Entre los festejos preparados para celebrar la entrada de nuestras tropas en Tetuán, recuerdo las marchas, pasos-dobles y jotas, ejecutadas con más fervor que afinación por cierta murga traída de no sé dónde; y una hoguera formidable encendida en la plaza pública, y en cuyas brasas se asaron y cocieron, a semejanza de lo contado por Cervantes en las bodas de Camacho, muchos carneros y gallinas. Al compás de la ruidosa orquesta, circulaban de mano en mano, y sin darse punto de reposo, botas rebosantes de excelente vino de la tierra, así como sabrosas tajadas, a las cuales, como se comprenderá bien, no hicimos asco los chicos; antes bien, jubilosos por la fiesta y el jolgorio, y alborotados con esta especie de comunión patriótica, nos pusimos ahítos de carne y medio calamocanos de mosto. Fué ésta la primera vez que surgieron en mi mente, con plena conciencia, la idea y el sentimiento de la patria. Representa, por lo común, el patriotismo pasión tardía; acaricia el espíritu durante la adolescencia, cuando penetran en sensorio las primeras nociones precisas acerca de la historia y geografía nacionales. Estas nociones exceden y dilatan el mezquino concepto de familia y, empequeñeciendo el amor al campanario, nos enseñan que más allá de los términos de la región viven millones de hermanos nuestros que aman, esperan, luchan y odian al unísono con nosotros; que, en suma, hablan la misma lengua y tienen iguales origen y destino. Tamaño sentimiento de solidaridad se exalta todavía en el niño cuando lee el relato de las hazañas de sus mayores: tales lecturas despiertan en él la admiración y el culto hacia los héroes de la raza, defensores del territorio nacional contra las agresiones de los extraños, y sugiérenle, además, el noble deseo de emular a las grandes figuras de la historia y de sacrificarse, si preciso fuera, en el altar sagrado de la patria. Pero en mí, por virtud quizá del acontecimiento aludido, acaso por el concurso de otras causas, el sentimiento de patria fué muy precoz. Pobres e incompletas eran las nociones históricas aprendidas en la escuela o de labios de mi padre; pero bastáronme para formar alta idea de mi nación como entidad guerrera, descubridora y artística, y para que me considerase orgulloso de haber nacido en España. Harto sabido es que el sentimiento de patria es doble; entran en él afectos y aversiones. De una parte, el amor al terruño y el culto a la raza; y, de otra, el odio a los extranjeros, con quienes la nación hubo de contender en defensa de la independencia. Por entonces reinaban en Aragón, como en la mayor parte de España, estas dos formas del patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo cuenta entonces de cuán instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al -feroz marroquí-, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable el odio al francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado nuestro movimiento de expansión en Europa. En ello, sin embargo, latía una injusticia que más adelante corregí. Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión, eché de ver que, en punto a agresiones injustas y desapoderadas, allá se van todos los pueblos. Todos hemos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han prevalecido, no los más valerosos, sino los más ricos e inteligentes. No es, pues, de extrañar que, andando el tiempo, repudiara progresivamente la inquina y antipatía al extranjero, para no cultivar sino la faz positiva del patriotismo, es decir: el amor desinteresado de la casta y el ferviente anhelo de que mi país desempeñara en la historia del mundo y en las empresas de la civilización europea brillante papel[4]. [4] De la faz negativa del patriotismo, de que hablaba yo en 1900, tenemos actualmente en España dolorosos ejemplos. Con ocasión de la horrenda catástrofe europea, los españoles que leen --afortunadamente son los menos-- aparecen divididos en dos bandos, encarnizadamente enemigos: los -neutrófilos-, en realidad -germanófilos-, y los -anglófilos- o -aliadófilos-. Pero no nos engañemos. Con razón se ha dicho que aquí nadie ama a nadie; todos aborrecen. Los unos odian a Alemania, a causa de sus ínfulas de raza superior y su concepción autocrática del Estado. Los otros a Francia e Inglaterra, por haber sido cuna y constituir vivo ejemplo de la tolerancia religiosa y de las libertades civiles. Lo que por ninguna parte asoma es el amor sincero a España y el convencimiento de que sólo por el esfuerzo enérgico y consciente de sus hijos podrá venir su engrandecimiento político y elevación cultural. De todos modos, y sin desconocer que en mi exaltación patriótica han entrado muchos y muy diversos factores, parece incuestionable que tuvo positiva influencia el suceso de referencia, suceso muy propio para inflamar las almas juveniles, y sembrar gérmenes de entusiasmo que vegetan y florecen vigorosamente en la madurez. El segundo acontecimiento a que hice referencia, es decir, el -rayo caído en la escuela-, con circunstancias y efectos singularmente dramáticos, dejó también ancha estela en mi memoria. Por la primera vez aparecióse ante mí, con toda su imponente majestad, esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el Cosmos, fuerza burladora de los designios humanos, indiferente, al parecer, a nuestras cuitas y dolores, que no distingue de probos y de réprobos, de inocentes o de malvados. He aquí el horripilante suceso: Estábamos los niños reunidos una tarde en la escuela y entregados, bajo la dirección de la maestra, a la oración (el maestro guardaba cama aquel día). Ocupados en tan piadoso ejercicio, según costumbre de todos los sábados, y corridas ya las primeras horas de la tarde, encapotóse rápidamente el cielo y retumbaron violentamente algunos truenos, que no nos inmutaron; cuando de repente, en medio del íntimo recogimiento de la plegaria, vibrantes aún en nuestros labios aquellas suplicantes palabras: «Señor, líbranos de todo mal», sonó formidable y horrísono estampido, que sacudió de raíz el edificio, heló la sangre en nuestras venas y cortó brutalmente la comenzada oración. Polvo espesísimo mezclado con cascotes y pedazos de yeso, desprendidos del techo, anubló nuestros ojos, y acre olor de azufre quemado se esparció por la estancia, en la cual, espantados, corriendo como locos, medio ciegos por el polvo densísimo, y cayendo unos sobre otros bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos ansiosamente, sin atinar en mucho rato, la salida. Más afortunado o menos paralizado por el terror, uno de los chicos acertó con la puerta, y en pos de él nos precipitamos despavoridos los demás, pálidos, sudorosos, desencajados, y huyendo de aquella atmósfera irrespirable. La viva emoción que sentíamos no nos permitió darnos cuenta de lo ocurrido: creíamos que había estallado una mina, que se había hundido la casa, que la iglesia se había derrumbado sobre la escuela..., todo se nos ocurrió, menos la caída de un rayo. Algunas buenas mujeres que nos vieron correr desatinados socorriéronnos inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el sudor polvoriento, que nos daba aspecto de fantasmas, y vendaron provisionalmente a los que íbamos heridos. Una voz salida de entre el gentío nos llamó la atención acerca de cierta figura extraña, negruzca, colgante en el pretil del campanario. En efecto, allí, bajo la campana, envuelto en denso humo, la cabeza suspendida por fuera del muro, yacía exánime el pobre sacerdote, que creyó inocente poder conjurar la formidable borrasca con el imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a socorrerle y halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el cuello, de que murió pocos días después. El rayo había pasado por él, mutilándole horriblemente. En la escuela, la maestra yacía sin sentido sobre el pupitre, herida también por la exhalación, que respetó, sin embargo, al maestro. Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un rayo o centella había caído en la torre, fundiendo parcialmente la campana y casi electrocutando al párroco; continuando después sus giros caprichosos, penetró en la escuela por una ventana, horadó y rompió el techo del piso bajo, donde los chicos estábamos, y deshizo buena parte de la techumbre; pasó por detrás de la maestra, a la que sacudió violentamente, privándola de sentido, y, después de destrozar un cuadro del Salvador, colgante del muro, desapareció en el suelo por ancho boquete, especie de galería ratonil, labrada junto a la pared. Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el trágico suceso. Por primera vez cruzó por mi espíritu, profundamente conmovido, la idea del desorden y de la inarmonía. Sabido es que para el niño, la naturaleza constituye perpetuo milagro. La noción científica de -ley-, penetra en el cerebro infantil muy tardíamente, con las revolucionarias enseñanzas de la física y de la geografía astronómica. No inquieta, sin embargo, al niño ese caprichoso fluir de los fenómenos. Se lo estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo la certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en las alturas un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran artilugio cósmico e impone y sostiene la concordia entre los elementos. Padres y maestros le han revelado también que el Principio psicológico del Universo es, además, tiernísimo padre y excelso artista. En su infinito poder, adapta ingeniosamente las vicisitudes de las estaciones a las necesidades de la vida, y descendiendo de su austeridad, se digna componer y conservar, para edificación y regalo de la sensibilidad humana, cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados; los prados y campos vernales, sembrados de amapolas y cernidos de mariposas; la negra noche, tachonada de estrellas; los árboles y vides cuajados de frutos... Mas he aquí que de improviso tan hermosa concepción, que yo, como todos los niños, había formado, se tambalea. La riente paleta del sublime Artista se entenebrece; inopinadamente, el idilio se trueca en tragedia. Muchas interrogaciones, a cual más formidables, me asaltaron. ¿Será cierto --pensaba-- que el Dios de la Doctrina cristiana y de la Historia sagrada sienta infinita piedad por los hombres? ¿En su fervor religioso, los teólogos no habrán exagerado algo el interés que inspiramos a la Divinidad? ¿Y si resultara que nos mide con el mismo rasero que a las más humildes bestezuelas? Si realmente lo puede todo y es infinitamente bueno, según aseguran formalmente el cura y el maestro, ¿cómo esta vez no ha interpuesto una mano piadosa en el furioso engranaje de los elementos, evitando la muerte de un santo varón, el destrozo de un templo y el terror de tantos inocentes? Y mi fantasía, sobreexcitada por la emoción, forjó no sé cuantas absurdas conjeturas. Tales dudas y cavilaciones pasaron luego, cediendo el campo a más vulgares preocupaciones; pero dejaron en mí el amargo germen del pesimismo. Doy por seguro que el libro, todavía inédito, pero redactado desde hace muchos años, acerca de las inarmonías del mundo y de la vida (libro que no he publicado porque, a la luz de la crítica moderna, carece de toda novedad esencial), tuvo su germen en el luctuoso acontecimiento referido. Afortunadamente, la edad de los ocho años no es propicia a la filosofía, ni consiente largas abstracciones. En la aurora de la vida es harto fugaz el sentimiento para que ningún suceso pueda perturbar, de modo duradero, la hermosa serenidad del niño, entregado, por irresistible instinto, a modelar y robustecer el cuerpo con el juego y la gimnasia espontáneos, y a enriquecer y vigorizar el espíritu con ese continuo curioseo y exploración del espectáculo de la Naturaleza. El tercer acontecimiento que me produjo también efecto moral importante, fué el eclipse de sol del año 60. Anunciado por los periódicos, esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas personas, protegidos los ojos con cristales ahumados, acudieron a cierta colina próxima, desde la cual esperaban observar cómodamente el sorprendente fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría de los eclipses, y yo la había comprendido bastante bien. Quedábame, empero, un resto de desconfianza. ¿No se distraerá la luna de la ruta señalada por el cálculo? ¿Se equivocará la ciencia? La inteligencia humana, que no pudo prever la caída de un rayo en mi escuela, ¿será capaz, sin embargo, de predecir fenómenos ocurridos más allá de la tierra, a millones de kilómetros? En una palabra; el saber humano, incapaz de explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar lo lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de vista de la utilidad material? Claro que estas interrogaciones no fueron pensadas de esta forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis sentimientos de entonces. Es justo reconocer que la casta Diana no faltó a la cita, cumpliendo a conciencia y con exquisita exactitud su programa. Parecía como que los astrónomos, además de profetas, habían sido un poco cómplices, empujando la luna con las palancas de sus enormes telescopios hasta el lugar del cielo donde habían acordado ensayar el fenómeno. Durante el eclipse, hízome notar mi padre esa especie de asombro y de indefinible inquietud que se apodera de la naturaleza entera, acostumbrada a ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz y de obscuridad, de calor y de frío, resultante del eterno girar de la tierra. Para los animales y para las plantas, el eclipse parece constituir un contrasentido, algo así como imprevista equivocación de las fuerzas naturales, como olvidadas de los perennes intereses de la vida. Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60 fuera para mi tierna inteligencia luminosa revelación. Caí en la cuenta, al fin, de que el hombre, desvalido y desarmado enfrente del incontrastable poder de las fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia redentor heroico y poderoso y universal instrumento de previsión y de dominio. --¿Pero la ciencia lo sabe todo, lo puede todo? «No --me contestaba mi padre--; la ciencia es poderoso gigante en unas cosas, débil e impotente infante en muchas otras. Cuando el problema es esencialmente geométrico, como en el caso de los movimientos de los astros, y los datos de las ecuaciones contienen solamente masas, pesos y velocidades, la ciencia acierta y prevé; pero cuando los términos se complican, y las incógnitas crecen y los símbolos son insustituíbles por valores cuantitativos, la mente humana se ofusca y sufre las tristes consecuencias de su ignorancia; porque la naturaleza procede muchas veces como aquella famosa esfinge de Tebas, tan citada por literatos y filósofos, la cual decía al caminante: “Adivíname o te devoro”. »El hombre de ciencia, que con tan maravillosa precisión ha sabido calcular la fecha y duración de un eclipse; que conoce la distancia de los astros a la tierra y ha logrado fijar la velocidad de la luz, no podrá averiguar si este año se perderá o no la cosecha de trigo, o si durante el otoño furiosa tormenta arrasará nuestras vides. En el arduo fenómeno de la vida es, sobre todo, donde la ciencia humana debe confesar humildemente su impotencia. El científico que tan penetrantemente ha sabido explorar los arcanos del mundo geométrico, sólo muy lenta y presurosamente sabe explorarse a sí mismo; de donde resulta el paradójico contraste de que la ciencia capaz de pesar los astros y fijar su composición, sea impotente para determinar y esclarecer la estructura y la función de esas células cerebrales, con ayuda de las cuales pesamos, medimos y calculamos.» No fueron éstas ciertamente las frases de mi padre; pero ellas envuelven, sin duda, el sentido general de sus explicaciones. El eclipse de sol del año 1860 contribuyó poderosamente a mi afición por los estudios astronómicos. Mi cariño a la cosmografía llegó más adelante hasta leer no sólo todas las obras de popularización escritas por Flammarion y Fabre, sino hasta las abstrusas y esencialmente matemáticas de Laplace; aunque mi rudimentaria preparación en el alto cálculo me obligara a saltar sobre las inaccesibles integrales para fijarme exclusivamente en las leyes y en los hechos de observación. [Ilustración] CAPÍTULO V Ayerbe. -- Juegos y travesuras de la infancia. -- Instintos guerreros y artísticos. -- Mis primeras nociones experimentales sobre óptica, balística y el arte de la guerra. Cumplidos mis ocho años, mi padre solicitó y obtuvo el partido médico de Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle mayores ventajas profesionales y más amplio escenario para sus proezas quirúrgicas que Valpalmas, amén de superiores facilidades para la educación de sus hijos. Es Ayerbe villa importante de la provincia de Huesca, y famosa por sus vinos en todo el Somontano. Está situada en la carretera de dicha ciudad a Jaca y Panticosa, no lejos de la Sierra de Gratal, primera estribación del Pirineo aragonés. Sus pintorescas casas extiéndense al pie de un monte elevado de doble cima, una de las cuales aparece coronada por las ruinas, aún imponentes, de venerable castillo feudal. En el centro del pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio espacio a sus mercados y ferias, famosas en toda la comarca. Entre ambas plazas sirve de lindero, al par que de adorno, cierta opulenta mansión señorial, que antaño perteneciera a los Marqueses de Ayerbe. Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué saludada por una rechifla general de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En cuanto se reunían algunos de ellos y estaban seguros de maltratarme a mansalva, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me hostilizaban a pedrada limpia. ¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero? Lo ignoraba y aún hoy no me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un efecto de esa sorda inquina, no siempre traducida en actos, que el labrador pobre siente contra el burgués y el hombre de carrera: contenida en los hombres por la prudencia, estalla violentamente en los chicos, en quienes las artes del disimulo no han enfrenado aún los más groseros impulsos naturales. En semejante malquerencia colaboran, sin duda, la rusticidad y la ignorancia. Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del pueblo. Vestido humildemente --porque la estricta economía que reinaba en mi casa no consentía lujos--, de cara trigueña y aspecto amojamado, que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba calzones ni alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó para que entre aquellos zafios pasara por señorito. Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la extrañeza causada por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño, verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes y aragoneses antiguos. Allí se decía: -forato- por -agujero-, -no pas- por -no-, -tiengo- y -en tiengo- por -tengo- o -tengo de eso, aivan- por -adelante-, -muller- por -mujer-, -fierro- y -ferrero- por -hierro- y -herrero-, -chiqué- y -mocete- por -chico- y -mocito-, -abríos- por -caballerías-, -dámene- por -dame de eso-, -en ta allá- por -hacia allá-, -m’en voy- por -me voy de aquí-, y otras muchas voces y locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria. [Ilustración: Lám. IV, Fig. 5.--Vista desde Ayerbe de las faldas del monte del Castillo.] [Ilustración: Lám. IV, Fig. 6.--La -plaza baja- de Ayerbe con la torre del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de vecindad.] En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido inverosímiles elipsis, toda vez que -el-, -la-, -lo-, se habían convertido en -o-, -a- y -o-, respectivamente. Diríase que estábamos en Portugal. A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome el -forano- (-forastero-). Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces. He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los parajes solitarios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas, por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde lo alto del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social, tomando parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla a cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de asueto. Tienen los juegos de la niñez, y particularmente los juegos sociales, en los que se combinan, en justa proporción, los ejercicios físicos con las actividades mentales, gran virtud educadora. En esos certámenes de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala del valor, de la osadía y de la astucia, se avaloran y contrastan las aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espíritu para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño que muchos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre está en su infancia, y que Rod, Froebel, Gros, France y otros, y en nuestra patria Giner y Letamendi, hayan concedido al juego de los niños gran importancia para el desarrollo fisiológico y para la exploración de la realidad objetiva. «Jugar, ha dicho Thomas, es aplicar los propios órganos, sentirse vivir y procurarse la ocasión de conocer los objetos que rodean al niño, objetos que son para él un perpetuo milagro.» Por mi parte, siempre he creído que los juegos de los niños son preparación absolutamente necesaria para la vida de acción y de conocimiento; merced a ellos el cerebro infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas preferidos y las diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral e intelectual, de que dependerá en gran parte el porvenir. Esperamos que estas consideraciones excusen a los ojos del lector el que consagremos al examen de los juegos y travesuras de nuestra niñez mayor espacio del que se suele conceder a estos asuntos en todas las biografías. Lo exige así el plan de este libro, cuyo fin es demostrar cómo las condiciones del medio en la puericia imprimieron determinada dirección a mi vida de hombre, y crearon ventajas y defectos de grandes consecuencias en la lucha por la existencia. En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos para conmigo, concurrí, pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los juegos del peón, del tejo, de la -espandiella-, del marro, sin olvidar las carreras, luchas y saltos en competencia; hallando en todas estas diversiones la sana alegría asociada a la actividad moderada de todos nuestros órganos y a la impresión personal del acrecentamiento de la energía muscular y de la flexibilidad de las articulaciones. Ya lo dijo Aristóteles y lo han repetido muchos pedagogos, singularmente Bouillier: «hay placer, dice este autor, cuantas veces la actividad del alma se ejerce de acuerdo con su naturaleza y según el sentido de la conservación y desenvolvimiento del ser». ¿Quién ignora que la inactividad constituye para el niño la mayor de las torturas? El dolor mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo goce en adquirir conciencia de nuestra evolución, en sentir cómo nuestros músculos se vigorizan y nuestros pulmones se amplían, y advertir cómo, en fin, en esa pugna diaria de ardides, ordinarios recursos de toda pelea entre muchachos, se afina la atención vigilante y se fortalece la aptitud para la agresión inopinada. Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban solamente a juegos inocentes: el tejo y el marro alternaban con diversiones harto más arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin consideración a nada ni a nadie, constituían el estado natural de mis traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada limpia, romper faroles y cristales, asaltar huertos y, en la época de la vendimia, hurtar uvas, higos y melocotones; tales eran las ocupaciones favoritas de los zagalones del pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra de contarme. Muchas veces he procurado darme cuenta de esa tendencia al merodeo, a que con tanta fruición se entregan los chicos, sin acertar a explicármela de modo satisfactorio. A tan peligrosa conducta debe contribuir, sin duda, el ansia de las golosinas impuesta al niño por la naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran cantidad de substancias azucaradas, indispensables para reparar el continuo derroche de energía muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía motriz); pero esto no parece bastante. Precisamente casi todos los chicos que tomábamos parte en las depredaciones de huertos y viñas, teníamos en nuestras casas la fruta a canastas. Además, y por lo que a mí se refiere, mi familia poseía frondoso huerto y, durante el estío y otoño, raro era el día en el que los clientes, agradecidos a los buenos servicios médicos de mi padre, no nos ofrecieran algún presente de frutas o verduras. Sin embargo, leyendo los libros que tratan del gran problema de la educación y de la psicología de los juegos, he creído hallar la clave principal del enigma: el ansia de emoción, la atracción del peligro. Con razón hacen notar los educadores que el niño, en sus juegos y empresas, gusta bordear constantemente el peligro; y así como, cuando pasea, prefiere al camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega prefiere aquellas diversiones en las que sólo a costa de agilidad, de sangre fría o de vigor, logra sortear un accidente. Desde otro punto de vista, puede considerarse el niño como el representante de aquella hermosa edad de oro, en la cual, al decir de Cervantes, se desconocía el significado de las palabras -tuyo- y -mío-. En el fondo de cada cabeza juvenil hay un perfecto anarquista y comunista. Hasta por la forma de sus facciones y desproporción de sus miembros se parece el niño, como nota Herbert Spencer, al salvaje. A semejanza del indio bravo, el niño es todo voluntad. Ejecuta antes que piensa, sin dársele un ardite de las consecuencias. Ante su violento querer, ante su absorbente individualismo, que se afirma constantemente con actos de pillaje y de vandalismo, las leyes son papeles mojados: obligan solamente en cuanto la fuerza las sanciona, es decir, cuando el padre, el amo y el guardia rural, armados respectivamente de bastón, garrote y escopeta, se constituyen en sus defensores y custodios. A los instintos anarquistas del niño deben añadirse estos otros dos: la crueldad y la inclinación al dominio. Muy a menudo, a despecho de las reglas de la moral y de la buena crianza, complácese la infancia en abusar de sus fuerzas, maltratando a los débiles y sujetándolos a su autocrática soberanía, que ejerce sin más límites que los trazados por el alcance de sus fuerzas y osadía. No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no siente nada, que es inaccesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»; pero fuerza es confesar que los sentimientos de humanidad, caridad y compasión, hállanse en él muy poco desarrollados. Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así como a las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo, con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué el abuso de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y cruel. El culto a la justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes, o digamos debilidades, afirmábase ya por entonces vigorosamente, en un medio moral en que la tiranía de los músculos, la crueldad y la insensibilidad eran regla corriente entre los chicos. Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo». Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada, prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmografía y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis entendederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para mí que dichos conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me permitieron sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me rodeaban, superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides, picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que consagrábamos nuestras horas de asueto. Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que vino a juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor, mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Saltaba como un saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda, con singular tino y maestría. Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas, y, en efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en trepar a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos, viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los más sabrosos albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos melocotones. De nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en espíritu de niveladora equidad, no se libraban ni el huerto del cura, ni el cercado del alcalde. Ambas potestades, la eclesiástica y la civil, nos tenían completamente sin cuidado. En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las bellaquerías, mañas y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a ser uno de los muchachos a quienes los padres ponen en el -Índice- de -las malas compañías-. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género de travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en que entraba por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por muchos y no para cosa buena. ¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casada en segundas o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y cencerros y fabricando las flautas y -chifletes-, que hacía de caña, con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las lengüetas. Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de dos octavas, sonaban con el timbre e intensidad del clarinete; y así me ocurrió más de una vez, ejecutando de oído algunas melodías populares, ser tomado por músico ambulante. ¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues yo era el honrado con el delicado cometido de fabricar las hondas, que hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos me traían. Más de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que echar mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud la que fué flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla! ¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se recurría para los yelmos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí gran pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino que marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el hierro, y ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil no oscile y se tuerza en su trayectoria inicial. En consonancia con esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y sustituía los clavos o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento de las leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza, pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa de arco, me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente encorvado, y de cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me aseguré, estudiando comparativamente arcos fabricados con casi todas las maderas conocidas en el país. Excusado es decir que para procurarme la primera materia (las leznas rotas) entablé relaciones comerciales con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del regalo de una de ellas. Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se presentaban. Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas costáronme soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues aunque mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor material, bien a título de fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como instigador a su comisión. Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las manos, harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte a pagar, con las propias, culpas de muchos, con gran contentamiento de mis cómplices, que huían bonitamente el bulto, abandonándome constantemente en la estacada. [Ilustración] CAPÍTULO VI Desarrollo de mis instintos artísticos. -- Dictamen de un revocador sobre mis aptitudes. -- ¡Adiós mis ensueños de artista! -- Utilitarismo e idealismo. -- Decide mi padre hacerme estudiar para médico y enviarme a Jaca. Por entonces, si mi memoria no me es infiel, comenzaron, o al menos cobraron gran incremento, mis instintos artísticos. Tendría yo como ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irrefrenable manchar papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las tapias, puertas y fachadas recién revocadas del pueblo, con toda clase de garabatos, escenas guerreras y lances del toreo. En cuanto -afanaba- una cuaderna, ya estaba comprando papel o lapiceros; pero como no podía dibujar en casa porque mis padres miraban la pintura cual distracción nefanda, salíame al campo, y sentado en un ribazo junto a la carretera, copiaba carretas, caballos, aldeanos y cuantos accidentes del paisaje me parecían interesantes. De todo ello hacía gran colección, que guardaba como oro en paño. Holgábame también en embadurnar mis diseños con colores, que me proporcionaba raspando las pinturas de las paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro, de los librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores solubles). Recuerdo que adquirí gran habilidad en la extracción del color de los papeles pintados, los cuales empleaba también a guisa de pinceles, humedecidos y arrollados en forma de difumino; industria a que me obligaba la falta de caja de colores y la carencia de dinero para comprarlos. Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y absorbentes, crearon en mí hábitos de soledad y contribuyeron no poco al carácter huraño que tanto disgustaba a mis padres. En realidad mi sistemático arrinconamiento no nacía de aversión al trato social, toda vez que, según dejamos dicho, el de los niños me contentaba y satisfacía; nació de la necesidad de sustraerme, durante mis ensayos artísticos y fabricaciones clandestinas de instrumentos músicos y guerreros, a la severa vigilancia de las personas mayores. Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, dotado de gran voluntad y de talento científico nada vulgar, adolecía de una laguna mental: carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y regalo. Se había formado de la vida ideal extremadamente severo y positivo. Era lo que los educadores llaman un puro -intelectualista-. En su concepto, en el problema de la educación, lo importante consistía en la adquisición de conocimientos positivos y en el desarrollo del entendimiento, a fin de preparar ventajosamente al adolescente para el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. La educación del corazón, que tanta importancia tiene para la felicidad, no entró nunca en sus miras. Consideraba al hombre cual mero instrumento de producción que había que adiestrar muy tempranamente para prevenir contingencias y percances. Sin duda amaba el saber por el saber; pero rendíale tributo sobre todo por la capacidad financiera que a la sabiduría va unida. «El hombre, solía decir, cuanto más sabe más gana, y cuanto más gana más útil es a sí y a su familia.» Tengo para mí que esta tendencia de mi padre no fué originaria, sino adquirida; constituía adaptación harto positivista o equilibración excesiva impuesta por el ambiente moral riguroso que rodeó su juventud. Ese sagrado -temor a la pobreza-, representa a menudo el poso amargo que deja en el corazón la áspera lucha contra la miseria, la injusticia y el abandono. En la esfera familiar, la citada concepción utilitaria y un tanto pesimista del mundo que mi padre había formado produjo dos consecuencias: -el sobretrabajo- y -la economía más austera-. Mi pobre madre, ya muy económica y hacendosa de suyo, hacía increíbles sacrificios para descartar todo gasto superfluo y adaptarse a aquel régimen de exagerada previsión. Lejos de mí la idea de censurar una conducta que permitió a mis padres adquirir el peculio necesario para trasladarse a Zaragoza, dar carrera a los hijos y crearse una posición, si no brillante y fastuosa, desahogada y libre de cuidados; pero es preciso reconocer que el espíritu de economía tiene límites trazados por la prudencia, límites que es harto arriesgado traspasar. El ahorro excesivo declina rápidamente hacia la tacañería, cayendo en la exageración de reputar superfluo hasta lo necesario; destierra del hogar la alegría que brota comúnmente de la satisfacción de mil inocentes bagatelas y poco onerosos caprichos; impide las gratas expansiones de la novela, del teatro, de la pintura o de la música, que no son vicios, sino necesidades instintivas del joven, a que debe atender toda discreta y perfecta educación; y en fin, relaja en la familia los lazos del amor, porque los hijos se acostumbran a mirar a sus padres como los perennes detentadores de la felicidad del presente. Añadamos aún que nadie puede vivir teniendo constantemente delante de los ojos el espectro terrorífico de la muerte: el hombre vive porque olvida que debe morir. Buena y santa es la previsión que se anticipa a los tristes sucesos y ampara a la prole de los posibles y aciagos reveses de la fortuna; mas debe tenerse presente que la vida sólo es tolerable en cuanto vale la pena de ser vivida. Ni es lícito olvidar tampoco que cada edad tiene sus deleites como tiene su cruz, y que es triste regla de conducta sacrificar enteramente la dicha de la edad juvenil a los mustios y anodinos placeres de la ancianidad. Confío en que el lector hallará natural que yo reaccionase obstinadamente contra un ideal tan triste de la vida, ideal que mataba en flor todas mis ilusiones de mozuelo y cortaba bruscamente los arranques de mi naciente fantasía. Ciertamente, sin el misterioso atractivo del fruto prohibido, las alas de la imaginación hubieran crecido, pero no hubieran llegado quizás a adquirir el desarrollo hipertrófico que alcanzaron. Descontento del mundo que me rodeaba, refugiéme dentro de mí. En el teatro de mi calenturienta fantasía, sustituí los seres vulgares que trabajan y economizan por hombres ideales, sin otra ocupación que la serena contemplación de la verdad y de la belleza. Y traduciendo mis ensueños al papel, teniendo por varita mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas cosas que alimentaban mis ensueños. Paisajes dantescos, valles amenos y rientes, guerras asoladoras, héroes griegos y romanos, los grandes acontecimientos de la historia... todo desfilaba por mi lápiz inquieto, que se detenía poco en las escenas de costumbres, en la copia del natural vulgar y en los tráfagos de la vida común. Eran mi especialidad los terribles episodios bélicos; y así, en un santiamén cubría una pared de barcos echados a pique, de náufragos salvados en una tabla, de héroes antiguos cubiertos de brillantes arneses y coronados de empenachado yelmo, de catapultas, muros, fosos, caballos y jinetes. Pocas veces dibujaba soldados modernos: hallábalos insignificantes, prosaicos, cargados con su mochila y manta que les presta aire de faquines, con su feo ros, triste parodia del antiguo y majestuoso casco, y con la corta y casi inofensiva bayoneta, especie de asador sin mango, caricatura ridícula de la elegante, artística y tajante espada. Además, la guerra moderna, a tiro limpio, considerábala antiartística y cobarde. Pensaba yo que en ella no puede vencer ya el guerrero más gallardo, corajoso y arrogante, sino acaso el más pusilánime y ruin que disparó su fusil desde un reparo y a mansalva. Antojábaseme semejante manera de combatir, más propia para degradar la raza humana que para mejorarla: una verdadera selección al revés. Sin duda que las guerras antiguas eran mortíferas, pero eran al menos siempre elegantes y estaban conformes con el principio de la evolución, ya que en ellas ceñían casi siempre el lauro los exquisitos artistas de la energía, de la forma y del ritmo. Hoy el plomo enemigo diezma preferentemente a los corpulentos, valerosos y arrojados, y respeta a los pequeños, flojos y pusilánimes. «En adelante --decía para mis adentros-- no triunfarán los griegos, sino los persas; el heroísmo desarmado será arrollado por la riqueza y el frío cálculo; el zorro desarmará al león, y aquellos hermosos atletas, lustre y prez de la especie humana, los Milones de Crotona, cuyos esforzados brazos, endurecidos en mil combates gloriosos, fueron el escudo y el antemural de la patria, quedarán relegados a la triste y baja condición de Hércules de feria.» De los asuntos guerreros pasaba al santoral. Pero cuando pintaba santos, prefería los de acción a los contemplativos, y sobre todo los de caballería, entre los cuales, según adivinará fácilmente el lector, gozaba de todas mis simpatías el mío, es decir, Santiago apóstol, patrón de las Españas y terror de la morisma. Complacíame en representarlo tal como lo había contemplado en las estampas, o sea galopando intrépido sobre una parva de cadáveres de moros, la espada sangrienta en la diestra y el formidable escudo en la siniestra. ¡Con qué piadoso esmero iluminaba yo el yelmo con un poco de gutagamba y pasaba una raya azul por la espada, y me detenía en las negras barbas de mi santo, las cuales me salían largas, borrascosas, cual suponía yo que debía ser la pelambrera de los apóstoles! Una de las copias del apóstol Santiago, hecha en papel e iluminada con ciertos colores que pude añascar en la iglesia, fué causa de mi perdición, y de que mis aficiones artísticas tuvieran en mi padre, ya de suyo mal avenido con toda clase de inclinaciones estéticas, enemigo declarado. Aburrido ya, sin duda, de quitarme lápices y dibujos, y viendo la ardiente vocación demostrada hacia la pintura, decidió mi padre averiguar si aquellos -monos- tenían algún mérito y prometían para su autor las glorias de un Velázquez o los fracasos de un Orbaneja. Y como no hubiese nadie en el pueblo suficientemente competente en achaques de dibujo, recurrió el autor de mis días a cierto revocador forastero, llegado por aquellos tiempos a Ayerbe, cuyo cabildo le había contratado para enjalbegar y pintar las paredes de la iglesia, terriblemente averiadas y chamuscadas por reciente incendio. [Ilustración: Lám. V, Figs. 7 y 8.--Para quienes gusten de estas bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre mis viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía nueve o diez años, poco después de la época del desahucio del revocador. Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo y proporciones. Una de ellas representa cierto labriego de Ayerbe bebiendo en la taberna; la otra reproduce la ermita de la Virgen de Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa.] Llegados a presencia del Aristarco, desplegué tímidamente mi estampa; miróla y remiróla el pintor de brocha gorda, quien, después de mover significativamente la cabeza y de adoptar actitud digna y solemne, exclamó: --¡Vaya un mamarracho! ¡Ni esto es apóstol, ni la figura tiene proporciones, ni los paños son propios... ni el chico será jamás un artista!... Aterrado quedé ante el categórico veredicto. --¿Pero de veras no tiene el chico aptitudes para el arte? --osó mi padre replicar. --Ninguna, amigo mío --contestó implacable el rascaparedes--. Y dirigiéndose a mí, añadió: --Venga acá, señor pintamonas, y repare usted en las manazas del apóstol, que parecen muestras de guantero; en la cortedad del cuerpo, donde las -ocho cabezas- prescritas por los cánones han menguado a siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece arrancado de un tiovivo. Yo no entendía jota de cánones; pero veía disiparse como humo mis más caras ilusiones, y me atreví a contestar tímidamente «que una figura copiada o arreglada de malas estampas no podía juzgarse con la severidad de un estudio del natural, pues ni yo había contemplado apóstoles, ni visto los arneses ni vestimentas de antiguos guerreros. Añadí que algunos de los defectos denunciados no me lo parecían del todo; así, un guerrero a caballo no podía ser tan largo como puesto de pie. Y en cuanto a las manos, ¿quería usted que las de un apóstol, acostumbrado a pegar recio y a empuñar formidable y pesada lanza, las tuviera tan pequeñas y relamidas como una señorita? Por lo que atañe al colorido, tiene usted razón; pero no habiendo yo podido proporcionarme otros colores que el bermellón, el ocre y ultramar que usted gasta en la iglesia, lo que usted debía hacer, antes que censurar mi paleta, es emplear otra mejor surtida. En resolución, dudo mucho que usted sea verdadero artista, ni siquiera persona medianamente discreta y razonable; pues de serlo, sabría usted excusar las incorrecciones en que forzosamente ha de caer un aficionado de nueve años, que pinta sin maestros, cuya falta de habilidad podría ser corregida con el estudio y el trabajo.» Claro está que no fueron tales mis palabras, pero sí mis razones. Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde hablaba -ex cathedra- y me desahució definitivamente. El silencio harto significativo de mi padre dióme a entender que todo estaba perdido. En efecto, la opinión del manchaparedes cayó en mi familia como el dictamen de una Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo renunciara a los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica. En consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices, carbones y papeles; lo que me obligó a emplear todas las artes del disimulo para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión favorita, holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y paisajes. Todavía conservo algunos de aquellos infantiles ensayos tan execrados por el famoso revocador. Como muestra de mis dibujos de entonces reproduzco cierta acuarela donde saltan a la vista graves defectos de proporción. Presenta harto grotescamente a un baturro en la taberna, empuñando el clásico porrón. ¿Pero quién pinta mejor, sin estudios, a los ocho años de edad? Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra sorda entre el deber y el querer; así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra una vocación tan claramente afirmada y definida; oposición que había de prolongarse aún diez o doce años, y en la cual, si no naufragaron del todo mis tendencias artísticas, murieron definitivamente mis aspiraciones a ser pintor. ¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria, ilusiones de futuras grandezas! ¡Era menester trocar la mágica paleta del pintor por la roñosa y prosaica bolsa de operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico pincel, creador de la vida, por el cruel bisturí, que sortea la muerte; el tiento del pintor, que parece cetro de rey, por el nudoso bastón de médico de aldea! Tenía yo entonces un concepto demasiado lisonjero del arte y de los artistas. A mis ojos, el pintor genial aparecía como un ser superior, de estirpe de dioses, destinado a depurar la naturaleza de escorias y prosaísmos, de incongruencias y fealdades, y susceptible de crear un mundo ideal, superior al real y más digno de su Creador. Pensaba, además, que el augusto ministro de la belleza estaba llamado a desempeñar misión social de gran transcendencia: reconfortar las almas abatidas en sus conflictos con la realidad; conmover y edificar los corazones mostrándoles sublimes arquetipos de belleza moral y de alto patriotismo; y, en fin, difundir un poco de luz y alegría en el tenebroso camino por donde marcha la humanidad, fatigada por el trabajo y afligida por el dolor. Hoy, sin dejar de admirar a los buenos artistas, no hablaría de ellos con tanto entusiasmo. Y en este momento pienso[5], sobre todo, en esos modernísimos pintores que, ansiosos de renombre improvisado y no sabiendo cómo destacar y amplificar la minúscula personalidad, hacen gala de menospreciar el dibujo, el color, la perspectiva, las proporciones, el ambiente, todo lo que constituyó siempre la característica de los grandes maestros --de los cultivadores de la pintura perenne--, para sustituirlos con miserables engendros que se dirían visiones de beodos o pesadillas de enajenados[6]. Pero no divaguemos y continuemos nuestro relato. [5] Añado este párrafo en 1917, en plena decadencia del gusto pictórico. [6] Aludo a los desdichados cubistas, prerrafaelistas, impresionistas, a los que lo pintan todo negro, o todo azul, o todo verde, en fin, a la cáfila de extravagantes que han deshonrado el arte de Rafael y de Velázquez. ¡Ah! ¡Con cuánto gusto, si el divino -papel que represento- no me lo estorbara, saltaría cada primavera a la arena crítica, y probaría, como tres y dos son cinco, con la competencia que me da el ser catedrático de -Anatomía patológica y Teratología-, y aficionado, además, a la óptica aplicada, las extrañas deformidades anatómicas y las horribles incongruencias de color, de perspectiva y de composición, para las cuales tienen nuestros críticos de arte, ¡quién lo dijera!, increíbles suavidades e indulgencias, cuando no alabanzas fervorosas! Mis conocimientos literarios hacían, entretanto, débiles progresos. Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En realidad, mi instrucción elemental era bastante buena gracias a las lecciones de mi padre, que me enviaba al aula municipal, antes con la mira de sujetarme, que con la de que me ilustrara. Este prudente freno a mi libertad lo imponía mi carácter díscolo y mi afición a la vagancia. Cuanto más que mi progenitor no podía vigilarme: se lo impedía la numerosa clientela del pueblo y, sobre todo, sus salidas frecuentes a los anejos de Linás, Riglos, Los Anguiles y Fontellas. El seguimiento de mis pasos y la reprensión de mis desmanes corría, pues, a cargo del maestro y de mi madre, la cual, harto atareada con la crianza de los pequeños y el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito toda la atención deseada. No obstante las precauciones tomadas, el diablo me tentaba a menudo. En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos pimienta, celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico castillo, en donde nos complacíamos en remedar las batallas de los tiempos feudales; y, en fin, engolfándonos en la vecina -sarda-, bosque secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando flechazos a los pájaros y buscando nidos de -picaraza- (garza). Por cierto que en este último entretenimiento ocurrióme cierta vez, dolorosa sorpresa: encaramado en la copa de una encina, afanábame en explorar un nido de garza, cuando, después de tocar cierta cosa peluda y blanduja, saqué súbitamente la diestra ensangrentada y dolorida a puros mordiscos: una familia de ratas, que había hecho presa del nido y devorado los huevos, revolvióse furiosamente contra el intruso que venía a molestarles en la pacífica posesión de su rapiña. En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en apretadísimo lance. Deseoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude la gradería de imponente escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca los aguiluchos todavía implumes, que me miraban espantados; pero no pude llegar hasta ellos. Temiendo la acometida de las águilas, cuyos chillidos creía oir, traté de escapar de la cornisa en que me había metido; pero al intentar la ascensión tropecé con dificultades insuperables. La especie de repisa en que mediante temerario salto había caído mostraba las paredes altas y casi lisas; quedé cogido como en trampa, pasando horas de terrible ansiedad bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y sed, pues nadie podía socorrerme por aquellas soledades. Mi industria y la navaja de que iba siempre acompañado salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la relativa blandura de la roca logré ensanchar algunas angostas grietas que, sirviéndome de peldaños y de agarradero para las manos, pusiéronme en franquía. ¡Qué de temeridades como éstas podría contar si no temiera abusar de la paciencia del lector! A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba de las demasías y algaradas de sus hijos y, montando en cólera, nos aplicaba azotaina monumental, amén de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos mucho), por lo que él llamaba sus descuidos y excesivas blanduras para con nosotros. El anuncio de estas palizas paternas, las cuales, por lógica progresión y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos verdadero terror; y así aconteció en alguna ocasión, que por evitar la harto expresiva caricia paternal huíamos de casa, causando con ello honda pena a nuestra madre, que, angustiada y atribulada, nos buscaba por todo el pueblo. Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y noticiosos de que alguien había llevado el soplo al severo autor de nuestros días, decidimos escaparnos a los montes, en donde permanecimos media semana o más, merodeando por los campos y alimentándonos de frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos tomando gusto a la vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los escondrijos del vecino monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de cal. Sacudiónos de lo lindo, atónos codo con codo, y en tan afrentosa disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar la chacota de chicos y mujeres. Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el lector, ordinario término de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso adaptativo susodicho los palos nos escocían, pero no nos escarmentaban. Mientras los cardenales estaban frescos guardábamonos muy bien de reincidir; pero una vez borrados, olvidábamos el propósito de la enmienda. Y es que los impulsos naturales, cuando son muy imperiosos, se deforman algo, se disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contrariados en nuestros gustos, privados del placer de campar por breñas y barrancos, a fin de ejercitar el lápiz del dibujante, la flecha del guerrero o la red del naturalista, asistíamos rezongando a la escuela, sin corregirnos ni formalizarnos. Todo se reducía a variar el teatro de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se convertían en caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se transformaban en escaramuzas de banco a banco, en las cuales servían de proyectiles papelitos, tronchos, acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta de papel de dibujo servíame de las anchas márgenes del Fleury, que se poblaban de garambainas, fantasías y muñecos; alusivos unos al piadoso texto, otros harto irreverentes y profanos. En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano en mano, y mi cháchara irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro, que más de una vez recurrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es decir, al clásico -cuarto obscuro-; habitación casi subterránea plagada 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000