--¡Otra que diez!... Pues, ¿quiénes han de ser sino... los -rurales-? [20] Muchos de estos datos los debo a la amabilidad de mi estimado amigo y condiscípulo Dr. Ricardo Monreal, ilustrado médico de Ayerbe, que ha querido reforzar mis borrosas reminiscencias con el rico caudal de sus recuerdos. ¿Por qué esta aversión de los campesinos a los custodios de la propiedad? Fácil es presumirlo. Se aborrecía a la Guardia rural por el exagerado celo con que amparaba los intereses de la burguesía territorial. Por la cosa más insignificante los citados guardias molestaban y vejaban a los pobres aldeanos, a quienes metían en la cárcel o castigaban con fuertes multas, sin pararse a distinguir el ladrón formal del infeliz, que, aguijado por la miseria, cogía en el monte esparto para hacer un -vencejo-, o arrancaba menguada carga de aliagas y romeros, o apacentaba una vaca en las dudosas lindes de una propiedad: pequeños abusos consuetudinarios tolerados recíprocamente por todos, como venerable resto de comunismo patriarcal. Hasta los chicos sentíamos esta inquina hacia los pardos uniformes. En cuanto nos sorprendían haciendo ademán de escalar una tapia o de trepar a un árbol, aunque fuera en invierno, los rurales nos propinaban monumental paliza o formulaban una denuncia en regla, seguida de la multa correspondiente. Pese a los entusiastas de las llamadas libertades modernas y a los empigorotados y orondos paladines del individualismo, empeñados en no ver el abismo psicológico que separa las clases intelectuales de los infelices esclavos del trabajo manual, éstos creerán siempre que libertad es sinónima de bienestar. En vano se le dirá al jornalero que estas dos palabras significan cosas distintas; que la libertad sólo es un medio para la conquista de la dicha material, la cual no es patrimonio exclusivo de los poderosos; que si, a pesar del libre ejercicio de sus facultades, vienen el -paro- forzoso y la miseria, debe resignarse a su suerte, fiándolo todo a la Providencia y a la esperanza en una vida mejor. Todas estas razones son para el pobre puros -tiquis miquis-, cuando no burlas sangrientas. Del desdén del proletariado por las conquistas democráticas y el ejercicio de los deberes políticos no debemos extrañarnos. La libertad de conciencia, la de la Prensa, el sufragio universal, etc., sólo interesan a los que tienen la cotidiana digestión asegurada y gozan del ocio indispensable para leer y pensar. Primero es vivir, después vivir bien y luego cooperar moral y materialmente a la seguridad y engrandecimiento de la patria. El -primum vivere deinde philosophare- se aplica mejor al pobre que al sabio. ¿Qué le importa la vida de la colonia a quien no tiene garantizada la propia? Medicinas, no libertades, pide el doliente. Seamos sinceros y no nos duela consignar, pese a nuestro egoísmo, que el individualismo, principio cardinal de la democracia, es esencialmente anticristiano y representa en la lucha social la tiranía de los fuertes. En la fiera batalla económica librada en el campo de la libre concurrencia, el pobre, el débil y el ineducado serán siempre las víctimas. El liberalismo puro, no mitigado en sus crudezas por instituciones de tendencia socialista, se traducirá indefectiblemente para el obrero en la menguada libertad de escoger el amo y la clase de fatiga que le resulten más llevaderas y menos dolorosas. Tendiendo la mirada por los extensos dominios de la zoología y antropología primitiva, se buscará en vano un solo ejemplo de libertad completa que no esté indisolublemente asociada a una existencia rudimentaria, difícil y azarosa. El ocioso sin riesgo, rodeado de respetos y amparado y mimado de la comunidad, es creación exclusiva de la civilización humana. Baste recordar aquí las industriosas repúblicas de hormigas, abejas y -termites-. En aras de la regularidad alimenticia y de la paz social, estos ingeniosos insectos han sacrificado el parasitismo y la libertad. En cambio, seres tan autónomos como el -microbio- y el -amibo- arrastran una existencia tan ruin y precaria como breve. * * * * * Réstame, para dar término a la narración de mis estudios del bachillerato, decir algo de mi actitud enfrente de ciencias tan importantes como la -Física-, las -Matemáticas- (Geometría, Trigonometría y Álgebra) y la -Historia natural-. Sea que fatigado de distracciones e informalidades comenzara a sentar la cabeza, sea que las últimas asignaturas de la segunda enseñanza casaran algo mejor que el griego y el latín con mis tendencias y gustos, ello es que les presté alguna más atención, sobre todo a la -Física-, la -Química- y la -Historia natural-. Explicaba el curso de Física y Química elementales don Serafín Casas, amigo y condiscípulo de mi padre. Gustábanos su manera sencilla y clara de exponer. Y recuerdo que, por adaptación a nuestra inopia matemática, -deshuesaba- las lecciones de ecuaciones e integrales. En cambio, cada ley o propiedad esencial era comprobada mediante experimentos concluyentes, que venían a ser para nuestra ingenua curiosidad juegos de manos de sublime taumaturgo. Por día de fiesta diputábamos aquel en que al comenzar la clase veíamos sobre la mesa imponentes y extraños aparatos de latón, muy especialmente las formidables máquinas eléctricas de tensión entonces a la moda. Dejo apuntado ya cuán interesante encontré la Física, la ciencia de los milagros. La óptica, la electricidad y el magnetismo (que entonces caían bajo el epígrafe general de -fluidos imponderables-), con sus maravillosos fenómenos, teníanme embobado. Claro es que las nociones adquiridas entonces fueron harto elementales. Arrastrado por mis crecientes aficiones, más adelante y ya terminada la carrera (1875 a 1877), emprendí la lectura de la admirable -Física médica- de Wundt y de la -Óptica fisiológica- del genial Helmholtz. Tales estudios, aparte satisfacer inclinaciones imperativas de mi espíritu, éranme necesarios para dominar las teorías de la visión y del microscopio. Con excepcional interés estudié en el Wundt la doctrina de las ondulaciones del éter, sólido fundamento de la física moderna. Por cierto que con tal motivo eché muy de menos conocimientos matemáticos, que debí aprender oportunamente en el Instituto oscense. Se me impuso entonces lo que a todos los estudiantes descuidados en vías de regeneración y conscientes de su ignorancia. Lo no asimilado en sazón y despaciosamente, debió ser adquirido después autodidácticamente y con todos los inconvenientes de la precipitación y de la ausencia de guía. En mis febriles y porfiadas acometidas a la ciencia de la -cantidad- llegué hasta engolfarme en el -Cálculo diferencial e integral-. Y algo humillado, debí consolidar los cimientos de mi saber, volviendo sobre aquellos modestos y resobados manuales de -Geometría- y -Trigonometría-, tan distraídamente leídos en Huesca. Abordando tales estudios episódicamente, durante las horas libres que me dejaban urgentes ocupaciones, mi tesón heroico aprovechó para -comprender-, pero no para -retener y dominar- el alto cálculo. Notorio es que quien desee forjarse un buen cerebro matemático, esto es, susceptible de orientarse airosa y ágilmente en el dédalo de ecuaciones e integrales que erizan las páginas de los tratados modernos de física, ha de consagrar a este orden de estadios la totalidad de sus esfuerzos mentales, aprovechando, a ser posible, la época admirablemente plástica de la mocedad, entre los dieciséis y los veintiún años, amén de rendir después a dichas tareas asiduo culto. Por desgracia, el médico, a excepción de algunos problemas de -oculística- y de -hidráulica- (estudio físico de la circulación de la sangre, determinación de las aberraciones de refracción del ojo, etc.), tiene poquísimas ocasiones de emplear el cálculo. Esencialmente descriptivas, las ciencias biológicas trabajan casi exclusivamente sobre la -cualidad-, que escapa a toda determinación cuantitativa. Mucho he deplorado después el tiempo neciamente perdido en el bachillerato y durante el año del preparatorio. No culpo de mi desaplicación a mis beneméritos profesores del Instituto oscense y de la Facultad de Ciencias de Zaragoza. De mi penuria matemática --que después he tratado de reparar-- fueron, ante todo, responsables mis irresistibles tendencias objetivas, aparte maleantes distracciones. Séame, empero, lícito expresar que en mi desdén por la ciencia de Viète, Descartes y Lagrange y Euler, colaboró también el desdichado método de enseñanza seguido en los Institutos. Rindiendo culto al hábito general, y por sumisión al método de los textos, que entonces --si no recuerdo mal-- se imponían de Real orden, nuestros profesores de Matemáticas se dirigían casi exclusivamente a la memoria de sus discípulos. La forma de exposición, excesivamente austera y abstracta, desdeñaba todo antecedente histórico y todo ornamento anecdótico, susceptibles de promover el gusto y atraer el interés del oyente. No es de extrañar, pues, que la mayoría de los alumnos oyéramos las reglas, teoremas y corolarios con absoluta indiferencia, a veces con tedio mortal. Nuestros rutinarios profesores parecían empeñados en hacernos creer que las nociones geométricas y algébricas representan inútiles cavilaciones de hombres ociosos, sin más interés práctico que algunas vulgares aplicaciones a la contabilidad mercantil, a la agrimensura y a la arquitectura. Realmente, hasta los veintitrés o veinticuatro años no tuve yo idea de la enorme transcendencia de la ciencia del cálculo. Recuerdo bien cómo fué ello. Disponíame a leer las celebradas obras de Laplace (que figuraban en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza), y deseoso de prepararme para comprenderlas, decidí, con buen acuerdo, consultar algunos libros de vulgarización astronómica, entre otros, los tan conocidos y populares de Flammarion y algunos de J. Fabre, el genial observador de los insectos. Los libros de Flammarion me deleitaron mucho, pero no saciaron plenamente mi afán de comprender. Encuéntranse en ellos lirismo desbordante, emoción comunicativa, descripciones pomposas, pero pocas demostraciones. En cambio, el pequeño Manual de Fabre, titulado -Le ciel-, fué para mí luminosa revelación. Aquí campea también la retórica, usada con discreción y mesura (sabido es que el «-príncipe de los insectos-» fué excelso poeta); pero las frases no ahogan las ideas. Y en todas las páginas del libro late la preocupación de iniciar al principiante en el mecanismo esencial de los métodos geométricos, con ayuda de los cuales fueron descubiertas las estupendas verdades de la cosmografía y astronomía[21]. [21] A causa de la maravillosa aptitud de Fabre para iniciar a la juventud en el estudio de las ciencias, el ministro Duruy, que le conocía bien, quiso nombrarlo preceptor del príncipe imperial; pero no lo consiguió porque el -Solitario de Sérignan- no tenía madera de cortesano. Allí, en aquel librito, que principia con la definición de un triángulo y acaba con la demostración de las más sublimes conquistas astronómicas, me reconcilié al fin con la desdeñada -Geometría- y con la execrada -Trigonometría-. Allí advertí con asombro que la -ciencia del espacio-, sin más instrumentos que un -grafómetro-, algún jalón y unas cuantas líneas trazadas sobre el papel, había dado cima a proezas del tenor siguiente: medir la dimensión y determinar la forma real de la tierra; fijar la distancia y el tamaño de la luna; averiguar el volumen y lejanía del sol; determinar la forma de las órbitas planetarias, etc. Y, descendiendo a más modestas empresas: conocer la elevación y anchura de una torre o de una montaña sin remontarlas; averiguar la amplitud de un río sin vadearlo, fijar la posición de un barco perdido en el mar, etc., etc. Y todas estas estupendas hazañas habíalas realizado --repito-- la maga -Geometría-, con métodos tan sencillos como elegantes; plantando un jalón, midiendo una base, trazando en el papel los ángulos formados por la visual del objeto y la dirección de aquélla (cuando se trata de la determinación de la distancia de la luna, la base, naturalmente, debe ser enorme, casi un meridiano completo). En conclusión; todo consistía en recomponer figuras ideales a medio trazar, en completar hábilmente triángulos mutilados, ofrecidos pródigamente por la naturaleza, como otros tantos llamamientos a nuestra curiosidad. En especial, la ingeniosísima demostración geométrica de la distancia del sol, dada hace más de dos mil años por Hiparco de Samos, me llenó de ingenua admiración. Ciertamente, la trigonometría nos proporciona hoy métodos mucho más exactos y hacederos para la resolución de éste y de otros magnos problemas; justo es reconocer, sin embargo, que el astrónomo griego, al revelarnos el sublime poder de la geometría, fué de los primeros que abrieron el camino. Y entrando en otro orden de aplicaciones, supe también, con igual asombro, que aquellas -curvas-, cuyas propiedades y ecuaciones tanto nos aburrieron en el Instituto (la -elipse-, la -parábola-, la -hipérbola-), -coinciden casual y milagrosamente- con las órbitas de los astros y las trayectorias de los móviles; que los triviales cuadritos de -coordenadas- y -abscisas-, tan menospreciados a los catorce años, sirven para presentar, gráfica y clarísimamente, la trayectoria de un móvil, y en general, la marcha de un fenómeno en función de espacio y tiempo; en fin, que aquellas enrevesadas y, al parecer, inútiles ecuaciones del álgebra, expresan también, por otra -estupenda casualidad-, las relaciones cuantitativas de muchas leyes físicas y hasta biológicas. En conclusión: caí un poco tarde en la cuenta de que las verdades matemáticas, que rutinarios y secos pedagogos consideran, no sin cierta aristocrática infatuación, cual construcción deductiva (cadena de verdades cuyo primer eslabón se hunde en la esencia del espíritu), surgida -a priori-, a espaldas y hasta con menosprecio de la experiencia, representan, por el contrario, imposición ineluctable del mundo objetivo, algo así como la quinta esencia de los conceptos derivados de la percepción y escrupulosamente depurados de contingencias, a fin de que la lógica racional pueda manipularlos ágil y cómodamente. Y, sabido esto, no me sorprendió ya que los axiomas y fórmulas de la geometría y del álgebra se acoplen tan estrechamente a la realidad exterior, puesto que, en último análisis, de la realidad proceden. Pero tan luminosas verdades penetraron --insisto-- harto tardíamente en mi espíritu, cuando el fruto no podía ser ya copioso ni brillante. La -Historia natural- me gustó casi tanto como la Física; pero no sació, sino muy imperfectamente, mis apetitos intelectuales. Con tedio consideraba aquellas bárbaras nomenclaturas y complicadas clasificaciones, tan abrumadoras para la memoria como refractarias a la lógica; la fatigosa enumeración de los caracteres externos de plantas y animales, y los criterios harto arbitrarios de la determinación de las especies. Verdad es que entonces no había nacido o no se había divulgado entre nosotros el evolucionismo, única doctrina susceptible de introducir algún orden, claridad y comprensión en el caos de los fenómenos biológicos. Bastante más tarde, allá por los años 74 o 75, llegaron a mi noticia las obras fundamentales de Lamarck, Spencer y Darwin, y pude saborear las jugosas y elegantes, aunque frecuentemente exageradas hipótesis biogénicas de Haeckel, el brioso profesor de Jena. ¡Por cierto que la primera refutación del famoso libro del -Origen de las especies- de Darwin, llegada a mis manos, fué escrita por Cánovas del Castillo!... Tratábase de cierto discurso de Ateneo, tan briosamente escrito como flojamente documentado. Me lo proporcionó en Madrid uno de los fervientes admiradores del insigne estadista. Para cerrar definitivamente el azaroso período del bachillerato, séame lícito trascribir aquí algunos párrafos de cierto artículo del Dr. R. Salillas, escrito con ocasión de uno de mis modestos triunfos académicos. Dejo dicho ya que el primer antropólogo criminalista de España fué uno de mis amigos y condiscípulos. Con Arizón, Ricardo Monreal, Tobeñas y otros, formaba la grey de los muchachos formales y aplicados; empero, de vez en cuando, su natural inquieto y un tanto aventurero le arrastraba a tomar parte en nuestras zalagardas. En las siguientes consideraciones, publicadas en -El Liberal- hace ya muchos años, apunta, además, algún recuerdo no consignado en el presente libro: «=La isla de Cajal.=--El anuncio de la publicación de la autobiografía del insigne histólogo, me hace recordar vivamente la época en que lo conocí. Y la recuerdo por un detalle singular. El muchacho de entonces, de la época en que cursábamos el segundo año de Humanidades (como antiguamente se decía) en el Instituto de Huesca, no era un innominado, un desconocido, una figura del montón. Tenía una personalidad que, bien considerada, coincide con la que ya puede llamarse su personalidad histórica. Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres, reconocen que no ha tenido maestro; que se ha formado solo; que lo que es constituye una manifestación de su propia potencia, de su firme voluntad, de su esclarecido intelecto. No ha tenido maestros... Ni los quiso tener, añadiría yo. Aquel muchacho de apariencia arisca, no muy sociable, que se aislaba siempre que podía y que por su actitud de reconcentración reflexiva siempre estaba aislado, era clasificable entre los caracteres que, según Juan Huarte --otro escolar de la Universidad de Huesca--, llaman los toscanos -caprichosos- por su semejanza con las cabras, que viven aisladas en los cerros. Cajal, en la época en que lo conocí, no fué discípulo de ningún catedrático... ¡Y así lo trataron ellos más de una vez! El Instituto no lo atraía con ningún género de curiosidad ni estímulo. Iba, cuando iba, a la cátedra, venciéndose a sí propio. Su inclinación era muy otra. Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo libre, solo generalmente, alguna vez con muy pocos amigos, que lo secundaban más bien que lo comprendían, y en largas o en pequeñas expediciones sentía siempre la contrariedad de tener que volver... La primera vez que merecí una confidencia de Cajal, fué leyéndome una novela que escribía e ilustraba. No sé cómo lo admiré más, si como novelista o como dibujante. Aquella novela, que entonces no la podía comparar, la clasificaría ahora entre las robinsonianas. Un naufragio, la salvación en un leño, el arribo a una isla desierta y la continuación de la aventura en aquel territorio, descubriendo la flora, la fauna y los salvajes pobladores. Todo esto no tendría nada de particular en la historia del autobiografiante, si se considera que el hacer versos o el hacer literatura, el fantasear y también el hacer -monos-, aunque se hagan mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es, como el mismo Cajal ha dicho, un sarampión, una fiebre eruptiva. Lo importante es que la novela coincida con la acción personal, y que esa acción, constantemente manifestada, conduzca a un resultado efectivo. Cajal era un novelista de acción. Nos leía su novela y la representamos juntos más de una vez. Una avenida de un modesto río, más modesto que el Manzanares, caracterizó la escena del naufragio. En los sotillos del Isuela, que es el río de que se trata, se vieron a la hora del baño algunos salvajes, pintados con el lodo de la orilla, saltando y trepando muy bizarramente, y manejando con cierta habilidad sus arcos al disparar las flechas. No fué un juego, fué una representación. Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de que la novela se realizara. Poco a poco la novela, infiltrándose en nuestro espíritu y avasallándolo, fué tomando proporciones realizables, y entonces, conociendo con minuciosidad los peligros que habíamos de correr, las luchas con los elementos, con las fieras y con los hombres, decidimos emprender la aventura, pero con una condición motivadora: la de salir suspensos, la de perder curso. Éramos tres[22]. Yo fuí el único a quien la condición no le comprometía; pero asistí lleno de inquietudes a los preparativos de la expedición, los acompañé hasta la salida, los seguí con los ojos y regresé a mi casa con tal pena, que no recuerdo una pena semejante. [22] Alude a la escapatoria camino de Zaragoza. En realidad, los expedicionarios fuimos cuatro y, naturalmente, de lo peorcito del curso. Sin poderlo disimular rompí en llanto de desesperación, y alarmados mis padres les tuve que decir entre sollozos lo que les ocurría a mis amigos, riéndose entonces cuantos me escuchaban. Volvieron, y su vuelta contribuyó mucho a que la novela en acción empezara a no tener éxito. Pero después, tras muchos años en que no supe nada de mi compañero escolar, cuando supe lo que hacía, cuando lo ensalzaron sus descubrimientos, volví a creer, y a creer firmemente, que entre aquella novela de corte robinsoniano y la realidad de los descubrimientos científicos, no había ni siquiera variación de asunto. Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la fragua encendida, y Cajal ha dicho que lo que importa es tener una hipótesis directriz. ¡Lo que importa es creer y poder! Así fueron los conquistadores y descubridores en la epopeya del descubrimiento de América. Así son los investigadores científicos. En el insigne histólogo revivió, siendo niño, la idea semilegendaria de las aventuras náuticas. Siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y llegó victoriosamente. ¡La isla existía! En los centros nerviosos, en la médula y en el cerebro se encuentra efectivamente la -Isla de Cajal-.» [Ilustración] CAPÍTULO XIX Comienzo en Zaragoza la carrera médica. -- El Ebro y sus alamedas. -- Mis profesores del preparatorio: Ballarín, Guallart y Solano. -- Cobro afición a la disección bajo la dirección docente de mi padre. Aprobadas las asignaturas del bachillerato y hechos los ejercicios del grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su hijo un Galeno, me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del año preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías, me acomodó de mancebo en casa de D. Mariano Bailo, paisano, amigo y condiscípulo suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y como hombre a carta cabal. La alegría de verme en una ciudad nueva, populosa y ennoblecida por grandes recuerdos históricos, cedió bien pronto a triste decepción. Mis amigos de Huesca, los regocijados camaradas de glorias y fatigas, recibiéronme con la mayor indiferencia. Adelantados uno o dos años en su carrera, habían contraído nuevas amistades entre sus condiscípulos, y a mis deseos de renovar el viejo trato, mostraron un desdén que me llegó al alma. Fué el primer desengaño de la amistad. De tan merecida frialdad, empero, sólo era yo responsable. No se alejaron ellos de mí; fuí yo quien se alejó de ellos al retrasarme en la carrera. Consoléme entonces, no sin devorar algunas humillaciones, conforme suelo consolarme siempre, según tengo repetidas veces expuesto, bañando el alma en plena naturaleza. El Ebro caudaloso y sus frondosas y umbrías alamedas estaban allí, brindando un lenitivo a mi desilusión y prometiéndome reemplazar, con suaves distracciones, las vanas e inconstantes efusiones de la amistad. Para los hombres capaces de saborear sus bellezas, es el campo soberano apagador de emociones, irreemplazable conmutador de pensamientos. ¿Qué añade a nuestra alma --se ha dicho por alguien-- un cielo azul y una vegetación espléndida? Nada, en efecto, para el hombre altivo, que, alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo; pero mucho, muchísimo para quienes saben abrir sus sentidos a los esplendores del cielo y a las armonías del mundo. Con todo eso, en los tiempos a que aludo, llevábanme también a las pintorescas orillas del Ebro mis inclinaciones artísticas y mi sentido de naturalista. Entre mis tendencias irrefrenables, cuéntase cierta afición estrafalaria a averiguar el curso de los ríos y a sorprender sus afluentes y manantiales. Y la circunstancia de ser éste el primer río caudaloso que veía, excitaba al sumo la citada curiosidad hidrológica. «¿De dónde proviene --pensaba-- este formidable raudal de agua cuyas ondas, después de lamer mansa y suavemente los muros del Pilar, parecen modular, al estallar fragorosas en el puente de piedra, himnos heroicos?» Arrastrado por la curiosidad, remonté más de una vez sus corrientes hasta llegar a Alagón; otras veces descendí, río abajo, hasta cerca de Pina. Estimulábame, además, en mis excursiones ribereñas el deseo romántico de hallar paisajes idílicos no profanados por planta humana. Por cierto que este antojo infantil por conocer los manantiales del Ebro, fué satisfecho al fin hace algunos años, con ocasión de un veraneo en Reinosa. Imaginábame, en mi candor, que la famosa fuente del Ganges aragonés estaría adornada por algún emblema, columna, arco o estatua destinados a consagrar el poético y apacible lugar donde emergen las aguas de la corriente simbólica que mereció por su grandeza dar nombre a la tierra y a la raza. Pero, ¡oh decepción!, en vez del monumento conmemorativo a la vieja Iberia, algo semejante a la majestuosa estatua del Nilo conservada en la galería capitolina de Roma, mostráronme cerca del poético manantial montones de piedras, cascos de botella, latas y cacharros rotos, por entre los cuales asomaban trabajosamente las cristalinas linfas para ser inmediatamente profanadas por zahareñas lavanderas y alegres juerguistas. * * * * * Pero no divaguemos. Juzgo al lector harto de enfadosas digresiones y es hora de que digamos algo de mis profesores. Eran éstos el veterano D. Florencio Ballarín, catedrático de Historia Natural; D. Marcelo Guallart, que explicaba Física, y D. Bruno Solano, auxiliar por entonces encargado de la ampliación de Química. Poco recuerdo de D. Marcelo Guallart. Únicamente puedo decir que sus lecciones, sabias y modestas, pecaban de monótonas, y que su clase, no muy frecuentada (no hay que olvidar que estaba reciente la -gloriosa-), sólo se llenaba de bote en bote los días de experimentos aparatosos y teatrales. Mayor relieve y colorido tienen mis remembranzas de Ballarín y Solano, maestros dignos por mil conceptos de ser recordados con fervor. El anciano D. Florencio Ballarín, contemporáneo de Fernando VII, de quien fué perseguido por liberal y, además, por irrespetuoso con la augusta persona del monarca, era un profesor ilustrado, dotado de imaginación plástica y de verbo cálido. Fué el primero a quien oí defender con leal convicción la necesidad de la enseñanza objetiva y experimental, hoy tan cacareada como poco practicada. Predicaba con el ejemplo; y así sus lecciones de zoología y mineralogía nos resultaban altamente instructivas, ya que se daban respectivamente en el Museo y en el Jardín Botánico. ¡Lástima grande que no hubiéramos alcanzado más joven a D. Florencio, cuando sus facultades culminaban! En los tiempos a que aludimos era ya setentón y adolecía de esa irritabilidad y desigualdad de humor, triste y casi inevitable defecto de la senectud. Recuerdo que en sus reprensiones y castigos faltaba casi siempre la debida proporcionalidad entre la acción y la reacción. Incorrecciones de lenguaje, sonrisas furtivas, distracciones momentáneas bastaban a sacarlo de sus casillas y a que nos llenara de improperios. Cierto día me preguntó las arterias de los miembros superiores. En un lenguaje deslabazado y tímido contestéle, entre otras cosas, «que la arteria humeral se extiende a lo largo del brazo... --Pero hombre --me interrumpió indignado-- -¡a lo largo!- ¡Cualquiera diría que es usted sastre y está tomando medida de mangas!...» Una de sus buenas costumbres docentes --hoy casi enteramente abandonada-- consistía en señalar periódicamente cierto tema de discusión, de cuya defensa se encargaba un alumno, a quien sus camaradas debían dirigir observaciones. Tocóme el turno de objetante: dominábame miedo cerval. Tratábase del mecanismo de la hematosis. El disertante, mi buen amigo el Dr. Senac, hoy ilustrado médico militar[23] y uno de tantos talentos obscurecidos por falta de ambición, hizo un bonito discurso, pronunciado con facilidad y desembarazo. Defendió la tesis, entonces muy en boga, de que la sangre venosa era nociva al organismo a causa del ácido carbónico en ella acumulado y del cual debía desprenderse en el pulmón. Yo, que había bebido en las mismas fuentes (la -Fisiología- de Beclard), le dije o intenté decirle «que el daño no estaba en el exceso de ácido carbónico, gas enteramente inofensivo, sino en la ausencia de oxígeno, ya consumido en los capilares con ocasión de la respiración de los tejidos». [23] Murió hace algunos años de una afección cardíaca. Mas tan sencillo reparo fué expuesto con frase tan desmañada y sinuosa y con voz tan entrecortada y balbuciente, que Ballarín, no pudiendo sufrirme, ordenóme callar con cajas destempladas, añadiendo «que conservaba todavía el pelo de la dehesa». Mi inocencia era tal, que no entendí la frase ni, por tanto, la intención mortificante. De este estreno oratorio saqué en limpio una enseñanza: que el hijo de mi madre no había venido al mundo para ser diputado, ni siquiera charlatán. ¡Cuánto he envidiado después, al presenciar escarceos oratorios, la enorme ventaja que llevan en la lucha por la vida esos hombres privilegiados que no necesitan tener razón para ser oídos y hasta aplaudidos! Pero aparte las citadas rarezas, Ballarín era benemérito maestro a quien respetábamos y venerábamos. Le estábamos además agradecidos porque, de vez en cuando, nos concedía graciosamente un día de asueto, y ciertamente por un motivo que el lector adivinará difícilmente. ¡Ya se sabía!, en cuanto llegaba a cátedra malhumorado, la cara cuadrada, sumidas las quijadas, el aire de contrariedad... y daba comienzo a la tarea mascullando gangosa e ininteligiblemente la palabra «Seño... res...», todos, como movidos de un resorte, requeríamos el sombrero, nos poníamos en pie y tomábamos tranquilamente la puerta..., con beneplácito del profesor, que se limitaba a deplorar la flaqueza de su memoria. ¡Era que el bueno de D. Florencio se había dejado en casa la dentadura! Este cómodo olvido, tratándose de tan averiada senectud, ¿era voluntario o involuntario? He aquí un problema que nunca pudimos resolver. Cosa sabida es que los profesores, aun los más refractarios a la rutina, repiten fonográficamente todos los cursos ciertas frases y ejemplos que los alumnos conocen y anuncian a plazo fijo. Tal le ocurría a Ballarín. Entre los ejemplos estereotipados no hay condiscípulo que haya olvidado uno famoso, expuesto invariablemente al tratar de la escala de dureza de los minerales. «Señores --decía--: el diamante ocupa el núm. 7 de la escala de la dureza; resulta, pues, el cuerpo más duro que se conoce; pero entendámonos: la resistencia al rayado no implica oposición a la fractura. Precisamente el diamante es deplorablemente quebradizo. Ahí tienen ustedes --añadía-- el testimonio irrecusable de esta lamentable propiedad.» Y en aquel momento alargaba la mano por encima de la mesa, mostrando flamante solitario, afeado en su centro por fractura estrellada. Y a seguida refería que, durante cierta disputa, no sé si científica o política, no pudiendo persuadir al adversario, descargóle en la cabeza formidable puñetazo. Por desgracia del agresor, el cráneo del adversario era de los que merecían figurar con un núm. 8 en la consabida escala de la dureza, toda vez que rompió en mil trozos el precioso diamante... Al llegar aquí era de ritual soltar carcajada general, que no impacientaba en lo más mínimo al bueno de Ballarín. Muy diferente era el temperamento intelectual y docente de D. Bruno Solano. Elocuente, fogoso, afable, no exento de severidad en ocasiones, su cátedra era templo donde oíamos embelesados la pintoresca e interesante narración de los amores y odios de los cuerpos: las aventuras del oxígeno, especie de D. Juan, rijoso e irresistible conquistador de la virginidad de los simples; las crueles venganzas del hidrógeno, celoso amante responsable de tanta viudez molecular, y las intrigas y tercerías del calor y electricidad, dueñas quintañonas capaces de perturbar y de divorciar hasta los matrimonios más unidos y estables... ¡Qué dicción más agradable y seráfica la suya! ¡Qué suprema habilidad para hacer comprensivos y amenos, mediante comparaciones luminosas, los puntos más difíciles o las nociones más áridas, enjutas y estropajosas! Bajo este aspecto se parecía mucho al célebre físico inglés Tyndall, y más aún al incomparable divulgador A. Fabre. Acude a mi memoria una exclamación feliz de D. Bruno, con ocasión de cierta conferencia pública. Tratábase en ella de los productos de destilación de la hulla, del tan celebrado -pan de la industria-, y el conferenciante, para hacer más objetiva su lección, instaló en cátedra los aparatos correspondientes, y procedió a destilar un trozo de carbón mineral. Apenas se difundieron por la sala las primeras oleadas del poco agradable gas, cierto burguesillo petimetre exclamó, tapándose las narices: «¡Qué mal huele! --No tal --rugió D. Bruno--, ¡huele a progreso!» Pues ¿y el hombre moral? ¿Quién no recuerda aquel heroico rasgo tenido con motivo de sus oposiciones a la cátedra de Historia Natural del Instituto de Zaragoza? Tocaban a su fin los ejercicios, y D. Bruno, con asombro del tribunal que iba a votarle catedrático, no compareció en el último acto de las oposiciones. En consecuencia, se suspendieron los ejercicios y se envió un emisario a casa de Solano. Halláronle tranquilamente en su despacho y trajeron una respuesta digna de Arístides: «Me retiro porque me he persuadido de que uno de los opositores sabe más que yo, y no quiero dar ocasión a una injusticia». Al tomar tan grave decisión, Solano era modesto auxiliar de Universidad. Con el exiguo sueldo del cargo y los escasos gajes de sus lecciones en colegios particulares, mantenía a su madre idolatrada. Llena está la vida del sabio profesor de hermosos rasgos, reveladores de que el amor a la justicia era tan grande en él como su desdén hacia el vil metal. Tiempos después, alcanzó, en honrosa oposición, la propiedad de su cátedra. Confieso que cuando visito Zaragoza, una de las cosas que más me entristece es la ausencia del malogrado compañero[24]. Sus pláticas diarias en el -Café Suizo-, donde se congregaban sus íntimos y admiradores, eran un regalo del espíritu. Su popularidad era tan grande como merecida. Eso que después se ha llamado -extensión universitaria-, fué una de tantas iniciativas suyas. No reservó nunca su ciencia para los privilegiados de la matrícula oficial, sino que la propagó al gran público, creando lazos intelectuales y afectivos entre la cátedra y el taller, el laboratorio y la fábrica. Estaba persuadido de que la ciencia debe asociarse a la vida, para inspirarla y dirigirla. Su exquisita sensibilidad de artista y de pensador le permitían descubrir, hasta en las cosas más vulgares, puntos de vista superiores. [24] Solano murió joven a consecuencia de una operación quirúrgica. Pero Solano era además un soberbio temperamento de escritor. ¡Un escritor que no quiso nunca escribir!... De sus brillantes dotes literarias dan testimonio esos preciosos, y por desgracia escasísimos artículos científicos y de vulgarización, insertos en los diarios zaragozanos, y singularmente, el bellísimo discurso de apertura universitaria acerca de las orientaciones de la química moderna. * * * * * Pero volviendo a mis estudios, debo decir que, gracias a tan buenos maestros, aproveché bastante, es decir, todo lo que mi juicio, todavía en agraz, y mis continuas escapadas artísticas consentían. Sólo una vez regresé a mis viejas aventuras de tronera. Cierto camarada de Huesca llamado Herrera, mozo despejado y algo camorrista (tuerto de resultas de una travesura), gran admirador de mi honda, rogóme encarecidamente que, olvidando por un día la -Historia natural-, le prestase mi concurso en cierto encuentro que debía efectuarse en las eras del barrio de la Magdalena, entre estudiantes y femateros, o entre -pijaitos- y -matracos-. Tuve la debilidad de caer en la tentación. Mi honda hizo de las suyas. Descalabré unos cuantos enemigos y contribuí al triunfo de los -señoritos-, a pesar del refuerzo que a última hora recibieron los femateros de sus congéneres de la parroquia de San Pablo. Sin engreirme con la victoria, y ahíto de chiquilladas, tuve la fortaleza de no reincidir. Cada cosa a su tiempo. Y el de la informalidad había pasado. Frisaba yo entonces en los diez y siete años. Mi relativa aplicación me permitió aprobar sin percances el preparatorio, y matricularme en el primer curso de Medicina. Por aquella época (creo que fué en 1870) trasladóse mi familia a Zaragoza. Deseoso mi padre de dar carrera a sus hijos, vigilarlos de cerca y sustraerse definitivamente a los sinsabores de la práctica médica rural, hizo ciertas oposiciones a médicos de la Beneficencia provincial, y, conseguida una plaza, establecióse en la capital aragonesa, en donde, a poco de su arribo, el sabio clínico y condiscípulo suyo D. Genaro Casas, a la sazón Decano de la Facultad de Medicina, le confirió el cargo de profesor interino de disección. Conocido el entusiasmo de mi padre por la anatomía, y su vocación decidida por la enseñanza, adivinará fácilmente el lector el celo y ardor puestos en el desempeño de su cometido y el empeño en convertir a su hijo en hábil disector. Hétenos, pues, a los dos metidos en harina, como suele decirse. ¡Y con maestro tal, cualquiera escurría el bulto! Tres años nos pasamos en aquella humilde sala de disección, perdida en la huerta del viejo Hospital de Santa Engracia, desmontando pieza a pieza la enrevesada maquinaria de músculos, nervios y vasos, y comprobando las lindas cosas que nos contaban los anatómicos. Ante la imponente losa anatómica, protestaron al principio cerebro y estómago; pronto vino, empero, la adaptación. En adelante vi en el cadáver, no la -muerte-, con su cortejo de tristes sugestiones, sino el admirable artificio de la vida. A medida que adelantaba en el estudio objetivo del cuerpo humano, crecía mi curiosidad. «Voy a admirar por fin --me decía-- el maravilloso microcosmo de los filósofos, el compendio y síntesis de la creación.» Mi fantasía de aventurero romántico despachábase a su gusto. Parecíame aquello un África tenebrosa, de la cual sólo había hasta entonces contemplado el desierto, es decir, el árido esqueleto. ¡Quizás se encontraba allí la isla ideal con que sueña todo investigador, ese mundo virgen, prometedor de inacabables sorpresas!... Conforme pide el método, para no extraviarnos en la selva inextricable de vasos y nervios, trabajábamos en presencia de los libros, guiados por el Cruveilhier y el Sappey. Crecía el ardor al compás de las dificultades, y, pródigos de tiempo (mi padre por entonces tenía pocos enfermos), consagrábamos a la tarea todo el vagar que nos dejaban, a mi progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas. Incansable él, no consentía fatiga en torno suyo. ¡Pobres Sappey y Cruveilhier cuando marraban en una minucia; cuando, por ejemplo, estimaban constante disposición contingente o anómala, o no acertaban a describir un órgano con suficiente claridad! «¡Ah farsantes! --exclamábamos--. Vosotros os copiáis rutinariamente, describís sin observar». Pero nuestro enojo, un poco irónico, pasaba pronto, convirtiéndose en admiración en cuanto los venerados textos acertaban en puntos difíciles. Fuerza es confesar que los descuidos de aquellos clásicos tratadistas eran excepcionalísimos. El encuentro de algunos fué, sin embargo, altamente tónico, pues nos trajo la persuasión alentadora de que la ciencia dista mucho de ser perfecta y definitiva. Juez supremo e inapelable en nuestras dudas fué el cadáver. Sólo en sus hojas de carne, mimosamente desplegadas por el escalpelo, residía la verdad. Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender; que no hay profesor más celoso que el que aprende para enseñar. Mi lápiz, antaño responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a los ojos de mi padre, que se complacía ahora en hacerme copiar cuanto mostraban las piezas anatómicas. ¡Qué satisfacción cuando, a fuerza de paciencia, conseguíamos desprender de su ganga de grasa el diminuto -ganglio oftálmico- con sus tenues radículas nerviosas o atisbar en su escondrijo el enrevesado foco ganglionar -esfeno-palatino-, o, en fin, perseguir triunfantes, a través de los túneles del -peñasco-, los sutiles -nervios petrosos-! Con todo ello enriquecía mis apuntes y daba carácter objetivo a mis conocimientos. Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron formidable cartapacio, del que se mostraba orgulloso el autor de mis días. Su entusiasmo llegó al punto de proyectar seriamente la publicación de cierto -Atlas anatómico- iluminado, destinado a dejar, según él, tamañitos a los famosísimos de Bourgery y de Bonami. Y habría acometido resueltamente la empresa si la rudimentaria cromolitografía zaragozana lo hubiera consentido. Por desgracia, la primera prueba ejecutada en casa de cierto litógrafo conocido mío resultó abominable estampa. Ni fueron mejores otras copias que años después (allá por los 76 o 77), ya vuelto de Cuba, publicó nuestro generoso amigo Molina Mergeliza, un millonario que cursaba la carrera por deporte[25]. [25] En el momento mismo en que corrijo estas cuartillas (10 de Junio de 1917) me entero por los periódicos del entierro del viejo amigo. Como veremos más adelante, yo le soy deudor de algunos importantes servicios. Desde entonces ¡cuántas veces he deplorado el bochornoso atraso de las artes gráficas en España! A despecho del más sincero patriotismo, el hombre de ciencia se ve en el apuro de recurrir al extranjero, en cuanto necesita reproducir pulcramente alguna lámina anatómica o histológica. Para cerrar este capítulo añadiré que, en vista de mi laboriosidad y relativa pericia en el arte de disecar, al final del primer año se me otorgó una plaza de -ayudante de disección-. Este cargo oficial, halagando mi amor propio, fomentó todavía más mis aficiones anatómicas. Y me consintió, además, agenciarme algunos gajes, dando lecciones particulares de anatomía práctica. [Ilustración] CAPÍTULO XX Mis catedráticos de Medicina. -- D. Manuel Daina y el premio de Anatomía topográfica. -- Un singular procedimiento de examen. -- Nuestro decano, D. Genaro Casas. -- Mis petulancias polémicas. -- Notas breves acerca de algunos profesores y ciertos incidentes ocurridos en sus clases. A despecho de mis escapadas artísticas, continué la carrera sin tropiezos, aunque sin permitirme el lujo de sobresalir demasiado. A decir verdad, sólo estudié con esmero la -Anatomía- y la -Fisiología-; a las demás asignaturas --las -Patologías médica y quirúrgica-, la -Terapéutica-, la -Higiene-, etc.--, consagré la atención estrictamente precisa para obtener el -aprobado-. A lo que debió quizás contribuir algo cierto Ministro de la -Gloriosa-, quien, por devoción al igualitarismo democrático, redujo las calificaciones de exámenes a dos: -aprobado- y -suspenso-. Confieso que jamás he logrado percibir la ventaja educativa de la supresión de las notas. En una edad en que la pereza y las distracciones hallan tantas ocasiones de asaltar la voluntad, ¿qué mal hay en fomentar la emulación y hasta la vanidad misma? Hágase el milagro, y hágalo el diablo. Si en el corazón del estudiante queda un residuo de pasión malsana, pronto se encargará la vida de disiparlo. Lo esencial es acrecentar el patrimonio científico adquirido y mantener el hábito del trabajo. Se dirá que para los alumnos aficionados a las distinciones académicas quedaba el recurso de los premios. Pero no todos los jóvenes aplicados poseen la pretensión y audacia necesarias para tales competiciones. Recuerdo que el temor de parecer presumidos u orgullosos fué causa de que la mayoría de los premios de la Facultad quedaran desiertos. Y no ciertamente por ausencia de jóvenes aventajados. Excluyéndome yo, que sólo podía aspirar al diploma en las asignaturas anatómicas, figuraban entre mis condiscípulos mozos sobresalientes. Recuerdo ahora a Pablo Salinas, Victorino Sierra, Severo Cenarro, Simeón Pastor, Joaquín Gimeno, Pascual Senac, Andrés Martínez, José Rebullida y otros. Por mi parte, sólo tenté fortuna en la -Anatomía topográfica y operaciones-, asignatura de que era titular D. Manuel Daina. Y aunque favorable el resultado, quitóme las ganas de reincidir. Mas el suceso merece contarse, para que se vea que en eso del estudio, como en otras muchas cosas, lo mismo cabe pecar por carta de más que por carta de menos. Tenía D. Manuel Daina verdadera debilidad por mí. En su bondad me consideraba el mejor de sus alumnos, y yo correspondía a tan lisonjero concepto esmerándome en la ejecución de las preparaciones anatómicas, de que, como -Ayudante disector-, estaba oficialmente encargado. Se comprenderá, pues, que terminado el curso, me instara encarecidamente el profesor la solicitud del premio y que yo deseara complacerle, preparándome concienzudamente para el certamen. Sabido es que en todo programa, además de las lecciones corrientes, figuran ciertas materias fundamentales o simplemente difíciles, donde el alumno puede lucir su aplicación y memoria. Mis lectores médicos recordarán que en los dominios de la -Anatomía topográfica- estos temas de prueba son: la -región del cuello-, la -inguinal-, la -crural-, la -perineal- y el -hueco poplíteo-. Por arduas y complicadas las había disecado con cariño y reproducido más de una vez en mis láminas anatómicas. Llegó el concurso; estuve solo; tocóme el -anillo inguinal-; escribí largo y tendido; decoré la descripción con varios esquemas y llevé mi preocupación del detalle hasta precisar las dimensiones en milímetros. Ufano durante la lectura, esperé después largo rato el fallo del tribunal. Desde el vestíbulo oía a los jueces discutir acaloradamente. «¿Qué pasará?», me decía un tanto escamado. Al fin, supe que el jurado me había adjudicado el premio. Al salir Daina y su compañero me abrazaron, felicitándome. Pero D. Nicolás Montells (profesor de Patología quirúrgica) se me acercó, diciéndome en tono desabrido: «Conste que a mí no me la pega usted. ¡Eso está copiado!»... En vano intenté respetuosamente sacarle de su error. Para el bueno de Montells, era imposible que un alumno recordara en milímetros los diámetros del conducto inguinal. Afortunadamente, mi maestro Daina, que me conocía bien, defendióme briosamente. Con su exquisita prudencia previno, además, el estallido de mi cólera, pasión a la que entonces era yo extraordinariamente propenso. Todo se arregló, pero el incidente contribuyó decisivamente a que, en lo sucesivo, desistiese de semejantes concursos. Merece D. Manuel Daina un recuerdo afectuoso. De simpática figura y carácter afable, gozaba de la reputación y estima que proporcionan el talento y la ecuanimidad, asistidos de espléndida posición social. La misma sencillez y elegancia con que vestía, resplandecían en su palabra, que era correcta, tranquila, persuasiva y matizada, a veces con rasgos de elegante escepticismo. Era, acaso, don Manuel el más -europeo- de nuestros profesores, quizá el único que había ampliado en el extranjero su educación profesional y científica. Había sido discípulo de las grandes figuras quirúrgicas de París. Nos embelesaba cuando refería las hazañas operatorias de Nélaton y Velpeau, así como los errores imperdonables a que conducen la superficialidad del reconocimiento y el criminal afán de sumar estadísticas de intervenciones temerarias. Mucho valía como operador, pero valía todavía más como cirujano. Por cierto que D. Manuel Daina ensayó en aquel curso cierto sistema muy original de calificar. La víspera de los exámenes, sorprendiónos a Cenarro y a mí con el siguiente curioso encargo: «Persuadido estoy --nos dijo-- de que no hay profesor, por atento que sea, que conozca tan bien a sus discípulos como ellos se conocen entre sí. En consecuencia, he resuelto que ustedes, en representación de sus camaradas, formulen las calificaciones. Ahí va la lista. Como fío mucho de la rectitud y formalidad de ustedes, de antemano apruebo lo que hagan». Expusimos algunas tímidas excusas, pero acabamos por aceptar el delicado honor, prometiendo --según era de rigor-- guardar el secreto. Aquella noche Cenarro y yo cambiamos impresiones acerca de los méritos de nuestros condiscípulos, aquilatamos el talento, grado de aplicación y asistencia a clase de cada uno, y resolvimos, de perfecto acuerdo, las notas. Entre los indultados --hubo, naturalmente, bastante manga ancha-- recuerdo a un tal Pueyo, mozo aplicado y pobre, que apenas asistía a clase por enfermo y a quien el profesor contaba entre los irredimibles. Naturalmente, Cenarro y yo comenzamos por adjudicarnos sendos -sobresalientes-[26]. Al repasar la lista y notar la racha de indultos y rectificaciones, experimentó D. Manuel alguna sorpresa; pero sonrió bondadosamente y aprobó la propuesta. Claro es que después de tal acuerdo los exámenes fueron pura fórmula. [26] Por aquel año (1872), otro ministro de la Revolución restableció las calificaciones de examen. [Ilustración: Lám. XIII, Fig. 21.--Don Genaro Casas, decano de la Facultad de Medicina de Zaragoza y buen amigo de mi padre.] Otro de los buenos maestros de la Escuela de Medicina aragonesa fué D. Genaro Casas, amigo y condiscípulo de mi padre (ambos cursaron la carrera en Barcelona). Exiguo de estatura, y afeado por lupia voluminosa implantada en la frente, tenía aspecto enfermizo y deforme, que se desvanecía en cuanto comenzaba a hablar. Porque D. Genaro, Decano y casi creador de la Escuela de Medicina aragonesa, además de ser clínico eminente y modelo de profesores celosos, poseía talento oratorio de primera fuerza. Pertenecía a la selecta grey de los médicos latinos y humanistas, hoy perdida casi enteramente. Imperaba entonces en las escuelas médicas el -vitalismo- de Barthez, inspirado en el hipocratismo, doctrina de que fué también ardiente partidario el Dr. Santero, a la sazón catedrático de Clínica médica de Madrid. Natural era que los profesores de aquel tiempo --que podíamos llamar -era prebacteriana--- reaccionaran con alguna viveza contra las tendencias materialistas u organicistas de la química, histología y más tarde de la bacteriología. Pero D. Genaro, vitalista convencido, supo siempre hacer justicia a las conquistas positivas de estas ciencias, cuyos datos interpretaba muy hábilmente en el sentido de su espiritualismo orgánico. Aún recuerdo la exposición magistral que nos hizo de la -Patología celular-, de Virchow, libro esencialmente revolucionario, aparecido por entonces. Naturalmente, D. Genaro aceptaba los hechos, pero repudiaba su espíritu. Claro está que los distingos del sabio maestro no hacían siempre gracia a sus discípulos; pero aun los que pasábamos por más avanzados y noveleros, seguíamosle con respeto en sus loables esfuerzos de conciliación entre lo viejo y lo nuevo. Todos le venerábamos y queríamos, porque su celo por la enseñanza era tan grande como su talento y su bondad. Por cierto que mi petulancia puso un día a prueba la inagotable benevolencia del maestro. Referiré el incidente --que hoy recuerdo con pena--, para que se vea hasta qué punto llegaba la rebeldía de mi carácter y la paternal tolerancia de D. Genaro. Había yo leído la citada -Patología celular- de Virchow y algunos otros libros anatomo-patológicos a la moda, donde, a vueltas de un análisis objetivo insuficiente, se hacía la apología de la célula, presentándola como un ser vivo, autónomo, protagonista exclusivo de los episodios patológicos. Quedaba de esta suerte rota la unidad orgánica, tan cara a vitalistas y animistas. Por consiguiente, la enfermedad venía a ser algo así como modesto incidente de fronteras o a modo de motín de ciudad, que debían reprimir de modo automático las fuerzas locales, con poca o ninguna intervención de la autoridad central, representada por el sistema nervioso. Infatuado y ufano con lecturas bastante mal digeridas, contrariábame ver cómo D. Genaro interpretaba en sentido vitalista todos los procesos celulares. Y, no obstante mi timidez y cortedad, el choque llegó al fin. Cierto día de conferencia preguntóme el maestro acerca de las -lesiones de la inflamación-, y después de exponer los hechos descriptivos corrientes, tuve, al interpretarlos, la audacia de oponerme a su doctrina vitalista. Con un arrojo, de que yo mismo estaba asustado, manifesté que: «La hiperemia y la exudación no constituían actos defensivos del principio vital, sino meros efectos de la irritación y multiplicación de las células. En mi concepto --añadía--, las fuerzas centrales, caso de ser algo real, no intervienen para nada en el proceso, como lo prueba el alegato de Virchow, de existir inflamación en tejidos desprovistos de vasos y nervios, etc.»[27]. Ante mis arrogancias, los condiscípulos mirábanse estupefactos. [27] Comprenderá el lector que, después del tiempo transcurrido, no puedo precisar los términos de la polémica, pero sí los argumentos y el espíritu que los animaba. No se enojó D. Genaro por mi falta de respeto; antes mostró alegrarse de contender con un discípulo. Y con formas suaves trató de persuadirme de «que el acto inflamatorio representa siempre una reacción defensiva contra los agentes vulnerantes; hizo notar que, aun en los tejidos exangües citados por mí (córnea y cartílago) desarrollábase la hiperemia, puesto que hacia el punto lesionado afluían jugos y glóbulos de pus, y, en fin, añadió que la indiscutible finalidad de las citadas reacciones, en orden a la eliminación de las causas y reparación de sus estragos, implicaba lógicamente un principio superior de unidad y 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000