pero sí para libros, Revistas y objetos de Laboratorio. Y aunque
estos elogios parezcan extraños y aun inconvenientes en mi pluma,
complázcome en declarar, que no obstante una belleza que parecía
invitarla á lucir en visitas, paseos y recepciones, mi esposa se
condenó alegremente á la obscuridad, permaneciendo sencilla en sus
gustos, y sin más aspiraciones que la dicha tranquila, el buen
orden en la administración del hogar y la felicidad del marido y de
sus hijos. Que, dados mi carácter y tendencias, mi elección fué
un acierto, reconociéronlo pronto mis progenitores, singularmente
mi madre, que acabó por querer sinceramente á su nuera, con quien
compartía tantas virtudes domésticas y tantas analogías de gustos y
carácter.
[12] Á esto aludo particularmente en mi libro -Reglas y consejos
sobre la investigación biológica-, 4.ª edición, pág. 154 y
siguientes.
Digamos ahora algo de mis primeras producciones científicas. Según es
de presumir, tales ensayos (en número de dos, publicados en Zaragoza
en folleto aparte), fueron bastante flojos.
El primero de ellos, intitulado: -Investigaciones experimentales
sobre la inflamación en el mesenterio, la córnea y el cartílago-,
apareció en 1880, ilustrado con algunos grabados litográficos que
ejecuté yo mismo[13], falto de recursos para pagar el trabajo de un
artista. Discutíase entonces con calor entre los anatomo-patólogos
la cuestión del mecanismo íntimo de la inflamación, y singularmente
el interesante problema del origen de los glóbulos de pus. La
mayoría de los sabios, siguiendo á Virchow, admitían que estas
células provienen de la multiplicación de los elementos conectivos
del tejido inflamado; los menos, inspirados en los trabajos de
Cohnheim, preferían considerar aquellos glóbulos como leucocitos
emigrados de la sangre. Deseando formar opinión personal sobre el
asunto, examiné experimentalmente el tema debatido, reproduciendo
y analizando esmeradamente los famosos experimentos de Cohnheim
sobre el mesenterio inflamado de la rana curarizada. Por desgracia,
estaba yo entonces harto influído por las ideas de Duval, Hayem
y otros histólogos franceses (que negaban la diapédesis de los
glóbulos blancos) y fuí arrastrado á una solución sincrética ó de
transacción, errónea conforme suelen ser en ciencia casi todas las
opiniones diagonales. Proclamé, pues, la doctrina de Virchow tocante
al origen de los glóbulos de pus y células conectivas embrionarias
de la cicatriz, y reputé el fenómeno de la emigración de los
leucocitos, no cual proceso constante de la flogosis, sino como un
episodio extraordinario, acaecido solamente cuando los tejidos sufren
accidentalmente tracciones ó graves deterioros mecánicos.
[13] Á fin de ilustrar económicamente mis folletos, estudié
prácticamente el manejo del lápiz y buril litográficos. Todas
mis publicaciones de Zaragoza y Barcelona (1880 á 1890) llevan
anejos grabados litográficos de mi cosecha. Tan aficionado
era á este proceder de reproducción, que llegué á aplicar la
fotografía al arte litográfico, obteniendo resultados aceptables.
Los zaragozanos contemporáneos míos acaso recuerden una hoja
periodística extraordinaria, conmemorativa de la concesión del
ferrocarril de Zaragoza á Canfranc, algunos de cuyos dibujos,
hechos á pluma y debidos á Pradilla y otros insignes artistas
aragoneses, fueron reproducidos fotolitográficamente por mí.
Prescindiendo de la tesis principal, contiene este folleto bastantes
detalles nuevos acerca de las modificaciones de las células de
los tejidos inflamados (córnea, cartílago, mesenterio); se señala
en él por primera vez la capacidad fagocítica de las plaquetas de
la sangre; se estudian prolijamente las alteraciones del cemento
inter-epitelial del peritoneo y de los capilares, etc.; pequeñas
novedades que, al igual de todo lo que dí á la estampa por aquellos
tiempos, pasaron absolutamente desapercibidas de los sabios. Ni podía
ocurrir otra cosa escribiendo en español, lengua desconocida de los
investigadores, y haciendo tímidas ediciones de 100 ejemplares, que
se agotaban rápidamente en regalos á personas ajenas á mis aficiones.
De todos modos, con el olvido de estas menudas aportaciones, no se
perdió cosa mayor.
De más enjundia y de sabor más severamente objetivo fué mi
segundo trabajo, aparecido también en Zaragoza bajo el título de
-Observaciones microscópicas sobre las terminaciones nerviosas en
los músculos voluntarios-, é ilustrado con dos láminas litografiadas
iluminadas á mano. En esta monografía se explora, con los métodos
entonces en boga (el del cloruro de oro y el del nitrato de plata
ordinario), el modo de terminar las fibras nerviosas sobre los
músculos estriados de los batracios, confirmando en principio las
descripciones, entonces muy discutidas, de Krause y Ranvier[14].
Como positiva contribución al conocimiento del tema, descríbense en
dicho folleto algunos tipos nuevos de arborización nerviosa terminal
(cuatro variedades); se expone un interesante perfeccionamiento
del método de Cohnheim al nitrato de plata (tratamiento previo de
los músculos por el agua acetificada) y se aplica, en fin, por
primera vez, al teñido del sistema nervioso periférico el nitrato
argéntico amoniacal, reactivo que, andando el tiempo y en las manos
de Fajersztajn y Bielschowsky, había de ser fundamento de valiosos
métodos de impregnación de las fibras y células nerviosas.
[14] Estos tipos fueron más tarde considerados como fruto de
propias investigaciones por Dogiel, profesor de San Petersburgo
que, naturalmente, desconocía nuestro trabajo. Véase:
-Dogiel-: Methylenblautinction der motorischen Nervenendigungen
in den Muskeln der Amphibien und Reptilien, -Arch. für mikros.
Anat.-, Bd. XXXV, 1890.
También Cuccati confirma inconscientemente algunas de nuestras
descripciones: -Intern. Monatssch. f. Anat. u. Physiol.-, Bd. X,
1888.
No obstante la mediocridad de los resultados, dichos ensayos de
labor inquisitiva fueron para mí muy educadores. Me trajeron el
conocimiento de mí mismo y el conocimiento de la psicología de los
sabios.
Claro es que yo me adjudicaba, -à priori-, con mucho de petulancia y
presunción, algunas aptitudes para la investigación científica; que
sin cierta inmodestia, ó dígase confianza excesiva en las propias
fuerzas, nadie acomete empresa de importancia. Pero, después de
aventurarme en el examen objetivo de los problemas biológicos
creció la fe en mí mismo, porque me pareció que se confirmaban -à
posteriori- las cualidades presupuestas, entre las cuales (todas,
naturalmente, de orden secundario, pero adecuado para la labor
emprendida) descollaban: paciencia rayana en la obstinación para
el adueñamiento de los métodos histológicos; destreza y maña para
reemplazar disposiciones experimentales costosas con sencillos é
improvisados artilugios; continuidad y celo infatigables para la
observación de los hechos, y, en fin, la mejor de todas, flexibilidad
para cambiar bruscamente de opinión y corregir errores y ligerezas.
Además, aquella labor que mis camaradas estimaban aburrida,
representaba para mí la más atrayente de las distracciones. Asomado
ansiosamente al ocular, transcurrían rápidas las veladas invernales,
sin echar de menos teatros y tertulias. Recuerdo que una vez me pasé
sobre el microscopio veinte horas seguidas, avizorando los gestos de
un leucocito moroso, en sus laboriosos forcejeos para evadirse de un
capilar sanguíneo.
Pero como antes decía, no sólo trabé conocimiento conmigo mismo,
sino también con los sabios; porque nada permite calar más hondo
en el espíritu del investigador que el confrontar severamente su
interpretación personal con la realidad misma, siguiendo de cerca
los pasos y rodeos de aquél al través de los obstáculos é insidias
con que la naturaleza parece defenderse de la humana curiosidad.
En este cotejo entre el modelo y la copia, se hacen patentes la
finura intelectual, la extensa cultura, los ardides metodológicos,
á veces los atisbos geniales; pero se reconocen también los
prejuicios, descuidos y equivocaciones del hombre de ciencia. Una
vez demostrados, estos pequeños errores resultan utilísimos, ya
que poseen la virtud de sacudir el apocamiento y la inercia del
principiante, á quien infunden esa ciega confianza en las propias
aptitudes á que antes aludía. De la compulsa general efectuada
entre los libros y las cosas, saqué entonces la conclusión de que
los sabios --exceptuadas las escasas cabezas geniales-- son hombres
como todos los demás, sin otra ventaja que el haberse preparado
adecuadamente para la investigación al lado de maestros ilustres y al
calor comunicativo de las escuelas científicas.
Pero el fruto más preciado obtenido de los consabidos ensayos
experimentales, así como del conjunto de mis observaciones
histológicas de entonces, fué la profunda convicción de que la
naturaleza viva, lejos de estar agotada y apurada, nos reserva á
todos, grandes y chicos, áreas inacabables de tierras ignotas; y que,
aun en los dominios al parecer más trillados, quedan todavía muchas
incógnitas por despejar.
No llegaba, empero, mi optimismo hasta el punto de olvidar las
dificultades de la empresa y desconocer mi escasa preparación para
acometerla. Á pesar de mi juvenil presunción, reconocí pronto alguno
de mis defectos: urgía ampliar y modernizar mis conocimientos en
física y otras ciencias naturales; apagar simpatías teóricas y
encariñamientos hacia las propias hipótesis; refrenar la natural
propensión á publicar antes de tiempo, interpretando precipitadamente
los hechos, sin apurar antes y discutir rigurosamente todas las
posibilidades; y, sobre todo, acrecentar suficientemente mi caudal
bibliográfico, á fin de evitar la amarga decepción que produce el
tomar como propia cosecha el fruto del ajeno trabajo.
Á corregir esta última deficiencia, que me preocupaba realmente
--faltas como estaban y están todavía las Universidades españolas
de colecciones de Revistas extranjeras--, respondieron nuevos
sacrificios pecuniarios. Aumenté la lista de mis suscripciones
con dos más: la del -Journal de l´Anatomie et de la Physiologie-,
publicado en París por el profesor Robin, que resumía las conquistas
micrográficas de la ciencia francesa; y la del -Archiv für
mikroskopische Anatomie und Entwicklungsgeschichte-, publicación
lujosa, adornada con admirables cromolitografías, dirigida por el
ilustre W. Waldeyer, de Berlín, y donde veían la luz las más valiosas
contribuciones de los histólogos y embriólogos alemanes, rusos y
escandinavos.
[Ilustración: El autor en 1884, recién trasladado á la cátedra de
Anatomía de Valencia.]
Comprendí también que, á más de los libros de texto, debía adquirir
y estudiar esas monumentales monografías, realzadas por moderna y
puntual bibliografía, escritas por sabios afamados ó por una reunión
de investigadores eméritos. El modelo, por entonces, de esta clase
de extensos Tratados, preciosos para el aficionado al Laboratorio,
estaba representado por el -Handbuch der Lehre von den Geweben-, del
profesor Stricker; cada uno de sus capítulos corría á cargo de un
especialista renombrado. Á esta misma categoría pertenecían también
los admirables libros de Ranvier, titulados -Leçons sur le système
nerveux- (dos tomos)[15] y sus -Leçons d’Anatomie générale-[16],
así como los bien documentados Tratados de Schwalbe acerca del
sistema nervioso (-Lehrbuch der Neurologie-) y los órganos de los
sentidos (-Anatomie der Sinnesorgane-). Y no cito otras muchas obras
histológicas, fisiológicas y anatómicas por temor á la prolijidad y
porque, además, no tuvieron para mí la eficacia cultural y educativa
de las nombradas.
[15] -Ranvier: Leçons sur l’histologie du système nerveux.- Deux
volumes, recueillies par Weber. París, 1878.
[16] -Ranvier: Leçons d’Anatomie générale faites au Collège de
France-, année 1878-1879.
-Idem: Terminaisons nerveuses sensitives. Cornée.- Leçons
recueillies par Weber, 1881.
-Idem: Appareils nerveux terminaux des muscles de la vie
organique-, etc. Leçons recueillies par Weber et Lataste. París,
1880.
-Idem: Leçons sur le système musculaire-, recueilles par Renaut.
Cito menudamente libros monográficos del ilustre histólogo
francés, porque fueron, junto con el admirable -Traité technique
d’Histologie-, ya mencionado más atrás, las obras que más
influyeron en mi educación micrográfica. En ellas el profesor
del Colegio de Francia no se limitaba á describir los hechos
observados, sino que daba puntual y clarísima noticia de los
procederes prácticos utilizados para la demostración. Para quien
trabaja solo, libros semejantes son preciosísimos, porque hacen
menos sensible la falta de la acción directa del maestro.
Cuando á fines del año 1885 me disponía á trasladarme á Valencia, mi
familia había aumentado con dos hijos y estaba á punto de nacerme
otro. Se ve, pues, que los hijos de la carne y los hijos del
espíritu surgían á la par. Pero los segundos jamás perjudicaron á
los primeros. Si cada recién nacido trae bajo el brazo, según dicho
vulgar, una hogaza, cada monografía publicada aportaba, con las
nobles satisfacciones del espíritu, el pan material de la existencia.
Ellas me dieron reputación de trabajador y estudioso --únicos
méritos que no se regatean porque no dan envidia-- y contribuyeron á
sustentar y elevar el crédito de mi modesta Academia de Anatomía é
Histología. Ellas, en fin, con mis libros posteriores, me granjearon
después en Madrid valiosas simpatías y aprobaciones.
[Ilustración]
CAPÍTULO III
Mi traslación á Valencia. -- Mis giras por la ciudad y sus
alrededores. -- Los oradores del Ateneo Valenciano. -- Epidemia
colérica de 1885 é inoculaciones profilácticas del Dr. Ferrán.
-- Encargado por la Diputación de Zaragoza del estudio de la
vacunación anticolérica, doy una conferencia en la capital
aragonesa y la Diputación recompensa mi labor publicando mis
estudios y regalándome magnífico microscopio. -- Resultados de
mis investigaciones sobre el cólera. -- Trabajos histológicos. --
Decido publicar mis pesquisas en Revistas extranjeras.
Allá por los primeros días de Enero de 1884 me trasladé á
Valencia, tomando posesión de la Cátedra de Anatomía. Me hospedé
provisionalmente con mi familia en una fonda situada en la Plaza del
Mercado, cerca de la famosa Lonja de la Seda. Comprados los muebles
necesarios, nos instalamos después en modesta casa de la calle de las
Avellanas, donde disponía de sala holgada y capaz para laboratorio.
Días después me nacía una hija.
Fiel á mi pensamiento de que las cosas son más interesantes que
los hombres, consagré algunos días á explorar las curiosidades de
la ciudad. Visité la magnífica Catedral; subí al Miguelete para
admirar la hermosura y extensión de la huerta y la cinta de plata
del lejano mar latino; escudriñé los alrededores de la ciudad y
los encantadores pueblecillos del Cabañal, Godella, Burjasot, etc.
Visité el puerto del Grao, ordinario paseo del pueblo valenciano en
días de asueto, y asalté, en fin, lleno de voracidad artística y
arqueológica, las ruinas del teatro romano de Sagunto.
Me encontraba en un país nuevo para mí, de suavísima temperatura, en
cuyos campos florecían la pita y el naranjo, y en cuyos espíritus
anidaban la cortesía, la cultura y el ingenio. Por algo se llama á
Valencia la Atenas española.
Fuí cordialmente acogido en la Facultad de Medicina. Era rector
entonces el notable cirujano Ferrer Viñerta, temperamento brusco,
vehemente y autoritario, pero bonachón y cariñoso en el fondo.
Brillaban en el elenco docente maestros tan prestigiosos como
Campá, Gimeno, Ferrer y Julve, Peregrín Casanova, Gómez Reig, Orts,
Magraner, Machi, Crous y Casellas, Moliner, etc. Caí bien en aquella
piña de excelentes compañeros. Con su viveza meridional se dieron
pronto cuenta de que el nuevo colega no venía á -quitar moños-
á nadie, ni en la esfera académica ni en la arena del ejercicio
profesional, sino á vivir modesta, pero independientemente, entregado
á sus favoritos estudios, ajeno á la política y á toda suerte de
camarillas y clientelas caciquiles.
Á fin de -despolarizarme- algo de las tareas micrográficas que
absorbían y cuasi deformaban, por exclusivismo funcional, todas mis
facultades, me hice socio del -Casino de la Agricultura-, centro de
la gente de buen tono, donde encontré una piña de personas cultas y
agradabilísimas. Entre ellas recuerdo al simpático y culto profesor
de Historia Natural, Arévalo Vaca; á Guillén, médico y naturalista
distinguido; al farmacéutico Narciso Loras, amigo buenísimo; á
Villafañé, catedrático de Matemáticas de la Universidad, polemista
ardoroso y atrabiliario, pero inocente en el fondo; á Peset, joven
brillante entonces y actual profesor de Terapéutica de Valencia; á
D. Prudencio Solís, catedrático de la Escuela normal, cabeza culta,
equilibrada y persona de bellísimos sentimientos, etc.
Con igual propósito ingresé en el -Ateneo Valenciano-, centro
científico-literario, similar del de Madrid, que congregaba por
aquella época lo más selecto y brillante de la juventud intelectual
de la región levantina. Allí, en aquel modesto local de la plaza de
Mirasol, tuve ocasión de conocer y aplaudir, entre otras personas
de renombre, al joven entonces, y ya clarísimo orador y maestro,
Amalio Gimeno; á Segura, consumado dialéctico y culto expositor
de las cuestiones sociales; á Luis Morote, que acababa de leer á
Flaubert, los Goncourt y Zola, y criticaba, amena y espiritualmente,
las tendencias del naturalismo literario; á mi paisano M. Zabala,
recién llegado de Zaragoza, que sobresalía por la sobriedad y la
intención de su oratoria, y por su particular competencia en las
ciencias históricas; á M. Mas, cirujano humanista, que esgrimía
con igual desembarazo la lengua y el bisturí, y que era en aquella
casa intérprete elocuente y autorizado del libre examen y de los
credos políticos ultra-radicales; al afamado profesor Pérez Pujol,
peritísimo en la historia de la Edad Media y en las ciencias
sociales, y cuyas frases fluían, puras y armoniosas, como raudal
sonoro en artística fontana. Allí, en aquella incubadora de artistas
de la palabra ó de la pluma, y con motivo de no sé qué inauguración
solemne, admiré también por vez primera el verbo soberano de Moret,
quien disertó acerca del progreso social, y cuya palabra, colorista
y jugosa, pintaba cuadros tan plásticos y reales, que al evocar
entonces, por contraposición con la moderna civilización, basada
en la libertad, la civilización antigua, fundada en la esclavitud,
nos parecía contemplar al suavísimo Platón filosofando con sus
discípulos en el jardín de Academo, entre calles de mirtos y adelfas,
y á la sombra de plátanos seculares; mientras los esclavos labraban
penosamente la tierra ó gemían de fatiga en el obrador del artífice
para que, cual flor del espíritu, resplandecieran gloriosos la
ciencia y el arte griegos... En aquella casa, en fin, admiré, tiempos
después, al asombroso y malogrado aragonés D. Joaquín Arnau, talento
tan vasto y completo, que ganó simultáneamente por oposición tres
cátedras de asignaturas diferentes, y á quien la Universidad de
Valencia, fertilísima en oradores, escogió para dar, en nombre del
Claustro, la bienvenida al gran Castelar, con ocasión de una visita
del célebre tribuno á la Atenas levantina.
Este oreo literario y político hízome mucho bien, evitando á mi
cerebro esas temibles atrofias compensadoras del especialismo
profesional, en virtud de las cuales vemos con pena todos los días
á matemáticos, físicos, químicos y naturalistas insignes, discurrir
como si carecieran de sentido común, en cuanto se les saca de sus
habituales estudios, y se les obliga á platicar de filosofía, de arte
ó de ciencias sociales.
Dejo apuntado algo acerca de lo modesto de mi domicilio. Añadiré
ahora que me confiné, conscientemente y por sistema, en la
mediocridad económica, á fin de disponer á mi talante de todo el
tiempo que me dejaba libre la enseñanza oficial. Penetrado de que un
presupuesto equilibrado es condición inexcusable de la paz del hogar
y de la serenidad de espíritu necesaria á la actividad científica,
decidí vivir con los 52 duros de paga mensual á que ascendía mi haber
de catedrático (3.500 pesetas al año). Pero como un Laboratorio en
plena actividad consume casi tanto como la familia, hube de buscar,
según costumbre, ingresos complementarios, no en el ejercicio
profesional, según hábito general, sino en la extensión de la función
pedagógica. Organicé, por tanto, en Valencia, con mejor éxito todavía
que en Zaragoza, un curso práctico de Histología normal y patológica,
al cual acudieron bastantes médicos que cursaban libremente el
doctorado, y algunos doctores deseosos de ampliar sus conocimientos
en Histología y Bacteriología; ciencia esta última que entonces
alboreaba prometedora en el horizonte, á impulsos de los geniales
descubrimientos de Pasteur y de Koch.
Uno de los jóvenes más asiduamente asistentes á mis lecciones, fué
el Dr. Bartual, talento sólido y completo (actualmente catedrático
de Histología de Valencia), y cuyo alejamiento del Laboratorio, por
imposición del enervante medio social, deploramos cuantos conocimos
de cerca sus excepcionales aptitudes y su adecuada y concienzuda
preparación para la investigación científica; otro discípulo,
frustrado igualmente para la ciencia por falta de ambiente, fué el
Dr. E. Alabern, á quien faltó resolución para desertar oportunamente
del Cuerpo de Aduanas y consagrarse á la carrera del profesorado.
Pero la lista de los buenos, extraviados en el desierto, sería
interminable...
Con los nuevos ingresos no sólo evité el temible -déficit-, sino
que alimenté holgadamente mi Laboratorio, procurándome además
nuevos aparatos científicos; por ejemplo: un microtomo automático
de Reichert, que me prestó inestimables servicios. Porque hasta
entonces no había usado más microtomo que la vulgar navaja barbera
(el rudimentario microtomo de Ranvier que poseía ofrecía más
inconvenientes que ventajas), para el manejo de la cual había
adquirido, ciertamente, bastante habilidad, mas con cuyo auxilio
resultaba imposible conseguir regularmente cortes finos de alguna
extensión.
El cólera de 1885, que hizo tantos estragos en Valencia y su
comarca, me obligó temporalmente á abandonar las células y fijar
mi atención en el -bacillus comma-, el insidioso protagonista
(recién descubierto por Koch en la India) de la asoladora epidemia.
Decía en páginas anteriores que en el horizonte científico surgía
un nuevo mundo, la -microbiología-, consagrada al estudio de los
microbios ó bacterias (hongos archimicroscópicos, agentes de las
infecciones) y al mecanismo de su acción patógena sobre el hombre y
los animales. Las novísimas y sorprendentes conquistas de Pasteur y
Chaveau, en Francia, y de Koch, Cohn, Löffler, etc., en Alemania,
atrajeron vivamente la atención de los micrógrafos, muchos de los
cuales desertaron del viejo solar histológico, fundado por Schwann y
Virchow, para plantar sus tiendas en el terreno casi virgen de los
invisibles enemigos de la vida. Yo sufrí también la sugestión del
nuevo sol de la ciencia, que iluminaba con inesperadas claridades los
obscuros problemas de la Medicina. Y cedí durante algunos meses á las
seducciones del mundo de los seres infinitamente pequeños. Fabriqué
caldos, teñí microbios y mandé construir estufas y esterilizadoras
para cultivarlos. Ya práctico en estas manipulaciones, busqué y
capturé en los hospitales de coléricos el famoso vírgula de Koch, y
dime á comprobar la forma de sus colonias en gelatina y -agar-agar-,
con las demás propiedades biológicas, ricas en valor diagnóstico,
señaladas por el ilustre bacteriólogo alemán.
Eran días de intensa emoción. La población, diezmada por el azote,
vivía en la zozobra, aunque no perdió nunca (dicho sea en honor de
Valencia) la serenidad; los hospitales, singularmente el de San
Pablo, rebosaban de coléricos. Recuerdo que en mi propio domicilio
(calle de Colón) murieron varios atacados.
Como de costumbre, reinaban entre los médicos la contradicción y
la duda. Los viejos galenos, recelosos de toda novedad, ateníanse,
en teoría, á la doctrina clásica de los miasmas, y, en el orden
práctico, al inevitable láudano de Sydenham. Los creyentes en el
microbio, jóvenes en su mayoría, recomendaban hervir el agua potable
y no ingerir alimento ni bebida que no hubiera sufrido cocción
preliminar. Atribuyo al uso del agua hervida y demás precauciones
higiénicas, la inmunidad de mi familia, no obstante conservar en mi
Laboratorio casero deyecciones de colérico y cultivos del germen en
gelatinas y caldos.
Por cierto que por aquellos días (2 de Julio de 1885), período
culminante de la epidemia, me nació mi cuarto hijo.
En medio de la preocupación general apareció en Valencia el Dr.
Ferrán, célebre médico tortosino, predicando por boca de elocuentes
amigos y admiradores, la buena nueva de la vacuna anticolérica.
Después de algunos experimentos de Laboratorio practicados en conejos
de Indias, y de ciertas audaces y abnegadas auto-inoculaciones, creyó
haber encontrado un cultivo del vírgula que, inoculado en el hombre,
le inmuniza seguramente contra el microbio virulento llegado por la
vía bucal.
La clase médica, emocionada por el anuncio de la citada vacuna,
discutió vehementemente el tema en Academias y Ateneos, Revistas
profesionales y hasta en periódicos políticos. Como siempre, mostrose
en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de
misoneistas y filoneistas. Para los primeros, la vacuna constituía
deplorable error científico, cuando no industrial negocio de mal
género; los segundos se entusiasmaron con la iniciativa del médico
tortosino, cuyos talentos y laboriosidad pusieron en las nubes. En
fin, ciertos devotos fervientes de Ferrán llevaron su celo higiénico
hasta organizar un comité ó sociedad encargada de hacer propaganda,
fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y de las
autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización, y en
fin, una vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas
las provincias atacadas.
Invitado insistentemente por el citado comité, yo decliné
humildemente la honra de colaborar en la obra común; deseaba
conservar mi independencia de juicio y quedar inmune de toda sospecha
crematística. Porque, á la verdad, valor hacía falta para desafiar
las virulentas campañas que el Dr. Moliner y otros médicos hacían
desde los periódicos contra los fundamentos científicos de la vacuna,
y sobre todo, contra el comité profiláctico... Además, parecíame
prematura la fe en el novísimo remedio. ¡Y si á la postre resultaba
que la tal vacuna no vacunaba!...
Pocos conservamos, durante aquella efervescencia pasional, donde
los intereses luchaban con más encarnizamiento que las ideas, la
serenidad de espíritu necesaria para juzgar. No me envanecen mis
aciertos de entonces; nada hay más fácil que hallar el buen camino
cuando nuestro pensamiento recibe su inspiración en las alturas
del patriotismo, y la voluntad se mantiene ajena á toda baja
concupiscencia ó bastardo interés. Y el mejor galardón de mi conducta
lo recibo hoy al ver que, no obstante los años transcurridos, puedo
mantener en lo científico y en lo moral mis puntos de vista de
entonces. Durante aquellos días, á cuantos me hicieron la honra de
consultarme sobre las mencionadas inoculaciones, expresé lo que diría
hoy mismo si el caso se repitiese: gran satisfacción de que á un
médico español se debiera tan loable iniciativa; mi deseo de que,
comprobada la inocuidad de la vacuna, se ensayara en las personas
y poblaciones que lo solicitaran; el consejo de que, para evitar
censuras y murmuraciones, dichas prácticas fueran al principio
inspeccionadas por una comisión oficial, encargada, además, de
formar estadísticas imparciales de los resultados obtenidos; en fin,
mis ruegos encarecidos, á los fines morales y patrióticos de la
empresa, de que el Dr. Ferrán declarara explícitamente el secreto
de su vacuna, con el objeto de que las delegaciones extranjeras y
españolas, reunidas á la sazón en Valencia, no quedaran defraudadas
en su expectación ni sospecharan de la buena fe de la sociedad
vacunadora, ni, en fin, formaran de nosotros una opinión poco
lisonjera.
No tuve la fortuna de ser oído. Y ello me dolió mucho, porque
mis fáciles vaticinios se cumplieron en todas sus partes, con
bochorno del nombre español. Aquellos extranjeros que por primera
vez concurrieron á España para comprobar una invención científica,
chasqueados en su curiosidad, y exagerando quizás la transcendencia
práctica de algunos defectos metodológicos (impureza eventual de
los cultivos del vírgula, deficiencias del instrumental usado en
la esterilización de los caldos y en la expedición de éstos á las
sucursales de vacunación, etc.), una vez regresados á sus sendos
países, escribieron de Ferrán y de los médicos españoles verdaderos
horrores... ¡Oh, qué amargo desencanto devoraron entonces quienes,
como yo, encendidos en celo patriótico y en irreflexivo entusiasmo,
saludábamos en el Dr. Ferrán una gloria positiva de la ciencia
española!
La circunstancia de vivir yo en Valencia y ser aficionado á la
micrografía, me valió ser designado por la Diputación provincial de
Zaragoza, en unión del Dr. Lite, delegado oficial, para estudiar la
enfermedad epidémica reinante en la región levantina (todavía se
discutía si era ó no cólera) y emitir dictamen sobre el valor real
de la profilaxis.
Cumpliendo, pues, el honroso cometido, seguí atentamente la campaña
de la sociedad vacunadora; conferencié con los delegados científicos
oficiales (el Dr. Mendoza entre otros); practiqué experimentos de
inoculación del vírgula en los animales; analicé bacteriológicamente
varias muestras del caldo utilizado por Ferrán en sus inoculaciones;
me inyecté yo mismo la linfa vacunífera á fin de conocer de cerca sus
efectos fisiológicos; y, en fin, comprobé estadísticas oficiales y
particulares, etc.
Allegados los datos necesarios, aquel verano me trasladé á Zaragoza
(Julio de 1885), ante cuya Diputación y en presencia de numeroso
público expuse el resultado de mis estudios y experimentos. Mis
conclusiones afirmaban resueltamente el carácter colérico de
la epidemia, que se había propagado entonces por gran parte de
España; atribuían, como cosa muy verosímil, al -vírgula- de Koch la
responsabilidad de la infección; ponían en duda el pretendido cólera
experimental en los conejos y cobayas, animales en quienes sólo
se producían, por inyección del microbio, fenómenos inflamatorios
locales ó septicémicos harto diferentes del síndrome colérico del
hombre; y en lo tocante al punto principal, ó sea la profilaxis, me
declaré poco favorable al procedimiento Ferrán, aunque admitiendo su
práctica, á título de investigación científica (los cultivos puros
del vírgula inyectados bajo la piel resultan inofensivos) y sin
forjarme grandes ilusiones sobre su eficacia.
Expuestas oralmente las citadas conclusiones, primer avance de mis
observaciones y juicios sobre el tema, proseguí ahincadamente las
pesquisas experimentales. Á este propósito, me instalé con la familia
en una finca ó -Torre- (llamada -Torre de las canales-) que poseía mi
padre cerca de San Juan, á legua y media de Zaragoza, donde organicé
un Laboratorio de campaña, y pude, sin recelo, guardar y estudiar
tranquilamente mis cobayas y conejos inoculados. No me faltaron los
-vírgulas-, primera materia de mis pesquisas, pues precisamente por
aquellos días se había extendido el cólera por los pueblos y casas
de campo de la huerta y hacía estragos en la capital, en cuyos
hospitales me proporcioné abundante semilla para mis cultivos.
Por cierto que, acerca del modo de propagación de la epidemia,
confirmé desde luego su origen hídrico. Por ejemplo: los huertanos,
que no obstante vivir casi aislados en las torres, hacían uso
del agua de las acequias contaminadas por el lavado de ropas de
coléricos, eran frecuentes víctimas del cólera; en tanto que solían
librarse fácilmente aquellas familias que, por precaución, bebían
agua de los pozos ó se servían exclusivamente de la hervida.
Mis ensayos de profilaxis en los animales reveláronme que el
problema de la inmunización era harto más arduo de lo que se
creía. Conseguíase, en efecto, según anunciaba Ferrán, á favor de
inyecciones subcutáneas de cultivos del vírgula, cierta resistencia
del cobaya enfrente de ulteriores y más fuertes dosis del microbio
virulento, inoculado por idéntica vía; mas, careciendo el -comma- de
Koch de acción patógena en el intestino de dicho roedor, resultaba
imposible aportar prueba decisiva y concluyente sobre la eficiencia
de la inyección. Para procurarse esta demostración, fuera preciso
hallar un mamífero colerizable por la vía bucal y susceptible de
hacerse refractario á la infección intestinal, mediante previa
inoculación subcutánea de cultivos puros del vírgula virulento ó
atenuado. Por desgracia, este animal, idóneo á la dilucidación del
grave problema profiláctico, se desconocía entonces.
Á fines de Septiembre de aquel año, según prometí á la Diputación
provincial zaragozana, redacté extensa monografía, bajo el título de
-Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones
profilácticas-. Zaragoza, 1885. El librito, que se imprimió por
cuenta de dicha Corporación[17], apareció ilustrado por 8 grabados
litográficos ejecutados por mí y algunos de ellos tirados en color.
[17] La Diputación me comunicó los acuerdos siguientes,
excesivamente honrosos y halagadores para mí:
«Primero. Pasar á D. Santiago Ramón un oficio de aplauso por
la notable conferencia que ante la misma dió en la mañana del
domingo 19 de Julio, acreditando con su vasta erudición que no en
vano goza fama de eminente micrógrafo.»
«Segundo. Publicar por cuenta de la Diputación la Memoria que él
mismo ha de presentar en su día sobre estudios micrográficos del
microbio del cólera.»--El Vicepresidente, -Faustino Sancho y Gil-.
Excusado es advertir que semejante monografía, redactada con ocasión
de una misión oficial, y sin los medios de trabajo necesarios, no
contiene ningún hecho nuevo importante. Representaba, ante todo, el
fruto de una labor de confirmación y contraste de los memorables
y entonces novísimos descubrimientos de Koch y de las estimables
contribuciones de Hueppe, van Ermergen, Nicati y Riesch, Ferrán,
etc. Con todo eso, según suele acontecer en todo estudio minucioso
y esmerado, sus páginas encierran algunos detalles descriptivos
originales y tal cual apreciación teórica no exenta de valor.
Entre otras menudencias originales, figuraban, en el orden técnico,
un proceder práctico y sencillo para teñir el -bacillus comma-, y
otro encaminado á conservar, colorear y montar definitivamente sus
colonias en gelatina y agar, etcétera. (Citado y confirmado más
adelante por van Ermergen).
En el orden científico, añadíamos: -a-, un análisis comparativo
minucioso, de los microbios de las aguas y deyecciones, dotados, á
semejanza del vírgula, de la propiedad de liquidar la gelatina; -b-,
la demostración (independientemente de Pfeiffer) de que el microbio
de Koch, poco patógeno en inyección subcutánea, resulta sumamente
virulento en el peritoneo del cobaya; -c-, y, sobre todo, la prueba
experimental de la -vacuna química-, es decir, de la posibilidad
de preservar á los animales de los efectos tóxicos del vírgula más
virulento, inyectándoles de antemano, por la vía hipodérmica, cierta
cantidad de cultivos muertos por el calor[18].
[18] Casi todos los autores atribuyen á dos bacteriólogos
americanos, MM. Salmon y Smith (-On a new method of producing
inmunity from contagious diseases.- -Proceed. of the Biol. Soc.
of Washington-, 22 Febrero 1886) el honor de haber probado la
posibilidad de vacunar á los animales mediante la inoculación de
cultivos muertos. Séanos lícito recordar que tal demostración
fué aportada primeramente por nosotros en Septiembre de 1885.
Por entonces también anunciaron Ferrán y Pauli haber resuelto el
mismo problema; mas como no declararon en 1885 en qué consistía
el modo de fabricación de su vacuna, que sólo divulgaron más
tarde en los -Compt. rend. de la Acad. de Sciences- (sesión del
18 de Enero de 1886), mi prioridad no puede ofrecer la menor duda.
En el orden teórico, contenía mi Memoria algunos puntos de vista
dignos de atención, puesto que han sido repetidos después por eximios
bacteriólogos al justipreciar los fundamentos teóricos y valor
práctico de las vacunas de Ferrán, Haffkine, Kölle y otros. «Difícil
parece admitir --decíamos-- que la mera inoculación hipodérmica en
el hombre de un cultivo puro de vírgulas, incapaces de emigrar hasta
el intestino, ni de provocar, por consiguiente, trastorno alguno
análogo al cólera, sea poderosa á esterilizar completamente el tubo
digestivo, órgano en continuación del mundo exterior y exclusivo
terreno donde prospera y desarrolla su formidable poder patógeno
el germen de dicha enfermedad.» Y no menciono aquí, á causa de su
carácter meramente crítico y circunstancial, los experimentos y
observaciones probatorios de que los famosos -cuerpos muriformes- de
Ferrán, por los cuales ascendía el vírgula á la categoría botánica
de las -peronosporas-, representaban, con otras formas aliadas,
simples cristales precipitados en los caldos, y de que los -oogonos-,
aparatos de reproducción señalados en el vírgula por el mismo autor,
constituían formas monstruosas ó degenerativas aparecidas en los
terrenos esquilmados.
Acerca de este último punto, es decir, tocante á los procesos
regresivos observables en el protoplasma del -bacillus comma- senil,
ó que se cría en medios pobres en substancias nutritivas, publiqué
ulteriormente una comunicación en -La Crónica Médica-, de Valencia
(-Contribución al estudio de las formas involutivas y monstruosas
del coma-bacilo de Koch-, 20 de Diciembre de 1885), en donde se
demostraba el carácter francamente degenerativo, no sólo de los
-oogonos- de Ferrán, sino de los pretendidos esporos de Hueppe, Ceci,
etc.[19].
[19] Entre los varios autores que, inconscientemente,
confirmaron estos estudios, citaremos por ejemplo á Podwyssowsky
(-Centralblatt für pathol. Anat.-, etc., Bd. 1893), quien
describe y dibuja exactamente, ocho años después que nosotros,
las mismas degeneraciones del protoplasma bacteriano, así como
las formas esféricas del microbio, adoptando enteramente nuestra
interpretación.
Excusado es decir que todas estas modestas contribuciones
teórico-experimentales pasaron inadvertidas por los bacteriólogos.
Eran aquellos tiempos harto difíciles para los españoles aficionados
á la investigación. Debíamos luchar con el prejuicio universal de
nuestra incultura y de nuestra radical indiferencia hacia los grandes
problemas biológicos. Admitíase que España produjera algún artista
genial, tal cual poeta melenudo, y copiosos danzantes de ambos sexos;
pero se rechazaba hasta la hipótesis de que surgiera en ella un
verdadero hombre de ciencia. Acaso contribuyeron algo al desdén con
que entonces nos trataban los sabios, la inhábil actitud adoptada por
Ferrán con los delegados extranjeros en el asunto de la profilaxis
colérica, y los candorosos errores del médico tortosino en punto á la
morfología y multiplicación del -vírgula- de Koch.
Con todo, si mi labor careció de eco en los Laboratorios de París
y Berlín --y con ello no se perdió cosa mayor--, valióme, en
cambio, un galardón material y espiritual de gran transcendencia
para mi carrera. Agradecida la Diputación de Zaragoza al celo y
desinterés con que trabajé por servirla, decidió recompensar mis
desvelos, regalándome un magnífico microscopio Zeiss. Al recibir
aquel impensado obsequio, no cabía en mí de satisfacción y alegría.
Al lado de tan espléndido -Statif-, con profusión de objetivos,
entre otros el famoso 1,18 de -inmersión homogénea-, última palabra
entonces de la óptica amplificante, mi pobre microscopio Verick
parecía desvencijado cerrojo. Me complazco en reconocer que, gracias
á tan espiritual agasajo, la culta Corporación aragonesa cooperó
eficacísimamente á mi futura labor científica, pues me equiparó
técnicamente con los micrógrafos extranjeros mejor instalados,
permitiéndome abordar, sin recelos y con la debida eficiencia, los
delicados problemas de la estructura de las células y del mecanismo
de su multiplicación.
Dejo apuntado ya que la referida investigación sobre el cólera me
trajo el gusto por la bacteriología y por el estudio de los problemas
patológicos. Muchas veces me he preguntado si no hubiera sido mejor
para mi porvenir moral y económico haber cedido á la sugestión de
la moda, abandonando definitivamente, á ejemplo de muchos, la célula
por el microbio. Ciertamente, no faltaban incentivos y razones para
justificar un cambio de frente. El camino histológico me condenaba
sin remisión á la pobreza, en compensación de la cual sólo brindaba,
si lo recorría con fortuna, el frío elogio ó la tibia y razonable
estima de dos ó tres docenas de sabios, harto más inclinados á
la emulación que al panegírico; mientras que el camino de la
bacteriología, menos trillado entonces y bordeado de tierras casi
vírgenes, prometía al investigador afortunado inagotables veneros
económicos, fama popular ruidosa, y acaso gloriosa epifanía. Ahí
estaban como ejemplos vivos y emulaciones soberanas esos bienhechores
de la humanidad, que antaño se llamaban Pasteur, Koch, Lister, y que
hoy se llaman Behring, Roux, Ehrlich, Löffler, Schaudin, Grassi,
Metchnikoff, etc.
Sin embargo, movido por mis inclinaciones, y sobre todo por motivos
de índole económica, escogí al fin la discreta senda histológica,
la de los goces tranquilos. Sabía bien que por angosta jamás podría
recorrerla en carroza; pero me sentiría dichoso asistiendo en mi
rincón, y en el olvido de todos, al espectáculo cautivador de la
vida animal íntima, y escuchando embelesado, desde el ocular del
microscopio, los rumores de la bulliciosa colmena que todos llevamos
dentro. En cuanto á la razón económica aludida, no es otra que lo
oneroso de los trabajos bacteriológicos.
La Histología es ciencia modesta y barata. Adquirido el microscopio,
redúcese el gasto á reponer algunos reactivos poco dispendiosos, y
á procurarse, de vez en cuando, tal cual rana, salamandra ó conejo.
Pero la Bacteriología es ciencia de lujo. Su culto requiere toda una
Arca de Noé de víctimas propiciatorias. Cada experimento encaminado
á fijar el poder patógeno de un germen, ó la acción de toxinas y
vacunas, exige una hecatombe de conejos, conejillos de Indias, á
veces de carneros y de mamíferos más corpulentos. Súmese á esto
el dineral que cuesta la cría y reposición de tantos animales de
experimentación, amén del gasto de gas indispensable al régimen de
autoclaves y estufas de esterilización é incubación.
Tal fué la consideración, harto prosaica y terrena, que me obligó á
guardar fidelidad á la religión de la célula y á despedirme con pena
del microbio, al cual sólo de tarde en tarde, con ocasión de análisis
periciales ó de investigaciones comprobatorias, me digné saludar,
penetrado de ese afecto respetuoso, no exento de envidia, con que
saludamos al amigo millonario, de quien nuestra inopia nos aleja
irremediablemente.
Regresado, pues, á Valencia en Octubre de 1885, continué entregándome
con pasión al análisis de los tejidos vivos. Fruto de aquella labor,
que se prolongó dos ó tres años (de 1885 á 1888) fueron varias
comunicaciones de Histología comparada concernientes: á la estructura
del cartílago, de la lente del cristalino, y, sobre todo, de la
fibra muscular de los insectos y de algunos vertebrados. Pecaría de
ingrato y olvidadizo si no consignara ahora que en la nomenclatura y
sistemática de los insectos y demás animales estudiados (batracios,
reptiles, etc.), prestáronme inestimable concurso el ilustre
naturalista Boscá, á la sazón Director del Jardín botánico de
Valencia, mi excelente amigo Arévalo Vaca, Catedrático de Historia
natural y el Dr. Guillén, distinguido médico naturalista[20].
[20] Aludo á las Memorias siguientes: -Fibras musculares de las
alas de los insectos-. -Boletín Médico valenciano-. Julio de
1887.---Músculos de las patas de los insectos-. -Idem.- Agosto de
1887.---Textura de la fibra muscular de los mamíferos-. -Idem.-
Junio de 1887.---Sobre los conductos plasmáticos del cartílago
hialino-. -Crónica Médica de Valencia-. 20 de Abril de 1887.
Ocupábame también por entonces en la publicación de una obra extensa
de -Histología y técnica micrográfica-, que salía por cuadernos. Su
impresión corría á cargo del activo editor valenciano D. Pascual
Aguilar, quien sin escatimar gastos había lanzado ya el primer
fascículo (comprensivo de la -Técnica micrográfica y Elementología-),
en Mayo de 1884[21].
[21] -Cajal-: -Manual de Histología normal y técnica
micrográfica.- Valencia. Editor: Pascual Aguilar, 1884-1888.
Sosteníanme en esta empresa varios motivos: el deseo de reunir en haz
todas las observaciones más ó menos originales recolectadas á campo
traviesa en los dominios histológicos; la conveniencia de disciplinar
mi desbordante curiosidad, moldeándola en las rigideces de un
programa fijado de antemano; y, sobre todo, el patriótico anhelo de
que viera la luz en nuestro país un tratado anatómico que, en vez de
concretarse á reflejar modestamente la ciencia europea, desarrollara
en lo posible doctrina propia, basada en personal investigación.
Sentíame avergonzado y dolorido al comprobar que los pocos libros
anatómicos é histológicos, no traducidos, publicados hasta entonces
en España, carecían de grabados originales y ofrecían exclusivamente
descripciones servilmente copiadas de las obras extranjeras.
En contraposición con tan bochornosa costumbre, hija de tradicional
pereza, mi libro había de contener solamente, según promesa solemne
del prólogo, grabados originales y conclusiones deducidas de
personales pesquisas. No me arredraban entonces la insuficiente
preparación científica ni la penuria bibliográfica. Daba por seguro
que, en mi impaciencia y aturdimiento de incipiente observador,
habría de incurrir inevitablemente en equivocaciones y temeridades;
mas, cegado por mi exaltación patriótica, prefería en todo caso el
error propio al error ajeno, la hipótesis estrafalaria concebida por
mí á la teoría ingeniosa, pero falsa ó insuficiente, sugerida por
otros. Que en mi actitud mental entraba por mucho la infatuación y
el orgullo... ¡quién lo duda! Pero este orgullo se coloreaba con los
matices simpáticos del amor á la raza. Hoy siéntome satisfecho de
aquellas gallardías. Que las cuestas á arriba hay que acometerlas á
todo vapor, aprovechando como combustible hasta las malas pasiones,
como sean dinamógenas. Y en la investigación científica la cuesta
es el empezar. Quédese el freno para más adelante, vencidas ya las
grandes resistencias.
Á la citada obra estuve ahincadamente consagrado desde 1884 á 1888.
Al acabarse, comprendía 203 grabados en madera, copiados de mis
preparaciones, y ejecutados por un excelente artista valenciano y
contaba con 692 páginas, de letra menuda. Agotada pronto la primera
edición, contra mis previsiones, hubo de imprimirse la segunda en
1893, cuando yo me había trasladado á la Universidad de Barcelona. El
editor Aguilar hizo, según noticias, un bonito negocio.
En vena de confidencias acerca de mis publicaciones de aquellos
tiempos, no debo omitir ciertos artículos de popularización
histológica que, bajo el título de -Las maravillas de la Histología-,
aparecieron en -La Clínica-[22], semanario profesional de
Zaragoza, dirigido por mi condiscípulo y amigo D. Joaquín Gimeno
Vizarra. Algunos de estos artículos, desbordantes de fantasía y
de ingenuo lirismo, fueron reproducidos y ampliados después en la
-Crónica de Ciencias Médicas de Valencia-. Firmábalos el doctor
-Bacteria-, pseudónimo -terrible-, que yo usaba para mis temeridades
filosofico-científicas y las críticas joco-serias. Dejando aparte el
estilo, inspirado en la manera frondosa y bejucal del gran Castelar
--¡estilo Castelar sin Castelar!--, alentaba en dichos trabajitos el
buen propósito de llamar la atención de los médicos curiosos sobre el
encanto inefable del mundo, casi ignoto, de células y microbios, y de
la importancia excepcional de su estudio objetivo y directo.
[22] -La Clínica- (Zaragoza). Número del 22 de Julio de 1883 y
siguientes.
Al emborronar estas cuartillas tengo ante mí los precitados
artículos. Perdone el lector mi vanidad senil si declaro que ahora,
pasados treinta y tres años, hallo algún solaz en leer estas
fervorosas expansiones científico-literarias. Dejando á un lado
exageraciones de pensamiento é incorrecciones de forma, transciende
de ellas algo como un aroma confortador de confianza juvenil y
de fe robusta en el progreso social y científico. Hallo también
atrayente cierto sentimiento de curiosidad frescamente satisfecha, y
un fervor de pasión hacia el estudio de los arcanos de la vida, que
en vano buscaríamos hoy en los escritos primerizos de la ponderada,
equilibrada, circunspecta y financiera juventud intelectual.
Como muestra de mi estilo de entonces y de las ideas
filosofico-biológicas que me seducían, voy á transcribir aquí algunos
párrafos de los consabidos artículos de -La Clínica-.
Entre los espectáculos cautivadores que nos ofrece el microscopio,
enumeraba:
«La -contracción amiboidea- ó protoplásmica, que permite al
leucocito errante abrir brecha en la pared vascular, desertando de
la sangre á las comarcas conjuntivas, á la manera del preso que
lima las rejas de su cárcel; los campos traqueales y laríngeos,
sembrados de -pestañas vibrátiles- que, por virtud de secretos
impulsos, ondean, cual campo de espigas, al soplo de brisa vernal;
el incansable latigueo del zoospermo, corriendo desalentado hacia el
óvulo, imán de sus amores; la célula nerviosa, la más noble casta
de elementos orgánicos, extendiendo sus brazos de gigante, á modo
de los tentáculos de un pulpo, hasta las provincias fronterizas del
mundo exterior, para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas
fisico-químicas; el óvulo, con su sencilla y severa arquitectura,
guardando el secreto de las formas orgánicas y cuyo protoplasma se
asemeja á la nebulosa donde bullen en germen mundos innumerables,
que se desprenderán en futuros anillos; la geométrica arquitectura
de la -fibra muscular- (especie de complicadísima pila de Volta),
donde, á semejanza de la locomotora, el calor se transforma en fuerza
mecánica; la -célula glandular- que, por sencilla manera, fabrica los
fermentos de la química viviente, consumiendo generosamente su propia
vida en provecho de los demás elementos sus hermanos; las -células
adiposas-, modelo de economía doméstica, quienes en previsión de
futuras escaseces, reservan los alimentos sobrantes del festín de
la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes
conflictos nutritivos... Todos estos fenómenos, tan varios, tan
maravillosamente coordinados, atraen con seducción irresistible, y su
contemplación inunda nuestro espíritu de satisfacciones tan puras y
elevadas como perdurables.»
Para ver de cerca é intimar efusivamente con los protagonistas de
tan sorprendentes fenómenos, añadíamos: «Venid con nosotros al
laboratorio del micrógrafo. Allí, sobre la platina del microscopio,
desgarrad el pétalo de una flor, sin consideración á su hermosura ni
á su aroma: arrancad después una parcela de los tejidos animales;
disociadla sin piedad, aunque las fibras contráctiles palpiten y se
estremezcan al contacto de las agujas. Asomaos después á la ventana
del ocular, y... cosa notable, resultado estupendo, la hoja del
vegetal como el tejido del animal os revelarán por todas partes una
construcción idéntica: especie de colmena formada por celdillas y más
celdillas, separadas por una argamasa intersticial poco abundante,
y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel
de la vida, bajo la forma de una materia albuminoide, semisólida,
granulosa, cuyo seno encierra un pequeño corpúsculo: el núcleo.»
«Examinad ahora una gota de saliva, un poco del epitelio que cubre
vuestra lengua, una gota de vuestra sangre, el moho de las materias
orgánicas en descomposición, etc... y siempre la misma referida
arquitectura: células y más células, más ó menos transformadas,
repitiéndose con monotonía y uniformidad abrumadoras.»
«Esta tenacidad de composición de los tejidos orgánicos, en el
líquido como en el sólido, así en el músculo como en el nervio, en
el tallo como en la flor; esta repetición fastidiosa del mismo tema
estructural constituye la verdad primordial de la histología; el
hecho básico sobre que se funda la grandiosa y transcendental -teoría
celular- de Schwann y de Virchow.»
Expongo después el aspecto fisiológico de tan soberana concepción, y
me pregunto: «¿Será posible que dentro de nuestro edificio orgánico
habiten innumerables inquilinos que se agitan febriles, á impulsos
de espontánea actividad, sin que nos percatemos de ello? ¿Y nuestra
tan decantada unidad psicológica? ¿En qué han venido á parar el
pensamiento y la conciencia con esta audaz transformación del hombre
en un polípero?... Cierto que pueblan nuestro cuerpo millones de
organismos autónomos, eternos y fieles compañeros de glorias y
fatigas, cuyas alegrías y tristezas son las nuestras; y cierto que
tan próximas existencias pasan desapercibidas del -yo-; pero este
fenómeno tiene fácil y llana explicación si consideramos que el
hombre siente y piensa por sus células nerviosas, y que el -no yo-,
el verdadero mundo exterior comienza ya para él en las fronteras de
las circunvoluciones cerebrales.» (Aquí late en germen y obscuramente
la hipótesis formulada después por Durand de Gross y Forel acerca
de la existencia de conciencias medulares y ganglionares múltiples,
ignoradas del yo, el cual representaría la conciencia privilegiada y
autocrática de las células cerebrales).
Harto influído por las ideas de Häckel y Huxley y por la poco
afortunada teoría del -plason-, de Claudio Bernard, me declaraba
partidario, en principio, de la generación espontánea, pese á los
experimentos de Pasteur, que hallaba concluyentes solamente por lo
que toca al origen de la vida actual.
«¡Quién sabe --exclamaba, lleno de ingenuo optimismo,-- si los sabios
del porvenir demostrarán algún día que el Génesis de la vida, que
las tradiciones de los pueblos nos pintan con poéticos colores cual
obra de un Creador omnipotente, surgida en el grandioso teatro de
una naturaleza virgen, bajo los rayos de un sol joven y como nunca
esplendente y entre los hosanas de los ángeles y querubines... quién
sabe, repito, si la ciencia logrará probar que la vida tuvo más
humildes orígenes, iniciándose en los tenebrosos senos del mar, sin
más protagonista que los átomos con su perpetuo palpitar, sin más
testigos que las fuerzas fisico-químicas!...»
En otro artículo señalo, acaso por primera vez, un concepto que ha
tenido después en Alemania sabios y autorizados intérpretes: el de la
concurrencia y lucha intercelular dentro del organismo.
«¿Quién osará negar que existe una severa competencia de carreristas
en los zoospermos, que, para dar cima al acto supremo de la
fecundación, vuelan en denso enjambre hacia el óvulo? Sólo uno
de ellos, el más fuerte, ó el más afortunado, sobrevivirá á la
destrucción irrevocable para sus compañeros más perezosos. No más él
rasgará el misterioso velo de la membrana vitelina, y se unirá al
fin, despojado de su cola degradante y en conjugación sublime, con
el núcleo femenino. De este ósculo de amor brotará la innumerable
progenie de células del organismo. Pero sólo aquel zoospermo
privilegiado alcanzará el alto honor de perpetuar la raza y de
conservar y transmitir, cual nueva vestal, el fuego sagrado de la
vida...»
Señalábamos después la rigurosa concurrencia nutritiva de las
células de un mismo tejido, las luchas homéricas libradas entre los
elementos semiasfixiados de los territorios inflamados, ó de los
elementos amenazados por la invasión de los tumores. Y, en fin,
independientemente de Metchnikoff, hablábamos «de las reacciones de
las células contra los gérmenes animales ó vegetales que pululan
por la atmósfera y penetran en el organismo; de la guerra incesante
librada entre lo pequeño y lo grande; entre lo visible y lo
invisible, etc.»
Mas para atenuar la crudeza de esta desconsoladora verdad (la lucha
universal), añadimos que «así como en toda nación civilizada la
concurrencia vital se extingue ó se atenúa en gran parte por la
división del trabajo, que hace á los ciudadanos solidarios en sus
intereses y aspiraciones, también en el estado orgánico, gracias á la
previsión de las células nerviosas y al citado reparto profesional
y, en fin, á la supresión del ocio y de la excesiva libertad
individual, etc., la lucha desaparece ó se dulcifica, mostrándose
no más cuando la alimentación comunal (de órganos ó células) se
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