.--Casca, no sois despierto. Os faltan esos destellos de vida que
todo romano debería tener, ó al menos no os servís de ellos.--Estáis
pálido, azorado, lleno de temor y de asombro al ver la extraña
impaciencia de los cielos. Pero si consideraseis la verdadera causa de
estos fuegos, de estos espectros que se deslizan; el por qué los
decrépitos, los idiotas y los niños calculan; y las aves y bestias de
diversa clase y calidad, y mil otras cosas cambian su naturaleza y sus
innatas facultades por una condición monstruosa; entonces hallaríais que
el cielo les ha infundado esta disposición para que sean instrumentos de
temor y alarma para algún monstruoso estado de cosas. Ahora podría yo,
Casca, nombraros á un hombre por demás parecido á esta terrible noche;
hombre que truena, lanza rayos, abre sepulcros y ruje como el león del
Capitolio; un hombre que en acción personal no es más poderoso que vos ó
yo; pero que ha crecido prodigiosamente y es temible como lo son estas
extrañas erupciones.
CASCA.--Aludís á César, ¿no es así, Casio?
CASIO.--Sea á quién fuere; porque ahora los romanos tienen miembros y
fuerza como sus antepasados; pero mientras tanto ¡oh desventura! el
espíritu de nuestros padres está muerto, y sólo nos anima el de
nuestras madres; pues nuestro yugo y sumisión muestran que somos
afeminados.
CASCA.--En verdad, se dice que los senadores se proponen entronizar
mañana á César, como rey; y que llevará su corona por mar y tierra en
todas partes excepto aquí en Italia.
CASIO.--Entonces, ya sé dónde he de usar este puñal. Casio libertará de
la esclavitud á Casio. Por ello ¡oh dioses! tornáis á los débiles en los
más fuertes; y por ello ¡oh dioses! vencéis á los tiranos. Ni las torres
de piedra, ni los muros de bronce forjado, ni la prisión subterránea, ni
los fuertes anillos de hierro, pueden reprimir las fuerzas del alma;
porque la vida cansada de estas barreras del mundo, jamás pierde el
poder de libertarse á sí misma. Y pues sé esto, sepa además todo el
mundo, que de la parte de tiranía que sufro me puedo sustraer cuando
quiera.
CASCA.--También lo puedo yo. Cada siervo lleva en su propia mano el
poder de acabar su servidumbre.
CASIO.--Y entonces, ¿por qué habría de ser un tirano César? ¡Pobre
hombre! Bien sé que no querría ser él un lobo si no viera que los
romanos son ovejas; ni sería león si no fueran los romanos ciervos. Los
que quieren encender un gran fuego, principian por algunas débiles
pajas. ¿Qué hez es Roma, qué deshecho, qué escombro, cuando sirve de
materia y base para iluminar una cosa tan vil como César? Mas ¡oh dolor!
¿adónde me has llevado? Tal vez hablo esto ante un cautivo voluntario, y
entonces ya sé cuál tiene que ser mi respuesta; pero estoy armado y no
me importan los peligros.
CASCA.--Habláis á Casca, á un hombre que no es un decidor de
chascarrillos. Tomad mi mano. Alzad el grito porque se remedien todos
estos males, y no habrá quien dé un paso mas adelante que yo.
CASIO.--Pues queda convenido. Sabed ahora, Casca, que he movido á
ciertos de los más dignos y generosos romanos á acometer conmigo una
importante empresa llena de honroso peligro. Y sé que ahora me aguardan
en el Pórtico de Pompeyo, porque en tan terrible noche como esta no hay
movimiento ni paseo en las calles; y nos favorece que la condición de
los elementos sea, como la obra que tenemos en mano, la más sangrienta,
fiera y terrible. (-Entra Cinna.-)
CASCA.--Quedad oculto un momento.--Alguno viene aprisa.
CASIO.--Es Cinna. Le conozco por los pasos. Es amigo. Cinna, ¿dónde tan
á prisa?
CINNA.--En busca vuestra. ¿Quién es ese? ¿Metelio Cimber?
CASIO.--No. Es Casca: un afiliado á nuestro intento. ¿Me aguardan,
Cinna?
CINNA.--Me alegro de ello. ¡Qué terrible noche! Dos ó tres de nosotros
hemos visto extrañas visiones.
CASIO.--¿Me aguardan? Decídmelo, Cinna.
CINNA.--Sí, se os aguarda. ¡Oh Casio; si pudiérais solamente atraer al
noble Bruto á nuestro partido!
CASIO.--Estad satisfecho.--Tomad, buen Cinna, este papel y cuidad de
ponerlo en la silla del pretor, donde Bruto pueda hallarlo; arrojad este
por su ventana; fijad este con cera en la estatua del antiguo Bruto; y
hecho todo, encaminaos al Pórtico de Pompeyo donde nos hallaréis. ¿Están
allí Decio Bruto y Tibonio?
CINNA.--Todos, excepto Metelio Cimber, que ha ido á buscaros en vuestra
casa. Bien: me apresuraré á distribuir estos papeles como me pedís.
CASIO.--Una vez hecho, dirigíos al teatro de Pompeyo. (-Sale
Cinna.-)--Venid, Casca. Todavía veremos ambos á Bruto en su casa antes
de amanecer. Tres cuartas partes de él son ya nuestras; después de la
próxima entrevista, tendremos todo el hombre.
CASCA.--¡Oh! ¡Él ocupa un puesto muy alto en todos los corazones del
pueblo! Y aquello mismo que en nosotros parecería delito, se
transformaría por su sola presencia, como por la más rica alquimia, en
dignidad y en valía.
CASIO.--Bien habéis estimado á Bruto, su valer y la gran necesidad que
tenemos de él. Marchémonos; pues es pasada la media noche, y antes del
día le despertaremos y contaremos con él. (-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO II.
ESCENA I.
El huerto de Bruto, en Roma.
Entra Bruto.
BRUTO.
Ea, Lucio! ¡Hola!... No puedo calcular por la marcha de las estrellas lo
que falta para el día. ¿Oyes, Lucio? Ya quisiera yo tener el defecto de
dormir tan profundamente.--¿Hasta cuándo? Despierta! Despierta,
digo.--Ea, Lucio! (-Entra Lucio.-)
LUCIO.--¿Habéis llamado, mi señor?
BRUTO.--Coloca una lámpara en mi estudio, y encendida que sea, vendrás
aquí á llamarme.
LUCIO.--Así lo haré, señor. (-Sale.-)
BRUTO.--Tiene que ser por su muerte.--En cuanto á mí no tengo para
menospreciarle ninguna causa personal, sino la de todos. Él desearía
coronarse. Cómo pueda cambiar esto su naturaleza, he ahí el
problema.--Es el día brillante el que hace salir á luz la serpiente, y
esto aconseja caminar con cautela.--¿Coronarlo? Sea.--Y entonces, de
seguro ponemos en él un estímulo por el cual pueda crear peligros á
voluntad.--El abuso de la grandeza existe cuando esta separa del poder
el remordimiento; y á decir verdad de César, nunca ha sabido que sus
afectos hayan vacilado mas que su razón. Pero es prueba ordinaria que la
humildad es para la joven ambición una escala, desde la cual el trepador
vuelve el rostro; pero una vez en el más alto peldaño, da la espalda á
la escala, alza la vista á las nubes y desdeña los bajos escalones por
los cuales ascendió. Acaso lo haga César. Luego, so pena de que llegue á
hacerlo, hay que evitarlo. Y pues la contienda no versará sobre lo que
es él en sí, hay que darle esta forma: aumentando lo que él es, se
precipitaría á estos y aquellos extremos; y, por lo tanto, se le debe
considerar como al huevo de la serpiente, que incubado, llegaría á ser
peligroso, como todos los de su especie; y hay que matarlo en el
cascarón. (-Vuelve á entrar Lucio.-)
LUCIO.--La lámpara, señor, está encendida en vuestro retrete.--Buscando
una piedra de chispa en la ventana, hallé este papel, sellado como véis.
Estoy seguro de que no estaba allí cuando fuí á acostarme.
BRUTO.--Vuelve á tu lecho, aún no es de día. Dime ¿no son mañana los
idus de Marzo?
LUCIO.--No lo sé, señor.
BRUTO.--Busca en el calendario y avísame.
LUCIO.--Lo haré, señor.
BRUTO.--Las exhalaciones que silban por los aires dan tanta luz que bien
podría leer con ella. (-Abre la carta y lee.-)
«Bruto, estás dormido. Despierta y contémplate á ti mismo. Tendrá que
permanecer Roma, etc.--Habla! Hiere! Haz justicia! Estás dormido,
Bruto.--Despierta!»
Á menudo se han colocado instigaciones de esta clase allí donde he
debido tomarlas.--«¿Tendrá que permanecer Roma, etc.?» Luego de todo
ello debo desentrañar esto: «¿Tendrá que permanecer Roma bajo el terror
de un hombre?» ¡Qué! ¡Roma! Mis antepasados arrojaron de las calles de
Roma á Tarquino cuando era llamado rey. «¡Habla! ¡Hiere! ¡Haz justicia!»
¿Se me suplica pues para que hiera? ¡Oh Roma! Te lo prometo. Si ha de
ser para alcanzar justicia, recibe todo lo que pides de las manos de
Bruto. (-Vuelve á entrar Lucio.-)
[Illustration]
Lucio.--Señor, han pasado catorce días de Marzo.
(-Se oye un golpe.-)
BRUTO.--Está bien. Vé á la puerta, alguien llama. (-Sale Lucio.-) Desde
el momento en que Casio me excitó contra César, no he dormido. Entre la
ejecución de una cosa terrible y el primer móvil de ella, todo el
intervalo es como un fantasma ó como un horrible sueño. El genio y los
instrumentos mortales, se confrontan entonces; y el estado del hombre,
como un pequeño reino, adolece de la naturaleza de una insurrección.
(-Vuelve á entrar Lucio.-)
LUCIO.--Señor, es vuestro hermano Casio que está á la puerta y desea
veros.
BRUTO.--¿Está solo?
LUCIO.--No, señor. Hay otros con él.
BRUTO.--¿Los conoces?
LUCIO.--No, señor. Tan enterrados llevan los sombreros y tan oculta en
el embozo la mitad de la cara, que de modo alguno podría descubrirlos
por sus fisonomías.
BRUTO.--Hazlos entrar. (-Sale Lucio.-)--Son de la facción. ¡Oh
conspiración! ¿Te avergüenzas acaso de mostrar tu peligroso ceño de
noche, cuando en ella campea más libre el mal? ¿Ó bien dónde encontrarás
de día una cueva bastante oscura para encubrir tu monstruosa faz? No la
busques ¡oh conspiración! Pon sobre tu rostro una máscara de sonrisas y
afabilidad; porque á dejarte ver con tu natural aspecto, ni el mismo
Erebo sería bastante oscuro para sustraerte á la desconfianza. (-Entran
Casio, Casca, Decio, Cinna, Metelio Cimber y Trebonio.-)
CASIO.--Temo robaros el sueño con demasiado atrevimiento. Buenos días,
Bruto, ¿os importunamos?
BRUTO.--He estado en pié hasta ahora; despierto toda la noche. ¿Conozco
á estos hombres que os acompañan?
CASIO.--Sí, á cada uno de ellos. Y no hay uno solo entre todos que no os
honre y venere; y cada cual desearía que tuviéseis de vos mismo la
opinión que de vos tiene todo romano noble. Este es Trebonio.
BRUTO.--Bien venido.
CASIO.--Este, Decio Bruto.
BRUTO.--Bien venido también.
CASIO.--Este es Casca; éste, Cinna; y éste, Metelio Cimber.
[Illustration: -Los conjurados, en el huerto de Bruto.-]
BRUTO.--Bien venidos son todos. ¿Qué vigilantes cuidados ahuyentan el
reposo de vuestra noche?
CASIO.--¿Permitís una palabra? (-Cuchichean.-)
DECIO.--Aquí está el Este. ¿No es aquí por donde despunta el día?
CASCA.--No.
CINNA.--¡Oh! Perdonad, que sí; y aquellas líneas pardas que orlan las
nubes son mensajeras del día.
CASCA.--Habréis de confesar que uno y otro estáis equivocados. El sol se
levanta allí adonde apunto con mi espada, que es buen trecho hacia el
Sur, considerando la temprana estación del año. Dentro de unos dos
meses, presentará su fulgor más hacia el Norte; y el alto Oriente está,
como el Capitolio, directamente aquí.
BRUTO.--Dadme todos vuestra mano, uno por uno.
CASIO.--Y juremos nuestra resolución.
BRUTO.--No, nada de juramento.--Si las miradas de los hombres, si el
sufrimiento de nuestras almas, si los abusos del tiempo, no son motivos
bastante poderosos, dispersémonos, y que cada cual vuelva al ocioso
descanso de su lecho. Así dejaremos á la tiranía previsora que escoja la
mira, hasta que caiga á su turno el último hombre. Pero si estos tienen,
como estoy seguro de ello, sobrado fuego para inflamar á los cobardes y
para revestir de valor el ánimo desfalleciente de las mujeres; entonces,
compatriotas, ¿qué habemos menester de más estímulo que nuestra propia
causa para impulsarnos á hacer justicia? ¿Qué mejor lazo que el de
secretos romanos que han dado su palabra y que no la burlarán? ¿Ni qué
otro juramento que el compromiso de la honradez con la honradez, para
realizar esto ó sucumbir por ello? Juren los sacerdotes y los cobardes,
y los hombres recelosos, decrépitos, corrompidos, y las almas que en sus
padecimientos buscan sendas torcidas.--Juren en pró de las malas causas
aquellos miserables que inspiran dudas á los hombres; pero no manchéis
la clara virtud de nuestra empresa, ni la inquebrantable altivez de
nuestros ánimos, con el pensamiento de que ó nuestra causa ó su
ejecución necesitaban ser juradas; siendo así que cada gota de la sangre
que cada romano lleva, y lleva noblemente, sería culpable de bastardía
si él quebrantara la más mínima parte de promesa alguna que hubiese
hecho.
CASIO.--¿Pero qué hacer respecto de Cicerón? ¿Le sondearemos? Pienso que
estará resueltamente con nosotros.
CASCA.--No lo dejemos fuera.
CINNA.--No: de ningún modo.
METELIO.--¡Oh! Tengámosle; porque sus cabellos canos nos harán adquirir
buena opinión, y conseguirán que se levanten voces para encomiar
nuestros hechos. Se dirá que nuestras manos han sido dirigidas por sus
sentencias, y lejos de aparecer en lo menor nuestra juventud y
fogosidad, desaparecerán por completo en su gravedad.
BRUTO.--¡Oh! No mencionéis su nombre; pero no rompamos con él. Jamás
seguirá cosa alguna principiada por otros.
CASIO.--Entonces, dejadle fuera.
CASCA.--En verdad no es hombre á propósito.
DECIO.--¿No habrá de tocarse á hombre alguno, excepto César?
CASIO.--Bien pensado, Decio. No juzgo oportuno que Marco Antonio, tan
amado por César, le sobreviva. En él hallaríamos un astuto contendiente;
y bien sabéis que si perfeccionase sus recursos, serían suficientes para
fastidiarnos á todos. Pues para evitar esto, que César y Antonio caigan
juntos.
BRUTO.--Parecería demasiado sangriento nuestro plan, caro Casio, al
cortar la cabeza y mutilar además los miembros. Sería algo como la ira
en la muerte y la envidia después. Porque Antonio no es sino un miembro
de César. Casio, seamos sacrificadores, no carniceros. Todos nos
erguimos contra el espíritu de César; pero el espíritu de los hombres no
tiene sangre. ¡Oh! si pudiésemos por ello dominar el espíritu de César,
y no desmembrar á César! Pero ¡ay! César tiene por eso que derramar su
sangre! Y, benévolos amigos, matémosle audazmente pero sin ira.
Tratémosle como la vianda que se corta para los dioses, no como la
osamenta que se arroja á los perros. Y hagan nuestros corazones lo que
los amos astutos: excitar á sus sirvientes á un acto de furor, y después
aparentar que se les reprueba. Así nuestro propósito aparecerá
necesario, no envidioso. Y con tal apariencia á los ojos de las gentes,
se nos llamará redentores, no asesinos.--Y en cuanto á Marco Antonio, no
penséis en él, porque no tendrá más poder que el brazo de César cuando
la cabeza de César esté cortada.
CASIO.--Y sin embargo, le temo, á causa del profundo amor que tiene á
César.
BRUTO.--¡Ah, buen Casio! no penséis en él. Si ama á César, lo más que
podrá hacer será reflexionar dentro de sí mismo, y morir por César.--Y
harto sería que lo hiciera; porque es hombre dado á juegos y disipación
y á muchos camaradas.
TREBONIO.--No ofrece peligro. No hay para que muera, desde que gusta de
vivir y ha de reirse de esto después.
(-Suena el reloj.-)
BRUTO.--Silencio: contad la hora.
CASIO.--Han dado las tres.
TREBONIO.--Es tiempo de partir.
CASIO.--Pero es de dudar, si vendrá hoy César, ó no, porque de algún
tiempo á esta parte se ha vuelto supersticioso. Alguna vez tuvo sobre la
fantasía, los sueños y las ceremonias, una opinión del todo diferente de
la del vulgo; pero quizás estos prodigios aparentes, el extraño terror
de esta noche y la persuasión de sus augures le hagan abstenerse de
venir hoy al Capitolio.
DECIO.--Perded cuidado. Si tal resolviera, yo prevalecería sobre él;
porque se deleita en oir que se triunfa de los unicornios por medio de
los árboles, de los osos por los espejos, de los elefantes por los
fosos, y de los hombres por la adulación. Y cuando digo que él detesta á
los aduladores, afirma que sí, porque esto le lisonjea más. Dejadme
hacer; que ya daré á su humor la disposición conveniente, y le traeré al
Capitolio.
CASIO.--Allí estaremos todos para recibirlo.
BRUTO.--Á la hora octava. ¿Es ese el último término?
CINNA.--Sea el último, y no faltéis entonces.
METELIO.--Cayo Ligario tiene mala voluntad á César, que lo reprendió por
haber hablado bien de Pompeyo. Me admira que ninguno de vosotros se haya
acordado de él.
BRUTO.--Id en seguida á encontrarlo, buen Metelio. Me profesa un afecto
verdadero y ya me he explicado con él. Enviadle aquí, que yo le
apercibiré.
CASIO.--La mañana se nos viene encima, y os dejaremos, Bruto. Amigos,
dispersaos; pero recordad todos lo que habéis dicho, y haced ver que
sois verdaderos romanos.
BRUTO.--Buenos caballeros, poned risueños y alegres los semblantes, sin
dejar que el aspecto revele los propósitos; antes bien llevadlos, como
nuestros actores romanos, con entero aliento y con seria constancia. Y
con esto os deseo buen día á cada uno. (-Salen todos, menos uno.-)
¡Muchacho! ¡Lucio! ¿Dormido como una piedra?--No importa. Goza el dulce
y pesado rocío del sueño.--No tienes ni los cálculos ni las fantasías
que el afanoso cuidado hace surgir en el cerebro de los hombres, y por
eso tienes el sueño tan profundo.
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