YAGO. ¿Visteis el pañuelo? OTELO. ¡Era el mio! YAGO. El mismo. Y ya vereis qué amor tiene á vuestra insensata mujer. Ella le regala su pañuelo, y él se le da á su querida. OTELO. Nueve años seguidos quisiera estarla matando. ¡Oh, qué divina y admirable mujer! YAGO. No os acordeis de eso. OTELO. Esta noche ha de bajar al infierno. No quiero que viva ni un dia más. Mi corazon es de piedra: al herirle me hiero la mano. ¡Oh, qué hermosa mujer! No la hay igual en el mundo. Merecia ser esposa de un emperador que la obedeciese como siervo. YAGO. No os acordeis de eso. OTELO. ¡Maldicion sobre ella! Pero ¿quién negará su hermosura? ¡Y qué manos tan hábiles para la labor! ¡Qué voz para el canto! Es capaz de amansar las fieras. ¡Qué gracia, qué ingenio! YAGO. Eso la hace mil veces peor. OTELO. Sí, ¡mil veces peor! Y es, ademas, tan dulce, tan sumisa. YAGO. Demasiado blanda de condicion. OTELO. Dices verdad. Pero, á pesar de todo, amigo Yago, ¡qué dolor, qué dolor! YAGO. Si tan enamorado estais de ella, á pesar de su alevosía, dejadla pecar á rienda suelta. Para vos es el mal: si os dais por contento, ¿á los demas qué nos importa? OTELO. Pedazos quiero hacerla. ¡Engañarme á mí! YAGO. ¡Oh, perversa mujer! OTELO. ¡Enamorarse de mi teniente! YAGO. Eso es todavía peor. OTELO. Búscame un veneno, Yago, para esta misma noche. No quiero hablarla, no quiero que se disculpe, porque me vencerán sus hechizos. Para esta misma noche, Yago. YAGO. No estoy por el veneno. Mejor es que la ahogueis sobre el mismo lecho que ha profanado. OTELO. ¡Admirable justicia! Lo encuentro muy bien. YAGO. De Casio yo me encargo. Allá á las doce de la noche sabreis lo demas. OTELO. ¡Admirable plan! ¿Pero qué trompeta es la que suena? YAGO. Alguna embajada de Venecia, enviada por el Dux. Allí veo á Ludovico acompañado de vuestra mujer. (-Salen Ludovico, Desdémona, etc.-) LUDOVICO. General, os saludo respetuosamente. OTELO. Bien venido seais. LUDOVICO. Os saludan el Dux y Senadores de Venecia. (-Le da una carta.-) OTELO. Beso la letra, expresion de su voluntad. (-Besa la carta.-) DESDÉMONA. ¿Qué pasa por Venecia, primo mio Ludovico? YAGO. Caballero, mucho me alegro de veros en Chipre. LUDOVICO. Gracias, hidalgo, ¿y dónde está el teniente Casio? YAGO. Vivo y sano. DESDÉMONA. Entre él y mi marido ha habido ciertas disensiones, pero vos los pondreis en paz, de seguro. OTELO. ¿Así lo crees? DESDÉMONA. ¿Qué dices, esposo mio? OTELO. (-Leyendo.-) «Es preciso cumplirlo sin demora.» LUDOVICO. No os oye: está ocupado en la lectura: ¿Con que, han reñido él y Casio? DESDÉMONA. Sí, y no sé cuánto hubiera yo dado por hacer las paces entre ellos, porque tengo buena voluntad á Casio. OTELO. ¡Rayos y centellas! DESDÉMONA. ¡Esposo mio! OTELO. ¿Piensas lo que estás diciendo? DESDÉMONA. ¿Cómo? ¿Está furioso? LUDOVICO. Puede ser que le haya hecho mal efecto la carta, porque (si no me equivoco) se le manda en ella volver á Venecia, dejando en el gobierno á Casio. DESDÉMONA. Mucho me alegro. OTELO. ¿Te alegras? DESDÉMONA. ¡Esposo mio! OTELO. Pláceme verte loca. DESDÉMONA. ¿Qué dices, esposo? OTELO. ¡Aparta, demonio! DESDÉMONA. ¿Tal he merecido? LUDOVICO. Ni con juramento lo creeria nadie en Venecia. ¡Qué ultraje tan brutal! ¿No veis cómo está llorando? OTELO. ¡Víbora! Si el llanto de las mujeres pudiera fecundar la tierra, de cada gota naceria un cocodrilo. ¡Lejos, lejos de aquí! DESDÉMONA. Me iré por no verte enojado. LUDOVICO. ¡Qué humildad y modestia! Compadeceos de ella, señor gobernador. Volvedla á llamar. OTELO. Venid aquí, señora. DESDÉMONA. ¿Qué me quereis, esposo mio? OTELO. ¿Qué la quereis vos? LUDOVICO. Nada, señor. OTELO. Sí. ¿Qué la quereis? ¿No me deciais que la llamase? Sí, sí, ella volverá y llorará, porque sabe llorar, caballero, sabe llorar, y es muy humilde, muy sumisa, como antes deciais. Llora, llora más.--Esta carta me manda volver... ¡Oh perfidia astuta!--Me mandan volver.--Retírate. Luego nos veremos.--Obedezco. Volveré á Venecia. ¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona! (-Se va Desdémona.-) Casio me ha de suceder. Esta noche venid á cenar conmigo. Bien venido seais á Chipre. (-Aparte.-) ¡Monos lascivos, esposos sufridos! (-Se va.-) LUDOVICO. ¿Y este es aquel moro, de quien tantas ponderaciones oí en el Senado? ¿Este el de alma severa, firme é imperturbable contra los golpes de la suerte ó los furores de la pasion? YAGO. Parece otro. LUDOVICO. ¿Estará sano? ¿Habrá perdido la cabeza? YAGO. Es lo que es. No está bien que yo os diga más. ¡Ojalá que volviera á ser lo que ha sido! LUDOVICO. ¿Cómo podrá haberse arrebatado hasta el extremo de golpear á su mujer? YAGO. Mal ha hecho, pero ojalá sea el último ese golpe. LUDOVICO. ¿Es costumbre suya, ó efecto de la lectura de la carta? YAGO. ¡Cuánto lo deploro! Pero estaria mal en mí el descubriros lo que sé. Vos mismo lo ireis viendo, y en sus actos lo descubrireis, de tal modo que nada os quede que saber ni que preguntarme. LUDOVICO. Yo le creia de muy diverso carácter. ¡Qué lástima! ESCENA II. =Sala del castillo.= OTELO y EMILIA. OTELO. ¿Nada has visto? EMILIA. Ni oido ni sospechado. OTELO. Pero á Casio y á ella los has visto juntos. EMILIA. Pero nada sospechoso he advertido entre ellos, y eso que ni una sola de sus palabras se me ha escapado. OTELO. ¿Nunca han hablado en secreto? EMILIA. Jamas, señor. OTELO. ¿Nunca te mandaron salir? EMILIA. Nunca. OTELO. ¿Nunca te han enviado á buscar los guantes ó el velo ó cualquier otra cosa? EMILIA. Jamas. OTELO. Rara cosa. EMILIA. Me atreveria á jurar que es fiel y casta. Desterrad de vuestro ánimo toda sospecha contra ella. Maldito sea el infame que os la haya infundido. Caiga sobre él el anatema de la serpiente. Si ella no es mujer de bien, imposible es que haya mujer honrada ni esposo feliz. OTELO. Llámala. Dile que venga pronto. (-Vase Emilia.-) Ella habla claro, pero si fuera confidente de sus amores, ¿no diria lo mismo? Es moza ladina y quizá oculta mil horribles secretos. Y sin embargo, yo la he visto arrodillada y rezando. (-Salen Desdémona y Emilia.-) DESDÉMONA. ¿Qué mandais, señor? OTELO. Ven, amada mia. DESDÉMONA. ¿Qué me quieres? OTELO. Verte los ojos. Mírame á la cara. DESDÉMONA. ¿Qué horrible sospecha?... OTELO. (-A Emilia.-) Aléjate, déjanos solos, y cierra la puerta. Si álguien se acerca, haznos señal tosiendo. Mucha cautela. Véte. (-Se va Emilia.-) [Ilustración] DESDÉMONA. Te lo suplico de rodillas. ¿Qué pensamientos son los tuyos? No te entiendo, pero pareces loco furioso. OTELO. ¿Y tú qué eres? DESDÉMONA. Tu fiel esposa. OTELO. Si lo juras, te condenas eternamente, aunque puede que el demonio, al ver tu rostro de ángel, dude en apoderarse de tí. Vuelve, vuelve á condenarte: júrame que eres mujer de bien. DESDÉMONA. Dios lo sabe. OTELO. Dios sabe que eres tan falsa como el infierno. DESDÉMONA. ¿Falsa yo? ¿con quién? ¿Por qué, esposo mio? ¿Yo falsa? OTELO. ¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona! DESDÉMONA. ¡Dia infausto! ¿Por qué lloras, amado mio? ¿Soy yo la causa de tus lágrimas? No me eches la culpa de haber perdido tu empleo, quizá por odio de mi padre. Lo que tú pierdes, lo pierdo yo tambien. OTELO. ¡Ojalá que el cielo agotara sobre mi fortaleza todas las calamidades! ¡Ojalá que vertiese sobre mi frente dolores y vergüenzas sin número, y me sepultara en el abismo de toda miseria, ó me encerrara en cautiverio fierísimo y sin esperanza! Todavía encontraria yo en algun rincon de mi alma una gota de paciencia. ¡Pero convertirme en espantajo vil, para que el vulgo se mofe de mí y me señale con el dedo! ¡Y aún esto podria yo sufrirlo! Pero encontrar cegada y seca para siempre la que juzgué fuente inagotable de vida y de afectos, ó verla convertida en sucio pantano, morada de viles renacuajos, en nido de infectos amores, ¿quién lo resistirá? ¡Angel de labios rojos! ¿por qué me muestras ceñudo como el infierno tu rostro? DESDÉMONA. Creo que me tiene por fiel y honrada mi esposo. OTELO. Fiel como las moscas que en verano revolotean por una carnicería. ¡Ojalá nunca hubieras brotado, planta hermosísima, y envenenadora del sentido! DESDÉMONA. ¿Pero qué delito es el mio? OTELO. ¿Por qué en tan bello libro, en tan blancas hojas, sólo se puede leer esta palabra: «ramera»? ¿Qué delito es el tuyo, me preguntas? Infame cortesana, si yo me atreviera á contar tus lascivas hazañas, el rubor subiria á mis mejillas, y volaria en cenizas mi modestia. ¿Qué delito es el tuyo? El mismo sol, la misma luna se escandalizan de él, y hasta el viento que besa cuanto toca, se esconde en los más profundos senos de la tierra, por no oirlo. ¿Cuál es tu delito? ¡Infame meretriz! DESDÉMONA. ¿Por qué me ofende así? OTELO. Pues qué, ¿no eres mujer ramera? DESDÉMONA. No: te lo juro como soy cristiana. Yo me he conservado tan pura é intacta como el vaso que sólo tocan los labios del dueño. OTELO. ¿No eres infiel? DESDÉMONA. No: así Dios me salve. OTELO. ¿De veras lo dices? DESDÉMONA. ¡Piedad, Dios mio! OTELO. Perdonadme, señora: os confundí con aquella astuta veneciana que fué esposa de Otelo. (-Levantando la voz.-) Tú que enfrente de san Pedro guardas la puerta del infierno... (-Sale Emilia.-) Contigo hablaba. Ya está arreglado todo. Recoge tu dinero: cierra la puerta, y nada digas. (-Se va Otelo.-) EMILIA. ¿Qué sospecha atormenta á vuestro marido? ¿Qué os sucede, señora? DESDÉMONA. Me parece que estoy soñando. EMILIA. Señora, ¿qué le sucede á mi señor? decídmelo. DESDÉMONA. ¿Y quién es tu señor? EMILIA. El vuestro, el moro. DESDÉMONA. Ya no lo es, Emilia, no hablemos más. No puedo llorar, ni hablar sin llorar. Esta noche ataviarás mi lecho con las galas nupciales. Dí á Yago que venga. EMILIA. ¡Qué alteracion es esta! (-Se va.-) DESDÉMONA. ¿Será justo lo que hace conmigo? ¿Habré andado alguna vez poco recatada, dando ocasion á sus sospechas? (-Salen Emilia y Yago.-) YAGO. ¿Me llamabais? ¿Estais sola, señora? DESDÉMONA. No lo sé. El que reprende á un niño debe hacerlo con halago y apacible manera, y yo soy como un niño. YAGO. ¿Pues qué ha sido, señora mia? EMILIA. ¡Ay, Yago! El moro la ha insultado, llamándola ramera y otros vocablos groseros y viles, intolerables para todo pecho bien nacido. DESDÉMONA. ¿Y yo merecia eso? YAGO. ¿Qué, señora mia? DESDÉMONA. Lo que él me ha dicho. YAGO. ¡Llamarla ramera! No dijera tal un pícaro en la taberna, hablando de su querida. EMILIA. ¿Y todo por qué? DESDÉMONA. Lo ignoro. Pero yo no soy lo que él ha dicho. YAGO. Serenaos, por Dios. No lloreis. ¡Dia infeliz! EMILIA. ¡Para eso ha dejado su patria y á su padre y á tantos ventajosos casamientos! ¡Para que la llamen «ramera»! Ira me da el pensarlo. DESDÉMONA. Esa es mi desdicha. YAGO. ¡Ira de Dios caiga sobre él! ¿Quién le habrá infundido tan necios recelos? DESDÉMONA. Dios lo sabe, Yago. EMILIA. Maldita sea yo, si no es algun malsin calumniador, algun vil lisonjero quien ha tramado esta maraña, para conseguir de él algun empleo. Ahorcada me vea yo, si no acierto. YAGO. No hay hombre tan malvado. Dices un absurdo. Cállate. DESDÉMONA. Y si le hay, Dios le perdone. EMILIA. ¡Perdónele la cuchilla del verdugo! ¡Roa Satanás sus huesos! ¡Llamarla ramera! ¿Con qué gentes ha tratado? ¿Qué sospecha, áun la más leve, ha dado? ¿Quién será el traidor bellaco que ha engañado al moro? ¡Dios mio! ¿por qué no arrancas la máscara á tanto infame? ¿Por qué no pones un látigo en la mano de cada hombre honrado, para que á pencazos batanee las desnudas espaldas de esa gavilla sin ley, y los persiga hasta los confines del orbe? YAGO. No grites tanto. EMILIA. ¡Infames! De esa laya seria el que una vez te dió celos, fingiendo que yo tenia amores con el moro. YAGO. ¿Estás en tu juicio? Cállate. DESDÉMONA. Yago, amigo Yago, ¿qué haré para templar la indignacion de Otelo? Dímelo tú. Te juro por el sol que nos alumbra que nunca ofendí á mi marido, ni áun de pensamiento. De rodillas te lo digo: huya de mi todo consuelo y alegría, si alguna vez le he faltado en idea, palabra ú obra; si mis sentidos han encontrado placer en algo que no fuera Otelo: si no le he querido siempre como ahora le quiero, como le seguiré queriendo, aunque con ingratitud me arroje lejos de sí. Ni la pérdida de su amor aunque baste á quitarme la vida, bastará á despojarme del afecto que le tengo. Hasta la palabra «adúltera» me causa horror, y ni por todos los tesoros y grandezas del mundo cometeria yo tal pecado. YAGO. Calma, señora; el moro es de carácter violento, y ademas está agriado por los negocios políticos, y descarga en vos el peso de sus iras. DESDÉMONA. ¡Ojalá que así fuera! Pero mi temor es... YAGO. Pues la causa no es otra que la que os he dicho. Podeis creerlo. (-Tocan las trompetas.-) ¿Ois? Ha llegado la hora del festin. Ya estarán aguardando los enviados de Venecia. No os presenteis llorando, que todo se remediará. (-Vanse Emilia y Desdémona.-) (-Sale Rodrigo.-) ¿Qué pasa, Rodrigo? RODRIGO. Pienso que no procedes de buena fe conmigo. YAGO. ¿Y por qué? RODRIGO. No hay dia que no me engañes, y más parece que dificultas el éxito de mis planes, que no que le allanas; y á fe mia, que ya no tengo paciencia ni sufriré más, porque fuera ser necio. YAGO. ¿Me oyes, Rodrigo? RODRIGO. Demasiado te he oido, porque tienes tan buenas palabras como malas obras. YAGO. Ese cargo es muy injusto. RODRIGO. Razon me sobra. He gastado cuanto tenia. Con las joyas que he regalado á Desdémona, bastaba para haber conquistado á una sacerdotisa de Vesta. Tú me has dicho que las ha recibido de buen talante: tú me has dado todo género de esperanzas, prometiéndome su amor muy en breve. Todo inútil. YAGO. Bien está, muy bien; prosigue. RODRIGO. ¡Qué está muy bien, dices! Pues no quiero proseguir. Nada está bien, sino todo malditamente, y empiezo á conocer que he sido un insensato y un majadero. YAGO. Está bien. RODRIGO. Repito que está muy mal. Voy á ver por mí mismo á Desdémona, y con tal que me vuelva mis joyas, renunciaré á todo amor y á toda loca esperanza. Y si no me las vuelve, me vengaré en tí. YAGO. ¿Y eso es todo lo que se te ocurre? RODRIGO. Sí, y todas mis palabras las haré buenas con mis obras. YAGO. Veo que eres valiente, y desde ahora te estimo más que antes. Dame la mano, Rodrigo. Aunque no me agradan tus sospechas, algun fundamento tienen, pero yo soy inocente del todo. RODRIGO. Pues no lo pareces. YAGO. Así es en efecto, y lo que has pensado no deja de tener agudeza y discrecion. Pero si tienes, como has dicho ahora, y ya lo voy creyendo, corazon y brios y mano fuerte, esta noche puedes probarlo, y si mañana no logras la posesion de Desdémona, consentiré que me mates, aunque sea á traicion. RODRIGO. ¿Lo que me propones es fácil, ó á lo menos posible? YAGO. Esta noche se han recibido órdenes del Senado, para que Otelo deje el gobierno, sustituyéndole Casio. RODRIGO. Entonces Otelo y Desdémona se irán juntos á Venecia. YAGO. No: él se irá á Levante, llevando consigo á su mujer, si algun acontecimiento imprevisto no lo impide, es decir si Casio no desaparece de la escena. RODRIGO. ¿Qué quieres decir con eso? YAGO. Que convendria quitarle de en medio. RODRIGO. ¿Y he de ser yo quien le mate? YAGO. Tú debes de ser, si quieres conseguir tu objeto, y satisfacer tu venganza. Casio cena esta noche con su querida y conmigo. Todavía no sabe nada de su nombramiento. Espérale á la puerta: yo haré que salga á eso de las doce de la noche, y te ayudaré á matarle. Sígueme: no te quedes embobado. Yo te probaré clarísimamente la necesidad de matarle. Ya es hora de cenar. No te descuides. RODRIGO. Dame alguna razon más que me convenza. YAGO. Ya te la daré. (-Vanse.-) ESCENA III. =Sala del castillo.= OTELO, LUDOVICO, DESDÉMONA, EMILIA. LUDOVICO. Señor: no os molesteis en acompañarme. OTELO. No: me place andar en vuestra compañía. LUDOVICO. Adios, señora. Os doy muy cumplidas gracias. OTELO. Y yo me felicito de vuestra venida. LUDOVICO. ¿Vamos, caballero? ¡Oh! aquí está Desdémona. DESDÉMONA. ¡Esposo mio! OTELO. Retírate pronto á acostar. No tardaré en volver. Despide á la criada, y obedéceme. DESDÉMONA. Así lo haré, esposo mio. (-Vanse todos menos Emilia y Desdémona.-) EMILIA. ¿Qué tal? ¿Se ha amansado en algo el mal humor de tu marido? DESDÉMONA. Me prometió volver pronto, y me mandó que me acostase, despidiéndose en seguida. EMILIA. ¿Y por qué dejarte sola? DESDÉMONA. Él lo mandó y sólo me toca obedecer, y no resistirme en nada. Dame la ropa de noche, y aléjate. EMILIA. ¡Ojalá no le hubieras conocido nunca! DESDÉMONA. Nunca diré yo eso. Le amo con tal extremo que hasta sus celos y sus furores me encantan. Desátame las cintas. EMILIA. Ya está; ¿adorno vuestro lecho con las ropas nupciales como me dijisteis? DESDÉMONA. Lo mismo da. ¡Qué fáciles somos en cambiar de pensamientos! Si muero antes que tú, amortájame con esas ropas. EMILIA. ¡Pensar ahora en morirte! ¡Qué absurdo! DESDÉMONA. Bárbara se llamaba una doncella de mi madre. Su amante la abandonó, y ella solia entonar una vieja cancion del sauce, que expresaba muy bien su desconsuelo. Todavía la cantaba al tiempo de morir. Esta noche me persigue tenazmente el recuerdo de aquella cancion, y al repetirla siento la misma tristeza que Bárbara sentia. No te detengas... ¡Es agradable Ludovico! EMILIA. Mozo gallardo. DESDÉMONA. Y muy discreto en sus palabras. EMILIA. Dama veneciana hay, que iria de buen grado en romería á Tierra Santa sólo por conquistar un beso de Ludovico. DESDÉMONA (-canta-). «Llora la niña al pié del sicomoro. Cantad el sauce: cantad su verdor. Con la cabeza en la rodilla y la mano en el pecho, llora la infeliz. Cantad el fúnebre y lloroso sauce. La fuente corria repitiendo sus quejas. Cantad el sauce y su verdor. Hasta las piedras se movian á compasion de oirla.» Recoge esto. «Cantad el sauce, cantad su verdor.» Véte, que él volverá muy pronto. (-Canta.-) «Tejed una guirnalda de verde sauce. No os quejeis de él, pues su desden fué justo.» No, no es así el cantar. Alguien llama. EMILIA. Es el viento. DESDÉMONA. (-Canta.-) «Yo me quejé de su inconstancia, y él ¿qué me respondió? Cantad el sauce, cantad su verdor. Si yo me miro en la luz de otros ojos, busca tú otro amante.» Buenas noches. Los ojos me pican. ¿Será anuncio de lágrimas? EMILIA. No es anuncio de nada. DESDÉMONA. Siempre lo he oido decir. ¡Qué hombres! ¿Crees, Emilia, que existen mujeres que engañen á sus maridos de tan ruin manera? EMILIA. Ya lo creo que existen. DESDÉMONA. ¿Lo harias tú, Emilia, aunque te diesen todos los tesoros del mundo? EMILIA. ¿Y tú qué harias? DESDÉMONA. Nunca lo haria, te lo juro por esa luz. EMILIA. Yo no lo haria por esa luz, pero quizá lo haria á oscuras. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000