--¿Y cómo apellida V. a ese personaje?
--Me dijo que se llamaba Oliverio; sin embargo, no me atrevería a jurar
que tal fuese su nombre.
--¿Sería indiscreta si le preguntase a V. el porqué de tan poco
favorable suposición? dijo la joven sonriendo con disimulo.
--De ningún modo, prima; pero don Oliverio me pareció un personaje algo
misterioso; su modo de obrar se aparta de todo en todo de lo usual.
Me parece, pues, que nada habría de extraordinario en que según las
circunstancias...
--Se toma un nombre a capricho, interrumpió la joven; tal vez tenga V.
razón, tal vez no; respecto del particular nada sé; lo único que puedo
decirle a V. es que efectivamente es él quien le está aguardando.
--Es singular, murmuró el joven.
--¿Por qué? es indudable que tiene que comunicar a V. algo de
importancia; a lo menos así me ha parecido comprenderlo.
--¿Se lo dijo a V.?
--Claramente no, pero hablando conmigo esta noche, me significó sus
deseos de ver a V. lo más antes posible; ahí porque le rogué a V. que
me acompañase en mi paseo.
Doña Dolores pronunció estas palabras con un dejo tan ingenuo, que el
conde quedó aturrullado y la miró por un instante como si no la hubiese
comprendido.
La joven no reparó en la admiración de su acompañante, pues con la mano
colocada a guisa de pantalla sobre los ojos, interrogaba la llanura.
--Mire V., dijo doña Dolores al cabo de un instante e indicando con el
dedo cierta dirección, ¿ve V. aquellos dos hombres sentados mano a
mano a la sombra de aquel grupo de árboles? pues uno de ellos es don
Oliverio; apresuremos el paso.
--Enhorabuena, profirió Luis espoleando a su caballo.
Los dos se lanzaron al galope, en dirección de los dos individuos;
los cuales habiendo reparado a su vez en los que hacia ellos se
encaminaban, se habían levantado para recibirles.
XI
EN LA LLANURA
Oliverio y Domingo, después de haber salido del rancho, caminaron
durante un buen rato y mano a mano, sin cruzar palabra; el aventurero
parecía entregado a la meditación, y el vaquero, por su parte y a pesar
de su aparente indolencia no dejaba de estar preocupado.
Domingo, de quien hemos esbozado el retrato físico en uno de los
capítulos precedentes, era, en lo moral, una singular amalgama de
buenos y malos instintos, si bien casi siempre predominaban en él
los buenos: la vida vagabunda que por espacio de largos años llevara
entre los indómitos indios de las praderas, había desarrollado en él
un gran vigor corporal y desenvuelto una increíble fuerza de voluntad
y una energía de carácter inaudita, unidas a un valor a toda prueba
y a una sutileza que a las veces asumía todas las apariencias de la
doblez. Astuto y desconfiado como un comanche, había traído a la vida
civilizada todas las prácticas de los batidores de selvas, no dejándose
nunca sorprender por los acontecimientos más imprevistos. A las miradas
escrutadoras oponía siempre un rostro impasible y fingía un candor que
a menudo engañaba a los más sagaces; sin embargo, por regla general era
franco hasta dejarlo de sobras, generoso sin límites, sensible como
un niño, y llevaba su devoción hacia aquéllos a quienes quería, hasta
el sacrificio, sin reflexión ni segundos fines; pero en contra era
implacable en sus odios y de verdadera fiereza india.
En suma, era uno de esos hombres extraños tan propensos al bien como
al mal y a los cuales las circunstancias pueden con la misma facilidad
convertir en héroes como en bandidos.
Oliverio, que estudiara profundamente el carácter de su protegido, tal
vez tanto y más que éste mismo, sabía de qué era capaz, y a menudo se
había estremecido al sondear los senos de aquella organización singular
ignorada de sí propia; así es que al par que imponía su voluntad a
tan indómita naturaleza y la doblegaba a su antojo, como el belorino
imprudente que juega con el tigre, preveía el momento en que la lava
que hervía sordamente en el fondo del corazón del joven de improviso se
desbordaría al impetuoso soplo de las pasiones. Pese pues a la omnímoda
confianza que en su amigo parecía tener el aventurero, éste no hacía
sino con prudencia suma vibrar en Domingo ciertas cuerdas, guardándose
de abrirle los ojos respecto de su fuerza y de revelarle la intensidad
de su poder moral.
Después de una carrera de muchas horas, los viajeros llegaron a unas
tres leguas de la hacienda del Arenal, al linde de frondoso bosque que
orillaba los últimos plantíos de ésta.
--Detengámonos aquí y comamos, dijo Oliverio apeándose; por ahora hemos
llegado al fin de nuestro camino.
--Viene a pedir de boca, contestó Domingo, pues le confieso a V. que
empiezan a incomodarme los rayos del sol y que no sentiré echarme por
un rato en la hierba.
--El sitio no puede ser más a propósito, profirió Oliverio.
Los dos viajeros, después de trabar a sus caballos y quitarles las
bridas para que pudiesen pacer a su antojo, se sentaron uno frontero
de otro a la sombra del follaje, pusieron a saco sus bien provistas
alforjas y empezaron a comer con envidiable apetito.
Oliverio ni Domingo eran grandes habladores; así es que despacharon
su almuerzo silenciosamente. Luego el primero encendió un puro, y un
calumet o pipa india el joven.
--Y bien, dijo por fin el aventurero, dirigiendo la palabra a Domingo,
¿qué le parece a usted la vida que de algunos meses acá le hago llevar
en esta provincia?
--Si vale decir la verdad, respondió el vaquero arrojando una espesa
bocanada de humo, la hallo absurda y por demás fastidiosa; mucho tiempo
hace que hubiera solicitado de V. me enviase de nuevo a las praderas
del oeste, a no caberme la seguridad de que V. necesitaba de mí.
--Es V. un amigo verdadero, profirió Oliverio riéndose y tendiendo la
mano al joven; siempre está V. dispuesto a obrar sin hacer observación
alguna ni formular el más pequeño comentario.
--Y de ello me vanaglorio: ¿acaso amistad no quiere decir abnegación y
devoción?
--Sí, y ahí porque es tan rara entre los hombres.
--Compadezco a los incapaces de experimentar tal sentimiento, pues se
privan de un gozo hondísimo; la amistad es el único lazo verdadero que
une entre sí a los hombres.
--Para muchos no es sino egoísmo.
--El egoísmo es una variedad de la especie, es la amistad mal
comprendida y reducida a proporciones rastreras e ínfimas.
--¡Canario! no le creía a V. tan ducho en la paradoja, ¿Aprendió V.
entre los indios estas argucias de lenguaje?
--Los indios son prudentes, señor, respondió el vaquero moviendo la
cabeza; para ellos el pan es pan y vino el vino, al contrario de lo que
ocurre en las ciudades, en las cuales usted sabe muy bien han logrado
por tal modo embrollarlo todo, que el más sagaz no atina a ver claro
y el hombre sencillo pierde a no tardar la noción de lo justo y de lo
injusto. Deje que me vuelva a las praderas, pues estoy fuera de mi
centro en medio de las mezquinas luchas que ensangrientan esta tierra y
me llenarían de tedio y asco.
--Bien quisiera devolverle a V. la libertad, amigo mío, pero como ya le
he dicho, necesito de V. tal vez para otros tres meses.
--Mucho es.
--Quizás halle V. muy corto este plazo, repuso Oliverio con acento
indefinible.
--No lo creo.
--Lo veremos; pero ahora recuerdo que todavía no le he dicho qué espero
de V.
--Tiene V. razón, y bueno será que me lo diga a fin de que me sea dable
llenar cumplidamente sus deseos.
--Escúcheme V. pues, y voy a ser tanto más lacónico, cuanto me reservo
darle explicaciones más circunstanciadas una vez hayan llegado las
personas a quienes estoy aguardando.
--Hable V.
--Dos son los individuos que deben reunírsenos aquí, un joven y una
señorita; ésta se llama doña Dolores de la Cruz, es hija del dueño de
la hacienda del Arenal, tiene dieciséis años de edad, y sobre ser muy
hermosa es un tesoro de bondad, de pureza y de sencillez.
--Perfectamente; pero esto nada me importa; ya sabe V. que me cuido muy
poco de las mujeres.
--Es verdad; así pues no insisto. Doña Dolores está prometida a don
Luis, con quien debe casar.
--Buen provecho le haga; ¿y quién es ese don Luis? supongo que uno de
tantos mejicanos hermosote, necio y orgulloso, que gallardea como la
mula de un canónigo.
--En esto se equivoca V.; don Luis, conde del Saulay, es primo de doña
Dolores y pertenece a la más encumbrada nobleza de Francia.
--¡Ah! ¿es el francés de marras?
--Sí; ha llegado ex profeso de Europa para llevar a cabo el matrimonio
con su prima, acordado hace ya mucho tiempo entre las dos familias.
El conde Luis del Saulay es un cumplido caballero, rico, bondadoso,
amable, instruido, servicial, en una palabra, un compañero excelente
por quien me intereso de veras y con quien deseo contraiga V. amistad.
--Si es tal cual V. lo pinta, antes de dos días vamos a ser los mejores
amigos del mundo.
--Gracias, Domingo, dijo el aventurero, no esperaba menos de V.
--Mire V., profirió el vaquero, alguien llega; ¡diablos! y vienen
volando; dentro de diez minutos los tenemos aquí.
--Son doña Dolores y el conde Luis.
Oliverio y Domingo se levantaron para salir al recibimiento de los dos
jóvenes, que, en efecto, llegaban a escape.
--Henos aquí por fin, dijo la joven deteniendo a su cabalgadura con la
habilidad de un picador consumado.
Los recién llegados se apearon de un salto, y Luis, después de haber
saludado a Domingo, tendió ambas manos a Oliverio, a quien dijo:
--¿Conque vuelvo a verle a V., amigo mío? gracias por haberse acordado
de mí.
--¿Acaso suponía V. que le había olvidado?
--Casi me cabría derecho, respondió alegremente el joven.
--Señor conde, dijo entonces el aventurero, ante todo permítame V. que
le presente a don Domingo, más que hermano mío, otro yo, y al cual
me sería profundamente grato se sirviese usted conceder un poco de
la amistad con que se digna honrarme a mí.
--Caballero, profirió el conde inclinándose graciosamente ante el
vaquero, siento sinceramente expresarme tan mal en castellano, pero
esto no quita que le demuestre el vivo deseo que me anima de verle
compartir conmigo la simpatía que desde ahora me inspira.
--No se apure V. por esto, repuso en francés Domingo, hablo con
bastante soltura su lengua para darle las gracias por las cordiales
palabras que acaba de dirigirme y que le agradezco en el alma.
--Por mi vida que me enamora V.; vaya una sorpresa agradable, exclamó
el conde; hágame el favor de aceptar mi mano y considerarme a sus
órdenes sin reserva.
--De todo corazón, caballero, y gracias; pronto vamos a conocernos más
a fondo, y entonces espero me tendrá V. por uno de sus amigos.
Luis y Domingo, después de haber cruzado estas palabras, se estrecharon
efusivamente las manos.
--¿Está V. satisfecho, amigo mío? preguntó doña Dolores al aventurero.
--Es V. un hada, querida niña, respondió Oliverio con emoción y dando
un respetuoso beso en la frente de la joven que se inclinó para
recibirlo; no puede V. imaginar cuánta dicha me proporciona en este
instante.
Y cambiando el tono, añadió:
--Ea, ahora ocupémonos en lo que importa, pues el tiempo apremia;
per... todavía falta alguno.
--¿Quién? preguntó la joven.
--León Carral; dejen que le llame.
Y llevándose un silbato de plata a los labios, Oliverio arrancó de él
un sonido agudo y prolongado.
Casi al punto se oyó a lo lejos el galope de un caballo, y a poco
apareció el mayordomo.
--Venga usted acá, León, le gritó el aventurero.
--Aquí estoy, señor, para lo que guste mandar, respondió el mayordomo.
--Escúcheme V. con atención, repuso Oliverio, dirigiéndose a doña
Dolores, pues el caso es grave: me veo obligado a alejarme hoy mismo, y
como mi ausencia puede prolongarse por mucho tiempo, me será imposible
velar por V. no obstante tener el presentimiento de que la amaga un
peligro inminente. ¿Qué peligro es ése? ¿Cuándo se precipitará sobre
V.? Ahí lo que no puedo fijar. Lo único que puedo decir es que el
peligro es real. Ahora bien, mi querida Dolores, otros harán lo que
yo no puedo, y estos otros son el conde, Domingo y nuestro amigo León
Carral, devotos de V. los tres y los cuales van a velar por V. como
hermanos.
--Me parece que se olvida V. de mi padre y de mi hermano, amigo mío,
profirió la joven.
--No, querida niña, al contrario, no me olvido de ellos; pero su padre
de V. es un anciano que no sólo no puede proteger a nadie, sino que
necesita que lo protejan, que es lo que no dejarán Vds. de hacer si lo
reclaman las circunstancias; respecto a su hermano Melchor, ya sabe V.,
niña, mi opinión, por lo que es inútil insistir sobre el particular;
Melchor no podrá o no querrá defenderla. V. no ignora que suelo estar
bien informado y que rara vez me equivoco; pues bien, retengan en la
memoria todos Vds. lo que voy a decir; sobre todo guárdense de que sus
palabras o sus actos puedan dar a sospechar a don Melchor o a cualquier
otro habitante de la hacienda que Vds. prevén un peligro; concrétense
a velar día y noche para que no les sorprendan y tomen todas las
precauciones que las circunstancias exijan.
--Velaremos, yo se lo fío, repuso el vaquero; pero permítame que le
dirija una observación, a mi ver oportuna. ¿Cómo voy a componérmelas
para penetrar en la hacienda y permanecer en ella sin despertar
sospechas? Dificilillo me parece.
--Se equivoca V. contestó Oliverio; nadie, excepto Carral, le conoce a
V. en la hacienda ¿no es eso?
--Eso es.
--Pues bien, se introducirá V. en ella vendiéndose por francés, amigo
del conde del Saulay, y para mayor seguridad fingirá no entender
palabra en castellano.
--Dispénseme V., repitió Luis; algunas veces he hablado a don Andrés
de un amigo agregado a la legación de Francia en Méjico, el cual de un
momento a otro debe venir a verme en la hacienda.
--Perfectamente, profirió Oliverio; Domingo pasará por tal, y si
quiere, que chapurre el castellano; ¿cómo se llama el amigo ese?
--Carlos de Meriadec.
--Está bien; Domingo se llamará Carlos de Meriadec, y mientras
permanezca en la hacienda yo me las compondré para que no venga a
estorbarle aquél de quién toma el nombre.
--Esto es importante, dijo Luis.
--Nada tema, repuso el aventurero; quedamos pues en que mañana don
Carlos de Meriadec llegará a la hacienda.
--En ella será bien recibido, profirió Luis sonriendo.
--A V. no tengo nada que recomendarle, dijo Oliverio dirigiéndose a
León Carral.
--Hace tiempo que he tomado mis providencias, no me queda sino ponerme
de acuerdo con estos señores, repuso el mayordomo.
--Bravo, ahora separémonos, dijo Oliverio; a estas horas debería ya
encontrarme muy lejos de aquí.
--¿Ya nos deja V.? preguntó con emoción doña Dolores.
--Es preciso, hija mía; ánimo, y tenga V. confianza en Dios. Durante mi
ausencia él velará por V. Adiós.
El aventurero estrechó por última vez la mano al conde, besó la frente
de la joven y se subió sobre su caballo.
--Hasta luego, le dijo doña Dolores.
--Mañana verá V. a su amigo Meriadec, dijo Domingo, dirigiendo una
mirada risueña al conde y saliendo al galope tras el aventurero.
--¿Regresa V. con nosotros a la hacienda? preguntó Luis al mayordomo.
--¿Por qué no? respondió éste; creerán que les he encontrado a Vds.
durante su paseo.
--Dice V. bien.
Los tres se subieron sobre sus respectivos caballos y tomaron al trote
largo la vuelta de la hacienda, a la que llegaron poco antes de ponerse
el sol.
XII
UN POCO DE POLÍTICA
A fines de 18... los acontecimientos políticos empezaron a
desenvolverse con tal rapidez, que aun los hombres de entendimiento más
tosco comprendieron que se caminaba a pasos redoblados a una catástrofe
inminente.
En el sur, las tropas del general Gutiérrez habían alcanzado una gran
victoria sobre el ejército constitucional mandado por el general
don Diego Álvarez, el mismo que en otra época presidiera en Guaymas
el consejo de guerra que condenó a muerte a nuestro infortunado
compatriota y amigo el conde Gastón de Raousset-Boulbón.
Entre los indios -pintos- la carnicería fue horrorosa; mil doscientos
de ellos quedaron tendidos en el campo de batalla.
En poder del vencedor quedaron la artillería y gran número de armas.
Sin embargo, en los mismos días se había iniciado en el interior una
serie de acontecimientos opuestos; el primero, la fuga de Zuloaga, el
presidente que, después de haber abdicado en favor de Miramón, revocara
más adelante su abdicación sin saber por qué, sin consultar a quien
quiera que sea y en el momento en que nadie lo esperaba.
EL general Miramón había lealmente ofrecido entonces al presidente
del tribunal supremo de justicia hacerse cargo del poder ejecutivo y
convocar a los notables para que eligiesen al primer magistrado de la
república.
En esto vino a añadirse una nueva catástrofe a los peligros de la
situación.
Miramón, a quien sus no interrumpidos triunfos inspiraran tal vez una
confianza imprudente, o lo que es más probable aguijado por el deseo
de terminar definitivamente de un modo o de otro, había presentado,
en Silao, batalla a fuerzas cuatro veces superiores en número a las
suyas. La derrota que aquél experimentó fue completa: perdió toda la
artillería y aun su existencia corrió inminente peligro; sólo haciendo
prodigios de valor y matando por su propia mano gran número de los que
le cercaban, consiguió abrirse paso, salir de la refriega y huir a uña
de caballo hacia Querétaro, a donde llegó casi solo.
Desde esta ciudad y sin que la suerte adversa le amilanara, Miramón
tomó la vuelta de Méjico, cuyos habitantes supieron a la vez de la
derrota de éste, su llegada y su intento de someterse a una nueva
elección.
El resultado no contrarió las esperanzas del general, quien fue elegido
casi por unanimidad presidente por la Cámara de los notables. Miramón,
como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prestó
juramento y entró inmediatamente a desempeñar su cargo.
Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo,
desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.
Miramón, comprendiéndolo así, se ocupó activamente en reorganizar la
hacienda, en crearse recursos precarios; pero suficientes para atender
a las urgentes necesidades de la situación, en decretar nuevas levas,
por fin en tomar todas las precauciones que aconsejaba la prudencia.
Por desgracia, el presidente se veía constreñido a abandonar muchos
puntos importantes para concentrar sus fuerzas alrededor de la capital,
cuyos habitantes, interpretando mal estos movimientos, se llenaron de
zozobra y temieron peligros no lejanos.
En tales circunstancias, el presidente, sin duda con el objeto de
dar una satisfacción a la opinión pública y devolver un poco la
tranquilidad a la metrópoli, consintió o hizo que consentía en
entablar con Juárez, su competidor, cuyo gobierno residía en Veracruz,
negociaciones para llegar a la firma, sino de la paz a lo menos de un
armisticio destinado a detener provisionalmente la efusión de sangre.
Los hados adversos quisieron que una nueva complicación hiciese
imposible toda esperanza de arreglo.
El general Márquez había sido enviado en auxilio de Guadalajara, la
cual, según suponían, continuaba resistiendo victoriosamente a las
tropas federales; pero de improviso y sin mediar circunstancias que
lo hiciese prever, y en pos de haberse los federales apoderado de una
conducta de plata perteneciente a varios comerciantes ingleses, se
firmó un armisticio entre los beligerantes, al cual es indudable que
no fue extraña la mencionada conducta de plata. El general Castillo,
gobernador de la plaza, abandonado por la mayor parte de sus tropas,
se vio obligado a salir de la ciudad y a refugiarse en el Pacífico:
de modo que los federales, libres de este estorbo, se reunieron contra
Márquez, le derrotaron y destruyeron su cuerpo de ejército, único que
sostenía la campaña.
La situación iba haciéndose pues más y más crítica; los federales,
que no encontraban obstáculo ni resistencia en su victoriosa marcha,
se desparramaban por todas partes, y estaba perdida toda esperanza de
entrar en negociaciones. A pesar de todo era menester luchar.
Por decirlo así, la caída de Miramón no era sino asunto de tiempo;
indudablemente lo comprendía en su fuero interno el general; pero nada
dejaba transparentar; al contrario, redoblaba su ardor y su actividad
para hacer frente a los sin cesar renacientes apuros de la situación.
Después de haber hecho un llamamiento a todas las clases de la
sociedad, el presidente decidió por último dirigirse al clero, al cual
siempre había sostenido y protegido; éste respondió a su llamamiento,
colectó a toda prisa un diezmo sobre sus bienes y resolvió que llevasen
a la casa de la moneda sus joyas de oro y plata para que las acuñasen
y las pusiesen a la disposición del poder ejecutivo. Por desgracia
tales esfuerzos resultaron estériles, pues los gastos aumentaban en
proporción de los peligros siempre crecientes de la situación, y pronto
el presidente, después de haber empleado inútilmente todos los recursos
que le sugería su posición por demás crítica, se encontró con un tesoro
exhausto y con la amarga certidumbre de que no había que pensar en
llenarlo otra vez.
Hemos ya presentado ocasión de explicar como quedándose como se
quedaba con el caudal público en tiempos de revolución, cada uno de los
estados de la confederación mejicana, el gobierno, que reside en la
capital, se encuentra de continuo en la mayor penuria. Efectivamente,
éste no puede disponer, y aun, más que de los fondos del Estado de
Méjico, mientras sus competidores, que recorren sin cesar y en todas
direcciones el campo, no sólo detienen en los caminos las conductas
de plata y se apropian sumas a las veces muy cuantiosas sin escrúpulo
alguno, sino que también saquean las cajas de los Estados en los cuales
penetran, con lo que se encuentran en disposición de sostener sin
desventaja la guerra.
Ahora que sucintamente hemos dado a conocer al lector la situación
política de Méjico, anudamos nuestro relato en los primeros de
noviembre de 186..., es decir, unas seis semanas después del día en que
le hemos interrumpido.
Las sombras de la noche empezaban ya a invadir la llanura; los oblicuos
rayos del sol poniente, arrojados poco a poco del fondo de los valles,
se agarraban aun a las nevadas cumbres de las montañas del Anáhuac,
tiñéndolas de carmín; la brisa se estremecía al través del follaje;
algunos vaqueros montados sobre caballos tan indómitos como sus
jinetes, aguijaban, al través de la planicie, numerosos rebaños que
todo el día habían errado en libertad, pero que al anochecer volvían
al corral, y en lontananza resonaban los cascabeles de las mulas de
algunos arrieros rezagados que se apresuraban a llegar a la magnífica
calzada orillada de corpulentos áloes contemporáneos de Motecuhzoma y
que conduce a Méjico.
Un viajero de gallarda presencia, montado en caballo de musculatura
férrea y cuidadosamente envuelto en una capa cuyo embozo le subía
hasta los ojos, seguía al paso las caprichosas sinuosidades de un
angosto sendero que, abierto a campo atravieso, se unía a unas dos
leguas de la ciudad, a la carretera de Méjico a Puebla, carretera
completamente desierta en el instante que presentamos en escena
a nuestro desconocido, no sólo a causa de la aproximación de la
noche, sino también y principalmente porque el estado de anarquía
en que tanto tiempo hacía estaba hundido el país, había arrojado al
campo numerosas pandillas de bandidos que, aprovechándose de las
circunstancias y guerreando a su guisa, destrozaban sin distinción de
opiniones políticas a liberales y a constitucionales, y, envalentonados
por la impunidad, a menudo no se contentaban con -maniobrar- en las
carreteras, sino que ejercían sus depredaciones en las ciudades mismas.
Sin embargo, el viajero de quien estamos hablando parecía preocuparse
muy poco con los riesgos a que se exponía, y continuaba indolentemente
su peligrosa marcha al mismo paso tranquilo y reposado.
Tres cuartos de hora hacía, poco más o menos, que el incógnito avanzaba
de esta suerte, y todavía no se había alejado una legua de la ciudad,
cuando al levantar la cabeza advirtió que acababa de llegar a un sitio
en que el sendero se dividía en dos ramales que se dirigían en opuestas
direcciones; entonces se detuvo marcadamente perplejo, y al cabo de un
instante tomó por el ramal de la derecha.
Después de haber seguido por espacio de unos diez minutos esta
dirección, el jinete pareció orientarse, y dando un suave espolazo a su
cabalgadura la obligó a tomar un trote bastante largo.
Pronto el jinete llegó a un montón de ruinas negruzcas, esparcidas
desordenadamente por el suelo y cerca de las cuales se hacía un
bosquecillo de árboles cuyas largas ramas sombraban en torno de sí la
tierra en una extensa circunferencia. Una vez allí, el desconocido se
detuvo, después de haber tendido en torno suyo una mirada escrutadora,
indudablemente para convencerse de que estaba solo, se apeó, se sentó
cómodamente en un otero de césped, se arrimó a un árbol, se quitó el
embozo, dejando el rostro al descubierto y mostrando las facciones
pálidas y macilentas del herido a quien vimos conducir al rancho por el
vaquero Domingo.
Don Antonio de Cacerbar, que así se llamaba el personaje, no era sino
sombra de lo que fue; especie de espectro lúgubre, parecía que toda la
vida se le había concentrado en los ojos, que le brillaban con fulgor
siniestro, pero en aquel cuerpo tan endeble en la apariencia alentaba
un alma ardorosa y una voluntad firme y decidida; aquel hombre, salido
vencedor de una lucha encarnizada con la muerte, perseguía con un tesón
inquebrantable la ejecución de terribles resoluciones que anteriormente
tomara. Apenas curado de su honrosa herida, por demás endeble aún y no
soportando sino con grandísima dificultad la fatiga de un largo viaje
a caballo, había sin embargo acallado sus padecimientos para acudir,
a prima noche, a una cita que él mismo diera para un sitio distante
no tres leguas de Méjico. Muy importantes debían ser para él las
causas que le impulsaran a dar semejante paso, máxime en el estado de
postración en que se encontraba.
De esta suerte transcurrieron algunos minutos, durante los cuales don
Antonio, con los brazos cruzados sobre el pecho y cerrados los ojos, se
reconcentró, probablemente con objeto de prepararse para la entrevista
que iba a celebrar con la persona a quien había venido a buscar a tanta
distancia.
Prontamente se oyó ruido de caballos y choque de sables, nuncio de que
se acercaba numeroso escuadrón al sitio donde se encontraba don Antonio.
El cual se irguió, dirigió una investigadora mirada hacia donde se oía
el ruido, y se levantó sin duda para recibir a los que llegaban.
Éstos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no
echaron pie a tierra.
Sólo uno de ellos se apeó, puso las bridas de su caballo en manos de un
jinete y se acercó apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte,
se había adelantado a recibirle.
--¿Quién es V.? preguntó Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban
del desconocido sino cinco o seis pasos.
--Él que está V. aguardando, señor don Antonio, respondió incontinente
el recién llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a
usted.
--Le conozco; acérquese V., don Felipe.
--Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a éste,
¿cómo va esa salud?
--Mal, respondió Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del
guerrillero.
Éste no notó el movimiento de su interlocutor, o si lo notó no le dio
importancia alguna.
--Viene V. muy acompañado, dijo don Antonio.
--¡Caramba! ¿V. cree que me daría gusto caer en manos de las avanzadas
de Miramón? ¡Diablos! como se apoderasen de mí, pronto me ajustarían
las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfacción que el vernos
reunidos nos proporciona, obraríamos cuerdamente en ocuparnos sin
demora en nuestros asuntos, ¿le parece?
--Esto deseo.
--El general le da las gracias por las últimas y exactísimas noticias
que le envió usted; así es que ha jurado recompensarle merecidamente
tan pronto se ofrezca la ocasión.
--¿Trae V. el papel? preguntó con cierta vivacidad don Antonio, al
mismo tiempo que hacía un movimiento de disgusto.
--Sí traigo, respondió el coronel.
--¿Redactado cual pedí?
--Nada falta en él, señor, tranquilícese usted, respondió el coronel
dando una carcajada; ¿por dónde andaría hoy la honradez si no se
hubiese refugiado entre nosotros? Cuanto estipuló V. lo ha aceptado y
firmado el general Ortega, general en jefe del ejército federal, y lo
ha refrendado Juárez, presidente de la república. ¿Está V. satisfecho?
--Cuando haya visto el papel le responderé a usted.
--Ello es lo más fácil del mundo; ahí está, profirió el guerrillero
sacando de un bolsillo de su dolmán un ancho pliego y entregándolo a
don Antonio.
Éste lo cogió con mal disimulada alegría y le abrió con mano temblorosa.
--Me parece que en este instante le va a ser a V. difícil el leerlo,
dijo con zumba don Felipe Neri.
--¿Le parece? repuso Cacerbar con ironía.
--¡Demontre! está bastante oscuro.
--No importa, pronto tendré luz, replicó don Antonio, frotando un
fósforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se
sacó de la faltriquera.
A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando
la satisfacción más viva.
--Señor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el
papel y metiéndolo cuidadosamente en una cartera, dé V. de mi parte las
más expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un
caballero cumplido.
--No me olvidaré de dárselas, repuso el coronel haciendo un saludo,
sobre todo si puede V. añadir algunas noticias a las que anteriormente
ha dado.
--Sí, y por cierto muy importantes.
--¡Ah! profirió el guerrillero frotándose con satisfacción las manos;
diga V. querido señor.
--Escuche V.; Miramón no sabe dónde dar de cabeza; no tiene dinero
ni sabe ya como proporcionárselo; sus soldados, casi todos ellos
reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben
paga alguna y el descontento cunde en sus filas.
--Perfectamente. ¡Pobre Miramón! Diga usted pues que está apuradillo.
--Tanto más cuanto el clero, que al principio le prometiera su auxilio
le ha negado rotundamente su apoyo.
--Pero ¿cómo está V. tan bien informado, señor? preguntó irónicamente
el guerrillero.
--¿Olvida V. que estoy agregado a la embajada española?
--Verdad es, se me había olvidado, dispénseme V.; pero vayamos al
grano: ¿qué más sabe V.?
--Las filas de los secuaces del presidente se van aclarando más y más;
sus más antiguos amigos le abandonan; así es que para rehacerse un poco
ante la opinión pública, ha resuelto intentar una salida y atacar al
general Berriozábal.
--Toma, toma, toma, bueno es saberlo.
--Ya está V. advertido.
--Gracias; vigilaremos. ¿Sabe V. más?
--Sí: reducido, como ya le dije a V., al último extremo y queriendo
proporcionarse dinero a toda costa, Miramón ha tomado por pretexto el
robo de la conducta de Laguna Seca, llevada a cabo por los de V.
--Ya sé, interrumpió el coronel, frotándose las manos, yo soy quien
llevé a cabo esa -negociación-; por desgracia, añadió con pesadumbre,
tales redadas pueden cantarse con los dedos.
--Miramón está pues resuelto, continuó don Antonio, a apoderarse del
dinero de la Convención, en la actualidad depositado en la legación
británica.
--¡Magnífica idea! profirió el coronel; ¡no estarán poco furiosos esos
demonios de herejes! ¿Cuál es el hombre de talento que le ha inspirado
esa determinación que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire
V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.
--Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.
--Señor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V.
bien de la patria. Pero ¿quiere V. decir que la cantidad es importante?
--No es despreciable.
--¿Cuánto poco más o menos?
--Seiscientos sesenta mil duros.
--¡Carape! exclamó el coronel experimentando un como deslumbramiento;
me rindo, lo entiende más que yo. El negocio de Laguna Seca es una
bicoca en comparación. ¡Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar
la guerra.
--Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se
gaste en pocos días, repuso don Antonio riendo sardónicamente; fíen
Vds. en nosotros.
--¡Dios lo quiera!
--Ahí por ahora cuantas noticias puedo dar, y a mí me parece son
importantes.
--¡Yo lo creo! profirió el coronel; en grado sumo.
--Dentro de algunos días espero dárselas más importantes todavía.
--¿En este mismo sitio?
--Sí, y a la misma hora y valiéndonos de la misma seña.
--Conforme; no va a estar poco satisfecho el general, al enterarse de
todos esos pormenores.
--Bueno, ahora tratemos de lo demás, del asunto que nos atañe a
nosotros dos: ¿qué ha hecho V. desde la última vez que nos vimos?
--Poco; en la actualidad me faltan recursos para llevar a cabo las
difíciles pesquisas que me encargó V.
--Sin embargo, la recompensa es cuantiosa.
--No digo que no, contestó distraídamente el guerrillero.
--¿Pone V. en duda mi palabra? dijo con altivez don Antonio mientras
lanzaba a su interlocutor una mirada penetrante.
--Tengo por norma no dudar nunca de nada, señor, respondió don Felipe
Neri.
--La cantidad es importante.
--Precisamente esto es lo que me da espina.
--No le entiendo a V., don Felipe.
--¡Caramba! profirió el guerrillero, tomando de improviso una
determinación, creo que es lo mejor que puedo hacer; escúcheme V.
--Ya escucho.
--Sobre todo no se incomode V., querido señor; ¡qué diablos! los
negocios son negocios y deben tratarse lisa y llanamente.
--Abundo en este parecer, prosiga V.
--Bien; V. me ofreció cincuenta mil duros para...
--Ya me lo sé; al grano.
--Al grano pues; y como cincuenta mil duros no son moco de pavo y no
cuento con otra garantía que su palabra de V.
--¿No le basta?
--No, señor; ya sé que entre caballeros la palabra es inquebrantable;
pero tratándose de negocios, ya es distinto; creo que está V. rico,
riquísimo, pues me lo dice V. y me ofrece cincuenta mil duros; pero
¿quién me asegura a mí que en el momento de saldar cuentas y a pesar de
su buen deseo esté V. en estado de hacerlo?
Mientras el guerrillero estaba planteando en términos tan descarnados
el asunto, don Antonio era pábulo de una cólera sorda que estuvo a
punto de reventar Dios sabe cuántas veces; pero por fortuna logró
dominarse y conservar su impasibilidad.
--Entonces ¿qué desea V.? preguntó con voz atragantada Cacerbar al
coronel.
--En lo presente, nada, señor; deje que terminemos nuestra revolución.
Una vez hayamos entrado en Méjico, lo que por V. y por mí espero no va
a tardar, me acompañará V. a casa de un banquero conocido mío, quien
saldrá garante de los cincuenta mil duros. ¿Le conviene a V.?
--Preciso es; ¿pero de aquí a entonces?
--Tenemos que ocuparnos en asuntos más urgentes; unos días más o
menos nada significan; pero ya que por ahora nada más tenemos que
comunicarnos, con su permiso me retiro, señor.
--Cuando V. guste, contestó con sequedad don Antonio.
--Beso a V. las manos, querido señor, profirió el coronel; hasta luego.
--Adiós.
D. Felipe saludó cortésmente al español, giró sobre sus tacones, se
reunió a los suyos, se subió sobre su caballo, y desapareció a escape
al frente de su escuadrón.
En cuanto a don Antonio, tomó imaginativo y al paso la vuelta de
Méjico, a donde llegó dos horas después.
--¡Oh! murmuró deteniéndose delante de su morada, que la tenía en la
calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldré con la mía.
¿Qué significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su
prolongada meditación?
XIII
LOS BONOS DE LA CONVENCIÓN
Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos,
las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los
edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún;
por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y
apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos
para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de
pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los
consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la
labor cotidiana.
En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba
salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta
a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por
dos centinelas.
--¿Quién vive? gritó uno de éstos.
--Amigo, respondió el jinete.
--Pase V. de largo.
--No por mi vida, repuso el jinete; aquí es a donde me llaman mis
asuntos.
--¿Quiere V. entrar en palacio?
--Sí.
--Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.
--Sería muy tarde; necesito entrar ahora mismo.
--¡Bah! profirió en tono de zumba el centinela; y dirigiéndose a su
compañero, añadió: ¿Qué dices tú a eso, Pedrito?
--¿Que qué digo? respondió el interpelado, chungueándose también, pues
digo que el caballero debe de ser extranjero y que indudablemente
imagina que se encuentra a la puerta de un mesón.
--¡Basta de groserías, tunantes! exclamó el jinete; he perdido ya
demasiado tiempo, avisen ustedes al oficial de guardia; ¡vivo!
El tono imperativo que empleara el desconocido, produjo, al parecer,
honda impresión en los soldados; los cuales, después de haber cruzado
algunas palabras en voz baja, y como por otra parte aquél estaba en
su derecho y lo que pedía lo preveía su consigna, se decidieron a
satisfacerle, llamando a la puerta con la culata de sus fusiles.
Dos o tres minutos después acudió a la llamada un sargento, fácil de
reconocer en la rama de vid, insignia de su grado, que ostentaba en la
mano izquierda.
En preguntando a los centinelas el porqué de su llamada, saludó
cortésmente al jinete, a quien rogó que se aguardase un instante, y
se metió dentro otra vez dejando tras sí la puerta abierta; pero casi
al punto reapareció precediendo a un capitán que iba de uniforme de
servicio.
El jinete saludó al oficial y reiteró la petición que antes dirigiera a
los centinelas.
--Siento en el alma no poder complacerle a usted, señor, respondió el
oficial; la consigna nos prohíbe terminantemente introducir persona
alguna en palacio antes de las ocho de la mañana. Si la causa que
le conduce es grave, sírvase volver a la hora que le he indicado y
entonces podrá entrar con entera libertad.
--Perdone V., dijo el jinete al capitán, que se disponía a entrar de
nuevo en palacio; ¿me permite dos palabras?
--Diga V., señor.
--Es inútil que nadie más que V. me oiga.
--Nada más fácil, repuso el oficial acercándose al desconocido hasta
tocarle; diga V.
El jinete se inclinó hasta el capitán y murmuró a su oído algunas
palabras que éste escuchó con marcadas muestras de sorpresa.
--¿Está V. satisfecho ahora? preguntó el jinete.
--Sí, señor, respondió el capitán, el cual volviéndose hacia el
sargento, que permanecía inmóvil a algunos pasos de distancia, añadió:
Abra V. la puerta.
--No hay necesidad; si V. me da su permiso voy a apearme aquí y uno de
los soldados cuidará de mi caballo.
--Como V. guste, señor.
El jinete echó pie a tierra, dio las bridas al sargento, que las tomó
mientras esperaba que un soldado viniese a reemplazarle, y dirigiéndose
al capitán, repuso:
--Ahora si quiere V. colmar su galantería sirviéndome de guía y
conduciéndome personalmente al lado de la persona que me está
aguardando, me tiene a sus órdenes.
--Yo soy quien estoy a las de V., señor, contestó el oficial, y ya que
tal es su deseo, tendré la honra de conducirle.
El desconocido y el capitán penetraron en palacio, dejando tras sí al
sargento y a los dos centinelas, que no volvían de su sorpresa.
Precedido del capitán, el jinete atravesó gran número de piezas que
a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de
visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y
consejeros de la Suprema Corte que parecían haber pasado la noche en
palacio.
La mayor agitación reinaba en los grupos, compuestos de militares,
miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos,
aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus
fisonomías un recelo sombrío.
El capitán y su acompañado llegaron por fin a la puerta de un gabinete
custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba
paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.
--Ha llegado V., señor, dijo el capitán al desconocido.
--No me queda sino despedirme de V. y darle las más expresivas gracias
por su atención, contestó aquél.
El jinete cruzó un saludo con el capitán, que se volvió al cuerpo de
guardia.
--Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha
celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; éstas son sus
órdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.
--Pues va a hacer una excepción en mi pro su excelencia, repuso
cortésmente el jinete.
--Lo dudo, señor, replicó el ujier; la orden es general y no me
atrevería a faltar a ella.
El desconocido pareció reflexionar, mientras el ujier le contemplaba
admirado de que perseverase en quedarse allí.
--Comprendo, señor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete,
cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no
intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que
me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.
--Para complacerle haré cuanto sea compatible con los deberes de mi
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