Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)
Santiago Ramón y Cajal
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre -subrayados-, las
negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido
a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha normalizado el uso de las rayas, se ha completado el
emparejamiento de comillas, admiraciones e interrogaciones y se
ha puesto tilde a las mayúsculas que la necesitan.
* Se han corregido nombres propios, títulos, citas y expresiones en
lenguas distintas del castellano con ayuda de los repertorios
bibliográficos en línea.
* Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al
cuerpo principal del texto.
* Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado a
continuación del párrafo que contiene la llamada.
* Se amplía el «Índice» con la inclusión de la «Lista de los libros
y folletos científicos del autor», con rango de capítulo.
* Nótese que tras los capítulos XVI y XVII aparecen los capítulos
XVI -bis- y XVII -bis- por error de numeración en el original
impreso, como se declara al final de la «Fe de erratas».
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar
que interrumpieran un párrafo.
* En las pp. 539 y 541 hay dos figuras 159 distintas. Se las
redenomina 159a y 159b.
S. RAMÓN Y CAJAL
Recuerdos
de mi vida
CON 180 GRABADOS Y MUCHAS FOTOGRAFÍAS
INTERCALADAS EN EL TEXTO
TOMO II
HISTORIA DE MI LABOR CIENTÍFICA
MADRID
IMPRENTA Y LIBRERÍA DE NICOLÁS MOYA
-Garcilaso, 6, y Carretas, 8.-
--
1917
-Es propiedad del autor.-
[Ilustración]
DOS PALABRAS AL LECTOR
Este segundo volumen de mis -Recuerdos- difiere esencialmente del
anterior. En el primero, describí los estravíos de una voluntad
distraída y sobrado inclinada á los devaneos artístico-literarios.
Mientras que, en el presente, se da cuenta de cómo, á impulsos del
sentimiento patriótico y de la triste convicción de nuestro atraso
cultural, fué dicha voluntad disciplinada y orientada hacia la
producción científica.
Si el citado tomo I fué obra de la edad madura, éste constituye labor
de la vejez, pues ha sido redactado durante los luctuosos años de
1915 y 1916, época de la horrenda guerra europea. Tal retraso en la
publicación explica ciertos cambios inevitables de tendencias y hasta
de estilo. No en vano pasan los años y nos adoctrina la experiencia.
Las cosas que á la triunfante luz del mediodía parecían doradas, se
empalidecen, cuando no se tiñen del color complementario, á la claror
azulada del ocaso. Con todo eso, he tratado de defenderme contra esa
inversión crítica, tan común en los viejos, de la cual constituye
síntoma grave el consabido -laudator temporis acti-.
Además de castigar algo la enfadosa frondosidad del estilo, he
callado por impertinentes ó nada interesantes muchos episodios de
mi vida. Creo actualmente que el tema principal de mi libro debe
ser exponer la génesis de mi modesta contribución científica, ó en
otros términos, referir cómo surgió y se realizó el pensamiento, un
poco quimérico, de fabricar Histología española, á despecho de la
indiferencia cuando no de la hostilidad del medio intelectual. He
tenido, sobre todo, presente, que lo único capaz de justificar esta
publicación, es su posible virtualidad pedagógica. Ni he olvidado que
la mayoría de mis lectores son médicos y naturalistas.
El lector ávido de amenidades y ajeno á las ciencias biológicas
quedará defraudado. Aconséjole que prescinda de los capítulos
salpicados de citas y grabados. Singularmente áridos y técnicos son
los XVI, XVIII, XIX y, sobre todo, los terribles XXI y XXII, con que
remata la obra. Sin faltar á mi programa, ha sido imposible evitar
ciertas tabarras, que el lector sabrá perdonarme en gracia de la
intención docente y de las exigencias de la verdad histórica.
-Madrid, Febrero de 1917.-
[Ilustración]
CAPÍTULO PRIMERO
Decidido á seguir la carrera del profesorado, me gradúo de doctor
y me preparo para oposiciones á cátedras. -- Iniciación en los
estudios micrográficos. -- Fracaso previsto de mis primeras
oposiciones. -- Los vicios de mi educación intelectual y social.
-- Corregidos en parte, triunfo al fin, obteniendo la cátedra de
Anatomía descriptiva de la Universidad de Valencia.
Nada digno de contarse ocurrió durante los años 1876 y 1877. Continué
en Zaragoza estudiando Anatomía y Embriología, y en los ratos libres
ayudaba á mi padre en el penoso servicio del Hospital, supliéndole en
las guardias y encargándome de las curas de algunos de sus enfermos
particulares de cirugía. Porque dejo apuntado ya que mi progenitor
había adquirido sólida fama en esta especialidad, operaba mucho y, no
obstante su actividad infatigable, faltábale tiempo para acudir á su
numerosa clientela.
Mis aspiraciones al Magisterio (más que sentidas espontáneamente,
sugeridas de continuo por mi padre) me obligaron á graduarme de
doctor. Táctica excelente hubiera sido haber cursado oficialmente en
Madrid las tres asignaturas cuya aprobación era entonces obligatoria
para alcanzar la codiciada borla doctoral (-Historia de la Medicina-,
-Análisis química- é -Histología normal y patológica-). Mi
estancia durante un año en la Corte habríame reportado positivas é
inapreciables ventajas: hubiera conocido personalmente á algunos de
mis futuros jueces; asistido á ejercicios de oposición, á fin de
enterarme del aspecto técnico y artístico de semejantes certámenes; y
adquirido, en cuanto mi natural, un tanto rudo y arisco, consintiese,
ese barniz de simpático despejo y de urbana cortesía que tanto
realzan al mérito positivo. Pero mi padre, temeroso sin duda de que,
lejos de su vigilancia, reincidiese en mis devaneos artísticos --y
quizás tenía razón-- resolvió matricularme libremente en las citadas
asignaturas, reteniéndome en Zaragoza. Para el estudio de la -Química
analítica- confióme á la dirección de D. Ramón Ríos, farmacéutico
muy ilustrado y á la sazón encargado de una fábrica muy acreditada
de productos químicos. En cuanto á la -Historia de la Medicina-
y á la -Histología normal y patológica-, debía asimilármelas
autodidácticamente, por la lectura de los libros de texto, pues no
había en la capital aragonesa quien pudiera enseñármelas.
Cuando, llegado el mes de Junio, me disponía en Madrid á sufrir la
prueba del curso, experimenté dos sorpresas desagradables: Todo el
caudal de conocimientos analíticos laboriosamente acopiado en el
Laboratorio del Dr. Ríos vino á ser inútil; porque, según recordarán
cuantos estudiaron por aquellos tiempos, el bueno de Ríos titular
de la citada asignatura en la Facultad de Farmacia, sólo exigía á
los médicos, con una piedad que tenía mucho de desdén, un programa
minúsculo de cuatro ó cinco preguntas, en cada una de las cuales
incluía tan sólo algunos cuadros analíticos de aguas minerales,
composición de la orina, leche, sangre; cuadros sinópticos que todo
el mundo se sabía de coro para salir del paso. Trabajo perdido
resultó también el estudio asiduo de la -Historia de la Medicina-
según cierto libro francés declarado de texto. Mis condiscípulos de
Madrid, que estaban en el secreto, me desilusionaron profundamente
al informarme de que la susodicha obra no servía de nada, puesto
que el Dr. Santero exigía casi exclusivamente la doctrina de cierto
librito, desconocido para mí, titulado -Prolegómenos clínicos-,
en cuyas páginas el afamado profesor de San Carlos desarrollaba
elocuentemente un curso de filosofía médica y daba rienda suelta á
su pasión fervorosa por Hipócrates y el hipocratismo. Sólo el Dr.
Maestre de San Juan, profesor de -Histología-, ateníase fielmente
al enunciado de su asignatura, examinando con arreglo al texto y
programas oficiales.
No tuve, por consiguiente, más remedio que encasquetarme, en tres ó
cuatro días de trabajo febril, los amenos cuadros analíticos del Dr.
Ríos y los briosos y entusiastas alegatos vitalistas del Dr. Santero.
Gran suerte fué salir del apretado lance sin más consecuencias que
una horrible cefalalgia y cierta aversión enconada á la mal llamada
libertad de enseñanza; merced á la cual se da con frecuencia el caso
--hoy como entonces-- de que el alumno libre, fiado en la solemnidad
del programa oficial, ignore la materia explicada por el catedrático,
y de que éste prescinda, á veces, con admirable desenvoltura, de la
ciencia que, reglamentariamente, viene obligado á explicar.
Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el
Dr. Maestre de San Juan y sus ayudantes (el Dr. López García entre
otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso por otra parte
de aprender lo mejor posible la -Anatomía general-, complemento
indispensable de la -descriptiva-, resolví, á mi regreso á Zaragoza,
crearme un Laboratorio micrográfico. Contando con la bondad
inagotable de D. Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología;
pero ni había visto una célula, ni era capaz de efectuar el más
sencillo análisis micrográfico. Y fué lo peor que, á la sazón, no
había en Zaragoza persona capaz de orientarme en los dominios de lo
infinitamente pequeño. Además, la Facultad de Medicina, de que era yo
ayudante y auxiliar, andaba muy escasa de medios prácticos. Sólo en
el Laboratorio de Fisiología existía un microscopio bastante bueno.
Con este viejo instrumento amplificante, y gracias á la buena amistad
con que me distinguía el doctor Borao[1], por entonces ayudante
de Fisiología, admiré por primera vez el sorprendente espectáculo
de la circulación de la sangre. De tan sugestiva demostración he
hablado ya en otro lugar[2]. Aquí expresaré tan sólo que ella
contribuyó sobremanera á desarrollar en mí la afición á los estudios
micrográficos.
[1] Este simpático condiscípulo, hijo del Rector de la
Universidad de Zaragoza, D. Jerónimo Borao, murió muy joven.
[2] -Cajal: Reglas y consejos sobre investigación biológica.- 3.ª
edición muy aumentada, págs. 106 y 107.
Escogido un desván como obrador de mis ensayos prácticos, y reunidos
algunos reactivos, sólo me faltaba un buen modelo de microscopio.
Las menguadas reliquias de mis alcances de Cuba no daban para tanto.
Por fortuna, durante mi última gira á la Corte, me enteré de que en
la calle del León, núm. 25, principal (¡no lo he olvidado todavía!)
habitaba cierto almacenista de instrumentos médicos, D. Francisco
Chenel, quien proporcionaba, á plazos, excelentes microscopios de
Nachet y Verick, marcas francesas entonces muy en boga. Entablé,
pues, correspondencia con dicho comerciante y ajustamos las
condiciones: consistían en abonarle en cuatro plazos 140 duros,
importe de un buen modelo Verick, con todos sus accesorios. La
amplificación de las lentes (entre ellas figuraba un objetivo de
inmersión al agua) pasaba de 800 veces. Poco después me proporcioné,
de la misma casa, un -microtomo- de Ranvier, una -tournette- ó rueda
giratoria y otros muchos útiles de micrografía. Á todo subvinieron mi
paga modesta de auxiliar y las flacas ganancias proporcionadas por
los repasos de Anatomía; pero las bases financieras del Laboratorio y
Biblioteca fueron mis economías de Cuba. Véase cómo las enfermedades
adquiridas en la gran Antilla resultaron á la postre provechosas. Por
seguro tengo que, sin ellas, no habría ahorrado un céntimo durante mi
estancia en Ultramar, ni contado, por consiguiente, para mi educación
científica con los recursos indispensables.
Menester era, además, adquirir libros y Revistas micrográficos.
Escaso andaba de los primeros, á causa de no traducir el alemán,
idioma en que corrían impresos los mejores Tratados de Anatomía
é Histología. Solamente en versiones francesas conseguí leer la
-Anatomía general-, de Henle, y el Tratado clásico de -Histología é
Histoquimia-, de Frey. El Van Kempen y el Robin, excelentes libros
franceses, sirviéronme igualmente de guías. Para los trabajos
prácticos pude consultar el -Microscopio en Medicina-, de Beale, su
-Protoplasma y vida- y el conocido -Manual técnico-, de Latteux. En
cuanto á Revistas científicas, la escasez de mi peculio me obligó á
circunscribirme al abono de unos Archivos ingleses (-The Quarterly
microscopical Science-) y á una Revista mensual francesa, dirigida
por E. Pelletan (-Journal de micrographie-). De obras españolas
disponía de la del Dr. Maestre de San Juan, muy copiosa en datos,
aunque de lectura un tanto difícil.
Como se ve por lo expuesto, empecé á trabajar en la soledad, sin
maestros, y con no muy sobrados medios; mas á todo suplía mi ingenuo
entusiasmo y decidida vocación. Lo esencial para mí era modelar mi
cerebro, reorganizarlo con vistas á la especialización, adaptarlo, en
fin, rigurosamente á las tareas analíticas del Laboratorio.
Claro es que, durante la luna de miel del microscopio, no hacía sino
curiosear sin método y desflorar asuntos. Se me ofrecía un campo
maravilloso de exploraciones, lleno de gratísimas sorpresas. Con este
espíritu de expectador embobado, examiné los glóbulos de la sangre,
las células epiteliales, los corpúsculos musculares, los nerviosos,
etc., deteniéndome acá y allá para dibujar ó fotografiar las escenas
más cautivadoras de la vida de los infinitamente pequeños.
Dada la facilidad de las demostraciones, sorprendíame sobremanera la
ausencia casi absoluta de curiosidad objetiva de nuestros Profesores,
los cuales se pasaban el tiempo hablándonos prolijamente de células
sanas y enfermas, sin hacer el menor esfuerzo por conocer de vista á
esos transcendentales y misteriosos protagonistas de la vida y del
dolor. ¡Qué digo!... ¡Muchos, quizás la mayoría de los Profesores
de aquellos tiempos menospreciaban el microscopio, juzgándolo hasta
perjudicial para el progreso de la Biología!... Á juicio de nuestros
misoneistas del magisterio, las maravillosas descripciones de células
y de parásitos invisibles constituían pura fantasía. Recuerdo que,
por aquella época, cierto catedrático de Madrid, que jamás quiso
asomarse al ocular de un instrumento amplificante, calificaba de
-Anatomía celestial- á la Anatomía microscópica. La frase, que hizo
fortuna, retrata bien el estado de espíritu de aquella generación de
Profesores.
Sin duda, contábanse honrosas excepciones. De cualquier modo, importa
notar que, aun los escasos maestros cultivadores del instrumento de
Jansen y creyentes en sus revelaciones, carecían de esa fe robusta
y de esa inquietud intelectual que inducen á comprobar personal
y diligentemente las descripciones de los sabios. Acaso diputaban
la técnica histológica cual disciplina dificilísima. De semejante
dejadez y falta de entusiasmo hacia estudios que han revolucionado
después la ciencia y descubierto horizontes inmensos á la fisiología
y la patología, da también testimonio un curioso relato de A.
Kölliker[3], célebre histólogo alemán que visitó Madrid allá por el
año de 1849.
[3] -A. Kölliker: Erinnerungen aus meinem Leben.- Leipzig, 1892.
En una carta á su familia, incluída en este libro, describe el
Museo de ciencias naturales, instalado por entonces (1849) en
la Casa de Aduanas (actual Ministerio de Hacienda), y añade:
«Del Director Graells debo contaros una anécdota. Luce en su
Laboratorio un magnífico microscopio francés, y como yo le
preguntara si había investigado algo con él, contestóme que
no había tenido todavía ocasión de aplicarlo á sus trabajos
científicos por desconocer su manejo. Rogóme que hiciera alguna
demostración con dicho instrumento. Entonces procedí, en unión
de un amigo (M. Witich), á mostrarle los glóbulos de la sangre
humana y la fibra muscular estriada, ante cuyo espectáculo reveló
alegría infantil y nos dió gracias calurosas.»
Si el ilustre sabio alemán hubiera visitado veinte años después
nuestras Facultades de Medicina y Ciencias, habría podido
comprobar igual abandono y apatía. Los imponentes modelos de
microscopios de Ross ó de Hartnak continuaban inmaculados en sus
cajas de caoba, sin otro fin que excitar en vano la curiosidad de
los alumnos ó la ingenua admiración de los papanatas.
Comenzaba, según decía, á deletrear con delectación el admirable
libro de la organización íntima y microscópica del cuerpo humano,
cuando se anunció en la -Gaceta- la vacante de las cátedras de
-Anatomía descriptiva y general- de Granada y Zaragoza. Contrarióme
la noticia, porque distaba mucho de estar preparado para tomar parte
en el arduo torneo de la oposición. Según dejo apuntado en párrafos
anteriores, antes de entrar en liza, hubiera deseado presenciar
este linaje de contiendas, conocer los gustos del público y de
los jueces, adquirir, en suma, la norma con que se aprecian los
valores positivos cotizables en el mercado universitario. Pero el
autor de mis días, que, como todo padre, se hacía hartas ilusiones
acerca de los méritos y capacidades de su hijo, mostrose implacable.
No hubo, pues, más remedio que obedecerle. Y así, desesperanzado,
y haciendo, como suele decirse, de tripas corazón, concurrí á
aquellas oposiciones, en las cuales, para dos plazas, lucharon
encarnizadamente nueve ó diez opositores, algunos verdaderamente
brillantes.
Durante los ejercicios, mis fundados recelos quedaron plenamente
confirmados. Pusieron aquéllos de manifiesto, según yo presumía,
que en la -Anatomía descriptiva clásica- y -prácticas de disección-
rayaba yo tan alto como el que más. Pero la imparcialidad me obliga
á reconocer que, bajo ciertos respectos, mostré también deplorables
deficiencias: ignorancia de algunos conceptos biológicos de alcance
filosófico; desdén hacia reglas interpretativas sacadas de la
anatomía comparada, la ontogenia ó la filogenia; desconocimiento
de ciertas minucias y perfiles de técnica histológica puestos en
moda por el Dr. Maestre de San Juan; en fin, desvío hacia todas
esas especulaciones de carácter ornamental, preciadas flores de
pensamiento que ennoblecen las áridas cuestiones anatómicas y elevan
y amenizan la discusión.
Pero no fué esto sólo. En aquella ocasión revelé, además, lagunas
de educación intelectual y social no sospechadas por mi padre.
Perjudicóme, en efecto, sobremanera, mi ignorancia de las formas
de la cortesía al uso en los torneos académicos; me deslució una
emotividad exagerada, achacable sin duda á mi nativa timidez, pero
sobre todo á la falta de costumbre de hablar ante públicos selectos
y exigentes; hízome, en fin, fracasar la llaneza y sencillez
del estilo y hasta, á lo que yo pienso, la única de mis buenas
cualidades: la total ausencia de pedantismo y solemnidad expositiva.
Entre aquellos jóvenes almibarados, educados en el retoricismo
clásico de nuestros Ateneos, mi ingenuidad de pensamiento y de
expresión sonaba á rusticidad y bajeza. En mi candor de doctrino,
asombrábame el garbo y la gallardía con que algunos opositores de
la clase de facundos hacían excursiones de placer por el dilatado
campo del evolucionismo ó del vitalismo, ó, cambiando de registro,
proclamaban, sin venir á cuento y llenos de evangélica unción, la
existencia de Dios y del alma, con ocasión de referir la forma
del calcáneo ó del apéndice ileocecal. Á la verdad, ni entonces
ni después fuí bastante refinado para cultivar tan transparentes
habilidades, ni para exornar mi pobre ciencia con filigranas y
colorines, reñidos, á mi ver, con la austeridad y el decoro de la
cátedra.
Pero, volviendo á mi derrota, añado que sólo en dos cosas atraje
un tanto la curiosidad del público y del Jurado: por mis dibujos
de color en la pizarra el día de la lección, y por los copiosos
detalles con que adorné las pocas preguntas de anatomía descriptiva
que me tocaron en el primer ejercicio (la mayoría de los temas se
referían á técnica histológica y á cuestiones generales, en que yo
flojeaba). En cuanto al ejercicio práctico, en que tantas esperanzas
cifrara el autor de mis días, constituyó, como de costumbre, pura
comedia. Escogióse al efecto una disección llanísima: la preparación
de algunos ligamentos articulares. De esta suerte todos quedamos
igualados.
En mi fracaso, que sentía sobre todo por el disgusto y decepción que
iba á ocasionar á mi progenitor y maestro, me consoló algo el saber
que se me adjudicó un voto para una de las cátedras, y que este voto
lo debí á un profesor tan sabio, recto y concienzudo como el Dr.
Martínez y Molina, con razón llamado la -perla de San Carlos-[4].
[4] Tiempo después me dijeron que el Dr. Martínez y Molina, único
juez que descubrió algún mérito en el humilde y desconocido
provinciano, conservó mucho tiempo, á los fines de la
demostración en cátedra, mis representaciones en color del tejido
óseo y del proceso de la osificación. Tan tímido y huraño era yo
entonces, que ni siquiera me atreví á visitarle para agradecerle
su fina y honrosa atención.
Transcurrido más de un año (1879), se anunció á oposición la vacante
de la cátedra de Granada. Conocedor de mis defectos, había procurado
corregirlos en la medida de lo posible. Perfeccionéme en la técnica
histológica, sirviéndome de guía el admirable libro titulado -Manuel
technique d’histologie-[5], escrito por Ranvier, ilustre Profesor
del Colegio de Francia; aprendí á traducir el alemán científico;
adquirí y estudié á conciencia diversas obras tudescas de Anatomía
descriptiva, general y comparada; me impuse en las modernas teorías
tocantes á la evolución, de que por entonces eran porta-estandartes
ilustres Darwin, Häckel y Huxley; amplié bastante mis noticias
embriológicas; adornéme, en fin, con algunos de aquellos primores
especulativos que, según pude ver, seducían, acaso más de la cuenta,
á públicos y tribunales. Por primera vez, en mi vida, decidí, pues,
ser algo hábil y ofrendar sacrificios á las gracias.
[5] Debo al Dr. Salustiano Fernández de la Vega, opositor
triunfante de la cátedra de Anatomía de Zaragoza, el conocimiento
de esta inapreciable obra, que tanto contribuyó á formar mi gusto
hacia la investigación original.
Tranquilo y esperanzado estaba, dando los últimos toques á mi
intensiva preparación anatómica, cuando cierto día me detiene un
amigo, espetándome á quemarropa:
--Voy á darte un consejo. No te presentes en las próximas oposiciones
á la cátedra de Granada.
--¿Por qué?
--Porque no -te toca todavía-: déjalo para más adelante y todo saldrá
como una seda.
--Pero...
--Advierte, criatura, que el tribunal de oposiciones que acaba de
nombrarse ha sido forjado expresamente para hacer catedrático á M.,
por cuyos talentos ciertos señores de Madrid sienten gran admiración.
--Pero si M. se ha preparado siempre para oposiciones á Patología
médica y jamás se ocupó de Anatomía...
--Cierto; mas no es cosa de esperar varios años una vacante de
Patología. Sus poderosos protectores desean hacerlo catedrático
sobre la marcha; y puesto que, por ahora, la única puerta abierta
es la -Anatomía descriptiva-, á ella se atienen. ¡Vamos!... sé por
una vez siquiera sumiso y razonable, y evita el aumentar, con tus
imprudencias, el número de tus enemigos. Cediendo, te congraciarás
con personajes omnipotentes, de cuya buena voluntad depende tu
porvenir...
--Agradezco tus consejos, pero no puedo seguirlos. Desertando de
las oposiciones, mi padre se pondría, y con razón, furioso, yo no
tendría más remedio que arrinconarme en un pueblo. Además, después
de varios años de asidua preparación anatómica, ¿no sería bochornoso
desaprovechar la primera ocasión que se me presenta para justificar
mis pretensiones? Por importante que sea alcanzar la codiciada
prebenda, lo es todavía más demostrar á mis jueces y al público que
he perfeccionado mis conocimientos y que, penetrado de mis defectos,
he sabido, si no corregirlos del todo, atenuarlos notablemente,
triunfando de mí mismo.
--¡Pues no serás nunca catedrático ó lo serás muy tarde, cuando
peines canas!...
--Al precio de la cobardía y de la abdicación no lo seré nunca...
Pronto tuve ocasión de comprobar la exactitud de la noticia. En
efecto, el tribunal, salvo alguna excepción, constaba de amigos
y clientes del que por entonces ejercía omnímoda é irresistible
influencia en la provisión de cátedras de Medicina. En descargo del
aludido personaje, debo, sin embargo, declarar que M. había sido un
brillante discípulo suyo, que adornaban á éste prendas relevantes
de carácter y talento, y además que en asegurar el triunfo del
novel anatómico puso todo su empeño el Dr. Fernández de la Vega,
catedrático de Anatomía de Zaragoza, pariente del ilustre Presidente
del tribunal y condiscípulo y fraternal amigo de M.[6].
[6] La devoción y el afecto que D. Salustiano sentía por M.
eran tan hondos, que desde un pueblo de Navarra le trajo á
Zaragoza, le alojó en su propio domicilio, le nombró su ayudante
y le instruyó rápidamente en los estudios anatómicos. ¡Y, sin
embargo, estos Pílades y Orestes de la amistad más cordial
acabaron por regañar, en testimonio de que todo es pasajero en
este pícaro mundo, hasta los afectos inspiradores de las grandes
generosidades!...
Á su tiempo[7], verificáronse las oposiciones. En ellas tuve la
suerte de hacer patentes los progresos de mi aplicación. Mis
conocimientos histológicos proporcionáronme ocasiones de lucimiento;
y la lectura de las Revistas y libros alemanes, ignorados de mis
adversarios, prestaron á mi labor un colorido de erudición y
modernismo sumamente simpáticos.
[7] Efectuáronse en 1880.
Sólo había un contrincante que contrarrestaba y soslayaba
habilísimamente mis asaltos, si no por la superioridad de su
preparación anatómica (que era nada vulgar), por la claridad y
agudeza de su entendimiento y la hermosura incomparable de su
palabra. Aludo al malogrado é ilustre maestro D. Federico Olóriz,
quien, estrenándose en aquella contienda, dió ya la medida de todo lo
que valía y podía esperarse del futuro catedrático de la Facultad de
Medicina de Madrid.
Entonces, D. Federico, que figuraba en mi trinca, atacábame
reciamente, persuadido quizás de que yo era el único adversario serio
con quien tenía que habérselas. Y cuando, platicando campechanamente
en los pasillos de San Carlos, le saqué de su error, pronunciando el
nombre del afortunado candidato oficial, reíase de lo que llamaba mis
pesadas bromas aragonesas.
--¡Pero si no pasa de ser un joven discreto que denuncia á la legua
al primerizo en los estudios anatómicos y en el arte de la disección!
--Pues ese anatómico improvisado será catedrático de Granada, y
usted, con todo su saber y talento, tendrá que resignarse al humilde
papel de ayudante suyo, á menos de cambiar definitivamente de rumbo...
--¡Imposible!...
Pero el imposible se cumplió. Los amigos del Presidente dieron una
vez más pruebas de su inquebrantable disciplina, y el pobre Olóriz,
asombro del público y de los jueces, tuvo que contentarse con un
tercer lugar en terna (yo obtuve el segundo).
Con todo lo cual no quiero expresar que M. fuera un mal catedrático.
El dictador de San Carlos no solía poner sus ojos en tontos. Dejo
consignado ya que M. era un joven de mucho despejo y aplicación y
que, si se lo hubiera propuesto de veras, habría llegado á ser un
excelente maestro de Anatomía. En aquella contienda faltáronle
preparación teórica suficiente y vocación por el escalpelo. Así,
en cuanto se le proporcionó ocasión, trasladóse á una cátedra de
Patología médica de Zaragoza, donde resultó, según era de presumir,
un buen maestro de Clínica médica. Más adelante, con aplauso de
muchos --incluyendo el mío muy sincero--, ascendió, por concurso, á
una cátedra de San Carlos.
Creo que fué en Marzo de 1879 cuando se me nombró, en virtud de
oposición, -Director de Museos anatómicos- de la Facultad de
Medicina de Zaragoza. De aquellos ejercicios, á que concurrió,
entre otros jóvenes, cierto discípulo muy brillante de la Escuela
de Valencia --por cierto apasionadísimo de Darwin y de Häckel--,
sólo quiero recoger un dato revelador de las grandes -simpatías-
con que me distinguían mis paisanos y maestros. Acabado el último
ejercicio, los dos catedráticos zaragozanos votaron sin vacilar al
opositor valenciano; y precisamente los tres profesores forasteros,
que acababan de ganar por oposición sus cátedras, y eran, por
tanto, ajenos á las ruines rencillas de campanario, me otorgaron
sus sufragios. Uno de estos varones rectos, á quienes debo eterno
agradecimiento, fué D. Francisco Criado y Aguilar, actual decano de
la Facultad de Medicina de Madrid[8].
[8] Aquel resultado fué decisivo para mi carrera. Si cualquiera
de los jueces forasteros que tuvieron la bondad de apoyarme
hubiera atendido las voces rencorosas de ciertos profesores
aragoneses, mi vida hubiera corrido por cauce diferente. Porque
mi padre, algo desilusionado á causa de mi derrota en Madrid,
había resuelto, en caso de nuevo fracaso, convertirme en médico
de partido. Y de seguro lo hubiera conseguido, aunque no el que
yo abandonase mis aficiones predilectas hacia la investigación
micrográfica.
[Ilustración: El autor allá por los años de 1878 ó 1879, enfermo
todavía del paludismo contraído en Cuba.]
Transcurridos cuatro años (1883) publicáronse dos nuevas vacantes
á proveer en turno de oposición: la de Madrid, producida por el
fallecimiento del caballeroso y buenísimo Dr. Martínez Molina, y
la de Valencia, debida á la muerte del Dr. Navarro. Apocado como
siempre en mis aspiraciones, firmé exclusivamente las oposiciones de
Valencia: con mejor acuerdo, Olóriz solicitó ambas plazas.
En aquella ocasión demostróse una vez más el adagio vulgar: «del
exceso del mal viene el remedio». El escándalo provocado por la
injusticia cometida con Olóriz en sus oposiciones á la cátedra
de Granada (1880), repercutió desde la Universidad á las esferas
del Gobierno. Y ocurrió que el Sr. Gamazo, á la sazón Ministro de
Fomento, resuelto á evitar nuevos abusos, designó, ó influyó para que
se designase, un Tribunal cuyo saber é independencia estuvieran al
abrigo de toda sospecha. La presidencia del nuevo Jurado fué otorgada
al Dr. Encinas, quien, con la ruda franqueza proverbial en él,
expresó al Ministro:
--Donde yo esté no valdrán chanchullos. Á fuer de caballero, prometo
desde ahora que, ó no habrá catedrático, ó lo será por unanimidad. Y
eso lo mismo en la cátedra de Madrid que en la de Valencia.
Y así acaeció.
Gracias á la imparcialidad de este Tribunal, donde, según tengo
entendido, no figuraba ningún juez de los anteriores, Olóriz y yo,
infelices provincianos desprovistos de valedores, conseguimos al
fin honrarnos con la toga del maestro. Como teníamos descontado,
el brillante discípulo de la Escuela de Granada triunfó sobre sus
contrincantes por voto unánime de los jueces. Y el mismo Tribunal,
salvo el Presidente, que, por motivos de salud, fué sustituído por
el gran Letamendi, tuvo también la bondad de proponerme, -nemine
discrepante-, para la cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina
de Valencia. Yo rendí siempre al genialísimo maestro catalán culto
fervoroso; pero desde entonces, á la ingenua admiración intelectual,
juntáronse las cálidas y leales ofrendas del afecto y la gratitud[9].
[9] Pasadas aquellas oposiciones, trabé intimidad con el eximio
catedrático de Patología general de San Carlos, acudiendo casi
diariamente á su casa, donde había instalado un Laboratorio de
micrografía y bacteriología. Letamendi tenía empeño en ilustrar
su obra, en vías de ejecución, -Curso de Patología general-,
con microfotografías, y yo me presté á ejecutar algunas pruebas
y á enseñar á los ayudantas del maestro la fabricación de las
placas ultra-rápidas al gelatino-bromuro, entonces poco ó nada
conocidas. ¡Qué ratos deliciosos pasábamos junto aquel hombre
cuyo ingenio, vibrante de gracia y de agudeza, proyectaba
vivísima luz sobre las cuestiones más abstrusas y que, cuando no
convencía, sabía al menos hacer pensar!...
[Ilustración]
CAPÍTULO II
Caigo enfermo con una afección pulmonar grave. -- Abatimiento y
desesperanza durante mi cura en Panticosa. -- Restablecimiento de
mi salud en San Juan de la Peña. -- La fotografía como alimento
de mis gustos artísticos contrariados. -- Contraigo matrimonio
y comienzan las preocupaciones de la familia, que en nada
menoscaban el progreso de mis estudios. -- Vaticinios fallidos
de mis padres y amigos con ocasión de mi boda. -- Mis primeros
ensayos científicos.
El deseo de juntar en un solo capítulo cuanto se refiere á mis
fracasos y éxitos como opositor, me han llevado á alterar el orden
cronológico de la narración. Necesito, pues, retroceder ahora en la
corriente de mis recuerdos y referir algunos hechos ocurridos en
el lapso de tiempo mediante entre 1878 y 1884, fecha de mi toma de
posesión de la Cátedra de Anatomía de Valencia.
Allá por el año de 1878, hallábame cierta noche en el jardín del
café de la Iberia, en compañía de mi querido amigo D. Francisco
Ledesma --abogado de talento y á la sazón capitán del Cuerpo de
Administración Militar--, jugando empeñada partida de ajedrez.
Cuando más absorto estaba meditando una jugada, me acometió de
pronto una hemoptisis. Disimulé lo mejor que pude el accidente, por
no alarmar al amigo, y continué la partida hasta su término. Con la
preocupación consiguiente, retiréme á casa. En el camino cesó casi
del todo la hemorragia. Nada dije á mi familia; cené poco; rehuí toda
conversación de sobremesa y acostéme en seguida. Al poco rato me
asaltó formidable hemorragia: la sangre, roja y espumosa, ascendía á
borbotones del pulmón á la boca, amenazándome con la asfixia. Avisé á
mi padre, que se alarmó visiblemente, prescribiéndome el tratamiento
habitual en casos tales.
La palidez y emaciación progresivas que había notado en su hijo desde
algunos meses atrás, en complicidad con los efectos del paludismo,
jamás completamente extirpados, le habían llevado á sospechar que se
preparaba gravísima infección. Naturalmente, mi padre no me expresó
de modo explícito su convicción, ni sus pesimísimos pronósticos; pero
yo los adiviné fácilmente, al través de su minucioso interrogatorio y
de sus frases artificiosamente confortadoras.
Además, un médico rara vez se hace ilusiones sobre su estado. Estaban
demasiado frescos en mi memoria los síntomas del terrible mal
aprendidos en los libros, así como las tristes imágenes de infelices
soldados que, después de su repatriación, morían en los hospitales
ó en el seno de sus familias, víctimas de la tisis traidoramente
preparada por el paludismo. Por otra parte, mi -hábito exterior-
no era para ilusionar á nadie: la fiebre alta consecutiva al
accidente hemorrágico, la disnea, la tos pertinaz, los sudores, la
demacración..., todos los rasgos de mi dolencia coincidían punto por
punto con aquellas deplorablemente exactas descripciones de las obras
patológicas. ¡Cuánto hubiera yo dado entonces por borrar las nociones
científicas aprendidas! ¡Qué pena ser médico y enfermo á la vez!...
Ello es que caí en un abatimiento y desesperanza que no había
conocido ni en los más graves episodios morbosos de mi estancia en
Cuba. Contribuyó también, sin duda, á mi desaliento el recuerdo,
harto vivo y punzante, de mi vencimiento en Madrid.
Me era imposible desterrar de mi espíritu la angustiosa idea de la
muerte. Aferrábase á mi sensibilidad exasperada con una obstinación
que rechazaba, -á priori-, los planes terapéuticos é higiénicos mejor
encaminados. Consideraba fenecida mi carrera, frustrado mi destino,
pura quimera el ideal de contribuir con algo al acervo común de la
cultura patria.
Reconocí, lleno de amargura, que el disparatado romanticismo
adquirido durante mi adolescencia con las lecturas de Chateaubriand,
Lamartine, Victor Hugo, Lord Byron y Espronceda, me había asesinado.
Á causa de ellas, había consumido sandiamente todo el rico patrimonio
de energía fisiológica heredado de mis mayores. En mi desesperación,
volvíme misántropo y llegué á menospreciar las cosas más santas y
venerables...
Dos meses después pude, sin embargo, abandonar el lecho, pero sin
alegría y sin ilusiones. «Esto es una tregua --me decía--, no una
resurrección. Volverán nuevos ataques y con ellos el ineluctable
desenlace...»
Sólo la religión me hubiera consolado. Por desgracia, mi fe había
sufrido honda crisis con la lectura de los libros de filosofía.
Ciertamente, del naufragio se habían salvado dos altos principios:
la existencia del alma inmortal y la de un ser supremo rector del
mundo y de la vida. Pero la especie de estoicismo á lo Epicteto y
Marco Aurelio, que yo profesaba entonces (si verdaderamente profesaba
alguna filosofía), no transcendía del mundo del pensamiento á la
esfera de la voluntad. El instinto vital, esencialmente egoísta,
se revelaba contra las consecuencias prácticas de una concepción
filosófica, que pone la dicha en la serena resignación al destino y
en la ciega obediencia á las leyes naturales.
«Admito --me decía-- que el viejo, y más si es filósofo, muera
impasible y resignado; la muerte llega en sazón, cumplido el fin
primordial de la vida, labrado un modesto sillar en el luminoso
templo del espíritu.» Por lo cual comprendía bien que Epicuro
anciano, atormentado por el mal de piedra, y sobreponiéndose á sus
torturas, escribiera á su amigo Idomeneo estas palabras, donde
resplandece noble y consolador orgullo: «Hallándome en el feliz y
último día de mi vida, y aun ya muriendo, os escribimos así: tanto es
el dolor que nos causan la estranguria y la disentería, que parece
no puede ser ya mayor su vehemencia. No obstante, se compensa de
algún modo con la recordación de nuestros inventos y raciocinios»[10].
[10] -Diógenes Laercio-: Traducción de Ortiz y Sanz, 1887.
¿Dónde estaban mis invenciones para consolarme? Ni ¿cómo aceptará
resignado la muerte quien, por no haber en realidad vivido, no deja
rastro de sí ni en los libros ni en las almas? Esta idea de la
irremediable inutilidad de mi existencia sumergíame en angustiosa
zozobra.
Más sereno y alentado que yo, mi padre concibió esperanzas de
curación, al advertir en mi dolencia los primeros tenues signos
de alivio. Para promoverla y consolidarla, me envió, llegado el
verano, á los tan acreditados baños de Panticosa. Deseaba que, una
vez tomadas las aguas, permaneciera yo un mes ó dos, en compañía de
mi hermana, instalado en la cima del famoso Monte Pano, en San Juan
de la Peña, donde existe un convento semiarruinado, habitado por
pastores y rodeado de bosques seculares. El programa, como vamos á
ver, cumplióse en todas sus partes.
En Panticosa comencé á reaccionar algo contra mi desaliento. Sin
embargo, de vez en cuando, sufría crisis de negra tristeza á lo
Leopardi. El sentimentalismo de mi adolescencia tuvo por aquel tiempo
peligrosos retoñamientos. Unas veces, escribía versos henchidos de
necios é impíos apóstrofes; otras, inspirado en ideas casi suicidas,
ascendía renqueando y febril á los picachos próximos al balneario,
y me abismaba en la contemplación de aquel cielo azul, casi negro
en fuerza de la pureza del aire, y en donde en breve --pensaba yo--
habría de perderse para siempre mi alma errante. Recuerdo que una
tarde, presa de mis raptos macabros, escalé cima elevada, á la que
llegué sin resuello y casi desfalleciente; y tumbado sobre una peña,
concebí el propósito de dejarme morir de cara á las estrellas, lejos
de los hombres, sin más testigos que las águilas, ni más sudario que
la próxima nevada otoñal. ¡Qué delirios!...
Pero aquella muerte poética y romántica que yo apetecía (ó fingía
apetecer, por puro diletantismo morboso, porque realmente de aquellos
nebulosos estados de conciencia no me doy cuenta ahora claramente)
no acababa de llegar. Y cosa singular, cuantas más atrocidades
cometía menos grave me encontraba. Cesaron las hemoptisis; disminuía
la fiebre; abonanzaba el estado general; en fin, mis pulmones y
músculos, sometidos á pruebas bárbaras, funcionaban de cada vez
mejor. Estaba visto, que no se muere cuando se piensa. Á lo mejor,
el caballo que creíamos apocado y débil resulta más animoso que
el jinete, á quien suele dar elocuentes lecciones de discreción y
cordura. Poco á poco, la convicción de la vida se abrió paso en mi
corazón y en mi espíritu.
Aparte la incuestionable mejoría, contribuyó no poco á darme ánimos
el sugestivo y admirable espectáculo de la tranquilidad de los
tuberculosos. Sabido es que el valor y la alegría son esencialmente
contagiosos. Ninguno de aquellos tísicos, la mayoría jóvenes como
yo, confesaba su mal; antes bien, afirmaban, impertérritos, ser
simples catarrosos ó padecer del estómago. Algunos decían acudir al
balneario sin necesidad, por puro agradecimiento á las milagrosas
aguas; palabras de seguridad que resultaban amargamente irónicas al
contemplar el amoratado círculo de los hundidos ojos y las febriles
rosetas de las mejillas. Aun los postrados en el lecho, mostrábanse
en su mayoría satisfechos, pareciendo abrigar la firme creencia en
próxima curación.
Recuerdo á este propósito la respuesta de una señorita muy discreta
de Cervera, á quien conocía yo por haber sido, durante mi estancia en
Cataluña, varias veces alojado en su casa. Sorprendido al contemplar
los estragos que la traidora enfermedad había causado en su hermoso
rostro, la pregunté, harto indiscretamente, cómo iba de salud.
--Yo, muy bien, gracias á Dios --contestó--. Por fortuna no tengo
nada. Si vengo á estas aguas es por acompañar á mi padre, que padece
un catarro crónico. Tan buena me encuentro, que dentro de dos meses
pienso casarme con L. (un propietario muy honorable de la localidad).
Meses después supe que la valerosa doncella, cuya boda parecía tan
próxima, había fallecido por consunción. Y es que la mujer tiene para
la enfermedad una entereza de que carecemos los hombres. El instinto
le da increíble fortaleza. Sabe ó adivina que la belleza es el
resplandor de la salud, y oculta con exquisito pudor, y á veces con
sutilísimos ardides, sus íntimas dolencias.
[Ilustración: Monasterio viejo de San Juan de la Peña. La famosa
cueva contemplada á vista de pájaro (fotografía hecha por el autor
con placas de su fabricación).]
[Ilustración: Bosque de pinos situado en la cima del Monte Pano, en
donde convalecí de la tuberculosis (fotografía hecha por el autor).]
La afabilidad de los tuberculosos y, sobre todo, el tranquilo valor
de la tísica de Cervera, acabaron por avergonzarme. Resolví desde
entonces no estar enfermo. Sobreponiéndose autocráticamente á mis
pulmones, mi cerebro decretó que todo era aprensión injustificada. Se
acabaron para mi las meticulosidades del régimen, las prescripciones
de la higiene y de la farmacopea. En mi desprecio por la terapéutica,
suspendí definitivamente la bebida de la famosa agua nitrogenada,
é hice vida absolutamente normal. Ciertamente, mis pulmones
refunfuñaban algo; pero yo juré no hacerles caso. ¡Allá ellos! Y me
entregué al dibujo, á la fotografía, á la conversación y al paseo,
como si tuviera ante mí un programa de vida y de acción inacabable.
Cuando, de regreso del balneario, pasé por Jaca y me instalé con mi
hermana en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, hallábame
sumamente animado y con todos los signos de una franca convalecencia.
Lo apacible y pintoresco del lugar; una alimentación suculenta á
base de carne y leche; giras diarias por los bosques circundantes;
interesantes visitas al viejo monasterio de la Cueva, donde duermen
su eterno sueño los antiguos monarcas de Aragón; excursiones
fotográficas á los alrededores de la montaña y á la cercana aldea
de Santa Cruz de la Serós, etc..., acabaron por traerme, con la
seguridad de vivir, el vigor del cuerpo y la serenidad del espíritu.
Héteme, pues, reintegrado al cauce de la existencia, con sus
inquietudes y batallas. ¡Aún no era tiempo!...
Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos
primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones
del dolor, nos libran de nuestras ideas, á veces más virulentas que
el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el
mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes.
Considero que la fotografía, de que era yo entonces ferviente
aficionado, cooperó muy eficazmente á distraerme y tranquilizarme.
Ella me obligaba á continuado ejercicio, y, proponiéndome á diario
la ejecución de temas artísticos, sazonaba la monotonía de mi retiro
con el placer de la dificultad vencida y con la contemplación de los
bellos cuadros de una naturaleza variada y pintoresca.
Estas aficiones al arte de Daguerre habían nacido años antes, en
la época del -colodion- heróico, y su cultivo vino á ser como una
compensación feliz, destinada á satisfacer tendencias pictóricas
definitivamente defraudadas por consecuencia de mi cambio de rumbo
profesional. Porque sólo el objetivo fotográfico puede saciar el
hambre de belleza plástica de quienes no gozaron del vagar necesario
para ejercitar metódicamente el pincel y la paleta.
Más tarde, casado ya, llevé mi culto por el arte fotográfico hasta
convertirme en fabricante de placas al -gelatino-bromuro-, y me
pasaba las noches en un granero vaciando emulsiones sensibles,
entre los rojos fulgores de la linterna y ante el asombro de la
vecindad curiosa, que me tomaba por duende ó nigromántico. Esta
nueva ocupación, tan distante de mi devoción hacia la Anatomía, fué
consecuencia de las insistentes demandas de los profesionales de la
fotografía. Desconocíanse por aquella época en España las placas
ultrarrápidas al gelatino-bromuro, fabricadas á la sazón por la
casa Monckoven, y que costaban, por cierto, sumamente caras. Había
yo leído en un libro moderno la fórmula de la emulsión argéntica
sensible, y me propuse fabricarla para satisfacer mis aficiones á
la fotografía instantánea, empresa inabordable con el engorroso
proceder del -colodion húmedo-. Tuve la suerte de atinar pronto con
las manipulaciones y aun de mejorar la fórmula de la emulsión; y
mis afortunadas instantáneas de lances del toreo, y singularmente
una, tomada del palco presidencial cuajado de hermosas señoritas
(tratábase de cierta corrida de beneficencia, patrocinada y presidida
por la aristocracia aragonesa), hicieron furor, corriendo por los
estudios fotográficos y alborotando á los aficionados. Mis placas
rápidas gustaron tanto, que muchos deseaban ensayarlas.
Sin quererlo, pues, me ví obligado á fabricar emulsiones para
los fotógrafos de dentro y fuera de la capital, instalando
apresuradamente un obrador en el granero de mi casa y convirtiendo
á mi mujer en ayudante. Si en aquella ocasión hubiera yo topado
con un socio inteligente y en posesión de algún capital, habríase
creado en España una industria importantísima[11] y perfectamente
viable. Porque, en mis probaturas, había dado yo, casualmente, con un
proceder de emulsión más sensible que los conocidos hasta entonces,
y por tanto, de facilísima defensa contra la inevitable concurrencia
extranjera. Por desgracia, absorbido por mis trabajos anatómicos y
con la preparación de mis oposiciones, abandoné aquel rico filón que
inopinadamente se me presentaba.
[11] Todas las fábricas que se han instalado después en España
sobre la base de grandes capitales, con ingenieros extranjeros
al frente, han fracasado lastimosamente. Estas iniciativas,
laudables en principio, puesto que tiran á rescatar para España
las docenas de millones de francos que nos cuesta la compra en el
extranjero de placas fotográficas, han venido demasiado tarde.
Sin fábricas nacionales de cristal ni de productos químicos, y lo
que es más grave, sin patentes de invención de ninguna especie,
se ha querido luchar con las excelentes marcas extranjeras de
Lumière y Jougla, casas que, en virtud de incesantes trabajos
de investigación, han elevado sus placas al último grado de
perfección y fijado precios sumamente moderados.
Allá á fines del 79, cuando, olvidado de mis achaques, acababa
de obtener la plaza de -Director del Museo Anatómico-, tomé la
resolución de casarme, contra la opinión de mis padres y de los
amigos, que presagiaban un desastre. Para un soñador impenitente,
despreciador del vil metal y de todos los prejuicios sociales, claro
es que mi matrimonio debía indefectiblemente constituir un enlace
romántico.
He aquí cómo conocí á mi futura: De vuelta de un paseo por Torrero,
encontré cierta tarde á una joven de apariencia modesta, acompañada
de su madre. Su rostro, sonrosado y primaveral, asemejábase al de las
madonas de Rafael, y aún mejor, á cierto cromo-grabado alemán que
yo había admirado mucho y que representaba la Margarita del Fausto.
Me atrajeron, sin duda, la dulzura y suavidad de sus facciones, la
esbeltez de su talle, sus grandes ojos verdes encuadrados de largas
pestañas y la frondosidad de sus cabellos; pero me sedujo más que
nada cierto aire de infantil inocencia y de melancólica resignación
desprendido de toda su persona. Seguí á la joven desconocida hasta
su domicilio; averigüé que era huérfana de padre --un modesto
empleado--, y que se trataba de una muchacha honrada, modesta y
hacendosa. Y entablé relaciones con ella. Tiempo después, sin que
los consejos de la familia fueran poderosos á disuadirme, contraje
matrimonio, no sin estudiar á fondo la psicología de mi novia, que
resultaba ser, según yo deseaba, complementaria de la mía.
Mi resolución, comentada por los camaradas en tertulias y cafés, fué
unánimemente calificada de locura. Ciertamente, mirado el acto desde
el punto de vista económico, podía significar un desastre. Valor se
necesitaba, en efecto, para fundar una familia cuando todo mi haber
se reducía al sueldo de 25 duros al mes, y á los 8 ó 10 más, á lo
sumo, granjeados por mis repasos de Anatomía é Histología. Así es
que la boda se celebró casi en secreto; no quise molestar á los
parientes ni amigos con andanzas que sólo interesaban á mi persona.
Recuerdo que cierto compañero, extrañado de verme entrar con tanto
heroísmo en el azaroso gremio de los padres de familia, exclamó: «¡El
pobre Ramón se ha perdido para siempre! ¡Adiós estudio, ciencia y
ambiciones generosas!»
Fatídicos eran los presagios: mi padre vaticinaba mi muerte en breve
plazo; los amigos me daban por definitivamente fracasado.
Y en principio, mis censores discurrían atinadamente. Es
incuestionable que, en la mayoría de los casos, la vanidad
femenil, junto con las necesidades y afanes del hogar, acaparan
financieramente toda la actividad mental del esposo, á quien se
impone, con todo su desolador prosaísmo, el conocido -primum
vivere-... Mas en los negocios humanos es preciso, para acertar,
fijarse, más que en las reglas, en las condiciones individuales, en
las tendencias y sentimientos íntimos. Olvidamos á menudo que, en la
sociedad conyugal, al lado de factores económicos, actúan también
resortes éticos y sentimentales decisivos, á cuyo influjo prodúcense
impensadas y casi siempre felices metamorfosis de la personalidad
física y moral de los esposos. En virtud de estas transformaciones
mentales y de la consiguiente integración de actividades, la sociedad
conyugal constituye una personalidad superior, capaz de crear valores
intelectuales y económicos enteramente nuevos ó apenas latentes en
los sumandos.
Por no haber tenido en cuenta estos factores, fallaron de medio á
medio las profecías de los amigos. Físicamente, mejoré á ojos vistos,
reconociendo todos que, desde mi regreso de Cuba, jamás fué mi estado
tan satisfactorio. Mi mujer, con una abnegación y una ternura más
que maternales, se desvelaba por cuidarme y consolidar mi salud.
En cuanto al tan cacareado abandono del estudio y de toda ambición
elevada, bastará hacer notar que años siguientes, y cuando ya tenía
dos hijos, publiqué mis primeros trabajos científicos y gané por
oposición la cátedra de Anatomía de Valencia.
La armonía y la paz del matrimonio tienen por condición inexcusable
el que la mujer acepte de buen grado el ideal de la vida perseguido
por el marido. Por consiguiente, malógranse la dicha del hogar y
las más nobles ambiciones cuando la compañera se erige, según vemos
á menudo, en director espiritual de la familia, y organiza por sí
el programa de los trabajos y aspiraciones de su cónyuge. Bajo este
aspecto, debo confesar que jamás tuve motivo de disgusto.
Lejos de lamentar, según les ha ocurrido á muchos aficionados á
la ciencia ó al arte en España[12], esa derivación casi exclusiva
de las rentas hacia las disipaciones y vanidades del vestir, del
teatro ó del lujo doméstico, sólo hallé en mi compañera facilidades
para costear y satisfacer mis aficiones y continuar mi carrera. No
hubo, pues, dinero para perifollos, teatros, coches y veraneos,
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