Entre los festejos preparados para celebrar la entrada de nuestras
tropas en Tetuán, recuerdo las marchas, pasos-dobles y jotas,
ejecutadas con más fervor que afinación por cierta murga traída de no
sé dónde; y una hoguera formidable encendida en la plaza pública, y
en cuyas brasas se asaron y cocieron, a semejanza de lo contado por
Cervantes en las bodas de Camacho, muchos carneros y gallinas. Al
compás de la ruidosa orquesta, circulaban de mano en mano, y sin darse
punto de reposo, botas rebosantes de excelente vino de la tierra,
así como sabrosas tajadas, a las cuales, como se comprenderá bien,
no hicimos asco los chicos; antes bien, jubilosos por la fiesta y el
jolgorio, y alborotados con esta especie de comunión patriótica, nos
pusimos ahítos de carne y medio calamocanos de mosto.
Fué ésta la primera vez que surgieron en mi mente, con plena
conciencia, la idea y el sentimiento de la patria. Representa, por
lo común, el patriotismo pasión tardía; acaricia el espíritu durante
la adolescencia, cuando penetran en sensorio las primeras nociones
precisas acerca de la historia y geografía nacionales. Estas nociones
exceden y dilatan el mezquino concepto de familia y, empequeñeciendo
el amor al campanario, nos enseñan que más allá de los términos de la
región viven millones de hermanos nuestros que aman, esperan, luchan
y odian al unísono con nosotros; que, en suma, hablan la misma lengua
y tienen iguales origen y destino. Tamaño sentimiento de solidaridad
se exalta todavía en el niño cuando lee el relato de las hazañas de
sus mayores: tales lecturas despiertan en él la admiración y el culto
hacia los héroes de la raza, defensores del territorio nacional contra
las agresiones de los extraños, y sugiérenle, además, el noble deseo
de emular a las grandes figuras de la historia y de sacrificarse, si
preciso fuera, en el altar sagrado de la patria.
Pero en mí, por virtud quizá del acontecimiento aludido, acaso por el
concurso de otras causas, el sentimiento de patria fué muy precoz.
Pobres e incompletas eran las nociones históricas aprendidas en la
escuela o de labios de mi padre; pero bastáronme para formar alta idea
de mi nación como entidad guerrera, descubridora y artística, y para
que me considerase orgulloso de haber nacido en España.
Harto sabido es que el sentimiento de patria es doble; entran en él
afectos y aversiones. De una parte, el amor al terruño y el culto a
la raza; y, de otra, el odio a los extranjeros, con quienes la nación
hubo de contender en defensa de la independencia. Por entonces reinaban
en Aragón, como en la mayor parte de España, estas dos formas del
patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo cuenta entonces
de cuán instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al
-feroz marroquí-, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable el
odio al francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado
nuestro movimiento de expansión en Europa. En ello, sin embargo, latía
una injusticia que más adelante corregí.
Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión, eché de ver que,
en punto a agresiones injustas y desapoderadas, allá se van todos los
pueblos. Todos hemos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han
prevalecido, no los más valerosos, sino los más ricos e inteligentes.
No es, pues, de extrañar que, andando el tiempo, repudiara
progresivamente la inquina y antipatía al extranjero, para no cultivar
sino la faz positiva del patriotismo, es decir: el amor desinteresado
de la casta y el ferviente anhelo de que mi país desempeñara en la
historia del mundo y en las empresas de la civilización europea
brillante papel[4].
[4] De la faz negativa del patriotismo, de que hablaba yo en
1900, tenemos actualmente en España dolorosos ejemplos. Con
ocasión de la horrenda catástrofe europea, los españoles que
leen --afortunadamente son los menos-- aparecen divididos en
dos bandos, encarnizadamente enemigos: los -neutrófilos-, en
realidad -germanófilos-, y los -anglófilos- o -aliadófilos-.
Pero no nos engañemos. Con razón se ha dicho que aquí nadie ama
a nadie; todos aborrecen. Los unos odian a Alemania, a causa
de sus ínfulas de raza superior y su concepción autocrática
del Estado. Los otros a Francia e Inglaterra, por haber sido
cuna y constituir vivo ejemplo de la tolerancia religiosa y
de las libertades civiles. Lo que por ninguna parte asoma es
el amor sincero a España y el convencimiento de que sólo por
el esfuerzo enérgico y consciente de sus hijos podrá venir su
engrandecimiento político y elevación cultural.
De todos modos, y sin desconocer que en mi exaltación patriótica han
entrado muchos y muy diversos factores, parece incuestionable que tuvo
positiva influencia el suceso de referencia, suceso muy propio para
inflamar las almas juveniles, y sembrar gérmenes de entusiasmo que
vegetan y florecen vigorosamente en la madurez.
El segundo acontecimiento a que hice referencia, es decir, el -rayo
caído en la escuela-, con circunstancias y efectos singularmente
dramáticos, dejó también ancha estela en mi memoria. Por la primera
vez aparecióse ante mí, con toda su imponente majestad, esa fuerza
ciega e incontrastable imperante en el Cosmos, fuerza burladora de
los designios humanos, indiferente, al parecer, a nuestras cuitas y
dolores, que no distingue de probos y de réprobos, de inocentes o de
malvados.
He aquí el horripilante suceso: Estábamos los niños reunidos una
tarde en la escuela y entregados, bajo la dirección de la maestra,
a la oración (el maestro guardaba cama aquel día). Ocupados en tan
piadoso ejercicio, según costumbre de todos los sábados, y corridas
ya las primeras horas de la tarde, encapotóse rápidamente el cielo y
retumbaron violentamente algunos truenos, que no nos inmutaron; cuando
de repente, en medio del íntimo recogimiento de la plegaria, vibrantes
aún en nuestros labios aquellas suplicantes palabras: «Señor, líbranos
de todo mal», sonó formidable y horrísono estampido, que sacudió de
raíz el edificio, heló la sangre en nuestras venas y cortó brutalmente
la comenzada oración. Polvo espesísimo mezclado con cascotes y pedazos
de yeso, desprendidos del techo, anubló nuestros ojos, y acre olor de
azufre quemado se esparció por la estancia, en la cual, espantados,
corriendo como locos, medio ciegos por el polvo densísimo, y cayendo
unos sobre otros bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos
ansiosamente, sin atinar en mucho rato, la salida. Más afortunado o
menos paralizado por el terror, uno de los chicos acertó con la puerta,
y en pos de él nos precipitamos despavoridos los demás, pálidos,
sudorosos, desencajados, y huyendo de aquella atmósfera irrespirable.
La viva emoción que sentíamos no nos permitió darnos cuenta de lo
ocurrido: creíamos que había estallado una mina, que se había hundido
la casa, que la iglesia se había derrumbado sobre la escuela..., todo
se nos ocurrió, menos la caída de un rayo.
Algunas buenas mujeres que nos vieron correr desatinados socorriéronnos
inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el sudor polvoriento, que
nos daba aspecto de fantasmas, y vendaron provisionalmente a los que
íbamos heridos. Una voz salida de entre el gentío nos llamó la atención
acerca de cierta figura extraña, negruzca, colgante en el pretil
del campanario. En efecto, allí, bajo la campana, envuelto en denso
humo, la cabeza suspendida por fuera del muro, yacía exánime el pobre
sacerdote, que creyó inocente poder conjurar la formidable borrasca
con el imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a
socorrerle y halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el
cuello, de que murió pocos días después. El rayo había pasado por él,
mutilándole horriblemente. En la escuela, la maestra yacía sin sentido
sobre el pupitre, herida también por la exhalación, que respetó, sin
embargo, al maestro.
Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un rayo o centella
había caído en la torre, fundiendo parcialmente la campana y casi
electrocutando al párroco; continuando después sus giros caprichosos,
penetró en la escuela por una ventana, horadó y rompió el techo
del piso bajo, donde los chicos estábamos, y deshizo buena parte
de la techumbre; pasó por detrás de la maestra, a la que sacudió
violentamente, privándola de sentido, y, después de destrozar un cuadro
del Salvador, colgante del muro, desapareció en el suelo por ancho
boquete, especie de galería ratonil, labrada junto a la pared.
Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el trágico suceso.
Por primera vez cruzó por mi espíritu, profundamente conmovido, la
idea del desorden y de la inarmonía. Sabido es que para el niño, la
naturaleza constituye perpetuo milagro. La noción científica de -ley-,
penetra en el cerebro infantil muy tardíamente, con las revolucionarias
enseñanzas de la física y de la geografía astronómica. No inquieta,
sin embargo, al niño ese caprichoso fluir de los fenómenos. Se lo
estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo la
certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en
las alturas un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran
artilugio cósmico e impone y sostiene la concordia entre los elementos.
Padres y maestros le han revelado también que el Principio psicológico
del Universo es, además, tiernísimo padre y excelso artista. En su
infinito poder, adapta ingeniosamente las vicisitudes de las estaciones
a las necesidades de la vida, y descendiendo de su austeridad, se digna
componer y conservar, para edificación y regalo de la sensibilidad
humana, cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados;
los prados y campos vernales, sembrados de amapolas y cernidos de
mariposas; la negra noche, tachonada de estrellas; los árboles y vides
cuajados de frutos...
Mas he aquí que de improviso tan hermosa concepción, que yo, como todos
los niños, había formado, se tambalea. La riente paleta del sublime
Artista se entenebrece; inopinadamente, el idilio se trueca en tragedia.
Muchas interrogaciones, a cual más formidables, me asaltaron. ¿Será
cierto --pensaba-- que el Dios de la Doctrina cristiana y de la
Historia sagrada sienta infinita piedad por los hombres? ¿En su
fervor religioso, los teólogos no habrán exagerado algo el interés
que inspiramos a la Divinidad? ¿Y si resultara que nos mide con el
mismo rasero que a las más humildes bestezuelas? Si realmente lo puede
todo y es infinitamente bueno, según aseguran formalmente el cura y
el maestro, ¿cómo esta vez no ha interpuesto una mano piadosa en el
furioso engranaje de los elementos, evitando la muerte de un santo
varón, el destrozo de un templo y el terror de tantos inocentes? Y mi
fantasía, sobreexcitada por la emoción, forjó no sé cuantas absurdas
conjeturas.
Tales dudas y cavilaciones pasaron luego, cediendo el campo a más
vulgares preocupaciones; pero dejaron en mí el amargo germen del
pesimismo. Doy por seguro que el libro, todavía inédito, pero redactado
desde hace muchos años, acerca de las inarmonías del mundo y de la vida
(libro que no he publicado porque, a la luz de la crítica moderna,
carece de toda novedad esencial), tuvo su germen en el luctuoso
acontecimiento referido.
Afortunadamente, la edad de los ocho años no es propicia a la
filosofía, ni consiente largas abstracciones. En la aurora de la vida
es harto fugaz el sentimiento para que ningún suceso pueda perturbar,
de modo duradero, la hermosa serenidad del niño, entregado, por
irresistible instinto, a modelar y robustecer el cuerpo con el juego y
la gimnasia espontáneos, y a enriquecer y vigorizar el espíritu con ese
continuo curioseo y exploración del espectáculo de la Naturaleza.
El tercer acontecimiento que me produjo también efecto moral
importante, fué el eclipse de sol del año 60. Anunciado por los
periódicos, esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas
personas, protegidos los ojos con cristales ahumados, acudieron a
cierta colina próxima, desde la cual esperaban observar cómodamente el
sorprendente fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría de los
eclipses, y yo la había comprendido bastante bien. Quedábame, empero,
un resto de desconfianza. ¿No se distraerá la luna de la ruta señalada
por el cálculo? ¿Se equivocará la ciencia? La inteligencia humana,
que no pudo prever la caída de un rayo en mi escuela, ¿será capaz,
sin embargo, de predecir fenómenos ocurridos más allá de la tierra, a
millones de kilómetros? En una palabra; el saber humano, incapaz de
explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro
pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar
lo lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de
vista de la utilidad material? Claro que estas interrogaciones no
fueron pensadas de esta forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis
sentimientos de entonces.
Es justo reconocer que la casta Diana no faltó a la cita, cumpliendo
a conciencia y con exquisita exactitud su programa. Parecía como que
los astrónomos, además de profetas, habían sido un poco cómplices,
empujando la luna con las palancas de sus enormes telescopios hasta el
lugar del cielo donde habían acordado ensayar el fenómeno. Durante el
eclipse, hízome notar mi padre esa especie de asombro y de indefinible
inquietud que se apodera de la naturaleza entera, acostumbrada a
ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz y
de obscuridad, de calor y de frío, resultante del eterno girar de
la tierra. Para los animales y para las plantas, el eclipse parece
constituir un contrasentido, algo así como imprevista equivocación de
las fuerzas naturales, como olvidadas de los perennes intereses de la
vida.
Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60 fuera para mi tierna
inteligencia luminosa revelación. Caí en la cuenta, al fin, de que el
hombre, desvalido y desarmado enfrente del incontrastable poder de las
fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia redentor heroico y poderoso y
universal instrumento de previsión y de dominio.
--¿Pero la ciencia lo sabe todo, lo puede todo? «No --me contestaba
mi padre--; la ciencia es poderoso gigante en unas cosas, débil e
impotente infante en muchas otras. Cuando el problema es esencialmente
geométrico, como en el caso de los movimientos de los astros, y los
datos de las ecuaciones contienen solamente masas, pesos y velocidades,
la ciencia acierta y prevé; pero cuando los términos se complican,
y las incógnitas crecen y los símbolos son insustituíbles por
valores cuantitativos, la mente humana se ofusca y sufre las tristes
consecuencias de su ignorancia; porque la naturaleza procede muchas
veces como aquella famosa esfinge de Tebas, tan citada por literatos y
filósofos, la cual decía al caminante: “Adivíname o te devoro”.
»El hombre de ciencia, que con tan maravillosa precisión ha sabido
calcular la fecha y duración de un eclipse; que conoce la distancia
de los astros a la tierra y ha logrado fijar la velocidad de la luz,
no podrá averiguar si este año se perderá o no la cosecha de trigo,
o si durante el otoño furiosa tormenta arrasará nuestras vides. En
el arduo fenómeno de la vida es, sobre todo, donde la ciencia humana
debe confesar humildemente su impotencia. El científico que tan
penetrantemente ha sabido explorar los arcanos del mundo geométrico,
sólo muy lenta y presurosamente sabe explorarse a sí mismo; de donde
resulta el paradójico contraste de que la ciencia capaz de pesar
los astros y fijar su composición, sea impotente para determinar y
esclarecer la estructura y la función de esas células cerebrales, con
ayuda de las cuales pesamos, medimos y calculamos.»
No fueron éstas ciertamente las frases de mi padre; pero ellas
envuelven, sin duda, el sentido general de sus explicaciones.
El eclipse de sol del año 1860 contribuyó poderosamente a mi afición
por los estudios astronómicos. Mi cariño a la cosmografía llegó más
adelante hasta leer no sólo todas las obras de popularización escritas
por Flammarion y Fabre, sino hasta las abstrusas y esencialmente
matemáticas de Laplace; aunque mi rudimentaria preparación en el alto
cálculo me obligara a saltar sobre las inaccesibles integrales para
fijarme exclusivamente en las leyes y en los hechos de observación.
[Ilustración]
CAPÍTULO V
Ayerbe. -- Juegos y travesuras de la infancia. -- Instintos guerreros
y artísticos. -- Mis primeras nociones experimentales sobre óptica,
balística y el arte de la guerra.
Cumplidos mis ocho años, mi padre solicitó y obtuvo el partido médico
de Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle mayores ventajas
profesionales y más amplio escenario para sus proezas quirúrgicas que
Valpalmas, amén de superiores facilidades para la educación de sus
hijos.
Es Ayerbe villa importante de la provincia de Huesca, y famosa por
sus vinos en todo el Somontano. Está situada en la carretera de dicha
ciudad a Jaca y Panticosa, no lejos de la Sierra de Gratal, primera
estribación del Pirineo aragonés. Sus pintorescas casas extiéndense
al pie de un monte elevado de doble cima, una de las cuales aparece
coronada por las ruinas, aún imponentes, de venerable castillo feudal.
En el centro del pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio
espacio a sus mercados y ferias, famosas en toda la comarca. Entre
ambas plazas sirve de lindero, al par que de adorno, cierta opulenta
mansión señorial, que antaño perteneciera a los Marqueses de Ayerbe.
Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué saludada por una
rechifla general de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En
cuanto se reunían algunos de ellos y estaban seguros de maltratarme a
mansalva, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me hostilizaban a
pedrada limpia.
¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero? Lo ignoraba y aún
hoy no me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un efecto de esa
sorda inquina, no siempre traducida en actos, que el labrador pobre
siente contra el burgués y el hombre de carrera: contenida en los
hombres por la prudencia, estalla violentamente en los chicos, en
quienes las artes del disimulo no han enfrenado aún los más groseros
impulsos naturales. En semejante malquerencia colaboran, sin duda, la
rusticidad y la ignorancia.
Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del
pueblo. Vestido humildemente --porque la estricta economía que reinaba
en mi casa no consentía lujos--, de cara trigueña y aspecto amojamado,
que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie
me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba
calzones ni alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó
para que entre aquellos zafios pasara por señorito.
Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la extrañeza causada
por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño,
verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes
y aragoneses antiguos. Allí se decía: -forato- por -agujero-, -no pas-
por -no-, -tiengo- y -en tiengo- por -tengo- o -tengo de eso, aivan-
por -adelante-, -muller- por -mujer-, -fierro- y -ferrero- por -hierro-
y -herrero-, -chiqué- y -mocete- por -chico- y -mocito-, -abríos- por
-caballerías-, -dámene- por -dame de eso-, -en ta allá- por -hacia
allá-, -m’en voy- por -me voy de aquí-, y otras muchas voces y
locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria.
[Ilustración: Lám. IV, Fig. 5.--Vista desde Ayerbe de las faldas del
monte del Castillo.]
[Ilustración: Lám. IV, Fig. 6.--La -plaza baja- de Ayerbe con la torre
del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de
vecindad.]
En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido
inverosímiles elipsis, toda vez que -el-, -la-, -lo-, se habían
convertido en -o-, -a- y -o-, respectivamente. Diríase que estábamos en
Portugal.
A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano
relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y
Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome el
-forano- (-forastero-).
Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa
de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al
revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi
memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces.
He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los parajes
solitarios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero
en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas,
por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos
huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde
lo alto del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas
grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social, tomando
parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla
a cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los
chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de asueto.
Tienen los juegos de la niñez, y particularmente los juegos sociales,
en los que se combinan, en justa proporción, los ejercicios físicos con
las actividades mentales, gran virtud educadora. En esos certámenes
de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala del
valor, de la osadía y de la astucia, se avaloran y contrastan las
aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espíritu
para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño
que muchos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre
está en su infancia, y que Rod, Froebel, Gros, France y otros, y en
nuestra patria Giner y Letamendi, hayan concedido al juego de los niños
gran importancia para el desarrollo fisiológico y para la exploración
de la realidad objetiva.
«Jugar, ha dicho Thomas, es aplicar los propios órganos, sentirse vivir
y procurarse la ocasión de conocer los objetos que rodean al niño,
objetos que son para él un perpetuo milagro.» Por mi parte, siempre
he creído que los juegos de los niños son preparación absolutamente
necesaria para la vida de acción y de conocimiento; merced a ellos el
cerebro infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas
preferidos y las diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral
e intelectual, de que dependerá en gran parte el porvenir.
Esperamos que estas consideraciones excusen a los ojos del lector el
que consagremos al examen de los juegos y travesuras de nuestra niñez
mayor espacio del que se suele conceder a estos asuntos en todas las
biografías. Lo exige así el plan de este libro, cuyo fin es demostrar
cómo las condiciones del medio en la puericia imprimieron determinada
dirección a mi vida de hombre, y crearon ventajas y defectos de grandes
consecuencias en la lucha por la existencia.
En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos para conmigo,
concurrí, pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los
juegos del peón, del tejo, de la -espandiella-, del marro, sin olvidar
las carreras, luchas y saltos en competencia; hallando en todas estas
diversiones la sana alegría asociada a la actividad moderada de todos
nuestros órganos y a la impresión personal del acrecentamiento de la
energía muscular y de la flexibilidad de las articulaciones. Ya lo
dijo Aristóteles y lo han repetido muchos pedagogos, singularmente
Bouillier: «hay placer, dice este autor, cuantas veces la actividad
del alma se ejerce de acuerdo con su naturaleza y según el sentido
de la conservación y desenvolvimiento del ser». ¿Quién ignora que la
inactividad constituye para el niño la mayor de las torturas? El dolor
mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo goce en adquirir
conciencia de nuestra evolución, en sentir cómo nuestros músculos se
vigorizan y nuestros pulmones se amplían, y advertir cómo, en fin, en
esa pugna diaria de ardides, ordinarios recursos de toda pelea entre
muchachos, se afina la atención vigilante y se fortalece la aptitud
para la agresión inopinada.
Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban solamente a juegos
inocentes: el tejo y el marro alternaban con diversiones harto más
arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin
consideración a nada ni a nadie, constituían el estado natural de mis
traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada limpia, romper
faroles y cristales, asaltar huertos y, en la época de la vendimia,
hurtar uvas, higos y melocotones; tales eran las ocupaciones favoritas
de los zagalones del pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra de
contarme.
Muchas veces he procurado darme cuenta de esa tendencia al merodeo,
a que con tanta fruición se entregan los chicos, sin acertar a
explicármela de modo satisfactorio. A tan peligrosa conducta debe
contribuir, sin duda, el ansia de las golosinas impuesta al niño
por la naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran cantidad
de substancias azucaradas, indispensables para reparar el continuo
derroche de energía muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía
motriz); pero esto no parece bastante. Precisamente casi todos los
chicos que tomábamos parte en las depredaciones de huertos y viñas,
teníamos en nuestras casas la fruta a canastas. Además, y por lo que a
mí se refiere, mi familia poseía frondoso huerto y, durante el estío y
otoño, raro era el día en el que los clientes, agradecidos a los buenos
servicios médicos de mi padre, no nos ofrecieran algún presente de
frutas o verduras. Sin embargo, leyendo los libros que tratan del gran
problema de la educación y de la psicología de los juegos, he creído
hallar la clave principal del enigma: el ansia de emoción, la atracción
del peligro.
Con razón hacen notar los educadores que el niño, en sus juegos y
empresas, gusta bordear constantemente el peligro; y así como, cuando
pasea, prefiere al camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega
prefiere aquellas diversiones en las que sólo a costa de agilidad, de
sangre fría o de vigor, logra sortear un accidente.
Desde otro punto de vista, puede considerarse el niño como el
representante de aquella hermosa edad de oro, en la cual, al decir
de Cervantes, se desconocía el significado de las palabras -tuyo- y
-mío-. En el fondo de cada cabeza juvenil hay un perfecto anarquista y
comunista. Hasta por la forma de sus facciones y desproporción de sus
miembros se parece el niño, como nota Herbert Spencer, al salvaje. A
semejanza del indio bravo, el niño es todo voluntad. Ejecuta antes que
piensa, sin dársele un ardite de las consecuencias. Ante su violento
querer, ante su absorbente individualismo, que se afirma constantemente
con actos de pillaje y de vandalismo, las leyes son papeles mojados:
obligan solamente en cuanto la fuerza las sanciona, es decir, cuando el
padre, el amo y el guardia rural, armados respectivamente de bastón,
garrote y escopeta, se constituyen en sus defensores y custodios.
A los instintos anarquistas del niño deben añadirse estos otros dos:
la crueldad y la inclinación al dominio. Muy a menudo, a despecho de
las reglas de la moral y de la buena crianza, complácese la infancia en
abusar de sus fuerzas, maltratando a los débiles y sujetándolos a su
autocrática soberanía, que ejerce sin más límites que los trazados por
el alcance de sus fuerzas y osadía.
No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no siente nada, que es
inaccesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»; pero fuerza
es confesar que los sentimientos de humanidad, caridad y compasión,
hállanse en él muy poco desarrollados.
Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así
como a las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña
de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios
consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo,
con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué
el abuso de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y
cruel. El culto a la justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes,
o digamos debilidades, afirmábase ya por entonces vigorosamente, en
un medio moral en que la tiranía de los músculos, la crueldad y la
insensibilidad eran regla corriente entre los chicos.
Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que
sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo».
Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un
fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada
de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada,
prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmografía
y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis
entendederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para
mí que dichos conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron
cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me permitieron
sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me rodeaban,
superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides,
picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que
consagrábamos nuestras horas de asueto.
Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas
que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a
Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que
vino a juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven
que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor,
mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Saltaba como un
saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una
tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo
de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los
nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda,
con singular tino y maestría.
Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas, y, en
efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en trepar
a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de
Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos,
viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los
más sabrosos albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos
melocotones. De nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en
espíritu de niveladora equidad, no se libraban ni el huerto del cura,
ni el cercado del alcalde. Ambas potestades, la eclesiástica y la
civil, nos tenían completamente sin cuidado.
En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las bellaquerías, mañas
y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a ser uno de los
muchachos a quienes los padres ponen en el -Índice- de -las malas
compañías-. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género
de travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en
que entraba por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi
superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por muchos y no para
cosa buena.
¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casada en segundas
o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y
cencerros y fabricando las flautas y -chifletes-, que hacía de caña,
con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una
observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado
las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen
los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las
lengüetas. Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de
dos octavas, sonaban con el timbre e intensidad del clarinete; y así me
ocurrió más de una vez, ejecutando de oído algunas melodías populares,
ser tomado por músico ambulante.
¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues
yo era el honrado con el delicado cometido de fabricar las hondas, que
hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos me traían. Más
de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que echar
mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía
progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres
al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud
la que fué flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla!
¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se recurría para
los yelmos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y
sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí gran
pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino
que marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de
observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar
pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el
hierro, y ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil
no oscile y se tuerza en su trayectoria inicial. En consonancia con
esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y sustituía los clavos
o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento de las
leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza,
pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de
caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa
de arco, me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente
encorvado, y de cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me
aseguré, estudiando comparativamente arcos fabricados con casi todas
las maderas conocidas en el país. Excusado es decir que para procurarme
la primera materia (las leznas rotas) entablé relaciones comerciales
con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me
proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del
regalo de una de ellas.
Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con
camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban
exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también
para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y
gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se
presentaban.
Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas costáronme
soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues aunque
mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se
mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya
responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor material,
bien a título de fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como
instigador a su comisión.
Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en
día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación
cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas
domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las
manos, harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte
a pagar, con las propias, culpas de muchos, con gran contentamiento
de mis cómplices, que huían bonitamente el bulto, abandonándome
constantemente en la estacada.
[Ilustración]
CAPÍTULO VI
Desarrollo de mis instintos artísticos. -- Dictamen de un revocador
sobre mis aptitudes. -- ¡Adiós mis ensueños de artista! --
Utilitarismo e idealismo. -- Decide mi padre hacerme estudiar para
médico y enviarme a Jaca.
Por entonces, si mi memoria no me es infiel, comenzaron, o al menos
cobraron gran incremento, mis instintos artísticos. Tendría yo como
ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irrefrenable manchar
papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las tapias,
puertas y fachadas recién revocadas del pueblo, con toda clase de
garabatos, escenas guerreras y lances del toreo. En cuanto -afanaba-
una cuaderna, ya estaba comprando papel o lapiceros; pero como no podía
dibujar en casa porque mis padres miraban la pintura cual distracción
nefanda, salíame al campo, y sentado en un ribazo junto a la carretera,
copiaba carretas, caballos, aldeanos y cuantos accidentes del paisaje
me parecían interesantes. De todo ello hacía gran colección, que
guardaba como oro en paño. Holgábame también en embadurnar mis diseños
con colores, que me proporcionaba raspando las pinturas de las
paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro, de los
librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores
solubles). Recuerdo que adquirí gran habilidad en la extracción del
color de los papeles pintados, los cuales empleaba también a guisa de
pinceles, humedecidos y arrollados en forma de difumino; industria a
que me obligaba la falta de caja de colores y la carencia de dinero
para comprarlos.
Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y absorbentes,
crearon en mí hábitos de soledad y contribuyeron no poco al carácter
huraño que tanto disgustaba a mis padres. En realidad mi sistemático
arrinconamiento no nacía de aversión al trato social, toda vez que,
según dejamos dicho, el de los niños me contentaba y satisfacía;
nació de la necesidad de sustraerme, durante mis ensayos artísticos y
fabricaciones clandestinas de instrumentos músicos y guerreros, a la
severa vigilancia de las personas mayores.
Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, dotado de gran voluntad
y de talento científico nada vulgar, adolecía de una laguna
mental: carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o
menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y regalo.
Se había formado de la vida ideal extremadamente severo y positivo. Era
lo que los educadores llaman un puro -intelectualista-.
En su concepto, en el problema de la educación, lo importante consistía
en la adquisición de conocimientos positivos y en el desarrollo del
entendimiento, a fin de preparar ventajosamente al adolescente para
el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. La educación del
corazón, que tanta importancia tiene para la felicidad, no entró nunca
en sus miras. Consideraba al hombre cual mero instrumento de producción
que había que adiestrar muy tempranamente para prevenir contingencias y
percances. Sin duda amaba el saber por el saber; pero rendíale tributo
sobre todo por la capacidad financiera que a la sabiduría va unida.
«El hombre, solía decir, cuanto más sabe más gana, y cuanto más gana
más útil es a sí y a su familia.»
Tengo para mí que esta tendencia de mi padre no fué originaria, sino
adquirida; constituía adaptación harto positivista o equilibración
excesiva impuesta por el ambiente moral riguroso que rodeó su juventud.
Ese sagrado -temor a la pobreza-, representa a menudo el poso amargo
que deja en el corazón la áspera lucha contra la miseria, la injusticia
y el abandono.
En la esfera familiar, la citada concepción utilitaria y un
tanto pesimista del mundo que mi padre había formado produjo dos
consecuencias: -el sobretrabajo- y -la economía más austera-. Mi
pobre madre, ya muy económica y hacendosa de suyo, hacía increíbles
sacrificios para descartar todo gasto superfluo y adaptarse a aquel
régimen de exagerada previsión.
Lejos de mí la idea de censurar una conducta que permitió a mis
padres adquirir el peculio necesario para trasladarse a Zaragoza,
dar carrera a los hijos y crearse una posición, si no brillante y
fastuosa, desahogada y libre de cuidados; pero es preciso reconocer
que el espíritu de economía tiene límites trazados por la prudencia,
límites que es harto arriesgado traspasar. El ahorro excesivo declina
rápidamente hacia la tacañería, cayendo en la exageración de reputar
superfluo hasta lo necesario; destierra del hogar la alegría que
brota comúnmente de la satisfacción de mil inocentes bagatelas y
poco onerosos caprichos; impide las gratas expansiones de la novela,
del teatro, de la pintura o de la música, que no son vicios, sino
necesidades instintivas del joven, a que debe atender toda discreta y
perfecta educación; y en fin, relaja en la familia los lazos del amor,
porque los hijos se acostumbran a mirar a sus padres como los perennes
detentadores de la felicidad del presente. Añadamos aún que nadie
puede vivir teniendo constantemente delante de los ojos el espectro
terrorífico de la muerte: el hombre vive porque olvida que debe morir.
Buena y santa es la previsión que se anticipa a los tristes sucesos y
ampara a la prole de los posibles y aciagos reveses de la fortuna; mas
debe tenerse presente que la vida sólo es tolerable en cuanto vale la
pena de ser vivida. Ni es lícito olvidar tampoco que cada edad tiene
sus deleites como tiene su cruz, y que es triste regla de conducta
sacrificar enteramente la dicha de la edad juvenil a los mustios y
anodinos placeres de la ancianidad.
Confío en que el lector hallará natural que yo reaccionase
obstinadamente contra un ideal tan triste de la vida, ideal que
mataba en flor todas mis ilusiones de mozuelo y cortaba bruscamente
los arranques de mi naciente fantasía. Ciertamente, sin el misterioso
atractivo del fruto prohibido, las alas de la imaginación hubieran
crecido, pero no hubieran llegado quizás a adquirir el desarrollo
hipertrófico que alcanzaron. Descontento del mundo que me rodeaba,
refugiéme dentro de mí. En el teatro de mi calenturienta fantasía,
sustituí los seres vulgares que trabajan y economizan por hombres
ideales, sin otra ocupación que la serena contemplación de la verdad y
de la belleza. Y traduciendo mis ensueños al papel, teniendo por varita
mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas
cosas que alimentaban mis ensueños. Paisajes dantescos, valles amenos
y rientes, guerras asoladoras, héroes griegos y romanos, los grandes
acontecimientos de la historia... todo desfilaba por mi lápiz inquieto,
que se detenía poco en las escenas de costumbres, en la copia del
natural vulgar y en los tráfagos de la vida común. Eran mi especialidad
los terribles episodios bélicos; y así, en un santiamén cubría una
pared de barcos echados a pique, de náufragos salvados en una tabla,
de héroes antiguos cubiertos de brillantes arneses y coronados de
empenachado yelmo, de catapultas, muros, fosos, caballos y jinetes.
Pocas veces dibujaba soldados modernos: hallábalos insignificantes,
prosaicos, cargados con su mochila y manta que les presta aire de
faquines, con su feo ros, triste parodia del antiguo y majestuoso
casco, y con la corta y casi inofensiva bayoneta, especie de asador sin
mango, caricatura ridícula de la elegante, artística y tajante espada.
Además, la guerra moderna, a tiro limpio, considerábala antiartística
y cobarde. Pensaba yo que en ella no puede vencer ya el guerrero más
gallardo, corajoso y arrogante, sino acaso el más pusilánime y ruin que
disparó su fusil desde un reparo y a mansalva. Antojábaseme semejante
manera de combatir, más propia para degradar la raza humana que para
mejorarla: una verdadera selección al revés. Sin duda que las guerras
antiguas eran mortíferas, pero eran al menos siempre elegantes y
estaban conformes con el principio de la evolución, ya que en ellas
ceñían casi siempre el lauro los exquisitos artistas de la energía, de
la forma y del ritmo. Hoy el plomo enemigo diezma preferentemente a los
corpulentos, valerosos y arrojados, y respeta a los pequeños, flojos
y pusilánimes. «En adelante --decía para mis adentros-- no triunfarán
los griegos, sino los persas; el heroísmo desarmado será arrollado por
la riqueza y el frío cálculo; el zorro desarmará al león, y aquellos
hermosos atletas, lustre y prez de la especie humana, los Milones
de Crotona, cuyos esforzados brazos, endurecidos en mil combates
gloriosos, fueron el escudo y el antemural de la patria, quedarán
relegados a la triste y baja condición de Hércules de feria.»
De los asuntos guerreros pasaba al santoral. Pero cuando pintaba
santos, prefería los de acción a los contemplativos, y sobre todo
los de caballería, entre los cuales, según adivinará fácilmente el
lector, gozaba de todas mis simpatías el mío, es decir, Santiago
apóstol, patrón de las Españas y terror de la morisma. Complacíame en
representarlo tal como lo había contemplado en las estampas, o sea
galopando intrépido sobre una parva de cadáveres de moros, la espada
sangrienta en la diestra y el formidable escudo en la siniestra. ¡Con
qué piadoso esmero iluminaba yo el yelmo con un poco de gutagamba y
pasaba una raya azul por la espada, y me detenía en las negras barbas
de mi santo, las cuales me salían largas, borrascosas, cual suponía yo
que debía ser la pelambrera de los apóstoles!
Una de las copias del apóstol Santiago, hecha en papel e iluminada
con ciertos colores que pude añascar en la iglesia, fué causa de mi
perdición, y de que mis aficiones artísticas tuvieran en mi padre,
ya de suyo mal avenido con toda clase de inclinaciones estéticas,
enemigo declarado. Aburrido ya, sin duda, de quitarme lápices y
dibujos, y viendo la ardiente vocación demostrada hacia la pintura,
decidió mi padre averiguar si aquellos -monos- tenían algún mérito y
prometían para su autor las glorias de un Velázquez o los fracasos
de un Orbaneja. Y como no hubiese nadie en el pueblo suficientemente
competente en achaques de dibujo, recurrió el autor de mis días a
cierto revocador forastero, llegado por aquellos tiempos a Ayerbe, cuyo
cabildo le había contratado para enjalbegar y pintar las paredes de la
iglesia, terriblemente averiadas y chamuscadas por reciente incendio.
[Ilustración: Lám. V, Figs. 7 y 8.--Para quienes gusten de estas
bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre
mis viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía nueve
o diez años, poco después de la época del desahucio del revocador.
Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo
y proporciones. Una de ellas representa cierto labriego de Ayerbe
bebiendo en la taberna; la otra reproduce la ermita de la Virgen de
Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa.]
Llegados a presencia del Aristarco, desplegué tímidamente mi estampa;
miróla y remiróla el pintor de brocha gorda, quien, después de mover
significativamente la cabeza y de adoptar actitud digna y solemne,
exclamó:
--¡Vaya un mamarracho! ¡Ni esto es apóstol, ni la figura tiene
proporciones, ni los paños son propios... ni el chico será jamás un
artista!...
Aterrado quedé ante el categórico veredicto. --¿Pero de veras no tiene
el chico aptitudes para el arte? --osó mi padre replicar. --Ninguna,
amigo mío --contestó implacable el rascaparedes--. Y dirigiéndose a mí,
añadió: --Venga acá, señor pintamonas, y repare usted en las manazas del
apóstol, que parecen muestras de guantero; en la cortedad del cuerpo,
donde las -ocho cabezas- prescritas por los cánones han menguado a
siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece arrancado de
un tiovivo.
Yo no entendía jota de cánones; pero veía disiparse como humo mis
más caras ilusiones, y me atreví a contestar tímidamente «que una
figura copiada o arreglada de malas estampas no podía juzgarse con
la severidad de un estudio del natural, pues ni yo había contemplado
apóstoles, ni visto los arneses ni vestimentas de antiguos guerreros.
Añadí que algunos de los defectos denunciados no me lo parecían del
todo; así, un guerrero a caballo no podía ser tan largo como puesto
de pie. Y en cuanto a las manos, ¿quería usted que las de un apóstol,
acostumbrado a pegar recio y a empuñar formidable y pesada lanza, las
tuviera tan pequeñas y relamidas como una señorita? Por lo que atañe al
colorido, tiene usted razón; pero no habiendo yo podido proporcionarme
otros colores que el bermellón, el ocre y ultramar que usted gasta en
la iglesia, lo que usted debía hacer, antes que censurar mi paleta,
es emplear otra mejor surtida. En resolución, dudo mucho que usted
sea verdadero artista, ni siquiera persona medianamente discreta y
razonable; pues de serlo, sabría usted excusar las incorrecciones en
que forzosamente ha de caer un aficionado de nueve años, que pinta sin
maestros, cuya falta de habilidad podría ser corregida con el estudio y
el trabajo.» Claro está que no fueron tales mis palabras, pero sí mis
razones.
Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde hablaba -ex cathedra-
y me desahució definitivamente. El silencio harto significativo de
mi padre dióme a entender que todo estaba perdido. En efecto, la
opinión del manchaparedes cayó en mi familia como el dictamen de una
Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo renunciara a
los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica.
En consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices,
carbones y papeles; lo que me obligó a emplear todas las artes del
disimulo para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión
favorita, holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y
paisajes. Todavía conservo algunos de aquellos infantiles ensayos tan
execrados por el famoso revocador. Como muestra de mis dibujos de
entonces reproduzco cierta acuarela donde saltan a la vista graves
defectos de proporción. Presenta harto grotescamente a un baturro en
la taberna, empuñando el clásico porrón. ¿Pero quién pinta mejor, sin
estudios, a los ocho años de edad?
Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra sorda entre el deber y
el querer; así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra
una vocación tan claramente afirmada y definida; oposición que había
de prolongarse aún diez o doce años, y en la cual, si no naufragaron
del todo mis tendencias artísticas, murieron definitivamente mis
aspiraciones a ser pintor.
¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria, ilusiones de futuras grandezas!
¡Era menester trocar la mágica paleta del pintor por la roñosa y
prosaica bolsa de operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico pincel,
creador de la vida, por el cruel bisturí, que sortea la muerte; el
tiento del pintor, que parece cetro de rey, por el nudoso bastón de
médico de aldea!
Tenía yo entonces un concepto demasiado lisonjero del arte y de los
artistas. A mis ojos, el pintor genial aparecía como un ser superior,
de estirpe de dioses, destinado a depurar la naturaleza de escorias
y prosaísmos, de incongruencias y fealdades, y susceptible de crear
un mundo ideal, superior al real y más digno de su Creador. Pensaba,
además, que el augusto ministro de la belleza estaba llamado a
desempeñar misión social de gran transcendencia: reconfortar las
almas abatidas en sus conflictos con la realidad; conmover y edificar
los corazones mostrándoles sublimes arquetipos de belleza moral y de
alto patriotismo; y, en fin, difundir un poco de luz y alegría en
el tenebroso camino por donde marcha la humanidad, fatigada por el
trabajo y afligida por el dolor. Hoy, sin dejar de admirar a los buenos
artistas, no hablaría de ellos con tanto entusiasmo. Y en este momento
pienso[5], sobre todo, en esos modernísimos pintores que, ansiosos
de renombre improvisado y no sabiendo cómo destacar y amplificar la
minúscula personalidad, hacen gala de menospreciar el dibujo, el color,
la perspectiva, las proporciones, el ambiente, todo lo que constituyó
siempre la característica de los grandes maestros --de los cultivadores
de la pintura perenne--, para sustituirlos con miserables engendros que
se dirían visiones de beodos o pesadillas de enajenados[6]. Pero no
divaguemos y continuemos nuestro relato.
[5] Añado este párrafo en 1917, en plena decadencia del gusto
pictórico.
[6] Aludo a los desdichados cubistas, prerrafaelistas,
impresionistas, a los que lo pintan todo negro, o todo azul,
o todo verde, en fin, a la cáfila de extravagantes que han
deshonrado el arte de Rafael y de Velázquez. ¡Ah! ¡Con cuánto
gusto, si el divino -papel que represento- no me lo estorbara,
saltaría cada primavera a la arena crítica, y probaría, como tres
y dos son cinco, con la competencia que me da el ser catedrático
de -Anatomía patológica y Teratología-, y aficionado, además,
a la óptica aplicada, las extrañas deformidades anatómicas y
las horribles incongruencias de color, de perspectiva y de
composición, para las cuales tienen nuestros críticos de arte,
¡quién lo dijera!, increíbles suavidades e indulgencias, cuando
no alabanzas fervorosas!
Mis conocimientos literarios hacían, entretanto, débiles progresos.
Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En realidad,
mi instrucción elemental era bastante buena gracias a las lecciones
de mi padre, que me enviaba al aula municipal, antes con la mira de
sujetarme, que con la de que me ilustrara. Este prudente freno a mi
libertad lo imponía mi carácter díscolo y mi afición a la vagancia.
Cuanto más que mi progenitor no podía vigilarme: se lo impedía la
numerosa clientela del pueblo y, sobre todo, sus salidas frecuentes a
los anejos de Linás, Riglos, Los Anguiles y Fontellas. El seguimiento
de mis pasos y la reprensión de mis desmanes corría, pues, a cargo del
maestro y de mi madre, la cual, harto atareada con la crianza de los
pequeños y el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito
toda la atención deseada.
No obstante las precauciones tomadas, el diablo me tentaba a menudo.
En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos
pimienta, celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las
afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico
castillo, en donde nos complacíamos en remedar las batallas de los
tiempos feudales; y, en fin, engolfándonos en la vecina -sarda-,
bosque secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando
flechazos a los pájaros y buscando nidos de -picaraza- (garza).
Por cierto que en este último entretenimiento ocurrióme cierta vez,
dolorosa sorpresa: encaramado en la copa de una encina, afanábame en
explorar un nido de garza, cuando, después de tocar cierta cosa peluda
y blanduja, saqué súbitamente la diestra ensangrentada y dolorida a
puros mordiscos: una familia de ratas, que había hecho presa del nido
y devorado los huevos, revolvióse furiosamente contra el intruso que
venía a molestarles en la pacífica posesión de su rapiña.
En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en apretadísimo
lance. Deseoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude la
gradería de imponente escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca
los aguiluchos todavía implumes, que me miraban espantados; pero
no pude llegar hasta ellos. Temiendo la acometida de las águilas,
cuyos chillidos creía oir, traté de escapar de la cornisa en que me
había metido; pero al intentar la ascensión tropecé con dificultades
insuperables. La especie de repisa en que mediante temerario salto
había caído mostraba las paredes altas y casi lisas; quedé cogido como
en trampa, pasando horas de terrible ansiedad bajo un sol abrasador y
con el riesgo de morir de hambre y sed, pues nadie podía socorrerme
por aquellas soledades. Mi industria y la navaja de que iba siempre
acompañado salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la relativa
blandura de la roca logré ensanchar algunas angostas grietas que,
sirviéndome de peldaños y de agarradero para las manos, pusiéronme en
franquía. ¡Qué de temeridades como éstas podría contar si no temiera
abusar de la paciencia del lector!
A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba de las demasías y
algaradas de sus hijos y, montando en cólera, nos aplicaba azotaina
monumental, amén de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos
mucho), por lo que él llamaba sus descuidos y excesivas blanduras para
con nosotros.
El anuncio de estas palizas paternas, las cuales, por lógica progresión
y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se
iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos
verdadero terror; y así aconteció en alguna ocasión, que por evitar la
harto expresiva caricia paternal huíamos de casa, causando con ello
honda pena a nuestra madre, que, angustiada y atribulada, nos buscaba
por todo el pueblo.
Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y
noticiosos de que alguien había llevado el soplo al severo autor de
nuestros días, decidimos escaparnos a los montes, en donde permanecimos
media semana o más, merodeando por los campos y alimentándonos de
frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos tomando gusto
a la vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los escondrijos
del vecino monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de
cal. Sacudiónos de lo lindo, atónos codo con codo, y en tan afrentosa
disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar
la chacota de chicos y mujeres.
Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el lector, ordinario
término de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso adaptativo
susodicho los palos nos escocían, pero no nos escarmentaban. Mientras
los cardenales estaban frescos guardábamonos muy bien de reincidir;
pero una vez borrados, olvidábamos el propósito de la enmienda. Y es
que los impulsos naturales, cuando son muy imperiosos, se deforman
algo, se disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contrariados en
nuestros gustos, privados del placer de campar por breñas y barrancos,
a fin de ejercitar el lápiz del dibujante, la flecha del guerrero
o la red del naturalista, asistíamos rezongando a la escuela, sin
corregirnos ni formalizarnos. Todo se reducía a variar el teatro
de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se convertían en
caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se transformaban
en escaramuzas de banco a banco, en las cuales servían de proyectiles
papelitos, tronchos, acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta
de papel de dibujo servíame de las anchas márgenes del Fleury, que se
poblaban de garambainas, fantasías y muñecos; alusivos unos al piadoso
texto, otros harto irreverentes y profanos.
En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano en mano, y mi
cháchara irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro, que
más de una vez recurrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es
decir, al clásico -cuarto obscuro-; habitación casi subterránea plagada
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