la enrevesada urdimbre cerebral, sólo paso á paso cabe avanzar, y
aun así, para ser afortunado, los zapadores deben llamarse Meynert,
Golgi, Edinger, Flechsig, Forel, etc.
Pero mi juventud de entonces, harto confiada y acaso algo
presuntuosa, ignoraba el saludable miedo al error; y me lancé á la
empresa confiado en que en aquella selva temerosa, donde tantos
exploradores se habían perdido, seríame permitido cobrar, si no
tigres y leones, algunas modestas piezas desdeñadas por los grandes
cazadores.
He aquí, brevemente, enumerados algunos de mis hallazgos de aquella
época:
[Ilustración: Fig. 36.--Doble esquema donde mostramos la evolución
filogénica y ontogénica de la célula psíquica ó pirámide cerebral.
--A, célula piramidal de un batracio; B, de un reptil; C, del conejo;
D, del hombre; -a-, -b-, -c-, -d-, fases evolutivas de la célula
psíquica en el embrión de mamífero.]
1.º Uno de los hechos mejor apreciados entonces fué la revelación
de la existencia constante en la corteza cerebral de batracios,
reptiles, aves y mamíferos, del -corpúsculo piramidal-, que osé
llamar, con audacia de lenguaje de que hoy me avergüenzo un
tanto, la -célula psíquica-[98]. Sus características son: forma
alargada, más ó menos cónica ó piramidal; orientación radial;
ostentar constantemente un penacho dendrítico extendido por la
capa molecular ó tangencial del cerebro, y un axon ó expansión
nerviosa dirigido á las regiones profundas, donde constituye
vías de asociación intercortical ó córtico-medular.
[98] -Cajal-: Estructura de la corteza cerebral de batracios,
reptiles y aves. Agosto de 1891.
La figura 36 me dispensa de entrar en pormenores acerca de la
citada -célula psíquica-, que fué objeto más adelante, por parte
de mi hermano, de análisis agotantes en reptiles y batracios, y,
por iniciativa de mi discípulo Cl. Sala, de un buen estudio en
las aves.
[Ilustración: Fig. 37.--Esquema de una sección de la corteza cerebral
de un mamífero de pequeña talla (conejo, ratón, etc). En esta figura
se han reunido algunos de mis hallazgos de 1890 y 1891. ---a-,
células estrelladas pequeñas de la capa plexiforme ó superficial;
-b-, corpúsculos fusiformes horizontales; -c-, elemento de axon
ascendente arborizado en la zona de las medianas pirámides; -d-,
neurona situada en la capa de corpúsculos polimorfos, cuyo axon se
arboriza en la capa molecular; -h-, colaterales de la substancia
blanca; -f-, ramificación terminal de las fibras sensitivas; -g-,
colaterales de los axones de las pirámides destinadas al cuerpo
estriado; A, zona plexiforme; B, de las pequeñas pirámides; C, de
las medianas pirámides; D, de las pirámides gigantes; E, de los
corpúsculos polimorfos; F, substancia blanca; G, cuerpo estriado.]
2.º Encuentro en la capa molecular del cerebro de los mamíferos
(donde se suponían existir solamente corpúsculos neuróglicos
y fibras nerviosas), de numerosas -neuronas de axon corto-,
terminado en el espesor mismo de dicha zona, y clasificables en
dos variedades principales (fig. 37, -a-, -b-).
3.º Descripción de -numerosas neuronas fusiformes-, habitantes en
todos los estratos de la corteza cerebral y caracterizadas por
que su axon, de orientación ascendente, se arboriza en las -zonas
de las pequeñas, medianas y grandes pirámides- (fig. 37, -c-,
-e-).
4.º Persecución, por vez primera, del curso de las fibras de
proyección hasta el cuerpo estriado, y señalamiento de sus
colaterales para este cuerpo y para la comisura callosa (fig. 37,
-g-).
5.º Descubrimiento de ciertas fibras gruesas llegadas del cuerpo
estriado y ramificadas libremente en las zonas de las pirámides
(-f-). Tales fibras, confirmadas por Kölliker, que las llamó
-fibras de Cajal-, representan probablemente la terminación de la
vía sensitiva central.
6.º Demostración de la terminación libre de las colaterales de
los axones de las pirámides y de las ramillas nerviosas de los
elementos de axon corto (fig. 37, D).
7.º Observación de que las células de Martinotti, ó de axon
ascendente ramificado en la capa molecular, no viven sólo cerca
de ésta, sino en todas las capas de la corteza (fig. 37, -d-).
8.º Nuevas observaciones sobre la evolución embrionaria de las
células piramidales y de los elementos de neuroglia, etc.
Algunas de estas observaciones y otras que, en obsequio á la
brevedad, no menciono, divulgáronse rápidamente, gracias á mi
precaución de publicarlas en francés, aprovechando cierta Revista
histológica belga, -La Cellule-[99].
[99] -Cajal-: Sur la structure de l’écorce cerébrale de quelques
mammifères. -La Cellule-, tomo VII, 1er fascicule, 1891. Con tres
grandes láminas litografiadas.
Poco después, Retzius, Kölliker, mi hermano, Edinger, Schäffer, etc.,
confirmaban y ampliaban en algunos puntos los precedentes resultados.
La última de mis pesquisas de 1891 versó sobre la estructura del
-gran simpático-. Fué esta indagación, harto más floja que las
anteriores, prueba palmaria del enorme influjo de lo moral sobre lo
intelectual. Por entonces hallábame preocupado con las oposiciones
á la cátedra de Histología de Madrid. La preparación ansiosa de los
ejercicios, las suspensiones que éstos sufrieron, el ajetreo de
mis repetidos viajes á la Corte, interrumpieron la continuidad de
mi esfuerzo analítico, arrebatándome esa tranquilidad de espíritu
sin la cual toda obra humana suele resultar pobre, contradictoria y
desprovista de elegancia.
La citada indagación llegaba, sin embargo, á su hora. Ignorábase por
aquel tiempo la verdadera morfología de las neuronas simpáticas.
Diversos histólogos (Remak, Ranvier, Kölliker, etc.) habían
reconocido en ellas expansiones dicotomizadas; pero reinaba la
mayor incertidumbre acerca del carácter y paradero de las mismas.
El corpúsculo simpático, cuya naturaleza motriz parecía indudable,
¿poseía, en concordancia con el patrón morfológico común, legítimas
dendritas y axon, ó más bien, según sospechaban ciertos neurólogos,
todas sus prolongaciones celulares tenían significación nerviosa,
arborizándose en las fibras musculares lisas? ¿Ó constaba, más bien,
según parecer algo indeciso de Kölliker (1890) de un grupo de axones
y de un juego de dendritas?
[Ilustración: Fig. 38.--Varias células del gran simpático del
perro. El axon único marcado con -c- se distingue por carecer de
ramificaciones. A, B, D, F, G, diversos tipos morfológicos de
neuronas simpáticas.]
Impaciente por llegar á la meta antes que nadie, exploré febrilmente
los ganglios simpáticos de los embriones de ave, consiguiendo por lo
pronto establecer en sus neuronas la existencia de prolongaciones
protoplásmicas genuinas, acabadas libremente en el seno de la trama
ganglionar[100]. Pero ofuscado por las apariencias, atribuí á
cada célula dos ó más axones (en armonía con una opinión reciente
de Kölliker), cuando positivamente sólo emite uno. Poco tiempo
después, en trabajo especial recaído en los mamíferos, rectifiqué
espontáneamente mi equivocación y formulé la verdadera disposición
de los corpúsculos simpáticos[101]. Mas esta rectificación tardía
deslució mucho mi labor. Y aunque mi nueva concepción morfológica vió
la luz antes de la aparición de las observaciones de van Gehuchten,
Luigi Sala, discípulo de Golgi, y de G. Retzius, á quienes había
yo sugerido la fórmula metodológica apropiada (proceder de -doble
impregnación- al cromato de plata), no pude evitar se me reprocharan,
con razón, mis titubeos y contradicciones, y se adjudicara á van
Gehuchten el mérito de haber resuelto definitivamente el problema.
Algo quedó, naturalmente, en mi activo: la existencia de las
-colaterales de las fibras llegadas de la médula espinal- (-fibras
motrices de primer orden- de los autores y cordones de unión
longitudinal de los ganglios); los -nidos nerviosos pericelulares-
de origen dendrítico; la determinación de varias modalidades
neuronales, etc. Sírvame la figura 38, reproducción de un grabado
anejo al trabajo de 1891, para suplir detalles descriptivos que aquí
resultarían inoportunos.
[100] -Cajal-: Estructura y conexiones de los ganglios simpáticos
(-Pequeñas contribuciones al conocimiento del sistema nervioso-).
Agosto de 1891. Con 12 grabados.
[101] -Cajal-: Notas preventivas sobre la retina y gran simpático
de los mamíferos. -Gaceta Sanitaria de Barcelona-, 10 de
Diciembre de 1891. Con 7 grabados.
En fin, para cerrar la lista de las publicaciones de 1891, me
limitaré á citar brevemente un trabajo en colaboración de mi
discípulo Cl. Sala[102], donde se precisa la verdadera forma
de los conductos glandulares del páncreas, así como el modo de
terminación de los nervios simpáticos; otra breve comunicación en
que se describen las terminaciones nerviosas del corazón de los
mamíferos[103], probando que en las fibras musculares cardíacas
no existe la -placa motriz-, ni la singular disposición referida
por Ranvier, sino plexos nerviosos difusos semejantes á los
descritos en los músculos de fibra lisa; cierta nota[104] donde,
á semejanza de las raíces posteriores de la médula espinal,
se reconocen típicas bifurcaciones en los nervios sensitivos,
bulbares y craneales (-trigémino-, -nervio vestibular-, -coclear
ó acústico-, etc.); un estudio sobre la médula de los reptiles,
en que se comprueban muchos detalles hallados anteriormente en la
de las aves y mamíferos; y, en fin, una nota descriptiva de la
substancia de Rolando de la médula espinal de los mamíferos[105].
[102] -S. R. Cajal- y -Cl. Sala-: Terminaciones de los nervios y
tubos glandulares del páncreas de los vertebrados. 28 Diciembre
de 1891. Con cinco grabados.
[103] Terminaciones nerviosas en el corazón de los mamíferos.
-Gaceta Sanitaria de Barcelona.- 10 Abril de 1891.
[104] Sobre la existencia de bifurcaciones y colaterales en los
nervios sensitivos craneales y substancia blanca del cerebro.
-Gaceta Sanitaria de Barcelona.- 10 Abril de 1891.
[105] -Cajal-: Estos dos estudios aparecieron con otros varios en
un extenso folleto titulado -Pequeñas contribuciones al estudio
del sistema nervioso-. Agosto de 1891.
Al final de 1891, el conjunto de mi labor práctica y la suma de las
inducciones teóricas obtenida habían alcanzado suficiente amplitud
y densidad para formar la materia de un libro. Algunos discípulos
y médicos de Barcelona que conocían mis ideas, me invitaron á
exponerlas ante la -Academia de Ciencias Médicas de Cataluña-.
Deferí gustoso á sus ruegos, ejecutando para mis conferencias
grandes cuadros murales policromados, representativos, bajo forma
esquemática, del plan estructural de los centros nerviosos y órganos
sensoriales. Oyóseme con agrado, y algunos discípulos entusiastas
tuvieron la amabilidad de recoger mis explicaciones y copiar mis
dibujos, publicando en la -Revista de Ciencias Médicas- de dicha
ciudad una serie de artículos, atentamente revisados y retocados por
mí.
Los tales artículos, que vieron la luz en 1892[106], tuvieron un
éxito que me llenó de sorpresa, sobrepujando, no sólo mis esperanzas,
sino mis ilusiones. Ignoro cómo se enteraron en el extranjero de
dichas conferencias; ello fué que en poco tiempo vieron la luz
traducciones ó extensas relaciones en varios idiomas. Hasta el gran
W. His, profesor de Leipzig, de cuya buena amistad hice mérito en
capítulos anteriores, propúsome traducirlas al alemán. La versión
tudesca aparecida en 1893[107] corrió á cargo nada menos que del
Dr. H. Held, á la sazón ayudante del maestro (á quien sucedió en
la cátedra) y actualmente una de las mayores ilustraciones de la
Histología alemana. En cuanto á la edición francesa, fué hecha por el
Dr. Azoulay, que tradujo á conciencia un texto especialmente revisado
y ampliado por mí. El pequeño libro, intitulado -Les nouvelles
ideés sur la fine anatomie des centres nerveux- (Reinwald, París),
y autorizado con un prólogo afectuoso del ilustre profesor Matías
Duval, de París, hizo furor: en menos de tres meses agotáronse dos
copiosas ediciones. Tan inesperado favor del público sugirióme el
propósito, que acometí años después, de escribir un libro extenso
donde se estudiara sistemática y minuciosamente la textura del
sistema nervioso de todos los vertebrados y se diera cuenta, con
los necesarios desarrollos, de la totalidad de mi obra científica.
Acerca de este formidable trabajo de benedictino, en que me ocupé
ahincadamente durante diez años, trataré oportunamente.
[106] -Cajal-: Nuevo concepto de la histología de los centros
nerviosos. -Revista de Ciencias Médicas de Barcelona-, núms. 16,
20, 22 y 23 de 1892, tomo XVIII. La tirada aparte de todos estos
artículos data del comienzo de 1893.
[107] -Cajal-: Neue Darstellung vom histologischen Bau des
Centralnervensystems. Traducción del Dr. H. Held. -Arch. f.
Anat. u. Physiol. Anat. Abtheilung-, 1893. Como proemio de esta
versión, hace notar el profesor His que la edición alemana ha
sido cuidada por él y encargada á su ayudante, experto conocedor
del asunto.
En Abril de 1892 ocurrió mi traslación á Madrid. Tras ejercicios
de oposición que duraron varios meses é interrumpieron numerosos
incidentes, tuve la fortuna de ser propuesto unánimemente para la
cátedra de Histología normal y Anatomía patológica, vacante por
defunción del inolvidable y benemérito Dr. Maestre de San Juan[108].
En el Tribunal, presidido por el Dr. D. Julián Calleja, figuraban
jueces tan prestigiosos como el Dr. Alejandro San Martín, Dr.
Federico Olóriz, el Marqués del Busto, don Antonio Mendoza y los
profesores de la asignatura doctores Cerrada y Gil Saltor.
[108] El buenísimo de D. Aureliano, á quien tanto venerábamos
sus discípulos, sucumbió de las resultas de un accidente de
laboratorio. Una salpicadura de sosa cáustica, producida por la
ruptura de un frasco, determinó la pérdida de la vista, á que
siguió una pasión de ánimo tan grande, que arrebató en pocos
meses al maestro. Fué el Dr. Maestre un excelente profesor,
que sabía comunicar sus entusiasmos á quienes le rodeaban. Yo
le debo favores inolvidables. Tras haberme apadrinado en la
ceremonia de la investidura de doctor, me animó insistentemente
durante mis ensayos de investigador, fortaleciendo mi confianza
en las propias fuerzas. Las cartas con que acusaba recibo de mis
publicaciones, constituían para mí un tónico moral de primer
orden.
Mi triunfo no fué fácil, pues contendía con rivales de mucho mérito,
singularmente uno de ellos, á cuyos talentos y cultura siempre rendí
ingenua admiración y cordial estima.
Como no he consentido jamás á mi amor propio el menor conato de
vanidad ni de engreimiento, declaro ahora que mi victoria, tan
sonada por aquellos tiempos entre la clase médica de la Corte,
debióse exclusivamente á dos motivos, en cierto modo impersonales
y circunstanciales: desde luego, á la eficaz preparación lograda,
explicando durante cuatro años consecutivos las asignaturas objeto de
la oposición; y, después, al crédito y favor que mis modestos pero
numerosos trabajos científicos (pasaban ya entonces de 60) habían
granjeado entre los sabios extranjeros.
Yo deploré mucho haber debido recurrir, para llegar á la Universidad
Central, ideal de todo catedrático de provincias, á la pugna, cruel y
enconada siempre, de la oposición. Por cultas y corteses que sean las
armas esgrimidas en semejantes lides, dejan siempre en pos rencillas
y resquemores lamentables, enfrían amistades cimentadas á veces en
afinidades de gustos y tendencias, é impiden colaboraciones que
podrían ser provechosas para la ciencia nacional.
Porque, para mí, ser catedrático de la Central constituía entonces
la única esperanza de satisfacer, con cierta holgura, mis aficiones
hacia la investigación y de aumentar mis recursos, harto mermados con
los incesantes gastos de laboratorio y de suscripciones á Revistas,
amén del sostén de numerosa familia. Ricos y prestigiosos eran mis
rivales; cultivaban pingües y bien merecidas clientelas, y podían
esperar. Pero yo, enfrascado en mis trabajos, había perdido casi del
todo las aptitudes clínicas; estaba, por consiguiente, inhabilitado
para la labor profesional, única ocupación que puede conducir al
médico al desahogo económico. Sólo en la decorosa industria del libro
de texto, tan fructuosa para los catedráticos de la Corte cuanto
precaria para los de provincias --industria sandiamente motejada por
quienes no conocen sino sus vituperables abusos--, entreveía yo ese
modesto pero holgado pasar, capaz de garantizarme, con la preciosa
conquista de -mi tiempo-, el bien supremo de la independencia del
espíritu.
[Ilustración]
CAPÍTULO X
Mi traslación á la Corte. -- Me domicilio en la calle de Atocha,
cerca de San Carlos. -- Semblanzas de algunos de mis amigos
y colegas de Facultad, hoy desaparecidos: Calleja, Olóriz,
Hernando, Letamendi, San Martín, etc.
Cuando, de retorno de las oposiciones, me incorporé á la familia,
la encontré aumentada con un hijo más. Ello fué motivo de júbilo,
aunque la aparición de un sexto retoño no suela despertar los mismos
entusiasmos que el primero.
Entre mis comprofesores de Barcelona produjo la noticia de mi
triunfo agradable sorpresa, mezclada acaso con algo de contrariedad.
Parecióme advertir en algunos colegas cierto descontento por no haber
dado oportunamente algún paso encaminado á retenerme indefinidamente
en la capital catalana[109]. Estos sentimientos de consideración y
estima, tan honrosos para mí, tuvieron expresión amable y entusiasta
en cierto banquete de homenaje con que la -Academia de Ciencias
Médicas de Cataluña- y mis colegas de claustro obsequiaron al que,
durante cerca de cinco años, tuvo el honor de ser su compañero y
colaborador. Al acto asistieron también varios profesores de la
Facultad de Ciencias y los simpáticos contertulios de la peña del
café.
[109] Fué acaso mi estimado amigo Batlles y Beltrán de Lis quien
mostrose más disgustado con mi traslación á la Corte, pues tenía
empeño en crear para mí, en el Laboratorio Municipal, una plaza
de micrógrafo, decorosamente remunerada. La caída del partido
liberal, en cuyas filas militaba, y el consiguiente trasiego
de concejales, dieron al traste con los buenos propósitos de
Batlles, á cuyas generosas gestiones viviré siempre agradecido.
Con verdadera pena hube de abandonar á tan excelentes amigos, y con
ellos á una ciudad donde encontré ambiente singularmente favorable
para la ejecución y publicación de mis trabajos científicos. Con
no menos tristeza despedíme de aquella tertulia célebre de la
-Pajarera-, donde, en compañía de García de la Cruz, Schwarz,
Soriano, Villafañé, Castro Pulido, Castell, Odón de Buen, etc., había
pasado ratos inolvidables.
El eco de mis éxitos de opositor repercutió también en Zaragoza,
entusiasmando, según era natural, á mis amigos y paisanos. Allí, en
el seno del hogar, donde descansé algunos días camino de la Corte,
gocé una de las más puras y nobles satisfacciones que es dable
experimentar: la contemplación del gozo y del orgullo de los ancianos
padres..., de aquellos padres á quienes tantos disgustos causaran en
otro tiempo los devaneos y desobediencias de su hijo... Fué aquella
alegría hermosa compensación de sus desvelos y gran consuelo para
mí. ¡Cuánto hubiera dado yo porque la vida de mis progenitores se
hubiera prolongado hasta 1906, fecha del más sonado de mis triunfos
internacionales! Pero la ley de la vida es inexorable, y á pocos
padres es dado ser testigos de la culminación de la carrera filial.
También mis excelentes profesores de Zaragoza celebraron mi elevación
á la Universidad de Madrid. Con alguna excepción, mostráronse ufanos
de su antiguo discípulo, y éste se consideró dichoso por haber dado
pretexto á la satisfacción de sus maestros. A ruego de aquéllos, y
para corresponder á tantos afectuosos plácemes, expuse, en dos largas
conferencias, ilustradas con numerosas figuras, los más importantes
resultados de mis trabajos de laboratorio.
Grande fué la sorpresa de mis maestros de antaño al saber que
indiscutibles autoridades científicas del extranjero habían
confirmado mis modestos hallazgos y adoptado plenamente mis
interpretaciones. Entre los oyentes figuraban algunos condiscípulos
y hasta antiguos camaradas de travesuras y algaradas. Estos últimos
mostraban su asombro al reconocer hasta qué punto había sentado la
cabeza el desaplicado -chico de D. Justo-.
Ofreciéronme, naturalmente, el agasajo ya entonces á la moda, es
decir, el banquete de honor, con los inevitables brindis, tan
impregnados de afecto cuanto de alentadoras y patrióticas esperanzas
acerca del porvenir de la naciente ciencia española. Recuerdo que
uno de los brindis más cariñosos y efusivos fué el del Dr. Fornés, á
quien suponía yo, gratuitamente, algo enfadado conmigo.
* * * * *
Llegué, por fin, á la capital de la Monarquía en Abril de 1892, á
los cuarenta años de edad, ansioso de trabajar y con la cartera
repleta de proyectos científicos. Según costumbre mía, instaléme
modestamente[110], cual cumple al obrero de la ciencia que siente
el -santo horror del déficit-, como diría Echegaray, y sabe que las
ideas, á semejanza del nenúfar, florecen solamente en las aguas
tranquilas. Pagaba de alquiler dieciséis duros al mes. Semejante
modestia, que algunos tachaban de excesiva é impropia de un
-príncipe de la toga académica-, según frase de cierto hinchado
catedrático, parecíame necesaria mientras tanteaba el terreno y
averiguaba los recursos disponibles para alimentar la familia y
desarrollar cumplidamente mis trabajos. Porque yo siempre diputé
peligrosa y contraproducente la conducta de esos profesores que,
recién llegados del rincón provinciano, instálanse en la Corte á lo
dentista americano, gastando sus modestos ahorros en costearse coche,
habitación y mueblaje, en espera de una clientela opulenta que no se
digna comparecer.
[110] En el núm. 131, duplicado, de la calle de Atocha.
Las costumbres de mis nuevos colegas casaban admirablemente con
mi manera de ser. Con íntimo regocijo advertí que en la Facultad
de Medicina, como en la Universidad, nadie hacía caso de nadie.
«Vivimos sin conocernos y morimos sin amarnos», solía decir D. Félix
Guzmán, profesor de Higiene, á quien chocaba mucho ese sistemático
apartamiento espiritual entre los colaboradores de una misma obra.
Parecidas sentidas lamentaciones oí á D. Federico Olóriz, recién
trasladado á Madrid desde el tibio y efusivo hogar granadino.
Hay que desengañarse. La Corte no puede ser para el hombre laborioso
y modesto que gusta del trato social, la soñada «tierra de amigos»
del poeta. Dura y febril es la existencia en las grandes urbes: lo
enorme de las distancias y la carestía de la vida imponen, con el
trabajo forzado, el avaro aprovechamiento de todos los instantes.
Cultivar relaciones resulta un lujo que sólo pueden permitirse los
ricos y los ociosos. Pero, repito, esa relativa soledad sentimental
que tanto contristaba á Olóriz, fué siempre mi alegría. Frialdades y
desvíos parecen enojos, cuando son en realidad libertad y respeto.
«Cierto que nadie piensa en mí --me decía al verme al principio
perdido y solitario en el piélago de la Corte--; pero, en cambio, yo
puedo pensar en lo que quiera.» ¡Y no es flojo privilegio!
No obstante lo cual, yo tuve la fortuna de encontrar y cultivar en la
Corte algunas valiosas amistades. Prescindiendo, por ahora, de los
camaradas ajenos al gremio docente (de ellos trataré en otro lugar),
citaré á Olóriz, Hernando, Letamendi, San Martín, Gómez Ocaña, García
de la Cruz, etc. Notemos que, á excepción de San Martín, todos estos
amigos pertenecieron á la modesta y arrinconada grey de -profesores
teóricos-, ajenos de esa devoradora codicia característica de la
mayoría de los grandes prestigios clínicos. Puesto que, á excepción
de Gómez Ocaña, los mencionados compañeros murieron ya[111], paréceme
justo y plausible estampar aquí algunas frases de elogio, á guisa
de semblanza breve, de algunos de ellos, y como tributo y recuerdo
de un afecto sin eclipses. Á la citada lista agregaré todavía los
nombres de D. Julián Calleja y del Marqués del Busto. No tuve la
suerte de tratar en la intimidad á estas dos prestigiosas figuras de
San Carlos; pero merecen aquí un recuerdo afectuoso, porque les debí
apoyos y protecciones oficiales inolvidables.
[111] El Dr. Hernando vive aún, por fortuna, en Guadalajara,
jubilado y doliente; pero en un estado de postración que casi
equivale á la muerte.
* * * * *
Comencemos por nuestro decano el benemérito D. Julián Calleja. Ocioso
fuera insistir en su semblanza. Reciente su fallecimiento, casi todos
mis lectores médicos le conocieron, ya que por sus merecimientos
indiscutibles, exquisito don de gentes y el imperio de una voluntad
sugestionadora, alcanzó los más altos puestos profesionales y algunos
cargos políticos importantes. Tenía, naturalmente, sus debilidades,
conforme suelen tenerlas cuantos figurando en los partidos de turno y
cultivando legítimas ambiciones, resisten difícilmente las caricias
de la adulación ó las intromisiones del caciquismo; pero adornábanle
también cualidades intelectuales y morales de primer orden. Además de
ser excelente y celoso maestro, poseía envidiable talento organizador
y, sobre todo, sentía amor grande á nuestra Facultad de Medicina,
por cuyas mejoras y progresos se desvelaba. No fué un investigador,
ni podía serlo dadas sus aficiones á la política; mas asistió con
su estímulo y protección á cuantos veía inclinados á las tareas del
laboratorio.
Todo su valimiento político lo puso en servicio de San Carlos. Á él
se deben, entre otras plausibles iniciativas, los nuevos laboratorios
y clínicas de la docta Casa; la construcción de un piso sobre el
vetusto edificio; la anexión al Hospital clínico de un ala del
Hospital provincial (conseguir esto exigió un pleito laborioso contra
la Diputación, dirigido por D. Julián con insuperable habilidad y
entereza); la creación de las cátedras de especialidades médicas; la
organización de los gabinetes de radiografía, mecanoterapia, etc.
Yo debo agradecerle la construcción y organización del Laboratorio
de Micrografía, uno de los mejores y, por descontado, el más capaz
é importante de San Carlos. La creación de este centro de estudios
era apremiante, porque á mi llegada á la Corte encontréme por todo
Laboratorio con cierto pasillo angosto y largo, pobrísimo de material
é instrumental, sin libros ni biblioteca de Revistas. Quimérico
resultaba dar, en tan angosto local, mediana enseñanza práctica á más
de doscientos alumnos oficiales, amén de los libres.
Requerido por mí, D. Julián tomó sobre sí la reforma, gestionándola
con extraordinario interés. Y haciendo gala de su maravillosa
actividad, consiguió en pocos meses la consignación en presupuesto
de los créditos necesarios y la ejecución de la obra. El nuevo
Laboratorio de Histología, capaz para trescientos alumnos, se
eleva frontero á la calle de Santa Isabel, encima de la grandiosa
sala de disección: encierra gabinete de trabajo para profesores y
ayudantes, gran salón de prácticas para los alumnos, departamentos de
Bacteriología, de Microfotografía, etc.
Conseguido el local, siguiéronse los naturales complementos: la
compra de libros y Revistas, adquisición de estufas de esterilización
y vegetación, así como de número suficiente de microscopios. Al
viejo é imponente Ross, el -cañón- del Laboratorio, menguadamente
acompañado de un par de antiguos modelos de Verick y Nachet,
añadiéronse, en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40
microscopios y microtomos de Reichert, destinados á los alumnos.
¡Era el ideal codiciado, la suprema aspiración de una vida!... Y
todo ello se llevó á cabo por D. Julián espontáneamente, sin halagos
ni adulaciones, inspirado en el noble entusiasmo que nuestro decano
vitalicio sintió siempre por la función docente.
Ignoro si el venerable D. Julián, actuando en funciones de cacique
universitario, pecó algo, conforme dieron en decir ciertos adustos
censores; pero á todos consta que amó también mucho cosas tan santas
como la ciencia y la enseñanza, y que, á causa de pasión tan hermosa,
debemos perdonárselo todo.
* * * * *
Del ilustre Olóriz me ocupé ya en anteriores páginas, con ocasión de
relatar comunes andanzas de opositores á cátedras. Séame permitido
añadir aquí, en memoria del malogrado compañero, algunas frases
encomiásticas.
Era D. Federico, como le llamábamos amigos y admiradores, el
-maestro- por excelencia. Lo que en muchos es oficio, constituía
en él vocación irresistible. Asiduo, formal y concienzudo, cumplía
con insuperable celo su ministerio docente. De un exterior algo
vulgar, encerraba un espíritu refinadamente aristocrático.
Escribía tan maravillosamente como hablaba, y era dueño de palabra
fácil, elegante, agilísima, puesta al servicio de clarísimo
entendimiento[112]. No se prodigaba, sin embargo. Replegado en
su modestia, limpio de todo estímulo vanidoso, rehuyó siempre la
popularidad, como desdeñó la política, campo donde sus dotes de
formidable polemista hubiéranle traído triunfos resonantes.
[112] Recuérdense sus admirables conferencias del Ateneo acerca
de las escuelas de Manjón, de Granada; sus primorosos discursos
en esta misma Cátedra sobre temas antropológicos; sus castizas y
sabias oraciones académicas, etc.
En funciones de examinador pasaba Olóriz por riguroso y exigente.
Imponía á los discípulos con su severidad; pero los desarmaba con
la justicia. Y, terminada la carrera, aun los más desaplicados le
agradecían sus rigores, rindiéndole filial afecto.
Hacia la época de mi traslación á Madrid vivía el maestro algo
retraído, refugiado en la cátedra y en el hogar, consagrando todos
sus escasos vagares á los estudios antropológicos, en que llegó
á ser autoridad indiscutible. Más adelante, creóse para él en
el Ministerio de Gracia y Justicia una cátedra de -Antropología
criminal-, donde aplicó por primera vez el sistema de identificación
del Dr. Bertillon y asentó las bases de un ingenioso proceder de
clasificación y reconocimiento de las impresiones digitales. Su
voluminosa obra acerca del -Índice cefálico en España- y diversos
folletos antropológicos dan elocuente testimonio del ardor y acierto
con que el malogrado maestro emprendió la empresa de diferenciar
y clasificar los tipos antropológicos existentes en las diversas
provincias españolas.
¡Lástima grande que las acometidas de una dolencia cruel quebrantaran
casi en plena juventud sus fuerzas físicas, esterilizando la
prosecución y coronamiento de una labor admirable, que había merecido
ya galardones y aplausos entre los sabios extranjeros!... Recuerdo
que, entre otros premios, recibió el de Fauvelle, de la Academia de
Medicina de París.
Todos deplorábamos (y de ello se hace eco su amigo del alma, el
Dr. D. José Gómez Ocaña, en sentida y elocuente oración académica)
que el gran Olóriz no lograra en vida, con el renombre merecido,
aquellas ventajas y honores oficiales tan fácilmente alcanzados en
nuestro país hasta por el mérito más discutible, cuando sabe hacerse
valer y se exhibe aparatosamente[113]. Á sus éxitos sociales se
opuso el exceso de sus talentos y virtudes, ó más bien opusiéronse,
como dicen los franceses, «los defectos de sus grandes cualidades».
Irreprensible en su conducta, jamás pudo soportar la injusticia;
austero cumplidor de sus obligaciones, nunca transigió con la
holgazanería; lógico y grave en el pensar y el sentir, aborreció
la frivolidad y el error; decoroso y selecto en el lenguaje, jamás
abatió su palabra hasta la vulgaridad ó la chabacanería.
[113] Todos los buenos oficios de sus amigos para llevarle al
Consejo de Instrucción pública, donde su acrisolada rectitud
y excepcional competencia pedagógica hubiesen rendido ópimos
frutos, fracasaron deplorablemente.
Olóriz era maestro en todos los momentos de su vida. Dotado de genio
dialéctico y de exquisita sensibilidad para percibir hasta las más
tenues refracciones con que la pasión ó la palabra desfiguran la
verdad, no podía oir un desatino sin corregirlo en el acto. No era
acritud de carácter ni deseo de zaherir, sino tendencia innata á
corregir y edificar. Era un instinto irresistible que se explayaba lo
mismo en familia que en la calle, igual con sus discípulos que con
sus compañeros.
Una de sus características consistía en el decoro y distinción
señoril de su palabra. Jamás acertó á ser vulgar. Aun acerca de
las cosas triviales hablaba con tanta corrección y esmero que, al
oirle, sentíase uno como avergonzado de tener que contestarle en el
pedestre lenguaje de todo el mundo. Quienes no le conocían reputaban
acaso pedantería lo que era natural distinción intelectual y deseo
de conservar luciente y aguda, en todo caso, el arma poderosa de su
palabra.
Por desgracia, hay excelencias que no se perdonan. Nos recuerdan
demasiado nuestra inferioridad y acaso infunden temor. Por eso á
Olóriz se le estimaba más que se le quería, y dejó muchos admiradores
y pocos amigos.
El caso de Olóriz es muy instructivo. Por de pronto nos consuela
algo de nuestra mediocridad. Y demuestra, además, lo peligroso de la
probidad demasiado escrupulosa y del talento demasiado grande. Tan
nobles y sobresalientes dones sólo son tolerables cuando se atemperan
y dulcifican con algunas debilidades profundamente humanas: con la
frivolidad y complacencia que desarman la envidia y con la piedad y
la alegría que nos preservan de la indignación.
* * * * *
Otra de las personas con quienes mantuve trato asiduo desde mi
llegada á Madrid, fué D. Benito Hernando, catedrático de Terapéutica,
pocos años antes trasladado de Granada. Modestia excesiva,
austeridad de costumbres, desprecio del dinero y de los vanos
honores, devoción y afecto desinteresado hacia los amigos, eran
sus más salientes prendas. No valía menos en el orden intelectual.
Era Doctor en Ciencias y Medicina, carreras que estudió paralela y
concienzudamente. Educado por un tío sacerdote, creía firmemente
en Dios; pero creía también en la ciencia. Añoraba las grandezas
de nuestro siglo de oro; veneraba á Cisneros y á Cervantes y
rendía culto fervoroso á la música y al arte cristianos. El amor
á la tradición no le impedía --repetimos-- cultivar las Ciencias
naturales. Sabido es que durante cierta época de su vida frecuentó
con igual entusiasmo y asiduidad las iglesias que los laboratorios.
De aquellos sus tiempos juveniles data su mejor obra titulada: -La
lepra en Granada-, concienzuda labor de Anatomía patológica y de
Clínica, menos conocida y encomiada de lo merecido.
Era D. Benito archivo inagotable de anécdotas y sucedidos, de frases
y ocurrencias ingeniosas, que solía traer muy á cuento. Acaso abusaba
algo de su extraordinaria retentiva y del gracejo y agudeza de su
conversación. Hablaba como quien se huelga hablando y sabe que place
á sus oyentes. ¡Es tan difícil, aun á los más discretos, contener y
reservar el talento!
Conmigo y con mi familia portóse con una generosidad y abnegación
que jamás agradeceré bastante. Recién llegados á Madrid, ofrecióme
espontáneamente sus buenos oficios; deshízose cerca de otras personas
en elogios de mis modestos méritos; presentóme á varios personajes
del mundo literario y artístico, entre otros, al sabio D. Facundo
Riaño, de cuyo trato agradabilísimo conservo imborrables recuerdos;
dióme antecedentes de muchos hombres y sucesos actuales y pretéritos;
hízome gustar las bellezas y sublimidades de la arquitectura
cristiana, materia en la cual era consumado maestro; en fin, vino á
ser para mí el amigo asiduo y constante, más aún, el confidente y
consejero íntimo.
* * * * *
Otro de los compañeros cuya amistad cultivé fué el asombroso
Letamendi. Halléle bastante envejecido. No era ya Decano de la
Facultad y asistía poco á clase. Por aquella época hallábase atacado
de la torturante enfermedad vesical que le obligaba frecuentemente á
recluirse y suspender sus recepciones, aquellas famosas tertulias de
«secano» como las llamaba él, en que se leían versos, se conversaba
deliciosamente y lucía el maestro sus portentosas facultades de
-causeur- ingenioso, de músico y de poeta humorístico. De cuando
en cuando, recobraba el buen humor y trabajaba; pero sus palabras
y escritos irradiaban á menudo esa tristeza filosófica con que
se contempla el mundo y los hombres cuando se acerca la trágica
despedida. «Escribo á hurtadillas del dolor», decía melancólicamente
en un admirable discurso acerca de los juegos higiénicos, leído por
Moret en el Ateneo.
Su voz era algo nasal y sus frases salían en ritmo pausado, como
de quien medita antes de hablar y desea ser bien comprendido.
Platicando, resultaba infatigable. Su palabra surgía espontánea,
vistosa é irisada, cual surtidor en fontana. Eran aguas profundas
y, por tanto, límpidas y calientes; límpidas por lo impecable de la
forma, calientes por la emoción que les comunicaba. Todos le oíamos
embelesados, sin osar la irreverencia de convertir en diálogo el
monólogo. ¿Cómo interrumpir ó desviar, con un comentario vulgar
ó inoportuno, aquella catarata de imágenes brillantes, de frases
agudas, de pensamientos originalísimos?
Durante esos pocos días en que el dolor le olvidaba y podía pasear,
holgábame yo de acompañarle por el Retiro, el Prado ó las calles
céntricas. Bastaba la visión instantánea de una persona, de un objeto
cualquiera, para sugerirle en el acto comparaciones tan ingeniosas
como gráficas. Viendo un sujeto muy alto que caminaba torpemente
exclamaba: «Ese hombre va mareado de verse tan alto». Topábamos con
un modesto industrial ambulante que exhibía un fonógrafo, y decía:
«Ahí viene el conejo de Indias parlante» (aludía á la voz chillona y
menuda del viejo fonógrafo de Edison). Aproximábase á nosotros una
jamona exuberante y esbelta: «¡Cuidado con chocar con estos -jarrones
de carne-; á nuestra edad los quebrados seríamos nosotros!» Al pasar
una vez por delante del Ministerio de la Gobernación, párase de
pronto y dice: «Esta es la única Escuela de Geografía de nuestros
gobernadores; aquí saben hacia dónde cae su provincia y aprenden
el camino gracias á la dirección del puntapié con que los despide
el Ministro.» De pronto, una ráfaga del Guadarrama nos obliga á
embozarnos, y Letamendi comenta: «Para estos fríos, el mejor abrigo
es la piel de mujer», etc., etc.
D. José tenía el don inapreciable de la amenidad. Recuerdo que en
cada uno de nuestros paseos discurría sobre tema diferente. Durante
su juventud y madurez, había leído mucho y meditado más. Si el hada
que presidió á sus destinos le otorgó todas las gracias, él por su
parte ofrendó fervorosamente á todas las musas. Ahí están para probar
su saber casi universal, y por tanto, su vocación por el trabajo, los
admirables libros de Patología general y de Higiene, sus discursos
del Ateneo y los académicos sobre temas filosóficos, políticos y
sociales, sus obras musicales, hasta sus admirables pinturas. Y con
todo eso, el blanco favorito de sus meditaciones fué la filosofía.
Lástima grande que escrúpulos disculpables en un enfermo impidieran
al maestro la redacción y publicación del fruto de sus reflexiones.
¡Quién sabe si la filosofía española, tan servil y modesta que vivió
casi siempre de prestado, marchando á remolque del extranjero, habría
tenido al fin su Kant ó su Herbert Spencer! Porque, en mi sentir,
Letamendi era, ante todo y sobre todo, un pensador.
Aventurado resulta juzgar de intenciones no realizadas, de proyectos
agostados en flor por el rigor de adversas circunstancias. Séame
lícito, empero, declarar que se equivocaban tanto el candoroso
Ceferino González, al afirmar que «la filosofía de Letamendi, no
obstante su originalidad, no salía de la corriente cristiana», como
quienes, atenidos al cortés exoterismo de los libros y conferencias
de D. José, diputábanle católico á macha martillo. Harto sabíamos sus
íntimos que, en el fondo, su concepción filosófica era profunda y
radicalmente agnóstica.
Sin duda que el sistema filosófico de Letamendi no hubiera sido, en
principio, más verdadero que los conocidos. ¿Existe, por ventura,
alguna interpretación del mundo ó de la vida que sea algo más que
noble y ambicioso ensueño? Pero la novela forjada por D. José
habría sido un libro primoroso, ingeniosísimo, lleno de sorpresas
y sugerente quizás de otros libros igualmente agradables. Con los
principios, nociones y categorías de la razón, habría tejido un nuevo
manto, singularmente artístico y fastuoso, tendido piadosamente sobre
los insondables abismos de la muerte y de lo incognoscible. Y nos
habría hecho sentir y pensar... ¿Qué filósofo hizo más?
Rémora para la publicación del libro que preparaba con el título
de «El positivismo absoluto», fueron sus progresivos achaques y
la falta de esas placidez y alegría que sólo da la clara visión
de un largo camino delante de sí. En respuesta á mis excitaciones
para que publicara lo antes posible su concepción filosófica,
exclamaba: «¡Ah, si yo viviera en Francia ó en Inglaterra!... Poco
me quiere usted cuando desea verme, en las postrimerías de la
vida y atormentado por cruel enfermedad, á vueltas con anatemas y
excomuniones episcopales.»
Para los trabajadores metódicos y de pan llevar, entre los cuales
tengo la humildad de contarme, D. José adolecía de un defecto
indisculpable: la manía enciclopédica. Su atención hacía escala en
todos los asuntos, sin anclarse definitivamente en ninguno. Harto
conocía él su debilidad cuando, reaccionando contra cariñosas
reprensiones, disculpaba sus «aficiones rotatorias» satirizando
donosamente á los especialistas científicos.
Con candor sólo comparable con mi buena intención, intenté yo
encauzar aquellas admirables facultades, dirigiéndolas resueltamente
hacia la filosofía biológica, para la cual parecíame D. José
superiormente dotado[114]. Con destino al Congreso Médico de Roma,
escribía éste por entonces cierto estudio sintético sobre el
mecanismo de la herencia y las incongruencias del instinto sexual; y
deseoso de documentarle, puse á su disposición los libros, entonces
recientes, de los hermanos Hertwig sobre la conjugación de las
células sexuales, y el de Weissmann sobre la herencia, la naturaleza
del plasma germinal y el sentido biológico de la muerte. Días después
me devolvió los volúmenes. ¿Los leyó? Lo ignoro. En todo caso, el
rico arsenal de datos objetivos en ellos contenido fué poco ó nada
aprovechado.
[114] En las obras de novísimos filósofos naturalistas,
encuéntranse conceptos y teorías que parecen inspirados en
los libros de Letamendi. Recordemos, entre otras notables
coincidencias de pensamiento, la -fórmula de la vida-, casi en
iguales términos expuesta por D. José y por el biólogo francés Le
Dantec.
Hombres como Letamendi, cuando llegan á la madurez, renuévanse
difícilmente. Cerebros en plena efervescencia, desbordantes de
ideas, sólo saben producir. Arrastrados por el gusto y el poder de
la creación, siguen de mala gana las lucubraciones de los otros. Á
la manera de la larva, hilan casi exclusivamente el capullo de la
invención con lo asimilado en la primera juventud. Entristece pensar
que, á cierta edad, el mecanismo pensante está definitivamente
construído. Ya no enseñan ni educan las nuevas lecturas; actúan
á lo más como conmutadoras de pensamiento, y sugerentes de temas
retóricos. Segregamos sin absorber. Fatigan las descripciones,
embaraza la copiosidad de los hechos, molestan los detalles. Y, sin
embargo, los hechos son necesarios. Como en el mito de Anteo, sólo
recobramos la fuerza al afianzar nuestros pies sobre la tierra.
¡Suerte aciaga la de España! Casi todos sus hijos geniales se
malogran ó rinden fruto inferior á sus potencialidades. Fáltales,
unas veces, la placidez y serenidad de espíritu, gajes inestimables
de la salud física y moral; otras, el valor y la entereza para
desafiar sentimientos y prejuicios del ambiente; casi siempre, en
fin, el trabajo metódico y disciplinado.
* * * * *
Con D. Alejandro San Martín, el afamado cirujano, uniéronme estrechos
lazos de afecto y de grata intimidad. Nos veíamos casi diariamente
en la famosa -peña- del Suizo (de ella hablaré más adelante), cuya
presidencia ocupaba por el doble fuero de la antigüedad y del talento.
Fué San Martín uno de los hombres más cultos, simpáticos y mejor
educados que he conocido. Yo aprendí mucho con su conversación. Acaso
por el contraste de nuestros caracteres hicimos siempre buenas migas.
Á la ruda franqueza de mis juicios, oponía San Martín la ironía,
el eufemismo y los temperamentos diplomáticos. «Me encantan los
métodos jesuíticos», decíame una vez -ex abundantia cordis-. En su
léxico faltaban vocablos tan corrientes, y á veces tan necesarios,
como «ignorante, grosero, pedante, etcétera». Juzgando la picardía
política ó la farsa científica, extremaba á veces tanto, acaso
irónicamente, el -suaviter in modo...-; ponía en sus comentarios
personales tales distingos y atenuaciones, que me impacientaba y casi
me irritaba.
Pero si en nuestras amistosas discusiones salía yo perdiendo, en el
intercambio de ideas y sentimientos ganaba siempre. Merced á sus
consejos y sobre todo á la habilidad y discreción de su conducta,
conseguí atenuar un tanto esa desagradable é incivil inclinación á
decir toda la verdad y á indignarme demasiado contra la injusticia.
Confieso que en este punto, y no obstante las lecciones de la
experiencia, hállome todavía muy lejos de la perfección.
Temperamento reflexivo y laborioso, San Martín fué toda su vida
infatigable estudiante. Como decía su condiscípulo el Dr. Cortezo,
«D. Alejandro no fué nunca joven». En su lenguaje algo paradójico,
lo reconocía él mismo, al decirnos: «Yo tuve la desgracia de ser
modelo de alumnos sumisos y aplicados; no puede pedírseme, pues, nada
extraordinario.»
Adoraba la música, á la que consagraba casi todos sus ocios. Y, como
la mayoría de los talentos de tipo auditivo, San Martín era orador,
pero orador discursivo, vigoroso, lleno de recursos polémicos y de
imágenes felices y pintorescas. Á su verbo afluente sólo perjudicaba
cierto ligero titubeo en la pronunciación y algo de esa lentitud
expositiva de que adoleció también Letamendi, nacida del empeño en
hallar la frase justa y el argumento que, hiriendo á fondo el corazón
del asunto, pasa rozando el corazón del adversario. En los -corps
à corps-, su palabra tornábase singularmente ágil é intencionada.
Acordándose, sin duda, del propio oficio, el escalpelo crítico se le
convertía en bisturí. Pero ni aun en los transportes de la pasión
olvidaba las buenas formas. Rajaba, inclemente, al adversario, mas
adormeciéndole siempre con el cloroformo de la cortesía y del halago.
Las vacilaciones del cirujano de San Carlos como filósofo (en el
fondo era kantiano y algo escéptico), como político y hasta como
científico, fueron objeto de censuras entre compañeros poco dados
á estudiar caracteres complejos. Á mí, las fluctuaciones de D.
Alejandro me lo hacían particularmente simpático. Revelaban estudio
reflexivo y honradez de pensamiento. No duda el que quiere, sino el
que puede. Sólo las cabezas sencillas, ó las ayunas de curiosidad
filosófica ó científica, gozan del reposo y la fe. Al modo del aire
en las cordilleras, en los espíritus elevados el pensamiento está
en perpetua inquietud. Sabido es que, cuando se medita demasiado,
la acción se vuelve tarda y premiosa; porque, antes de resolver, la
razón debe recorrer largas vías asociativas, dar audiencia, según la
frase de Bismarck, á numerosos pensamientos.
Como Letamendi, y en más recientes tiempos el asombroso Unamuno, D.
Alejandro gustaba mucho de la paradoja, una de las características
del talento vasco, según Sánchez Moguel. Lejos estoy de censurar
esta tendencia de ciertos espíritus selectos. Prescindiendo de su
contenido ideal y ciñéndonos á sus efectos inmediatos, la paradoja
representa un despertador mental de primer orden. Al choque de lo
insólito, de lo inopinado, el sentido crítico, apoltronado por las
rutinas de la diaria labor, reacciona vivamente. Y revélase en cada
contradictor lo más íntimo, vivo y personal de la máquina nerviosa:
la imaginación constructiva. Y el hombre pensante aparece. Porque,
en realidad, los hombres sólo se nos revelan plenamente cuando
les constreñimos á forjar bien ó mal una idea nueva ó un juicio
improvisado; cuando, sorprendidos por la violencia anárquica de la
paradoja, se ven desamparados de los andadores del sentido común y
del comodín de las opiniones hechas, y deben construir en caliente y
sobre la marcha una hipótesis personal.
Tal me pareció ser la intención de las paradojas de don Alejandro.
Estoy persuadido de que no creía en muchas de las que con tanto calor
defendía; constituían, por punto general, ingenioso ardid destinado
á prestar viveza y amenidad á los coloquios del café, y nobleza y
animación á las controversias académicas.
Por lo demás, San Martín fué un catedrático eminente y celoso,
que ha dejado aventajados discípulos. De sus admirables dotes de
investigador y maestro quedan testimonios elocuentes en numerosas
monografías y folletos, amén de varios libros de texto. Entre sus
trabajos de laboratorio descuellan, por la elegante originalidad
del pensamiento, los experimentos de anastomosis arterio-venosa,
encaminados á restaurar la circulación interrumpida en casos de
aneurisma, -trombus- ó ateroma. Sentía verdadera pasión por nuestro
renacimiento intelectual, y, por encima de todo, vibraba en él un
patriotismo ardiente y de bonísima ley. Su conocimiento de varias
lenguas europeas, permitíale renovarse de continuo, á cuyo fin,
durante las vacaciones, visitaba los grandes focos científicos del
extranjero.
Por sus aptitudes para la política (figuraba en el partido liberal
acaudillado por Moret) y su excelente preparación en materias
pedagógicas, D. Alejandro San Martín alcanzó la cartera de
Ministro de Instrucción pública. Según referiré más adelante,
las circunstancias me permitieron contribuir algo á tan honrosa
designación. Si la inestabilidad ministerial no fuera régimen normal
de nuestra política, por seguro tengo que nuestro amigo habría
desarrollado importantes iniciativas en materias docentes y corregido
inveterados abusos.
* * * * *
Merecen también recuerdo de gratitud en estas páginas otros dos
compañeros, con quienes, á causa de la diferencia de edades y de
rumbo social, no llegué á tener intimidad. Aludo al caballeroso
Marqués del Busto, profesor de Obstetricia, quien, deseando proteger
el Laboratorio de Histología de San Carlos, le cedió durante muchos
años, y hasta su muerte, sus emolumentos de Director de Clínicas; y
al benemérito Dr. Calvo y Martín, catedrático de Operaciones, quien
entusiasmado por mis modestos éxitos de investigador, y deseando
serme útil, ofrecióme generosamente, con carácter vitalicio,
habitación en una de sus casas, honrándome además con otras
atenciones. No pude, sin embargo, aceptar el agasajo de mi simpático
paisano, á causa de mi deseo de vivir cerca de la Facultad de
Medicina (la casa ofrecida estaba en la calle de Isabel la Católica).
Tales fueron, en suma, entre los compañeros ya desaparecidos para
siempre, los que más influyeron en mí, ora con su apoyo oficial, ora
con sus enseñanzas, y siempre con sus consejos y estimación.
[Ilustración]
CAPÍTULO XI
Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio. -- Tentaciones
del diletantismo científico, literario y artístico. -- Mis oreos
espirituales: paseos por los alrededores de Madrid, y la peña del
Café Suizo. -- Nuevas investigaciones sobre la estructura del
cerebro. -- Comienzo la publicación de mi obra de conjunto sobre
la textura del sistema nervioso de los vertebrados.
Madrid es ciudad peligrosísima para el provinciano laborioso y ávido
de ensanchar los horizontes de su inteligencia. La facilidad y agrado
del trato social, la abundancia del talento, el atractivo de las
Sociedades, cenáculos y tertulias, donde ofician de continuo los
grandes prestigios de la política, de la literatura y del arte; los
variados espectáculos teatrales y otras mil distracciones, seducen y
cautivan al forastero, que se encuentra de repente como desimantado
y aturdido. En su vida hase operado radical metamorfosis: la abeja
se ha convertido en mariposa, cuando no en zángano. La filosofía, el
arte, la literatura, hasta la política y los deportes, tiran del alma
con mil hilos invisibles y tenaces. Al obrero atareado, ha sucedido
el ameno sibarita intelectual.
Además, el instrumento cerebral forjado durante muchos años de
soledad y recogimiento, se -desdiferencia- y embota cual herramienta
tocada de orín: la especial mentalidad, traída del rincón
provinciano, va poco á poco igualándose con la mentalidad de todo el
mundo. Los callos se pierden y las manos se enguantan. Y el tiempo se
va en admirar é imitar.
En vano pretendemos hacer alto en la pendiente, abandonar
resueltamente el camino de Sibaris ó de Atenas, retroceder, en fin,
á los severos hábitos de antaño: movidos por el pundonor, llegamos
hasta planear hermosos programas de acción. Mas, desgraciadamente,
todo se malogra...--No queda tiempo para nada --exclamamos con
amargura.
Sin embargo, yo me propuse á todo trance cerrar los oidos al cántico
de la sirena cortesana, y defender mi tiempo, trabajando tanto como
en provincias. Y lo conseguí por fin, no sin provocar frialdades, ni
impedir que se me aplicasen los epítetos de -hurón, estrafalario y
orgulloso-.
--«Pero quién conoce, quién trata, quién puede pedir un favor á
Cajal» --exclamaba cierto clínico eminente en un corro de médicos,
molesto acaso por no tener confianza bastante para hacerme
determinada recomendación. Á mí me asombraba este juicio de los
compañeros, y más aún que echaran á mala parte mi sistemático
arrinconamiento. Sorprende, en efecto, que personas conocedoras y
hasta celebradoras de mis modestos frutos de Laboratorio censurasen
precisamente aquellos hábitos y cualidades morales, absolutamente
indispensables para el logro de tales frutos.
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000