--¡Otra que diez!... Pues, ¿quiénes han de ser sino... los -rurales-?
[20] Muchos de estos datos los debo a la amabilidad de mi
estimado amigo y condiscípulo Dr. Ricardo Monreal, ilustrado
médico de Ayerbe, que ha querido reforzar mis borrosas
reminiscencias con el rico caudal de sus recuerdos.
¿Por qué esta aversión de los campesinos a los custodios de la
propiedad? Fácil es presumirlo. Se aborrecía a la Guardia rural por
el exagerado celo con que amparaba los intereses de la burguesía
territorial. Por la cosa más insignificante los citados guardias
molestaban y vejaban a los pobres aldeanos, a quienes metían en la
cárcel o castigaban con fuertes multas, sin pararse a distinguir el
ladrón formal del infeliz, que, aguijado por la miseria, cogía en el
monte esparto para hacer un -vencejo-, o arrancaba menguada carga de
aliagas y romeros, o apacentaba una vaca en las dudosas lindes de una
propiedad: pequeños abusos consuetudinarios tolerados recíprocamente
por todos, como venerable resto de comunismo patriarcal. Hasta los
chicos sentíamos esta inquina hacia los pardos uniformes. En cuanto
nos sorprendían haciendo ademán de escalar una tapia o de trepar a un
árbol, aunque fuera en invierno, los rurales nos propinaban monumental
paliza o formulaban una denuncia en regla, seguida de la multa
correspondiente.
Pese a los entusiastas de las llamadas libertades modernas y a los
empigorotados y orondos paladines del individualismo, empeñados en
no ver el abismo psicológico que separa las clases intelectuales de
los infelices esclavos del trabajo manual, éstos creerán siempre que
libertad es sinónima de bienestar. En vano se le dirá al jornalero
que estas dos palabras significan cosas distintas; que la libertad
sólo es un medio para la conquista de la dicha material, la cual no
es patrimonio exclusivo de los poderosos; que si, a pesar del libre
ejercicio de sus facultades, vienen el -paro- forzoso y la miseria,
debe resignarse a su suerte, fiándolo todo a la Providencia y a la
esperanza en una vida mejor. Todas estas razones son para el pobre
puros -tiquis miquis-, cuando no burlas sangrientas.
Del desdén del proletariado por las conquistas democráticas y el
ejercicio de los deberes políticos no debemos extrañarnos. La libertad
de conciencia, la de la Prensa, el sufragio universal, etc., sólo
interesan a los que tienen la cotidiana digestión asegurada y gozan
del ocio indispensable para leer y pensar. Primero es vivir, después
vivir bien y luego cooperar moral y materialmente a la seguridad y
engrandecimiento de la patria. El -primum vivere deinde philosophare-
se aplica mejor al pobre que al sabio. ¿Qué le importa la vida de
la colonia a quien no tiene garantizada la propia? Medicinas, no
libertades, pide el doliente.
Seamos sinceros y no nos duela consignar, pese a nuestro egoísmo,
que el individualismo, principio cardinal de la democracia, es
esencialmente anticristiano y representa en la lucha social la tiranía
de los fuertes. En la fiera batalla económica librada en el campo de
la libre concurrencia, el pobre, el débil y el ineducado serán siempre
las víctimas. El liberalismo puro, no mitigado en sus crudezas por
instituciones de tendencia socialista, se traducirá indefectiblemente
para el obrero en la menguada libertad de escoger el amo y la clase de
fatiga que le resulten más llevaderas y menos dolorosas.
Tendiendo la mirada por los extensos dominios de la zoología y
antropología primitiva, se buscará en vano un solo ejemplo de libertad
completa que no esté indisolublemente asociada a una existencia
rudimentaria, difícil y azarosa. El ocioso sin riesgo, rodeado de
respetos y amparado y mimado de la comunidad, es creación exclusiva de
la civilización humana. Baste recordar aquí las industriosas repúblicas
de hormigas, abejas y -termites-. En aras de la regularidad alimenticia
y de la paz social, estos ingeniosos insectos han sacrificado el
parasitismo y la libertad. En cambio, seres tan autónomos como el
-microbio- y el -amibo- arrastran una existencia tan ruin y precaria
como breve.
* * * * *
Réstame, para dar término a la narración de mis estudios del
bachillerato, decir algo de mi actitud enfrente de ciencias tan
importantes como la -Física-, las -Matemáticas- (Geometría,
Trigonometría y Álgebra) y la -Historia natural-.
Sea que fatigado de distracciones e informalidades comenzara a sentar
la cabeza, sea que las últimas asignaturas de la segunda enseñanza
casaran algo mejor que el griego y el latín con mis tendencias y
gustos, ello es que les presté alguna más atención, sobre todo a la
-Física-, la -Química- y la -Historia natural-.
Explicaba el curso de Física y Química elementales don Serafín Casas,
amigo y condiscípulo de mi padre. Gustábanos su manera sencilla y clara
de exponer. Y recuerdo que, por adaptación a nuestra inopia matemática,
-deshuesaba- las lecciones de ecuaciones e integrales. En cambio,
cada ley o propiedad esencial era comprobada mediante experimentos
concluyentes, que venían a ser para nuestra ingenua curiosidad
juegos de manos de sublime taumaturgo. Por día de fiesta diputábamos
aquel en que al comenzar la clase veíamos sobre la mesa imponentes y
extraños aparatos de latón, muy especialmente las formidables máquinas
eléctricas de tensión entonces a la moda.
Dejo apuntado ya cuán interesante encontré la Física, la ciencia de los
milagros. La óptica, la electricidad y el magnetismo (que entonces
caían bajo el epígrafe general de -fluidos imponderables-), con sus
maravillosos fenómenos, teníanme embobado. Claro es que las nociones
adquiridas entonces fueron harto elementales.
Arrastrado por mis crecientes aficiones, más adelante y ya terminada
la carrera (1875 a 1877), emprendí la lectura de la admirable -Física
médica- de Wundt y de la -Óptica fisiológica- del genial Helmholtz.
Tales estudios, aparte satisfacer inclinaciones imperativas de mi
espíritu, éranme necesarios para dominar las teorías de la visión y del
microscopio. Con excepcional interés estudié en el Wundt la doctrina de
las ondulaciones del éter, sólido fundamento de la física moderna. Por
cierto que con tal motivo eché muy de menos conocimientos matemáticos,
que debí aprender oportunamente en el Instituto oscense.
Se me impuso entonces lo que a todos los estudiantes descuidados en
vías de regeneración y conscientes de su ignorancia. Lo no asimilado en
sazón y despaciosamente, debió ser adquirido después autodidácticamente
y con todos los inconvenientes de la precipitación y de la ausencia
de guía. En mis febriles y porfiadas acometidas a la ciencia de la
-cantidad- llegué hasta engolfarme en el -Cálculo diferencial e
integral-. Y algo humillado, debí consolidar los cimientos de mi saber,
volviendo sobre aquellos modestos y resobados manuales de -Geometría- y
-Trigonometría-, tan distraídamente leídos en Huesca.
Abordando tales estudios episódicamente, durante las horas libres
que me dejaban urgentes ocupaciones, mi tesón heroico aprovechó para
-comprender-, pero no para -retener y dominar- el alto cálculo.
Notorio es que quien desee forjarse un buen cerebro matemático,
esto es, susceptible de orientarse airosa y ágilmente en el dédalo
de ecuaciones e integrales que erizan las páginas de los tratados
modernos de física, ha de consagrar a este orden de estadios la
totalidad de sus esfuerzos mentales, aprovechando, a ser posible, la
época admirablemente plástica de la mocedad, entre los dieciséis y los
veintiún años, amén de rendir después a dichas tareas asiduo culto.
Por desgracia, el médico, a excepción de algunos problemas de
-oculística- y de -hidráulica- (estudio físico de la circulación de
la sangre, determinación de las aberraciones de refracción del ojo,
etc.), tiene poquísimas ocasiones de emplear el cálculo. Esencialmente
descriptivas, las ciencias biológicas trabajan casi exclusivamente
sobre la -cualidad-, que escapa a toda determinación cuantitativa.
Mucho he deplorado después el tiempo neciamente perdido en el
bachillerato y durante el año del preparatorio. No culpo de mi
desaplicación a mis beneméritos profesores del Instituto oscense y de
la Facultad de Ciencias de Zaragoza. De mi penuria matemática --que
después he tratado de reparar-- fueron, ante todo, responsables mis
irresistibles tendencias objetivas, aparte maleantes distracciones.
Séame, empero, lícito expresar que en mi desdén por la ciencia de
Viète, Descartes y Lagrange y Euler, colaboró también el desdichado
método de enseñanza seguido en los Institutos. Rindiendo culto al
hábito general, y por sumisión al método de los textos, que entonces
--si no recuerdo mal-- se imponían de Real orden, nuestros profesores
de Matemáticas se dirigían casi exclusivamente a la memoria de sus
discípulos. La forma de exposición, excesivamente austera y abstracta,
desdeñaba todo antecedente histórico y todo ornamento anecdótico,
susceptibles de promover el gusto y atraer el interés del oyente. No es
de extrañar, pues, que la mayoría de los alumnos oyéramos las reglas,
teoremas y corolarios con absoluta indiferencia, a veces con tedio
mortal. Nuestros rutinarios profesores parecían empeñados en hacernos
creer que las nociones geométricas y algébricas representan inútiles
cavilaciones de hombres ociosos, sin más interés práctico que algunas
vulgares aplicaciones a la contabilidad mercantil, a la agrimensura y a
la arquitectura.
Realmente, hasta los veintitrés o veinticuatro años no tuve yo idea
de la enorme transcendencia de la ciencia del cálculo. Recuerdo bien
cómo fué ello. Disponíame a leer las celebradas obras de Laplace (que
figuraban en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza), y deseoso
de prepararme para comprenderlas, decidí, con buen acuerdo, consultar
algunos libros de vulgarización astronómica, entre otros, los tan
conocidos y populares de Flammarion y algunos de J. Fabre, el genial
observador de los insectos.
Los libros de Flammarion me deleitaron mucho, pero no saciaron
plenamente mi afán de comprender. Encuéntranse en ellos lirismo
desbordante, emoción comunicativa, descripciones pomposas, pero pocas
demostraciones. En cambio, el pequeño Manual de Fabre, titulado
-Le ciel-, fué para mí luminosa revelación. Aquí campea también la
retórica, usada con discreción y mesura (sabido es que el «-príncipe de
los insectos-» fué excelso poeta); pero las frases no ahogan las ideas.
Y en todas las páginas del libro late la preocupación de iniciar al
principiante en el mecanismo esencial de los métodos geométricos, con
ayuda de los cuales fueron descubiertas las estupendas verdades de la
cosmografía y astronomía[21].
[21] A causa de la maravillosa aptitud de Fabre para iniciar a la
juventud en el estudio de las ciencias, el ministro Duruy, que le
conocía bien, quiso nombrarlo preceptor del príncipe imperial;
pero no lo consiguió porque el -Solitario de Sérignan- no tenía
madera de cortesano.
Allí, en aquel librito, que principia con la definición de un
triángulo y acaba con la demostración de las más sublimes conquistas
astronómicas, me reconcilié al fin con la desdeñada -Geometría- y con
la execrada -Trigonometría-. Allí advertí con asombro que la -ciencia
del espacio-, sin más instrumentos que un -grafómetro-, algún jalón y
unas cuantas líneas trazadas sobre el papel, había dado cima a proezas
del tenor siguiente: medir la dimensión y determinar la forma real
de la tierra; fijar la distancia y el tamaño de la luna; averiguar
el volumen y lejanía del sol; determinar la forma de las órbitas
planetarias, etc. Y, descendiendo a más modestas empresas: conocer la
elevación y anchura de una torre o de una montaña sin remontarlas;
averiguar la amplitud de un río sin vadearlo, fijar la posición de un
barco perdido en el mar, etc., etc.
Y todas estas estupendas hazañas habíalas realizado --repito-- la maga
-Geometría-, con métodos tan sencillos como elegantes; plantando un
jalón, midiendo una base, trazando en el papel los ángulos formados por
la visual del objeto y la dirección de aquélla (cuando se trata de la
determinación de la distancia de la luna, la base, naturalmente, debe
ser enorme, casi un meridiano completo). En conclusión; todo consistía
en recomponer figuras ideales a medio trazar, en completar hábilmente
triángulos mutilados, ofrecidos pródigamente por la naturaleza, como
otros tantos llamamientos a nuestra curiosidad. En especial, la
ingeniosísima demostración geométrica de la distancia del sol, dada
hace más de dos mil años por Hiparco de Samos, me llenó de ingenua
admiración. Ciertamente, la trigonometría nos proporciona hoy métodos
mucho más exactos y hacederos para la resolución de éste y de otros
magnos problemas; justo es reconocer, sin embargo, que el astrónomo
griego, al revelarnos el sublime poder de la geometría, fué de los
primeros que abrieron el camino.
Y entrando en otro orden de aplicaciones, supe también, con igual
asombro, que aquellas -curvas-, cuyas propiedades y ecuaciones tanto
nos aburrieron en el Instituto (la -elipse-, la -parábola-, la
-hipérbola-), -coinciden casual y milagrosamente- con las órbitas
de los astros y las trayectorias de los móviles; que los triviales
cuadritos de -coordenadas- y -abscisas-, tan menospreciados a los
catorce años, sirven para presentar, gráfica y clarísimamente, la
trayectoria de un móvil, y en general, la marcha de un fenómeno en
función de espacio y tiempo; en fin, que aquellas enrevesadas y, al
parecer, inútiles ecuaciones del álgebra, expresan también, por otra
-estupenda casualidad-, las relaciones cuantitativas de muchas leyes
físicas y hasta biológicas.
En conclusión: caí un poco tarde en la cuenta de que las verdades
matemáticas, que rutinarios y secos pedagogos consideran, no sin
cierta aristocrática infatuación, cual construcción deductiva
(cadena de verdades cuyo primer eslabón se hunde en la esencia del
espíritu), surgida -a priori-, a espaldas y hasta con menosprecio
de la experiencia, representan, por el contrario, imposición
ineluctable del mundo objetivo, algo así como la quinta esencia de los
conceptos derivados de la percepción y escrupulosamente depurados de
contingencias, a fin de que la lógica racional pueda manipularlos ágil
y cómodamente. Y, sabido esto, no me sorprendió ya que los axiomas y
fórmulas de la geometría y del álgebra se acoplen tan estrechamente a
la realidad exterior, puesto que, en último análisis, de la realidad
proceden.
Pero tan luminosas verdades penetraron --insisto-- harto tardíamente en
mi espíritu, cuando el fruto no podía ser ya copioso ni brillante.
La -Historia natural- me gustó casi tanto como la Física; pero no
sació, sino muy imperfectamente, mis apetitos intelectuales. Con
tedio consideraba aquellas bárbaras nomenclaturas y complicadas
clasificaciones, tan abrumadoras para la memoria como refractarias a la
lógica; la fatigosa enumeración de los caracteres externos de plantas
y animales, y los criterios harto arbitrarios de la determinación de
las especies. Verdad es que entonces no había nacido o no se había
divulgado entre nosotros el evolucionismo, única doctrina susceptible
de introducir algún orden, claridad y comprensión en el caos de los
fenómenos biológicos.
Bastante más tarde, allá por los años 74 o 75, llegaron a mi noticia
las obras fundamentales de Lamarck, Spencer y Darwin, y pude saborear
las jugosas y elegantes, aunque frecuentemente exageradas hipótesis
biogénicas de Haeckel, el brioso profesor de Jena. ¡Por cierto que la
primera refutación del famoso libro del -Origen de las especies- de
Darwin, llegada a mis manos, fué escrita por Cánovas del Castillo!...
Tratábase de cierto discurso de Ateneo, tan briosamente escrito
como flojamente documentado. Me lo proporcionó en Madrid uno de los
fervientes admiradores del insigne estadista.
Para cerrar definitivamente el azaroso período del bachillerato,
séame lícito trascribir aquí algunos párrafos de cierto artículo del
Dr. R. Salillas, escrito con ocasión de uno de mis modestos triunfos
académicos. Dejo dicho ya que el primer antropólogo criminalista de
España fué uno de mis amigos y condiscípulos. Con Arizón, Ricardo
Monreal, Tobeñas y otros, formaba la grey de los muchachos formales y
aplicados; empero, de vez en cuando, su natural inquieto y un tanto
aventurero le arrastraba a tomar parte en nuestras zalagardas. En las
siguientes consideraciones, publicadas en -El Liberal- hace ya muchos
años, apunta, además, algún recuerdo no consignado en el presente libro:
«=La isla de Cajal.=--El anuncio de la publicación de la
autobiografía del insigne histólogo, me hace recordar vivamente
la época en que lo conocí.
Y la recuerdo por un detalle singular.
El muchacho de entonces, de la época en que cursábamos el segundo
año de Humanidades (como antiguamente se decía) en el Instituto
de Huesca, no era un innominado, un desconocido, una figura del
montón.
Tenía una personalidad que, bien considerada, coincide con la que
ya puede llamarse su personalidad histórica.
Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres, reconocen que
no ha tenido maestro; que se ha formado solo; que lo que es
constituye una manifestación de su propia potencia, de su firme
voluntad, de su esclarecido intelecto.
No ha tenido maestros... Ni los quiso tener, añadiría yo.
Aquel muchacho de apariencia arisca, no muy sociable, que se
aislaba siempre que podía y que por su actitud de reconcentración
reflexiva siempre estaba aislado, era clasificable entre los
caracteres que, según Juan Huarte --otro escolar de la Universidad
de Huesca--, llaman los toscanos -caprichosos- por su semejanza
con las cabras, que viven aisladas en los cerros.
Cajal, en la época en que lo conocí, no fué discípulo de ningún
catedrático... ¡Y así lo trataron ellos más de una vez!
El Instituto no lo atraía con ningún género de curiosidad ni
estímulo.
Iba, cuando iba, a la cátedra, venciéndose a sí propio.
Su inclinación era muy otra.
Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo libre,
solo generalmente, alguna vez con muy pocos amigos, que lo
secundaban más bien que lo comprendían, y en largas o en pequeñas
expediciones sentía siempre la contrariedad de tener que volver...
La primera vez que merecí una confidencia de Cajal, fué leyéndome
una novela que escribía e ilustraba.
No sé cómo lo admiré más, si como novelista o como dibujante.
Aquella novela, que entonces no la podía comparar, la
clasificaría ahora entre las robinsonianas. Un naufragio,
la salvación en un leño, el arribo a una isla desierta y la
continuación de la aventura en aquel territorio, descubriendo la
flora, la fauna y los salvajes pobladores.
Todo esto no tendría nada de particular en la historia del
autobiografiante, si se considera que el hacer versos o el hacer
literatura, el fantasear y también el hacer -monos-, aunque se
hagan mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es, como el
mismo Cajal ha dicho, un sarampión, una fiebre eruptiva.
Lo importante es que la novela coincida con la acción personal,
y que esa acción, constantemente manifestada, conduzca a un
resultado efectivo.
Cajal era un novelista de acción. Nos leía su novela y la
representamos juntos más de una vez.
Una avenida de un modesto río, más modesto que el Manzanares,
caracterizó la escena del naufragio.
En los sotillos del Isuela, que es el río de que se trata, se
vieron a la hora del baño algunos salvajes, pintados con el lodo
de la orilla, saltando y trepando muy bizarramente, y manejando
con cierta habilidad sus arcos al disparar las flechas.
No fué un juego, fué una representación.
Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de que la novela
se realizara.
Poco a poco la novela, infiltrándose en nuestro espíritu y
avasallándolo, fué tomando proporciones realizables, y entonces,
conociendo con minuciosidad los peligros que habíamos de
correr, las luchas con los elementos, con las fieras y con los
hombres, decidimos emprender la aventura, pero con una condición
motivadora: la de salir suspensos, la de perder curso.
Éramos tres[22]. Yo fuí el único a quien la condición no le
comprometía; pero asistí lleno de inquietudes a los preparativos
de la expedición, los acompañé hasta la salida, los seguí con los
ojos y regresé a mi casa con tal pena, que no recuerdo una pena
semejante.
[22] Alude a la escapatoria camino de Zaragoza. En realidad, los
expedicionarios fuimos cuatro y, naturalmente, de lo peorcito del
curso.
Sin poderlo disimular rompí en llanto de desesperación, y
alarmados mis padres les tuve que decir entre sollozos lo que
les ocurría a mis amigos, riéndose entonces cuantos me escuchaban.
Volvieron, y su vuelta contribuyó mucho a que la novela en acción
empezara a no tener éxito.
Pero después, tras muchos años en que no supe nada de mi
compañero escolar, cuando supe lo que hacía, cuando lo ensalzaron
sus descubrimientos, volví a creer, y a creer firmemente, que
entre aquella novela de corte robinsoniano y la realidad de los
descubrimientos científicos, no había ni siquiera variación de
asunto.
Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la fragua encendida,
y Cajal ha dicho que lo que importa es tener una hipótesis
directriz.
¡Lo que importa es creer y poder!
Así fueron los conquistadores y descubridores en la epopeya del
descubrimiento de América.
Así son los investigadores científicos.
En el insigne histólogo revivió, siendo niño, la idea
semilegendaria de las aventuras náuticas.
Siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y llegó
victoriosamente.
¡La isla existía!
En los centros nerviosos, en la médula y en el cerebro se
encuentra efectivamente la -Isla de Cajal-.»
[Ilustración]
CAPÍTULO XIX
Comienzo en Zaragoza la carrera médica. -- El Ebro y sus alamedas. --
Mis profesores del preparatorio: Ballarín, Guallart y Solano. -- Cobro
afición a la disección bajo la dirección docente de mi padre.
Aprobadas las asignaturas del bachillerato y hechos los ejercicios del
grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su hijo un Galeno,
me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del año
preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías,
me acomodó de mancebo en casa de D. Mariano Bailo, paisano, amigo y
condiscípulo suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y
como hombre a carta cabal.
La alegría de verme en una ciudad nueva, populosa y ennoblecida por
grandes recuerdos históricos, cedió bien pronto a triste decepción.
Mis amigos de Huesca, los regocijados camaradas de glorias y fatigas,
recibiéronme con la mayor indiferencia. Adelantados uno o dos años en
su carrera, habían contraído nuevas amistades entre sus condiscípulos,
y a mis deseos de renovar el viejo trato, mostraron un desdén que me
llegó al alma. Fué el primer desengaño de la amistad. De tan merecida
frialdad, empero, sólo era yo responsable. No se alejaron ellos de mí;
fuí yo quien se alejó de ellos al retrasarme en la carrera.
Consoléme entonces, no sin devorar algunas humillaciones, conforme
suelo consolarme siempre, según tengo repetidas veces expuesto, bañando
el alma en plena naturaleza. El Ebro caudaloso y sus frondosas y
umbrías alamedas estaban allí, brindando un lenitivo a mi desilusión
y prometiéndome reemplazar, con suaves distracciones, las vanas e
inconstantes efusiones de la amistad.
Para los hombres capaces de saborear sus bellezas, es el campo soberano
apagador de emociones, irreemplazable conmutador de pensamientos. ¿Qué
añade a nuestra alma --se ha dicho por alguien-- un cielo azul y una
vegetación espléndida? Nada, en efecto, para el hombre altivo, que,
alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo;
pero mucho, muchísimo para quienes saben abrir sus sentidos a los
esplendores del cielo y a las armonías del mundo.
Con todo eso, en los tiempos a que aludo, llevábanme también a las
pintorescas orillas del Ebro mis inclinaciones artísticas y mi sentido
de naturalista. Entre mis tendencias irrefrenables, cuéntase cierta
afición estrafalaria a averiguar el curso de los ríos y a sorprender
sus afluentes y manantiales. Y la circunstancia de ser éste el
primer río caudaloso que veía, excitaba al sumo la citada curiosidad
hidrológica.
«¿De dónde proviene --pensaba-- este formidable raudal de agua cuyas
ondas, después de lamer mansa y suavemente los muros del Pilar,
parecen modular, al estallar fragorosas en el puente de piedra, himnos
heroicos?»
Arrastrado por la curiosidad, remonté más de una vez sus corrientes
hasta llegar a Alagón; otras veces descendí, río abajo, hasta cerca
de Pina. Estimulábame, además, en mis excursiones ribereñas el deseo
romántico de hallar paisajes idílicos no profanados por planta humana.
Por cierto que este antojo infantil por conocer los manantiales del
Ebro, fué satisfecho al fin hace algunos años, con ocasión de un
veraneo en Reinosa. Imaginábame, en mi candor, que la famosa fuente
del Ganges aragonés estaría adornada por algún emblema, columna,
arco o estatua destinados a consagrar el poético y apacible lugar
donde emergen las aguas de la corriente simbólica que mereció por su
grandeza dar nombre a la tierra y a la raza. Pero, ¡oh decepción!,
en vez del monumento conmemorativo a la vieja Iberia, algo semejante
a la majestuosa estatua del Nilo conservada en la galería capitolina
de Roma, mostráronme cerca del poético manantial montones de piedras,
cascos de botella, latas y cacharros rotos, por entre los cuales
asomaban trabajosamente las cristalinas linfas para ser inmediatamente
profanadas por zahareñas lavanderas y alegres juerguistas.
* * * * *
Pero no divaguemos. Juzgo al lector harto de enfadosas digresiones y
es hora de que digamos algo de mis profesores. Eran éstos el veterano
D. Florencio Ballarín, catedrático de Historia Natural; D. Marcelo
Guallart, que explicaba Física, y D. Bruno Solano, auxiliar por
entonces encargado de la ampliación de Química.
Poco recuerdo de D. Marcelo Guallart. Únicamente puedo decir que sus
lecciones, sabias y modestas, pecaban de monótonas, y que su clase, no
muy frecuentada (no hay que olvidar que estaba reciente la -gloriosa-),
sólo se llenaba de bote en bote los días de experimentos aparatosos y
teatrales.
Mayor relieve y colorido tienen mis remembranzas de Ballarín y Solano,
maestros dignos por mil conceptos de ser recordados con fervor.
El anciano D. Florencio Ballarín, contemporáneo de Fernando VII, de
quien fué perseguido por liberal y, además, por irrespetuoso con la
augusta persona del monarca, era un profesor ilustrado, dotado de
imaginación plástica y de verbo cálido. Fué el primero a quien oí
defender con leal convicción la necesidad de la enseñanza objetiva y
experimental, hoy tan cacareada como poco practicada. Predicaba con el
ejemplo; y así sus lecciones de zoología y mineralogía nos resultaban
altamente instructivas, ya que se daban respectivamente en el Museo y
en el Jardín Botánico.
¡Lástima grande que no hubiéramos alcanzado más joven a D. Florencio,
cuando sus facultades culminaban! En los tiempos a que aludimos era
ya setentón y adolecía de esa irritabilidad y desigualdad de humor,
triste y casi inevitable defecto de la senectud. Recuerdo que en sus
reprensiones y castigos faltaba casi siempre la debida proporcionalidad
entre la acción y la reacción. Incorrecciones de lenguaje, sonrisas
furtivas, distracciones momentáneas bastaban a sacarlo de sus casillas
y a que nos llenara de improperios.
Cierto día me preguntó las arterias de los miembros superiores. En un
lenguaje deslabazado y tímido contestéle, entre otras cosas, «que la
arteria humeral se extiende a lo largo del brazo... --Pero hombre --me
interrumpió indignado-- -¡a lo largo!- ¡Cualquiera diría que es usted
sastre y está tomando medida de mangas!...»
Una de sus buenas costumbres docentes --hoy casi enteramente
abandonada-- consistía en señalar periódicamente cierto tema de
discusión, de cuya defensa se encargaba un alumno, a quien sus
camaradas debían dirigir observaciones. Tocóme el turno de objetante:
dominábame miedo cerval. Tratábase del mecanismo de la hematosis.
El disertante, mi buen amigo el Dr. Senac, hoy ilustrado médico
militar[23] y uno de tantos talentos obscurecidos por falta de
ambición, hizo un bonito discurso, pronunciado con facilidad y
desembarazo. Defendió la tesis, entonces muy en boga, de que la
sangre venosa era nociva al organismo a causa del ácido carbónico en
ella acumulado y del cual debía desprenderse en el pulmón. Yo, que
había bebido en las mismas fuentes (la -Fisiología- de Beclard), le
dije o intenté decirle «que el daño no estaba en el exceso de ácido
carbónico, gas enteramente inofensivo, sino en la ausencia de oxígeno,
ya consumido en los capilares con ocasión de la respiración de los
tejidos».
[23] Murió hace algunos años de una afección cardíaca.
Mas tan sencillo reparo fué expuesto con frase tan desmañada y sinuosa
y con voz tan entrecortada y balbuciente, que Ballarín, no pudiendo
sufrirme, ordenóme callar con cajas destempladas, añadiendo «que
conservaba todavía el pelo de la dehesa». Mi inocencia era tal, que no
entendí la frase ni, por tanto, la intención mortificante.
De este estreno oratorio saqué en limpio una enseñanza: que el hijo
de mi madre no había venido al mundo para ser diputado, ni siquiera
charlatán. ¡Cuánto he envidiado después, al presenciar escarceos
oratorios, la enorme ventaja que llevan en la lucha por la vida esos
hombres privilegiados que no necesitan tener razón para ser oídos y
hasta aplaudidos!
Pero aparte las citadas rarezas, Ballarín era benemérito maestro a
quien respetábamos y venerábamos. Le estábamos además agradecidos
porque, de vez en cuando, nos concedía graciosamente un día de asueto,
y ciertamente por un motivo que el lector adivinará difícilmente.
¡Ya se sabía!, en cuanto llegaba a cátedra malhumorado, la cara
cuadrada, sumidas las quijadas, el aire de contrariedad... y daba
comienzo a la tarea mascullando gangosa e ininteligiblemente la palabra
«Seño... res...», todos, como movidos de un resorte, requeríamos el
sombrero, nos poníamos en pie y tomábamos tranquilamente la puerta...,
con beneplácito del profesor, que se limitaba a deplorar la flaqueza de
su memoria. ¡Era que el bueno de D. Florencio se había dejado en casa
la dentadura! Este cómodo olvido, tratándose de tan averiada senectud,
¿era voluntario o involuntario? He aquí un problema que nunca pudimos
resolver.
Cosa sabida es que los profesores, aun los más refractarios a la
rutina, repiten fonográficamente todos los cursos ciertas frases
y ejemplos que los alumnos conocen y anuncian a plazo fijo. Tal
le ocurría a Ballarín. Entre los ejemplos estereotipados no hay
condiscípulo que haya olvidado uno famoso, expuesto invariablemente al
tratar de la escala de dureza de los minerales.
«Señores --decía--: el diamante ocupa el núm. 7 de la escala de
la dureza; resulta, pues, el cuerpo más duro que se conoce; pero
entendámonos: la resistencia al rayado no implica oposición a la
fractura. Precisamente el diamante es deplorablemente quebradizo. Ahí
tienen ustedes --añadía-- el testimonio irrecusable de esta lamentable
propiedad.» Y en aquel momento alargaba la mano por encima de la
mesa, mostrando flamante solitario, afeado en su centro por fractura
estrellada. Y a seguida refería que, durante cierta disputa, no sé si
científica o política, no pudiendo persuadir al adversario, descargóle
en la cabeza formidable puñetazo. Por desgracia del agresor, el cráneo
del adversario era de los que merecían figurar con un núm. 8 en la
consabida escala de la dureza, toda vez que rompió en mil trozos el
precioso diamante... Al llegar aquí era de ritual soltar carcajada
general, que no impacientaba en lo más mínimo al bueno de Ballarín.
Muy diferente era el temperamento intelectual y docente de D. Bruno
Solano. Elocuente, fogoso, afable, no exento de severidad en ocasiones,
su cátedra era templo donde oíamos embelesados la pintoresca e
interesante narración de los amores y odios de los cuerpos: las
aventuras del oxígeno, especie de D. Juan, rijoso e irresistible
conquistador de la virginidad de los simples; las crueles venganzas
del hidrógeno, celoso amante responsable de tanta viudez molecular, y
las intrigas y tercerías del calor y electricidad, dueñas quintañonas
capaces de perturbar y de divorciar hasta los matrimonios más unidos y
estables...
¡Qué dicción más agradable y seráfica la suya! ¡Qué suprema habilidad
para hacer comprensivos y amenos, mediante comparaciones luminosas, los
puntos más difíciles o las nociones más áridas, enjutas y estropajosas!
Bajo este aspecto se parecía mucho al célebre físico inglés Tyndall, y
más aún al incomparable divulgador A. Fabre.
Acude a mi memoria una exclamación feliz de D. Bruno, con ocasión de
cierta conferencia pública. Tratábase en ella de los productos de
destilación de la hulla, del tan celebrado -pan de la industria-, y el
conferenciante, para hacer más objetiva su lección, instaló en cátedra
los aparatos correspondientes, y procedió a destilar un trozo de carbón
mineral. Apenas se difundieron por la sala las primeras oleadas del
poco agradable gas, cierto burguesillo petimetre exclamó, tapándose
las narices: «¡Qué mal huele! --No tal --rugió D. Bruno--, ¡huele a
progreso!»
Pues ¿y el hombre moral? ¿Quién no recuerda aquel heroico rasgo
tenido con motivo de sus oposiciones a la cátedra de Historia Natural
del Instituto de Zaragoza? Tocaban a su fin los ejercicios, y D.
Bruno, con asombro del tribunal que iba a votarle catedrático, no
compareció en el último acto de las oposiciones. En consecuencia, se
suspendieron los ejercicios y se envió un emisario a casa de Solano.
Halláronle tranquilamente en su despacho y trajeron una respuesta digna
de Arístides: «Me retiro porque me he persuadido de que uno de los
opositores sabe más que yo, y no quiero dar ocasión a una injusticia».
Al tomar tan grave decisión, Solano era modesto auxiliar de
Universidad. Con el exiguo sueldo del cargo y los escasos gajes de sus
lecciones en colegios particulares, mantenía a su madre idolatrada.
Llena está la vida del sabio profesor de hermosos rasgos, reveladores
de que el amor a la justicia era tan grande en él como su desdén hacia
el vil metal. Tiempos después, alcanzó, en honrosa oposición, la
propiedad de su cátedra.
Confieso que cuando visito Zaragoza, una de las cosas que más me
entristece es la ausencia del malogrado compañero[24]. Sus pláticas
diarias en el -Café Suizo-, donde se congregaban sus íntimos y
admiradores, eran un regalo del espíritu. Su popularidad era tan grande
como merecida. Eso que después se ha llamado -extensión universitaria-,
fué una de tantas iniciativas suyas. No reservó nunca su ciencia para
los privilegiados de la matrícula oficial, sino que la propagó al gran
público, creando lazos intelectuales y afectivos entre la cátedra
y el taller, el laboratorio y la fábrica. Estaba persuadido de que
la ciencia debe asociarse a la vida, para inspirarla y dirigirla.
Su exquisita sensibilidad de artista y de pensador le permitían
descubrir, hasta en las cosas más vulgares, puntos de vista superiores.
[24] Solano murió joven a consecuencia de una operación
quirúrgica.
Pero Solano era además un soberbio temperamento de escritor. ¡Un
escritor que no quiso nunca escribir!... De sus brillantes dotes
literarias dan testimonio esos preciosos, y por desgracia escasísimos
artículos científicos y de vulgarización, insertos en los diarios
zaragozanos, y singularmente, el bellísimo discurso de apertura
universitaria acerca de las orientaciones de la química moderna.
* * * * *
Pero volviendo a mis estudios, debo decir que, gracias a tan buenos
maestros, aproveché bastante, es decir, todo lo que mi juicio, todavía
en agraz, y mis continuas escapadas artísticas consentían. Sólo una vez
regresé a mis viejas aventuras de tronera.
Cierto camarada de Huesca llamado Herrera, mozo despejado y algo
camorrista (tuerto de resultas de una travesura), gran admirador de mi
honda, rogóme encarecidamente que, olvidando por un día la -Historia
natural-, le prestase mi concurso en cierto encuentro que debía
efectuarse en las eras del barrio de la Magdalena, entre estudiantes y
femateros, o entre -pijaitos- y -matracos-. Tuve la debilidad de caer
en la tentación.
Mi honda hizo de las suyas. Descalabré unos cuantos enemigos y
contribuí al triunfo de los -señoritos-, a pesar del refuerzo que a
última hora recibieron los femateros de sus congéneres de la parroquia
de San Pablo. Sin engreirme con la victoria, y ahíto de chiquilladas,
tuve la fortaleza de no reincidir. Cada cosa a su tiempo. Y el de la
informalidad había pasado. Frisaba yo entonces en los diez y siete
años. Mi relativa aplicación me permitió aprobar sin percances el
preparatorio, y matricularme en el primer curso de Medicina.
Por aquella época (creo que fué en 1870) trasladóse mi familia a
Zaragoza. Deseoso mi padre de dar carrera a sus hijos, vigilarlos de
cerca y sustraerse definitivamente a los sinsabores de la práctica
médica rural, hizo ciertas oposiciones a médicos de la Beneficencia
provincial, y, conseguida una plaza, establecióse en la capital
aragonesa, en donde, a poco de su arribo, el sabio clínico y
condiscípulo suyo D. Genaro Casas, a la sazón Decano de la Facultad de
Medicina, le confirió el cargo de profesor interino de disección.
Conocido el entusiasmo de mi padre por la anatomía, y su vocación
decidida por la enseñanza, adivinará fácilmente el lector el celo y
ardor puestos en el desempeño de su cometido y el empeño en convertir a
su hijo en hábil disector.
Hétenos, pues, a los dos metidos en harina, como suele decirse. ¡Y
con maestro tal, cualquiera escurría el bulto! Tres años nos pasamos
en aquella humilde sala de disección, perdida en la huerta del viejo
Hospital de Santa Engracia, desmontando pieza a pieza la enrevesada
maquinaria de músculos, nervios y vasos, y comprobando las lindas cosas
que nos contaban los anatómicos. Ante la imponente losa anatómica,
protestaron al principio cerebro y estómago; pronto vino, empero,
la adaptación. En adelante vi en el cadáver, no la -muerte-, con su
cortejo de tristes sugestiones, sino el admirable artificio de la vida.
A medida que adelantaba en el estudio objetivo del cuerpo humano,
crecía mi curiosidad. «Voy a admirar por fin --me decía-- el
maravilloso microcosmo de los filósofos, el compendio y síntesis
de la creación.» Mi fantasía de aventurero romántico despachábase
a su gusto. Parecíame aquello un África tenebrosa, de la cual sólo
había hasta entonces contemplado el desierto, es decir, el árido
esqueleto. ¡Quizás se encontraba allí la isla ideal con que sueña todo
investigador, ese mundo virgen, prometedor de inacabables sorpresas!...
Conforme pide el método, para no extraviarnos en la selva inextricable
de vasos y nervios, trabajábamos en presencia de los libros, guiados
por el Cruveilhier y el Sappey. Crecía el ardor al compás de las
dificultades, y, pródigos de tiempo (mi padre por entonces tenía pocos
enfermos), consagrábamos a la tarea todo el vagar que nos dejaban, a
mi progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas.
Incansable él, no consentía fatiga en torno suyo.
¡Pobres Sappey y Cruveilhier cuando marraban en una minucia; cuando,
por ejemplo, estimaban constante disposición contingente o anómala,
o no acertaban a describir un órgano con suficiente claridad! «¡Ah
farsantes! --exclamábamos--. Vosotros os copiáis rutinariamente,
describís sin observar». Pero nuestro enojo, un poco irónico, pasaba
pronto, convirtiéndose en admiración en cuanto los venerados textos
acertaban en puntos difíciles. Fuerza es confesar que los descuidos
de aquellos clásicos tratadistas eran excepcionalísimos. El encuentro
de algunos fué, sin embargo, altamente tónico, pues nos trajo la
persuasión alentadora de que la ciencia dista mucho de ser perfecta y
definitiva. Juez supremo e inapelable en nuestras dudas fué el cadáver.
Sólo en sus hojas de carne, mimosamente desplegadas por el escalpelo,
residía la verdad.
Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender;
que no hay profesor más celoso que el que aprende para enseñar. Mi
lápiz, antaño responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a
los ojos de mi padre, que se complacía ahora en hacerme copiar cuanto
mostraban las piezas anatómicas. ¡Qué satisfacción cuando, a fuerza
de paciencia, conseguíamos desprender de su ganga de grasa el diminuto
-ganglio oftálmico- con sus tenues radículas nerviosas o atisbar en
su escondrijo el enrevesado foco ganglionar -esfeno-palatino-, o, en
fin, perseguir triunfantes, a través de los túneles del -peñasco-, los
sutiles -nervios petrosos-! Con todo ello enriquecía mis apuntes y daba
carácter objetivo a mis conocimientos.
Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron formidable cartapacio,
del que se mostraba orgulloso el autor de mis días. Su entusiasmo
llegó al punto de proyectar seriamente la publicación de cierto -Atlas
anatómico- iluminado, destinado a dejar, según él, tamañitos a los
famosísimos de Bourgery y de Bonami. Y habría acometido resueltamente
la empresa si la rudimentaria cromolitografía zaragozana lo hubiera
consentido. Por desgracia, la primera prueba ejecutada en casa de
cierto litógrafo conocido mío resultó abominable estampa. Ni fueron
mejores otras copias que años después (allá por los 76 o 77), ya vuelto
de Cuba, publicó nuestro generoso amigo Molina Mergeliza, un millonario
que cursaba la carrera por deporte[25].
[25] En el momento mismo en que corrijo estas cuartillas (10 de
Junio de 1917) me entero por los periódicos del entierro del
viejo amigo. Como veremos más adelante, yo le soy deudor de
algunos importantes servicios.
Desde entonces ¡cuántas veces he deplorado el bochornoso atraso de
las artes gráficas en España! A despecho del más sincero patriotismo,
el hombre de ciencia se ve en el apuro de recurrir al extranjero,
en cuanto necesita reproducir pulcramente alguna lámina anatómica o
histológica.
Para cerrar este capítulo añadiré que, en vista de mi laboriosidad y
relativa pericia en el arte de disecar, al final del primer año se
me otorgó una plaza de -ayudante de disección-. Este cargo oficial,
halagando mi amor propio, fomentó todavía más mis aficiones anatómicas.
Y me consintió, además, agenciarme algunos gajes, dando lecciones
particulares de anatomía práctica.
[Ilustración]
CAPÍTULO XX
Mis catedráticos de Medicina. -- D. Manuel Daina y el premio de
Anatomía topográfica. -- Un singular procedimiento de examen. --
Nuestro decano, D. Genaro Casas. -- Mis petulancias polémicas. -- Notas
breves acerca de algunos profesores y ciertos incidentes ocurridos en
sus clases.
A despecho de mis escapadas artísticas, continué la carrera sin
tropiezos, aunque sin permitirme el lujo de sobresalir demasiado. A
decir verdad, sólo estudié con esmero la -Anatomía- y la -Fisiología-;
a las demás asignaturas --las -Patologías médica y quirúrgica-, la
-Terapéutica-, la -Higiene-, etc.--, consagré la atención estrictamente
precisa para obtener el -aprobado-. A lo que debió quizás contribuir
algo cierto Ministro de la -Gloriosa-, quien, por devoción al
igualitarismo democrático, redujo las calificaciones de exámenes a
dos: -aprobado- y -suspenso-. Confieso que jamás he logrado percibir
la ventaja educativa de la supresión de las notas. En una edad en que
la pereza y las distracciones hallan tantas ocasiones de asaltar la
voluntad, ¿qué mal hay en fomentar la emulación y hasta la vanidad
misma? Hágase el milagro, y hágalo el diablo. Si en el corazón del
estudiante queda un residuo de pasión malsana, pronto se encargará la
vida de disiparlo. Lo esencial es acrecentar el patrimonio científico
adquirido y mantener el hábito del trabajo.
Se dirá que para los alumnos aficionados a las distinciones académicas
quedaba el recurso de los premios. Pero no todos los jóvenes aplicados
poseen la pretensión y audacia necesarias para tales competiciones.
Recuerdo que el temor de parecer presumidos u orgullosos fué causa de
que la mayoría de los premios de la Facultad quedaran desiertos. Y no
ciertamente por ausencia de jóvenes aventajados. Excluyéndome yo, que
sólo podía aspirar al diploma en las asignaturas anatómicas, figuraban
entre mis condiscípulos mozos sobresalientes. Recuerdo ahora a Pablo
Salinas, Victorino Sierra, Severo Cenarro, Simeón Pastor, Joaquín
Gimeno, Pascual Senac, Andrés Martínez, José Rebullida y otros. Por mi
parte, sólo tenté fortuna en la -Anatomía topográfica y operaciones-,
asignatura de que era titular D. Manuel Daina. Y aunque favorable
el resultado, quitóme las ganas de reincidir. Mas el suceso merece
contarse, para que se vea que en eso del estudio, como en otras muchas
cosas, lo mismo cabe pecar por carta de más que por carta de menos.
Tenía D. Manuel Daina verdadera debilidad por mí. En su bondad me
consideraba el mejor de sus alumnos, y yo correspondía a tan lisonjero
concepto esmerándome en la ejecución de las preparaciones anatómicas,
de que, como -Ayudante disector-, estaba oficialmente encargado. Se
comprenderá, pues, que terminado el curso, me instara encarecidamente
el profesor la solicitud del premio y que yo deseara complacerle,
preparándome concienzudamente para el certamen.
Sabido es que en todo programa, además de las lecciones corrientes,
figuran ciertas materias fundamentales o simplemente difíciles, donde
el alumno puede lucir su aplicación y memoria. Mis lectores médicos
recordarán que en los dominios de la -Anatomía topográfica- estos temas
de prueba son: la -región del cuello-, la -inguinal-, la -crural-,
la -perineal- y el -hueco poplíteo-. Por arduas y complicadas las
había disecado con cariño y reproducido más de una vez en mis láminas
anatómicas.
Llegó el concurso; estuve solo; tocóme el -anillo inguinal-; escribí
largo y tendido; decoré la descripción con varios esquemas y llevé
mi preocupación del detalle hasta precisar las dimensiones en
milímetros. Ufano durante la lectura, esperé después largo rato el
fallo del tribunal. Desde el vestíbulo oía a los jueces discutir
acaloradamente. «¿Qué pasará?», me decía un tanto escamado. Al fin,
supe que el jurado me había adjudicado el premio. Al salir Daina y
su compañero me abrazaron, felicitándome. Pero D. Nicolás Montells
(profesor de Patología quirúrgica) se me acercó, diciéndome en tono
desabrido: «Conste que a mí no me la pega usted. ¡Eso está copiado!»...
En vano intenté respetuosamente sacarle de su error. Para el bueno
de Montells, era imposible que un alumno recordara en milímetros
los diámetros del conducto inguinal. Afortunadamente, mi maestro
Daina, que me conocía bien, defendióme briosamente. Con su exquisita
prudencia previno, además, el estallido de mi cólera, pasión a la que
entonces era yo extraordinariamente propenso. Todo se arregló, pero el
incidente contribuyó decisivamente a que, en lo sucesivo, desistiese de
semejantes concursos.
Merece D. Manuel Daina un recuerdo afectuoso. De simpática figura y
carácter afable, gozaba de la reputación y estima que proporcionan el
talento y la ecuanimidad, asistidos de espléndida posición social.
La misma sencillez y elegancia con que vestía, resplandecían en su
palabra, que era correcta, tranquila, persuasiva y matizada, a veces
con rasgos de elegante escepticismo. Era, acaso, don Manuel el más
-europeo- de nuestros profesores, quizá el único que había ampliado
en el extranjero su educación profesional y científica. Había sido
discípulo de las grandes figuras quirúrgicas de París. Nos embelesaba
cuando refería las hazañas operatorias de Nélaton y Velpeau, así
como los errores imperdonables a que conducen la superficialidad
del reconocimiento y el criminal afán de sumar estadísticas de
intervenciones temerarias. Mucho valía como operador, pero valía
todavía más como cirujano.
Por cierto que D. Manuel Daina ensayó en aquel curso cierto sistema
muy original de calificar. La víspera de los exámenes, sorprendiónos
a Cenarro y a mí con el siguiente curioso encargo: «Persuadido
estoy --nos dijo-- de que no hay profesor, por atento que sea, que
conozca tan bien a sus discípulos como ellos se conocen entre sí.
En consecuencia, he resuelto que ustedes, en representación de sus
camaradas, formulen las calificaciones. Ahí va la lista. Como fío mucho
de la rectitud y formalidad de ustedes, de antemano apruebo lo que
hagan».
Expusimos algunas tímidas excusas, pero acabamos por aceptar el
delicado honor, prometiendo --según era de rigor-- guardar el secreto.
Aquella noche Cenarro y yo cambiamos impresiones acerca de los méritos
de nuestros condiscípulos, aquilatamos el talento, grado de aplicación
y asistencia a clase de cada uno, y resolvimos, de perfecto acuerdo,
las notas. Entre los indultados --hubo, naturalmente, bastante manga
ancha-- recuerdo a un tal Pueyo, mozo aplicado y pobre, que apenas
asistía a clase por enfermo y a quien el profesor contaba entre los
irredimibles. Naturalmente, Cenarro y yo comenzamos por adjudicarnos
sendos -sobresalientes-[26]. Al repasar la lista y notar la racha de
indultos y rectificaciones, experimentó D. Manuel alguna sorpresa; pero
sonrió bondadosamente y aprobó la propuesta. Claro es que después de
tal acuerdo los exámenes fueron pura fórmula.
[26] Por aquel año (1872), otro ministro de la Revolución
restableció las calificaciones de examen.
[Ilustración: Lám. XIII, Fig. 21.--Don Genaro Casas, decano de la
Facultad de Medicina de Zaragoza y buen amigo de mi padre.]
Otro de los buenos maestros de la Escuela de Medicina aragonesa fué
D. Genaro Casas, amigo y condiscípulo de mi padre (ambos cursaron
la carrera en Barcelona). Exiguo de estatura, y afeado por lupia
voluminosa implantada en la frente, tenía aspecto enfermizo y deforme,
que se desvanecía en cuanto comenzaba a hablar. Porque D. Genaro,
Decano y casi creador de la Escuela de Medicina aragonesa, además de
ser clínico eminente y modelo de profesores celosos, poseía talento
oratorio de primera fuerza. Pertenecía a la selecta grey de los médicos
latinos y humanistas, hoy perdida casi enteramente.
Imperaba entonces en las escuelas médicas el -vitalismo- de Barthez,
inspirado en el hipocratismo, doctrina de que fué también ardiente
partidario el Dr. Santero, a la sazón catedrático de Clínica médica de
Madrid. Natural era que los profesores de aquel tiempo --que podíamos
llamar -era prebacteriana--- reaccionaran con alguna viveza contra las
tendencias materialistas u organicistas de la química, histología y
más tarde de la bacteriología. Pero D. Genaro, vitalista convencido,
supo siempre hacer justicia a las conquistas positivas de estas
ciencias, cuyos datos interpretaba muy hábilmente en el sentido de
su espiritualismo orgánico. Aún recuerdo la exposición magistral que
nos hizo de la -Patología celular-, de Virchow, libro esencialmente
revolucionario, aparecido por entonces. Naturalmente, D. Genaro
aceptaba los hechos, pero repudiaba su espíritu. Claro está que los
distingos del sabio maestro no hacían siempre gracia a sus discípulos;
pero aun los que pasábamos por más avanzados y noveleros, seguíamosle
con respeto en sus loables esfuerzos de conciliación entre lo viejo
y lo nuevo. Todos le venerábamos y queríamos, porque su celo por la
enseñanza era tan grande como su talento y su bondad.
Por cierto que mi petulancia puso un día a prueba la inagotable
benevolencia del maestro. Referiré el incidente --que hoy recuerdo
con pena--, para que se vea hasta qué punto llegaba la rebeldía de
mi carácter y la paternal tolerancia de D. Genaro. Había yo leído
la citada -Patología celular- de Virchow y algunos otros libros
anatomo-patológicos a la moda, donde, a vueltas de un análisis objetivo
insuficiente, se hacía la apología de la célula, presentándola como
un ser vivo, autónomo, protagonista exclusivo de los episodios
patológicos. Quedaba de esta suerte rota la unidad orgánica, tan cara
a vitalistas y animistas. Por consiguiente, la enfermedad venía a ser
algo así como modesto incidente de fronteras o a modo de motín de
ciudad, que debían reprimir de modo automático las fuerzas locales, con
poca o ninguna intervención de la autoridad central, representada por
el sistema nervioso.
Infatuado y ufano con lecturas bastante mal digeridas, contrariábame
ver cómo D. Genaro interpretaba en sentido vitalista todos los
procesos celulares. Y, no obstante mi timidez y cortedad, el choque
llegó al fin. Cierto día de conferencia preguntóme el maestro acerca
de las -lesiones de la inflamación-, y después de exponer los hechos
descriptivos corrientes, tuve, al interpretarlos, la audacia de
oponerme a su doctrina vitalista. Con un arrojo, de que yo mismo estaba
asustado, manifesté que: «La hiperemia y la exudación no constituían
actos defensivos del principio vital, sino meros efectos de la
irritación y multiplicación de las células. En mi concepto --añadía--,
las fuerzas centrales, caso de ser algo real, no intervienen para
nada en el proceso, como lo prueba el alegato de Virchow, de existir
inflamación en tejidos desprovistos de vasos y nervios, etc.»[27]. Ante
mis arrogancias, los condiscípulos mirábanse estupefactos.
[27] Comprenderá el lector que, después del tiempo transcurrido,
no puedo precisar los términos de la polémica, pero sí los
argumentos y el espíritu que los animaba.
No se enojó D. Genaro por mi falta de respeto; antes mostró alegrarse
de contender con un discípulo. Y con formas suaves trató de persuadirme
de «que el acto inflamatorio representa siempre una reacción defensiva
contra los agentes vulnerantes; hizo notar que, aun en los tejidos
exangües citados por mí (córnea y cartílago) desarrollábase la
hiperemia, puesto que hacia el punto lesionado afluían jugos y glóbulos
de pus, y, en fin, añadió que la indiscutible finalidad de las citadas
reacciones, en orden a la eliminación de las causas y reparación de
sus estragos, implicaba lógicamente un principio superior de unidad y
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