Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) Santiago Ramón y Cajal NOTA DE TRANSCRIPCIÓN * En el texto, las cursivas se muestran entre -subrayados-, las negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. * Se ha normalizado el uso de las rayas, se ha completado el emparejamiento de comillas, admiraciones e interrogaciones y se ha puesto tilde a las mayúsculas que la necesitan. * Se han corregido nombres propios, títulos, citas y expresiones en lenguas distintas del castellano con ayuda de los repertorios bibliográficos en línea. * Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al cuerpo principal del texto. * Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado a continuación del párrafo que contiene la llamada. * Se amplía el «Índice» con la inclusión de la «Lista de los libros y folletos científicos del autor», con rango de capítulo. * Nótese que tras los capítulos XVI y XVII aparecen los capítulos XVI -bis- y XVII -bis- por error de numeración en el original impreso, como se declara al final de la «Fe de erratas». * Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar que interrumpieran un párrafo. * En las pp. 539 y 541 hay dos figuras 159 distintas. Se las redenomina 159a y 159b. S. RAMÓN Y CAJAL Recuerdos de mi vida CON 180 GRABADOS Y MUCHAS FOTOGRAFÍAS INTERCALADAS EN EL TEXTO TOMO II HISTORIA DE MI LABOR CIENTÍFICA MADRID IMPRENTA Y LIBRERÍA DE NICOLÁS MOYA -Garcilaso, 6, y Carretas, 8.- -- 1917 -Es propiedad del autor.- [Ilustración] DOS PALABRAS AL LECTOR Este segundo volumen de mis -Recuerdos- difiere esencialmente del anterior. En el primero, describí los estravíos de una voluntad distraída y sobrado inclinada á los devaneos artístico-literarios. Mientras que, en el presente, se da cuenta de cómo, á impulsos del sentimiento patriótico y de la triste convicción de nuestro atraso cultural, fué dicha voluntad disciplinada y orientada hacia la producción científica. Si el citado tomo I fué obra de la edad madura, éste constituye labor de la vejez, pues ha sido redactado durante los luctuosos años de 1915 y 1916, época de la horrenda guerra europea. Tal retraso en la publicación explica ciertos cambios inevitables de tendencias y hasta de estilo. No en vano pasan los años y nos adoctrina la experiencia. Las cosas que á la triunfante luz del mediodía parecían doradas, se empalidecen, cuando no se tiñen del color complementario, á la claror azulada del ocaso. Con todo eso, he tratado de defenderme contra esa inversión crítica, tan común en los viejos, de la cual constituye síntoma grave el consabido -laudator temporis acti-. Además de castigar algo la enfadosa frondosidad del estilo, he callado por impertinentes ó nada interesantes muchos episodios de mi vida. Creo actualmente que el tema principal de mi libro debe ser exponer la génesis de mi modesta contribución científica, ó en otros términos, referir cómo surgió y se realizó el pensamiento, un poco quimérico, de fabricar Histología española, á despecho de la indiferencia cuando no de la hostilidad del medio intelectual. He tenido, sobre todo, presente, que lo único capaz de justificar esta publicación, es su posible virtualidad pedagógica. Ni he olvidado que la mayoría de mis lectores son médicos y naturalistas. El lector ávido de amenidades y ajeno á las ciencias biológicas quedará defraudado. Aconséjole que prescinda de los capítulos salpicados de citas y grabados. Singularmente áridos y técnicos son los XVI, XVIII, XIX y, sobre todo, los terribles XXI y XXII, con que remata la obra. Sin faltar á mi programa, ha sido imposible evitar ciertas tabarras, que el lector sabrá perdonarme en gracia de la intención docente y de las exigencias de la verdad histórica. -Madrid, Febrero de 1917.- [Ilustración] CAPÍTULO PRIMERO Decidido á seguir la carrera del profesorado, me gradúo de doctor y me preparo para oposiciones á cátedras. -- Iniciación en los estudios micrográficos. -- Fracaso previsto de mis primeras oposiciones. -- Los vicios de mi educación intelectual y social. -- Corregidos en parte, triunfo al fin, obteniendo la cátedra de Anatomía descriptiva de la Universidad de Valencia. Nada digno de contarse ocurrió durante los años 1876 y 1877. Continué en Zaragoza estudiando Anatomía y Embriología, y en los ratos libres ayudaba á mi padre en el penoso servicio del Hospital, supliéndole en las guardias y encargándome de las curas de algunos de sus enfermos particulares de cirugía. Porque dejo apuntado ya que mi progenitor había adquirido sólida fama en esta especialidad, operaba mucho y, no obstante su actividad infatigable, faltábale tiempo para acudir á su numerosa clientela. Mis aspiraciones al Magisterio (más que sentidas espontáneamente, sugeridas de continuo por mi padre) me obligaron á graduarme de doctor. Táctica excelente hubiera sido haber cursado oficialmente en Madrid las tres asignaturas cuya aprobación era entonces obligatoria para alcanzar la codiciada borla doctoral (-Historia de la Medicina-, -Análisis química- é -Histología normal y patológica-). Mi estancia durante un año en la Corte habríame reportado positivas é inapreciables ventajas: hubiera conocido personalmente á algunos de mis futuros jueces; asistido á ejercicios de oposición, á fin de enterarme del aspecto técnico y artístico de semejantes certámenes; y adquirido, en cuanto mi natural, un tanto rudo y arisco, consintiese, ese barniz de simpático despejo y de urbana cortesía que tanto realzan al mérito positivo. Pero mi padre, temeroso sin duda de que, lejos de su vigilancia, reincidiese en mis devaneos artísticos --y quizás tenía razón-- resolvió matricularme libremente en las citadas asignaturas, reteniéndome en Zaragoza. Para el estudio de la -Química analítica- confióme á la dirección de D. Ramón Ríos, farmacéutico muy ilustrado y á la sazón encargado de una fábrica muy acreditada de productos químicos. En cuanto á la -Historia de la Medicina- y á la -Histología normal y patológica-, debía asimilármelas autodidácticamente, por la lectura de los libros de texto, pues no había en la capital aragonesa quien pudiera enseñármelas. Cuando, llegado el mes de Junio, me disponía en Madrid á sufrir la prueba del curso, experimenté dos sorpresas desagradables: Todo el caudal de conocimientos analíticos laboriosamente acopiado en el Laboratorio del Dr. Ríos vino á ser inútil; porque, según recordarán cuantos estudiaron por aquellos tiempos, el bueno de Ríos titular de la citada asignatura en la Facultad de Farmacia, sólo exigía á los médicos, con una piedad que tenía mucho de desdén, un programa minúsculo de cuatro ó cinco preguntas, en cada una de las cuales incluía tan sólo algunos cuadros analíticos de aguas minerales, composición de la orina, leche, sangre; cuadros sinópticos que todo el mundo se sabía de coro para salir del paso. Trabajo perdido resultó también el estudio asiduo de la -Historia de la Medicina- según cierto libro francés declarado de texto. Mis condiscípulos de Madrid, que estaban en el secreto, me desilusionaron profundamente al informarme de que la susodicha obra no servía de nada, puesto que el Dr. Santero exigía casi exclusivamente la doctrina de cierto librito, desconocido para mí, titulado -Prolegómenos clínicos-, en cuyas páginas el afamado profesor de San Carlos desarrollaba elocuentemente un curso de filosofía médica y daba rienda suelta á su pasión fervorosa por Hipócrates y el hipocratismo. Sólo el Dr. Maestre de San Juan, profesor de -Histología-, ateníase fielmente al enunciado de su asignatura, examinando con arreglo al texto y programas oficiales. No tuve, por consiguiente, más remedio que encasquetarme, en tres ó cuatro días de trabajo febril, los amenos cuadros analíticos del Dr. Ríos y los briosos y entusiastas alegatos vitalistas del Dr. Santero. Gran suerte fué salir del apretado lance sin más consecuencias que una horrible cefalalgia y cierta aversión enconada á la mal llamada libertad de enseñanza; merced á la cual se da con frecuencia el caso --hoy como entonces-- de que el alumno libre, fiado en la solemnidad del programa oficial, ignore la materia explicada por el catedrático, y de que éste prescinda, á veces, con admirable desenvoltura, de la ciencia que, reglamentariamente, viene obligado á explicar. Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el Dr. Maestre de San Juan y sus ayudantes (el Dr. López García entre otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso por otra parte de aprender lo mejor posible la -Anatomía general-, complemento indispensable de la -descriptiva-, resolví, á mi regreso á Zaragoza, crearme un Laboratorio micrográfico. Contando con la bondad inagotable de D. Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología; pero ni había visto una célula, ni era capaz de efectuar el más sencillo análisis micrográfico. Y fué lo peor que, á la sazón, no había en Zaragoza persona capaz de orientarme en los dominios de lo infinitamente pequeño. Además, la Facultad de Medicina, de que era yo ayudante y auxiliar, andaba muy escasa de medios prácticos. Sólo en el Laboratorio de Fisiología existía un microscopio bastante bueno. Con este viejo instrumento amplificante, y gracias á la buena amistad con que me distinguía el doctor Borao[1], por entonces ayudante de Fisiología, admiré por primera vez el sorprendente espectáculo de la circulación de la sangre. De tan sugestiva demostración he hablado ya en otro lugar[2]. Aquí expresaré tan sólo que ella contribuyó sobremanera á desarrollar en mí la afición á los estudios micrográficos. [1] Este simpático condiscípulo, hijo del Rector de la Universidad de Zaragoza, D. Jerónimo Borao, murió muy joven. [2] -Cajal: Reglas y consejos sobre investigación biológica.- 3.ª edición muy aumentada, págs. 106 y 107. Escogido un desván como obrador de mis ensayos prácticos, y reunidos algunos reactivos, sólo me faltaba un buen modelo de microscopio. Las menguadas reliquias de mis alcances de Cuba no daban para tanto. Por fortuna, durante mi última gira á la Corte, me enteré de que en la calle del León, núm. 25, principal (¡no lo he olvidado todavía!) habitaba cierto almacenista de instrumentos médicos, D. Francisco Chenel, quien proporcionaba, á plazos, excelentes microscopios de Nachet y Verick, marcas francesas entonces muy en boga. Entablé, pues, correspondencia con dicho comerciante y ajustamos las condiciones: consistían en abonarle en cuatro plazos 140 duros, importe de un buen modelo Verick, con todos sus accesorios. La amplificación de las lentes (entre ellas figuraba un objetivo de inmersión al agua) pasaba de 800 veces. Poco después me proporcioné, de la misma casa, un -microtomo- de Ranvier, una -tournette- ó rueda giratoria y otros muchos útiles de micrografía. Á todo subvinieron mi paga modesta de auxiliar y las flacas ganancias proporcionadas por los repasos de Anatomía; pero las bases financieras del Laboratorio y Biblioteca fueron mis economías de Cuba. Véase cómo las enfermedades adquiridas en la gran Antilla resultaron á la postre provechosas. Por seguro tengo que, sin ellas, no habría ahorrado un céntimo durante mi estancia en Ultramar, ni contado, por consiguiente, para mi educación científica con los recursos indispensables. Menester era, además, adquirir libros y Revistas micrográficos. Escaso andaba de los primeros, á causa de no traducir el alemán, idioma en que corrían impresos los mejores Tratados de Anatomía é Histología. Solamente en versiones francesas conseguí leer la -Anatomía general-, de Henle, y el Tratado clásico de -Histología é Histoquimia-, de Frey. El Van Kempen y el Robin, excelentes libros franceses, sirviéronme igualmente de guías. Para los trabajos prácticos pude consultar el -Microscopio en Medicina-, de Beale, su -Protoplasma y vida- y el conocido -Manual técnico-, de Latteux. En cuanto á Revistas científicas, la escasez de mi peculio me obligó á circunscribirme al abono de unos Archivos ingleses (-The Quarterly microscopical Science-) y á una Revista mensual francesa, dirigida por E. Pelletan (-Journal de micrographie-). De obras españolas disponía de la del Dr. Maestre de San Juan, muy copiosa en datos, aunque de lectura un tanto difícil. Como se ve por lo expuesto, empecé á trabajar en la soledad, sin maestros, y con no muy sobrados medios; mas á todo suplía mi ingenuo entusiasmo y decidida vocación. Lo esencial para mí era modelar mi cerebro, reorganizarlo con vistas á la especialización, adaptarlo, en fin, rigurosamente á las tareas analíticas del Laboratorio. Claro es que, durante la luna de miel del microscopio, no hacía sino curiosear sin método y desflorar asuntos. Se me ofrecía un campo maravilloso de exploraciones, lleno de gratísimas sorpresas. Con este espíritu de expectador embobado, examiné los glóbulos de la sangre, las células epiteliales, los corpúsculos musculares, los nerviosos, etc., deteniéndome acá y allá para dibujar ó fotografiar las escenas más cautivadoras de la vida de los infinitamente pequeños. Dada la facilidad de las demostraciones, sorprendíame sobremanera la ausencia casi absoluta de curiosidad objetiva de nuestros Profesores, los cuales se pasaban el tiempo hablándonos prolijamente de células sanas y enfermas, sin hacer el menor esfuerzo por conocer de vista á esos transcendentales y misteriosos protagonistas de la vida y del dolor. ¡Qué digo!... ¡Muchos, quizás la mayoría de los Profesores de aquellos tiempos menospreciaban el microscopio, juzgándolo hasta perjudicial para el progreso de la Biología!... Á juicio de nuestros misoneistas del magisterio, las maravillosas descripciones de células y de parásitos invisibles constituían pura fantasía. Recuerdo que, por aquella época, cierto catedrático de Madrid, que jamás quiso asomarse al ocular de un instrumento amplificante, calificaba de -Anatomía celestial- á la Anatomía microscópica. La frase, que hizo fortuna, retrata bien el estado de espíritu de aquella generación de Profesores. Sin duda, contábanse honrosas excepciones. De cualquier modo, importa notar que, aun los escasos maestros cultivadores del instrumento de Jansen y creyentes en sus revelaciones, carecían de esa fe robusta y de esa inquietud intelectual que inducen á comprobar personal y diligentemente las descripciones de los sabios. Acaso diputaban la técnica histológica cual disciplina dificilísima. De semejante dejadez y falta de entusiasmo hacia estudios que han revolucionado después la ciencia y descubierto horizontes inmensos á la fisiología y la patología, da también testimonio un curioso relato de A. Kölliker[3], célebre histólogo alemán que visitó Madrid allá por el año de 1849. [3] -A. Kölliker: Erinnerungen aus meinem Leben.- Leipzig, 1892. En una carta á su familia, incluída en este libro, describe el Museo de ciencias naturales, instalado por entonces (1849) en la Casa de Aduanas (actual Ministerio de Hacienda), y añade: «Del Director Graells debo contaros una anécdota. Luce en su Laboratorio un magnífico microscopio francés, y como yo le preguntara si había investigado algo con él, contestóme que no había tenido todavía ocasión de aplicarlo á sus trabajos científicos por desconocer su manejo. Rogóme que hiciera alguna demostración con dicho instrumento. Entonces procedí, en unión de un amigo (M. Witich), á mostrarle los glóbulos de la sangre humana y la fibra muscular estriada, ante cuyo espectáculo reveló alegría infantil y nos dió gracias calurosas.» Si el ilustre sabio alemán hubiera visitado veinte años después nuestras Facultades de Medicina y Ciencias, habría podido comprobar igual abandono y apatía. Los imponentes modelos de microscopios de Ross ó de Hartnak continuaban inmaculados en sus cajas de caoba, sin otro fin que excitar en vano la curiosidad de los alumnos ó la ingenua admiración de los papanatas. Comenzaba, según decía, á deletrear con delectación el admirable libro de la organización íntima y microscópica del cuerpo humano, cuando se anunció en la -Gaceta- la vacante de las cátedras de -Anatomía descriptiva y general- de Granada y Zaragoza. Contrarióme la noticia, porque distaba mucho de estar preparado para tomar parte en el arduo torneo de la oposición. Según dejo apuntado en párrafos anteriores, antes de entrar en liza, hubiera deseado presenciar este linaje de contiendas, conocer los gustos del público y de los jueces, adquirir, en suma, la norma con que se aprecian los valores positivos cotizables en el mercado universitario. Pero el autor de mis días, que, como todo padre, se hacía hartas ilusiones acerca de los méritos y capacidades de su hijo, mostrose implacable. No hubo, pues, más remedio que obedecerle. Y así, desesperanzado, y haciendo, como suele decirse, de tripas corazón, concurrí á aquellas oposiciones, en las cuales, para dos plazas, lucharon encarnizadamente nueve ó diez opositores, algunos verdaderamente brillantes. Durante los ejercicios, mis fundados recelos quedaron plenamente confirmados. Pusieron aquéllos de manifiesto, según yo presumía, que en la -Anatomía descriptiva clásica- y -prácticas de disección- rayaba yo tan alto como el que más. Pero la imparcialidad me obliga á reconocer que, bajo ciertos respectos, mostré también deplorables deficiencias: ignorancia de algunos conceptos biológicos de alcance filosófico; desdén hacia reglas interpretativas sacadas de la anatomía comparada, la ontogenia ó la filogenia; desconocimiento de ciertas minucias y perfiles de técnica histológica puestos en moda por el Dr. Maestre de San Juan; en fin, desvío hacia todas esas especulaciones de carácter ornamental, preciadas flores de pensamiento que ennoblecen las áridas cuestiones anatómicas y elevan y amenizan la discusión. Pero no fué esto sólo. En aquella ocasión revelé, además, lagunas de educación intelectual y social no sospechadas por mi padre. Perjudicóme, en efecto, sobremanera, mi ignorancia de las formas de la cortesía al uso en los torneos académicos; me deslució una emotividad exagerada, achacable sin duda á mi nativa timidez, pero sobre todo á la falta de costumbre de hablar ante públicos selectos y exigentes; hízome, en fin, fracasar la llaneza y sencillez del estilo y hasta, á lo que yo pienso, la única de mis buenas cualidades: la total ausencia de pedantismo y solemnidad expositiva. Entre aquellos jóvenes almibarados, educados en el retoricismo clásico de nuestros Ateneos, mi ingenuidad de pensamiento y de expresión sonaba á rusticidad y bajeza. En mi candor de doctrino, asombrábame el garbo y la gallardía con que algunos opositores de la clase de facundos hacían excursiones de placer por el dilatado campo del evolucionismo ó del vitalismo, ó, cambiando de registro, proclamaban, sin venir á cuento y llenos de evangélica unción, la existencia de Dios y del alma, con ocasión de referir la forma del calcáneo ó del apéndice ileocecal. Á la verdad, ni entonces ni después fuí bastante refinado para cultivar tan transparentes habilidades, ni para exornar mi pobre ciencia con filigranas y colorines, reñidos, á mi ver, con la austeridad y el decoro de la cátedra. Pero, volviendo á mi derrota, añado que sólo en dos cosas atraje un tanto la curiosidad del público y del Jurado: por mis dibujos de color en la pizarra el día de la lección, y por los copiosos detalles con que adorné las pocas preguntas de anatomía descriptiva que me tocaron en el primer ejercicio (la mayoría de los temas se referían á técnica histológica y á cuestiones generales, en que yo flojeaba). En cuanto al ejercicio práctico, en que tantas esperanzas cifrara el autor de mis días, constituyó, como de costumbre, pura comedia. Escogióse al efecto una disección llanísima: la preparación de algunos ligamentos articulares. De esta suerte todos quedamos igualados. En mi fracaso, que sentía sobre todo por el disgusto y decepción que iba á ocasionar á mi progenitor y maestro, me consoló algo el saber que se me adjudicó un voto para una de las cátedras, y que este voto lo debí á un profesor tan sabio, recto y concienzudo como el Dr. Martínez y Molina, con razón llamado la -perla de San Carlos-[4]. [4] Tiempo después me dijeron que el Dr. Martínez y Molina, único juez que descubrió algún mérito en el humilde y desconocido provinciano, conservó mucho tiempo, á los fines de la demostración en cátedra, mis representaciones en color del tejido óseo y del proceso de la osificación. Tan tímido y huraño era yo entonces, que ni siquiera me atreví á visitarle para agradecerle su fina y honrosa atención. Transcurrido más de un año (1879), se anunció á oposición la vacante de la cátedra de Granada. Conocedor de mis defectos, había procurado corregirlos en la medida de lo posible. Perfeccionéme en la técnica histológica, sirviéndome de guía el admirable libro titulado -Manuel technique d’histologie-[5], escrito por Ranvier, ilustre Profesor del Colegio de Francia; aprendí á traducir el alemán científico; adquirí y estudié á conciencia diversas obras tudescas de Anatomía descriptiva, general y comparada; me impuse en las modernas teorías tocantes á la evolución, de que por entonces eran porta-estandartes ilustres Darwin, Häckel y Huxley; amplié bastante mis noticias embriológicas; adornéme, en fin, con algunos de aquellos primores especulativos que, según pude ver, seducían, acaso más de la cuenta, á públicos y tribunales. Por primera vez, en mi vida, decidí, pues, ser algo hábil y ofrendar sacrificios á las gracias. [5] Debo al Dr. Salustiano Fernández de la Vega, opositor triunfante de la cátedra de Anatomía de Zaragoza, el conocimiento de esta inapreciable obra, que tanto contribuyó á formar mi gusto hacia la investigación original. Tranquilo y esperanzado estaba, dando los últimos toques á mi intensiva preparación anatómica, cuando cierto día me detiene un amigo, espetándome á quemarropa: --Voy á darte un consejo. No te presentes en las próximas oposiciones á la cátedra de Granada. --¿Por qué? --Porque no -te toca todavía-: déjalo para más adelante y todo saldrá como una seda. --Pero... --Advierte, criatura, que el tribunal de oposiciones que acaba de nombrarse ha sido forjado expresamente para hacer catedrático á M., por cuyos talentos ciertos señores de Madrid sienten gran admiración. --Pero si M. se ha preparado siempre para oposiciones á Patología médica y jamás se ocupó de Anatomía... --Cierto; mas no es cosa de esperar varios años una vacante de Patología. Sus poderosos protectores desean hacerlo catedrático sobre la marcha; y puesto que, por ahora, la única puerta abierta es la -Anatomía descriptiva-, á ella se atienen. ¡Vamos!... sé por una vez siquiera sumiso y razonable, y evita el aumentar, con tus imprudencias, el número de tus enemigos. Cediendo, te congraciarás con personajes omnipotentes, de cuya buena voluntad depende tu porvenir... --Agradezco tus consejos, pero no puedo seguirlos. Desertando de las oposiciones, mi padre se pondría, y con razón, furioso, yo no tendría más remedio que arrinconarme en un pueblo. Además, después de varios años de asidua preparación anatómica, ¿no sería bochornoso desaprovechar la primera ocasión que se me presenta para justificar mis pretensiones? Por importante que sea alcanzar la codiciada prebenda, lo es todavía más demostrar á mis jueces y al público que he perfeccionado mis conocimientos y que, penetrado de mis defectos, he sabido, si no corregirlos del todo, atenuarlos notablemente, triunfando de mí mismo. --¡Pues no serás nunca catedrático ó lo serás muy tarde, cuando peines canas!... --Al precio de la cobardía y de la abdicación no lo seré nunca... Pronto tuve ocasión de comprobar la exactitud de la noticia. En efecto, el tribunal, salvo alguna excepción, constaba de amigos y clientes del que por entonces ejercía omnímoda é irresistible influencia en la provisión de cátedras de Medicina. En descargo del aludido personaje, debo, sin embargo, declarar que M. había sido un brillante discípulo suyo, que adornaban á éste prendas relevantes de carácter y talento, y además que en asegurar el triunfo del novel anatómico puso todo su empeño el Dr. Fernández de la Vega, catedrático de Anatomía de Zaragoza, pariente del ilustre Presidente del tribunal y condiscípulo y fraternal amigo de M.[6]. [6] La devoción y el afecto que D. Salustiano sentía por M. eran tan hondos, que desde un pueblo de Navarra le trajo á Zaragoza, le alojó en su propio domicilio, le nombró su ayudante y le instruyó rápidamente en los estudios anatómicos. ¡Y, sin embargo, estos Pílades y Orestes de la amistad más cordial acabaron por regañar, en testimonio de que todo es pasajero en este pícaro mundo, hasta los afectos inspiradores de las grandes generosidades!... Á su tiempo[7], verificáronse las oposiciones. En ellas tuve la suerte de hacer patentes los progresos de mi aplicación. Mis conocimientos histológicos proporcionáronme ocasiones de lucimiento; y la lectura de las Revistas y libros alemanes, ignorados de mis adversarios, prestaron á mi labor un colorido de erudición y modernismo sumamente simpáticos. [7] Efectuáronse en 1880. Sólo había un contrincante que contrarrestaba y soslayaba habilísimamente mis asaltos, si no por la superioridad de su preparación anatómica (que era nada vulgar), por la claridad y agudeza de su entendimiento y la hermosura incomparable de su palabra. Aludo al malogrado é ilustre maestro D. Federico Olóriz, quien, estrenándose en aquella contienda, dió ya la medida de todo lo que valía y podía esperarse del futuro catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid. Entonces, D. Federico, que figuraba en mi trinca, atacábame reciamente, persuadido quizás de que yo era el único adversario serio con quien tenía que habérselas. Y cuando, platicando campechanamente en los pasillos de San Carlos, le saqué de su error, pronunciando el nombre del afortunado candidato oficial, reíase de lo que llamaba mis pesadas bromas aragonesas. --¡Pero si no pasa de ser un joven discreto que denuncia á la legua al primerizo en los estudios anatómicos y en el arte de la disección! --Pues ese anatómico improvisado será catedrático de Granada, y usted, con todo su saber y talento, tendrá que resignarse al humilde papel de ayudante suyo, á menos de cambiar definitivamente de rumbo... --¡Imposible!... Pero el imposible se cumplió. Los amigos del Presidente dieron una vez más pruebas de su inquebrantable disciplina, y el pobre Olóriz, asombro del público y de los jueces, tuvo que contentarse con un tercer lugar en terna (yo obtuve el segundo). Con todo lo cual no quiero expresar que M. fuera un mal catedrático. El dictador de San Carlos no solía poner sus ojos en tontos. Dejo consignado ya que M. era un joven de mucho despejo y aplicación y que, si se lo hubiera propuesto de veras, habría llegado á ser un excelente maestro de Anatomía. En aquella contienda faltáronle preparación teórica suficiente y vocación por el escalpelo. Así, en cuanto se le proporcionó ocasión, trasladóse á una cátedra de Patología médica de Zaragoza, donde resultó, según era de presumir, un buen maestro de Clínica médica. Más adelante, con aplauso de muchos --incluyendo el mío muy sincero--, ascendió, por concurso, á una cátedra de San Carlos. Creo que fué en Marzo de 1879 cuando se me nombró, en virtud de oposición, -Director de Museos anatómicos- de la Facultad de Medicina de Zaragoza. De aquellos ejercicios, á que concurrió, entre otros jóvenes, cierto discípulo muy brillante de la Escuela de Valencia --por cierto apasionadísimo de Darwin y de Häckel--, sólo quiero recoger un dato revelador de las grandes -simpatías- con que me distinguían mis paisanos y maestros. Acabado el último ejercicio, los dos catedráticos zaragozanos votaron sin vacilar al opositor valenciano; y precisamente los tres profesores forasteros, que acababan de ganar por oposición sus cátedras, y eran, por tanto, ajenos á las ruines rencillas de campanario, me otorgaron sus sufragios. Uno de estos varones rectos, á quienes debo eterno agradecimiento, fué D. Francisco Criado y Aguilar, actual decano de la Facultad de Medicina de Madrid[8]. [8] Aquel resultado fué decisivo para mi carrera. Si cualquiera de los jueces forasteros que tuvieron la bondad de apoyarme hubiera atendido las voces rencorosas de ciertos profesores aragoneses, mi vida hubiera corrido por cauce diferente. Porque mi padre, algo desilusionado á causa de mi derrota en Madrid, había resuelto, en caso de nuevo fracaso, convertirme en médico de partido. Y de seguro lo hubiera conseguido, aunque no el que yo abandonase mis aficiones predilectas hacia la investigación micrográfica. [Ilustración: El autor allá por los años de 1878 ó 1879, enfermo todavía del paludismo contraído en Cuba.] Transcurridos cuatro años (1883) publicáronse dos nuevas vacantes á proveer en turno de oposición: la de Madrid, producida por el fallecimiento del caballeroso y buenísimo Dr. Martínez Molina, y la de Valencia, debida á la muerte del Dr. Navarro. Apocado como siempre en mis aspiraciones, firmé exclusivamente las oposiciones de Valencia: con mejor acuerdo, Olóriz solicitó ambas plazas. En aquella ocasión demostróse una vez más el adagio vulgar: «del exceso del mal viene el remedio». El escándalo provocado por la injusticia cometida con Olóriz en sus oposiciones á la cátedra de Granada (1880), repercutió desde la Universidad á las esferas del Gobierno. Y ocurrió que el Sr. Gamazo, á la sazón Ministro de Fomento, resuelto á evitar nuevos abusos, designó, ó influyó para que se designase, un Tribunal cuyo saber é independencia estuvieran al abrigo de toda sospecha. La presidencia del nuevo Jurado fué otorgada al Dr. Encinas, quien, con la ruda franqueza proverbial en él, expresó al Ministro: --Donde yo esté no valdrán chanchullos. Á fuer de caballero, prometo desde ahora que, ó no habrá catedrático, ó lo será por unanimidad. Y eso lo mismo en la cátedra de Madrid que en la de Valencia. Y así acaeció. Gracias á la imparcialidad de este Tribunal, donde, según tengo entendido, no figuraba ningún juez de los anteriores, Olóriz y yo, infelices provincianos desprovistos de valedores, conseguimos al fin honrarnos con la toga del maestro. Como teníamos descontado, el brillante discípulo de la Escuela de Granada triunfó sobre sus contrincantes por voto unánime de los jueces. Y el mismo Tribunal, salvo el Presidente, que, por motivos de salud, fué sustituído por el gran Letamendi, tuvo también la bondad de proponerme, -nemine discrepante-, para la cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina de Valencia. Yo rendí siempre al genialísimo maestro catalán culto fervoroso; pero desde entonces, á la ingenua admiración intelectual, juntáronse las cálidas y leales ofrendas del afecto y la gratitud[9]. [9] Pasadas aquellas oposiciones, trabé intimidad con el eximio catedrático de Patología general de San Carlos, acudiendo casi diariamente á su casa, donde había instalado un Laboratorio de micrografía y bacteriología. Letamendi tenía empeño en ilustrar su obra, en vías de ejecución, -Curso de Patología general-, con microfotografías, y yo me presté á ejecutar algunas pruebas y á enseñar á los ayudantas del maestro la fabricación de las placas ultra-rápidas al gelatino-bromuro, entonces poco ó nada conocidas. ¡Qué ratos deliciosos pasábamos junto aquel hombre cuyo ingenio, vibrante de gracia y de agudeza, proyectaba vivísima luz sobre las cuestiones más abstrusas y que, cuando no convencía, sabía al menos hacer pensar!... [Ilustración] CAPÍTULO II Caigo enfermo con una afección pulmonar grave. -- Abatimiento y desesperanza durante mi cura en Panticosa. -- Restablecimiento de mi salud en San Juan de la Peña. -- La fotografía como alimento de mis gustos artísticos contrariados. -- Contraigo matrimonio y comienzan las preocupaciones de la familia, que en nada menoscaban el progreso de mis estudios. -- Vaticinios fallidos de mis padres y amigos con ocasión de mi boda. -- Mis primeros ensayos científicos. El deseo de juntar en un solo capítulo cuanto se refiere á mis fracasos y éxitos como opositor, me han llevado á alterar el orden cronológico de la narración. Necesito, pues, retroceder ahora en la corriente de mis recuerdos y referir algunos hechos ocurridos en el lapso de tiempo mediante entre 1878 y 1884, fecha de mi toma de posesión de la Cátedra de Anatomía de Valencia. Allá por el año de 1878, hallábame cierta noche en el jardín del café de la Iberia, en compañía de mi querido amigo D. Francisco Ledesma --abogado de talento y á la sazón capitán del Cuerpo de Administración Militar--, jugando empeñada partida de ajedrez. Cuando más absorto estaba meditando una jugada, me acometió de pronto una hemoptisis. Disimulé lo mejor que pude el accidente, por no alarmar al amigo, y continué la partida hasta su término. Con la preocupación consiguiente, retiréme á casa. En el camino cesó casi del todo la hemorragia. Nada dije á mi familia; cené poco; rehuí toda conversación de sobremesa y acostéme en seguida. Al poco rato me asaltó formidable hemorragia: la sangre, roja y espumosa, ascendía á borbotones del pulmón á la boca, amenazándome con la asfixia. Avisé á mi padre, que se alarmó visiblemente, prescribiéndome el tratamiento habitual en casos tales. La palidez y emaciación progresivas que había notado en su hijo desde algunos meses atrás, en complicidad con los efectos del paludismo, jamás completamente extirpados, le habían llevado á sospechar que se preparaba gravísima infección. Naturalmente, mi padre no me expresó de modo explícito su convicción, ni sus pesimísimos pronósticos; pero yo los adiviné fácilmente, al través de su minucioso interrogatorio y de sus frases artificiosamente confortadoras. Además, un médico rara vez se hace ilusiones sobre su estado. Estaban demasiado frescos en mi memoria los síntomas del terrible mal aprendidos en los libros, así como las tristes imágenes de infelices soldados que, después de su repatriación, morían en los hospitales ó en el seno de sus familias, víctimas de la tisis traidoramente preparada por el paludismo. Por otra parte, mi -hábito exterior- no era para ilusionar á nadie: la fiebre alta consecutiva al accidente hemorrágico, la disnea, la tos pertinaz, los sudores, la demacración..., todos los rasgos de mi dolencia coincidían punto por punto con aquellas deplorablemente exactas descripciones de las obras patológicas. ¡Cuánto hubiera yo dado entonces por borrar las nociones científicas aprendidas! ¡Qué pena ser médico y enfermo á la vez!... Ello es que caí en un abatimiento y desesperanza que no había conocido ni en los más graves episodios morbosos de mi estancia en Cuba. Contribuyó también, sin duda, á mi desaliento el recuerdo, harto vivo y punzante, de mi vencimiento en Madrid. Me era imposible desterrar de mi espíritu la angustiosa idea de la muerte. Aferrábase á mi sensibilidad exasperada con una obstinación que rechazaba, -á priori-, los planes terapéuticos é higiénicos mejor encaminados. Consideraba fenecida mi carrera, frustrado mi destino, pura quimera el ideal de contribuir con algo al acervo común de la cultura patria. Reconocí, lleno de amargura, que el disparatado romanticismo adquirido durante mi adolescencia con las lecturas de Chateaubriand, Lamartine, Victor Hugo, Lord Byron y Espronceda, me había asesinado. Á causa de ellas, había consumido sandiamente todo el rico patrimonio de energía fisiológica heredado de mis mayores. En mi desesperación, volvíme misántropo y llegué á menospreciar las cosas más santas y venerables... Dos meses después pude, sin embargo, abandonar el lecho, pero sin alegría y sin ilusiones. «Esto es una tregua --me decía--, no una resurrección. Volverán nuevos ataques y con ellos el ineluctable desenlace...» Sólo la religión me hubiera consolado. Por desgracia, mi fe había sufrido honda crisis con la lectura de los libros de filosofía. Ciertamente, del naufragio se habían salvado dos altos principios: la existencia del alma inmortal y la de un ser supremo rector del mundo y de la vida. Pero la especie de estoicismo á lo Epicteto y Marco Aurelio, que yo profesaba entonces (si verdaderamente profesaba alguna filosofía), no transcendía del mundo del pensamiento á la esfera de la voluntad. El instinto vital, esencialmente egoísta, se revelaba contra las consecuencias prácticas de una concepción filosófica, que pone la dicha en la serena resignación al destino y en la ciega obediencia á las leyes naturales. «Admito --me decía-- que el viejo, y más si es filósofo, muera impasible y resignado; la muerte llega en sazón, cumplido el fin primordial de la vida, labrado un modesto sillar en el luminoso templo del espíritu.» Por lo cual comprendía bien que Epicuro anciano, atormentado por el mal de piedra, y sobreponiéndose á sus torturas, escribiera á su amigo Idomeneo estas palabras, donde resplandece noble y consolador orgullo: «Hallándome en el feliz y último día de mi vida, y aun ya muriendo, os escribimos así: tanto es el dolor que nos causan la estranguria y la disentería, que parece no puede ser ya mayor su vehemencia. No obstante, se compensa de algún modo con la recordación de nuestros inventos y raciocinios»[10]. [10] -Diógenes Laercio-: Traducción de Ortiz y Sanz, 1887. ¿Dónde estaban mis invenciones para consolarme? Ni ¿cómo aceptará resignado la muerte quien, por no haber en realidad vivido, no deja rastro de sí ni en los libros ni en las almas? Esta idea de la irremediable inutilidad de mi existencia sumergíame en angustiosa zozobra. Más sereno y alentado que yo, mi padre concibió esperanzas de curación, al advertir en mi dolencia los primeros tenues signos de alivio. Para promoverla y consolidarla, me envió, llegado el verano, á los tan acreditados baños de Panticosa. Deseaba que, una vez tomadas las aguas, permaneciera yo un mes ó dos, en compañía de mi hermana, instalado en la cima del famoso Monte Pano, en San Juan de la Peña, donde existe un convento semiarruinado, habitado por pastores y rodeado de bosques seculares. El programa, como vamos á ver, cumplióse en todas sus partes. En Panticosa comencé á reaccionar algo contra mi desaliento. Sin embargo, de vez en cuando, sufría crisis de negra tristeza á lo Leopardi. El sentimentalismo de mi adolescencia tuvo por aquel tiempo peligrosos retoñamientos. Unas veces, escribía versos henchidos de necios é impíos apóstrofes; otras, inspirado en ideas casi suicidas, ascendía renqueando y febril á los picachos próximos al balneario, y me abismaba en la contemplación de aquel cielo azul, casi negro en fuerza de la pureza del aire, y en donde en breve --pensaba yo-- habría de perderse para siempre mi alma errante. Recuerdo que una tarde, presa de mis raptos macabros, escalé cima elevada, á la que llegué sin resuello y casi desfalleciente; y tumbado sobre una peña, concebí el propósito de dejarme morir de cara á las estrellas, lejos de los hombres, sin más testigos que las águilas, ni más sudario que la próxima nevada otoñal. ¡Qué delirios!... Pero aquella muerte poética y romántica que yo apetecía (ó fingía apetecer, por puro diletantismo morboso, porque realmente de aquellos nebulosos estados de conciencia no me doy cuenta ahora claramente) no acababa de llegar. Y cosa singular, cuantas más atrocidades cometía menos grave me encontraba. Cesaron las hemoptisis; disminuía la fiebre; abonanzaba el estado general; en fin, mis pulmones y músculos, sometidos á pruebas bárbaras, funcionaban de cada vez mejor. Estaba visto, que no se muere cuando se piensa. Á lo mejor, el caballo que creíamos apocado y débil resulta más animoso que el jinete, á quien suele dar elocuentes lecciones de discreción y cordura. Poco á poco, la convicción de la vida se abrió paso en mi corazón y en mi espíritu. Aparte la incuestionable mejoría, contribuyó no poco á darme ánimos el sugestivo y admirable espectáculo de la tranquilidad de los tuberculosos. Sabido es que el valor y la alegría son esencialmente contagiosos. Ninguno de aquellos tísicos, la mayoría jóvenes como yo, confesaba su mal; antes bien, afirmaban, impertérritos, ser simples catarrosos ó padecer del estómago. Algunos decían acudir al balneario sin necesidad, por puro agradecimiento á las milagrosas aguas; palabras de seguridad que resultaban amargamente irónicas al contemplar el amoratado círculo de los hundidos ojos y las febriles rosetas de las mejillas. Aun los postrados en el lecho, mostrábanse en su mayoría satisfechos, pareciendo abrigar la firme creencia en próxima curación. Recuerdo á este propósito la respuesta de una señorita muy discreta de Cervera, á quien conocía yo por haber sido, durante mi estancia en Cataluña, varias veces alojado en su casa. Sorprendido al contemplar los estragos que la traidora enfermedad había causado en su hermoso rostro, la pregunté, harto indiscretamente, cómo iba de salud. --Yo, muy bien, gracias á Dios --contestó--. Por fortuna no tengo nada. Si vengo á estas aguas es por acompañar á mi padre, que padece un catarro crónico. Tan buena me encuentro, que dentro de dos meses pienso casarme con L. (un propietario muy honorable de la localidad). Meses después supe que la valerosa doncella, cuya boda parecía tan próxima, había fallecido por consunción. Y es que la mujer tiene para la enfermedad una entereza de que carecemos los hombres. El instinto le da increíble fortaleza. Sabe ó adivina que la belleza es el resplandor de la salud, y oculta con exquisito pudor, y á veces con sutilísimos ardides, sus íntimas dolencias. [Ilustración: Monasterio viejo de San Juan de la Peña. La famosa cueva contemplada á vista de pájaro (fotografía hecha por el autor con placas de su fabricación).] [Ilustración: Bosque de pinos situado en la cima del Monte Pano, en donde convalecí de la tuberculosis (fotografía hecha por el autor).] La afabilidad de los tuberculosos y, sobre todo, el tranquilo valor de la tísica de Cervera, acabaron por avergonzarme. Resolví desde entonces no estar enfermo. Sobreponiéndose autocráticamente á mis pulmones, mi cerebro decretó que todo era aprensión injustificada. Se acabaron para mi las meticulosidades del régimen, las prescripciones de la higiene y de la farmacopea. En mi desprecio por la terapéutica, suspendí definitivamente la bebida de la famosa agua nitrogenada, é hice vida absolutamente normal. Ciertamente, mis pulmones refunfuñaban algo; pero yo juré no hacerles caso. ¡Allá ellos! Y me entregué al dibujo, á la fotografía, á la conversación y al paseo, como si tuviera ante mí un programa de vida y de acción inacabable. Cuando, de regreso del balneario, pasé por Jaca y me instalé con mi hermana en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, hallábame sumamente animado y con todos los signos de una franca convalecencia. Lo apacible y pintoresco del lugar; una alimentación suculenta á base de carne y leche; giras diarias por los bosques circundantes; interesantes visitas al viejo monasterio de la Cueva, donde duermen su eterno sueño los antiguos monarcas de Aragón; excursiones fotográficas á los alrededores de la montaña y á la cercana aldea de Santa Cruz de la Serós, etc..., acabaron por traerme, con la seguridad de vivir, el vigor del cuerpo y la serenidad del espíritu. Héteme, pues, reintegrado al cauce de la existencia, con sus inquietudes y batallas. ¡Aún no era tiempo!... Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones del dolor, nos libran de nuestras ideas, á veces más virulentas que el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes. Considero que la fotografía, de que era yo entonces ferviente aficionado, cooperó muy eficazmente á distraerme y tranquilizarme. Ella me obligaba á continuado ejercicio, y, proponiéndome á diario la ejecución de temas artísticos, sazonaba la monotonía de mi retiro con el placer de la dificultad vencida y con la contemplación de los bellos cuadros de una naturaleza variada y pintoresca. Estas aficiones al arte de Daguerre habían nacido años antes, en la época del -colodion- heróico, y su cultivo vino á ser como una compensación feliz, destinada á satisfacer tendencias pictóricas definitivamente defraudadas por consecuencia de mi cambio de rumbo profesional. Porque sólo el objetivo fotográfico puede saciar el hambre de belleza plástica de quienes no gozaron del vagar necesario para ejercitar metódicamente el pincel y la paleta. Más tarde, casado ya, llevé mi culto por el arte fotográfico hasta convertirme en fabricante de placas al -gelatino-bromuro-, y me pasaba las noches en un granero vaciando emulsiones sensibles, entre los rojos fulgores de la linterna y ante el asombro de la vecindad curiosa, que me tomaba por duende ó nigromántico. Esta nueva ocupación, tan distante de mi devoción hacia la Anatomía, fué consecuencia de las insistentes demandas de los profesionales de la fotografía. Desconocíanse por aquella época en España las placas ultrarrápidas al gelatino-bromuro, fabricadas á la sazón por la casa Monckoven, y que costaban, por cierto, sumamente caras. Había yo leído en un libro moderno la fórmula de la emulsión argéntica sensible, y me propuse fabricarla para satisfacer mis aficiones á la fotografía instantánea, empresa inabordable con el engorroso proceder del -colodion húmedo-. Tuve la suerte de atinar pronto con las manipulaciones y aun de mejorar la fórmula de la emulsión; y mis afortunadas instantáneas de lances del toreo, y singularmente una, tomada del palco presidencial cuajado de hermosas señoritas (tratábase de cierta corrida de beneficencia, patrocinada y presidida por la aristocracia aragonesa), hicieron furor, corriendo por los estudios fotográficos y alborotando á los aficionados. Mis placas rápidas gustaron tanto, que muchos deseaban ensayarlas. Sin quererlo, pues, me ví obligado á fabricar emulsiones para los fotógrafos de dentro y fuera de la capital, instalando apresuradamente un obrador en el granero de mi casa y convirtiendo á mi mujer en ayudante. Si en aquella ocasión hubiera yo topado con un socio inteligente y en posesión de algún capital, habríase creado en España una industria importantísima[11] y perfectamente viable. Porque, en mis probaturas, había dado yo, casualmente, con un proceder de emulsión más sensible que los conocidos hasta entonces, y por tanto, de facilísima defensa contra la inevitable concurrencia extranjera. Por desgracia, absorbido por mis trabajos anatómicos y con la preparación de mis oposiciones, abandoné aquel rico filón que inopinadamente se me presentaba. [11] Todas las fábricas que se han instalado después en España sobre la base de grandes capitales, con ingenieros extranjeros al frente, han fracasado lastimosamente. Estas iniciativas, laudables en principio, puesto que tiran á rescatar para España las docenas de millones de francos que nos cuesta la compra en el extranjero de placas fotográficas, han venido demasiado tarde. Sin fábricas nacionales de cristal ni de productos químicos, y lo que es más grave, sin patentes de invención de ninguna especie, se ha querido luchar con las excelentes marcas extranjeras de Lumière y Jougla, casas que, en virtud de incesantes trabajos de investigación, han elevado sus placas al último grado de perfección y fijado precios sumamente moderados. Allá á fines del 79, cuando, olvidado de mis achaques, acababa de obtener la plaza de -Director del Museo Anatómico-, tomé la resolución de casarme, contra la opinión de mis padres y de los amigos, que presagiaban un desastre. Para un soñador impenitente, despreciador del vil metal y de todos los prejuicios sociales, claro es que mi matrimonio debía indefectiblemente constituir un enlace romántico. He aquí cómo conocí á mi futura: De vuelta de un paseo por Torrero, encontré cierta tarde á una joven de apariencia modesta, acompañada de su madre. Su rostro, sonrosado y primaveral, asemejábase al de las madonas de Rafael, y aún mejor, á cierto cromo-grabado alemán que yo había admirado mucho y que representaba la Margarita del Fausto. Me atrajeron, sin duda, la dulzura y suavidad de sus facciones, la esbeltez de su talle, sus grandes ojos verdes encuadrados de largas pestañas y la frondosidad de sus cabellos; pero me sedujo más que nada cierto aire de infantil inocencia y de melancólica resignación desprendido de toda su persona. Seguí á la joven desconocida hasta su domicilio; averigüé que era huérfana de padre --un modesto empleado--, y que se trataba de una muchacha honrada, modesta y hacendosa. Y entablé relaciones con ella. Tiempo después, sin que los consejos de la familia fueran poderosos á disuadirme, contraje matrimonio, no sin estudiar á fondo la psicología de mi novia, que resultaba ser, según yo deseaba, complementaria de la mía. Mi resolución, comentada por los camaradas en tertulias y cafés, fué unánimemente calificada de locura. Ciertamente, mirado el acto desde el punto de vista económico, podía significar un desastre. Valor se necesitaba, en efecto, para fundar una familia cuando todo mi haber se reducía al sueldo de 25 duros al mes, y á los 8 ó 10 más, á lo sumo, granjeados por mis repasos de Anatomía é Histología. Así es que la boda se celebró casi en secreto; no quise molestar á los parientes ni amigos con andanzas que sólo interesaban á mi persona. Recuerdo que cierto compañero, extrañado de verme entrar con tanto heroísmo en el azaroso gremio de los padres de familia, exclamó: «¡El pobre Ramón se ha perdido para siempre! ¡Adiós estudio, ciencia y ambiciones generosas!» Fatídicos eran los presagios: mi padre vaticinaba mi muerte en breve plazo; los amigos me daban por definitivamente fracasado. Y en principio, mis censores discurrían atinadamente. Es incuestionable que, en la mayoría de los casos, la vanidad femenil, junto con las necesidades y afanes del hogar, acaparan financieramente toda la actividad mental del esposo, á quien se impone, con todo su desolador prosaísmo, el conocido -primum vivere-... Mas en los negocios humanos es preciso, para acertar, fijarse, más que en las reglas, en las condiciones individuales, en las tendencias y sentimientos íntimos. Olvidamos á menudo que, en la sociedad conyugal, al lado de factores económicos, actúan también resortes éticos y sentimentales decisivos, á cuyo influjo prodúcense impensadas y casi siempre felices metamorfosis de la personalidad física y moral de los esposos. En virtud de estas transformaciones mentales y de la consiguiente integración de actividades, la sociedad conyugal constituye una personalidad superior, capaz de crear valores intelectuales y económicos enteramente nuevos ó apenas latentes en los sumandos. Por no haber tenido en cuenta estos factores, fallaron de medio á medio las profecías de los amigos. Físicamente, mejoré á ojos vistos, reconociendo todos que, desde mi regreso de Cuba, jamás fué mi estado tan satisfactorio. Mi mujer, con una abnegación y una ternura más que maternales, se desvelaba por cuidarme y consolidar mi salud. En cuanto al tan cacareado abandono del estudio y de toda ambición elevada, bastará hacer notar que años siguientes, y cuando ya tenía dos hijos, publiqué mis primeros trabajos científicos y gané por oposición la cátedra de Anatomía de Valencia. La armonía y la paz del matrimonio tienen por condición inexcusable el que la mujer acepte de buen grado el ideal de la vida perseguido por el marido. Por consiguiente, malógranse la dicha del hogar y las más nobles ambiciones cuando la compañera se erige, según vemos á menudo, en director espiritual de la familia, y organiza por sí el programa de los trabajos y aspiraciones de su cónyuge. Bajo este aspecto, debo confesar que jamás tuve motivo de disgusto. Lejos de lamentar, según les ha ocurrido á muchos aficionados á la ciencia ó al arte en España[12], esa derivación casi exclusiva de las rentas hacia las disipaciones y vanidades del vestir, del teatro ó del lujo doméstico, sólo hallé en mi compañera facilidades para costear y satisfacer mis aficiones y continuar mi carrera. No hubo, pues, dinero para perifollos, teatros, coches y veraneos, 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000