--V. me lisonjea, señor, dijo el joven; pero no tema, procuraré
merecer siempre su aprobación.
--Pero ahora caigo en ello, mi querido Carlos, dijo Luis sonriendo;
somos antiguos compañeros de colegio.
--¡Qué! repuso en el mismo tono el barón, si nos conocemos de
chiquitines.
--¿Y no le parece a V. que en este caso debemos tutearnos?
--Evidentemente; la perfección de nuestros papeles lo exige.
--Corriente, yo te tuteo y tú me tuteas.
--¡Pues no faltaba más! ¿dos amigos como nosotros no tutearse?
Los dos jóvenes se estrecharon cordialmente las manos, riendo como
colegiales en vacaciones.
De esta suerte se deslizó parte del día sin otro incidente que la
presentación del barón Carlos de Meriadec, por su amigo el conde Luis
del Saulay, a doña Dolores y al hermano de ésta don Melchor de la Cruz,
doble presentación en la que el extranjero se portó como comediante
consumado.
Doña Dolores respondió con una graciosa y alentadora sonrisa al
cumplido que el joven creyó de su deber dirigirla.
En cuanto a don Melchor, se limitó a hacerle una muda reverencia,
mientras le dirigía una mirada hosca.
--¡Jum! dijo el barón una vez a solas con el conde, ese don Melchor me
produce el efecto de ser un mal bicho.
--Abundo en la misma opinión, contestó sin ambages el conde.
A eso de las tres de la tarde doña Dolores mandó a preguntar a los dos
jóvenes si querían dispensarle la honra de hacerla compañía por unos
instantes, a cuyo ruego accedieron solícitos.
El conde y el barón se cruzaron con D. Melchor, en el patio; pero éste
no les dirigió palabra alguna, y les siguió con la mirada hasta que
hubieron entrado en las habitaciones de doña Dolores.
Se deslizó un mes sin que nada viniese a turbar la existencia de los
habitantes de la hacienda del Arenal.
El conde y su amigo salían con frecuencia en compañía del mayordomo, ya
para la caza, ya sencillamente para pasearse, y algunas veces, aunque
muy contadas, junto con doña Dolores.
Ahora que el conde no iba ya solo con ella, la joven temía menos su
presencia, y aun en ocasiones parecía ésta serle grata, hasta el
extremo de acoger favorablemente sus galanterías, reírse de sus chistes
y demostrarle la más omnímoda confianza.
Pero a quien sobre todo demostraba la joven una preferencia marcada,
era al barón, sea porque conociéndole no le diese importancia alguna,
ya que, por puro capricho de coquetería femenina, se complaciese en
jugar con aquella naturaleza de la que no sospechaba la indómita
energía y quisiese ensayar en el ingenuo joven el poder de sus hechizos.
Domingo no advertía, o hacía que no, ese ardid de doña Dolores; de una
galantería exquisita para con ella, permanecía sin embargo en los
estrictos límites que se trazara él mismo, no cuidándose de provocar
los celos de un hombre por quien sentía una amistad sincera y sabía
estaba a punto de casar con la joven.
Por lo que se refiere a don Melchor, su carácter se fue poniendo más y
más sombrío, sus ausencias se hicieron más largas y frecuentes, y en
las contadísimas ocasiones en que el acaso le ponía en presencia de
los dos jóvenes, respondía silenciosamente a su saludo, sin dignarse
dirigirles la palabra; definitivamente la repugnancia que de buenas a
primeras sintiera hacia ellos, con el tiempo se había convertido en
verdadero odio mejicano.
Entre tanto los acontecimientos políticos iban desenvolviéndose con
rapidez más y más creciente; las tropas de Juárez puede decirse que
eran dueñas absolutas del campo; los exploradores de este partido
habían aparecido ya en los alrededores de la hacienda, y se hablaba
vagamente de propiedades españolas asaltadas, pasadas a saco y
entregadas a las llamas y cuyos dueños habían sido traidoramente
asesinados después de haber exigido un rescate los guerrilleros.
Grande era la zozobra que reinaba en el Arenal: don Andrés de la
Cruz, a quien su calidad de español no le inspiraba confianza alguna
en lo venidero, tomaba las precauciones más exageradas para no verse
sorprendido por el enemigo, en vista de que don Melchor se había
obstinado en no abandonar la hacienda y retirarse a Puebla, como él lo
propusiera repetidas veces.
Sin embargo, la tenebrosa conducta que desde que el conde se
encontraba en la quinta guardaba el joven, su empeño en mantenerse
aislado, sus frecuentes y prolongadas ausencias y en primer término
las recomendaciones de don Oliverio, cuya desconfianza, indudablemente
hacía mucho tiempo despertada por hechos de él solo conocidos, habían
determinado la presencia de Domingo en la hacienda, inspiraban
sospechas al conde, sospechas a las cuales la antipatía oculta que
desde el primer día experimentaba por don Melchor daban casi la fuerza
de una certidumbre.
Tras madura reflexión, Luis había resuelto participar sus recelos a
Domingo y a León Carral, cuando una noche, a las nueve, al entrar en el
patio, se encontró con don Melchor a caballo, que se encaminaba hacia
la puerta de la hacienda.
El conde se admiró de que a hora tan avanzada de una noche sin luna don
Melchor se arriesgase a salir solo por aquellos campos, a riesgo de
caer en una emboscada de los guerrilleros de Juárez, cuyos exploradores
sabía él vagaban hacía algunos días por los alrededores de la hacienda.
Esta nueva salida del hermano de doña Dolores, completamente inmotivada
en la apariencia, disipó las últimas dudas del conde y le afirmó en su
resolución de tomar inmediatamente consejo de sus dos confidentes.
En esto León Carral atravesaba el patio, y al oír que Luis le llamaba,
se encaminó apresuradamente a su encuentro.
--¿A dónde va V.? preguntó el conde al mayordomo.
--No lo sé de fijo, señor, respondió León; sin atinar por qué, esta
noche me siento más desasosegado que de costumbre y me salía para
inspeccionar los alrededores de la hacienda.
--Tal vez sea un presentimiento, dijo el conde imaginativo; ¿quiere V.
que le acompañe?
--Cuento salir y batir un poco el campo por las cercanías, repuso ño
León Carral.
--Está bien; mande V. que ensillen mi caballo y él de don Carlos y al
instante nos reunimos a V.
--Sobre todo, señor, repuso el mayordomo, no traiga V. consigo criado
alguno; obremos nosotros solos, pues conviene evitar toda probabilidad
de traición. Tengo un proyecto.
--Corriente, dentro de diez minutos nos tiene con V.
--Hallarán Vds. sus caballos a la puerta del primer patio. No necesito
recomendarles que se armen.
--Nada tema.
El conde entró en sus habitaciones; después de explicar a Domingo lo
que ocurría, ambos salieron al punto y se reunieron al mayordomo; el
cual, ya montado, les estaba aguardando delante de la puerta de la
hacienda, abierta de par en par.
--Aquí estamos, dijo el conde.
--Partamos, repuso lacónicamente Carral.
El conde y Domingo se subieron sobre sus respectivos caballos, y
salieron sin añadir palabra.
Tras ellos se cerró suavemente la puerta de la hacienda.
Los tres jinetes descendieron al trote largo la pendiente que conducía
al llano.
--¡Hola! dijo el conde al cabo de un instante, ¿qué significa esto?
¿acaso vamos montados en caballos espectros que no producen ruido
alguno al marchar?
--Hable V. más quedo, señor, repuso el mayordomo; probablemente estamos
rodeados de espías; en cuanto a lo que despierta tanto su curiosidad,
no es sino una sencilla precaución; los cascos de nuestros caballos
están envuelto en sacos de piel de carnero rellenos de arena.
--¡Demontre! profirió Luis, entonces nuestra expedición es secreta.
--Sí, señor, y por demás importante, repuso Carral.
--¿Qué ocurre pues?
--Que desconfío de don Melchor.
--¡Hombre! piense V. que don Melchor es hijo y heredero de don Andrés.
--Sí, pero su madre era una india zapoteca, de la que no atino por
qué se enamoró mi amo, pues no era hermosa, ni buena, ni tenía pizca
de entendimiento, y de ella tuvo a don Melchor. La madre murió de
sobreparto, rogando a don Andrés que no abandonase a la pobre criatura;
mi amo se lo prometió, reconoció al hijo y le educó, cual si hubiese
sido legítimo, y años después obligó a su esposa a tener al niño junto
a ella. Don Melchor fue pues educado como si realmente hubiese sido
hijo legítimo, tanto más cuanto doña Lucía de la Cruz murió sin haber
dado más que una niña a su marido.
--¡Ah! dijo el conde, ahora empiezo a vislumbrar la verdad.
--Todo marchó a pedir de boca durante muchos años; don Melchor,
tratado muy bien por su padre, llegó poco a poco a persuadirse de que
a la muerte de don Andrés heredaría efectivamente la fortuna de éste;
pero hace cosa de un año que mi amo recibió una carta, a consecuencia
de la cual tuvo con su hijo una larga y seria conferencia.
--Ya, repuso Luis, dicha carta recordaba a don Andrés el proyecto de
matrimonio estipulado entre mi familia y la suya y al par le notificaba
mi próxima llegada.
--Probablemente, señor, dijo Carral; pero nada de cuanto pasó entre
el padre y el hijo traspiró; lo único que todos notamos fue que don
Melchor, que no es alegre ni mucho menos, desde entonces está sombrío y
áspero, busca siempre la soledad y no habla con su padre sino cuando a
ello se ve obligado. Don Melchor, que no hacía sino cortas y contadas
excursiones por el campo, empezó a aficionarse a la caza, y emprendió
expediciones que con frecuencia duraban muchos días. La súbita llegada
de V. a la hacienda, cuando indudablemente le animaba todavía la
esperanza de no verle nunca, ha aumentado por modo indecible sus malas
disposiciones, y de ahí que esté yo convencido de que desesperado de
ver como se le escapa para siempre de las manos la herencia que desde
hace tanto tiempo codicia, no vacilará ni siquiera ante el crimen
para apoderarse de ella. Ahí, señor, lo que he creído de mi deber
comunicarle; Dios sabe que al hablar no me ha guiado sino la mejor
intención.
--Ahora me lo explico todo, ño León Carral, dijo el conde, y como V.
estoy persuadido de que don Melchor medita una odiosa traición contra
el hombre a quien todo lo debe, contra su padre.
--¿Quieren Vds. saber mi opinión? dijo Domingo; pues bien, yo opino
que, si se presenta oportunidad, haríamos una buena obra alojándole una
bala en la cabeza; de este modo libraríamos al mundo de un horrible
asesino.
--Amén, repuso el conde riendo.
En esto los tres jinetes llegaron al llano.
--Señor, dijo León Carral, dirigiéndose a don Luis, aquí empiezan las
dificultades para llevar a cabo la empresa que intentamos; es preciso
obrar con la mayor prudencia y sobre todo evitar que nuestra presencia
se revele a los invisibles espías que es indudable nos están acechando.
--Nada tema V., repuso el conde, seremos mudos como peces; pase V.
adelante, nosotros le seguiremos a la moda de los indios cuando caminan
por el sendero de la guerra.
El mayordomo se puso a la cabeza de la fila y los tres empezaron a
avanzar con bastante rapidez por senderos que se entrecruzaban y
habrían formado una red intrincada para otro menos conocedor del
terreno que León Carral.
Como hemos dicho más arriba, la noche aquella era sin luna y el
firmamento estaba oscuro como la tinta.
En el campo reinaba el más profundo silencio, sólo interrumpido a
largos intervalos por los estridentes gritos de las aves nocturnas.
De esta suerte y sin cruzar palabra los tres jinetes continuaron
avanzando durante media hora, al cabo de la cual el mayordomo se
detuvo y dijo en voz baja:
--Hemos llegado; apéense Vds.; aquí estamos seguros.
--¿Lo cree V. así? preguntó Domingo; durante nuestra marcha me ha
parecido oír gritos de aves nocturnas demasiado bien imitados para que
fuesen verdaderos.
--Tiene V. razón, dijo León Carral; son los centinelas enemigos que
se dan el alerta; nos han venteado; pero gracias a la oscuridad y
a conocer como conozco los vericuetos, por ahora a lo menos hemos
despistado a los que han salido en nuestra persecución. Éstos nos están
buscando en dirección opuesta a la en que nos encontramos.
--Tal me ha parecido también a mí, profirió Domingo.
El conde escuchaba con avidez, pero en vano, lo que sus compañeros
estaban hablando; para él era puro hebreo; por primera vez en su vida
el acaso le colocaba en una situación tan singular, y por tanto le
faltaba por completo la experiencia; distante estaba de temer que había
atravesado todas las avanzadas de un campamento enemigo, pasado a tiro
de pistola de los centinelas emboscados a derecha y a izquierda y tal
vez se había librado milagrosamente de la muerte un sin fin de veces.
--Señores, dijo el mayordomo, quiten ustedes los sacos a los caballos,
ya no los necesitan; yo entre tanto encenderé una antorcha de ocote.
Luis y Domingo, que reconocían tácitamente a Carral como jefe de la
expedición, obedecieron.
--¿Está? preguntó al cabo de unos instantes el mayordomo.
--Sí, respondió el conde; pero no vemos pizca; ¿enciende V. la antorcha?
--Ya está encendida, respondió León; pero sería demasiado imprudente
mostrar aquí la luz; síganme Vds. tirando a sus caballos de las bridas.
León se puso de nuevo a la cabeza, para guiar a sus compañeros, y los
tres anudaron la marcha, pero esta vez a pie.
A poco brilló una luz ante sus ojos, luz que alumbraba lo suficiente
para que aquéllos pudiesen ver los objetos que les rodeaban.
Los expedicionarios se encontraban en una gruta natural, abierta en
el fondo de un pasadizo bastante tortuoso para que desde fuera nadie
advirtiese la luz de la antorcha.
--¿Dónde demonios nos encontramos? preguntó el conde con sorpresa.
--Ya lo ve V., señor, respondió Carral, en una gruta.
--Sí, repuso Luis; mas para conducirnos aquí debía asistirle a V. una
razón.
--Una me asistía, señor, contestó el mayordomo, y es que esta gruta
comunica con la hacienda por medio de un subterráneo bastante largo;
subterráneo que tiene muchas salidas al campo y dos en la hacienda.
De estas últimas, una de ellas sólo la conozco yo, y hoy he tapado la
otra; pero temeroso de que don Melchor durante sus carreras por el
campo haya descubierto la gruta ésta, he querido venir esta noche para
cerrarla interiormente por medio de una gruesa pared y de esta suerte
evitar que nos sorprendan.
--Muy bien dispuesto, ño León, dijo el conde; cuando V. quiera
pondremos manos a la obra; no faltan piedras.
--Primeramente asegurémonos de que no nos han precedido otros.
--¡Jum! difícil me parece, profirió Luis.
--¿Usted cree? repuso Carral con suave ironía.
Y tomando la antorcha que había plantado en un rincón, se inclinó hasta
el suelo, pero casi al punto se irguió de nuevo dando un grito de
cólera y de rabia.
--¿Qué hay? exclamaron con ansiedad el conde y Domingo.
--Miren Vds., respondió el mayordomo señalando el suelo.
El conde miró.
--Es demasiado tarde, continuó Carral; nos han ganado por la mano.
--Por Dios explíquese V., profirió el conde; nada comprendo de cuanto
dice.
--Mira, repuso Domingo mostrando el suelo a don Luis, ¿ves estas
pisadas que van en todas direcciones?
--¿Y qué?
--¡Pobre amigo mío! respondió el vaquero, estas pisadas las han impreso
los hombres probablemente conducidos por don Melchor, los cuales han
tomado este camino para introducirse en la hacienda, donde quizá se
encuentran ya a estas horas.
--No, repuso el mayordomo, las huellas son frescas, de pocos minutos.
La delantera que nos han tomado es insignificante, porque una vez hayan
llegado al final del subterráneo se verán precisados a derribar el
muro que yo he construido y que por cierto es robusto; no desmayemos
pues; quizá Dios permita que lleguemos a la hacienda a tiempo. Vengan
Vds., síganme sin tardanza y dejen los caballos. ¡Ah! divina ha sido la
inspiración que tuve de no lapidar la segunda salida.
Agitando entonces su antorcha para reavivar la llama, el mayordomo
se precipitó corriendo hacia una galería lateral, seguido de los dos
jóvenes.
El subterráneo subía en pendiente suave; el camino que éstos siguieran
para venir a la gruta, daba la vuelta a la colina sobre la cual estaba
asentada la hacienda; además, les había sido preciso dar numerosos
rodeos y marchar con circunspección, es decir, con bastante lentitud,
temerosos de verse sorprendidos, lo que les absorbiera un espacio de
tiempo considerable; pero ahora era distinto; ahora corrían en línea
recta, y en un cuarto de hora hicieron un camino igual al que, a
caballo, les había exigido una hora.
Cuando los tres llegaron al jardín de la hacienda, ésta estaba
silenciosa.
--Despierten Vds. a sus criados mientras yo toco a rebato, dijo el
mayordomo; quizá salvemos la hacienda.
Y León se precipitó hacia la campana cuyas redobladas vibraciones
despertaron a no tardar a los habitantes de la hacienda que acudieron
inmediatamente al son, medio desnudos y no comprendiendo lo que ocurría.
--¡A las armas! ¡a las armas! gritaban el conde y sus compañeros.
A don Andrés le pusieron en dos palabras al corriente de la situación,
y mientras éste hacía conducir a su hija a su habitación bajo la
salvaguardia de criados devotos, y organizaba la defensa cuanto lo
permitían las circunstancias, el mayordomo, seguido del conde y de
Domingo y de los criados del primero, se había encaminado al jardín.
Luis y doña Dolores no habían cruzado sino contadas palabras.
--Me voy a las habitaciones de mi padre, dijo la joven al conde.
--Allá iré a reunirme con V.
--Le aguardo, ¿Nadie más se acercará?
--Se lo juro a V.
--Gracias.
Doña Dolores y el conde se separaron.
Una vez en el jardín, los cinco hombres oyeron claramente los
apresurados golpes que los asaltantes descargaban sobre la pared, y se
emboscaron a tiro de pistola de la salida, detrás de los árboles y de
las flores.
--Para venir de esta suerte a robar a la gente honrada es menester que
esos hombres sean unos bandidos, profirió el conde.
--¡Que si lo son! repuso con zumba Domingo, pronto va V. a verlos en la
faena de modo que no le quepa a V. duda alguna.
--Entonces mucho ojo, dijo el conde, y recibámosles como se merecen.
Ínterin, en el subterráneo redoblaban los golpes, y a no tardar se
desprendió una piedra, y luego otra, y otra, hasta que apareció en el
muro una brecha bastante considerable.
Los guerrilleros se precipitaron al jardín dando un aullido de alegría
que se cambió al punto en rugido de rabia.
Cinco disparos hechos a un tiempo habían estallado como un formidable
trueno.
Empezaba la lucha.
XVI
EL ASALTO
Al oír la descarga que les recibiera sembrando la muerte en sus filas,
los guerrilleros habían retrocedido llenos de espanto; sorprendidos por
aquéllos a quienes imaginaban sorprender, preparados a robar, pero no a
combatir, su primer pensamiento fue emprender la fuga.
Los defensores de la hacienda, cuyo número había aumentado
considerablemente, el ver el indescriptible desorden que se introdujera
entre los asaltantes, no desperdiciaron la ocasión de mandar a éstos
una rociada de balas.
Sin embargo, era menester tomar una determinación: o avanzar
arrostrando una lluvia de proyectiles, o renunciar al asalto.
El propietario de la hacienda estaba rico, y esto los guerrilleros
lo sabían, y no sólo lo sabían, sino que hacía ya mucho tiempo que
deseaban apoderarse de estas riquezas de ellos codiciadas y que con
razón o sin ella suponían escondidas en la hacienda. Así pues les
costaba renunciar a una expedición preparada de larga fecha y de la que
tan magníficos resultados se prometían.
Entre tanto las balas iban lloviendo sobre los asaltantes sin
que éstos se atreviesen a traspasar la brecha. Los jefes de los
guerrilleros, más interesados todavía que no sus soldados en el
buen logro de sus proyectos, pusieron fin a la vacilación empuñando
resueltamente picos y martillos no sólo para agrandar la brecha, sino
para reventar completamente el muro, pues comprendían que solamente por
medio de una irrupción súbita e irresistible conseguirían derribar el
obstáculo que les oponían los defensores de la hacienda.
Éstos continuaban haciendo un fuego graneado, pero casi todas sus balas
se perdían, ya que los guerrilleros trabajaban a cubierto y cuidaban de
no mostrarse delante de la brecha.
--Han cambiado de táctica, dijo el conde a Domingo; ahora se ocupan en
derribar el muro y dentro de poco van a anudar el asalto; y dirigiendo
una mirada de tristeza en torno de sí, añadió: entonces y no siendo
capaces de resistir a un ataque vigoroso los que nos acompañan, nos
veremos constreñidos a retroceder.
--Tienes razón, amigo, la situación es grave, repuso el joven.
--¿Qué hacer? preguntó el mayordomo.
--¡Ah! profirió de improviso Domingo, dándose una palmada en la frente,
se me ocurre una idea: ¿tienen Vds. pólvora en la hacienda?
--Gracias a Dios no nos falta, respondió Carral. ¿Por qué?
--Mande V. traer inmediatamente un barril; de lo demás respondo.
--Fácil es.
--Pues vaya V.
El mayordomo se alejó apresuradamente.
--¿Qué quieres hacer? preguntó el conde a Domingo.
--Ya verás, respondió el joven, despidiendo rayos por los ojos; vive
Dios que es magnífica la idea que se me ha ocurrido. Probable es que
esos bandidos se apoderen de la hacienda, pues somos demasiado pocos
para resistirles y no es para ellos sino asunto de tiempo; mas yo te
fío que va a darles que sentir.
--No te comprendo.
--¡Ah! continuó el joven, pábulo de una exaltación febril, quieren
abrirse un paso anchuroso, y yo voy a abrírselo, te lo juro.
En este momento regresó el mayordomo trayendo consigo no uno, sino tres
barriles de pólvora en un carretón, cada uno de cuyos barriles contenía
unas ciento veinte libras de pólvora.
--¡Tres barriles! profirió alegremente Domingo; mejor que mejor; así
cada uno de nosotros tendremos el nuestro.
--¿Pero qué vas a hacer? preguntó Luis al vaquero.
--Voy a mandarles a las nubes, respondió éste. ¡Ea! manos a la obra.
Y tomando uno de los barriles le quitó la tapa, operación que imitaron
el conde y León Carral.
--Ahora, dijo Domingo dirigiéndose a los peones, despavoridos ante tan
siniestros preparativos, haceos atrás, pero seguid disparando sobre
ellos.
El conde, Domingo y el mayordomo se quedaron solos con los criados del
primero, que se habían negado a separarse de su amo.
En pocas palabras el vaquero puso al corriente de su proyecto a sus
amigos.
Éstos se hicieron cargo de los barriles, y deslizándose silenciosamente
por detrás de los árboles, se acercaron a la gruta.
Los asaltantes, ocupados en demoler interiormente el muro y no
atreviéndose a salir fuera de la brecha a causa del no interrumpido
fuego que hacían los peones, no veían lo que pasaba en el jardín; de
consiguiente les fue fácil a los cinco hombres llegar hasta al pie
mismo de la pared que estaban demoliendo los guerrilleros, sin ser
vistos.
Domingo colocó los tres barriles de pólvora junto al arranque del muro,
y con ayuda de sus compañeros amontonó sobre los barriles cuantas
piedras pudo hallar; luego tomó su mechero, quitó de él la mecha, de la
que cortó unos diez centímetros, y la introdujo en uno de los barriles.
--¡Atrás! ¡atrás! dijo a media voz el joven; la pared ya se bambolea y
dentro de un instante va a derrumbarse.
Y dando el ejemplo a sus compañeros, se alejó corriendo.
Casi todos los defensores de la hacienda, en número de unos cuarenta,
con don Andrés a su frente, estaban reunidos en la entrada de la huerta.
--¿Por qué corren Vds. de este modo? preguntó el señor de la Cruz a los
jóvenes; ¿acaso están ahí los bandidos?
--No, señor, respondió Domingo, todavía no, pero pronto va V. a saber
de ellos.
--¿Dónde está doña Dolores? preguntó el conde.
--En sus habitaciones con sus criadas; nada tema V. por ella.
--Ea, disparen Vds. dijo Domingo a los peones.
Éstos anudaron un tiroteo infernal.
--Raimbaut, dijo el conde en voz baja a su ayuda de cámara, hay que
preverlo todo, váyase usted con Lanca Ibarru y ensillen cinco caballos,
uno de ellos para una mujer. ¿Ha comprendido V.?
--Sí, señor conde.
--Luego conducirán Vds. los caballos esos hasta la puerta del extremo
de la huerta, y allí y bien armados me aguardarán. Vaya V.
Raimbaut se alejó apresuradamente, tan tranquilo y sosegado como si en
aquel momento no hubiese ocurrido nada de extraordinario.
--¡Ah! dijo don Andrés dando un suspiro de pesar, si Melchor se
encontrase aquí, cuan útil nos sería.
--Pronto estará, señor, repuso con ironía el conde.
--¿Pero dónde puede estar?
--¡Jum! ¿quién sabe?
--¡Ja! ¡ja! profirió Domingo, allá abajo ocurre algo.
En efecto, las piedras, vigorosamente removidas a los repetidos golpes
de los guerrilleros, empezaban a caer en la huerta. La brecha se iba
ensanchando rápidamente y por fin se desprendió hacia fuera un lienzo
de pared.
Los guerrilleros profirieron un grito atronador y arrojando sus picos
y empuñando sus armas se prepararon a invadir la hacienda; pero de
improviso se oyó una explosión terrible, la tierra retembló como
sacudida por una convulsión volcánica, subió hacia el cielo una nube de
humo y en todas direcciones cayó una lluvia de despojos humanos.
Un grito de agonía atravesó el espacio; luego se cernió sobre el lugar
de tan horrorosa escena un silencio de muerte.
--¡Adelante! ¡adelante! gritó Domingo.
Los destrozos causados por la mina habían sido terribles; la entrada
del subterráneo, completamente revuelta de arriba abajo y cerrada del
todo por montones de tierra y de piedras, no había dado paso a ninguno
de los asaltantes. Sólo acá y allá y en medio de los despojos se veían
los restos desfigurados de los que momentos antes eran hombres. La
catástrofe debió de haber sido espantosa, pero de ella guardaba el
secreto el subterráneo.
--Alabado sea Dios, estamos salvados, dijo don Andrés.
--Si otros asaltantes no se presentan por otro lado, repuso el
mayordomo.
De pronto y como si el acaso hubiese querido hacer buenas las palabras
de León Carral, se oyeron formidables gritos acompañados de disparos de
armas de fuego, y una llama súbita que se elevó en las viviendas de los
criados, iluminó el paisaje con resplandor siniestro.
--¡A las armas! ¡A las armas! gritaron los peones corriendo
despavoridos. ¡Los guerrilleros! ¡Los guerrilleros!
Efectivamente, a poco y a la rojiza luz del incendio que devoraba los
edificios, los defensores de la hacienda vieron aparecer unos cien
hombres que avanzaban a paso de ataque, blandiendo sus armas y dando
aullidos de furor.
Al frente de los bandidos aquellos iba un hombre que empuñaba un sable
en la diestra y un hacha de viento en la izquierda.
--¡Don Melchor! exclamó el anciano con desesperación.
--Vive Dios, dijo Domingo encarándole su arma no avanzará un paso más.
--¡Es mi hijo! profirió don Andrés desviando el arma de Domingo.
El proyectil fue a perderse en el espacio.
--¡Ah! señor, repuso con frialdad el joven, se arrepentirá V. de
haberle salvado la vida.
Don Andrés, arrastrado por el conde y por Domingo, había entrado en sus
habitaciones, cuyas aberturas todas quedaron atrancadas en un santiamén
por los peones, que hacían desde las ventanas un fuego nutridísimo
sobre los asaltantes.
El hijo de don Andrés de la Cruz estaba en inteligencias con los
partidarios de Juárez. Reducido, cual el mayordomo lo explicara al
conde, a la desesperación por el próximo casamiento de su hermana y la
pérdida inevitable de la fortuna de la que por tan largo período de
tiempo sustentara la esperanza de ser el heredero único, el joven había
atropellado por todo y bajo ciertas condiciones aceptadas por Cuéllar,
y que él se reservaba cumplirlas o no una vez logrado sus propósitos,
propuso entregar al jefe guerrillero la hacienda, a cuyo efecto se
habían tomado todas las medidas conducentes al caso.
Convinieron Cuéllar y don Melchor, que parte de la cuadrilla, dirigida
por oficiales resueltos, intentaría una sorpresa por el subterráneo,
del que el joven había previamente librado el secreto, y que al mismo
tiempo la otra mitad de la cuadrilla, a las órdenes del mismo Cuéllar
y guiada por don Melchor, escalaría silenciosamente los muros de la
hacienda, del lado de los corrales, pues era indudable que este punto
estaría sin defensa para atender a la de los edificios, bastante
alejados de aquéllos.
Ya hemos indicado cual había sido el éxito de este doble ataque.
Cuéllar ignoraba todavía que en tal empresa había perdido la primera
mitad de su cuadrilla, desaparecida por completo bajo los despojos del
derrumbado subterráneo, y con los hombres que le quedaban sostenía
un combate encarnizado contra los peones de la hacienda, los cuales
sabiendo que se las habían con la pandilla de Cuéllar, el más feroz y
sanguinario de todos los guerrilleros de Juárez, y que esta pandilla no
concedía cuartel, se batían con el heroísmo de la desesperación.
El combate, sin embargo, iba prolongándose; los peones emboscados
en las habitaciones habían parapetado las ventanas con todo lo
que hallaran a mano y disparaban a cubierto sobre los asaltantes
diseminados por los patios y a los cuales causaban pérdidas sensibles.
A Cuéllar no sólo le tenía fuera de sí la tenaz e imprevista
resistencia que encontraba, sino el incomprensible retardo de los
soldados de su cuadrilla que habían entrado por la gruta y que desde
hacía mucho tiempo debían haberle dado la mano.
El jefe guerrillero había oído la explosión de la mina, sí; pero como
entonces se encontraba todavía a bastante distancia de la hacienda y en
dirección diametralmente opuesta a la en que ocurriera la explosión,
el ruido llegó hasta él sordo e indistinto. Así pues no hizo caso
alguno de él; pero la inexplicable tardanza de sus compañeros en aquel
momento en que su socorro le era tan necesario, empezaba a infundirle
seria inquietud, y se disponía ya a enviar a algunos de los suyos a
la descubierta con encargo de activar la llegada de los rezagados,
cuando prontamente partieron del interior de las habitaciones
desaforados gritos de victoria y en las ventanas aparecieron multitud
de guerrilleros agitando alegremente sus armas.
Este triunfo definitivo se debió a don Melchor. Mientras el grueso
de los asaltantes atacaba de frente a los edificios, él, acompañado
de algunos hombres decididos se había deslizado entre sombras por
una ventana baja que en el primer momento de confusión los de la
hacienda se olvidaran de atrancar como las demás, se introdujo en
el interior y aparecido prontamente a la vista de los sitiados, a
quienes su presencia aterrorizó y sobre los cuales se precipitaron los
guerrilleros que le acompañaban, blandiendo su sable y empuñando sendas
pistolas.
Entonces el combate se convirtió en una horrorosa carnicería; los
peones, a pesar de sus súplicas fueron muertos a puñaladas por sus
vencedores y arrojados desde las ventanas al patio.
Pronto los guerrilleros inundaron todos los edificios de la hacienda,
persiguiendo de aposento en aposento a los peones y asesinándoles
desapiadadamente.
De esta suerte llegaron al gran salón cuyas anchas puertas de dos
hojas estaban abiertas de par en par; pero una vez allí, no sólo se
detuvieron, sino que retrocedieron dominados por un instintivo impulso
de horror ante el terrible espectáculo que se les ofreció a los ojos.
El salón estaba iluminado, por multitud de bujías colocadas en todos
los candelabros y sobre todos los muebles, y en uno de sus ángulos y
con muebles amontonados habían construido una barricada, tras la cual
se refugiaron doña Dolores y las mujeres y los hijos de los peones de
la hacienda. Delante de la mencionada barricada y a dos pasos de la
misma, estaban alineados, en pie e inmóviles, con un fusil en una mano
y una pistola en la otra, don Andrés, el conde, Domingo y León Carral,
los cuales tenían cerca de sí dos barriles de pólvora abiertos.
--¡Alto! gritó don Luis con voz zumbona; ¡alto, caballeros! si dan Vds.
un paso más nos vamos todos por los aires. Háganme Vds. el favor de no
atravesar los umbrales de esta puerta.
Los guerrilleros se guardaron muy mucho de desobedecer tan cortés
recomendación, pues a la primera mirada habían medido toda la
intensidad del peligro que corrían.
Don Melchor pataleaba de ira al verse de esta suerte reducido a la
imposibilidad.
--¿Qué quieren Vds.? preguntó con voz atragantada al conde el hijo de
don Andrés de la Cruz.
--De V., nada, respondió Luis; tenemos sobrada honra para no tratar con
un miserable de su calaña.
--Serán Vds. fusilados como perros, franceses malditos, aulló don
Melchor.
--Le reto a V. a que ponga en obra su amenaza, replicó el conde
levantando con toda impasibilidad el gatillo del revólver que tenía en
la mano y apuntando al barril de pólvora que estaba próximo a él.
Los guerrilleros se hicieron atrás profiriendo gritos de terror.
--No dispare V., no dispare V., exclamaron; aquí viene el coronel.
En efecto, Cuéllar acababa de llegar.
Era Cuéllar un bandido desalmado, afirmación que no sorprenderá a
nadie; pero hay que confesar que era valiente como un león.
El coronel se abrió paso entre sus soldados y una vez solo al frente de
éstos, se inclinó con gracia ante los cuatro hombres, les inspeccionó
con mirada socarrona, lió un cigarrillo y dijo con acento de buen humor:
--Es muy ingenioso el aparato ese que han dispuesto Vds. ahí; les doy
mi enhorabuena, caballeros. A esos demonios de franceses se les ocurren
unas ideas increíbles; por mi fe, añadió hablando consigo mismo, no hay
quien les coja desprevenidos; con ese par de barriles basta para que
todos volemos al paraíso.
--Y si no nos avenimos, dijo el conde, no vacilaremos como no hemos
vacilado en mandar a las nubes a los soldados que había usted mandado a
la descubierta por la gruta.
--¿Qué dice usted? profirió Cuéllar palideciendo.
--Digo, repuso con la mayor calma el conde, que puede V. hacer buscar
los cadáveres de sus soldados en el subterráneo y los hallarán a
todos, pues todos han quedado en él.
Los guerrilleros se estremecieron de terror al oír tales palabras, y
todos guardaron silencio.
Cuéllar se puso meditabundo, y al cabo de un minuto levantó el rostro,
del que había desaparecido toda huella de emoción, y tendió una mirada
en torno de sí como quien busca algo.
--¿Busca V. fuego? le preguntó Domingo acercándose a él con una bujía
en la mano. Encienda V. su cigarrillo, señor.
Cuéllar tomó la bujía que galantemente le alargaba Domingo, y después
de encender el cigarrillo, la devolvió a éste dándole las gracias.
--Conque, dijo Cuéllar una vez el joven se hubo reunido a sus
compañeros, ¿piden ustedes capitulación?
--Se equivoca V., señor, repuso el conde; no la pedimos, se la
ofrecemos a V.
--¿Qué Vds. me la ofrecen? profirió con admiración el guerrillero.
--Sí; porque somos dueños de la vida de usted.
--Usted dispense, arguyó Cuéllar, lo que está diciendo es especioso,
porque en el caso de mandarnos a cenar con San Pedro a nosotros también
irían Vds.
--¡Caramba! repuso el conde, en esto estamos.
Cuéllar se entregó de nuevo a la meditación, y poco después dijo:
--Vamos a ver, no perdamos el tiempo en un tiroteo de palabras;
hablemos como hombres; ¿qué quieren Vds.?
--Voy a decírselo a V., respondió el conde.
XVII
DESPUÉS DE LA BATALLA
Cuéllar estaba fumando indolentemente el cigarrillo que pocos momentos
antes encendiera, con la mano izquierda apoyada en su largo sable, cuya
vaina descansaba en el suelo.
En el modo como estaba en pie el bandido, a la puerta del salón y
dejando vagar al acaso su mirada, de suavidad felina, y despidiendo por
boca y narices espirales de azulado humo, había un no sé qué seductivo.
--Vds. dispensen, señores, dijo; pero antes de pasar adelante es
menester que nos pongamos completamente de acuerdo. Así pues,
permítanme una ligera observación.
--Hable V., señor, dijo el conde.
--Pactemos, repuso Cuéllar, lo quiero y aun lo pido; como Vds. ven, soy
muy acomodaticio; pero recomiendo que no me exijan imposibles, pues
en este caso me vería constreñido a negárselos. No necesito decirles
que si están Vds. decididos, también lo estoy yo, y que si bien deseo
llegar a una transacción ventajosa para ambas partes, por quien soy les
juro que de mostrarse demasiado exigentes preferiré volar con Vds., con
tanta más razón cuanto tengo el presentimiento de que tarde o temprano
terminaré mi vida como eso y no me pesaría irme al diablo en tan buena
compañía.
Por más que Cuéllar pronunciara estas palabras con ademán risueño,
el conde no se llamó a engaño respecto de la expresión decidida del
hombre con quien se las había.
--¡Oh! señor, dijo éste, mal nos conoce usted si nos supone capaces de
pedirle imposibles; lo único que hay es que queremos aprovecharnos de
nuestra buena posición.
--Y yo se lo aplaudo de todas veras, caballero, repuso el guerrillero;
mas como es usted francés y sus compatriotas nada temen, he creído de
mi deber hacerle esta observación.
--Quépale a V. la certeza, señor, contestó el conde, fingiendo la misma
tranquilidad que su interlocutor, que lo que vamos a exigir estará muy
puesto en razón.
--¡A exigir! repitió Cuéllar, recalcando estas palabras.
--Sí, señor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la
posesión de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella
sería para atacarnos de nuevo mañana.
--Es V. muy sagaz, señor; pero vengamos a lo que importa.
--A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han
escapado de la matanza.
--No hallo dificultad.
--Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.
--Convengo en ello.
--Don Andrés de la Cruz, su hija, el mayordomo León Carral, mi amigo,
y yo y todas las mujeres y los niños refugiados en este salón, seremos
libres de retirarnos a donde más nos acomode, sin temor a que nadie nos
importune.
--¿Qué más? dijo Cuéllar haciendo una mueca.
--V. dispense, ¿acepta?
--Sí, señor, acepto. ¿Qué más?
--Mi amigo y yo somos franceses, y, que yo sepa, Francia no está en
guerra con Méjico.
--Pero puede llegar día que sí, repuso Cuéllar en son de burla.
--Tal vez, pero ínterin, estamos en paz y tenemos derecho a su
protección de V.
--¿No se han batido Vds. contra nosotros?
--Dice V. bien, pero en legítima defensa; desde el momento que nos
atacaron, debíamos defendernos.
--Conforme; prosiga V.
--Queremos tener el derecho de llevarnos con nosotros, sobre nuestras
mulas, cuanto nos pertenece.
--¿Nada más?
--Poco falta; ¿acepta V. estas condiciones?
--Las acepto.
--Perfectamente, ahora sólo falta llenar una formalidad.
--¡Una formalidad! ¿cuál?
--La de los rehenes.
--¡Cómo se entiende rehenes! ¿No les he empeñado a Vds. mi palabra?
--Sí, señor.
--¿Pues qué quieren Vds. más?
--Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprenderá perfectamente, señor,
que no me arriesgaré a confiar la vida de mis amigos y la mía propia,
no diré a V., pues ha empeñado su palabra y la estimo buena, pero si
a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentirían
escrúpulo alguno, dado que cometiésemos la majadería de ponernos en
sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V.,
señor Cuéllar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la
disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de
hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede
defenderlos con su presencia.
Cuéllar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonrió con
agrado y dijo:
--¡Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto
punto. Pero terminemos de una vez; ¿cuáles y cuántos son los rehenes
que V. exige?
--Uno sólo, señor, respondió el conde; ya ve V. si somos contentadizos.
--En efecto, pero ¿quién es ese rehén?
--V., señor, respondió sin ambages el conde.
--¡Canario! respondió Cuéllar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto;
efectivamente les bastaría a Vds. con éste.
--Por eso no queremos otros.
--Pues es muy sensible.
--¿Por qué?
--Porque rehúso, demontre, ¿Y quién me serviría de fiador a mí?
--La palabra de un caballero francés, respondió con arrogancia el
conde, palabra que nunca se ha empeñado en vano.
--Por mi vida, repuso Cuéllar con la mansedumbre que sabía adoptar tan
bien cuando lo requerían las circunstancias, y le hacían tomar por el
hombre más bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera
siento comezón de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan
orgullosos están los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de
rehén. Ahora espero me diga cuánto tiempo debo permanecer entre Vds.,
pues esto es para mí muy importante.
--No exigimos de V. sino que nos acompañe hasta la vista de Puebla; una
vez allá quedará usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta
de diez hombres para regresar con seguridad.
--Conforme, conforme, estoy a sus órdenes, caballeros, profirió
Cuéllar. Y volviéndose hacia don Melchor, dijo a éste: V. se queda aquí
durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.
--Sí, contestó sordamente don Melchor.
El conde, después de haber dicho algunas palabras en voz baja al
mayordomo, se dirigió de nuevo a Cuéllar.
--Señor, le dijo, hágame V. el favor de ordenar que conduzcan acá a los
peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, ño León Carral irá
a disponerlo todo para nuestra partida.
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