[Ilustración] OTELO. ¡Por Dios vivo! Yo creo y no creo que mi mujer es casta, y creo y no creo que tú eres hombre de bien. Pruebas, pruebas. Su nombre, que resplandecia antes más que el rostro de la luna, está ahora tan oscuro y negro como el mio. No he de sufrirlo, mientras haya en el mundo cuerdas, aceros, venenos, hogueras y rios desbordados. ¡Pruebas, pruebas! YAGO. Señor, veo que sois juguete de la pasion, y ya me va pesando de mi franqueza. ¿Quereis pruebas? OTELO. No las quiero: las tendré. YAGO. Y podeis tenerlas. ¡Pero qué género de pruebas! ¿Quereis verlos juntos? ¡Qué grosería! OTELO. ¡Condenacion! ¡Muerte! YAGO. Y tengo para mí que habia de ser difícil sorprenderlos en tal ocasion. Buen cuidado tendrán ellos de ocultar sus adúlteras caricias de la vista de todos. ¿Qué prueba bastará convenceros? ¿Ni cómo habeis de verlos? Aunque estuviesen más ardorosos que jimios ó cabras ó que lobos en el celo, ó más torpes y necios que la misma estupidez. De todas suertes, aunque yo no pueda daros pruebas evidentes, tengo indicios tales, que pueden llevaros á la averiguacion de la verdad. OTELO. Dame alguna prueba clara y evidente de su infidelidad. YAGO. A fe mia que no me gusta el oficio de delator, pero á tal extremo han llegado las cosas que ya no puedo evitarlo. Ya sabes que mi aposento está cerca del de Casio, y que aquejado por el dolor de muelas, no puedo dormir. Hay hombres tan ligeros que entre sueños descubren su secreto. Así Casio, que entre sueños decia: «Procedamos con cautela, amada Desdémona.» Y luego me cogió la mano, y me la estrechó con fuerza, diciéndome: «Amor mio», y me besó como si quisiera desarraigar los besos de mis labios, y dijo en altas voces: «¡Maldita fortuna la que te hizo esposa del moro!» OTELO. ¡Qué horror! YAGO. Pero todo eso fué un sueño. OTELO. Prueba palpable, aunque fuera sueño, puesto que descubre que su amor ha llegado á la posesion definitiva. YAGO. Esta prueba sirve para confirmar otras, aunque ninguna de ellas convence. OTELO. Quiero destrozarla. YAGO. Ten prudencia. Con certidumbre no sé nada. ¿Quién sabe si será fiel todavía? ¿No has visto alguna vez un pañuelo bordado en manos de Desdémona? OTELO. Sí, por cierto; fué el primer regalo que la hice. YAGO. No lo sabia yo, pero ví en poder de Casio un pañuelo, del todo semejante. Sí: estoy seguro de que era el de vuestra mujer. OTELO. ¡Si fuera el mismo!... YAGO. Aquel ú otro: basta que fuera de ella para ser un indicio desfavorable. OTELO. Ojalá tuviera él cien mil vidas, que una sola no me basta para saciar mi venganza. Mira, Yago: con mi aliento arrojo para siempre mi amor. ¡Sal de tu caverna, hórrida venganza! Amor, ¡ríndete al mónstruo del odio! ¡Pecho mio, llénate de víboras! YAGO. Cálmate, señor. OTELO. ¡Sangre, Yago, sangre! YAGO. Sangre no: paciencia. ¿Quién sabe si mudareis de pensamiento? OTELO. Nunca, Yago. Así como el gélido mar corre siempre con rumbo á la Propóntide y al Helesponto, sin volver nunca atras su corriente, así mis pensamientos de venganza no se detienen nunca en su sanguinaria carrera, ni los templará el amor, mientras no los devore la venganza. Lo juro solemnemente por el cielo que nos cubre. (-Se arrodilla.-) YAGO. No os levanteis. (-Se arrodilla tambien.-) Sed testigos, vosotros, luceros de la noche, y vosotros, elementos que girais en torno del mundo, de que Yago va á dedicar su corazon, su ingenio y su mano á la venganza de Otelo. Lo que él mande, yo lo obedeceré, aunque me parezca feroz y sanguinario. OTELO. Gracias, y acepto gustoso tus ofertas, y voy á ponerte á prueba en seguida. Ojalá dentro de tres dias puedas decirme: «ya no existe Casio.» YAGO. Dad por muerto á mi amigo, aunque ella viva. OTELO. No, no: ¡vaya al infierno esa mujer carnal y lujuriosa! Voy á buscar astutamente medios de dar muerte á tan hermoso demonio. Yago, desde hoy serás mi teniente. YAGO. Esclavo vuestro siempre. ESCENA IV. =Explanada delante del castillo.= Salen DESDÉMONA, EMILIA y un BUFON. DESDÉMONA. Dime: ¿dónde está Casio? BUFON. No en parte alguna que yo sepa. DESDÉMONA. ¿Por qué dices eso? ¿No sabes á lo menos cuál es su alojamiento? BUFON. Si os lo dijera, seria una mentira. DESDÉMONA. ¿No me dirás algo con seriedad? BUFON. No sé cuál es su posada, y si yo la inventara ahora, seria hospedarme yo mismo en el pecado mortal. DESDÉMONA. ¿Podrás averiguarlo y adquirir noticias de él? BUFON. Preguntaré como un catequista, y os traeré las noticias que me dieren. DESDÉMONA. Véte á buscarle; dile que venga, porque ya he persuadido á mi esposo en favor suyo, y tengo por arreglado su negocio. (-Vase.-) DESDÉMONA. Emilia, ¿dónde habré perdido aquel pañuelo? EMILIA. No lo sé, señora mia. DESDÉMONA. Créeme. Preferiria yo haber perdido un bolsillo lleno de ducados. A fe que si el moro no fuera de alma tan generosa y noble incapaz de dar en la ceguera de los celos, bastaria esto para despertar sus sospechas. EMILIA. ¿No es celoso? DESDÉMONA. El sol de su nativa África limpió su corazon de todas esas malas pasiones. EMILIA. Por allí viene. DESDÉMONA. No me separaré de él hasta que llegue Casio. (-Sale Otelo.-) ¿Cómo estás, Otelo? OTELO. Muy bien, esposa mia. (-Aparte.-) ¡Cuán difícil me parece el disimulo! ¿Cómo te va, Desdémona? DESDÉMONA. Bien, amado esposo. OTELO. Dame tu mano, amor mio. ¡Qué húmeda está! DESDÉMONA. No la quitan frescura ni la edad ni los pesares. OTELO. Es indicio de un alma apasionada. Es húmeda y ardiente. Requiere oracion, largo ayuno, mucha penitencia y recogimiento, para que el diablillo de la carne no se subleve. Mano tierna, franca y generosa. DESDÉMONA. Y tú puedes decirlo, pues con esa mano te dí toda el alma. OTELO. ¡Qué mano tan dadivosa! En otros tiempos el alma hacia el regalo de la mano. Hoy es costumbre dar manos sin alma. DESDÉMONA. Nada sé de eso. ¿Te has olvidado de tu palabra? OTELO. ¿Qué palabra? DESDÉMONA. He mandado á llamar á Casio para que hable contigo. OTELO. Tengo un fuerte resfriado. Dame tu pañuelo. DESDÉMONA. Tómale, esposo mio. OTELO. El que yo te dí. DESDÉMONA. No le tengo aquí. OTELO. ¿No? DESDÉMONA. No, por cierto. OTELO. Falta grave es esa, porque aquel pañuelo se lo dió á mi madre una sábia hechicera, muy hábil en leer las voluntades de las gentes, y díjole que mientras le conservase, siempre seria suyo el amor de mi padre, pero si perdia el pañuelo, su marido la aborreceria y buscaria otros amores. Al tiempo de su muerte me lo entregó, para que yo se le regalase á mi esposa el dia que llegara á casarme. Hícelo así, y repito que debes guardarle bien y con tanto cariño cómo á las niñas de tus ojos, porque igual desdicha seria para tí perderlo que regalarlo. DESDÉMONA. ¿Será verdad lo que cuentas? OTELO. Indudable. Hay en esos hilos oculta y maravillosa virtud, como que los tejió una sibila agitada de divina inspiracion. Los gusanos que hilaron la seda eran asimismo divinos. Licor de momia y corazon de vírgen sirvieron para el hechizo. DESDÉMONA. ¿Dices verdad? OTELO. No lo dudes. Y haz por no perderle. DESDÉMONA. ¡Ojalá que nunca hubiera llegado á mis manos! OTELO. ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido? DESDÉMONA. ¿Por qué hablas con tal aceleramiento? OTELO. ¿Le has perdido? ¿Dónde? Contéstame. DESDÉMONA. ¡Favor del cielo! OTELO. ¿Qué estás diciendo? DESDÉMONA. No le perdí. Y si por casualidad le hubiera perdido... OTELO. ¿Perderle? DESDÉMONA. Te juro que no le perdí. OTELO. Pues damele, para que yo le vea. DESDÉMONA. Ahora mismo podria dártele, pero no quiero hacerlo, porque tú no accedes á mis ruegos, ni vuelves su empleo á Casio. OTELO. Muéstrame el pañuelo. Mis sospechas crecen. DESDÉMONA. Hazme ese favor, Otelo. Nunca hallarás hombre más hábil é inteligente. OTELO. ¡El pañuelo! DESDÉMONA. Hablemos de Casio. OTELO. ¡El pañuelo! DESDÉMONA. Casio que en todo tiempo fué amigo y protegido tuyo, que á tu lado corrió tantas aventuras... OTELO. ¡El pañuelo! DESDÉMONA. Grande es tu impaciencia. OTELO. ¡Aparta! (-Se va.-) EMILIA. ¿Estará celoso? DESDÉMONA. Es la primera vez que le veo así. Sin duda aquel pañuelo está encantado. ¡Cuánto siento haberlo perdido! EMILIA. No bastan un año ni dos, para conocer el carácter de un hombre. Son abismos que á nosotras nos devoran, y cuando se hartan, nos arrojan de sí. Aquí vienen mi marido y Casio. (-Salen Casio y Yago.-) YAGO. Ya no queda otro recurso. Ella es quien ha de hacerlo. Allí está. ¡Oh fortuna! Id á rogárselo. DESDÉMONA. ¿Qué noticias traes, Casio? CASIO. Nada, sino mi antigua pretension, señora. Deseo, merced á vuestra generosa intercesion, volver á la luz, á la vida, á la amistad del hombre á quien tanto respeto y agradecimiento debo. Sólo os suplico que intercedais con mucha eficacia, y si mi culpa es tan grande que ni mis servicios pasados, ni mi infortunio presente, ni mis méritos futuros bastan á que sea perdonada, sépalo yo de cierto, y alegrándome, con forzada alegría, de saberlo, pediré limosna á la fortuna por otro camino. DESDÉMONA. ¡Ay, buen señor Casio! Mis ruegos no suenan ya bien en los oidos de mi señor. Mi esposo no es el de antes. Si su rostro hubiera cambiado tanto como su índole, de fijo que yo no le conoceria. Todos los santos me sean testigos de que le he suplicado en favor tuyo con cuanto empeño he podido, hasta incurrir en su indignacion por mi atrevimiento y tenacidad. Es preciso dar tiempo al tiempo. Yo haré lo que pueda, y más que si se tratase de negocio mio. YAGO. ¿Se enojó contra tí el general? EMILIA. Ahora acaba de irse de aquí, con ceño muy torvo. YAGO. ¿Será verdad? Grave será el motivo de su enojo, porque nunca le he visto inmutarse, ni siquiera cuando á su lado una bala de cañon mató á su hermano. Voy á buscar á Otelo. (-Vase.-) DESDÉMONA. Será sin duda algun negocio político, del gobierno de Venecia, ó alguna conspiracion de Chipre lo que ha turbado la calma de mi marido. Cuando los hombres por cualquier motivo grave se enojan, riñen hasta sobre las cosas más insignificantes. De la misma suerte, con un dedo que nos duela, todos los demas miembros se resienten. Los hombres no son dioses, ni tenemos derecho para pedirles siempre ternura. Bien haces, Emilia, en reprenderme mi falta de habilidad. Cuando ya bien á las claras mostraba su ánimo el enojo, yo misma soborné á los testigos, levantándole falso testimonio. EMILIA. Quiera Dios que sean negocios de Estado, como sospechais, y no vanos recelos y sospechas infundadas. DESDÉMONA. ¡Celos de mí! ¿Y por qué causa, si nunca le he dado motivo? EMILIA. No basta eso para convencer á un celoso. Los celos nunca son razonados. Son celos porque lo son: mónstruo que se devora á sí mismo. DESDÉMONA. Quiera Dios que nunca tal mónstruo se apodere del alma de Otelo. EMILIA. Así sea, señora mia. DESDÉMONA. Yo le buscaré. No te alejes mucho, amigo Casio. Y si él se presenta propicio, redoblaré mis instancias, hasta conseguir lo que deseas. CASIO. Humildemente os lo agradezco, reina. (-Vanse Emilia y Desdémona.-) (-Sale Blanca.-) BLANCA. Buenos dias, amigo Casio. CASIO. ¿Cómo has venido, hermosa Blanca? Bien venida, seas siempre. Ahora mismo pensaba ir á tu casa. [Ilustración: -Casio y Blanca.-] BLANCA. Y yo á tu posada, Casio amigo. ¡Una semana sin verme! ¡Siete dias y siete noches! ¡Veinte veces ocho horas, más otras ocho! ¡Y horas más largas que las del reloj, para el alma enamorada! ¡Triste cuenta! CASIO. No te enojes, Blanca mia. La pena me ahogaba. En tiempo más propicio pagaré mi deuda. Hermosa Blanca, cópiame la labor de este pañuelo. (-Se le da.-) BLANCA. Casio, ¿de dónde te ha venido este pañuelo? Sin duda de alguna nueva querida. Si antes lloré tu ausencia, ahora debo llorar más el motivo. CASIO. Calla, niña. Maldito sea el demonio que tales dudas te inspiró. Ya tienes celos y crees que es de alguna dama. Pues no es cierto, Blanca mia. BLANCA. ¿De quién es? CASIO. Lo ignoro. En mi cuarto lo encontré, y porque me gustó la labor, quiero que me la copies, antes que vengan á reclamármelo. Hazlo, bien mio, te lo suplico. Ahora véte. BLANCA. ¿Y por qué he de irme? CASIO. Porque va á venir el general, y no me parece bien que me encuentre con mujeres. BLANCA. ¿Y por qué? CASIO. No porque yo no te adore. BLANCA. Porque no me amas. Acompáñame un poco. ¿Vendrás temprano esta noche? CASIO. Poco tiempo podré acompañarte, porque estoy de espera. Pero no tardaremos en vernos. BLANCA. Bien está. Es fuerza acomodarse al viento. [Ilustración] [Ilustración] ACTO IV. ESCENA PRIMERA. =Plaza delante del castillo.= Salen OTELO y YAGO. YAGO. ¿Qué pensais? OTELO. ¿Qué he de pensar, Yago? YAGO. ¿Qué os parece de ese beso? OTELO. Beso ilícito. YAGO. Puede ser sin malicia. OTELO. ¿Sin malicia? Eso es hipocresía y querer engañar al demonio. Arrojarse á tales cosas sin malicia es querer tentar la omnipotencia divina. YAGO. Con todo es pecado venial. Y si yo hubiera dado á mi mujer un pañuelo... OTELO. ¿Qué? YAGO. Señor: en dándosele yo, suyo es, y puede regalársele á quien quiera. OTELO. Tambien es suyo mi honor, y sin embargo no puede darle. YAGO. El honor, general mio, es cosa invisible, y á veces le gasta más quien nunca le tuvo. Pero el pañuelo... OTELO. ¡Por Dios vivo! Ya le hubiera yo olvidado. Una cosa que me dijiste anda revoloteando sobre mí como el grajo sobre techo infestado de pestilencia. Me dijiste que Casio habia recibido ese pañuelo. YAGO. ¿Y qué importa? OTELO. Pues no me parece nada bien. YAGO. ¿Y si yo os dijera que presencié vuestro agravio, ó á lo menos que le he oido contar, porque hay gentes que apenas han logrado, á fuerza de importunidades, los favores de una dama, no paran hasta contarlo? OTELO. ¿Y él ha dicho algo? YAGO. Sí, general mio. Pero tranquilizaos, porque todo lo desmentirá. OTELO. ¿Y qué es lo que dijo? YAGO. Que estuvo con ella... No sé qué más dijo. OTELO. ¿Con ella? YAGO. Sí, con ella. OTELO. ¡Con ella! ¡Eso es vergonzoso, Yago! ¡El pañuelo... confesion... el pañuelo! ¡Confesion y horca! No: ahorcarle primero y confesarle despues... Horror me da el pensarlo. Horribles presagios turban mi mente. Y no son vanas sombras, no... Oidos, labios... ¿Será verdad?... Confesion, pañuelo... (-Cae desmayado.-) YAGO. ¡Sigue, sigue, eficaz veneno mio! El mismo se va enredando incauta y desatentadamente. Así vienen á perder su fama las más castas matronas, sin culpa suya. ¡Levantaos, señor, levantaos! ¿Me ois, Otelo? ¿Qué sucede, Casio? (-A Casio que entra.-) CASIO. ¿Qué ha pasado? YAGO. El general tiene un delirio convulsivo, lo mismo que ayer. CASIO. Frótale las sienes. YAGO. No: es mejor dejar que la naturaleza obre y el delirio pase, porque si no, empezará á echar espumarajos por la boca, y caerá en un arrebato de locura. Ya empieza á moverse. Retírate un poco. Pronto volverá de su accidente. Despues que se vaya, te diré una cosa muy importante. (-Se va Casio.-) General, ¿os duele aún la cabeza? OTELO. ¿Te estás burlando de mí? YAGO. ¿Burlarme yo? No lo quiera Dios. Pero quiero que resistais con viril fortaleza vuestro infeliz destino. OTELO. Marido deshonrado, más que hombre, es una bestia, un mónstruo. YAGO. Pues muchas bestias y muchos mónstruos debe de haber en el mundo. OTELO. ¿Él lo dijo? YAGO. Tened valor, general, pensando que casi todos los que van sujetos al yugo, pueden tirar del mismo carro que vos. Infinitos maridos hay que, sin sospecha, descansan en tálamos profanados por el adulterio, aunque ellos se imaginan tener la posesion exclusiva. Mejor ha sido vuestra fortuna. Es gran regocijo para el demonio, el ver á un honrado varon tener por casta á la consorte infiel. En cambio, al que todo lo sabe, fácil le es tomar venganza de su injuria. OTELO. Bien pensado, á fe mia. YAGO. Acéchalos un rato y ten paciencia. Cuando más rendido estabais al peso de la tristeza, llegó á este aposento Casio. Yo le despedí, dando una explicacion plausible de vuestro desmayo. Prometió venir luego á hablarme. Ocultaos, y reparad bien sus gestos, y la desdeñosa expresion de su semblante. Yo le haré contar otra vez el lugar, ocasion y modo con que triunfó de vuestra esposa. Reparad su semblante, y tened paciencia, porque si no, diré que vuestra ira es loca é impropia de hombre racional. OTELO. ¿Lo entiendes bien, Yago? Ahora, por muy breve tiempo, voy á hacer el papel de sufrido, luego el de verdugo. YAGO. Dices bien, pero no conviene que te precipites. Ahora escóndete. (-Se aleja Otelo.-) Para averiguar dónde está Casio, lo mejor es preguntárselo á Blanca, una infeliz á quien Casio mantiene, en cambio de su venal amor. Tal es el castigo de las rameras: engañar á muchos, para ser al fin engañadas por uno solo. Siempre que le hablan de ella, se rie estrepitosamente. Pero aquí viene el mismo Casio. (-Sale Casio.-) Su risa provocará la ira de Otelo. Toda la alegría y regocijo del pobre Casio la interpretará con la triste luz de sus celos. ¿Qué tal, teniente mio? CASIO. Mal estoy, cuando te oigo saludarme con el nombre de ese cargo, cuya pérdida tanto me afana. YAGO. Insistid en vuestros ruegos, y Desdémona lo conseguirá. (-En voz baja.-) Si de Blanca dependiera el conseguirlo, ya lo tendriais. CASIO. ¡Pobre Blanca! OTELO. (-Aparte.-) ¡Qué risa la suya! YAGO. Está locamente enamorada de tí. CASIO. ¡Ah, sí! ¡pobrecita! Pienso que me ama de todas veras. OTELO. (-Aparte.-) Hace como quien lo niega, y al mismo tiempo se rie. YAGO. Óyeme, Casio. OTELO. (-Aparte.-) Ahora le está importunando para que repita la narracion. ¡Bien! ¡cosa muy oportuna! YAGO. ¿Pues no dice que os casareis con ella? ¿Pensais en eso? CASIO. ¡Oh qué linda necedad! OTELO. (-Aparte.-) ¿Triunfas, triunfas? CASIO. ¡Yo casarme con ella! ¿Yo con una perdida? No me creas capaz de semejante locura. ¡Ah, ah! OTELO. (-Aparte.-) ¡Cómo se rie este truhan afortunado! YAGO. Pues la gente dice que os vais á casar con ella. CASIO. Dime la verdad entera. YAGO. Que me emplumen, si no la digo. OTELO. ¿Con que me han engañado? Está bien. CASIO. Ella misma es la que divulga esa necedad, pero yo no le he dado palabra alguna. OTELO. Yago me está haciendo señas. Ahora va á empezar la historia. CASIO. Ahora poco la he visto: en todas partes me sigue. Dias pasados estaba yo en la playa hablando con unos venecianos, cuando ella me sorprende y se arroja á mi cuello... OTELO. (-Aparte.-) Y te diria: «hermoso Casio» ó alguna cosa por el estilo. CASIO. Y me abrazaba llorando, y se empeñaba en llevarme consigo. OTELO. Y ahora contará cómo le llevó á mi lecho. ¿Por qué, por qué estaré yo viendo las narices de ese infame, y no el perro á quien he de arrojárselas? CASIO. Tengo que dejarla. YAGO. Mírala: allí viene. CASIO. ¡Y qué cargada de perfumes! (-Sale Blanca.-) ¿Por qué me persigues sin cesar? BLANCA. ¡El diablo es quien te persigue! ¿Para qué me has dado, hace poco, ese pañuelo? ¡Qué necia fuí en tomarle! ¿Querias que yo te copiase la labor? ¡Qué inocencia! Encontrarle en su cuarto, y no saber quién le dejó. Será regalo de alguna querida, ¿y tenias empeño en que yo copiase la labor? Aquí te lo devuelvo: dásele: que no quiero copiar ningun dibujo de ella. CASIO. Pero, Blanca, ¿qué te pasa? Calla, calla. OTELO. ¡Poder del cielo! ¿No es ese mi pañuelo? BLANCA. Vente conmigo, si quieres cenar esta noche. Si no, ven cuando quieras. (-Vase.-) YAGO. Síguela. CASIO. Tengo que seguirla. Si, no, alborotará á las gentes. YAGO. ¿Y cenarás con ella? CASIO. Pienso que sí. YAGO. Allí os buscaré, porque tengo que hablaros. CASIO. ¿Vendreis á cenar con nosotros? YAGO. Iré. OTELO. (-A Yago.-) ¿Qué muerte elegiré para él, Yago? YAGO. Ya visteis con qué algazara celebraba su delito. OTELO. ¡Ay, Yago! 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000