¿Al asunto dices? Pues el asunto es que ha perdido un barco.
SALARINO.
¡Quiera Dios que no sea más que uno!
SALANIO.
¡Ojalá! No sea que eche á perder el demonio mis oraciones, porque aquí
viene en forma de judío.
(-Sale Sylock.-)
¿Cómo estás, Sylock? ¿Qué novedades cuentan los mercaderes?
SYLOCK.
Vosotros lo sabeis. ¿Quién habia de saber mejor que vosotros la fuga de
mi hija?
SALARINO.
Es verdad. Yo era amigo del sastre que hizo al pájaro las alas con que
voló del nido.
SALANIO.
Y Sylock no ignoraba que el pájaro tenia ya plumas, y que es condicion
de las aves el echar á volar en cuanto las tienen.
SALARINO.
Por eso la condenarán.
SALANIO.
Es claro: si la juzga el demonio.
SYLOCK.
¡Ser infiel á mi carne y sangre!
SALANIO.
Más diferencia hay de su carne á la tuya que del marfil al azabache,
y de su sangre á la tuya que del vino del Rhin al vino tinto. Dinos:
¿sabes algo de la pérdida que ha tenido Antonio en el mar?
SYLOCK.
¡Vaya otro negocio! ¡Un mal pagador, que no se atreve á comparecer en
Rialto! ¡Un mendigo que hacia alarde de lujo, paseándose por la playa!
A ver cómo responde de su fianza. Para eso me llamaba usurero. Que
responda de su fianza. Decia que prestaba dinero por caridad cristiana.
Que responda de su fianza.
SALARINO.
De seguro que si no cumple el contrato, no por eso te has de quedar con
su carne. ¿Para qué te sirve?
SYLOCK.
Me servirá de cebo en la caña de pescar. Me servirá para satisfacer
mis odios. Me ha arruinado. Por él he perdido medio millon: él se
ha reido de mis ganancias y de mis pérdidas: ha afrentado mi raza y
linaje, ha dado calor á mis enemigos y ha desalentado á mis amigos. Y
todo ¿por qué? Por que soy judío. ¿Y el judío no tiene ojos, no tiene
manos ni órganos ni alma, ni sentidos ni pasiones? ¿No se alimenta de
los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas
enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano
y frio en invierno, lo mismo que el cristiano? Si le pican ¿no sangra?
¿No se rie si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan? Si
le ofenden, ¿no trata de vengarse? Si en todo lo demas somos tan
semejantes ¿por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende
á un cristiano ¿no se venga éste, á pesar de su cristiana caridad? Y si
un cristiano á un judío, ¿qué enseña al judío la humildad cristiana? A
vengarse. Yo os imitaré en todo lo malo, y para poco he de ser, si no
supero á mis maestros.
UN CRIADO.
Señores: mi amo Antonio os espera en su casa, para hablaros de negocios
importantes.
SALARINO.
Largo tiempo hace que le buscamos.
(-Sale Túbal.-)
SALANIO.
Hé aquí otro de su misma tribu: no se encontraria otro tercero que los
igualase como no fuese el mismísimo demonio.
(-Vanse.-)
SYLOCK.
Túbal, ¿qué noticias traes de Génova? ¿qué sabes de mi hija?
TÚBAL.
Oí noticias de ella en muchas partes, pero nunca la ví.
SYLOCK.
Nunca ha caido otra maldicion igual sobre nuestra raza. Mira: se
llevó un diamante que me habia costado dos mil ducados en la feria
de Francfort. Dos mil ducados del diamante, y ademas muchas alhajas
preciosas. Poco me importaria ver muerta á mi hija, como tuviera los
diamantes en las orejas, y los ducados en el ataud. ¿Pero nada, nada
has averiguado de ellos? ¡Maldito sea yo! ¡Y cuánto dinero he gastado
en buscarla! ¡Tanto que se llevó el ladron, y tanto cómo llevo gastado
en su busca, y todavía no me he vengado! Cada dia me trae una nueva
pérdida. Todo género de lástimas y miserias ha caido sobre mí.
TÚBAL.
No eres tú el solo desgraciado. Me contaron en Génova que tambien
Antonio...
SYLOCK.
¿Qué, qué? ¿le ha sucedido alguna desgracia?
TÚBAL.
Se le ha perdido un barco que venia de Trípoli.
SYLOCK.
¡Bendito sea Dios! ¿Pero eso es cierto?
TÚBAL.
Me lo han contado algunos marineros escapados del naufragio.
SYLOCK.
¡Gracias, amigo Túbal, gracias! ¡Qué felices nuevas! ¿Con qué en
Génova, eh, en Génova?
TÚBAL.
Dicen que tu hija ha gastado en Génova ochenta ducados en una noche.
SYLOCK.
¡Qué daga me estás clavando en el corazon! ¡Pobre dinero mio! ¡En una
noche sola ochenta ducados!
TÚBAL.
Varios acreedores de Antonio, con quienes vengo desde Génova, tienen
por inevitable su quiebra.
SYLOCK.
¡Oh! ¡qué felicidad! Le atormentaré. Me he de vengar con creces.
TÚBAL.
Uno de esos acreedores me mostró una sortija, con que tu hija le habia
pagado un mono que compró.
SYLOCK.
¡Cállate, maldecido! ¿Quieres martirizarme? Es mi turquesa. Me la
regaló Lia, cuando yo era soltero. No la hubiera yo cedido por todo un
desierto henchido de monos.
TÚBAL.
Pero no tiene duda que Antonio está completamente arruinado.
SYLOCK.
Eso me consuela. Eso tiene que ser verdad. Túbal, avísame un alguacil
para dentro de quince dias. Si no paga la fianza, le sacaré las
entrañas; si no fuera por él, haria yo en Venecia cuantos negocios
quisiera. Túbal, nos veremos en la sinagoga. Adios, querido Túbal.
ESCENA II.
=Quinta de Pórcia.=
BASANIO, PÓRCIA, GRACIANO, NERISSA y criados.
PÓRCIA.
Os ruego que no os deis prisa. Esperad siquiera un dia ó dos, porque
si no acertais en la eleccion, os pierdo para siempre. Hay en mi alma
algo que me dice (no sé si será amor) que seria para mí un dolor que
os fueseis. Odio ya veis que no puede ser. Si no os parecen bastante
claras mis palabras (porque una doncella sólo puede hablar de estas
cosas con el pensamiento) os suplicaria que permanecieseis aquí uno
ó dos meses. Con esto tendré bastante tiempo para enseñaros el modo
de no errar. Pero ¡ay! no puedo, porque seria faltar á mi juramento,
y no he de ser perjura aunque os pierda. Si errais, hareis que me
lamente mucho de haber faltado á mi juramento. ¡Ojalá nunca hubiera yo
visto vuestros ojos! Su fulgor me ha partido el alma: sólo la mitad es
mia, la otra mitad vuestra... He querido decir mia, pero no es mia,
vuestra es tambien, y toda yo os pertenezco. Este siglo infeliz en que
vivimos pone obstáculos entre el poseedor y su derecho. Por eso, y á
la vez, soy vuestra y no lo soy. El hado tiene la culpa, y él es quien
debe pagarla é ir al infierno, yo no. Hablo demasiado, pero es por
entretener el tiempo, y detenerle, y con él vuestra eleccion.
BASANIO.
Permitid que la suerte decida. Estoy como en el tormento.
PÓRCIA.
¿Basanio en el tormento? pues qué, ¿hay algun engaño en vuestro amor?
BASANIO.
Hay un recelo, que me presenta como imposible mi felicidad. Antes harán
alianza el fuego y el hielo, que mi amor y la traicion.
PÓRCIA.
Me temo que esteis hablando desde el tormento, donde el hombre, bien
contra su voluntad, confiesa lo cierto.
BASANIO.
Pórcia, mi vida consiste en vos. Dádmela, y os diré toda la verdad.
PÓRCIA.
Decídmela y vivireis.
BASANIO.
Mejor hubierais dicho: «decídmela y amad», y con esto seria inútil mi
confesion, ya que mi único crímen es amar, delicioso tormento en que
sólo el verdugo puede salvar al reo. Vamos á las cajas, y que la suerte
nos favorezca.
PÓRCIA.
A las cajas, pues. En una de ellas está mi efigie. Si me amais,
la encontrareis de seguro. Atras, Nerissa: atras, todos vosotros,
y mientras elige, resuene la música. Si se equivoca, morirá entre
armonías como el cisne, y para que sea mayor la exactitud de la
comparacion, mis ojos le darán sepulcro en las nativas ondas. Si vence
(y no es imposible), oirá el son agudo de las trompetas, semejante
al que saluda al rey que acaba de ser ungido y coronado, ó á las
alegres voces que, al despuntar la aurora, penetran en los oidos del
extasiado novio. Vedle acercarse con más amor y más vigorosos alientos
que Hércules, cuando fué á salvar á Troya del nefando tributo de la
doncella que tenia que entregar á la voracidad del mónstruo marino,
en luctuoso dia. Yo soy la víctima. Vosotros sois como las matronas
dárdanas que con llorosos ojos han salido de Troya á contemplar el
sacrificio. Adelante, noble Alcides: sal vencedor de la contienda. En
tu vida está la mia. Todavía tengo yo más interes en el combate, que
tú que vas á pelear, dando celos al mismo Áres. (-Mientras Basanio
elige, canta la música-: «¿Dónde nace el amor, en los ojos ó en el
alma? ¿Quién le da fuerzas para quitarnos el sosiego? Decídnoslo,
decídnoslo.--El amor nace en los ojos, se alimenta de miradas, y muere
por desvíos en la misma cuna donde nace. Cantemos dulces himnos en
alabanza del amor. ¡Viva el amor, viva el amor!»)
[Ilustración: -La eleccion entre las tres cajas.-]
BASANIO.
Muchas veces engañan las apariencias. ¿Ha habido causa tan mala que
un elocuente abogado no pudiera hacer probable, buscando disculpas
para el crímen más horrendo? ¿Hay alguna herejía religiosa que no
tenga sectarios, y que no pueda cubrirse con citas de la Escritura
ó con flores retóricas que disimulen su fealdad? ¿Hay vicio que no
pueda disfrazarse con la máscara de la virtud? ¿No habeis visto muchos
cobardes, tan falsos y movedizos como piedra sobre arena, y que por
fuera muestran la belicosa faz de Hércules y las híspidas barbas de
Marte, y por de dentro tienen los hígados tan blancos como la leche?
Fingen valor, para hacerse temer. Medid la hermosura: se compra al
peso, y son más ligeras las que se atavian con los más preciados arreos
de la belleza. ¡Cuántas veces los áureos rizos, enroscados como sierpes
al rededor de una dudosa belleza, son prenda de otra hermosura que
yace en olvidado sepulcro! Los adornos son como la playa de un mar
proceloso: como el velo de seda que oculta el rostro de una hermosura
india: como la verdad, cuya máscara toma la fraude para engañar á
los más prudentes. Por eso desdeño los fulgores del oro, alimento y
perdicion del avaro Midas, y tambien el pálido brillo de la mercenaria
plata. Tu quebrado color, oh plomo que pasas por vil y anuncias más
desdichas que felicidad, me atrae más que todo eso. Por tí me decido.
¡Quiera Dios cumplir mi amoroso deseo!
PÓRCIA.
(-Aparte.-) Como el viento disipa las nubes, así huyen de mi alma todos
los recelos, tristezas y desconfianzas. Cálmate, amor; ten sosiego:
templa los ímpetus del alma, y dame el gozo con tasa, porque si no, el
corazon estallará de alegría.
BASANIO.
(-Abre la caja de plomo.-) ¿Qué veo? ¿El mismo rostro de la hermosa
Pórcia? ¿Qué pincel sobrehumano pudo acercarse tanto á la realidad?
¿Pestañean estos ojos, ó es que los mueve el reflejo de los mios?
Exhalan sus labios un aliento más dulce que la miel. De sus cabellos
ha tejido el pintor una tela de araña para enredar corazones. ¡Ay de
las moscas que caigan en ellos! ¿Pero cómo habrá podido retratar sus
ojos, sin cegar? ¿Cómo pudo acabar el uno sin que sus rayos le cegaran
de tal modo que dejase sin acabar el otro? Toda alabanza es poca, y
seria afrentar al retrato tanto como el retrato al original. Veamos lo
que dice la letra, cifra breve de mi fortuna. (-Lee.-) «Tú á quien no
engañan las apariencias, consigues la rara fortuna de acertar. Ya que
tal suerte tuviste, no busques otra mejor. Si te parece bien la que te
ha dado la fortuna, vuélvete hácia ella, y con un beso de amor tómala
por tuya, siguiendo los impulsos de tu alma.» ¡Hermosa leyenda! Señora,
perdon. Es necesario cumplir lo que este papel ordena. A la manera que
el gladiador, cuando los aplausos ensordecen el anfiteatro, duda si es
á él á quien se dirigen, y vuelve la vista en torno suyo; así yo, bella
Pórcia, dudo si es verdad lo que miro, y antes de entregarme al gozo,
necesito que lo confirmen vuestros labios.
PÓRCIA.
Basanio, tal cual me veis, vuestra soy. No deseo para mí suerte mayor,
pero en obsequio vuestro quisiera ser veinte veces más hermosa de lo
que soy, y diez mil veces más rica. Yo quisiera exceder á todas en
virtud, en belleza, en bienes de fortuna y en amigos, para que me
amaseis mucho más. Pero valgo muy poco; soy una niña ignorante y sin
experiencia; sólo tengo una cosa buena, y es que todavía no soy vieja
para aprender; y otra aún mejor, que no fué tan mala mi educacion
primera que no pueda aprender. Y áun tengo otra felicidad mejor, y es
la de tener un corazon tan rendido que se humilla á vos como el siervo
á su señor y monarca. Mi persona, y la hacienda que fué mia, son desde
hoy vuestras. Hace un momento era yo señora de esta quinta y de estos
criados, y de mí misma, pero desde ahora yo y mi quinta y mis criados
os pertenecemos. Todo os lo doy con este anillo. Si algun dia le
destruís ó perdeis, será indicio de que habeis perdido mi amor, y podré
reprenderos por tan grave falta.
BASANIO.
Señora, me habeis quitado el habla. Sólo os grita mi sangre alborotada
en las venas. Tal trastorno habeis producido en mis sentidos, como el
tumulto que estalla en una muchedumbre cuando oye el discurso de un
príncipe adorado. Mil palabras incoherentes se confunden con gritos que
no tienen sentido alguno, pero que expresan un júbilo sincero. Cuando
huya de mis dedos ese anillo, irá con él mi vida, y podreis decir que
ha muerto Basanio.
NERISSA.
Á nosotros, mudos espectadores de tal drama, sólo nos toca daros el
parabien. Sed dichosos, amos y señores mios.
GRACIANO.
Basanio, señor mio; y tú, hermosa dama, disfrutad cuanta ventura deseo
para vosotros, ya que no ha de ser á mi costa. Y cuando os prepareis á
cerrar solemnemente el contrato, dadme licencia para hacer lo mismo.
BASANIO.
Con mucho gusto, si encuentras mujer.
GRACIANO.
Mil gracias, Basanio. Á tí lo debo. Mis ojos son tan avizores como los
tuyos. Tú los pusiste en la señora; yo en la criada: tú amaste; yo
tambien. Tu amor no consiente dilaciones; tampoco el mio. Tu suerte
dependia de la buena eleccion de las cajas; tambien la mia. Yo ardiendo
en amores perseguí á esta esquiva hermosura con tantas y tantas
promesas y juramentos, que casi tengo seca la boca de repetirlos. Pero
al fin (si las palabras de tal hermosura valen algo), me prometió
concederme su amor, si tú acertabas á conquistar el de su señora.
PÓRCIA.
¿Es verdad, Nerissa?
NERISSA.
Verdad es, señora, si no lo llevais á mal.
BASANIO.
¿Lo dices de véras, Graciano?
GRACIANO.
De véras, señor.
BASANIO.
Vuestro casamiento aumentará los regocijos del nuestro.
GRACIANO.
¡Pero quién viene! ¿Lorenzo y la judía? ¿y con ellos mi amigo, el
veneciano Salerio?
(-Salen Lorenzo, Jéssica y Salerio.-)
BASANIO.
Con bien vengais á esta quinta, Lorenzo y Salerio, si es que mi recien
nacida felicidad me autoriza para saludaros en este lugar. ¿Me lo
permites, bellísima Pórcia?
PÓRCIA.
Y lo repito: bien venidos sean.
LORENZO.
Gracias por tanto favor. Mi intencion no era visitarte, pero Salerio, á
quien encontré en el camino, se empeñó tanto, que al cabo consentí en
acompañarle.
SALERIO.
Lo hice, es verdad, pero no sin razon, porque te traigo un recado del
señor Antonio. (-Le da una carta.-)
BASANIO.
Antes de abrir esta carta, dime cómo se encuentra mi buen amigo.
SALERIO.
No está enfermo más que del alma; por su carta verás lo que padece.
GRACIANO.
Querido Salerio, dame la mano. ¿Qué noticias traes de Venecia? ¿Qué
hace el honrado mercader Antonio? ¡Cómo se alegrará al saber nuestra
dicha! Somos los Jasones que han encontrado el vellocino de oro.
SALERIO.
¡Ojalá hubierais encontrado el áureo vellocino, que él perdió en hora
aciaga!
PÓRCIA.
Malas nuevas debe traer la carta. Huye el color de las mejillas de
Basanio. Sin duda acaba de saber la muerte de un amigo muy querido,
porque ninguna otra mala noticia podria abatir un ánimo tan constante;
malo, malo. Perdóname, Basanio, pero soy la mitad de tu alma, y justo
es que me pertenezcan la mitad de las desgracias que anuncia ese pliego.
BASANIO.
¡Amada Pórcia! Leo en esta carta algunas de las frases más tristes que
se han escrito nunca sobre el papel. ¡Pórcia hermosísima!, cuando por
primera vez te confesé mi amor, no tuve reparo en decirte que yo no
tenia otra hacienda que la sangre de mis venas, pero que era noble y
bien nacido, y te dije la verdad. Pero así y todo hubo jactancia en mis
palabras, al decirte que mis bienes eran ningunos. Para ser enteramente
veraz, debí añadir que mi fortuna era menos que nada, porque la verdad
es que empeñé mi palabra á mi mejor amigo, dejándole expuesto á la
venganza del enemigo más cruel, implacable y sin entrañas: todo para
procurarme dineros. Esta carta me parece el cuerpo de mi amigo: cada
línea es á modo de una herida, que arroja la sangre á borbotones. Pero
¿es cierto, Salerio? ¿Todo, todo lo ha perdido? ¿Todos sus negocios
le han salido mal? ¿Ni en Trípoli, ni en Méjico, ni en Lisboa, ni en
Inglaterra, ni en la India, ni en Berberia, escapó ningun barco suyo de
esos escollos tan fatales al marino?
SALERIO.
Ni uno. Y aunque á Antonio le quedara algun dinero para pagar al judío,
de seguro que este no le recibiria. No parece sér humano: nunca he
visto á nadie tan ansioso de destruir y aniquilar á su prójimo. Dia
y noche pide justicia al Dux, amenazando, si no se le hace justicia,
con invocar las libertades del Estado. En vano han querido persuadirle
los mercaderes más ricos, y el mismo Dux y los patricios. Todo en
balde. Él persiste en su demanda, y reclama confiscacion, justicia y el
cumplimiento de su engañoso trato.
JÉSSICA.
Cuando vivia yo con él, muchas veces le ví jurar á sus amigos Túbal y
Chus que preferia la carne de Antonio á veinte veces el valor de la
suma que le debia, y si las leyes y el gobierno de Venecia no protegen
al infeliz Antonio, mala será su suerte.
PÓRCIA.
¿Y en vuestro amigo recaen todas esas calamidades?
BASANIO.
En mi amigo, el mejor y más fiel, el de alma más honrada que hay en
toda Italia. En su pecho arde la llama del honor de la antigua Roma.
PÓRCIA.
¿Qué es lo que debe al judío?
BASANIO.
Tres mil ducados que me prestó.
PÓRCIA.
¿No más que tres mil? Dale seis mil, duplica, triplica la suma, antes
que consentir que tan buen amigo pierda por tí ni un cabello. Vamos
al altar, despidámonos, y luego corre á Venecia á buscar á tu amigo;
no vuelvas al lado de Pórcia hasta dejarle en salvo. Llevarás lo
bastante para pagar diez veces más de lo que debe al hebreo. Págalo, y
vuelve enseguida con tu fiel amigo. Mi doncella Nerissa y yo viviremos
entretanto como viudas y como doncellas. Es necesario que partas el dia
mismo de nuestras bodas. Piensa en nuestros comensales; no arrugues el
ceño, muestra la faz alegre. Ya que tan caro te he comprado, reflexiona
cuánto he de amarte. Pero léeme antes la carta.
BASANIO.
«Querido Basanio: mis barcos naufragaron: me acosan mis acreedores;
he perdido toda mi hacienda; ha vencido el plazo de mi escritura con
el judío, y claro es que si se cumple la cláusula del contrato, tengo
forzosamente que morir. Toda deuda entre nosotros queda liquidada, con
tal que vengas á verme en la hora de mi muerte. Sin embargo, haz lo
que quieras; si nuestra amistad no te obliga á venir, tampoco te hará
fuerza esta carta.»
PÓRCIA.
Amor mio, véte en seguida.
BASANIO.
Volaré, si me lo permites. Entretanto que vuelvo, el reposo y la
soledad de mi lecho serán continuos estímulos para que yo vuelva.
ESCENA III.
=Calle en Venecia.=
SYLOCK, SALANIO, ANTONIO y el CARCELERO.
SYLOCK.
Carcelero, no apartes la vista de él. No me digas que tenga
compasion..... Éste es aquel insensato que prestaba su dinero sin
interes. No le pierdas de vista, carcelero.
ANTONIO.
Oye, amigo Sylock.
SYLOCK.
Pido que se cumplan las condiciones de la escritura. He jurado no ceder
ni un ápice de mi derecho. En nada te habia ofendido yo cuando ya
me llamabas perro. Si lo soy, yo te enseñaré los dientes. No tienes
escape. El Dux me hará justicia. No sé, perverso alcaide, por qué has
consentido con tanto gusto en sacarle de la prision.
ANTONIO.
Óyeme: te lo suplico.
SYLOCK.
No quiero oirte. Cúmpleme el contrato. No quiero oirte. No te empeñes
en hablar más. No soy un hombre de buenas entrañas, de los que dan
cabida á la compasion, y se rinden al ruego de los cristianos. No
volvais á importunarme. Pido que se cumpla el contrato.
(-Vase.-)
SALANIO.
Es el perro más abominable de los que deshonran el género humano.
ANTONIO.
Déjale. Nada de ruegos inútiles. Quiere mi vida y no atino por qué. Más
de una vez he salvado de sus garras á muchos infelices que acudieron á
mí, y por eso me aborrece.
SALANIO.
No creo que el Dux consienta jamas en que se cumpla semejante contrato.
ANTONIO.
El Dux tiene que cumplir la ley, porque el crédito de la República
perderia mucho si no se respetasen los derechos del extranjero. Toda la
riqueza, prosperidad y esplendor de esta ciudad depende de su comercio
con los extranjeros. Ea, vamos. Tan agobiado estoy de pesadumbres, que
dudo mucho que mañana tenga una libra de carne en mi cuerpo, con que
hartar la sed de sangre de ese bárbaro. Adios, buen carcelero. ¡Quiera
Dios que Basanio vuelva á verme y pague su deuda! Entonces moriré
tranquilo.
ESCENA IV.
=Quinta de Pórcia en Belmonte.=
PÓRCIA, NERISSA, LORENZO, JÉSSICA y BALTASAR.
LORENZO.
Señora (no tengo reparo en decirlo delante de vos), alta idea teneis
formada de la santa amistad, y buena prueba de ello es la resignacion
con que tolerais la ausencia de vuestro marido. Pero si supierais á
quién favoreceis de este modo, y cuán buen amigo es del señor Basanio,
más os enorgulleceriais de vuestra obra que de la natural cualidad de
obrar bien, de que tantas muestras habeis dado.
PÓRCIA.
Nunca me arrepentí de hacer el bien, ni ha de pesarme ahora. Entre
amigos que pasan y gastan juntos largas horas, unidos sus corazones por
el vínculo sagrado de la amistad, ha de haber gran semejanza de índole,
afectos y costumbres. De aquí infiero que siendo Antonio el mejor amigo
del esposo á quien adoro, ha de parecerse á él necesariamente. Y si
es así, ¡qué poco me habrá costado librar del más duro tormento al
fiel espejo del amor mio! Pero no quiero decir más, porque esto parece
alabanza propia. Hablemos de otra cosa. En tus manos pongo, honrado
Lorenzo, la direccion y gobierno de esta casa hasta que vuelva mi
marido. Yo sólo puedo pensar en cumplir un voto que hice secretamente,
de estar en oracion, sin más compañía que la de Nerissa, hasta que su
amante y el mio vuelvan. A dos leguas de aquí hay un convento, donde
podremos encerramos. No rehuseis el encargo y el peso que hoy me
obligan á echar sobre vuestros hombros mi confianza y la situacion en
que me encuentro.
LORENZO.
Lo acepto con toda voluntad, señora, y cumpliré todo lo que me ordeneis.
PÓRCIA.
Ya saben mi intencion los criados. Vos y Jéssica sereis para ellos como
Basanio y yo. Quedad con Dios. Hasta la vuelta.
JÉSSICA.
¡Ojalá logreis todas las dichas que mi alma os desea!
PÓRCIA.
Mucho os agradezco la buena voluntad, y os deseo igual fortuna. Adios,
Jéssica.
(-Vanse Jéssica y Lorenzo.-)
Oye, Baltasar. Siempre te he encontrado fiel. Tambien lo has de ser
hoy. Lleva esta carta á Pádua, con toda la rapidez que cabe en lo
humano, y dásela en propia mano á mi amigo el Dr. Belario. Él te
entregará dos trajes y algunos papeles: llévalos á la barca que hace la
travesía entre Venecia y la costa cercana. No te detengas en palabras.
Corre. Estaré en Venecia antes que tú.
BALTASAR.
Corro á obedecerte, señora.
(-Vase.-)
PÓRCIA.
Oye, Nerissa: tengo un plan, que todavía no te he comunicado. Vamos á
sorprender á tu esposo y al mio.
NERISSA.
¿Sin que nos vean?
[Ilustración]
PÓRCIA.
Nos verán, pero en tal arreo que nos han de atribuir cualidades de
que carecemos. Apuesto lo que querais á que cuando estemos vestidas
de hombre, yo he de parecer el mejor mozo, y el de más desgarro, y
he de llevar la daga mejor que tú. Hablaré recio, como los niños que
quieren ser hombres y tratan de pendencias cuando todavía no les
apunta el bozo. Inventaré mil peregrinas historias de ilustres damas
que me ofrecieron su amor, y á quienes desdeñé, por lo cual cayeron
enfermas y murieron de pesar.--¿Qué hacer entonces?--Sentir en medio de
mis conquistas cierta lástima de haberlas matado con mis desvíos. Y
por este órden ensartaré cien mil desatinos, y pensarán los hombres
que hace un año he salido del colegio y revuelvo en el magin cien mil
fanfarronadas, que quisiera ejecutar.
NERISSA.
Pero, señora, ¿tenemos que disfrazarnos de hombres?
PÓRCIA.
¿Y lo preguntas? Ven, ya nos espera el coche á la puerta del jardin.
Allí te lo explicaré todo. Anda deprisa, que tenemos que correr seis
leguas.
ESCENA V.
=Jardin de Pórcia en Belmonte.=
LANZAROTE y JÉSSICA.
LANZAROTE.
Sí, porque habeis de saber que Dios castiga en los hijos las culpas de
los padres: por eso os tengo lástima. Siempre os dije la verdad, y no
he de callarla ahora. Tened paciencia, porque á la verdad, creo que os
vais á condenar. Sólo os queda una esperanza, y esa á medias.
JÉSSICA.
¿Y qué esperanza es esa?
LANZAROTE.
La de que quizas no sea tu padre el judío.
JÉSSICA.
Esa sí que seria una esperanza bastarda. En tal caso pagaria yo los
pecados de mi madre.
LANZAROTE.
Dices bien: témome que pagues los de tu padre y los de tu madre. Por
eso huyendo de la Scyla de tu padre, doy en la Caríbdis de tu madre, y
por uno y otro lado estoy perdido.
JÉSSICA.
Me salvaré por el lado de mi marido, que me cristianizó.
LANZAROTE.
Bien mal hecho. Hartos cristianos éramos para poder vivir en paz. Si
continúa ese empeño de hacer cristianos á los judíos, subirá el precio
de la carne de puerco y no tendremos ni una lonja de tocino para el
puchero.
(-Sale Lorenzo.-)
JÉSSICA.
Contaré á mi marido tus palabras, Lanzarote. Mírale, aquí viene.
LORENZO.
Voy á tener celos de tí, Lanzarote, si sigues hablando en secreto con
mi mujer.
JÉSSICA.
Nada de eso, Lorenzo: no tienes motivo para encelarte, porque Lanzarote
y yo hemos reñido. Me estaba diciendo que yo no tendria perdon de Dios,
por ser hija de judío, y añade que tú no eres buen cristiano, porque,
convirtiendo á los judíos, encareces el tocino.
LORENZO.
Más fácil me seria, Lanzarote, justificarme de eso, que tú de haber
engruesado á la negra mora, que está embarazada por tí, Lanzarote.
LANZAROTE.
No me extraña que la mora esté más gorda de lo justo. Siempre será más
mujer de bien de lo que yo creia.
LORENZO.
Todo el mundo juega con el equívoco, hasta los más tontos... Dentro de
poco, los discretos tendrán que callarse, y sólo merecerá alabanza en
los papagayos el don de la palabra. Adentro, pícaro: dí á los criados
que se dispongan para la comida.
LANZAROTE.
Ya están dispuestos, señor: cada cual tiene su estómago.
LORENZO.
¡Qué ganas de broma tienes! Diles que pongan la comida.
LANZAROTE.
Tambien está hecho. Pero mejor palabra seria «cubrir».
LORENZO.
Pues que cubran.
LANZAROTE.
No lo haré, señor: sé lo que debo.
LORENZO.
Basta de juegos de palabras. No agotes de una vez el manantial de tus
gracias. Entiéndeme, ya que te hablo con claridad. Dí á tus compañeros
que cubran la mesa y sirvan la comida, que nosotros iremos á comer.
LANZAROTE.
Señor, la mesa se cubrirá, la comida se servirá, y vos ireis á comer ó
no, segun mejor cuadre á vuestro apetito.
(-Vase.-)
LORENZO.
¡Oh, qué de necedades ha dicho! Tiene hecha sin duda provision de
gracias. Otros bufones conozco de más alta ralea, que por decir un
chiste, son capaces de alterar y olvidar la verdadera significacion de
las cosas. ¿Qué piensas, amada Jéssica? Dime con verdad: ¿Te parece
bien la mujer de Basanio?
JÉSSICA.
Más de lo que puedo darte á entender con palabras. Muy buena vida debe
hacer Basanio, porque tal mujer es la bendicion de Dios y la felicidad
del paraíso en la tierra, y si no la estima en la tierra, no merecerá
gozarla en el cielo. Si hubiera contienda entre dos divinidades, y la
una trajese por apuesta una mujer como Pórcia, no encontraria el otro
dios ninguna otra que oponerla en este bajo mundo.
LORENZO.
Tan buen marido soy yo para tí, como ella es buena mujer.
JÉSSICA.
Pregúntamelo á mí.
LORENZO.
Vamos primero á comer.
JÉSSICA.
No: déjame alabarte, mientras yo quiera.
LORENZO.
No: déjalo: vamos á comer: á los postres dirás lo que quieras, y así
digeriré mejor.
(-Vanse.-)
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO IV.
ESCENA PRIMERA.
=Tribunal en Venecia.=
DUX, SENADORES, ANTONIO, BASANIO, GRACIANO, SALARINO y SALANIO.
DUX.
¿Y Antonio?
ANTONIO.
Á vuestras órdenes, Alteza.
DUX.
Te tengo lástima, porque vienes á responder á la demanda de un enemigo
cruel y sin entrañas, en cuyo pecho nunca halló lugar la compasion ni
el amor, y cuya alma no encierra ni un grano de piedad.
ANTONIO.
Ya sé que V. A. ha puesto empeño en calmar su feroz encono, pero sé
tambien que permanece inflexible, y que no me queda, segun las leyes,
recurso alguno para salvarme de sus iras. A ellas sólo puedo oponer la
paciencia y la serenidad. Mi alma tranquila y resignada soportará todas
las durezas y ferocidades de la suya.
DUX.
Decid que venga el judío ante el tribunal.
SALARINO.
Ya viene, señor. Está fuera, esperando vuestras órdenes.
(-Entra Sylock.-)
DUX.
¡Haceos atras! ¡Que se presente Sylock! Cree el mundo, y yo con él,
que quieres apurar tu crueldad hasta las heces, y luego cuando la
sentencia se pronuncie, haces alarde de piedad y mansedumbre, todavía
más odiosas que tu crueldad primera. Cree la gente que en vez de pedir
el cumplimiento del contrato que te concede una libra de carne de este
desdichado mercader, desistirás de tu demanda, te moverás á lástima,
le perdonarás la mitad de la deuda, considerando las grandes pérdidas
que ha tenido en poco tiempo, y que bastarian á arruinar al más
opulento mercader monarca, y á conmover entrañas de bronce y corazones
de pedernal, aunque fuesen de turcos ó tártaros selváticos, ajenos de
toda delicadeza y buen comedimiento. Todos esperamos de tí una cortes
respuesta.
SYLOCK.
Vuestra Alteza sabe mi intencion, y he jurado por el sábado lograr
cumplida venganza. Si me la negais, ¡vergüenza eterna para las leyes
y libertades venecianas! Me direis que ¿por qué estimo más una libra
de carne de este hombre que tres mil ducados? Porque así se me antoja.
¿Os place esta contestacion? Si en mi casa hubiera un raton importuno,
y yo me empeñara en pagar diez mil ducados por matarle, ¿lo llevariais
á mal? Hay hombres que no pueden ver en su mesa un lechon asado, otros
que no resisten la vista de un gato, animal tan útil é inofensivo,
y algunos que orinan, en oyendo el son de una gaita. Efectos de la
antipatía que todo lo gobierna. Y así como ninguna de estas cosas tiene
razon de ser, yo tampoco la puedo dar para seguir este pleito odioso,
á no ser el odio que me inspira hasta el nombre de Antonio. ¿Os place
esta respuesta?
BASANIO.
No basta, cruel hebreo, para disculpar tu fiereza increible.
SYLOCK.
Ni yo pretendo darte gusto.
BASANIO.
¿Y mata siempre el hombre á los séres que aborrece?
SYLOCK.
¿Y quién no procura destruir lo que él odia?
BASANIO.
No todo agravio provoca á tanta indignacion desde luego.
SYLOCK.
¿Consentirás que la serpiente te muerda dos veces?
ANTONIO.
Mira que estás hablando con un judío. Más fácil te fuera arengar á
las olas de la playa cuando más furiosas están, y conseguir que se
calmen; ó preguntar al lobo por qué devora á la oveja, y deja huérfano
al cordero; ó mandar callar á los robles de la selva, y conseguir
que el viento no agite sus verdes ramas: en suma, mejor conseguirias
cualquier imposible, que ablandar el durísimo corazon de ese hebreo. No
le ruegues más, no le importunes: haz que la ley se cumpla pronto, á su
voluntad.
BASANIO.
En vez de los tres mil ducados toma seis.
SYLOCK.
Aunque dividieras cada uno de ellos en seis, no lo aceptaria. Quiero
que se cumpla el trato.
DUX.
¿Y quién ha de tener compasion de tí, si no la tienes de nadie?
SYLOCK.
¿Y qué he de temer, si á nadie hago daño? Tantos esclavos teneis, que
pueden serviros como mulos, perros ó asnos en los oficios más viles y
groseros. Vuestros son; vuestro dinero os han costado. Si yo os dijera:
dejadlos en libertad, casadlos con vuestras hijas, no les hagais
sudar bajo la carga, dadles camas tan nuevas como las vuestras y tan
delicados manjares como los que vosotros comeis, ¿no me responderiais:
«son nuestros?» Pues lo mismo os respondo yo. Esa libra de carne que
pido es mia, y buen dinero me ha costado. Si no me la dais, maldigo de
las leyes de Venecia, y pido justicia. ¿Me la dais? ¿sí ó no?
DUX.
Usando de la autoridad que tengo, podria suspender el consejo, si no
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