--¿Dónde diablos tengo la cabeza?
Y empezó a sacar objetos de sus alforjas, que parecían inagotables,
tal cantidad de adminículos encerraban, hasta que dio con una calabaza
tapada cuidadosamente; luego destapó la calabaza, entreabrió con la
hoja de su cuchillo los apretados dientes del herido, y al par que con
ansiedad examinaba el semblante de éste, le vertió en la boca parte de
lo que contenía la referida calabaza.
Dos o tres minutos después el herido se estremeció casi
imperceptiblemente y movió los párpados cual si hubiese intentado
abrirlos.
--¡Ah! murmuró Domingo con alegría, lo que es esta vez me parece que
voy a triunfar.
Y colocando la calabaza a su lado, anudó las friegas con nuevo ardor.
A los redoblados esfuerzos del joven, el herido exhaló un suspiro
suave, sus miembros empezaron a perder su rigidez, y su respiración,
aunque débil y entrecortada, se hizo más distinta; las facciones se
le aflojaron, los pómulos se le salpicaron de manchas encarnadas, y a
pesar de que continuaba con los ojos cerrados, movió los labios cual si
hubiese querido proferir algunas palabras.
--¡Bah! murmuró Domingo con acento de satisfacción, todavía no
ha muerto, pero de buena habrá escapado si se salva. ¡Bravo! he
aprovechado el tiempo. Pero ¿quién puede haberle dado tan furiosa
estocada? En Méjico nadie se bate a espada. Por mi alma que si no
temiese inferirle injuria, casi me atrevería a asegurar que conozco
al individuo que ha aviado de tan mala manera a este infeliz; pero
paciencia; como hable, que hablará, el demonio me lleve si por astuto
que sea no le hago cantar con quien se las ha habido.
Ínterin, la vida, después de haber por largo tiempo vacilado en
penetrar de nuevo en aquel cuerpo al que casi abandonara, había
empeñado una lucha encarnizada contra la muerte, a la que por momentos
hacía perder terreno; los movimientos del herido iban siendo más y
más marcados y sobre todo más inteligentes, y por dos veces había
abierto éste los ojos, si bien para cerrarlos otra vez y casi al punto.
La mejoría era sensible, y no era ya sino asunto de tiempo él que
recobrase la razón.
Domingo tomó un vaso, vertió en él un poco de agua en la que echó
contadas gotas del licor encerrado en la calabaza, y lo acercó a la
boca del herido, el cual abrió los labios y bebió, dando después un
suspiro de alivio.
--¿Qué tal se encuentra V.? le preguntó con interés el joven.
Al son de aquella voz desconocida, el herido se estremeció, hizo un
ademán como si hubiese querido repeler una imagen espantosa, y murmuró
con voz sorda:
--¡Máteme V.!
--¡Cómo se entiende que le mate! me guardaré muy bien, profirió
alegremente Domingo: no me afané en resucitarle para eso.
El herido entreabrió los ojos, tendió una mirada despavorida en torno
de sí, y fijándola luego y con espanto indecible en el joven, exclamó:
--¡El enmascarado! ¡el enmascarado! ¡oh! ¡atrás! ¡atrás!
--Fuerte ha sido la conmoción cerebral, dijo entre sí Domingo; es
pábulo de una alucinación febril que, de persistir, podría parar en la
demencia. ¡Jum! el caso es grave. ¿Qué hacer para aplicar remedio al
mal?
--¡Verdugo! prosiguió en voz apenas perceptible el herido, ¡mátame!
--Parece que está aferrado a esta idea, murmuró Domingo; este hombre
cayó en una emboscada horrible; su conturbado espíritu sólo le
recuerda la última escena de muerte en la que tan desgraciado papel
le tocó desempeñar; es menester concluir de una vez y devolverle la
tranquilidad necesaria a su salud, o de no está perdido.
--Ya lo sé, dijo el herido, que oyera claramente las últimas palabras
pronunciadas por Domingo; mátame pues y acaba con mis padecimientos.
--¡Ah! ¿me oye V., señor? profirió Domingo; perfectamente; entonces
escúcheme sin interrumpirme; yo no soy uno de los que le redujeron al
estado en que V. se encuentra, sino un viajero a quien el acaso, o más
bien dicho la Providencia condujo por este camino para que le auxiliase
a V., y aquí estoy para salvarle. ¿Me comprende V.? Así pues, déjese
de quimeras y olvide si puede, a lo menos por ahora, lo que ocurrió
entre usted y sus asesinos; a mí no me anima otro deseo que él de serle
útil, y en prueba de ello, sepa que a no ser el auxilio que le he
prestado, en lo presente ya estaría V. muerto y bien muerto; no oponga
obstáculos a la tarea ya de suyo tan dificultosa que me he impuesto, y
sepa que su salvación desde este momento depende exclusivamente de V.
El herido hizo un movimiento atropellado para levantarse, pero sus
fuerzas le engañaron y cayó otra vez, dando un suspiro de desaliento y
murmurando:
--¡No puedo!
--Yo lo creo, herido como está V., repuso Domingo, es milagro que la
horrorosa estocada que recibió no le haya matado instantáneamente. Ea,
no resista más a lo que la humanidad me manda hacer por V.
--¿Si no asesino, quién es V. pues? preguntó con desasosiego el herido.
--¿Que quién soy? un pobre vaquero que le encontró a V. aquí agonizando
y tuvo la fortuna de devolverle la vida.
--¿Y V. me jura que le animan buenas intenciones?
--Por mi honra se lo juro a V.
--Gracias, murmuró el herido.
Uno y otro interlocutor guardaron silencio por espacio de algunos
segundos, al cabo de los cuales y con reconcentrada energía el herido
pronunció estas palabras:
--¡Oh! ¡quiero vivir!
--Comprendo este deseo y le hallo muy natural, dijo Domingo.
--Sí, quiero vivir, porque necesito vengarme.
--Justo es; la venganza está permitida.
--¿V. me promete salvarme?
--Haré cuanto esté en mi mano para conseguirlo.
--Estoy rico y le recompensaré a V.
--¿A qué hablar de recompensa? profirió Domingo moviendo la cabeza. ¿V.
cree que la abnegación se compra?. Guarde V. su dinero, señor, pues
como no lo necesito de nada me serviría.
--Sin embargo, mi deber...
--Ea, basta sobre el particular, por favor se lo ruego, o de no va
V. a inferirme grave ofensa. Al salvarle a V. la vida cumplo con mi
obligación, y de consiguiente no me cabe derecho a recompensa alguna.
--Obre V. pues como más bien le plazca.
--Ante todo prométame V. que no va a oponer ninguna objeción a lo que
yo estime conveniente hacer en pro de su salvación.
--Lo prometo.
--Así nos entenderemos perfectamente. Pronto va a amanecer, y por lo
tanto debemos no permanecer aquí más tiempo.
--¿Y a dónde quiere V. que yo vaya si me siento tan endeble que no
puedo menearme lo más mínimo?
--No se apure por eso; le colocaré a V. sobre mi caballo y haciendo
marchar éste al paso le conduciré a lugar seguro sin que sufra mucho
traqueteo.
--Me entrego.
--Es lo mejor que puede V. hacer. ¿Quiere usted que le conduzca a su
casa?
--¿Mi casa? profirió con mal disimulado espanto el herido al par que
hacía un movimiento como si hubiese querido huir; ¿así pues V. me
conoce y sabe dónde vivo?
--No sé quién es V. ni dónde está su casa.
--¿Cómo quiere V. que esté al tanto de estos pormenores si esta noche
es la primera vez que le veo?
--Es verdad, murmuró el herido hablando consigo mismo; estoy loco; ése
es hombre de buena fe. Luego, dirigiéndose a Domingo, añadió con voz
entrecortada y apenas perceptible: soy un viajero; vengo de Veracruz
y me dirigía a Méjico, cuando prontamente me vi atacado, despojado de
cuanto poseía y abandonado por muerto al pie de esta cruz donde V. me
encontró providencialmente; en este instante no tengo otro domicilio
que él que a V. le plazca ofrecerme. Ahí mi historia, sencilla como la
verdad.
--Tanto si es verdadera como no, nada me importa, señor, objetó
Domingo; no me asiste derecho a inmiscuirme por fuerza en sus asuntos
de V. Así pues, ahórrese el trabajo de comunicarme noticias que no le
pido; nada me aprovechan, y en el estado en que V. se encuentra no
pueden menos de serle perjudiciales, ya por la excesiva aplicación a
que le sujetan el espíritu, ya porque le obligan a hablar.
En efecto, gracias solamente a un poderoso esfuerzo de voluntad, el
herido había logrado sostener una conversación tan larga; la sacudida
que experimentara había sido excesivamente recia y demasiado grave su
herida para que a pesar de su ardiente deseo le fuese dable continuar
la discusión sin peligro de caer en un síncope más peligroso que no
él de que le sacara por modo tan milagroso su salvador. Sintiendo el
pulsar de sus arterias, inundadas de sudor las sienes, oscurecida
la vista, y que sus ideas, tan trabajosamente coordinadas, se le
desvanecían de nuevo, comprendió qua sería locura prolongar su
resistencia; se dejó caer pues hacia atrás con desaliento, y exhalando
un suspiro de resignación, murmuró en voz débil:
--Haga V. de mí según su voluntad, amigo mío; me siento morir.
Domingo, que con ojos conturbados siguiera los movimientos del infeliz,
se apresuró a darle de beber algunas gotas de cordial en él que había
vertido un licor soporífero; socorro eficaz para el herido, que pareció
recobrar la vida.
--Cállese V., dijo el joven a éste, al ver que quería darle las
gracias; ya ha hablado usted sobradamente.
Y envolviéndole cuidadosamente en su capa, le tendió en el suelo y
añadió:
--Así está V. bien; no se mueva y vea de dormir mientras yo estudio el
modo de llevármele de aquí cuanto antes.
El herido no opuso resistencia; habiendo ya obrado en él el soporífero,
sonrió suavemente, cerró los párpados y a no tardar quedó sumergido en
sueño tranquilo y reparador.
Domingo, completamente satisfecho, le contempló por un instante, y
luego murmuró con no fingida alegría:
--Prefiero verle así que no cual a mi llegada; pero todavía no está
salvado. Ahora es menester partir lo más pronto posible si no quiero
que me lo impidan los importunos que antes de poco van a infestar este
camino.
Domingo desarrendó su caballo, le puso otra vez las bridas, le condujo
al lado del herido, y después de haber preparado una especie de cama
en la grupa del animal con algunas mantas a las que añadió su sarape,
de que se despojó sin vacilar, levantó al paciente en sus nervudos
brazos, con tanta facilidad como si hubiese sido un niño, y le colocó
con tiento sumo sobre la cama, en la que le acomodó lo más bien que
supo, cuidando, al mismo tiempo, de sostenerlo para evitar una caída
que indefectiblemente hubiera sido mortal.
Una vez el joven se hubo asegurado de que el herido se encontraba en
posición tan cómoda como permitían las circunstancias y sobre todo los
deficientes medios de transporte de que disponía, arreó a su caballo, y
empuñando las riendas echó a andar sin moverse del lado de aquél para
sostener en equilibrio la cama, alejándose en dirección al rancho en el
que le hemos precedido de una hora para introducir en él al aventurero.
IX
DESCUBRIMIENTO
Domingo seguía adelante paso ante paso, sosteniendo con mano firme
al herido tendido sobre la silla de su caballo y vigilándole como
una madre a su hijo, sin otro deseo que él de llegar lo más pronto
posible al rancho a fin de prestar a aquel desconocido que a no ser él
habría muerto por modo tan miserable, todos los cuidados que su estado
reclamaba todavía.
No obstante la impaciencia que devoraba a Domingo, por desgracia
a éste le era imposible apresurar el paso de su caballo al través
de aquellos caminos cruzados de torrentes y casi impracticables,
si no quería exponer a grave accidente al herido. Así pues, cuando
al encontrarse a dos o tres tiros de fusil del rancho vio que
se dirigían corriendo hacia él gran número de personas, si bien
de momento no conoció quienes eran experimentó una satisfacción
indecible, pues representaban un socorro, y éste, por más que le
contrariase confesarlo, le era ya necesario a él y sobre todo al
herido, porque hacía ya muchas horas caminaba penosamente al través
de senderos intransitables al mismo tiempo que se veía obligado a
velar constantemente por aquel a quien por milagro tan incomprensible
salvara de una muerte cierta y al que el más leve descuido podía cortar
instantáneamente el hilo de la existencia.
Cuando los hombres que corrieron al encuentro de Domingo se encontraron
a pocos pasos de él, el joven se detuvo y gritó con el alborozo propio
del que se ve libre de una grave responsabilidad:
--Acudan pronto, ¡caramba! tiempo hace que deberían encontrarse Vds.
aquí.
--¿Qué quiere V. decir, Domingo? profirió en francés el aventurero.
¿Tan premiosamente necesita V. de nosotros?
--¡Hombre! parece que esto lo desoja a usted; ¿no ve que conduzco a un
herido?
--¡Un herido! exclamó Oliverio plantándose de un tremendo salto al lado
del joven; ¿de qué herido está V. hablando?
--¡Cáspita! del que como Dios me ha dado a entender he sentado sobre
mi caballo y no sentiría verle en un buen lecho, del cual, dicho sea
entre nosotros, necesita grandemente; porque si todavía vive, por mi
alma que lo debe a un incomprensible milagro de la Providencia.
El aventurero, sin responder, levantó prontamente el sarape que cubría
el rostro del herido, a quien por espacio de algunos segundos contempló
con expresión de angustia, dolor, cólera y pesar imposibles de
describir. Su semblante, palidecido súbitamente, había adquirido tonos
cadavéricos, un temblor convulsivo le conmovía todos los miembros,
y sus pupilas, fijas en el herido, asumían una expresión singular y
parecían fulminar rayos.
--¡Oh! murmuró en voz baja y entrecortada por la tempestad que rugía
en el fondo de su corazón, ¡este hombre! ¡Es él! ¡sí, es él! ¡no está
muerto!
Domingo, no entendiendo palabra de las que profería Oliverio, miraba
a éste con extrañeza y como quien no sabe qué pensar de lo que está
viendo, hasta que por fin reventó en cólera, diciendo:
--¡Ah! ¿qué significa eso? ¿Salvo a un hombre Dios sabe como, a fuerza
de cuidados y al través de innumerables dificultades consigo conducir
hasta aquí al desventurado que a no ser yo hubiera perecido como un
perro, y le recibe V. de esta suerte?
--Sí, regocíjate, respondió el aventurero con acento de amargura, has
llevado a término una acción loable, y por ello te felicito, amigo mío.
Quépale la seguridad de que dentro de poco vas a tocar la recompensa.
--Ya sabe V. que no le entiendo, replicó el joven.
--¡Y qué necesidad tienes de comprenderme, infeliz! profirió con
desdén y encogiendo los hombros Oliverio; has obrado a impulsos de tus
sentimientos, sin meditar y sin intención oculta; de consiguiente no
tengo que echarte nada en cara ni darte explicación alguna.
--¿Pero me hace V. el favor de explicarse de una vez?
--¿Conoces tú a este hombre?
--¿Y de qué le conocería?
--No te pregunto eso; ¿cómo es que no conociéndole nos le conduces al
rancho sin prevenirnos?
--Por una razón sencillísima: de regreso de Cholula me encaminaba
hacia acá, cuando le encontré tendido en medio del camino, con el hipo
de la agonía. ¿Cuál era mi deber? ¿acaso la humanidad no me ordenaba
socorrerle? ¿podemos por ventura dejar morir de esta suerte a un
cristiano sin hacer cuanto esté en nuestra mano para prestarle ayuda?
--Has obrado bien, Domingo, dijo Oliverio con ironía, y estoy lejos
de reprobar tu proceder. Verdaderamente un hombre de corazón no puede
encontrar a uno de sus semejantes en estado tan deplorable como tú
encontraste a éste, sin auxiliarle. Luego, cambiando súbitamente de
tono y encogiendo los hombros con desdén, añadió: ¿Recibiste por
ventura entre los cobrizos, con los cuales has vivido durante tan largo
espacio de tiempo, tales lecciones de humanidad?
El joven iba a responder, pero se contuvo.
--Basta, profirió Oliverio, el mal está ya causado, no se hable más
de ello, López va a conducirle al subterráneo del rancho, donde le
cuidará. ¡Ea! López, sin perder momento conduce a este hombre ínterin
hablo con Domingo.
López obedeció, sin que el joven opusiese objeción alguna; y es
que empezaba a comprender que tal vez su corazón le había engañado
arrastrándole con demasiada facilidad a un sentimiento humano hacia un
hombre que le era completamente desconocido.
Los interlocutores guardaron prolongado silencio; López, que se alejaba
con el herido, había ya desaparecido en el subterráneo.
Oliverio y Domingo permanecían inmóviles e imaginativos uno enfrente
del otro.
Por fin el aventurero levantó la cabeza y preguntó al joven:
--¿Has hablado con el hombre ese?
--Sólo crucé con él algunas palabras sin ilación.
--¿Qué te dijo?
--Poco que demostrase juicio; me habló de un ataque de que había sido
víctima.
--¿Nada más?
--Poco más o menos.
--¿Te dijo su nombre?
--No, ni yo se lo pregunté.
--Pero debe de haberte indicado quién es.
--Si no recuerdo mal me dijo que hacía poco había llegado a Veracruz y
que se dirigía a Méjico, cuando prontamente se vio atacado y robado por
individuos a quienes no pudo reconocer.
--¿Nada más te dijo respecto de su nombre y de su representación social?
--Ni una palabra.
El aventurero pareció reflexionar por un instante, y luego repuso:
--Escucha y no des torcida interpretación a lo que voy a decirte.
--De boca de V. lo escucho todo, señor, pues le cabe derecho a
decírmelo todo.
--Está bien. ¿Te acuerdas de qué modo nos conocimos?
--Sí, señor; entonces era yo un muchacho ruin, que muerto de hambre y
de miseria vagaba por las calles de Méjico; V. se compadeció de mí, y
no sólo me vistió y me alimentó, sino que me enseñó a leer, escribir y
a calcular y qué sé yo cuántas cosas más.
--Prosigue.
--Luego me hizo V. encontrar de nuevo a mis padres, o a lo menos a las
personas que me educaron y que a falta de otros he considerado toda mi
vida como si perteneciesen a mi familia.
--¿Qué más?
--¡Caramba! eso lo sabe V. tan bien como yo.
--Puede, pero quiero que me lo repitas.
--Como guste: un día que vino V. al rancho, se me llevó consigo y me
condujo a la Sonora y a Tejas, donde cazamos el bisonte; dos o tres
años después me hizo V. adoptar por una tribu comanche, y se separó de
mí ordenándome que me quedase en las praderas y me dedicase a la vida
de batidor de bosques hasta tanto no me comunicase la orden de reunirme
a V. de nuevo.
--Perfectamente, veo que tienes buena memoria; continúa.
--Obedeciéndole a V., permanecí entre los indios, cazando y viviendo
con ellos, hasta que hace seis meses llegó V. a orillas del Gila,
donde me encontraba yo entonces, y me dijo que venía por mí y
que le siguiese, lo que hice sin pedir explicación alguna, pues
perteneciéndole como le pertenezco, en cuerpo y alma, para nada la
necesitaba.
--Continúas sustentando el mismo modo de pensar.
--¿Por qué lo contrario? ¿acaso no es V. mi único amigo?
--Gracias; ¿estás pues resuelto a obedecerme a ciegas?
--Sin vacilar, se lo juro a V.
--Esto es lo que yo quería saber; ahora escúchame a tu vez: el hombre
a quien auxiliaste tan neciamente, y dispénsame la expresión, no
te dijo palabra de verdad. Lo que te contó no es sino un tejido de
imposturas, pues no es cierto que solamente hace algunos días llegó
a Veracruz, ni que se encaminaba a Méjico, ni en fin, que le hayan
atacado y robado desconocidos. A ese hombre yo le conozco; hace ocho
meses que se encuentra en Méjico, vive en Puebla, y fue condenado a
muerte por quienes tenían derecho a juzgarle y a los cuales él conoce
perfectamente; no fue atacado por sorpresa, sino que le pusieron una
espada en la mano y dejándole la facultad de defenderse, facultad de
la que se aprovechó, cayendo herido en duelo leal; y por último, no le
robaron cosa alguna porque no se las hubo con salteadores, sino con
hombres honrados.
--¡Oh! ¡oh! profirió el joven, esto cambia de especie.
--Ahora respóndeme: ¿has contraído para con él compromiso alguno?
--¿Qué entiende V. por compromiso?
--Cuando ese hombre volvió en sí y recobró el uso de la palabra
¿imploró tu protección?
--Sí, señor.
--¿Y qué le respondiste tú?
--¡Caramba! ya comprenderá V. que me era dificilillo abandonar al
infeliz en el estado en que se encontraba, máxime después de lo que por
él había hecho.
--Bien, bien, ¿y entonces?
--Entonces le prometí salvarle.
--Es decir curarle.
--Así lo entiendo yo.
--¿Nada más?
--Nada más.
--¿Y no hiciste sino prometérselo?
--No, le di mi palabra.
El aventurero se estremeció de impaciencia.
--¿Pero dando por supuesto que se restablezca, dijo el aventurero
haciendo un gesto de impaciencia, lo que acá para entre nosotros me
parece dudoso, tan pronto haya recobrado la salud te considerarás
completamente desligado de él?
--Completamente.
--Entonces del mal el menos.
--¿Sabe V. que no le comprendo pizca?
--Pues entiende que en tu buena acción no has estado feliz.
--¿Por qué?
--Porque el hombre a quien socorriste y al cual prodigaste tan
solícitos cuidados es tu mortal enemigo.
--¿Ese hombre mi enemigo mortal? exclamó el joven entre dudoso y
admirado; pero si no nos conocemos.
--¡Pobre amigo mío! tú lo supones; pero quépale la seguridad de que no
me equivoco y de que te digo verdad.
--¡Es singular!
--Muy singular, en efecto, pero es como acabas de oír; más te diré, el
hombre ese es tu enemigo más peligroso.
--¿Qué hacer pues?
--Dejarme que obre; esta mañana me fui al rancho con la intención de
decirte que uno de tus enemigos, el más terrible de todos, estaba
muerto; pero tú mismo cuidaste de hacerme quedar mentiroso. ¡Bah!
quizá valga más que haya sucedido así; Dios hace bien las cosas, sus
designios son inescrutables y no nos cabe sino humillar la frente ante
la manifestación de su voluntad.
--¿Así pues V. intenta...?
--Confiar la vigilancia del enfermo a López; éste se quedará en el
subterráneo, donde se le prodigará toda clase de cuidados. Tú no
volverás a ver al herido, porque en lo presente a lo menos, es inútil
que entabléis más amplio conocimiento. Ahora a mi vez te doy palabra de
que el hombre ese recibirá todos los cuidados que su estado exige.
--Me conformo con lo que V. disponga, repuso Domingo; ¿pero y en cuanto
el herido esté sano, qué vamos a hacer?
--Como no es nuestro prisionero, le dejaremos que se vaya
tranquilamente. No temas, ya daremos con él fácilmente cuando sea
necesario. ¡Ah! se me olvidaba decirte que nadie del rancho debe bajar
al subterráneo y hablar con el herido.
--Ya se lo advertirá V. mismo; yo no me encargo de semejante comisión.
--Bien está, se lo advertiré yo mismo; por lo demás, tampoco yo lo
veré. Solamente López quedará encargado de él.
--¿Tiene V. algo más que comunicarme?
--Sí, que te vienes conmigo por algunos días.
--¿Vamos muy lejos?
--Ya lo verás; ínterin súbete al rancho y prepara cuanto te sea
menester para el viaje.
--Estoy presto, repuso Domingo.
--Tú lo estarás, pero no yo, tengo que comunicar algunas órdenes a
López respecto del herido.
--Es verdad; además, es menester que me despida de mi familia.
--Obrarás cuerdamente, porque es probable que tu ausencia sea bastante
larga.
--Comprendo, vamos a efectuar una gran cacería.
--A cazar sí vamos, dijo el aventurero con equívoca sonrisa, pero no
del modo que tú supones.
--Lo mismo me da; cazaré como a V. le acomode.
--Con ello cuento. ¡Ea! vente, hemos perdido ya sobrado tiempo.
Domingo y Oliverio se encaminaron hacia la colina, llegados a la cual
éste entró en el subterráneo y el primero subió al rancho.
Loick y las dos mujeres estaban aguardando al joven en la plataforma,
llenos de curiosidad y afanosos por saber el resultado de la larga
conversación que éste sostuviera con Oliverio; pero Domingo, que
había vivido demasiado tiempo en el desierto para dejar transparentar
la verdad cuando le convenía ocultarla, estuvo impenetrable. Todas
cuantas preguntas le dirigieron fueron inútiles; no respondió sino con
evasivas; así es que su padre y las dos mujeres, perdida la esperanza
de hacerle hablar, resolvieron dejarle en paz y que almorzara a sus
anchas.
Domingo, que realmente sentía hambre, se asió de este pretexto para
dar otro sesgo a la conversación, y entre bocado y bocado anunció su
partida.
Loick no hizo objeción alguna, pues estaba acostumbrado a tales
inopinadas ausencias.
Poco más o menos media hora después Oliverio penetró en el rancho.
Domingo, al verle, se levantó y se despidió de su familia.
--¿Se lo lleva V.? preguntó Loick.
--Sí, respondió Oliverio, nos vamos por algunos días a la Tierra
Caliente.
--Miren lo que hacen, dijo Luisa con zozobra, ya saben Vds. que las
guerrillas de Juárez infestan el campo.
--Nada temas, hermanita, profirió el joven abrazándola, seremos
prudentes; voy a traerte el corte de fular que tanto tiempo hace te
prometí.
--Preferiría que te quedaras, repuso con tristeza la joven.
--Ea, dijo en voz alegre el aventurero, estén ustedes tranquilos, se lo
devolveré sano y salvo.
Al parecer los habitantes del rancho tenían grandísima confianza en
Oliverio, porque no bien éste les hubo dado tales seguridades, se
sosegaron y se despidieron de los dos hombres sin demostrar honda
pesadumbre.
Oliverio y Domingo se salieron del rancho, descendieron al valle y
se subieron sobre sendos caballos que completamente ensillados y
arrendados a un liquidámbar les estaban aguardando.
Después de dirigir un postrer adiós a los habitantes del rancho
agrupados en la plataforma, ambos se alejaron al galope, a campo
atravieso, en demanda de la carretera de Veracruz.
--¿Conque nos dirigimos a la Tierra Caliente? preguntó Domingo mientras
galopaba mano a mano con su compañero.
--No tan lejos, respondió Oliverio; te conduzco a algunas leguas de
aquí, a una hacienda en que espero hacerte trabar una nueva amistad.
--Poco cuidado me dan las nuevas amistades.
--Ésta va a serte muy útil.
--Así es distinto. Le confieso a V. que los mejicanos no me son muy
simpáticos.
--La persona a quien van a presentarte es francesa.
--Ya varía completamente; ¿pero por qué dijo V. van a presentarme?
¿Acaso no lo hará usted directamente?
--No, sino otra persona a quien tú conoces y hacia la cual te sientes
inclinado.
--¿De quién habla V.?
--De León Carral.
--¿El mayordomo de la hacienda del Arenal?
--Él mismo.
--¿Luego nos encaminamos a la hacienda?
--Precisamente a la hacienda no, pero a sus cercanías. He citado al
mayordomo para un punto en él que debe aguardarme, y al punto ese es a
donde nos dirigimos.
--Entonces adelante: me alegraré de ver nuevamente a León Carral; es un
buen compañero.
--Y hombre de corazón y honrado, añadió Oliverio.
X
LA CITA
La conducta reservada que doña Dolores guardara para con el conde
de Saulay desde la llegada de éste a la hacienda del Arenal, se
armonizaba muy poco con los planes de boda proyectados por las dos
familias. La joven no había sostenido conversación particular alguna
con aquél a quien hasta cierto punto debía considerarlo su prometido,
ni siquiera le había demostrado la más inocente familiaridad; al par
que se mostraba cortés y aun bondadosa, desde el instante en que se
vieran tuvo la maña de levantar una valla entre ella y el conde, valla
que éste nunca se había atrevido a franquear, y que, tal vez contra
sus deseos, le condenara a no traspasar los límites de la más rígida
reserva.
En tales condiciones, y máxime después de la escena de que en la noche
precedente había sido testigo, se comprende la estupefacción del joven
al enterarse de que doña Dolores solicitaba de él una entrevista.
¿Qué podría decir la joven? ¿Por qué le daba aquella cita? ¿Qué le
impulsaba a obrar de tal suerte?
Éstas eran las preguntas que Luis del Saulay se dirigía a sí mismo y
que forzosamente quedaban sin respuesta.
No es de extrañar pues que el joven sintiese aguijada por modo
imponderable su curiosidad y le devorase la impaciencia, y que sin
darse cuenta de ello experimentase cierta satisfacción al oír sonar la
hora de la cita.
Como se hubiese encontrado en Francia, en París, en vez de encontrarse
en una hacienda de Méjico, de antemano hubiera sabido a qué atenerse
respecto del mensaje que recibiera, y podido trazarse un plan de
conducta; pero la tibieza de doña Dolores para con él, tibieza no
desmentida por un instante, y la preferencia que, según la escena
nocturna, parecía dar a otro hombre, alejaban toda suposición de amor.
¿Acaso la joven iba a exigirle que renunciase a su mano y abandonase
inmediatamente la hacienda?
¡Singular contradicción la del espíritu humano! El conde, que por
semejante casamiento experimentaba una repulsión creciente, cuya
intención decidida era celebrar cuanto antes una entrevista, respecto
del particular, con don Andrés de la Cruz, y había tomado la resolución
firme y decidida de retirarse y de renunciar a la alianza preparada de
tan larga fecha y que le disgustaba tanto más cuanto se la impusieran,
se sublevó a la suposición de que doña Dolores iba a exigirle una
renuncia. Su amor propio vejado, le hizo ver el asunto al través de un
nuevo prisma, y el desprecio que, al parecer, la doncella hacía de él,
le llenó de ira y de vergüenza.
¡Él, el conde Luis del Saulay, joven gallardo, rico, famoso por
su talento y su elegancia, uno de los socios más distinguidos del
-Jockey-club-, uno de los dioses de la moda, de cuyas conquistas se
hacía lenguas la flor y nata parisiense, no haber producido en el
ánimo de una doncella semisalvaje sino una impresión repulsiva, ni
haber inspirado más que fría indiferencia! verdaderamente había para
desesperarse. Tal era el despecho que el joven experimentaba, que por
un momento llegó a imaginar que estaba enamorado de su prima, y aun se
sintió impulsado a jurarse a sí mismo permanecer sordo a los ruegos
y a las lágrimas de doña Dolores y exigirle dentro de plazo breve y
perentorio la celebración de la boda.
Afortunadamente, empero, el amor propio, que le hiciera tomar una
resolución tan extrema, le inspiró de improviso un medio más sencillo y
sobre todo más agradable para él, de salir del aprieto.
Después de haberse mirado a sí mismo con halago, se iluminó en el
rostro una sonrisa de satisfacción; se halló física y moralmente muy
superior, tan superior a los que le rodeaban, que no experimentó ya
sino compasión por la doncella, a quien la educación que recibiera la
impedían apreciar las innumerables prendas que daban a éste el triunfo
sobre sus rivales y comprender la dicha que le proporcionaría semejante
alianza.
Acariciando estos y otros pensamientos, el conde salió de sus
habitaciones en dirección a las de doña Dolores, y a su paso por el
patio, vio, aunque a ello no dio mayor importancia, gran número de
caballos ensillados y embridados, a los que sujetaban por las riendas
algunos peones.
A la puerta de las habitaciones de doña Dolores había una joven india
de cara sucia y ojos chispeantes, la cual, al ver al conde, se sonrió,
hizo una gran reverencia y por medio de una seña indicó a éste que
podía entrar.
La doncella, seguida de Luis, atravesó muchas salas a pie llano
elegantemente amuebladas, y finalmente levantó una cortina de
blanco cendal de seda chino bordado de grandes y vistosas flores, y
sin pronunciar palabra introdujo al joven en un delicioso tocador
primorosamente alhajado.
Doña Dolores, semitendida en una hamaca labrada de hilo de zábila, se
entretenía en martirizar a una hermosa cotorra no más gruesa que el
puño de un niño, riéndose como una loca a los chillidos de cólera que
daba el animalito.
¡Cuán hechicera estaba la joven en la actitud que dejamos transcrita!
Nunca el conde la había visto tan hermosa.
Luis, después de haber hecho una profunda reverencia, se detuvo al
umbral de la puerta admirado y a la vez estupefacto, de tal suerte,
que doña Dolores, al contemplarle, no pudo menos de dar una franca
carcajada, que excusó diciendo:
--Dispénseme V., primo, pero en este instante es tan singular la figura
de V., que no he sido dueña de reprimirme.
--Ríase V., prima, contestó el joven, adaptándose inmediatamente a
aquella alegría que tan distante estaba de esperar; me place en extremo
hallarla de tan buen humor.
--No se quede V. ahí, primo, profirió la joven. ¡Ea! venga V. a
sentarse aquí, a mi lado, en esta butaca.
El joven obedeció
--Prima, dijo el joven, después de haber tomado asiento, tengo el honor
de acudir a la cita que V. se ha dignado darme.
--¡Ah! es verdad, contestó doña Dolores; le doy a V. las gracias por su
atención y por su puntualidad.
--Ya comprenderá V., prima, repuso Luis, que no me era permitido
demostrar una solicitud excesiva en obedecerla; ¡me cabe tan rara vez
la dicha de ver a V.!
--¿Me dirige V. un cargo?
--De ningún modo, señorita; no me asiste derecho alguno para dirigirle
eso a que V. le place apellidar cargo; es V. dueña de obrar como
quiera, y sobre todo de disponer de mí a su antojo.
--¡Oh! ¡oh! mi querido primo, en cuanto a esto último no lo juraría: si
me diese por sujetar a prueba su devoción, creo que me quedaría hecha
una mona, esto es, que se negaría V. rotundamente.
--Ya pareció aquello, dijo entre sí Luis; el cual añadió en voz alta:
mi único deseo es halagarla a V. en todo, prima, palabra de caballero;
sea lo que fuere lo que de mí exija, estoy pronto a obedecerla.
--Pues mire V., don Luis, me dan tentaciones de cogerle la palabra,
repuso la joven inclinándose hacia su interlocutor y sonriendo
deliciosamente.
--Ordene V., prima, y verá como la obedezco con más diligencia que el
más abnegado de sus esclavos.
La joven quedó imaginativa por unos instantes, luego colocó de nuevo en
la percha de palisandro a la cotorrita con la que hasta entonces había
estado jugando, saltó de la hamaca, fue a sentarse en una butaca no
distante de la del conde, y dijo:
--Primo, tengo que pedirle a V. un favor.
--¿A mí? ¿conque puedo serla útil?
--No por eso es muy importante el favor que de V. pretendo.
--Peor.
--Pero creo va a serle grandemente molesto.
--¿Qué me importa la molestia con tal quede usted complacida?
--Gracias, primo; ahora escuche V.: hoy, dentro de algunos minutos,
necesito recorrer a caballo un trayecto muy largo; y por razones que V.
apreciará pronto, no puedo ni quiero que me acompañe capataz ni criado
alguno de la hacienda. Sin embargo, como en la actualidad los caminos
no ofrecen seguridad completa y no me atrevo a recorrerlos sola, es
menester que para mi protección y defensa, si se presenta el caso,
vaya conmigo un hombre cuya presencia quite ocasión a toda sospecha
malévola. Ahora bien, ¿consiente V. en acompañarme?
--De mil amores, prima; no tengo sino observarle que siendo como soy
extraño en esta tierra y por lo tanto no conociendo los caminos, temo
extraviarme.
--No le apure a V. esto, primo; yo soy hija del país y conozco al
dedillo esta comarca en un radio de cincuenta leguas.
--Mejor que mejor, prima; sólo me queda decirle que le agradezco
en el alma la honra que se digna V. concederme y que me pongo
incondicionalmente a sus órdenes.
--Yo soy quien debo darle las gracias, primo, por su exquisita
galantería, dijo doña Dolores: los caballos están prestos; vaya V.
a calzarse las espuelas, traiga consigo el ayuda de cámara que debe
acompañarle y sobre todo no se olviden de lo que más importa, esto es,
de armarse bien, porque uno no sabe lo que puede sobrevenir; dentro de
diez minutos me hallará dispuesta.
El conde se levantó, saludó a la joven que le contestó con una graciosa
sonrisa, y se salió.
--Vive Dios, que es delicioso el caso y divertida la comisión que me
confiere, dijo entre sí él del Saulay mientras se encaminaba a sus
habitaciones; me produzco el efecto de acompañar pura y simplemente a
mi prima a una cita de amor. Pero hasta hoy no he visto claro que nada
podía negarla. Por mi vida que es un hechicero diablillo y que si no
ando con pies de plomo es fácil que concluya por enamorarme de ella ...
si no lo estoy ya, añadió, ahogando un suspiro.
Luis, una vez en su aposento, dio orden a Raimbaut para que se
dispusiese a salir con él, lo que el digno servidor hizo con la
puntualidad y el silencio que le distinguían, y después de haber
enhebillado a sus talones las pesadas espuelas de plata, echado sobre
los hombros un sarape, escogido un fusil de repetición y puesto al
cinto un par de revólveres de a seis tiros, se encaminó al patio,
seguido de su ayuda de cámara, que se había provisto de un verdadero
arsenal.
De esta suerte armados, amo y criado se encontraban, sin exageración
de ninguna especie, en disposición de hacer cara a catorce o quince
hombres.
Doña Dolores, ya subida sobre su caballo, estaba aguardando la llegada
del conde, mientras don Andrés, que departía con ella, se frotaba
alegremente las manos, íntimamente satisfecho de la buena inteligencia
que reinaba entre los dos jóvenes.
--¿Conque van Vds. a dar un paseo? dijo el hacendero al conde; ¡ea! me
alegraré que se diviertan muchísimo.
--La señorita se ha dignado invitarme a que la acompañase, contestó
Luis.
--Ha hecho bien, y no podía elegir con más acierto.
Mientras cruzaba estas palabras con su futuro suegro, el conde había
saludado a doña Dolores y montado a caballo.
--¡Feliz viaje! continuó don Andrés, y sobre todo cuidado con los malos
encuentros, pues según he oído decir, las cuadrillas de Juárez empiezan
a vagar por las cercanías.
--Tranquilícese V., padre, profirió doña Dolores; y volviéndose hacia
el conde y sonriendo de un modo encantador, añadió: en compañía de mi
primo nada temo.
--Entonces vayan Vds. con Dios y vuelvan pronto.
--Estaremos de regreso antes de la oración, padre.
Don Andrés dirigió una postrera señal de despedida a los jóvenes, los
cuales abandonaron la hacienda.
El conde y doña Dolores galopaban mano a mano, y Raimbaut, como
servidor diestro, cabalgaba tras ellos a algunos pasos de distancia.
--Soy yo quien le conduzco a V., primo, dijo la joven en cuanto se
hubieron internado en los bosques de liquidámbares que poblaban el
llano.
--No me sería posible hallar un guía mejor, contestó Luis con
galantería.
--Tengo que hacerle a V. una confidencia, primo, profirió doña Dolores
mirando con el rabillo del ojo a su pariente.
--¿Una confidencia?
--Sí; es V. de tan buena pasta, que me avergüenza el haberle engañado.
--¿V. me engañó, prima?
--De un modo indigno, respondió la joven riendo: va V. a juzgar. Le
conduzco a un sitio donde nos están aguardando.
--A V., querrá decir.
--No, porque a quien tienen empeño en ver es a V.
--Le confieso a V., prima, que no comprendo pizca; a nadie conozco en
esta tierra.
--¿Está V. bien seguro de ello, primo? preguntó la joven con gesto
burlón.
--¡Canario! a lo menos así lo creo.
--¿Ve V.? ya duda.
--¡Si V. habla con tal seguridad!
--Porque realmente sé lo que le digo; la persona que le está aguardando
a V., no solamente lo conoce, sino que es amigo de V.
--¡Bravo! la madeja se va enmarañando; prosiga V., se lo ruego.
--Poco debo añadir; por otra parte, dentro de pocos minutos vamos a
llegar al término de nuestro viaje y no quiero dejarle más tiempo en la
duda.
--Está V. muy amable, prima: aguardo pues humildemente que se digne V.
explicarse.
--Precisa así, ya que su corazón de V. es tan desmemoriado. ¡Cómo,
caballero! ¿es V. extranjero, se encuentra hace contados días en una
tierra desconocida; desde que puso V. los pies en ella no ha encontrado
V. sino un hombre que le haya patentizado alguna simpatía y ya le ha
olvidado V. por tal modo? Permítame V. que le diga, querido primo, que
esto no habla muy en pro de su constancia.
--Anonádeme V., prima, merezco sus reproches; le sobra a V. la razón;
efectivamente, hay en Méjico un hombre por el cual siento sincera
amistad.
--¡Ah! ¿ve V. como no me engañaba?
--Verdaderamente; pero estaba yo tan lejos de sospechar que ese hombre
fuese el de que V. me estaba hablando, que le confieso...
--Que ya no se acordaba V. de él ¿no es así?
--Al contrario, prima, mi más vehemente deseo sería verle de nuevo.
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