esperase al Dr. Belario, famoso jurisconsulto de Pisa, á quien deseo
oir en este negocio.
SALARINO.
Señor: fuera aguarda un criado que acaba de llegar de Pádua con cartas
del doctor.
DUX.
Entregádmelas, y que pase el criado.
BASANIO.
¡Valor, Antonio! Te juro por mi nombre, que he de dar al judío toda mi
carne, y mi sangre, y mis huesos, antes que consentir que vierta una
sola gota de la sangre tuya.
ANTONIO.
Soy como la res apartada en medio de un rebaño sano. La fruta podrida
es siempre la primera que cae del árbol. Dejadla caer: tú, Basanio,
sigue viviendo, y con eso pondrás un epitafio sobre mi sepulcro.
(-Sale Nerissa, disfrazada de pasante de procurador.-)
DUX.
¿Vienes de Pádua? ¿Traes algun recado del Dr. Belario?
NERISSA.
Vengo de Pádua, señor. Belario os saluda. (-Le entrega la carta.-)
[Ilustración]
BASANIO.
Sylock, ¿por qué afilas tanto tu cuchillo?
SYLOCK.
Para cortar á Antonio la carne que me debe.
GRACIANO.
Ningun metal, ni áun el hierro de la segur del verdugo, te iguala en
dureza, maldecido hebreo. ¿No habrá medio de amansarte?
SYLOCK.
No, por cierto, aunque mucho aguces tu entendimiento.
GRACIANO.
¡Maldicion sobre tí, infame perro! ¡Maldita sea la justicia que te
deja vivir! Cuando te veo, casi doy asenso á la doctrina pitagórica que
enseña la transmigracion de las almas de los brutos á los hombres. Sin
duda tu alma ha sido de algun lobo, inmolado por homicida, y que desde
la horca fué volando á meterse en tu cuerpo, cuando aún estabas en las
entrañas de tu infiel madre: porque tus instintos son rapaces, crueles
y sanguinarios como los del lobo.
SYLOCK.
Como no logres quitar el sello del contrato, nada conseguirás con tus
destempladas voces sino ponerte ronco. Graciano, modera tus ímpetus y
no pierdas la razon. Yo sólo pido justicia.
DUX.
Belario en esta carta recomienda al Consejo un jóven bachiller, buen
letrado. ¿Dónde está?
NERISSA.
Muy cerca de aquí, aguardando vuestra licencia para entrar.
DUX.
Y se la doy de todo corazon. Vayan dos ó tres á recibirle de la manera
más respetuosa. Entre tanto, leamos de nuevo la carta de Belario:
«Alteza: cuando recibí vuestra carta me hallaba gravemente enfermo,
pero dió la casualidad de que, en el momento de llegar el mensajero,
estaba conmigo un jóven doctor de Pádua llamado Baltasar. Le conté el
pleito entre Antonio y el judío: repasamos pronto muchos libros: le
dije mi parecer, que es el que os expondrá, rectificado por su inmenso
saber, para el cual no hay elogio bastante. Él hará lo que deseais. No
os fijeis en lo mozo que es, ni creais que por eso vale menos, pues
nunca hubo en cuerpo tan juvenil tan maduro entendimiento. Recibidle,
pues, y más que mi recomendacion, han de favorecerle sus propias
acciones.» Esto es lo que Belario dice. Aquí viene el Doctor, si no
me equivoco.
(-Sale Pórcia, de abogado.-)
Dadme la mano. ¿Venis por encargo de Belario?
PÓRCIA.
Sí, poderoso señor.
DUX.
Bien venido seais. Tomad asiento. ¿Estais enterado de la cuestion que
ha de sentenciar el tribunal?
PÓRCIA.
Perfectamente enterado. ¿Quiénes son el mercader y el judío?
DUX.
Antonio y Sylock: acercaos.
PÓRCIA.
¿Sois vos Sylock?
SYLOCK.
Ese es mi nombre.
PÓRCIA.
Raro litigio teneis: extraña es vuestra demanda, y no se os puede
negar, conforme á las leyes de Venecia. Corre mucho peligro vuestra
víctima. ¿No es verdad?
ANTONIO.
Verdad es.
PÓRCIA.
¿Confesais haber hecho ese trato?
ANTONIO.
Lo confieso.
PÓRCIA.
Entonces es necesario que el judío se compadezca de vos.
SYLOCK.
¿Y por qué? ¿Qué obligacion tengo? Decídmelo.
PÓRCIA.
La clemencia no quiere fuerza: es como la plácida lluvia del cielo que
cae sobre un campo y le fecunda: dos veces bendita porque consuela
al que la da y al que la recibe. Ejerce su mayor poder entre los
grandes: el signo de su autoridad en la tierra es el cetro, rayo de
los monarcas. Pero aún vence al cetro la clemencia, que vive, como en
su trono, en el alma de los reyes. La clemencia es atributo divino, y
el poder humano se acerca al de Dios, cuando modera con la piedad la
justicia. Hebreo, ya que pides no más que justicia, piensa que si sólo
justicia hubiera, no se salvaria ninguno de nosotros. Todos los dias,
en la oracion, pedimos clemencia, pero la misma oracion nos enseña
á perdonar como deseamos que nos perdonen. Te digo esto, sólo para
moverte á compasion, porque como insistas en tu demanda, no habrá más
remedio, con arreglo á las leyes de Venecia, que sentenciar el pleito
en favor tuyo y contra Antonio.
SYLOCK.
Yo cargo con la responsabilidad de mis actos. Pido que se ejecute la
ley, y que se cumpla el contrato.
PÓRCIA.
¿No puede pagar en dinero?
BASANIO.
Yo le ofrezco en nombre suyo, y duplicaré la cantidad, y áun la pagaré
diez veces, si es necesario, y daré en prenda las manos, la cabeza y
hasta el corazon. Si esto no os parece bastante, será porque la malicia
vence á la inocencia. Romped para este solo caso esa ley tan dura.
Evitareis un gran mal con uno pequeño, y contendreis la ferocidad de
ese tigre.
PÓRCIA.
Imposible. Ninguno puede alterar las leyes de Venecia. Seria un
ejemplar funesto, una causa de ruina para el Estado. No puede ser.
SYLOCK.
¡Es un Daniel quien nos juzga! ¡Sabio y jóven juez, bendito seas!
PÓRCIA.
Déjame examinar el contrato.
SYLOCK.
Tómale, reverendísimo doctor.
PÓRCIA.
Sylock, te ofrecen tres veces el doble de esa cantidad.
SYLOCK.
¡No! ¡no!: lo he jurado, y no quiero ser perjuro, aunque se empeñe toda
Venecia.
PÓRCIA.
Ha espirado el plazo, y dentro de la ley puede el judío reclamar una
libra de carne de su deudor. Ten piedad de él: recibe el triplo, y
déjame romper el contrato.
SYLOCK.
Cuando en todas sus partes esté cumplido. Pareces juez íntegro: conoces
la ley: has expuesto bien el caso: sólo te pido que con arreglo á esa
ley, de la cual eres fiel intérprete, sentencies pronto. Te juro que
no hay poder humano que me haga dudar ni vacilar un punto. Pido que se
cumpla la escritura.
ANTONIO.
Pido al tribunal que sentencie.
PÓRCIA.
Bueno: preparad el pecho á recibir la herida.
SYLOCK.
¡Oh sabio y excelente juez!
PÓRCIA.
La ley no tiene duda ni admite excepcion en cuanto á la pena.
SYLOCK.
¡Cierto, cierto! ¡Oh docto y severísimo juez! ¡Cuánto más viejo eres en
jurisprudencia que en años!
PÓRCIA.
Apercibid el pecho, Antonio.
SYLOCK.
Sí, sí, ese es el contrato. ¿No es verdad, sabio juez? ¿No dice que ha
de ser cerca del corazon?
PÓRCIA.
Verdad es. ¿Teneis una balanza para pesar la carne?
SYLOCK.
Aquí la tengo.
PÓRCIA.
Traed un cirujano que restañe las heridas, Sylock, porque corre peligro
de desangrarse.
SYLOCK.
¿Dice eso la escritura?
PÓRCIA.
No entra en el contrato, pero debeis hacerlo como obra de caridad.
SYLOCK.
No lo veo aquí: la escritura no lo dice.
PÓRCIA.
¿Teneis algo que alegar, Antonio?
ANTONIO.
Casi nada. Dispuesto estoy á todo y armado de valor. Dame la mano,
Basanio. Adios, amigo. No te duelas de que he perecido por salvarte. La
fortuna se ha mostrado conmigo más clemente de lo que acostumbra. Suele
dejar que el infeliz sobreviva á la pérdida de su fortuna y contemplar
con torvos ojos su desdicha y pobreza, pero á mí me ha libertado de esa
miseria. Saluda en mi nombre á tu honrada mujer: cuéntale mi muerte:
dile cuánto os quise: sé fiel á mi memoria; y cuando ella haya oido
toda la historia, podrá juzgar y sentenciar si fuí ó no buen amigo de
Basanio. No me quejo del pago de la deuda: pronto la habré satisfecho
toda, si la mano del judío no tiembla.
BASANIO.
Antonio, quiero más á mi mujer que á mi vida, pero no te amo á tí menos
que á mi mujer y á mi alma y á cuanto existe, y juro que lo daria todo
por salvarte.
PÓRCIA.
No te habia de agradecer tu esposa tal juramento, si estuviera aquí.
GRACIANO.
Ciertamente que adoro á mi esposa. ¡Ojalá que estuviese en el cielo
para que intercediera con algun santo que calmase la ira de ese perro!
NERISSA.
Gracias que no te oye tu mujer, porque con tales deseos no podria haber
paz en vuestra casa.
SYLOCK.
¡Qué cónyuges! ¡Y son cristianos! Tengo una hija, y preferiria que
se casase con ella un hijo de Barrabas antes que un cristiano. Pero
estamos perdiendo el tiempo. No os detengais: prosiga la sentencia.
PÓRCIA.
Segun la ley y la decision del tribunal, te pertenece una libra de su
carne.
SYLOCK.
¡Oh juez doctísimo! ¿Has oido la sentencia, Antonio? Prepárate.
[Ilustración: -El juicio.-]
PÓRCIA.
Un momento no más. El contrato te otorga una libra de su carne, pero
ni una gota de su sangre. Toma la carne que es lo que te pertenece;
pero si derramas una gota de su sangre, tus bienes serán confiscados,
conforme á la ley de Venecia.
GRACIANO.
¿Lo has oido, Sylock?
SYLOCK.
¡Oh juez recto y bueno! ¿Eso dice la ley?
PÓRCIA.
Tú mismo lo verás. Justicia pides, y la tendrás tan cumplida como
deseas.
GRACIANO.
¡Oh juez íntegro y sapientísimo!
SYLOCK.
Me conformo con la oferta del triplo: poned en libertad al cristiano.
BASANIO.
Aquí está el dinero.
PÓRCIA.
¡Deteneos! Tendrá el hebreo completa justicia. Se cumplirá la escritura.
GRACIANO.
¡Qué juez tan prudente y recto!
PÓRCIA.
Prepárate ya á cortar la carne, pero sin derramar la sangre, y ha de
ser una libra, ni más ni menos. Si tomas más, aunque sea la vigésima
parte de un adarme, ó inclinas, por poco que sea, la balanza, perderás
la vida y la hacienda.
GRACIANO.
¡Es un Daniel, es un Daniel! Al fin te hemos cogido.
PÓRCIA.
¿Qué esperas? Cúmplase la escritura.
SYLOCK.
Me iré si me dais el dinero.
BASANIO.
Aquí está.
PÓRCIA.
Cuando estabas en el tribunal, no quisiste aceptarlo. Ahora tiene que
cumplirse la escritura.
GRACIANO.
¡Es otro Daniel, otro Daniel! Frase tuya felicísima, Sylock.
SYLOCK.
¿No me dareis ni el capital?
PÓRCIA.
Te daremos lo que te otorga el contrato. Cóbralo, si te atreves, judío.
SYLOCK.
¡Pues que se quede con todo, y el diablo le lleve! Adios.
PÓRCIA.
Espera, judío. Áun así te alcanzan las leyes. Si algun extraño
atenta por medios directos ó indirectos contra la vida de un súbdito
veneciano, éste tiene derecho á la mitad de los bienes del reo, y el
Estado á la otra media. El Dux decidirá de su vida. Es así que tú
directa é indirectamente has atentado contra la existencia de Antonio;
luego la ley te coge de medio á medio. Póstrate á las plantas del Dux,
y pídele perdon.
GRACIANO.
Y suplícale que te conceda la merced de que te ahorques por tu mano;
aunque estando confiscados tus bienes, no te habrá quedado con que
comprar una cuerda, y tendrá que ahorcarte el pueblo á su costa.
EL DUX.
Te concedo la vida, Sylock, áun antes que me la pidas, para que veas
cuánto nos diferenciamos de tí. En cuanto á tu hacienda, la mitad
pertenece á Antonio y la otra mitad al Estado, pero quizá puedas
condonarla mediante el pago de una multa.
PÓRCIA.
La parte del Estado, no la de Antonio.
SYLOCK.
¿Y para qué quiero la vida? ¿cómo he de vivir? Me dejais la casa,
quitándome los puntales que la sostienen.
PÓRCIA.
¿Qué puedes hacer por él, Antonio?
GRACIANO.
Regálale una soga, y basta.
ANTONIO.
Si el Dux y el tribunal le dispensan del pago de la mitad de su fortuna
al Erario, yo le perdono la otra media, con dos condiciones; la
primera, que abjure sus errores y se haga cristiano; la segunda, que
por una escritura firmada en esta misma audiencia instituya herederos
de todo á su hija y á su yerno Lorenzo.
DUX.
Juro que así lo hará, ó, si no, revocaré el poder que le he concedido.
PÓRCIA.
¿Aceptas, judío? ¿Estás satisfecho?
SYLOCK.
Estoy satisfecho y acepto.
PÓRCIA.
Hágase, pues, la donacion en forma.
SYLOCK.
Yo me voy, si me lo permitis, porque estoy enfermo. Enviadme el acta, y
yo la firmaré.
DUX.
Véte, pero lo harás.
GRACIANO.
Tendrás dos padrinos, cuando te bautices. Si yo fuera juez, habias de
tener diez más, para que te llevasen á la horca y no al bautismo.
(-Se va Sylock.-)
DUX.
(-Á Pórcia.-) Os convido con mi mesa.
PÓRCIA.
Perdone V. A., pero hoy mismo tengo que ir á Pádua, y no me es lícito
detenerme.
DUX.
¡Lástima que os detengais tan poco tiempo! Antonio, haz algun obsequio
al forastero que, á mi entender, algo merece.
(-Vase el Dux, y con él los Senadores.-)
BASANIO.
Digno y noble caballero, gracias á vuestra agudeza y buen
entendimiento, nos vemos hoy libres mi amigo y yo de una calamidad
gravísima. En pago de tal servicio, os ofrecemos los 3,000 ducados que
debíamos al judío.
ANTONIO.
Y será eterno nuestro agradecimiento en obras y en palabras.
PÓRCIA.
Bastante paga es para mí el haberos salvado. Nunca fué el interes norte
de mis acciones. Si alguna vez nos encontramos, reconocedme: no os pido
más. Adios.
BASANIO.
Yo no puedo menos de insistir, hidalgo. Admitid un presente, un
recuerdo, no como paga. No rechaceis nuestras ofertas. Perdon.
PÓRCIA.
Necesario es que ceda. (-Á Antonio.-) Llevaré por memoria vuestros
guantes. (-Á Basanio.-) Y en prenda de cariño vuestra sortija. No
aparteis la mano: es un favor que no podeis negarme.
BASANIO.
¡Pero si esa sortija nada vale! Vergüenza tendria de dárosla.
PÓRCIA.
Por lo mismo la quiero, y nada más aceptaré. Tengo capricho de
poseerla.
BASANIO.
Vale mucho más de lo que ha costado. Os daré otra sortija, la de más
precio que haya en Venecia. Echaré público pregon para encontrarla.
Pero ésta no puede ser... perdonadme.
PÓRCIA.
Sois largo en las promesas, caballero. Primero me enseñasteis á
mendigar, y ahora me enseñais cómo se responde á un mendigo.
BASANIO.
Es regalo de mi mujer ese anillo, y le hice juramento y voto formal de
no darlo, perderlo ni venderlo.
PÓRCIA.
Pretexto fútil, que sirve á muchos para negar lo que se les pide.
Aunque vuestra mujer fuera loca, me parece imposible que eternamente le
durara el enojo por un anillo, mucho más sabiendo la ocasion de este
regalo. Adios.
(-Se van Pórcia y Nerissa.-)
ANTONIO.
Basanio, dale el anillo, que tanto como la promesa hecha á tu mujer
valen mi amistad y el servicio que nos ha prestado.
BASANIO.
Corre, Graciano, alcánzale, dale esta sortija, y si puedes, llévale á
casa de Antonio. No te detengas.
(-Vase Graciano.-)
Dirijámonos hácia tu casa, y mañana al amanecer volaremos á Belmonte.
En marcha, Antonio.
ESCENA II.
=Una calle de Venecia.=
PÓRCIA y NERISSA.
PÓRCIA.
Averigua la casa del judío, y hazle firmar en seguida esta acta. Esta
noche nos vamos, y llegaremos así un dia antes que nuestros maridos.
¡Cuánto me agradecerá Lorenzo la escritura que le llevo!
GRACIANO.
Grande ha sido mi fortuna en alcanzaros. Al fin, despues de haberlo
pensado bien, mi amo el señor Basanio os manda esta sortija, y os
convida á comer hoy.
PÓRCIA.
No es posible. Pero acepto con gusto la sortija. Decídselo así, y
enseñad á este criado mio la casa de Sylock.
GRACIANO.
Así lo haré.
NERISSA.
Señor, oidme un instante. (-A Pórcia.-) Quiero ver si mi esposo me da
el anillo que juró conservar siempre.
PÓRCIA.
De seguro lo conseguirás. Luego nos harán mil juramentos de que á
hombres y no á mujeres entregaron sus anillos, pero nosotras les
desmentiremos, y si juran, juraremos más que ellos. No te detengas, te
espero donde sabes.
NERISSA.
Ven, mancebo, enséñame la casa.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO V.
ESCENA PRIMERA.
=Alameda que conduce á la casa de campo de Pórcia en Belmonte.=
Salen LORENZO y JÉSSICA.
LORENZO.
¡Qué hermosa y despejada brilla la luna! Sin duda en una noche como
esta en que el céfiro besaba mansamente las hojas de los árboles,
escaló el amante Troilo las murallas de Troya, volando su alma hácia
las tiendas griegas donde aquella noche reposaba Créssida.
JÉSSICA.
Y, en otra noche como esta, Tisbe, con temerosos pasos, fué marchando
sobre la mojada yerba, y viendo la espantosa sombra del leon, se quedó
aterrada.
LORENZO.
Y en otra noche como esta, la reina Dido, armada su diestra con una
vara de sauce, bajó á la ribera del mar, y llamó hácia Cartago al
fugitivo Eneas.
JÉSSICA.
En otra noche así, fué cogiendo Medea las mágicas yerbas con que
rejuveneció al viejo Eson.
LORENZO.
Y en otra noche por el mismo estilo, abandonó Jéssica la casa del rico
judío de Venecia, y con su amante huyó á Belmonte.
JÉSSICA.
En aquella noche juró Lorenzo que la amaba con amor constante, y la
engañó con mil falsos juramentos.
LORENZO.
En aquella noche, Jéssica, tan pérfida como hermosa, ofendió á su
amante, y él le perdonó la ofensa.
JÉSSICA.
No me vencerias en esta contienda, si estuviéramos solos; pero viene
gente.
(-Sale Estéfano.-)
LORENZO.
¿Quién viene en el silencio de la noche?
ESTÉFANO.
Un amigo.
LORENZO.
¿Quién? Decid vuestro nombre.
ESTÉFANO.
Soy Estéfano. Vengo á deciros que, antes que apunte el alba, llegará
mi señora á Belmonte. Ha venido arrodillándose y haciendo oracion al
pié de cada cruz que hallaba en el camino, para que fuese feliz su vida
conyugal.
LORENZO.
¿Quién viene con ella?
ESTÉFANO.
Un venerable ermitaño y su doncella. Dime, ¿ha vuelto el amo?
LORENZO.
Todavía no, ni hay noticia suya. Vamos á casa, amiga, á hacer los
preparativos para recibir al ama como ella merece.
(-Sale Lanzarote.-)
LANZAROTE.
¡Hola, ea!
LORENZO.
¿Quién?
LANZAROTE.
¿Habeis visto á Lorenzo ó á la mujer de Lorenzo?
LORENZO.
No grites. Aquí estamos.
LANZAROTE.
¿Dónde?
LORENZO.
Aquí.
LANZAROTE.
Decidle que aquí viene un nuncio de su amo, cargado de buenas noticias.
Mi amo llegará al amanecer.
(-Se va.-)
LORENZO.
Vamos á casa, amada mia, á esperarlos. ¿Pero ya para qué es entrar?
Estéfano, te suplico que vayas á anunciar la venida del ama, y mandes á
los músicos salir al jardin.
(-Se va Estéfano.-)
¡Qué mansamente resbalan los rayos de la luna sobre el césped!
Recostémonos en él: prestemos atento oido á esa música suavísima,
compañera de la soledad y del silencio. Siéntate, Jéssica: mira la
bóveda celeste tachonada de astros de oro. Ni áun el más pequeño deja
de imitar en su armonioso movimiento el canto de los ángeles, uniendo
su voz al coro de los querubines. Tal es la armonía de los séres
inmortales; pero mientras nuestro espíritu está preso en esta oscura
cárcel, no la entiende ni percibe.
(-Salen los músicos.-)
Tañed las cuerdas, despertad á Diana con un himno, halagad los oidos de
vuestra señora y conducidla á su casa entre música.
JÉSSICA.
Nunca me alegran los sones de la música.
LORENZO.
Es porque se conmueve tu alma. Mira en el campo una manada de alegres
novillos ó de ardientes y cerriles potros: míralos correr, agitarse,
mugir, relinchar. Pero en llegando á sus oidos son de clarin ó ecos
de música, míralos inmóviles, mostrando dulzura en sus miradas, como
rendidos y dominados por la armonía. Por eso dicen los poetas que el
tracio Orfeo arrastraba en pos de sí árboles, rios y fieras: porque
nada hay tan duro, feroz y selvático que resista al poder de la música.
El hombre que no siente ningun género de armonía, es capaz de todo
engaño y alevosía, fraude y rapiña; los instintos de su alma son tan
oscuros como la noche, tan lóbregos como el Tártaro. ¡Ay de quién se
fie de él! Oye, Jéssica.
(-Salen Pórcia y Nerissa.-)
PÓRCIA.
En mi sala hay luz. ¡Cuán lejos llegan sus rayos! Así es el resplandor
de una obra buena en este perverso mundo.
NERISSA.
No hemos visto la luz, al brillar los rayos de la luna.
PÓRCIA.
Así oscurece á una gloria menor, otra más resplandeciente. Así brilla
el ministro hasta que aparece el monarca, pero entonces desaparece su
pompa, como se pierde en el mar un arroyo. ¿No oyes música?
NERISSA.
Debe de ser en tu puerta.
PÓRCIA.
Suena áun más agradable que de dia.
NERISSA.
Efecto del silencio, señora.
PÓRCIA.
El cantar del cuervo es tan dulce como el de la alondra, cuando no
atendemos á ninguno de los dos, y de seguro que si el ruiseñor cantara
de dia, cuando graznan los patos, nadie le tendria por tan buen cantor.
¡Cuánta perfeccion tienen las cosas hechas á tiempo! ¡Silencio! Duerme
Diana en brazos de Endimion, y no tolera que nadie turbe su sueño.
(-Calla la música.-)
LORENZO.
Es voz de Pórcia, ó me equivoco mucho.
PÓRCIA.
Me conoce como conoce el ciego al cuco: en la voz.
LORENZO.
Señora mia, bien venida seais á esta casa.
PÓRCIA.
Hemos rezado mucho por la salud de nuestros maridos. Esperamos que
logren buena fortuna gracias á nuestras oraciones. ¿Han vuelto?
LORENZO.
Todavía no, pero delante de ellos vino un criado á anunciar su venida.
PÓRCIA.
Nerissa, véte y dí á los criados que no cuenten nada de nuestra
ausencia. Vosotros haced lo mismo, por favor.
LORENZO.
¿No ois el son de una trompa de caza? Vuestro esposo se acerca. Fiad en
nuestra discrecion, señora.
PÓRCIA.
Esta noche me parece un dia enfermo: está pálida: parece un dia
anubarrado.
(-Salen Basanio, Antonio, Graciano y acompañamiento.-)
BASANIO.
Si amanecierais vos, cuando él se ausenta, seria de dia aquí al mismo
tiempo que en el hemisferio contrario.
PÓRCIA[1].
¡Dios nos ayude! ¡Bien venido seais á esta casa, señor mio!
[1] Suprimo un juego de palabras intraducible.
BASANIO.
Gracias, señora. Esa bienvenida dádsela á mi amigo. Este es aquel
Antonio á quien tanto debo.
PÓRCIA.
Grande debe ser la deuda, pues si no he entendido mal, por vos se vió
en gran peligro.
ANTONIO.
Por grande que fuera, está bien pagada.
PÓRCIA.
Con bien vengais á nuestra casa. El agradecimiento se prueba con obras,
no con palabras. Por eso no me detengo en discursos vanos.
GRACIANO.
(-A Nerissa.-) Te juro por la luna, que no tienes razon y que me
agravias. Ese anillo se lo dí á un pasante de letrado. ¡Muerto le viera
yo, si hubiera sabido que tanto lo sentirias, amor mio!
PÓRCIA.
¿Qué cuestion es esa?
GRACIANO.
Todo es por un anillo, un mal anillo de oro que ella me dió, con sus
letras grabadas que decian: «Nunca olvides mi amor.»
NERISSA.
No se trata del valor del anillo, ni de la inscripcion, sino que cuando
te lo dí, me juraste conservarlo hasta tu muerte y llevarlo contigo al
sepulcro. Y ya que no fuera por amor mio, á lo menos por los juramentos
y ponderaciones que hiciste, debias haberlo guardado como un tesoro.
Dices que lo diste al pasante de un letrado. Bien sabe Dios que á ese
pasante nunca le saldrán las barbas.
GRACIANO.
Sí que le saldrán, si llega á ser hombre y á tenerlas. Con esta mano
se le dí. Era un rapazuelo, sin bozo, tan bajo como tú, pasante de un
abogado, grande hablador. Me pidió el anillo en pago de un favor que me
habia hecho, y no supe negárselo.
PÓRCIA.
Pues hiciste muy mal (si he de decirte la verdad) en entregar tan
pronto el primer regalo de tu esposa, que ella colocó en tu dedo con
tantos juramentos y promesas. Yo dí otro anillo á mi esposo, y le hice
jurar que nunca le perderia ni entregaria á nadie. Estoy segura que no
lo hará ni por todo el oro del mundo. Graciano, mucha razon tiene tu
mujer para estar enojada contigo. Yo me volveria loca.
BASANIO.
¿Qué podré hacer? ¿Cortarme la mano izquierda y decir que perdí el
anillo defendiéndome?
GRACIANO.
Pues tambien á mi amo Basanio le pidió su anillo el juez, y él se lo
dió. Luego, el pasante, que nos habia servido bien en su oficio, me
pidió el mio, y yo no supe cómo negárselo, porque ni el señor ni el
criado quisieron recibir más galardon que los dos anillos.
PÓRCIA.
¿Y tú qué anillo le diste, Basanio? Creo que no seria el que yo te
entregué.
BASANIO.
Si yo tuviera malicia bastante para acrecentar mi pecado con la
mentira, te lo negaria, Pórcia. Pero ya ves, mi dedo está vacío. He
perdido el anillo.
PÓRCIA.
No: lo que tienes vacía de verdad es el alma. Y juro á Dios que no he
de ocupar tu lecho, hasta que me muestres el anillo.
NERISSA.
Ni yo el de éste, hasta que me presente el suyo.
BASANIO.
Amada Pórcia, si supieras á quién se lo dí, y por qué, y con cuánto
dolor de mi alma, y sólo porque no quiso recibir otra cosa que el
anillo, tendrias lástima de mí.
PÓRCIA.
Y si tú supieras las virtudes de ese anillo, ó el valor de quién te lo
dió, ó lo que te importaba conservarle, nunca le hubieras dado. ¿Por
qué habia de haber hombre tan loco, que defendiéndolo tú con alguna
insistencia, se empeñara en arrebatarte un don tan preciado? Bien dice
Nerissa: ella está en lo cierto; sin duda diste el anillo á alguna dama.
BASANIO.
¡No, señora! lo juro por mi honor, por mi alma, se lo dí á un doctor en
derecho que no queria aceptar 3,000 ducados, y que me pidió el anillo.
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