OTELO
William Shakespeare
TRADUCCION
DE
D. M. MENENDEZ PELAYO.
Ilustracion de -Eugenio Klimsch- y -Fernando Piloty-.
Grabados de -H. Käseberg- y -G. Treibmann-.
PERSONAJES.
DUX DE VENECIA.
El senador BRABANCIO.
GRACIANO, su hermano.
LUIS, su pariente.
Varios Senadores.
OTELO, moro al servicio de la República.
CASIO, teniente suyo.
YAGO, su alférez.
RODRIGO, caballero veneciano.
MONTANO, gobernador de Chipre antes que Otelo.
Un criado de Otelo.
DESDÉMONA, hija de Brabancio y mujer de Otelo.
EMILIA, mujer de Yago.
BLANCA, querida de Casio.
UN MARINERO, UN NUNCIO, UN PREGONERO, ALGUACILES,
MÚSICOS, CRIADOS, etc.
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
=Una calle en Venecia.=
RODRIGO y YAGO.
RODRIGO.
No vuelvas á tocar esa cuestion, Yago: mucho me pesa que estés tan
enterado de eso tú á quien confié mi bolsa, como si fuera tuya.
YAGO.
¿Por qué no me ois? Si alguna vez me ha pasado tal pensamiento por la
cabeza, castigadme como os plazca.
RODRIGO.
¿No me dijiste que le aborrecias?
YAGO.
Y podeis creerlo. Más de tres personajes de esta ciudad le pidieron con
la gorra en la mano que me hiciese teniente suyo. Yo sé si valgo como
soldado y si sabria cumplir con mi obligacion. Pero él, orgulloso y
testarudo se envuelve en mil retóricas hinchadas y bélicas metáforas,
y acaba por decirles que no, fundado en que ya tiene su hombre. ¿Y
quién es él? Un tal Miguel Casio, florentino, gran matemático, lindo y
condenado como una mujer hermosa. Nunca ha visto un campo de batalla,
y entiende tanto de guerra como una vieja. No sabe más que la teoría,
lo mismo que cualquier togado. Habilidad y práctica ninguna. Á ese ha
preferido, y yo que delante de Otelo derramé tantas veces mi sangre en
Chipre, en Rodas y en otras mil tierras de cristianos y de gentiles, le
he parecido inferior á ese necio sacacuentas. Él será el teniente del
moro, y yo su alférez.
RODRIGO.
¡Ira de Dios! Yo mejor seria su verdugo.
YAGO.
Cosa inevitable. En la milicia se asciende por favor y no por
antigüedad. Decidme ahora si hago bien ó mal en aborrecer al moro.
RODRIGO.
Pues entonces, ¿por qué no dejas su servicio?
YAGO.
Sosiégate: le sigo por mi interes. No todos podemos mandar, ni se
encuentran siempre fieles criados. A muchos verás satisfechos con su
condicion servil, bestias de carga de sus amos, á quienes agradecen
la pitanza, aunque en su vejez los arrojen á la calle. ¡Qué lástima
de palos! Otros hay que con máscara de sumision y obediencia atienden
sólo á su utilidad, y viven y engordan á costa de sus amos, y llegan
á ser personas de cuenta. Éstos aciertan, y de éstos soy yo. Porque
habeis de saber, Rodrigo, que si yo fuera el moro, no seria Yago, pero
siéndolo, tengo que servirle, para mejor servicio mio. Bien lo sabe
Dios: si le sirvo no es por agradecimiento ni por cariño ni obligacion,
sino por ir derecho á mi propósito. Si alguna vez mis acciones dieran
indicio de los ocultos pensamientos de mi alma, colgaria de la manga mi
corazon para pasto de grajos. No soy lo que parezco.
RODRIGO.
¡Qué fortuna tendria el de los labios gruesos, si consiguiera lo que
desea!
YAGO.
Véte detras del padre: cuenta el caso por las plazas: amotina á todos
los parientes, y aunque habite en delicioso clima, hiere tú sin cesar
sus oidos con moscas que le puncen y atormenten: de tal modo que su
misma felicidad llegue á él tan mezclada con el dolor, que pierda mucho
de su eficacia.
RODRIGO.
Hemos llegado á su casa. Le llamaré.
YAGO.
Llámale á gritos y con expresiones de angustia y furor, como si de
noche hubiese comenzado á arder la ciudad.
RODRIGO.
¡Levantaos, señor Brabancio!
YAGO.
¡Levantaos, Brabancio! ¡Que los ladrones se llevan vuestra riqueza y
vuestra hija! ¡Al ladron, al ladron!
(-Aparece Brabancio en la ventana.-)
BRABANCIO.
¿Qué ruido es ese? ¿Qué pasa?
RODRIGO.
¿Teniais en casa toda la familia?
YAGO.
¿Estaban cerradas todas las puertas?
BRABANCIO.
¿Por qué esas preguntas?
YAGO.
Porque os han robado. Vestíos presto, por Dios vivo. Ahora mismo está
solazándose con vuestra blanca cordera un macho negro y feo. Pedid
ayuda á los ciudadanos, ó si no, os vais á encontrar con nietos por
arte del diablo. Salid.
BRABANCIO.
¿Te has vuelto loco?
RODRIGO.
¿No me conoceis, señor?
BRABANCIO.
No te conozco. ¿Quién sois?
RODRIGO.
Soy Rodrigo, señor.
BRABANCIO.
Pues lo siento mucho. Ya te he dicho que no pasees la calle á mi hija,
porque no ha de ser esposa tuya, y ahora sales de la taberna medio
borracho, á interrumpir mi sueño con gritos é impertinencias.
RODRIGO.
¡Señor, señor!
BRABANCIO.
Pero has de saber que mi condicion y mi nobleza me dan fáciles medios
de vengarme de tí.
RODRIGO.
Calma, señor.
BRABANCIO.
¿Qué decias de robos? ¿Estamos en despoblado ó en Venecia?
RODRIGO.
Respetable señor Brabancio, la intencion que á vos me trae es buena y
loable.
YAGO.
Vos, señor Brabancio, sois de aquellos que no obedecerian al diablo
aunque él les mandase amar á Dios. ¿Así nos agradeceis el favor que
os hacemos? ¿O será mejor que del cruce de vuestra hija con ese cruel
berberisco salgan potros que os arrullen con sus relinchos?
BRABANCIO.
¿Quién eres tú que tales insolencias ensartas? Eres un truhan.
YAGO.
Y vos... un consejero.
BRABANCIO.
Caro te ha de costar, Rodrigo.
RODRIGO.
Como querais. Sólo os preguntaré si consentisteis que vuestra hija, á
hora desusada de la noche, y sin más compañía que la de un miserable
gondolero, fuera á entregarse á ese moro soez. Si fué con noticia y
consentimiento vuestro, confieso que os hemos ofendido, pero si fué sin
saberlo vos, ahora nos reñis injustamente. ¿Cómo habia de faltaros al
respeto yo, que al fin soy noble y caballero? Insisto en que vuestra
hija os ha hecho muy torpe engaño, á no ser que la hayais dado licencia
para juntar su hermosura, su linaje y sus tesoros con los de ese
infame aventurero, cuyo orígen se ignora. Vedlo: averiguadlo, y si
por casualidad la encontrais en su cuarto ó en otra parte de la casa,
podeis castigarme como calumniador, conforme lo mandan las leyes.
BRABANCIO.
¡Dadme una luz! Despierten mis criados. Sueño parece lo que me pasa.
El recelo basta para matarme. ¡Luz, luz! (-Brabancio se quita de la
ventana.-)
YAGO.
Me voy. No me conviene ser testigo contra el moro. A pesar de este
escándalo, no puede la República destituirle sin grave peligro de
que la isla de Chipre se pierda. Nadie más que él puede salvarla, ni
á peso de oro se encontraria otro hombre igual. Por eso, aunque le
odio más que al mismo Lucifer, debo fingirme sumiso y cariñoso con él
y aparentar lo que no siento. Los que vayan en persecucion suya, le
alcanzarán de seguro en el Sagitario. Yo estaré con él. Adios.
(-Se va.-)
(-Salen Brabancio y sus servidores con antorchas.-)
BRABANCIO.
Cierta es mi desgracia. Ha huido mi hija. Lo que me resta de vida será
una cadena de desdichas. Respóndeme, Rodrigo. ¿Dónde viste á mi niña?
¿La viste con el moro? Respóndeme. ¡Ay de mí! ¿La conociste bien?
¿Quién es el burlador? ¿Te habló algo? ¡Luces, luces! ¡Levántense todos
mis parientes y familiares! ¿Estarán ya casados? ¿Qué piensas tú?
RODRIGO.
Creo que lo estarán.
BRABANCIO.
¿Y cómo habrá podido escaparse? ¡Qué traicion más negra! ¿Qué padre
podrá desde hoy en adelante tener confianza en sus hijas, aunque
parezcan honestas? Sóbranle al demonio encantos y brujerías con que
triunfar de su recato. Rodrigo, ¿no has visto en libros algo de esto?
RODRIGO.
Algo he leido.
BRABANCIO.
Despertad á mi hermano. ¡Ojalá que la hubiera yo casado con vos! Corred
en persecucion suya, unos por un lado, otros por otro. ¿Dónde podríamos
encontrarla á ella y al moro?
RODRIGO.
Yo los encontraré fácilmente, si me dais gente de brios que me acompañe.
BRABANCIO.
Id delante. Llamaremos á todas las puertas, y si álguien se resiste,
autoridad tengo para hacer abrir. Armas, y llamad á la ronda. Sígueme,
Rodrigo: yo premiaré tu buen celo.
(-Se van.-)
ESCENA II.
=Otra calle.=
OTELO, YAGO y criados con teas encendidas.
YAGO.
En la guerra he matado sin escrúpulo á muchos, pero tengo por pecado
grave el matar á nadie de caso pensado. Soy demasiado bueno, más de lo
que convendria á mis intereses. Ocho ó diez veces anduve á punto de
traspasarle de una estocada.
OTELO.
Prefiero que no lo hayas hecho.
YAGO.
Pues yo lo siento, porque anduvo tan provocativo y tales insolencias
dijo contra tí, que yo que soy tan poco sufrido, apenas pude irme á
la mano. Pero dime, ¿os habeis casado ya? El senador Brabancio es
hombre de mucha autoridad y tiene más partido que el mismo Dux. Pedirá
el divorcio, invocará las leyes, y si no consigue su propósito, os
inquietará de mil modos.
OTELO.
Por mucho que él imagine, más han de poder los servicios que tengo
hechos al Senado. Todavía no he dicho á nadie, pero lo diré ahora que
la alabanza puede honrarme, que desciendo de reyes, y que merezco la
dicha que he alcanzado. A fe mia, Yago, que si no fuera por mi amor á
Desdémona, no me hubiera yo sometido, siendo de tan soberbia condicion,
al servicio de la República, aunque me dieran todo el oro de la otra
parte de los mares. Pero ¿qué antorchas veo allí?
YAGO.
Son el padre y los parientes de Desdémona, que vienen furiosos contra
tí. Retírate.
OTELO.
No, aquí me encontrarán, para que mi valor, mi nobleza y mi alma dén
testimonio de quién soy. ¿Llegan?
YAGO.
Me parece que no, por vida mia.
(-Salen Casio y soldados con antorchas.-)
OTELO.
Es mi teniente con algunos criados del Dux. Buenas noches, amigos mios.
¿Qué novedades traeis?
CASIO.
General, el Dux me envia á que os salude, y desea veros en seguida.
OTELO.
Pues ¿qué sucede?
CASIO.
Deben de ser noticias de Chipre. Es urgente el peligro. Esta noche
han llegado uno tras otro, doce mensajeros de las galeras, y el Dux
y muchos consejeros están secretamente reunidos, á pesar de ser tan
avanzada la hora. Os llaman con mucha prisa: no os han encontrado en
vuestra posada, y á mí me han enviado más de una vez en busca vuestra.
OTELO.
Y gracias á Dios que me encontrasteis. Voy á dar un recado en mi casa,
y vuelvo inmediatamente.
(-Se va.-)
CASIO.
¿Cómo aquí, alférez Yago?
YAGO.
Calculo que esta noche he alcanzado buena presa.
CASIO.
No lo entiendo.
YAGO.
El moro se ha casado.
CASIO.
¿Y con quién?
(-Sale Otelo.-)
YAGO.
Con... ¿En marcha, capitan?
OTELO.
Andando.
CASIO.
Mucha gente viene buscándoos.
YAGO.
Son los de Brabancio. Cuidado, general, que no traen buenas
intenciones.
(-Salen Brabancio, Rodrigo y alguaciles con armas y teas encendidas.-)
OTELO.
Deteneos.
RODRIGO.
Aquí está Otelo, señor.
BRABANCIO.
¡Ladron de mi honra! ¡matadle! (-Trábase la pelea.-)
YAGO.
Ea, caballero Rodrigo: aquí, á pié firme, os espero.
OTELO.
Envainad esos aceros vírgenes, porque el rocío de la noche podria
violarlos. Venerable anciano, vuestros años me vencen más que vuestra
espada.
[Ilustración]
BRABANCIO.
¡Infame ladron! ¿Dónde tienes á mi hija? ¿Con qué hechizos le has
perturbado el juicio? Porque si no la hubieras hechizado con artes
diabólicas, ¿cómo seria posible que una niña tan hermosa y tan querida
y tan sosegada, que ha despreciado los más ventajosos casamientos de
la ciudad, hubiera abandonado la casa de su padre, atropellando mis
canas y su honra, y siendo ludibrio universal, para ir á entregarse
á un asqueroso mónstruo como tú, afrenta del linaje humano, y cuya
vista no produce deleite sino horror? ¡Que digan cuantos tengan recto
juicio si aquí no han intervenido malas artes y engaño del demonio, por
virtud de brebajes ó de drogas que trastornan el seso, y encadenan el
libre albedrío! Yo he de ponerlo todo en claro. Y entre tanto aquí te
prendo y te acuso criminalmente como embaidor y hechicero, que profesa
ciencias malas y reprobadas. Prendedle, y si se resiste, matadle.
OTELO.
Deteneos, amigos y adversarios. Yo sé cuál es mi obligacion cuando se
trata de pelear. Ahora debo responder en juicio. Dime en dónde.
BRABANCIO.
Por de pronto irás á un calabozo, hasta que la ley te llame á
comparecer ante el tribunal.
OTELO.
¿Y crees que el Dux te lo agradecerá? Mira: todos éstos han venido
de su parte, llamándome á comparecer ante él para un gran negocio de
Estado.
BRABANCIO.
¿Llamarte el Dux á consejo? ¿Y á media noche? ¿Para qué? Prendedle: que
el Dux y el Consejo han de sentir esta afrenta mia como propia suya.
Porque si tales crímenes hubieran de quedar impunes, valdria más que
rigieran la República viles siervos ó paganos.
ESCENA III.
=Sala del Consejo.=
El DUX y los SENADORES sentados á una mesa.
DUX.
Estas noticias entre sí no tienen relacion.
SENADOR 1.º
En verdad que no concuerdan, porque segun las cartas que yo he
recibido, las galeras son 107.
DUX.
Pues aquí dice que 137.
SENADOR 2.º
Y esta que yo tengo asegura que llegan á 200. Pero aunque en el número
no convengan (y en tales ocasiones bien fácil es equivocarse), lo
cierto y averiguado es que una armada turca navega hácia Chipre.
DUX.
Esto es lo principal y lo indudable, y esta es bastante causa para
nuestros temores.
UN MARINERO.
(-Dentro.-) ¡Ah del Senado!
OFICIAL 1.º
Trae noticias de la armada.
(-Sale el marinero.-)
DUX.
¿Qué sucede?
MARINERO.
El capitan me envia á deciros que los turcos navegan hácia Rodas.
DUX.
¿Qué pensais de esta novedad?
SENADOR 1.º
No la creo: es algun ardid para engañarnos. No sólo Chipre es para el
turco conquista más importante que la de Rodas, sino más fácil, por
estar enteramente desguarnecida, y ser menos fuerte por naturaleza. Y
no hemos de creer tan necio al turco, que deje lo cierto por lo dudoso,
empeñándose en una empresa estéril y de dudoso resultado.
DUX.
Para mí es seguro que no piensa en atacar á Rodas.
OFICIAL.
Ahora llegan otras noticias.
(-Entra el marinero 2.º-)
MARINERO 2.º
Ilustrísimo Senado, el turco se ha reforzado en Rodas con buen número
de naves.
SENADOR 1.º
Lo sospeché. ¿Sabes cuántas?
MARINERO 2.º
Treinta. Y ahora navega de retorno hácia Chipre, con propósito
manifiesto de atacarla. Esto me manda á deciros con todo respeto
vuestro fiel servidor Montano.
DUX.
No hay duda que atacarán á Chipre. ¿Está allí Márcos Luchesi?
SENADOR 1.º
Está en Florencia.
DUX.
Escribidle de mi parte que vuelva en seguida.
SENADOR 1.º
Aquí llegan Brabancio y el moro.
(-Salen Brabancio, Otelo, Yago, Rodrigo, Alguaciles, etc.-)
DUX.
Esforzado Otelo, necesario es que sin dilacion salgais á combatir al
turco. (-A Brabancio.-) Señor, bien venido seais: no os ví al entrar.
¡Lástima que esta noche nos hayan faltado vuestra ayuda y consejo!
BRABANCIO.
Más me ha faltado á mí el vuestro. Perdon, señor. No me he levantado
tan á deshora por tener yo noticia de este peligro, ni ahora me
conmueven las calamidades públicas, porque mi dolor particular, como
despeñado torrente, lleva delante de sí y devora cuantos pesares se le
atraviesan en el camino.
DUX.
¿Qué ha acontecido?
BRABANCIO.
¡Ay hija mia, desdichada hija mia!
DUX Y SENADORES.
¿Ha muerto?
BRABANCIO.
Peor aún. Para mí como si hubiese muerto. La han sacado de mi casa, le
han trastornado el seso con bebedizos de charlatanes, porque sin arte
diabólica ¿cómo ella, que no está loca ni ciega, habia de caer en tal
desvarío?
DUX.
Sea quien fuere el autor de vuestra afrenta, el que ha privado de la
razon á vuestra hija y la ha arrancado de vuestra casa, vos mismo
aplicareis con inflexible rigor la sangrienta ley, aunque recaiga en mi
propio hijo.
BRABANCIO.
Gracias, señor. Quien la robó es el moro.
DUX Y SENADORES.
¡Lástima grande!
DUX.
¿Qué contestais, Otelo? ¿Qué podeis decir en propia defensa?
BRABANCIO.
¿Qué ha de decir, sino confesar la verdad?
OTELO.
Generoso é ilustre Senado, dueños y señores mios, confieso que he
robado á la hija de este anciano, y que me he casado con ella, pero
ese es todo mi delito. Mi lenguaje es tosco: la vida del campo no me
ha dejado aprender palabras suaves, porque desde que apenas contaba
yo seis años y mis brazos iban cobrando vigor, los he empleado en las
lides, y por eso sé menos del mundo que de las armas. Mala será, pues,
mi defensa, y poco ha de aprovecharme; con todo eso, si me otorgais
vénia, os contaré breve y sencillamente cómo llegué al término de
mi amor, y con qué filtros y hechicerías logré vencer á la hija de
Brabancio.
BRABANCIO.
¡Una niña tan tierna é inocente que de todo se ruborizaba! ¿cómo habia
de enamorarse de un mónstruo feísimo como tú, que ni eres de su edad,
ni de su índole ni de su tierra? Es aberracion contra naturaleza
suponer tal desvarío en una niña que es la misma perfeccion. No: sólo
con ayuda de Satanás puedes haber triunfado. Por eso vuelvo á sostener
que has alterado su sangre con yerbas ó con veneno.
DUX.
No basta que lo creais ni que lo sospecheis. Es necesario probarlo, y
las conjeturas no son pruebas.
SENADOR 1.º
Dime, Otelo, ¿es cierto que la has seducido con algun engaño, ó es que
mutuamente os amabais?
OTELO.
Mandad á buscar á mi esposa, que está á bordo del -Sagitario-. Ella
sabrá defenderse y contestarle á su padre. Y si despues de oirla me
condenais, no sólo despojadme del mando que me habeis confiado, sino
condenadme á dura muerte.
DUX.
Que venga Desdémona.
OTELO.
Acompáñalos, alférez mio. (-A Yago.-) Tú sabes dónde está. Y mientras
llega, yo, tan sinceramente como á Dios me confieso, os referiré de qué
manera fué creciendo el amor de esa dama y el mio.
DUX.
Hablad, Otelo.
OTELO.
Era su padre muy amigo mio, y con frecuencia me convidaba, gustando
de oirme contar mi vida año por año: mis viajes, desastres, peleas
y aventuras. Todo se lo referí, cuanto me habia sucedido desde mis
primeros años: naufragios y asaltos de mar y tierra, en que á duras
penas salvé la vida: cómo fuí vendido por esclavo: cómo me rescaté,
y cómo peregriné por desiertos, cavernas, precipicios, y rocas que
parecen levantarse á las nubes: le hablé de los antropófagos caribes
que se devoran los unos á los otros, y de aquellos pueblos que tienen
la cabeza bajo los hombros. Desdémona escuchaba con avidez mi relacion,
levantándose á veces cuando la llamaban las faenas de la casa, pero
volviendo á sentarse en cuanto volvia, y devorando con los oidos mis
palabras. Yo lo advertí, y aprovechando una ocasion favorable, hice
que un dia estando á solas, me pidiese la entera relacion de mi vida.
La hice llorar, contándole las desgracias de mis primeros años, y
con lágrimas y sollozos premió mi narracion, que llamaba lastimosa y
peregrina. Me dió mil gracias y acabó diciéndome que si algun dia era
yo amigo de algun amante suyo, le enseñase á contar aquella historia,
porque era el modo más seguro de vencerla. Esto me dijo. Ella me amó
por mis trabajos, victorias y desdichas. Yo la amé por su compasion, y
no hubo más sortilegios. Aquí llega Desdémona que puede dar testimonio
de ello.
(-Salen Desdémona y Yago.-)
DUX.
Y pienso que aún mi hija se hubiera movido á compasion con tal
historia. Respetable Brabancio, consolaos y echadlo todo á buena parte.
Más vale en la lid espada vieja que mano desarmada.
BRABANCIO.
Oigámosla, señor, y si ella me confiesa que le tuvo algun cariño,
¡caiga sobre mí la maldicion del cielo, si vuelvo á quejarme de ellos!
Ven acá, niña: entre todos los que están aquí congregados ¿á quién
debes obedecer más?
DESDÉMONA.
Padre mio, dos obligaciones contrarias tengo: vos me habeis dado el
sér y la crianza, y en agradecimiento á una y otra debo respetaros
y obedeceros como hija. Pero aquí veo á mi esposo, y creo que debo
preferirle, como mi madre os prefirió á su padre, y os obedeció más que
á él. El moro es mi esposo y mi señor.
BRABANCIO.
¡Dios sea en tu ayuda! Nada más puedo decir, señor; si quereis,
tratemos ahora de los negocios de la República. ¡Cuánto más vale
adoptar á un hijo extraño qué tenerlos propios! Óyeme, Otelo: de
buena voluntad te doy todo lo que te negaria, si ya no lo tuvieras.
Desdémona, ¡cuánto me alegro de no tener más hijos! Porque despues de
tu fuga, yo los hubiera encarcelado y tratado como tirano.
DUX.
Poco voy á decir, y quiero que mis palabras sirvan como de escalera
que hagan entrar en vuestra gracia á esos enamorados. ¿De qué sirven
el llanto y las quejas cuando no hay esperanza? Sólo de acrecentar
el dolor. Pero el alma que se resigna con serena firmeza, burla los
embates de la suerte. Quien se ria del ladron podrá robarle, y al
contrario el que llora es ladron de sí mismo.
BRABANCIO.
No estemos ociosos, mientras que el turco nos arrebata á Chipre. No
estemos sosegados y con la risa en los labios. Poco le importa la
condenacion ajena al que sale libre del tribunal, pero no así al mísero
reo que sólo tiene el recurso de conformarse con la sentencia y el
dolor. Siempre son oportunas vuestras sentencias, pero de sentencias
no pasan, por más que digan que las dulces palabras curan el ánimo.
Hablemos ya de los asuntos de la República.
DUX.
Poderosa escuadra otomana va á atacar á Chipre. Vos, Otelo, conoceis
bien aquella isla, y aunque teneis un teniente de toda nuestra
confianza, la opinion, dueña del éxito, os cree más idóneo que á él. No
os pese de interrumpir vuestra dicha de hoy con esta nueva y peligrosa
expedicion.
OTELO.
Generoso Senado, la costumbre ha trocado para mí en lecho de muelle
pluma el silíceo y férreo tálamo de la guerra. Mi corazon está
dispuesto siempre al peligro. Ya ardo en deseos de encontrarme con
el turco. Humildemente os pido que presteis á mi esposa, durante mi
ausencia, el acatamiento que á su rango se debe, con casa y criados
dignos de ella.
DUX.
Que viva en casa de su padre.
BRABANCIO.
De ninguna suerte.
OTELO.
No, en modo alguno.
DESDÉMONA.
Ni yo tampoco quiero turbar la tranquilidad de mi padre, estando
siempre delante de sus ojos. Oid propicio, señor, lo que quiero
deciros, y concededme una sencilla peticion.
DUX.
¿Cuál, Desdémona?
DESDÉMONA.
Que no quiero separarme del moro ni un punto solo: para eso me rendí á
él como el vasallo al monarca: no me enamoré de su rostro sino de su
valor y de sus hazañas: por eso le rendí mi alma y mi vida. Si él va
ahora á la guerra, y yo como polilla me quedo en la paz, ¿de qué me
ha servido este enlace? ¿Qué fruto cogeré de él sino llorar en triste
soledad su ausencia? Quiero acompañarle.
OTELO.
Concédaselo el ilustre Senado, y á fe mia que no lo deseo por carnal
apetito y brutal ardor (que ya se va apagando el de mi sangre
africana), sino por corresponder á su generoso amor. Y no temais que
por ella olvide el alto empeño que me fiais. No ¡vive Dios! Y si alguna
vez la torpe lujuria amortigua ó entorpece mis sentidos, ó roba vigor
á mi brazo, consentiré que las viejas truequen mi yelmo en olla ó
marmita, y que caiga sobre mi nombre la niebla de oscuridad.
DUX.
Conviene que resolvais pronto si ella le ha de acompañar ó no.
SENADOR 1.º
Debeis salir esta misma noche.
OTELO.
Iré gustoso.
EL DUX.
Nos reuniremos á las nueve. Un oficial que para esto dejeis os enviará
los despachos y las insignias de vuestra dignidad, Otelo.
OTELO.
Si quereis, puede quedarse mi alférez, cuya probidad tengo
experimentada. Él podrá acompañar á mi mujer, si consentis en ello.
DUX.
Así será. Buenas noches. Oidme una palabra, Brabancio: si la virtud es
el mejor adorno, no hay duda que vuestro yerno es hermoso.
SENADOR 1.º
Moro, amad mucho á Desdémona.
BRABANCIO.
Moro, guárdala bien, porque engañó á su padre, y puede engañarte á tí.
(-Vanse todos menos Otelo, Yago y Desdémona.-)
OTELO.
¡Con mi vida respondo de su fidelidad! Yago, te confio á Desdémona: tu
mujer puede acompañarla. Llévala pronto á Chipre. Ven, hermosa mia:
sólo una hora nos queda para coloquios de amor. El tiempo urge, y es
preciso conformarse al tiempo.
(-Vanse Desdémona y Otelo.-)
RODRIGO.
Yago.
YAGO.
¿Qué dices, noble caballero?
RODRIGO.
¿Y qué imaginas tú que haré?
YAGO.
Acostarte y reposar.
RODRIGO.
Voy á echarme de cabeza al agua.
YAGO.
Si haces tal locura, no seremos amigos. ¡Vaya un mentecato!
RODRIGO.
La locura es la vida cuando la vida es dolor, y la mejor medicina de un
ánimo enfermo es la muerte.
[Ilustración]
YAGO.
¡Qué desvarío! Conozco bien el mundo, y todavía no sé de un hombre
que se ame de veras á sí mismo. Antes que ahogarme por una mujer, me
convertiria en mono.
RODRIGO.
¿Y qué he de hacer? Me avergüenzo de estar enamorado, pero ¿cómo
remediarlo?
YAGO.
¿Pues no has de remediarlo? La voluntad es el hortelano de la vida,
y puede criar en ella ortigas y cardos, ó hisopos y tomillo: una
sola yerba ó muchas: enriquecer la tierra ó empobrecerla: tenerla de
barbecho ó abonarla. Para eso es la prudencia, el seso y el libre
albedrío. Si en la balanza de la humana naturaleza, el platillo de la
razon no contrapesara al de los sentidos, nos llevaria el apetito á
cometer mil aberraciones. Pero por dicha tenemos la luz de la mente que
doma esa sensualidad, de la cual me parece que no es más que una rama
lo que llamais amor.
RODRIGO.
No lo creo.
YAGO.
Hervor de sangre, y flaqueza de voluntad. Muéstrate hombre. No te
ahogues en poca agua. Siempre he sido amigo tuyo, y estoy ligado
á tí por invencible afecto. Ahora puedo servirte como nunca. Toma
dinero: síguenos á la guerra, disfrazado y con barba postiza. Toma
dinero. ¿Piensas tú que á Desdémona le ha de durar mucho su amor por
el moro? Toma dinero. ¿Qué ha de durar? ¿No ves que el fin ha de ser
tan violento como el principio? Toma dinero. Los moros son versátiles
é inconstantes. Dinero, mucho dinero. Pronto le amargará el dulzor de
ahora. Ella es jóven y ha de cansarse de él, y caer en infidelidad y
mudanza. Toma dinero. Y si te empeñas en irte al infierno, véte de un
modo algo más dulce que ahogándote. Recoge todo el dinero que puedas.
Tú la lograrás, si es que mis artes y el poder del infierno no bastan
á triunfar de la bendicion de un clérigo, y de un juramento de amor
prestado á un salvaje vagabundo por una discretísima veneciana. Toma
dinero, mucho dinero. No te ahogues, ni te vuelvas loco. Más vale que
te ahorquen despues que la hayas poseido, que no ahogarte antes.
RODRIGO.
¿Me prometes ayudarme, si me arrojo á tal empresa?
YAGO.
No lo dudes. Pero toma dinero. Te repetiré lo que mil veces te
he dicho. Aborrezco de muerte al moro: yo sé por qué, y la razon
es poderosa. Tú no le aborreces menos. Conjurémonos los dos para
vengarnos. Tú tendrás el deleite, yo la risa. Muchas cosas andan
envueltas en el seno del porvenir. Véte, y toma dinero y disfrázate.
Mañana volveremos á hablar. Pásalo bien.
RODRIGO.
¿Dónde nos veremos?
YAGO.
En mi posada.
RODRIGO.
Iré temprano.
YAGO.
Así sea. ¿Rodrigo?
RODRIGO.
¿Tienes más que decirme?
YAGO.
No te ahogues. ¿Eh?
RODRIGO.
Ya no pienso en eso: voy á convertir en dinero todo lo que poseo.
YAGO.
Hazlo así, y mucho dinero, mucho dinero en el bolsillo.
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