Lanzarote.» Y el demonio me repite: «Escapa.» La conciencia: «No lo
hagas.» Y yo respondo: «Conciencia, ¡son buenos tus consejos!...
Diablo, tambien los tuyos lo son.» Si yo hiciera caso de la conciencia,
me quedaria con mi amo el judío, que es, despues de todo, un demonio.
¿Qué gano en tomar por señor á un diablo en vez de otro? Mala debe de
ser mi conciencia, pues me dice que guarde fidelidad al judío. Mejor me
parece el consejo del demonio. Ya te obedezco y echo á correr.
(-Sale el viejo Gobbo.-)
GOBBO.
Decidme, caballero: ¿por dónde voy bien á casa del judío?
LANZAROTE.
Es mi padre en persona; pero como es corto de vista más que un topo, no
me distingue. Voy á darle una broma.
GOBBO.
Decidme, jóven, ¿dónde es la casa del judío?
LANZAROTE.
Torced primero á la derecha: luego á la izquierda: tomad la callejuela
siguiente, dad la vuelta, y luego torciendo el camino, topareis la casa
del judío.
GOBBO.
Á fe mia, que son buenas señas. Difícil ha de ser atinar con el camino.
¿Y sabeis si vive todavía con él un tal Lanzarote?
[Ilustración]
LANZAROTE.
Ah sí, Lanzarote, ¿un caballero jóven? ¿Hablais de ese?
GOBBO.
Aquel de quien yo hablo no es caballero, sino hijo de humilde padre,
pobre aunque muy honrado, y con buena salud á Dios gracias.
LANZAROTE.
Su padre será lo que quiera, pero ahora tratamos del caballero
Lanzarote.
GOBBO.
No es caballero, sino muy servidor vuestro, y yo tambien.
LANZAROTE.
-Ergo-, oidme por Dios, venerable anciano.... -ergo- hablais del jóven
Lanzarote.
GOBBO.
De Lanzarote sin caballero, por más que os empeñeis, señor.
LANZAROTE.
Pues sí, del caballero Lanzarote. Ahora bien, no pregunteis por ese
jóven caballero, porque en realidad de verdad, el hado, la fortuna ó
las tres inexorables Parcas le han quitado de en medio, ó dicho en
términos más vulgares, ha muerto.
GOBBO.
¡Dios mio! ¡Qué horror! Ese niño que era la esperanza y el consuelo de
mi vejez.
LANZAROTE.
¿Acaso tendré yo cara de báculo, arrimo ó cayado? ¿No me conoces, padre?
GOBBO.
¡Ay de mí! ¿qué he de conoceros, señor mio? Pero decidme con verdad qué
es de mi hijo, si vive ó ha muerto.
LANZAROTE.
Padre, ¿pero no me conoces?
GOBBO.
No, caballero; soy corto de vista: perdonad.
LANZAROTE.
Y aunque tuvieras buena vista, trabajo te habia de costar conocerme,
que nada hay más difícil para un padre que conocer á su verdadero
hijo. Pero en fin, yo os daré noticias del pobre viejo. (-Se pone de
rodillas.-) Dame tu bendicion: siempre acaba por descubrirse la verdad.
GOBBO.
Levantaos, caballero. ¿Qué teneis que ver con mi hijo Lanzarote?
LANZAROTE.
No más simplezas: dame tu bendicion. Soy Lanzarote, tu hijo, un pedazo
de tus entrañas.
GOBBO.
No creo que seas mi hijo.
LANZAROTE.
Eso vos lo sabeis, aunque no sé qué pensar; pero en fin, conste que soy
Lanzarote, criado del judío, y que mi madre se llama Margarita, y es tu
mujer.
GOBBO.
Tienes razon: Margarita se llama. Luego, si eres Lanzarote, estoy
seguro de que eres mi hijo. ¡Pero qué barbas, más crecidas que las
cerdas de la cola de mi rocin! ¡Y qué semblante tan diferente tienes!
¿Qué tal lo pasas con tu amo? Llevo por él un regalo.
LANZAROTE.
No está mal. Pero yo no pararé de correr hasta verme en salvo. No hay
judío más judío que mi amo. Una cuerda para ahorcarle, y ni un regalo
merece. Me mata de hambre. Dame ese regalo, y se lo llevaré al señor
Basanio. ¡Ese sí que da flamantes y lucidas libreas! Si no me admite
de criado suyo, seguiré corriendo hasta el fin de la tierra. Pero
¡felicidad nunca soñada! aquí está el mismísimo Basanio. Con él me voy,
que antes de volver á servir al judío, me haria judío yo mismo.
(-Salen Basanio, Leonardo y otros.-)
BASANIO.
Haced lo que tengais que hacer, pero apresuraos: la cena para las
cinco. Llevad á su destino estas cartas, apercibid las libreas. A
Graciano, que vaya luego á verme á mi casa.
(-Se va un criado.-)
LANZAROTE.
Padre, acerquémonos á él.
GOBBO.
Buenas tardes, señor.
BASANIO.
Buenas. ¿Qué se os ofrece?
GOBBO.
Señor, os presento á mi hijo, un pobre muchacho.
LANZAROTE.
Nada de eso, señor: no es un pobre muchacho, sino criado de un judío
opulentísimo, y ya os explicará mi padre cuáles son mis deseos.
GOBBO.
Tiene un empeño loco en serviros.
LANZAROTE.
Dos palabras: sirvo al judío.... y yo quisiera.... mi padre os lo
explicará.
GOBBO.
Su amo y él (perdonad, señor, si os molesto) no se llevan muy bien que
digamos.
LANZAROTE.
Lo cierto es que el judío me ha tratado bastante mal, y esto me ha
obligado... pero mi padre que es un viejo prudente y honrado, os lo
dirá.
GOBBO.
En esta cestilla hay un par de pichones, que quisiera regalar á vuestra
señoría. Y pretendo...
LANZAROTE.
Dos palabras: lo que va á decir es impertinente al asunto.... El, al
fin, es un pobre hombre, aunque sea mi padre.
BASANIO.
Hable uno solo, y entendámonos. ¿Qué quereis?
LANZAROTE.
Serviros, caballero.
GOBBO.
Ahí está, señor, todo el intríngulis del negocio.
BASANIO.
Ya te conozco, y te admito á mi servicio. Tu amo Sylock te recomendó á
mi hace poco, y no tengas esto por favor, que nada ganas en pasar de la
casa de un hebreo opulentísimo á la de un arruinado caballero.
LANZAROTE.
Bien dice el refran: mi amo tiene la hacienda, pero vuestra señoría la
gracia de Dios.
BASANIO.
No has hablado mal. Véte con tu padre: dí adios á Sylock, pregunta las
señas de mi casa. (-Á los criados.-) Ponedle una librea algo mejor que
las otras. Pronto.
LANZAROTE.
Vámonos, padre. ¿Y dirán que no sé abrirme camino, y que no tengo lindo
entendimiento? ¿Á qué no hay otro en toda Italia que tenga en la palma
de la mano rayas tan seguras y de buen agüero como estas? (-Mirándose
las manos.-) ¡Pues no son pocas las mujeres que me están reservadas!
Quince nada menos: once viudas y nueve doncellas... bastante para un
hombre solo. Y ademas sé que he de estar tres veces en peligros de
ahogarme y que he de salir bien las tres, y que estaré á punto de
romperme la cabeza contra una cama. ¡Pues no es poca fortuna! Dicen
que es diosa muy inconsecuente, pero lo que es conmigo, bien amiga se
muestra.
(-Vanse Lanzarote y Gobbo.-)
BASANIO.
No olvides mis encargos, Leonardo amigo. Compra todo lo que te
encargué, ponlo como te dije, y vuelve en seguida para asistir al
banquete con que esta noche obsequio á mis íntimos. Adios, no tardes.
LEONARDO.
No tardaré.
(-Sale Graciano.-)
GRACIANO.
¿Dónde está tu amo?
LEONARDO.
Allí está patente.
GRACIANO.
¡Señor Basanio!
BASANIO.
¿Qué me quereis, Graciano?
GRACIANO.
Tengo que dirigiros un ruego.
BASANIO.
Tenle por bien acogido.
GRACIANO.
Permíteme acompañarte á Belmonte.
BASANIO.
Vente, si es forzoso y te empeñas. Pero á la verdad, tú, Graciano,
eres caprichoso, mordaz y libre en tus palabras: defectos que no lo
son á los ojos de tus amigos, y que están en tu modo de ser, pero que
ofenden mucho á los extraños, porque no conocen tu buena índole. Echa
una pequeña dósis de cordura en tu buen humor: no sea que parezca mal
en Belmonte, y vayas á comprometerme y á echar por tierra mi esperanza.
GRACIANO.
Basanio, oye: si no tengo prudencia, si no hablo con recato,
limitándome á maldecir alguna que otra vez aparte; si no llevo, con
aire mojigato, un libro de devocion en la mano ó el bolsillo: si al
dar gracias despues de comer, no me echo el sombrero sobre los ojos,
y digo con voz sumisa: «amen»: si no cumplo, en fin, todas las reglas
de urbanidad, como quien aprende un papel para dar gusto á su abuela,
consentiré en perder tu aprecio y tu cariño.
BASANIO.
Allá veremos.
GRACIANO.
Pero no te fies de lo que haga esta noche, porque es un caso
excepcional.
BASANIO.
Nada de eso: haz lo que quieras. Al contrario, esta noche conviene que
alardees de ingenio más que nunca, porque mis comensales serán alegres
y regocijados. Adios: mis ocupaciones me llaman á otra parte.
GRACIANO.
Voy á buscar á Lorenzo y á los otros amigos. Nos veremos en la cena.
ESCENA III.
=Habitacion en casa de Sylock.=
JÉSSICA y LANZAROTE.
JÉSSICA.
¡Lástima que te vayas de esta casa, que sin tí es un infierno! Tú, á
lo menos, con tu diabólica travesura la animabas algo. Toma un ducado.
Procura ver pronto á Lorenzo. Te será fácil, porque esta noche come con
tu amo. Entrégale esta carta con todo secreto. Adios. No quiero que mi
padre nos vea.
LANZAROTE.
¡Adios! Mi lengua calla, pero hablan mis lágrimas. Adios, hermosa
judía, dulcísima gentil. Mucho me temo que algun buen cristiano venga
á perder su alma por tí. Adios. Mi ánimo flaquea. No quiero detenerme
más, adios.
JÉSSICA.
Con bien vayas, amigo Lanzarote.
(-Se va Lanzarote.-)
¡Pobre de mí! ¿qué crímen habré cometido? Me avergüenzo de tener tal
padre, y eso que sólo soy suya por la sangre, no por la fe ni por
las costumbres. Adios, Lorenzo, guárdame fidelidad, cumple lo que
prometiste, y te juro que seré cristiana y amante esposa tuya.
ESCENA IV.
=Una calle de Venecia.=
GRACIANO, LORENZO, SALARINO y SALANIO.
LORENZO.
Dejaremos el banquete sin ser notados: nos disfrazaremos en mi casa,
volveremos dentro de una hora.
GRACIANO.
Mal lo hemos arreglado.
SALARINO.
Todavía no tenemos preparadas las hachas.
SALANIO.
Para no hacerlo bien, vale más no intentarlo.
LORENZO.
No son más que las tres. Hasta las seis sobra tiempo para todo.
(-Sale Lanzarote.-)
¿Qué noticias traes, Lanzarote?
LANZAROTE.
Si abris esta carta, ella misma os lo dirá.
LORENZO.
Bien conozco la letra, y la mano más blanca que el papel en que ha
escrito mi ventura.
GRACIANO.
Será carta de amores.
LANZAROTE.
Me iré, con vuestro permiso.
LORENZO.
¿Á dónde vas?
LANZAROTE.
Á convidar al judío, mi antiguo amo, á que cene esta noche con mi nuevo
amo, el cristiano.
LORENZO.
Aguarda. Toma. Dí á Jéssica muy en secreto, que no faltaré.
(-Se va Lanzarote.-)
Amigos, ha llegado la hora de disfrazarnos para esta noche. Por mi
parte, ya tengo paje de antorcha.
SALARINO.
Yo buscaré el mio.
SALANIO.
Y yo.
LORENZO.
Nos reuniremos en casa de Graciano dentro de una hora.
SALARINO.
Allá iremos.
(-Vanse Salarino y Salanio.-)
GRACIANO.
Dime por favor. ¿Esa carta no es de la hermosa judía?
LORENZO.
Tengo forzosamente que confesarte mi secreto. Suya es la carta, y en
ella me dice que está dispuesta á huir conmigo de casa de su padre,
disfrazada de paje. Me dice tambien la cantidad de oro y joyas que
tiene. Si ese judío llega á salvarse, será por la virtud de su hermosa
hija, tan hermosa como desgraciada por tener de padre á tan vil hebreo.
Ven, y te leeré la carta de la bella judía. Ella será mi paje de hacha.
ESCENA V.
=Calle donde vive Sylock.=
Salen SYLOCK y LANZAROTE.
SYLOCK.
Ya verás, ya, la diferencia que hay de ese Basanio al judío.--Sal,
Jéssica.--Por cierto que en su casa no devorarás como en la mia, porque
tiene poco.--Sal, hija.--Ni te estarás todo el dia durmiendo, ni tendrás
cada mes un vestido nuevo.--Jéssica, ven, ¿cómo te lo he de decir?
LANZAROTE.
Sal, señora Jéssica.
SYLOCK.
¿Quién te manda llamar?
LANZAROTE.
Siempre me habiais reñido, por no hacer yo las cosas hasta que me las
mandaban.
(-Sale Jéssica.-)
JÉSSICA.
Padre, ¿me llamabais? ¿qué me quereis?
SYLOCK.
Hija, estoy convidado á comer fuera de casa. Aquí tienes las llaves.
Pero ¿por qué iré á ese convite? Cierto que no me convidan por
amor. Será por adulacion. Pero no importa, iré, aunque sólo sea por
aborrecimiento á los cristianos, y comeré á su costa. Hija, ten cuidado
con la casa. Estoy muy inquieto. Algun daño me amenaza. Anoche soñé con
bolsas de oro.
LANZAROTE.
No falteis, señor. Mi amo os espera.
SYLOCK.
Y yo tambien á él.
LANZAROTE.
Y tienen un plan. No os diré con seguridad que vereis una funcion de
máscaras, pero puede que la veais.
[Ilustración: -Sylock y su hija.-]
SYLOCK.
¿Funcion de máscaras? Oye, Jéssica. Echa la llave á todas las puertas,
y si oyes ruido de tambores ó de clarines, no te pongas á la
ventana, ni saques la cabeza á la calle, para ver esas profanidades
de los cristianos que se untan los rostros de mil maneras. Tapa, en
seguida, todos los oidos de mi casa: quiero decir, las ventanas, para
que no penetre aquí ni áun el ruido de semejante bacanal. Te juro por
el cayado de Jacob, que no tengo ninguna gana de bullicios. Iré, con
todo eso, al convite. Tú delante para anunciarme.
LANZAROTE.
Así lo haré. (-Aparte á Jéssica.-) Dulce señora mia, no dejes de
asomarte á la ventana, pues pasará un cristiano que bien te merece.
SYLOCK.
¿Qué dirá entre dientes ese malvado descendiente de Agar?
JÉSSICA.
No dijo más que adios.
SYLOCK.
En el fondo no es malo, pero es perezoso y comilon, y duerme de dia más
que un gato montes. No quiero zánganos en mi colmena. Por eso me alegro
de que se vaya, y busque otro amo, á quien ayude á gastar en pocos dias
su improvisada fortuna. Vé dentro, hija mia. Quizá pueda yo volver
pronto. No olvides lo que te he mandado. Cierra puertas y ventanas, que
nunca está más segura la joya que cuando bien se guarda: máxima que no
debe olvidar ningun hombre honrado.
(-Vase.-)
JÉSSICA.
Mala ha de ser del todo mi fortuna para que pronto no nos encontremos
yo sin padre y tú sin hija.
(-Se va.-)
ESCENA VI.
GRACIANO y SALARINO, de máscara.
GRACIANO.
Á la sombra de esta pared nos ha de encontrar Lorenzo.
SALARINO.
Ya es la hora de la cita. Mucho me admira que tarde.
GRACIANO.
Sí, porque el alma enamorada cuenta las horas con más presteza que el
reloj.
SALARINO.
Las palomas de Vénus vuelan con ligereza diez veces mayor cuando van á
jurar un nuevo amor, que cuando acuden á mantener la fe jurada.
GRACIANO.
Necesario es que así suceda. Nadie se levanta de la mesa del festin
con el mismo apetito que cuando se sentó á ella. ¿Qué caballo muestra
al fin de la rápida carrera el mismo vigor que al principio? Así son
todas las cosas. Más placer se encuentra en el primer instante de la
dicha que despues. La nave es en todo semejante al hijo pródigo. Sale
altanera del puerto nativo, coronada de alegres banderolas, acariciada
por los vientos, y luego torna con el casco roto y las velas hechas
pedazos, empobrecida y arruinada por el vendaval.
(-Sale Lorenzo.-)
SALARINO.
Dejemos esta conversacion. Aquí viene Lorenzo.
LORENZO.
Amigos: perdon, si os he hecho esperar tanto. No me echeis la culpa:
echádsela á mis bodas. Cuando para lograr esposa, tengais que hacer
el papel de ladrones, yo os prometo igual ayuda. Venid: aquí vive mi
suegro Sylock. (-Llama.-)
(-Jéssica disfrazada de paje se asoma á la ventana.-)
JÉSSICA.
Para mayor seguridad decidme quién sois, aunque me parece que conozco
esa voz.
LORENZO.
Amor mio, soy Lorenzo, y tu fiel amante.
JÉSSICA.
El corazon me dice que eres mi amante Lorenzo. Dime, Lorenzo, ¿y hay
alguno, fuera de tí, que sospeche nuestros amores?
LORENZO.
Testigos son el cielo y tu mismo amor.
JÉSSICA.
Pues mira: toma esta caja, que es preciosa. Bendito sea el oscuro velo
de la noche que no te permite verme, porque tengo vergüenza del disfraz
con que oculto mi sexo. Pero al amor le pintan ciego, y por eso los
amantes no ven las mil locuras á que se arrojan. Si no, el Amor mismo
se avergonzaria de verme trocada de tierna doncella en arriscado paje.
LORENZO.
Baja: tienes que ser mi paje de antorcha.
JÉSSICA.
¿Y he de descubrir yo misma, por mi mano, mi propia liviandad y
ligereza, precisamente cuando me importa más ocultarme?
LORENZO.
Bien oculta estarás bajo el disfraz de gallardo paje. Ven pronto, la
noche vuela, y nos espera Basanio en su mesa.
JÉSSICA.
Cerraré las puertas y recogeré más oro. Pronto estaré contigo.
(-Vase.-)
GRACIANO.
¡Á fe mia que es gentil, y no judía!
LORENZO.
¡Maldito sea yo si no la amo! Porque mucho me equivoco, ó es discreta,
y ademas es bella, que en esto no me engañan los ojos, y es fiel
y me ha dado mil pruebas de constancia. La amaré eternamente por
hermosa, discreta y fiel.
(-Sale Jéssica.-)
Al fin viniste. En marcha,
compañeros. Ya nos esperan nuestros amigos.
(-Vanse todos menos Graciano.-)
(-Sale Antonio.-)
ANTONIO.
¿Quién?
GRACIANO.
¡Señor Antonio!
ANTONIO.
¿Solo estais, Graciano? ¿y los demas? Ya han dado las nueve, y todo el
mundo espera. No habrá máscaras esta noche. El viento se ha levantado
ya, y puede embarcarse Basanio. Más de veinte recados os he enviado.
GRACIANO.
¿Qué me decis? ¡Oh felicidad! ¡Buen viento! Ya siento ganas de verme
embarcado.
ESCENA VII.
=Quinta de Pórcia en Belmonte.=
PÓRCIA y el PRÍNCIPE DE MARRUECOS.
PÓRCIA.
Descorred las cortinas, y enseñad al príncipe los cofres; él elegirá.
EL PRÍNCIPE.
El primero es de oro, y en él hay estas palabras: «Quien me elija,
ganará lo que muchos desean.» El segundo es de plata, y en él se lee:
«Quien me elija, cumplirá sus anhelos.» El tercero es de vil plomo,
y en él hay esta sentencia tan dura como el metal: «Quien me elija,
tendrá que arriesgarlo todo.» ¿Cómo haré para no equivocarme en la
eleccion?
PÓRCIA.
En uno de los cofres está mi retrato. Si le encontrais, soy vuestra.
EL PRÍNCIPE.
Algun dios me iluminará. Volvamos á leer con atencion los letreros.
¿Qué dice el plomo? «Todo tendrá que darlo y arriesgarlo el que
me elija.» ¡Tendrá que darlo todo! ¿Y por qué?... Por plomo...
¿Aventurarlo todo por plomo? Deslucido premio en verdad. Para
aventurarlo todo, hay que tener esperanza de alguna dicha muy grande,
porque á un alma noble no la seduce el brillo de un vil metal. En suma,
no doy ni aventuro nada por el plomo. ¿Qué dice la plata del blanco
cofrecillo? «Quien me elija logrará lo que merece...» Lo que merece...
Despacio, Príncipe: pensémoslo bien. Si atiendo á mi conciencia, yo
me estimo en mucho. No es pequeño mi valor, aunque quizá lo sea para
aspirar á tan excelsa dama. De otra parte, seria poquedad de ánimo
dudar de lo que realmente valgo... ¿Qué merezco yo? Sin duda esta
hermosa dama. Para eso soy de noble nacimiento y grandes dotes de alma
y cuerpo, de fortuna, valor y linaje; y sobre todo la merezco porque la
amo entrañablemente. Sigo en mis dudas. ¿Continuaré la eleccion ó me
pararé aquí? Voy á leer segunda vez el rótulo de la caja de oro: «Quién
me elija logrará lo que muchos desean.» Es claro: la posesion de esta
dama: todo el mundo la desea, y de los cuatro términos del mundo vienen
á postrarse ante el ara en que se venera su imágen. Los desiertos de
Hircania, los arenales de la Libia se ven trocados hoy en animados
caminos, por donde acuden innumerables príncipes á ver á Pórcia. No
bastan á detenerlos playas apartadas, ni el salobre reino de las ondas
que lanzan su espuma contra el cielo. Corren el mar, como si fuera un
arroyo, sólo por el ansia de ver á Pórcia. Una de estas cajas encierra
su imágen, pero ¿cuál? ¿Estará en la de plomo? Necedad seria pensar que
tan vil metal fuese sepulcro de tanto tesoro. ¿Estará en la plata que
vale diez veces menos que el oro? Bajo pensamiento seria. Sólo en oro
puede engastarse joya de tanto precio. En Inglaterra corre una moneda
de oro, con un ángel grabado en el anverso. Allí está sólo grabado,
mientras que aquí es el ángel mismo quien yace en tálamo de oro. Venga
la llave: mi eleccion está hecha, sea cual fuere el resultado.
PÓRCIA.
Tomad la llave, y si en esa caja está mi retrato, seré vuestra esposa.
EL PRÍNCIPE (-abriendo el cofre-).
¡Por vida del demonio! sólo encuentro una calavera, y en el hueco de
sus ojos este papel: «No es oro todo lo que reluce: así dice el refran
antiguo: tú verás si con razon. ¡Á cuántos ha engañado en la vida una
vana exterioridad! En dorado sepulcro habitan los gusanos. Si hubieras
tenido tanta discrecion y buen juicio como valor y osadía, no te
hablaria de esta suerte mi hueca y apagada voz. Véte en buen hora, ya
que te ha salido fria la pretension.» Sí que he quedado frio y triste.
Toda mi esperanza huyó, y el fuego del amor se ha convertido en hielo.
Adios, hermosa Pórcia. No puedo hablar. El desencanto me quita la voz.
¡Cuán triste se aleja el que ve marchitas sus ilusiones!
PÓRCIA.
¡Oh felicidad! Quiera Dios que tengan la misma suerte todos los que
vengan, si son del mismo color que éste.
ESCENA VIII.
=Calle en Venecia.=
SALARINO y SALANIO.
SALARINO.
Ya se ha embarcado Basanio, y con él va Graciano, pero no Lorenzo.
SALANIO.
El judío se quejó al Dux, é hizo que le acompañase á registrar la nave
de Basanio.
SALARINO.
Pero cuando llegaron, era tarde, y ya se habian hecho á la mar. En el
puerto dijeron al Dux que poco antes habian visto en una góndola á
Lorenzo y á su amada Jéssica, y Antonio juró que no iban en la nave de
Basanio.
SALANIO.
Nunca he visto tan ciego, loco, incoherente y peregrino furor como
el de este maldito hebreo. Decia á voces: «¡Mi hija, mi dinero, mi
hija... ha huido con un cristiano... y se ha llevado mi dinero... mis
ducados... Justicia... mi dinero... una bolsa... no... dos, llenas
de ducados... Y ademas joyas y piedras preciosas... Me lo han robado
todo... Justicia... Buscadla... Lleva consigo mi dinero y mis alhajas!»
[Ilustración]
SALARINO.
Los muchachos le persiguen por las calles de Venecia, gritando como él:
«Justicia, mis ducados, mis joyas, mi hija.»
SALANIO.
¡Pobre Antonio si no cumple el trato!
SALARINO.
Y fácil es que no pueda cumplirlo. Ayer me dijo un francés que en el
estrecho que hay entre Francia é Inglaterra habia naufragado un barco
veneciano. En seguida me acordé de Antonio, y por lo bajo hice votos á
Dios para que no fuera el suyo.
SALANIO.
Bien harias en decírselo á Antonio, pero de modo que no le hiciera mala
impresion la noticia.
SALARINO.
No hay en el mundo alma más noble. Hace poco ví cómo se despedia
de Basanio. Díjole éste que haria por volver pronto, y Antonio le
replicó: «No lo hagas de ningun modo, ni eches á perder, por culpa mia,
tu empresa. Necesitas tiempo. No te apures por la fianza que dí al
judío. Estáte tranquilo, y sólo pienses en alcanzar con mil delicadas
galanterías y muestras de amor el premio á que aspiras.» Apenas podia
contener el llanto al decir esto. Apartó la cara, dió la mano á su
amigo, y se despidió de él por última vez.
SALANIO.
Él es toda su vida, segun imagino. Vamos á verle, y tratemos de
consolar su honda tristeza.
SALARINO.
Vamos.
ESCENA IX.
=Quinta de Pórcia en Belmonte.=
NERISSA.
(-A un criado.-) Anda, descorre las cortinas, que ya el Infante de
Aragon ha hecho su juramento y viene á la prueba.
(-Salen el Infante de Aragon, Pórcia y acompañamiento. Tocan cajas
y clarines.-)
PÓRCIA.
Egregio Infante: ahí teneis las cajas: si dais con la que contiene mi
retrato, vuestra será mi mano. Pero si la fortuna os fuere adversa,
tendreis que alejaros sin más tardanza.
EL INFANTE.
El juramento me obliga á tres cosas: primero, á no decir nunca cuál de
las tres cajas fué la que elegí. Segundo, si no acierto en la eleccion,
me comprometo á no pedir jamas la mano de una doncella. Tercero, á
alejarme de vuestra presencia, si la suerte me fuere contraria.
PÓRCIA.
Esas son las tres condiciones que tiene que cumplir todo el que viene á
esta dudosa aventura, y á pretender mi mano indigna de tanta honra.
EL INFANTE.
Yo cumpliré las tres. Fortuna, dame tu favor, ilumíname. Aquí
tenemos plata, oro y plomo. «Quien me elija, tendrá que darlo todo y
aventurarlo todo.» Para que yo dé ni aventure nada, menester será que
el plomo se haga antes más hermoso. ¿Y qué dice la caja de oro? «Quien
me elija, alcanzará lo que muchos desean.» Estos serán la turba de
necios que se fia de apariencias, y no penetra hasta el fondo de las
cosas: á la manera del pájaro audaz que pone su nido en el alero del
tejado, expuesto á la intemperie y á todo género de peligros. No es mio
pensar como piensa el vulgo. No elegiré lo que muchos desean. No seré
como la multitud grosera y sin juicio. Vamos á tí, arca brillante de
precioso metal: «Quien me elija, alcanzará lo que merece.» Está bien,
¿qué alma bien nacida querrá obtener ninguna ventaja ni triunfar del
hado, sin un mérito real? ¿A quién contentará un honor inmerecido?
¡Dichoso aquel dia en que no por subterráneas intrigas, sino por las
dotes reales del alma, se consigan los honores y premios! ¡Cuántas
frentes, que ahora están humilladas, se cubrirán de gloria entonces!
¡Cuántos de los que ahora dominan querrian ser entonces vasallos!
¡Qué de ignominias descubriríamos al traves de la púrpura de reyes,
emperadores y magnates! ¡Y cuánta honra encontraríamos soterrada en
el lodo de nuestra edad! Siga la eleccion: «Alcanzará lo que merece.»
Mérito tengo. Venga la llave, que esta caja encierra sin duda mi
fortuna.
PÓRCIA.
Mucho lo habeis pensado para tan corto premio como habeis de encontrar.
EL INFANTE.
¿Qué veo? La cara de un estúpido que frunce el entrecejo y me presenta
una carta. ¡Cuán diverso es su semblante del de la hermosísima Pórcia!
¡Otra cosa aguardaban mis méritos y esperanzas! «Quien me elija,
alcanzará lo que merece.» ¿Y no merezco más? ¿La cara de un imbécil?
¿Ese es el premio que yo ambicionaba? ¿Tan poco valgo?
PÓRCIA.
El juicio no es ofensa: son dos actos distintos.
EL INFANTE.
¿Y qué dice ese papel? (-Lee.-) «Siete veces ha pasado este metal por
la llama: siete pruebas necesita el juicio para no equivocarse. Muchos
hay que toman por realidad los sueños: natural es que su felicidad
sea sueño tambien. Bajo este blanco metal has encontrado la faz de un
estúpido. Muchos necios hay en el mundo que se ocultan así. Cásate á tu
voluntad, pero siempre me tendrás por símbolo. Adios.» Todavía seria
estupidez mayor, no irme ahora mismo. Como un necio vine á galantear, y
ahora llevo dos cabezas nuevas, la mia y otra ademas. Quédate con Dios,
Pórcia: no faltaré á mi juramento.
PÓRCIA.
Huye, como la mariposa que se quema las alas escapa del fuego. ¡Qué
necios son por querer pasarse de listos!
NERISSA.
Bien dice el proverbio: Sólo su mala fortuna lleva al necio al altar ó
á la horca.
UN CRIADO.
¿Dónde está mi señora?
PÓRCIA.
Aquí.
EL CRIADO.
Se apea á vuestra puerta un jóven veneciano, anunciando á su señor,
que viene á ofreceros sus respetos y joyas de gran valía. El mensajero
parece serlo del amor mismo. Nunca amaneció en primavera, anunciadora
del ardiente estío, tan risueña mañana como el rostro de este nuncio.
PÓRCIA.
Silencio. ¡Por Dios! tanto me lo encareces, que recelo si acabarás por
decirme que es pariente tuyo. Vamos, Nerissa: quiero ver á tan gallardo
mensajero.
NERISSA.
Su señor es Basanio, ó mucho me equivoco.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
=Calle de Venecia.=
SALANIO y SALARINO.
SALANIO.
¿Qué se dice en Rialto?
SALARINO.
Corren nuevas de que una nave de Antonio, cargada de ricos géneros, ha
naufragado en los estrechos de Goodwins, que son unos escollos de los
más temibles, y donde han perecido muchas orgullosas embarcaciones.
Esto es lo que sucede, si es que no miente la parlera fama, y se porta
hoy como mujer de bien.
SALANIO.
¡Ojalá que por esta vez mienta como la comadre más embustera de cuantas
comen pan! Pero la verdad es, sin andamos en rodeos ni ambages, que
el pobre Antonio, el buen Antonio... ¡Oh si encontrara yo un adjetivo
bastante digno de su bondad!
SALARINO.
Al asunto, al asunto.
SALANIO.
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