coordinación».
Pero yo mantuve tercamente mi punto de vista, y asiéndome, algo
deslealmente, al sentido literal de las palabras del maestro, manifesté
«que no se me alcanzaba cómo donde no había vasos ni sangre (el
cartílago y la córnea), podía hablarse de hiperemia». En fin, que dí en
clase un espectáculo deplorable, y causé grave disgusto al buenísimo de
D. Genaro. El cual, al encontrarse con mi padre al siguiente día, le
dijo estas palabras, que recuerdo muy bien: «Tienes un hijo tan díscolo
y obstinado, que como él crea tener razón no callará, aunque de su
silencio dependiera la vida de sus padres».
Lo más grave de aquella impertinencia mía fué que, en el fondo,
D. Genaro tenía razón. Por fortuna, arrepentido después de mi
irreverencia, no volvió a repetirse el espectáculo. Y aquella salida de
chiquillo petulante fué olvidada por el paternal maestro. Y cuando años
después, al transformarse nuestra Facultad de provincial en oficial,
nuestro veterano profesor ganó en honrosa lid su cátedra de -Clínica
médica-, nadie se alegró más sinceramente que yo.
Con algo menos relieve surgen en mi memoria las figuras prestigiosas de
otros maestros. Destaca entre ellas D. Pedro Cerrada, catedrático de
Patología general, concienzudo clínico y reflexivo docente, abierto a
todas las novedades de la ciencia, y de quien recuerdo esta frase tan
modesta como profética: «Siento no saber bastante química; soy viejo
para aprenderla, pero ustedes deben estudiarla, porque ahí está el
secreto de muchos procesos patológicos». Merecen también un recuerdo
afectuoso: el Dr. Comín, profesor de Terapéutica, cabeza sólida y
admirablemente cultivada, orador facilísimo y elegante; D. Manuel
Fornés, ya muy anciano entonces, dotado de criterio clínico admirable y
maestro venerado de Patología médica; D. Jacinto Corralé, catedrático
de Anatomía, algo rudo y candoroso, pero puntual en el cumplimiento de
su deber y bondadoso con sus discípulos; Eduardo Fornés, catedrático
de Medicina legal (hijo de D. Manuel), estudioso, simpático y tan
caballeroso como su padre, de quien heredó el decoro y la gravedad
de dicción y pensamiento; a Ferrer, profesor de Obstetricia, algo
arrebatado y confuso al exponer, pero estimable clínico y excelente
persona; en fin, a Valero, encargado de la cátedra de Fisiología,
dotado de gran vivacidad de palabra y de notables condiciones de
pedagogo. Todos sembraron algo útil en mi espíritu y a todos estoy
cordialmente reconocido. ¡Lástima que la ausencia de Laboratorios y el
insuficiente material clínico esterilizaran, en parte, sus desvelos!
Para completar estos rasgos descriptivos de mis profesores, paso a
referir algunas anécdotas tocantes a las cátedras de Valero y de Ferrer.
Valero, nuestro profesor de Fisiología, poseía el difícil arte de
estimular a sus discípulos. Se empeñó en encasquetarnos a ultranza
el libro de texto y se salió con la suya. A tal propósito nos
preguntaba diariamente a todos, escogiendo de preferencia los
puntos más difíciles. Y cuando la cuestión se le atragantaba a un
alumno, hacíala correr por toda la clase hasta topar con alguien
capaz de declarar la dificultad. Entonces prorrumpía en alabanzas
del afortunado, que se sentía halagado y feliz. En estos escarceos
y honrosas competiciones brillaban Cenarro, Pastor, Senac, Sierra,
Rebullida, y particularmente Pablo Salinas, el más aplicado y brillante
de nuestros condiscípulos[28]. Y es que el pundonor bien administrado
hace milagros. Véase cómo un profesor que no era un águila en su
especialidad (por lo menos, en la fisiología experimental), nos hizo
amar la asignatura. Preocupados con evitar una plancha, aprendíamos
hasta las notas del texto. Y no era flojo volumen éste: nada menos que
la -Fisiología experimental- de Beclard, en 4.º mayor, con más de 800
páginas de letra diminuta. Naturalmente, en aquella clase, como en las
demás, jamás se efectuó un experimento. Y así nuestra aplicación vino a
ser casi infecunda.
[28] D. Pablo Salinas vive aún y es actualmente un jefe
prestigioso del Cuerpo de Sanidad Militar. ¡Lástima que
contrariedades de la suerte le hicieran desistir de la carrera
del profesorado, para la cual poseía vocación y talento
singulares!
De Ferrer, nuestro profesor de Obstetricia, guardo un recuerdo
regocijado. Cierto día reprendíame, con razón, mi escasa asistencia a
clase, rechazando, indignado, la excusa alegada por mí, de que los
trabajos de la sala de disección me privaban del gusto de escucharle
todos los días. «Sin embargo --añadí jactancioso--, estudio diariamente
las lecciones del programa y creo estar regularmente preparado.»
--Eso vamos a verlo ahora mismo --replicó, irritado, el profesor. Y,
creyendo ponerme en grave aprieto, preguntóme acerca de la génesis
de las -membranas del embrión-, tema que él había desarrollado con
amor. Yo entonces, cogiendo la ocasión por los cabellos, me aproximé
solemnemente al encerado y, sin azorarme en lo más mínimo, me pasé
más de media hora dibujando esquemas en color tocantes a las fases
evolutivas del -blastodermo-, -vesícula umbilical-, -alantoides-, etc.,
y explicando, al mismo tiempo, lo que aquellas figuras representaban.
¡Estuve verdaderamente épico!...
El bueno de Ferrer me seguía embobado. Creyó aplastarme, y me
proporcionó triunfo resonante. La clase entera aplaudió al compañero.
Mi seguridad y aplomo al disertar sobre cuestiones embriológicas, que
la mayoría de los alumnos de Obstetricia suelen aprender bastante
mal, dióle tan alta idea de mi aplicación, que, después de aceptar
mis anteriores excusas, declaró que «podía contar para los exámenes
con la nota de -sobresaliente-, aunque no asistiese más a clase». «La
conferencia que acaba usted de darnos vale esta nota y compensa sus
negligencias.» Yo abusé cuanto pude del permiso. Sólo de vez en cuando
me permitía presentarme en clase, como quien concede un favor.
Habrá adivinado el lector que mi ruidoso triunfo fué simple golpe de
fortuna. A causa de mis aficiones a la anatomía había yo estudiado
escrupulosamente el desarrollo de los órganos, y, por tanto, la
formación del embrión. Si mi candoroso profesor me hubiera explorado
en otras lecciones del programa, habría comprobado mi supina ignorancia.
Los compañeros, que me conocían bien, sonreían de la credulidad del
maestro y me hicieron la gracia de guardar el secreto. Por lo demás,
por seguro doy que, a la postre, todos vendríamos a quedar iguales,
porque en aquellos tiempos la Facultad carecía de clínica de partos. Y
estudiar -posiciones- y -presentaciones- sin haber asistido a un parto,
es como aprender el manejo del fusil sin fusil.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXI
Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones. -- Mis manías
literaria, gimnástica y filosófica. -- Proezas musculares. -- La Venus
de Milo. -- Un desafío a trompada limpia. -- Amores quijotescos.
Mis tareas de disector, y la mediana atención consagrada a las últimas
asignaturas de la carrera, dejábanme horas de asueto, que yo empleaba
en satisfacer mis aficiones pictóricas y otros entretenimientos.
Precisamente por aquellos años (1871 a 73) surgieron en mí tres nuevas
manías: la -literaria-, la -gimnástica- y la -filosófica-.
Digamos algo de estas enfermedades de crecimiento.
-Grafomanía.---Fué un ejemplo típico de contagio. Reinaba en España,
durante la época revolucionaria, cierta peste lírica, agravada con
la persistente inoculación del romanticismo francés. Con ocasión de
cualquier acontecimiento político, brotaban en los diarios himnos y
odas a granel. Los prosistas escribían párrafos nobles y entonados,
que parecían poesía (recuérdese al pobre Bécquer, a Donoso Cortés,
Quadrado y Castelar) y los poetas componían estrofas que semejaban
música. En la novela, nuestro ídolo era Víctor Hugo; en el género
lírico, Espronceda y Zorrilla, y en la oratoria, Castelar. Débiles
ante la avasalladora sugestión del medio, muchos jóvenes fuimos
gravemente atacados de la enfermedad a la moda. Según era de temer, los
temperamentos sentimentales como el mío sufrieron mayor estrago que
las cabezas frías y utilitarias. Caí, pues, en la tentación de hacer
versos, componer leyendas y hasta novelas. Transcurridos algunos años,
sobrevino al fin la convalecencia, y con ella el amargo desengaño. Si
no estoy trascordado, de entre mis condiscípulos poetas, sólo Joaquín
Jimeno continuó escribiendo hasta convertirse en director de un diario
político[29]. Pero Jimeno, que llegó a ser después profesor de la
Facultad de Medicina y político hábil y prestigioso (pertenecía al
partido posibilista), disponía de preparación excelente en gramática y
humanidades y de un paladar literario de que yo, por desgracia, carecía.
[29] A decir verdad, hubo otro compañero, Fernández Brizuela, que
siguió cultivando las musas con estimable éxito. Este excelente
amigo, coleccionista infatigable (coleccionaba hasta los dibujos
y ensayos poéticos de sus condiscípulos), murió joven, después de
haber ejercido la Medicina muchos años en Zaragoza.
¿Para qué hablar de mis versos? Eran imitación servil de Lista,
Arriaza, Bécquer, Zorrilla y Espronceda, sobre todo de este último,
cuyos cantos al Pirata, a Teresa, al Cosaco, etc., considerábamos
los jóvenes como el supremo esfuerzo de la lírica. Aparte la música
cautivadora del verso y la pompa y riqueza del lenguaje, lo que más
nos seducía en la poesía del vate extremeño, era su espíritu de audaz
rebeldía, tan semejante al de Lord Byron, conforme hizo notar con
sangrienta ironía el Conde de Toreno. Gracias a los buenos oficios del
amigo Jimeno, ciertos periódicos locales publicaron bondadosamente
algunos de mis versos, plagados, según advertí después, de ripios y
lugares comunes. Recuerdo que de todos mis ensayos, el que más éxito
alcanzó entre mis condiscípulos, fué cierta oda humorística escrita con
ocasión de ruidosa huelga estudiantil[30].
[30] Recientemente, uno de los pocos condiscípulos
supervivientes, el Dr. Irañeta, me ha mostrado la citada oda
humorística, escrita para celebrar la entereza con que los
alumnos de Fisiología del Dr. Valero persistimos en nuestra
huelga hasta recibir plena satisfacción de ciertas frases
molestas proferidas por el profesor en momentos de acaloramiento.
Titulábase -La Commune estudiantil-, y está escrita con tal
inocencia, que no merece los honores de la impresión.
Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos las novelas
científicas de Julio Verne, muy en boga por entonces. Fué tanta, que,
a imitación de las obras -De la tierra a la luna-, -Cinco semanas en
globo-, -La vuelta al mundo en ochenta días-, etc., escribí voluminosa
novela biológica, de carácter didáctico, en que se narraban las
dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe cómo,
al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces
mayores que el hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica.
Con relación a aquellos colosos de la vida, nuestro explorador medía
la talla de un microbio: era, por tanto, invisible. Armado de toda
suerte de aparatos científicos, el intrépido protagonista inauguraba
su exploración colándose por una glándula cutánea; invadía después la
sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las épicas luchas
entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones
visual, acústica, muscular, etc., y, en fin, arribado al cerebro,
sorprendía el secreto de la vibración del pensamiento y del impulso
voluntario. Numerosos dibujos en color, tomados y arreglados --claro
es-- de las obras histológicas de la época (Henle, van Kempen, Kölliker,
Frey, etc.), ilustraban el texto y mostraban al vivo las conmovedoras
peripecias del protagonista, el cual, amenazado más de una vez por
los viscosos tentáculos de un leucocito o de un corpúsculo vibrátil,
librábase del peligro merced a ingeniosos ardides. Siento haber perdido
este librito, porque acaso hubiese podido convertirse, a la luz de las
nuevas revelaciones de la histología y bacteriología, en obra de amena
vulgarización científica[31].
[31] Poco después publicó el brillante escritor D. Amalio Gimeno,
futuro catedrático de San Carlos, cierta novela de asunto
bastante semejante, titulada, si mal no recuerdo, -Aventuras de
un glóbulo rojo-.
-Manía gimnástica.---Criado en los pueblos y endurecido al sol y al
aire libre, era yo a los dieciocho años un muchacho sólido, ágil y
harto más fuerte que los señoritos de ciudad. Ufanábame de ser el más
forzudo de la clase, en lo cual me engañaba completamente. Harto, sin
duda, de mis bravatas, cierto condiscípulo[32] de porte distinguido,
poco hablador, de mediana estatura y rostro enjuto, invitóme a luchar
-al pulso-, ejercicio muy a la moda entre los jóvenes de entonces. Y,
con gran sorpresa, advertí que mi contrincante me dominó fácilmente.
Mi amor propio sufrió profunda humillación. Quise averiguar cómo había
adquirido mi rival aquella fortísima musculatura, y me confesó ser
ferviente cultivador de la gimnasia y de la esgrima. «Si en hacer
gimnasia consiste el tener fuerza --contesté con arrogancia--, continúa
preparándote, porque antes de cuatro meses habrás sido vencido.» Una
sonrisa escéptica acogió mi baladronada. Pero yo poseía un amor propio
exasperado, y el bueno de Moriones no sabía con quién trataba.
[32] Mi contrincante fué José Moriones, sobrino del general de
este nombre, temperamento caballeresco y excelente camarada.
Ingresó, como yo, en Sanidad Militar, donde hizo brillante
carrera.
Al día siguiente, y sin decir nada a mi padre, presentéme en el
gimnasio de Poblador, situado entonces en la Plaza del Pilar. Después
de algunos regateos, convinimos en cambiar lecciones de fisiología
muscular (que él deseaba recibir para dar a su enseñanza cierto tono
científico), por lecciones de desarrollo físico. Gracias a este
concierto, mi padre, que no debía desembolsar un cuarto, ignoró que su
hijo se había agenciado una distracción más.
Comencé la labor con ardor extraordinario, trabajando en el gimnasio
dos horas diarias. Además de los ejercicios oficiales, me impuse
cierto programa progresivo, ora añadiendo cada día peso a las bolas,
ora exagerando el número de las contracciones en la barra o en las
paralelas. Y sostenido por una fuerza de voluntad que nadie hubiera
sospechado en mí, no sólo cumplí mi promesa de triunfar del amigo
Moriones, sino que antes de finar el año vine a ser el joven más
fuerte del gimnasio. Poblador estaba orgulloso de su discípulo, y
yo entusiasmado al reconocer cuán fácilmente habían respondido mis
músculos al estímulo del sobretrabajo.
Mi aspecto físico tenía poco del de Adonis. Ancho de espaldas, con
pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de 112
centímetros. Al andar, mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico
característicos del Hércules de feria. A modo de zarpas, mis manos
estrujaban inconscientemente las de los amigos. El bastón, transformado
en paja a causa de mi sensibilidad embotada, debió ser sustituído por
desaforada barra de hierro (pesaba 16 libras), que pinté al óleo,
imitando un estuche de paraguas. En suma, vivía orgulloso y hasta
insolente con mi ruda arquitectura de faquín, y ardía en deseos de
probar mis puños en cualquiera.
De aquella época de necio y exagerado culto al -biceps- guardo dos
enseñanzas provechosas: Es la primera la persuasión de que el excesivo
desarrollo muscular conduce casi indefectiblemente a la insolencia y
al matonismo. Hace falta ser un ángel para enfrenar de continuo fibras
musculares hipertróficas inactivas, ansiosas, digámoslo así, de empleo
y justificación. Y como no es cosa de servirse de ellas cargando
fardos, se experimenta singular inclinación en utilizarlas sobre las
espaldas del prójimo. Con las energías corporales ocurre lo que con los
ejércitos permanentes: la nación que ha forjado el mejor instrumento
guerrero acaba siempre por ensayarlo sobre las naciones más débiles o
harto descuidadas.
La segunda enseñanza fué averiguar un poco tarde que el ejercicio
físico en los hombres consagrados al estudio debe de ser moderado y
breve, sin traspasar jamás la fase del cansancio. Fenómeno vulgar,
pero algo olvidado por los educadores a la inglesa, es que los
deportes violentos disminuyen rápidamente la aptitud para el trabajo
intelectual. Llegada la noche, el cerebro, fatigado por el exceso
de las descargas motrices --que parecen absorber energías de todo el
encéfalo--, cae sobre los libros con la inercia de un pisapapeles. En
tales condiciones, parece suspenderse o retardarse la diferenciación
estructural del sistema nervioso central; diríase que las regiones
más nobles de la -substancia gris- (las esferas de -asociación-) son
comprimidas y como ahogadas por las regiones motrices (centros de
-proyección-). Tales procesos compensadores explican por qué la mayoría
de los jóvenes sobresalientes en los deportes y demás ejercicios
físicos (hay excepciones) son poco habladores y poseen pobre y rudo
intelecto.
Yo estuve a punto de ser víctima irremediable del embrutecimiento
atlético. Y aun creo que ciertos defectos mentales tardíos, de que
nunca he logrado corregirme, representan el fruto de aquella funesta
manía acrobática. Por fortuna, las enfermedades adquiridas más tarde
en Cuba, debilitando mi sangre y eliminando sobrantes musculares,
trajéronme a una apreciación más noble y cuerda del valor de la vida.
El prurito de lucir el esfuerzo de mi brazo me arrastró más de una vez,
contra mi temperamento nativamente bonachón, a parecer camorrista y
hasta agresivo. Deseo referir una aventura típica, que retrata bien,
aparte los efectos de mi energía física, el estado de espíritu de
aquella generación candorosamente romántica y quijotesca.
Vivía en la calle del Cinco de Marzo cierta bellísima señorita de
rostro primaveral, realzado por grandes ojos azules. A causa del
clasicismo impecable de sus líneas y de la pompa discreta de sus
formas, llamábamosla la -Venus de Milo-. Varios estudiantes rondábamos
su calle y mirábamos su balcón, sin que la candorosa niña se percatara,
al parecer, del culto platónico de que era objeto.
Más que amor verdadero, sentía yo hacia ella admiración y entusiasmo.
Era el arquetipo, la hermosura ideal, el excelso modelo de diosa
que, de ser posible, hubiera trasladado al lienzo, con veneración y
recogimiento casi religiosos. Mis sentimientos fueron tan respetuosos
y platónicos, que jamás osé escribirla. Mi pasión --si tal puede
llamarse aquel singular estado sentimental--, se satisfacía plenamente
mirándola en el balcón o en la calle, o contemplando cierta fotografía
que, mediante soborno, me procuró un aprendiz del establecimiento
fotográfico de Júdez. Sólo una vez la hablé, y no a cara descubierta,
sino disfrazado por Carnaval, y aprovechando cierta fiesta celebrada
en la plaza de toros. Parecióme joven discreta y de bastante
instrucción. Habiéndola oído celebrar las bellezas del Monasterio de
Piedra, le remití por correo un precioso álbum de fotografías de aquel
admirable lugar, álbum que yo guardaba cual tesoro inestimable. Ni
siquiera tuve el valor de dedicarle el obsequio.
Cierta noche paseaba yo, como de costumbre, por la referida calle
del Cinco de Marzo, haciendo sonar aparatosamente en las aceras
mi formidable garrote, cuando vino a mi encuentro un joven de mi
edad, macizo, cuadrado y robusto. Sin andarse con presentaciones ni
andróminas, el tal sujeto prohibióme terminantemente pasear la calle
donde vivía la señora de nuestros coincidentes pensamientos, so pena
de propinarme monumental paliza. Ante tanta audacia, mi dignidad de
perdonavidas quedó asombrada. No conocía a mi rival; pero al notar sus
arrestos, caí en la cuenta de que debía ser un tal M., alumno de la
carrera de Ingenieros, el cual, a fuerza de repartir garrotazos, había
llegado a ser dueño casi exclusivo del cotarro.
Naturalmente, habríame creído deshonrado accediendo a tan descortés
invitación; de ello hubieran protestado, además de la negra honrilla,
los millones de fibras musculares inactivas que deseaban lucirse a poca
costa. Quedó, pues, concertado un lance a estacazo limpio, que se había
de efectuar aquella misma noche en los sotos del Huerva. Por cierto que
las frases altivas cambiadas entre ambos campeones mientras caminaban
río arriba, en dirección del campo del honor, fueron tan fanfarronas
como risibles.
--¿Qué carrera cursa usted? --interrogó mi adversario.
--Estudio la de Medicina y pienso graduarme el próximo año.
--¡Lástima que esté usted tan adelantado!...
--¿Y usted? --pregunté yo a mi vez un tanto escamado.
--Me preparo para la de Ingenieros de caminos, y pienso ingresar este
mismo curso.
--Menos mal --repliqué yo, devolviéndole la zumba.
En estas y otras arrogancias, llegamos al terreno. Nos despojamos de
los abrigos. En vista de la desigualdad de los garrotes (he dicho que
el mío era una barra), convinimos en acometernos a puñetazo limpio,
debiendo considerarse vencido quien primeramente fuera derribado. Era
una especie de lucha greco-romana, según se estila ahora, aunque sin
tantos miramientos. Nos cuadramos, y acordándome yo sin duda de los
ingleses al comenzar la batalla de Fontenoy, exclamé: «Pegad primero,
caballero M.».
Ni corto ni perezoso, mi contrincante me asestó en la cabeza tres o
cuatro puñetazos estupefacientes que levantaron ronchas y me impidieron
después encasquetarme el sombrero. Por dicha, disfrutaba yo entonces
de un cráneo a prueba de bombas y soporté impertérrito la formidable
embestida. Llegado mi turno, tras algún envión de castigo, cerré
sobre mi rival, levantéle en vilo y, rodeándole con mis brazos de oso
iracundo, esperé unos instantes los efectos quirúrgicos del abrazo. No
se hicieron esperar: la faz de mi adversario tornóse lívida, crujieron
sus huesos y, perdido el sentido, cayó al suelo cual masa inerte. Al
contemplar los efectos de mi barbarie, sufrí susto terrible, pues
sospeché que lo había asfixiado o que, por lo menos, le había producido
alguna grave fractura.
No fué así, afortunadísimamente. Movido a compasión y arrepentido de
mi brutalidad, socorríle solícito y tuve la alegría de verle salir de
su aturdimiento y recobrar el resuello. Ayudéle a levantar y vestir;
limpié su ropa, manchada con la arena húmeda del Huerva, y sus labios,
enrojecidos por la sangre; y en vista de que caminaba difícilmente,
ofrecíle mi brazo y le acompañé hasta su casa.
Antes de entrar en ella, mi rival balbuceó con acento de triste
resignación: «Puesto que me ha vencido usted, renuncio a mis
pretensiones y queda usted dueño del campo». «No hay tal», repliqué,
haciendo alarde de generosidad y nobleza. «Disputamos sobre la posesión
de algo que carece de realidad. Ni usted ni yo nos hemos declarado
al objeto de nuestras ansias. Escribámosle sendas cartas. Que ella
decida entre los dos, si desea decidirse.» Al verme tan razonable y
desinteresado, excusó anteriores arrogancias, confesándome que aquella
mujer le tenía sorbido el seso. Estaba decidido a casarse con ella en
cuanto acabara la carrera.
Días después M., repuesto ya del lance, volvió a la calle, saludóme
afectuoso y me dijo con aire de profunda amargura:
--He sabido una cosa tremenda, que me ha contrariado
extraordinariamente: la señorita X, a quien creíamos pobre, posee
una dote de 50.000 duros. Desisto, pues, con hondísima pena, de mis
pretensiones. Si la escribo y acepta mi pretensión, ¿no pensarán todos
que le hago la corte por codicia?
--Tiene usted razón --respondí, consternado--. Abandonemos una empresa
imposible.
Y, en efecto, no volvimos a pensar en la famosa Venus de Milo[33].
[33] A mi vuelta de América, supe con sorpresa que la -Venus de
Milo-, tan admirada y solicitada por su milagrosa hermosura, no
llegó a casarse, aunque tuvo ventajosísimos pretendientes. Una
tisis galopante la arrebató en la flor de la edad. ¡Ella, que era
un modelo de sana belleza y de salud moral!... ¡Convengamos en
que los microbios saben escoger!
¡Así éramos entonces!... Entre los jóvenes de hoy, ¿habrá alguno que
no encuentre ridículo o imbécil nuestro candor?
M. y yo acabamos por ser excelentes camaradas. Gran celebrador de mis
músculos, quiso conocer el secreto de su fuerza. Y cuando le señalé
el gimnasio de Poblador, acudió a él lleno de entusiasmo. Mi rival de
un día transformóse a su vez en formidable atleta. Algo taciturno,
sumamente formal y discreto, ferviente cultivador de las matemáticas,
M. acabó brillantemente su carrera de ingeniero[34].
[34] Mi amigo M. vive todavía, y figura hoy entre los jefes más
prestigiosos del Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Si lee estas
líneas, ¡cuánto se reirá de aquellas chiquilladas!
A riesgo de incurrir en pesadez, paso a referir brevemente otros dos
pequeños éxitos de vanidad muscular. Sírvame de disculpa la devoción,
hoy muy a la moda, hacia la llamada -cultura física-.
Ocurrió el primer lance en el pueblo de Valpalmas, que visité a
los veinte años, encargado por mi padre de cobrar algunos créditos
atrasados. Alojéme en casa de antiguo amigo de mi familia, el Sr.
Choliz, comerciante rumboso que me colmó de atenciones y agasajos.
Cumplida en parte la comisión, fuí invitado a presenciar las fiestas,
que se inauguraban dos días después. Conforme a usanza general en
Aragón, los festejos proyectados consistían en carreras a pie y en
sacos, cucañas, funciones de -piculines- (saltimbanquis), juegos de la
barra y de pelota, etc.
Mi afición a los deportes me llevó cierta mañana a presenciar el airoso
y viril juego de la barra, celebrado al socaire del alto muro de la
iglesia; y cuando más embebido estaba en el espectáculo, uno de mis
acompañantes me dijo con sorna:
--Éstos no son juegos -pa- señoritos... -Pa- ustedes el dominó, el
billar, ¡y gracias!...
--Está usted equivocado --le respondí--. Hay señoritos aficionados a
los ejercicios de fuerza, y que podrían, con algo de práctica, luchar
dignamente con ustedes.
--¡Bah! --continuó el socarrón--. -Pa- manejar la barra son menester
manos menos finas que las de su -mercé-. La -juerza- se tiene manejando
la azada y dándole a la dalla.
Y cogiendo el pesado trozo de hierro, me lo puso en las manos,
diciendo: ¡-Amos- a ver qué tal se porta el -pijaito-!...
Picado en lo más vivo del amor propio, empuñé enérgicamente la poderosa
barra, me puse en postura, y haciendo formidable esfuerzo, lancé el
proyectil al espacio. ¡Sorpresa general de los matracos!: contra lo que
se esperaba, mi tiro sobrepujó a los más largos.
--¡Caray con el señorito y qué nervios tiene!... --exclamó un mirón.
Pero mi guasón, mozo fornido y cuadrado, no dió su brazo a torcer;
antes bien, haciendo una mueca desdeñosa, añadió:
--¡Bah!... Esto es -custión d’habilidá-... Probemos algo que se pegue
al riñón. ¿A que no se carga usted -tan siquiera- una talega de trigo?
(cuatro fanegas).
Al llegar a este punto, mi orgullo de atleta, contenido hasta entonces
por consideración al huésped y a los acompañantes, se sublevó del todo.
Y a mi vez osé interrogarle:
--Y usted que presume de bríos, ¿cuánto peso carga usted?
---Pus- estando -descansao- no me afligen siete fanegas. Pero los más
forzudos del pueblo -pueden- con el cahiz (ocho fanegas).
--Venga, pues, ese cahiz de trigo y veamos quién de los dos -puede- con
él.
Formóse corro, acudió el alcalde, y de común acuerdo, nos trasladamos
a casa de cierto tratante, en cuyo -patio- (portal) yacían muchos
sacos de trigo. Buscóse una saca de grandes dimensiones; se midieron a
conciencia las ocho fanegas, aferré con ambos brazos la imponente mole,
y merced a poderoso impulso, el señorito de cara pálida y huesosa cargó
con el cahiz. ¡Me porté, pues, como un hombre!... En cambio, mi zumbón
no pasó de las siete consabidas fanegas.
El asombro de los matracos llegó al colmo. A los ojos de aquellos
labriegos, adoradores de la fuerza bruta, adquirí de repente enorme
prestigio. Y el triunfo sobre mi contrincante se celebró alegremente
con baile y -lifara- (alifara) al aire libre. Por cierto que en la
clásica jota tomaron parte mozas arrogantes con quienes de niño había
yo correteado y jugado a los pitos. Algunas de ellas me dirigían
miradas que parecían caricias.
La otra hazaña gimnástica tuvo carácter acrobático. Cierta noche en que
toda mi familia regresaba tarde del teatro, se encontró con que, por
extravío de la llave del portal, no podía entrar en casa. Era domingo,
la una de la madrugada y desesperábamos de encontrar cerrajero. En
un santiamén trepé a los balcones del primer piso, afianzándome en
las rejas del entresuelo; me deslicé temerario por las cornisas de la
fachada; abrí después un balcón; penetré en la habitación, y en fin,
abrí la puerta por dentro. Mi arrojo y serenidad hallaron aquella noche
gracia a los ojos de mis padres, que veían recelosamente mi creciente
ardor por la gimnasia.
-Manía filosófica.---Después de la chifladura gimnástica caí, por
reacción compensadora, en la locura filosófica. Diríase que las pobres
células cerebrales de -asociación-, postergadas por el cultivo excesivo
de las motrices, invocaban a gritos su derecho a la vida. Amainé,
pues, poco a poco en mi necia vanidad atlética, echando de ver, al fin,
que había cosas harto más respetables y apetecibles que el alarde de
la fuerza bruta. Aun en el terreno de la competición personal, acabé
por encontrar más meritorio reducir a un adversario con razones que con
trompadas. Volví, pues, a mis abandonados libros de filosofía. A los
volteos acrobáticos sucedieron las piruetas dialécticas. En mi afán de
saber cuanto acerca de Dios, el alma, la substancia, el conocimiento,
el mundo y la vida habían averiguado los pensadores más preclaros,
leí casi todas las obras metafísicas existentes en la biblioteca de
la Universidad y algunas más proporcionadas por los amigos. A decir
verdad, esta -manía razonadora- no era nueva en mí, según consta en
capítulos anteriores: asomó ya durante mis estudios del Instituto;
pero después de la Revolución (años de 1871 a 75) tuvo peligroso
recrudecimiento.
Paréceme que por aquel tiempo esta afición no era del todo sincera;
lo fué, sin duda, más adelante. Pero entonces, antes que meditar
honradamente sobre tan altos asuntos, deseaba apropiarme los ardides
de la sofística para asombrar a los amigos. Con este espíritu de
frívola curiosidad fueron leídas, y no siempre entendidas, las obras de
Berkeley, Hume, Fichte, Kant y Balmes. Por fortuna, las obras de Hegel,
Krause y Sanz del Río no figuraban en la biblioteca universitaria.
Yo me perecía por las tesis radicales y categóricas. Adopté, por
consiguiente, el -idealismo absoluto-. A la verdad, el gallardo
idealismo de Berkeley y Fichte teníanme cautivado. Ni se ha de olvidar
que, por aquella época, era yo ferviente y exagerado espiritualista.
Con un ardor, digno de mejor causa, pretendía refutar, ante mis
camaradas un poco desconcertados, la existencia del mundo exterior, el
-noumenon- misterioso de Kant, afirmando resueltamente que el -yo-,
o por mejor decir, mi -propio yo-, era la única realidad absoluta y
positiva. Como es natural, los amigos Cenarro, Pastor, Senac, Sierra y
otros, a quienes mortificaba a diario con mis -latas-, se resistían a
ser considerados como meros -fenómenos- o creaciones de mi autocrático
-yo-, y protestaban enérgicamente contra mis sofismas de guardarropía.
En el fondo, estaba tan seguro como ellos de la objetividad del mundo;
pero me seducían las paradojas y los malabarismos dialécticos.
Excusado será advertir que tan pueril juglarismo de leguleyo contribuyó
muy poco a mi formación espiritual, a menos que se consideren
como ganancias positivas cierta agilidad de pensamiento y algo de
sano escepticismo. Sin embargo, la citada afición a los estudios
filosóficos, que adquirió años después caracteres de mayor seriedad,
sin transformarme precisamente en pensador, contribuyó a producir en
mí cierto estado de espíritu bastante propicio a la investigación
científica. De ello trataremos oportunamente.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXII
Recién Licenciado en Medicina, ingreso en el Cuerpo de Sanidad Militar.
-- Mi incorporación al ejército de operaciones contra los carlistas.
-- El españolismo de los catalanes. -- Mi traslación al ejército
expedicionario de Cuba. -- Coloquio entre dos camaradas ávidos de
aventuras exóticas. -- Mi embarque en Cádiz con rumbo a la Habana.
En Junio de 1873, y a la edad de veintiún años, obtuve el título de
Licenciado en Medicina. Creía mi padre conservarme algún tiempo a su
lado, estudiando a conciencia la -Anatomía descriptiva y general-, con
el objeto de tomar parte en las primeras oposiciones a cátedras de esta
asignatura; pero la llamada -quinta de Castelar-, es decir, el servicio
militar obligatorio ordenado por el célebre tribuno para hacer frente
a la gravedad de las circunstancias políticas, malogró el programa
paterno. Como todos los mozos útiles de aquel reemplazo fuí, pues,
declarado soldado. Víme obligado a dormir en el cuartel, a comer rancho
y hacer el ejercicio.
No duró mucho mi vida de recluta. Anunciáronse por entonces oposiciones
a médicos segundos de Sanidad Militar, y decidí acudir a ellas. Si
tenía la suerte de conseguir plaza, en vez de servir a la República de
soldado raso, la serviría de oficial, con graduación de teniente.
Con estas esperanzas solicité, y obtuve de mis jefes, permiso para
trasladarme a Madrid y tomar parte en el certamen. Estudié de firme
un par de meses, y tuve la satisfacción de ganar plaza, dando con
ello grata sorpresa a la familia. En los ejercicios de oposición, sin
rayar a gran altura, no debí portarme del todo mal, ya que entre 100
candidatos (para 32 plazas) se me adjudicó el núm. 6. A decir verdad,
lo que me prestó cierto lucimiento fué el acto de la operación, con
ocasión de la cual describí minuciosa y metódicamente la anatomía
de la pierna (tratábase de una amputación). En cambio, en los demás
ejercicios estuve perfectamente vulgar.
Por cierto que mi falta de método en la preparación del ejercicio
escrito estuvo a punto de costarme la eliminación. A causa del exceso
de lectura, se me pegaron las sábanas el día de actuar, y llegué al
Hospital Militar (situado entonces en la calle de la Princesa) a
las ocho de la mañana, es decir, una hora después de comenzado el
acto. Entretanto, el tribunal me había excluído. Gran triunfo fué
conseguir la entrada en el local. A fuerza de ruegos logré al fin
enternecer al bondadoso Dr. Losada, jurado del tribunal. Ya en él
salón, transcurrieron más de quince minutos sin que nadie me atendiese,
ni lograra que los opositores, absortos en su trabajo, me hicieran
lugar para escribir. Lleno de impaciencia, y resuelto a todo, gané un
trozo de mesa a fuerza de apretujones, arrebaté al más próximo unas
cuartillas, y comencé a disertar sobre la -Etiología del cólera morbo-,
tema que nos había tocado.
Llevaba apenas escrita una plana cuando, agotado el tiempo, dióse
por concluso el ejercicio. Naturalmente, mi pobre disertación debió
alcanzar pocos, o acaso ningún punto.
[Ilustración: Lám. XIV, Fig. 22.--Esta fotografía, efectuada por mí
por el proceder del colodión (1873), poco antes de ingresar en el
ejército, presenta algunos de mis condiscípulos y amigos, casi todos
fallecidos ya.--1, C. Senac; 2, Simeón Pastor (que fué catedrático de
Terapéutica); 3, Visié (que fué médico militar); 4, H. Gimeno Vizarra;
5, Félix Cerrada (actualmente catedrático de Patología general); 6,
Hilarión Villuendas (ayudante del Museo); 7, Joaquín Benedicto (profesor
que fué de la Escuela de Comercio); 8, Joaquín Vela (después médico
militar y compañero en Cuba).]
Incidentes de este género me han ocurrido más de una vez en
oposiciones, porque entre mis defectos, acaso el más grave, fué siempre
la falta absoluta de método y de mesura en el trabajo.
Después de pavonearme en Zaragoza con mi nombramiento de -médico
segundo- de Sanidad Militar, y de lucir ante los camaradas envidiosos
el flamante uniforme, recibí orden de incorporarme al regimiento de
Burgos, de operaciones en la provincia de Lérida[35]. Esta fuerza, en
unión de un batallón de cazadores, un escuadrón de coraceros y algunas
baterías de artillería de campaña, componían 1.400 o 1.600 hombres, a
las órdenes del simpático y caballeroso coronel Tomasetti.
[35] Mi pasaporte para incorporarme al ejército de Cataluña, data
del 3 de Septiembre de 1873.
Los lectores contemporáneos de aquellos amenos tiempos de la
Revolución, donde la historia se fabricaba al minuto, recordarán
que, tras la abdicación de D. Amadeo de Saboya y del desenfreno y
anarquía de la República radical, subió Castelar al Poder. Con un
sentido gubernamental de que carecieron sus predecesores, restableció
severamente la disciplina militar, nutrió las filas del desorganizado
ejército con su célebre leva, y restauró, en fin, el extinguido Cuerpo
de Artillería.
Todo auguraba el comienzo de una nueva era de orden y de relativa
tranquilidad, precursora de paz duradera. Pero antes había que vencer
la insurrección cubana y reducir al carlismo, cada día más pujante y
amenazador en las provincias del Norte.
A decir verdad, a mi llegada a Cataluña algo habían mejorado las
cosas. Ya no se oía el vergonzoso «que baile» con que los soldados
indisciplinados insultaban al oficial; ahora los jefes eran obedecidos,
y reinaba en las tropas el mejor espíritu. Las partidas de Savalls, de
Tristany y de otros cabecillas, meses atrás entregadas a toda suerte de
desafueros, batíanse en retirada o evitaban cuidadosamente el contacto
con nuestras columnas.
Muchas poblaciones liberales secundaban la acción de las tropas,
organizando milicias locales y escarmentando más de una vez, como
ocurrió en Vimbodí, a las huestes carlistas. Precisamente nuestra
brigada tenía por principal misión evitar el saqueo de las ricas villas
del llano de Urgel y regiones fronterizas de la provincia de Tarragona.
Por donde se justificaban las continuas marchas y contramarchas desde
Lérida, nuestro cuartel general, a Balaguer y Tremp; de Lérida a
Tárrega; de Tárrega a Cervera; de Cervera a Verdú o a Igualada; de
Tárrega a Borjas y Vimbodí, etc.
En estas idas y venidas nos pasamos cerca de ocho meses sin sorprender
una sola vez al enemigo, no obstante perseguirle incesantemente.
Extrañábame la exactitud cronométrica con que nuestra vanguardia
llegaba a las aldeas ocupadas por los facciosos doce horas justas
después de haberse éstos retirado. Parecía aquello el juego de la
gallina ciega. Claro que, como médico y soldado, no podía quejarme.
En siete meses de guerra --vamos al decir-- no tuve ocasión de oir el
silbido de las balas ni de curar un herido. Los efectos de alguna caída
de caballo, tal cual indigestión y algún regalo de la Venus atropellada
y barata... y pare usted de contar[36].
[36] Y a propósito de Venus, vaya un caso clínico que pudo
costarme un disgusto:
Cierto capitán, casado y con familia en Lérida, presentóseme un
día al reconocimiento con síntomas inequívocos de enfermedad
venérea recientemente adquirida. Como el hecho era bastante
corriente en aquella azarosa vida de campaña, no me pareció
indiscreto designar las cosas por sus nombres.
Pero, con asombro mío, el oficial inmutóse súbitamente y rojo de
cólera exclamó: ¡Cuidado, doctor!... Vengo de Lérida, y ni ahora
ni desde hace muchos años he faltado a la lealtad conyugal... ¡Si
fuera verdad!... ¡La infame!...
Comprendí al momento lo sucedido. Y buscando la manera de reparar
o de atenuar la -plancha-, contesté: «Entonces debe ser otra
cosa». Veamos; ¿abusa usted de la cerveza?
--Muchísimo; es mi bebida favorita.
--Entonces el diagnóstico está claro. Trátase de simple -catarro
uretral- provocado por la eliminación del lúpulo, en combinación
por la acción del frío. La cosa carece de importancia...
Y cuando le dejé tranquilo y dispuesto a seguir un tratamiento
enérgico, respiré a pleno pulmón. Con mi estratagema (entonces
corría como válido el efecto irritante de la cerveza) había
evitado quizás drama sangriento; porque el tal capitán poseía
carácter violentísimo y estaba celoso de su mujer, que, dicho sea
de pasada, tenía equívoca reputación.
[Ilustración: Lám. XV, Figs. 23 y 24.--Dos retratos del autor. El
primero cuando contaba veinte años y estaba a punto de terminar la
carrera; el segundo cuando, sorteado para Ultramar, se disponía a
trasladarse a Cuba con el empleo de médico primero.]
Dejo a los técnicos el juicio de aquella campaña. Tengo por indudable
que, evitando las depredaciones carlistas en las prósperas ciudades
catalanas, satisfacíamos primordial necesidad. Pero mi espíritu, ávido
de emociones fuertes y de peripecias bélicas, deploraba la placidez
parsimoniosa de la campaña.
Hoy esta parsimonia, mil veces reproducida en nuestras guerras
civiles, cáusame menos sorpresa. Constituye síntoma de una enfermedad
constitucional irremediable y característica de la raza hispana. Por
algo la reconquista se prolongó siete siglos, y nuestras guerras
civiles duraron siempre seis o siete años. ¡Felices los países en que
la diligencia es una de las formas de la honradez patriótica! Para cada
general -dinámico-, a lo Espartero, Córdova o Martínez Campos, hemos
contado por docenas los tardígrados con fajín. ¡Oh santa pereza, musa
de nuestros políticos y soldados!... ¡Si al menos hubiéramos logrado
propagar nuestra -enfermedad del sueño- a los extranjeros!... Pero
volvamos al asunto.
Nada interesante puedo referir de lo ocurrido durante mi estancia en
Cataluña. Aquellos paseos militares completaron admirablemente mi
educación física, y me permitieron estudiar a fondo el alma del honrado
payés catalán.
Aunque el médico militar era entonces -plaza montada-, con derecho, por
tanto, a bagaje --de no poseer caballo propio--, yo prefería hacer las
etapas a pie, conversando con los oficiales. En los grandes trayectos,
aprovechábamos la acémila para conducir el equipaje y las provisiones
de boca del asistente y practicante; los cuales, dicho sea de pasada,
ejercían sobre mí irresistible tiranía: me administraban la paga y me
guiaban paternalmente en los mil incidentes y tropiezos de la vida
militar. El asistente, simpático muchacho alicantino, era un zahorí
para husmear provisiones. Hasta en aldeas recién saqueadas por los
facciosos, sabía -afanar- un pollo oculto o sonsacar algún trozo de
butifarra. Y como en casi todos los pueblos tenían novia, participaba
a menudo de los finos agasajos (tortas, dulces, pañuelos, calcetines,
etc.) con que las pobres muchachas creían asegurarse la volandera
afición de mis acólitos. ¡Oh juventud, y cómo hermoseas a los ojos del
viejo hasta el recuerdo de los más triviales sucesos!...
En cierta ocasión, creí firmemente satisfacer mis ansias dramáticas,
presenciando, al fin, un hecho de guerra formal. Pero se malogró al
cabo, aunque la operación emprendida resultó singularmente penosa aun
para mis excepcionales facultades de peatón.
Pernoctábamos plácidamente en Tárrega, deleitosa Capua del regimiento
de Burgos, cuando cierto día, antes del alba, sonó la diana. Pusímonos
en pie, creyendo que, según costumbre, tomaríamos la vuelta de Agramunt
o de Verdú; pero la jornada fué de prueba, como que se prolongó más
de 14 leguas. Parece que nuestro coronel había recibido, durante la
noche, un parte del capitán general de Cataluña, ordenándole que, lo
más diligentemente posible, se pusiese en marcha para el Bruch, donde
debía escoltar cierto convoy salido de Barcelona con dirección a Berga,
a la sazón asediada por los carlistas. Caminamos, pues, de Tárrega
a Cervera, de Cervera a Calaf, de Calaf a Igualada, y de Igualada
al Bruch. Tras breves horas de descanso en esta última población, y
reunidos al convoy, pernoctamos, llegada la media noche, en Manresa.
Los soldados hallábanse atrozmente fatigados; nuestra impedimenta de
enfermos y rezagados era imponente.
En cuanto a mí, no obstante la fatiga y los efectos de unas malditas
botas recién estrenadas, tuve aún humor para admirar desde el Bruch
las ingentes y rojizas moles del Montserrat, y de fantasear con los
oficiales acerca de la famosa derrota de los franceses en la heroica
villa. En fin, al siguiente día juntáronsenos nuevas fuerzas, y
continuamos la marcha por Sallent, donde pernoctamos, hasta las
inmediaciones de Berga, donde plantamos nuestras tiendas. En cada
etapa tomáronse muchas precauciones, pues temíamos que los carlistas
prepararan una emboscada o nos acometieran en las gargantas del
Llobregat. Pero defraudando mis esperanzas, los facciosos, sabedores
quizás de las respetables fuerzas que escoltaban el convoy, levantaron
el sitio de la plaza. No experimenté, pues, más sensación guerrera que
la impresión agridulce de una noche de campamento en las montañas que
rodean Berga, sin contar un fuerte catarro producido por el relente.
De los catalanes de entonces conservo grato e imborrable recuerdo. En
Tárrega, en Cervera, en Balaguer, etc., se nos recibía con agrado; más
aún, con muestras de cordial simpatía.
Innecesario resultaba a nuestra llegada el reparto de boletas de
alojamiento: cada cual entraba en la casa donde le habían albergado
otras veces, porque sabía que el huésped le acogería cordialmente. Aún
tengo presente a mi buenísimo patrón de Tárrega, honrado comerciante de
paños, padre de varios excelentes y laboriosos hijos, el cual me cobró
tal afición, que me convidaba a su mesa, me regalaba caza y golosinas
y me adelantaba dinero cuando las pagas se retrasaban. Caído una vez
enfermo y no pudiendo seguir a la columna, cuidóme solícitamente, y
llegada la convalecencia, tuvo conmigo la complacencia de facilitarme
numerario y un traje de paisano para hacer rápida jira a Zaragoza[37] y
visitar la familia, en tanto regresaba mi regimiento.
[37] El disfraz de paisano era necesario, porque los carlistas
registraban a menudo el tren que hacía el recorrido de Barcelona
a Zaragoza.
En las casas donde se celebraban reuniones, y hasta en las familias
más modestas, las señoritas tenían a gala hablar castellano, y se
desvivían por hacer agradable nuestra estancia. Consideraban el catalán
cual dialecto casero, adecuado no más a la expresión de los afectos y
emociones del hogar. Y este sentimiento de adhesión al ejército y a
España no latía solamente en las modestas villas del llano de Urgel y
del Priorato, agradecidas a nuestra protección; alentaba en todas las
provincias catalanas.
Siempre recuerdo con gratitud la acogida generosa de mi patrón de
Sallent, cierto médico veterano, padre de numerosa prole. Al verme
calado por la lluvia, fatigado por varias horas de marcha y aterido
de frío, la familia del huésped me recibió afablemente, colmándome de
delicadas atenciones. Encendieron lumbre, no obstante lo avanzado de la
noche; prepararon suculenta cena y abrigáronme con ropa enjuta mientras
se secaba a la llama el uniforme. Por cierto, que una de las hijas del
médico, esbelta y rubia como una -Gretchen-, causóme viva impresión.
En suma, la amable señora e hijas de mi patrón diéronme, con sus
cariñosas solicitudes, la impresión que debe sentir el hijo aventurero
reintegrado al hogar y acogido en el cálido regazo maternal.
¡Entonces los laboriosos catalanes amaban a España y a sus soldados!...
Después... no quiero saber por culpa de quiénes, las cosas parecen
haber variado.
En Abril del año 1874 recibí la orden de trasladarme al ejército
expedicionario de Cuba. Por aquel tiempo recrudecióse la guerra
separatista en la Gran Antilla, motivando en la Sanidad Militar de la
Península nuevos sorteos de personal para cubrir las bajas de Ultramar.
Yo fuí uno de los designados por la suerte. El paso a Cuba implicaba
el ascenso al empleo inmediato, es decir, la graduación de capitán
(-primer ayudante médico-).
Me despedí, pues, con pena de mis paternales patrones de Tárrega y
Cervera, a quienes ya no debía volver a ver, así como del regimiento
de Burgos, en que dejaba inolvidables amigos, entre los cuales
incluyo a mis practicante y asistente. Después, satisfaciendo deseos
largamente incubados, hice una escapada de turista a Barcelona para
admirar el mar, que no conocía (y en el cual iba a navegar dieciocho
días seguidos), curiosear los barcos del puerto y subir al Castillo
de Monjuich. Desde allí contemplé embelesado el soberbio panorama de
la ciudad; la llanura salpicada de fábricas y casas de campo, y el
famoso -Tibidabo-, coronado de pinos. En fin, satisfecha mi curiosidad,
regresé a Zaragoza.
Mi afán de ver tierras y abandonar la Península contrarió mucho a
mi padre. Trató, pues, de disuadirme del viaje, aconsejándome la
petición de la licencia absoluta. Pintóme con los más negros colores
la insalubridad de la isla y el peligro de una campaña en la cual me
exponía a perecer obscuramente; me recordó que mi porvenir se cifraba
en el profesorado y no en la milicia; apuntó, en fin, el temor de que,
a mi regreso de Cuba, naufragaran mis conocimientos anatómicos, tan
laboriosamente adquiridos, dando además al olvido ambiciones generosas.
Mas yo, tenaz siempre en mis propósitos, atajé sus razones, diciendo
que consideraba vergonzoso desertar de mi deber, solicitando la
licencia. «Cuando termine la campaña será ocasión de seguir sus
consejos; por ahora, mi dignidad me ordena compartir la suerte de mis
compañeros de carrera y satisfacer mi deuda de sangre con la patria.»
A fuer de sincero declaro hoy que, además del austero sentimiento del
deber, arrastráronme a Ultramar las visiones luminosas de las novelas
leídas, el morboso prurito de aventuras peregrinas, el ansia de
contemplar, en fin, costumbres y tipos exóticos...
En este afán novelesco --muy viejo en mí como sabe el
lector-- acompañábanme también algunos condiscípulos y, por de contado,
mi hermano Pedro, dos años más joven que yo; el cual, dicho sea
entre paréntesis, cometió calaverada verdaderamente épica. Mostrando
resolución increíble en un muchacho de trece a catorce años, ahorcó
sus hábitos de estudiante, fugándose de casa en compañía de cierto
aventurero seductor. Después de embarcarse en Burdeos, dió con sus
huesos en el Uruguay, donde le ocurrieron las más sorprendentes
peripecias[38]. ¡Contra todas las previsiones de mi padre, el hijo
-formal-, el impecablemente sumiso y obediente, superó de una vez todas
las decantadas audacias del primogénito!... Yo quedé como humillado de
no haber sabido hacer otro tanto.
[38] Allí desempeñó los más variados oficios: fué soldado; héroe
de la pampa; le hirieron en diversas escaramuzas, y llegó a
secretario particular de cierto cabecilla indio que no sabía
escribir, pero que acometía bravamente en las batallas lanza
en ristre. El hijo pródigo regresó ocho o diez años después al
hogar, y, arrepentido de su conducta, se formalizó en el trabajo
y acabó honrosamente los estudios médicos. Convertido hoy en
clínico reputado, figura entre los profesores de la Facultad
de Medicina de Zaragoza. A su tiempo haremos mención de sus
interesantes y fecundas investigaciones sobre la Histología
comparada del sistema nervioso.
Entre mis condiscípulos y amigos, el que con más entusiasmo compartía
mis ensueños románticos, era Cenarro. Recuerdo que, recién acabada la
carrera, discurríamos ambos cierto día por el Paseo de los Ruiseñores;
hablábamos del porvenir, y, en vena de confidencias, nos comunicamos
nuestros más íntimos anhelos. He aquí la esencia, si no la forma de
nuestros coloquios:
--A mí me entusiasma extraordinariamente --decíame Cenarro-- el
-Ejército-, y sobre todo la -Sanidad Militar-. Sólo esta carrera es
capaz de satisfacer el ansia más viva de mi alma, que consiste en
cambiar diariamente de escenario y presenciar espectáculos emocionantes
y pintorescos. Un destino en Puerto Rico, Cuba, África o Filipinas, me
haría el más dichoso de los hombres...
--Coincido --contesté-- en absoluto con tus opiniones. También yo estoy
asqueado de la monotonía y acompasamiento de la vida vulgar. Siento sed
insaciable de libertad y de emociones novísimas. Mi ideal es América,
y singularmente la -América tropical-, ¡esa tierra de maravillas, tan
celebrada por novelistas y poetas!... Sólo allí alcanza la vida su
plena e ideal expansión. En nuestros climas hasta las plantas parecen
raquíticas y como temerosas del inevitable letargo invernal. Orgía loca
de formas y colores, la fauna de los trópicos parece como imaginada por
artista genial, preocupado en superarse a sí mismo. ¡Cuánto daría yo
por salir de este desierto y sumergirme en la manigua inextricable!...
Los dos amigos satisficimos al fin nuestra ardiente curiosidad. Pocos
años después del precedente diálogo, Cenarro, convertido en médico
militar, vivía en Tánger, agregado a la Embajada española. Allí pudo
estudiar a su sabor costumbres exóticas y razas diversas. En cuanto a
mí, transcurridos menos de dos años, encontrábame sumergido en aquella
tan admirada manigua antillana; en aquellas selvas sombrías, tan
tristes y dolorosas en la realidad como seductoras e idílicas en las
teatrales y afectadas descripciones de Bernardino de Saint Pierre. Los
encomiadores de la naturaleza tropical sólo habían olvidado un pequeño
detalle: que aquel paraíso del reino de las plantas es sencillamente
inhabitable para el hombre...
Pero volvamos al asunto. Persuadido mi padre de que la resolución de
su primogénito era inquebrantable, trató de dulcificar en lo posible
mi futura suerte en las Antillas. Al efecto, procuróme cartas de
recomendación para el Capitán general y otros personajes de la isla
de Cuba. Confiaba en que, merced a ellas, se me destinaría a un
puesto relativamente salubre, por ejemplo, a una guarnición en Puerto
Príncipe, Santiago o la Habana.
Provisto, pues, de mis cartas y recibida la paga de embarque, me
trasladé a Cádiz, donde debía zarpar el vapor -España- con rumbo a
Puerto Rico y Cuba. Allí nos juntamos varios compañeros, entre ellos
A. Sánchez Herrero[39], a quien acompañaba su señora, y Joaquín Vela,
simpático paisano y casi condiscípulo mío, pues había terminado la
carrera un año antes que yo.
[39] D. Abdón Sánchez Herrero abandonó en Cuba la carrera militar
y llegó, por su aplicación y talento, a catedrático de Patología
médica en la Universidad de Valladolid. Después regentó esta
misma cátedra en Madrid, donde murió prematuramente.
La impresión que me produjo la -tacita de plata-, con sus casas
blancas, sus calles aseadas, rectas, cruzadas en ángulo recto y oreadas
por la brisa del mar, fué excelente. No fué tan grata la causada
por los gaditanos. Acaso por mi aire de doctrino, que invitaba a la
burla, o por el hábito consuetudinario de explotar sin conciencia al
forastero, ello es que, en los dos o tres días pasados en la ciudad
andaluza, sólo tuve reyertas y desazones.
Ya, al salir de la estación, topé con una caterva de faquines
y granujas que, sin hacer caso de mis protestas, repartióse
instantáneamente mis efectos; y al llegar al hotel (recuerdo que era
el -Hotel del Telégrafo-), se armó formidable trapatiesta sobre si
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